MORTIS OBTINEO
HP
I. ODIO Y DESEO
Le odiaba. Le odiaba y le anhelaba. Y no sabía cual de los dos sentimientos era el más fuerte. Había empezado a odiarle cuando le había rechazado aquella primera vez, en primer curso y el maldito Potter había preferido al desarrapado de Weasley como amigo antes que a él. Draco Malfoy todavía no le había perdonado. Su odio había sido visceral y profundo desde aquel momento. Además, con el tiempo había ido comprendido todo lo que les separaba. Porque jamás podrían ser amigos. Ni tan solo compañeros aceptables. Los distanciaban demasiadas cosas. Harry Potter, el Niño que Vivió y Draco Malfoy eran antagónicos, irreconciliables, un resentimiento arraigado en lo más profundo de sus jóvenes corazones, al que habían contribuido todas las circunstancias que rodeaban al joven y potencial salvador del mundo mágico.
En el fondo, pensó Draco, no eran tan diferentes. Los dos no hacían más que seguir el camino que les había sido marcado desde su más tierna infancia. Potter, siempre bajo la protección de Albus Dumbledore, Director de Hogwarts, intentando sobrevivir a cada nuevo encontronazo con Voldemort, Señor de las Fuerzas Oscuras, superar cada trampa que éste ponía en su ya de por sí difícil camino.
Y él, Draco Malfoy, heredero de la antigua y muy noble familia Malfoy, orgulloso sangre limpia, preparándose para seguir algún día los pasos de su padre, Mortífago y fiel servidor del Señor Oscuro y por tanto enemigo natural de Potter.
Sin embargo, y a pesar de todo lo que les separaba, de su incondicional animadversión, de sus enfrentamientos verbales y de sus peleas, había algo en el maldito muchacho que le atraía sin remedio y eso le enrabiaba. En las ocasiones que los ojos de ambos se encontraban, cargados de odio y resentimiento, Draco no podía dejar de sentir un subyacente placer. Le buscaba y le mortificaba a la menor ocasión, aprovechando cualquier oportunidad para enfrentarse a él, mofarse, alterarle, arrancar su furia, disfrutando íntimamente cuando los verdes ojos de Potter echaban chispas al mirarle y a su vez le respondía burlona o amenazadoramente, según lo pidiera la ocasión.
Hasta entonces y a pesar de todas las pruebas que Potter se había visto obligado a superar, dejando en cada una de ellas un pedazo de su corta vida, seguía pareciéndole demasiado confiado e inocente para poder llegar a enfrentarse algún día a un Voldemort, crecido, poderoso otra vez, quien no tendría el menor problema en destrozar al muchacho en cuanto pudiera ponerle una mano encima. En el fondo sentía por él una pena no desligada de cierta morbosidad, porque su vida no se adivinaba muy larga. Solo era cuestión de tiempo que Voldemort o alguno de sus fieles servidores (quien sabía si su propio padre), le alcanzaran. A pesar de Dumbledore y de toda la panda de inútiles que le rodeaban. Y cuando estos pensamientos venían a él, a pesar de su menosprecio y de su repulsa, no podía evitar cierta punzada de angustia que le obligaba a recordarse que lo único que podía sentir por Potter eran unas irrefrenables ganas de complicarle la vida.
Sin embargo se sorprendía a si mismo observándole, siguiendo con disimulado interés todos sus movimientos cuando estaba cerca, admirando sin quererlo la fuerza que emanaban de él, de la que estaba seguro no era consciente, preguntándose como al mismo tiempo podía lucir una sonrisa tan francamente infantil. No quería admitirlo. Se negaba a reconocer que Potter le fascinaba más de lo que jamás hubiera deseado. Mucho más de lo que un Malfoy estaría dispuesto a confesar. Y la misma rabia que le producía no poder evitar este sentimiento, le provocaba el odiarlo mucho más.
Una retorcida idea hacia tiempo que iba tomando forma en su mente. Ya lo había hecho otras veces. Algunas con consentimiento, otras sencillamente había tomado lo que deseaba de la forma que a él más le gustaba: por sorpresa y a traición. Pero en ningún caso había dejado rastro, conciencia de lo ocurrido. Sabía muy bien como protegerse. Y Potter era su candidato perfecto desde hacia tiempo. Formaba parte de su venganza, de su anhelo por castigarle tal vez sencillamente por existir, o por no estar quizás en el lado que él consideraba correcto, por haberle rechazado, por haber complicado tantas veces su existencia y la de los suyos; y de su deseo, del palpitante e inconfesable deseo que despertaba en él cada vez que le sentía próximo, que le presentía vulnerable, al alcance de su mano; entremezcladas las dos cosas, sin poder distinguir cual era la que realmente le impulsaba primero.
Cuando aquella tarde Severus Snape, su querido Profesor de Pociones se enfureció una vez más con Potter y desvaneció su poción, castigándole seguidamente a limpiar el aula después de clase, sonrió con malicia, porque su oportunidad acababa de presentarse. La expresión de furia de Potter, el ligero temblor de sus manos que se cerraban con rabia ante la nueva injusticia de la que seguramente pensaba que era objeto, su gesto de impotencia mientras escuchaba las hirientes palabras que como siempre el Profesor de Pociones reservaba sólo para él, el profundo odio de sus ojos mirándole, sin otro remedio que aceptar lo que éste le imponía. El insufrible gesto de la sangre-sucia, que le susurraba algo al oído, seguramente intentando calmarle para que Potter no acabara complicando todavía más su situación. Y los puños cerrados con fuerza de Weasley, furioso, preparado para meterse también él en problemas a un solo gesto de Potter. ¡Eran patéticos! ¡Potter y sus incondicionales amigos! Pero no estarían allí para ayudarle dentro de unos minutos.
Demoró con apatía la recogida de sus cosas, sin perderle de vista y tras un rápido intercambio de palabras con Crabbe y Goyle, esperó.
-¿Te quedas para ayudarme, Malfoy? –dijo Harry socarrón al darse cuenta de que el Slytherin todavía permanecía en la mazmorra- ¡Que amable por tu parte!
Solos, uno frente al otro, Harry pensó que Malfoy solo se había quedado para mofarse de él, una vez más. Al segundo siguiente comprendió que algo no iba bien. Vio la varita en la mano de Malfoy y de pronto el mundo se oscureció.
II EL HONOR DE SER EL PRIMEROHarry abrió los ojos poco a poco, saliendo de la inconsciencia en la que hasta entonces estaba sumido. Se sintió incómodo. Estaba sentado en el suelo con la espalda contra una pared húmeda y un frío helado penetraba todo su cuerpo. Al principio le costó enfocar la vista a través penumbra que le envolvía. Parpadeó todavía aturdido e intentó moverse, pero algo se lo impidió. Entonces fue consciente de que sus brazos se alzaban por encima de su cabeza y que sus muñecas estaban encadenadas a la pared gracias a unos grilletes. Sin embargo, alguien se había preocupado de envolverlas con una gruesas muñequeras, que evitaban que el hierro las rozara. Intentó tirar de la cadena y lo único que logro fue desprender un nubecita de polvo de la pared que cayó sobre su rostro, haciéndole estornudar. Miró a su alrededor intentando ver más allá de lo que la escasa visibilidad del lugar y la falta de sus lentes le permitía, preguntándose porque estaba encadenado y cómo había llegado hasta allí.
-Hola Potter. Creí que no ibas a despertar nunca.
No podía distinguir con claridad la figura que se adivinaba en la sombra, pero por supuesto había reconocido la voz. La identificaría en cualquier parte. Su tono burlón, la inconfundible cadencia con la que arrastraba las palabras.
-¡Malfoy!
Más que verle, adivinaba su silueta, erguida a cierta distancia frente a él. Por lo visto, al fin Malfoy había decidido mostrar su verdadera naturaleza, haciendo honor a su apellido. Un sudor frío empezó a recorrer su cuerpo al pensar que no podía ser con otro fin que entregarle. ¿Por qué otro motivo podía encontrarse sino encadenado a una pared en lo que sin lugar a dudas era una mazmorra? La rabia y el miedo se confundieron en su pecho, al tiempo que tomaba la determinación de no mostrar en ningún caso, el creciente temor que le asaltaba.
La figura dio unos cuantos pasos y entró en su campo visual, quedándose de pie ante él, sonriendo quedo, como si la cara de desconcertada sorpresa de Harry primero y de soslayado temor después le causara, como así era de hecho, gran satisfacción.
-¿Qué es lo que quieres, Malfoy? –preguntó el Gryffindor a pesar de todo.
Draco, sin dejar de sonreír se puso en cuclillas ante él y le miró con esa expresión de triunfo que Harry tan bien conocía, la que esbozaba el Slytherin cuando lograba salirse con la suya. Vio sus ojos grises brillar con una chispa de diversión, a pesar de la casi exigua luz del lugar, refulgiendo con luz propia, haciendo que por unos segundos quedara atrapado en su mirada.
-No te alteres, Potter –dijo– sólo pretendo tener un cambio de impresiones contigo. – volvió a sonreír mientras sus ojos se alzaban hacia las cadenas que le mantenían sujeto– y como sé que no estás acostumbrado, he preferido tomar precauciones. ¿No habías visitado nunca las mazmorras de Hogwarts?
-Suéltame o te vas a arrepentir. –advirtió, pretendiendo que su voz sonara a amenaza
Sin perturbarse, sintiéndose dueño de la situación, el rubio se sentó a horcajadas sobre las piernas del Gryffindor, inmovilizándolas y dijo en un tono seguro y reposado:
-No tan deprisa, Potter. Vamos a tener ese cambio de impresiones primero.
-Sabes que me buscarán. –replicó él casi inmediatamente.
La pequeña carcajada de su rival dio a entender a Harry que sus palabras no estaban consiguiendo el efecto deseado. Por lo visto el Slytherin estaba muy seguro de salirse con la suya.
-Ah no. Nadie va a buscarte Potter. Te aseguro que dentro de un rato estarás sentado en el Gran Comedor saboreando tu cena. Palabra de Malfoy.
Draco vio la confusión en su rostro, la inquietud que no pudo ocultar en su mirada. Sintió su sobresalto cuando se inclinó sobre él y hundió el rostro en su cuello, restregándolo suavemente contra su piel, aspirando su aroma mientras intuía su creciente nerviosismo. Sonrió para sí, al mismo tiempo que su lengua empezaba a lamer lentamente la parte superior de su garganta y sus manos aflojaban la corbata, deslizándola del cuello de la camisa, que empezó a desabotonar muy despacio.
-¿Qué diablos crees que haces? –le increpó la voz nerviosa de Potter.
Sin lugar a dudas el Gryffindor había estado esperado alguna burla cruel, o que le golpeara, incluso una maldición. Pero no su lengua dejando un camino de saliva desde detrás de su oreja hasta la base de su garganta. Oyó el tintineo de las cadenas y como iniciaba una serie de movimientos desesperados e inútiles por librarse de los grilletes.
-¡Maldito seas, Malfoy! –le oyó exclamar con impotencia.
-¿Asustado, Potter? –preguntó mientras el último botón cedía y abría su camisa dejando al descubierto el pecho del muchacho y su estómago liso y firme.
Sus manos se posaron sobre la piel que siempre había adivinaba blanca y suave y acariciaron lentamente y sin prisas aquel cuerpo largamente odiado y deseado.
-¿Te gusta, Potter? –susurró sensualmente inclinándose nuevamente sobre él, hasta que sus mejillas se rozaron.
Aspiró embriagado el aroma de su piel, que ahora llegaba en cálidas oleadas y apretó el delgado cuerpo contra el suyo, perdiendo de nuevo sus labios en su cuello, besando, lamiendo, volviéndose loco cada vez que le sentía agitarse intentando en vano librarse de su peso, consiguiendo sin pretenderlo excitarlo todavía más.
Como siempre, las emociones del Gryffindor quedaban al descubierto en el fondo de sus ojos. Aquella mirada verde y cristalina que Draco había aprendido a leer a fuerza de encontronazos, de discusiones y de insultos. Y ahora reflejaba sorpresa y temor. Sorpresa porque el Slytherin no estaba siguiendo su habitual pauta de comportamiento con él; temor, porque al no hacerlo, se sentía descolocado, sin saber cómo reaccionar ante aquella situación. Seguramente era más que consciente que privado de su varita y de poder defenderse de su enemigo de cualquier otra forma, estaba indiscutiblemente a su merced. A pesar de todo, sus labios se apretaban en aquel gesto testarudo tan típico de él. Pero cuando intentó besarlos, Harry intuyendo su intención volvió la cabeza con rapidez, en un desesperado movimiento por evitarlo.
