HARRY Y DRACO
HP
N. de la A: Espero que Shakespeare me perdone por meterme con una de sus más famosas tragedias, pero no he podido evitar la tentación de convertir a mi pareja favorita en Romeo y Julieta. Esta nueva paranoia, es producto de una noche de insomnio. A la mañana siguiente, lo primero que hice fue revisar la biblioteca de casa para confirmar que tenía esta obra en particular. Y la tenía. Así que lo que vais a leer es Romeo y Julieta, con sólo con los cambios necesarios para que ocurra en el mundo mágico. Y en versión slash, por supuesto. Supongo que tampoco será necesario mencionar que mi Julieta no será tan cándida como la de Shakespeare... El fic no será muy largo, ya que la obra teatral consta de cinco actos, que se convertirán en cinco capítulos. La asignación de papeles ha sido lo más complicado. Aunque le tenía ganas a Harry para el papel de Julieta, al final ha acabado siendo Draco. Entre otras cosas, porque no veía al pobre Harry pidiéndole a Snape una pócima para simular su muerte. Con lo que le quiere, le mata de verdad, jejeje. Ni a Draco, rogándole a Dumbledore que les case... También me he tomado la libertad de tomarle prestadas algunas frases a Shakespeare, algunas literalmente y otras retocadas. Lo digo para las que hayas leído la obra y las reconozcáis. Por último, decir que este pequeña chifladura es mi regalo de Reyes para mi hermana Marta, con todo mi cariño. Petonets, Martona.
PROLOGO
En el mundo mágico, donde se sitúa nuestra historia, dos familias, los Potter y los Malfoy, iguales una y otra en abolengo, impulsadas por antiguos rencores, desencadenan acontecimientos en los que la sangre tiñe manos y varitas. Y dentro de este odio solariego y antiguo, cobraron vida bajo contraria estrella dos amantes, cuya desventura y lastimoso término entierra con su muerte la enemistad de sus progenitores.
CAPITULO I
ESCENA I
El primero de septiembre estaba a la vuelta de la esquina y el Callejón
Diagon rebosaba de padres con sus vástagos haciendo las compras para
el curso que se iniciaría en apenas una semana. Libros, túnicas,
varitas que necesitaban ser repuestas debido a encantamientos poco afortunados.
Lechuzas, gatos o sapos que serían los animales de compañía
de excitados debutantes en su primer curso en Hogwarts. El callejón
era una hervidero de exclamaciones y sonrisas. De gritos y abrazos en cada
rencuentro tras el largo verano. Entre el gentío, Gregory Goyle y Vincent
Crabbe, dos jóvenes que iniciarían su último curso en
el colegio de magia, avanzaban inmersos en su propia conversación,
cargados con sus libros bajo el brazo y en la otra mano un enorme helado de
pistacho.
- Te lo digo en serio, Greg. Este año no soportaremos una sola burla más de Potter y los suyos. —aseguró Vincent rotundo.
- No, ya estoy harto de que nos tomen por burros. —admitió su amigo.
- Y esta vez, si nos encolerizamos, sacaremos la varita.
- Si, pero cuando lo hagas, procura saber de antemano el hechizo que vas a lanzar. —sonrió Gregory guasón— Eso evitará que te encuentres vestido con la ridícula túnica de tu abuela en medio del Gran Comedor.
Vincent enrojeció de rabia al recordar la última treta de Harry Potter, de la que él había sido la escarnecida víctima.
- Ya sabes que como me provoquen, tengo la sacudida fácil... —Vincent cerró con fuerza su regordeta mano y el frágil cucurucho se deshizo entre sus dedos— ¡Mierda!
Gregory le dirigió una mirada burlona, contemplando como su amigo la emprendía a lametones con sus dedos.
- Necesitas algo más que una provocación para sacar a relucir tu sacudida. —ironizó.
- Sabes perfectamente que cualquier león de la casa Gryffindor es capaz de moverme. —se revolvió Vincent ofendido.
Pero Gregory se burló nuevamente.
- Moverse es ir de un lado a otro; y ser valiente, esperar a pie firme. Y tú cuando te mueves, inicias la huida, escurriéndote como una serpiente.
- ¡Un león de esa casa me moverá a estar firme! —gruñó su amigo.
