SÓLO VIVIR

HP

 

CAPITULO I
La estrella de los Chudley Cannons


Descendió por las polvorientas escaleras entusiasmado, sin que a pesar de todo pudiera evitar un acceso de tos cuando imperceptibles partículas que impregnaban el ambiente se adhirieron a su garganta. Bajó el último tramo y se enfrentó al amplio sótano. Berton no le había dicho por donde empezar a buscar. Pero las encontraría, ¡vaya si las encontraría! Aunque se ahogara en polvo. En el grandioso sótano bajo el estadio había de todo: desde partes de tribunas carcomidas por las termitas, viejas banderolas, polvorientos cojines de los antiguos asientos del estadio antes de que fuera remoldeado, podridos y destripados por el paso del tiempo, viejos carritos voladores donde los vendedores ambulantes transportaban sus golosinas, un viejo marcador, hasta aros en los que alguna vez habían brillado los colores del equipo, su equipo.

Harry Potter sonrió para si mismo, feliz. Por primera vez en su vida estaba haciendo lo que él deseaba, con la agradable sensación de haber recuperado el control de la misma, más bien de haberlo asumido por primera vez, porque nunca antes había sido suyo. Semanas después de haber derrotado al Señor Oscuro se había sentido desorientado, sumido en una profunda depresión. La presión de los últimos meses, el agotamiento físico y psíquico como consecuencia de los intensos entrenamientos a los que había sido sometido, a la tensión previa a su enfrentamiento con Voldemort, a la dura lucha después, cuando peleó por los demás, si, pero ante todo defendió su vida, porque era la del Mago Oscuro o la suya. Harry se derrumbó. Parecía que una vez cumplido con lo que era el objetivo de su existencia, después de haber complacido a todo el mundo, no había nada que pudiera satisfacerle a él. Tenía diecisiete años, seguía vivo contra todo pronóstico y con toda una vida por delante. Pero no sabía que hacer con ella. Desde el Ministerio intentaron convencerle para que tomara la carrera de auror o por lo menos se integrara en algún departamento del Ministerio donde pudiera aprovechar y desarrollar sus innatas cualidades para la Defensa contra las Artes Oscuras. Todavía quedaban seguidores de Voldemort que no habían podido ser capturado. Pero Harry Potter, el Niño que Vivió y el Joven que Venció, no sentía el menor deseo de seguir luchando. Quería paz. Olvidar. Quería sentirse libre. Levantarse por la mañana disfrutando de no sentir la responsabilidad de tener que salvar al mundo, sin la garra que había estado durante tanto tiempo atenazando su garganta, ahogándole, sin el peso que había soportado sobre sus jóvenes hombros durante demasiados años.

Harry nunca supo la preocupación que había acarreado su actitud. Las dudas, la inquietud de los que entonces se daban cuenta de que un muchacho que había logrado vencer al Mago Oscuro más poderoso de todos los tiempos, tenía que ser a la fuerza más poderoso que el vencido. Empezaron a no fiarse de su mirada demasiado inocente a pesar de todo y de su actitud desvalida. ¿Qué pasaría cuando Potter se diera verdadera cuenta de lo que tenía al alcance de su mano, de lo que podía conseguir si se lo proponía? ¿Quién podría detenerle a él entonces, si por fin caía la venda de inocencia que cubría sus ojos y los abría a todas las posibilidades que su magia le ofrecía? Encerrado por propia voluntad en Hogwarts las semanas posteriores a la terrible lucha bajo la protección de su Director, Harry se recuperaba de sus heridas físicas y psicológicas sin querer ver ni hablar con nadie que no fueran sus más allegados. Fueron vanos los intentos del Ministro de Magia para convencerle de que su futuro estaba en el Ministerio, ahora que había terminado sus estudios. Estaban incluso dispuestos a darle el título de Auror sin haber cursado la carrera. Hasta llegaron a ofrecerle la posibilidad de ponerle al frente del departamento del Ministerio que él eligiera. Lo que fuera con tal de tener a Harry Potter atado y bien controlado. Sin embargo, él rechazó una oferta tras otra, no consiguiendo otra cosa que poner más nerviosos al Ministro y a su inefable corte de intrigantes, que una vez sintieron sus traseros definitivamente a salvo tras la desaparición del Señor Oscuro, estaban dispuestos a lo que fuera para que permanecieran así.

La Orden del Fénix estaba inquieta, cerrando filas alrededor del salvador del mundo mágico, a pesar de que éste lo ignorara.
-Harry no debe saberlo –advirtió Dumbledore a los rostros que le contemplaban alrededor de la mesa– Ya está lo suficientemente deprimido como para enterarse de que el Ministerio empieza a considerarle una amenaza.
-¡Están locos! –resopló Ronald Weasley con enojo– ¿Cómo pueden ni tan solo imaginar que Harry pudiera hacer algo... inapropiado? – concluyó.
-Porque Fudge es un maldito neurótico –intervino Arthur Weasley, su padre– Habrá que tener cuidado con él. Está apartando a todos los que trabajamos en el Ministerio y formamos parte de la Orden, de forma que no tengamos acceso a demasiada información.
-Potter debería saberlo –gruñó Snape desde su rincón– Debería saber a lo que se enfrenta ahora.
-No se enfrentará a nada, Severus –le contradijo en tono amable el Director de Hogwarts– Esta vez lo haremos nosotros por él. Y mientras tanto hay que intentar retenerle aquí el máximo tiempo posible. En Hogwarts no corre peligro.
-Albus, –intervino Remus Lupin por primera vez, después de escuchar todo lo que se había dicho en aquel despacho– creo que no habrás olvidado que en el pasado ya tuviste problemas con Harry, por ocultarle información que le atañía muy directamente.
-Lo sé, Remus. Pero ahora la situación es distinta. –razonó el anciano– Se trata de darle la oportunidad de poder vivir tranquilo y en paz por primera vez en su vida. No podemos pedirle más de lo que ya ha hecho.
-No, no podemos. Todos estamos de acuerdo en que merece la oportunidad de vivir, con todo lo que ello significa. –admitió Remus– Pero la verdad es importante para él, Albus. Lo sabes.
El Director de Hogwarts apartó la mirada de la persona que representaba para Harry el último nexo de unión con su desaparecida familia, sus padres y su padrino. Comprendía la preocupación de Lupin. Pero esta vez no le fallaría al muchacho. Harry tendría lo que se merecía, una vida. Y estaba dispuesto a apartar de ella cualquier cosa o a cualquier persona que pretendiera impedir que transcurriera de forma tranquila y feliz.
-Debemos enfrentarle al mundo del modo menos traumática posible. –dijo.
Remus no replicó. Tan solo se limitó a lanzarle una mirada de decepción.
-Si al menos el muchacho hubiera aceptado alguna de las posibilidades que el Ministerio le ofrecía, todo sería más fácil –señaló Kingsley Shacklebolt.
-Si quieres saber mi opinión, te diré que ha demostrado tener la cabeza sobre los hombros. –aseguró “Ojo Loco” Moody cerrando el puño sobre la mesa y demostrando con ello que estaba completamente de acuerdo con la decisión.
Snape emitió otra vez un gruñido desde su rincón.
-Todavía está por llegar el día en que Potter ponga las cosas fáciles a nadie. –dijo.
-¡Cómo puede decir eso de Harry! –le recriminó Hermione Granger con coraje.
Snape la miró con desdén y se cruzó de brazos, sin nada más que añadir, de momento.
-Bien, –intervino Dumbledore en tono conciliador– el chico ya ha expresado sus razones para no aceptar ninguna de las ofertas del Ministro. Tal vez debiéramos buscar algo que le guste, con lo que se sienta cómodo.
El Director de Hogwarts esbozó una de esas sonrisas que Severus Snape conocía demasiado bien. Dejó escapar un pequeño bufido. Estaba seguro de que Dumbledore ya lo tenía todo planeado. En ese momento no pudo dejar de sentir algo de lástima por Potter. Por lo visto ni después de haber cumplido con la misión de su vida, iba a tener cierto poder de decisión sobre ella. ¡Patético!
-¿Algo sobre el Sr. Malfoy, Severus? – preguntó el Director, cambiando de tema inesperadamente.
El Profesor de Pociones se tensó en su asiento. Aquel era un tema doloroso para él.
-Me temo que no. –dijo intentando recomponer su máscara de frialdad– Lo único que puedo decir con seguridad a dia de hoy, es que la sangre que había en la mazmorra era suya.
-¿Estas completamente seguro? –insistió Dumbledore. Por más que Snape se revistiera de su capa de indiferencia, el Director sabía lo que Draco Malfoy significaba para él, lo que había luchado para que el joven se apartara del camino que había seguido su padre y lo que le costaba aceptar el haberle perdido.

Snape lo miró con enojo. ¡Claro que estaba seguro!
-¿Crees que ha muerto, tal como insinúa el Ministerio? – preguntó Arthur Weasley.

La expresión del severo Profesor de Pociones se volvió amenazadora.
-Si me hubieran dejado hablar con su padre antes de... –apretó las mandíbulas con fuerza al recordar aquel episodio– ...antes de ejecutar la sentencia, tal vez ahora sabríamos lo que pasó.


La versión oficial del Ministerio era que Lucius Malfoy se había vuelto loco después de la caída del Señor Oscuro. Que tras la muerte del líder que había seguido prácticamente toda su vida y mientras veía su mundo y sus ideales derrumbarse a su alrededor, en un momento de enajenación producto de su desesperación, había asesinado a su esposa y a su hijo. Aunque el cuerpo del joven Malfoy no había podido ser encontrado. Y dieron el asunto por zanjado. No tenían demasiado interés en averiguar el paradero del hijo de un Mortífago. Nada hacía sospechar que Draco Malfoy aparecería de repente un par de meses después, repartiendo maleficios letales a su paso, dejando un reguero de cadáveres tras de si. La única explicación que Severus encontraría a tal comportamiento era que su ahijado sí que se había vuelto completamente loco.

Casi al mismo tiempo que la sociedad mágica se estremecía con esta inesperada oleada de crímenes, la oferta de los Chudley Cannons llegaría como caída del cielo a solucionar el problema del futuro de Harry Potter. Harry era un excelente buscador y volar en su escoba era una de las pocas cosas que, incluso en los peores momentos, le habían ayudado a mantener la cabeza en sus sitio, a no volverse loco ¿Por que entonces, no hacer de una de las habilidades que había aprendido y disfrutado con mayor intensidad en Hogwarts, su medio de vida? No era tan tonto como para no darse cuenta de que la oferta en si encerraba también la soslayada intención de aprovechar su indiscutible fama más que su innata habilidad para el Quidditch. La sola mención de su nombre llenaría el estadio.
Pero eso solo había sido al principio. Sin lugar a dudas Harry era el mejor buscador de todos los tiempos, y no tan solo de Hogwarts. Bastaron tan solo un par de partidos para que el escéptico entrenador de los Chudley Cannons se diera cuenta de que no solo tenían un jugador que llenaba el estadio, precedido por su fama, sino que además era capaz de llevar a su equipo a la victoria levantando de su asiento a un público enardecido y devoto cada vez que su mano se cerraba sobre la pequeña snitch. Y poco a poco, aunque estaba seguro de que nunca dejarían que lo olvidara completamente, el Harry Potter jugador, fue desbancando al Harry Potter que venció al Señor Oscuro. Su equipo no había perdido la liga durante los tres años que hacía que Harry jugaba con ellos y desde hacía dos, formaba parte también de la selección inglesa.


Y el hecho del tranquilo paso de esos tres años y de que Harry llevara una vida tranquila y sin sobresaltos, no hacía más que reafirmar a Dumbledore en su decisión, de que esta vez no se había equivocado. Sin embargo, ningún miembro de la Orden había bajado la guardia con respecto a él. En especial Ron y Hermione, que por ser los más allegados, los que menos sospechas podían levantar en Harry, eran los encargados de vigilarle más de cerca. Además, ambos trabajaban en el Ministerio y junto con el padre de Ron y Ninphadora Tonks, estaban siempre ojo avizor para detectar cualquier movimiento sospechoso de Fudge con respecto a su amigo. Ajeno a todo, Harry seguía con su vida, contento y feliz, sin sospechar la tupida red que la Orden había tejido a su alrededor, cosa de la que todos eran conscientes no sería muy bien recibido por su protegido de llegar a enterarse. Neville Longbotton contra todo pronóstico se había convertido en un apreciado medimago y trabajaba en el hospital mágico. Cuidaba de vigilar atentamente cualquier ingreso de Harry en la institución, como consecuencia de lesiones o inesperadas caídas de escoba. Luna Lovegood estaba al frente del periódico de su padre, el Inquisidor y desde esa posición estaba siempre pendiente de rumores y noticias que pudieran derivar en alguna acción en contra de su ex instructor del ED. Lo mismo que Fred y George Weasley, por cuya tienda de bromas pasaba lo más florido de la sociedad mágica y tenían la oportunidad de recoger chismorreos y habladurías de todo tipo. Ginny Weasley era auror, para enojo de su madre y orgullo de su padre. Junto con Kingsley Shacklebolt, Dédalus Diggle y Hestia Jones, se ocupaban de seguir y perseguir cualquier pista sobre ex Mortífagos todavía sedientos de venganza contra el que había acabado con su Señor.


