OSCURIDAD

HP

 

Capítulo 1

Draco Malfoy salió de una de las chimeneas de la zona VIP del Ministerio de Magia inglés. Sus penetrantes ojos grises recorrieron con impaciencia la sala, en busca de las personas que habían prometido recogerle. No habían llegado todavía. Dejó su bolsa de mano en el suelo y encendió un cigarrillo. Esperaba que el resto de su equipaje sí hubiera llegado ya a la mansión y los elfos se hubieran encargado de acomodar sus cosas. Sólo el leve fruncir de labios hubiera denotado su impaciencia para alguien que le conociera bien. Para los demás, aquel joven alto y rubio, ataviado con una elegante túnica, era todo un compendio del saber estar de alguien acostumbrado a ser el centro de atención de miradas ajenas.

Se entretuvo observando a los magos y brujas que a pequeños intervalos salían de las dos chimeneas frente a él. No reconoció a ninguno. Había pasado demasiado tiempo. Dio una nueva calada a su cigarrillo y entornó los ojos cuando una inesperada corriente de aire empujó el humo hacia ellos y parpadeó molesto. Desvaneció el cigarrillo entre sus largos y delgados dedos mientras sus labios dejaban escapar el resto del humo de forma lenta y suave. Seductora incluso.

Dirigió nuevamente su mirada hacia la puerta y esta vez esbozó apenas una sonrisa. La joven morena que acaba de atravesarla caminaba con paso decidido hacia él, balanceando sugerentemente sus caderas. Enfundada en un ajustado vestido negro de corte muggle, Pansy Parkinson atravesó la sala luciendo cuerpo y sonrisa. Dejándose admirar.

- Draco, cariño, te ves increíble. —dijo la joven ofreciendo su mejilla para que Draco la besara— Blaise siente no haber podido venir. —y aclaró con un gracioso mohín— Una nueva inauguración.

- Tampoco tú te ves mal. —admiró Draco recorriendo el cuerpo de su amiga sin ningún recato— Aunque la puntualidad siga sin ser una de tus cualidades.

Pansy sonrió maliciosamente.

- Sabes que tengo otras muchas virtudes, querido. Aunque algunas de ellas no salten a la vista.

- Queda poco que no salte a la vista, cariño. —puntualizó él alzando elegantemente una de sus cejas.

Ella sonrió y Draco recogió su bolsa de mano. Siguió a su espectacular ex compañera de escuela, preguntándose cómo Blaise podía sentirse tranquilo mientras su novia se exhibía tan descaradamente, contoneándose sin ninguna vergüenza. Pero Pansy siempre había sido así; capaz de lucir incluso el uniforme del colegio de una forma absolutamente inmoral.

- ¿Cómo está tu madre? —preguntó ella una vez en su automóvil— ¿Va a regresar también? ¿Quieres ir a comer algo primero ó prefieres que te lleve a casa?

Draco no pudo evitar soltar una pequeña carcajada. Una de esas tan privadas, sólo reservadas para sus pocos íntimos.

- Mi madre está bien, gracias. Y no, no tiene intención de volver de momento. —se agarró al salpicadero sacudido por el brusco arranque del vehículo— ¿Seguro que sabes conducir esto?

Ella le dirigió una mirada molesta y Draco dejó escapar lentamente el aire que había retenido.

- Creo que prefiero que me lleves a casa. —decidió— Estoy cansado.

- Pues mañana cenarás con nosotros. —decidió ella a su vez en un tono que no admitía réplica— Blaise se muere por verte.

Draco asintió con una sonrisa algo asustada, agarrándose con más fuerza al asidero de la puerta del automóvil.


Le había costado un buen rato, pero por fin había logrado deshacerse de Pansy y estaba solo. Recorrió despacio el camino de regreso al salón perdiendo su mirada en los cuadros de sus antepasados que vestían las antiguas paredes. Recordó con acritud cómo su padre le había obligado a memorizar el árbol genealógico familiar a bien temprana edad. El bisabuelo Evon Malfoy le guiñó un ojo cuando pasó por delante de su retrato y él le devolvió el guiño. Siempre había sido su favorito.

Entró nuevamente en el amplio salón con la sensación de que era mucho más grande de lo que recordaba. Y mucho más frío. Tal vez fuera nostalgia. Y un poco de tristeza. Draco se permitió un suspiro, no habría podido decir exactamente a cuenta de qué, pero sin lugar a dudas para exhalar con él algún sentimiento al que no quería enfrentarse. Se dirigió hacia el mueble bar y comprobó satisfecho que seguía tan bien provisto como siempre. Se sirvió un whisky, tomándose su tiempo para seleccionar la botella, elegir uno de los vasos largos de fino cristal que reposaban alineados en el estante y verter el ambarino líquido en él. Paladeó el delicioso aroma preguntándose una vez más si había hecho bien en volver. Después, se dejó caer en la gran butaca de cuero negro que había sido la preferida de su padre, sin poder evitar a los pocos segundos la sensación de estar profanando algo que no le pertenecía. La esencia de Lucius Malfoy parecía impregnar todavía cada partícula de la reluciente piel que sentía bajo su mano.

Recordaba como si fuera ayer el día que su progenitor le había llamado para hablar con él de su futuro.

Estaba sentado en esa misma butaca frente a la enorme chimenea, entonces encendida. Ya habían cenado y Lucius saboreaba un vaso de whisky de la misma forma en que lo estaba haciendo él ahora. Las llamas iluminaban su rostro de una forma irreal. Sus claros ojos grises daban la impresión de haberse convertido en dos pequeñas ascuas saltarinas, refulgiendo en ellos el rojo fuego que crepitaba frente a él.

- Siéntate, Draco. —le había dicho en aquel tono falto de toda emoción que siempre utilizaba con su hijo, sin tan siquiera concederle la atención de mirarle.

Draco lo había hecho en silencio, esperando con paciencia a que su padre volviera a tomar la palabra.

- Me temo que las cosas no están yendo por el camino que esperábamos, hijo.

A Draco le había parecido que el tono que matizaba la voz de su padre esa noche estaba impregnado de un deje extraño. Si no hubiera sido Lucius Malfoy quien le hablaba, hubiera jurado que sonaba a derrota.

- He hablado con nuestros abogados esta mañana. —había proseguido Lucius— Y les he ordenado hacer algunos cambios en mis voluntades para prevenir las posibles consecuencias de un desenlace no totalmente en acuerdo con nuestros intereses.

Lucius había vuelto entonces el rostro hacia él y Draco había sentido un ligero escalofrío. Jamás hubiera pensado ver el sentimiento de impotencia que en ese momento su faz traslucía.

- Todas nuestras propiedades, las cámaras de Gringgotts, nuestros negocios, han sido puestos a tu nombre, designando a tu madre como albacea hasta que cumplas la mayoría de edad.

Si a Draco le hubieran enseñado a expresar emociones, sin lugar a dudas ese hubiera sido un buen momento para soltar una gran exclamación. Sin embargo, se había limitado a permanecer inmóvil en su propio sillón y lo único que se permitió fue arquear las cejas en una muda interrogación.

- Mañana tu madre y tú partiréis hacia Zürich. —le había informado a continuación Lucius— Y allí permaneceréis hasta que todo esto termine.

Después había guardado un pequeño silencio, dirigiendo su mirada nuevamente hacia las llamas, ignorando una vez más la necesidad de Draco de no tan sólo recibir órdenes, sino de obtener un porqué a la mayoría de directrices que habían dirigido siempre tan férreamente su vida.

- Sea cual sea el resultado, Draco, el Ministerio no podrá tocarte, porque no habrás participado en esta maldita guerra. Y cuanto más lejos estés de aquí, más lejos estarán ellos de caer sobre nuestra fortuna.

- Pero padre, —se había atrevido a hablar él por primera vez— he estado preparándome para este momento durante mucho tiempo. Siempre dijiste que debía unirme a la causa, que…

Entonces su padre le había mirado de esa forma tan peculiar que muchas veces había sido el preludio de un rígido y doloroso castigo por no haber estado a la altura de lo que se había esperado de él.

- No te he educado para que cuestiones mis decisiones, sino para que las obedezcas. —Lucius había deslizado las palabras entre dientes, afiladas como puñales— Si esto acaba mal, no dejaré que mi fortuna caiga en manos de nuestros enemigos y que nuestro apellido sea pisoteado y mancillado junto a los de los demás vencidos. Mi linaje seguirá adelante contigo, mal que les pese.

Y en ese momento Draco había comprendido.

Su padre no había intentando librarle de la esclavitud de una marca y de la obediencia ciega a un sangre mezclada que exigía pureza en sangre ajena.

No había tratado de evitarle los horrores de una guerra demasiado cruel o de impedir que pudiera salir mal herido o incluso muerto de ella.

No había sido su preocupación por las posibles y crudas represalias que caerían sobre su hijo si se unía a la causa en la que siempre había sido educado y que, como parecía pensar, no iba a ser la que se llevara la victoria.

Lo único que Lucius Malfoy había deseado era dejar tras de sí un heredero que le sobreviviera para seguir ostentando con orgullo su apellido; que a pesar de que él sucumbiera en aquel sin sentido, la familia Malfoy pudiera contar con futuras generaciones que pisaran con pie firme y doblegaran voluntades en beneficio de la familia.

Lucius sólo había puesto los medios para que los Malfoy no se extinguieran bajo la vorágine de una guerra en la que, cada vez con más fuerza, se perfilaba un equivocadamente desacreditado vencedor.

El conflicto mágico había durado casi cuatro años más, que Draco vivió desde la seguridad de la distancia. Tal vez la única cosa por la que le estaría eternamente agradecido a su padre. Todo había acabado una tarde de agosto, hacía ahora seis meses. Y junto con la noticia de que el Señor Oscuro había sido vencido, llegó la de la muerte de Lucius.

Draco no recordaba haber sentido nada.

 

*******************

A la mañana siguiente Draco era recibido por el Ministro de Magia, Rufus Scrimgeour. Aquella entrevista había sido acordada desde varias semanas antes de abandonar Zürich, por lo que el heredero Malfoy había tenido tiempo suficiente para preparar su estrategia frente a las más que probables peticiones que seguramente el Ministro le dirigiría.

Scrimgeour no era como Fudge, a quien su empecinamiento en no querer ver la realidad le había llevado a una precipitada destitución. El nuevo Ministro había sabido rodearse de los magos y brujas adecuados y conducía con mano firme el resurgimiento de la sociedad mágica tras la desoladora guerra. Era un hombre, ante todo, realista. Y la realidad del mundo mágico en ese momento era que había mucho destruido y mucho por reconstruir. Gente sin hogar que necesitaba casas donde alojarse; niños sin familia que necesitaban orfanatos que les acogieran o ancianos que se habían quedado solos y había que ubicar cuanto antes; viudas que no contaban con otro medio de vida que la pensión que el Ministerio pudiera proporcionarles para seguir sacando adelante a sus hijos; negocios que necesitaban de un fuerte empujón económico para poder ponerse en marcha otra vez; heridos que ya no se recuperarían y a los que se les debería procurar una asistencia permanente a lo largo de su vida.

Scrimgeour tenía que sacar dinero de donde fuera y como fuera. La guerra había vaciado las arcas del Ministerio. Y tal como había previsto Lucius Malfoy en su momento, las expoliaciones a las familias mortífagas fueron el primer medio de financiación que el Ministerio había puesto en práctica. Con lo que no contaba era que, tal como había hecho Lucius, las mayores fortunas del mundo mágico que habían militado en el lado oscuro hubieran tomado las mismas precauciones y puesto a sus hijos al frente de sus negocios y de sus capitales. Jóvenes que, como Draco, no habían participado en la guerra y que ni siquiera habían sido señalados con la infame marca del derrotado Señor Oscuro.

Ahora el Ministerio tenía que enfrentarse a la humillante situación de que la economía del mundo mágico se encontrara concentrada en las manos de no más de una docena de primogénitos de apenas veinte años, hijos de algunos de los mortífagos más odiados y que mayores estragos habían causado.