-¡Buen intento, Potter! –aclamó con voz ronca, mientras cerraba la mano alrededor de su garganta y la cabeza de Harry golpeaba dolorosamente contra la pared.
Apretó hasta casi cortarle la respiración, ahogándole, disfrutando de su momentánea expresión de pánico, obligándole a abrir la boca en busca de aire, jadeante, pero terco en su voluntad de rechazarle nuevamente cuando buscó otra vez sus labios. Sus ojos se encontraron. Potter le miraba rabioso, impotente, sin entender todavía el porque de aquel juego humillante que intentaba rechazar con todas sus fuerzas, del que trataba de defenderse sin conseguirlo. La expresión de Draco en cambio, era de infinito placer, saboreando la indefensión de su enemigo, de su aturdimiento, de ir apoderándose poco a poco de aquel cuerpo que le hacía perder su fría compostura, el control de sí mismo.
Harry sentía la mano de Malfoy cerrada firmemente alrededor de su garganta, oprimiéndola sin compasión, mientras clavaba sus fríos y grises ojos en él. Las venas de su cuello palpitaban dolorosamente por la presión. Pero aquel dolor no era nada comparable con el dolor de su orgullo herido, de la humillación a la que se veía sometido. Cuando aquel vergonzante juego acabara, cuando el cabrón Slytherin terminara de divertirse, borraría la estúpida sonrisa su cara, le... ¡Dios mío! ¡Por favor, no! El sobresalto al sentir como se abría la cremallera de su pantalón le aceleró el pulso. Notó la fría mano introducirse expertamente bajo su ropa interior, aferrando su intimidad, acariciándola. Aquello no podía estar sucediendo, pasaba de toda medida. Malfoy estaba traspasando la línea de cualquier broma pesada.
-¿Enrojeces, Potter?
Era sencillamente encantador. Potter se ruborizaba. Un involuntario jadeo escapó de los labios del Gryffindor cuando el movimiento se hizo más firme. La boca de Draco buscó los pequeños pezones del moreno, para lamerlos y morderlos después levemente, arrancando nuevos jadeos en su víctima.
-¿Acaso nadie te había masturbado antes? –preguntó con un suave ronroneo. -¿Siempre lo has hecho tu solito, Potter?
Harry cerró los ojos para no ver los de Malfoy, que brillaban extasiados en su burla.
-¡Así que tengo el honor de ser el primero! –susurró irónico, mientras aceleraba los movimientos de su mano.
-¡Muérete, Malfoy! –gruñó Harry con los dientes apretados, intentando con todas sus fuerzas desligarse de las sensaciones que las expertas caricias bajo su pantalón le proporcionaban.
-Es inútil, Potter –volvió a susurrar Draco mientras rodeaba su cintura con el brazo libre por debajo de la camisa y le atraía hacía él, torciendo su cuerpo en un arco difícil, arrancando de sus labios una reprimida queja– Acabarás corriéndote, te lo prometo.
Le divertían los esfuerzos de Potter por evitar lo inevitable. Pero su respiración entrecortada, su cuerpo empezando a estremecerse, no hacían más que demostrar que por supuesto no lo estaba consiguiendo. Le apretó contra él con más fuerza, y oyó el tintineo de la cadena al tensarse, acompañado por el doloroso gesto en su rostro. Busco sus labios con ansiedad, mientras sus manos se deslizaban por debajo de la camisa, sintiendo su piel erizarse a su tacto. Estaba perdiendo el control y se obligó a recuperarlo. A pesar de que Draco poseía un temperamento fuerte e impulsivo, había controlado siempre sus propias pasiones. Y perder ese control no entraba dentro de sus cálculos.
Cuando el primer gemido se escapó de la boca de Potter, no hizo más que confirmarle que ya le tenía, que iba a ser suyo. Aceleró los movimientos sobre su miembro y la respiración del Gryffindor se hizo más rápida, más urgente, mezclada con débiles gemidos que a duras penas podía reprimir. Draco acarició el negro pelo, contemplando extasiado el rostro de Harry, que tenía los ojos cerrados en una expresión de placentero tormento. Cerró su mano en su pelo y le obligó a echar la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre sus labios entreabiertos y penetró su boca con pasión, sin encontrar esta vez ninguna resistencia. Mientras le besaba con un ansioso deseo de posesión, sintió su cuerpo arquearse, estremecerse y Draco ahogó con su boca el gemido que luchaba por salir de la boca de su enemigo, al tiempo que sentía el caliente y viscoso líquido derramarse en su mano.
Permanecieron inmóviles durante unos minutos que parecieron eternos. Harry todavía con los ojos cerrados, intentando recuperar su respiración, sintiendo el cálido aliento de Malfoy en su rostro, atrapado en su doloroso abrazo.
Draco incapaz de dejar de contemplar aquel rostro que se negaba a mirarle, sin soltar todavía el cuerpo que había hecho estremecer hacía tan solo unos instantes y que ahora reposaba, con la respiración todavía agitada, entre sus brazos. Reclamó nuevamente los labios de Potter y le besó con desesperación, sintiendo la urgencia de satisfacer su propio deseo.
Buscó su varita y acortó la cadena que prendía de la pared, de forma que a Potter no le quedó más remedio que arrodillarse para no dislocarse los brazos. Le empujó con impaciencia contra la pared y con un movimiento todavía más impaciente acabó de bajarle los pantalones. Vio su mirada inquieta. Él le devolvió una sonrisa burlona y le volteó sin contemplaciones, estimulado por la visión de sus nalgas redondas y agarrotadas. Se desnudó con prisas. Quería sentir su piel bajo la suya, respirar su aroma mientras le poseía. Se situó ágilmente detrás del Gryfindor, y arremangó la camisa, que no había podido quitarle por culpa de las cadenas, hasta la altura de los hombros, para apoyar sus manos en ellos, restregando lentamente su pecho contra su espalda, deleitándose en el contacto. Acarició sinuosamente sus costados, su cintura, mientras lamía y besaba su piel hasta llegar a sus caderas, donde se detuvo. Podía sentir su respiración rápida y nerviosa, el ligero temblor de su cuerpo cuando acarició sus nalgas perfectas y como se tensaba cuando sintió sus dedos empezando a juguetear alrededor de su entrada.
-Relájate, Potter, –susurró– dolerá menos.
Le obligó a separar las piernas y empezó a prepararle. Harry lanzó un pequeño gemido de dolor al sentir el primer dedo introduciéndose en él e intentó rechazarlo.
-No me obligues a hacerlo a la brava –le amenazó mientras le aplastaba con fuerza con su cuerpo contra la pared, intentando restringir sus desesperados movimientos.
Aunque sabía que no lo haría. No podía permitirse el lujo de que el Gryffindor no pudiera sentarse esa noche y empezara a preguntarse el porqué. No era ese el plan. Nunca lo era. Siguió cuidadosamente distendiendo la estrechez en la que sus dedos se movían hasta que le oyó gemir con fuerza y esta vez no de dolor precisamente. Draco sonrió. A partir de ese momento todo sería más fácil. Asió firmemente sus caderas y empezó a introducirse en él muy despacio, dándose cuenta de que el moreno estaba conteniendo la respiración.
-Ya Potter. Respira. No quiero que te ahogues.
Empezó a balancear sus caderas suavemente, hasta que después de algunos movimientos logró salir completamente para volver a entrar. El Gryfindor ya no luchaba. Al menos no contra él, sino más bien consigo mismo. Tenía la frente apoyada contra la pared sin dejarle ver su rostro. Pero si podía oír sus jadeos, su respiración sofocada mientras se movía al ritmo que él marcaba. El movimiento de sus caderas había empezado a sseguir perfectamente al suyo, facilitando que poco a poco sus embestidas fueran cada vez más profundas y llegaran con más precisión al punto que hacia aumentar gradualmente el tono de sus gemidos. No se podía negar que Potter aprendía rápido. Y por la extensión que se erguía entre sus piernas, la lección no le estaba disgustando precisamente. Recorrió con sus labios cada centímetro de piel de su espalda, mientras una de sus mano abandonaba la deliciosa cadera que hasta ese momento sujetaba para buscar la erección del moreno y empezar a acariciarla. Al sentir su mano, Potter se arqueó y echo la cabeza hacia atrás, golpeando contra su hombro. Aprovechó aquel incontrolado movimiento del Gryffindor para atrapar su pelo y mantenerle ahí, pegado a su mejilla. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no morder la suave piel de su garganta y dejar una hermosa marca en ella. Nada de marcas, se recordó. Se conformó con delinear sus labios entreabiertos con la lengua, mordiéndolos suavemente y después devorar su boca, reclamándola, exigiéndola con fiereza. Potter, sin embargo, no respondió. El Gryffindor le estaba volviendo loco. Más de lo que había esperado. La sensualidad que desprendía, el erotismo inconsciente que impregnaba cada uno de sus movimientos. El rostro que forzaba a mantenerse apoyado contra su hombro, mantenía tercamente los ojos cerrados, pero aun y así, su cuerpo no podía evitar responder a todas y cada una de sus caricias, estremecerse, vibrar cada vez que sus manos lo rozaban. Aceleró el ritmo de sus embestidas, y de su mano, doblegándole a su deseo, sintiendo un placer intenso al hacerlo. Sabiendo que también se lo estaba haciendo sentir a él. Potter tembló y se derramo en su mano, exhausto. Su propio grito de culminación estalló en su garganta segundos después, aplastando a Potter contra la pared ya vacío, trémulo y agotado. Se quedó quieto, apoyando su rostro sobre la sudorosa espalda del Gryffindor, dejando que su cuerpo se recupera del orgasmo más intenso que recordaba.
-Voy a matarte, Malfoy –le oyó murmurar quedamente– Escóndete donde puedas, porque voy a matarte.
El rubio sonrió sobre su piel.
-No –dijo obligándole a volver la cabeza y a mirarle– No lo harás.
-¿Qué crees que va a impedírmelo? –preguntó fríamente Potter.
-Que la próxima vez será todavía mejor.
Sin embargo, los verdes iris del moreno prometían cumplir su promesa. Tendría que darle tiempo. Se separó de él con desgana, para alcanzar su varita y pronunciar silenciosamente el hechizo que haría que Harry Potter olvidara todo lo sucedido aquella tarde.Harry despertó en su pupitre. Se levantó sobresaltado y miró a su alrededor. Un suspiro de alivio se escapó de sus labios al comprobar que estaba todo ordenado y limpio. Se habría dormido cansado, al terminar con su castigo. Recogió la mochila con sus libros y se dirigió hacia la puerta con paso lento, sintiendo una leve pero extraña molestia al andar. Si no se daba prisa, llegaría demasiado tarde a cenar. Seguramente Ron y Hermione ya le estaban esperando. Cerró la puerta silenciosamente bajo la atenta mirada de unos no tan fríos ojos grises.
III. PUEDO ESPERARLas dos semanas que siguieron a su encuentro con Potter se le habían hecho eternas. Ansiaba encontrar una nueva oportunidad de poder llevárselo, sin correr el riesgo de tener que dar demasiadas explicaciones. A Crabbe y a Goyle no les había hecho mucha gracia tener que limpiar la clase de Pociones, aunque hubiera sido con magia. No confiaba en ellos y no podía abusar de sus favores.
Cada vez que veía a Harry sentado en su mesa del Gran Comedor, justo frente a él, charlando tranquilamente con sus amigos, sonriente, ignorante de lo sucedido entre ellos, se desesperaba. Había rezado para que Snape volviera a castigarle. Incluso había intentado aportar su pequeño granito de arena estropeando su poción, añadiendo más raíz de mandrágora de la indicada, en un descuido del Gryffindor. Pero la repelente sangre-sucia le había echado un cable en el último momento, librándole de las iras de Snape.
Sus amigos no se separaban de él ni a sol ni a sombra; era casi imposible encontrarle solo. Además, Potter le esquivaba. No porque temiera lo que él pretendía, sino que era su proceder habitual para evitar acabar en una de sus habituales peleas. Sin embargo, Draco hubiera matado por una buena pelea con él. Cuerpo a cuerpo a ser posible. Aunque el estúpido de Weasley seguramente lo hubiera estropeado.