Ahora, con veinte años, Harry sentía que si tenía el mundo en sus manos y no de la forma en que el Ministerio había temido. Una carrera profesional que disfrutaba y le permitía vivir con holgura. El reconocimiento por ese trabajo y no tan solo por quien era o más bien, había sido. Jamás contestaba preguntas sobre la anterior etapa de su vida y si algún entusiasta seguidor se atrevía a hacer alguna que no se refiriera única y exclusivamente a Quidditch, tan solo recibía una furibunda mirada y se quedaba sin autógrafo. Tenía por primera vez una casa que podía llamar suya, no muy lejos de la de sus mejores amigos. Y a pesar de que su estatus le hubiera permitido disfrutar incluso de una suntuosa mansión, Harry sentía que no necesitaba más, que no quería más. Disfrutaba de las cosas sencillas y en lo único que era un poco manirroto era en su obsesión por conseguir siempre el último modelo de escoba, costara lo que costara. Aunque en la mayoría de las ocasiones los fabricantes se las regalaban. Que mejor reclamo publicitario que Harry Potter volando en una de ellas. Además, tenía una colección privada que era la envidia de coleccionistas mucho más expertos que él y en la que había gastado una pequeña fortuna. Ese había sido su único “vicio” hasta hacia poco. Porque su nueva y reciente afición era la que le había llevado hasta el polvoriento sótano aquella tarde después del partido. Cuando Berton, su entrenador, había mencionado casualmente en el vestuario que creía que el juego de pelotas con las que la selección inglesa había ganado el Mundial de Quidditch del 74, debían estar todavía por alguna parte el sótano del estadio, los ojos de Harry habían brillado de pura emoción.
-¿Está seguro? –había preguntado.
Berton había sonreído. Sabía que la nueva afición de Harry en ese momento era coleccionar bludgers, snitchs y quaffles antiguas y de diferentes países.
-¿Cree que puede haber algún problema si las busco? –había vuelto a preguntar, intentando no parecer demasiado ansioso– Si han estado tanto tiempo en ese sótano no creo que le importen mucho a nadie...
-Si Potter, – había dicho Berton, incapaz de negarle nada a su mejor jugador– si aun están ahí y eres capaz de encontrarlas, son tuyas.
A Harry le había faltado tiempo para acabar de vestirse, meter sus cosas apresuradamente en la bolsa de deporte y bajar al desmantelado sótano.

Consultó su reloj muggle una vez más. Ya iba con retraso Había quedado con sus compañeros en el callejón Diagon para festejar la victoria. Refunfuñó entre dientes porque tendría que dejar la búsqueda para el día siguiente y tenía tantas ganas de encontrar aquel juego de pelotas, que en ese momento festejar con sus compañeros de equipo no era lo que más le apetecía. Oh, me estoy volviendo un coleccionista paranoico, se reprendió a si mismo, si están aquí seguirán estándolo mañana. Se detuvo frente a una extensa lona, que tenía toda la pinta de haber sido verde alguna vez, bajo la cual se adivinaban las formas de varios objetos. La última miradita, se dijo a si mismo. Levantó con cuidado la lona, pero no pudo evitar la nube de polvo que envolvió su cabeza, obligándolo a toser violentamente. ¡Vaya! Más asientos de tribuna, se dijo decepcionado. ¿Por qué no tirarán todos estos trastos? Iba a volver a cubrirlos con la lona, ya decidido a seguir buscando al día siguiente, cuando algo llamó su atención, entre dos filas de asientos desvencijados. Un momento, parecía... Harry extrajo su varita del bolsillo de su vaquero y volvió a mirar con más atención. Si, sin lugar a dudas aquel bulto era un cuerpo. Se acercó con precaución a la forma inmóvil, cubierta por lo que parecía una capa oscura, que evidenciaba haber conocido mejores tiempos. Acercó lentamente su mano hasta tocarla de forma casi imperceptible. Si era un vagabundo que se había refugiado allí para pasar la noche, tampoco quería asustarlo. No hubo ningún movimiento.
-¡Eh! –dijo zarandeando a la figura con un poco más de vigor– No puedes estar aquí, amigo. –nada– Si el guarda te encuentra tendrás problemas, será mejor que te marches.
Dio la vuelta al cuerpo sin ninguna dificultad. Quien fuera debía estar en los huesos. Pero tan pronto acabó de hacerlo, sin apenas tiempo a reaccionar, se encontró con una varita clavándose en su garganta.
-Tranquilo amigo, puedes quedarte si quieres. A mi no me importa. –dijo, tomado por sorpresa.
Sin embargo, Harry seguía con su varita bien apretada entre sus dedos y sus ojos no perdían ni un segundo de vista la figura que ahora estaba sentada sin mostrar su rostro todavía, oculto bajo la capucha.
-Potter – susurró una voz ronca– ¡Quién iba a decírmelo!

 

CAPITULO II
Encuentro inesperado

Por un momento Harry sintió que su corazón se detenía. Conocía esa voz. Tal vez sonara algo más carrasposa, cansada, pero su tono era inconfundible. Deseó con todas sus fuerzas estar equivocado, porque si no lo estaba, tal vez ya no habría oportunidad de buscar ese juego de pelotas que tanto deseaba. Siguió apretando con fuerza la varita entre sus dedos, decidiendo que hacer. La que tenía clavada en la garganta no le dejaba muchas opciones.
- No creí que fuera tan fácil sorprenderte –prosiguió la voz en tono irónico– ¿Y fuiste tú quien derrotó al Señor Oscuro, Potter?…
Harry apretó el puño y siguió observando, apenas sin pestañear, la negra figura ante él. Esperando el momento. Recuerdos y sensaciones olvidadas volvieron a su mente golpeándole con dureza. Sus músculos tensos, su mano ahora aparentemente laxa. Sus dedos acariciando la varita, apenas sosteniéndola. La adrenalina circulando a toda velocidad por su cuerpo. Su mente luchando contra la idea de destruir otra vez, de aniquilar vida, aunque esta fuera ruin e indigna de ser llamada humana. Sin embargo, sabía que lo haría sin la menor vacilación si el momento llegaba.
- ... ¿O es que el pobre hombre tuvo un mal día?
Suficiente. Un fuerte y sorpresivo golpe en la mano que sostenía la varita contra su garganta y esta voló por los aires. Al mismo tiempo empujó el cuerpo del hombre hacia atrás con la otra mano y hundió la rodilla en su pecho. Un gemido ahogado, falto de aire, se escapo de la negra figura ahora inmovilizada contra el suelo.
- Si, Malfoy, evidentemente tuvo un mal día. Igual que tú.
Ahora era su varita la que se hundía en la garganta del otro. Desde el suelo, los ojos de Draco Malfoy le miraron desafiantes. La extrema palidez de su rostro contrastaba todavía más con el negro de la capucha que lo enmarcaba. El pelo que había quedado al descubierto era mucho más largo de lo que solía llevarlo en la escuela, revuelto y sucio, opacando su color natural. Las otrora delicadas facciones de su rostro se habían endurecido. Sus pómulos eran más prominentes y la barbilla mucho más afilada. La frialdad de sus ojos más penetrante de lo que Harry podía recordar, llenos de odio y, sin embargo, saturados de un dolor profundo y perturbador. A Malfoy no le habían ido muy bien las cosas desde que le había visto la última vez, cuando se graduaron.
- ¡Que honor! El gran Harry Potter va a matarme.
Pero el muy inconsciente seguía en su línea.
- Ni lo sueñes Malfoy. –respondió Harry todavía sin apartar su mirada de la gris que se le enfrentaba– Eso sería demasiado dulce para ti. Te pudrirás en Azkaban. –el odio que también destilaba su voz dio a entender al otro que no era solo una amenaza– Eso si tienes suerte. Quizás algún dementor quiera besarte antes. Igual que a tu padre.
Los ojos de Draco centellearon entonces con un intenso resentimiento.
- No te atrevas a mentar a mi padre, Potter.
- ¿Por qué? –Harry sonrió con sarcasmo– Era un asesino. Igual que tú.
- Ah, veo que tu también lees El Profeta –dijo en el mismo tono sardónico– ¿A quien se supone que he matado esta vez?
- No seas cínico. – escupió Harry, empezando a registrarle – Vamos, ¿dónde tienes la otra varita?
Costillas, eso era casi lo único que Harry pudo palpar bajo la sucia camisa, no sin cierta decepción.
- Oh, cielos, es verdad –dijo Malfoy poniendo los ojos en blanco– Se supone que soy un asesino tan concienzudo que utilizo dos varitas. A dos manos, ¿eh Potter? –Harry seguía registrando entre sus ropas sin muchos miramientos. Draco le dirigió una mirada burlona– Vas a acabar poniéndome caliente, Potter.
Harry apretó la rodilla en el pecho de su enemigo, consiguiendo que por unos momentos el rostro de Draco palideciera todavía más.
- ¡Cállate estúpido! –e hincó con más fuerza la varita en su garganta.
Los acerados ojos de Malfoy se clavaron en los verdes, desafiantes, mientras lentamente levantaba la mano que hasta ese momento había estado descansando en el suelo.
- Dime Potter, ¿cómo diablos crees que puedo utilizar dos varitas? –la sonrisa se torció en su rostro.
Harry dejó escapar el aire con un sonido involuntario, de pronto impactado ante la visión de la mano de Malfoy.
- ¿Quién te ha hecho eso? – preguntó sin poder apartar los ojos de lo que una vez había sido la elegante y estilizada mano derecha de Draco.
- ¿Acaso importa?
Los largos y finos dedos ahora adoptaban extrañas posturas, a cual más insólitamente retorcida. Harry tuvo la impresión de que cada hueso había soldado en la misma posición en que había sido roto. Y no era reciente. Hacía mucho tiempo que esa mano no había podido empuñar nada. Y menos una varita. Sin embargo, tan solo tres días atrás, según un artículo de El Profeta el peligroso Mortífago Draco Malfoy había matado a cinco aurores. A dos manos. Con dos varitas igual de letales.
- Además, ¿cuándo me has visto a mi utilizar dos varitas, Potter?
Draco vio perfectamente la sombra de la duda cruzar en la mirada que sostenía la suya. Sonrió internamente. Potter nunca había sido muy diestro ocultando sus emociones. Al menos no con él.
- Pudiste aprenderlo durante tu formación como Mortífago –argumentó Harry volviendo a posar sus ojos en la mano que ahora volvía a descansar en el suelo.
No estaba dispuesto a dejarse engañar tan fácilmente. Conocía de sobras la capacidad de Malfoy para las tretas, porque él había sufrido más de una en su propia carne. La carcajada ahogada de Draco le hizo fruncir el ceño, molesto.
- Potter, Potter, ¿todavía te crees todo lo que te cuentan?
Harry torció el gesto.
- Claro Malfoy. Como que tú eres un maldito Mortífago.
Draco sonrió provocadoramente.
- Compruébalo tu mismo. –le retó arremangando su manga.
Tenía que sembrar la duda en su mente antes de que el Gryffindor se dejara llevar por el rencor que ambos sentían. Tenía que conseguir tiempo. Lograr que vacilara antes de que tomara una decisión irremediable para él. Después de todo por lo que había pasado, no había llegado hasta allí para morir a manos del estúpido Potter o que le entregara a los Aurores del Ministerio. Dejó que examinara concienzudamente ambos brazos y procuró evitar sonreír ante la decepción que Potter apenas pudo ocultar al no encontrar la marca en ninguno de ellos.
- ¿Cómo has logrado borrarla? – preguntó sin poder esconder su asombro.
Sabía que era imposible. Tal vez la estaba ocultando con magia.
- Nunca estuvo ahí Potter. –en ese momento Draco emitió un profundo suspiro, amargo y cansado –Porque nunca fui marcado.
Harry parpadeó con incredulidad. Sin darse cuenta había aflojado la presión de su rodilla sobre el pecho de Draco, empezando a preguntarse qué era lo que no andaba bien en todo aquel asunto.
- Bueno Potter, ¿qué piensas hacer? No tengo todo el día.
Harry le dirigió una mirada hosca y Draco decidió no tentar su suerte. Esperó con el alma en vilo a que el Gryffindor tomara una decisión. ¡Por Merlín! ¿Cómo podían ser tan lentos? Un Slytherin habría resuelto el tema en cuestión de segundos. Casi al mismo tiempo se dio cuenta de que debía agradecer que Potter no lo fuera, pues de otro modo él ya estaría muerto. Cuando sintió la rodilla del moreno retirarse, intuyó que había una pequeña esperanza.
- Bien Malfoy, voy a concederte el beneficio de la duda. –dijo sin dejar de apuntarle a pesar de todo – Reconozco que algunas cosas no encajan.
- ¡Bravo Potter! Por una vez utilizas tu cerebro.
- No me calientes Malfoy. No creo que quede ya nadie para echarte de menos si me obligas a cambiar de opinión.
Draco se tragó el veneno que como buena serpiente estaba a punto de escupir, no fuera que el león decidiera por fin morder. Tal vez Potter no se hubiera dado cuenta todavía, pero él sabía de sobras que no estaba en condiciones de defenderse y menos de intentar un ataque.
- ¿Debo entender entonces que no vas a entregarme? –preguntó escondiendo su ansiedad bajo aquel tono superficial y algo altanero que le caracterizaba.
- No, al menos de momento. –conjuró unas cuerdas y a los pocos segundos Draco estuvo bien amarrado, sin ninguna posibilidad de moverse –Tengo que pensar que hacer contigo y ahora me están esperando. Volveré mañana. Que descanses Malfoy. – y sus labios deslizaron una sonrisa algo guasona.

