SÓLO VIVIR

HP

 

CAPITULO I
La estrella de los Chudley Cannons


Descendió por las polvorientas escaleras entusiasmado, sin que a pesar de todo pudiera evitar un acceso de tos cuando imperceptibles partículas que impregnaban el ambiente se adhirieron a su garganta. Bajó el último tramo y se enfrentó al amplio sótano. Berton no le había dicho por donde empezar a buscar. Pero las encontraría, ¡vaya si las encontraría! Aunque se ahogara en polvo. En el grandioso sótano bajo el estadio había de todo: desde partes de tribunas carcomidas por las termitas, viejas banderolas, polvorientos cojines de los antiguos asientos del estadio antes de que fuera remoldeado, podridos y destripados por el paso del tiempo, viejos carritos voladores donde los vendedores ambulantes transportaban sus golosinas, un viejo marcador, hasta aros en los que alguna vez habían brillado los colores del equipo, su equipo.

Harry Potter sonrió para si mismo, feliz. Por primera vez en su vida estaba haciendo lo que él deseaba, con la agradable sensación de haber recuperado el control de la misma, más bien de haberlo asumido por primera vez, porque nunca antes había sido suyo. Semanas después de haber derrotado al Señor Oscuro se había sentido desorientado, sumido en una profunda depresión. La presión de los últimos meses, el agotamiento físico y psíquico como consecuencia de los intensos entrenamientos a los que había sido sometido, a la tensión previa a su enfrentamiento con Voldemort, a la dura lucha después, cuando peleó por los demás, si, pero ante todo defendió su vida, porque era la del Mago Oscuro o la suya. Harry se derrumbó. Parecía que una vez cumplido con lo que era el objetivo de su existencia, después de haber complacido a todo el mundo, no había nada que pudiera satisfacerle a él. Tenía diecisiete años, seguía vivo contra todo pronóstico y con toda una vida por delante. Pero no sabía que hacer con ella. Desde el Ministerio intentaron convencerle para que tomara la carrera de auror o por lo menos se integrara en algún departamento del Ministerio donde pudiera aprovechar y desarrollar sus innatas cualidades para la Defensa contra las Artes Oscuras. Todavía quedaban seguidores de Voldemort que no habían podido ser capturado. Pero Harry Potter, el Niño que Vivió y el Joven que Venció, no sentía el menor deseo de seguir luchando. Quería paz. Olvidar. Quería sentirse libre. Levantarse por la mañana disfrutando de no sentir la responsabilidad de tener que salvar al mundo, sin la garra que había estado durante tanto tiempo atenazando su garganta, ahogándole, sin el peso que había soportado sobre sus jóvenes hombros durante demasiados años.

Harry nunca supo la preocupación que había acarreado su actitud. Las dudas, la inquietud de los que entonces se daban cuenta de que un muchacho que había logrado vencer al Mago Oscuro más poderoso de todos los tiempos, tenía que ser a la fuerza más poderoso que el vencido. Empezaron a no fiarse de su mirada demasiado inocente a pesar de todo y de su actitud desvalida. ¿Qué pasaría cuando Potter se diera verdadera cuenta de lo que tenía al alcance de su mano, de lo que podía conseguir si se lo proponía? ¿Quién podría detenerle a él entonces, si por fin caía la venda de inocencia que cubría sus ojos y los abría a todas las posibilidades que su magia le ofrecía? Encerrado por propia voluntad en Hogwarts las semanas posteriores a la terrible lucha bajo la protección de su Director, Harry se recuperaba de sus heridas físicas y psicológicas sin querer ver ni hablar con nadie que no fueran sus más allegados. Fueron vanos los intentos del Ministro de Magia para convencerle de que su futuro estaba en el Ministerio, ahora que había terminado sus estudios. Estaban incluso dispuestos a darle el título de Auror sin haber cursado la carrera. Hasta llegaron a ofrecerle la posibilidad de ponerle al frente del departamento del Ministerio que él eligiera. Lo que fuera con tal de tener a Harry Potter atado y bien controlado. Sin embargo, él rechazó una oferta tras otra, no consiguiendo otra cosa que poner más nerviosos al Ministro y a su inefable corte de intrigantes, que una vez sintieron sus traseros definitivamente a salvo tras la desaparición del Señor Oscuro, estaban dispuestos a lo que fuera para que permanecieran así.

La Orden del Fénix estaba inquieta, cerrando filas alrededor del salvador del mundo mágico, a pesar de que éste lo ignorara.
-Harry no debe saberlo –advirtió Dumbledore a los rostros que le contemplaban alrededor de la mesa– Ya está lo suficientemente deprimido como para enterarse de que el Ministerio empieza a considerarle una amenaza.
-¡Están locos! –resopló Ronald Weasley con enojo– ¿Cómo pueden ni tan solo imaginar que Harry pudiera hacer algo... inapropiado? – concluyó.
-Porque Fudge es un maldito neurótico –intervino Arthur Weasley, su padre– Habrá que tener cuidado con él. Está apartando a todos los que trabajamos en el Ministerio y formamos parte de la Orden, de forma que no tengamos acceso a demasiada información.
-Potter debería saberlo –gruñó Snape desde su rincón– Debería saber a lo que se enfrenta ahora.
-No se enfrentará a nada, Severus –le contradijo en tono amable el Director de Hogwarts– Esta vez lo haremos nosotros por él. Y mientras tanto hay que intentar retenerle aquí el máximo tiempo posible. En Hogwarts no corre peligro.
-Albus, –intervino Remus Lupin por primera vez, después de escuchar todo lo que se había dicho en aquel despacho– creo que no habrás olvidado que en el pasado ya tuviste problemas con Harry, por ocultarle información que le atañía muy directamente.
-Lo sé, Remus. Pero ahora la situación es distinta. –razonó el anciano– Se trata de darle la oportunidad de poder vivir tranquilo y en paz por primera vez en su vida. No podemos pedirle más de lo que ya ha hecho.
-No, no podemos. Todos estamos de acuerdo en que merece la oportunidad de vivir, con todo lo que ello significa. –admitió Remus– Pero la verdad es importante para él, Albus. Lo sabes.
El Director de Hogwarts apartó la mirada de la persona que representaba para Harry el último nexo de unión con su desaparecida familia, sus padres y su padrino. Comprendía la preocupación de Lupin. Pero esta vez no le fallaría al muchacho. Harry tendría lo que se merecía, una vida. Y estaba dispuesto a apartar de ella cualquier cosa o a cualquier persona que pretendiera impedir que transcurriera de forma tranquila y feliz.
-Debemos enfrentarle al mundo del modo menos traumática posible. –dijo.
Remus no replicó. Tan solo se limitó a lanzarle una mirada de decepción.
-Si al menos el muchacho hubiera aceptado alguna de las posibilidades que el Ministerio le ofrecía, todo sería más fácil –señaló Kingsley Shacklebolt.
-Si quieres saber mi opinión, te diré que ha demostrado tener la cabeza sobre los hombros. –aseguró “Ojo Loco” Moody cerrando el puño sobre la mesa y demostrando con ello que estaba completamente de acuerdo con la decisión.
Snape emitió otra vez un gruñido desde su rincón.
-Todavía está por llegar el día en que Potter ponga las cosas fáciles a nadie. –dijo.
-¡Cómo puede decir eso de Harry! –le recriminó Hermione Granger con coraje.
Snape la miró con desdén y se cruzó de brazos, sin nada más que añadir, de momento.
-Bien, –intervino Dumbledore en tono conciliador– el chico ya ha expresado sus razones para no aceptar ninguna de las ofertas del Ministro. Tal vez debiéramos buscar algo que le guste, con lo que se sienta cómodo.
El Director de Hogwarts esbozó una de esas sonrisas que Severus Snape conocía demasiado bien. Dejó escapar un pequeño bufido. Estaba seguro de que Dumbledore ya lo tenía todo planeado. En ese momento no pudo dejar de sentir algo de lástima por Potter. Por lo visto ni después de haber cumplido con la misión de su vida, iba a tener cierto poder de decisión sobre ella. ¡Patético!
-¿Algo sobre el Sr. Malfoy, Severus? – preguntó el Director, cambiando de tema inesperadamente.
El Profesor de Pociones se tensó en su asiento. Aquel era un tema doloroso para él.
-Me temo que no. –dijo intentando recomponer su máscara de frialdad– Lo único que puedo decir con seguridad a dia de hoy, es que la sangre que había en la mazmorra era suya.
-¿Estas completamente seguro? –insistió Dumbledore. Por más que Snape se revistiera de su capa de indiferencia, el Director sabía lo que Draco Malfoy significaba para él, lo que había luchado para que el joven se apartara del camino que había seguido su padre y lo que le costaba aceptar el haberle perdido.

Snape lo miró con enojo. ¡Claro que estaba seguro!
-¿Crees que ha muerto, tal como insinúa el Ministerio? – preguntó Arthur Weasley.

La expresión del severo Profesor de Pociones se volvió amenazadora.
-Si me hubieran dejado hablar con su padre antes de... –apretó las mandíbulas con fuerza al recordar aquel episodio– ...antes de ejecutar la sentencia, tal vez ahora sabríamos lo que pasó.


La versión oficial del Ministerio era que Lucius Malfoy se había vuelto loco después de la caída del Señor Oscuro. Que tras la muerte del líder que había seguido prácticamente toda su vida y mientras veía su mundo y sus ideales derrumbarse a su alrededor, en un momento de enajenación producto de su desesperación, había asesinado a su esposa y a su hijo. Aunque el cuerpo del joven Malfoy no había podido ser encontrado. Y dieron el asunto por zanjado. No tenían demasiado interés en averiguar el paradero del hijo de un Mortífago. Nada hacía sospechar que Draco Malfoy aparecería de repente un par de meses después, repartiendo maleficios letales a su paso, dejando un reguero de cadáveres tras de si. La única explicación que Severus encontraría a tal comportamiento era que su ahijado sí que se había vuelto completamente loco.

Casi al mismo tiempo que la sociedad mágica se estremecía con esta inesperada oleada de crímenes, la oferta de los Chudley Cannons llegaría como caída del cielo a solucionar el problema del futuro de Harry Potter. Harry era un excelente buscador y volar en su escoba era una de las pocas cosas que, incluso en los peores momentos, le habían ayudado a mantener la cabeza en sus sitio, a no volverse loco ¿Por que entonces, no hacer de una de las habilidades que había aprendido y disfrutado con mayor intensidad en Hogwarts, su medio de vida? No era tan tonto como para no darse cuenta de que la oferta en si encerraba también la soslayada intención de aprovechar su indiscutible fama más que su innata habilidad para el Quidditch. La sola mención de su nombre llenaría el estadio.
Pero eso solo había sido al principio. Sin lugar a dudas Harry era el mejor buscador de todos los tiempos, y no tan solo de Hogwarts. Bastaron tan solo un par de partidos para que el escéptico entrenador de los Chudley Cannons se diera cuenta de que no solo tenían un jugador que llenaba el estadio, precedido por su fama, sino que además era capaz de llevar a su equipo a la victoria levantando de su asiento a un público enardecido y devoto cada vez que su mano se cerraba sobre la pequeña snitch. Y poco a poco, aunque estaba seguro de que nunca dejarían que lo olvidara completamente, el Harry Potter jugador, fue desbancando al Harry Potter que venció al Señor Oscuro. Su equipo no había perdido la liga durante los tres años que hacía que Harry jugaba con ellos y desde hacía dos, formaba parte también de la selección inglesa.


Y el hecho del tranquilo paso de esos tres años y de que Harry llevara una vida tranquila y sin sobresaltos, no hacía más que reafirmar a Dumbledore en su decisión, de que esta vez no se había equivocado. Sin embargo, ningún miembro de la Orden había bajado la guardia con respecto a él. En especial Ron y Hermione, que por ser los más allegados, los que menos sospechas podían levantar en Harry, eran los encargados de vigilarle más de cerca. Además, ambos trabajaban en el Ministerio y junto con el padre de Ron y Ninphadora Tonks, estaban siempre ojo avizor para detectar cualquier movimiento sospechoso de Fudge con respecto a su amigo. Ajeno a todo, Harry seguía con su vida, contento y feliz, sin sospechar la tupida red que la Orden había tejido a su alrededor, cosa de la que todos eran conscientes no sería muy bien recibido por su protegido de llegar a enterarse. Neville Longbotton contra todo pronóstico se había convertido en un apreciado medimago y trabajaba en el hospital mágico. Cuidaba de vigilar atentamente cualquier ingreso de Harry en la institución, como consecuencia de lesiones o inesperadas caídas de escoba. Luna Lovegood estaba al frente del periódico de su padre, el Inquisidor y desde esa posición estaba siempre pendiente de rumores y noticias que pudieran derivar en alguna acción en contra de su ex instructor del ED. Lo mismo que Fred y George Weasley, por cuya tienda de bromas pasaba lo más florido de la sociedad mágica y tenían la oportunidad de recoger chismorreos y habladurías de todo tipo. Ginny Weasley era auror, para enojo de su madre y orgullo de su padre. Junto con Kingsley Shacklebolt, Dédalus Diggle y Hestia Jones, se ocupaban de seguir y perseguir cualquier pista sobre ex Mortífagos todavía sedientos de venganza contra el que había acabado con su Señor.


Ahora, con veinte años, Harry sentía que si tenía el mundo en sus manos y no de la forma en que el Ministerio había temido. Una carrera profesional que disfrutaba y le permitía vivir con holgura. El reconocimiento por ese trabajo y no tan solo por quien era o más bien, había sido. Jamás contestaba preguntas sobre la anterior etapa de su vida y si algún entusiasta seguidor se atrevía a hacer alguna que no se refiriera única y exclusivamente a Quidditch, tan solo recibía una furibunda mirada y se quedaba sin autógrafo. Tenía por primera vez una casa que podía llamar suya, no muy lejos de la de sus mejores amigos. Y a pesar de que su estatus le hubiera permitido disfrutar incluso de una suntuosa mansión, Harry sentía que no necesitaba más, que no quería más. Disfrutaba de las cosas sencillas y en lo único que era un poco manirroto era en su obsesión por conseguir siempre el último modelo de escoba, costara lo que costara. Aunque en la mayoría de las ocasiones los fabricantes se las regalaban. Que mejor reclamo publicitario que Harry Potter volando en una de ellas. Además, tenía una colección privada que era la envidia de coleccionistas mucho más expertos que él y en la que había gastado una pequeña fortuna. Ese había sido su único “vicio” hasta hacia poco. Porque su nueva y reciente afición era la que le había llevado hasta el polvoriento sótano aquella tarde después del partido. Cuando Berton, su entrenador, había mencionado casualmente en el vestuario que creía que el juego de pelotas con las que la selección inglesa había ganado el Mundial de Quidditch del 74, debían estar todavía por alguna parte el sótano del estadio, los ojos de Harry habían brillado de pura emoción.
-¿Está seguro? –había preguntado.
Berton había sonreído. Sabía que la nueva afición de Harry en ese momento era coleccionar bludgers, snitchs y quaffles antiguas y de diferentes países.
-¿Cree que puede haber algún problema si las busco? –había vuelto a preguntar, intentando no parecer demasiado ansioso– Si han estado tanto tiempo en ese sótano no creo que le importen mucho a nadie...
-Si Potter, – había dicho Berton, incapaz de negarle nada a su mejor jugador– si aun están ahí y eres capaz de encontrarlas, son tuyas.
A Harry le había faltado tiempo para acabar de vestirse, meter sus cosas apresuradamente en la bolsa de deporte y bajar al desmantelado sótano.

Consultó su reloj muggle una vez más. Ya iba con retraso Había quedado con sus compañeros en el callejón Diagon para festejar la victoria. Refunfuñó entre dientes porque tendría que dejar la búsqueda para el día siguiente y tenía tantas ganas de encontrar aquel juego de pelotas, que en ese momento festejar con sus compañeros de equipo no era lo que más le apetecía. Oh, me estoy volviendo un coleccionista paranoico, se reprendió a si mismo, si están aquí seguirán estándolo mañana. Se detuvo frente a una extensa lona, que tenía toda la pinta de haber sido verde alguna vez, bajo la cual se adivinaban las formas de varios objetos. La última miradita, se dijo a si mismo. Levantó con cuidado la lona, pero no pudo evitar la nube de polvo que envolvió su cabeza, obligándolo a toser violentamente. ¡Vaya! Más asientos de tribuna, se dijo decepcionado. ¿Por qué no tirarán todos estos trastos? Iba a volver a cubrirlos con la lona, ya decidido a seguir buscando al día siguiente, cuando algo llamó su atención, entre dos filas de asientos desvencijados. Un momento, parecía... Harry extrajo su varita del bolsillo de su vaquero y volvió a mirar con más atención. Si, sin lugar a dudas aquel bulto era un cuerpo. Se acercó con precaución a la forma inmóvil, cubierta por lo que parecía una capa oscura, que evidenciaba haber conocido mejores tiempos. Acercó lentamente su mano hasta tocarla de forma casi imperceptible. Si era un vagabundo que se había refugiado allí para pasar la noche, tampoco quería asustarlo. No hubo ningún movimiento.
-¡Eh! –dijo zarandeando a la figura con un poco más de vigor– No puedes estar aquí, amigo. –nada– Si el guarda te encuentra tendrás problemas, será mejor que te marches.
Dio la vuelta al cuerpo sin ninguna dificultad. Quien fuera debía estar en los huesos. Pero tan pronto acabó de hacerlo, sin apenas tiempo a reaccionar, se encontró con una varita clavándose en su garganta.
-Tranquilo amigo, puedes quedarte si quieres. A mi no me importa. –dijo, tomado por sorpresa.
Sin embargo, Harry seguía con su varita bien apretada entre sus dedos y sus ojos no perdían ni un segundo de vista la figura que ahora estaba sentada sin mostrar su rostro todavía, oculto bajo la capucha.
-Potter – susurró una voz ronca– ¡Quién iba a decírmelo!

 

CAPITULO II
Encuentro inesperado

Por un momento Harry sintió que su corazón se detenía. Conocía esa voz. Tal vez sonara algo más carrasposa, cansada, pero su tono era inconfundible. Deseó con todas sus fuerzas estar equivocado, porque si no lo estaba, tal vez ya no habría oportunidad de buscar ese juego de pelotas que tanto deseaba. Siguió apretando con fuerza la varita entre sus dedos, decidiendo que hacer. La que tenía clavada en la garganta no le dejaba muchas opciones.
- No creí que fuera tan fácil sorprenderte –prosiguió la voz en tono irónico– ¿Y fuiste tú quien derrotó al Señor Oscuro, Potter?…
Harry apretó el puño y siguió observando, apenas sin pestañear, la negra figura ante él. Esperando el momento. Recuerdos y sensaciones olvidadas volvieron a su mente golpeándole con dureza. Sus músculos tensos, su mano ahora aparentemente laxa. Sus dedos acariciando la varita, apenas sosteniéndola. La adrenalina circulando a toda velocidad por su cuerpo. Su mente luchando contra la idea de destruir otra vez, de aniquilar vida, aunque esta fuera ruin e indigna de ser llamada humana. Sin embargo, sabía que lo haría sin la menor vacilación si el momento llegaba.
- ... ¿O es que el pobre hombre tuvo un mal día?
Suficiente. Un fuerte y sorpresivo golpe en la mano que sostenía la varita contra su garganta y esta voló por los aires. Al mismo tiempo empujó el cuerpo del hombre hacia atrás con la otra mano y hundió la rodilla en su pecho. Un gemido ahogado, falto de aire, se escapo de la negra figura ahora inmovilizada contra el suelo.
- Si, Malfoy, evidentemente tuvo un mal día. Igual que tú.
Ahora era su varita la que se hundía en la garganta del otro. Desde el suelo, los ojos de Draco Malfoy le miraron desafiantes. La extrema palidez de su rostro contrastaba todavía más con el negro de la capucha que lo enmarcaba. El pelo que había quedado al descubierto era mucho más largo de lo que solía llevarlo en la escuela, revuelto y sucio, opacando su color natural. Las otrora delicadas facciones de su rostro se habían endurecido. Sus pómulos eran más prominentes y la barbilla mucho más afilada. La frialdad de sus ojos más penetrante de lo que Harry podía recordar, llenos de odio y, sin embargo, saturados de un dolor profundo y perturbador. A Malfoy no le habían ido muy bien las cosas desde que le había visto la última vez, cuando se graduaron.
- ¡Que honor! El gran Harry Potter va a matarme.
Pero el muy inconsciente seguía en su línea.
- Ni lo sueñes Malfoy. –respondió Harry todavía sin apartar su mirada de la gris que se le enfrentaba– Eso sería demasiado dulce para ti. Te pudrirás en Azkaban. –el odio que también destilaba su voz dio a entender al otro que no era solo una amenaza– Eso si tienes suerte. Quizás algún dementor quiera besarte antes. Igual que a tu padre.
Los ojos de Draco centellearon entonces con un intenso resentimiento.
- No te atrevas a mentar a mi padre, Potter.
- ¿Por qué? –Harry sonrió con sarcasmo– Era un asesino. Igual que tú.
- Ah, veo que tu también lees El Profeta –dijo en el mismo tono sardónico– ¿A quien se supone que he matado esta vez?
- No seas cínico. – escupió Harry, empezando a registrarle – Vamos, ¿dónde tienes la otra varita?
Costillas, eso era casi lo único que Harry pudo palpar bajo la sucia camisa, no sin cierta decepción.
- Oh, cielos, es verdad –dijo Malfoy poniendo los ojos en blanco– Se supone que soy un asesino tan concienzudo que utilizo dos varitas. A dos manos, ¿eh Potter? –Harry seguía registrando entre sus ropas sin muchos miramientos. Draco le dirigió una mirada burlona– Vas a acabar poniéndome caliente, Potter.
Harry apretó la rodilla en el pecho de su enemigo, consiguiendo que por unos momentos el rostro de Draco palideciera todavía más.
- ¡Cállate estúpido! –e hincó con más fuerza la varita en su garganta.
Los acerados ojos de Malfoy se clavaron en los verdes, desafiantes, mientras lentamente levantaba la mano que hasta ese momento había estado descansando en el suelo.
- Dime Potter, ¿cómo diablos crees que puedo utilizar dos varitas? –la sonrisa se torció en su rostro.
Harry dejó escapar el aire con un sonido involuntario, de pronto impactado ante la visión de la mano de Malfoy.
- ¿Quién te ha hecho eso? – preguntó sin poder apartar los ojos de lo que una vez había sido la elegante y estilizada mano derecha de Draco.
- ¿Acaso importa?
Los largos y finos dedos ahora adoptaban extrañas posturas, a cual más insólitamente retorcida. Harry tuvo la impresión de que cada hueso había soldado en la misma posición en que había sido roto. Y no era reciente. Hacía mucho tiempo que esa mano no había podido empuñar nada. Y menos una varita. Sin embargo, tan solo tres días atrás, según un artículo de El Profeta el peligroso Mortífago Draco Malfoy había matado a cinco aurores. A dos manos. Con dos varitas igual de letales.
- Además, ¿cuándo me has visto a mi utilizar dos varitas, Potter?
Draco vio perfectamente la sombra de la duda cruzar en la mirada que sostenía la suya. Sonrió internamente. Potter nunca había sido muy diestro ocultando sus emociones. Al menos no con él.
- Pudiste aprenderlo durante tu formación como Mortífago –argumentó Harry volviendo a posar sus ojos en la mano que ahora volvía a descansar en el suelo.
No estaba dispuesto a dejarse engañar tan fácilmente. Conocía de sobras la capacidad de Malfoy para las tretas, porque él había sufrido más de una en su propia carne. La carcajada ahogada de Draco le hizo fruncir el ceño, molesto.
- Potter, Potter, ¿todavía te crees todo lo que te cuentan?
Harry torció el gesto.
- Claro Malfoy. Como que tú eres un maldito Mortífago.
Draco sonrió provocadoramente.
- Compruébalo tu mismo. –le retó arremangando su manga.
Tenía que sembrar la duda en su mente antes de que el Gryffindor se dejara llevar por el rencor que ambos sentían. Tenía que conseguir tiempo. Lograr que vacilara antes de que tomara una decisión irremediable para él. Después de todo por lo que había pasado, no había llegado hasta allí para morir a manos del estúpido Potter o que le entregara a los Aurores del Ministerio. Dejó que examinara concienzudamente ambos brazos y procuró evitar sonreír ante la decepción que Potter apenas pudo ocultar al no encontrar la marca en ninguno de ellos.
- ¿Cómo has logrado borrarla? – preguntó sin poder esconder su asombro.
Sabía que era imposible. Tal vez la estaba ocultando con magia.
- Nunca estuvo ahí Potter. –en ese momento Draco emitió un profundo suspiro, amargo y cansado –Porque nunca fui marcado.
Harry parpadeó con incredulidad. Sin darse cuenta había aflojado la presión de su rodilla sobre el pecho de Draco, empezando a preguntarse qué era lo que no andaba bien en todo aquel asunto.
- Bueno Potter, ¿qué piensas hacer? No tengo todo el día.
Harry le dirigió una mirada hosca y Draco decidió no tentar su suerte. Esperó con el alma en vilo a que el Gryffindor tomara una decisión. ¡Por Merlín! ¿Cómo podían ser tan lentos? Un Slytherin habría resuelto el tema en cuestión de segundos. Casi al mismo tiempo se dio cuenta de que debía agradecer que Potter no lo fuera, pues de otro modo él ya estaría muerto. Cuando sintió la rodilla del moreno retirarse, intuyó que había una pequeña esperanza.
- Bien Malfoy, voy a concederte el beneficio de la duda. –dijo sin dejar de apuntarle a pesar de todo – Reconozco que algunas cosas no encajan.
- ¡Bravo Potter! Por una vez utilizas tu cerebro.
- No me calientes Malfoy. No creo que quede ya nadie para echarte de menos si me obligas a cambiar de opinión.
Draco se tragó el veneno que como buena serpiente estaba a punto de escupir, no fuera que el león decidiera por fin morder. Tal vez Potter no se hubiera dado cuenta todavía, pero él sabía de sobras que no estaba en condiciones de defenderse y menos de intentar un ataque.
- ¿Debo entender entonces que no vas a entregarme? –preguntó escondiendo su ansiedad bajo aquel tono superficial y algo altanero que le caracterizaba.
- No, al menos de momento. –conjuró unas cuerdas y a los pocos segundos Draco estuvo bien amarrado, sin ninguna posibilidad de moverse –Tengo que pensar que hacer contigo y ahora me están esperando. Volveré mañana. Que descanses Malfoy. – y sus labios deslizaron una sonrisa algo guasona.

Cuando extendió otra vez la lona sobre él, odió a Potter con todas sus fuerzas por dejarle allí de aquella manera. Pero todavía más al maldito orgullo que no le había permitido confesar que ya ni recordaba la última vez que había probaba algún alimento y que estaba a punto de desfallecer. Había agotado sus últimas energías en enfrentar al Gryffindor y ahora se sentía acabado. Pero antes muerto que mostrar su debilidad ante el enemigo y menos si este era Harry Potter. Cerró los ojos con cansancio, sintiendo que había ganado un día más de vida.

Harry abandonó el estadio envuelto en un mar de pensamientos confusos. Cuando llegó al callejón Diagon y entró en el local donde solía reunirse el equipo para celebrar sus victorias, fue recibido con un cariñoso abucheo por parte de los que llevaban ya más de dos horas celebrándola, y por el vocerío y los desafinados cantos a todo pulmón que llenaban el bar, algunos la estaban festejando con mucha intensidad. Harry se apoyó en la barra para pedir su bebida, intentando hacerse oír por encima del griterío. Sonrió divertido al contemplar como Thomson y Penn intentaba hacer flotar sus cervezas delante de sus narices y al mismo tiempo beberlas. Cosa que acabó irremediablemente como tenía que acabar. Con las jarras estrelladas en el suelo.
- ¿Dónde te habías metido Harry? – ronroneó en su oído la voz profunda y algo pastosa en ese momento de Neal, al tiempo que sentía las caderas del joven frotar discretamente contra su trasero.
- Desempolvando recuerdos. –contestó él con sinceridad.
- ¿En tu casa o en la mía? –preguntó su compañero en el mismo tono de voz.
- Hoy no Neal. No me siento con ganas de juerga esta noche.
- Pues deja solo que te achuche un poquito y te prometo que dormirás como un angelito.
Harry sonrió mientras se llevaba la cerveza de mantequilla a los labios. Conocía muy bien los achuchones de Neal y jamás ayudaban a dormir, sino más bien todo lo contrario.
- Hoy no Neal, de verdad. Necesito estar solo.

Neal era bateador y casi inmediatamente congeniaron. El resto del equipo había tardado un poco más en aceptarle. Pero Neal enseguida le había demostrado su incondicional apoyo mientras los demás preferían esperar, con algo de escepticismo, a ver qué era capaz de hacer el héroe del mundo mágico. No había sido hasta casi un año después que habían iniciado una especie de relación, en la que ambos estuvieron de acuerdo que no habría ataduras. La única condición que había puesto Harry era la más absoluta discreción por parte de ambos sobre sus aventuras de cama. Tenía ya demasiadas malas experiencias con la prensa como para dejar que una vez más su vida íntima se airease en la portada de El Profeta o cualquier otro periódico. Y Neal fue enseguida consciente de que cualquier palabra más allá por su parte acabaría con una relación de la que él esperaba obtener algún día algo más y en la que Harry todavía no daba su brazo a torcer. En el último año había intentado convencerle en más de una ocasión de que vivieran juntos, pero Harry se había negado, de la forma más gentil posible, eso si, pero aduciendo que no se sentía preparado para afrontar ese nuevo rumbo en su relación. Seguía necesitando su libertad a toda costa. Y a pesar de sentirse cómodo y a gusto en compañía de Neal, se le hacía muy cuesta arriba la idea de dejarse encadenar. No quería depender emocionalmente de nadie. Ya lo había hecho demasiadas veces en el pasado, y el resultado había acabado siendo siempre doloroso. Además, había recibido ofertas de otros equipos y aunque de momento todavía no se había planteado aceptar ninguna, ello no significaba que no lo hiciera en un futuro. Y prefería que aparte de un contrato, nada más le atara a los Chudley Cannons. No es que se sintiera especialmente orgulloso por pensar de esa forma, pero no podía evitarlo.
- Como quieras –aceptó por fin su compañero sin poder ocultar su decepción.
- Te prometo que te recompensaré. –murmuró Harry con una sonrisa prometedora en sus labios antes de desaparecer.

Estuvo dando vueltas en la cama hasta bien entrada la madrugada. Malfoy había traído a su memoria demasiados recuerdos enterrados con sumo esfuerzo durante aquellos últimos tres años. Y cada vez que lograba dormirse despertaba al poco rato envuelto en sudor, su corazón palpitando acelerado. Pesadillas que hacía tiempo había logrado desterrar tras muchas noches de poción para dormir sin sueños. Tantas que le habían creado una adicción que todavía había sido más difícil de abandonar. Sólo había logrado superarla con el apoyo del medimago que era su preparador físico. Gracias a otra poción que eliminaba los efectos residuales de la anterior (puro placebo, cosa que el mediago jamás confesaría) y a un agotador programa de entrenamiento físico que dejaba a Harry tan devastado, que antes de que su cabeza tocara la almohada ya estaba dormido. Ahora gracias al maldito Malfoy el insomnio había vuelto. Se levantó por fin a las seis de la mañana, harto de probar todas las posturas sin lograr conciliar un verdadero sueño reparador. Así que decidió darse un buena ducha y después preparó algunos sándwichs y café, que vertió en un termo. Pensaba dejar a Malfoy donde estaba hasta que decidiera qué hacer con él. Era evidente que nadie bajaba nunca a ese sótano. Pero matarle de hambre no entraba dentro de sus planes. Cuando se apareció en el sótano del estadio todavía no había decidido como afrontar el problema. Ni tan siquiera porque había decidido “crearse” ese problema. Hubiera sido mucho más sencillo entregarle y punto. Que se encargara el Ministerio de averiguar si Malfoy era o no un Mortífago y el asesino que todos buscaban. Tal vez la razón fuera que sabía de sobras que no iban a tener ningún tipo de consideración con él. Primero le mandarían a Azkaban y luego preguntarían. Y tal vez, solo tal vez, Malfoy mereciera la oportunidad de poder defenderse antes de encontrarse como su padre, delante de un dementor dispuesto a expresarle su incondicional amor con un beso. No pudo evitar que un ligero escalofrío le sobreviniera al recordar la mano del Slytherin. Era evidente que hacía bastante tiempo que no había podido sostener una varita con ella. Por lo tanto no podía ser responsable de las últimas muertes que se le achacaban. Malfoy tenía que darle muchas respuestas antes de que pudiera decidir por fin qué hacer con él. Suspiró antes de dejar con cansancio en el suelo la bolsa en la que había transportado el desayuno y alzó la lona. Malfoy seguía acurrucado entre los dos asientos desvencijados, atado de pies y manos tal como le había dejado la noche anterior.
- Despierta Malfoy –dijo mientras agitaba su varita y pies y manos quedaban libres– Te he traído el desayuno.
Sin embargo el rubio no se movió. Harry frunció el ceño, preparado para cualquier argucia que el Slytherin hubiera tramado.
- Arriba Malfoy. –insistió– No me hagas perder la paciencia.
Draco no hizo el menor movimiento. Varita en mano Harry se acercó a él y le observó con más atención. La casi imperceptible respiración del rubio le obligó a buscar su pulso, que encontró latiendo débil bajo su piel.
- ¿Malfoy? –probó una vez más, aunque ahora ya estaba bastante seguro de que el Slytherin no fingía– ¡Maldita sea!
Harry se frotó los ojos con desesperación. Una mala noche asociada a la palabra Malfoy no eran la mejor manera de empezar el fin de semana. También en mala hora había decidido no entregar al condenado Slytherin. Deslizó una mano por su pelo, nervioso, sin saber exactamente que decisión tomar. Evidentemente no podía llevarle al hospital mágico. Dudaba de que tan siquiera le dejaran atravesar la entrada. Iría directamente a la enfermería de Azkaban. Y ya se sabe lo que ello significaba. Además, que iba a decirles: buscaba un juego de pelotas por el sótano y me lo encontré. ¡Por favor! Tampoco podía dejarle allí. ¿O si? Al fin y al cabo no le debía nada. Había amargado su existencia durante siete años. Su padre había hecho todo lo posible y más para entregarle a Voldemort. Sin embargo su hijo no tenía la marca... Sacudió la cabeza, intentando colocar sus pensamientos en orden. Posó nuevamente la mirada sobre el cuerpo inmóvil y suspiró, odiándose por ser tan cretino. Seguramente era la falta de sueño... Convirtió su termo en un traslador, decidiendo que ya inventaría alguna excusa si alguien del Ministerio se descolgaba preguntando porque había conjurado un traslador no autorizado. Alzó sin dificultad a Malfoy, sorprendido de lo liviano de su peso y activó el traslador, apareciendo en su casa a los pocos segundos.
- Sé que voy a arrepentirme de esto, Malfoy –gruñó entre dientes mientras subía las escaleras en dirección al primer piso cargando al inconsciente Slytherin– Estoy más que seguro.

El Profesor Snape estaba tranquilamente sentado en uno de los cómodos sillones de su estudio, leyendo un tratado sobre pociones chinas, cuando oyó el particular ruido que indicaba que alguien estaba tratando de acceder a su chimenea a través de la red floo. No estaba para visitas. Había sido una semana dura para el Profesor. Lidiar con los estudiantes de primero ese año era más difícil que nunca. Tenía una buena colección de Longbottons, como solía llamarlos en honor a uno de sus ex alumnos más negados. Aquellos últimos tres días habían estallado más calderos de los que Snape era capaz de soportar. La insistencia en la conexión hizo que al final el Profesor de Pociones cerrara su libro de un manotazo y se levantara en dirección da la chimenea, dispuesto a maldecir sin compasión al imprudente que insistía en molestarle a tan temprana hora de la mañana. Sin embargo no pudo ocultar su sorpresa al ver la cabeza de Harry Potter aparecer entre las llamas esmeraldas. ¡Vaya! Hablando de ex alumnos negados...
- Señor Potter, ¿acaso no tiene reloj o para usted es un divertimento molestar a la gente a tan temprana hora de la mañana?
- Buenos días también para usted. –contestó Harry de mal talante– Necesito que me ayude.
Snape alzó las cejas con suficiencia.
- ¿El gran Harry Potter necesita de mi ayuda?
A todas luces Potter estaba haciendo grandes esfuerzos por morderse la lengua y Snape no acababa de entender porque. El joven nunca había logrado reprimir el impulso de contestar a sus provocaciones.
- Necesito que venga a mi casa. Ahora. Y con la más absoluta discreción.
Snape parpadeó perplejo. O al insolente Potter se le habían subido demasiado los humos a la cabeza o ya había olvidado con quien estaba hablando. Pero antes de que pudiera recriminar nada Harry habló otra vez, en tono más nervioso.
- He dicho AHORA, Profesor. Dejo la red abierta. Dese prisa.
Cuando la cabeza de Potter hubo desaparecido, el cetrino rostro del Profesor de Pociones empezaba a alcanzar el punto de ebullición. ¡Maldito Potter! ¿Qué diablos se había creído? Entró en la chimenea sin otro objetivo que darle una buena lección de modales a su ex alumno. El joven le recibió al otro lado, visiblemente alterado y molesto.
- Potter, si cree que...
- ¡Cállese y escúcheme! –Snape lo hizo en seco. Más por la sorpresa que por seguir la orden– No sabía a quien acudir –prosiguió Harry –y luego recordé que usted era su padrino.
En cuanto el cerebro de Snape procesó las palabras que Harry acababa de pronunciar, palideció, más bien amarilleó.
- ¿Dónde está? –preguntó el aferrando el brazo de Harry, clavándole dolorosamente sus largos y delgados dedos.
- Necesito que me de su palabra de que no...
- No sea estúpido Potter –regañó Snape con aire amenazador– ¿Dónde?
- Arriba. –dijo al fin, dirigiéndole una mirada resentida– Sígame.
- ¿Cómo le ha encontrado? –preguntó Snape mientras subía de cuatro en cuatro los escalones, con más agilidad de la que Harry hubiera esperado.
- Estaba escondido en el sótano del estadio.
Snape entró en la habitación como una exhalación en cuanto Harry abrió la puerta, y se dirigió a la cama donde Draco descansaba, con más aspecto de cadáver que de otra cosa. El Profesor de Pociones miró con preocupación el rostro de su ahijado. Su tez más pálida de lo habitual y las profundas y oscuras ojeras bajo sus ojos. Estaba tan demacrado que daba pena verle. Desabotonó y abrió la sucia camisa y repasó con atención su torso. A parte de que podía contar todas y cada una de sus costillas, había varias heridas que no habían cicatrizado demasiado bien. Pero ya se ocuparía de eso más tarde.
- Ayúdeme – pidió a Harry.
Mientras Snape le sostenía, Harry terminó de deslizar la camisa por los brazos de Draco y al tiempo que descubría su espalda no pudo evitar una exclamación de horror. Las inconfundibles marcas de latigazos la cubrían por completo. Las señales no eran recientes, pero estaban profundamente marcadas en la nívea piel. También había una herida en la parte baja de la espalda, infectada y que supuraba pus.
- Necesito volver a mi despacho por varias cosas –dijo Snape recostando a su ahijado con cuidado sobre la cama. –Mientras tanto, llene la bañera e intente deshacerse de toda la porquería que lleva encima.
- ¿Bromea? – preguntó incrédulo.
- No señor Potter. No bromeo. Y dese prisa. Le necesito listo para cuando vuelva.

Harry contempló aturdido como el Profesor de Pociones abandonaba la habitación a toda prisa, dejándole con el problema. ¡Maldita la hora en que había bajado a buscar las condenadas pelotas, que maldita también la falta que le hacían! Dirigió una mirada derrotada hacia la cama y observó el maltratado cuerpo que descansaba inconsciente en ella, sin poder evitar que se le encogiera el estómago. Suspiró rendido a las consecuencias de su estúpida decisión y se dirigió hacia el cuarto de baño para llenar la bañera. A los pocos minutos volvió a la habitación para cargar al rubio Slytherin y transportarlo al baño.
- Bueno Malfoy, –dijo entre dientes– vamos a ponerte en remojo.
Snape tardó en volver mucho menos de lo que él pensaba y en su fuero interno agradeció que fuera el padrino del joven quien manejara la situación a partir de aquel momento. Sin embargo, no tuvo inconveniente en ofrecer su silenciosa ayuda en todo el proceso posterior. Observó no sin cierta admiración la delicadeza con la que las ásperas manos de Snape se movían por el cuerpo de su ahijado, examinando y curando las diversas heridas que mostraba. El rostro del Profesor estaba contraído en una expresión de profundo disgusto y preocupación. No pronunció apenas una palabra mientras estuvo sumido en su tarea y solo cuando abandonaron la habitación, Harry pudo comprobar que su expresión era un poco más relajada. Bajaron en silencio y Harry le condujo hasta la sala de estar, por cuya chimenea Snape había accedido a la vivienda.
- ¿Quiere algo de beber? – preguntó intentando ser amable.
- ¿Tiene algo fuerte? –preguntó Snape mientras se desplomaba en uno de los sillones.
- Me temo que lo más fuerte que puedo ofrecerle es cerveza de mantequilla. –se excusó como anfitrión.
Snape se encogió de hombros, lo cual Harry interpretó como un si y desapareció en dirección a la cocina para volver pocos segundos después con una cerveza en cada mano. Le tendió una a Snape y se sentó en el sillón que quedaba enfrente de su antiguo Profesor de Pociones.
- ¿Qué cree que ha pasado? –preguntó en un intentó de iniciar una conversación que Snape no parecía tener muchas ganas de estrenar.
- No lo sé, Potter –dijo éste tras unos segundos– Pero créame que lo averiguaré.
Los ojos del hombre eran dos teas negras encendidas, brillando furiosas.
- ¿Ha visto su mano? – preguntó sin poder evitar otro ligero escalofrío ante el recuerdo de la misma.
- Como no verla, Potter – contestó el otro con impaciencia.
- ¿Cree... –se detuvo, como si no estuviera muy seguro de lo que iba a decir– ...cree que han sido los nuestros?
El Profesor de Pociones soltó una risa amarga.
- ¿Los nuestros? ¿Y quienes son los nuestros, Potter? –casi escupió.
- Me refiero al Ministerio o... a la Orden –terminó Harry sin mucho convencimiento, casi arrepintiéndose ya de la pregunta.
El Profesor dio un trago a su cerveza antes de contestar.
- En el Ministerio sólo son una pandilla de imbéciles buenos para nada, que no han dejado de dar palos de ciego durante todo este tiempo –dijo con desdén. Dio otro trago al botellín antes de continuar– Y yo mismo me he ocupado de seguir las pesquisas de la Orden para encontrar al Sr. Malfoy y evitar en lo posible un desenlace trágico antes de haber podido convencer al Profesor Dumbledore de que mi ahijado no es como su padre.
Snape terminó su cerveza y dejó el envase encima de la mesilla con un fuerte golpe. Harry todavía daba vueltas a la suya, sin apenas haberla probado.
- No lleva la marca...
- ¡Por supuesto que no, Potter! –casi gritó Snape– Uno de los pocos momentos de lucidez de los que hizo gala Lucius.
Ambos hombres quedaron en silencio durante unos minutos.
- Sinceramente Profesor, no entiendo nada de todo este asunto. Lo único que sé es que tengo a uno de los Mortífagos más buscados en mi casa y no sé como lidiar con esta situación. –confesó, como si pudiera esperar algún tipo de comprensión por parte de su ex Profesor de Pociones.
- ¿Por qué lo trajo entonces? –preguntó Snape arrugando el entrecejo.
- ¿Y qué quería? ¿Qué lo dejara allí, medio muerto?
- Era la solución más fácil para usted –respondió el Profesor escrutándolo con la mirada, parando a preguntarse por primera vez lo que había llevado a Harry Potter a acoger en su casa a su enemigo por antonomasia– O podía haberlo entregado.
- No dude de que ese fue mi primer pensamiento –respondió Harry a la defensiva.
- ¿Entonces?
- Si lo que está intentando averiguar es si pienso hacerlo ahora, la respuesta es no. – respiró profundamente– ¿O acaso cree que le puedo dar al Ministerio alguna explicación razonable de porque Draco Malfoy se encuentra ahora mismo ocupando una de las camas de esta casa? –razonó Harry exasperado.
- ¡Ah! –dijo Snape en tono sardónico– Por un momento temí que le guiara alguna intención más noble.
Harry tan solo dejó escapar un bufido y miro a Snape con cara de asco.
- Bien, –dijo el Profesor levantándose –debo irme antes de que mi ausencia empiece a levantar sospechas.
En rostro de Harry asomó una expresión de pánico.
- ¿No pretenderá dejarlo aquí?
- ¿Dónde sino? – preguntó el Profesor sin inmutarse.
- Creí... creí que se lo llevaría con usted.
- Señor Potter –dijo el hombre con calma– le agradará saber que su grado de estupidez sigue haciendo honor al concepto que siempre he tenido de usted. –Harry sintió que se encendía por dentro– Y ahora si es tan amable de poner los cinco sentidos, le daré las instrucciones de que pociones, cuantas veces y a que horas tiene que suministrárselas al Sr. Malfoy.
Los ojos de Harry despedían chispas. Andaba listo si pensaba que iba a convertirse en la niñera del maldito Slytherin.
- A partir del Martes tengo entrenamiento. –dijo intentando dominar su tono de voz– No estaré en casa en todo el día. Y el Sábado partido.
Snape le ignoró completamente, y en su lugar empezó a escribir las instrucciones en un pergamino que hizo aparecer, lo que todavía enervó más los ánimos de Harry.
- ¿Le apetece una buena gripe, Sr. Potter? –preguntó Snape con una sonrisa maliciosa cuando terminó, al tiempo que sacaba su varita.
Harry tardó unos segundos en reaccionar.
- No se atreverá.... Snape... ¡SNAPE! .... AAAACHIIIIS!!!!
- Volveré mañana. Cuídese el resfriado, Potter. –dijo mientras desaparecía por la chimenea, dejando a Harry luchando contra el siguiente estornudo.
Harry se quedó mirando su chimenea, furioso. Al dia siguiente no habría forma humana, muggle o mágica, de evitar que Snape se librara de la maldición que pensaba lanzarle en cuanto pusiera un pie en su salón.