A medida que pasaban los días, el malhumor de Draco iba creciendo, pagándolo con el primer infortunado o infortunada que se atravesaba en su camino, sin distinción de casa o curso. Aunque si era un Gryffindor siempre era mucho peor. Para el Gryffindor, obviamente. O lograba pronto ese encuentro con Potter, o iba a acabar con la paciencia de sus pocos amigos. Es decir, de Blaise Zabini. El único que podía acercarse a él con la casi completa seguridad de que no saldría demasiado mal parado. Y aun y a pesar de su amistad, Draco le había ocultado algunos detalles de su vida. En un primer momento, había pensado en la posibilidad de pedirle ayuda a Zabini. Pero lo desechó inmediatamente. No iba a ponerse en manos de nadie de aquel modo, arriesgándose a ser chantajeado por su secreto más adelante, seguramente en el momento más inesperado y menos oportuno. Uno de los consejos más valiosos que le había dado su padre durante una de esas charlas padre-hijo tan escasas como intensas, cuando alguna enigmática conjunción astral permitía que se produjera un acercamiento casi familiar entre ambos. No confiar en nadie. Ni siquiera en los amigos, le había dicho. Draco respetaba a su padre. Un respeto rayando en el temor, para ser sinceros. No tenía ningún otro tipo de sentimiento hacia él, porque tampoco nadie le había dado la menor pista de que pudiera tenerlo. No conocía otra forma de relacionarse con su progenitor que no fuera mostrándole una obediencia absoluta y cumpliendo con todas sus exigencias y mandatos al pie de la letra. Tratando siempre de superar sus expectativas, por elevadas que estas fueran. Era un Malfoy y tenía una responsabilidad para con su familia y para con su apellido.
A finales de noviembre, como un regalo adelantado de Navidad, Draco vio por fin la oportunidad de cumplir su deseo. El lunes por la mañana, tras la invasión de lechuzas con el correo, la idea le sobrevino como caída del cielo. Justo cuando vio a la hermosa lechuza blanca de Potter posarse ante él y extender su pata con un pequeño paquete atado a ella. El moreno acarició el ave con afecto y ésta le correspondió con un suave picoteo en su mano, picoteando después de su plato bajo la mirada divertida de su dueño. Potter adoraba a su lechuza y Draco no dudaba que correría a la lechucería sin hacer demasiadas preguntas si alguien le decía que su precioso pájaro había sufrido algún percance. El único problema era que tenía que hacerlo solo, sin sus dos eternas sombras. Tenía cinco días para urdir su plan, antes de la salida a Hogsmeade del sábado.
A pesar de la fría mañana, los alumnos de tercero a séptimo curso, se apresuraban a abandonar la abrigada calidez de sus salas comunes para dejar el castillo en pos de un día de diversión en el pueblo. Tras el desayuno, Draco se había apostado a la salida del Gran Comedor, esperando con paciencia a que el pelirrojo Weasley acabara de atiborrarse, como cada mañana. Después de diez minuto de malhumorada espera, el trío por fin salió del gran comedor en dirección a las puertas del castillo para disfrutar de la esperada visita a Hogsmeade.
- Ah, Potter –escupió tan punto les vio cruzar la puerta– ¿No es tuya esa estúpida lechuza blanca?
El moreno se volvió y le miró con frialdad.
- ¿Qué pasa con ella? –preguntó.
Draco torció una sonrisa y se encogió de hombros.
- Vengo de la lechucería y tu maldito pájaro está alborotando como un condenado. – sonrió burlón– Creo que ha tropezado con algo mayor que él, porque parece tener un ala rota.
A pesar de que su rostro reveló una inmediata preocupación, Potter le miró receloso, sin saber, si creerle realmente.
- A lo mejor se la has roto tú, Malfoy –soltó Weasley, suspicaz.
Draco le dirigió una mirada de desprecio.
- Tengo cosas mejores que hacer, Weasley, créeme.
- Ve a comprobarlo, Harry –murmuró Hermione sin dejar de observar a Malfoy– Te esperamos.
Si Ron no se hubiera empeñado en comerse las cinco últimas tostadas, no irían tan justos de tiempo para alcanzar alguno de los carruajes, que sin duda estaban ya a punto de partir.
- No –contestó por fin Harry en el mismo tono– Adelantados u os quedaréis sin carruaje. Ya os alcanzaré. Nos encontraremos en Honydukes.
Y con un gesto de entendimiento, Hermione le mostró que había comprendido que utilizaría el pasadizo que desembocaba en la tienda de dulces. Harry echó un último y desconfiado vistazo a Malfoy, y se encaminó hacia las escaleras.
Draco permaneció apoyado en la pared con gesto indolente, consumiéndose de impaciencia, esperando que los dos amigos de Potter desaparecieran entre la marea de estudiantes que salían del castillo. Después echó a correr escalera arriba como alma que lleva el diablo para alcanzar al Gryffindor.Harry ya estaba en la lechucería cuando él llegó. Contempló en silencio como acariciaba su lechuza, al tiempo que comprobaba que el ave estaba perfectamente.
- ¡Estúpido Malfoy! –le oyó murmurar.
Draco sonrió mientras sacaba su varita y pronunciaba silenciosamente el hechizo aturdidor. Un alboroto de alas y el ulular nervioso de las lechuzas acompañaron el sonido del cuerpo chocando contra el suelo sobre un lecho de plumas y excrementos. Draco arrugó la nariz con algo de asco y abrió una puerta lateral que daba a una pequeña habitación donde se guardaban los utensilios de limpieza de la lechucería y otros trastos. Arrastró al inconsciente Gryffindor a su interior. Selló la puerta e impuso un hechizo silenciador. Tenían unas cuantas horas de tranquilidad por delante.Aquellos encuentros clandestinos siempre le excitaban. Cuando tiraba el anzuelo y conseguía que un pez picara, desplegaba todas sus artes de seducción hasta conseguir arrastrarlo a la orilla. La pesca era siempre en aguas ajenas. No tenía mérito ni le estimulaba seducir a nadie de su propia asa. Aunque los y las había más que dispuestos. Una vez en sus redes, se dedicaba a saborear y a dejarse saborear por el incauto pez durante una sola noche, antes de devolverlo al agua sin que el pececito recordara nunca que había sido pescado.
Acarició el desvanecido rostro de su enemigo y depositó un suave beso en sus labios, mientras repasaba mentalmente las cuatro reglas básicas que él mismo se había auto impuesto para salir de pesca, siguiendo los consejos de su padre y que en ese momento no estaba cumpliendo.1º Que el pez no nade en tus aguas. Si es alguien cercano tal vez te conozca demasiado y eso nunca es conveniente. (Bien, eso lo cumplía)
2º Que pique por propia voluntad; nadie en su sano juicio rechaza a un Malfoy. (a excepción de algunos Gryffindor, por supuesto)
3º Devolverlo al agua sin recuerdos de su grata experiencia. Por seguridad y de cara a evitar futuros problemas. (Eso también lo había cumplido)
4º Nunca pesques dos veces el mismo pez. El mar es grande y hay muchos más peces en el agua. (Ahí también estaba fallando).Estaba infringiendo dos de sus propias reglas: repetir pez y utilizar métodos poco ortodoxos para atraerlo, cuando precisamente lo que más le satisfacía era que cayeran en sus redes por propia voluntad, sabiendo que era un Slytherin y Malfoy para más regodeo. Sin embargo, no quería pensar en ello en ese momento. Empezó a despojar a Potter de sus ropas e hizo lo propio con las suyas. Se sentó apoyado en la pared y sentó a Potter entre sus piernas, de forma que la espalda del Gryffindor quedó apoyada contra su pecho. Colocó con cuidado la cabeza del moreno en su hombro y contempló la paz que en ese momento reflejaba su rostro. Sonrió pensando lo poco que iba a durar en cuanto despertara. Pero hasta que eso sucediera, se dedicó a recorrer con las manos la piel de su torso, complaciéndose en el relajado deleite de acogerle entre sus brazos, tranquilo, sintiendo su cálida proximidad. Siguió deslizando las manos a lo largo de su cuerpo hasta llegar a sus muslos. Separó las piernas de Potter, colocando cada una de ellas sobre una de las suyas, que encogió ligeramente, soportando el peso de las del Gryffindor. De esta forma toda su intimidad quedaba a su alcance. Acarició el interior de sus muslos, y prosiguió hasta donde los brazos le alcanzaron, sintiendo la suavidad del vello bajo sus manos. Empezó a prodigar pequeños besos a lo largo de su cuello, mientras sus manos volvían a subir y se detenían en torno a la masculinidad del Gryffidor, prodigando suaves masajes en sus testículos Cerró después su mano entorno al todavía dormido deseo del moreno y empezó a masajearlo lentamente. Al poco rato notó el ligero movimiento del cuerpo que estaba apoyado en el suyo y como una especie de suspiro se escapaba de sus labios. Sonrió acariciando el negro pelo de la cabeza apoyada contra su hombro, y buscó los labios que se entreabrían exhalando ya deliciosos gemidos. En poco tiempo, la erección del moreno se erguía poderosa, apretándose contra su vientre. Cuando abandonó sus labios, unos maravillosos ojos verdes se encontraron con los suyos, luciendo todavía aturdidos.
- Hola Potter –saludó de forma extrañamente cordial, sin dejar de acariciar su intimidad– Te he extrañado.La mirada todavía adormecida del moreno, pareció despertar de pronto cuando al parecer su mente empezó por fin a procesar la situación. Estaba desnudo, entre los brazos de Malfoy, sin ropa también a razón de la potente erección que notaba erguida contra su espalda y la mano del Slytherin se movía torturada sobre la suya propia. Era un sueño húmedo, sin lugar a dudas. Aunque si Malfoy salía en él, pronto tomaría tintes de pesadilla. Parpadeó, preguntándose cuando iba a despertar. Sin embargo, el sutil pellizco en su pezón se sintió muy auténtico.
- ¡Malfoy! –gimió como si de repente despertara sobresaltado de un sueño irreal, para darse cuenta de que en realidad no lo era.
- Bienvenido –murmuró Draco con una ¿cálida? sonrisa – Por un momento creí que el hechizo te había idiotizado.
- ¿Qué... qué crees que estás haciendo? –jadeó, deseando escapar de aquel abrazo pero sin fuerzas para hacerlo– Su... suéltame –fue todo lo que logró decir antes de arquearse con un nuevo gemido.
- Cállate Potter –susurró el Sltytherin a su oído– limítate a gozar. Hoy estoy de buen humor y pienso abrir el cielo para ti.Y mientras saboreaba nuevamente esos labios causa de sus desvaríos, Draco deslizó su otra mano hasta la entrada del moreno e introdujo lentamente el primer dedo.
Disfrutó llevándole casi hasta el borde, haciéndole gemir, agitarse, perder el control para después atormentarle llevando sus caricias hasta otra parte de su cuerpo, dejándole ansioso, sofocado, muriendo por sentir de nuevo su mano llevándole a ese extremo de placer que empezaba a volverle loco, el que leía en su rostro sudoroso y enajenado.
- Potter, ¿lo deseas? –murmuró a sabiendas de que ya era completamente suyo– ¿me deseas? –el Gryfindor solo se agitó con un pequeño gemido– Lo tomaré como un sí –aceptó con una sonrisa descarada.Y ya seguro del imposible rechazo del moreno, abandonó aquella cómoda postura para arrodillarse detrás del él, instándole a hacer lo mismo. Acarició sus nalgas, mientras seguía excitándole y lograba que separara las piernas sin demasiada dificultad. Le sostuvo firmemente por la cintura, obligándole a inclinarse lo suficiente como para poder dirigir su palpitante erección hacia su cálido destino. Se introdujo lentamente en él, estimulado por los sensuales gemidos que dejaba escapar el moreno, y cuando Potter empezó a mover sus caderas, buscando aquel punto que antes el Slytherin le había descubierto con sus dedos, Draco inició un suave movimiento de vaivén, haciendo acopio de todo su autocontrol.
Harry sintió como el vello de su cuerpo se erizaba, al tiempo que un temblor incontrolado le sacudía cuando Draco le penetró, para guiarle poco a poco hasta el límite de lo que sus sentidos eran capaces de soportar. Los brazos del Slytherin le sostenían pegado a él, permitiéndole sentir la calidez de su cuerpo contra el suyo mientras le embestía cada vez con más ímpetu. Sus manos se cerraron sobre uno de los brazos que rodeaban su pecho, sujetándose así de los cada vez más enérgicos embates que le sacudían. Gimió con fuerza al sentir nuevamente la mano de Malfoy sobre su erección, sintiéndose transportado por el extasiado placer que jamás esperó recibir de alguien como él. Todavía sin comprenderlo. Sin entender qué era lo que había llevado al Slytherin a iniciar aquella singular relación entre ambos, cual era el fin, qué pretendía. Había sentido sus manos volando sobre su piel y no se le habían hecho extrañas, las había anhelado. Su boca reclamando la suya, y se la había entregado. Había intentado rechazarle sin éxito, demasiado embriagado ya por sus expertas atenciones. Malfoy había despertado en él deseos jamás sospechados, que le impedían hacer otra cosa que ansiar con más fuerza sus caricias, odiándose al mismo tiempo por ello. Y más ahora que su deseo irremediablemente iba a explotar. Un inaudito grito de placer escapó de su garganta al derramarse en la mano de su pretendido enemigo.