Cuando extendió otra vez la lona sobre él, odió a Potter con todas sus fuerzas por dejarle allí de aquella manera. Pero todavía más al maldito orgullo que no le había permitido confesar que ya ni recordaba la última vez que había probaba algún alimento y que estaba a punto de desfallecer. Había agotado sus últimas energías en enfrentar al Gryffindor y ahora se sentía acabado. Pero antes muerto que mostrar su debilidad ante el enemigo y menos si este era Harry Potter. Cerró los ojos con cansancio, sintiendo que había ganado un día más de vida.

Harry abandonó el estadio envuelto en un mar de pensamientos confusos. Cuando llegó al callejón Diagon y entró en el local donde solía reunirse el equipo para celebrar sus victorias, fue recibido con un cariñoso abucheo por parte de los que llevaban ya más de dos horas celebrándola, y por el vocerío y los desafinados cantos a todo pulmón que llenaban el bar, algunos la estaban festejando con mucha intensidad. Harry se apoyó en la barra para pedir su bebida, intentando hacerse oír por encima del griterío. Sonrió divertido al contemplar como Thomson y Penn intentaba hacer flotar sus cervezas delante de sus narices y al mismo tiempo beberlas. Cosa que acabó irremediablemente como tenía que acabar. Con las jarras estrelladas en el suelo.
- ¿Dónde te habías metido Harry? – ronroneó en su oído la voz profunda y algo pastosa en ese momento de Neal, al tiempo que sentía las caderas del joven frotar discretamente contra su trasero.
- Desempolvando recuerdos. –contestó él con sinceridad.
- ¿En tu casa o en la mía? –preguntó su compañero en el mismo tono de voz.
- Hoy no Neal. No me siento con ganas de juerga esta noche.
- Pues deja solo que te achuche un poquito y te prometo que dormirás como un angelito.
Harry sonrió mientras se llevaba la cerveza de mantequilla a los labios. Conocía muy bien los achuchones de Neal y jamás ayudaban a dormir, sino más bien todo lo contrario.
- Hoy no Neal, de verdad. Necesito estar solo.

Neal era bateador y casi inmediatamente congeniaron. El resto del equipo había tardado un poco más en aceptarle. Pero Neal enseguida le había demostrado su incondicional apoyo mientras los demás preferían esperar, con algo de escepticismo, a ver qué era capaz de hacer el héroe del mundo mágico. No había sido hasta casi un año después que habían iniciado una especie de relación, en la que ambos estuvieron de acuerdo que no habría ataduras. La única condición que había puesto Harry era la más absoluta discreción por parte de ambos sobre sus aventuras de cama. Tenía ya demasiadas malas experiencias con la prensa como para dejar que una vez más su vida íntima se airease en la portada de El Profeta o cualquier otro periódico. Y Neal fue enseguida consciente de que cualquier palabra más allá por su parte acabaría con una relación de la que él esperaba obtener algún día algo más y en la que Harry todavía no daba su brazo a torcer. En el último año había intentado convencerle en más de una ocasión de que vivieran juntos, pero Harry se había negado, de la forma más gentil posible, eso si, pero aduciendo que no se sentía preparado para afrontar ese nuevo rumbo en su relación. Seguía necesitando su libertad a toda costa. Y a pesar de sentirse cómodo y a gusto en compañía de Neal, se le hacía muy cuesta arriba la idea de dejarse encadenar. No quería depender emocionalmente de nadie. Ya lo había hecho demasiadas veces en el pasado, y el resultado había acabado siendo siempre doloroso. Además, había recibido ofertas de otros equipos y aunque de momento todavía no se había planteado aceptar ninguna, ello no significaba que no lo hiciera en un futuro. Y prefería que aparte de un contrato, nada más le atara a los Chudley Cannons. No es que se sintiera especialmente orgulloso por pensar de esa forma, pero no podía evitarlo.
- Como quieras –aceptó por fin su compañero sin poder ocultar su decepción.
- Te prometo que te recompensaré. –murmuró Harry con una sonrisa prometedora en sus labios antes de desaparecer.

Estuvo dando vueltas en la cama hasta bien entrada la madrugada. Malfoy había traído a su memoria demasiados recuerdos enterrados con sumo esfuerzo durante aquellos últimos tres años. Y cada vez que lograba dormirse despertaba al poco rato envuelto en sudor, su corazón palpitando acelerado. Pesadillas que hacía tiempo había logrado desterrar tras muchas noches de poción para dormir sin sueños. Tantas que le habían creado una adicción que todavía había sido más difícil de abandonar. Sólo había logrado superarla con el apoyo del medimago que era su preparador físico. Gracias a otra poción que eliminaba los efectos residuales de la anterior (puro placebo, cosa que el mediago jamás confesaría) y a un agotador programa de entrenamiento físico que dejaba a Harry tan devastado, que antes de que su cabeza tocara la almohada ya estaba dormido. Ahora gracias al maldito Malfoy el insomnio había vuelto. Se levantó por fin a las seis de la mañana, harto de probar todas las posturas sin lograr conciliar un verdadero sueño reparador. Así que decidió darse un buena ducha y después preparó algunos sándwichs y café, que vertió en un termo. Pensaba dejar a Malfoy donde estaba hasta que decidiera qué hacer con él. Era evidente que nadie bajaba nunca a ese sótano. Pero matarle de hambre no entraba dentro de sus planes. Cuando se apareció en el sótano del estadio todavía no había decidido como afrontar el problema. Ni tan siquiera porque había decidido “crearse” ese problema. Hubiera sido mucho más sencillo entregarle y punto. Que se encargara el Ministerio de averiguar si Malfoy era o no un Mortífago y el asesino que todos buscaban. Tal vez la razón fuera que sabía de sobras que no iban a tener ningún tipo de consideración con él. Primero le mandarían a Azkaban y luego preguntarían. Y tal vez, solo tal vez, Malfoy mereciera la oportunidad de poder defenderse antes de encontrarse como su padre, delante de un dementor dispuesto a expresarle su incondicional amor con un beso. No pudo evitar que un ligero escalofrío le sobreviniera al recordar la mano del Slytherin. Era evidente que hacía bastante tiempo que no había podido sostener una varita con ella. Por lo tanto no podía ser responsable de las últimas muertes que se le achacaban. Malfoy tenía que darle muchas respuestas antes de que pudiera decidir por fin qué hacer con él. Suspiró antes de dejar con cansancio en el suelo la bolsa en la que había transportado el desayuno y alzó la lona. Malfoy seguía acurrucado entre los dos asientos desvencijados, atado de pies y manos tal como le había dejado la noche anterior.
- Despierta Malfoy –dijo mientras agitaba su varita y pies y manos quedaban libres– Te he traído el desayuno.
Sin embargo el rubio no se movió. Harry frunció el ceño, preparado para cualquier argucia que el Slytherin hubiera tramado.
- Arriba Malfoy. –insistió– No me hagas perder la paciencia.
Draco no hizo el menor movimiento. Varita en mano Harry se acercó a él y le observó con más atención. La casi imperceptible respiración del rubio le obligó a buscar su pulso, que encontró latiendo débil bajo su piel.
- ¿Malfoy? –probó una vez más, aunque ahora ya estaba bastante seguro de que el Slytherin no fingía– ¡Maldita sea!
Harry se frotó los ojos con desesperación. Una mala noche asociada a la palabra Malfoy no eran la mejor manera de empezar el fin de semana. También en mala hora había decidido no entregar al condenado Slytherin. Deslizó una mano por su pelo, nervioso, sin saber exactamente que decisión tomar. Evidentemente no podía llevarle al hospital mágico. Dudaba de que tan siquiera le dejaran atravesar la entrada. Iría directamente a la enfermería de Azkaban. Y ya se sabe lo que ello significaba. Además, que iba a decirles: buscaba un juego de pelotas por el sótano y me lo encontré. ¡Por favor! Tampoco podía dejarle allí. ¿O si? Al fin y al cabo no le debía nada. Había amargado su existencia durante siete años. Su padre había hecho todo lo posible y más para entregarle a Voldemort. Sin embargo su hijo no tenía la marca... Sacudió la cabeza, intentando colocar sus pensamientos en orden. Posó nuevamente la mirada sobre el cuerpo inmóvil y suspiró, odiándose por ser tan cretino. Seguramente era la falta de sueño... Convirtió su termo en un traslador, decidiendo que ya inventaría alguna excusa si alguien del Ministerio se descolgaba preguntando porque había conjurado un traslador no autorizado. Alzó sin dificultad a Malfoy, sorprendido de lo liviano de su peso y activó el traslador, apareciendo en su casa a los pocos segundos.
- Sé que voy a arrepentirme de esto, Malfoy –gruñó entre dientes mientras subía las escaleras en dirección al primer piso cargando al inconsciente Slytherin– Estoy más que seguro.