Gregory dejó escapar un resoplido de impotencia.
- De todas formas, la contienda es entre Malfoys y Potters. —dijo.
- Y por extensión entre Slytherin y Gryffindor. —le recordó Vincent— Además, ...
De pronto se calló, dándole un codazo a Gregory y señalando después al frente. En sentido contrario, directamente hacia ellos, se dirigían Neville Longbotton y Seamus Finnigan, dos leones amigos de Potter. Parecía que todavía no se habían dado cuenta de la presencia de los dos Slytherins, porque uno y otro seguían hablando sobre algún problema que parecía tener Neville con uno de sus libros.
- Tengo mi varita lista. —le hizo saber Vincent a Gregory— ¡Provócales! Te guardaré las espaldas.
- ¡Ya! ¿Volviendo las tuyas y echando a correr? —respondió su compañero en tono burlón.
- Palabra de Slytherin que no era esa mi intención. —aseguró Vincent ofendido.
- Guardémonos ambos las espaldas. —propuso Gregory, más precavido— Que empiecen ellos. Ese irlandés tiene el genio más fácil que tú la pegada.
El pasado curso en Hogwarts, había acabado con más Slytherins y Gryffindors en la enfermería de lo que ni el Profesor más antiguo, dígase Binns, podía recordar. En ningún caso se trató de hechizos peligrosos, sino más bien incómodos. Dientes crecidos descomunalmente; rostros llenos de granos purulentos; forúnculos en axilas e ingles o insoportables picores en partes demasiado íntimas para ser nombradas. Todos ellos a cual más imaginativo y mortificante. Los padres se quejaron. Su descontento llegó hasta el consejo escolar. Y finalmente, el mismísimo Cornelius Fudge, Ministro de Magia, amenazó con intervenir la escuela si aquel despropósito de hechizos no cesaba. El resultado fue una seria amenaza por parte del Director de Hogwarts, Albus Dumbledore, de expulsar a cualquier alumno, fuera de la casa que fuera, si los incidentes volvían a repetirse. Y todos sabían que el anciano Director tenía ojos en todas partes. También fuera de los muros de Hogwarts el Ministerio había vertido sus amenazas si algún alumno insensato era sorprendido hechizando a otro.
- ¡Frunciré el entrecejo al pasar y que lo tomen como quieran! —sugirió Gregory.
- ¡No! Alzaré mi dedo anular frente a mí, pero mirándoles a ellos. —dijo Vincent— A ver si lo aguantan.
A esas alturas de la conversación, Finnigan y Longbotton ya habían llegado hasta donde los dos Slytherins se encontraban y se habían dado perfecta cuenta del enhiesto dedo de Crabbe.
- ¿Ese dedo es por nosotros, serpiente? —preguntó Seamus, con el rostro enrojecido y la mano ya dentro de su túnica.
- No, león. —respondió Vincent desafiante— No alzo el dedo por vosotros; pero lo alzo.
- ¿Buscáis pelea? —preguntó Neville, quien era de los que prefería la dialéctica, aunque fuera hiriente, a la acción.
Y los inquietos ojos del tímido Gryffindor buscaron con la mirada detrás de él, como si esperara a alguien más.
- ¿Pelea? ¿Nosotros?
Los dos Slytherins se miraron con fingida expresión de desconcierto.
- Porque si la buscáis, —prosiguió Seamus encorajinado— la encontraréis. Aun está por llegar el día en que Gryffindor retroceda ante dos serpientes rastreras como vosotros.
- ¿A quién llamas tú serpiente rastrera, gato sarnoso? —preguntó Gregory en tono afrentado.
- ¿Has oído eso, Neville? Son tan lerdos que confunden gatos con leones...
Ya los cuatro tenían las varitas en sus manos y se apuntaban con odio, prestos a empezar la pelea, aunque ninguno de ellos se atreviera de momento a lanzar el primer hechizo.
- ¡Deteneos, imbéciles...!
Dean Thomas, otro de los amigos de Potter apareció de repente, con su varita también en la mano, provocando un suspiro de alivio en Neville.
- ¡Guardad vuestras varitas! —espetó Thomas— ¿Acaso no recordáis lo que nos jugamos si nos sorprenden?