Una hora después, su nariz estaba tan congestionada que su cabeza parecía que iba a despegar y abandonar el planeta. Había estado leyendo las instrucciones que había dejado Snape y se alegró de reconocer la mayoría de pociones, aunque para ser sincero consigo mismo, ya no tenía ni pajolera idea de cómo se preparaban. Sonrió al pesar que sin duda todas ellas le habían ayudado a hacer perder la paciencia del poco paciente Profesor de Pociones... y puntos de su Casa. Suspiró. Todavía faltaban dos horas para que tuviera que estrenar sus recientemente adquirido oficio de enfermero, así que se tumbó en el sofá y tras dedicarse a compadecerse a si mismo durante un rato, fue dando cabezaditas hasta que la alarma que había puesto en el reloj de cuco le hizo pegar un brinco.
Subió algo tambaleante las escaleras, intentando despejarse. Solo faltaría que se equivocara de poción. Snape era capaz de colgar su cabeza en su aula de Pociones como trofeo y aviso para estudiantes melindrosos. Penetró en la silenciosa habitación y comprobó que Malfoy permanecía en la misma postura en la que le habían dejado. Observó con atención los frascos milimétricamente alineados y pulcramente etiquetados que Snape había dejado sobre la mesilla de noche. Miró su lista y escogió el que correspondía. Vertió la medida en un vaso e incorporó a Malfoy para hacérsela beber.
- Vamos, Malfoy. Solo es una poción. Asquerosa, estoy seguro. Pero ayudará a que te largues de aquí cuanto antes.
Antes de salir, no pudo evitar dirigir una última mirada sobre el joven que había amargado sus existencia durante los años pasados en Hogwarts e intentó recordar si alguna vez había visto al Slytherin tan indefenso como en ese momento. Sacudió la cabeza. No, no iba a empezar a sentir compasión por un Malfoy a esas alturas de su vida. Y cerró la puerta.


CAPITULO III
Un paciente algo difícil

Había tratado de mentalizarse. Había creído que podría con ello, pero a medida que la semana había ido avanzando, al igual que su gripe, también las cosas habían ido complicándose. El domingo había tenido el primer sobresalto cuando Neal se había presentado en la puerta de su casa, dispuesto a cobrarse la recompensa prometida. Pensó que el galopante resfriado que arrastraba tras el hechizo de Snape haría que el bateador comprendiera que no estaba ni con ánimos ni de humor. Lo que no esperaba es que se empeñara en quedarse a cuidarle y tuvo que echar mano de toda la persuasión que tenía y de la que no tenía, para lograr que el joven se marchara. Y aun y así no fue hasta bien entrada la tarde. Había tenido que correr a poner un hechizo en la puerta de la habitación donde estaba Malfoy, para que al otro no se le ocurriera entrar ni por equivocación, buscando excusas cada tres o cuatro horas para desaparecer y darle la correspondiente poción al Slytherin. Cuando a la mañana siguiente, Lunes, contactó con su entrenador para explicarle que al día siguiente y seguramente el resto de semana no podría ir a entrenar por el fuerte trancazo que había pescado, tuvo que aguantar un buen rato de dura reprimenda sobre su negligencia en cuidarse.
- ¡Que os lo tengo dicho! Nada de excesos, nada de alcohol, moderación en las comidas, no trasnochar ¡Y NADA DE DORMIR CON EL CULO AL AIRE, POTTER, PORQUE DESPUÉS PASAN ESTAS COSAS!
Después vino otro buen rato de lamentos porque no podría jugar el partido del Sábado y media hora después, prometiendo y jurando por su vida que sería la última vez que se le ocurría engriparse, logró que Berton desapareciera por fin de la chimenea. Por la tarde tuvo que lidiar otra vez con Neal, aunque consiguió frenarle antes de que decidiera instalarse con él lo que durara su galopante resfriado. ¡La madre que parió a Snape! Y por la noche Malfoy, que hasta ese momento había permanecido calmado, sin apenas hacer notar su presencia, empezó a debatirse en un agitado estado de semiinconsciencia que le mantuvo en vela toda la noche.

Le había despertado el hechizo avisador que había puesto en la habitación donde había acomodado al Slytherin. Malfoy tiritaba a pesar de la agradable temperatura que había en la habitación, en contraste con los largos mechones plateados pegados a su rostro por el sudor que lo bañaba. Murmuraba palabras incoherentes que no lograba entender, pero Harry estaba seguro de que en esos momentos Malfoy luchaba contra sus propios demonios. Y Harry sabía bastante de esa clase de demonios.
- Malfoy... –susurró– …Malfoy, ¿puedes oírme? –el joven que yacía en la cama volvió a murmurar algo ininteligible– Malfoy, cálmate, sólo es una pesadilla.

Sólo es una pesadilla, murmuró para si mismo, consciente de lo que aquellas palabras habían sido para él durante tantos años. Sólo era una pesadilla, no pasa nada. Cuantas veces habría pronunciado esa frase a lo largo de su vida. Cuantas veces había despertado gritando, llorando, nadando en miedo. Solo era una pesadilla, Ron. Vuelve a dormirte. Hasta que había aprendido a insonorizar su cama con el bendito hechizo silenciador y había podido guardar para él y solo para él las noches de angustia e insomnio después, temeroso de dormir, asustado de caer en el sueño una vez más. Sabía exactamente cómo se estaba sintiendo Malfoy en esos momentos, fuera lo que fuera que le estuviera atormentando. Un extraño e impensable sentimiento de empatía le conectó con él en ese instante. Contempló el rostro angustiado y vio una única e inesperada lagrima deslizarse silenciosa por su rostro. Se dio cuenta en ese momento de que la frase “no se lo desearía ni a mi peor enemigo” no era tan solo una frase. Jamás le desearía a nadie que pasara por lo que él había tenido que pasar. Ni aunque esa persona fuera Draco Malfoy. Se dirigió al baño y empapó una toalla. Después volvió a la habitación y apartó con cuidado las hebras plateadas adheridas a la pálida piel y refrescó su rostro. Aquello pareció calmarle, ya que al cabo de unos minutos la respiración del rubio se estabilizó. Harry no podía evitar sentir cada vez más curiosidad por lo que había sucedido para llevar a su enemigo de la escuela a aquella situación. Aproximó a la cama uno de los sillones de la habitación, con la intención de quedarse durante un rato, hasta asegurarse de que la pequeña crisis había pasado. Sin embargo, al poco tiempo se dio cuenta que el sueño esa noche tampoco iba a aparecer. Pasó la noche en vela, perdido en sus recuerdos, guardando el sueño de su enemigo.

El martes por la mañana se arrastró escalera abajo en dirección a la cocina, con los ojos congestionados y la nariz enrojecida goteando como un grifo, rogando por tener un día sin sobresaltos. Creyó estarlo consiguiendo hasta que poco antes de la hora de comer a Ron y a Hermione les dio por aparecer en su casa, con la excusa de que alguien del Ministerio había mencionado “de pasada” la activación del su traslador. Odiaba mentir a sus amigos pero el fuerte gripazo sirvió de excusa para explicarles que no se había sentido con fuerzas para aparecer y había sido entonces cuando había decidido conjurar el traslador. Tuvo que poner toda la resistencia de la que fue capaz para evitar que su amiga le metiera en la cama a sudar y se empeñara en asaltar su cocina para preparar caldos y sopas. Al final una mirada desesperada dirigida a Ron hizo que el pelirrojo convenciera por fin a su mujer de que Harry era perfectamente capaz de cuidarse solo y que lo único que necesitaba una gripe era mucho líquido y reposo. Esa noche volvió a instalarse en el sillón de la habitación de invitados, después de tratar de que Malfoy no despertara a todo el vecindario con sus gritos. Al igual que la noche siguiente. Fue allí donde le encontró Snape el Jueves por la mañana. Harry le había dado acceso para aparecerse en su casa. Privilegio que a parte de Dumbledore, Ron y Hermione, nadie más tenia. Ni siquiera Neal. Entre otras cosas porque era una de las normas de seguridad que el dichoso Ministerio y Dumbledore le obligaban a guardar. Todavía quedaban Mortífagos que con gusto le lanzarían un Avada Kedavra.
- Potter, ... Potter...
Harry sintió como le zarandeaban suavemente. Abrió los ojos sobresaltado para encontrarse con la mirada siempre recalcitrante de Snape.
- Creí que era mañana cuando no tenia clase – murmuró todavía medio dormido, restregándose los ojos.
- Le dije el Jueves, Potter. Hoy es Jueves.
Harry se desperezó, algo entumecido.
- Ha estado teniendo pesadillas – informó.
- ¿Le ha dado todas las pociones?
- Se las he dado.
- ¿A sus correspondiente horas?
Harry se dio cuenta de como Snape le miraba de reojo al tiempo que examinaba a su ahijado, como si dudara de su capacidad para llevar a cabo lo que le había encomendado.
- A sus horas. –respondió Harry tajante. Se levantó y se estiró nuevamente– Voy a preparar café.
- Tómese esto antes –Snape rebuscó en el bolsillo interior de su túnica y le tendió un pequeño frasco– El sábado podrá jugar.
Harry alzó las cejas con sorpresa. Por lo visto en algún lugar recóndito a Snape todavía le quedaba algo de conciencia.
- ¿Y él? –pregunto.
- No se preocupe. Le he dicho al Profesor Dumbledore que pienso pasar el fin de semana en Londres. Si no le importa me quedaré aquí.
Harry dejo escapar un suspiro mirando al techo, como reclamando la presencia de algún ente divino.
- ¡Como si estuviera en su casa!
Y desapareció en dirección a la cocina, sin poder ver una sonrisa complacida a sus espaldas. Un leve movimiento llamó la atención de Snape sobre su ahijado.
- ¿Draco?
Los párpados de Malfoy se entreabrieron con dificultad. Contrariamente a la sensación que le acompañaba al despertar desde hacia tanto tiempo, se sentía cómodo, confortable. Nada de duro suelo bajo su espalda. Trató de enfocar la vista para distinguir la figura que se inclinaba sobre él. Durante unos segundos el recuerdo de Potter apuntándole con su varita rasgó su mente, todavía ofuscada. En esos escasos segundos, un sin número de posibilidades galoparon por su pensamiento, a cual más desoladora. Sin embargo, al tiempo que su consciencia empezaba a aflorar, llegó a la conclusión de que de estar en Azkaban no estaría acostado sobre algo tan mullido. Intentó moverse, pero parecía que su cuerpo se había convertido en piedra y tan solo fue capaz de ladear un poco la cabeza. Trató de abrir nuevamente los ojos, para averiguar quien estaba junto a él. Poco a poco su visión se fue aclarando hasta mostrar de forma diáfana el rostro preocupado y ansioso de Severus Snape.
- P...adrino – acertó a decir con voz ronca.
Los brazos del severo Profesor de Pociones le envolvieron y él se aferró a su túnica con la única mano que podía hacerlo.
Padrino... –su voz se convirtió en un sollozo.
Ell esquelético cuerpo entre sus brazos se convulsionaba en un llanto doloroso y amargo. No se conformaría con tan solo lanzar una maldición al culpable del estado de su ahijado. Iba a hacerle pagar muy caras las lágrimas que ahora se derramaban sobre su túnica. El patético estado en el que se encontraba. El dolor que reflejaron sus ojos en cuanto se abrieron. El sufrimiento del que hablaba su cuerpo.
- Shsssss, tranquilo Draco. Lo resolveremos.
Por primera vez en tres años, Draco Malfoy supo que estaba a salvo.

Dos horas después, cuando Snape entró en la cocina encontró a Harry con la cabeza sobre la mesa, dormido, asiendo todavía la taza de café ya frío en su mano. El joven tenía un aspecto lastimoso. Snape se permitió el lujo de sonreír, a salvo de miradas indiscretas. Desde el principio había sabido que Potter protestaría y patalearía, pero su nobleza Gryffindor jamás le permitiría dejar su ahijado tirado. ¿A quién si no a él se le ocurriría llevarse a uno de los Mortífagos más buscados en esos momentos a su propia casa? Solo esperaba que ello no le trajera malas consecuencias. Suspiró. Tal vez debería prepararle también un reconstituyente sino quería que el Sábado se cayera de su escoba durante el partido, de puro cansancio.
- Potter, deje de gandulear y despierte de una vez –dijo a su oído.
Harry abrió los ojos sobresaltado y al incorporarse la taza fue a parar al suelo, haciéndose añicos y dejando las baldosas perdidas de café.
- ¡Por Merlín, Potter! ¡Sigue usted siendo una calamidad!
Harry balbuceó algo ininteligible, pero por su expresión era fácil comprender que se estaba acordando de toda la familia de Snape.
- Debo volver a la escuela. –le informó mientras observaba como su ex alumno limpiaba el estropicio– Por cierto, el Sr. Malfoy ha despertado.
Harry se volvió con rapidez hacia el Profesor, con una mirada interrogante.
- ¿Ha podido aclarar algo? –preguntó.
Snape negó con la cabeza.
- No mucho –dijo– Me temo que el Sr. Malfoy no tiene demasiadas ganas de hablar todavía –alzó las cejas en señal de advertencia –Hasta que yo vuelva el Sábado, procuren no matarse.
Harry sonrió con desdén y le dio la espalda al Profesor para servirse otra taza de café. Después, se entretuvo preparando una comida ligera para su “invitado”, que debía estar hasta las orejas de poción fortalecedora y supuso que su estómago estaría clamando ya por algo más sólido.

Una hora después, cuando entró en la habitación de su invitado, comprobó que Snape había corrido las cortinas y ahora el sol inundaba el cuarto. Draco estaba incorporado sobre un montón de cojines. Tenía los ojos cerrados, pero los abrió en cuanto oyó el sonido de la puerta al cerrarse y volvió la cabeza hacia él. ¡Dios! ¡Qué se había hecho del Malfoy que él conocía! Los ojos hundidos y apagados, enmarcados en aquellas profundas ojeras que le daban un aspecto débil y enfermizo, tan alejado de la altanería innata en su persona. Harry no pudo evitar sentirse algo nervioso. La última vez que habían hablado no había sido en términos demasiado agradables, con sus varitas apuntando hacia sus respectivas gargantas. Además, una incomoda sensación de remordimiento le había estado rondando desde que lo había encontrado inconsciente el Sábado por la mañana.
- ¿Qué tal, Malfoy? ¿Cómo te encuentras? –preguntó en el tono más amable del que fue capaz.
Los plateados iris de Draco estaban tan oscurecidos que parecía que hubieran cambiado de color.
- He estado mejor, Potter. –la voz sonaba arrastrada, pero no era producto de su habitual petulancia sino más bien de un profundo agotamiento.
- ¿Tienes hambre? –depositó la bandeja sobre sus rodillas– Snape recomendó algo ligero para empezar –señaló el tazón– Caldo con tropezones.
- Ya veo que te has matado. –ironizó el rubio.
Harry iba a contestar a la impertinencia, pero después se lo pensó mejor y acabó por decir:
- Los muggles tienen bastante traza en esto de las comidas preparadas, ¿lo sabias?
Draco frunció levemente el ceño ante la palabra muggle, pero no hizo ningún comentario. Tomó con su mano izquierda la cuchara y empezó a comer. Su mano derecha no estaba a la vista, escondida bajo las sabanas.
- ¿Vas a quedarte mirando, Potter?
Harry resopló y se levantó del sillón donde había pasado las últimas tres noches. Era Malfoy después de todo.
- Volveré dentro de un rato.
Cuando regresó una hora después, el tazón estaba vacío y Draco dormitaba. Le zarandeó con cuidado.
- Malfoy...
Draco abrió los ojos y vio que Harry le tendía un vaso con un liquido azul.
- La poción de las 15.30 –anunció como si se tratara de la llegada de un tren a la estación. El rubio la tomó en silencio– Ahora boca abajo, por favor –dijo tomando un pote de la mesilla de noche –Quítate la camisa del pijama.
Draco le dirigió una mirada huraña, pero empezó a luchar con los botones con su mano izquierda. Harry suponía que Draco era diestro. O al menos siempre le había visto empuñar la varita con esa mano.
- ¿Necesitas ayuda? –ofreció.
- ¿Te la he pedido? –contestó el rubio de forma cortante.
- Rebosando simpatía, como siempre –se mofó Harry, cruzándose de brazos.
Draco le dirigió una mirada desafiante y terminó con el último botón. Cuando por fin se tendió boca abajo, con su mano derecha convenientemente oculta bajo la almohada, Harry observo la mejoría que las marcas habían experimentado en tan poco tiempo. Snape seria un hijo de su madre la mayor parte del tiempo, pero no cabía duda de que tratándose de pociones y ungüentos sabía lo que se traía entre manos. Extendió con suavidad la pomada por cada una de las señales que atravesaban la espalda de Draco y por la herida, que ya había cicatrizado.
- Apenas quedarán señales –le informó. Notó un leve encogimiento de hombros. Y tras un ligero titubeo, la pregunta salió de sus labios –¿Quién te hizo esto, Malfoy?
- No es de tu incumbencia, Potter – respondió él en tono áspero.
- Estas en mi casa, Malfoy. Creo que no es pedir demasiado que contestes una sencilla pregunta. –le recriminó en tono molesto.
- ¿Acaso te pedí yo que me trajeras?
Harry apretó las mandíbulas y cerró el bote bruscamente. Bien, si en algún momento había sentido algo de compasión por el Slytherin, acababa de esfumarse en ese mismo instante. Lo dejó sobre la mesilla de noche con un golpe seco y salió de la habitación sin decir nada. No volvió hasta última hora de la tarde, con la cena. Dejó la bandeja encima de la cama, al lado de Draco, sintiendo la atenta mirada del rubio siguiéndole hasta la mesilla de noche, donde escogió otro de los frascos allí alineados y vertió cierta cantidad del mismo en un vaso que había tomado de la bandeja. Después volvió a depositarlo en ella. En ningún momento habló, o dirigió la mirada ni una sola vez hacia la figura inmóvil en la cama, que sin embargo le observaba con atención. Desapareció por la puerta tan silenciosamente como había entrado.

Draco miró la bandeja con un leve sentimiento de culpabilidad, que rápidamente reprimió. No estaba dispuesto a compartir con Potter recuerdos que ni tan solo había mencionado todavía a su padrino. Memorias de hechos que ni él mismo estaba muy seguro de querer recordar. Seguía asustado, en un estado de constante sobresalto. Aunque por supuesto jamás lo demostraría. Odiaba sentirse tan vulnerable. Pero gracias a Merlín el control que tenía sobre sí mismo seguía siendo tan férreo como siempre. La tenaz voluntad que le había ayudado a sobrevivir durante aquellos tres años, que le había salvado la vida hasta ese momento. Aunque era consciente de que había faltado poco... muy poco. Estaba cansado de huir. De tener que estar vigilando constantemente a sus espaldas. Dos veces había caído en sus manos y dos veces había logrado escapar. Estaba seguro de que alguna divinidad mágica velaba por él en alguna parte. Sin embargo, sabía que su suerte podía acabarse en cualquier momento. De hecho, la tarde que Potter le encontró, tuvo la casi absoluta seguridad de que aquel momento había llegado. Todavía seguía sorprendiéndose de que no le hubiera entregado. Por lo que le había contado su padrino, por lo visto hasta tenía que estarle agradecido. Pero tener que agradecer algo al Gryffindor era más de lo que su sangre Malfoy podía tolerar. Echó la cabeza hacía atrás con un profundo suspiro y permaneció mirando al techo durante unos minutos, intentando apartar de su cabeza el molesto pensamiento de que en realidad estaba vivo gracias a él, mal que le pesara. Dirigió nuevamente la mirada hacia la bandeja que reposaba a su lado y entonces se dio cuenta. ¡El maldito Potter había cortado la carne en pedacitos! ¿Acaso creía que no podía valerse por sí mismo? Furioso, golpeó la bandeja que salió despedida de la cama y fue a estrellarse contra el suelo, junto con su impotencia y su desesperación. No conocía mejor manera de desahogar su dolor y protegerlo de miradas ajenas que parapetarlo tras un muro de indiferencia y de desprecio. Dirigir su rabia y su ira contra el Gryffindor eran una buena terapia para desalojar de su pecho la presión del sufrimiento que le ahogaba desde hacía tanto tiempo, junto con el miedo y la tristeza y un intenso sentimiento de soledad. Tres días antes, cuando había abierto los ojos para encontrarse con el rostro de Severus Snape, no hubiera podido describir la sensación de profundo alivio que sintió y se agarró a él como a una tabla de salvación. Pero no entendía porque le obligaba a permanecer allí. Tal vez solo estaba esperando a que recuperara fuerzas como para ser capaz de levantarse y entonces podría perder de una vez de vista al maldito Potter.

Cuando despertó a la mañana siguiente la bandeja ya no estaba en el suelo con todo el estropicio de la noche anterior, sino otra vez en la cama a su lado, con el desayuno. Potter siguió sin hablarle durante todo el día y él no hizo el menor esfuerzo por disculparse o iniciar ninguna conversación. Potter entró y salió de la habitación muchas más veces que el día anterior, como si en realidad deseara provocarle y obligarle a abrir la boca, aunque tan solo fuera para soltar algún desatino. Pero ese era un juego que él sabía jugar mucho mejor. Lo había practicado con gran destreza en Hogwarts Así que le desesperó ignorándole, le impacientó entreteniéndose con los botones del pijama cuando tuvo que curar las señales de su espalda y le sulfuró cuando recogió la bandeja de la comida y encontró el pescado que Potter había desmenuzado con paciencia, apartando todas las espinas, intacto en el plato. Su rostro fue todo un poema, y Draco tuvo que dominar las ganas de sonreír ante la tan prevista reacción. Sin embargo, Potter también se tomó la revancha: esa noche no hubo cena.

Cuando el sábado por la mañana oyó el sonido de la puerta, no esperaba que fuera precisamente su padrino quien entrara.
- ¿Cómo te sientes? –preguntó Snape mientras le examinaba.
- Mejor –respondió él.
- ¿Crees que podrás darte una ducha y vestirte?
Draco frunció el ceño. ¿Acaso todo el mundo pensaba que era una especie de minusválido, incapaz de valerse por si mismo?
- Potter me ha prestado algo de ropa antes de irse esta mañana –dijo su padrino señalando el sillón donde la había depositado.
Draco observó con ojo crítico las prendas depositadas encima de la cama. Asintió con la cabeza.
- Estaré abajo, en la cocina.
- No tardaré.

Draco se obligó a arrastrar su cuerpo fuera de la cama y se levantó algo tambaleante. Pero el chorro de agua caliente cayendo sobre su cuerpo le confortó y prolongó la agradable sensación más tiempo del que habitualmente utilizaba en esa tarea. Una vez vestido, aunque la ropa fuera del desafortunado gusto de Potter, se sintió bien. Salió de la habitación y observó con atención todos los detalles de la casa mientras bajaba la escalera y buscaba la cocina. Aunque saltaba a la vista que era una casa muggle, tenía que reconocer que el Gryffindor había logrado convertirla en un lugar agradable. Entró en la cocina donde Snape le esperaba con semblante serio y Draco supo que esta vez tendría que afrontar "la conversación”.
- Bien Draco, creo que ya es hora de que hablemos.
Snape enfrentó los ojos de su ahijado, que se oscurecieron ante la perspectiva de desenterrar recuerdos amargos. No pudo dejar de pensar que el joven se parecía cada día más a Lucius. Su tez pálida; su figura alta y lánguida, de constitución delgada y brusca; su mirada dura, fría donde las hubiera; su porte, su sonrisa perdonavidas. Incluso el largo pelo rubio ahora atado en una coleta. Sin lugar a dudas era un Malfoy de los pies a la cabeza. Lucius se había encargado de que quedara poco de Narcisa en él. Sólo que, gracias a Merlín, y también a los esfuerzos que él mismo había puesto en ello, la cabeza de Draco había permanecido alejada de ciertas ideas radicales, o al menos no había sucumbido totalmente a ellas, las mismas que habían sido la perdición de su padre.
- ¿Vas a contarme de una vez cómo has llegado a esta situación, Draco?
El joven suspiró y cruzó las piernas con elegancia. Cerró los ojos unos momentos, como si quisiera poner en orden sus pensamientos, mientras entrelazaba sus manos en un gesto no exento de cierta sofisticación. Por fin habló.
- Fue dos días después de que el Señor Oscuro cayera. –empezó– Padre vino a casa. Estaba herido y madre lo escondió en una de las habitaciones ocultas, ya sabes. –Snape asintió – Dijo que no teníamos nada que temer. Que estábamos a salvo. Que el Ministerio no podría hacer nada contra nosotros, ya que yo no tenía la marca y que había puesto los bienes de la familia a nombre de mi madre y mío, que saldríamos adelante. Su intención era desaparecer en cuanto se recuperara, porque estaba seguro que no tardarían en hacer un registro de la casa. Le juró a mi madre que se había desecho de todo aquello que pudiera, digamos, incriminar nuestro nombre con actividades oscuras. Por lo que no encontrarían nada. Esperaría en alguna de nuestras propiedades en el extranjero a que las cosas se calmaran y más adelante, cuando ya no hubiera peligro yo debía reunirme con él.
- ¿Te dijo para qué?
Draco negó con la cabeza.
- En realidad no hubo tiempo. – dijo en tono amargo.

Draco se había dormido por fin después de dar vueltas en la cama, nervioso por la presencia de su padre en la casa. Ahora que el Señor Oscuro había muerto, sabía que la persecución sería implacable contra los que una vez habían sido sus más leales servidores. Y su padre había sido uno de los más allegados. Él no se sentía tan optimista con respecto a la posible reacción del Ministerio contra su familia. Caer sobre la fortuna Malfoy era una tentación demasiado fuerte para poder ser ignorada y su padre no podía estar pasándola por alto con tanta facilidad. Tal vez solo intentaba tranquilizar a su madre...
No haría ni veinte minutos que por fin el sueño le había vencido, cuando de pronto las sábanas fueron removidas con violencia, despertándole sobresaltado. Unas manos poderosas le sacaron de la cama, arrastrándole por la habitación en contra de sus vanos intentos por resistirse. No podía verlos, pero al menos eran dos hombres. Cuando salieron a la luz del pasillo, confirmo que eran solo dos, pero demasiado fornidos para que un muchacho de diecisiete años pudiera hacer nada contra ellos sin su varita. Los escalones golpearon dolorosamente en sus rodillas y piernas mientras tiraban de él escaleras abajo. A pesar de lo desesperado de la situación, lo que más aturdía a Draco en ese momento era que los dos energúmenos que tan delicadamente le conducían hacia las mazmorras de su propia mansión eran dos Mortífagos; o al menos iban ataviados con túnicas negras y máscaras blancas. Cuando llegaron al húmedo sótano, Draco comprobó que estaba más concurrido de lo que esperaba. Le empujaron dentro de la segunda mazmorra de las cinco que se alineaban a lo largo del oscuro pasillo, donde fue recibido por tres figuras más, con los rostros parapetados tras sus máscaras. Su madre se encontraba retenida contra la pared por otro de ellos.
- ¡Quítale las manos de encima! –gritó haciendo un intento de dirigirse hacia ella, pero los dos que le habían bajado hasta allí se lo impidieron. Es más, uno de ellos le dobló de un puñetazo en el estómago, dejándole sin aire y cayó al suelo de rodillas. Una mano firme le levantó, zarandeándolo hasta lograr mantenerle en pie.
- Bien Draco, la pregunta será sencilla –dijo la voz bajo la máscara– ¿Dónde está tu padre?
Conocía esa voz.
- No lo sé –dijo, orgulloso de que la suya saliera más firme de lo que esperaba.
- Harías bien en hacer memoria, Draco. No nos iremos sin una respuesta.
Podía haber torturado a Narcisa, pero aparte de que la mujer ofrecería mucha más resistencia, no en vano era una Black, estaba seguro de que conseguiría la presencia de Lucius Malfoy mucho más rápido si era a su hijo quien ocupaba ese lugar.
- No puedo tener memoria de lo que desconozco. –le respondió el muchacho, desafiándole con la mirada.
- Digno hijo de su padre –el hombre soltó una carcajada profunda, acorde con su voz, al tiempo que hacia un gesto con la mano.
Rudolf, era Rudolf Lestrange, fue el sorprendido pensamiento de Draco mientras era despojado de la camisa de su pijama y conducido con firmeza hasta el centro de la mazmorra, donde le encadenaron a los grilletes que colgaban del techo. Dirigió la vista hacia el Mortífago que apretaba su varita contra la garganta de su madre y sintió que su estómago se revolvía. Pero si su tío Rudolf era capaz de tratarle de la forma en que lo estaba haciendo, no tenía que extrañarle que su madre fuera amenazada por su propia hermana Bellatrix. Su mirada se cruzó con la de Narcisa durante unos segundos. El rostro de ella estaba impasible, pero sus ojos expresaban todo el temor que sentía por él. Draco intentó tranquilizarla con su mirada, decirle que estaba dispuesto a afrontar con entereza lo que viniera, como Malfoy que era.
- ¿Alguna vez tu padre te ha dado unos azotes, Draco? –murmuró una voz junto a su oído. ¿McNair?
Draco había subestimado hasta ese momento el poder de un látigo en manos de alguien que sabía como manejarlo. El cuero cortó la piel desnuda y el joven apenas reprimió un grito, aterrorizado por el conocimiento de aquel dolor impensado, lacerante y cruel No le dio tiempo a prepararse para el segundo latigazo cuando ya había caído sobre él, con más fuerza que el primero. Cuando llegó el tercero supo que gritaría. El dolor era tan fuerte que si lo retenía dentro de sí su corazón iba a estallar. El quinto latigazo se lo arrancó de la garganta. Los golpes secos y metódicos se clavaban profundos en su carne, abriéndola, obligándole a gritar una y otra vez. Y no quería, no quería hacerlo...
- Me estaba preguntando cuanto tardarías en aparecer.
La voz de Rudolf tenía un matiz de satisfacción, baja y profunda, cuando llegó a Draco enturbiada por las oleadas de su propio dolor. Pero supo que su padre estaba allí.
- Suelta ese látigo, McNair.
La voz de Lucius Malfoy sonó imperiosa, más fría de lo que jamás se había oído. Sus ojos, dos témpanos de hielo clavados en la ensangrentada espalda de su hijo; su varita, apuntando amenazante a su cuñado. Éste hizo un gesto y McNair bajó el brazo.
- Hagámoslo fácil, Lucius. Dinos donde está y terminemos con esto. Fingiremos que nada ha ocurrido y cerraremos el círculo otra vez.
Lucius seguía con la vista fija en su hijo y en el miserable que había osado tocarle. Las palabras de Rudolf se deslizaron por sus oídos, prestándoles la atención justa. Su mente maquinaba la manera de liberar a Draco y matar al desgraciado de McNair, autor material del sufrimiento de su heredero.
- Suelta a mi hijo, McNair. –el hombre del látigo en la mano pareció dudar.
- Quieto McNair –ordenó Rudolf. Después se volvió hacia Lucius– Tendrás a tu hijo cuando nosotros tengamos lo que hemos venido a buscar. –hizo una pequeña pausa, sin perder de vista la mano con la que Lucius sostenía su varita– Nadie esperaba que el maldito Potter acabara con nuestro Señor. –dijo con calma– Siempre dimos por sentado que no era rival para EL. Pero lo hizo. Así que ahora es necesario establecer un nuevo orden antes de que los nuestros se desperdiguen o sean masacrados por los aurores. Debemos restablecer el poder.
- ¿Y crees que puedes hacerlo tú, Rudolf? – preguntó Lucius con sarcasmo.
- Lo único que sé es que nadie ha dicho que tengas que ser tú quien lo haga, querido Lucius.
Draco no podía ver a su padre, porque le habían encadenado de espaldas a la puerta de entrada. Pero por el tono de su voz sabía que de un momento a otro volarían maleficios por toda la mazmorra. Y no iba a ser un juego de niños. No cuando eran los siete miembros de la cúpula del señor oscuro, tal como los siete pecados capitales, los que estaban allí congregados. Y seis contra uno no era un equilibrio demasiado recomendable. A pesar de que no sabía si podría sostenerse en pie, lo único que deseaba era poder soltarse y alcanzar la varita que dos días antes había escondido bajo el pantalón, de la que no se separaba ni para dormir sujeta a su pantorrilla izquierda y poder ayudar a su padre. Y que le dejara al maldito McNair a él. Le mostraría por dónde estaba dispuesto a meterle el látigo a ese hijo de su madre.
La fría mente de Lucius seguía trabajando. Si Rudolf había pensado en algun momento que no se atrevería a hacer nada porque tenía a su hijo colgando en medio de la mazmorra, estaba muy equivocado. Miró a su esposa unos segundos, los suficientes para darse cuenta de que la punta de su varita asomaba y por el puño de encaje de la manga de su elegante vestido. Unos segundos que fueron suficientes para que ella también entendiera que iban a jugarse el todo por el todo para logra sacar a su hijo de allí y proteger al mismo tiempo su futuro. Dirigió un imperceptible gesto de asentimiento a su marido. Lucius apenas esbozó apenas una sonrisa. Narcisa había sido su constante apoyo durante todos aquellos años. La esposa perfecta. Tal vez no siempre de acuerdo con sus decisiones, en especial en las que se referían a Draco. Había sido ella quien le había convencido de preservar a su hijo de su sometimiento al Señor Oscuro, evitando con hábiles excusas que fuera marcado cuando fue requerido poco antes de terminar la escuela. Ella había trazado el plan que llevaría a su retoño lejos de la influencia de Voldemort, impidiendo que éste pudiera reclamarlo. Poseía ambición y una mente clara y despierta que había encaminado a Lucius en más de una ocasión en la dirección correcta. Podía ser tan dura y fría como la situación lo requiriera. Y era más hábil con la varita de lo que jamás había dejado sospechar a nadie que no fuera su marido. Y ahora su prioridad, la de ambos era preservar la vida de su hijo.
Los grilletes de Draco se abrieron de repente y Rudolf vio como el muchacho caía sin ni siquiera tener tiempo a ampararse con las manos para no golpearse contra el duro suelo. Un pequeño contratiempo. Tal vez Lucius había podido liberar a su hijo, pero no podría con seis Mortífagos contra él. Bueno, cinco, ya que Narcisa había logrado deshacerse de su hermana y también tenía una varita en la mano. Ni por un momento le preocupó ver a su propia mujer en el suelo. Tenía muy clara cual era su prioridad. El matrimonio Malfoy estaba en ese momento escudado tras la entrada de la mazmorra, lanzando maleficios a diestro y siniestro. Esquivó hábilmente el rayo que venía hacia él y buscó con la mirada al único Malfoy que quedaba de momento a su merced, dispuesto a utilizarlo como escudo contra sus padres.
Draco se arrastraba intentando alcanzar la pared para lograr ponerse en pie y llegar junto a Lucius y Narcisa, sosteniendo convulsivamente la varita que ya tenía en su mano. No oyó la voz de su madre gritándole que no se levantara, que permaneciera en el suelo donde estaba más seguro de momento. No pudo ver sus ojos asustados cuando él no lo hizo, jadeando por el esfuerzo de erguirse cuando el lacerante dolor de su espalda le decía que ni lo intentara, desesperado por reunirse con los suyos. Dio unos pasos, vacilante, agarrándose a las frías piedras sin darse cuenta de que Dolohov estaba a sus espaldas.
- ¡Draco! ¡Hijo!
Esta vez si oyó la voz desesperada de su madre, pero tarde. Sintió las manos del hombre voltearle con violencia y clavar su espalda contra la pared, desgarrando sus heridas abiertas.
- Pequeño bastardo...
Por unos momentos perdió el mundo de vista, sumido en un dolor intenso y penetrante.
- No le sueltes, Dolohov – oyó que ordenaba la voz de su tío – Mantenle ahí.
Fue consciente de la varita en su mano, mientras luchaba por no desvanecerse. Podía hacerlo. Sabía como. Conocía las palabras. Si alguna vez se había preguntado si sería capaz, ese era el mejor momento para comprobarlo.
- ¡Avada Kedavra!
Tal vez su voz no sonara demasiado fuerte, pero contenía la rabia y el odio necesarios. El Mortífago cayó al suelo sin vida. Y él se deslizó dolorosamente pared abajo hasta caer sentado sobre la fría losa. Los momentos siguientes estaban confusos en su memoria. Vio aturdido la luz que se dirigía directamente hacia él. Las fuerzas le habían abandonado. Ya no era ni capaz de alzar el brazo e intentar un conjuro protector, de todas formas inútil pensó, porque sabía que clase de maleficio era el que estaba a punto de alcanzarle. Cerró los ojos, fatigado, esperando el final. Al segundo siguiente alguien le empujaba y unos brazos conocidos le sostenían.
- Madre...
Narcisa le ayudaba a levantarse y lograban llegar hasta la entrada de la mazmorra, protegidos por Lucius. Ahora tan solo Rudolf y McNair estaban en pie.
- Llévatelo – ordenó Lucius sin apartar los ojos de sus ahora dos únicos contrincantes. Sin embargo, no le pasó desapercibido que el cuerpo de su cuñada Bellatrix empezaba a moverse.
Jamás había sentido tanta furia como en el momento en que vio a su hijo colgado de los grilletes y a McNair con el látigo en la mano, destrozando su espalda. Jamás había sentido tantas ganas de matar a alguien como en esos momentos de aniquilar a cuantos se encontraban en SU mazmorra. Y JAMAS iba a entregarles lo que habían venido a buscar. Estaba a buen recaudo desde el momento en que el Señor Oscuro se lo había entregado. En él y sólo en él había confiado. Y ahora que su Señor ya no estaba, lo consideraba el pago a tantos años de fiel servicio. Su futuro. La herencia más valiosa que iba a dejar a su hijo. Más que su fortuna o su posición. Poder. Sólo esperaba que su esposa lograra ponerle a salvo. Si él no sobrevivía, Narcisa tenía las instrucciones necesarias para seguir adelante y preparar el futuro de Draco.
Mientras tanto, Narcisa conducía a su hijo a la misma habitación donde hasta poco antes había permanecido escondido su padre y le ayudaba a acostarse en la cama, boca abajo. No pudo evitar que su corazón se encogiera al contemplar las sangrantes heridas de su espalda, pero como buena Back retuvo las lagrimas de rabia que amenazaban con inundar sus ojos y se limitó a besar a Draco con todo el amor que una madre es capaz de dar a su hijo. Acarició su frente bañada en sudor y apartó los mechones planteados pegados a su rostro para poder contemplar sus facciones, ahora relajadas, sumidas en la inconsciencia.
- Volveré cariño. –murmuró acariciando su mejilla– Ahora tu padre me necesita. –Y antes de irse se había quitado una pequeña cadena que llevaba con un pequeño colgante y se la había puesto a Draco al cuello, junto a su último beso.
Draco ya no volvió a verla con vida. Al igual que a su padre.

- Ya sabes el final –dijo Draco con la voz entrecortada– Tía Bella mató a mi madre. Y cuando los aurores del Ministerio irrumpieron en la mansión, McNair y mis tíos lograron escapar, pero atraparon a mi padre.
Snape guardó silencio, mientras veía las lagrimas deslizarse por el rostro de su ahijado. Todavía quedaba parte de la historia por conocer, pero no creyó que en esos momentos Draco estuviera en condiciones de continuar. Miró la mano maltrecha que descansaba en el regazo de su ahijado y el Profesor de Pociones sintió unas ganas inmensas de maldecir al desgraciado que le había causado tanto dolor. Intuía que sería difícil hablar de esa parte y decidió que era mejor dejarlo para otro momento, cuando Draco se viera con fuerzas para hacerlo.