El Profesor Snape estaba tranquilamente sentado en uno de los cómodos sillones de su estudio, leyendo un tratado sobre pociones chinas, cuando oyó el particular ruido que indicaba que alguien estaba tratando de acceder a su chimenea a través de la red floo. No estaba para visitas. Había sido una semana dura para el Profesor. Lidiar con los estudiantes de primero ese año era más difícil que nunca. Tenía una buena colección de Longbottons, como solía llamarlos en honor a uno de sus ex alumnos más negados. Aquellos últimos tres días habían estallado más calderos de los que Snape era capaz de soportar. La insistencia en la conexión hizo que al final el Profesor de Pociones cerrara su libro de un manotazo y se levantara en dirección da la chimenea, dispuesto a maldecir sin compasión al imprudente que insistía en molestarle a tan temprana hora de la mañana. Sin embargo no pudo ocultar su sorpresa al ver la cabeza de Harry Potter aparecer entre las llamas esmeraldas. ¡Vaya! Hablando de ex alumnos negados...
- Señor Potter, ¿acaso no tiene reloj o para usted es un divertimento molestar a la gente a tan temprana hora de la mañana?
- Buenos días también para usted. –contestó Harry de mal talante– Necesito que me ayude.
Snape alzó las cejas con suficiencia.
- ¿El gran Harry Potter necesita de mi ayuda?
A todas luces Potter estaba haciendo grandes esfuerzos por morderse la lengua y Snape no acababa de entender porque. El joven nunca había logrado reprimir el impulso de contestar a sus provocaciones.
- Necesito que venga a mi casa. Ahora. Y con la más absoluta discreción.
Snape parpadeó perplejo. O al insolente Potter se le habían subido demasiado los humos a la cabeza o ya había olvidado con quien estaba hablando. Pero antes de que pudiera recriminar nada Harry habló otra vez, en tono más nervioso.
- He dicho AHORA, Profesor. Dejo la red abierta. Dese prisa.
Cuando la cabeza de Potter hubo desaparecido, el cetrino rostro del Profesor de Pociones empezaba a alcanzar el punto de ebullición. ¡Maldito Potter! ¿Qué diablos se había creído? Entró en la chimenea sin otro objetivo que darle una buena lección de modales a su ex alumno. El joven le recibió al otro lado, visiblemente alterado y molesto.
- Potter, si cree que...
- ¡Cállese y escúcheme! –Snape lo hizo en seco. Más por la sorpresa que por seguir la orden– No sabía a quien acudir –prosiguió Harry –y luego recordé que usted era su padrino.
En cuanto el cerebro de Snape procesó las palabras que Harry acababa de pronunciar, palideció, más bien amarilleó.
- ¿Dónde está? –preguntó el aferrando el brazo de Harry, clavándole dolorosamente sus largos y delgados dedos.
- Necesito que me de su palabra de que no...
- No sea estúpido Potter –regañó Snape con aire amenazador– ¿Dónde?
- Arriba. –dijo al fin, dirigiéndole una mirada resentida– Sígame.
- ¿Cómo le ha encontrado? –preguntó Snape mientras subía de cuatro en cuatro los escalones, con más agilidad de la que Harry hubiera esperado.
- Estaba escondido en el sótano del estadio.
Snape entró en la habitación como una exhalación en cuanto Harry abrió la puerta, y se dirigió a la cama donde Draco descansaba, con más aspecto de cadáver que de otra cosa. El Profesor de Pociones miró con preocupación el rostro de su ahijado. Su tez más pálida de lo habitual y las profundas y oscuras ojeras bajo sus ojos. Estaba tan demacrado que daba pena verle. Desabotonó y abrió la sucia camisa y repasó con atención su torso. A parte de que podía contar todas y cada una de sus costillas, había varias heridas que no habían cicatrizado demasiado bien. Pero ya se ocuparía de eso más tarde.
- Ayúdeme – pidió a Harry.
Mientras Snape le sostenía, Harry terminó de deslizar la camisa por los brazos de Draco y al tiempo que descubría su espalda no pudo evitar una exclamación de horror. Las inconfundibles marcas de latigazos la cubrían por completo. Las señales no eran recientes, pero estaban profundamente marcadas en la nívea piel. También había una herida en la parte baja de la espalda, infectada y que supuraba pus.
- Necesito volver a mi despacho por varias cosas –dijo Snape recostando a su ahijado con cuidado sobre la cama. –Mientras tanto, llene la bañera e intente deshacerse de toda la porquería que lleva encima.
- ¿Bromea? – preguntó incrédulo.
- No señor Potter. No bromeo. Y dese prisa. Le necesito listo para cuando vuelva.

Harry contempló aturdido como el Profesor de Pociones abandonaba la habitación a toda prisa, dejándole con el problema. ¡Maldita la hora en que había bajado a buscar las condenadas pelotas, que maldita también la falta que le hacían! Dirigió una mirada derrotada hacia la cama y observó el maltratado cuerpo que descansaba inconsciente en ella, sin poder evitar que se le encogiera el estómago. Suspiró rendido a las consecuencias de su estúpida decisión y se dirigió hacia el cuarto de baño para llenar la bañera. A los pocos minutos volvió a la habitación para cargar al rubio Slytherin y transportarlo al baño.
- Bueno Malfoy, –dijo entre dientes– vamos a ponerte en remojo.
Snape tardó en volver mucho menos de lo que él pensaba y en su fuero interno agradeció que fuera el padrino del joven quien manejara la situación a partir de aquel momento. Sin embargo, no tuvo inconveniente en ofrecer su silenciosa ayuda en todo el proceso posterior. Observó no sin cierta admiración la delicadeza con la que las ásperas manos de Snape se movían por el cuerpo de su ahijado, examinando y curando las diversas heridas que mostraba. El rostro del Profesor estaba contraído en una expresión de profundo disgusto y preocupación. No pronunció apenas una palabra mientras estuvo sumido en su tarea y solo cuando abandonaron la habitación, Harry pudo comprobar que su expresión era un poco más relajada. Bajaron en silencio y Harry le condujo hasta la sala de estar, por cuya chimenea Snape había accedido a la vivienda.
- ¿Quiere algo de beber? – preguntó intentando ser amable.
- ¿Tiene algo fuerte? –preguntó Snape mientras se desplomaba en uno de los sillones.
- Me temo que lo más fuerte que puedo ofrecerle es cerveza de mantequilla. –se excusó como anfitrión.
Snape se encogió de hombros, lo cual Harry interpretó como un si y desapareció en dirección a la cocina para volver pocos segundos después con una cerveza en cada mano. Le tendió una a Snape y se sentó en el sillón que quedaba enfrente de su antiguo Profesor de Pociones.
- ¿Qué cree que ha pasado? –preguntó en un intentó de iniciar una conversación que Snape no parecía tener muchas ganas de estrenar.
- No lo sé, Potter –dijo éste tras unos segundos– Pero créame que lo averiguaré.
Los ojos del hombre eran dos teas negras encendidas, brillando furiosas.
- ¿Ha visto su mano? – preguntó sin poder evitar otro ligero escalofrío ante el recuerdo de la misma.
- Como no verla, Potter – contestó el otro con impaciencia.
- ¿Cree... –se detuvo, como si no estuviera muy seguro de lo que iba a decir– ...cree que han sido los nuestros?
El Profesor de Pociones soltó una risa amarga.
- ¿Los nuestros? ¿Y quienes son los nuestros, Potter? –casi escupió.
- Me refiero al Ministerio o... a la Orden –terminó Harry sin mucho convencimiento, casi arrepintiéndose ya de la pregunta.
El Profesor dio un trago a su cerveza antes de contestar.
- En el Ministerio sólo son una pandilla de imbéciles buenos para nada, que no han dejado de dar palos de ciego durante todo este tiempo –dijo con desdén. Dio otro trago al botellín antes de continuar– Y yo mismo me he ocupado de seguir las pesquisas de la Orden para encontrar al Sr. Malfoy y evitar en lo posible un desenlace trágico antes de haber podido convencer al Profesor Dumbledore de que mi ahijado no es como su padre.
Snape terminó su cerveza y dejó el envase encima de la mesilla con un fuerte golpe. Harry todavía daba vueltas a la suya, sin apenas haberla probado.
- No lleva la marca...
- ¡Por supuesto que no, Potter! –casi gritó Snape– Uno de los pocos momentos de lucidez de los que hizo gala Lucius.
Ambos hombres quedaron en silencio durante unos minutos.
- Sinceramente Profesor, no entiendo nada de todo este asunto. Lo único que sé es que tengo a uno de los Mortífagos más buscados en mi casa y no sé como lidiar con esta situación. –confesó, como si pudiera esperar algún tipo de comprensión por parte de su ex Profesor de Pociones.
- ¿Por qué lo trajo entonces? –preguntó Snape arrugando el entrecejo.
- ¿Y qué quería? ¿Qué lo dejara allí, medio muerto?
- Era la solución más fácil para usted –respondió el Profesor escrutándolo con la mirada, parando a preguntarse por primera vez lo que había llevado a Harry Potter a acoger en su casa a su enemigo por antonomasia– O podía haberlo entregado.
- No dude de que ese fue mi primer pensamiento –respondió Harry a la defensiva.
- ¿Entonces?
- Si lo que está intentando averiguar es si pienso hacerlo ahora, la respuesta es no. – respiró profundamente– ¿O acaso cree que le puedo dar al Ministerio alguna explicación razonable de porque Draco Malfoy se encuentra ahora mismo ocupando una de las camas de esta casa? –razonó Harry exasperado.
- ¡Ah! –dijo Snape en tono sardónico– Por un momento temí que le guiara alguna intención más noble.
Harry tan solo dejó escapar un bufido y miro a Snape con cara de asco.
- Bien, –dijo el Profesor levantándose –debo irme antes de que mi ausencia empiece a levantar sospechas.
En rostro de Harry asomó una expresión de pánico.
- ¿No pretenderá dejarlo aquí?
- ¿Dónde sino? – preguntó el Profesor sin inmutarse.
- Creí... creí que se lo llevaría con usted.
- Señor Potter –dijo el hombre con calma– le agradará saber que su grado de estupidez sigue haciendo honor al concepto que siempre he tenido de usted. –Harry sintió que se encendía por dentro– Y ahora si es tan amable de poner los cinco sentidos, le daré las instrucciones de que pociones, cuantas veces y a que horas tiene que suministrárselas al Sr. Malfoy.
Los ojos de Harry despedían chispas. Andaba listo si pensaba que iba a convertirse en la niñera del maldito Slytherin.
- A partir del Martes tengo entrenamiento. –dijo intentando dominar su tono de voz– No estaré en casa en todo el día. Y el Sábado partido.
Snape le ignoró completamente, y en su lugar empezó a escribir las instrucciones en un pergamino que hizo aparecer, lo que todavía enervó más los ánimos de Harry.
- ¿Le apetece una buena gripe, Sr. Potter? –preguntó Snape con una sonrisa maliciosa cuando terminó, al tiempo que sacaba su varita.
Harry tardó unos segundos en reaccionar.
- No se atreverá.... Snape... ¡SNAPE! .... AAAACHIIIIS!!!!
- Volveré mañana. Cuídese el resfriado, Potter. –dijo mientras desaparecía por la chimenea, dejando a Harry luchando contra el siguiente estornudo.
Harry se quedó mirando su chimenea, furioso. Al dia siguiente no habría forma humana, muggle o mágica, de evitar que Snape se librara de la maldición que pensaba lanzarle en cuanto pusiera un pie en su salón.

Una hora después, su nariz estaba tan congestionada que su cabeza parecía que iba a despegar y abandonar el planeta. Había estado leyendo las instrucciones que había dejado Snape y se alegró de reconocer la mayoría de pociones, aunque para ser sincero consigo mismo, ya no tenía ni pajolera idea de cómo se preparaban. Sonrió al pesar que sin duda todas ellas le habían ayudado a hacer perder la paciencia del poco paciente Profesor de Pociones... y puntos de su Casa. Suspiró. Todavía faltaban dos horas para que tuviera que estrenar sus recientemente adquirido oficio de enfermero, así que se tumbó en el sofá y tras dedicarse a compadecerse a si mismo durante un rato, fue dando cabezaditas hasta que la alarma que había puesto en el reloj de cuco le hizo pegar un brinco.
Subió algo tambaleante las escaleras, intentando despejarse. Solo faltaría que se equivocara de poción. Snape era capaz de colgar su cabeza en su aula de Pociones como trofeo y aviso para estudiantes melindrosos. Penetró en la silenciosa habitación y comprobó que Malfoy permanecía en la misma postura en la que le habían dejado. Observó con atención los frascos milimétricamente alineados y pulcramente etiquetados que Snape había dejado sobre la mesilla de noche. Miró su lista y escogió el que correspondía. Vertió la medida en un vaso e incorporó a Malfoy para hacérsela beber.
- Vamos, Malfoy. Solo es una poción. Asquerosa, estoy seguro. Pero ayudará a que te largues de aquí cuanto antes.
Antes de salir, no pudo evitar dirigir una última mirada sobre el joven que había amargado sus existencia durante los años pasados en Hogwarts e intentó recordar si alguna vez había visto al Slytherin tan indefenso como en ese momento. Sacudió la cabeza. No, no iba a empezar a sentir compasión por un Malfoy a esas alturas de su vida. Y cerró la puerta.


CAPITULO III
Un paciente algo difícil

Había tratado de mentalizarse. Había creído que podría con ello, pero a medida que la semana había ido avanzando, al igual que su gripe, también las cosas habían ido complicándose. El domingo había tenido el primer sobresalto cuando Neal se había presentado en la puerta de su casa, dispuesto a cobrarse la recompensa prometida. Pensó que el galopante resfriado que arrastraba tras el hechizo de Snape haría que el bateador comprendiera que no estaba ni con ánimos ni de humor. Lo que no esperaba es que se empeñara en quedarse a cuidarle y tuvo que echar mano de toda la persuasión que tenía y de la que no tenía, para lograr que el joven se marchara. Y aun y así no fue hasta bien entrada la tarde. Había tenido que correr a poner un hechizo en la puerta de la habitación donde estaba Malfoy, para que al otro no se le ocurriera entrar ni por equivocación, buscando excusas cada tres o cuatro horas para desaparecer y darle la correspondiente poción al Slytherin. Cuando a la mañana siguiente, Lunes, contactó con su entrenador para explicarle que al día siguiente y seguramente el resto de semana no podría ir a entrenar por el fuerte trancazo que había pescado, tuvo que aguantar un buen rato de dura reprimenda sobre su negligencia en cuidarse.
- ¡Que os lo tengo dicho! Nada de excesos, nada de alcohol, moderación en las comidas, no trasnochar ¡Y NADA DE DORMIR CON EL CULO AL AIRE, POTTER, PORQUE DESPUÉS PASAN ESTAS COSAS!
Después vino otro buen rato de lamentos porque no podría jugar el partido del Sábado y media hora después, prometiendo y jurando por su vida que sería la última vez que se le ocurría engriparse, logró que Berton desapareciera por fin de la chimenea. Por la tarde tuvo que lidiar otra vez con Neal, aunque consiguió frenarle antes de que decidiera instalarse con él lo que durara su galopante resfriado. ¡La madre que parió a Snape! Y por la noche Malfoy, que hasta ese momento había permanecido calmado, sin apenas hacer notar su presencia, empezó a debatirse en un agitado estado de semiinconsciencia que le mantuvo en vela toda la noche.