Sin embargo, los esfuerzos de Dean por detener la pelea fueron en vano. Si bien era verdad que las varitas todavía no habían conjurado un solo hechizo, Neville ya estaba en el suelo con la nariz sangrando y Seamus se había lanzado sobre Crabbe, arremetiendo con sus puños sobre el abultado estómago del gordinflón Slytherin.
Algunos de los transeúntes se habían detenido a contemplar la riña, reprendiendo a los jóvenes por su comportamiento e instándoles a que se detuvieran. Atraído por el ruido y las voces, un tercer Slytherin atravesó el corrillo que ahora rodeaba a los contendientes, embravecido por la escena que se extendía ante sus ojos.
- ¡Qué! ¿Tres contra dos? —gritó Blaise Zabini rabioso— ¡Vuélvete Thomas, porque voy a maldecirte hasta que no queden de ti ni los huesos!
- ¡Lo único que intento es mantener la paz! —gritó a su vez el Gryffindor— ¡Guarda tu varita y ayúdame a separarlos!
- ¿Cómo? ¿Hablas de paz con la varita en tu mano? —le increpó Zabini blandiendo la suya— ¡Odio esa palabra, tanto como odio a todos los Gryffindors, a los Potter en particular y a ti! ¡Defiéndete cobarde!
La tienda de túnicas de Madame Malkin no se hallaba demasiado lejos
de donde estaba teniendo lugar en esos momentos la desatinada pelea. Lucius
Malfoy abandonó el mostrador donde Madame Malkin les estaba enseñando
a él y a su esposa Narcisa, una gran variedad de túnicas de
gala y encaminó sus pasos hacia la entrada de la tienda.
- ¿Qué es ese ruido? —se preguntó con curiosidad.
- Deja eso ahora, Lucius. —le pidió Narcisa— O no acabaremos nunca con la elección de tu dichosa túnica para la recepción en el Ministerio.
- Esta es exquisita. —señaló Madame Malkin acariciando nuevamente una túnica azul ribeteada con hilo de plata y adornos del mismo material— Combina perfectamente con los ojos de su esposo, si me permite decirlo, Sra. Malfoy.
Narcisa sonrió halagada por la cortesía. Después volvió su mirada hacia la puerta, justo para ver a Lucius desaparecer tras ella.
- ¡Lucius! —exclamó contrariada, para después dirigir una sonrisa afectada a la dueña de la tienda— Vuelvo en un minuto.
- No se preocupe, Sra. Malfoy. —aceptó Madame Malkin esbozando una sonrisa comprensiva.
Y rogó porque sus clientes no tardaran en volver y no olvidaran su interés en esa túnica. No por nada era una de las más caras de la tienda. Y si alguien podía permitírsela, esos eran los Malfoy.
Narcisa alcanzó a su esposo justo cuando éste llegaba al lugar de la pelea y se encomendó a Merlín cuando vio quienes estaba llegando también en ese mismo instante, igualmente atraídos por el jaleo que los jóvenes estaban provocando. Aunque temía que poca cosa pudiera hacer el gran mago, si su marido y James Potter se enzarzaban en un duelo. ¡Y Cornelius!, gimió para sí la rubia esposa de Lucius, apresurando el paso. El Ministro de Magia había llegado ya hasta el nutrido grupo de magos y brujas con expresión adusta.
- ¡Deteneos! —ordenó Fudge a los seis jóvenes— ¡Por Merlín que vais a acabar todos con vuestros huesos en Azkaban sino obedecéis!
Puños y pies se detuvieron y rostros con ojos amoratados, narices sangrantes y labios partidos se volvieron casi al unísono hacia el Ministro.
- Agradeced que ninguno de vosotros ha utilizado magia, jovenzuelos insensatos. —siguió vociferando el Ministro— Porque ahora mismo estaríais todos expulsados de Hogwarts. —el Ministro dirigió la mirada hacia donde Lucius Malfoy y James Potter se encontraban, a prudente distancia el uno del otro, convenientemente separados por sus respectivas esposas. —Amigos de vuestros hijos, ¿no es así? —les increpó.
El Ministro alzó las manos con desesperación sin esperar a respuesta alguna por parte de ninguno de los dos aludidos.