Draco jadeó ya al límite de su resistencia al sentir el orgasmo del Gryffindor. Se sujetó con fuerza a aquel delicioso cuerpo, y se hundió en él por última vez, vertiéndose en su interior inmediatamente después.
Potter se desplomó rendido al suelo, cuando las fuerzas de Draco fallaron en sostenerle, vencido por su propio orgasmo, cayendo sobre él. La respiración todavía agitada de ambos era lo único que se oía en el pequeño cuarto. Draco permaneció lánguidamente sobre la sudorosa espalda del Gryffindor, acariciando abstraídamente la nalga que su cuerpo no cubría.
- ¿Cómo te sientes? –preguntó tras un breve silencio, deslizándose hacia delante para poder ver su rostro.
Potter no respondió inmediatamente. Perdió su mirada en los ojos grises que siempre le habían devuelto burla y desprecio, altaneros donde los hubiese y que ahora le miraban extrañamente ansiosos.
- ¿Por qué, Malfoy? –su voz fue apenas un susurro, con un ligero deje de angustia.
- ¿Crees que estás preparado para recordarlo? ¿O vas a seguir queriendo matarme, después de todo? –dijo respondiendo con otra pregunta.
Draco buscó en los verdes ojos algún indicio de que Potter podía admitir lo que acababa de pasar entre ellos. Pero solo vio confusión.
- Bien –aceptó– Puedo esperar.
Y sin que el Gryffindor se diera cuenta, todavía perdido en sus dudas, alcanzó su varita de debajo de la manta y le aturdió nuevamente para borrar todo recuerdo de aquella mañana. No correría riesgos. Era un Malfoy.
IV. MEMORIA RECOLOPara su desesperación, tras aquel segundo encuentro, las noches de Draco se habían vuelto difíciles, sofocantes, asfixiado en un deseo cada vez más ansioso. Durante el día tenía que contentarse solo con verle pasar, inalcanzable, siempre rodeado de sus amigos, muriéndose de ganas de gritarle que lo había hecho suyo. Deseaba arrebatar esos labios otra vez, oírlos gemir, notar aquel cuerpo delicioso temblar contra su voluntad bajo el suyo. Jamás nadie le había hecho sentir con tanta fuerza ni desear con tanto desespero. Ya no parecía tan esencial su primitiva idea de agraviarle como ahora su cada vez más irrefrenable y agobiante anhelo de lograr tenerle otra vez. Y a pesar de todo, se odiaba a si mismo con igual desesperación con que le ansiaba a él. Le enfurecía suspirarle de forma tan punzante, sentirse atrapado en su propia lujuria; que fuera Potter, quien sin saberlo, empezara a dominarle a él. Ahora quería más, necesitaba más. Quería su voluntad, su consentimiento, que participara en el juego. Que le devolviera beso por beso, caricia por caricia, anhelo por anhelo. Que sufriera noches de ardiente insomnio pensando en él. Que le deseara tanto que su vida perdiera el sentido si él no estaba en ella. Necesitaba que le deseara. Casi tanto como volver a resucitar su odio, volver a verse a sí mismo como quien era, reencontrar su esencia, ser Draco Malfoy otra vez. Liberarse de la cárcel de sentimientos que él mismo había construido. Quería acabar con la sensación de su corazón deteniéndose cada vez que sus miradas se cruzaban, intentando adivinar lo que aquellos verdes ojos escondían. Estaba seguro de que Potter no recordaba nada. ¿Cómo podría? Su hechizo nunca había fallado. De otra forma estaba seguro de que habría cumplido su promesa, o al menos lo habría intentado. Y mientras seguía representando su papel de Slytherin frío y sin sentimientos, de expresión altanera, de cuyos labios no se arrancaba una sonrisa que no fuera burlona, se estaba volviendo loco. Siguió observando discretamente las puertas del Gran Comedor desde su mesa esperando verle entrar, intentando al mismo tiempo no perder el hilo de la conversación con Zabini, oyendo el agobiante parloteo de Pansy al otro lado.
- ¿Me estás escuchando, Draco? –preguntó al fin Zabini en tono molesto.
- Si, te escucho –respondió él mecánicamente, desviando los ojos durante unos segundos de la mesa de Gryffindor, para mirara a su amigo y seguir fingiendo que le prestaba atención.
Potter acababa de llegar acompañado de su inseparable Weasley. No parecía que el Gryffindor se encontrara en uno de sus mejores días. Estaba algo pálido y ojeroso, como si no hubiera tenido una buena noche. Sin lugar a dudas el cepillo no había pasado por su pelo, si es que alguna vez pasaba, y su corbata torcida junto a la túnica a medio camino entre hombro y brazo, hacían sospechar que se había vestido de forma bastante apresurada. Se dejó caer en el banco más que sentarse, con una expresión cansada en el rostro. Detuvo a su amiga la sangresucia cuando ésta intentó colocar la segunda tostada en su plato. Granger le dijo entonces algo que hizo que Potter rodara los ojos con resignación. Pero la chica no debió conseguir su objetivo, porque volvió a su desayuno algo enfurruñada. Weasley había seguido la escena sin abrir la boca, bueno si, para seguir llenándola sin compasión con tostadas, salchichas, huevos y zumo de calabaza. A Draco le dolía el estómago solo de verle. El pelirrojo se había limitado a encogerse de hombros cuando su amiga, adivinó el rubio, le había pedido ayuda, por lo visto dándose por vencido en algo que él mismo ya debía haber intentado antes. Potter sencillamente les ignoró a los dos. Tres horas más tarde, en clase de Pociones le pareció escuchar a la sangresucia preguntándole a Potter si todavía le dolía. Imaginó que se refería a su tan traída y llevada cicatriz y le vio asentir levemente con la cabeza, como si aquel sencillo movimiento le costara un gran esfuerzo. Pensó, sin poder dejar de esbozar media sonrisa, que seguramente Snape no iba a mejorarle el día. Como así fue.
- ¡No quiero oír ni una palabra y espero obtener toda su atención!
La entrada del Profesor de Pociones al aula fue teatral, como siempre. Sabía de sobras que cuando sus alumnos oían su particular manera de abrir la puerta, en su clase había más silencio que en un cementerio. Snape enfrentó a sus alumnos con su habitual expresión huraña. Expresión que siempre se endurecía cuando sus ojos se posaban sobre los alumnos de la casa Gryffindor.
- Hoy vamos a elaborar una poción denominada Memoria Recolo, destinada a rehabilitar la memoria, devolver a ella lo olvidado, traer a la mente recuerdos que no sabíamos que estaban allí. Incluso nos permite revivir hasta el menor detalle de los que sí recordamos –miró a Harry con advertencia– No es de las más difíciles de elaborar, pero sí una de las más potentes. Los ingredientes están en la pizarra.
Después, como quien se ha olvidado de mencionar una fruslería añadió:
- Señor Potter, aunque para sentir los efectos hay que tomarla, yo de Ud. procuraría no acercar demasiado la nariz al caldero. Incluso respirar su vapor no creo que le sentara demasiado bien –se inclinó sobre Harry, para que solo él pudiera oírle– No queremos revivir ciertos recuerdos ¿verdad Potter?
- Entonces, ¿por qué le obliga a hacerla? – se atrevió a recriminar Hermione que estaba junto a Harry y no se había perdido detalle de la conversación.
- Porque está en el programa de sexto curso, Srta. Granger Y supongo que a pesar de que el Sr. Potter lo tenga bastante difícil, querrá intentar aprobar. –respondió Snape con desdén.
Le extrañó que Potter ni tan siquiera le dirigiera una mirada hostil, tal como solía suceder habitualmente. Se dirigió a su mesa dispuesto a no perderle de vista. Al poco rato sólo se oía el murmullo del agua hirviendo en los calderos, el corte de los cuchillos cercenando ingredientes, o el tintineo de los botes de cristal que los contenían. Harry, a prudente distancia tal como le había recomendado Snape, veía hervir su poción, medio mareado por el dolor de cabeza con el que se había levantado aquella mañana, acribillado por los punzantes aguijonazos de su cicatriz. Había pasado por alto el desprecio en las palabras de Snape porque no se sentía con fuerzas ni para lanzarle una mala mirada. Esperaba poder pasar el día completamente desapercibido para todo el mundo, incluso para el maldito Malfoy que no dejaba de lanzarle ojeadas, dos calderos más allá. Sólo en una ocasión le desafió con la mirada pero el Slytherin se había limitado a sonreír con sorna, así que decidió ignorarle hasta que la clase terminara. Si después el rubio insistía en su estupidez de provocarle, se limitaría a desaparecer. No dudaba que habría ocasión para hacerle pagar su sonrisa burlona más adelante. Pero no hoy. Al final de la clase llenó con cuidado el bote de cristal, conteniendo la respiración y lo etiquetó. Lo dejó sobre la mesa de Snape, obviando los penetrantes ojos del Profesor sobre él y se dirigió a recoger sus cosas, deseando llegar cuanto antes a la penumbra de su habitación y aprovechar la hora de la comida para dormir. Inesperadamente, la poción con la que Neville Longbottom acababa de llenar su bote y que estaba a punto de cerrar, salió disparada de sus manos (algo en lo que tuvo bastante que ver el empujón de Zabini), derramándose en su mayor parte sobre Harry, que en aquel justo momento pasaba junto a él. La expresión de horror de Neville fue seguida por las risas sofocadas de los Slytherin.
- L..lo siento Harry –se disculpó– de veras, alguien me ha empujado.
Snape, alertado por las risas de los suyos, acababa de darse cuenta de lo sucedido y se dirigía ya con paso rápido hacia Harry, de pie en medio de la clase con el pelo y la cara chorreantes de poción y una expresión estúpida en el rostro.
- Sr. Longbottom –dijo con fría furia– un día de estos voy a tatuarle la palabra “Torpeza” en la frente. ¡Diez puntos menos para Gryffindor!
- P... pero, ¡me han empujado!
Draco observó a cierta distancia como Granger intentaba hacer reaccionar a Potter, que parecía haberse vuelto idiota de repente, hasta que fue apartada sin demasiadas contemplaciones por Snape.
- Potter, ¡míreme! –el tono del Profesor de Pociones a pesar de su exigencia, denotaba cierta preocupación.
Agitó su mano delante del rostro del Gryffindor, pero sus ojos permanecieron estáticos, como si le hubieran hipnotizado o estuviera en trance. Un hilillo de líquido ambarino resbalaba por la comisura de sus labios, por lo que no era fácil deducir que algo de poción había entrado en su boca. Inesperadamente, una sonora bofetada resonó por toda el aula, haciendo que risas y murmullos cesaran de golpe. Harry ni la sintió. Su cabeza era un alboroto de imágenes en tres dimensiones y voces en estéreo que estaban a punto de hacerle estallar su ya dolorida cabeza. Se tambaleó, no por efecto del resonante bofetón, si no más bien porque estaba perdiendo el mundo de vista, anestesiados sus sentidos por la locura que estaba volviendo su cerebro del revés. Cuando segundos después su nariz empezó a sangrar, Snape consideró que había llegado el momento de llevárselo a la enfermería sin perder más tiempo.
- ¡Hablaremos de esto, Longbottom! –amenazó a un tembloroso Neville, que había empezado a llorar al ver el estado en que había quedado su compañero de Casa.
Y enganchando a Harry por debajo del brazo se lo llevó prácticamente arrastrando, seguido de Granger y Weasley, que tuvieron que correr para seguirle el paso. Por su parte, cierta serpiente tuvo que hacer un supremo esfuerzo para no lanzar sobre Zabini una retorcida maldición.Harry tuvo que pasar casi dos semanas en la enfermería hasta que Madame Pomfrey logró que su mente volviera a la normalidad y su cabeza se vaciara de tanto recuerdo confuso. Estaba hecho polvo y le costó varios días más que el molesto zumbido que le había quedado dentro de la cabeza desapareciera por completo. Madame Promfrey le había dado una potente poción adormecedora, que durante los primeros días había amodorrado sus pensamientos. Después, poco a poco su nivel normal de conciencia había vuelto a él, recordando lo que siempre había recordado y dejando en el olvido lo que siempre había estado enterrado. A veces venían flashes a su memoria, retazos que pasaban por su mente rápidos como un relámpago, sin darle tiempo a identificarlos. La enfermera le dijo que todavía eran secuelas de la poción y que en pocos días desaparecerían. Pero era molesto.