Le había despertado el hechizo avisador que había puesto en la habitación donde había acomodado al Slytherin. Malfoy tiritaba a pesar de la agradable temperatura que había en la habitación, en contraste con los largos mechones plateados pegados a su rostro por el sudor que lo bañaba. Murmuraba palabras incoherentes que no lograba entender, pero Harry estaba seguro de que en esos momentos Malfoy luchaba contra sus propios demonios. Y Harry sabía bastante de esa clase de demonios.
- Malfoy... –susurró– …Malfoy, ¿puedes oírme? –el joven que yacía en la cama volvió a murmurar algo ininteligible– Malfoy, cálmate, sólo es una pesadilla.

Sólo es una pesadilla, murmuró para si mismo, consciente de lo que aquellas palabras habían sido para él durante tantos años. Sólo era una pesadilla, no pasa nada. Cuantas veces habría pronunciado esa frase a lo largo de su vida. Cuantas veces había despertado gritando, llorando, nadando en miedo. Solo era una pesadilla, Ron. Vuelve a dormirte. Hasta que había aprendido a insonorizar su cama con el bendito hechizo silenciador y había podido guardar para él y solo para él las noches de angustia e insomnio después, temeroso de dormir, asustado de caer en el sueño una vez más. Sabía exactamente cómo se estaba sintiendo Malfoy en esos momentos, fuera lo que fuera que le estuviera atormentando. Un extraño e impensable sentimiento de empatía le conectó con él en ese instante. Contempló el rostro angustiado y vio una única e inesperada lagrima deslizarse silenciosa por su rostro. Se dio cuenta en ese momento de que la frase “no se lo desearía ni a mi peor enemigo” no era tan solo una frase. Jamás le desearía a nadie que pasara por lo que él había tenido que pasar. Ni aunque esa persona fuera Draco Malfoy. Se dirigió al baño y empapó una toalla. Después volvió a la habitación y apartó con cuidado las hebras plateadas adheridas a la pálida piel y refrescó su rostro. Aquello pareció calmarle, ya que al cabo de unos minutos la respiración del rubio se estabilizó. Harry no podía evitar sentir cada vez más curiosidad por lo que había sucedido para llevar a su enemigo de la escuela a aquella situación. Aproximó a la cama uno de los sillones de la habitación, con la intención de quedarse durante un rato, hasta asegurarse de que la pequeña crisis había pasado. Sin embargo, al poco tiempo se dio cuenta que el sueño esa noche tampoco iba a aparecer. Pasó la noche en vela, perdido en sus recuerdos, guardando el sueño de su enemigo.

El martes por la mañana se arrastró escalera abajo en dirección a la cocina, con los ojos congestionados y la nariz enrojecida goteando como un grifo, rogando por tener un día sin sobresaltos. Creyó estarlo consiguiendo hasta que poco antes de la hora de comer a Ron y a Hermione les dio por aparecer en su casa, con la excusa de que alguien del Ministerio había mencionado “de pasada” la activación del su traslador. Odiaba mentir a sus amigos pero el fuerte gripazo sirvió de excusa para explicarles que no se había sentido con fuerzas para aparecer y había sido entonces cuando había decidido conjurar el traslador. Tuvo que poner toda la resistencia de la que fue capaz para evitar que su amiga le metiera en la cama a sudar y se empeñara en asaltar su cocina para preparar caldos y sopas. Al final una mirada desesperada dirigida a Ron hizo que el pelirrojo convenciera por fin a su mujer de que Harry era perfectamente capaz de cuidarse solo y que lo único que necesitaba una gripe era mucho líquido y reposo. Esa noche volvió a instalarse en el sillón de la habitación de invitados, después de tratar de que Malfoy no despertara a todo el vecindario con sus gritos. Al igual que la noche siguiente. Fue allí donde le encontró Snape el Jueves por la mañana. Harry le había dado acceso para aparecerse en su casa. Privilegio que a parte de Dumbledore, Ron y Hermione, nadie más tenia. Ni siquiera Neal. Entre otras cosas porque era una de las normas de seguridad que el dichoso Ministerio y Dumbledore le obligaban a guardar. Todavía quedaban Mortífagos que con gusto le lanzarían un Avada Kedavra.
- Potter, ... Potter...
Harry sintió como le zarandeaban suavemente. Abrió los ojos sobresaltado para encontrarse con la mirada siempre recalcitrante de Snape.
- Creí que era mañana cuando no tenia clase – murmuró todavía medio dormido, restregándose los ojos.
- Le dije el Jueves, Potter. Hoy es Jueves.
Harry se desperezó, algo entumecido.
- Ha estado teniendo pesadillas – informó.
- ¿Le ha dado todas las pociones?
- Se las he dado.
- ¿A sus correspondiente horas?
Harry se dio cuenta de como Snape le miraba de reojo al tiempo que examinaba a su ahijado, como si dudara de su capacidad para llevar a cabo lo que le había encomendado.
- A sus horas. –respondió Harry tajante. Se levantó y se estiró nuevamente– Voy a preparar café.
- Tómese esto antes –Snape rebuscó en el bolsillo interior de su túnica y le tendió un pequeño frasco– El sábado podrá jugar.
Harry alzó las cejas con sorpresa. Por lo visto en algún lugar recóndito a Snape todavía le quedaba algo de conciencia.
- ¿Y él? –pregunto.
- No se preocupe. Le he dicho al Profesor Dumbledore que pienso pasar el fin de semana en Londres. Si no le importa me quedaré aquí.
Harry dejo escapar un suspiro mirando al techo, como reclamando la presencia de algún ente divino.
- ¡Como si estuviera en su casa!
Y desapareció en dirección a la cocina, sin poder ver una sonrisa complacida a sus espaldas. Un leve movimiento llamó la atención de Snape sobre su ahijado.
- ¿Draco?
Los párpados de Malfoy se entreabrieron con dificultad. Contrariamente a la sensación que le acompañaba al despertar desde hacia tanto tiempo, se sentía cómodo, confortable. Nada de duro suelo bajo su espalda. Trató de enfocar la vista para distinguir la figura que se inclinaba sobre él. Durante unos segundos el recuerdo de Potter apuntándole con su varita rasgó su mente, todavía ofuscada. En esos escasos segundos, un sin número de posibilidades galoparon por su pensamiento, a cual más desoladora. Sin embargo, al tiempo que su consciencia empezaba a aflorar, llegó a la conclusión de que de estar en Azkaban no estaría acostado sobre algo tan mullido. Intentó moverse, pero parecía que su cuerpo se había convertido en piedra y tan solo fue capaz de ladear un poco la cabeza. Trató de abrir nuevamente los ojos, para averiguar quien estaba junto a él. Poco a poco su visión se fue aclarando hasta mostrar de forma diáfana el rostro preocupado y ansioso de Severus Snape.
- P...adrino – acertó a decir con voz ronca.
Los brazos del severo Profesor de Pociones le envolvieron y él se aferró a su túnica con la única mano que podía hacerlo.
Padrino... –su voz se convirtió en un sollozo.
Ell esquelético cuerpo entre sus brazos se convulsionaba en un llanto doloroso y amargo. No se conformaría con tan solo lanzar una maldición al culpable del estado de su ahijado. Iba a hacerle pagar muy caras las lágrimas que ahora se derramaban sobre su túnica. El patético estado en el que se encontraba. El dolor que reflejaron sus ojos en cuanto se abrieron. El sufrimiento del que hablaba su cuerpo.
- Shsssss, tranquilo Draco. Lo resolveremos.
Por primera vez en tres años, Draco Malfoy supo que estaba a salvo.

Dos horas después, cuando Snape entró en la cocina encontró a Harry con la cabeza sobre la mesa, dormido, asiendo todavía la taza de café ya frío en su mano. El joven tenía un aspecto lastimoso. Snape se permitió el lujo de sonreír, a salvo de miradas indiscretas. Desde el principio había sabido que Potter protestaría y patalearía, pero su nobleza Gryffindor jamás le permitiría dejar su ahijado tirado. ¿A quién si no a él se le ocurriría llevarse a uno de los Mortífagos más buscados en esos momentos a su propia casa? Solo esperaba que ello no le trajera malas consecuencias. Suspiró. Tal vez debería prepararle también un reconstituyente sino quería que el Sábado se cayera de su escoba durante el partido, de puro cansancio.
- Potter, deje de gandulear y despierte de una vez –dijo a su oído.
Harry abrió los ojos sobresaltado y al incorporarse la taza fue a parar al suelo, haciéndose añicos y dejando las baldosas perdidas de café.
- ¡Por Merlín, Potter! ¡Sigue usted siendo una calamidad!
Harry balbuceó algo ininteligible, pero por su expresión era fácil comprender que se estaba acordando de toda la familia de Snape.
- Debo volver a la escuela. –le informó mientras observaba como su ex alumno limpiaba el estropicio– Por cierto, el Sr. Malfoy ha despertado.
Harry se volvió con rapidez hacia el Profesor, con una mirada interrogante.
- ¿Ha podido aclarar algo? –preguntó.
Snape negó con la cabeza.
- No mucho –dijo– Me temo que el Sr. Malfoy no tiene demasiadas ganas de hablar todavía –alzó las cejas en señal de advertencia –Hasta que yo vuelva el Sábado, procuren no matarse.
Harry sonrió con desdén y le dio la espalda al Profesor para servirse otra taza de café. Después, se entretuvo preparando una comida ligera para su “invitado”, que debía estar hasta las orejas de poción fortalecedora y supuso que su estómago estaría clamando ya por algo más sólido.