CAPITULO IV
Dos bajo el mismo techo

Harry voló con tanta rabia aquella mañana durante el último entrenamiento antes del partido, que en más de una ocasión estuvo a punto de hacer caer a alguno de sus compañeros de la escoba.
- ¿Puede saberse que te pasa? –preguntó Neal que había sido el último afectado y había tenido que esquivar a Harry y a una bludger al mismo tiempo.
- ¡Buena finta Thomson! –gritó Berton desde su posición– Y tu Potter, ¡te recuerdo que este es tu equipo, no los malditos Bloody Canine de esta tarde! ¿Me has oído Potter? ¡HAZ EL FAVOR DE BAJAR!
Harry obedeció de mala gana y aterrizó sobre el césped del campo. Berton lo hizo segundos después.
- ¿Qué has estado tomando, Potter? –preguntó preocupado por tanta hiperactividad– Espero que ninguna de esas pociones antigripales que contienen hechizos prohibidos por la Federación de Quidditch.
Harry titubeó y Berton le miró amenazador al apercibirse de la expresión, de pronto asustada, de su jugador.
- No me jodas, Potter. ¡No me jodas!
En ese momento Harry cayó en la cuenta de que no sabía que le había dado Snape para reponerle de la gripe en un solo día. Esperaba que el muy cabrón no hubiera sido capaz de prepararle algo prohibido para un jugador de Quidditch. Aunque viniendo de Snape... Sería mejor que Matt le revisara en cuanto terminara el entrenamiento.
- No señor - contestó procurando aparentar seguridad en su respuesta.
- Bien, vuelve arriba pero contrólate o me obligarás a sustituirte esta tarde.
Harry dio una fuerte patada y se elevó otra vez antes de que Berton siguiera con su discurso. Sabía que no le sustituiría. Y él tenía todavía demasiada adrenalina que descargar. Demasiada furia contenida por culpa del maldito Malfoy. Lo sentía por los pobres Canine, pero alguien tenía que pagar su mal humor.
Sin embargo, los Bloody Canine no era conocidos precisamente por sus buenos modales en el campo y el juego fue algo más que rudo. Después de varios encontronazos con el buscador del equipo contrario, la habilidad de Harry hizo que atrapara la snitch cuando el partido estaba prácticamente igualado y ayudó a acabar el juego con más golpes, moretones y alguna que otra ceja partida de toda la temporada. A pesar de todo, no evitó que el mal perder de su homónimo del otro equipo acabara clavándole el palo de su escoba entre las costillas con una maniobra rápida y hábil, justo en el momento en que Harry alzaba sonriente su brazo mostrando la snitch al público. El golpe fue tan seco e inesperado, que le hizo perder el equilibrio y por poco es él quien acaba cayéndose de su propia escoba. Dos de sus compañeros tuvieron que asistirle para descender y ayudarle a tomar tierra, para seguidamente llevarle al vestuario. Aquel acto de mal fe por parte del buscador del los Bloody Canine no hizo más que desatar una verdadera batalla campal, todavía en el aire, en un ir y venir de escobas tratando de dar al contrario con lo que fuera, mango o cola. Los más peligrosos eran los bateadores, blandiendo amenazadoramente sus bates, tratando de alcanzar cabezas en lugar de bludgers. El árbitro se veía impotente para dominar la situación y acabó por descender y convertirse en un mero espectador desde el césped, tras casi perder la cabeza entre dos bateadores furiosos. Los entrenadores de los dos equipos se estaban desgañitando gritando a sus jugadores, intentando imponer calma, para acabar después de unos minutos chillándose el uno al otro. Al final, los jugadores de ambos equipos fueron descendiendo, solo para continuar sobre el césped lo que habían dejado a medias en el aire. Por fin, la intervención de los guardas del estadio logró acabar con la encarnizada riña y escoltar a los jugadores hasta sus vestuarios, donde se quedaron montando guardia, para impedir que empezarán allí otra vez con la pelea.

Mientras el medimago examinaba a Harry, Berton paseaba arriba y abajo con impaciencia, de bastante mal humor. A pesar de haber ganado, estaba por ver la decisión que tomaría ahora el árbitro tras la inoportuna pelea. También él había tenido cuatro palabritas con el entrenador contrario.
- Matt, dime que podrá jugar la semana que viene –gruñó– Los Flying Broomsticks nos están pisando los talones en la clasificación. Y después de lo de hoy...
El medimago prosiguió con su examen sin hacerle mucho caso. Llevaban años juntos y sabía que cuando Berton tenía ese humor de perros era preferible ignorarle.
- Le ha roto una costilla y fisurado otra. –informó con tranquilidad– Nada que no podamos arreglar en un par de horas, ¿verdad Harry?
El joven solo gruñó.
- Bien, es todo lo que quería saber. Y ahora, si me disculpáis, tengo que poner una denuncia ante el comité de competición.
Y Berton desapareció de la enfermería todavía hecho una furia.
- ¡Me encanta su preocupación! –bufó Harry– Aghhh, ¡eso dolió Matt!
- No seas quejica. –le amonestó el medimago con una sonrisa– Ni que fuera la primera costilla que te rompen.
- Y seguramente no será la última. Pero es esta la que ahora me duele –protestó él.
- Me alegra saber que estás dispuesto a asegurar mi trabajo, muchacho. Con un par más como tú y no tendría que preocuparme de mi jubilación.
En ese momento una cabeza de pelo castaño y rizado, con el labio partido y un pómulo algo maltrecho, hizo su aparición por la puerta de la enfermería.
- ¿Se ha ido? –preguntó Neal en evidente referencia a Berton antes de llegar a entrar.
Matt sonrió e hizo un gesto con la mano para que pasara. Se había estado preguntando cuanto tiempo iba a tardar en aparecer. Se suponía que era la única persona que sabía que aquellos dos eran pareja. Y si no hubiera sido porque Harry una vez había tenido un “pequeño” problema con una parte bastante intima de su anatomía, que amenazaba con impedirle poder volar en su escoba para el partido que tendría lugar al día siguiente, probablemente tampoco se hubiera enterado. Después, sólo había tenido que ver la cara de culpabilidad de Neal a la mañana siguiente cada vez que miraba a Harry cuando creía que no era observado, para deducir quien había sido el causante.
- ¿Cómo está el paciente? –preguntó dándole un cariñoso beso.
- Neal, aquí no. –le reprochó Harry, algo huraño.
- Solo está Matt... –los grandes ojos castaños le dirigieron una mirada herida. Harry la ignoró.
- No está de buen humor –le advirtió el medimago alzando una ceja.
- Lo sé. Esta mañana por poco tira a medio equipo de su escoba, ¿verdad cariño?
Harry dejó escapar un bufido, del que inmediatamente se arrepintió.
- ¡Aggghhh!
Matt suspiró con paciencia
- Neal, ¿por qué no esperas fuera? –sugirió– De lo contrario voy a tener que amarrar a mi paciente a la camilla para lograr que se esté quieto.
- Bien, no tardes. –esta vez Neal se conformó con acariciar la enmarañada cabellera.
- ¡Dos horas Neal, voy a tardar dos horas! –bramó Harry tratando de incorporarse otra vez- ¡Me han roto dos costillas! ¿Lo sabias?
- No exageres, solo una. –le corrigió el medimago.
Matt le empujó ya sin muchas contemplaciones sobre la camilla, ignorando su quejido, mientras hacia gesto al otro para que se largara de una vez.
- ¿Qué te pasa hoy?
- ¡Nada!
- Pues te noto algo alterado, muchacho.
Nuevo bufido y nuevo gemido.
- Te agradecería que no te movieras. No haces más que dificultar mi trabajo.
- ¡Pues lo siento!
- Más lo vas a sentir si decido soldar esta costilla al estilo muggle.- amenazó.
La perspectiva pareció surtir efecto y calmar a Harry, que por fin se quedó quieto en la camilla, dejando a Matt trabajar con tranquilidad. Ambos guardaron silencio durante unos minutos, hasta que el medimago lo rompió.
- Ese chico te quiere, Harry.
Matt notó que su paciente se removía otra vez, inquieto y una expresión molesta aparecía nuevamente en su rostro.
- Pero nunca te he visto demostrarle tu cariño con la misma fuerza que él te lo demuestra a ti.
- Cada uno es como es –fue la lacónica respuesta.
El medimago soltó un suspiro.
- ¿Por qué sigues escondiéndote?
- ¡Yo no me escondo! – protestó Harry, airado– ¡Aughhh!
- Si lo haces. Sigues haciéndolo, muchacho. Lo haces desde el momento que no eres capaz de mostrar abiertamente vuestra relación.
- ¿Y poner a Neal en el punto de mira de todo posible desgraciado que sigue guardándomela porque maté a su Señor? No gracias. – refunfuñó Harry.
- Entonces, simplemente le estás protegiendo...
- Eso es. – afirmó el joven con convencimiento.
- No digo que no. –continuó Matt– Sé que lo haces y lo entiendo. Lo que no acabo de comprender es lo que he visto antes.
Harry frunció el ceño, algo desconcertado.
- Me refiero al beso –aclaró Matt - ¿Por qué te ha molestado? Estabais solos. Nadie podía veros, a parte de mí, claro. Pero a estas alturas no creo ser un impedimento.
Podía notar las barreras que levantaba el joven, incluso con él, cuando intentaba ahondar demasiado.
- Me he pasado la vida perdiendo a la gente que se ha acercado demasiado a mí, Matt. Lo sabes.
- Ya no estamos en guerra, Harry. El Señor Oscuro ya no está. Tú te encargaste de ello.
A Harry no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. Era cierto que le conocía. Demasiado para su gusto. Y en ese momento sus costillas estaban en sus manos. Como para llevarle la contraria...
- ¿Cuándo vas a dejar todo eso atrás? –prosiguió el medimago– Han pasado tres largos años.
- Ya lo he hecho –contestó Harry con una mueca de dolor.
- No, crees que lo has hecho. Pero no es así. Tu relación con Neal no hace más que demostrarlo. Y créeme, vas a herir a ese muchacho sino cambias de actitud. –por fin la costilla estaba en su sitio– Date una oportunidad Harry. Y si Neal no es lo que estas buscando, déjale antes de que le hagas daño.
- Llevamos casi dos años juntos. Supongo que lo es. –razonó el joven.
- ¿Supones? –el medimago bufó con disgusto– Creo que deberías replantearte seriamente algunas cosas, Harry. Muy seriamente.
Sabía que Matt tenía razón. No le había prestado demasiada atención a Neal desde que Malfoy había aparecido otra vez en su vida. Y no pudo evitar que le remordiera la conciencia. Le pondría solución esa misma noche. Con Malfoy o sin Malfoy.

 

Después de su conversación con Severus estaba nervioso. Visto que parecía que no iba a dejar de dar vueltas en la cama esa noche, resolvió bajar a la cocina y beber un vaso de leche, si lograba encontrarla, con la esperanza de serenarse y poder dormir.
Salió silenciosamente de la habitación y al cruzar por delante de la habitación de Potter, creyó oír un murmullo de voces. La puerta estaba entreabierta, así que tras dudar unos instantes decidió echar un discreto vistazo. Aunque la habitación estaba en penumbra, las cortinas abiertas dejaban entrar los pálidos rayos de luna que permitían distinguir claramente las dos figuras que se movían sensualmente sobre la cama. Después de superar la sorpresa inicial, descubrió que no podía dejar de mirar, casi hipnotizado la voluptuosa evolución de los dos cuerpos que se daban placer mutuamente. El joven de pelo castaño y rizado, recorría con sus labios el cuerpo que jadeaba bajo el suyo, arrancando pequeños gemidos que entrecortaban las palabras que salían roncas de los labios de Potter. Un pequeño grito ahogado escapó de su boca cuando el castaño alcanzó su miembro y lo introdujo lenta y sinuosamente en su boca. Draco vio a Potter arquearse y empujar con desespero, mientras sus manos se cerraban sobre los espesos rizos del otro joven. Sin embargo, cuando el bateador abandonó algo bruscamente aquellas placenteras caricias y se situó sobre él, estrechando su cuerpo contra el suyo al tiempo que le incitaba a abrirse, el quejido que arrancó de Potter no fue precisamente de placer.
- ¡Dios Neal, mis costillas! –se quejó abandonando el murmullo que hasta entonces había sido su voz.
- Lo siento, lo había olvidado –se disculpó su compañero, apartándose ágilmente de un pequeño salto– Lo siento, cariño.
Durante unos minutos solo se oyó la respiración irregular de Potter y el ruidito de los besos que su compañero repartía por su pecho para hacerse perdonar. Al final Harry sonrió y tomó el rostro de Neal entre sus manos. Bordeó sus labios con los suyos, al principio apenas rozándolos, para después morderlos levemente, estirando con suavidad, soltándolos lentamente después. El beso que siguió se inició sin prisas, dulcemente, saboreando los otros labios plenamente, para después profundizarse poco a poco, mientras su mano se escurría despacio entre las rizadas hebras de pelo de su compañero.
- Tendrás que ponerte abajo –susurró.
Draco había tenido que apoyarse en la pared tras la visión de lo que le pareció el beso más erótico que jamás hubiera contemplado, mientras una punzante necesidad hacía acto de presencia en su entrepierna. Pero cuando Potter se irguió lentamente hasta situarse entre las piernas de su compañero y Draco pudo contemplar aquel cuerpo en todo su esplendor, tuvo que tragar saliva con fuerza para reprimir cualquier sonido que fuera a salir de su garganta. El maldito Gryffindor siempre vestía tan holgado, que era imposible adivinar lo que escondía debajo de túnicas y amplias camisetas. Regresó a su habitación. En ese momento más que un vaso de leche lo que necesitaba era una ducha fría.

A la mañana siguiente encontró a Potter en la cocina desayunando con Snape. Pero no había rastro de su amigo. Tuvo la impresión de que los dos hombres habían estado hablando. Sobre él. Draco frunció el ceño ante este pensamiento, pero aceptó con un ligero movimiento de cabeza la taza de café que Potter le ofreció. Le observó cuando éste se volvió de espaldas, pareciéndole todavía increíble que el Potter de esa mañana fuera el mismo de la pasada noche.
- El Sr. Potter y yo hemos estado hablando, Draco.
El Slytherin alzó una ceja en señal de alarma, pero la mirada de su padrino le tranquilizó. Por lo visto no se lo había contado todo.
- Está dispuesto a acogerte en su casa con ciertas condiciones.
El rubio volvió a alzar la ceja, esta vez en dirección a Harry y éste se limitó a sonreírle con aire algo fastidiado. Parecía que la idea tampoco le entusiasmaba demasiado.
- Partiendo de la base de que nunca habéis sido precisamente amigos y de que es algo imposible de imaginar que tu puedas esconderte en su casa, hemos considerado que a nadie se le ocurriría buscarte aquí. Al menos hasta que encuentre un sitio más seguro para ti.
- ¿Y por qué razón San Potter tendría que sentirse tan generoso? –preguntó en tono irónico.
Harry iba a contestar, por su expresión no de muy buen talante, pero antes de que pudiera hacerlo Snape se adelantó.
- Te agradeceré Draco que dejes las ironías para mejor momento –le advirtió en un tono que dejaba poco margen a la réplica.
Snape suspiró. Iba a ser difícil. Ya le había costado lo suyo convencer al Gryffindor. Sabía que Potter y Malfoy bajo un mismo techo eran una bomba de relojería que podía explotar en cualquier momento. Pero no había otro remedio. Así que dirigió una mirada severa a su ahijado y prosiguió.
- Tendrás que inhibir algo de tu magia, Draco –la boca del rubio volvió a abrirse para protestar pero la mirada de su padrino le detuvo– Eres un mago poderoso y no conviene que seas localizado fácilmente a través de ella. A parte de ponerte en peligro a ti mismo, pondrías en peligro al Sr. Potter. Los mismos que van detrás de ti, probablemente estarían encantado de poner sus manos sobre él.
Draco tan solo apretó los labios, pero no dijo nada.
- Hay otro punto que tampoco admite discusión y es el cambio de tu aspecto.
- ¿Mi aspecto? – preguntó Draco alarmado.
- Todo el mundo te conoce, Malfoy –intervino Harry– No podrías asomar la nariz por la puerta sin que alguien te señalara.
- Me temo que el Sr. Potter tiene razón –afirmó Snape– Elígelo tu mismo, pero procura que no tenga nada que ver con tu imagen actual.
Draco dejó escapar un bufido de disgusto. Sabía que tenían razón, pero renunciar a su imagen... ¿Qué le quedaba aparte de su imagen? Por muy deteriorada que se encontrara en esos momentos.
- Esta bien – accedió - ¿Algo más?
- Te mantendrás tranquilo y quieto hasta que logre averiguar algo más sobre todo este asunto. –Draco clavó unos airados ojos grises en su padrino– Supongo que tardará un tiempo, ya que no es algo que pueda hacerse sino con suma discreción. Así que tendrás paciencia y no intentarás ninguna locura.
El joven asintió con cara de cordero que llevan al matadero.
- Mis condiciones son muy sencillas – habló entonces Harry
Draco le miró con resentimiento, con la sensación de que lo peor estaba todavía por venir.
- Habrás notado que tengo mi vida perfectamente encaminada y después de todo lo que me ha costado lograrlo, no pienso dejar que nadie me la estropee. Ni siquiera tú. – Clavó con saña los ojos en su enemig – No quiero que te inmiscuyas en mi vida, no quiero oír tus comentarios sarcásticos sobre cualquier aspecto de la misma o tener que aguantar tu desprecio porque pienses que algo en ella no está a tu altura. Yo no me meteré en tus cosas y tú no lo harás en las mías ¿queda claro?
Draco asintió con desgana.
- Sin embargo, ya que vamos a compartir techo, creo que será justo compartir también todo lo que eso implica –Harry hizo una breve pausa, sintiendo la furia de los ojos de Draco sobre él– Te habrás dado cuenta de que aquí no hay sirvientes, criados, elfos domésticos ni nada que se le parezca. Así que vas a tener que aprender algunas cosas Malfoy. Y espero por tu bien que aprendas rápido, porque no voy a tener mucha paciencia.
- ¿Acaso la estrella de los Chudley Cannons no está bien pagada, Potter? –preguntó Draco con desdén.
- Más de lo que necesito, si tengo que serte sincero Malfoy. Pero me gusta mi intimidad.
- Además, ahora mismo aparte de los que estamos aquí, no conviene que nadie fisgonee en esta casa. –intervino Snape.
- ¿Incluye eso a las visitas nocturnas? –preguntó Draco con malicia.
Harry le dirigió una mirada glacial. Un tenso silencio se apoderó de la cocina tras esas palabras y Snape creyó llegado el momento de despedirse y dejarles solos para que pudiera empezar la difícil adaptación de vivir el uno junto al otro sin maldecirse.
- Les haré saber cualquier cosa que averigüe –dijo antes de desaparecer
Los dos jóvenes se quedaron en la cocina en silencio, mirándose sin demasiada simpatía.
- Bien –dijo por fin Harry– Tengo planes para hoy. La nevera está llena, así que tú mismo.
Potter también desapareció por la puerta de la cocina y Draco se quedó sentado mirado fijamente el electrodoméstico muggle que Harry había señalado y que debía ser la tal nevera. Se levantó y se acercó al aparato sin mucho convencimiento. Si era muggle, no podía ser bueno. Abrió la puerta y no pudo menos que soltar una exclamación de disgusto ante la visión de su contenido. ¡Todo estaba crudo!

La semana pasó lenta y bastante hambrienta para Draco. Harry apenas se dejaba ver, paraba poco en casa y cuando regresaba la mayoría de las noches se iba directamente a su habitación, agotado por los entrenamientos y por Neal. Pero no se le habían escapado los restos de los desesperados intentos de Draco por hacer algo con la comida, así que supuso que lo único decente que el rubio ingería durante todo el día era el desayuno que él dejaba preparado todas las mañanas antes de irse. Dedujo que el orgullo de Draco superaba todavía su hambre, pero a pesar de todo decidió concederle una pequeña ayuda. El Lunes siguiente, junto a su desayuno, Draco encontró un libro con una pequeña nota. “Cocina para Principiantes” – anunciaba la portada. Y la nota – “Malfoy, esto es como hacer pociones. Sólo hay que combinar los ingredientes de la forma adecuada”. Draco empezó a hojearlo, al principio sin mucho interés y sí una buena dosis de menosprecio. Para su sorpresa, al poco rato se encontraba sumergido en la lectura de cómo empanar un filete de pollo o cómo elaborar una salsa mayonesa. Potter había logrado picar su amor propio. Aquel libro era una clara insinuación a su incapacidad para hacer algo que hasta el maldito Gryffindor, negado en pociones, podía hacer. No iba a dejar que Potter se saliera con la suya.
A partir de ese momento Harry supuso que el arrogante Malfoy se las debía estar apañando bastante bien, porque dejó de encontrar carne calcinada o restos de algo que ya no se sabía lo que había sido. El Domingo por la mañana se levantó tarde. Había tenido una noche intensa en el apartamento de Neal y regresó de madrugada. Parecía que las cosas volvían a marchar bastante bien entre él y su pareja y estaba dispuesto a que siguieran así. Cuando entró en la cocina encontró el desayuno preparado y a Malfoy muy atareado, rodeado de cazuelas, sartenes y de un pollo destripado frente a él.
- Buenos días –saludó mirándole con curiosidad.
- Buenos días, Potter –contestó Malfoy sin volverse.
Harry se sirvió un café y observó con atención la traza que el rubio se daba troceando verduras, a pesar de que cortaba con la mano izquierda. Percibió la incomodidad del joven al ser observado y decidió sentarse. Se había dado perfecta cuenta de que Malfoy siempre trataba de esconder la mano lisiada, como si le avergonzara.
- ¿Has pensado ya en tu nuevo aspecto? –preguntó mientras untaba su tostada– Algún día tendrás que salir de aquí.
- Estoy en ello – contestó el rubio sin mucho entusiasmo– ¿Vas a quedarte a comer?
- Hoy no pienso salir –aunque en ningún momento Malfoy había dejado de darle la espalda, al parecer muy atareado en lo que hacía, Harry pensó que aquella era la conversación más civilizada que recordaba haber tenido jamás con el Slytherin– Así que dejaré que me utilices de conejillo de indias. –añadió.
Entonces Draco volvió el rostro y le miró con expresión retadora.
- No subestimes a un Malfoy, Potter.
Harry tan solo sonrió con escepticismo. Que las tostadas no estuvieran quemadas, no significaba que tanto ajetreo por parte del rubio acabara en algo comestible. Draco no volvió a verle hasta la hora de comer, cuando se sentó a la mesa con aire resignado. Sin embargo, tras la primera cucharada de la crema de verduras, Draco sonrió con satisfacción ante la expresión sorprendida de Potter, que engulló su plato sin una queja y después dio buena cuenta del pollo, sin dejar de dirigirle miradas de soslayada incredulidad. Cuando terminaron de comer Draco se levantó de la mesa con una amplia sonrisa.
- Yo he cocinado, Potter. Así que tú recoges.
Y diciendo esto salió de la cocina dejando a Harry digiriendo la comida junto al hecho de que fuera Draco Malfoy quien la había cocinado.
Cuando terminó con el último cacharro, se dirigió al salón para continuar con la limpieza del juego de pelotas que por fin había encontrado. Draco estaba allí, sentado cómodamente en un sillón, con la varita en su mano izquierda y haciendo levitar precisamente una de las quaffles que tenía a medio restaurar.
- ¿Podrías entretenerte jugando con otra cosa, Malfoy?
Draco le dedicó una sonrisa burlona y la quaffle cayó al suelo.
- ¡Ten cuidado, imbécil! Es muy antigua.
Durante un rato no se dirigieron la palabra. Draco estaba ahora entretenido en hacer volar libros que siempre acababan pasando bajo las narices de Harry y éste intentaba concentrarse en seguir reparando la pelota y no prestarle atención.
- ¿No quedamos en que ibas a inhibir tu magia? – preguntó al fin, harto, después del último libro que había golpeado “sin querer” su nariz.
- Necesito practicar, Potter. Además, esto no requiere un gran despliegue de magia.
- Pero está acabando con mi paciencia – gruñó amenazador.
- ¿De veras? – Draco le dirigió una mirada divertida.
Harry dejó la quaffle encima de la mesa y le miró con un brillo poco tranquilizador en sus ojos.
- Así que quieres practicar, ¿eh Malfoy?
- Me temo que no soy tan hábil con mi mano izquierda –dijo con voz afectada.
- Pero si lo suficiente como para tocarme las narices. replicó el moreno levantándose.
- Si lo quieres expresar así...
- Levanta Malfoy. Si practicar es lo que quieres, eso es lo que vas a tener.
Draco siguió a Harry con curiosidad. Bajaron hasta el sótano de la casa. Harry apartó algunos trastos de mala manera hasta dejar el suficiente espacio para un duelo.
- Bien Malfoy, te voy a conceder el honor de que practiques conmigo. –Draco no pudo decir en qué momento la varita había aparecido en su mano– Intenta desarmarme.
Draco sonrió con suficiencia.
- ¡Expelliarmus!
- ¡Protego! –Draco voló contra la pared del fondo– Un poco más de concentración, por favor. Sino esto va a ser muy aburrido.
Draco le dirigió una mirada fría mientras se levantaba y Harry sonrió burlón.
- ¡Rictusempra!
- ¡Protego! Malfoy, Malfoy, aunque sea con la izquierda, sé que puedes hacerlo algo mejor. Concéntrate por favor.
Durante los diez minutos siguientes, toda clase de hechizos salieron de la varita de Draco, sin que ninguno lograra alcanzar a Harry. El rubio acabó en el suelo o volando contra la pared en la mayoría de las ocasiones, sintiendo que su malhumor aumentaba por momentos.
- Creo que tenias razón. Necesitas practicar. –concluyó Harry con una sonrisa complacida.
Draco jadeaba sentado en el suelo, intentando recuperar su respiración, mientras Harry le miraba divertido, tan fresco como si no hubiera hecho el más mínimo esfuerzo. Para el asombro de Draco, se había limitado a mover imperceptiblemente su varita y mandarle en cada ocasión a besar el polvoriento suelo.
- Si tu maltrecho orgullo te lo permite –continuó el moreno– podemos practicar cada tarde en este sótano. –sonrió nuevamente– Sólo hasta que logres hacer algo más... concluyente.
- Draco apretó las mandíbulas con rabia. Tendría que tragarse su orgullo si quería lograr como el maldito Gryffindor había expresado, algo más concluyente.
- De acuerdo –dijo– Pero prepárate en cuanto lo consiga.
Harry soltó una carcajada, mientras se dirigía hacia la puerta.
- Me gustará verlo, Malfoy. –dijo– Te aseguro que me gustará verlo.

Morder el polvo no era algo a lo que un Malfoy estuviera acostumbrado. Ni a lo que pudiera acostumbrarse fácilmente. Si con sencillos hechizos defensivos le había hecho volar por los aires sin esfuerzo, cuando empezó con los de ataque y Draco a intentar defenderse, acabó aplastado contra las cuatro paredes del sótano. Alternativamente. Empezaba a tener una ligera idea de porqué el Señor Oscuro había caído. Además, tenía la deprimente sensación de que el moreno no se estaba esforzando demasiado, de que los hechizos que le mandaban no contenían toda la potencia que en realidad Potter era capaz de convocar.
- Dime algo... Potter –jadeó levantándose del suelo por enésima vez– ¿Qué haces perdiendo el tiempo con el Quidditch? –Harry enarcó una ceja– Quiero decir,... ¿cómo es que el Ministerio no te tiene en la elite de los malditos Aurores?
Harry esbozó una sonrisa, no exenta de cierta tristeza.
- Por que al contrario de otros, yo quiero olvidar Malfoy. Quiero una vida tranquila, sin sobresaltos. No quiero recordar. Aunque haya quien no pueda entenderlo.
Draco le miró en silencio, como si le estuviera evaluando y Harry se sintió incómodo.
- Suficiente por hoy –dijo.
Y desapareció escaleras arriba. Draco se dirigió algo dolorido a su habitación y tomó una ducha. Parecía que había tocado un punto sensible. Había sido bastante evidente que a Potter no le gustaba recordar que había sido el salvador del mundo mágico. Y no acababa de entender el porqué. Otro en su lugar estaría aprovechándose de ello y no perdiendo el tiempo jugando al Quidditch. Eso estaba bien para el colegio. Aquella última semana había podido darse cuenta del poder que había en él. Estaba seguro de que Potter había estado inhibiendo más magia de la que él se vería obligado a inhibir jamás. Y por voluntad propia.
Cuando terminó lo encontró en la cocina, preparando la comida. Tenía una expresión taciturna, como si su mente estuviera perdida en pensamientos que no le causaran demasiada alegría. Volvió el rostro cuando oyó la puerta cerrarse y su expresión cambió.
- ¿Has logrado decidirte ya por el nuevo aspecto que deseas tener? – preguntó.
- ¿Por?
- Por que deberíamos acercarnos al centro comercial. Necesitamos llenar la nevera. Sería un buen momento para probarlo, ¿no crees
Draco se encogió de hombros. Ir a un lugar lleno de muggles no le entusiasmaba demasiado. Sin embargo, ya llevaba demasiado tiempo encerrado en aquella casa. La perspectiva de pisar la calle le produjo una mezcla de excitación y temor al mismo tiempo.
- ¿Crees que estarás preparado después de comer? –preguntó Harry.
- Lo estaré.
- Bien. Nos iremos a las dos.


CAPITULO V
Una cena complicada

Harry esperaba a pie de escalera, mirando su reloj con impaciencia por tercera vez.
- ¡Malfoy! –gritó por fin exasperado– ¡Van a cerrar el centro comercial antes de que tú te decidas a bajar!
Al fin oyó el eco de una puerta al cerrarse y los pasos de Malfoy en la escalera. Resopló dirigiéndose hacia la puerta de entrada.
- ¿Estas por fin listo? –preguntó mientras buscaba las llaves del coche en el mueble del vestíbulo.
- Listo.
Fue entonces cuando Harry volvió la cabeza y se quedó sin habla.
- ¿Qué? –preguntó el joven que le miraba con una expresión algo insegura en el rostro.
Llevaba su ahora negro pelo recogido en una corta coleta y un flequillo desordenado caía sobre unos hermosos ojos color miel. Pero lo que más llamó su atención fue el fino bigote que adornaba su labio superior y seguía hasta acabar en una deliciosa perilla que contorneaba perfectamente la afilada barbilla de su dueño.
- Tienes un aspecto... bohemio. –concluyó Harry agradablemente sorprendido.
- ¿Bohemio? –repitió Draco frunciendo el ceño– ¿Eso es algo malo? –preguntó no muy seguro de su significado– Puedo buscar otro...
- ¡Ni se te ocurra! –dijo Harry tomándole del brazo y tirando de él hacia fuera– Vamos, no tenemos toda la tarde.

Recorrieron el centro comercial bajo la mirada atenta y curiosa de Draco. Harry le observaba por el rabillo del ojo, sin perderse ninguna de las reacciones del otrora rubio. Realmente Malfoy no sabía demasiado del mundo muggle, pero absorbía cuanta información Harry iba desgranando a cada una de sus preguntas. Le vio recorrer con más entusiasmado del que deseaba demostrar en realidad, las estanterías del supermercado en busca de ingredientes que según él necesitaba para su próximo experimento culinario. Disfrutó su cara de desconcierto cuando una señora le preguntó por la sección de encurtidos y su nada despreciable expresión de pasmo cuando una descarada joven le guiñó un ojo después de pellizcar disimuladamente su culo.
- ¿Todas las muggles son así? –preguntó con un enojo no exento de cierta vanidad.
Harry estalló en carcajadas para disgusto del Slytherin, consiguiendo que no le dirigiera la palabra durante un buen rato. Sin embargo, no le pasó desapercibida la mirada que Draco dirigió a varias tiendas de ropa cuando se dirigían al coche para guardar la compra.
- Creo que deberíamos hacer algo para acabar de redondear tu imagen –le dijo Harry mientras cerraba el maletero después de descargar en él todas las bolsas.
Volvieron al centro comercial y se dirigieron a una de las tiendas de ropa masculina en la que Draco había perdido su mirada durante más tiempo. El Slytherin, que le había seguido sin saber muy bien lo que Harry pretendía, le dirigió una mirada interrogante.
- Adelante –le animó el Gryffindor. Y le empujó dentro de la tienda.
Una hora después se estaba arrepintiendo de su decisión.
- ¡Malfoy, por favor! ¿Tanto cuesta elegir un par de pantalones? –preguntó irritado.
- Supongo que para alguien que como tú no tiene ni idea de lo que es vestir, no.
El dependiente confirmó que estaba completamente de acuerdo con él con un rotundo movimiento de cabeza y una mirada algo despectiva a los desgastados vaqueros que Harry vestía. Pero él no se dio por aludido y se limitó a cambiar de postura en la dura silla en la que llevaba casi una hora sentado. Cuando por fin salieron de la tienda, Malfoy llevaba una expresión complacida en su nuevo rostro. Bastante parecida a la que paseaba por Hogwarts cuando lograba meterle en algún apuro, a pesar de todo.
- Te lo devolveré, Potter. En cuanto todo esto se arregle. –dijo cuando cruzaban las puertas del centro comercial.
- Puedo permitírmelo, Malfoy. No es necesario.
- Yo no acepto limosnas de nadie, Potter.
Ahí estaba. ¿Por qué tenía que ser siempre tan desagradable? No supo si habían sido las palabras en si mismas o el tono en que habían sido dichas, pero Harry se detuvo en medio del aparcamiento y soltó la bolsa que estaba ayudándole a llevar y se encaró con el ahora moreno Malfoy.
- Creo que no estás en condiciones de decidir lo que aceptas y lo que no, Malfoy. –Iba a añadir algo poco agradable pero en su lugar decidió tocarle un poco más la moral al orgulloso joven – Considéralo un regalo de tu mejor enemigo.
Sostuvieron durante unos momentos sus miradas, sopesando donde podía acabar aquella discusión, hasta que una señora con un carrito lleno a rebosar y dos niños de poca edad agarrados a ambos lados del mismo, les recordó muy amablemente que estaban entorpeciendo el paso. Harry recogió la bolsa con un gesto malhumorado y se dirigió al automóvil sin mirar si Malfoy le seguía. El portazo de la puerta del acompañante le indicó que si lo había hecho.

Llegaron a casa sin que ninguno de los dos se hubiera vuelto a dirigir la palabra. Una vez en el garaje y a salvo de miradas muggles, Harry levitó la mitad de la compra hasta la cocina y Malfoy la otra mitad. Fueron colocando las cosas en sus respectivos armarios, en silencio, sin mirarse. Hasta que el sonido de alguien que estaba intentando acceder a su chimenea hizo que Harry saliera de la cocina para atender la llamada.
- ¡Hola Harry! –la cabeza del pelirrojo Weasley apareció entre las llamas esmeralda.
- Hola Ron –saludó intentando que su tono de voz fuera más amable de lo que en realidad se sentía– ¿Qué te cuentas?
El pelirrojo hizo una mueca de fastidio.
- Hermione quiere saber si has preparado postre o lo traemos nosotros. O el vino. Lo que tú prefieras. Dime algo porque de lo contrario no me va a dejar en paz.
Harry se quedó estático delante de la chimenea mirando a su amigo fijamente, mientras sentía una ola de sudor frío invadir todo su cuerpo. ¡Dios Santo! Era jueves y principios de mes. ¿Cómo había podido olvidarlo?
- ¿Harry? ¿Me has oído? –oyó que preguntaba la voz de Ron.
- Er... una botella de vino estará bien, Ron.
- De acuerdo. Hemos quedado con Neal a las siete. –Harry tuvo un nuevo sobresalto– ¿No crees que ya va siendo hora de que le des acceso para aparecerse? –preguntó su amigo con algo de fastidio.
¡Por todos los santos! Ron, Hermione, Neal y Malfoy sentados a una misma mesa. No, imposible. Aquello no estaba pasando.
- Ron, trae dos. Dos botellas. O tres. No sé. Las que tú quieras
A lo mejor si se emborrachaba podría afrontar la noche con un poco más de ánimo.
- Bueno, estaremos aquí sobre las siete entonces.
- Siete y media Ron, voy un poco retrasado. –casi gimió.
- Como tu digas, amigo. Hasta luego.
Y el pecoso rostro de Ron desapareció. Harry miró su reloj. La cinco. Tenía que darse prisa. Irrumpió en la cocina como una exhalación y se quedó mirando a Draco con cara de desesperación.
- Tenemos un problema. –Draco le dirigió una mirada fría– Hoy es el primer Jueves de principios de mes.
Draco alzó una ceja y le contempló como si de pronto Harry hubiera perdido el juicio.
- Y mañana el primer viernes . –le informó en un tono distante.
- Todos los jueves de principios de mes, celebramos una cena con Ron y Hermione –Draco frunció el ceño a la mención de los nombres de sus amigos– Unas veces en su casa y otras en la mía.
- ¿Y el problema es...?
- Que esta noche toca en la mía. Y que en poco más de dos horas los tendremos aquí. Con Neal.
Harry se pasó la mano nerviosamente por su ya alborotado pelo. Draco le miró sin decir nada. Neal... Debía ser el fogoso amigo de aquella noche. La situación se estaba poniendo interesante. Potter, evidentemente no se sentía muy cómodo ante la perspectiva de la cena. Pero él le echaría gustosamente una mano... al cuello, si la ocasión se presentaba.
- No te atolondres, Potter. Nadie va a reconocerme. –dijo en tono tranquilo.
- Verás Malfoy. Esa no es exactamente la cuestión. –respondió él intentando mantener la calma– ¿Cómo diablos voy a explicar tu presencia aquí?
- Si estas pensando en que me quede encerrado en mi habitación como un buen chico, olvídalo. –Draco sonrió feliz– No me perdería esto por nada del mundo.
- Lo suponía –murmuró Harry con aire derrotado– Tendremos que inventar algo entonces.
- Yo puedo preparar la cena – se ofreció con amabilidad sospechosa.
- Tu voz suena demasiado a Malfoy –refunfuñó Harry sin hacer demasiado caso a sus palabras –deberías hacer algo con ella.
- ¿Me hago el mudo?
- Eso sería maravilloso.
- Ni lo sueñes, Potter.
Harry volvió a pasarse la mano con un gesto de desesperación. Sabía que Draco lo estaba disfrutando.
- Un momento, –dijo de pronto– ¿no es tu familia de ascendencia francesa, Malfoy?
- Si...
- ¿Hablas francés?
- Por supuesto – contestó Draco ofendido.
- Pues desde este momento eres francés. Así que procura poner tu mejor acento.
Y dicho esto empezó a abrir armarios en busca de la fuente que usaba para asar. En el camino cayeron un par de sartenes y a punto estuvo de abrirse la cabeza con la puerta del armario que él mismo había dejado abierto. Draco le observó entretenido, disfrutando del estado de nervios en que el moreno parecía haber entrado. Tras verle esquivar por segunda vez la puerta del armario, decidió poner fin al atolondrado comportamiento del Gryffindor, antes de que acabara con la cabeza abierta y encima le culparan a él.
- Potter, YO prepararé la cena. –Harry le miró con cara de odio.
- Lo haremos los dos –aceptó.
- Potter, –el tono no admitía réplica– SAL. DE. MI. COCINA.
Y sin saber cómo, a pequeños empujones Harry se encontró en el pasillo y con la puerta en las narices. ¿Su cocina?
- Cómo te atrevas a envenenar a alguien, ¡TE MATO MALFOY! –se quedó mirando la puerta cerrada con expresión estúpida. ¿Había dicho SU cocina?– Y Malfoy... coge la ropa que has dejado en el coche. ¡NO PIENSO DEVOLVERLA!
Y sintiéndose ya algo mejor, se dio media vuelta para dirigirse al comedor a preparar la mesa.