Abandonó la enfermería después de comer, harto de tantos días de cama, especialmente los últimos, cuando recuperada su conciencia y sin otra cosa que un palpitante dolor de cabeza, Madame Pomfrey no accedía a sus ruegos de dejarle marchar, aún y prometiéndole quedarse en su habitación y descansar.
- ¿Todavía cuerdo, Potter?
No había caminado ni dos corredores, cuando Harry alzó los ojos para encontrarse con los de la persona que menos deseaba ver en ese momento.
- ¡Piérdete, Malfoy!
No estaba de humor ni con fuerzas para tontas peleas con el Slytherin.
- Creí que a estas alturas estarías en una habitación acolchada, dándote de cabezazos contra las paredes –prosiguió sin inmutarse Malofy, apoyado en la pared con aire petulante– y que con un poco de suerte habrían tirado la llave.
- Es que pedí compartirla contigo y me dijeron que a los más peligrosos les daban de comer aparte.
Draco esbozó una amplia sonrisa. La agilidad mental de Potter estaba en plena forma. Se había quedado algo preocupado cuando Snape se lo había llevado del aula de Pociones con tanta prisa. Y su inquietud perduró hasta poco antes de cenar, cuando Goyle le trajo noticias sobre lo que había podido averigua: que ya le habían dado por lo visto alguna poción que contrarrestara el efecto de la que le había caído encima, parte de la cual había tragado y que era solo cuestión de tiempo que su cuerpo fuera eliminándola. A pesar de todo, sus inseparables guardianes tenían ordenes de llevarle cada día el parte de lo que hubiera sucedido en la enfermería y de informarle sobre cualquier novedad. Todo con el fin de asegurarse de que a Potter le quedara suficiente cerebro que poder machacar en cuanto saliera, por supuesto. O eso era lo que pensaban los dos cerebros de mosquito que tenía por matones. Ahora que lo tenía otra vez frente a él, tan dispuesto como siempre para enfrentarle, Draco no cabía en si de gozo. Aunque su rostro solo reflejara una sonrisa burlona. Le cortó el paso cuando pasó por su lado y de un pequeño empujón le hizo chocar contra la pared, al mismo tiempo que apoyaba sus manos en la fría piedra, impidiéndole avanzar.
- Tal vez compartamos más cosas de las que crees, Potter –se atrevió a insinuar con una sonrisa altanera, secretamente aliviado de que Harry no mostrara ninguna señal de tener recuerdo alguno de los acontecimientos últimamente ocurridos entre ellos.
- ¿Buscas pelea, Malfoy? –preguntó Potter con el ceño fruncido, mientras le apartaba de otro empujón.
- No realmente –contestó Draco mientras volvía a recuperar su posición, dejándole de nuevo contra la pared– pero me lo pensaré si vuelves a empujarme.
Harry le miraba con aquella expresión mezcla de enojo, mezcla de resignación, sus labios apretados en un gesto de estar reprimiéndose las ganas de darle algo más que un simple empujón, tal como expresaba la fuerza con que cerraba sus puños. Sus labios estaban tan cerca, su cuerpo tan próximo...
- ¡Aparta, Malfoy! –dijo al fin poniendo una mano en el pecho del Slytherin con la clara intención de empujarle nuevamente.
Pero esta vez Draco la retuvo antes de que pudiera retirarla y la agarró con fuerza, mientras Harry le miró dando señales de haber llegado al límite de su paciencia. Colocó su otra mano en el pecho del Gryffindor, reteniéndole contra la pared y sus labios volaron a la boca que le recibió sorprendida. Harry se había quedado inmóvil, petrificado, incapaz de reaccionar. Era lo último que hubiera esperado de Draco Malfoy.
- Nos veremos pronto, Potter.
Dejó a Harry todavía apoyado contra la pared, mirándole como un niño al que acabaran de decirle que Santa Claus no existe y todavía no pudiera creérselo. ¡Adoraba esa expresión!
A la hora de cenar, mientras sus compañeros le daban la bienvenida y sus amigos le recibían con entusiasmo, Draco sabía que la atención de Potter no estaba en la mesa de Gryffindor. Sentía su mirada clavada en él, seguramente preguntándose todavía el porque de su proceder. Cruzaron un par de veces las miradas, pero Draco no supo leer exactamente lo que vio en los verdes ojos del Gryffindor. Hasta dos días más tarde.
Estaba realizando su última ronda por los pasillos, con ganas de terminar ya para poder acostarse. El entrenamiento de aquella tarde le había dejado molido. Pero valdría la pena el esfuerzo si con ello conseguían dar una buena paliza a Gryffindor en el próximo partido. En especial a su buscador, pensó con una sonrisa. De pronto una mano agarró su túnica por la espalda y tiró de él para introducirle en una de las clases vacías del corredor donde estaba realizando su ronda. Esa misma mano frustró su intentó de sacar su varita y le hizo volverse para enfrentarse a su atacante.
- ¡Potter! –exclamó gratamente sorprendido. Para después añadir con expresión malévola– Tendré que dar parte, a estas horas no...
Pero Harry ya había estampado contra su cara el puñetazo mejor colocado que había dado en su vida. Draco cayó con un ruido seco sobre un pupitre y sin darle tiempo a incorporarse, sintió que esa mano furiosa le levantaba y el puño de la otra se estrellaba nuevamente en su cara. Esta vez fue a parar al suelo y su cabeza golpeó de forma inclemente contra la losa. Sintió la sangra brotar de su nariz como una pequeña fuente y un dolor intenso que apenas le dejaba abrir los ojos. El muy animal se la había roto, pensó con furia. Sin embargo, el Gryffindor parecía no haber terminado todavía con él. Le levantó del suelo de un tirón y le estampó contra la pared, dejando que se llevara por delante unos cuantos pupitres primero. Mientras le izaba de nuevo, incansable y le aplastaba contra la dura piedra de la pared, sintió su respiración jadeante y furiosa en su nuca, y un nuevo golpe que le dobló la espalda.
- Potter... –intentó escupiendo algo de sangre.
- Dime, Malfoy –la voz de Harry sonó helada, cortante, como jamás la había oído– ¿Qué quieres? ¿Tener otro cambio de impresiones, quizás?
Harry le volteó de un estirón, agarrándole por el cuello y los dos quedaron frente a frente.
- Eres la serpiente más ponzoñosa y rastrera que jamás que haya arrastrado por este colegio –dijo entre dientes, sus ojos brillantes de ira– ¿Cómo crees que le sentará a tu orgulloso papaíto cuando el Director le llamé para decirle lo que es en realidad su hijo?
Y en un nuevo arrebato le rebotó contra el suelo, para después dirigirse a la puerta sin mirarle. Draco se quedó tendido en el suelo, con el cuerpo dolorido, pero más profundamente herido en su amor propio. Las últimas palabras de Harry martilleaban en su cabeza sin compasión.
V. IGNORÁNDOSETras el encuentro en aquella clase vacía, Draco vivió una semana realmente angustiosa, temiendo cada día ser llamado al despacho de aquel estúpido director protector de Gryffindors. Sin embargo, nada sucedió. Llegó a pensar que tan solo era una especia de tortura psicológica por parte del moreno, que estaba esperando a descargar el golpe cuando él menos lo esperara. Pero llegó Navidad sin que Potter y Malfoy hubieran vuelto a cruzar ni una sola palabra más. Harry ni tan solo se molestaba en mirarle. Y para asombro de sus más allegados, Draco había perdido el interés en provocarle. Los dos actuaban como si el otro no existiera. Sencillamente se ignoraban. Y en esa ignorancia ambos parecieron encontrar el remedio a sus males, al menos en apariencia. Ninguno de los dos quería ahondar mucho más bajo la capa de indiferencia mutua que se habían brindado.
Solo en la oscuridad de su habitación, tras la intimidad de los cortinajes de su cama, Draco se confesaba añorar la fragancia de la piel que hizo suya, pero a la que nunca dio la oportunidad de añorarle a él. La que recorrió con sus labios, la que acarició y abrazó. La que tomó con engaño, forzándola, sometiéndola. La que al final le devolvió el golpe sobre su propia piel. Seguro de haberse cerrado él mismo la puerta a cualquier posibilidad futura, se retorcía inquieto contra el colchón de su cama, ahogando su deseo, su ansia de los labios de sonrisa franca que moría al verle, de la verde mirada que le evitaba con desdén. Deseaba volver a casa de sus padres a pasar las Navidades como nunca recordaba haberlo deseado. Necesitaba salir de Hogwarts y dejar de verle al menos durante aquel corto espacio de tiempo; que su presencia dejara de atormentarle; borrarle de su memoria y de sus manos. Tenía la esperanza de haberlo conseguido después de las fiestas. Siempre conseguía lo que se proponía y olvidar a Potter no tenía que ser tan difícil.
El beso de Draco en el pasillo de la enfermería le había sorprendido y puesto del revés un montón de sentimientos a la misma vez. No había comprendido porque el contacto de sus labios, a pesar de todo, no se le hacía extraño. Aquel sabor a menta fresca... Pasado el primer momento de aturdimiento, y mientras le veía alejarse con aire arrogante, se esforzaba en encontrar con qué estaba intentando relacionar su mente el sabor que Draco había dejado en su boca. Había caminado pensativo hasta el Gran Comedor, donde sus amigos le hicieron un agradable recibimiento. Era lo único bueno de ir a parar a la enfermería. Y a él le sobraba experiencia en ese campo. Sonreía. Hablaba con Ron. Escuchaba el inacabable sermón de Hermione sobre los apuntes que había tomado por él, los deberes acumulados que le ayudaría a hacer. Y de pronto, desde el otro lado, la mirada gris en la suya, labios que sonreían traviesos. Fue como si de repente le hubieran golpeado con un mazo y todo vino a él. Al principio solo fueron retazos de una historia que no lograba construir completa, que se mezclaban. Pero cuando le aguardó dos días después en aquella clase vacía, esperando que su ronda nocturna de Prefecto llevara a Draco hasta allí, ya había logrado encajar todas las piezas del rompecabezas. Le esperaba furioso, herido, dispuesto a hacerle pagar por lo que le había arrebatado sin su consentimiento, por haberle utilizado, por haberse tomado la libertad de convertirle en su juguete, manipularle. Y al mismo tiempo y aunque no por ello apaciguaba su enojo, esos recuerdos también contenían la memoria de besos y caricias cuya reminiscencia todavía era capaz de sofocarle y obligarle a tomar una ducha fría. Tal vez esa fuera la razón que desmontara todos sus argumentos para ir a hablar con el Director. Mezcla de turbación y vergonzoso deseo. Culpabilidad por los sueños húmedos que despertaban sus mañanas. Tal vez con las vacaciones de Navidad, cuando Malfoy desapareciera de su vista durante unos días... tal vez entonces sería capaz de recobrar su cordura.
Aborrecía quedarse solo, pero Dumbledore no le permitía salir de Hogwarts para celebrar la Navidad en La Madriguera con los Weasleys. Demasiado peligroso, le había dicho. Tampoco quería privar a Ron y a Hermione de sus familias durante aquellas fechas, así que intentó poner cara de pascuas y demostrarles que no le importaba para que se fueran tranquilos. Al fin y al cabo no eran tantos días. Además, había dicho con un guiño a Hermione, aprovecharía para poner al día todos sus deberes. Tras despedirles se encaminó a su sala común. Le dolía la cabeza otra vez y la cicatriz empezaba a molestarle seriamente. Se preguntaba que diablos estaría sintiendo Voldemort en ese momento para que a él estuviera sacudiéndole de aquella manera. Avanzó por el corredor, cada vez más mareado, deseando llegar cuanto antes a su cama y enterrar la cabeza bajo la almohada. El corredor estaba extrañamente silencioso, ausente del habitual ajetreo de alumnos. Harry se detuvo y apoyó una mano en la pared, tambaleante. Odiaba cuando estos arrebatos del Lord Oscuro eran tan fuertes y a él le dejaban sin fuerzas más que para vomitar hasta la primera papilla. Tendría que hablar con Dumbledore aunque, ¿para qué? Lo que le estaba sucediendo, ya le había sucedido antes. No era nuevo. Sólo tenía que esperar a que pasara. Solo que... ¡augh!...¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!, gritó desesperado, mientras veía como el corredor se le desenfocaba, temiendo que de un momento a otro besaría el suelo. Sus piernas flaquearon, pero antes de que perdiera contacto con la realidad, alguien tiró de su brazo levantándole y pasándolo por encima de su hombro, sujetándole con fuerza. No podía ver quien era porque apenas podía mantener los ojos abiertos.