Para sorpresa de todos y enojo de muchos, esos jovenzuelos se habían convertido en los generosos benefactores que les estaban ayudando a sobrevivir. Apellidos como Zabini, Nott, Parkinson o Crabbe, se cincelaban en lustrosas placas conmemorativas en las paredes de las nuevas alas del hospital mágico, centros de acogida para menores, residencias para ancianos o comedores públicos para los más necesitados. Era el precio que los herederos les obligaban a pagar. Que a pesar de que ellos fueran los teóricos perdedores de esa guerra, magos y brujas no tuvieran más remedio que tragarse el orgullo y recordar que Nott había construido todo un nuevo pabellón en San Mungo para hechizos irreversibles cuando fueran a visitar a sus familiares o que Parkinson les estaba alimentando cada vez que acudían a un comedor público.

Pero Rufus Scrimgeour sabía que le falta todavía captar al más carismático de todos los legatarios de quienes habían liderado el lado oscuro y una de las fortunas más cuantiosas. Pretendía que el nombre de Draco Malfoy se esculpiera en alguna placa conmemorativa lo antes posible. No había sido fácil llegar hasta él, porque el joven había permanecido en el extranjero durante los casi cuatro años que había durado la guerra. Y después, a diferencia de los demás, no había mostrado ningún interés en pavonear su apellido ni en regresar. Ni siquiera para hacerse cargo de los restos de su padre, lo que hizo a través de sus abogados.

Scrimgeour conocía, por las informaciones que había conseguido, que Malfoy había proseguido sus estudios en Zürich y que desde allí manejaba con gran habilidad el imperio financiero que había heredado. A su parecer, era el más discreto de ese grupo de exhibicionistas económicos del que formaban parte el resto de sus compañeros. Tenía incluso esperanzas en que se avendría a colaborar en alguna obra social sin exigir colgar su puñetero nombre en ella.

Draco había escuchado todo el parlamento del Ministro de Magia educadamente, pero manteniendo una actitud más bien fría y distante. A pesar de vivir en Zürich, no había perdido el contacto con sus amigos y sabía de aquella desenfrenada exhibición de apellidos que tanto parecía divertir a sus ex compañeros de colegio. Todos habían acabado cediendo y colaborando con las propuestas del Ministerio, entre otras cosas, porque ninguno de ellos era tan estúpido como para no hacerlo y sabían mejor que nadie lo que les convenía. Además, aquella forma que habían encontrado de humillar a los que habían acabado con sus progenitores les parecía elegantemente irónica. No era que ninguno de ellos fuera a echar demasiado de menos a sus respectivos padres. Quien más quien menos había vivido en propia carne las mismas experiencias que Draco. Pero todos ellos eran orgullosos sangre limpia que, a pesar de verse ubicados por su apellido en el bando de los vencidos, seguían disfrutando de la vida que habían llevado siempre. Con la satisfacción, además, de poder restregárselo por las narices a la sociedad mágica que les había señalado, juzgado y condenado, sin preocuparse de si sus convicciones eran realmente las mismas que las de sus padres o si tan sólo no les había quedado más remedio que seguirlas.

El Ministro de Magia le había hecho a Draco una larga exposición de cuales eran las necesidades más urgentes a cubrir en ese momento y detallado todas y cada una de las estimadas y generosas aportaciones de sus amigos. Draco había abandonado el Ministerio casi tres horas después con un galopante dolor de cabeza y la promesa de estudiar todas las propuestas que Scrimgeour le había entregado en un grueso dossier. Después, se había aparecido en su mansión para darse un relajante baño y arreglarse para dar una vuelta con Blaise antes de ir a su casa a cenar.

 

****************

A pesar de las advertencias de Blaise de que sería deprimente, Draco había insistido. Nunca pensó que el alma se le fuera a caer a los pies de esa forma. El Callejón Diagon era una pura miseria. Seis meses después del fin de la guerra, la mayoría de los negocios que una vez florecieron y dieron vida a uno de los estandartes del mundo mágico eran apenas una sombra de lo que habían sido. Muchos todavía permanecían cerrados. A través de los cristales rotos de la tienda de mascotas podían verse jaulas vacías colgando del techo, o destrozadas en el suelo. Nadie tenía intención de mantener una mascota, cuando mantenerse a sí mismo ya era bastante peliagudo. La tienda de túnicas de Madame Malkin estaba abierta, pero no había un solo cliente en su interior. También Floorist and Boots había reabierto sus puertas. Y en el escaparate de la tienda de escobas podía verse un par de modelos antiguos que antes de la guerra nadie hubiera comprado.

- Olivanders… —musitó Draco deteniéndose ante la tienda en la que había comprado su primera varita.

- El propietario todavía sigue en paradero desconocido. —dijo Blaise a su lado— Aunque aún no se le ha dado por muerto oficialmente, ya nadie duda de que lo esté.

- ¿Crees que era necesario todo esto Blaise? —preguntó el rubio sin apartar la vista todavía de la sucia fachada.

- No lo sé. —reconoció su amigo— Pero no podemos cambiarlo. Por mucho que nos empeñemos en darle la espalda y seguir con nuestras vidas como si nada hubiera pasado. —dejó escapar un leve suspiro— Pansy y yo nos hemos planteado la posibilidad de marcharnos a Frankfurt o a París.

Guardaron silencio mientras reanudaban su paseo. La gente que pasaba a su lado lo hacía con paso rápido, sin entretenerse. Como si quisieran permanecer el tiempo imprescindible en aquel lugar. Después de cuatro años, la mente de Draco seguía conservando el recuerdo vivo de un Callejón Diagon bullicioso y próspero. Él no lo había visto declinar; no había contemplado el lento deterioro causado por la guerra; no había sido testigo del cierre de negocios o de la desaparición de algunos de sus propietarios, como el Sr. Olivander. No lo había visto hundirse en aquella impensable decadencia.

- Vámonos. —dijo por fin— Creo que ya he visto suficiente.

Desandaron el camino hasta llegar nuevamente al muro mágico que separaba el Callejón Diagon del Caldero Chorreante.

- ¿Te apetece una cerveza? —preguntó Blaise señalando la ajada barra del establecimiento, una vez dentro.

- ¿Aquí? —preguntó a su vez Draco, arrugando la nariz— Siempre he tenido la impresión de que este tipo debe limpiar los vasos con la lengua.

Blaise sonrió ante el inalterable elitismo de su amigo e iba a sugerir otro establecimiento más acorde con sus gustos cuando Draco le detuvo bruscamente, apuntando con un gesto silencioso de cabeza hacia una de las mesas al fondo del local. El inconfundible cabello pelirrojo de un Weasley resaltaba entre la melena castaña de Granger y el pelo negro de quien sin duda era Potter, a pesar de que al estar sentado de espaldas a ellos, no podían verle el rostro.

- Algunas cosas no han cambiado tanto. —murmuró Draco con ironía.

- Me temo que sí. —dijo Blaise al tiempo que le daba un leve empujón y él mismo andaba unos pasos para tener una mejor perspectiva de los tres Gryffindors.

Draco alzó una ceja en ademán interrogativo y su amigo le hizo tan sólo un gesto de que esperara. Ninguno de sus tres ex compañeros de Hogwars se había dado cuenta de su presencia todavía, sumergidos en la conversación que mantenían.

Bueno, ahí estaba el héroe, se dijo Draco. Él que había salvado el mundo mágico del Señor Oscuro y sus mortífagos para entregárselo a sus hijos, no pudo dejar de pensar con ironía. La sangre sucia en ese momento estaba sirviendo una taza de té. Después le puso azúcar y lo removió con la cucharilla. Seguidamente tomó la mano de Potter y depositó la taza en ella con una sonrisa. Draco dudó unos momentos. ¿No era con Weaslely con quien estaba saliendo Granger a finales del sexto curso? A lo mejor era que Granger había descubierto que los héroes le resultaban más interesantes, pensó con diversión. Y si no hubiera sido por aquel último gesto de Potter, Draco no se hubiera detenido en su intención de dirigirse hacia la chimenea, cansado de contemplar a esos tres que jamás habían sido santos de su devoción. El moreno había extendido la mano torpemente hacia las pastas de té que había en el centro de la mesa sin acertar en su primer intento y después Granger la había conducido suavemente, hasta se diría que con ternura, hacia el plato.

- ¿Qué diablos le pasa a Potter? —preguntó con sarcasmo sin alzar mucho la voz— ¿Alguna maldición le ha dejado más tonto de lo que ya era o qué?

- Ciego. —fue la escueta respuesta de Blaise.

Draco se había quedado tan atónito, que a la sugerencia de Blaise de tomar una copa en algún otro sitio, se había limitado a negar con la cabeza y a dirigirse hacia la chimenea del Caldero. Ambos habían llegado a la mansión Zabini pocos segundos después. Nunca le había preocupado demasiado lo que pudiera suceder con Potter si llegaba a enfrentarse al Señor Oscuro. Cosa que también durante mucho tiempo dudó que llegara a ocurrir. Pero seguramente se habría sentido menos sorprendido si le hubieran dicho que estaba muerto. Y no es que en ninguno de los dos casos fuera a sentir pena por él. Sólo le privaba de una de sus diversiones favoritas, pensó con cierto fastidio. Meterse con Potter y sus amigos siempre había sido el deporte nacional de Slytherin. Y ahora que la situación estaba claramente a su favor, la ocasión se hubiera pintado sola.

Definitivamente, aquella guerra lo había cambiado todo.

Más tarde, durante la cena, Draco se las ingenió para sacar a colación el tema de Potter y satisfacer su curiosidad.

- Sólo sé lo que es vox populi. —le contó Blaise— Que no salió muy bien parado de su enfrentamiento con el Señor Oscuro. Por lo visto estuvo un par de meses en coma y cuando despertó, no veía. Al principio pensaron que era consecuencia de alguna de las innumerables maldiciones que había recibido...

- Imagínate Hogwarts envuelto en fuegos artificiales. —interrumpió Pansy— Dicen que fue todo un espectáculo... —Blaise le dirigió una mirada reprobadora— …está bien, ya me callo...

Blaise odiaba que le interrumpieran.

- ...pero que la recuperara era solo cuestión de tiempo. —prosiguió— Al parecer recibió tantas maldiciones que lo sorprendente no es que esté ciego, sino vivo.

- El Profesor Snape siempre dijo que ese chico no era feliz si no hacía todo lo contrario a lo que se esperaba de él... —esta vez la mirada de Blaise fue mucho más incisiva— ...me callo.

- Todo un detalle, cariño. —agradeció su pareja— Me gustaría terminar antes del postre, si me lo permites. Para pasar a otros temas más interesantes…

Pansy le dedicó una sonrisa encantadora.

- A la vista está, —siguió Blaise irónicamente— que no la recuperó.

- Y si me permites decirlo, —interrumpió nuevamente Pansy desafiando con la mirada a su novio - ya puede estar contento de que sólo haya sido eso.

- ¿Y qué hace ahora? —preguntó Draco con curiosidad.

Blaise se encogió de hombros.

- ¿A quién le importa? —respondió.

Draco se quedó unos instantes pensativo.

- ¡Oh, oh, oh, conozco esa mirada! —exclamó Pansy entusiasmada— Draco, cariño, ¿en qué está pensando tu mente brillante y retorcida?

- A veces das miedo. —dijo éste con una carcajada.

- ¿Sólo a veces? —apuntó Blaise con sarcasmo.


Pero ella no hizo caso a ninguno de los dos comentarios.

- Vamos, Draco, suéltalo. —apremió con impaciencia— Me aburro mucho últimamente y necesito un poco de diversión.

Draco tenía en sus labios aquella sonrisa desvergonzada que Pansy tanto adoraba.

 

********************

A pesar de ser un hombre firme, de imperturbable carácter la mayoría de las veces, Rufus Scrimgeour hubiera dado cualquier cosa por no tener que enfrentar la situación a la que ahora se veía obligado.

- Es una proposición sorprendente, lo sé. —dijo— También a mí me dejó atónito.

El hombre sentado frente a él parecía estar todavía recuperándose de aquella insólita propuesta.

- Harry jamás lo aceptaría. —habló Remus convencido.