- ¡No me importa quien empezara! —declaró con disgusto— Hoy han sido unos y mañana serán los otros. ¡Es el cuento de nunca acabar! Pero este es el último incidente que voy a tolerar. Si en lo sucesivo promovéis nuevos desórdenes en nuestras calles o en la escuela, seréis expulsados y severamente castigados. —amenazó a los seis jóvenes, a ninguno de los cuales en ese momento le llegaba la túnica al cuello— Así que por esta vez, desapareced de mi vista.
Los tres Slytherins tras un rápido saludo, fueron los primeros en perderse a toda prisa entre la gente.
- Tú, Malfoy, vendrás ahora conmigo al Ministerio —ordenó Fudge con la poca paciencia que le quedaba— Y tú Potter, vendrás esta tarde. No estoy dispuesto a que vuestras rencillas personales sigan provocando este tipo de incidentes.
Por un momento, pareció que Lucius Malfoy tenía
intención de protestar, pero el Sr. Ministro lo acalló con un
contundente gesto.
- No me repliques, Lucius. Sabes perfectamente que si James y tú no
os empecinarais en vuestras disputas, esos jóvenes no estarían
a la greña todo el día, buscando el modo de fastidiar a Gryffindor
—dirigió una ceñuda mirada a Lucius— o a Slytherin.
—esta vez la mirada fue dirigida a James— Y me disgustaría
tener que tomar una penosa decisión sobre alguno de ellos por vuestra
culpa. ¡Vamos Lucius!
Tras intercambiar una mirada de resentimiento con su enemigo, Lucius tomó a su esposa del brazo y siguió al enfadado Ministro. James Potter les observó con expresión tranquila, hasta que sus figuras se perdieron en el fondo del callejón. Después se encaró a los tres jóvenes Gryffindors que aguardaban en silencio.
- ¿Quién ha empezado? —quiso saber, repasando los magullados rostros de los jóvenes.
- Estaban riñendo, los dos Slytherins y ellos. —explicó Dean señalando a Neville y a Seamus— Tan solo saqué mi varita para detenerles. Y en ese momento apareció Zabini también con su varita en la mano, provocándome y amenazándome. ¡No tuve más remedio que defenderme!
- ¡Por supuesto! —asintió James, dándole unos golpecitos al chico en el hombro.
Su esposa le dirigió una mirada severa antes de preguntar en tono preocupado:
- ¿Dónde está Harry? —acomodó nerviosamente su pelirroja melena— ¡Gracias a Merlin que no estaba en esta pelea!
- La última vez que le vi, —respondió Seamus— estaba parado ante el escaparate de la tienda de escobas. Solo. Y no de muy buen humor, me pareció.
- Bien, chicos. Ahora es mejor que os retiréis. —les dijo James, también íntimamente aliviado de que su hijo no se encontrara allí—Y procurad no responder a las provocaciones de esas serpientes. Me temo que el Señor Ministro hablaba completamente en serio.
- No se preocupe, Sr. Potter. —aseguró Neville— No lo haremos.
Y los tres chicos echaron a correr callejón abajo, seguramente en busca de compañeros a quienes contar lo acontecido. Lily dejó escapar un pequeño suspiro y miró a su esposo.
- Quisiera saber qué le pasa a Harry últimamente. —dijo.
- No lo sé. —admitió James— Cada vez que intento hablar con él, se escurre como si en vez de león fuera serpiente.
- ¿Le has tanteado? —preguntó Lily en tono algo ansioso.
- Y no sólo yo. —confesó su esposo— Sé que Ron y Hermione también han intentado sonsacarle sin conseguirlo.
- Ya sabes lo reservado que es con sus cosas.
- ¿A quién habrá salido? —preguntó James besando a su esposa.
Ella hizo un pequeño mohín de disgusto.
- Sólo espero que este curso no se meta en problemas. —deseó Lily, intranquila.
- Sabes que Harry se mantiene al margen. —la tranquilizó su esposo.
- ¡Oh, vamos James! —le recriminó ella enojada— Aunque no lograran atraparle, sabes perfectamente que muchos de esos hechizos llevaban su firma. ¡Tú y Sirius se los enseñasteis!
- Que quieres, es mi hijo. —sonrió James orgulloso.
Su esposa le dio un pequeño puñetazo en el brazo.