- ¿Qué pasa Potter?
- ¡El maldito bastardo! –masculló él– Debe estar pasándoselo genial.
- ¿Te llevo a la enfermería?
Harry negó con la cabeza, de lo que se arrepintió inmediatamente, ya que ese movimiento añadió un nuevo matiz al dolor que ya sentía.
- Madame Pomfrey se ha ido –logró decir.
Bruscamente el dolor fue tan intenso que creyó que definitivamente su cabeza iba a explotar.- Me estás asustando, Potter –fue lo último que escuchó.
Horas después, cuando abrió los ojos captó la borrosa imagen de la enfermería y se preguntó como habría ido a parar allí finalmente.
- ¿Cómo te encuentras, Harry? –oyó a la voz siempre tranquilizadora de Dumbledore.
- Mejor –contestó él incorporándose y buscando por inercia sus lentes en la mesilla.
- Debes agradecer que el Sr. Malfoy se cruzara contigo en el corredor y te trajera aquí.
Hubiéramos tardado horas en echarte en falta.Harry volvió la cabeza y vio a Draco de pie al otro lado de la cama. Ojos grises aceradamente fríos, sin ninguna expresión concluyente.
- Bien, bien. Descansa, Harry. –Dumbledore le miró con aquel típico gesto de estar leyendo sus más íntimos pensamientos– Después hablaremos.
- De hecho preferiría volver a mi habitación, si no le importa.
- Como quieras. Os veré a la hora de comer –dijo el Director dirigiéndose a los dos.
Y abandonó la enfermería con su habitual porte majestuoso.
- Supongo que tengo que darte las gracias –dijo Harry en tono indiferente, sin mirar a Draco, mientras buscaba sus zapatos.
- Supongo que sí –respondió Draco en el mismo tono.
- Entonces, gracias.
Abrochó el último cordón e hizo intención de dirigirse a la puerta para irse.- ¿Siempre es así?
Harry se detuvo, sorprendido por la pregunta.
- No siempre. –contestó todavía sin volverse Y añadió con cierto deje irónico– La mayor parte del tiempo logro sobrevivir sin tener que agarrarme por las paredes.
- O simplemente esperas a que alguien llegue a tiempo para sostenerte.
Esta vez Harry se dio la vuelta para encararse al arrogante rubio.
- Creo que ya te he dado las gracias –dijo cortante.
Enfrentaron sus miradas durante unos instantes. Los ojos de Draco se veían impasibles y los de Harry brillaban con desdén.
- ¿Cómo es que no te has ido a casa, Malfoy? –le preguntó de pronto, en un repentino ataque de curiosidad.
Era extraño. No recordaba haberle visto nunca en Hogwarts en Navidades.
- Cambio de planes en el último momento. –contestó Draco sin dejar de mantenerle la mirada– Mis padres están ocupados.
Silencio. Lucha de miradas sostenidas.
- ¿Y tú por qué no estás con los Weasleys?
- No creo que sea de tu incumbencia.
- No seas desagradable, Potter.
Gesto socarrón.
- Nada más lejos de mi intención, Malfoy.
Sonrisa burlona.
- Creo que echaba de menos nuestras “agradables” conversaciones, Potter. ¿Tú no?
Harry entrecerró los ojos, calibrando el significado real de sus palabras. Sintió un leve cosquilleo en el estómago al recordar las últimas “conversaciones” mantenidas con Malfoy. Un cosquilleo nervioso a medio camino entre el rechazo y la aceptación de un sentimiento extraño que no había logrado apartar de su cabeza.
- ¿Echar de menos tus insultos y bravuconadas? –dijo al fin con un gesto despectivo–– Creo que no.
Hizo la intención de dirigirse nuevamente hacia la puerta, pero las palabras de Draco le detuvieron de nuevo, más bien clavaron sus pies en el suelo.
- No es lo único que echo de menos.
Draco había abandonado su posado chancero y le miraba con soterrado nerviosismo. No entendía cómo había podido soltarlo. Pero las palabras habían salido de su boca sin pedir permiso, liberándose a sí mismas, ajenas a su voluntad consciente. Por su parte las verdes pupilas le miraban tratando de comprender su alcance, sopesando su significado, intentando llegar al fondo de sus palabras.
- No juegues conmigo, Malfoy. –advirtió, hablando muy despacio, remarcando cada sílaba, tal como si hubieran intercambiado los papeles.
Sus miradas se mantuvieron unos segundos más hasta que Harry, con lentitud deliberada, se dirigió hacia la puerta y desapareció. Draco se quedó estático en medio de la vacía enfermería. ¡Por Merlín! ¡Se había puesto en ridículo! Él, Draco Malfoy, humillado delante del estúpido Gryffindor. ¿Cómo había podido decir... lo que había dicho? Demasiadas cosas empezaban a escapar de su control últimamente. Salió de la enfermería con sus pálidas mejillas encendidas por la rabia y el desprecio que por una vez, y sin que sirviera de precedente, dirigía contra sí mismo. Odiando a sus padres por haberle obligado a pasar las Navidades en Hogwarts, permitiendo que de esa forma su altanero hijo perdiera el orgullo delante del maldito Potter.
Por otro lado, tras su estudiada salida de la enfermería, Harry emprendió una loca carrera por los pasillos de la escuela hasta llegar a su solitaria sala común. Se sentó junto al fuego, intentando tranquilizarse, poner en orden sus ideas. ¿Qué le estaba pasando? ¿Desde cuando Draco era capaz de ponerle tan nervioso en lugar de despertar en él las ganas de hacer desaparecer de un puñetazo la estúpida sonrisa de su cara? Bueno, en realidad eso ya lo había hecho. Y se había quedado muy a gusto, la verdad. Pero después... ¿Por qué tenía la irracional y descabellada sensación de que no todo había sido un juego para el Slytherin? No, estaba divagando. Pero muy a su pesar, tenía que reconocer que cuando ese bastardo se ponía a ello, lo hacia jodidamente bien. ¡Por todos los magos! Iba a necesitar una ducha fría en cualquier momento. Harry se levantó y estuvo tentado de imitar a Dobby y darse de cabezazos contra la repisa de la chimenea, para obligarse a rechazar los pensamientos que en ese momento le asaltaban. ¡Era Malfoy, por Merlín! El malintencionado, arrogante, quisquilloso y despectivo Draco Malfoy. Y todavía se le ocurrían algunos apelativos más que añadir a esa lista. No es lo único que echo de menos, había dicho. Y lo peor de todo es que parecía totalmente sincero cuando lo dijo. Harry, Harry, Harry, Malfoy es maquiavélico, desconoce lo que es la sinceridad, dijo una vocecita de advertencia en su cabeza. Volvió a sentarse y se hundió en el sillón. Todavía faltaban dos semanas para que se reanudaran las clases. Exceptuando las horas de las comidas, no le sería muy difícil evitarle. Podía quedarse tranquilamente en su sala común, sin... ¡Un momento! ¿Por qué tenía que esconderse? ¿Era o no un Gryffindor? ¿Podía matar un basilisco y no era capaz de enfrentar al imbécil de Malfoy si se cruzaba en su camino? ¡Por favor!Pero a pesar de tanto valiente propósito le evitó. Ambos lo hicieron. Él uno, porque estaba herido en su orgullo. El otro, porque no sabía a qué atenerse. Draco había decidido no molestarse más por el Gryffindor, y se estaba entrenando nuevamente en el sano deporte de odiarle. Deporte que jamás tenía que haber dejado de practicar, se recriminaba. Pero para poder odiarle también tenía que seguir pensando en él. ¡Paradojas de la vida! Y perder el tiempo en dedicarle aunque tan solo fuera un segundo más de su valioso tiempo, le molestaba. Así que la siguiente opción era, otra vez, la ignorancia más absoluta. Sencillamente, Harry Potter no existía. En realidad, un propósito tan firme como el del Gryffindor un par de días antes en su sala común de no evitarle y enfrentarle. Y no sabía lo pronto que tendría demostrárselo a si mismo, porque tan solo un día después, mientras descendía las escaleras hacia la cocina en busca de algún dulce que llevarse a la boca, Harry subía los escalones de dos en dos, después de haberse despachado a gusto gracias a la inestimable colaboración de Dobby. El Gryffindor se quedó con el pie derecho en el siguiente escalón, como si le hubieran petrificado, sintiendo que el nudo que de pronto estaba estriñendo de su estómago, amenazaba con agitar sin demasiado control la tarta de queso y los bollos de chocolate que ahora parecían tener una verdadera batalla campal contra sus jugos gástricos.
- Malfoy... –saludó con toda la indiferencia de la que fue capaz.
El rubio, tras la inicial sorpresa se controló perfectamente, pero no pudo evitar dirigir a Harry una mirada menos glacial de la que había previsto si la ocasión llegaba.
- Potter...
El saludo había sido seco, pero como siempre, los ojos del Gryffindor le traicionaban. Estaba nervioso. Y aunque su mirada se deslizó de Draco escaleras arriba, como si fuera a reanudar su camino, permaneció inmóvil con los pies clavados en ambos escalones. Draco descendió un escalón más y percibió como el otro se tensaba, adivinando el discreto movimiento de su mano, seguramente en busca de su varita. Sonrió, complacido, sintiendo que tenía una ligera ventaja sobre él.
- ¿Te doy miedo, Potter?
Harry reaccionó y frunció el ceño en un gesto molesto.
- ¿Tengo motivos? –preguntó, sin atreverse a completar la pregunta con “¿otra vez?”
Draco estudió su respuesta. Tal vez no volviera a presentársele otra oportunidad como aquella. A pesar de que Potter parecía no tenerlas todas consigo, no se había movido, ni parecía tener clara intención de utilizar la varita que su mano estaba seguro agarraba en el interior de su bolsillo. ¿Por qué sencillamente no había continuado subiendo las escaleras, sin más? Ello le decidió a acortar distancias lentamente, sin prisas, como buen Slytherin tanteando sus posibilidades.
- No más juegos –aseguró– Lo prometo.
Sabía que se estaba olvidando de todas las promesas que se había hecho así mismo tan solo un día antes. Pero no le importaba. Por unos segundos se preguntó donde quedaba su orgullo. Pero también este pensamiento pasó a segundo plano. Ahora solo les separaba un escalón y Harry permanecía quieto, con los ojos clavados en él, sin hacer ademán de rehuirle.
- No todo fue tan malo, ¿verdad? –preguntó sin poder evitar dejar salir algo de su habitual chulería.
Realmente no esperaba una respuesta. Vio el ceño de Harry fruncirse ligeramente, pero a pesar de todo siguió adelante. Extendió su brazo y rodeó su cintura, acercándole a él poco a poco, dándole tiempo de decidir, sin presionarlo. Sentía su corazón golpear con fuerza, alterado a pesar de la calma aparente de todos sus movimientos, temiendo que si el Gryffindor se echaba atrás en el último momento, tendrían que recogerle al pie de la escalera preso de su primer ataque de nervios y seguramente con algún hueso roto.
- Probemos lealmente esta vez, Potter. Sin engaños. –susurró.
Ya podía sentir el tibio aliento de Harry en su rostro y la agradable sensación de presionar su cuerpo contra el suyo. Acarició su espalda despacio, percibiendo el leve estremecimiento, mientras buscaba sus labios y depositaba en ellos un beso suave, plácido. Sintió como la boca contra la suya se abría y le recibía, jugando con su lengua, respondiendo a sus caricias de forma reposada, con una ternura inesperada. Notó la mano de Harry posarse en su cadera, tal vez algo tímida al principio, para después apretarle con más fuerza contra él, al tiempo que su beso se hacía más profundo y más seguro.
- No creo que este sea el lugar más adecuado para seguir –murmuró.
- Tienes razón –coincidió Harry apartándose de él con suavidad– Espero que se te ocurra un lugar mejor para continuar esta “conversación” cuando volvamos a vernos.
Y lanzándole una inocente sonrisa empezó a subir las escaleras, relajando la mano que hasta ese momento había apretado convulsivamente su varita, dejando a Draco con cierta incómoda sensación entre las piernas. Varita de la que en ningún momento el rubio Slytherin había sido consciente de que realmente SI hubiera estado apuntándole.