- Sé que sería una decisión muy difícil para él. —reconoció Scrimgeour— Por esa razón pienso que es mejor que no lo sepa, de momento.

Remus abrió los ojos con incredulidad. ¿De verdad estaba el Ministro considerando seriamente aceptar aquella proposición?

- ¿Se ha vuelto loco? —no pudo menos que decir, olvidando que a quien tenía delante era al Ministro de Magia.

- Piense en las ventajas, Sr. Lupin. —intentó convencerle Scrimgeour— ¿Qué es un año de su vida si después puede tener su futuro asegurado para siempre? Si la situación económica del Ministerio fuera otra, habríamos proporcionado a Harry todos los medios y la ayuda que en sus actuales circunstancias necesita. Es lo menos que se merece.

- ¿Y que gana él con esto? —preguntó Remus, enojado— ¿Humillarle? ¿Vengarse?

- Tal vez sólo demostrar, igual que todos los demás, que está dispuesto a enterrar el pasado.

Lupin negó con la cabeza, dando a entender que le era difícil de creer.

- Sé que no será agradable para Harry. —admitió Scrimgeour y Remus dejó escapar un bufido de disgusto— Para su tranquilidad le diré que se le ha investigado exhaustivamente, como hemos hecho con todos. Está limpio. Es sólo un joven hombre de negocios decidido a invertir en nuestra comunidad. Dispuesto a trasladar varias de sus empresas aquí y a crear un montón de puestos de trabajo, Sr. Lupin. Justo lo que necesitamos para que nuestra sociedad florezca otra vez. Ni siquiera le interesa que se sepa que es él quien está detrás de esas compañías. Sólo ha pedido una cosa a cambio…

- A Harry. —le cortó Remus sin poder ocultar su contrariedad.

El Ministro de Magia dejó escapar un suspiro de impotencia, incapaz de negar la parte sin duda mortificante de aquella proposición. A disgusto, no vio otra salida que hacerle ver al licántropo la realidad de la situación de Harry Potter.

- Siento si piensa que lo que voy a decir es cruel, —se excusó de antemano— pero Harry ahora es un minusválido. —Remus le dirigió una mirada furiosa— Y como desgraciadamente no tiene familia, está bajo la tutela del Ministerio, como otros muchos magos y brujas que han tenido la desgracia de no salir bien parados de esta guerra. Y debido a esa incapacidad, ahora depende legalmente de nosotros.

Scrimgeour dirigió una mirada penetrante al pálido rostro del hombre sentado incómodamente frente a él, asegurándose de que sus palabras estaban siendo correctamente entendidas.

- Y si alguien presenta una solicitud formal para hacerse cargo de Harry, ocuparse del adiestramiento que necesita para poder valerse por si mismo en el futuro, ofrecerle un lugar donde vivir, cubrir sus necesidades y nos da las garantías necesarias… —suspiró— el Ministerio tiene la potestad de concederle su custodia. Harry no es capaz de cuidar de si mismo en este momento. Reconozcámoslo.

- Entonces, —dijo Remus conteniendo su enojo— si está dispuesto a entregarle y no necesita del beneplácito de nadie para hacerlo, ¿para qué me he hecho venir aquí?

- Porque Harry confía en usted y la situación puede parecerle menos difícil si es usted quien se la plantea. No pretendo obligarle... —respondió el Ministro dejando entrever que si era necesario, lo haría— Ni convertirlo en un hecho traumático. Todo será mucho más fácil para Harry si usted le convence de que es lo mejor para él.

- Y para el Ministerio. —gruñó Remus.

El Ministro sonrió.

- Y para el Ministerio. —admitió.

Muy a su pesar, Remus empezaba a reconocer que Scrimgeour tenía una parte de razón en todo lo dicho. Y era que Harry necesitaba de alguien que cuidara de él. Conseguir una casa adecuada para una persona ciega estaba fuera de sus posibilidades. Y de las de Harry también desde que su generosidad había vaciado casi completamente su cámara de Gringotts durante la guerra. Él mismo habría solicitado su tutela. Pero sus propias circunstancias y las leyes todavía vigentes sobre licantropía se lo impedían. Y sabía que Harry no quería convertirse en una carga para la familia Weasley, que ya tenían suficiente con sus propios problemas. Tampoco podía seguir eternamente encerrado en aquella habitación de San Mungo, de la que sólo salía cuando sus amigos o él mismo le sacaban de allí casi a la fuerza, angustia por tener que enfrentarse a un mundo que ahora no podía ver.

Algo en la mirada de Lupin, le dijo al Ministro que, aun y desaprobando sus intenciones, tal vez el licántropo empezaba a ver las cosas desde su perspectiva.

- Además, —habló Scrimgeour en un tono más relajado— una vez firmados los papeles de la tutela, la ley obligará al Sr. Malfoy a cumplir con todo lo prometido. Y un mago del departamento de asuntos sociales se encargará de verificar mensualmente que todo está en orden. No vamos a abandonar a Harry a su suerte. —le aseguró con firmeza.

Remus Lupin asintió, sintiéndose culpable y derrotado, sin muchas opciones más que aceptar el desagradable papel que las circunstancias le estaban otorgando. Sin embargo, añadió:

- Pero no permitiré que le engañe. Harry sabrá que el Ministerio quien le entrega a Draco Malfoy.

 



Capítulo 2

Janneth Arashi era la medibruja que había tratado a Harry Potter desde su llegada a San Mungo, seis meses atrás. Recordaba como si fuera ayer el clamor que había recorrido cada pasillo, cada sala, cada habitación del hospital cuando la noticia de que el Señor Oscuro había sido derrotado había llegado junto a la última remesa de heridos y por desgracia, también junto a los últimos caídos.

El entusiasmo, la exaltación por la victoria había llenado de un júbilo irracional a medimagos, enfermeras y pacientes. Los que podían caminar, habían abandonado sus habitaciones y se habían unido al alborozo que reinaba en los pasillos. Los que no, se abrían paso en sus sillas flotantes o ayudados por enfermeras y familiares. Janneth había pensado que más que un hospital, San Mungo había parecido en aquel momento un inmenso psiquiátrico lleno de locos gritones. El caos fue absoluto durante más de media hora, agravado por los portales que se abrían continuamente en los mismos corredores o donde podían, ya que el acceso a urgencias estaba saturado como consecuencia de la cruenta batalla.

Sin embargo, la desbordante alegría que magos y brujas, sanos o enfermos, proclamaban a gritos por todo el hospital había empezado a apagarse lentamente cuando, con los últimos heridos, llegó también el rumor de que de un momento a otro se abriría el portal que traería al héroe de la gran hazaña. Los más pesimistas decían que muerto.
Así que cuando un grupo de hombres y mujeres con rostros crispados y tensos habían aparecido rodeando una camilla que era transportada por algunos de ellos con paso rápido y urgente, la gente había enmudecido y se había apartado con respeto, dejándoles vía libre hacia el ala de urgencias. Rodeado de túnicas desgarradas y amigos con semblantes graves, nadie había podido realmente ver al joven que yacía inconsciente en la camilla.

Janneth jamás había visto a Harry Potter en persona. Alguna foto en El Profeta a la que seguramente no había prestado demasiada atención porque siempre estaba demasiado ocupada. Incluso para dedicarle tiempo al periódico. Y en ese momento le había parecido mucho más joven de lo que ya era.
El joven ya había entrado en coma cuando llegó al hospital. Tras casi seis horas habían logrado cerrar heridas, detener hemorragias, recomponer huesos y drenar su cuerpo de las maldiciones que se estaban cebando en él. Agotada y nerviosa, Janneth había salido a enfrentarse al nutrido grupo de amigos, miembros de la Orden del Fénix y representantes del Ministerio que esperaban fuera, para decirles que el futuro del héroe no era demasiado alentador por el momento.
Había sido la primera que había visto a Remus Lupin fuera de si.

La segunda, cuando un par de días antes un furioso y desesperado Remus había irrumpido en su consulta e inmediatamente había sabido que algo iba mal. Contrariamente a lo que pensó el día que le conoció, Lupin no era un hombre que perdiera los estribos fácilmente. Tenía un temperamento amable y tranquilo. Y era una persona infinitamente paciente, como había demostrado con Harry. Pero el hombre que prácticamente había asaltado su consulta le recordó demasiado al de esa tarde de agosto.

Ahora, tenía sentado frente a ella al hijo de uno de los mortìfagos más temidos de la era Voldemort. De quien había sido su mano derecha. Daba escalofríos constatar el parecido físico entre ambos. Draco Malfoy tenía los mismos ojos fríos y arrogantes de su padre. La misma pose orgullosa y despectiva. Y al mismo tiempo, aquella natural elegancia e innegable atractivo que parecía conferirle la prerrogativa de mirar a los demás por encima de su hombro sin que nadie pudiera cuestionarle el privilegio.

- Sr. Malfoy, ¿tiene idea de lo que significa hacerse cargo de una persona que ha perdido la capacidad de ver? —preguntó— ¿Tiene la más remota noción de los cuidados que necesita, de cómo hay que tratarla, de lo que puede esperar de ella?

- No soy un experto, obviamente. —respondió el joven educadamente— Para eso están los profesionales.

Janneth asintió, complacida por la respuesta. Tal vez hubiera esperanza.

- A pesar de que sus intenciones le honran, —la medibruja forzó una sonrisa— ¿qué le hace pensar que puede hacerse cargo del Sr. Potter?

Draco Malfoy sonrió con benevolencia.

- ¿Qué le hace pensar que no puedo?

Janneth apretó los labios en un gesto de contrariedad. Evidentemente, se había precipitado. A pesar de todo, le había prometido a Remus que haría cuanto estuviera en su mano para desanimar a Malfoy de su empeño.

- Una persona que ha nacido con el sentido de la vista y lo pierde de repente, no es fácil de manejar, Sr. Malfoy. —advirtió— Pasa por una larga y dura etapa traumática. Empezando por un primer estado de shock, al que suele seguirle una fase de negación, en la que el paciente está convencido de que el medimago está equivocado o se ha cometido algún error en el diagnóstico. Le sigue una fase de ira. —Janneth guardó silencio durante unos segundos para observar atentamente cualquier reacción en el rostro de Malfoy— Y cuando el paciente admite por primera vez que lo que le está sucediendo es real, cuando suele, digamos, negociar con Merlín, Morgana o los dioses en los que crea algún ofrecimiento o promesa a cambio de curarse, cosa que por supuesto no sucede, se hunde en la depresión.

- Insinúa que el Sr. Potter esta ¿deprimido? —preguntó Draco, sin poder ocultar el leve deje irónico, intentando imaginarse también a quien podría haber recurrido el Gryffindor en esa fase de supuesta negociación.

La medibruja le dirigió una mirada severa, haciéndole llegar claramente el mensaje de que no estaba dispuesta a admitir el menor sarcasmo sobre aquel asunto.

- Lo mejor para el Sr. Potter es seguir en San Mungo, donde podemos continuar tratándole, evaluando su estado y preparándole para enfrentar y aceptar su nueva vida. —dijo secamente— Ocuparse del Sr. Potter es asunto nuestro.

Draco apoyó los codos en los brazos del sillón y cruzó los dedos en ademán pensativo.

- Mb. Arashi, me temo que desde ayer el Sr. Potter es asunto mío y como su tutor, yo decidiré si lo que le conviene es permanecer aquí, en un ambiente aséptico y frío o por el contrario trasladarle a mi casa, donde recibirá de forma personalizada todas las atenciones que necesite.

Janneth frunció el ceño sin poder evitar dejar aflorar su disgusto. ¡Así que el maldito Ministro ya había firmado! Dudaba de que Remus lo supiera todavía, así como que nadie deseara estar muy cerca de él cuando se enterara. El licántropo tenía puestas todas sus esperanzas en que Malfoy se desalentara cuando conociera el panorama que le esperaba si decidía seguir adelante. Sin embargo, ese tipo tenía pinta de no desalentarse ni que El Profeta publicara que la Bolsa de valores mágica, había caído, dejándole en la ruina.

- El problema del Sr. Potter en este momento, aparte de físico, tiene una vertiente psicológica muy importante. —argumentó Janneth tratando de mantener su fría calma profesional— Necesita un apoyo que estoy segura Ud. no puede darle.