A las siete y media la cena estaba lista, la mesa puesta, y ambos jóvenes arreglados, Malfoy con su ropa nueva, que incluía un guante negro sin dedos que ocultaba su mano y un delicioso acento francés que Harry le hizo repetir una y otra vez hasta convencerse de que era realmente bueno. A las ocho treinta y cinco sus invitados aparecían en el salón. A las ocho y treinta y cinco y dos segundos Harry ya estaba deseando morirse después de ver la cara de Neal cuando posó sus ojos sobre el sonriente y atractivo joven de la coleta. Cuando le besó y él mordió su labio inferior con algo de saña supo que tenía problemas.
- Espero que hayas traído vino suficiente, Ron. Porque... tenemos un invitado... inesperado. –explicó no sin cierto apuro.
Harry les obsequió con la mejor de sus sonrisas, hasta que su estómago dio un vuelco. ¡Por Merlin! Con tanto ajetreo y su tácito pacto de no dirigirse la palabra no había preparado ninguna coartada.
- Es... Philippe... –casi tartamudeó con el primer nombre francés que le vino a la cabeza, en recuerdo de un mago que había hecho no recordaba exactamente qué en las guerras contra los gigantes. Después de todo no siempre había dormido en las clases del Binns…
- Philippe Masson –le interrumpió Draco– Madame... –Draco hizo una pequeña reverencia y besó con delicadeza la mano de Hermione, de lo que ésta pareció encantada– Monsieur... –y estrechó la mano de Ron.
- Son Ron y Hermione Weasley. Y él es Neal.
- Draco se volvió y estrechó la mano de Neal, que le miró con desconfianza.
- Enchanté monsieur.
- Lo mismo digo –fue la escueta respuesta del bateador.
- ¿Pasamos al comedor? –dijo Harry empujando suavemente a Neal en esa dirección.
Draco ofreció el brazo a Hermione, para asombro de Harry, y ambos entraron en el comedor al parecer manteniendo una entretenida charla. Nadie había mencionado la mano enguantada, aunque todas las miradas se habían dirigido a ella en uno u otro momento.
- ¿De dónde le has sacado? –preguntó Ron a su oído, sacándole de su estupor– Chico, creo que estás en problemas. Neal tiene cara de querer despedazarte.
- Lo sé –gimió Harry.
Ron le dirigió una sonrisa comprensiva. De todas formas, ¿desde cuando su amigo se había vuelto tan promiscuo? Habían llegado al comedor. Ron miró alucinado como el francés apartaba la silla para que Hermione se sentara y ella le dedicaba una amplia sonrisa.
- O a lo peor los problemas los tengo yo –gruñó acudiendo a sentarse rápidamente al lado de su mujer.
- Y bien, señor...
- Philippe, por favor.
- ... Philippe –dijo Neal– ¿A qué te dedicas?
Draco le dirigió una encantadora sonrisa a Harry, que estaba sentado a su lado, y una muda pregunta en su mirada: ¿quién se supone que soy? Harry le devolvió la sonrisa con otra muda respuesta: Ya eres mayorcito, usa tu imaginación. Y la sutil contestación: Tú eres quien tiene el problema, no yo.
- Philippe es... marchante de arte. –dijo Harry por fin.
- Y le dirigió una sonrisa de “sal de esta si puedes”, que Draco devolvió, aceptando el reto.
- Interesante profesión –dijo Hermione salvando a Harry de dar más explicaciones– ¿Y que te ha traído a Londres?
- ¿Marchante? –interrumpió Neal.
- Compro y vendo obras de arte, entre otras cosas –aclaró en tono condescendiente Draco.
Neal miró a Harry con interés.
- ¿Vas a comprar alguna obra de arte, Harry? ¿Una nueva afición que no me habías contado, cariño?
- Er... –Harry miró a Draco con aquella deliciosa sonrisa que no abandonaba sus labios esa noche ¿Qué voy a comprar? – ... en realidad...
- En realidad Harry no va a comprar, sino a vender. –dijo Draco poniendo un especial énfasis en todas las erres de la frase.
- ¿De veras? –preguntó el aludido, expresando más sorpresa de la que hubiera debido.
Draco deslizó una risa encantadora y acariciando con un gesto más que estudiado su perilla, se dirigió a Hermione, sentada a su otro lado, en un exagerado tono confidencial.
- Él todavía no lo sabe, pero lo hará. Por eso he viajado a Londres, para convencerle. –y dirigió una mirada insinuadora a Harry– Y puedo ser muy convincente.
Estaba equivocado, suspiró Ron con alivio, el que estaba en verdaderos problemas era Harry.
- ¿Y que vas a vender, Harry? –preguntó Neal, que estaba destrozando su tomate con el tenedor.
El aludido observó el pobre tomate con aversión, no muy seguro de si en ese momento Neal estaría pensando en Draco o en él. Después intentó recomponer una expresión determinada, como si el tono empleado por el bateador no le afectara. Estaba a punto de responder cuando Draco se le adelantó.
- Oh, su snitch del 64. –respondió por él, cortando elegantemente el tomate en su plato, sosteniendo tan solo el tenedor y haciendo que el cuchillo trabajara solo– Tengo ya varios compradores interesados en ella.
Había tenido tiempo de sobras para recorrer, con sumo interés, las estanterías y vitrinas del salón donde Potter guardaba todas sus adquisiciones, durante los aburridos días en que no tenía otra cosa que hacer, mientras esperaba con impaciencia y desespero que su padrino le sacara de esa casa. A esas alturas conocía cada pieza de la colección del Gryffindor tan bien como él. Vio con satisfacción como Harry se atragantaba y tomaba la copa de vino para dar un largo trago. Ahí ha dolido, ¿eh Potter?
- ¿Tú snitch del 64? –repitió Neal incrédulo– ¡Te pasaste casi cinco meses intentando conseguirla!
- Er... lo sé. Sólo a cambio de que Philippe consiga una del campeonato del 56. Ya sabéis, la que atrapó Valosky. –improvisó Harry con rapidez.
- Naturalment, mon amie –confirmó Draco poniendo suavemente su mano sobre el brazo de Harry, en un gesto que decía mucho más que sus palabras. Los ojos de Neal echaron amenazadoras chispas.
Harry deslizó su brazo con toda la delicadeza de que fue capaz, intentando no ver la mirada acusadora de su pareja. Decidido. Iba a matarle. En cuanto sus invitados se marcharan no iba a quedar de Malfoy ni el recuerdo.
- Neal, por favor –susurró– Contrólate, no es nada de lo que tu piensas.
- ¿De veras? ¿Y a qué tanta familiaridad?– preguntó su pareja entre dientes.
Harry suspiró y trató de poner atención a lo que Draco estaba diciendo en ese momento, por la cuenta que le traía.
- ... a cambio de una comisión. Aunque algunas veces cobro en especie –admitió y dirigió a Harry una sonrisa provocadora, haciendo que la miel de sus ojos chispeara con diversión.
Harry trató de devolverle una mirada indiferente. Antes de matarle tenía que recordar ponerle a hervir a fuego lento. Dolorosamente lento. Creía recordar que tenía un caldero del tamaño suficiente en el sótano que le serviría perfectamente.
- ¿Y a que acuerdo habéis llegado? –preguntó Neal con interés, en un tono un tanto agresivo –¿Una comisión? ¿En especie? ¿Qué?
- Bueno todavía tenemos que discutir los términos. N’est pas, Harry? –contestó Draco sin perder la sonrisa y añadió en un tono insinuador– Pero creo que a Harry le gustará lo que voy a proponerle.
Harry notó que Neal iba a levantarse de su silla y puso la mano en su pierna, apretando con fuerza para mantenerle sentado. Neal le miró con cara de pocos amigos, pero no se levantó. Una vez más Harry tomó su copa de vino, que Ron iba cuidando previsivamente de llenar y bebió el contenido de un trago. Después intentó contar hasta diez para no ser él mismo quien se levantara y cogiera a ese mal nacido de la coleta y... Bien, tal vez antes de escaldarle en el caldero, una buena sesión de Cruciatus, le ayudaría a descargar tensión. Sí. Decidido. Cruciatus primero. El caldero después.
- ¿Me acompañas a la cocina, Neal? – preguntó sintiéndose algo mareado al levantarse tan bruscamente.
Tal vez beber no fuera tan buena idea.
- ¡Y ahora quiero una buena explicación! –explotó Neal tan pronto cruzaron la puerta.
- Cariño, tranquilízate, no hay nada que explicar. –bueno, allá iba– Se presentó de repente. Por lo visto es amigo de Fleur, la mujer de Bill Weasley, ya sabes. No pude negarme. –Harry no recordaba haber dicho tantas mentiras seguidas en toda su vida– Por lo visto ese tío es un buen marchante, pero como has podido comprobar, un imbécil integral.
- Ha estado insinuándose toda la cena. – espetó Neal todavía furioso.
- Porque tú has entrado al trapo, Neal. Eso es todo. –dijo intentando calmarlo.
- De todas formas dime, ¿por qué quieres vender tu snitch del 64?
- No, no creo que vaya a venderla...
- Entonces,...¿qué hace él todavía aquí? –preguntó Neal entrecerrando los ojos con aire amenazador.
Harry dejó el pastel de chocolate sobre la mesa y decidió tirar por el camino del medio. Agarró a Neal por la cintura y le besó con tanto entusiasmo que él mismo tuvo que echar el freno para no acabar los dos en el suelo de la cocina dando el espectáculo.
- Ahora –dijo sacando los faldones de la camisa por fuera del pantalón y así ocultar cierta protuberancia sospechosa e incómoda– recuerda esto cuando salgas ahí afuera. –le dio un último beso y recogió el pastel de la mesa– Coge los platos y las cucharillas, por favor.
Cuando entraron nuevamente en el comedor, Draco mantenía una animada conversación con Hermione sobre los incunables del siglo XVI mientras Ron les escuchaba con cara de aburrimiento. Harry frunció el ceño. Parecía que después de todo le había acertado con el tema al maldito Malfoy. Draco le dirigió una sonrisa burlona. No cabía duda de que Potter había arreglado las cosas en la cocina. Su amigo todavía le miraba con aire amenazador, pero estaba mucho más tranquilo. Así que poco le quedaba por hacer... o mejor dicho, deshacer. De todas formas, se moría por ver como Potter le explicaba al tal Neal que él también dormía en esa casa...
Y no debió ser fácil. Draco pudo escuchar perfectamente el tono airado de Neal desde su habitación. Sonrió satisfecho. El Gryffindor estaba en apuros con su amigo. No podía oír la voz de Potter, que sin duda estaba tratando de calmar a su compañero y al final debió lograrlo, porque dejó de oírle.

Cuando bajó a la cocina a la mañana siguiente solo encontró a Snape esperándole, saboreando una taza de café.
- No te esperaba –le dijo sorprendido– ¿Algún problema? –añadió al reparar en su mirada.
El Profesor se limitó a repasarle de arriba abajo. Entonces cayó en la cuenta de que su aspecto no era el de Draco sino el de Philippe. Había tomado esa precaución por si se topaba con el airado bateador.
- Un cambio radical –fue lo único que dijo Snape.
- ¿No es lo que querías?
El Profesor asintió y dio otro sorbo a su café.
- ¿Cómo va todo? – preguntó cuando Draco también se sentó a la mesa con el suyo.
Su ahijado se encogió de hombros.
- Podría ir peor. ¿Algo nuevo?
- ¿Aparte de que has atacado una escolta del Ministerio? –dijo Snape tendiéndole El Profeta– No, parece que se los haya tragado la tierra.
- No tendremos esa suerte –masculló Draco– ¿Cuándo podré salir de aquí?
Su padrino entrecerró los ojos y le estudió con atención.
- ¿Algún incidente que yo deba conocer? –preguntó.
- No, estamos siendo tan civilizados como nuestros respectivos temperamentos nos lo permiten.
- Me alegro, porque de momento me temo que tendrás que seguir aquí.
Draco bufó contrariado.
- Nadie me reconocería ahora –afirmó– Puedo buscar cualquier otro lugar para quedarme.
- Pero este es el más seguro de momento. –insistió Snape– Sé perfectamente lo que harías en cuanto te perdiera de vista. Y no estoy dispuesto a perderte otra vez.
- ¿Utilizas al maldito Gryffindor para vigilarme? –explotó Draco, enrojeciendo de ira ante ese solo pensamiento.
- Cuando el maldito Gryffindor te encontró, te estaban pisando los talones. Por eso te escondiste en ese sótano –le recordó su padrino con algo de retintín– Tengo que irme. Mi clase empieza dentro de quince minutos.
Y desapareció dejando a Draco con la palabra en la boca.

Tampoco Harry fue muy comunicativo cuando volvió aquella tarde. Ni al dia siguiente. Ni al otro. Parecía que había decidido ignorarle por completo. O eso, o Draco se había vuelto invisible de repente y Potter no le veía cuando se encontraban en la misma habitación.
- Esta bien Potter –dijo al fin el domingo por la mañana, cuando le atrapó en el desayuno– Deja ya de comportarte como un crío.
Había decidido abordar el problema, ya que por lo visto el moreno no tenía la menor intención de hacerlo.
- ¿Me hablas a mí? – preguntó Harry arqueando una ceja.
- ¿Hay algún otro Potter en la cocina? –inquirió el otro, exasperado.
- No, aunque seguramente SI hay un Malfoy de más.
- Con mucho gusto me largaría de aquí si pudiera. –le recordó Draco ya perdiendo toda intención de arreglar las cosas. En realidad preguntándose cómo se le había podido ocurrir que podía hacerlo.
- No seré yo quien te lo impida.
Harry le dirigió una mirada retadora que Draco le devolvió, pero sin recoger todavía el guante. ¿Quería conversación? ¡Pues la iban a tener!
- Una de las condiciones para que te quedaras en esta casa era que no te metieras en mi vida. Y no has hecho más que complicarme la existencia desde que estás aquí.
Harry tenía la expresión de estar conteniendo las ganas de agarrarle por la garganta y estrangularle.
- Por tu culpa he tenido problemas con Neal. Serios problemas.
Draco le miró con desdén, lo cual enfureció todavía más a Harry.
- Tal vez a ti te parezca entretenido –dijo temblando de ira– pero yo no estoy dispuesto a que arruines mi vida por puro divertimento o simplemente porque te consideres ofendido por tener que aceptar un par de jodidos pantalones. No lo hice para avergonzarte, maldito imbécil. Aunque imagino que en tu elitista cabezota no puede entrar la idea de que alguien haga algo por ti por el simple hecho de querer hacerlo, sin esperar que TU se lo remuneres. –Harry necesitó tomar aire antes de continuar– No espero nada de ti, no quiero nada de ti y gracias a Dios tampoco necesito nada de ti. Así es que si tanto te avergüenza el tener que aceptar mi casa, comida, ropa y una cama, por mi puedes largarte porque te aseguro que no voy a echarte de menos, estúpido hurón.
- ¿Has terminado? – preguntó Draco con la mirada fría como el hielo.
- Todavía no –contestó Harry, encendido. Y le arrimó un derechazo que dejó a Draco sentando en el suelo– Ahora sí.
Y salió de la cocina dando un portazo.

Snape había necesitado desplegar toda su amenazadora persuasión para obligar a Potter a mantener a Malfoy en su casa y de todo el peso de su autoridad como padrino para obligar a Draco a quedarse. Durante la acalorada discusión había tenido que evitar que en un par de ocasiones llegaran a las manos, ya que previsoramente había despojado a ambos de sus varitas y no podían maldecirse; especialmente Draco que se había quedado con ganas de devolvérsela a Harry. Al final tuvo que optar por inmovilizarlos a los dos. Uno en cada esquina de la cocina, como si fuera un rin de boxeo.
- Y ahora escúchenme los dos con mucha atención –bramó el Profesor de Pociones después del último intento de agresión mutua– ¡Ya no son unos críos! Esto no es Hogwarts y no voy a permitir estas malditas escaramuzas a la altura de estudiantes de primer curso...
- Le quiero fuera de aquí ¡YA! –gritó Harry sin atender a razones.
- ... inútiles y malcriados, incapaces de dominarse...
- ¡Malditas las ganas que tengo yo de quedarme, POTTER!
- ... ¡SILENCIO! –aulló por fin Snape fuera de sí– ¡SILENCIO, HE DICHO!
Ambos reprimieron sus lenguas ante el tono amenazador del Profesor de Pociones, pero siguieron desafiándose furiosos con la mirada. Snape se sentó sintiéndose superado por las circunstancias y durante unos minutos no habló, intentando calmarse. Habían logrado sacarle de sus casillas como en sus mejores tiempos de estudiantes. Aunque en esas ocasiones solía favorecer siempre a Draco y lamentablemente, ahora no podía hacerlo. Entre otras cosas porque necesitaba a Potter.
- De acuerdo –dijo respirando profundamente– Tratemos esta situación como personas pretendidamente adultas que son. –su mirada amenazadora cortó cualquier intento por parte de sus ex alumnos de intentar intervenir de nuevo– Sr. Potter, le doy mi palabra de mago que tan pronto encuentre un lugar seguro para esconder al Sr. Malfoy podrá recuperar su casa, su vida y su intimidad. –miró a Draco– Y tú Draco, a estas alturas deberías saber ya lo que te estás jugando para andar con juegos de infantil orgullo. Pero te prometo también que te sacaré de aquí lo antes posible. –miró a ambos– Las cosas no están fáciles. No ahora. Quien sea que pretendidamente actúa bajo la apariencia del Sr. Malfoy lo está haciendo jodidamente bien. –continuó Snape, ahora de pie y empezando a pasear por la cocina, con la tranquilidad de que ninguno de los dos podía moverse– A ningún auror le cabría la menor duda de que eres tú quien está cometiendo todos estos desmanes, Draco. No durarías vivo ni dos segundos si salieras de aquí y por desgracia te localizaran. Ahora la consigna es matarte en cuanto te vean. El Wizengamot se reunió a principios de semana. –pudo reconocer por primera vez una expresión de inquietud en los ojos de su ahijado– Te ha condenado Draco. Nada de juicios ni Azkaban. No es algo frecuente, pero han desenterrado algunas de las antiguas leyes que se promulgaron durante la primera guerra. Entonces de poco sirvieron, porque los seguidores del Señor Oscuro siempre han actuado escondidos tras sus máscaras y ha habido que buscar pruebas para identificarlos. –Snape clavó la mirada en su ahijado– Pero tu doble es tan pendenciero que actúa a cara descubierta. Nadie tiene dudas sobre su identidad. Solo desean acabar con la plaga que es Draco Malfoy y lo harán a cualquier precio, que te quede bien claro. La gente empieza a estar nerviosa y Fudge lo último que desea es tener una sublevación popular pidiendo su cabeza por no ser capaz de detener estos ataques. Y más con las elecciones tan cerca.
Observó satisfecho que ahora si había conseguido la completa atención de su ahijado.
- Sr. Potter. Yo de usted estaría preparado para recibir en los próximos días alguna petición por parte del Ministerio. –añadió.
Harry frunció el ceño.
- ¿Con respecto a qué? – preguntó secamente.
- Algunos sectores están empezando a insinuar al Ministro que desean su intervención en este asunto. –Harry bufó– Se sentirían más tranquilos si usted dejara el Quidditch por una temporada y se dedicara en cuerpo y alma a acabar con el Sr. Malfoy y el resto de Mortífagos que siguen... molestando.
- ¡No puedo creerlo! –gruñó Harry con irritación.
- Créalo. Si hasta ahora Fudge no ha contactado con usted, es porque el Profesor Dumbledore le ha detenido. Pero no creo que pueda hacerlo durante mucho más tiempo. El Ministro empieza a sentirse demasiado presionado.
Snape agitó su varita y ambos notaron que podían volver a moverse. Pero en esos momentos ya ninguno de los dos sentía demasiados ánimos de echarse a la yugular del otro.
- ¿Comprendes por qué debes quedarte aquí, Draco? –dijo Snape clavando su penetrante mirada en su ahijado– Es el último sitio donde buscarían. –miró a Harry– ¿Sr. Potter?
Harry asintió en silencio, aunque sus ojos todavía destellaban con enojo. Snape dejó escapar el aire suavemente, liberando la tensión acumulada durante la última media hora.
- Bien. Y ahora si me lo permiten, tengo alumnos que suspender. –dirigió una mirada cargada de oscuras promesas a ambos– Espero que se comporten.

 

CAPITULO VI
Tregua

Era extraño estar los dos en la misma habitación sin cruzar insultos ni amenazas. Observó el semblante ahora tranquilo y relajado de Draco, sentado en el sillón frente a él, junto a la chimenea. Parecía completamente inmerso en la lectura del libro que tenía apoyado sobre su rodilla. Volvió la página con su mano sana y Harry no pudo evitar sentir algo de pena por él. Ahora ya nunca se quitaba el guante. Sólo sabía lo que Snape le había contado: que Lucius Malfoy por lo visto se había quedado con algo que era deseado también por los demás Mortífagos del círculo interno de Voldemort y que después de su final en Azkaban, pensaron que era su hijo quien podía conducirles al paradero de lo que tan ansiosamente buscaban. Y a la vista estaba que habían utilizado métodos muy persuasivos, aunque no habían logrado su objetivo. O bien la capacidad de resistencia de Draco a la tortura era más elevada de lo que pensaban, o bien el hijo de Lucius realmente ignoraba lo que se había traído entre manos su padre. ¡Tenía tantas preguntas que no se atrevía a hacerle! Entre otras cosas porque estaba convencido de que Malfoy no las contestaría.

Después de aquella última visita de Snape, en la que los había inmovilizado a los dos en la cocina, ambos habían tratado de mantener un comportamiento razonablemente correcto. La posibilidad de un fulminante Avada Kedavra había calmado bastante a Draco y era patente el esfuerzo que estaba haciendo por mantener una convivencia pacífica con el Gryffindor, a la espera de que su padrino pudiera ubicarle en algún otro lugar. Por su parte, Harry había tratado de mantener su cada día más difícil relación con Neal fuera del conocimiento del Slytherin, intentando no descargar su mal humor en él cuando llegaba a casa después de una pelea con el bateador. Que la estancia de Philippe en Inglaterra se estuviera prolongando tantas semanas era cada vez más difícil de comprender para Neal y de explicar para Harry. Y ni que decir del hecho que el francés tuviera que alojarse precisamente en casa de su pareja. El Gryffindor había ingeniado ya tantas excusas, que se le estaba acabando el repertorio. Nunca había sido muy bueno inventando embustes y por lo que podía recordar, algunos habían sido tan estúpidos, que caían por su propio peso. Mentir no era una de las habilidades de Harry. Ron le echaba un capote de vez en cuando, aunque para ser sinceros, no servía de mucho. Al fin y al cabo era su mejor amigo y Neal daba por sentado que le encubriría cualquier desliz. En realidad a Ron la situación le divertía bastante. Quizá fuera debido a la vida que le había tocado vivir, pero Harry nunca había sido propenso a los devaneos. Entre otras cosas, porque la experiencia le había enseñado a desconfiar de cualquier que no perteneciera a su círculo íntimo de amigos. Y porque siempre habían intentado restringir de tal modo sus movimientos en aras de su seguridad, que acercarse a él siempre había sido difícil. Ahora, al verle en este inesperado triangulo y sus apuros para manejarlo, no podía evitar esbozar una sonrisa al pensar que el joven algo tímido y reservado en este tipo de cuestiones que era su amigo, estaba echando su primera cana al aire por fin. ¡Bien por Harry! Aunque a él no le fueran los hombres, podía reconocer que el tal Philippe estaba de toma pan y moja y podía entender perfectamente a su amigo. Por supuesto, Merlín le librara de confesar estos pensamientos a su mujer. Hermione sólo se limitaba a mirar a Harry con aire reprobatorio, haciendo sentir al joven extremadamente incómodo y a la vez enojado por entender que se estaban dando por sentadas demasiadas cosas.

Y a pesar de que no veía el momento en que Malfoy se largara, como muestra de buena voluntad había reanudado sus sesiones de entrenamiento en el sótano. Seguramente fue lo que hizo que cierto día Ron llegara preguntándole, como quien no quiere la cosa y bajo un soterrado nerviosismo, qué diablos estaba haciendo últimamente ya que se “percibía” en su casa un nivel de magia algo superior al acostumbrado. Demasiados Mortífagos sueltos, había sido la ambigua respuesta de Harry, nunca está de más mantenerse en forma. Tampoco había ayudado mucho a mejorar su ánimo los infructuosos intentos de Fudge por convencerle de que debía tomar cartas en el asunto “Malfoy”, por lo cual el Ministerio y él en particular le estarían profundamente agradecidos. Harry tuvo que poner su mayor esfuerzo para encontrar nuevamente excusas los suficientemente creíbles y no ofender al Ministro con su negativa. Finalmente dejó que fuera Dumbledore quien haciendo gala de su habitual diplomacia suavizara posturas. Sin embargo, el Gryffindor tenía la vaga sensación de que su negativa no tardaría en pasarle factura.
Ya ni recordaba la de veces que se había arrepentido de haber bajado a ese maldito sótano...

Harry levantó la vista para observar a su silencioso compañero.
- ¿Te apetece un chocolate caliente? –preguntó quebrando aquel calmado silencio.
Draco alzó su mirada gris.
- Porque no. –dijo.
Harry se levantó para dirigirse a la cocina, esperando encontrar la manera de decirle lo que hacía días tenía en mente. Ya lo había hablado con Matt y el medimago había estado de acuerdo. Unos minutos más tarde volvía al salón con dos tazas humeantes.
- Cuidado, –advirtió– quema.
- Gracias –dijo Draco después de que él depositara con cuidado la taza en su mano.
Harry se sentó con la suya de nuevo en su sillón y tras meditarlo unos momentos, decidió que ya estaba bien de darle vuelta y lo soltó.
- Creo que alguien debería examinar tu mano.
Draco alzó los ojos y le miró fijamente, con el ceño levemente fruncido.
- ¿Tienes algún problema con ella? –preguntó en un tono algo cortante.
- No soy yo quien tiene el problema, sino tú. –Harry intentó suavizar su propio tono para no encrespar al rubio– Estoy harto de ver como intentas esconderla cada vez que crees que te estoy mirando. Y no puedes pasarte la vida con ese guante.
Vio como la expresión de Draco se tensaba, poniéndose a la defensiva. Pero lo que menos deseaba en ese momento era provocar una pelea, así que rápidamente prosiguió.
- Voy a darte varias razones por las que deberías hacerlo. –y argumentó– La primera porque el que te haya hecho eso te reconocerá fácilmente, por mucho que cambies tu apariencia. Segunda, que eres diestro y la necesitas para defenderte correctamente con tu varita, aunque hayas mejorado bastante con la izquierda. Tercera, porque sé que te duele.
Sería una calamidad en Pociones, reconocer la poción para el dolor que Snape le dejaba cada vez que les hacía una visita no era tan difícil. Observó que Draco lentamente suavizaba la expresión adusta de su cara.
- ¿Y que sugieres? –preguntó en un tono despreocupado, como si el asunto no le concerniera.
- Conozco un médico que gustosa y discretamente le daría un vistazo.
Draco se quedó contemplando su mano enguantada y no habló.
- Él podría decirte si tiene solución –insistió Harry con precaución– Pero es tu mano Malfoy. Tu decides.
Y volvió a enfrascarse en el informe que Berton les había dado sobre los jugadores del London United, equipo contra el que jugarían dentro de dos semanas. Deslizaba la vista sobre el escrito sin leer, pendiente de la reacción del joven sentado frente a él, intentando aparentar indiferencia.
- ¿Te fías de él? –la voz de Draco sonó más flexible, predispuesta.
Harry levantó la cabeza de su informe y le miró con expresión ofendida.
- ¿Crees que te lo hubiera sugerido si no lo hiciera?
- Simplemente me desconcierta tu preocupación –reconoció Draco con algo de sarcasmo.
- Lo único que me preocupa Malfoy, es que si te descubren, haya alguien más que me ayude a defendernos. –Harry esbozó una media sonrisa– Llámalo instinto de supervivencia, si quieres. Y créeme, esa mano es como un anuncio luminoso que te señala.
La expresión de Draco había vuelto a endurecerse. Así que eso era todo. Lo único que deseaba Potter era protegerse de lo que fuera que su presencia en su vida pudiera provocar. Bien, podía aceptarlo; tampoco era tan descabellado. Seguramente él en su lugar hubiera hecho lo mismo, aunque se preguntó porque sentía un cierto resquemor a decepción ante ese conocimiento.
- Está bien Potter. – dijo al fin– Supongo que no pierdo nada por probar.
- Mañana por la tarde entonces –sentenció Harry.
Y ambos fingieron volver a sumergirse en sus respectivas lecturas.

A la tarde siguiente, cuando se dirigían a casa del médimago amigo de Potter, Draco a duras penas podía mantener bajo control su nerviosismo. Sabía que el Gryffindor no le traicionaría. No era esa la cuestión. Más bien era que la propuesta de Potter había abierto cierta esperanza en él y no sabía si estaba preparado para que el medimago le examinara para después acabar diciéndole que no había nada que hacer.
- Hola Harry –saludó Matt con una amplia sonrisa– ¿Es este tu amigo?
- Hola Matt. Si, él es Philippe
- Adelante muchachos. –dijo el medimago amablemente.
Draco observó con atención al hombre que tenía ante él. Su rostro amigable y campechano, algo alejado de la imagen que él conocía del estirado médimago que había atendido siempre a su familia, más frío y distante, regodeado en su propio conocimiento. Sus pequeños ojos negros tenían una chispa de diversión, como la de esas personas que siempre encuentran un motivo para no deprimirse. El pelo blanco-amarillento de su bigote le hizo sospechar que era fumador de pipa. Debía rondar los sesenta, pero se veía ágil y fuerte para esa edad. Le siguieron a lo largo de un corredor hasta llegar a lo que debía ser su consulta privada.
- Siéntate muchacho –le indicó una vez dentro, señalándole la camilla, mientras él lo hacía en un taburete frente a Draco– Vamos a ver esa mano.
Draco se quitó el guante y la extendió con algo de renuencia. El hombre la tomó entre las suyas, examinándola con detenimiento.
- ¿Cómo te hiciste esto? – preguntó intrigado.
Antes de que Draco pudiera responder, lo hizo Harry.
- Sin preguntas, Matt. Recuérdalo.
- No preguntó el porqué, sino el cómo.
La mirada del hombre parecía sincera, y a pesar de sin duda contaba con la absoluta confianza de Potter, él se removió algo incómodo antes de responder.
- Alguien me los rompió, uno a uno. –respondió con frialdad, como si estuviera hablando de otra persona.
Harry sintió que su estómago se encogía ante esas palabras. Y se preguntó una vez más por lo sucedido, por todo lo que habría tenido que pasar Malfoy hasta llegar a esconderse en el sótano del estadio donde él le encontró.
Matt no hizo ningún comentario y prosiguió con su examen.
- ¿Cuánto hace? –volvió a preguntar al cabo de unos minutos.
- Un año, aproximadamente.
El hombre frunció el ceño.
- ¿Puedes mover alguno, aunque sea un poco?
Draco negó con la cabeza. El medimago cogió el dedo índice e intentó moverlo ligeramente, pero el gesto de dolor del joven le detuvo.
- Sería más fácil si no hiciera tanto tiempo –murmuró para sí mismo. Luego alzó los ojos y miró a Draco. Parecía un joven fuerte– Pero yo estoy dispuesto a intentarlo si tú lo estás.
- ¿Hay solución entonces? –preguntó Harry a sus espaldas, desde donde no había perdido detalle.
- Será un proceso largo y doloroso –informó sin apartar los ojos de Draco– y al final no puedo garantizarte los resultados. No puedo asegurarte que puedas recuperar totalmente la movilidad de tus dedos, muchacho. Pero al menos podemos lograr que vuelvan a su sitio, y eliminar en lo posible el dolor que ahora sientes.
Draco miró su mano retorcida y pensó que aunque solo fuera por verla otra vez con un aspecto normal y sin aquel permanente dolor punzando en ella, valdría la pena.
- ¿En qué consiste el tratamiento? –preguntó.
- Bien, habrá que tratar los dedos uno a uno –explicó Matt– Primero tendremos que reblandecer el hueso para poder moldearlo nuevamente a su forma original. Me temo que es la parte más dolorosa. Una vez lo logremos, averiguaremos si es posible la rehabilitación y un futuro movimiento.
- ¿Cuándo podemos empezar? –interrogó, intentando no parecer ansioso.
Matt sonrió, adivinando su impaciencia.
- Tengo que preparar primero la pomada para reblandecer el hueso –dijo– Tardaré un par de días. Volved el viernes y te mostraré cómo aplicarla.
Diez minutos después se despedían del afable medimago.
- ¿Qué te ha parecido? –preguntó Harry una vez en el salón de su hogar.
Los ojos de Draco reflejaban una esperanza que Harry jamás creyó poder ver en ellos.
- Cualquiera que me prometa arreglar esto –dijo alzando su mano ya nuevamente enguantada– merece mi respeto.
Tres días después se encontraban nuevamente en casa de Matt.
- He preferido utilizar este ungüento –explicó– porque el reblandecimiento tiene que ser lento. Hay otros métodos más rápidos, pero tus huesos están demasiado dañados y nos arriesgaríamos a deshacerlos si vamos con demasiadas prisas –Acercó una mesita auxiliar que había preparado a tal efecto, cubierta con una toalla y tomando con cuidado la mano de Draco la depositó encima– Empezaremos por el meñique –dijo– Necesitará menos tiempo y nos permitirá entrever si vamos por el camino correcto.
Se colocó un guante quirúrgico y destapó el pote que contenía una sustancia viscosa de color amarillento, cuyo olor no era demasiado agradable y cogió con dos dedos una pequeña cantidad que extendió sobre el meñique de Draco.
- Hay que extenderla de esta forma, masajeando de arriba abajo, hasta que penetre completamente. Una vez al día. –siguió aplicando con cuidado la pomada– ¿Tienes a alguien que pueda ayudarte en esto? –preguntó– Sino, no tengo inconveniente en que vengas cada tarde y yo mismo lo haré.
- Yo puedo hacerlo –intervino Harry, considerando que cuanto menos se paseara el Slytherin, menos oportunidades de tropezar con algún problema.
- Perfecto –dijo Matt sin darle tiempo a Draco a hacer cualquier objeción– No te olvides de colocarte el guante, sino quieres reblandecer tus huesos también.
Harry observó con atención los movimientos del médico sobre el dedo de Draco. Y a Draco, que palidecía por momentos.
- Duele, ¿verdad? –dijo Matt con una sonrisa de comprensión
- No al principio –dijo él entre dientes– Pero ahora...
- Porque la sustancia está llegando al hueso. –explicó Matt– Te he preparado también unos viales para el dolor. Pero no le dejes tomar más de uno al día –aconsejó dirigiéndose a Harry– Dos como mucho si no puede soportarlo. Si se acostumbra, dejarán de hacerle efecto. Y todavía quedan cuatro dedos. –acabó en tono de advertencia.
Cuando aparecieron nuevamente en casa de Harry, Draco trataba de disimular el agudo dolor que sentía de la mejor manera posible.
- Supongo que no te gustará que pregunte quien se está haciendo cargo de todo esto. –apenas musitó.
- No, sino quieres que acabemos como la última vez. –le advirtió Harry.
Sin embargo le pareció estar teniendo alucinaciones cuando un casi inaudible “gracias” salió de los labios del Slytherin, que desapareció inmediatamente en dirección a su habitación, dejando a Harry plantado en el vestíbulo sin poder creérselo.

Y empezó el vía crucis para Draco. Cada tarde, cuando Harry volvía de su entrenamiento se sentaban a la mesa de la cocina donde Draco ya había preparado la toalla, guante y el ungüento. Extendía su mano y dejaba que Harry torturara su dedo. Durante el rato que duraba aquel tormento, ninguno de los dos hablaba. Draco porque no podía. Bastante tenía con apretar los dientes e intentar soportar un dolor, que cuanto más reblandecido estaba el hueso, más penetrante era. Y Harry porque intuía que en esos momentos ningún comentario sería bien recibido. Y prefería respetar el silencio del rubio. A mediados de la segunda semana Draco empezó a aceptar los calmantes que había rechazado durante toda la semana anterior, aduciendo que todavía podía soportarlo. A finales de la tercera semana volvieron a la consulta de Matt y éste tras examinar el dedo, se mostró complacido.
- Bien, he preparado una funda –explicó mostrándole una especie de tuvo rígido con la forma de un dedo –para proteger el dedo. Voy a colocar las falanges en la posición correcta y luego te la fijaré. No la quitaremos hasta dentro de tres semanas – dijo– Al interrumpir el tratamiento, el hueso irá recuperando su dureza normal. A parte, tendrás que tomarte esta poción que te he preparado. Una vez al día – indicó – Después será el momento de averiguar si conseguimos moverlo.
Draco asintió en silencio.
- Bebe –pidió Matt tendiéndole un vaso con un líquido transparente– y túmbate en la camilla.
A los pocos segundos Draco caía dormido. Harry tuvo que ahogar un grito ante la inminencia de lo que iba a pasar. Un mago no podía seguir manteniendo un hechizo de apariencia o cualquier otro tipo de hechizo si no estaba consciente. Ninguno de los dos había previsto que eso pudiera suceder.
- No quiero que continúes con el siguiente dedo hasta que veamos como resulta éste– decía el medimago a Harry mientras colocaba la mano inerte de Draco encima de la mesita auxiliar y empezaba a realizar movimientos con su varita– Sería una tontería hacerle sufrir para después no lograr nada.
De pronto Matt se quedó mirando a su paciente que ya no era moreno, sino rubio, con un rostro liso y bien afeitado. Después miró a Harry con ojos interrogadores.
- Prometiste no hacer preguntas. –dijo éste esbozando una débil sonrisa y con muy poco convencimiento en sus propias palabras.
El rostro serio de Matt, como jamás lo había visto, le advirtió que probablemente acababa de poner en peligro la confianza y la amistad que el hombre le había otorgado durante todos aquellos años. Especialmente después de ayudarle a superar su adicción a la poción para dormir sin sueños.
- Nunca pensé que fueras a traerme un Mortífago peligroso que el Ministerio está buscando hasta debajo de las piedras. –el tono del medimago era ahora inusualmente frío y cortante.
- No es un Mortífago, Matt. Te lo aseguro.
Matt volvió a mirar el rostro dormido de Draco y frunció el ceño.
- ¿No es Draco Malfoy, el hijo de Lucius Malfoy, el que mandaron a Azkaban?
Harry titubeó. La foto de Draco estaba por todas partes. Para que negarlo.
- Si, lo es.
- Entonces espero que tengas una buena explicación, Harry. Porque vas a meterme en muchos problemas si el Ministerio averigua que he estado ayudando a uno de los fugitivos más buscados. –la mirada de Matt era claramente acusadora. Sin lugar a dudas se sentía engañado.
Con un agudo sentimiento de culpabilidad a Harry no le quedó más remedio que hacer un breve resumen de lo sucedido, omitiendo algunos detalles, hasta lograr que el medimago pareciera convencido. Sobretodo de que su intención no había sido en ningún momento la de causarle problemas.
- ¿Le ayudaras? – preguntó después, inquieto ante una posible negativa.
El hombre meneó la cabeza, aun con desaprobación.
- ¿Te das cuenta de lo que nos jugamos haciéndolo? Los dos. –remarcó
Harry asintió.
- Reconozco que durante siete años de mi vida, hubiera dado cualquier cosa para que Draco Malfoy desapareciera de la faz de la tierra, puedes creerme. –dijo.
- ¿Y ahora? – preguntó secamente el medimago.
- Ahora estoy dispuesto a darle una oportunidad. –titubeó– ¿Seguirás ayudándole, Matt?
El medimago observó con atención el rostro del jugador. Todavía le resultaba difícil comprender cómo Harry Potter podía estar protegiendo al joven tendido en su camilla. Al verdadero e inocente Draco Malfoy, si tenía que creer en sus palabras Y más teniendo en cuenta la difícil relación que le había unido a esa familia, por decirlo de forma suave. Verdaderamente Harry era una caja de sorpresas. Incapaz de afrontar en público una relación que mantenía desde hacia dos años, pero capaz de esconder y defender a la persona que había sido su enemigo durante siete. Intentó adivinar qué más se escondía tras esos ojos verdes que le miraban ansiosos por escuchar su respuesta. Asintió al fin con un ligero movimiento de cabeza y volvió a concentrarse en los movimientos que tenía que realizar con su varita. Estuvo manipulando el meñique de Draco durante poco más de una hora, hasta que por lo visto quedó satisfecho del resultado. Colocó la funda con cuidado y la selló mágicamente para que no pudiera moverse ni caer del dedo.
- ¿Cómo lo ha llevado? –preguntó, en un tono ya mucho más próximo al habitual.
- Esta última semana creo que bastante mal. –respondió Harry, aliviado porque Matt parecía no guardarle rencor– Empezó a aceptar los calmantes. Pero no se queja.
El medimago meneó la cabeza con pesar.
- El que le hizo esto, sabía lo que hacía –dijo– El dolor de un hueso roto es difícil de soportar. Tu lo sabes mejor que nadie. –esbozó una leve sonrisa- Y él tiene los dedos rotos por tres o cuatro sitios cada uno. ¿Qué pretendían?
- No lo sé –contestó Harry sinceramente – Pero espero que tú puedas arreglarlo, Matt. Realmente lo necesita.
- Volved dentro de tres semanas –dijo el medimago– Entonces veremos.
- ¿No le despiertas?
- No, si te ves capaz de llevártelo así –respondió– Déjale descansar. Cuando despierte dale esto. –le entregó un pequeño frasco– Le dolerá. Y Harry... ten cuidado. Creo que te has buscado compañías demasiado peligrosas, muchacho.
Harry sonrió e hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza, para desaparecer con Draco segundos después.

Matt se quedó durante unos minutos meditando en su consulta sobre todo lo sucedido. Se consideraba un buen observador y no se le habían escapado algunos detalles. Sabía que Harry apreciaba su amistad. Sin embargo, la había arriesgado trayendo a Malfoy a su consulta, ocultándole su identidad. Tampoco le había pasado desapercibida su expresión preocupada y la ansiedad que sin éxito trató de disimular en su voz, cuando intuyó que tal vez él se negara a seguir ayudando al joven. La forma en que había tomado a Malfoy en brazos después, con extremo cuidado. La delicadeza con que había apoyado la rubia cabeza en su hombro, tratando de que no colgara inerte por encima de su brazo; la mirada que había visto durante unos segundos en sus ojos, hasta que Harry se dio cuenta de que le observaba. ¡Pobre Neal!

Cuando Draco abrió los ojos estaba en su cama, encima del cobertor pero arropado con una manta. Inmediatamente un dolor agudo e intenso despertó en su cerebro. Dirigió la vista hacia su mano y vio la funda colocada en el dedo. No lo recordaba. El maldito medimago no le había dicho que iba a dejarle inconsciente. De pronto cayó en la cuenta. ¡El hechizo! Intentaba incorporarse cuando se abrió la puerta de la habitación y apareció Potter con un vaso en la mano. Había puesto un hechizo para que le avisara cuando el rubio despertara.
- Matt me dio esto. Para el dolor.
Harry pensó que realmente debía doler bastante, porque Malfoy tomó el vaso sin hacer preguntas y bebió el contenido casi de un solo trago.
- ¿Qué sucedió con el hechizo? –preguntó a sabiendas de la respuesta.
- Se esfumó. –respondió Harry– Pero tranquilízate. Matt no te va a delatar.
- ¿Cómo puedes estar seguro?
- Relájate, Malfoy. No lo hará. Yo respondo por él.
- Quizá un Obliate no sería una mala idea de todas formas... –insinuó.
- ¿Y la próxima vez que tenga que dormirte para arreglar otro dedo?
Draco se quedó pensativo, sin saber que responder.
- ¿Tienes hambre? –Draco negó con la cabeza– Pues descansa. Supongo que esto no tardará en hacer efecto.
Draco le vio desaparecer por la puerta y no pudo evitar preguntarse cómo habían llegado a aquella situación tan... pacífica. Porqué Potter le cuidaba y porqué él le dejaba hacerlo. Bien, tal vez la respuesta era más sencilla de lo que parecía: Potter le quería cuanto antes sano y fuera de su vida y él deseaba restablecerse y salir cuanto antes de la vida de Potter. Antes de que pudiera seguir con el hilo de sus pensamientos se quedó nuevamente dormido.

A la mañana siguiente se levantó sintiendo apenas una leve molestia en el dedo. Se ducho y vistió y se dirigió a la planta baja. Era sábado y no recordaba si Harry tenía partido esa tarde. Parecía ser que no, ya que le encontró en la cocina preparando el desayuno. Estaba de espaldas y no le oyó entrar, cosa que Draco aprovechó para observarle. Desde aquella noche en que había sorprendido al Gryffindor con su amigo, no había podido evitar que de vez en cuando pensamientos nada inocentes pasearan por su mente, reproduciendo la imagen de Potter irguiéndose sobre su amante. El pelo del moreno estaba mojado, y en este estado parecía que su propietario había podido domarlo un poco más de lo que era habitual. El borde del cuello de la camiseta se veía húmedo por la parte de atrás, donde habían ido cayendo las gotas de agua que se habían deslizado de sus mechones. ¿Por qué siempre tenía que llevar camisetas tan anchas? En ese momento Potter se volvió y le vio parado en la puerta. Sonrió. No era una de esas sonrisas burlonas o maliciosas que le había dedicado durante sus años de escuela. Que ambos se habían dedicado. Sino una amplia y sincera, como si realmente se alegrara de verle. Y cuando sonreía, sus ojos lo hacían también, y el verde de sus iris brillaban de pronto en un verde cálido y reconfortante.
- Buenos días, Malfoy –oyó que le decía– ¿Cómo te sientes? –Puso un plato con tostadas y bizcochos en la mesa– ¿Café?
Draco asintió y Harry abrió uno de los armarios superiores donde guardaba tazas y vasos. Y al levantar el brazo para alcanzarla, la camiseta subió y dejó al descubierto un trasero perfectamente marcado, redondo y respingón, dentro de sus impresentables vaqueros desgastados. Draco sacudió la cabeza, intentando alejar de él aquella inesperada calentura mañanera. Ajeno a su mirada, Harry llenó la taza y la dejó encima de la mesa. Draco se acercó a otro armario en busca del azúcar, intentando ocupar su mente en otra clase de pensamientos a los que en ese momento la asaltaban. Distraídamente destapó el azucarero y hundió la cuchara en él en un movimiento rutinario, sin ser plenamente consciente de lo que hacía. De reojo vio a Potter sonreír otra vez, cuando iba por la cuarta cucharada.
- ¿Cómo puedes beberte eso? –preguntó divertido el moreno.
Harry lo tomaba solo.
- ¿Cómo puedes tú beberte el tuyo? –replicó él enarcando elegantemente una ceja.
- Cualquiera diría que pudieras ser tan dulce, Malfoy.
Potter seguía sonriendo, y Draco se sintió algo incómodo. Llevarse tan razonablemente bien con Potter últimamente le estaba haciendo perder el norte.
- ¿Y tu dedo? –preguntó Harry tomando su mano entre las suyas, aprovechando que no llevaba el guante y cogiendo a Draco completamente desprevenido.
Aquel contacto erizó hasta el último pelo de su cuerpo. Intentó apartarla pero Harry no le dejó y siguió examinando con gran interés la funda que guardaba su dedo meñique.
- No seas niño, Malfoy. Ya sabes que no me incomoda. –le dijo al notar su reticencia.