VI. SENTIMIENTOS AFLORANDOA la mañana siguiente Harry no apareció ni durante el desayuno ni a la hora de comer y a pesar de estar buscándole durante toda la tarde, no fue hasta la cena cuando volvió a verle.
- ¿Dónde estabas? –preguntó Draco molesto, aprovechando un momento de animada conversación entre el Profesor Dumbledore y un alumno de cuarto de Ravenclaw que igual que ellos había tenido que quedarse en la escuela.
La Profesora McGonagall mantenía una tirante conversación con Snape sobre la conveniencia de volver a los métodos tradicionales de castigo y la Profesora Sinistra se entretenía en explicar al Profesor Flitwick algunas de las constelaciones que aquella noche adornaban el techo del Gran Comedor.
- He dormido casi todo el día. –se excusó haciendo una vaga señal hacia su frente– Lo necesitaba.
Draco hizo un leve asentimiento como muestra de que comprendía y se quedó mirándole, pensativo. Nunca hasta entonces se había planteado el hecho de que la cicatriz de Harry no fuera más que una de las armas que el Gryffindor utilizaba para atraer la atención sobre él. No que pudiera traerle tan molestas y dolorosas consecuencias. Se preguntó qué debía sentir al estar unido al Lord Oscuro de aquella forma. Controló un desagradable escalofrío. Prefería no pensar en el día, tal vez no tan lejano, en que él también quedaría marcado e irremediablemente unido al Señor que servía su familia. Contempló en silencio los cansados movimientos del Gryffindor, que al sentirse observado alzó los ojos nuevamente y se encogió de hombros en una muda pregunta, aparentemente algo fastidiado por la insistencia de su mirada. Draco frunció el ceño y pretendió castigarle con otra mirada mucho más fría pero lo único que consiguió fue que el otro sonriera con un poco de burla. Draco dejó escapar un suspiro de resignación. Nunca había intentado entender a un Gryffindor y desde luego no iba a empezar ahora.
Durante los días siguientes, y aunque pareciera ridículo dado el escaso número de alumnos en la escuela, le fue imposible encontrar a Harry solo ni un momento. Cuando no estaba jugando al ajedrez mágico con el chico de Ravenclaw, lo encontraba en animada charla con Dumbledore o en la biblioteca haciendo sus deberes justo en la mesa que quedaba enfrente de Madame Pience, que por lo visto no había querido abandonar sus amados libros ni siquiera en Navidad.- ¿A que estás jugando, Potter? –preguntó furioso, procurando que su voz no llegara a la severa bibliotecaria.
Harry le dedicó una sonrisa inocente.
- ¿Qué quieres decir?
- Lo sabes perfectamente. –Draco le dirigió una mirada glacial– Me estás evitando.
Sus labios en ese momento eran una fina línea que casi había perdido el color. Harry pensó que le recordaban a los de McGonagall en sus peores momentos.
- Eso no es verdad –contestó tranquilamente– Nos vemos y hablamos cada día, ¿o no?
- Ya sabes a lo que me refiero. –gruñó el rubio.
Los ojos de Harry tenían un brillo burlón bailando en el fondo de sus verdes pupilas, mientras sus labios esbozaban una pequeña sonrisa de satisfacción.
- ¿Crees que ya te has vengado lo suficiente? –preguntó Draco entre dientes, conteniendo su dividido deseo de lanzarse sobre sus labios y de estrangularle al mismo tiempo.
- A diferencia de otros, yo no soy vengativo, Malfoy.
Harry escrutó el rostro de Draco, considerando la posibilidad de seguir jugando al ratón y al gato un poco más. Le encantaba ver la fría pose de Malfoy alterada de aquella forma.
- Puede que para cuanto tú te canses, ya me haya cansado yo antes –le amenazó– La paciencia no es una de mis virtudes.
Y se levantó, arrastrando ruidosamente la silla en la que había estado sentando, haciéndose merecedor de una furiosa mirada de Madame Pience. Harry le dejó marchar sin poder evitar que una amplia sonrisa iluminara su rostro, contemplando el porte altivo del Slytherin que salió de la biblioteca con el mismo aire que si lo hiciera de su propio palacio. Bien, tal vez aquella noche considerara poner fin a “su” juego. Pero la verdad fue que no tuvo que considerarlo demasiado. Draco no le dio oportunidad.
- Sígueme –le dijo después de cenar, agarrando firmemente su muñeca y arrastrándole con todo el disimulo del que fue capaz fuera del comedor– Deambulando por el castillo he descubierto algo fantástico.
Los ojos de Draco tenían un brillo muy diferente al que Harry estaba acostumbrado a ver en ellos. No era malicia, sino el de un niño ilusionado por dar una sorpresa. Se dejó guiar hasta el séptimo piso, hasta llegar frente al tapiz de Barnabas el Chiflado aporreado por unos trolls. Harry sonrió, pero no quiso desinflar la sorpresa de Draco descubriéndole que la Sala de los Requerimientos no era ninguna novedad para él. Pero esta vez el aspecto de la curiosa habitación era muy diferente al que Harry recordaba en las ocasiones que el ED se reunía en ella. Una gran chimenea presidía la sala, en la que chisporroteaba un gran fuego que inundaba de un agradable calor la habitación. Ante ella, se apilaban un montón de grandes almohadones que reposaban sobre una mullida alfombra. Un cobertor de seda caía del respaldo de uno de los dos sillones colocados frente a la mesa repleta de una extensa variedad de frutas y dulces. La luz era tenue, principalmente proporcionada por el fuego que ardía en la chimenea.
- Este es un lugar mejor que las escaleras, sin lugar a dudas –dijo Draco, orgulloso de su hallazgo.
- Sin lugar a dudas –repitió Harry divertido.
No le sorprendía estar en esa habitación, pero si la rapidez con que Draco la había encontrado. Debía tener realmente una gran “necesidad”. El Slytherin liberó por fin la muñeca que todavía tenía firmemente agarrada para buscar su mano. Entrelazó sus dedos con los suyos y los apretó levemente.
- ¿Estás seguro? –preguntó.
- ¿Lo estás tú?
Harry fue consciente de que el juego había realmente acabado. Ahora empezaba otro muy diferente. Uno en el que deseaba y temía participar, pero hacia el cual había dirigido los pasos del Slytherin y los suyos propios. Y le había seguido hasta allí por voluntad propia, por lo tanto ya no había marcha atrás. Sintió el suave tirón que le acercó a los brazos del rubio, perdido en el gris de su mirada anhelante, carente de cualquier vacilación, y se dejó envolver en ellos. El tacto de la mejilla frotando lentamente contra la suya le hizo estremecerse. Harry nunca había sentido físicamente el cariño de nadie. No había tenido a sus padres el tiempo suficiente para recordar los besos y caricias que seguramente había recibido. Ni el amor de unos abuelos consentidores que le acunaran y sentaran en sus rodillas. Su única experiencia eran los abrazos de la Sra. Weasley, que por ser los primeros y los únicos, conseguían avergonzarle más que otra cosa y algún que otro beso que Hermione le había dado en momentos tristes, en los ella seguramente había pensado que lo necesitaba, pero que a él le había hecho sentir tremendamente incómodo. Aquello era diferente. Lo deseaba. Con la misma intensidad que anhelaba no estar cometiendo uno de los peores errores de su vida. Le recorrió un escalofrío al sentir unos pequeños mordisquitos en la nuca y dejó caer la cabeza en el hombro de Draco, concentrándose sólo en sentir aquella agradable sensación, y en el sonido sugerente de la voz del rubio que acababa de susurrar su nombre, según creía recordar, por primera vez en su vida.
- Harry...
No, no había marcha atrás. Las manos de Draco en el borde de su jersey y él ayudándole a quitárselo. Sus propias manos en los botones de la camisa de Draco, desabrochándola despacio, hasta llegar al último botón y tirar de ella con mano trémula dejándola caer al suelo. Tocar por primera vez realmente consciente su pálida piel, acariciar su pecho, su vientre, su cintura, mientras era despojado de su propia camisa. Las frías manos posándose en sus caderas, atrayéndole, abrazándole, acariciando su espalda despacio y Harry hundiendo el rostro en su hombro nuevamente, dejándose mimar en un lento balanceo, para después descubrir la fina piel de su cuello y llenarla de besos. La mano perdida en su negro pelo, dirigiendo su rostro hacia el de él, contemplando la plata de sus ojos fundirse en deseo y su boca con sabor a menta fresca perdiéndose en la suya en un suave beso al principio, mordiendo sus labios con deliberada lentitud, para volver a un beso cada vez más exigente, más ansioso, devorándole. Draco le empujó con suavidad sobre los almohadones, para atrapar de nuevo su boca, mientras se restregaba contra él con movimientos de estudiada dilación y sus manos recorrían expertamente su cuerpo. Draco podía notar la piel caliente, enfebrecida de Harry contra la suya. Le sentía vibrar, entregarse a cada una de sus caricias mirándole con ojos brillantes y ansiosos, tan llenos de deseo como los suyos. Le hizo gemir con fuerza cuando atrapó uno de sus pezones y lo estimuló con fiereza, acabando con un pequeño mordisco tal vez demasiado entusiástico. Apenas pudo susurrar una disculpa cuando su boca ya era empujada hacia el otro pezón. Sonrió contra su piel, complaciéndole con el mismo entusiasmo.
- Eres increíble. –murmuró el Slytherin bajando hasta su ombligo a pequeños lametones, siguiendo la fina línea de vello que se perdía bajo los pantalones.
Harry respondió con una risa nerviosa, mientras elevaba sus caderas para ayudar al rubio en la tarea de dejarle sin pantalones y ropa interior, descubriendo una turgente erección que se apretó contra su vientre. Draco se apresuró a quitarse su propia prenda, ayudado por su excitado compañero. Se besaron después con la desesperación de una necesidad urgente pulsando entre sus cuerpos.
- Despacio, león –jadeó Draco, intentando mantener a raya su propia premura.
Acarició los labios del Gryffindor y tras un breve rodeo, introdujo dos dedos lentamente en su boca para que los humedeciera, pidiendo esta vez mudo permiso. Harry sintió como su compañero los introducía lentamente en su entrada, preparándole, sin dejar de besarle y acariciarle mientras él clavaba nerviosamente sus uñas en sus hombros, sin ser apenas consciente de ello.
- Creo que estas listo –murmuró Draco con voz ronca.
Encogió las piernas del moreno hasta llevarlas hasta su pecho y estirado completamente sobre él, las apoyó sobre sus hombros mientras se sostenía sobres sus manos y pies en un ejercicio de equilibrio verdaderamente encomiable.
- ¿Preparado para disfrutar? –preguntó con el rostro enrojecido por la excitación.
- Todavía no he dejado de hacerlo. –sonrió Harry entrecerrando los ojos mientras le sentía entrar en él suavemente.
Tras apenas unos segundos Draco empezó a moverse, primero lentamente, con embestidas firmes y profundas, y Harry respondió acoplando el movimiento de sus caderas al de las de su compañero, siguiendo su ir y venir. La calmada penetración fue aumentando el ritmo a medida que los gemidos que arrancaba del moreno eran más seguidos y más intensos, producto de la intensa estimulación de su próstata.
- ¡Dios! No pares... –suplicó el Gryffindor disfrutando del exquisito placer que le estaba proporcionando su compañero, al tiempo que tomaba su propia erección y empezaba a masturbarse.
La respiración de ambos se aceleró, mientras una fina capa de sudor empezaba a cubrir la piel de ambos, encendidos por el cada vez más urgente movimiento de sus cuerpos. Harry explotó en su propia mano y Draco lo hizo dos embestidas después con un grito ronco. Se desplomó sobre aquel pecho firme que ya amaba y alzó el rostro para hundirse en la verde mirada, dejándose llevar por la embriaguez del aroma de su piel caliente, derretirse entre los brazos que le rodearon con ternura. Harry levantó ligeramente la cabeza para alcanzar sus labios y atraparlos en un beso todavía ardiente y lleno pasión.
- ¡Demonios, Potter, dame al menos diez minutos! –gimió todavía dentro de su beso.
- ¿Sólo diez? –musitó el moreno con ironía.
- Al final vas a resultar una máquina depravada de hacer sexo. –ronroneó mordiendo su labio con fervor.