El joven alzó una ceja con una expresión que la medibruja entendió como desafiante.

- Como le he dicho antes, una persona que pierde inesperadamente la vista, debe pasar forzosamente por varias etapas. Volveré a explicárselo, Sr. Malfoy, porque me gustaría asegurarme de que lo ha comprendido perfectamente.

Draco hizo un gesto con su mano, indicando que estaba dispuesto a escuchar.

- Al principio, el Sr. Potter no supo como reaccionar, algo completamente normal en estos casos. En esta primera etapa no suele haber ningún tipo de demostración emocional. El paciente ni ríe, ni llora, ni habla. No sabe que sentir ni a quien culpar. Aunque en el caso del Sr. Potter, diría que el culpable está bastante claro.

En este punto la medibruja no pudo evitar mirar a Malfoy con cierto aire acusador, aunque él fingió no notarlo.

- Después, cuando empezó a recuperarse del shock inicial, al darse realmente cuenta de su discapacidad, se sumergió en un inevitable y profundo estado depresivo, que le llevó a reaccionar con violencia. No quería que nadie le compadeciera, que nadie le hablara o le tocara. Sus amigos no podían acercarse a él. Ni siquiera el Sr. Lupin. Sus niveles mágicos se descontrolaron hasta tal punto, que nos vimos obligados a sedarle so pena de que cualquier persona que entrara en su habitación acabara realmente herida. —la medibruja miró significativamente a Malfoy— El potencial mágico del Sr. Potter es demasiado poderoso como para arriesgarse a enfrentarse a él en plena crisis sin los conocimientos ni los medios necesarios.

Bueno, si eso no le causaba a Malfoy cierto reparo, es que era un inconsciente o un cínico.

- ¿Y cuánto tiempo cree Ud. que puede durarle el estado depresivo del Sr. Potter? —preguntó Malfoy suavemente, sin que ahora asomara ningún tipo de ironía en su voz.

Tal vez inconsciencia y cinismo fueran de la mano en su caso, concluyó Janneth antes de responder, a pesar de todo.

- El primer paso es la aceptación, Sr. Malfoy. Mientras no renuncie psicológicamente a su antigua vida, la que tenía cuando podía ver, no podrá seguir adelante. —le dijo con frialdad profesional— Y créame, el Sr. Potter todavía no lo ha aceptado. Por esa razón, lo mejor para él es seguir aquí, donde podemos ayudarle… y controlarle.

- ¿Es irreversible? —preguntó Malfoy.

La medibruja asintió levemente con la cabeza, con tristeza.

- El Sr. Potter recibió un fuerte golpe en la parte posterior del cráneo, donde se encuentra la zona visual. —explicó— Probablemente al caer, se golpeó contra una piedra o algo igualmente duro. Nunca lo sabremos. Como consecuencia, se lesionó la corteza cerebral visual. —Janneth dejó escapar un pequeño suspiro— En definitiva, Sr. Malfoy, nunca volverá a ver.

Malfoy se mantuvo en silencio durante unos momentos, al parecer meditando sobre todo lo que la medibruja le había dicho. Durante unos preciosos segundos, Janneth mantuvo la esperanza de haberle convencido.

- ¿Cree que el Sr. Potter podrá estar listo para irse mañana, a mucho tardar pasado mañana? —dijo al fin.

Janneth miró fijamente al joven sentado frente a ella, preguntándose si no la habría entendido o lo que era peor, no la había querido entender.

- ¿Ha escuchado algo de lo que le he dicho, Sr. Malfoy? —preguntó intentando dominar su enojo.

- Atenta y cuidadosamente, Mb. Arashi. —respondió Draco con calma, devolviéndole la misma mirada— Pero como me parece haber comentado ya, y espero que usted también me haya prestado la suficiente atención, el Sr. Potter está ahora bajo mi tutela legal. Desde ayer para ser exactos. Por lo tanto soy yo quien decide a partir de este momento lo que es mejor para él.

Janneth hizo intención de decir algo, pero Draco la detuvo con un gesto de su mano.

- He contratado una enfermera privada que se ocupará del Sr. Potter. Y a una terapeuta del que me han dado excelentes referencias para que le enseñe a desenvolverse en su nueva situación. Tal como le prometí al Sr. Ministro, dentro de un año él Sr. Potter será capaz de valerse por si mismo.

Janneth entrecerró los ojos y miró a Draco con reserva. Tal vez había subestimado al joven sentado frente a ella.

- Pues le deseo mucha suerte, Sr. Malfoy. —no pudo evitar decir con sarcasmo— Porque no va a ser tan fácil como sin duda Ud. cree.

Draco se limitó a sonreír.

- Usted sólo téngale listo dentro de dos días. —dijo.

Y abandonó la consulta de la disgustada medibruja sin darle opción a decir una palabra más.


****************************


- Tranquilo, Harry. —Remus palmeó suavemente la mano que se agarraba nerviosamente a su codo— Todo irá bien.

Ambos agotaban los últimos metros del cuidado camino de tierra que conducía a la entrada principal de la mansión Malfoy. Lupin contempló el tenso semblante del joven, sintiendo una nueva punzada de culpabilidad. La que le hundía un poco más en el mar de remordimientos en el que se ahogaba desde que había hablado con él. Aunque dudaba mucho de que Harry le hubiera comprendido realmente. Las pociones que le suministraban para mantenerle tranquilo y controlar su magia le sumergían en un estado que Remus estaba seguro que no le permitía dilucidar lo que sucedía verdaderamente a su alrededor. Harry sólo se había mostrado angustiado porque iban a sacarle de un entorno que ya conocía y en el que se sentía relativamente seguro. No porque el propietario del nuevo espacio donde tendría que desenvolverse a partir de ahora perteneciera a Draco Malfoy. Remus estaba convencido de que había dado su consentimiento sin saber verdaderamente a que estaba consintiendo. ¡Merlín! ¡No creyó que nadie pudiera superar a Voldemort en su escala de personas más odiadas! Pero el nuevo Ministro le seguía muy de cerca.

- Remus... —la voz de Harry sonó algo encogida.

- Lo sé, Harry, lo sé. —intentó animarle— Pero piensa que dentro de un año habrás podido superar esto y tendrás un lugar cómodo y adecuado donde vivir. ¡Tal vez sea yo quien se mude a vivir contigo entonces!—bromeó.

- Sabes que me gustaría, Remus. —Harry sonrió débilmente tras sus gafas oscuras— Me gustaría que lo hicieras ahora…

- A mí también, —suspiró el licántropo con impotencia— pero de momento es imposible.

Harry asintió en silencio.

- Vendré a visitarte con frecuencia. —prometió Remus— Y quiero que me mantengas informado sobre si Malfoy te está tratando bien.

Harry volvió a asentir.

- Bien, hemos llegado.

La mano en su brazo apretó un poquito más. Remus tomó aire y llamó. Un servicial elfo doméstico les abrió casi inmediatamente la puerta con una gran reverencia.

- El amo les espera en el salón. —les informó.

- Cuidado, Harry, hay un escalón. —advirtió Remus mientras guiaba al joven hacia el interior.

El enorme vestíbulo era casi tres veces más grande que el apartamento en el que Remus vivía en esos momentos, se admiró el licántropo. El suelo de mármol negro pulido brillaba como un cristal, reflejando en él las lámparas de vidrio veneciano que colgaban del techo. Las paredes laterales estaban cubiertas por dos gigantescos tapices con motivos mitológicos griegos. A ambos lados de la puerta que daba paso al corredor, había dos grandes jarrones de porcelana, engarzados en una peana del mismo mármol negro que el suelo.

El corredor era muy ancho, casi un segundo vestíbulo y al fondo se divisaba una elegante escalera, esta vez de mármol blanco veteado, que sin duda conducía a los pisos superiores. A ambos lados se alzaban varias puertas de caoba de gran altura, todas cerradas, a excepción de a la que les estaba conduciendo el elfo. Remus no pudo evitar pensar que si no fuera por la magia, aquel ser tan diminuto no podría abrir puertas de semejantes proporciones, ya que los tiradores estaban completamente fuera de su alcance. Prácticamente todos los tramos de pared libres estaban cubiertos por retratos de la familia Malfoy. En el centro de aquel gran espacio había una mesa redonda de grandes proporciones, vestida con una tela que Remus no supo identificar, pero saltaba a la vista que debía ser carísima. En el centro de dicha mesa había un juego de jarrones, todos ellos con ramos de jazmines y algunos objetos decorativos.

El elfo se detuvo ante las dos puertas abiertas e hizo pasar a sus invitados.

La habitación era tan inmensa como el resto de la casa que Remus había visto hasta entonces. Draco Malfoy estaba de pie frente a la gran chimenea del salón, con expresión seria. Alzó los ojos hacia ellos cuando el elfo les anunció y sus labios esbozaron inmediatamente una sonrisa protocolaria a la que Remus no correspondió.

- ¡Bienvenidos! —saludó en un tono que sin dejar de ser amable, tenía ese punto de frialdad característico.

Estrechó la mano de Remus, como si el hecho de que fuera un licántropo, que en su época de escuela había dejado suficientemente claro que le repugnaba profundamente, hubiera dejado de ser un problema para él. Éste le dirigió una mirada penetrante, cargada de advertencias. Malfoy se limitó a sonreír nuevamente y a tomar la mano de Harry del brazo de su ex Profesor para estrecharla educadamente.

- Me alegro sinceramente de que aceptaras este arreglo, Potter. —dijo manteniéndola entre las suyas durante unos segundos.

Harry hizo un leve movimiento de asentimiento y recuperó inmediatamente su mano.

- Puky llevará el equipaje a tu habitación. —dijo pretendiendo no darse cuenta del sutil movimiento.

Remus rebuscó en su bolsillo y extrajo el baúl encogido de Harry y se lo entregó al elfo.

- No has traído mucho. —comentó el Slytherin.

- No tiene mucho. —fue la cortante respuesta de Remus.

- Bien… —Malfoy se mostró incómodo durante unos escasos segundos— Te acompañaré a tu habitación para que descanses. —dijo después dirigiéndole una significativa mirada a su ex Profesor, dándole a entender que ya era hora de que se despidiera.

Remus miró a Malfoy con enojo. Quizás porque había esperado que le dejara permanecer con Harry durante un rato más, asegurándose de que el joven estaría bien. Pero por lo visto su antiguo alumno no estaba dispuesto a permitirle quedarse más tiempo del necesario. Abrazó a Harry con cariño, susurrándole palabras de ánimo que sólo éste pudo oír.

- Bien Malfoy, volveré la semana que viene, para ver como va todo. —dijo extendiendo su mano.

Y cuando Draco la tomó para estrecharla a modo de despedida, un brusco y sorpresivo tirón le dejó a pocos centímetros del rostro del licántropo.

- Soy un hombre lobo, Malfoy. —susurró junto al oído del joven— Recuérdalo.

- ¿Me está amenazando, Lupin? —preguntó Draco entre dientes, intentando retirar la mano que aquel hombre, en apariencia de constitución delgada y frágil, estaba estrujando con descomunal fuerza con la suya.

- Solo advirtiéndote, Malfoy. —siguió susurrando Remus— No sé lo que persigues o lo que pretendes. Pero un solo rasguño, tan solo uno. O el más leve indicio de que le estés atormentando y tu cuerpo se llenará de pelo tres veces al mes. Palabra de licántropo.

Soltó su mano con otro gesto brusco y Draco estiró los doloridos dedos, tratando de recuperar la movilidad y que la sangre volviera a circular.

- ¿Remus? —la voz de Harry sonó algo inquieta.

- Estoy aquí, Harry. —respondió éste inmediatamente.

Remus volvió a abrazar al joven y tras unas palabras de despedida dejó la mansión Malfoy. No sin antes dirigir una última y significativa mirada a su propietario, quien todavía seguía masajeando su maltrecha mano.