La mantuvo entre las suyas, consiguiendo que Draco se sintiera cada vez más nervioso. El suave roce de los dedos de Potter le estaba volviendo loco. Y su proximidad le alteraba más de lo que hubiera deseado. Olía a melocotón. Si el maldito Gryffindor volvía a sonreír de la forma en que lo había hecho antes, no respondía... Harry alzó los ojos para encontrarse con la mirada de Draco fija en él. Una mirada que intentaba ocultar un deseo repentino y palpitante, sin mucho éxito. Y Harry sonrió. Draco llegó al límite de su siempre perfecto autocontrol y fuera de toda razón tomó bruscamente el brazo del Gryffindor para atraerle hacia él de un tirón. Sin darle tiempo a reaccionar, buscó la boca que apenas se abría con sorpresa para devorar aquellos labios, tibios y húmedos, con sabor a café, que permanecieron inmóviles bajo los suyos durante unos instantes. Antes de que pudiera detenerse a pensar en lo que estaba haciendo y su natural raciocinio hiciera sonar todas las alarmas en su cerebro, la boca que asaltaba se abría y buscaba también la suya. Y por si todavía le quedaba alguna duda, la mano que se posó en su nuca le empujó a profundizar el beso. Draco se sintió enfebrecer. Su mano izquierda buscó aquel trasero perfecto para acariciarlo con deseo, pegando al Gryffindor todavía más a él. Sintió uno de los brazos de Potter rodearle, mientras él seguía recorriendo su cuerpo, hasta deslizar su mano bajo su camiseta para encontrar la piel suave y caliente erizándose bajo sus rápidas y bruscas caricias. Enardecido le empujó contra la mesa de la cocina y le tumbó preso de un deseo que ardía desenfrenado, frotando su cuerpo contra el suyo en una danza sinuosa y frenética, mientras buscaba nuevamente su boca y se hundía en ella con pasión. Las caderas de Potter se irguieron con igual fuerza contra las suyas y pudo notar bajo sus pantalones la contundente respuesta. Draco gimió ante aquel reconocimiento, mientras sentía su propia erección punzar dolorosamente, buscando liberarse. Las piernas del moreno rodearon su cintura, empujándole con más fuerza contra él. Oyó su respiración errática y sintió su mano viajar inquieta por debajo de su jersey, acariciando su espalda al principio, para después acabar clavándole las uñas dolorosamente en la piel a medida que su excitación crecía. Draco contempló su rostro enrojecido, los labios entreabiertos dejando escapar el aire en pequeñas sacudidas, mientras su cuerpo se agitaba al ritmo que él le marcaba. Potter jamás le había parecido tan atractivo como en ese instante, jadeando sin control bajo su cuerpo. Hundió el rostro en el cuello del Gryffindor, embriagándose del aroma que despedía su piel, sin poder evitar morderle con delirio, arrancando un quejido de protesta.
- ¡Malfoy!
Dentro de su agitada obnubilación, Draco todavía fue capaz de pensar que sería una bonita marca para que Potter intentara explicar a Neal.
- Más... deprisa – le oyó jadear después, junto a su oído.
Draco aumentó la cadencia de aquel restriegue enloquecido, hasta que el cuerpo de Potter se estremeció y un grito ronco salió de su garganta. Él ahogó el suyo con el rostro aún hundido en el hombro del moreno.
Ambos se quedaron inmóviles, durante unos minutos. Draco podía oír la respiración todavía agitada de Potter junto a la suya y sentir su mano enredarse en su pelo, mientras con la otra seguía sujetando su mano lisiada, que no había soltado en ningún momento. De pronto algo en lo más profundo de su ser se sacudió cuando sintió los labios de Harry posarse sobre todos y cada uno de sus maltrechos dedos y besarlos con una ternura desconocida para él.
- No hagas eso –dijo casi con rabia, apartándola.
- ¿Por qué? –preguntó apaciblemente Harry, sin dejar de acariciar su pelo.
- Porque no es... agradable.
- ¿Para quién? – preguntó nuevamente Potter.
Draco levantó la cabeza y le miró. Los ojos de Harry reflejaban aceptación y su voz una seguridad que él estaba muy lejos de sentir.
- No quiero que lo hagas, eso es todo –dijo con más brusquedad de la que pretendía, mientras liberaba el cuerpo que todavía tenía atrapado bajo el suyo.
Harry se incorporó y se quedó sentado en la mesa, observándole con atención. En su mirada podía leerse ahora cierta decepción. Draco se maldijo a sí mismo y al habitante de su entrepierna, que parecía tener vida propia.
- Sólo ha sido un calentón, Potter. Nada más. –trato de excusarse pobremente– No necesito tu compasión.
Tenía que escapar de aquella mirada que le estaba perforando el alma, si quería continuar en posesión de su cordura.
- Necesito cambiarme.
Y con este pretexto desapareció rápidamente de la cocina, dejando a Harry todavía sentado sobre la mesa, mirándole con una mezcla de reproche y confusión.

El moreno se levantó tras unos minutos y se acercó al fregadero para tirar el café ya frío de su taza. ¿Qué le estaba pasando? ¡Era Malfoy por el amor de Dios! Sin embargo, sería mentirse a si mismo decir que no lo había disfrutado. No sabría explicarse exactamente lo que Malfoy había despertado en él en cuanto sintió sus labios ansiosos sobre los suyos. Pudo haberle rechazado, pero no lo hizo. ¿Por qué? Tal vez porque esa sola mano había sido capaz de despertar su piel hasta un punto inconcebible, haciendo reaccionar todos sus sentidos como hacía tiempo no eran capaces de hacerlo. Porque cuando entró en su boca supo que jamás nadie la había reclamado con la intensidad que él lo hizo. Porque era ese cuerpo el que quería sentir sobre el suyo, encajando perfecto en cada movimiento, en cada respiración, en cada gemido. Sacudió la cabeza para apartar aquellos, sin duda, estúpidos sentimientos. Reconoció pesaroso que su inestable relación con Neal le estaba obligando a una abstinencia forzada. Apenas se habían visto en aquellas últimas semanas. Entre otras cosas, porque había estado muy ocupado, precisamente ayudando a Malfoy con su tratamiento. Como muy bien había dicho el maldito Slytherin probablemente tan solo había sido un calentón producto de la necesidad de ambos. Y no iba a tirar su vida por la borda sólo por unos minutos de placer.
- Esta situación esta acabando con mi sensatez –musitó.
Y también salió de la cocina para volver a ducharse.


CAPITULO VII
Recuerdos dolorosos


Durante los siguientes días no hablaron del episodio de la cocina, aunque su relación se volvió algo más fría. Parecía que cada uno había asumido su papel dentro de la casa y procuraba mantenerse en él. Draco se tragaba su orgullo cuando Harry le entregaba cada semana una cantidad más que generosa para los gastos de la casa y los suyos propios. En aquellos tres meses había aprendido más de cocina, limpieza y tareas domésticas en general de lo que había ni siquiera intuido en sus casi veintiún años de vida. Lo único que sin duda le apasionaba era la cocina. Para lo demás intentaba utilizar cuantos hechizos domésticos el Gryffindor le había enseñado. Tampoco necesitaba ya que Harry le acompañara al centro comercial. Realizaba la compra él sólo. Ahora se lo conocía al dedillo y no hubiera confesado ni bajo tortura que lo disfrutaba. No se había atrevido con el automóvil porque su amor propio le impedía pedirle a Harry que le enseñara a conducir y también porque consideraba que con una sola mano hubiera sido algo difícil. Sin embargo, había descubierto algo llamado taxi que era muy útil y cómodo para esas ocasiones. El único inconveniente eran los taxistas. Estuvo tentado en más de una ocasión de enviar un hechizo silenciador al taxista de turno, que le agobiaban con su incesante y estúpida conversación muggle. Por esa razón, cuando tropezó con Bill, un hombre de mediana edad que no decía esta boca es mía más que cuando llegaba la hora de anunciar el importe del taxímetro, decidió llegar a un acuerdo con él para que cada semana pasara a recogerle y le llevara después de vuelta a casa con la compra. A partir de ese día los viajes al centro comercial fueron un remanso de paz.
Desde aquel caliente incidente entre los dos, Harry solía parar poco en la casa. De martes a viernes, desaparecía a primera hora de la mañana para no volver muchos días hasta bien entrada la madrugada, suponía que de casa de Neal. Intuía, no sin cierto amargor, que las cosas debían volver a marchar bastante bien entre esos dos. Sábados o Domingos Harry tenía partido. Y aunque le había insinuado que asistiera alguno, Draco se había negado, aduciendo irónicamente que no tenía ganas de volver a ser causa de discusión entre él y Neal. El Gryffidor no había insistido. Los lunes era su día de descanso. Solía quedarse en casa y no salía, dedicándose por completo a su hobby. Draco solía observarle en silencio, admirando la habilidad manual de Harry para restaurar aquellas viejas pelotas, dejándolas casi como nuevas. Lo cierto era que el Gryffindor tenía un don natural para reparar o arreglar cosas sin magia, utilizando solo sus manos.

Cuando pasadas las tres semanas que el medimago había dado de plazo para sacar la funda de su dedo y empezar con la rehabilitación, no había permitido que Harry le acompañara. Aquella parte del tratamiento solo requería de su esfuerzo personal y fuerza de voluntad. Y pareciendo entenderlo también así, Harry no presionó. Draco aparecía cada tarde en la consulta del medimago para la dolorosa recuperación de la movilidad del dedo. Un par de semanas después había logrado moverlo de forma bastante aceptable de arriba abajo y con solo una semana más empezar a doblarlo. Sólo prácticamente durante todo el día, no tenía mucho más que hacer que realizar los ejercicios que Matt le había enseñado, mientras su mente vagaba dispersa entre un mar de pensamientos cada vez más confusos.
- Bueno Draco, –había dicho el medimago con una amplia sonrisa la última tarde que acudió a su consulta –debo reconocer que el primero ha sido todo un éxito. Francamente te diré que no creía que lo lográramos.
Draco sonrió sinceramente. Le estaba realmente agradecido a ese hombre, que aun y a pesar de saber ahora quien era, había seguido ayudándole con el mismo interés. Aunque supuso que eso también era algo que tenía que agradecer al Gryffindor. Irremediablemente todo acababa confluyendo en Potter, pensó con algo de fastidio. Cuando Matt le dijo que ya era hora de comenzar con el siguiente dedo, Draco se preparó para afrontarlo con mucho más entusiasmo, vistos los resultados. Estaba dispuesto a hacerlo solo, aunque no se lo había comentado al medimago. Y si no podía, siempre podría recurrir a él, tal como le había ofrecido la primera vez.
Para su sorpresa, la tarde que tenía planeado empezar siguiendo las instrucciones de Matt, Harry se presentó en casa mucho antes de la hora de cenar, justo acabado el entrenamiento.
- No esperarías hacerlo solo, ¿verdad? –dijo con semblante serio, sentándose frente a él en la mesa de la cocina y arrebatándole el guante de la mano.
Parecía molesto por el hecho de que no hubiera contado con él. Draco dejó escapar un imperceptible suspiro de resignación. Tenía que haber supuesto que el medimago mantenía informado a Harry y se maldijo por su estupidez.
- ¿Cuál? ¿El anular? –preguntó, Harry en un tono más bien seco, clavando su verde mirada en él.
Draco asintió en silencio y a pesar del coraje que sentía en ese momento, dejó que Potter tomara su mano y untara el dedo anular de arriba abajo antes de empezar con el masaje. En aquel momento, no pudo evitar recordar el suave tacto de los labios de Harry en cada uno de sus dedos semanas atrás ¿Por qué diablos lo había hecho? Había estado preguntándoselo desde entonces, sin llegar a una respuesta que le satisficiera lo suficiente. Observó en silencio la concentración y el cuidado que el moreno ponía en cada pasada, moviendo rítmicamente sus dedos pulgar e índice arriba y abajo, arriba y abajo a lo largo del dedo. Parecía que le estuviera haciendo una paja. Retuvo un pequeño gemido y procuró apartar de su mente cualquier otra asociación de ideas con los movimientos que Harry realizaba en ese momento. Se mordió los labios, cuando sintió que se estaba excitando.
- ¿Duele? –preguntó Harry, que alzó los ojos hacia él al oír el pequeño gemido, malinterpretando su expresión.
Él solo asintió con la cabeza, incapaz de emitir palabra alguna. Para su alivio, el dolor del ungüento penetrando hasta tocar el hueso no tardó en llegar y sustituyó cualquier otra sensación que hubiera tenido hasta ese momento. Cuando terminaron, Harry le preguntó si quería un calmante y él denegó con la cabeza.
- Yo prepararé la cena –le dijo.
Y Draco se quedó sentado, apretando el dolorido dedo con su otra mano, observando a Harry moverse por la cocina y preguntándose si sería capaz de resistir otra sesión sin que el habitante de su entrepierna le hiciera notar nuevamente su presencia.

Una semana después el dolor era tan insoportable que casi no podía esperar a que Harry acabara para tomar el calmante. Matt ya se lo había advertido. El malestar sería más intenso cada vez. Durante algunos días de la siguiente semana necesitó hasta dos dosis y que Harry le ayudara a llegar a su habitación, a desvestirse y que prácticamente le metiera en la cama, atontado por el dolor y por el calmante. Cuando despertaba por la mañana, todavía seguía sintiendo como si un pequeño roedor se entretuviera en mordisquear su hueso de arriba abajo sin cesar y esa molestia le acompañaba durante todo el día para aumentar otra vez por la tarde, cuado el ungüento era aplicado. Durante aquellas tres semanas, Harry había regresado puntualmente cada tarde y se había ocupado de todo. Incluidos los fines de semana. Sólo le había dejado solo las tardes de partido. Draco se preguntaba como se lo estaría tomando Neal, pero no se atrevió a expresarlo en voz alta. Tener a Harry a su lado en esos momentos era más importante para él de lo que jamás hubiera creído y estuviera dispuesto a reconocer. No quería acabar en una discusión que lo echara todo a perder. Si Harry estaba teniendo problemas con su pareja, se lo estaba guardando muy bien y él en realidad no quería saberlo. Lo único que le importaba era que Harry estaba ahí para él.

Cuando el viernes por la tarde llegaron a casa de Matt, Draco deshizo el hechizo de apariencia, que de todas formas iba a caer en cuanto el medimago le durmiera. Esta vez Matt tardó más de dos horas en recomponer todas las falanges y al igual que la vez anterior, Harry se lo llevó todavía dormido. Cuando despertó, tenía una nueva funda colocada en el dedo y el consabido malestar. Harry no tardó en aparecer por la puerta con el correspondiente calmante. Se sentó al borde de la cama y le observó con atención mientras se lo tomaba.
- ¿Cómo estás? –preguntó en un tono que a Draco le pareció mucho más familiar que en otras ocasiones.
- Lo superaré –respondió él, dándose cuenta de que había respondido en el mismo tono.
- Por supuesto, eres un Malfoy –le recordó ausente de cualquier sarcasmo.
Y por un momento Draco no supo si solo estaba estableciendo un hecho o se lo estaba echando en cara.
- Si, lo soy. ¿Algún problema con ello? –dijo intentando no parecer demasiado a la defensiva.
- Si lo tuviera, ya no estarías en esta casa, Malfoy. A pesar de lo que pudiera decir Snape.
Los dos se quedaron en silencio, mirándose a los ojos durante unos instantes. Parecía como si Harry estuviera esperando alguna respuesta por su parte, pero él solo permaneció perdido en el verde de sus iris durante unos segundos que le parecieron interminables, saboreando el brillo que nuevamente aparecía en su mirada después de tantos días. Hasta que el propio Harry rompió el instante.
- No te levantes, todavía es temprano. –le dijo– Podemos salir a comer fuera si te sientes con ánimos.
- ¿A un restaurante? –preguntó sintiéndose reanimado de pronto.
- Muggle, Malfoy. No te hagas ilusiones. Y a ninguno de esos tan sofisticados a los que tú seguramente estabas acostumbrado.
- De acuerdo. –asintió dócilmente– Como tu quieras.
Harry abandonó la habitación sin poder dejar de sentirse sorprendido por aquella demostración de inesperada sumisión.


Harry le llevó a un pequeño restaurante italiano que conocía, pero al que nunca había ido con Neal. Prefirieron sentarse en una mesa algo apartada de la entrada y durante unos minutos ambos se sumieron en la lectura de la carta que el camarero les había entregado, procurando fingir una tranquilidad que ambos estaban lejos de sentir. Cuando minutos más tarde el mismo camarero tomó nota de su pedido, se quedaron mirándose el uno al otro, algo nerviosos, sin saber que decirse.
- ¿Cómo va la liga? –preguntó al fin Malfoy intentando encontrar un tema de conversación que fuera del interés de ambos.
Y durante unos minutos estuvieron hablando de Quidditch, de la clasificación en la liga de los Chudley Cannons y recordando sus enfrentamientos en Hogwarts por la Copa de la Casa. Punto en el que llegó el camarero con las pizzas.
- ¿Me permites? –preguntó Harry señalando su plato– Estamos entre muggles. Nada de magia. –Y partió la pizza de Draco en cuatro trozos. Hizo lo propio con la suya y tomó un trozo– No te cortes –le dijo viendo la mirada reprobatoria de Draco– Aquí no está mal vista comer pizza con los dedos. Es más, te mirarán mal si no lo haces.
Harry observó divertido como Draco tomaba un trozo con cierto pudor, tras echar un rápido vistazo a las mesas vecinas. Seguramente la exquisita educación que había recibido no le permitía comer con los dedos en público. Cuando reanudaron la conversación Harry se encontró explicándole como había llegado a los Chudley Cannons y cómo había recompuesto su vida tras derrotar al Señor Oscuro. Draco le escuchaba con suma atención, empezando a entender por primera vez lo que tenía que haber sido estar bajo su piel durante todos aquellos años. Nunca hasta entonces se había dado cuenta de lo agradablemente cadenciosa que era la voz de Harry; ni se había fijado en el repetitivo gesto de poner las gafas en su sito, empujándolas con el dedo corazón por la unión de los dos lentes, cada vez que resbalaban de su nariz. Como sus ojos podían ser tan expresivos, tan fáciles de leer cuando se mostraba relajado, incluso confiado, como en aquellos momentos. Sus manos no paraban de moverse. No había palabra que no fuera acompañada de algún gesto para enfatizar su convencimiento en lo que decía. Y su sonrisa... aparecía de repente y en ese momento sus ojos brillaban todavía con más fuerza, deslumbrándole. Por supuesto no dejó entrever en ningún momento el rosario de sentimientos que le estaba provocando el joven frente a él.
- ¿Qué hay de ti? –oyó que le preguntaba tras un breve silencio– ¿Vas a contármelo algún día? –señaló la mano que como siempre Draco llevaba enguantada.
Estaban tomando ya el café y el restaurante había ido vaciándose poco a poco.
- Creo que nos van a echar –se excusó Draco con cierto alivio, captando la mirada de impaciencia del camarero.
- Salvado por la campana, ¿verdad? –dijo Harry mientras pedía la cuenta– No creas que te voy a dejar escapar tan fácilmente.
Salieron del restaurante. La tarde era bastante apacible a pesar de estar a principios de Diciembre.
- ¿Te apetece pasear por el centro? –preguntó Harry.
- ¿Y helarnos de frío? No gracias.
- Creía que estarías acostumbrado después de siete años en las mazmorras de Slytherin.
- En Slytherin también había chimeneas – contestó Draco con retintín.
- ¡Oh, que decepción! –dijo él con un mohín– Siete años creyendo que erais una raza aparte.
Draco sonrió y Harry le dirigió una mirada que éste no supo como interpretar.
- ¿Por qué no sonríes más a menudo, Malfoy? –dijo– Hasta pareces una persona normal.
- Tal vez no tenga muchos motivos para hacerlo –se defendió Draco, un poco dolido.
- Bien –dijo Harry tomándole del brazo– ¿Por qué no entramos ahí y me los cuentas?
Y le arrastró quieras que no hasta un pub, justo al otro lado de la calle. A esas horas todavía no estaba demasiado lleno y pudieron sentarse cómodamente en una de las mesas al fondo del local. Harry se dirigió a la barra en busca de las bebidas, mientras Draco le observaba, intentando prepararse para responder a lo que sin duda iba a preguntarle el Gryffindor. Lo que sabía había estado deseando conocer desde el mismo momento en que lo llevó a su casa. Hacía ya casi cuatro largos meses.
- ¿Y bien? –preguntó efectivamente Harry tras depositar las bebidas en la mesa.
Se repantigó cómodamente en su silla, dándole a entender que estaba dispuesto a concederle todo el tiempo que creyera necesario. Draco sorbió su brandy, no muy seguro de cómo empezar aquella historia. Pero se lo debía. Así que poco a poco, con la soltura de lengua que da una bebida con un buen grado de alcohol, fue desgranando los acontecimientos sucedidos en la mansión Malfoy dos días después de que Harry derrotara al Señor Oscuro. El Gryffindor escuchó en silencio, sin interrumpirle, apenas moviendo un músculo concentrado en todas y cada una de sus palabras.
- Siento lo de tu madre Draco. –dijo Harry con sinceridad cuando el Slytherin terminó– Creo que ahora ambos tenemos algo pendiente con tu tía.
Draco apretó los labios, pero no dijo nada. Perdió su mirada entre las mesas que poco a poco habían ido llenándose. El murmullo de voces era cada vez más elevado.
Harry prefirió no hurgar más en la herida de Draco aportando su opinión sobre lo que él pensaba de su otro progenitor, Lucius Malfoy. Sin embargo, no iba a dejar escapar la ocasión de saber por fin hasta el último detalle de la vida de su antiguo némesis hasta el momento de su encuentro en el sótano del estadio.
- ¿Qué pasó después? –preguntó tras el breve silencio, en el que ambos parecieron perderse en sus propios pensamientos.
La plata de los ojos de Draco se oscureció todavía más si cabe. Sorbió lentamente su brandy y se recostó en su asiento, cerrando los ojos como buscando en su interior la fuerza suficiente para que las palabras salieran.
- Durante casi dos años logré esconderme, escapar de las garras de mis tíos sin demasiadas dificultades –dijo al fin– Mi familia tenía algunas propiedades por Europa, no mansiones, –aclaró– sino pequeñas casas o pisos que mi padre adquirió bajo nombres supuestos y que tenían como finalidad servirle de refugio en caso de que la situación lo requiriera. Fui cambiando con frecuencia de ubicación, para evitar ser localizado con facilidad. Suponía que mi padre no habría informado a nadie más que a mí o a mi madre de esas localizaciones; pero tampoco estaba muy seguro. Al fin y al cabo Rudolf y Bella también eran familia.
Draco lanzó una sonrisa irónica, que Harry compartió.
- Supongo que me confié –continuó con un suspiro– Llegué a sentirme demasiado seguro y bajé la guardia. Esperaba que después de tanto tiempo se hubieran olvidado de mí. Grave error por mi parte –admitió– Porque lo pagué bastante caro. –añadió contemplando fijamente su mano.


Draco parpadeó en la oscuridad. Notó el sabor acre de la sangre en su boca y la que se deslizaba todavía caliente y fresca desde su sien a lo largo de su mejilla, por lo que estimó que no había estado inconsciente mucho tiempo. Estaba atado a una silla, mágicamente anclada en el suelo, porque aunque lo intentó no se movió ni un milímetro. Sus tobillos amarrados a cada pata delantera y sus manos inmovilizadas tras el respaldo. Supuso que le habían dejado en una de las habitaciones vacías del apartamento porque no podía distinguir más que paredes. Se maldijo a sí mismo por su estupidez. ¿Cómo no había sospechado de aquel tipo tambaleante que olía a alcohol barato cuando se le echó “casualmente” encima? Aunque al segundo siguiente ya tenía su varita en la mano, la lucha había sido breve. Tres contra uno. Sus posibilidades habían sido pocas. ¡Estúpido!, se repitió. Un leve sonido proveniente de la puerta, hizo que volviera la cabeza en esa dirección. La luz que de pronto iluminó la habitación le deslumbró.
- Veo que despertaste, Draco. ¡Rudolf! – llamó la mujer sacando la cabeza al corredor– Nuestro querido sobrino ha despertado.
Oír otra vez la voz de su tía Bella hizo que se le revolviera el estómago. Ella se acercó con una sonrisa cínica en el rostro e hizo un amago de acariciar su mejilla, pero Draco apartó la cara con asco.
- Tan cariñoso como siempre, ¿verdad sobrino?
- ¡Hija de puta! –escupió él, con lo que se ganó una sonora bofetada.
- ¿Acaso tus padres no te enseñaron educación?
La profunda voz de Rudolf Lestrange resonó en la vacía habitación, retumbando contra sus paredes. Draco dirigió a su tío una mirada cargada de odio. Tanto él como su mujer eran los culpables de haberse quedado sin familia. De haberse visto obligado a aquella huida a la que todavía no le había encontrado el sentido.
- Eres muy escurridizo, Draco. –admiró su tío– Pero la paciencia siempre tiene su recompensa.
Draco no dijo nada, pero siguió sin apartar sus acerados ojos grises de él, matándole con la mirada.
- Voy a darte la oportunidad de reflexionar, Draco. –prosiguió su tío– al fin y al cabo eres familia. –el matrimonio intercambió una mirada de entendimiento, no exenta de cierto sarcasmo– Estamos dispuestos a recibirte con los brazos abiertos si colaboras.
¿Cómo podía ser tan cínico? Tenía suerte de que estaba atado y bien atado, porque de lo contrario ya le habría saltado al cuello sin medir las consecuencias.
Rudolf se inclinó sobre su sobrino, abalanzando su corpulento metro noventa sobre él en un claro gesto intimidatorio.
- Estoy seguro de que tu padre habló contigo sobre el asunto que nos interesa, Draco. Sólo tienes que decirnos donde lo escondió.
Lejos de amedrentarse, los ojos de Draco refulgieron de puro desprecio.
- Siento decepcionarte –dijo cortante– pero padre no habló conmigo sobre nada.
Rudolf hizo un gesto negativo con la cabeza al tiempo que mostraba una expresión de decepción en su rostro.
- No vamos bien, Draco. –advirtió– Nada bien.
Draco sintió que unos brazos le rodeaban desde atrás y de pronto se vio atrapado contra el pecho de su tía, sin poder impedir que ésta deslizara entre sus dedos las plateadas hebras de su pelo.
- Siempre has sido mi sobrino favorito, ¿lo sabías?
Draco bufó con desdén.
- Soy tu único sobrino, "tía".
- Por eso mismo tienes toda mi atención –respondió ella mientras le obligaba a echar la cabeza hacia atrás y mirarla– No hagas enfadar a tu tío –advirtió– últimamente no goza de muy buen humor. Y podría decirse que yo tampoco.
La mirada desafiante de Draco estaba acabando con la paciencia de Rudolf a marchas forzadas. Aquellos ojos, idénticos a los de Lucius, su misma arrogancia, su misma expresión altiva y fría.
- No me obligues a hacer nada que después tengas que lamentar, Draco - advirtió abandonando el tono moderadamente amable que había utilizado hasta entonces con su sobrino
- No sé lo que estás buscando, ni me importa –fue la única respuesta que obtuvo a cambio.
- Lo quiero Draco. Y lo obtendré. A cualquier precio. –amenazó Rudolf.
- Te repito que no sé lo que estas buscando y que padre no habló conmigo. De nada. Tal vez sea porque no tuvo tiempo –acabó en un tono claramente acusador.
Rudolf no dejaba de dar vueltas a su alrededor, impaciente. En cambio su tía estaba ahora frente a él, mirándole con una expresión anhelante, como si esperara algo que le complacería en grado sumo. La mirada sádica en los ojos de Bella le hizo comprender que nada bueno para él estaba a punto de suceder.
- No te creo –fueron las palabras que oyó a ras de oreja, justo antes de que Rudolf tomara su mano derecha entre las suyas y partiera su dedo meñique en dos.
Draco gritó de dolor, mientras la salvaje carcajada de su tía resonaba en sus oídos.
- Esto solo es el principio, sobrino –oyó que le decía Rudolf– Pero voy a concederte cierto tiempo para reconsiderar tu respuesta.
Draco apretó las mandíbulas con fuerza, para evitar que cualquier otro sonido saliera de su boca.
- Te advertí que tu tío no estaba de muy buen humor –le dijo Bella con una sonrisa descarada en su extraviado rostro.
Y también abandonó la habitación.

Draco no supo las horas que pasaron, sumido en la oscuridad de la habitación e intentando apartar su mente del palpitante dolor de su dedo. Por primera vez maldijo a su padre por haberle dejado aquella herencia tan dolorosa, preguntándose una y otra vez que sería lo que con tanto ahínco buscaban sus tíos. Qué podía haber escondido su padre que fuera tan importante para ellos. Su mente daba vueltas sin descanso a la última conversación que había mantenido con él, pero sus palabras habían sido ambiguas, sin referirse a nada en concreto. Estaba seguro de que Lucius tenía planeado decírselo en el momento en que se hubiera reunido con él más adelante, una vez a salvo. Cuando la puerta se abrió nuevamente, la luz del corredor le cegó. Cuando sus ojos se acostumbraron, pudo ver que la habitación estaba más concurrida que la vez anterior. McNair y un muchacho desconocido acompañaban al matrimonio Lestrange.
- Espero que hayas tenido tiempo suficiente para recapacitar –le dijo Rudolf plantándose ante él.
Draco le miró, todavía con los ojos entrecerrados, pero con una clara actitud retadora.
- ¿Y bien, Draco?
- Mi padre no me dijo nada. –dijo entre dientes– Ya te lo dije.
Rudolf bufó con desagrado.
- Vas a obligarme a ser desagradable otra vez, sobrino.
- ¿Quién te ha dicho que alguna vez hayas sido agradable? –le picó con ironía.
Rudolf frunció el ceño e hizo un gesto a alguien detrás de él. Draco se dio cuenta en ese momento de que McNair no estaba a la vista. Y no lo estaba porque en ese preciso instante se afanaba en partirle el dedo anular en tres trozos, lenta y dolorosamente. Draco intentó no gritar, pero el dolor era demasiado fuerte. Sus ojos anegados se encontraron con los castaños, grandes y expresivos del muchacho desconocido, que le miraba con aspecto aterrado, como si todo aquello le superara. Una vez hecho el trabajo, abandonaron la habitación, dejándole solo nuevamente. Draco jadeó con rabia, enojado consigo mismo por no poder evitar que lágrimas de dolor se deslizaran por sus mejillas, sin poder detenerlas. No podría soportarlo, sencillamente no podría. Durante unos segundos deseo tener una respuesta que dar, una confesión que liberara el resto de su mano de una tortura más que segura. Pero solo fueron unos segundos. Porque la rabia se convirtió en un odio todavía más profundo del que hasta entonces sus tíos ya se habían granjeado. Desconocía la información que le reclamaban. No tenía nada con que defenderse. Pero no verían al último Malfoy hundirse en la desesperación. No les daría ese placer. Oyó la puerta abrirse y miró con ojos turbios a la figura que se le acercaba. Era el muchacho.
- Te traigo un poco de agua. –le dijo.
Draco intentó recomponer una mirada altiva y rechazó con un gesto negativo. Verisaterum, pensó. Aunque era una sustancia que no estaba al alcance de cualquiera, bien pudiera ser que sus tíos la hubieran conseguido.
- Es solo agua –aseguró el muchacho, como si hubiera leído sus pensamientos– Es todo lo que he podido conseguir.
Draco dirigió una mirada fría al muchacho, sopesando si aceptarlo. Al fin y al cabo un poco de Verisaterum no haría más que confirmar que no sabía nada y la tortura terminaría. Casi deseó que lo fuera. Aceptó el vaso que el muchacho puso en sus labios y bebió. Después el muchacho desapareció sin decir una palabra más y volvió a quedarse solo con su dolor.
Al día siguiente se repitió la misma historia. Y Draco deseó morir. Como el día anterior, al cabo de un rato apareció otra vez el muchacho.
- Ellos no están –dijo– Tómate esto. Es muggle, pero es lo único que he podido obtener.
Introdujo una pequeña pastilla en su boca y Draco tragó sin rechistar, seguido del agua.
- ¿Por qué… haces… esto? –preguntó con un ligero jadeo.
- Porque odio a mi padre. McNair –aclaró.
Un disidente más a las doctrinas del aniquilado Señor Oscuro, pensó Draco. Tal vez pudiera volver eso a su favor.
El muchacho se sentó en el suelo, frente a él. Parecía tener más o menos su edad. No se parecía demasiado a su padre. Tal vez el pelo, castaño como el del Mortífago. Sin embargo, sus ojos no tenían nada que ver. Los del padre eran fríos y despiadados. Los del hijo tímidos y asustadizos. Por primera vez se fijó en el pequeño pendiente en su oreja izquierda. Parecía igual al que también lucía su padre. Draco pensó que su vida no podía ser demasiado fácil siendo su progenitor quien era. Realmente el chico no respondía demasiado a las expectativas que un padre, Mortífago por más señas, podía esperar de su vástago.
- Quería obligarme a tomar la marca. Gracias a Merlin, Quien Tu Ya Sabes murió antes. –siguió hablando el chico. Después se quedó unos momentos mirando el rostro dolorido de Draco –¿Por qué no les dices lo que quieren saber de una vez?. Yo lo haría si estuviera en tu lugar. –sonrió algo avergonzado– En realidad yo no hubiera aguantado lo que tú. Hubiera cantado sin necesidad de que me rompieran nada.
- Si tanto… odias… a tu padre… ¿por qué … no me … ayudas a salir… de aquí?
El muchacho soltó una tímida carcajada.
- Le odio, pero todavía no me he vuelto loco. –dijo– ¡No sabes como maneja el látigo!
Draco estaba tentado a responderle que por desgracia, si lo sabía, cuando el muchacho volvió el rostro hacia la puerta, de pronto asustado.
- Creo que han vuelto.
Se levantó de un salto y salió precipitadamente de la habitación. Draco observó la despavorida huida. Tendría que trabajarle un poco más a fondo si quería que le ayudara. Durante un par de horas el dolor fue soportable. Después, cuando el efecto del calmante muggle pasó, Draco creyó que iba a volverse loco.

Había conseguido dormir algo o más bien había caído en una ligera inconsciencia, cuando el ruido de la puerta al abrirse le espabiló.
- Estas acabando con mi paciencia, Draco. –fue lo primero que oyó.
Su sobrino ni tan siquiera se molestó en mirarle y está actitud enfureció todavía más a Rudolf. Estaba empezando a convencerse de que Draco no sabía nada. Nadie podría aguantar lo que el joven había soportado, teniendo algo que decir. Cerró su manó con rabia sobre el pelo del muchacho y le obligó a mirarle. Tan solo leyó desprecio en su mirada y ello le enervó todavía más. Le golpeó con tanta fuerza que sino hubiera sido porque la silla estaba anclada en el suelo, Draco hubiera acabado estampado contra la pared.
- ¿No tienes nada que decir? –le increpó.
Tan solo consiguió una mirada cargada de odio, y comprendió que no obtendría más de lo que había obtenido hasta ese momento. Es decir, nada. Sin lugar a dudas su sobrino era un Malfoy de los pies a la cabeza, duro de doblegar. Decidió iniciar la última tentativa. Si el muchacho no se derrumbaba dentro de las 24 horas siguientes, le mataría. Ya no le serviría para nada. Rompió con gran placer los dos últimos dedos sanos de su sobrino, descargando en ello la ira que sentía contra Lucius, disfrutando de los fuertes gritos que su hijo apenas podía reprimir, sometido a la lenta tortura de sentir como sus dedos quebraban lentamente entre sus manos.

Cuando Terry McNair entró en la habitación horas más tarde, Draco estaba inconsciente.
- ¡Eh! ¡Despierta! –miró el vaso que llevaba en la mano y decidió darle otra utilidad, así que se lo arrojó al rostro– ¡Despierta!
Draco emitió un casi inaudible gemido.
- Van a matarte –informó.
Draco levantó lentamente la cabeza y le miró apenas, los ojos enrojecidos. Intentó decir algo sarcástico, pero tenía los labios tan hinchados por el golpe recibido que apenas pudo articular palabra. El hijo de McNair le miraba fijamente, nervioso, casi parecía que era a él a quien estaban pensando cargarse. Draco volvió a cerrar los ojos, cansado, deseando que su tío no tardara mucho en cumplir su amenaza; rogando porque fuera una muerte rápida. Volvió a abrirlos cuando sintió que sus tobillos eran liberados de sus ataduras.
- Voy a sacarte de aquí –le informó Terry con voz trémula.
El conocimiento de lo que estaba pasando tardó en llegar a su cerebro. Sólo cuando sintió un dolor intenso cuando Terry tocó su mano derecha para desatarla, reaccionó.. Hizo intento de levantarse pero cayó al suelo. Después de días atado a esa silla, sus extremidades estaban tan entumecidas que no respondían. El muchacho le levantó, arrastrándolo fuera de la habitación con dificultad. El rubio era algo más alto y corpulento que él. Draco pensó que en otras circunstancias su arrogancia le hubiera llevado a menospreciarle. Pero estaba claro que el chico había reunido todo el valor del que disponía para hacer lo que estaba haciendo.
- Tu varita. –dijo sacándola de debajo de su camisa y entregándosela.
Draco le miró, sosteniéndose apenas contra el marco de la puerta.
- A partir de aquí estás solo. –le dijo– Yo no puedo hacer más.
Draco le miró agradecido y dio unos pasos para atravesar la puerta abierta. Gracias a Merlín era noche cerrada.
- ¿Qué les dirás? –preguntó con dificultad.
No podía, a pesar de todo, dejar de sentirse preocupado por aquel muchacho. Sabia lo que podía esperar de McNair. Lo que probablemente pasaría. Y teniendo en cuenta la poca presencia de ánimo de aquel chico, no quería pensar en cómo podía acabar por culpa de su acción. Terry le miró con sus grandes ojos castaños, parpadeando casi de forma convulsiva.
- No sé... Tal vez que me rogaste ir al baño y que yo fui tan estúpido como para caer en tu engaño. –el muchacho trataba de mantener una actitud de valentía que estaba muy lejos del terror que sus ojos confesaban– Solo te ruego que… me desmayes… por favor. Al menos fingiré haber tratado de impedírtelo...
Draco asintió en silencio.
- Solo dime una cosa –pidió– ¿Qué buscan?
- Un libro. –contestó el chico visiblemente nervioso– Por favor, hazlo. Antes de que vuelvan.
Draco dirigió su varita hacia Terry y pronunció el hechizo de forma casi inaudible. El muchacho cayó inerte al suelo y tras echarle un breve vistazo, Draco desapareció engullido por la oscuridad de la noche. Esperaba fervientemente que a McNair no se le fuera la mano con su hijo.


Cuando Draco terminó su relato, Harry le miró en silencio, comprendiendo por primera vez la profundidad de las heridas no visibles, las que apenas había intuido bajo el indudable dolor físico que el rubio todavía arrastraba. Le hubiera envuelto en un abrazo confortante, besado hasta ahogarle en el mismo sentimiento en el que él mismo se ahogaba desde hacia algún tiempo; acariciado hasta hacerle olvidar cualquier aflicción, cualquier sufrimiento. Sin embargo, solo preguntó:
- ¿Qué clase de libro?
- No lo sé. –respondió Draco– Por lo visto uno que el Señor Oscuro entregó a mi padre para que lo custodiara y que tras su muerte, decidió quedarse.
- Sobre magia oscura, supongo – conjeturó Harry.
Draco se encogió de hombros.
- Tiene que ser algo importante. –prosiguió Harry– Tus padres murieron por ello... y tus tíos se ensañaron contigo por conseguirlo.
El Slytherin asintió en silencio.
- De todas formas no es demasiado tranquilizador que ese libro esté en alguna parte, esperando ser encontrado por quien menos nos convenga. –frunció el ceño– Tal vez deberíamos informar sobre ello.
Draco dejó escapar una risa sarcástica.
- ¿Y cómo piensas explicar que su existencia haya llegado hasta a tus oídos? Es mejor no mover el tema, Potter.
Harry no tuvo más remedió que darle la razón. Apuró su copa y miró la de su compañero, que también estaba vacía.
- ¿Otra ronda?
Draco asintió y Harry se levantó para dirigirse hacia la barra. El rubio contempló como se alejaba, preguntándose como había sido capaz de contarle su odisea sin que su voz temblara, a él, a Harry Potter, a su enemigo de adolescencia y juventud. Era consciente de que algo había cambiado entre ellos. De que aquel odio profundo y desmesurado que se tenían había muerto en algún momento durante las pasadas semanas, aunque era incapaz de precisar exactamente cuando. De lo único que estaba seguro y al mismo tiempo asustado, era de los innegables sentimientos que ahora albergaba con respecto a Potter. Le deseaba. Peor aún, le necesitaba. Y esperaba que no fuera solo el sentimiento de agradecimiento que había crecido en él a lo largo de aquellos cuatro meses. Por haberle aceptado en su casa a pesar de todo; por haberle proporcionado cuanto le había sido necesario, a pesar de su propio rechazo; por estar devolviéndole su autoestima, dedo a dedo; por permanecer a su lado cuando recuperar esa autoestima dolía tanto, sin hacerle sentirse avergonzado; por callar en sus silencios haciendo hablar solo su mirada; por su paciencia en entrenarle durante aquellas interminables tardes en el sótano, aguantando estoicamente su rabia y su mal humor, ayudándole a centrarse, a enfocar su magia nuevamente; por el calor que le brindaba su compañía cuando las tardes de lunes ambos se sentaban en el salón, él leyendo, Harry trasteando con sus restauraciones, ambos sumidos en una callada y serena calma, como si siempre hubiera sido así; por la seguridad que su presencia le brindaba haciéndole sentir la tranquilidad de no tener ya que vigilar a sus espaldas, que todo estaba bien; y ahora por escucharle, tal vez por comprenderle. Deseaba que esas dos esmeraldas se posaran en él, sólo en él y brillaran cálidas para fundir el hielo que sabía instalado en su propia mirada. Porque ansiaba que esa sonrisa afectuosa, suave y generosa que sus labios esbozaban, enseñara a sonreír a sus propios labios. Porque necesitaba que lavara de su alma toda la angustia pasada, que ventilara su corazón y lo abriera a la esperanza de tener un futuro, que limpiara su mente de cualquier pensamiento que no fuera tener una vida. Quería sentir sus manos sobre su piel nuevamente; sus labios arrebatándole toda lucidez; su aroma envolviéndole, emborrachando sus sentidos. Tal vez un futuro juntos... Pero en el presente del Gryffindor estaba Neal, concluyó, aterrizando por fin abatido sobre la inexorable realidad.
Cuando regresó con las copas, Draco tenía una mirada ensombrecida y triste, y Harry creyó que era debido a los penosos recuerdos rememorados con el relato de minutos antes.


CAPITULO VIII
Rupturas

El Ministro de Magia se sentó en su cómodo sillón y dio un vistazo a su alrededor, contemplando con orgullo cada uno de los muebles y detalles que conformaban su elegante despacho. Aquel era su pequeño reino, su bastión, su trinchera de poder. Por nada del mundo estaba dispuesto a perderlo. Apuró la copa de coñac que tenía en la mano y la depositó encima de la mesa algo bruscamente, todavía enojado. Repasó mentalmente la reunión que acababa de mantener con el Jefe de Aurores. Aunque había intentado escuchar los argumentos de Fallon haciendo acopio de una paciencia que ya había agotado hacía tiempo, al final no había podido contenerse y había estallado. Le hizo saber al hombre, firme frente a él, que no podía concebir como toda una legión de aurores, supuestamente los mejor preparados de todo el mundo mágico, dedicados las 24 horas del día y sin distracción al mismo asunto, no podían dar con el paradero de Draco Malfoy. Ni podía entender como permitían que les toreara en cada uno de sus ataques, escurriéndose como una serpiente, sin dejar rastro. Había insultado a Fallon y le había amenazado con mandarle de una patada a lo más bajo del escalafón. Incluso con despedirle.
Pero el auror, haciendo gala de su temple, ni siquiera había parpadeado. Había aguantado estoicamente la demostración de furor del Ministro, dejando que Fudge desahogara toda su rabia sobre él por aquella enojosa situación. Reacción de su inconfesable miedo. Profundo miedo. En el fondo todo se reducía a ese sentimiento. Y Fallon lo intuía. No le había hecho falta escarbar demasiado para averiguar la estrecha relación que Cornelius Fudge y Lucius Malfoy habían mantenido en el pasado. La firma de ambos estaba estampada en más de un sospechoso acuerdo comercial del que estaba seguro Fudge había recibido una suculenta comisión. El Jefe de Aurores estaba convencido que el Ministro sólo había sido un muñeco en manos de Malfoy y su fría astucia. Un pobre idiota, celoso e inseguro, al que el Mortífago había manipulado a placer. Fallon a veces se preguntaba como aquel tipo había podido llegar a Ministro de Magia. Apostaría su sueldo a que desde hacia tiempo las tripas de Fudge debían estar retorciéndose de terror tan solo de pensar que el hijo de su socio comercial pudiera algún día llegar hasta él para vengar la muerte de su padre. Para castigarle por no haberle protegido y demostrado su lealtad a los Malfoy cuando más le habían necesitado, escondiendo como una gallina su cabeza bajo el ala. Simplemente mirando hacia otro lado cuando el dementor besó a su padre. Esa, en definitiva, era la cuestión. Probablemente poco le importaba a Fudge que sus hombres murieran en acto de servicio o que Draco Malfoy se llevara a unos cuantos civiles por delante. Lo que verdaderamente le preocupaba al regio Ministro era su propia seguridad, su abyecta y camandulera vida.