Una hora después, cuando entró en la habitación de su invitado, comprobó que Snape había corrido las cortinas y ahora el sol inundaba el cuarto. Draco estaba incorporado sobre un montón de cojines. Tenía los ojos cerrados, pero los abrió en cuanto oyó el sonido de la puerta al cerrarse y volvió la cabeza hacia él. ¡Dios! ¡Qué se había hecho del Malfoy que él conocía! Los ojos hundidos y apagados, enmarcados en aquellas profundas ojeras que le daban un aspecto débil y enfermizo, tan alejado de la altanería innata en su persona. Harry no pudo evitar sentirse algo nervioso. La última vez que habían hablado no había sido en términos demasiado agradables, con sus varitas apuntando hacia sus respectivas gargantas. Además, una incomoda sensación de remordimiento le había estado rondando desde que lo había encontrado inconsciente el Sábado por la mañana.
- ¿Qué tal, Malfoy? ¿Cómo te encuentras? –preguntó en el tono más amable del que fue capaz.
Los plateados iris de Draco estaban tan oscurecidos que parecía que hubieran cambiado de color.
- He estado mejor, Potter. –la voz sonaba arrastrada, pero no era producto de su habitual petulancia sino más bien de un profundo agotamiento.
- ¿Tienes hambre? –depositó la bandeja sobre sus rodillas– Snape recomendó algo ligero para empezar –señaló el tazón– Caldo con tropezones.
- Ya veo que te has matado. –ironizó el rubio.
Harry iba a contestar a la impertinencia, pero después se lo pensó mejor y acabó por decir:
- Los muggles tienen bastante traza en esto de las comidas preparadas, ¿lo sabias?
Draco frunció levemente el ceño ante la palabra muggle, pero no hizo ningún comentario. Tomó con su mano izquierda la cuchara y empezó a comer. Su mano derecha no estaba a la vista, escondida bajo las sabanas.
- ¿Vas a quedarte mirando, Potter?
Harry resopló y se levantó del sillón donde había pasado las últimas tres noches. Era Malfoy después de todo.
- Volveré dentro de un rato.
Cuando regresó una hora después, el tazón estaba vacío y Draco dormitaba. Le zarandeó con cuidado.
- Malfoy...
Draco abrió los ojos y vio que Harry le tendía un vaso con un liquido azul.
- La poción de las 15.30 –anunció como si se tratara de la llegada de un tren a la estación. El rubio la tomó en silencio– Ahora boca abajo, por favor –dijo tomando un pote de la mesilla de noche –Quítate la camisa del pijama.
Draco le dirigió una mirada huraña, pero empezó a luchar con los botones con su mano izquierda. Harry suponía que Draco era diestro. O al menos siempre le había visto empuñar la varita con esa mano.
- ¿Necesitas ayuda? –ofreció.
- ¿Te la he pedido? –contestó el rubio de forma cortante.
- Rebosando simpatía, como siempre –se mofó Harry, cruzándose de brazos.
Draco le dirigió una mirada desafiante y terminó con el último botón. Cuando por fin se tendió boca abajo, con su mano derecha convenientemente oculta bajo la almohada, Harry observo la mejoría que las marcas habían experimentado en tan poco tiempo. Snape seria un hijo de su madre la mayor parte del tiempo, pero no cabía duda de que tratándose de pociones y ungüentos sabía lo que se traía entre manos. Extendió con suavidad la pomada por cada una de las señales que atravesaban la espalda de Draco y por la herida, que ya había cicatrizado.
- Apenas quedarán señales –le informó. Notó un leve encogimiento de hombros. Y tras un ligero titubeo, la pregunta salió de sus labios –¿Quién te hizo esto, Malfoy?
- No es de tu incumbencia, Potter – respondió él en tono áspero.
- Estas en mi casa, Malfoy. Creo que no es pedir demasiado que contestes una sencilla pregunta. –le recriminó en tono molesto.
- ¿Acaso te pedí yo que me trajeras?
Harry apretó las mandíbulas y cerró el bote bruscamente. Bien, si en algún momento había sentido algo de compasión por el Slytherin, acababa de esfumarse en ese mismo instante. Lo dejó sobre la mesilla de noche con un golpe seco y salió de la habitación sin decir nada. No volvió hasta última hora de la tarde, con la cena. Dejó la bandeja encima de la cama, al lado de Draco, sintiendo la atenta mirada del rubio siguiéndole hasta la mesilla de noche, donde escogió otro de los frascos allí alineados y vertió cierta cantidad del mismo en un vaso que había tomado de la bandeja. Después volvió a depositarlo en ella. En ningún momento habló, o dirigió la mirada ni una sola vez hacia la figura inmóvil en la cama, que sin embargo le observaba con atención. Desapareció por la puerta tan silenciosamente como había entrado.

Draco miró la bandeja con un leve sentimiento de culpabilidad, que rápidamente reprimió. No estaba dispuesto a compartir con Potter recuerdos que ni tan solo había mencionado todavía a su padrino. Memorias de hechos que ni él mismo estaba muy seguro de querer recordar. Seguía asustado, en un estado de constante sobresalto. Aunque por supuesto jamás lo demostraría. Odiaba sentirse tan vulnerable. Pero gracias a Merlín el control que tenía sobre sí mismo seguía siendo tan férreo como siempre. La tenaz voluntad que le había ayudado a sobrevivir durante aquellos tres años, que le había salvado la vida hasta ese momento. Aunque era consciente de que había faltado poco... muy poco. Estaba cansado de huir. De tener que estar vigilando constantemente a sus espaldas. Dos veces había caído en sus manos y dos veces había logrado escapar. Estaba seguro de que alguna divinidad mágica velaba por él en alguna parte. Sin embargo, sabía que su suerte podía acabarse en cualquier momento. De hecho, la tarde que Potter le encontró, tuvo la casi absoluta seguridad de que aquel momento había llegado. Todavía seguía sorprendiéndose de que no le hubiera entregado. Por lo que le había contado su padrino, por lo visto hasta tenía que estarle agradecido. Pero tener que agradecer algo al Gryffindor era más de lo que su sangre Malfoy podía tolerar. Echó la cabeza hacía atrás con un profundo suspiro y permaneció mirando al techo durante unos minutos, intentando apartar de su cabeza el molesto pensamiento de que en realidad estaba vivo gracias a él, mal que le pesara. Dirigió nuevamente la mirada hacia la bandeja que reposaba a su lado y entonces se dio cuenta. ¡El maldito Potter había cortado la carne en pedacitos! ¿Acaso creía que no podía valerse por sí mismo? Furioso, golpeó la bandeja que salió despedida de la cama y fue a estrellarse contra el suelo, junto con su impotencia y su desesperación. No conocía mejor manera de desahogar su dolor y protegerlo de miradas ajenas que parapetarlo tras un muro de indiferencia y de desprecio. Dirigir su rabia y su ira contra el Gryffindor eran una buena terapia para desalojar de su pecho la presión del sufrimiento que le ahogaba desde hacía tanto tiempo, junto con el miedo y la tristeza y un intenso sentimiento de soledad. Tres días antes, cuando había abierto los ojos para encontrarse con el rostro de Severus Snape, no hubiera podido describir la sensación de profundo alivio que sintió y se agarró a él como a una tabla de salvación. Pero no entendía porque le obligaba a permanecer allí. Tal vez solo estaba esperando a que recuperara fuerzas como para ser capaz de levantarse y entonces podría perder de una vez de vista al maldito Potter.

Cuando despertó a la mañana siguiente la bandeja ya no estaba en el suelo con todo el estropicio de la noche anterior, sino otra vez en la cama a su lado, con el desayuno. Potter siguió sin hablarle durante todo el día y él no hizo el menor esfuerzo por disculparse o iniciar ninguna conversación. Potter entró y salió de la habitación muchas más veces que el día anterior, como si en realidad deseara provocarle y obligarle a abrir la boca, aunque tan solo fuera para soltar algún desatino. Pero ese era un juego que él sabía jugar mucho mejor. Lo había practicado con gran destreza en Hogwarts Así que le desesperó ignorándole, le impacientó entreteniéndose con los botones del pijama cuando tuvo que curar las señales de su espalda y le sulfuró cuando recogió la bandeja de la comida y encontró el pescado que Potter había desmenuzado con paciencia, apartando todas las espinas, intacto en el plato. Su rostro fue todo un poema, y Draco tuvo que dominar las ganas de sonreír ante la tan prevista reacción. Sin embargo, Potter también se tomó la revancha: esa noche no hubo cena.

Cuando el sábado por la mañana oyó el sonido de la puerta, no esperaba que fuera precisamente su padrino quien entrara.
- ¿Cómo te sientes? –preguntó Snape mientras le examinaba.
- Mejor –respondió él.
- ¿Crees que podrás darte una ducha y vestirte?
Draco frunció el ceño. ¿Acaso todo el mundo pensaba que era una especie de minusválido, incapaz de valerse por si mismo?
- Potter me ha prestado algo de ropa antes de irse esta mañana –dijo su padrino señalando el sillón donde la había depositado.
Draco observó con ojo crítico las prendas depositadas encima de la cama. Asintió con la cabeza.
- Estaré abajo, en la cocina.
- No tardaré.

Draco se obligó a arrastrar su cuerpo fuera de la cama y se levantó algo tambaleante. Pero el chorro de agua caliente cayendo sobre su cuerpo le confortó y prolongó la agradable sensación más tiempo del que habitualmente utilizaba en esa tarea. Una vez vestido, aunque la ropa fuera del desafortunado gusto de Potter, se sintió bien. Salió de la habitación y observó con atención todos los detalles de la casa mientras bajaba la escalera y buscaba la cocina. Aunque saltaba a la vista que era una casa muggle, tenía que reconocer que el Gryffindor había logrado convertirla en un lugar agradable. Entró en la cocina donde Snape le esperaba con semblante serio y Draco supo que esta vez tendría que afrontar "la conversación”.
- Bien Draco, creo que ya es hora de que hablemos.
Snape enfrentó los ojos de su ahijado, que se oscurecieron ante la perspectiva de desenterrar recuerdos amargos. No pudo dejar de pensar que el joven se parecía cada día más a Lucius. Su tez pálida; su figura alta y lánguida, de constitución delgada y brusca; su mirada dura, fría donde las hubiera; su porte, su sonrisa perdonavidas. Incluso el largo pelo rubio ahora atado en una coleta. Sin lugar a dudas era un Malfoy de los pies a la cabeza. Lucius se había encargado de que quedara poco de Narcisa en él. Sólo que, gracias a Merlín, y también a los esfuerzos que él mismo había puesto en ello, la cabeza de Draco había permanecido alejada de ciertas ideas radicales, o al menos no había sucumbido totalmente a ellas, las mismas que habían sido la perdición de su padre.
- ¿Vas a contarme de una vez cómo has llegado a esta situación, Draco?
El joven suspiró y cruzó las piernas con elegancia. Cerró los ojos unos momentos, como si quisiera poner en orden sus pensamientos, mientras entrelazaba sus manos en un gesto no exento de cierta sofisticación. Por fin habló.
- Fue dos días después de que el Señor Oscuro cayera. –empezó– Padre vino a casa. Estaba herido y madre lo escondió en una de las habitaciones ocultas, ya sabes. –Snape asintió – Dijo que no teníamos nada que temer. Que estábamos a salvo. Que el Ministerio no podría hacer nada contra nosotros, ya que yo no tenía la marca y que había puesto los bienes de la familia a nombre de mi madre y mío, que saldríamos adelante. Su intención era desaparecer en cuanto se recuperara, porque estaba seguro que no tardarían en hacer un registro de la casa. Le juró a mi madre que se había desecho de todo aquello que pudiera, digamos, incriminar nuestro nombre con actividades oscuras. Por lo que no encontrarían nada. Esperaría en alguna de nuestras propiedades en el extranjero a que las cosas se calmaran y más adelante, cuando ya no hubiera peligro yo debía reunirme con él.
- ¿Te dijo para qué?
Draco negó con la cabeza.
- En realidad no hubo tiempo. – dijo en tono amargo.