- Más te vale que Harry no acabe expulsado de Hogwarts por culpa de uno de esos inventos vuestros. —le advirtió Lily— O sabrás lo que es una bruja realmente furiosa.
James miró a su esposa sin poder evitar que una expresión algo bravucona asomara a su rostro. Era imposible que hubiera lío del que él, James Potter, merodeador por excelencia, no pudiera sacar a su retoño llegado el caso.
- ¡Oh, eres imposible, James! —exclamó Lily derrotada.
***************************
Dean se había separado de Neville y Seamus apenas habían dejado
al matrimonio Potter. Quería encontrar a Harry antes de que su amigo
se cruzara con algún otro Slytherin con ganas de pelea. Quería
prevenirle de lo sucedido con el Ministro. Sabía que por ser hijo de
quien era, su amigo tenía que medir con sumo cuidado todos sus movimientos
y que por supuesto, estaba en el punto de mira de cualquier serpiente que
se preciara de serlo. Y si como había dicho Seamus andaba solo y de
mala gaita, no quería que acabara maldiciendo al primer Slytherin que
le provocara y fuera el primero en decir adiós a Hogwarts. Le localizó
no muy lejos de la tienda de escobas, taciturno y ensimismado en sus pensamientos.
- ¡Hey, Harry!
El moreno volvió el rostro y no pareció alegrarse mucho de verle.
- Te has perdido una buena pelea. —sonrió Dean— Aunque por desgracia, el mismísimo Fudge fue quién la detuvo.
Harry se limitó a asentir, cuando en cualquier otra ocasión ya le hubiera estado bombardeando a preguntas.
- ¿Puede saberse qué te pasa? —preguntó Dean, casi anticipando la respuesta.
Y como ésta no llegaba, siguió preguntando.
- Bueno, ¿de quién se trata esta vez?
Harry le dirigió una mirada contrariada.
- No te burles. —le recriminó a Dean.
- ¿Te ha dado calabazas? —preguntó éste, intentando refrenar el tono socarrón en su voz.
Los achaques amorosos que Harry sufría con cierta frecuencia eran bien conocidos por sus amigos. Tan explosivos y apasionados como sus hechizos.
- No, —negó Potter— partió hace algunos días. —el joven dejó escapar un pequeño suspiro— Estudiará en Beauxbatons a partir de ahora. Su padre trabaja como diplomático en el Ministerio. Y le han destinado a París.
Parecía tan desolado, que Dean empezó a compadecerse de él. En asuntos del corazón, Harry era realmente un caso perdido.
- Podéis escribiros... —sugirió sin mucho convencimiento.
Su amigo le dirigió una mirada afligida.
- No es suficiente. —declaró Harry con tristeza— Sé que lo mejor que puedo hacer es olvidarle. Pero sinceramente te digo que no sé si podré.
- ¡Claro que podrás! —exclamó Dean animoso— Deja de pensar en él y todo será más sencillo. Hazme caso.
- Es más fácil decirlo que ponerlo en práctica... —se lamentó.
- ¡Vamos hombre! Un fuego, apaga otro fuego. Una pena, se calma con el sufrimiento de otra. —Dean hizo un movimiento teatral, apuñalando su corazón— Y un dolor desesperado, con la aflicción de otro se remedia.
- ¡Merlín! ¡Tú si sabes como levantar el ánimo! —se quejó Harry.
De repente, un batir de alas por encima de sus cabezas llamó la atención de ambos muchachos, que alzaron el rostro hacia el cielo. Una pequeña legión de lechuzas sobrevolaba el callejón. Una de ellas, algo más menuda que el resto y cargada con varios pergaminos, pareció perder fuerza en su vuelo y descendió peligrosamente para acabar arremetiendo con una de sus alas contra una de las farolas. El pequeño animal apenas pudo aletear para lograr un aterrizaje más o menos decente.
- Esa debe ser pariente de Errol. —se burló Harry recordando la menuda y patosa lechuza de su amigo Ron.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa había asomado a su rostro. Recogió a la pequeña lechuza del suelo y alisó con delicadeza sus plumas.
- ¡Un momento, no la sueltes! —le detuvo Dean cuando estaba a punto de hacerlo para que alzara el vuelo nuevamente— ¿No llevan esos pergaminos el sello de los Malfoy?