Bien, ahí estaba. Harry Potter. El héroe. El salvador del mundo mágico. La mano ejecutora de Dumbledore. El verdugo del Señor Oscuro. El noble y valiente Gryffindor amigo de pobretones y sangre sucias. El defensor de muggles. Un sangre mezclada, como no podía ser menos. Draco esbozó una sonrisa irónica. ¿De qué le había servido tanto despliegue de poder a ese idiota? Repasó con desprecio la inmóvil figura de su ex compañero frente a él. La misma ropa vieja y usada de siempre. El mismo pelo que parecía seguir sin conocer lo que era una cepillo. Su enfermizo aspecto de buena persona, al que ahora había que añadir esa patética pose de desamparo. La que tenía justo en ese momento. Ya no había miradas furiosas seguidas de ácidos insultos.

De hecho, ya no había miradas…

- Te acompañaré a tu habitación. —dijo algo ásperamente, saliendo de su ensimismamiento al darse cuenta de la nerviosa incomodidad del Gryffindor, quien parecía sentirse completamente fuera de lugar, como así era.

Tras una pequeña vacilación, le tomó del brazo para acompañarle.

- Yo te cogeré a ti, si no te importa. —le dijo Potter, recorriendo su brazo, para finalmente asirle del codo— Es más fácil para mí.

Se sorprendió de la docilidad con la que el Gryffindor se dejaba conducir, caminando un paso detrás de él, tanteando al frente con su bastón. Fue entonces cuando Draco tuvo la impresión de que su ex compañero de escuela no estaba en posesión de todas sus facultades. Porque, ciego o no, seguía siendo Harry Potter y él Draco Malfoy. Había esperado, como mínimo, algún comentario hiriente.

- Las habitaciones están en el primer piso. —explicó cuando llegaron al pie de la escalera— Así que tendrás que subir algunos escalones.

- ¿Cuántos? —preguntó Potter.

Draco le miró un poco sorprendido.

- La verdad, —respondió con un poco de guasa— nunca me he entretenido en contarlos.

- No importa, yo lo haré. —dijo el Gryffindor sin al parecer sentirse molesto por el tono— Sólo avísame cuando lleguemos al último.

- La baranda, a tu derecha. —le advirtió Draco, algo descolocado e incómodo.

Vio como Potter tanteaba con la mano en la dirección indicada hasta encontrarla. E inconscientemente, él también empezó a contar los escalones. El lento ascenso hasta el primer piso continuó en silencio, mientras Draco contaba y observaba con una mezcla de impaciencia y fascinación los torpes e inseguros movimientos del Gryffindor, maldiciendo en su fuero interno a la enfermera, que no llegaría hasta el día siguiente.

- Treinta y seis. —dijo al llegar al rellano.

Potter asintió.

- De todas formas, Puky te ayudará con las escaleras y con todo lo que sea necesario. —le dijo— De hecho, está a tu único y exclusivo servicio a partir de ahora. Pídele lo que necesites.

- Gracias. —dijo el Gryffindor en el mismo tono impersonal con el que había hablado desde el principio

Fueron apenas unos segundos los que Draco se cuestionó el porqué de aquella extraña sensación en el estómago. El porqué no podía sentir la añorada y exultante sensación de triunfo que había esperado, como cuando lograba meterle en un buen aprieto con Snape, en Hogwarts.

- ¡Puky! —ordenó tan punto llegaron a la habitación— Ocúpate del Sr. Potter.

- Si amo.

El pequeño elfo se apresuró a tomar la mano de la que Draco se desprendió con alivio.

- Discúlpame, tengo asuntos que atender. —se excusó ansioso por desaparecer de allí— El elfo te traerá la comida a la habitación, si lo deseas. Yo tengo que salir.

Draco sólo hizo una pequeña inclinación de cabeza, sin pararse a pensar que Harry no podía verla y abandonó el cuarto con rapidez.

 

*************************

Durante las semanas siguientes, Draco estuvo muy ocupado. Tal como le había prometido al Ministro Scrimgeour, había empezado a trasladar algunos de sus negocios a Inglaterra. Buscar los emplazamientos adecuados, locales, contratar personal, en definitiva, poner en marcha sus compañías no era cosa de dos días. Aunque, por supuesto, el Ministro le había dado todas las facilidades y había puesto a un par de funcionarios a su disposición para ayudarle en todos los trámites. Fácilmente se le hacían las nueve de la noche revisando papeles, firmando documentos y calculando costes. Esa había sido su vida desde que había abandonado Inglaterra. Y le gustaba. Le daba seguridad. Los números no mentían. Dos y dos siempre serían cuatro, en Zürich o en Inglaterra. Su madre solía decirle que, a pesar de que Lucius había sido un hombre concienzudo con sus finanzas, la visión de Draco para los negocios superaba ampliamente la de su padre. Además, él no tenía otros asuntos que distrajeran su mente como había sido el caso de su progenitor. Así que se había dedicado a ello en cuerpo y alma. Y por primera vez en su vida, lejos de presiones y de la permanente angustia de no cumplir con las expectativas de Lucius, había sentido algo parecido a lo que debía ser la felicidad. Y a no ser por el empecinamiento de su madre en casarle, esa felicidad hubiera sido completa.

Aquella noche Draco abandonó el despacho que sus abogados le habían cedido en sus oficinas un poco más temprano de lo que venía siendo habitual. Ese mediodía Pansy le había ido a buscar a la hora de comer y cuando le había preguntando como andaban las cosas con su nuevo inquilino, se había dado cuenta de que no le había vuelto a ver desde la tarde de su llegada. Sabía que Lupin acudía puntualmente cada semana para visitarle, porque había habilitado las protecciones mágicas de su mansión para que cada miércoles permitieran entrar al licántropo. La verdad era que se había prácticamente olvidado de Potter, como de un tema molesto en el que se prefiere no pensar. No le quedó más remedio que reconocer que había prestado muy poca atención a lo que ocurría en su propia casa, sumergido totalmente en su trabajo. De todas formas, las cosas debían funcionar bastante bien, porque de lo contrario ya habría tenido el hocico del licántropo resoplando en su nuca. Pero, para estar totalmente seguro, decidió que esa noche llegaría temprano y cenaría en casa por primera vez en días.

Mientras esperaba la hora de la cena y decidía si subir a ver a Potter en ese momento o después, repasó el correo que había llegado por la mañana. Entre la numerosa correspondencia encontró la notificación de la primera visita del asistente social del Ministerio. Draco repaso mentalmente su agenda y comprobó con fastidio que tendría que cancelar la reunión del viernes por la mañana con los agentes inmobiliarios. Debía estar presente cuando el tipo del Ministerio visitara a Potter.
Puky apareció en ese momento para informarle de que la cena estaba lista. Bien, iría a ver a Potter después.

- Por cierto, Puky, ¿cómo le va al Sr. Potter? —preguntó mientras éste le servía.

El elfo abrió mucho los ojos y sus orejas oscilaron nerviosamente hacia abajo. El pequeño ser empezó a titubear y después a pedir disculpas para, a continuación, empezar a golpearse la cabeza contra las patas de la mesa. Draco le ordenó que se detuviera, primero sorprendido y después enojado, temiéndose algún desatino por parte de su sirviente.

- ¡He dicho que basta, Puky! —vociferó al final, viendo que éste no se detenía en su auto castigo.

- ¡El amo ordenó servir al Sr. Potter, amo! ¡Pero Punky no lo ha hecho, amo! ¡Punky merece el castigo!

Draco masajeó sus sienes con cansancio. Una pequeña venita en su sien empezó a palpitar anunciando la eminente jaqueca.

- ¿Y por qué me has desobedecido? —preguntó, esperando alguna respuesta estúpida.

- ¡Esa mujer no me deja entrar, amo! ¡No deja que Punky se acerque al Sr. Potter!

Draco alzó una platinada ceja, nuevamente sorprendido. Bueno, si por el mismo sueldo la enfermera hacia las funciones de elfo también, no iba a ser él quien se lo recriminara.

-. ¡Puky le oye gemir y sollozar, amo! —dijo Puky empezando a golpearse otra vez contra una de las patas de la mesa— ¡Y Punky no puede hacer nada, amo! ¡Punky está seguro de que el Sr. Potter está enfermo, amo!

¡Mierda! Potter enfermo y él sin enterarse. El de asuntos sociales llegaría en dos días y Lupin sería capaz de… ¡a la mierda con Lupin! ¡Se iba a enterar esa enfermera por no mantenerle al corriente! Enojado, dejó caer el tenedor y arrojando después la servilleta sobre la mesa con furia, salió airado del comedor. Subió las escaleras ya de muy mal humor. Estaba cansado y la jaqueca empezaba a hacerse notar. Lo que menos deseaba en ese momento era tener que lidiar con problemas domésticos. Cuando finalmente llegó a la habitación e intentó abrir la puerta, no pudo. Alguien había puesto un hechizo en ella.

- ¡Lárgate maldito remedo de sirviente! —se oyó la voz furiosa de la enfermera desde el otro lado de la puerta.

- ¡Abra, Frida! —ordenó Draco en un tono que no dejaba otra alternativa.

Se oyeron unos pasos apresurados y a los pocos segundos el rostro rollizo y azorado de Frida apareció tras la puerta.

- Lo siento, señor Malfoy. No sabía que era usted. —se excusó— Este maldito elfo no hace más que incordiar.

Puky se escondió tras su amo y Draco miró a la mujer con aire de estar perdonándole la vida.

- Vengo a ver como está Potter. —dijo secamente.

- Bien, señor. Como siempre. —dijo ella bajando la voz y señaló la cama— Ahora duerme.

Draco miró a la enfermera con desconfianza. Nadie que no fuera él ponía hechizos en SU propia casa que le impidieran acceder a SUS propias habitaciones. Se acercó a la cama donde Potter descansaba. Efectivamente, parecía dormido. Aunque su aspecto pálido y demacrado no le gustó demasiado.

- ¿Está enfermo? —preguntó.

- ¡Por supuesto que no, señor Malfoy! —aseguró la enfermera.

Sin embargo, algo en la expresión excesivamente amable de la mujer le hizo recelar.

- ¿Sigue dándole esa poción? —inquirió.

Frida dirigió su mirada hacia la cama y puso cara de lástima.

- Es una pena, tan joven… —dijo con voz apenada— Pero me temo que todavía sería demasiado peligroso no hacerlo, señor.

Draco dirigió otra vez sus ojos hacia donde el Gryffindor dormía.

- La Mb. Arashi dijo que había que ir reduciendo la dosis paulatinamente. —le recordó.

- Así es señor. —confirmó ella— Es lo que estoy haciendo.

- Bien. —Draco echó una última mirada a la cama— Asegúrese de que esta puerta esté siempre abierta. —le advirtió.

Y no pudo dejar de percibir el claro alivio de Frida cuando abandonó la habitación sin hacer más preguntas. Draco volvió al comedor pensativo, seguido del elfo.

- ¿Y cuándo dices oír esos gemidos y sollozos? —preguntó mientras retomaba los cubiertos y empezaba a cenar.

- Cada noche. —contestó el elfo— Puky se queda detrás de la puerta todas las noches, porque esa mujer no le deja entrar.

Draco sabía que un elfo no le mentía a su propio amo. Entre otras cosas, porque no podía. Así que si Puky había oído gemidos y sollozos, es que los había oído. Tal vez sólo fuera que a media que Potter iba recuperando el nivel de conciencia que la poción le había quitado, la realidad le resultaba demasiado dura de aceptar. De todas formas, estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto. No quería sorpresas el día que el mago de asuntos sociales se presentara para su evaluación.

- Muy bien, —habló— harás como cada noche. Y en cuanto esos… sollozos empiecen quiero que me avises inmediatamente.

- Si, amo.

- Búscame en el salón.

- Si, amo.

El elfo se retiró, francamente aliviado de no recibir ningún castigo, tal como había creído que sucedería.

Cuando Puky fue a buscarle tres horas después, Draco ya se había adormilado en su sillón, rendido por el cansancio y por la poción que había tomado para el dolor de cabeza. Abandonó el salón seguido del pequeño sirviente y subió las escaleras con rapidez. A medida que se acercaba, podía oír con mayor claridad los sollozos de los que el elfo había hablado. Comprobó con enojo que el maldito hechizo estaba otra vez en la puerta. Reprimiendo su furia la abrió silenciosamente y penetró en la habitación, que ahora estaba en penumbra.