Fudge se había sentido enojado y frustrado por no conseguir derrumbar la fría fachada de su Jefe de Aurores con ninguna de sus incisivas palabras. Necesitaba con urgencia pisotear la autoestima de alguien para poder resarcir la suya propia. Pero evidentemente Fallon no era el tipo de persona que se prestara fácilmente a servir de felpudo a nadie. El auror no le caía bien, y empezaba a arrepentirse de haber sido él mismo quien le encumbrara a ese puesto. Nadie que no le demostrara esa especie de enfermizo servilismo que el Ministro tanto apreciaba en sus colaboradores, podía seguir a su lado por mucho tiempo. Para su disgusto, Fallon tampoco era servil.
Había aguardado con impaciencia a que el auror acabara con su retahíla para descargar sobre él el golpe de gracia, el as que había estado escondiendo en su manga.
- Ya que parece que andan tan perdidos Sr. Fallon, se me ocurre que tal vez necesite un poco de ayuda. Contar con alguien que ya ha demostrado sobradamente estar capacitado para resolver “problemas difíciles”.
- No lo creo necesario, Sr. Ministro. Mis hombres y yo...
El Ministro alzó la mano con un gesto apresurado para hacerle callar.
- Tengo previsto volver a hablar mañana con el Sr. Potter.
- ¿Harry Potter? –preguntó Fallon sorprendido.
Fudge sonrió. Como había esperado, el rostro del auror había sido entonces todo un poema.
- Con todos mis respetos, Sr. Ministro, pero no creo que sea necesario molestar al Sr. Potter con este asunto. –en este punto el Jefe de Aurores ya había recuperado el dominio de su expresión.
- No estoy pidiendo su opinión, Sr. Fallon. Colaborará con uds. les guste o no. Es una orden directa y espero que la acate.
Por supuesto, al Sr. Ministro no se le había ocurrido en ningún momento que Harry Potter pudiera rechazar tan brillante proposición, tal como había sucedido apenas una semana antes, por mediación del insufrible Dumbledore. Pero estaba seguro que con la presión adecuada, y manteniendo al entrometido Director de Hogwarts al margen, Potter cedería. No le quedaría más remedio. Y esperaba con todas sus fuerzas que el joven pusiera en evidencia a ese altivo Jefe de Aurores, que a pesar de todo no podía despedir.

Fallon había apretado los labios, dirigido una rápida inclinación de cabeza al Ministro,para seguidamente abandonar el despacho. Odiaba a ese hombre. Y sabia que era mutuo. Mencionar a Potter había sido un golpe bajo, digno de Fudge. El Jefe de Aurores había atravesado la antesala del despacho del Ministro a toda velocidad, malhumorado. Y ¿por qué no decirlo? También nervioso. Sólo había visto a Potter una vez y prefería olvidarlo. A él y a las oscuras y desagradables circunstancias que habían rodeado aquella peculiar misión, a la que sólo Fallon había sobrevivido. Misión que, sin embargo, había catapultado su carrera hacia el puesto que ahora tenía. Sospechaba que para comprar su silencio. No obstante poco podía hablar sobre una misión de la que ninguno de sus integrantes había conocido su totalidad, a excepción de Roberts (o así él lo creía), su predecesor, fallecido al igual que todos los demás. Siempre había pensado que el no haber utilizado la varita que le habían entregado ese día, había salvado su vida. Al igual que estaba convencido de que las amenazas de despedirle que Fudge había proferido, últimamente con más frecuencia, eran puras falacias. Sabía que no lo haría. Sospechaba que él era la única pieza que quedaba de una oscura trama elaborada desde el Ministerio, que no había tenido el resultado deseado. Y encumbrarle a Jefe de Aurores había sido una manera de acallar sus preguntas y de mantenerle contento y ocupado. Pero Fallon tenía todavía muchas dudas que resolver con respecto a ese día. Dudas que en los últimos tiempo el Ministro había conseguido hacer resurgir en su mente con mayor fuerza. Y oír el nombre de Potter había resucitado viejos fantasmas.


Que aquel iba a ser un mal día, Harry lo había presentido desde que había puesto los pies en el suelo aquella mañana de sábado. Se había quedado dormido. El despertador no sonó o simplemente lo paró y se dio la vuelta. No lo recordaba. El hecho es que estaba muerto de sueño porque no había descansado bien. Estaba seguro de que había tenido algún sueño desagradable, aunque agradecía que fuera una de esas extrañas veces en que no podía recordarlo. Había desaparecido sin perder tiempo ni en desayunar, reprochando a Draco que no le hubiera despertado, dejando al rubio con la palabra en la boca. Cuando llegó a la puerta del vestuario, pudo oír claramente a Berton pronunciando su nombre. Más bien gritándolo a todo pulmón. Imposible ya escurrirse dentro sin que le viera, así que empujó la puerta dispuesto a recibir el sermón que sabía caería sobre él. Solo le faltó el pequeño susurro de Neal cuando pasó por su lado, tenemos que hablar, para confirmar que el día no mejoraría. Y efectivamente, no lo había hecho.

No había nadie más en el vestuario aparte de ellos dos. Habían perdido el partido. A Berton solo le había faltado mandar una maldición a cada uno de sus jugadores. Alguno hasta habría jurado que había visto al malhumorado entrenador releerse el manual por si le estaba permitido hacerlo. Tanto Harry como Neal no se encontraban anímicamente en el mejor momento para discutir aquella cuestión. Pero estaba latente entre los dos desde hacía semanas y parecía que Neal había decidido que había llegado el momento de afrontarla. Se habían duchado envueltos en un silencio pesado, apenas sin dirigirse la palabra. Harry esperó con paciencia a que Neal se decidiera a hablar, ya que había dado el primer paso y a él no le apetecía en absoluto hacerlo.
- Me han ofrecido un puesto de bateador en el London United –dijo por fin Neal, sorprendiéndole.
No eran esas las palabras que Harry esperaba oír. Conocía a su pareja y había esperado reclamos y algún que otro grito. No que pudiera irse del equipo. Dejó la toalla con la que había estado escurriendo su pelo y dirigió sus ojos hacia él. Neal ni tan solo le miraba, ocupado en secarse.
- Es un buen equipo. –afirmó Harry.
- La oferta es muy interesante –continuó Neal, que ahora se había vuelto hacia él, dispuesto a no perder de vista cualquier reacción de su compañero, que le permitiera descubrir cómo le había afectado la noticia.
- He odio que pagan bien. Y McMillan es un buen entrenador.–dijo Harry, empezando a vestirse.
Neal le imitó.
- Desearían que me incorporara inmediatamente, pero seguramente Bretón me obligará a terminar la temporada.
- Seguramente. –coincidió Harry. Tras un breve silencio preguntó- Entonces, ¿lo has decidido ya?
- No, no todavía.
A pesar de estar muy ocupado calzándose sus deportivas, Harry sentía los ojos de Neal clavarse en él, atravesándole con una muda pregunta. Y dado que la respuesta no salía e sus labios, su compañero continuó.
- Aun tengo esperanzas de que me pidas que me quede.
- Es una buena oportunidad, Neal. –dijo sin mirarle, aun extremadamente ocupado con su calzado.
- Entonces, ¿no te importa que me vaya? –insistió el bateador, plantándose delante de él, para obligarle a prestar la atención que consideraba se merecía.
- Solo cambias de equipo, Neal. No te vas al fin del mundo. –alzó el rostro y trató de sonreír.
Neal le dirigió una mirada molesta. Harry parecía darlo ya por hecho.
- No vas a pedírmelo, ¿verdad? –dijo el bateador con una mezcla de tristeza y decepción.
El silencio de Harry no hizo más que confirmar sus sospechas.
- Es por él. –afirmó Neal con amargura– Por el niñato francés que SI dejas vivir en tu casa.
- Neal…
- No Harry. –le cortó– No intentes darme una explicación que será otra mentira –dijo con tirantez.
Harry suspiró con aire derrotado, revolviendo con gesto nervioso su cabello húmedo. ¿Cómo explicar lo inexplicable?
- Tal vez lo que necesitamos es darnos un tiempo, Neal. Aclarar las ideas…
- No sé tú, pero yo las tengo muy claras, Harry. –le repuso, tajante.
Neal seguía de pie ante él, ahora con los brazos cruzados sobre el pecho y con una mirada acusadora.
- Nunca te prometí nada… –se defendió, intentando encontrar una justificación que sabía imposible de aceptar por su, hasta ese momento, pareja.
- Es cierto, no lo hiciste… –dijo Neal, herido– … a pesar de que yo puse todo mi empeño.
Ya estaba harto de respuestas ambiguas, de excusas que no se sostenían ni con alfileres, de explicaciones que no tenían pies ni cabeza. ¿Acaso creía que era idiota? ¿Qué no había adivinado su mirada ausente cuando estaban juntos? ¿Qué no había notado su falta de entusiasmo cuando hacían el amor? ¿Qué Harry ya no se rendía a él con la misma entrega con que solía hacerlo?
Harry se puso por fin en pie, y los dos quedaron frente a frente. Con lentitud alzó su mano y rozó apenas la mejilla del joven frente a él.
- Te he querido Neal. –dijo en un vano intento de buscar palabras que no dolieran– Y aún siento cariño por ti, pero te engañaría si te dijera que todavía es amor.
En ese momento se preguntaba si lo había sido alguna vez. Si realmente le había amado o tan solo había revestido la amistad y el cariño que sentía por él con esa palabra, porque sabía que era lo que su pareja deseaba oír. A pesar de todo, no deseaba que Neal acabara pensando que tan solo habían sido amigos con derecho a roce. Porque habían sido mucho más.
- ¿Por qué, Harry? –apenas susurró Neal, tomando su mano y apretándola con más fuerza sobre su mejilla.
Había tanto dolor en el fondo de esos ojos castaños que Harry se sintió despreciable.
- Lo siento, –fue lo único que fue capaz de decir.
Después de todo había compartido dos años de su vida con él. Una relación en la que era justo reconocer que Neal siempre había puesto mucho más que él. Sintió que le abrazaba y le devolvió el abrazo, tratando de gestualizar su disculpa, de expresar lo que no era capaz de decirle con palabras, porque fuera cual fuera la que pronunciara, heriría.
- Te mereces a alguien que pueda darte más que yo. –susurró.
La cabeza sobre su hombro negó con rotundidad. ¡Merlín! Hubiera deseado una buena pelea en lugar de ese sentimiento de frustración, de tenerle entre sus brazos reclamándole un amor que ya no podía darle. Podría haber intentado explicarle que lo poco que había habido entre Malfoy y él había sido un simple restriegue de necesidades. Que no existía ninguna relación, y que tampoco estaba muy seguro de que pudiera existir. Que sus sentimientos eran un amasijo de emociones que tan solo le llevaban a más confusión. Aunque, al mismo tiempo, también hubiera tenido que confesarle que desde hacia semanas su pensamiento estaba en Draco y solo en él. Pero en realidad, ¿de qué iba a servir ya?
Neal levantó el rostro para mirarle.
- Supongo que esto es un adiós. –dijo con voz apagada.
- Todavía falta mucho para el final de la temporada –respondió Harry– Seguiremos viéndonos, podemos...
- ... ¿seguir siendo amigos? – preguntó Neal, ahora en tono sarcástico– No, Harry. No pretendas que sea solo tu amigo.
Harry le miró con impotencia.
- No puedo ofrecerte nada más. –dijo.
Neal le miró con tristeza y asintió lentamente.
- Eso parece. –y añadió– Creo que trataré de que el club rescinda mi contrato.
Deshizo bruscamente el abrazo, recogió su bolsa de deporte y cuando estaba a punto de empujar la puerta del vestuario dirigió una mirada cargada de desencanto al joven que seguía de pie junto a su taquilla, despidiéndole con otra mirada, la suya cargada de culpa.
- Espero que él si sea lo que buscas, Harry. –dijo tras unos segundos de vacilación.
Cuando la puerta se cerró, Harry sintió que una vez más había fracasado miserablemente. Algo se rompió dentro de él, como si la última hoja de esa historia se la hubieran arrancado directamente de su desorientado corazón.

Acabó de recoger su propio equipo y abandonó el vestuario para aparecer en su casa, intentando todavía controlar sus emociones.
- ¿Estás listo, Malfoy? – preguntó tan pronto entró en el salón en un tono más seco del habitual últimamente entre ellos.
Draco levantó la cabeza del libro de cocina que estaba hojeando, sorprendido. Supuso que algo andaba mal porque Harry ya no utilizaba su apellido desde que parecía que su relación había entrado en un nuevo plano, tras la confesión de sus respectivos pasados semanas antes.
- ¿Mal partido? – aventuró.
- Perdimos –fue la cortante respuesta– ¿Has hecho el pastel?
Sin darle tiempo a responder el Gryffidor salió en dirección a la cocina. Draco suspiró mientras se ponía el guante que había dejado sobre la mesa y le siguió.
- ¿Estás seguro de que es buena idea que yo también vaya? –preguntó con la esperanza de que la respuesta fuera no– Harry, todavía está caliente, vas a cargártelo –advirtió ante los bruscos gestos del moreno, intentando colocar el pastel en una fiambrera que acababa de agrandar convenientemente– No la cierres, te he dicho que está caliente.
- No estoy precisamente de humor para una reunión de Weasleys –dijo por fin Harry, sin mirarle.
He hizo caso omiso de la mirada enojada de Braco por haber estado a punto de destrozar su obra de arte culinaria.
- Pero se supone que tenemos que construir una coartada lo suficientemente creíble. Los Weasleys serán una buena prueba de cuan buena pueda llegar a ser.
Draco apretó los labios, reprimiendo las ganas de decirle lo que pensaba de la idea de verse rodeado de aquellos malditos pelirrojos durante toda la tarde. Pero su intuición le decía que en ese momento no era muy buena idea llevarle la contraria.
- Como quieras. –concedió, mientras seguía al moreno otra vez al salón para trasladarse a La Madriguera a través de la red floo– ¿Qué se supone que celebramos?
- No hace falta un motivo para celebrar una merienda en casa de los Weasley –dijo Harry con cansancio– Son como la familia que nunca he tenido, Malfoy. Así que te agradeceré que controles cualquier tentación de dejar escapar comentarios inoportunos.
Draco frunció el ceño. Definitivamente algo iba mal con el Gryffindor.

Cuando salieron de la chimenea de los Weasley, el pequeño salón-comedor era un hervidero.
- ¡Harry! –saludó inmediatamente la Sra. Weasley, abriéndose paso hasta él para abrazarle– Me alegro de verte, cariño.
Harry se dejó estrujar entre los brazos de la pequeña pero enérgica mujer, sintiéndose por unos instantes reconfortado por la calurosa bienvenida. Molly Weasley tenía el don de lograr hacerle sentir bien.
- He traído a un amigo –dijo buscando a Draco detrás de él– Philippe.
- Cualquier amigo tuyo siempre será bienvenido –respondió la Sra. Weasley con una cálida sonrisa.
- Señora –saludó Draco, con una leve inclinación de cabeza.
Pero para su sorpresa se vio inesperadamente aplastado entre los fuertes brazos de la matriarca Weasley. Por primera vez aquel día, Harry estuvo apunto de esbozar una sonrisa ante la cara de apuro de Draco.
- ¿Dónde está Neal? –preguntó la Sra. Weasley, buscándole entre el mar de cabelleras pelirrojas.
- No ha venido. –respondió Harry con cierta incomodidad –En realidad no volverá, Molly.
- Oh, cariño. Lo siento. –dijo ella acariciando su mejilla con ternura– ¿Habéis tenido una pelea?
- Hemos roto. Eso es todo. –dijo Harry intentando aparentar indiferencia.
Así que eso era, pensó Draco. Por fin salía a la luz el motivo del mal humor de Potter. Éste desvió la mirada cuando sintió la gris en la suya.
- ¡Harry! ¡Harry! –Ron se desgañitaba desde la otra punta de la habitación– Un mal día, ¿eh? –dijo dándole unos golpecitos a modo de consuelo cuando por fin el moreno logró llegar hasta él– ¿Cómo diablos habéis podido perder contra esos ineptos?
Harry se encogió de hombros. Haber perdido el partido no era lo que más le molestaba en ese momento. Ajeno al incesante parloteo de su amigo, contemplaba a Draco que tenía una soslayada expresión de desesperación en el rostro, completamente perdido en medio de un salón repleto de miembros de una de las familias de magos que, según Harry podía recordar, más había despreciado en su vida. Vio con cierto nerviosismo como Arthur Weasley se acercaba a él con la sombra de la duda en su rostro.
- ¿Y tú eres...? –preguntó.
- Philippe Masson, señor.
- Es amigo de Harry –le aclaró su mujer, que llegaba en ese momento con dos bandejas, sorteando hijos y nueras, intentando llegar hasta la mesa e hizo un sutil gesto de “ya te contaré” a su marido– Francés, ¿verdad querido?
- ¡Estupendo! –exclamó el Sr. Weasley con entusiasmo– Entonces tienes que conocer a mi nuera. ¡Fleur! –gritó a todo pulmón para hacerse oír sobre el griterío de su numerosa familia– ¡Fleur, un compatriota!
Y arrastró a un apabullado Draco tras él en busca de su nuera.
- Supongo que Neal es historia...
Harry salió de su ensimismamiento para mirar a Ron, que sonreía con malicia, con la vista fija en Braco, literalmente arrastrado por su padre en busca de su cuñada.
- Lo hemos dejado esta mañana – dijo en tono de advertencia – así que no saques conclusiones precipitadas. No estoy de humor.
A pesar de todo, la bulliciosa familia consiguió que Harry olvidara por unas horas sus sentimientos y se sumergiera en la vorágine Weasley. Además, ver los intentos de Draco por sobrevivir a tan arrolladora experiencia no tenía precio. Sin embargo, tuvo que reconocer que el clasista rubio se estaba defendiendo bastante bien. Arthur Weasley, contento por la ocasión que se brindaba para que Fleur tuviera con quien conversar sobre su tierra, los había sentado juntos y Draco parecía estar disfrutando de la velada. Los dos se pasaron la mayor parte de la merienda conversando en francés ante la impotencia de Bill Weasley, marido de Fleur, que apenas lo chapurraba y se desquitaba haciendo mimos y carantoñas a su hija de dos años, rubia y hermosamente angelical como su madre. La satisfacción de Fleur era patente, felíz de haber encontrado a alguien que parecía compartir discretamente la idea de que aquella familia a veces podía ser demasiado “agotadora”. Sentada junto a Harry estaba Hermione, que no cesaba de intentar que su amigo desahogara sus sentimientos con respecto a su reciente ruptura, no logrando otra cosa que poner a prueba la paciencia del morento, ante la divertida mirada de su marido, Ron. Charlie Weasley, sentado frente a ellos contaba sus últimas aventuras con los dragones a su nueva conquista, una morena despampanante que le escuchaba embelesada, y que a decir de su hermana menor Ginny, que era quien le llevaba las cuentas, era la número seis de la lista de ligues de su hermano ese año. Percy, integrado otra vez en la familia para regocijo de la mayor parte de sus miembros (George y Fred tenían mucho que decir al respecto, aunque jamás delante de su madre), compartía seriedad y silencio con su mujer Penélope y su bebé de ocho meses, dormido en el regazo de su madre, como si aquel jaleo no fuera con ellos y vivieran a pesar de todo en un mundo aparte. Fred y Angelina, formaban la pareja más extravagante de la familia. Hasta el momento nadie había podido entender muy bien como la irascible joven podía congeniar con el carácter extrovertido y algo errático del bromista gemelo. Sin embargo, ahí estaban e iba ya para tres años. George y Ginny eran los únicos que parecía que no se decidían a tomar una decisión definitiva en el terreno sentimental y se habían sentado juntos, al parecer pasándoselo en grande mientras se metían con el resto de la familia. Desde la cabecera de la mesa Arthur y Molly Weasley contemplaban embelesados a su prolífica familia, de la que Harry siempre había sido un miembro más, y al que el matrimonio consideraba como un hijo.

La tarde fue bastante más agradable para Harry de lo que esperaba, hasta que cayó en sus manos el ejemplar de ese día de El Profeta, que el Sr. Weasley no fue lo suficientemente hábil en hacer desaparecer cuando se dio cuenta de que el joven iba a echarle un vistazo. El rostro de Harry fue cambiando de color a medida que sus ojos se deslizaban por el papel, hasta alcanzar un rojo rabioso, a tono con la mayoría de las cabelleras de los presentes. Alzó los ojos para contemplar unos cuantos pares de ellos fijos en él y esperando, tal vez algo inquietos, su reacción. Definitivamente era la guinda que iba a cerrar uno de sus peores días en mucho tiempo.
- ¿Por qué nadie me dijo nada? –preguntó con reproche, devolviendo la mirada a todas las que en ese momento estaban pendientes de él.
- Harry, cariño, no debes hacer caso de toda esa palabrería –dijo la Sra. Weasley, intentando restarle importancia.
- Fudge solo está intentando forzarte a una decisión, Harry –intervino su marido– No pierdas el tiempo ni en considerarlo.
Sin darse cuenta, Draco había llegado a su lado y le arrebató el ejemplar de las manos, para comprobar por si mismo qué era lo que estaba causando tanta conmoción.

DECEPCIONANTE ACTITUD DEL HÉREO DEL MUNDO MÁGICO

Según palabras del Ministro de Mágia, Cornelius Fudge, todo intento del Minsterio por conseguir la colaboración de Harry Potter para detener la oleada de crímenes perpetrados por el peligroso Mortífago Draco Malfoy, hijo de uno de los históricos seguidores del Señor Oscuro, Lucius Malfoy, ha sido infructuoso.
A pesar de los certeros ataques que los escasos pero igualmente sanguinarios seguidores de Aquel que Jamás Volverá a Ser Nombrado perpetran cada vez con más frecuencia y de los espeluznantes crímenes que cada aparición de Draco Malfoy deja tras de si, el Sr. Potter parece poco predispuesto en ocupar su tiempo en otra cosa que no sea el Quidditch.
Fuentes cercanas al Ministerio han confirmado a este periodista el escaso interés del héroe del mundo mágico en una lucha que parece ser ya no considera como suya. Si bien es cierto que reconocen que el Sr. Potter no tiene ninguna obligación para con el Ministerio, ya se ocupó de rechazar en su momento cualquier vinculación con el mismo, tampoco esperaban esta postura de total indiferencia por su parte.
Sin lugar a dudas tenemos mucho que agradecer al Sr. Potter. La comunidad mágica no podrá olvidar jamás el importante servicio prestado con la derrota del Señor Oscuro. Sin embargo, esta decepcionante actitud ha tomado por sorpresa, no tan solo al Ministerio, sino a más de un ciudadano que empieza a preguntarse porque Harry Potter considera más importante atrapar una snitch durante un partido que a un Mortífago que está segando las vidas de sus congéneres.
Desde El Profeta queremos sumarnos a las voces cada vez más numerosas que se alzan para intentar despertar otra vez la conciencia del héroe del mundo mágico.


Draco contempló el rostro de Harry, serio y abstraído. Apretaba con fuerza las mandíbulas, intentando contener la ira que sin lugar a dudas en esos momentos le carcomía. Pero había algo más. Dolor. Profundo y palpitante. Destellaba en sus ojos, cargados de furia y tristeza al mismo tiempo. Se le veía herido, trastornado por encontrarse nuevamente juzgado y acusado. Y precisamente de indiferencia; la misma que los que le habían alzado en el pedestal después, sintieron por él cuando más les había necesitado; cuando precisó que le apoyaran y nadie le creyó; cuando a través de esas mismas páginas fue objeto de burla y escarnio por parte de todos los que ahora le reclamaban.
- Harry... –la voz de Hermione sonó con dulzura a su lado– ... no le des más vueltas. Nadie puede obligarte. Es trabajo de los aurores del Ministerio, no tuyo.
- Es verdad, Harry –dijo Ginny apoyando una mano en su hombro– No nos vayas a dejar sin trabajo... –bromeó con una sonrisa, en un vano esfuerzo por conseguir sacar a su amigo del ensimismamiento en el que se había sumido.
- Fudge es un miserable – sentenció Fred.
- Solo está intentando salvar su culo. – le secundó George.
- Nuevamente –terminó Fred, acompañado del firme asentimiento de su mujer.
- ¿Por qué siempre tiene que ser un Malfoy el que venga a fastidiar las cosas? – masculló Ron, descargando su puño en la mesa.
En ese momento Harry pareció reaccionar e inconscientemente miró hacia Draco.
- Harry –dijo el Sr. Weasley, pasando un brazo por encima de los hombros del joven – no hace falta que te recuerde que cuentas con nuestro apoyo, ¿verdad hijo?
- Por supuesto –dijo Charlie alegremente– Solo hazme saber si necesitas un dragón para calentar el culo de esos idiotas y te lo mando a vuelta de lechuza.
Harry por fin sonrió y un corro de carcajadas acabaron de romper la tensión de los últimos minutos.
- Me lo pensaré, Charlie –dijo intentando imprimir un tono despreocupado a su voz. –Ten alguno preparado por si acaso.

Durante la siguiente media hora Draco contempló como Harry era arropado y consolado por los bulliciosos Weasley que cerraban filas a su alrededor, como lo harían con cualquier otro miembro de la familia en problemas. Debía ser reconfortante saberse querido y apoyado incondicionalmente por personas dispuestas a defenderte contra viento y marea. Parecía que los malditos pelirrojos sabían como hacer sentir bien a alguien cuando lo necesitaba.

Regresaron a casa después de cenar, cosa en la que la Sra. Weasley se empeñó sin aceptar sus excusas. Harry tenía pocas ganas de hablar y Draco pocas ganas de incitarle a hacerlo y de oír, tal vez, algún reproche concerniente al asunto del que él era el supuesto culpable. Ambos se retiraron a sus respectivas habitaciones pronunciando apenas un taciturno buenas noches.

A la mañana siguiente Draco esperó alguna recriminación, algún comentario por parte de Harry que le hiciera saber lo que sentía con respecto a él y todo el asunto suscitado por el Ministerio… y Neal. Pero no llegó. Al parecer el Gryffindor había decidido guardar para si mismo sus sentimientos sobre los últimos acontecimientos que estaban sacudiendo su vida.

Sacudida, que Harry presentía no había hecho más que empezar. Nada dijo sobre los artículos que estuvieron apareciendo en El Profeta durante toda la semana, que seguían atacando su falta de colaboración. Ni tampoco sobre la fría reacción del público cuando atrapó la snitch en el partido del siguiente sábado, que a falta de un partido ya les convertía en campeones de invierno. Evitó hacer comentario alguno sobre los howlers que desde hacía días llegaban al estadio, reprochándole su actitud y de las decenas de lechuzas con mensajes poco halagüeños hacia su persona. Braco sólo sabía lo que podía leer las páginas de El Profeta, que parecía haberse erigido en el guardián de la moral de aquel héroe descarriado al que había que volver a encauzar cuanto antes por el camino correcto.
Cuando el domingo por la mañana Harry apareció en la cocina, sobre poco más de las nueve, Draco le miró con verdadera sorpresa.
- ¿No tenías partido hoy?
- Berton me ha sustituido. –Draco tan solo alzó una ceja, sin poder ocultar su perplejidad– Para preservar mi integridad física, según dijo. –añadió Harry en tono jocoso.
- ¿Tan mal anda la cosa? –preguntó el rubio con cierta inquietud.
Harry suspiró y se sentó con semblante molesto. Una nueva aparición del rubio Mortífago doble de Draco, aunque esta vez sólo había causado heridos, no había sido de mucha ayuda.
- De todas formas es el último partido antes de las vacaciones de Navidad –respondió deseando quitarle importancia– Espero que después de fiestas todo se haya calmado un poco.
Draco le miró en silencio. Harry se veía abatido, más hundido de lo que en realidad quería dejar entrever. Y estaba seguro de que su presencia no ayudaba en nada a levantarle la moral.
- Entenderé que quieras que me marche. –dijo– Estoy seguro de que Severus podrá solucionarlo.
Harry le miró con expresión ceñuda, una mudo reproche en el fondo de sus ojos.
- Nadie ha dicho que tengas que irte.
- Pero ayudaría, ¿no es cierto? –insistió el rubio.
- ¡Cállate, Malfoy! Ya he tenido suficiente autocompasión con Berton esta mañana.
Draco apretó los labios hasta que fueron una fina línea en su rostro, mientras observaba como Harry tomaba aire e intentaba tranquilizarse.
- Tal vez…- empezó todavía con los ojos cerrados, como si hablara para si mismo– … tal vez… debería echarles una mano.
- No lo estarás considerando en serio… - preguntó Draco estudiando con atención el rostro del moreno.
- No me dejarán vivir hasta que lo haga. –respondió con cansancio.
Permaneció unos momentos en silencio, mirando fijamente la mesa.
- Además, atrapar a ese mal nacido acabaría también con tu problema, ¿no es cierto?
- No tienes que hacerlo por mí. –dijo Draco endureciendo su tono de voz– Jamás te lo pediría. Además, ese tipo es peligroso.
- No más que Voldemort.
- Hace más de tres años que no entrenas en serio, Harry. Lo que hemos hecho en el sótano era sólo un entretenimiento para ti. No estás preparado.
- Harry soltó una pequeña carcajada teñida de un ácido resquemor.
- ¿Crees que cuando me enfrenté a Voldemort lo estaba?
Draco no discernió en qué momento los ojos de Harry se habían convertido en dos cristales de hielo verde
- De todas formas, estoy seguro de que el Ministerio pondría los medios necesarios para solucionar ese pequeño handicap. Tiene aurores suficientes como para que pueda machacar a unos cuantos. –añadió con una sonrisa burlona y los verdosos témpanos parecieron derretirse en ese momento.
Draco emitió un bufido de enojo e impotencia. Iba a hacerlo. Podía leerlo en sus ojos. El muy estúpido iba a dejarse convencer.
- ¿Puedo hacerte cambiar de opinión? –preguntó, en tono filoso, acerando su mirada.
- Solo lo estoy considerando –puntualizó Harry en el mismo tono. Para después añadir– Quiero recuperar mi vida, Draco. No voy a dejar que me la destrocen nuevamente.

Tal vez Harry no había pronunciado aquellas palabras con esa intención, pero a Draco le sonaron como una clara acusación de todo el trastorno que él había causado en su vida. El sentimiento de culpa que hacía unos días ya le rondaba acabó por apoderarse completamente de él. Sin embargo, su mirada seguía siendo fría y distante cuando le tomó del brazo y le obligó mirarle.
- ¿Recuperar tu vida? –arrastró sus palabras con deliberada lentitud– Con un poco de suerte lo único que se recuperará es el prestigio de Fudge y seguramente lo que harás con tu vida es hundirla.
Y no quiero que la hundas junto a la mía, fue el último hilo de pensamiento que no fue expresado en voz alta. Harry le miró impasible. Sólo en el fondo de sus ojos se podía apenas entrever la lucha que se libraba tras la máscara que se había instalado en su rostro. Draco estaba sorprendido por aquella cualidad hasta ahora desconocida en el Gryffindor. Y tal vez fue esa misma sorpresa la que dejó marchar a Harry escaleras arriba, en dirección a su habitación, sin objetar nada más.


Harry decidió mantener en silencio la decisión que ya había tomado. Sabía que sus amigos pondrían el grito en el cielo. Especialmente Remus, que solía ser como el Pepito Grillo del cuento muggle, y taladraría su conciencia sin piedad, con aquella voz tranquila y suave que frenaba sus prontos, haciéndole reflexionar hasta hacerle cambiar de opinión sin que ni él mismo se diera cuenta. Era el único que tenía verdadera ascendencia sobre él como para poder hacerlo. Aquella situación le estaba hiriendo más de lo que estaba dispuesto a aceptar. Con todo lo que llevaba a sus espaldas ya tendría que estar acostumbrado al reclamo popular. Sin embargo, no estaba dispuesto a que deshicieran una vida que tanto le había costado reflotar. Ahora solo había sido la decisión del entrenador de retirarle de un partido. Aunque en realidad sabía que la decisión no provenía de Berton, a quien solo le interesaba ganar partidos y percibió claramente el malestar del hombre cuando tuvo que decírselo. Se preguntaba cuánto tardarían en sacarle definitivamente del equipo. Además, había otro detalle que tampoco había mencionado a nadie: hacía dos días que había recibido una lechuza del Comité de Competición comunicándole su salida de la selección inglesa hasta que, según ellos, las aguas volvieran a su cauce. Por último y no por ello menos importante, estaba Draco. Definitivamente el rubio Slytherin había logrado remover los cimientos de su vida y como no, convertirla en un caos. No obstante, también esperaba poder solucionar ese tema, con una pequeña ayuda del Ministerio. Sonrió para sus adentros. La inesperada sorpresa que preparaba para el gélido Draco Malfoy, esperaba que fuera lo suficientemente contundente como para noquearle definitivamente. A poder ser, el día de Navidad.


CAPITULO IX
Regalos de Navidad

La mañana de Navidad se levantaron temprano. Harry parecía tan excitado como un niño de cinco años esperando ansioso por abrir los regalos que le había dejado Santa Claus bajo el árbol. Aunque con cinco años Harry jamás había tenido regalos. Ni con cuatro o seis, ni diez... Había irrumpido como un vendaval en la habitación de Draco y le había sacado de la cama sin hacer el más mínimo caso a sus protestas.
- Harry, ¡son las ocho de la mañana! –se había quejado el rubio incapaz de entender tanto entusiasmo– Dentro de un par de horas el mundo todavía estará ahí.
- Oh, vamos, no seas aguafiestas ¡Hoy es Navidad!

A pesar de todo se había levantado y le había seguido escaleras abajo hasta el salón, atando su bata con gesto elegante, mientras a su mente acudían los recuerdos de otras Navidades. Se dio cuenta de que no las iba a echar de menos. En esas fechas Malfoy Manor solía estar llena de gente. Y pocos de los que gozaban de la hospitalidad de los Malfoy en ocasión tan señalada le caían bien. Aunque solía recibir un montón de regalos también de todas esas personas. Recordaba perfectamente las serias amonestaciones de su madre por no querer compartir juegos con los hijos de sus invitados. Tenía que reconocer que en esa época era un ser básicamente egoísta y prefería encerrarse en su habitación y jugar solo a perder su tiempo con niños que consideraba no estaban a su altura. Aunque eso si, siempre les rechazó con elegancia. Nadie podría echarle en cara lo contrario.

Recordó que uno de los regalos que más ilusión le había hecho a sus ocho años fue un patinete mágico con el que se deslizó durante días por toda la casa, logrando que todos los elfos domésticos de la mansión huyeran despavoridos en cuanto le veían acercarse volando como una flecha a pocos centímetros del suelo por los interminables pasillos de la mansión. El juego consistía en ver a cuantos de esos pobres seres lograba llevarse por delante, antes de que alguno de sus progenitores le atrapara en el intento. Disfrutó como un salvaje hasta una mañana que, en lugar de un pobre elfo, fue uno de los jarrones chinos de su madre el que voló por los aires. Ni que decir tiene que el patín fue inmediatamente confiscado y él había recibido un severo castigo. El patinete había sido un regalo de su tía Bellatrix. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces.

Al entrar en el salón, donde a pesar de su reticencia había tenido que ayudar a colocar y adornar el gran árbol de Navidad que ahora lo presidía, tuvo que admitir su sorpresa al ver la cantidad de paquetes que había bajo el abeto. Por lo visto, a pesar de no tener familia, el Gryffindor tenía un montón de amigos. No pudo por menos que esbozar una sonrisa al contemplar como los ojos del moreno se iluminaban cada vez que leía la tarjetita que acompañaba a cada presente. Tenía que reconocer que Harry estaba de mucho mejor humor de unos días a esa parte y aunque el moreno evitaba la cuestión, estaba seguro de que tenía mucho que ver con que El Profeta hubiera dejado de hostigarle. Esperaba que el maldito Fudge hubiera decidido dejarle definitivamente en paz. Todavía recordaba la expresión dolorida y trastornada de Harry ese día en La Madriguera. Estrangularía a Ministro con sus propias manos si volvía a causarle la aflicción que vio en sus ojos aquella tarde.
- No te sientes tan cómodamente –oyó que le decía haciendo apresurados gestos con su mano para que se acercara– Creo que también hay algo para ti.
Draco alzó una ceja, extrañado. Se había sentado en el sillón frente a él, dispuesto a disfrutar del espectáculo que era el moreno rasgando papeles y soltando entusiásticos comentarios cada vez que descubría el contenido de un nuevo paquete.
- Oh, vamos Draco. No te hagas de rogar –apremió, separando tres regalos que venían a su nombre.
Draco se arrodilló junto al exaltado moreno, rodeado ahora de papeles de colores que había ido desparramando alegremente a su alrededor. Desenvolvió el primero, que venía de parte de Ron y Hermione Weasley: un libro de cocina francesa.
- ¡Vaya! –exclamó Harry al ver que el rubio se había quedado sin palabras– Ahora si voy a tener problemas para mantenerme en mi peso.
Draco permaneció en silencio, intentando asimilar el hecho de recibir un regalo de un Weasley y de Granger. Impensable. Harry puso sin perder tiempo el siguiente paquete en su regazo, impaciente por ver su reacción.
- Estoy seguro de que sé lo que es – dijo señalando la tarjeta del remitente.
- Entonces dímelo y no hará falta que lo abra –dijo Draco muy serio, leyéndola con algo de aprensión– Pasemos al siguiente.
Harry se le quedó mirando por unos segundos, como si quisiera cerciorarse de que solo bromeaba. La ceja alzada en un gesto algo sarcástico le confirmó que efectivamente se estaba burlando de él. Del envoltorio salió un precioso jersey de lana verde con los puños y cuello blanco, al igual que la P que adornaba el centro.
- La Navidad no sería Navidad sin un jersey de la Sra. Weasley –le informó Harry divertido al ver la cara de Draco.

Dos regalos procedentes de la familia Weasley en un mismo día eran más de lo que un espíritu Malfoy era capaz de aceptar. El tercer regalo era de su padrino: una hermosa daga en cuya empuñadura estaban gravadas sus iniciales. Según la nota que acompañaba el regalo, las letras DM se transformaban en PM en presencia de ojos ajenos. Como pronto pudo descubrir, no sin cierto sobresalto, no era la única característica que el objeto poseía. Snape había encantado la daga pensando en su maltrecha mano. Con tan solo insinuar el gesto de cogerla, la daga volaba a su mano y se pegaba a ella sin necesidad de tener que cerrar sus dedos alrededor del puño. Harry había observado el regalo con expresión ceñuda. No le gustaban las armas. Aunque en el fondo sabía que Snape solo quería proteger a su ahijado de cuantas formas pudiera, aquel era un regalo demasiado Slytherin para su gusto.
- ¿Desayunamos? –preguntó Draco al fin, ansioso por librarse de la vigilante mirada del Gryffindor, que parecía haber estado analizando concienzudamente cada una de sus reacciones. O la falta de ellas.
- Todavía falta un regalo –anunció, sin embargo, Harry con un deje de nerviosismo en su voz, mientras apartaba a toda prisa los papeles que habían ido cubriendo un hermoso arcón envuelto en un gran lazo verde y plateado.

Por unos segundos Draco sintió que el aire se escapaba de sus pulmones y no volvía, aferrándose inconscientemente al libro de cocina que todavía tenía en el regazo. Lo había reconocido inmediatamente. Miró a Harry con una mezcla de incredulidad y emoción. A su vez Harry vio como se desmoronaban los últimos vestigios del altanero orgullo Malfoy, deshaciéndose en pedacitos al pie del árbol navideño.
- ¿No vas a abrirlo? –preguntó casi en un susurro, temiendo romper el momento mágico de ver a Draco Malfoy conscientemente vulnerable, con los ojos vidriosos, sin fuerzas para ocultarse bajo su capa de autosuficiencia.
Draco gateó hasta el arcón e intentó deshacer el lazo sin que sus temblorosas manos atinaran demasiado en conseguirlo, y la derecha, con la tercera funda en su dedo corazón, era de poca ayuda. Así que dejó al fin que Harry lo hiciera por él. Después acarició la trabajada tapa, sin atreverse todavía a abrirla.
- ¿Cómo lo has conseguido? –preguntó con voz trémula, sin dejar de acariciar la superficie del arcón.
- Tengo mis influencias en el Ministerio –respondió él con una sonrisa.
- ¿Tantas? –después frunció el ceño, dirigiéndole una mirada inquisidora– ¿Qué les has prometido a cambio?
Harry volvió a sonreír, pero obvió la pregunta.
- Soy el heredero de todo el patrimonio de mi padrino, Sirius Black –explicó– y aunque sea de forma indirecta, el único con algo de fuerza moral para reclamar las pertenencias de otro Black, como era tu madre.
Por supuesto no le mencionó el hecho de que le habían dado toda clase de facilidades una vez hubo prometido a Fudge cierta colaboración.
Harry notó que los ojos de Draco estaban a punto de hacer agua y apoyó la mano en su hombro, en un gesto de ánimo.
- Ábrelo –pidió.
Draco por fin alzó la elaborada tapa con mano insegura, para descubrir algunos de los objetos que habían formado parte del mundo de su madre y por extensión del suyo propio. Después fue sacándolos uno a uno con la ayuda de Harry, dejando que los recuerdos le inundaran: un álbum de fotografías de Narcisa, anterior a su matrimonio, al final del cual había algunas fotos sueltas de su madre con él en brazos cuando no debía tener más de tres o cuatro meses; un juego de cepillo y espejo de plata, rematados con finos gravados y con cuyo cepillo su madre le había peinado en innumerables ocasiones cuando niño, porque le encantaba subirse al taburete de su tocador y hacerse la ilusión de que era tan alto como su padre; un fino pañuelo de seda con sus iniciales que Draco se acercó al rostro, creyendo percibir todavía su perfume; varias cajitas de marfil y de nácar, ahora vacías; abanicos; unos delicados guantes de piel; y varios objetos más hasta llegar a una caja de madera labrada en el fondo del arcón que, a pesar de sus esfuerzos, Draco no pudo abrir. Hacia mucho tiempo que no pensaba en su madre. Era uno de aquellos recuerdos dolorosos que intentaba enterrar en lo más profundo de su corazón, porque hacía daño. Mucho todavía.
- Me temo que sus joyas han sufrido un extraño extravío –dijo Harry sosteniendo una de las cajitas de nácar en sus manos– Aunque me aseguraron que no fueron subastadas, nadie supo darme ninguna explicación cuando las reclamé.
- Supongo que la mujer de más de uno de esos imbéciles del Ministerio debe andar pavoneándose con ellas – mustió Draco con rabia.
- Lo más probable –admitió Harry– Pero no dejes que eso te quite el sueño, Draco.