Draco se había dormido por fin después de dar vueltas en la cama, nervioso por la presencia de su padre en la casa. Ahora que el Señor Oscuro había muerto, sabía que la persecución sería implacable contra los que una vez habían sido sus más leales servidores. Y su padre había sido uno de los más allegados. Él no se sentía tan optimista con respecto a la posible reacción del Ministerio contra su familia. Caer sobre la fortuna Malfoy era una tentación demasiado fuerte para poder ser ignorada y su padre no podía estar pasándola por alto con tanta facilidad. Tal vez solo intentaba tranquilizar a su madre...
No haría ni veinte minutos que por fin el sueño le había vencido, cuando de pronto las sábanas fueron removidas con violencia, despertándole sobresaltado. Unas manos poderosas le sacaron de la cama, arrastrándole por la habitación en contra de sus vanos intentos por resistirse. No podía verlos, pero al menos eran dos hombres. Cuando salieron a la luz del pasillo, confirmo que eran solo dos, pero demasiado fornidos para que un muchacho de diecisiete años pudiera hacer nada contra ellos sin su varita. Los escalones golpearon dolorosamente en sus rodillas y piernas mientras tiraban de él escaleras abajo. A pesar de lo desesperado de la situación, lo que más aturdía a Draco en ese momento era que los dos energúmenos que tan delicadamente le conducían hacia las mazmorras de su propia mansión eran dos Mortífagos; o al menos iban ataviados con túnicas negras y máscaras blancas. Cuando llegaron al húmedo sótano, Draco comprobó que estaba más concurrido de lo que esperaba. Le empujaron dentro de la segunda mazmorra de las cinco que se alineaban a lo largo del oscuro pasillo, donde fue recibido por tres figuras más, con los rostros parapetados tras sus máscaras. Su madre se encontraba retenida contra la pared por otro de ellos.
- ¡Quítale las manos de encima! –gritó haciendo un intento de dirigirse hacia ella, pero los dos que le habían bajado hasta allí se lo impidieron. Es más, uno de ellos le dobló de un puñetazo en el estómago, dejándole sin aire y cayó al suelo de rodillas. Una mano firme le levantó, zarandeándolo hasta lograr mantenerle en pie.
- Bien Draco, la pregunta será sencilla –dijo la voz bajo la máscara– ¿Dónde está tu padre?
Conocía esa voz.
- No lo sé –dijo, orgulloso de que la suya saliera más firme de lo que esperaba.
- Harías bien en hacer memoria, Draco. No nos iremos sin una respuesta.
Podía haber torturado a Narcisa, pero aparte de que la mujer ofrecería mucha más resistencia, no en vano era una Black, estaba seguro de que conseguiría la presencia de Lucius Malfoy mucho más rápido si era a su hijo quien ocupaba ese lugar.
- No puedo tener memoria de lo que desconozco. –le respondió el muchacho, desafiándole con la mirada.
- Digno hijo de su padre –el hombre soltó una carcajada profunda, acorde con su voz, al tiempo que hacia un gesto con la mano.
Rudolf, era Rudolf Lestrange, fue el sorprendido pensamiento de Draco mientras era despojado de la camisa de su pijama y conducido con firmeza hasta el centro de la mazmorra, donde le encadenaron a los grilletes que colgaban del techo. Dirigió la vista hacia el Mortífago que apretaba su varita contra la garganta de su madre y sintió que su estómago se revolvía. Pero si su tío Rudolf era capaz de tratarle de la forma en que lo estaba haciendo, no tenía que extrañarle que su madre fuera amenazada por su propia hermana Bellatrix. Su mirada se cruzó con la de Narcisa durante unos segundos. El rostro de ella estaba impasible, pero sus ojos expresaban todo el temor que sentía por él. Draco intentó tranquilizarla con su mirada, decirle que estaba dispuesto a afrontar con entereza lo que viniera, como Malfoy que era.
- ¿Alguna vez tu padre te ha dado unos azotes, Draco? –murmuró una voz junto a su oído. ¿McNair?
Draco había subestimado hasta ese momento el poder de un látigo en manos de alguien que sabía como manejarlo. El cuero cortó la piel desnuda y el joven apenas reprimió un grito, aterrorizado por el conocimiento de aquel dolor impensado, lacerante y cruel No le dio tiempo a prepararse para el segundo latigazo cuando ya había caído sobre él, con más fuerza que el primero. Cuando llegó el tercero supo que gritaría. El dolor era tan fuerte que si lo retenía dentro de sí su corazón iba a estallar. El quinto latigazo se lo arrancó de la garganta. Los golpes secos y metódicos se clavaban profundos en su carne, abriéndola, obligándole a gritar una y otra vez. Y no quería, no quería hacerlo...
- Me estaba preguntando cuanto tardarías en aparecer.
La voz de Rudolf tenía un matiz de satisfacción, baja y profunda, cuando llegó a Draco enturbiada por las oleadas de su propio dolor. Pero supo que su padre estaba allí.
- Suelta ese látigo, McNair.
La voz de Lucius Malfoy sonó imperiosa, más fría de lo que jamás se había oído. Sus ojos, dos témpanos de hielo clavados en la ensangrentada espalda de su hijo; su varita, apuntando amenazante a su cuñado. Éste hizo un gesto y McNair bajó el brazo.
- Hagámoslo fácil, Lucius. Dinos donde está y terminemos con esto. Fingiremos que nada ha ocurrido y cerraremos el círculo otra vez.
Lucius seguía con la vista fija en su hijo y en el miserable que había osado tocarle. Las palabras de Rudolf se deslizaron por sus oídos, prestándoles la atención justa. Su mente maquinaba la manera de liberar a Draco y matar al desgraciado de McNair, autor material del sufrimiento de su heredero.
- Suelta a mi hijo, McNair. –el hombre del látigo en la mano pareció dudar.
- Quieto McNair –ordenó Rudolf. Después se volvió hacia Lucius– Tendrás a tu hijo cuando nosotros tengamos lo que hemos venido a buscar. –hizo una pequeña pausa, sin perder de vista la mano con la que Lucius sostenía su varita– Nadie esperaba que el maldito Potter acabara con nuestro Señor. –dijo con calma– Siempre dimos por sentado que no era rival para EL. Pero lo hizo. Así que ahora es necesario establecer un nuevo orden antes de que los nuestros se desperdiguen o sean masacrados por los aurores. Debemos restablecer el poder.
- ¿Y crees que puedes hacerlo tú, Rudolf? – preguntó Lucius con sarcasmo.
- Lo único que sé es que nadie ha dicho que tengas que ser tú quien lo haga, querido Lucius.
Draco no podía ver a su padre, porque le habían encadenado de espaldas a la puerta de entrada. Pero por el tono de su voz sabía que de un momento a otro volarían maleficios por toda la mazmorra. Y no iba a ser un juego de niños. No cuando eran los siete miembros de la cúpula del señor oscuro, tal como los siete pecados capitales, los que estaban allí congregados. Y seis contra uno no era un equilibrio demasiado recomendable. A pesar de que no sabía si podría sostenerse en pie, lo único que deseaba era poder soltarse y alcanzar la varita que dos días antes había escondido bajo el pantalón, de la que no se separaba ni para dormir sujeta a su pantorrilla izquierda y poder ayudar a su padre. Y que le dejara al maldito McNair a él. Le mostraría por dónde estaba dispuesto a meterle el látigo a ese hijo de su madre.
La fría mente de Lucius seguía trabajando. Si Rudolf había pensado en algun momento que no se atrevería a hacer nada porque tenía a su hijo colgando en medio de la mazmorra, estaba muy equivocado. Miró a su esposa unos segundos, los suficientes para darse cuenta de que la punta de su varita asomaba y por el puño de encaje de la manga de su elegante vestido. Unos segundos que fueron suficientes para que ella también entendiera que iban a jugarse el todo por el todo para logra sacar a su hijo de allí y proteger al mismo tiempo su futuro. Dirigió un imperceptible gesto de asentimiento a su marido. Lucius apenas esbozó apenas una sonrisa. Narcisa había sido su constante apoyo durante todos aquellos años. La esposa perfecta. Tal vez no siempre de acuerdo con sus decisiones, en especial en las que se referían a Draco. Había sido ella quien le había convencido de preservar a su hijo de su sometimiento al Señor Oscuro, evitando con hábiles excusas que fuera marcado cuando fue requerido poco antes de terminar la escuela. Ella había trazado el plan que llevaría a su retoño lejos de la influencia de Voldemort, impidiendo que éste pudiera reclamarlo. Poseía ambición y una mente clara y despierta que había encaminado a Lucius en más de una ocasión en la dirección correcta. Podía ser tan dura y fría como la situación lo requiriera. Y era más hábil con la varita de lo que jamás había dejado sospechar a nadie que no fuera su marido. Y ahora su prioridad, la de ambos era preservar la vida de su hijo.
Los grilletes de Draco se abrieron de repente y Rudolf vio como el muchacho caía sin ni siquiera tener tiempo a ampararse con las manos para no golpearse contra el duro suelo. Un pequeño contratiempo. Tal vez Lucius había podido liberar a su hijo, pero no podría con seis Mortífagos contra él. Bueno, cinco, ya que Narcisa había logrado deshacerse de su hermana y también tenía una varita en la mano. Ni por un momento le preocupó ver a su propia mujer en el suelo. Tenía muy clara cual era su prioridad. El matrimonio Malfoy estaba en ese momento escudado tras la entrada de la mazmorra, lanzando maleficios a diestro y siniestro. Esquivó hábilmente el rayo que venía hacia él y buscó con la mirada al único Malfoy que quedaba de momento a su merced, dispuesto a utilizarlo como escudo contra sus padres.
Draco se arrastraba intentando alcanzar la pared para lograr ponerse en pie y llegar junto a Lucius y Narcisa, sosteniendo convulsivamente la varita que ya tenía en su mano. No oyó la voz de su madre gritándole que no se levantara, que permaneciera en el suelo donde estaba más seguro de momento. No pudo ver sus ojos asustados cuando él no lo hizo, jadeando por el esfuerzo de erguirse cuando el lacerante dolor de su espalda le decía que ni lo intentara, desesperado por reunirse con los suyos. Dio unos pasos, vacilante, agarrándose a las frías piedras sin darse cuenta de que Dolohov estaba a sus espaldas.
- ¡Draco! ¡Hijo!
Esta vez si oyó la voz desesperada de su madre, pero tarde. Sintió las manos del hombre voltearle con violencia y clavar su espalda contra la pared, desgarrando sus heridas abiertas.
- Pequeño bastardo...
Por unos momentos perdió el mundo de vista, sumido en un dolor intenso y penetrante.
- No le sueltes, Dolohov – oyó que ordenaba la voz de su tío – Mantenle ahí.
Fue consciente de la varita en su mano, mientras luchaba por no desvanecerse. Podía hacerlo. Sabía como. Conocía las palabras. Si alguna vez se había preguntado si sería capaz, ese era el mejor momento para comprobarlo.
- ¡Avada Kedavra!
Tal vez su voz no sonara demasiado fuerte, pero contenía la rabia y el odio necesarios. El Mortífago cayó al suelo sin vida. Y él se deslizó dolorosamente pared abajo hasta caer sentado sobre la fría losa. Los momentos siguientes estaban confusos en su memoria. Vio aturdido la luz que se dirigía directamente hacia él. Las fuerzas le habían abandonado. Ya no era ni capaz de alzar el brazo e intentar un conjuro protector, de todas formas inútil pensó, porque sabía que clase de maleficio era el que estaba a punto de alcanzarle. Cerró los ojos, fatigado, esperando el final. Al segundo siguiente alguien le empujaba y unos brazos conocidos le sostenían.
- Madre...
Narcisa le ayudaba a levantarse y lograban llegar hasta la entrada de la mazmorra, protegidos por Lucius. Ahora tan solo Rudolf y McNair estaban en pie.
- Llévatelo – ordenó Lucius sin apartar los ojos de sus ahora dos únicos contrincantes. Sin embargo, no le pasó desapercibido que el cuerpo de su cuñada Bellatrix empezaba a moverse.
Jamás había sentido tanta furia como en el momento en que vio a su hijo colgado de los grilletes y a McNair con el látigo en la mano, destrozando su espalda. Jamás había sentido tantas ganas de matar a alguien como en esos momentos de aniquilar a cuantos se encontraban en SU mazmorra. Y JAMAS iba a entregarles lo que habían venido a buscar. Estaba a buen recaudo desde el momento en que el Señor Oscuro se lo había entregado. En él y sólo en él había confiado. Y ahora que su Señor ya no estaba, lo consideraba el pago a tantos años de fiel servicio. Su futuro. La herencia más valiosa que iba a dejar a su hijo. Más que su fortuna o su posición. Poder. Sólo esperaba que su esposa lograra ponerle a salvo. Si él no sobrevivía, Narcisa tenía las instrucciones necesarias para seguir adelante y preparar el futuro de Draco.
Mientras tanto, Narcisa conducía a su hijo a la misma habitación donde hasta poco antes había permanecido escondido su padre y le ayudaba a acostarse en la cama, boca abajo. No pudo evitar que su corazón se encogiera al contemplar las sangrantes heridas de su espalda, pero como buena Back retuvo las lagrimas de rabia que amenazaban con inundar sus ojos y se limitó a besar a Draco con todo el amor que una madre es capaz de dar a su hijo. Acarició su frente bañada en sudor y apartó los mechones planteados pegados a su rostro para poder contemplar sus facciones, ahora relajadas, sumidas en la inconsciencia.
- Volveré cariño. –murmuró acariciando su mejilla– Ahora tu padre me necesita. –Y antes de irse se había quitado una pequeña cadena que llevaba con un pequeño colgante y se la había puesto a Draco al cuello, junto a su último beso.
Draco ya no volvió a verla con vida. Al igual que a su padre.

- Ya sabes el final –dijo Draco con la voz entrecortada– Tía Bella mató a mi madre. Y cuando los aurores del Ministerio irrumpieron en la mansión, McNair y mis tíos lograron escapar, pero atraparon a mi padre.
Snape guardó silencio, mientras veía las lagrimas deslizarse por el rostro de su ahijado. Todavía quedaba parte de la historia por conocer, pero no creyó que en esos momentos Draco estuviera en condiciones de continuar. Miró la mano maltrecha que descansaba en el regazo de su ahijado y el Profesor de Pociones sintió unas ganas inmensas de maldecir al desgraciado que le había causado tanto dolor. Intuía que sería difícil hablar de esa parte y decidió que era mejor dejarlo para otro momento, cuando Draco se viera con fuerzas para hacerlo.