Harry examinó con más atención los pergaminos, para comprobar que efectivamente, los tres llevaban el sello de la familia que más odiaba.
- Deben ser invitaciones para su tradicional baile de máscaras. —dijo con desprecio— Y como es también tradicional, ninguna viene a mi nombre. —añadió en tono sarcástico.
Invariablemente, durante la primera semana de septiembre no se hablaba de otra cosa en la escuela que no fuera del fastuoso y exclusivo baile que los Malfoy celebraban en su mansión, precedido por una exquisita cena. Los que habían sido invitados, se complacían en contar todos los detalles. Los que no, procuraban esconder la envidia y la decepción de no haber sido incluidos en la elitista lista. A no ser que fuera un Gryffindor, en cuyo caso, proclamaba a los cuatro vientos su agradecimiento a Merlín por no haberse visto obligado a rechazar tal invitación y por supuesto, a poner su mayor esfuerzo en desacreditar la susodicha fiesta.
- ¿Sabes Harry? —dijo Dean con un brillo pícaro en su mirada— Los Malfoy serán lo que tú quieras, pero con todo el duelo de nuestro corazón, tenemos que reconocer que a sus fiestas siempre consiguen que asita lo mejor de lo mejor.
- ¿Y? —preguntó Harry alzando una ceja, temiendo lo que su amigo iba a proponer.
- Pues, que no creo que se den cuenta si unos cuantos enmascarados más engrosan su lista de invitados.
En ese momento, ya también en los ojos de Harry bailaba un brillo malicioso y una sonrisa peligrosa bordeaba sus labios. El merodeador que llevaba dentro, empezaba a acallar al desdichado enamorado.
- Creo que esto pesa demasiado para ti, pequeña. —dijo desatando de la pata de la lechuza las tres invitaciones.
Al principio, la pequeña ave le dio unos cuantos picotazos, ya que sabía que aquellos muchachos no eran los destinatarios de sus mensajes, pero después al sentirse libre de su carga, alzó aliviada el vuelo y se perdió en los cielos del Callejón Diagon.
ESCENA II
Lucius Malfoy se encontraba cómodamente sentado en su sillón
de cuero favorito, en su estudio, saboreando una copa de brandy junto a su
invitado.
- Pero Potter queda obligado bajo igual penalidad que yo. —dijo observando con sus acerados ojos grises la copa de fino cristal que sostenía elegantemente entre sus dedos— el pago de las multas que el Ministro ha decidido imponer a partir de ahora a cualquier Gryffindor o Slytherin que se atreva a lanzar un hechizo fuera de lugar, saldrá directamente de nuestros bolsillos.
Lord Voldemort sonrió. Al parecer Cornelius Fudge había encontrado al fin la solución idónea para detener aquel hervir de sangres y varitas. No hay como tocarle el bolsillo a alguien para hacerle reconsiderar posturas.
- Ambos gozáis de honrosa consideración —dijo— y es muy lamentable que hayáis vivido enemistados tanto tiempo.
Malfoy se limitó a hacer un lánguido gesto de fastidio, mientras su acompañante le miraba de forma penetrante antes de abordar la cuestión que le interesaba.
- Y dime, Lucius, ¿qué has decidido sobre mi propuesta?
La exquisita educación de Malfoy le impidió dejar escapar en ese momento un bufido de molestia.
- Mi querido Tom, —habló— no puedo más que repetirte lo que otras veces dije. Draco es todavía demasiado joven. Aún no ha cumplido diecisiete años.
Sin embargo, Lord Voldemort no era persona que se diera fácilmente por vencida.
- Pero lo hará dentro de poco. —le recordó a Malfoy— Otros más jóvenes que él están ya felizmente desposados. Aunque pocos de ellos gocen de todo lo que yo puedo ofrecerle a Draco.
- Lo sé. —admitió Lucius— Pero prefiero que mi hijo acabe sus estudios, ya lo sabes. Sólo le queda un año en Hogwarts. Y me gustaría que después eligiera una carrera. La que él prefiera.