Esta vez, aunque Potter parecía seguir dormido, no estaba quieto y tranquilo como cuando le había visitado horas antes, sino que se movía agitadamente en la cama. Pronunciaba palabras ininteligibles ahogadas por los sollozos que rompían su voz. Frida estaba sentada a su lado, y la primera impresión de Draco fue que trataba de calmarle. Pronto se dio cuenta de que no era así.

La enfermera tenía su varita en la mano, y la agitaba por encima de la cabeza del Gryffindor, mientras sus labios se movían en un casi imperceptible murmullo. Su expresión en ese momento no tenía nada que ver con el rostro amable y compasivo que le había mostrado a Draco durante su visita. Sus ojos brillaban extraviados en un placer sádico y vengativo, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa cruel.

- ¿Qué cree que está haciendo? —preguntó Draco sin alzar la voz.

Frida dejó escapar un grito, sorprendida en su vil entretenimiento, y se levantó de un salto de la cama. La varita salió volando de su mano y fue a parar a la de Draco.

- Repetiré la pregunta, ¿qué cree que estaba haciendo? —dijo otra vez Draco con voz helada.

La enfermera pareció recuperarse del sobresalto sufrido y endureció nuevamente su mirada, llevándola a un punto de maldad que distorsionó sus aparentemente bonachonas facciones.

- Lo que merece. —respondió con desdén.

- ¿Qué pretendía? ¿Volverle loco? —masculló Draco entre dientes.

La sonrisa sádica asomó otra vez a los labios de la mujer.


Un par de horas más tarde, y sin que a Draco le importara lo intempestivo de la hora, una sorprendida y compungida Pansy aguantaba el chaparrón sentada en el sofá de su propio salón, junto a un soñoliento y malhumorado Blaise.

Draco estaba furioso. Y furioso era decir poco.

- ¿Te das cuenta del lío en el que estoy metido ahora? —renegaba el rubio intentando controlar sus estribos— Si el asistente social se da cuenta de que Potter ha estado sufriendo pesadillas inducidas estoy perdido, Pansy. ¡Y ya no digamos si llega a enterarse Lupin! ¡Justo lo que ha estado esperando! —paso una mano por su pelo con desesperación— ¡Maldita sea, Pansy! ¿Cómo se te ocurre enviarme a la viuda de un mortífago? —acabó ya gritando, fuera de si— ¡Es a Potter a quien tengo en mi casa, por todos los dioses! ¿O acaso pretendías ponerle el camino fácil al Ministerio para que pueda expropiarme y yo acabe con mis huesos en Azkaban acusado de intentar cargarme al héroe?

- No es para tanto, Draco… —gruñó Blaise recostándose en el sofá con mal disimulada pereza— …unas cuantas pesadillas no matan a nadie.

El rubio le envió una mirada helada y el otro se encogió de hombros.

- Lo siento, Draco. No pensé… —intentó disculparse su amiga, al borde de las lágrimas.

- ¡No pensaste! —bramó él— ¡Se trata sólo de humillarle, Parkinson! ¡De avergonzarle por tener que aceptar mi ayuda! ¡De que viva sabiendo que tendrá que estarme agradecido por el resto de su puñetera vida! ¡NO DE QUE UNA ENFERMERA RESENTIDA LE VUELVA LOCO CON EL FIN DE QUE ACABE SUICIDÁNDOSE!

Draco siguió paseando nerviosamente por el salón.

- E…era una amiga de mi madre. —trató de justificarse Pansy entre sollozos— Me dijo que necesitaba el trabajo. Pero te ayudaré. —se ofreció de buena fe— Te ayudaré a buscar a alguien.

- ¡Oh, por supuesto que lo harás! —respondió él, tajante— ¡Desde mañana mismo, Pansy!

 


******************

Draco seguía todavía bastante furioso con su amiga. Aunque la visita del asistente social había ido mucho mejor de lo que esperaba. Pero al Slytherin no le gustaba que le llamaran la atención, cosa que había hecho el mago del Ministerio por no haber sustituido todavía a la enfermera que había despedido y por no haberla elegido desde el principio con más cuidado. La posterior llamada de la Mb. Arashi vía floo mordió todavía más su orgullo. Estaba enojada porque no se habían seguido sus instrucciones con respecto a las dosis de la poción tranquilizante, ya que ello iba a retrasar el proceso de adiestramiento del Sr. Potter. Exigió que le llevara de inmediato al hospital para realizarle un chequeo. Draco tuvo que morderse la lengua y aceptar la orden.

Y como se temía, despistar a la medibruja no había sido tan fácil como al asistente social. Comprendió que sospechaba algo cuando le comunicó que esperaba ver a Potter en su consulta dentro de dos semanas para una nueva revisión.

- Le haré directamente responsable de cualquier incidencia en la salud del Sr. Potter. —le había amenazado con expresión agria— Ya le advertí en su momento que cuidar de él no iba a ser cosa fácil.

Y Draco tuvo que morderse la lengua otra vez, cosa a la que no estaba acostumbrado y tragarse las ganas de vociferar que él no tenía la culpa de los errores de los demás.

No, cuidar personalmente de Potter no había entrado en ningún momento dentro de sus planes. Pero encontrar una enfermera que le inspirara la suficiente confianza después de lo ocurrido le estaba resultando muy difícil. Principalmente porque Draco no era persona de confiar en nadie. Y no estaba dispuesto a aceptar a ninguna de las del hospital, por temor a que no fuera más que una correveidile para la Mb. Arashi.

Y no es que ocuparse de Potter estuviera resultando tan complicado como la medibruja insinuaba. En realidad, en esos momentos el Gryffindor no era más que una dócil sombra del héroe que alguna vez fue. Además, Puky estaba pendiente de él la mayor parte del tiempo y Draco sólo tenía que preocuparse de ir disminuyendo la medicación. Potter se pasaba el día sentado en uno de los sillones de su habitación, apenas hablaba ni mostraba interés por moverse de allí. El elfo le llevaba la comida y le ayudaba en todo lo que era necesario. Sólo las noches a veces eran un poco más complicadas. Cuando parecía vivir todavía las consecuencias del maleficio de la maldita enfermera. Aunque Draco no estaba totalmente seguro de que las pesadillas no hubiera sido un hecho habitual en las noches de su ex compañero de escuela.

Desde esa noche en la que había sorprendido a la enfermera ejecutando su retorcido plan, Draco había vuelto cada noche a la habitación de su invitado antes de acostarse él mismo. Con la excusa de dejar preparada la dosis de poción que Puky debía suministrarle al día siguiente con el desayuno. Después, ya que estaba allí, se sentaba un rato y le observaba hasta asegurarse de que el sueño iba a ser tranquilo. No sabía porque lo hacía. Remordimientos, se dijo. Por haber dejado a una persona, ahora incapaz de defenderse, expuesta a una situación que no podía adivinar, ni de la que podía protegerse.

Si la noche se presentaba agitada le daba un poco de poción para dormir sin sueños, tal como le había indicado la medibruja. No iba a permitir que en la próxima revisión Arashi tuviera nada que recriminarle. Aunque lo que ésta nunca sabría era que Draco había descubierto otra forma de calmar al Gryffindor, que no confesaría ni bajo amenaza de tortura: dejar que Potter cogiera su mano.

Había sido de forma casual al principio. Cuando Potter en uno de sus desesperados manoteos había tropezado con la mano de Draco, que reposaba sobre la colcha. El primer instinto del rubio había sido soltarse de inmediato. Pero Potter le agarraba con tanta fuerza, que había decidido esperar a que se tranquilizara un poco. Y para su sorpresa, el Gryffindor se había sosegado más fácilmente que otras veces. En ese momento siempre le invadía una sensación extraña. Porque ese contacto le incomodaba y al mismo tiempo le producía un ligero encogimiento en el estómago.
Potter no era consciente de ello, por supuesto. De otra forma el Slytherin jamás se lo habría permitido.

Ahora Draco no podía evitar pensar que, a pesar de los odios pasados y de todas las broncas que habían tenido con Potter y sus amigos, era cuanto menos triste verle así. Si eso era todo lo que había conseguido por ser el héroe del mundo mágico, más le hubiera valido que el Señor Oscuro se lo hubiera cargado de buenas a primeras, junto a sus padres. La vida podía ser muy desagradecida a veces, concluyó el Slytherin.

Después de de casi dos meses y a pesar de haber elaborado con gran entusiasmo el plan para mortificar a su enemigo de escuela, sentía como ese entusiasmo se iba deshinchando a medida que pasaban los días.

 



Capítulo 3

Estaban casi a finales de Abril. Pronto se cumplirían dos meses desde que había firmado aquella insensata tutela. La que le había precipitado en un pozo de responsabilidades y obligaciones que tan siquiera imaginó.
Tras la última visita, la Mb. Arashi le había dicho que se las arreglara como quisiera pero que tenía que conseguir que Potter abandonara ese sillón y saliera de su habitación. Pronto la presencia de la poción en el cuerpo de su tutelado sería mínima y tendría que empezar a enfrentarse a la realidad que le esperaba tras la puerta en la que se protegía. No podía seguir permitiendo que se aferrara a esas cuatro paredes, que ahora ya eran para él tan familiares y seguras como lo había sido su habitación de hospital.

- Dentro de diez meses el Sr. Potter tendrá que encararse él sólo al mundo. O al menos eso es lo que Ud. prometió. —le había recordado la medibruja con acritud— Y no lo conseguirá si sigue atrincherado en esa habitación, con un elfo que, menos masticarle la comida, lo hace todo por él.

Draco pensó, molesto, que esa mujer se las arreglaba siempre para encontrar la manera de recriminarle la tutela de Potter y hacerle sentir que había sido la peor decisión de su vida. Y aunque ahora también él fuera de la misma opinión, no estaba dispuesto a darse por vencido y a humillarse dándole la razón. Eso sería lo último. Así que muy a su pesar, decidió que a partir de ese momento, aunque tuviera que modificar su rutina de trabajo, comería en la mansión cada vez que le fuera posible. Empezando por ese mismo día.

Con la confianza que da la seguridad de haber tomado la decisión correcta, ordenó a Puky que subiera a buscar a Potter y le acompañara al comedor. A los pocos minutos, el elfo apareció de nuevo con semblante compungido, diciendo que el Sr. Potter no quería bajar y que no había manera de convencerle. Tras dudar unos segundos, Draco se levantó de la mesa fastidiado y se encaminó hacia la escalera, diciéndose mentalmente que no debía perder la paciencia, que eso era lo que precisamente esperaba la medibruja de él.

Como siempre, encontró a Potter sentado en el sillón frente a la chimenea, callado e inmóvil. Respiró hondo y avanzó con decisión. Se plantó ante él, cruzó los brazos y buscó el tono más autoritario de todo su repertorio.

- ¿Por qué no quieres bajar, Potter? —le preguntó.

La cabeza del Gryffindor se movió apenas en dirección a la voz y Draco se dio perfecta cuenta de cómo sus manos se crispaban sobre los brazos del sillón.

- Sé que ya no estás tan aturdido como pretendes hacerme creer. —le hizo saber— Así que espabila y mueve tu culo de ese sillón.

El Gryffindor siguió inmóvil. Draco volvió a respirar hondo antes de hablar.

- Entiendo que te sientas más seguro aquí. —le dijo, tratando de sonar comprensivo— Pero alguna vez tienes que dejar esta habitación. Y hoy es tan buen día como cualquier otro.

Depositó su mano sobre el brazo de Potter, para indicarle que se levantara. No obstante, él no se movió.

- Por las buenas, o por las malas Potter. —gruñó, empezando a perder la paciencia.

Notó el estremecimiento que recorrió el cuerpo del joven sentado y Draco se golpeó mentalmente por lo que acababa de decir. Se trataba de sacarle de la condenada habitación, no de aterrorizarle y que luego se lo contara al asistente social. Ya había sido demasiada suerte que no pudiera recordar los manejos de la enfermera apenas un mes atrás.