CAPITULO IV
Dos bajo el mismo techo

Harry voló con tanta rabia aquella mañana durante el último entrenamiento antes del partido, que en más de una ocasión estuvo a punto de hacer caer a alguno de sus compañeros de la escoba.
- ¿Puede saberse que te pasa? –preguntó Neal que había sido el último afectado y había tenido que esquivar a Harry y a una bludger al mismo tiempo.
- ¡Buena finta Thomson! –gritó Berton desde su posición– Y tu Potter, ¡te recuerdo que este es tu equipo, no los malditos Bloody Canine de esta tarde! ¿Me has oído Potter? ¡HAZ EL FAVOR DE BAJAR!
Harry obedeció de mala gana y aterrizó sobre el césped del campo. Berton lo hizo segundos después.
- ¿Qué has estado tomando, Potter? –preguntó preocupado por tanta hiperactividad– Espero que ninguna de esas pociones antigripales que contienen hechizos prohibidos por la Federación de Quidditch.
Harry titubeó y Berton le miró amenazador al apercibirse de la expresión, de pronto asustada, de su jugador.
- No me jodas, Potter. ¡No me jodas!
En ese momento Harry cayó en la cuenta de que no sabía que le había dado Snape para reponerle de la gripe en un solo día. Esperaba que el muy cabrón no hubiera sido capaz de prepararle algo prohibido para un jugador de Quidditch. Aunque viniendo de Snape... Sería mejor que Matt le revisara en cuanto terminara el entrenamiento.
- No señor - contestó procurando aparentar seguridad en su respuesta.
- Bien, vuelve arriba pero contrólate o me obligarás a sustituirte esta tarde.
Harry dio una fuerte patada y se elevó otra vez antes de que Berton siguiera con su discurso. Sabía que no le sustituiría. Y él tenía todavía demasiada adrenalina que descargar. Demasiada furia contenida por culpa del maldito Malfoy. Lo sentía por los pobres Canine, pero alguien tenía que pagar su mal humor.
Sin embargo, los Bloody Canine no era conocidos precisamente por sus buenos modales en el campo y el juego fue algo más que rudo. Después de varios encontronazos con el buscador del equipo contrario, la habilidad de Harry hizo que atrapara la snitch cuando el partido estaba prácticamente igualado y ayudó a acabar el juego con más golpes, moretones y alguna que otra ceja partida de toda la temporada. A pesar de todo, no evitó que el mal perder de su homónimo del otro equipo acabara clavándole el palo de su escoba entre las costillas con una maniobra rápida y hábil, justo en el momento en que Harry alzaba sonriente su brazo mostrando la snitch al público. El golpe fue tan seco e inesperado, que le hizo perder el equilibrio y por poco es él quien acaba cayéndose de su propia escoba. Dos de sus compañeros tuvieron que asistirle para descender y ayudarle a tomar tierra, para seguidamente llevarle al vestuario. Aquel acto de mal fe por parte del buscador del los Bloody Canine no hizo más que desatar una verdadera batalla campal, todavía en el aire, en un ir y venir de escobas tratando de dar al contrario con lo que fuera, mango o cola. Los más peligrosos eran los bateadores, blandiendo amenazadoramente sus bates, tratando de alcanzar cabezas en lugar de bludgers. El árbitro se veía impotente para dominar la situación y acabó por descender y convertirse en un mero espectador desde el césped, tras casi perder la cabeza entre dos bateadores furiosos. Los entrenadores de los dos equipos se estaban desgañitando gritando a sus jugadores, intentando imponer calma, para acabar después de unos minutos chillándose el uno al otro. Al final, los jugadores de ambos equipos fueron descendiendo, solo para continuar sobre el césped lo que habían dejado a medias en el aire. Por fin, la intervención de los guardas del estadio logró acabar con la encarnizada riña y escoltar a los jugadores hasta sus vestuarios, donde se quedaron montando guardia, para impedir que empezarán allí otra vez con la pelea.

Mientras el medimago examinaba a Harry, Berton paseaba arriba y abajo con impaciencia, de bastante mal humor. A pesar de haber ganado, estaba por ver la decisión que tomaría ahora el árbitro tras la inoportuna pelea. También él había tenido cuatro palabritas con el entrenador contrario.
- Matt, dime que podrá jugar la semana que viene –gruñó– Los Flying Broomsticks nos están pisando los talones en la clasificación. Y después de lo de hoy...
El medimago prosiguió con su examen sin hacerle mucho caso. Llevaban años juntos y sabía que cuando Berton tenía ese humor de perros era preferible ignorarle.
- Le ha roto una costilla y fisurado otra. –informó con tranquilidad– Nada que no podamos arreglar en un par de horas, ¿verdad Harry?
El joven solo gruñó.
- Bien, es todo lo que quería saber. Y ahora, si me disculpáis, tengo que poner una denuncia ante el comité de competición.
Y Berton desapareció de la enfermería todavía hecho una furia.
- ¡Me encanta su preocupación! –bufó Harry– Aghhh, ¡eso dolió Matt!
- No seas quejica. –le amonestó el medimago con una sonrisa– Ni que fuera la primera costilla que te rompen.
- Y seguramente no será la última. Pero es esta la que ahora me duele –protestó él.
- Me alegra saber que estás dispuesto a asegurar mi trabajo, muchacho. Con un par más como tú y no tendría que preocuparme de mi jubilación.
En ese momento una cabeza de pelo castaño y rizado, con el labio partido y un pómulo algo maltrecho, hizo su aparición por la puerta de la enfermería.
- ¿Se ha ido? –preguntó Neal en evidente referencia a Berton antes de llegar a entrar.
Matt sonrió e hizo un gesto con la mano para que pasara. Se había estado preguntando cuanto tiempo iba a tardar en aparecer. Se suponía que era la única persona que sabía que aquellos dos eran pareja. Y si no hubiera sido porque Harry una vez había tenido un “pequeño” problema con una parte bastante intima de su anatomía, que amenazaba con impedirle poder volar en su escoba para el partido que tendría lugar al día siguiente, probablemente tampoco se hubiera enterado. Después, sólo había tenido que ver la cara de culpabilidad de Neal a la mañana siguiente cada vez que miraba a Harry cuando creía que no era observado, para deducir quien había sido el causante.
- ¿Cómo está el paciente? –preguntó dándole un cariñoso beso.
- Neal, aquí no. –le reprochó Harry, algo huraño.
- Solo está Matt... –los grandes ojos castaños le dirigieron una mirada herida. Harry la ignoró.
- No está de buen humor –le advirtió el medimago alzando una ceja.
- Lo sé. Esta mañana por poco tira a medio equipo de su escoba, ¿verdad cariño?
Harry dejó escapar un bufido, del que inmediatamente se arrepintió.
- ¡Aggghhh!
Matt suspiró con paciencia
- Neal, ¿por qué no esperas fuera? –sugirió– De lo contrario voy a tener que amarrar a mi paciente a la camilla para lograr que se esté quieto.
- Bien, no tardes. –esta vez Neal se conformó con acariciar la enmarañada cabellera.
- ¡Dos horas Neal, voy a tardar dos horas! –bramó Harry tratando de incorporarse otra vez- ¡Me han roto dos costillas! ¿Lo sabias?
- No exageres, solo una. –le corrigió el medimago.
Matt le empujó ya sin muchas contemplaciones sobre la camilla, ignorando su quejido, mientras hacia gesto al otro para que se largara de una vez.
- ¿Qué te pasa hoy?
- ¡Nada!
- Pues te noto algo alterado, muchacho.
Nuevo bufido y nuevo gemido.
- Te agradecería que no te movieras. No haces más que dificultar mi trabajo.
- ¡Pues lo siento!
- Más lo vas a sentir si decido soldar esta costilla al estilo muggle.- amenazó.
La perspectiva pareció surtir efecto y calmar a Harry, que por fin se quedó quieto en la camilla, dejando a Matt trabajar con tranquilidad. Ambos guardaron silencio durante unos minutos, hasta que el medimago lo rompió.
- Ese chico te quiere, Harry.
Matt notó que su paciente se removía otra vez, inquieto y una expresión molesta aparecía nuevamente en su rostro.
- Pero nunca te he visto demostrarle tu cariño con la misma fuerza que él te lo demuestra a ti.
- Cada uno es como es –fue la lacónica respuesta.
El medimago soltó un suspiro.
- ¿Por qué sigues escondiéndote?
- ¡Yo no me escondo! – protestó Harry, airado– ¡Aughhh!
- Si lo haces. Sigues haciéndolo, muchacho. Lo haces desde el momento que no eres capaz de mostrar abiertamente vuestra relación.
- ¿Y poner a Neal en el punto de mira de todo posible desgraciado que sigue guardándomela porque maté a su Señor? No gracias. – refunfuñó Harry.
- Entonces, simplemente le estás protegiendo...
- Eso es. – afirmó el joven con convencimiento.
- No digo que no. –continuó Matt– Sé que lo haces y lo entiendo. Lo que no acabo de comprender es lo que he visto antes.
Harry frunció el ceño, algo desconcertado.
- Me refiero al beso –aclaró Matt - ¿Por qué te ha molestado? Estabais solos. Nadie podía veros, a parte de mí, claro. Pero a estas alturas no creo ser un impedimento.
Podía notar las barreras que levantaba el joven, incluso con él, cuando intentaba ahondar demasiado.
- Me he pasado la vida perdiendo a la gente que se ha acercado demasiado a mí, Matt. Lo sabes.
- Ya no estamos en guerra, Harry. El Señor Oscuro ya no está. Tú te encargaste de ello.
A Harry no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. Era cierto que le conocía. Demasiado para su gusto. Y en ese momento sus costillas estaban en sus manos. Como para llevarle la contraria...
- ¿Cuándo vas a dejar todo eso atrás? –prosiguió el medimago– Han pasado tres largos años.
- Ya lo he hecho –contestó Harry con una mueca de dolor.
- No, crees que lo has hecho. Pero no es así. Tu relación con Neal no hace más que demostrarlo. Y créeme, vas a herir a ese muchacho sino cambias de actitud. –por fin la costilla estaba en su sitio– Date una oportunidad Harry. Y si Neal no es lo que estas buscando, déjale antes de que le hagas daño.
- Llevamos casi dos años juntos. Supongo que lo es. –razonó el joven.
- ¿Supones? –el medimago bufó con disgusto– Creo que deberías replantearte seriamente algunas cosas, Harry. Muy seriamente.
Sabía que Matt tenía razón. No le había prestado demasiada atención a Neal desde que Malfoy había aparecido otra vez en su vida. Y no pudo evitar que le remordiera la conciencia. Le pondría solución esa misma noche. Con Malfoy o sin Malfoy.

 

Después de su conversación con Severus estaba nervioso. Visto que parecía que no iba a dejar de dar vueltas en la cama esa noche, resolvió bajar a la cocina y beber un vaso de leche, si lograba encontrarla, con la esperanza de serenarse y poder dormir.
Salió silenciosamente de la habitación y al cruzar por delante de la habitación de Potter, creyó oír un murmullo de voces. La puerta estaba entreabierta, así que tras dudar unos instantes decidió echar un discreto vistazo. Aunque la habitación estaba en penumbra, las cortinas abiertas dejaban entrar los pálidos rayos de luna que permitían distinguir claramente las dos figuras que se movían sensualmente sobre la cama. Después de superar la sorpresa inicial, descubrió que no podía dejar de mirar, casi hipnotizado la voluptuosa evolución de los dos cuerpos que se daban placer mutuamente. El joven de pelo castaño y rizado, recorría con sus labios el cuerpo que jadeaba bajo el suyo, arrancando pequeños gemidos que entrecortaban las palabras que salían roncas de los labios de Potter. Un pequeño grito ahogado escapó de su boca cuando el castaño alcanzó su miembro y lo introdujo lenta y sinuosamente en su boca. Draco vio a Potter arquearse y empujar con desespero, mientras sus manos se cerraban sobre los espesos rizos del otro joven. Sin embargo, cuando el bateador abandonó algo bruscamente aquellas placenteras caricias y se situó sobre él, estrechando su cuerpo contra el suyo al tiempo que le incitaba a abrirse, el quejido que arrancó de Potter no fue precisamente de placer.
- ¡Dios Neal, mis costillas! –se quejó abandonando el murmullo que hasta entonces había sido su voz.
- Lo siento, lo había olvidado –se disculpó su compañero, apartándose ágilmente de un pequeño salto– Lo siento, cariño.
Durante unos minutos solo se oyó la respiración irregular de Potter y el ruidito de los besos que su compañero repartía por su pecho para hacerse perdonar. Al final Harry sonrió y tomó el rostro de Neal entre sus manos. Bordeó sus labios con los suyos, al principio apenas rozándolos, para después morderlos levemente, estirando con suavidad, soltándolos lentamente después. El beso que siguió se inició sin prisas, dulcemente, saboreando los otros labios plenamente, para después profundizarse poco a poco, mientras su mano se escurría despacio entre las rizadas hebras de pelo de su compañero.
- Tendrás que ponerte abajo –susurró.
Draco había tenido que apoyarse en la pared tras la visión de lo que le pareció el beso más erótico que jamás hubiera contemplado, mientras una punzante nec