Lucius hizo una pequeña pausa, observando con atención al hombre sentado frente a él. Tom Riddle, por todos conocido como Lord Voldemort, era un mago poderoso. Disfrutaba de una buena posición, ya que tenía más cámaras en Gringotts de las que los propios gobblins podían recordar. De modales refinados y cuidada educación, calculó Lucius que debía andar sobre la treintena. Gozaba del respeto de la comunidad mágica, aunque decían las malas lenguas que parte era debido al temor que inspiraba su particular inclinación hacia las artes oscuras, punto que jamás había sido probado totalmente. De todas formas, no era una cuestión que preocupara a Lucius en demasía. También en su familia había habido siempre una cierta tendencia hacia un tipo de magia de la que nadie se vanagloriaría en público. Tenía que reconocer que Tom Riddle era uno de los mejores partidos del mundo mágico.
- Draco es todo lo que tengo, Tom. —dijo Lucius suavizando la dureza de su mirada— Es mi mundo. Mi orgullo. No deseo verle marchitar su juventud en un matrimonio demasiado temprano, sin haberla podido disfrutar antes.
Malfoy dejó la ya vacía copa sobre la mesita, a su lado, y cruzó elegantemente sus manos sobre el regazo, meditando detenidamente lo que iba a decir.
- Sin embargo, tienes mi permiso para cortejarle y lograr interesar su corazón, si así lo deseas. Una acogida suya, como objeto de su elección, tendrá mi voto favorable. —Lord Voldemort asintió levemente con la cabeza en señal de que aceptaba las condiciones— Esta noche, como ya es tradicional, —prosiguió Lucius— Narcisa y yo damos una fiesta a la que asistirán personas de nuestra estimación. Por supuesto, estas invitado a ella, y de esta forma, mi hijo podrá conocerte.
ESCENA III
Draco estaba en la biblioteca de la mansión, sumergido en la interesante
lectura de un libro sobre pociones, cuando Daphne apareció con un pequeño
“plof” ante él.
- Su madre reclama su presencia, joven amo. —declaró la elfina con voz algo chillona.
- ¿Dónde está? —preguntó éste cerrando con pesar su libro.
- En la salita, joven amo.
Draco atravesó los tres pasillos que separaban ambas estancias, con Daphne detrás, dando pequeños saltitos para poder seguirle el paso. Sólo esperaba que su madre no hubiera interrumpido su interesante lectura, solo para recordarle una vez más el protocolo de la fiesta. Se lo sabía de memoria.
- Oh, cariño, aquí estás. —dijo Narcisa sonriendo al ver entrar su hijo.
Draco se inclinó para besar a su madre en la mejilla.
- ¿Me buscabas, madre?
- El joven amo estaba en la biblioteca, ama. —declaró Daphne sin ser preguntada.
Narcisa dirigió una mirada severa a la elfina, al tiempo que hacia un gesto a su hijo para que se sentara junto a ella en el sofá.
- Si, quería hablar contigo, Draco. —empezó Narcisa— Tu padre y yo hemos estado conversando y ha dejado en mis manos el asunto del que quiero tratar.
Narcisa tomó la mano de su hijo, gesto que puso a Draco en guardia.
- En poco más de un mes cumplirás diecisiete años, Draco. Alcanzarás la mayoría de edad.
- Sí, —chilló la pequeña elfina— recuerdo como si fuera ayer cuando me entregó al joven amo para que le cuidara. ¡Era un bebé precioso!
Narcisa dirigió otra severa mirada a la elfina, que parada junto a Draco, miraba a su hijo con verdadero embeleso. Le había cuidado desde que era un bebé y seguía haciéndolo. Lucius con frecuencia la amonestaba diciéndole que le permitía demasiadas confianzas a una elfina excesivamente descarada para su gusto. Y aunque Narcisa se lo reconocía, también le recordaba que no había nada que Daphne no estuviera dispuesta a hacer por su hijo. Sentía verdadera devoción por Draco.
- Dime, hijo, ¿has pensado alguna vez en el matrimonio? —preguntó.
Draco miró a su madre, aturdido. Aquella pregunta era la última que hubiera esperado.
- En realidad, no. —reconoció.
- Bien, tal vez ya sea tiempo. —Draco alzó elegantemente una ceja y por unos segundos Narcisa creyó ver a Lucius en ese gesto— Has asistido ya a las bodas de algunos de tus amigos y amigas. Desposarse a tu edad no es tan extraño, hijo.