- Me refiero a que saldrás de aquí de todas formas, —aclaró— aunque tenga que levitarte. Tú mismo.

Con franco alivio, vio como por fin Potter buscaba con la mano el bastón que tenía apoyado contra el brazo del sillón y lo encontraba. Después se levantó y se quedó de pie frente a él. Extendió la mano. Entonces Draco se dio cuenta de que buscaba su brazo para poder asirse a él, como había hecho el día que había llegado. Tal como le había recriminado también la medibruja, Draco no se había molestado en recorrer con el Gryffindor la casa, ni siquiera el cuarto donde dormía para ubicarle. Un ciego necesita saber las dimensiones de una habitación, donde está la puerta, la ventana, los muebles, para poder aprenderlo y poder moverse con seguridad en ella, le había dicho. Él simplemente se había limitado a depositar toda esa responsabilidad en Puky y a olvidarse de Potter. Pero un elfo está acostumbrado a servir, no a enseñar. Y facilitarle la vida a su huésped había sido lo que había hecho el pequeño y solícito sirviente.
Por primera vez, Draco se preguntó si Potter no habría salido antes de la habitación porque nadie le había enseñado cómo, ni qué podía encontrar una vez fuera.

- ¿Podrás seguirme así? —preguntó afianzando la mano del otro joven en su codo.

El Gryffindor asintió y lentamente, Draco emprendió la marcha. Al llegar a las escaleras le recordó que eran treinta y seis escalones y le guió en el descenso, un peldaño por delante de él. Cuando por fin arribaron al comedor, le ayudó a sentarse y con un silencioso suspiro de alivio se dirigió hacia su propia silla, al otro lado de la mesa y también se sentó. Bueno, después de todo no había sido tan difícil, pensó satisfecho de si mismo. La comida estaba ya en la mesa. Tomó la cuchara y estaba a punto de introducirla en el delicioso consomé que los elfos de la cocina habían preparado cuando se dio cuenta de que Potter seguía inmóvil. Recriminándose mentalmente nuevamente su estupidez, se levantó y acudió a su lado.

- El primer plato es consomé. —le aclaró mientras llevaba su mano derecha hacia los cubiertos— Aquí tienes la cuchara… y el cuchillo. —tomó su mano izquierda— Aquí está el tenedor, el plato… —Potter palpó el borde y después sus dedos chocaron con el tazón— …y la copa está frente al plato, ¿de acuerdo?

El Gryffindor asintió en silencio. Tras contemplarle durante unos segundos, Draco regresó a su lugar en la mesa.

No supo si fue en el momento en que sintió sus manos bajo las suyas, dejándose llevar. O cuando torpemente Potter volcó la copa y su contenido se extendió por el mantel y aquel pequeño incidente pareció altearle tanto. Tal vez fuera cuando llegado el postre, en un arranque que le sorprendió a él mismo, decidió pelar una manzana, cortarla en gajos y dejársela en el plato, al alcance de la mano. Simplemente Draco se había dado cuenta de que nunca había ayudado a nadie y de que nunca nadie le había ayudado a él. Si acaso había recibido órdenes; se le habían dado instrucciones y normas que cumplir. Su padre le hubiera molido a Cruciatus si se hubiera enterado de que su hijo, un Malfoy, se rebajaba a pedir ayuda de alguien fuera cual fuera el motivo. Si bien su padre ya le había molido con esa maldición por otras muchas razones que ahora no quería recordar. Draco había crecido solo y se había acostumbrado a ser autosuficiente y a no depender de nadie. También a que nadie dependiera de él. Y no es que Potter le estuviera pidiendo ayuda. No con palabras. Pero todo lo que el Gryffindor callaba, cada uno de sus gestos lo gritaba a voces. Y Draco siempre había tenido muy buen oído. Aunque sólo ahora, había empezado a escuchar.

A partir de ese día, Harry desayunó, comió y cenó con Draco, siempre que éste se encontraba en la mansión. Aunque los primeros días había seguido resistiéndose un poco, acabó por acostumbrarse a subir y bajar escaleras, a veces con la ayuda de Puky otras con la del dueño de la mansión, y a tomar sus comidas en compañía. Y a pesar de que todavía no había logrado mantener ninguna conversación con él, Draco no perdía la esperanza. Porque estaba seguro de que si no se esforzaba en tratar de charlar con su invitado, la medibruja también se lo recriminaría.

A mediados de Mayo, a pesar de haber dejado de tomar la poción tranquilizante, Potter parecía encontrarse calmado y relajado. Puky no le había descrito ningún síntoma que pudiera hacer sospechar que la conducta violenta que tanto preocupaba a la medibruja Arashi pudiera volver a reproducirse. El asistente social se había mostrado complacido después de su última visita y tampoco había recibido ninguna queja, al menos alguna realmente importante, de la quisquillosa medibruja. Estaba tan satisfecho y orgulloso de si mismo, que incluso había dejado que el pobretón y la sangre sucia acompañaran a Lupin en su última visita.


Aquella noche Draco estaba especialmente cansado. Había estado revisando papeles hasta tarde junto a sus abogados, ultimando los últimos detalles de la puesta en marcha de la primera empresa que entraría en funcionamiento en apenas una semana. A pesar de todo, subió las escaleras en busca de Potter, al ver que Puky no le había llevado todavía hasta el comedor, como ya era habitual. Pensó con optimismo que quizá la visita de sus amigos aquella tarde hubiera animado lo suficiente al Gryffindor como para lograr mantener una mínima conversación con él.

Llamó a la puerta y sin esperar respuesta entró. La habitación estaba vacía. Un pequeño ruido procedente de la puerta frente a él le dio la pista de que el Gryffindor debía estar en el baño. Así que esperó. Por los sonidos que llegaban a través de la puerta parecía como si buscara algo que no encontraba, como si estuviera revolviendo cajones y armarios. Draco se preguntó si sería correcto entrar y ayudarle. Pero de repente el ruido cesó y ya no se oyó nada más. Seguramente había encontrado lo que buscaba.

- Potter, ¿estás bien? —preguntó— La cena ya está lista.

No hubo respuesta. Algo inquieto y tras unos momentos de vacilación, Draco resolvió abrir la puerta, aún a riesgo de sorprender al Gryffindor en algún momento íntimo. Nada más entrar, el destello del pequeño objeto que Potter tenía en su mano fue suficiente para que el corazón le diera un vuelco. Se abalanzó sobre él, sintiendo que el pánico le invadía e intentó arrebatarle la cuchilla que sostenía en su mano derecha. Al sentirse atrapado, Potter se defendió con más fuerza de la que Draco hubiera esperado y acertó el primer codazo en pleno estómago del Slytherin. Draco se encogió durante unos segundos, pero no le soltó. Siguió sujetando su muñeca, sacudiéndola después con fuerza para hacerle soltar la fina hoja de acero cuyo filo tenía ya un reborde rojizo.

- ¡Suéltala, maldita sea! —masculló inútilmente— ¡Suéltala!

Pero la desesperación parecía darle fuerzas al Gryffindor, que se retorcía y trataba de librarse del fuerte agarre del rubio, ya fuera a patadas o golpeando con la mano que tenía libre. La que ya tenía un pequeño corte en la muñeca, que para alivio de Draco no era más que una leve herida.

Harry trató de empujar al Slytherin, hacia atrás con su cuerpo y darse la vuelta para de esta forma liberar su muñeca más fácilmente. Pero Draco, algo más alto que él, le sujetaba firmemente contra su pecho con su brazo libre. Al no conseguir su propósito, el moreno dio una fuerte patada acertando uno de los tobillos de Draco, logrando que perdiera el equilibrio y que ambos cayeran al suelo. Durante unos segundos, el Gryffindor debió pensar que lo había logrado, porque casi consiguió incorporarse. Pero un tirón en la muñeca que Draco todavía sujetaba le hizo soltar un grito de rabia. El consiguiente forcejeo hizo que ambos jóvenes rodaran por el amplio baño durante unos instantes. Al final, la mayor envergadura física de Draco y sin lugar a dudas, la facultad de éste de poder ver los movimientos del otro, se impuso.

- ¡Déjalo ya, Potter! —jadeó logrando inmovilizarle por fin bajo su cuerpo— ¡Y suelta la cuchilla!

¡Terco Gryffindor! Golpeó varias veces contra el suelo la mano que tenía todavía agarrada por la muñeca.

- ¡He dicho que la sueltes!

Harry dejó escapar un quejido de dolor y esta vez la mano se abrió, soltando el cortante objeto que se deslizó velozmente con el impulso de la sacudida hasta chocar contra la pared, rebotar, y quedar inmóvil a pocos centímetros de ella.

Durante unos momentos, Potter se quedó quieto, resollando, y Draco todavía con todos los músculos tensos y resoplando también, pensó que por fin se había dado por vencido. Sin embargo, de improviso se retorció como una anguila, tratando de golpearle nuevamente y el rubio tuvo que hacer acopio de todas las energías que le quedaban para seguir manteniéndole inmovilizado bajo su cuerpo.

- ¡Suéltame! —exigió Potter con voz ronca.

- No hasta que te tranquilices. —jadeó Draco, sorprendido a pesar de todo de oír su voz.


Harry seguía intentando liberar su muñeca, que Draco todavía tenía atrapada. Pero el Slytherin no pensaba darle la oportunidad de que pudiera apoyarse en las dos manos y ciego o no, lanzarle contra alguna pared, armario o bañera. No iba a cometer el error de subestimarle otra vez. Dejando aparte su potencial mágico, físicamente Potter era mucho más fuerte de lo que parecía a primera vista. Draco era consciente de que había necesitado de todas sus fuerzas para dominarle y no quería ni pensar en lo que sucedería si el Gryffindor empezaba a descontrolarse mágicamente. Las palabras de la Mb. Arashi volvieron a su mente, esta vez, en toda su magnitud.

- ¡Suéltame, maldita serpiente! —escupió Harry con rabia— ¿No te has reído ya lo suficiente? ¿Todavía necesitas más diversión?

- Esto no me divierte. —respondió Draco tras unos segundos— Sólo pretendo ayudarte.

Y era cierto. Aquella situación realmente nunca había llegado a resultarle divertida. Potter lanzó entonces una carcajada histérica.

- ¡Un huevo vas a querer ayudarme, Malfoy!

- Hablo en serio Potter. —se reafirmó Draco, consciente de que a pesar de todo esas palabras debían sonar totalmente ridículas en su boca.

- ¡Si en realidad quisieras ayudarme, no me hubieras detenido hace unos momentos, maldito idiota!

Draco se quedó en silencio, frenando nuevamente los rabiosos intentos del otro joven por deshacerse del peso de su cuerpo sobre él. Ahora que había logrado retener también su otra mano, el Gryffindor jadeaba frenético, incapaz de librarse de aquel aplastamiento. Agotado y enfadado, Draco se preguntó cómo no se había dado cuenta, cómo no le había visto venir. Después de todo, parecía que no había escuchado tan bien como creía. Dejó caer su cabeza sobre el hombre de Potter con gesto abatido.

- Si te calmas y prometes no golpear ni patear, te soltaré. —concedió— Pero no sin antes explicarme lo de esa cuchilla.

- ¿Temes que un pobre ciego pueda hacerte daño, Malfoy? —se burló el moreno, eludiendo la segunda cuestión.

- Temo que tú puedas hacer daño.

- ¡Y una mierda!

El Gryffindor tenía el rostro enrojecido por el esfuerzo en debatirse, por la rabia y las lágrimas que pugnaban por salir y que retenía con todas sus fuerzas.

- Claro que, cómo quedarías tú Malfoy, si un ciego lograra burlarte. —resopló con sarcasmo— Cómo se lo explicarías al Ministerio, ¿eh, Malfoy?

Bueno, ese si era definitivamente Harry Potter, se dijo Draco, no muy seguro en esos instantes de que se alegrara de tenerle de vuelta. Pero si quería guerra, por Merlín que la tendría. Después de todo, ¿no era lo que había estado esperado?