El rubio alzó los ojos y Harry pudo ver como la tormenta que unos segundos antes se había desatado en el fondo del mar gris de su mirada se diluía poco a poco, para hundirse en una tristeza irremediable. Tanto Malfoy Manor como cuanto había en ella había salido a subasta pocas semanas después de la desaparición de sus propietarios. También sus otras fincas habían sido confiscadas al igual que todas las cámaras de la familia en Gringots. El Ministerio había encontrado una fuente de financiación inesperada. Sin embargo, y a pesar de que todas las demás propiedades se habían vendido con facilidad, nadie había querido comprar la mansión de los Malfoy, quedando finalmente en manos del Ministerio.
- No me han dejado nada, Harry. Ni el honor de mi apellido. –suspiró Draco con aflicción– Lo he perdido todo. –titubeó unos instantes para después abandonar su mirada en la que le observaba con calidez– Me temo que ni siquiera podré devolverte todo lo que has hecho por mí... esto –acabó señalando el arcón con un gesto lánguido.
- Déjalo atrás. –la voz de Harry tenía ahora un matiz nuevo, igual de cadencioso pero más profundo y Draco sintió un pequeño estremecimiento al percibirle tan cerca. Su corazón casi se detuvo cuando las manos de Harry se posaron sobre sus hombros, empujándole suavemente hasta casi sentir el pecho del moreno contra su espalda– No es fácil, pero el tiempo ayuda a seguir adelante. Sé de lo que hablo.

Permanecieron en silencio unos minutos. Draco podía sentir el suave aliento de Harry calentando su oreja. Adivinar la tibieza de su cuerpo contra el suyo, apenas rozándole. Se sumió en un torbellino de emociones difíciles de explicar para alguien acostumbrado a actuar siempre con raciocinio, aparcando cualquier sentimiento que pudiera desviarle del objetivo que su mente le marcara. Su temperamento frío y calculador tambaleaba ahora al borde de un precipicio del que no podía ver el fondo y temía dejarse arrastrar por la tentación de caer en él, abandonando cuanto le había sido enseñado e inculcado desde que tenía memoria.
- Sólo hay algo que pueda darte, a cambio del mejor regalo que he recibido en toda mi vida –dijo al fin, cerrando los ojos con fuerza, como si de este modo pudiera afrontar sus palabras con mayor entereza– Siempre que tú quieras aceptarlo.
Cuando volvió a abrirlos, dejó que un breve retazo de ironía cruzara su mirada durante apenas unos segundos. Porque era irónico que él dijera lo que iba a decir, nadie podría negarlo. No obstante, decidió que había llegado el momento de tirarse por ese precipicio y esperar que hubiera alguien en el fondo esperando para recogerle y evitar que su autoestima se hiciera añicos contra el suelo.
- Sólo puedo darte a Draco Malfoy –susurró con el último vestigio de aplomo, sin mirarle, sintiendo que el nudo de su estómago se estreñía con más fuerza a cada segundo que pasaba en espera de la respuesta.

El corazón de Harry casi se detuvo al escuchar esas palabras. Tragó con fuerza y dejó pasar unos segundos, hasta estar seguro de que su voz saldría con toda la enteraza que la ocasión requería.
- Es más de lo que podría pedir – susurró al fin, en el mismo tono profundo de antes.

Draco no pudo evitar un leve temblor cuando sintió la cálida mano posarse en su mejilla y volver suavemente su rostro para después recibir aquel beso con el que tantas veces había soñado. El beso que sólo Harry podía dar. El que había repetido en su mente en infinidad de ocasiones, después de haber sorprendido la intimidad de ese gesto meses atrás, con otro que no era él. Sintió que esos labios le pertenecían y que ya no iba a permitir que nadie se los arrebatara. Como no podía ser de otra forma, porque la entrega del beso que recibía decía que eran suyos, solo para él. Reposo la cabeza en el hombro del moreno, tratando de controlar las emociones que hacían que su corazón golpeara con demasiada fuerza contra su pecho. Sintió sus brazos rodearle al tiempo que unos labios suaves y húmedos marcaban un camino de besos por su garganta. Notó sus manos ágiles deshaciendo el cinturón de su bata y buscar la piel bajo su pijama. Draco se estremeció al sentirlas deslizarse por su estómago y de pronto entró en pánico. Aquello no iba a ser el revolcón único e intempestivo de meses atrás, producto de un subidón de libido que necesitaba ser desahogada después de tres años en dique seco.
Ya había deslizado la camisa del pijama por sus brazos, cuando Harry pareció presentir su nerviosismo y le empujó con suavidad, tumbándole sobre la alfombra y tras ponerse a horcajadas sobre su cuerpo, aprisionó sus estrechas caderas entre sus piernas, mientras se deshacía de su propia bata y de la parte superior de su pijama.
- Sólo déjate llevar – susurró.

Admiró el torso níveo, tal vez algo delgado todavía, aunque las costillas ya no se marcaban. Acarició el pecho lampiño, sintiendo la suavidad de la piel bajo sus manos, la trémula respiración que lo agitaba, para reseguir después con sus dedos la línea que bajaba hacia su estómago, siguiendo por el vientre plano, casi hundido, hasta llegar a la cinturilla del pantalón del pijama, cuya fina tela dejaba adivinar una creciente excitación. Lo deslizó lentamente por las piernas del rubio, dejando al descubierto una nada despreciable masculinidad. Dejó que Draco deslizara también el suyo para después tenderse sobre él y perderse otra vez en su boca.

Draco sentía que sus sentidos estallaban con cada caricia, cada roce de las manos, los labios, la lengua de Harry sobre su cuerpo, recorriéndolo lenta y concienzudamente, reconociéndolo, desplegando sobre él tanta ternura como jamás hubiera imaginado nadie pudiera darle. Cuando volvió a sus labios, Draco sujetó su nuca dispuesto a mantenerle ahí el tiempo suficiente para poder rendir su boca como él había hecho con la suya. Después, deslizó la otra mano por su espalda lentamente, sintiendo su piel caliente respondiendo a su paso. Resiguió su cintura sin prisas, hasta llegar a esa nalga perfecta, firme y dura que acarició con absoluto deleite, deteniéndose solo para saborear el pequeño estremecimiento que ello provocó sobre el cuerpo que cubría el suyo.
- ¿Cómo lo deseas? –oyó que le preguntaba Harry con voz queda a ras de oído.
- Tú mandas –jadeó Draco dejando que siguiera en sus manos el control que hasta entonces había tenido.

El moreno sonrió y depositó un beso en la punta de su nariz, deslizando después sinuosamente su cuerpo a lo largo del suyo, llegando hasta sus caderas para seguidamente empezar a devorar la excitación del rubio de forma lenta y torturadora. Harry sintió sus dedos surcando la indomable maraña de hebras negras que era su pelo, y como después su mano se cerraba en un mechón, tirando por unos segundos dolorosamente de él, para después posarse en su hombro, clavándole los largos y finos dedos, dejando escapar un fuerte gemido. Cuando las caderas de Draco empezaron a empujar frenéticas contra su boca, decidió abandonar tales caricias antes de que el juego terminara demasiado pronto para él.
- Voy a prepararte –susurró mientras le separaba las piernas con un gesto gentil– ¿Alguna vez...?
Draco negó con la cabeza sin dejarle acabar la frase.
- Suelo hacerlo yo –jadeó al sentir las suaves caricias en el interior de sus muslos.
- Puedes hacerlo, si lo prefieres...
- No, tómame, Harry. –gimió– Lo deseo.
Ni en sus mejores sueños Harry habría imaginado a Draco entregándosele de esa forma, rendida e incondicionalmente. Sonrió y se perdió nuevamente en los labios de su amante, que le recibió con ansiedad, saboreando cada beso como si fuera el primero.

Draco se fundió en la esmerada atención que dedicó el Gryffindor a todo el proceso, llenándolo de caricias y besos que le envolvieron en un delicioso placer.
- Ha...hazlo ya, Harry. –suplicó ansioso, estrujando en su mano con desespero un papel de los tantos esparcidos a su alrededor.
Harry sonrió y deslizó sus manos bajo las suaves nalgas para elevar un poco sus caderas y le penetró despacio, hasta conseguir introducirse en él por completo.
- ¿Todo bien? –preguntó con un leve jadeo, mientras apoyaba el peso de su cuerpo en sus antebrazos, dispuesto para empezar a moverse en cuanto el rubio recuperara el aliento.
Casi inmediatamente sintió las piernas de Draco cerrarse sobre su espalda, apremiándole, urgiéndole a continuar.

Harry le tomó haciéndole sentir que hasta el último poro de su piel le pertenecía. Se estremecía y vibraba cada vez que el Gryffindor profundizaba su cuerpo, hundiéndose en él con movimientos acompasados y lentos, rozando ese punto mágico que el moreno embestía con certera puntería, arrebatándole el sentido y la razón. Harry deslizó una de sus manos bajo la cabeza de su amante, sosteniéndola, mientras con la otra acariciaba su rostro, extasiándose en su contemplación. El rubio tenía los ojos fuertemente cerrados mientras intentaba que el aire llenara sus pulmones con la misma rapidez que las sensaciones que llenaban su cuerpo, arqueándose ligeramente cada vez que sus caderas se alzaban para seguir los movimientos de Harry en él. Su cara había perdido la palidez acostumbrada y ahora estaba sonrojado, brillante por la leve transpiración que lo cubría. Su mano izquierda se sostenía con fuerza del hombro de Harry y la otra solo reposaba sobre su espalda. Sintió como el moreno cubría su rostro de pequeños besos. Gimió complacido, buscando el hueco de su hombro para rozar su piel y embriagarse de su aroma, sin poder evitar la tentación de morderla, tal vez con demasiada pasión, a tenor del quejido que el moreno dejó escapar.
Sin embargo, el ardiente mordisco no hizo más que enardecer a Harry, que avivó el ritmo y la fuerza de sus embestidas, incapaz ya de mantener la calma con la que hasta entonces había controlado su cuerpo. Y no ayudó en mucho el que Draco, consciente de lo que había provocado, siguiera complaciéndose en continuar mordisqueando cada centímetro de piel a su alcance. Pero no fue hasta que llegó a su nuca, cuando se dio verdadera cuenta de cómo podía volverle realmente loco. Cuando pudo sentir su piel erizándose bajo su mano. Las embestidas fueron más rápidas, al igual que los movimientos de la mano de Harry sobre su pene, marcando el mismo compás. Draco gimió con fuerza y en un movimiento espasmódico se arqueó hacia atrás, sintiendo que no iba a aguantar mucho más.
- No... mírame. –oyó que le decía la voz ahora ronca, más profunda de Harry– Quiero ver tus ojos cuando llegues...
Draco se estremeció al oír aquellas palabras y el tono íntimo en que fueron pronunciadas. Abrió los ojos para encontrarse con los de Harry, brillantes, posados en él con verdadera adoración. La profundidad de aquella mirada desnudó su alma y le envolvió en un sentimiento dulce de pertenencia, de ser de alguien que viviría por y para él. Aquella sensación era más de lo que Draco podía manejar. Su mano abandonó el firme hombro del que se había estado sosteniendo hasta entonces, para acariciar la mejilla de Harry en un gesto de ternura difícilmente adivinable en él, que seguramente jamás nadie vería fuera de aquellas cuatro paredes. Contempló los verdes ojos oscurecerse, nublarse de un placer intenso y devastador y sintió por primera vez, la cálida emisión en su interior.
- ¡Tuyo! –gimió al tiempo que él también se venía en la mano de su amante.
Harry se dejó caer exhausto sobre su pecho, hundiendo el rostro en su hombro, agotado y feliz. Draco podía oír su respiración agitada y sentir la tibieza del aire que exhalaba sobre su todavía enfebrecida piel.
- ¿Bien? –le oyó preguntar con un suspiro algo más que satisfecho.
- ¿Bromeas? –susurró Draco acariciando la nuca del moreno que permanecía lánguidamente acomodado sobre él– Creo que he tocado el cielo.
Entonces Harry levantó el rostro para hundir su mirada en la plata fundida de la de su amante. Sus ojos resplandecían saciados de un placer profundo.
- Puedo hacer que lo toques muchas veces más, si me dejas. –ronroneó.
Draco le abrazó, colmado del mismo sentimiento. Había sido una comunión perfecta, profunda y liberadora. Se había entregado por primera vez en su vida a alguien totalmente y sin reservas, con la certeza de ser correspondido. Y al margen de que ese sentimiento le complacía, le hacía sentir al mismo tiempo vulnerable e inseguro, porque no sabía cómo actuar a partir de ese momento. Jamás había necesitado a nadie como necesitaba a Harry. En realidad no recordaba haber necesitado a nadie con esa intensidad, o al menos ninguno de sus amantes habían dejado suficiente huella en él como para pensar que así había sido. No estaba acostumbrado a depender emocionalmente de nadie. Harry estaba volviendo su vida del revés. Pero ya había tantas cosas que se habían dado la vuelta en su vida que estaba dispuesto a afrontar una más.

 


Severus Snape se deshizo con cuidado del cálido cuerpo que dormía acurrucado contra el suyo y se levantó procurando no despertarle. Puso la bata sobre su desnudez, sin poder evitar un ligero escalofrío. En la chimenea sólo quedaban rescoldos. Con un movimiento de varita avivó el fuego. Quería que cuando él despertara la temperatura fuera agradable. Su pareja no acababa de acostumbrarse al ambiente demasiado frío de las mazmorras de Hogwarts. Tal vez después de desayunar podrían retozar sobre la alfombra, delante de la chimenea, como habían hecho otras veces. Sin embargo, en esos momentos estaba preocupado, razón que le había llevado a pasar la mayor parte de la noche en vela y optando por fin por levantarse a hora tan temprana.

La reunión del día anterior de la Orden había sido catastrófica para sus intereses. Dumbledore estaba preocupado por el cariz que estaban tomando los acontecimientos y por la actitud de Fudge con respecto a Potter. Arthur Weasley había comentado la reacción de joven cuando El Profeta cayó en sus manos durante la merienda en su casa y eso había bastado para que la vena sobreprotectora de Dumbledore hiciera acto de presencia. Habían discutido largo y tendido sobre la conveniencia de intentar pararle los pies al Ministro, la colaboración que podían ofrecer ellos como Orden del Fénix para ayudar a la captura de los desmandados Mortífagos, los últimos informes recogidos sobre Draco Malfoy y el modus operandi de todos sus ataques, el fin que perseguía. Todos estaban de acuerdo en que Malfoy era el meollo de la cuestión. Todo los demás Mortífagos parecían actuar solo de comparsa a su alrededor, allanándole el camino. El único realmente peligroso era él. Si lograban eliminarle, se habría acabado el problema. Como decía el refrán popular, muerto el perro, se acabó la rabia. La mayoría de sus compañeros de la Orden, por no decir todos con Dumbledore a la cabeza, estaban convencidos de que aquellos ataques no eran más que una estratagema del Mortífago para poder acabar en una confrontación con quien había acabado con su Señor. Se estaba dedicando a socavar la inestable confianza del Ministro para obligar a Harry Potter a entrar en aquella nueva contienda, seguramente como parte de un plan para urdir una encerrona lo suficientemente hábil y mortal para acabar con la vida de quien había acabado con la del Señor Oscuro y por extensión, con las de su familia. Además, las confrontaciones con Harry habían sido siempre un asunto personal, desde los tiempos de Hogwarts.

Durante un tiempo, Snape había albergado la esperanza de poder hacer surgir el tema de su ahijado en el momento en que viera una vía lo suficientemente segura como para garantizar que sería escuchado y que a Draco se le concediera al menos el beneficio de la duda. De poder aunar los esfuerzos de la Orden en la búsqueda de los Lestrange y McNair. Tenía la casi completa seguridad de que el falso Draco Malfoy tenía mucho que ver con ellos. En un par de ocasiones había estado a punto de hablar con el Profesor Dumbledore, pero en el último momento se había echado atrás. Y más después de que algunos miembros de la Orden, entre ellos Bill Weasley y Kingsley Shacklebolt, se hubieran enfrentado directamente con el rubio Mortífago y no salieran muy bien parados. El hecho de que él hubiera sido amigo personal de la familia y padrino del chico tampoco ayudaba demasiado a su credibilidad.

Snape difería de la opinión general de sus compañeros en que fuera Potter el objetivo perseguido. Más bien eran intentos de acorralar al verdadero Draco Malfoy y obligarle a un entendimiento con la “cariñosa” familia que le quedaba; forzarle a colaborar con ellos entregándoles lo que buscaban a cambio de ser protegido en el seno de la familia Mortífaga a la que se le exigiría seguramente unirse si quería permanecer a salvo. La otra alternativa era morir. Con este tipo de gente no había más opciones. Él lo sabía muy bien.

Y ahora, después de esa reunión, estaba convencido que confesar donde se encontraba en esos momentos su ahijado, no recibiría una reacción muy positiva por parte de sus compañeros. Ninguno de ellos había sentido nunca el menor afecto por los Malfoy. No es que pudiera reprochárselo. Él había conocido a Lucius Malfoy mejor que nadie... Y todos sabían que Draco, muy especialmente, había sido la china en el zapato de Potter durante los siete años que ambos estuvieron en Hogwarts. Sería difícil convencerles de que el Draco del que todos hablaban no era SU Draco. ¿Cómo explicarles que ahora se encontraba en casa de Potter, que por supuesto no se llevaban nada bien y que durante su última pelea casi habían llegado a las manos? Tal vez hasta el moderado Dumbledore sería capaz de mandarle una Imperdonable de enterarse. Porque tratándose de Potter, el Director de Hogwarts no era nada moderado. Y no quería ni pensar en la reacción de Lupin, que consideraba a Potter su única familia. Es más, la temía. Tras la muerte de Black, Lupin había ocupado poco a poco su lugar, convirtiéndose en el referente del chico en cuanto a la figura paterna que hasta el momento más tiempo había permanecido a su lado. Potter no podía recordar a su padre más que a través de fotografías. Y el temperamental Black solo había estado a su lado apenas poco más de un año, durante el cual habían sido bien pocas las ocasiones que había podido pasar junto a su ahijado.

La noche anterior, Lupin prácticamente le había tildado de loco por haber apenas insinuado que tal vez, solo tal vez aquel Mortífago no fuera Draco. Si él no le creía, ¿qué podía esperar de los demás? Además, el colérico enfrentamiento entre los dos jóvenes semanas atrás tendía a darles la razón y no había hecho más que sumar una preocupación más a todas las que ya tenía. Conocía el carácter de su ahijado y conocía a Potter. No obstante en las últimas ocasiones que les había visitado estaban extrañamente tranquilos. Demasiado. Quizá se debía al hecho de que su ahijado estaba ahora concentrado en recuperar la movilidad de su mano. O tan solo era la calma que precedía a la tormenta. No estaba muy seguro de poder evitar que Potter fulminara a Draco si volvía a sacarle de sus casillas. Ni que le echara de su casa de una patada si su ahijado persistía en su terca actitud. Aunque le disgustara reconocerlo, Potter había tenido paciencia. Mucha si se analizaba convenientemente la situación. El carácter de Draco nunca había sido fácil. ¡Pero que diablos! Era con Potter con quien le estaba obligado a convivir. ¿Qué se podía esperar?
- ¿Despierto tan temprano?
Sintió el suave beso depositarse sobre su pelo. Severus sonrió. Aquella voz era un bálsamo para su cansado corazón, replegado durante tanto tiempo en su propia oscuridad. Vio los brazos desnudos cruzarse sobre su pecho, abrazándolo.
- Vas a enfriarte –susurró echando la cabeza hacia atrás para buscar su rostro y capturar esos labios tiernos y gentiles que cada día le recordaban que no era tan difícil seguir viviendo después de todo.
- Ven a la cama – el tono era sugerente– y te daré tu regalo de Navidad.

Solo esos ojos que le miraban llenos de amor tenían el privilegio de ver aquella sonrisa que iluminaba el rostro del severo Profesor de Pociones en contadas ocasiones. Aunque tenía que reconocer que desde que estaban juntos, Severus estaba haciendo un verdadero esfuerzo por desentumecer sus músculos faciales y cada vez salía con más facilidad. Una vez su pareja le había dicho que sería capaz de tener un orgasmo con tan solo verle sonreír así que las guardaba sólo para él, no quería malgastarlas. Se dejó guiar nuevamente hacia la cama, contemplando el cuerpo desnudo que caminaba frente a él, el movimiento cadencioso de sus caderas, haciéndole temblar con anticipación. Cuando llegaron a la habitación, la bata cayó al suelo, le envolvió entre sus brazos desde atrás y se apretó contra él para que sintiera lo que la sola visión de su cuerpo era capaz de provocar en su anatomía. Su pareja se estremeció y con un hábil gesto atrapó la erección de Severus entre sus nalgas, deslizando su pene arriba y abajo con movimientos lentos, haciendo que el Profesor jadeara no tan solo por la agradable sensación sino por la visión de los balanceos que realizaba su pareja para conseguirlo.
- P...para – jadeo seguro de que si aquel movimiento seguía un poco más, explotaría.
Rescató su masculinidad de entre los cálidos montículos de carne para tumbar a su pareja en la cama y empezar a besarle con la pasión que había descubierto junto a él. Una pasión reposada, pero más profunda, más intensa. No era ni el delirio o el entusiasmo que probablemente ambos habían disfrutado durante su juventud, cuando la energía necesita ser agotada y las hormonas se disparan y enardecen el cuerpo fácilmente. Era un amor veterano, sosegado, como un buen vino madurado en bodega hasta alcanzar el cuerpo y el aroma que lo harán único, para ser bebido y saboreado lentamente, extasiando los sentidos con cada matiz, paladeando cada sensación, dejándolo escurrir por la garganta con el deleite que sólo aquel que sabe apreciar la sutil diferencia entre las añadas puede hacerlo; el que impregna la boca de ese sabor que permanece y deja en el cuerpo una agradable sensación de calidez.
Acogió en su boca la excitación de su amante, consiguiendo arrancar un concierto de suaves gemidos, pronunciados casi con discreción, envueltos en el mismo encanto con que arqueaba sus esbeltas caderas y susurraba muy bajito y entrecortadamente su nombre.
- Sev..verus... ahora... tuyo... por favor...
El Profesor le obsequió entonces con una de las sonrisas que guardaba para ocasiones como aquella y tomando las largas piernas de su pareja las colocó sobre sus corpulentos hombros. Asió las delgadas caderas y se enterró en su amante que gimió complacido al sentir por fin la carne palpitante en su interior. Severus imprimió un ritmo lento y profundo, asegurándose de que cada embestida proporcionaba el debido placer. Acariciaba su erección al mismo ritmo que el vaivén al que ambos se movían. Y solo aceleró ese movimiento cuando los brazos de su pareja se extendieron, llamándole para poder acabar abrazados, para recibir el grito de placer de su amante besando su boca, sintiendo todo su cuerpo estremecerse con su orgasmo, provocando el suyo inmediatamente después. Mantuvo el delgado cuerpo abrazado al suyo durante unos instantes. Aquellos en que ambos disfrutaban todavía de su unión, renuentes a separarse, esperando que fuera la propia naturaleza quien lo hiciera. Y cuando ello sucedió, le acomodó entre sus brazos para seguir sintiendo su tranquila calidez.
- Te amo –susurró.
Sabía que a él le gustaba oírlo, aunque no se lo pidiera. Especialmente después de hacerle suyo, cuando la ternura de sus besos lo demandaba.
- Yo también Severus. No sabes cuanto.
Severus le estrechó más fuerte contra él, sintiéndose afortunado. Dando gracias a la divinidad mágica que había puesto a ese hombre en su camino otra vez y le había salvado de su monótona existencia, de su amargada soledad. Permanecieron cómodamente en silencio durante unos minutos, hasta que su pareja decidió quebrarlo.
- Vas a decirme lo que te preocupa o como siempre tendré que adivinarlo.
Severus suspiró. Le conocía demasiado bien.
- ¿Es por la reunión de ayer? – aventuró.
El silencio de Severus le confirmó que así era.
- Sé que la situación con tu ahijado te hiere en lo más profundo amor pero...
- Por favor, ahora no quiero hablar de ello. –pidió el Profesor.
- Tal vez deberías afrontar que...
- Por favor... –besó sus labios, intentando acallarlo– Hablaremos de este asunto en otro momento.
- Como quieras. –dijo acariciando con ternura su mejilla, intentando adivinar que era lo que atormentaba esos profundos ojos negros.
Dejó escapar un leve suspiro de frustración. A pesar de todo, a veces Severus podía ser tan hermético con respecto a sus sentimientos...
CAPITULO X
Solo vivir...

El irritante sonido del despertador llenó la silenciosa habitación. Draco sacó el brazo de debajo del abrigado edredón y le dio un manotazo. A su lado Harry se acurrucó todavía más contra su pecho, como si la cosa no fuera con él.
- Harry, son las ocho –bostezó Draco acariciando la negra melena, que era lo único que asomaba por encima de las sábanas– Te vas a ahogar ahí debajo.
- Mmmmm...
Draco suspiró. Desde que dormían juntos sacar a Harry de la cama por las mañanas se había convertido casi en misión imposible. Se preguntaba como se las había arreglado el Gryffindor en el pasado para levantarse y llegar puntual a sus entrenamientos.
- Harry... ocho y diez... –sintió un suave mordisco en su pezón - ¡Harry!
El enmarañado pelo de su pareja acabó de asomar completamente seguida de un rostro, atiborrado todavía de sueño.
- Cinco minutitos más –suplicó todavía con los ojos cerrados.
Draco sonrió, pero su voz sonó autoritaria.
- Ni hablar, –dijo deshaciéndose del abrazo del moreno y levantándose para dirigirse al baño –luego se convierten en quince y acabas corriendo. Sal de la cama si no quieres que te deje con el culo al aire como ayer. –amenazó no sin cierta diversión.
El día anterior se había visto obligado a retirar edredón y sábanas y había dejado a Harry tiritando sobre el colchón, sin dejarle otra opción que levantarse. Harry gruñó, pero se incorporó y se quedó sentado durante unos segundos intentando abrir los ojos y después enfocar la vista.
- Eres cruel –se quejó.
- Yo también te quiero – le llegó la voz del rubio desde el baño.
Harry sonrió y se estiró. Bueno, no había más remedio que poner los pies en el suelo.

Cuando veinte minutos más tarde entraba en la cocina, le recibió un delicioso aroma a café recién hecho. Draco estaba haciendo tostadas. A esas alturas ya no había aparato muggle que se le resistiera. Se acercó despacio y rodeo con sus brazos su cintura desde atrás mientras besaba cariñosamente su mejilla.
- Buenos días, amor.
Draco volvió el rostro para capturar sus labios.
- Mmmmm... buenos días.
Harry apoyó la barbilla en su hombro, observando pasivamente como su pareja untaba con mantequilla una de las tostadas.
- Anda, haz algo útil y trae la mermelada. Y saca la leche de la nevera. –pidió Draco untando la punta de su nariz.
- Eres un poco mandón, ¿lo sabías? –dijo el moreno intentando alcanzar con la legua su propio apéndice nasal, mientras se dirigía hacia la nevera.
Draco le siguió con la mirada.
- No piensas salir así, ¿verdad? –repasó la indumentaria de su pareja con aire disconforme.
Harry miró su ropa en busca de manchas o arrugas. Pero no encontró nada. Sus vaqueros y su jersey estaban limpios. Planchados. Draco era tan maniático que había acabado planchando incluso sus vaqueros para no oírle. ¿Qué problema había ahora? Dirigió a su pareja una mirada desconcertada.
- ¿Acaso en tu armario no hay nada más que vaqueros, Harry? ¿Esos vaqueros?
- Son cómodos y me gustan –se defendió él.
No era la primera vez que tenían aquella conversación.
- Creo que un día de estos voy a hacer una bonita hoguera con la ropa de tu armario, cariño.
- Seguramente será el mismo día en que alguien rapará tu bonito pelo al cero, amor.
Draco alzó una ceja y le dirigió una mirada de no te atreverías, aunque siguió observando los desgastados vaqueros de Harry con absoluta desaprobación.
- ¿Qué vas a hacer hoy? –preguntó éste intentando desviar la atención de sus pantalones.
Dejó la mermelada en la mesa y cogió dos tazas del estante, que llenó de café.
- ¿Vas a mirar en serio lo del curso de cocina que te dije? –continuó, sin darle tiempo a responder. Oyó un leve suspiro –Draco...
- Te he oído –masculló el rubio.
Harry volvió a abrazarle y depositó un tierno beso en su cuello.
La figura se quedó estática, con la mano en la puerta de la cocina, sin acabar de empujarla del todo. No obstante, desde ese ángulo podía ver perfectamente a los dos jóvenes.
- ¿Es porque es muggle? –preguntó Harry– Porque por lo que he podido averiguar ese tal Olivier Letreste es una eminencia de la cocina. Podrías aprender mucho con él, Draco. ¿Por qué no lo intentas, cariño?
¿Cariño?????? ¡Por Merlín! Uno de los dos tenía que haber hechizado al otro.
- No, no es por eso –respondió Draco un poco a regañadientes– Es que no estoy muy seguro de que sea lo que quiero, eso es todo.
- Mentiroso...
Draco se había dado la vuelta para llegar hasta la mesa, pero Harry le detuvo. Estaba dispuesto a aclarar ese punto en aquel mismo instante. Ya estaba harto de evasivas.
- ¿No estás seguro? –preguntó con algo de ironía señalando un robot de cocina muggle, un juego completo de cuchillos para cortar diferentes tipos de alimentos, media docena de trapos de cocina y un rallador, las últimas adquisiciones de Draco justo el día anterior y que todavía permanecían sobre la mesa por guardar– Entonces, ¿porque tengo la impresión que esta cocina empieza a estar mejor equipada que la de un restaurante?
- Porque eres un paranoico...
Potter estaba de espaldas y no podía ver la expresión de su rostro, pero si el del otro joven, extrañamente ausente de cualquier rastro de enojo. Algo no iba bien. O mejor dicho, iba demasiado bien. Aquel no era ninguno de sus típicos enfrentamientos al que ya le tenían acostumbrado. Era una conversación civilizada.
- Draco...
A pesar del matiz de advertencia en la voz, a la figura apostada tras la entreabierta puerta le pareció que el tono empleado era muy familiar, casi íntimo.
- ... no pierdas esta oportunidad por una cabezonada. Además, no empieza hasta pasado el verano. Tiempo de sobras para que tu mano esté en perfectas condiciones. Así que olvídate de esa excusa. –suspiro con resignación– ¡Y olvida lo que cuesta también!
- Sabes que no es eso...
Harry apoyó su frente en la de Draco, mientras éste acariciaba su nuca.
- Oh, si lo es. –reafirmó Harry– Te conozco, Malfoy. –breve silencio– Me gustaría que lo hicieras.
- ¿Ahora?– preguntó el rubio en tono insinuador, mientras deslizaba sus manos por el trasero de Harry y le apretaba contra él.
- El curso, idiota. No me salgas del tema.
¿Por qué “idiota” no le había sonado a insulto? ¿Por qué Draco seguía acariciando el trasero de Potter con expresión extasiada? ¿Y por qué Potter no se quejaba? Aunque en realidad poca cosa podía decir, porque ahora su ahijado debía estar metiéndole la lengua hasta el fondo de la garganta...
Unos fuertes golpes sonaron en la puerta y los dos jóvenes se separaron con un sobresalto.
- ¡Profesor! –fue lo único que logró decir Harry, sintiendo un repentino calor en sus mejillas.
Draco por su parte solo sonrió.
- Inesperada visita, padrino. –dijo después mientras se sentaba y empezaba a desayunar.
- Si, ciertamente no me esperaban. –reconoció Snape con ironía.
- ¿Un café? –preguntó Harry todavía algo avergonzado.
Tenía que retirarle el acceso libre a su casa a ese hombre. Cuanto antes.
- Gracias. –aceptó él, disfrutando del embarazoso momento por el que estaba pasando su ex alumno.
Snape miró a su ahijado que estaba comiendo tranquilamente una tostada, y le sostenía la mirada con un punto de diversión en sus ojos.
- ¿Qué te trae por aquí? –preguntó al fin, sin dejar de desafiar a su padrino con su mirada algo burlona.
- Sólo pasaba a ver como estaban y ... –miró a Harry maliciosamente– ...a decirte que he encontrado un lugar seguro y Potter podrá por fin librarse de ti.
Harry miró a Snape con mal disimulado sobresalto para después adoptar una expresión impasible. Después pareció que iba a decir algo, pero lo único que hizo fue poner mermelada con tanto énfasis en su tostada que la partió en tres trozos.
- ¿Nervioso señor Potter? –preguntó Snape perforándole con la mirada.
- ¿Debería? –preguntó Harry intentando recuperar el dominio de si mismo.
Sintió la mano de Draco dando palmaditas sobre su rodilla por debajo de la mesa, tratando de calmar sus desatados nervios. Odiaba que el maldito Profesor de Pociones en ocasiones tuviera todavía esa influencia sobre él.
- No creía que la noticia de que el Sr. Malfoy va a desaparecer por fin de su vida fuera a trastornarle de tal manera. ¿Son tal vez los intentos de dominar una incontrolada alegría los que están ahogando su café en azúcar?
Harry detuvo su mano con la cucharilla a medio camino entre el azucarero y su taza. Él jamás tomaba azúcar con el café. Dirigió una soslayada mirada de desesperación a Draco. Éste le hizo gesto de que se largara de una vez y dejara las cosas en sus manos.
- Tengo que irme –dijo apresuradamente. De todas formas había perdido el apetito de repente– Voy a llegar tarde.
Y desapareció de la cocina sin perder más tiempo.

- Bien –dijo Snape cruzándose de brazos y mirando a Draco con aire acusador– creo que tienes muchas cosas que contarme.
Draco a su vez le miró con aire interrogante.
- ¿Qué querías decir con que has encontrado un sitio seguro para mí?
- Yo pregunté primero –advirtió en tono tajante.
Draco suspiró.
- Lo has visto –se encogió de hombros– ¿Para qué preguntas?
- Porque necesito oírtelo decir, Draco. De lo contrario creeré que los vapores de mi caldero me están causando alucinaciones.

Draco mordió otro trozo de tostada y tomó un buen sorbo de café con calma. Apenas dos minutos antes todo parecía más fácil. Pero mientras sentía los penetrantes ojos de su padrino sobre su persona, se preguntaba como explicarle lo que había surgido entre Harry y él. En realidad todavía le costaba explicárselo a si mismo. Así que decidió ser claro y conciso, muy en su estilo.
- Le quiero. –declaró.
Su padrino siguió mirándole sin mover un músculo, como si de pronto se hubiera convertido en estatua de piedra.
- ¿Los vapores te han dejado sordo también? –preguntó con sarcasmo.
- No seas impertinente –le amonestó Snape sin dejar de escrutarle con la mirada– Y dime, ¿cuándo decidiste que ya no le odiabas?
- En Navidad.
Snape apretó los labios en un gesto inconsciente. ¡Y él preocupado por si se estarían matando! Observó la expresión serena y firme de Draco. Estaba seguro de que hablaba completamente en serio. No le había pasado desapercibida la mirada en sus ojos minutos antes cuando sus manos acariciaban a Potter. Ni la manera en que le había besado después.
- Supongo que no te interesa saber donde había pensado esconderte. –dijo en tono seco el Profesor de Pociones.
- En lo más mínimo.
Snape soltó un bufido de disconformidad. Aquella situación era la última que hubiera previsto. Es más, JAMAS la hubiera previsto.
- No voy a dejar a Harry –sentenció Draco por si a su padrino le quedaba alguna duda– Ríete si quieres. –suspiró con resignación– No pretendo que lo entiendas.
- ¿Estás dispuesto a pasar el resto de tu vida escondido bajo un hechizo de apariencia, fingiendo ser quien no eres? –preguntó Snape en el mismo tono que si estuviera impartiendo una de sus clases.
- No es tan difícil una vez te acostumbras.
Se levantó, ahora algo nervioso y empezó a pasear por la cocina. No estaba habituado a expresar sus sentimientos en voz alta.
- Quiero vivir padrino. Solo vivir. Intentar olvidar el pasado. No me importa lo que mi padre escondiera o hiciera. Ya no. Solo me ha traído dolor y miedo. Quiero dejarlo atrás y empezar una nueva vida. Con Harry. ¿Ves? –le mostró su mano con dos dedos recuperados y un tercero con la funda– Jamás lo habría logrado sin él. La idea fue suya, él me ha animado y me ha sostenido cuando creía que no podría seguir adelante. Harry ha estado ahí para mí durante todo este tiempo. Incluso cuando creí que acabaríamos, como tú dices, matándonos.

Su padrino permaneció en silencio. Draco observó la expresión adusta de su rostro, los ojos fijos en el tamborilear de sus propios dedos en la mesa. Casi podía oír sus neuronas chirriando por el ritmo enloquecido al que parecían estar trabajando. Levanto los ojos hacia él y le dirigió una de esas miradas que muy pocos eran capaces de sostenerle sin que sus piernas temblaran. Pero Draco estaba muy lejos de sentirse intimidado por Severus Snape. Aunque hacía aflorar en él un sano respeto, jamás se sintió amedrentado por la huraña figura del Profesor de Pociones. Le admiraba. Después de su padre, era la persona a la que hubiera seguido sin cuestionar hacia dónde, ni el porqué. Reconocía que incluso en alguna ocasión, su palabra había pesado más que la de su padre. Afortunadamente para él.
- Ven –habló por fin después de haber meditado cuidadosamente la cuestión– Siéntate. Hay cosas que debes saber.
Draco lo hizo, con la sensación de que lo que iba a oír no le gustaría demasiado.
- Lo que voy a contarte lo saben muy pocas personas. Sólo los miembros de la Orden del Fénix y los que estuvieron implicados en ese... –Snape parecía buscar las palabras sin encontrarlas– ... cobarde incidente, por llamarlo de alguna forma. –dijo al fin.
- ¿A qué te refieres? –preguntó Draco con creciente curiosidad.
Snape apretó los labios en un gesto característico antes de continuar.
- Me refiero a que si estás dispuesta a compartir tu vida con Potter, debes saber con qué te puedes encontrar. –Snape le dirigió una mirada penetrante– No creí necesario mencionártelo hace unos meses, ya que no preveía que tu estancia aquí fuera demasiado larga. También entonces las cosas estaban más tranquilas
Aunque Draco se esforzaba en entender hacía donde quería ir a parar su padrino, se encontraba completamente perdido.
- Me temo que Potter es uno de esos expedientes que el Ministerio nunca ha cerrado. –su ahijado le dirigió una mirada desconcertada– Continúan vigilándole.
Draco iba a decir algo pero Snape le detuvo con un gesto de su mano.

–Cuando derrotó al Señor Oscuro, al principio todo fueron parabienes, elogios y alegría. Orden de Merlín y todas esas cosas... –dijo Snape con evidente desprecio– Sin embargo, alguna mente calenturienta ya se había entretenido en pensar que si Potter lograba acabar con Voldemort solo podía significar que era mucho más poderoso que él. Y que si algún día fatalmente decidía dejar de ser un buen chico, íbamos a tener un problema infinitamente mayor que con el Señor Oscuro.
Draco abrió mucho los ojos, con expresión incrédula. Alguien que abría los regalos depositados bajo el árbol como si fuera la primera Navidad de su vida no podía estar pensando en ser el próximo Señor Oscuro. No alguien capaz de sonrojarse porque su ex Profesor de Pociones le sorprendía besando a su pareja.
- Pero Potter lo hizo. –Snape hizo una pausa para remarcar ese hecho– Después nos dimos cuenta de que todo había estado perfectamente planeado, previsto desde el principio. –continuó– Aunque tú la viviste desde el otro lado, también sabes que la guerra fue complicada y que no se inclinó hacia ningún bando hasta que llegó el momento en que Potter y el Señor Oscuro se enfrentaron. A pesar de que teníamos nuestras dudas, los miembros de la Orden del Fénix no éramos suficientes para afrontar esa batalla, la última, en la que se iba a jugar el todo por el todo. Nuestra misión era proteger a Potter, ayudarle en todo lo posible, estar con él hasta el final. Fuera cual fuera ese final. Así que el Profesor Dumbledore creyó conveniente acepar la ayuda que se nos ofrecía desde el Ministerio y contar con sus aurores. Al fin y al cabo todos estábamos del mismo lado.

Draco escuchaba fascinado, sorprendido en cierto modo de oír por primera vez hablar a su padrino de forma que reconocía abiertamente en que lado había estado durante todos aquellos años. La mirada del Profesor de Pociones se ensombreció con los recuerdos.
- Muchos murieron aquel día –recordó con pesar– Muchos de los que lucharon con valor, no volvieron a casa después. En ambos lados, cada uno por la verdad en la que creía. Pero todos sabíamos que el final de esa guerra solo estaba en manos de dos personas. En las de un mago oscuro, desquiciado y poderoso y en las de un adolescente al que habíamos inculcado que su vida sólo tenía un sentido, llegar a ese día y vivir o morir para cumplir con una maldita profecía.

Tal vez fuera el amargor de todos esos recuerdos lo que de pronto estaba secando su boca, así que interrumpió su discurso para pedir a Draco un vaso de agua. Durante algo más de tres años esos recuerdos habían estado cuidadosamente encerrados en lo más profundo de su mente. No era fácil rescatarlos de ese olvido voluntario. Apuró el vaso de un solo trago y continuó.
- Convertimos su vida en un infierno durante los meses anteriores a la batalla. Tenía tanto que aprender todavía y tan poco tiempo para hacerlo, que aún hoy me maravilla que pudiera sobrevivir al programa de entrenamiento que diseñamos para él. Teníamos todas nuestras esperanzas puestas en que lo consiguiera y lo único que podíamos hacer para ayudarle era obligarle a entrenar sin descanso. –Snape se levantó y empezó a pasear por la cocina– En realidad fue duro para todos.
Draco pensó que el rostro de Snape parecía haber envejecido de pronto. Las arrugas alrededor de sus ojos se marcaban más profundas, al igual que los surcos en su frente. El joven apenas parpadeaba, pendiente de cada palabra que pronunciaba su padrino.
–Si le hubieras visto esa mañana, no hubieras dado dos knuts por él. –prosiguió– Aunque trataba de disimularlo lo mejor que podía, cualquiera podía darse cuenta de que estaba aterrorizado. Recuerdo haber pensado que si nuestro futuro estaba en sus manos, definitivamente no teníamos futuro. –sonrió con amargura– Incluso le dije al Profesor Dumbledore que aquello era como echar a un niño a los leones. Y él sonrió y me dijo: Ten confianza, Severus. Harry es más fuerte de lo que parece. Es lógico que ahora que ha llegado el momento esté asustado. ¿No lo estarías tú en su lugar? –Snape chasqueó la lengua– Me retiré pensando que, como siempre, el Profesor Dumbledore era mucho más optimista de lo que la situación merecía.

Hacía rato que Snape parecía hablar más para si mismo que para Draco. Como si estuviera aplicando una especia de auto terapia para alejar viejos fantasmas.
- Por la tarde todo cambió. Habíamos estado luchando sin descanso, pero tanto el Profesor Dumbledore, Lupin como yo no nos habíamos despegado de Potter durante todo ese tiempo. En realidad todos los miembros de la Orden intentaban luchar rodeándole, tratando de evitar que un maleficio le alcanzara antes de lo previsto. El muchacho se había estado defendiendo bien, y a medida que pasaban las horas, parecía que demostraba más confianza en cada hechizo que lanzaba y poco a poco todos nos dimos cuenta de que estos eran cada vez más poderosos y contundentes.
Esta vez fue él mismo quien volvió a llenar el vaso de agua, sirviéndose de la jarra que Draco había dejado sobre la mesa. Cuando empezó a hablar otra vez, su mirada estaba perdida en un punto inexistente, como si estuviera reviviendo los acontecimientos que relataba.
- De pronto busqué con la mirada y no le vi y por la cara de desesperación de Lupin comprendí que él acababa de darse cuenta de lo mismo. Ambos buscamos instintivamente al Profesor Dumbledore y al verle que corría todo lo que daban sus viejas piernas en dirección contraria a la que nosotros nos encontrábamos, le seguimos inmediatamente. Para descubrir que Potter y el Señor Oscuro estaban por fin frente a frente. Jamás creí ver lo que vi aquella tarde, Draco –confesó perdiéndose su voz en la última palabra.