Harry soltó una pequeña carcajada, pero acomodó a Draco entre sus brazos, deslizando el sedoso pelo rubio entre sus dedos. Los ojos del Slytherin se cerraron bajo esa caricia, sintiendo una calma ya olvidada, reminiscencia de su niñez, de una paz casi infantil perdida hacia tanto tiempo...
Aquella noche fue la primera de muchas. Tras las vacaciones de Navidad, aprendieron a ocultar su relación tras la máscara de la indiferencia y de la burla hiriente con la que siempre se habían obsequiado. Ambos sabían que ni los compañeros de Draco, ni los amigos de Harry podrían entender lo que ambos habían encontrado. Estaba fuera de toda cordura. Y sobretodo por parte de Draco, porque temía las consecuencias que podía tener el que personas no deseadas pudieran enterarse de su relación, aunque se guardó de confesárselo al Gryffindor. Tener a Harry consigo era más peligroso de lo que él mismo estaba dispuesto a aceptar. Pero ahora no podría soportar perderlo. Ya no. Porque amar a Harry era como entregarse a un verde mar tranquilo, que embravecía con sus caricias para después transportarle en una suave marea y depositarle calmo en la orilla, envuelto en suaves olas de ternura, que empapaban su corazón y lamían la fina arena de su alma en una hermosa playa de sueños y promesas. Despertar con él cada mañana en aquella bendita habitación. Sentir su cuerpo abrazado al suyo, verle dormir tranquilo, ajeno a su mirada, cuando realmente podía contemplar su rostro sereno, a medio camino entre una niñez sorprendida por el horror de una realidad que le atrapaba y una madurez obligada, impuesta a la fuerza. Era entonces cuando le sentía vulnerable, tan fácil de herir y a la vez tan firme. Con la entereza de quien está acostumbrado al dolor, a la pérdida. De quien hoy se sabe a salvo pero es consciente de su futuro incierto. Aprendió a calmar sus noches agitadas, de profundas pesadillas, el dolor desenfrenado que latía en su frente. Y entonces le abrazaba impotente, sin saber que hacer para aliviarle más que seguir abrazándole, besando aquella cicatriz que ardía, susurrándole su amor.
Y a cambio Harry le devolvía una ternura infinita, transmitiéndole la calma y el sosiego que sin sospechar ansiaba, tan difícil de encontrar en su vida, imposible en su entorno. Harry había abierto su corazón en canal, extrayendo de él sentimientos que ignoraba poseía; arrancándole odio y rencor. Ofreciéndole el suyo sin temor al fin, sin que en sus ojos se contemplara la duda. Se le entregó sincero, de una pieza, revelando un alma tan ansiosa de amor como la suya, tan necesitada de cariño como la que Draco siempre había escondido a ojos de todo el mundo, guardando aquella íntima inquietud sólo para sí, recubriéndola de frialdad y distancia. Ansiedad que ahora compartía y que saciaba cada día en aquellos ojos nobles; en su sonrisa tierna e infantil; en los labios que buscaban los suyos con impaciencia; en el rostro que aunque pareciera increíble todavía se sonrojaba en ciertos momentos, sin acabar de perder su inocencia. En las manos que él había enseñado a acariciarle, a las que había iniciado descubriéndoles un sin fin de sensaciones y emociones.
Harry le amaba y lo que era todavía más increíble, él también.
VII. LEALTADES
- No esperes que tenga ningún tipo de consideración contigo –susurró Draco en tono chancero justo antes de que Madame Hooch tocara su silbato.
- ¿Es que esperas ganar? –contestó Harry en el mismo tono, mientras le dirigía una sonrisa retadora.
Draco dejó escapar su más estudiada sonrisa de castigador desprecio mientras advertía:
- Mi padre está hoy aquí. Habrá que ir con cuidado.
Harry dirigió una rápida mirada a las gradas de Slytherin y vio a Lucius Malfoy sentado junto al Profesor Snape en animada charla.
- Entonces tendré que esforzarme en machacarte, Malfoy. –dijo ya en voz alta.
- Ni lo sueñes, Potter.
Y ambos se elevaron a toda velocidad al sonido del silbato de Madame Hooch.
El partido iba bastante igualado, hasta que una buena racha goleadora de los Gryffindor les dio una diferencia de 75 puntos sobre sus eternos enemigos de Slytherin. Ambos buscadores se observaban a distancia, pendientes el uno de los movimientos del otro, sin dejar de otear a su alrededor en busca de la escurridiza pelotita halada. A Harry no le pasaron inadvertidas las inquietas miradas de su pareja hacia las gradas de su Casa. La presencia de su padre parecía poner al rubio Slytherin excesivamente nervioso. No es que la férrea apostura de su pareja delatara esta circunstancia. A decir verdad, se veía tan arrogante como siempre. Pero había pequeños detalles que ya no pasaban desapercibidos para él. Como el pequeño rictus de sus labios, que se apretaban con excesiva determinación, tal como si tratara de impedirse empezar a gritar a su equipo como un exaltado, palabras excesivamente subidas de tono para un Malfoy. Nunca habían hablado de su familia, y, por tanto, el Gryffindor desconocía el tipo de relación que Draco mantenía con sus padres, especialmente con Lucius. Pero tenía la impresión de que no se hallaba excesivamente feliz de que su progenitor se encontrara presenciando el partido en esos momentos. Tal vez esa noche, con tranquilidad y ya relajados, pudiera sacar el tema y averiguar porque Draco se veía tan incomodo. De pronto Harry vio la snitch y se lanzó como un rayo tras ella, seguido del Slytherin. Cuando el público se dio cuenta de la rápida maniobra de ambos, el griterío fue todavía más ensordecedor. Los dos volaban hombro con hombro, con la misma expresión de determinación en el rostro. Habían subido más de quince metros en pocos segundos. El ruido del viento era ensordecedor a esa altura. De pronto Draco vio a Harry detenerse y mirarle con una sonrisa malévola. Le oyó gritar:
- A papá le gustaría verte ganar, ¿verdad Draco?
- Déjate de estupideces, Harry. –resopló él, preguntándose como podía el Gryffindor volar de esa forma y parecer al mismo tiempo tan relajado.
- Considéralo un regalo, cariño. –sonrió Harry algo burlón.
Draco abrió los ojos con asombro al ver que Harry entreabría la mano, donde la snitch se debatía por escapar.
- ¡Diablos! ¿Cómo lo has hecho? –masculló furioso.
Estaban a demasiada altura como para que alguien pudiera darse cuenta de que Harry depositaba la snitch en la mano de un sorprendido Draco, sin darle tiempo a rechazarla.
- Potter, no te atrevas... –empezó a gritar– No voy a dejar que me humilles de esta forma...
Pero Harry se reía feliz, viendo la cara de furia de su amante. Además, les llevaban la suficiente ventaja como para que, aun “atrapando” Slytherin la snitch dorada, la diferencia de puntos no fuera la suficiente como para hacer perder el sueño a Gryffindor, que iba al frente de la puntuación de las cuatro Casas. Pensó que si alguna vez Angelina llegaba a enterarse de algo así, era capaz de colgarle por los pies de la torre más alta. Y dejarle caer después. Pero ver a Draco completamente fuera de sí tenía su encanto.
- Nadie lo va a saber y papaíto estará contento, Malfoy. –le gritó a su vez para hacerse oír por encima del viento.
- ¡Yo lo sé, Potter! –siguió gritando fuera de sí el rubio– ¡Potter, ven aquí! ¡No voy a permitírtelo! ¡HARRY!
El último grito no había sido de furia, sino de puro terror. Distraído en su burla, Harry no vio venir la bludger que le golpeó en pleno pecho, derribándole de la escoba y empezando una caía libre hacia el suelo a toda velocidad. Cientos de gargantas emitieron el mismo grito. Draco se lanzó en picado tras el cuerpo que caía dado vueltas sobre sí mismo con el corazón a cien, casi cegado por la renovada furia del viento que hería sus ojos obligándole a entrecerrarlos, dificultando su visión. ¡Maldito Harry y sus infantiles tonterías! Agarraba el mango de su escoba con tanta fuerza que ya casi no sentía las manos. Cuando los dos volaron tras la snitch, no había tenido la impresión de que hubieran subido tanto. Pasó furiosamente la manga por sus ojos, apartando las lagrimas que el viento le arrancaba. Ahora le veía claramente, le tenía cerca, casi al alcance de la mano. Estiró su brazo derecho, pero fue inmediatamente zarandeado por el fuerte viento y tuvo que agarrarse nuevamente con las dos manos para no perder él mismo el equilibrio. A pesar de las sonoras ráfagas de aire, percibió el silencio del estadio de Quidditch, suponiendo los ojos de todos clavados en él. La verde hierba del suelo se definía cada vez con más claridad, y su brazo se alargó nuevamente desesperado, en busca de cualquier parte del cuerpo de Harry que poder agarrar. Le rozó con la punta de los dedos, pero una nueva ráfaga se lo arrebató. Sin darse por vencido, apretando las mandíbulas con determinación, Draco imprimió la fuerza de todo su cuerpo en tensión sobre la escoba. Alargó nuevamente el brazo y esta vez, seguido de un sonoro murmullo de ansiedad, logró asirle por la pechera del uniforme de Quidditch, a duras penas sosteniéndole, sintiendo que se le escurría de entre los dedos. Pero el equipo de Gryffindor ya estaba bajo ellos, a pocos metros y cuando finalmente la tela se deslizó entre los dedos de Draco, Ron y Ginny estaban preparados para recibir a Harry, al que llevaron a tierra sin mayores problemas ante otro grito unánime de alivio. Bueno, tal vez entre las filas de Slytherin el grito fuera de decepción. Todavía no entendían porque el capitán de su equipo había corrido a salvar al maldito Potter. Y mucho menos unos ojos aceradamente grises que miraban a su hijo con cierta incomprensión.
Draco supuso que el hecho de sacar la snitch de su bolsillo inmediatamente después había ayudado a calmar bastante los ánimos de su Casa y a desviar la atención de la inconcebible muestra de heroicidad de la que había hecho gala minutos antes. Estaba furioso con Harry y a la vez preocupado por no poder correr a la enfermería para averiguar como se encontraba. Pero eso ya hubiera sido demasiado. Cuando se dirigía a los vestuarios, jaleado por los gritos de triunfo de su equipo, su corazón todavía no había conseguido recuperar su ritmo normal. ¡Ya se podía ir preparando Potter en cuanto estuvieran los dos a solas!
Una hora más tarde, Draco estaba frente a su progenitor, en el despacho que el director de Slytherin había accedido amablemente a prestarles. Inquieto, observaba el ir y venir de su padre por el despacho, quien de vez en cuando le dirigía una mirada escrutadora y se acariciaba el mentón, claro signo de que algo no andaba bien. Sabía que era mejor no hablar si Lucius no lo hacía primero, así que espero pacientemente.- Me gustaría entender lo que he visto antes, Draco –habló de pronto tras el largo silencio, sobresaltándole.
- ¿A que os referís, padre? –pregunto, sin embargo, en un tono aparentemente frío y tranquilo.
Lucius Malfoy miró a su hijo y esbozó una sonrisa peligrosa.- Me refiero a Potter sin duda, hijo.
- ¡Oh! Solo hice lo que pensé que se esperaba que hiciera. –contestó Draco, imprimiendo a su voz algo de suficiencia– Yo era el que estaba más cerca.
- Lucius le dirigió una mirada penetrante.
- ¿No podías dejarle sencillamente... caer? –observó– Todo el mundo hubiera comprendido que no llegaras a tiempo.
- Es lo malo de tener una buena escoba –excusó Draco– No hubiera sido muy creíble que no lo hiciera. –miró a su padre con el justo grado de arrogancia– Además, yo ya tenía la snitch en mi bolsillo. Le he ganado y salvado la vida al mismo tiempo. Potter s sentirá doblemente humillado.
Su padre le miró en silencio, mientras Draco sentía como sus defensas mentales eran despreciablemente asaltadas por su progenitor y se esforzaba en ocultar cualquier tipo de sentimiento, cualquier signo de debilidad que pudiera indicarle a su padre el indicio de la mentira. Sabía perfectamente cuales serían las consecuencias. Pero era un Malfoy y había sido educado para ocultar sentimientos y mantener distancias. Devolvió una mirada fría a su padre, perfectamente desprovista de toda emoción tras años de práctica. De pronto Lucius Malfoy sonrió y Draco no pudo evitar un ligero alivio, aunque las sonrisas de su padre no siempre eran una señal para relajarse. En no pocas ocasiones sólo indicaban que lo peor estaba aun por venir.
- Creo –dijo– que a pesar de todo tu acción de hoy va a reportarnos alguna venta