- ¿El mismo Ministerio que te ha vendido a cambio de unos cuantos puestos de trabajo, Potter? —contraatacó entonces Draco susurrando junto a su oído— A Scrimgeour no le costó mucho tomar esa decisión, créeme. Es más, creo que le importa un carajo lo que pase contigo mientras yo le dé lo que él quiere.

Harry volvió bruscamente la cabeza, intentando apartar de él la fría y mortificante voz.

- ¿Quién te iba a echar de menos, Potter? —continuó Draco en tono mordaz— ¿Ese licántropo que no tiene donde caerse muerto? ¿Esa sabelotodo sangre sucia que vive en los libros, esos que tú ya no puedes leer ni compartir con ella? ¿O la comadreja cuya familia no ha sido capaz de acogerte porque les hubieras dado más problemas de los que ya tienen?

- ¡Cállate! —gritó Harry.

- Solo te quedo yo, Potter… —le dijo con sarcasmo— Que desilusión, ¿verdad?

El Gryffindor negó violentamente con la cabeza y sus negros cabellos rozaron suavemente el rostro de Draco, provocándole una agradable cosquilleo.

- Hazte a la idea de que ahora dependes de mí y que yo no voy a compadecerte como lo han hecho ellos. —dijo tratando de que su voz no flojeara.

Podía sentir como el cuerpo de Potter temblaba bajo el suyo, sacudido por los sollozos que vanamente intentaba reprimir. Y en ese momento Draco quiso abrazarle. Hundir su rostro en aquel suave cabello negro que rozaba su mejilla con cada pequeña sacudida. Decirle que podía llorar cuanto quisiera porque él estaría allí para secar sus lágrimas. Y para evitar que volviera a derramarlas. Para tomar otra vez su mano y tranquilizarle si alguna idea demasiado peligrosa volvía a cruzar por su cabeza.

- He prometido hacer de ti un ciego de provecho y eso es lo que vas a ser. —fue lo que dijo en su lugar— Un Malfoy jamás falta a su palabra, tenlo presente. Así que se acabaron las contemplaciones, Potter.

Le soltó bruscamente y se puso en pie, con el cuerpo y el corazón doloridos. Recogió la cuchilla y revolvió en el armario en busca de más objetos que el Gryffindor pudiera utilizar para auto agredirse, sacando de él unas tijeras y un pequeño corta uñas.

- Ahora levántate. —ordenó— Te espero abajo para cenar. No me hagas volver a subir a buscarte.


Pasados unos minutos, Harry se incorporó lentamente hasta quedarse de rodillas. También estaba magullado. Pero el cuerpo era lo que menos le dolía. Tanteó en busca de sus gafas oscuras, caídas durante la pelea, pero no las encontró. Por supuesto, no vio el pie que estuvo a punto de empujarlas para que él las encontrara y que al final reprimió su impulso para poder seguir contemplando aquellos hermosos ojos verdes que se habían ocultado tras ellas hasta ese momento. Las lágrimas todavía resbalaban por las sofocadas mejillas de Harry. Se sentía humillado y miserable. Burlado. Y si alguna vez había odiado a Malfoy, ese sentimiento no era nada comparable con el que en ese momento quemaba en su pecho. Pero no era al único.

Scrimgeour había planteado la cuestión y Remus le había dado el empujón final. Es una gran oportunidad, Harry, le había dicho el propio Ministro. Ojalá aparezcan más personas como el Sr. Malfoy dispuestas a ayudar a otros como tú, Harry, había continuado diciéndole, orgulloso de si mismo. Y ese otros como tú se le había clavado como una espina abriéndose paso a través de su espesa conciencia. Una más. O mejor dicho, se había clavado en su orgullo. El que se tenía que tragarse cada vez que alguien le ayudaba hasta en las cosas más sencillas y habituales. Todo cambiará cuando tengas el adiestramiento adecuado, Harry, había tratado de animarle Remus. Será duro al principio, pero verás como al final lo agradecerás. No, no lo vería, había estado a punto de decirle. Ahí estaba el quid de todo el asunto. Que no había nada que él pudiera ver.

Parecía que todos eran incapaces de entender que cuando despertaba por las mañanas no era precisamente agradecimiento por seguir todavía vivo lo que sentía. Ahora no había diferencia entre cerrar los ojos o tenerlos abiertos. Que fuera de día o de noche. Que en la habitación las lámparas estuvieran encendidas o apagadas… Se sentía indefenso y asustado la mayor parte del tiempo. Angustiado por cada paso que tenía que dar. Avergonzado cada vez que su mano tanteaba en busca de cualquier objeto y era finalmente conducida por otra mano que le ayudaba a alcanzarlo. Aquella sensación de completa inutilidad era tan sofocante, que incluso se hubiera negado a comer para evitarse la duda de si el tenedor iba a encontrar su trozo de carne en el plato.

Recordó con amargor como los primeros días, después de recuperar la conciencia, ni tan siquiera quería salir de la cama. Y como al final, una decidida y enojada enfermera había acabado sacándole a la fuerza. Cómo aquella desorientación que permanentemente sentía le hacía ir a parar siempre hacia la misma pared, de la que sabía era una habitación no muy grande. Porque la misma persistente y enérgica enfermera se lo había dicho. En realidad le había dado una tournée por todo el cuarto, para que pudiera ubicarse y moverse por él con libertad. Pero él acababa siempre en esa maldita pared. Y cuando por fin había logrado familiarizarse con su entorno, saber donde estaba cada cosa, y sentirse seguro en esa habitación… le cambiaban el escenario. Pero no a cualquier otro escenario, no señor. Tenía que ser la maldita mansión Malfoy para que su humillación fuera total y completa. Para que ya no le quedara ni tan solo un miserable resquicio de autoestima que poder rescatar del fango donde la habían hundido.

Se puso en pie con alguna dificultad y buscó la pila para poder orientarse y saber en qué dirección estaba la puerta. No es que le apeteciera seguir las órdenes de Malfoy. Pero había entendido perfectamente que no le quedaba más remedio. Tendría que ser paciente y esperar a encontrar otra oportunidad. El pequeño corte ahora le escocía. ¡Si no hubiera dudado tanto, maldito fuera! Se tragó las lágrimas y apretó los labios. Cuando sus manos encontraron la lisa superficie de porcelana, supo que tenía que ir hacia su derecha. Había dejado el bastón apoyado en la pared, al lado de la pila. Lo cogió y salió del baño con la esperanza de no equivocarse y acabar contra otra maldita pared. Una vez más. Atravesó la habitación, contando los pasos hasta la cama y desde allí hasta la puerta. Tras unos momentos de vacilación, salió al pasillo.
Un silencioso suspiro de alivio escapó de unos labios, a su espalda.

Harry sabía que las escaleras quedaban a su izquierda desde la puerta de su habitación. A diecisiete pasos de distancia para ser más exactos. Así que empezó a contar otra vez. Cuando creyó haber llegado a la escalera, tanteó con el bastón. Su mano se extendió en busca de la baranda y después, con cuidado, buscó con el pie el primer escalón. El miedo encogió su estómago. Aquellas interminables escaleras le daban pánico. Siempre las había bajado con la ayuda de Puky… o Malfoy. En esas ocasiones, intentando auto convencerse de que no era Malfoy quien le estaba ayudando, para poder seguir conservando un poco de su orgullo. Especialmente desde que la reducción de la poción tranquilizante le permitía pensar con más claridad y darse cuenta de cuanto sucedía a su alrededor. De lo verdaderamente bochornoso de su situación. Respiró hondo y bajó el primer escalón. Se detuvo. Y apretando las mandíbulas con determinación, bajó el siguiente. Volvió a detenerse. En cuanto logró llegar al tercero, alguien arrebató suavemente el bastón de su mano, sustituyéndolo por un codo que ya empezaba a hacérsele familiar. Reprimió el sobresalto y no dijo nada.

- No vas a hacerlo solo, Potter. —habló la voz, algo menos fría que hacía unos instantes— Como te dije antes, pienso ayudarte. Lo creas o no.

Durante unos segundos, Harry pensó en retirar la mano. Pero poder apoyarse en alguien, aunque ese alguien fuera Malfoy, le daba más seguridad de la que estaba dispuesto a admitir en ese momento. Se sentía todavía demasiado nervioso y sí, también demasiado asustado como para no aceptarla. Así que pasados unos segundos en los que estaba seguro que Malfoy había esperado también su rechazo, asintió con la cabeza y dejó que una vez más el Slytherin le guiara hasta el comedor.
Aquella noche, como otras muchas, le costó demasiado dormirse.


A la mañana siguiente se levantó muy cansado. Arrastró con pesadez sus pies hasta la ducha, siguiendo a su bastón. Si hubiera tenido su varita, hubiera intentando convocar sus gafas, perdidas durante la refriega del día anterior. Pero no la tenía. Janneth le había prometido que se la devolverían cuando empezara con su entrenamiento, que hasta entonces no le sería de ninguna utilidad. Pero Harry sospechaba que la verdadera razón era que no se atrevían a dársela. Si lo hubieran hecho, pensó molesto, no hubiera sido necesario ir buscando cuchillas por los armarios con tan patético resultado. Todavía le hervía la sangre al recordar cómo Malfoy le había sorprendido. No había podido darle una imagen más miserable de si mismo.

No había acabado de vestirse, cuando el Slytherin ya estaba llamando a la puerta. Y entrando, porque el condenado hurón nunca esperaba respuesta. Simplemente entraba. A lo mejor pensaba que aparte de ciego estaba mudo y no era capaz de pronunciar un simple Adelante. Apretó las mandíbulas y consiguió controlarse. Como había tenido que hacerlo el día anterior. Sabía que si permitía que su magia se descontrolara nuevamente, acabaría hasta las cejas de poción otra vez. Y no pensaba tolerar que volvieran a hacer con él lo que quisieran, que volvieran a decidir sin contar con su opinión. Al menos con su opinión consciente.

- ¿Estás listo? —oyó que preguntaba Malfoy.

Él asintió, pero después preguntó.

- ¿Sabes donde están mis gafas?

Draco se encogió de hombros.

- ¿Para qué las quieres?

- Las quiero. Eso es todo. Y como comprenderás, no puedo ver donde cayeron. —añadió con sarcasmo.

Draco tardó unos segundos en hablar, meditando su respuesta. Aquel era un magnífico momento para quitarle de una vez por todas aquella recurrente muleta.

- La medibruja me comentó que no las necesitas. —dijo al fin— Que simplemente te escondes tras ellas, porque siempre has llevado gafas y te dan seguridad.

- ¿No vas a devolvérmelas? —preguntó Harry secamente.

- No. Es más, se rompieron al caer al suelo y no pienso gastar mi dinero en algo que no necesitas.

Entonces Harry le tendió silenciosamente su bastón. Draco enarcó una ceja, clavando los suyos en aquellos inexpresivos pero todavía hermosos ojos verdes.

- Puedes romperlo también. —le dijo— Seguramente tampoco lo necesito.

Draco dejó escapar un bufido de exasperación.

- Vamos a llevarnos bien, Potter. Sólo son las ocho y media y queda mucho día por delante.

Y sin más preámbulos, tomó su mano y la enganchó a su codo como si fuera un accesorio más de su atuendo. De hecho, llevar a Potter sujeto a su brazo ya no le resultaba tan incómodo como al principio. Es más, había empezado a considerarle casi como una extensión de él mismo, lo cual no le hacía sentir del todo mal.

Potter estaba enfadado, eso nadie habría podido negarlo. Y después de dos meses de silencio, Draco casi agradecía encontrarse con una actitud distinta a aquel dócil mutismo. Ahora que podía ver sus ojos, también veía las ojeras que delataban una noche en vela. Tampoco él había dormido demasiado. Y sospechaba que el Gryffindor le habría oído las dos veces que había entrado en su habitación durante la noche para comprobar que seguía en la cama y durmiendo. A la vista estaba que fingiéndolo.

- ¿Quieres que le diga a Lupin que venga a hacerte compañía? —le preguntó durante el desayuno— Tal vez necesites hablar con alguien…

- No necesito hablar con nadie, gracias. —le respondió el moreno en tono cortante.

- Está bien. Le llamaré antes de irme. —decidió ignorando la respuesta.

- ¿Quieres hacerme la