Durante unos instantes, Snape permaneció callado, perdido en sus recuerdos. Draco se removió impaciente en su silla, deseoso de oír el resto de la historia y al mismo tiempo sin atreverse a instar a su padrino a continuar.
- ¿Padrino? –pronunció por fin, sin poder soportar ya la espera.
Snape le miró, saliendo de su ensimismamiento.
- La transformación fue increíble. –continuó por fin él– El Profesor Dumbledore, como siempre, había tenido razón. Potter se creció cuando se encontró delante del Señor Oscuro. Olvidó el miedo, la inseguridad. Olvidó que podía morir.
Ahora, mientras hablaba, el Profesor de Pociones agitaba sus manos en una demostración poco habitual en él, apoyando cada palabra, abandonando la reposada vehemencia con la que se había expresado hasta ese momento.
- No creo que de otra forma hubiera podido hacer lo que hizo. –se encogió de hombros– De todas formas no podíamos ayudarle. Estaba solo. Los seguidores del Señor Oscuro les rodeaban, formando un muro humano difícil de atravesar. La batalla se concentró entonces en aquella parte del campo. Los Mortífagos intentando detenernos y la Orden, junto con los aurores, intentando pasar a toda costa. Fue el peor momento. La parte más cruda de esa guerra, donde murió más gente. Pero ellos dos luchaban ajenos a cuanto sucedía a sus espaldas.
Nuevamente Draco creyó que su padrino se perdería en la memoria de esos hechos sin avanzar en su relato. No obstante el hombre prosiguió.
- Le vimos caer varias veces. Y en cada una de ellas nuestro corazón se detuvo hasta verle en pie de nuevo. –confesó– A pesar de todo, a medida que pasaba el tiempo se le veía más agotado y algunos de los maleficios que habían logrado alcanzarle daba la impresión que le estaban debilitando. A su favor tengo que decir, que increíblemente el Señor Oscuro no presentaba mejor aspecto. Pocos pudimos darnos cuenta del poderoso maleficio que salió de la varita de Potter e impactó en el pecho de Voldemort, justo en el momento en que más débil parecía, cuando ya nadie lo esperaba... Ambos se derrumbaron casi al mismo tiempo... El uno ya sin vida y el otro perdiéndola...


Sus piernas ya no le sostuvieron. Apenas si tuvo fuerzas siquiera para emitir un quejido de dolor cuando su cuerpo golpeó contra el suelo. La varita se escapó de entre sus dedos, pero su mano no obedeció cuando pensó en alcanzarla otra vez. Sus labios se negaban a pronunciar el más sencillo hechizo. Su cuerpo hormigueaba con desagradable intensidad. Tan fuerte que parecía que una corriente eléctrica estuviera recorriendo cada una de sus terminaciones nerviosas sin cesar, sacudiéndole de pies a cabeza. Lo peor era que no estaba seguro de haberle matado. No estaba seguro de no verle erguirse ante él al segundo siguiente para lanzarle la maldición definitiva. No estaba seguro de nada. Solo de que esta vez ya no sería capaz de levantarse y afrontar el duelo nuevamente. Una voz profunda y tranquila resonó junto a su oído.
- Bien hecho, Potter.
Abrió los ojos para ver al hombre, que arrodillado a su lado le miraba sonriente, y después a los demás hombres, rodeándole. Reconoció sus túnicas azules y blancas. Aurores. Una sensación de alivio atravesó su torturado cuerpo al comprender que su presencia sólo podía significar que era él quien lo había conseguido. ¡Lo había conseguido!, se repitió mentalmente. Pensó que todo había acabado por fin. Hasta que sintió aquella dolorosa presión en su pecho.

Desde su posición vieron al grupo de aurores llegar hasta donde hacía pocos segundos los dos combatientes habían caído. Snape contó siete u ocho. Lupin y él intercambiaron mudas miradas de asombro. ¿Cómo habían podido llegar tan rápido, cuando ellos apenas acababan de librarse de sus oponentes y justo empezaban a cruzar la línea enemiga? Al ver caer a su Señor, había cundido el pánico entre los Mortífagos, que en esos momentos huían en desbandada. Tanto Lupin como Snape echaron a correr en dirección al grupo de aurores. En un determinado momento, el Profesor de Pociones se dio cuenta de que corría solo. Volvió la cabeza en busca del licántropo, y vio a Lupin tratando de quietarse de encima a un Mortífago que por su aspecto no iba a darle mucha guerra, por lo que siguió corriendo sin esperarle. A unos metros de su objetivo pudo ver lo que había sido el cuerpo del Señor Oscuro, pero apartó la vista, asqueado. Los aurores, tan solo a unos pasos, formaban un círculo cerrado, en medio del cual indudablemente tenía que estar Potter. La primera idea que vino a su mente fue que le protegían, en espera de que alguien de la Orden llegara para hacerse cargo de él. Por lo que no esperaba que uno de los aurores saliera a su encuentro para cerrarle el paso.
- ¡Retírate! –le ordenó– Ahora nos ocupamos nosotros.
Snape le dirigió una mirada poco tranquilizadora, ocultando su sorpresa.
- Apártate si sabes lo que te conviene –amenazó el Profesor alzando su varita. Estaba demasiado cansado para ponerse a discutir con aquel jovenzuelo–- Me he pasado el día lanzado maldiciones. No me importará conjurar una más.
- Tengo órdenes, señor. –dijo el auror con firmeza.
El joven observó sin parpadear la figura imponente de Snape. Se veía peligrosa e inquietante. Podía leer la amenaza en sus ojos, la varita dirigida hacia él de forma firme y dispuesta. No sabía exactamente cómo reaccionar. Al fin y al cabo la insignia del fénix en su túnica revelaba que era uno de los miembros de la celebérrima y prestigiosa Orden del Fénix de la que tanto había oído hablar. Se decía que en sus filas contaban con los magos más hábiles y poderosos. Pendencieros y demasiado arrogantes, tan molestos como un grano en el culo, a decir de sus detractores. Fallon coincidía con el segundo pensamiento. Era un auror brillante a pesar de su juventud, hijo de aurores, con una prometedora carrera por delante. Se sentía orgulloso de haber sido incluido en aquel grupo selecto, todos con muchos más años de carrera que él. No obstante, aquella extraña misión le tenía algo desconcertado. Sus ordenes eran concretas: evitar que cualquiera se acercara al perímetro donde sus compañeros protegían al chico que acababa de derrotar al azote del mundo mágico. No sabía más. Pero para él era suficiente. Nunca cuestionaba las órdenes de sus superiores. Y sabía que éstas en concreto venían de muy arriba.
Durante unos interminables segundos los dos hombres sostuvieron sus miradas, enfrentando sus voluntades. Hasta que un grito desgarrado, que murió ahogado apenas emitido, confirmó a Snape que tenía que atravesar aquel círculo humano sin perder tiempo. Aunque tuviera que llevarse por delante al joven auror. Por la expresión de su rostro Fallon parecía también desconcertado. Al segundo siguiente un fuerte empujón le sentó en el suelo y el vuelo de una capa negra le restregó la cara. Se levantó furioso, dispuesto a detener a ese hombre impertinente que se atrevía a desobedecer la orden de un auror del Ministerio.
Snape había llegado ya hasta el círculo de aurores y asomó la cabeza entre los hombros de dos de ellos. No pudo creer la imagen que le recibió. Potter se convulsionaba en el centro bajo los intenso haces que salía de cada una de las siete varitas y que confluían en su cuerpo. Sus manos se apretaban sobre el pecho, intentando liberarlo de lo que parecía un dolor intenso; su boca se abría jadeante, tratando de conseguir el aire que parecía no llegarle. Se ahogaba.
- ¡Que diablos están haciendo! –gritó Snape intentando apartar a los dos aurores que al igual que el resto, sostenían sus varitas en dirección al muchacho.
Al sonido de su voz el chico había vuelto la cabeza en su dirección. Sus ojos aterrorizados conectaron con los suyos. Extendió una mano hacia él, en una muda y desesperada demanda de ayuda. Pero fueron tan solo unos segundos, antes de que su brazo quedara inmóvil, aún extendido en su dirección y sus ojos se cerraran. Sin detenerse a analizar el porqué de aquel salvaje ataque sobre Potter por parte de los que hasta ese mismo instante había considerado como aliados, Snape embistió con toda la fuerza que alimentaba su furia. Alguien más empujó a su lado, logrando abrir el circulo e interrumpir el conjuro que estaban lanzando sobre el muchacho. Un furibundo Remus Lupin estaba dejando salir toda la fuerza que guardaba dentro de si y dos aurores volaron por los aires antes la estupefacción del propio Profesor de Pociones, que jamás había visto tal violencia en él. No estaba solo. Antes de llegar junto Snape se había dado cuenta de que algo pasaba y había retrocedido en busca de Dumbledore y otros miembros de la Orden. Cuando ambos llegaron junto al muchacho, apenas alentaba.
- ¡Harry!¡Harry, por Merlín, ¿puedes oírme? –Lupin estaba histérico.
- Remus, deja de sacudirle y toma tu varita –ordenó Snape mientras hacia lo mismo con la suya.
Lupin alzó unos ojos llenos de pánico. Pero el Profesor de Pociones no hizo el menor caso. Buscó con la mirada a su alrededor. Los aurores estaban siendo reducidos por sus compañeros sin muchas contemplaciones. Dumbledore acababa de llegar junto a ellos, resoplando por la carrera, pero Snape necesitaba como mínimo a alguien más. Habían drenado prácticamente toda la magia de Potter. No sobreviviría si no le transferían inmediatamente la energía mágica necesaria para que al menos pudiera llegar hasta la enfermería de Hogwarts.


- Fue necesaria la energía mágica de cinco magos de los que allí se encontraban para lograr estabilizarle y poder trasladarle con alguna garantía de que llegaría con vida a Hogwarts. –concluyó Snape.
Draco apenas salía de su asombro. Su padrino había vuelto a sentarse y tamborileaba con sus dedos en la mesa otra vez.
- No puedo creer que intentaran matarle. –musitó– ¿Por qué?
- Porque Potter acababa de demostrar su poder. Y tenían que deshacerse del héroe lo antes posible, por si acaso. Así que estaban preparados. Si Potter ganaba, tenían ordenes de matarle inmediatamente.
- ¿Quién dio esas ordenes? –preguntó Draco, todavía choqueado por todas aquellas revelaciones.
- Nunca llego a saberse con seguridad. Todos los aurores murieron “misteriosamente” antes de poder ser interrogados con más profundidad. Menos el imbécil que trató de detenerme. Y como buen imbécil, no sabía nada. Un jovenzuelo arrogante al que solo habían puesto de vigía, pero no participó directamente. Ni siquiera sabía la verdadera razón por la que se encontraba allí. –dijo Snape con desprecio.
- Entiendo.
Snape suspiró.
- Así que después el Ministerio optó por intentar atraerle, pero Potter se negó en redondo. No se lo tomaron muy bien, por supuesto. No entendieron que lo único que Potter quería era que le dejaran en paz. Sólo vivir, como tú has dicho.
- ¿Cómo pretendían que Harry aceptara, después de lo que intentaron hacer? –bufó Draco.
La respuesta tampoco fue la que Draco esperaba.
- En realidad Potter no conserva ningún recuerdo de lo que pasó durante aquellos últimos minutos. Lo comprobamos. Seguramente debido al shock que recibió su cuerpo a quedarse prácticamente sin magia de forma tan brusca. Dumbledore, –gruñó ahora con disgusto Snape– pensó que Potter sería más feliz –mueca sarcástica– si ignoraba que el Ministerio tenía ideas poco recomendables para su salud. Al igual que ignora que sus amigos y compañeros de la Orden le vigilan y protegen y que el Ministerio hace lo mismo, pero con intenciones muy distintas. ¿O es que no te extraña que Weasley y Granger aparezcan por aquí cada vez que la magia de Potter parece subir un poco de nivel?
- Cuando estuvimos practicando en el sótano... –recordó Draco de pronto.
Su padrino asintió.
- Mientras Potter siga jugando al Quidditch y ganando partidos para su afición, es decir, demostrando ser completamente inofensivo, estará seguro. –alzó una ceja y esbozó una sonrisa algo socarrona– Estoy convencido de que en la oferta que Potter recibió de los Chudley Cannos, Dumbledore tuvo mucho que ver. O más bien todo.
- Harry debería saberlo. –afirmó Draco, enojado por la ceguera que habían impuesto a su pareja– Y más ahora que Fudge le ha estado presionando.
- Debería, pero ahora ya es un poco tarde. –el Profesor de Pociones suspiró con cansancio– Después de tres años... No quiero ni pensar la que podría armar Potter si llegara a enterarse que se le ha vuelto a ocultar la verdad. O si llegara a recuperar el recuerdo de esos últimos minutos... –casi murmuró Snape.
- Si se lo explicamos de una forma razonable... –empezó a decir Draco, que no acababa de ver donde estaba el problema
- Draco –le interrumpió su padrino– Todavía no lo entiendes, ¿verdad? Potter es poderoso, mucho más de lo que imaginas. Si hubieras visto lo que hizo con el Señor Oscuro lo comprenderías... –Snape se quedó en silencio unos segundos– No podemos dejar que su furia se desate. Ya no. Y menos ahora que el Ministro le está buscando las vueltas. Caerían sobre él sin piedad, Draco. Y Potter se defendería, créeme que lo haría. Ya no tiene diecisiete años. Ya no es un adolescente al que se pueda manipular. Aunque siga enrojeciendo como una quinceañera. –añadió con una sonrisa burlona.
Draco sonrió al recordar el fuerte sonrojo de Harry cuando su padrino había entrado en la cocina, sorprendiéndoles en actitud tan cariñosa. El silencio se interpuso de nuevo entre los dos hombres, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
- No voy a dejarle, padrino – dijo Draco por fin– Por primera vez en mi vida sé lo que realmente quiero. Y le quiero a él. Increíble, lo sé. –clavó una mirada determinada en su padrino– Jamás pensé encontrar en Harry a la persona que llenara mi vida. Pero es tan...
- ¡Tan Gryffindor! – acabó Snape intentando inhibir una sonrisa.
- Supongo que si. – admitió Draco, quien si sonrió abiertamente.

El Profesor de Pociones tamborileó con los dedos en la mesa de nuevo, concentrado en sus pensamientos. ¡Endiablados Gryffindors! Se metían bajo tu piel casi sin que lo advirtieras y para cuando querías darte cuenta, ya era imposible deshacerte de ellos. Estaba seguro de que su ahijado tenía la cuerda bien sujeta alrededor del cuello sin ni siquiera haberse apercibido del momento en que Potter había apretado el lazo. Lo sabía por experiencia.
- Bien, –dijo al fin– si es lo que quieres...
- Es lo que quiero. –afirmó Draco.
- Sólo dos cosas. –advirtió Snape– La primera: evita en lo posible que Potter haga magia demasiado elevada y atraiga miradas indiscretas... –sonrió maliciosamente– Ese hechizo de protección que llevas es el más poderoso que jamás haya visto e inquietaría a más de uno de ser descubierto. –Draco enarcó una ceja, sorprendido– Y segunda: al menor problema o sospecha, llévalo inmediatamente a Hogwarts. Es el único lugar donde Potter puede ser debidamente protegido. La Orden del Fénix detendrá a cualquiera que intente ponerle la mano encima.

Cuando Snape se hubo marchado, Draco se quedó reflexionando sobre sus palabras. El hechizo de protección más poderoso que jamás haya visto, había dicho. Así que Harry le protegía sin su consentimiento... Meneó la cabeza, pero su rostro se iluminó con una sonrisa. Aquel inesperado descubrimiento no hacía más que confirmar que era lo suficientemente importante para Harry como para que decidiera desplegar sobre él, al parecer, un hechizo tan poderoso. Se estaba arriesgando por él sin saberlo. Draco sintió a la vez satisfacción por la confirmación del amor que Harry sentía por él y temor por lo que esta acción pudiera reportar al Gryffindor. Intentaría de manera sutil que Harry levantara el hechizo. No podía permitir que su afán por protegerle acabara por meterle en más problemas con el Ministerio. Sabía que desde su negativa a ayudar en su captura, Fudge le había estado poniendo las cosas difíciles, aunque Harry jamás había hablado de ello. El hecho de que al reanudarse la actividad deportiva tras las vacaciones de Navidad se hubiera reincorporado al equipo sin ningún problema, le tenía algo preocupado. Se alegraba, por supuesto. Pero no podía dejar de sentirse inquieto. Además, estaba el arcón de su madre. No era tan idiota como para creer que Harry había podido conseguirlo tan solo porque era el único heredero Black, reconocido legalmente. ¿Por qué el Ministerio tenía que ser tan condescendiente con él, cuando se estaba negando a ayudarles? Tal vez había llegado el momento de que tuvieran una conversación que aclarara algunos puntos. Pero hasta que ese momento llegara, tenía algunas cosas que hacer. Sonrió y se dirigió hacía la pared de la cocina donde estaba instalado el teléfono muggle.

 

Era tarde cuando Harry regresó a casa. Estaba cansado, todavía algo nervioso y adolorido.
- Draco, estoy en casa. –gritó sin obtener respuesta.
Entró en la cocina, centro neurálgico de su hogar desde que Draco estaba en él, pero la encontró vacía. Al igual que el salón. Era tarde para que hubiera salido. Regresó al vestíbulo para ver si había alguna nota sobre el mueble de la entrada, como otras veces. Pero no encontró ninguna.
- ¿Draco? –llamó a pie de escalera, obteniendo el silencio por respuesta.
Empezaba a preocuparse. Sin embargo, su hechizo de protección seguía intacto. Tal vez si había salido y sencillamente había olvidado dejarle una nota. Una idea le asaltó de pronto. ¿Y si Snape le había convencido y se había marchado para esconderse Merlín sabe donde, siguiendo los consejos de su padrino? Y aunque la parte racional de su mente le decía que aquello no era posible, sintió su corazón acelerarse de repente y comenzó a subir los escalones de cuatro en cuatro hacia su habitación, olvidando lo que le dolía la espalda, para comprobar que sus cosas todavía siguieran allí. Abrió la puerta con tanto ímpetu que apunto estuvo de quedarse con el tirador en la mano.
- ¿Dra...? – empezó a llamar de nuevo pero el resto del nombre murió en su boca.
Una suave luz iluminaba toda la habitación, provinente de docenas de velas encendidas repartidas por toda la estancia, que producían un efecto íntimo y acogedor. Al lado de la cama habían colocado una mesita auxiliar con dos servicios, una bandeja cuyo contenido estaba tapado y una cubitera en la que asomaba una botella de vino blanco. El corazón de Harry todavía latía con fuerza cuando sintió unos labios posarse en su nuca y que unos brazos le atraían hasta apoyarle en un pecho firme y le estrechaban posesivamente.
- Has tardado –susurró Draco. Notó su pelo todavía húmedo y ese aroma a melocotón que le volvía loco– ¿Qué has hecho, venir corriendo?– preguntó después al notar los rápidos latidos en el pecho que acariciaba.
Le vio sonreír y, sin embargo, le sentía tenso entre sus brazos. Volvió a besar la piel de su cuello, acariciando con la lengua una de las zonas más erógenas de Harry, y aunque le arrancó un pequeño gemido, supo que no lo estaba consiguiendo del todo.
- ¿Cansado? –preguntó observando detenidamente el rostro del moreno, que todavía tenía la cabeza hacía atrás apoyada en su hombro, los ojos cerrados con una expresión desasosegada.
- Un poco. –contestó muy bajito, como si el hablar pudiera romper su concentración.
Draco bajó la cremallera de la gruesa chaqueta de lana que Harry llevaba y la deslizó por sus brazos, dejando que cayera al suelo. Ahora el aroma que desprendía su cuerpo le golpeó con más intensidad. Le despojó de su camiseta sin poder esperar a morder aquella piel que desprendía la fragancia de la fruta que más le gustaba, con la espalda de Harry pegada a su pecho. Le empujó suavemente hacia la cama para poder devorarle con mayor comodidad. Después de su primer encuentro, no se había establecido claramente quien de los dos llevaba el control en aquella cama. Tras el caos emocional del dia de Navidad, Draco no había tardado en recuperar el dominio sobre si mismo, ni Harry en gritar a todo pulmón bajo sus vigorosas embestidas. En ese momento había descubierto, no sin cierta satisfacción, lo escandaloso que podía llegar a ser el moreno, motivado de la forma adecuada. Sin embargo, Draco se derretía cada vez que su pareja le tomaba con aquella ternura que le hacía desear ser suyo una y otra vez. Y Harry enloquecía con la pasión que Draco volcaba en él cada vez que le clavaba en la cama. Pero esa noche Draco tenía muy claro quien iba a llevar la batuta y estaba dispuesto a dirigir una buena orquesta de gritos y gemidos.
- ¿Que celebramos hoy de especial? –preguntó Harry, sin poder evitar que su voz sonara algo nerviosa, a pesar de todos los mimos que estaba recibiendo.
Sus planes, al menos lo que tenía antes de llegar a casa, de meterse en la cama rápidamente y pasar desapercibido se habían ido al traste hacia ya minutos.
- Que tú eres especial –contestó Draco entretenido en endurecer uno de sus pezones.
Harry pareció sonreír halagado. Sin embargo, el rubio empezaba a conocerle lo suficiente como para saber que el cerebro de su pareja trabajaba en algo que, de momento al menos, no se atrevía a expresar. Seguía tenso, a pesar de toda la atención que estaba desplegando sobre él.
- Y, además –dijo alzando el rostro hacia esos ojos que le perdían, a la espera de que en un momento u otro saliera lo que el moreno estaba cavilando– para celebrar que dentro de poco empezaré un magistral curso de cocina que sin duda lanzará a la fama mi soberbio arte culinario.
Esta vez Harry le miró con un repentino brillo en sus ojos.
- Entonces... ¿no vas a irte? –preguntó con un deje de ansiedad en su voz.
Draco le miró sin comprender.
- ¿Irme? –frunció el ceño– ¿Qué clase de ideas han estado rondando por tu cabeza?
- Creí... – Harry de pronto empezaba a sentirse algo estúpido– ... creí que esto era una especie de... despedida. –confesó.
Draco le miró desconcertado. Se incorporó para apoyarse en sus antebrazos, sosteniéndose sobre él para ver mejor su rostro.
- ¿Qué te hizo pensar eso? –preguntó intrigado.
Harry se encogió de hombros, incómodo.
- Olvídalo, tonterías mías...
- No, quiero saberlo. –insistió Draco, seguro de que estaba a punto de averiguar el porqué de tanta tensión en su pareja.
Harry tomó aire, sintiéndose un completo idiota.
- Cuando llegué, al no encontrarte, me asaltó la idea de que Snape te había convencido para marcharte a ese lugar que según él había conseguido. Y después... cuando vi esto, pensé que... que...
- ... que me estaba despidiendo. –acabó Draco.
Harry asintió, con aire avergonzado.
- Ven aquí, tontaina. –le abrazó con ternura y Harry contuvo el aire al sentir las manos sobre su espalda– He preparado esta pequeña sorpresa, porque me apetecía hacerlo. Porque no tiene que haber necesariamente un motivo especial para disfrutar de tu compañía.
Harry levantó la cabeza de su pecho y le miró con los ojos llenos de pasión.
- ¿Me amas?
Draco puso los ojos en blanco.
- No, Harry. En realidad me he molestado en ir a comprar todo esto –señaló la mesita donde reposaba la cena– me he pasado horas en la cocina preparando lo que más te gusta, he decorado nuestra habitación de la forma más romántica que he podido y sabido y me he pasado una hora en la bañera intentando desprenderme del desagradable olor a pescado, intentando estar perfecto porque esperaba a otro que no eras tú.
Harry le dio un puñetazo cariñoso y hábilmente le hizo dar la vuelta para colocarse a horcajadas sobre él.
- No has respondido a mi pregunta –insistió.
Draco resopló y dijo con una mueca de fingido desdén:
- Potter, no tientes más tu suerte, que hoy ya te estoy concediendo más atención de la que en realidad un Gryffindor tonto como tú se merece.
- Dímelo –ronroneó Harry que se había inclinado sobre él e inmovilizado sus muñecas y en ese momento mordisqueba el lóbulo de su oreja con deliberada lentitud.
- Soy... inmune a... cualquier tipo... de... tortura –gimió el rubio, intentando liberarse sin conseguirlo. –Ya... deberías... saberlo...
Se suponía que él iba a llevar el control esa noche. Harry había capturado sus labios y empezado a besarle de aquella forma que disparaba todas sus hormonas, al tiempo que movía sus caderas rozando su miembro sutilmente.
- No pares –jadeó al poco.
Harry sonrió.
- Recuerdas aquella mañana, la de tu repentino calentón –rememoró, empezando a moverse más deprisa, acelerando la respiración de Draco.
- S..si. –seguía intentando soltarse del agarre de su pareja, pero Harry seguía amarrándole con firmeza.
- Creo que yo ya te quería entonces. –confesó, disminuyendo entonces el ritmo de sus movimientos– ¿O crees que dejo que cualquiera me tumbe sobre la mesa de mi cocina y se restriegue como un gato en celo?
- No... te ... detengas –suplicó el rubio al notarlo.
- Aunque quería negármelo a mí mismo... –prosiguió Harry, aparentemente sin hacerle el menor caso.
- Harry... como te... pares ahora,... no tendré... piedad de ti. –advirtió Draco como mejor pudo.
Harry soltó una pequeña carcajada, para después concentrarse en el rostro de su amado. Sus ojos grises oscurecidos en una tormenta de placer; sus labios entreabiertos, dejando escapar sensuales gemidos que todavía incitaban más al moreno a aplicarse en su trabajo; la pálida piel de su rostro ahora sonrosada y el rubio flequillo alborotado sobre sus ojos.
- Te amo –susurró Harry alcanzando nuevamente sus labios, consiguiendo con sus palabras un profundo estremecimiento de su pareja y que acabara contra su vientre.
Liberó por fin sus muñecas y Draco aprovechó para rodearle y hacerle caer bajo él.
- No vas a librarte –le amenazó todavía jadeante.
El rostro de Harry se contrajo durante unos segundos con una mueca de dolor.
- ¿Te he hecho daño? –preguntó el rubio, seguro de que la sacudida contra el colchón no había sido tan fuerte.
Harry sonrió y negó con la cabeza.
- Claro que no. –dijo.
Draco sonrió también y se inclinó para besarle. Al poco rato los dos estaban tan excitados como al principio.
- Vuélvete –susurró con voz ronca, mientras intentaba que Harry se colocara de espaldas a él.
- N..no –jadeó Harry.
- Oh, vamos –gimió Draco acariciando sus muslos con movimientos cada vez más apremiantes –déjame ver tu culito.
Pero por alguna extraña razón, Harry no parecía dispuesto a complacerle... o simplemente tenía ganas de jugar.
- ¿Vas a hacerte rogar? –ronroneó mientras dejaba una hermosa marca en su cuello, que sabía Harry le recriminaría a la mañana siguiente en cuanto la viera.
No en vano el moreno estaba considerando seriamente cambiar de gel de baño, por otro que no oliera a melocotón. Cada vez que hacían el amor, acababa señalado por los apasionados dientes de Draco incluso en los lugares más insospechados de su anatomía. No lograba hacerle comprender que en las duchas de un vestuario aquellas marcas podían levantar comentarios más que jugosos. Y él no estaba dispuesto a tener quedar explicaciones al equipo de Quidditch al completo.
Por toda respuesta Harry había separado las piernas y rodeado con ellas, indicándole claramente lo que él quería. Una penetración cara a cara.
- Testarudo, ¿eh? –murmuró Draco con una sonrisa amenazadora, dispuesto a seguir el juego.
Harry le dedicó otra, más bien seductora, que desapareció de su rostro para dejar paso a un doloroso quejido tan pronto Draco, sin previo aviso, agarró sus caderas y le volteó sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
- ¿Era esto lo que querías evitar que viera?
Un gran y oscuro morado se extendía desde debajo del omoplato izquierdo de Harry hasta casi la zona lumbar.
- ¿Acaso te has caído de la escoba? –la voz de Draco sonó fría, enmascarando un creciente enojo.
Sabía perfectamente que aquel golpe no era producto de una caída de escoba, ni a un entrenamiento de Quidditch mucho más rudo de lo normal. Se veía claramente el punto donde el maleficio había impactado, un punto mucho más oscuro en el centro, que después se había extendido ocupando la mayor parte del lado izquierdo de la espalda. Harry permanecía muy quieto, con el rostro hundido en la almohada.
- ¿Te ha visto un medimago? –preguntó nuevamente Draco, dispuesto a disfrazar su preocupación con palabras cortantes.
Harry asintió, todavía sin mirarle. El rubio resopló con impaciencia.
- ¿Vas a contármelo o tengo que ir a preguntarle al maldito Fudge?
Harry se dio la vuelta lentamente, hasta enfrentarse con la mirada irritada de su pareja.
- No ha sido nada, Draco. –intentó justificar– Estoy bien.
- ¿Desde cuando Harry? –la mirada de Draco no admitía demora en la respuesta.
Harry le miró con la expresión de un niño pillado en plena travesura. Se preparó mentalmente para afrontar la tormenta que sabía de un momento a otro iba a estallar.
- No te enfades, Draco –dijo en el tono más tranquilo del que fue capaz– Sabes que tenía que hacerlo para...
- ¿Lo sé? –le interrumpió el rubio– ¿Y para que paga el Ministerio a sus aurores?
Iba a ser difícil. Los airados ojos de Draco le estaban desmenuzando.
- Solo... solo les ayudo cuando ya están localizados –dijo, como si esas palabras lo explicaran todo.
- ¡Ah! –exclamó Draco poniendo en un gesto exagerado su mano sobre el pecho–¡Menos mal! ¡Acabas de quitarme un gran peso de encima! –el tono de su voz se endurecía por momentos– Así que ellos hacen la parte fácil y tú el trabajo sucio. ¡Bien por ti, Harry! ¡Muy bien!
- ¿Perdón? –Harry se había sentado con lentitud, ya no era necesario fingir, y ahora era su expresión la que amenazaba tormenta– ¿Trabajo sucio, lo has llamado? ¿Atrapar y encerrar a esos malditos asesinos lo consideras un trabajo sucio? –casi gritó– ¡Entonces haber matado a Voldemort debe ser el colmo de la guarrería!
Draco le dirigió una mirada de advertencia. Estaban entrando en un terreno peligroso.
- No mezcles las cosas –dijo a pesar de todo intentando mantener un tono, aunque frío, tranquilo.
- No estoy mezclando nada –espetó Harry– Para mí todo es lo mismo. Voldemort y sus consecuencias. Y esa... gentuza forma parte de esas consecuencias. Son criminales. Siguen matando a gente inocente, destrozando familias. Siguen pretendiendo imponer su doctrina a fuerza de maldiciones. He perdido a mucha gente querida en sus manos, Draco. –acabó, realizando un gesto de exasperación.
- También han quedado familias destrozadas al otro lado, Harry. –le recriminó Draco.
- Que no han tardado en destrozar a más gente. –respondió el moreno, siguiendo en su tono algo exaltado.
- ¿Esperabas que se quedaran de brazos cruzados, aceptando que mataran a los suyos sin hacer nada? –soltó Draco con una risa sarcástica– Como una vez alguien me dijo – prosiguió con lentitud, procurando no perder el fondo de la mirada que en esos momentos se le enfrentaba– ni todo es negro, ni todo es blanco. En medio hay una amplia gama de tonalidades de gris.
Ambos quedaron en silencio por unos momentos. El ambiente era tenso e incómodo, alejado de los sentimientos expresados en esa misma habitación tan solo unos minutos antes. Los ojos de Harry parecían estar retándole, obligándole a definir su postura.
- ¿Hay algo que quieras decirme, Harry? –preguntó por fin el rubio rompiendo ese silencio, sintiéndose en ese momento profundamente herido– Porque creo que este sería el momento.
Harry le devolvió una mirada inquisitiva pero, sin embargo, permaneció en silencio. El duelo visual duró unos segundos, hasta que Draco tomó nuevamente la palabra.
- Soy un Malfoy, Harry. Hijo de Mortífago, hijo y nieto de magos de tradición oscura. Toda mi familia ha tenido o tiene todavía que ver con los ideales del Señor Oscuro. Mi tía mató a tu padrino. Mi padre intentó matarte a ti o entregarte en varias ocasiones. Soy el heredero de todo lo que tú odias... –acercó su rostro al de Harry lo suficiente como para éste sintiera en su cara el aliento tibio de sus frías palabras– Tal vez sería el momento de empezar a preguntarse que hacemos tú y yo en la misma cama.
Fue en ese instante en el que Harry se dio cuenta de que estaban a punto de cruzar la fina línea que siempre separa el amor del odio, la paz de la guerra, la razón de la locura.
- La respuesta es que acordamos empezar una vida juntos, Draco. Olvidar nuestros pasados sin dejar que se interpusieran entre nosotros. –dijo en un intento de suavizar la situación.
- Sin embargo, tú me lo estás restregando por la cara –acusó el rubio– Aparte de que me has mentido.
- No te he mentido –se defendió Harry, dolido– Solo estoy intentando que ese pasado quede definitivamente enterrado. No te lo dije porque sabía que esto iba a pasar.
- Vístelo como quieras, Harry. El hecho es que has estado haciéndolo a mis espaldas. –sus ojos se endurecieron– Me lo has ocultado.
Se levantó y empezó a vestirse.
- ¿Qué haces? –Harry le miraba ahora con expresión asustada.
- Necesito tomar el aire. El ambiente aquí está algo cargado.

Salió de la habitación sin ni siquiera dirigir una mirada a la figura desolada que dejaba en la cama. Lo que había dicho era cierto. Necesitaba airear su cabeza sino quería acabar diciendo algo de lo que después se arrepintiera, que ya no tuviera arreglo. Salió a la calle dando un sonoro portazo. A principios de febrero las noches eran todavía muy frías. Subió las solapas de su abrigo y hundió las manos en los bolsillos. ¡Maldito Gryffindor! No podía dejar de pensar en todo lo que había pasado por su mente en el momento en que vio su espalda. No le iba a perdonar tan fácilmente el susto que le había dado. Pateó un guijarro que se puso a tiro y lo mandó con certera puntería contra un contenedor de basura metálico, alterando la quietud del silencioso barrio. ¡Sólo le había faltado decir que lo hacia por él! Un segundo guijarro se estrelló en el mismo contenedor, con igual resultado. Sabía lo que pretendía Harry, ¡maldito fuera! Pero ese asunto tenía previsto arreglarlo en cuanto su mano estuviera en condiciones. Él mismo atraparía al desgraciado que se estaba haciendo pasar por Draco Malfoy aunque fuera lo último que hiciera. A parte del hecho de que Harry pudiera sufrir algún daño, no sabía que le había puesto más furioso. Si el hecho de que intentara solucionar SU problema por su cuenta, sin contar con él, lo cual lastimaba su orgullo; que se lo hubiera ocultado, socavando su confianza; o que él mismo no hubiera sido capaz de darse cuenta de la doble vida que en aquellos momentos estaba llevando su pareja, lo cual le dejaba como un perfecto imbécil. ¡Menudo Slytherin estaba hecho! Una brisa helada envolvió su rostro e hizo que se encogiera todavía más dentro de su abrigo. Siguió caminando por la solitaria acera, perdido en sus pensamientos. A pesar de todo, le preocupaba que Harry estuviera bailando al son que tocaba el Ministro de Magia, pretendiendo que solucionara nuevamente sus problemas. Y más sabiendo que la vida de su pareja subía o bajaba de valor dependiendo de las necesidades del Ministerio Pero todavía le indignaba más que por culpa de un cretino como Fudge la discusión entre los dos hubiera tomado un cariz nada recomendable para el futuro de su relación. Sabían que aprender a convivir con ciertas cosas de sus respectivos pasados no sería fácil. Que olvidar algunos hechos en las vidas de ambos requeriría una gran dosis de buena voluntad por parte de los dos. No en vano se habían odiado durante más de siete años. Sin embargo, los habían desvanecido en apenas unas horas, el día de Navidad. Y a hora, poco más de un mes después, amenazaban con presidir sus vidas otra vez. ¡Condenado Fudge! De repente se detuvo, sintiendo que un sudor frío empezaba a recorrer su espalda, ante la claridad del pensamiento que le sobrevino. ¡Cualquiera de esas redadas sería una excusa perfecta para el Ministerio! ¿Quién podría probar que a Harry Potter no le había alcanzado un maleficio perdido entre los numerosos hechizos que volaban en todas direcciones en cualquiera de este tipo de enfrentamientos? ¿Quién sería capaz de demostrar que sencillamente no había sido una cuestión de mala suerte que estuviera precisamente en el camino de la maldición que acabara con su vida? Draco apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo: perder a Harry no entraba dentro de sus planes de futuro. No de esa forma al menos. No lo permitiría. Después de todo, olvidar no era tan difícil cuando él estaba a su lado. No lo sería si ambos ponían de su parte y aprendían a apoyarse el uno en el otro. Aspiró el aire helado de la noche y una nubecita de vapor salió de su boca. Se preguntaba si la Orden del Fénix estaría al tanto de lo que estaba haciendo el Gryffindor. Y si lo estaba, ¿por qué se lo estaban tolerando? No, tenia la impresión de que Harry había estado actuando con suma cautela. Ni siquiera él hubiera sospechado de no ser por el escandaloso derrame en su espalda. Harry podía llegar a ser verdaderamente desconcertante. Parecía siempre tan previsible, tan imaginable... y de repente descubría que podía ser tan escurridizo y sigiloso como una serpiente. Una serpiente con piel de león. Casi sin querer, intentó esbozar una sonrisa, a lo que sus labios se negaron, amoratados de frío. A pesar de todas las prevenciones de su padrino, tenía que hablar con él. Su pareja tenía que saber de una vez por todas lo que podía esperar del maldito Ministro de Magia. No sabía cuanto tiempo había estado paseando, pero estaba congelado. Eso y el hecho de que su nariz estuviera a punto de convertirse en un cubito de hielo le ayudó a tomar la decisión de volver.

La casa estaba silenciosa. Subió sin hacer ruido las escaleras y entró en la habitación. La tenue luz que entraba por la ventana la iluminaba lo suficiente como para distinguir la silueta que descansaba en la cama. La mesita auxiliar había sido retirada a un rincón. Lástima de cena que al día siguiente iría a parar directamente a la basura. Se desvistió procurando no hacer ruido. Se deslizó entre las sabanas, agradeciendo el agradable calor que le recibió. Solo podía ver un brazo de Harry encima de la almohada. Su rostro estaba vuelto hacia el otro lado. Pero podría jurar que estaba despierto, aunque no se había movido. Tentó su mano hacía la espalda de su compañero y el cuerpo a su lado dio un respingo.
- Estas helado –la voz de Harry fue apenas un murmullo.
- Lo siento. –dijo retirándola.
Oyó como se movía, pero no se acercó a él, al parecer no muy seguro de ser bien recibido. Draco extendió su brazo en una clara invitación e inmediatamente sintió el cálido cuerpo amoldarse al suyo.
- No vuelvas a irte nunca, Draco –susurró Harry con voz ahogada– Lo siento. Siento si...
Draco buscó su boca en la oscuridad y le calló con un beso. Harry enredó sus piernas entre las suyas, abrazándose a él. Fue un desespero de labios buscándose y lenguas encontrándose, bocas ansiosas por confirmar que se pertenecían. Caricias que perdonaban y se hacían perdonar. Ahora que sus ojos ya se habían acostumbrado completamente a la oscuridad, Draco podía ver el brillo acuoso en las pupilas de Harry.
- No dejaremos que nada vuelva a interponerse entre nosotros –susurró Draco, seguro de que no quería perder al hombre que estrechaba entre sus brazos.
- No... – jadeó Harry, que en ese momento hubiera deseado tener más brazos y más piernas para aferrarse a él.
- Y no vamos a ocultarnos nada... nunca... –acarició la carne tibia de sus nalgas cuando las largas y delgadas piernas le rodearon, empujándole con apremio.
- Nada... nunca... –gimió Harry, muriendo ya por sentirle dentro.

Draco entró con su empuje característico, enérgico y directo, tal como Harry lo esperaba y deseaba. Sobretodo cuando estaba tan excitado como en ese momento, cuando deseaba que profundizara en él hasta sentir que formaban parte del mismo cuerpo. Cuando Harry y Draco desaparecían para ser solo uno, sin nombre, sin pasado, sin bandos, sin otra lealtad que no fuera hacia ellos mismo y el amor que expresaban con su entrega en ese acto. Se estremeció bajo los labios de su pareja, mientras los gemidos que salían de su garganta eran cada vez más acusados. Quería contenerse, pero no podía. En esos segundos en que Draco le llevaba a ese estado de puro desenfreno, era incapaz de controlar su cuerpo, de detener la acústica que expresaba la profundidad del placer que estaba sintiendo.
- Odio... cuando me haces... gritar de esa forma – se quejó todavía jadeante, después de que ambos estallaran casi al mismo tiempo.
- Y yo adoro que lo hagas – fue la satisfecha respuesta.
Harry tomó el rostro de Draco entre sus manos y delineó sus labios con los suyos.
- Te amo –susurró, a sabiendas de que no oiría la respuesta. Pero no le importaba. Él lo diría por los dos las veces que hiciera falta– Te amo, mi vida.
Podía verlo en sus ojos, podía sentirlo en su beso, en el abrazo que le envolvía. No, no era necesario que Draco lo pronunciara si no estaba en su naturaleza el decirlo. Sólo tenía que hacérselo sentir como en ese momento y sería suficiente. Acarició con dulzura la cabeza apoyada ahora sobre su pecho y oyó un leve suspiro de satisfacción. Draco se estiró, frotando perezosamente su cuerpo contra el suyo. Después sintió un dedo travieso jugando a enredarse en el rizado pelo que rodeaba su masculinidad. Con un suspiro resignado asió la juguetona mano y la retiró antes de que vieran amanecer sin haber cerrado aún los ojos, no sin oír antes un gemido de disconformidad.
- Mañana no habrá quien me levante –murmuró mientras tomaba su posición habitual para dormirse, de lado, sintiendo el cálido cuerpo de su pareja acoplándose a su espalda, con un brazo bajo la almohada y el otro entrelazado con el de Draco sobre su cintura.
- Mañana deberías descansar.
- No puedo –ahogó en un bostezo– Tengo entrenamiento de verdad. Berton me matará si no acudo. Ya está suficientemente molesto con tener que compartirme con el Ministerio.

Definitivamente tenía que hablar con Harry. Tenía que explicarle cuales eran los sentimientos reales del Ministro de Magia hacia él. El posible peligro que estaba corriendo. Trataría de convencerle de que debía dejar ese “segundo empleo” antes de que resultara en algo desagradable para los dos. Al poco rato Draco oyó su respiración acompasada y relajada, señal de que dormía plácidamente. Acarició la negra cabellera y dejó escapar un suspiro.
- Yo también te amo –susurró besando con ternura su hombro y se entregó él mismo a un sueño reparador.
Harry sonrió en la oscuridad.

 

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