- Lo sé, madre. —admitió Draco, algo confundido— Solo que... si las cosas no han cambiado, para casarse hay que tener antes una pareja, creo.
- Tienes razón. —Narcisa le sonrió con cariño, tratando de aliviar la tensión que aquella inesperada conversación parecía estar provocando en su hijo— El asunto es que hay alguien que se ha interesado por ti, Draco. Y tu padre le ha dado permiso para cortejarte, siempre y cuando él sea de tu agrado.
- ¿Le conozco? —preguntó Draco intrigado.
- Tal vez le hayas visto alguna vez. —dijo ella— Se trata de Lord Voldemort.
La elfina soltó un estridente chillido.
- ¡El mismísimo Lord Voldemort, joven amo! ¡Cuán afortunado es mi joven amo!
Draco se estrujó el cerebro, tratando de recordar al mago que causaba tanto entusiasmo en su elfina y que por el tono de la conversación, parecía no desagradar tampoco a su madre.
- Creo que no le recuerdo, madre. —dijo al fin.
- No te preocupes, cariño. Le conocerás esta noche. A tu padre y a mí nos agrada. Sin embargo, —recalcó— es a tu corazón al que debe prendar.
- Si vosotros consideráis que podría ser adecuado para mí, madre, entonces debo darle una oportunidad. —aceptó el joven.
Narcisa sonrió satisfecha y al mismo tiempo orgullosa de su hijo.
- Bien Draco, prepárate para la cena. Nuestros invitados no tardarán en llegar.
ESCENA IV
Ron Weasley había secundado con entusiasmo el plan de sus dos amigos.
A pesar de lo acaecido tan solo dos días antes en el Callejón
Diagon. Tanto él como Harry se habían escabullido de casa con
la excusa de ir con Dean a una discoteca muggle y con la promesa de no volver
demasiado tarde. Los padres de Dean eran muggles, así que sencillamente
les había dicho que se iba de marcha con sus dos amigos. La intención
de los tres jóvenes no era la de buscar problemas, sino la de que su
presencia pasara completamente inadvertida. La gracia de la hazaña
estaba en colarse en la mansión Malfoy para después, una vez
empezado el curso, vanagloriarse de ello y restregárselo por las narices
a los Slytherins, especialmente por las de Draco Malfoy.
- No quiero pensar en lo que mi padre haría si llega a enterarse. —dijo Ron sin poder evitar sentirse algo nervioso a pesar de todo— Ya no digamos Hermione...
Harry sonrió ante la mención de su amiga. Después pensó que en su caso, sería su madre quien le impondría un severo castigo de llegar a enterarse, ya que estaba seguro de contar con la tácita aprobación de su padre. Aunque, con ese asunto de las multas, dudó por unos instantes sobre si a James Potter le haría mucha gracia que sorprendieran a su hijo en casa de su enemigo llegado el caso. El otro aliciente que le había impulsado hacia aquella descabellada aventura, había sido la insistencia de Ron y Dean en demostrarle que cuando una escoba se rompe, otra mucho mejor la sustituye y que seguramente en aquel baile encontraría montones de jóvenes tan atractivos e interesantes como el que ahora mismo causaba tanto sufrimiento a su corazón.
Las invitaciones que habían sustraído sirvieron para sortear las barreras anti-aparición que rodeaban la mansión de los Malfoy. Y una vez en la entrada nadie les detuvo, ya que los que hasta allí llegaban era seguro que habían sido invitados. Protegidos tras sus máscaras, atravesaron el señorial vestíbulo y siguiendo las indicaciones de los elfos al servicio de aquella casa, llegaron hasta el inmenso salón, inmerso ya en el bullicio del baile. Contemplaron atónitos la fastuosidad del fabuloso escenario que se extendía ante sus ojos. Magos embutidos en elegantes y refinadas túnicas; brujas engalanadas con sus mejores joyas y exuberantes vestidos; la orquesta al fondo, tocando una maravillosa pieza.
- Empiezo a pensar que no ha sido tan buena idea venir aquí. —gimió Ron, que a pesar de vestir la túnica de gala de su hermano Percy, no llegaba ni mucho menos a la altura de los ropajes que en aquel salón se exhibían.
- ¡No seas paranoico, Ron! —susurró Harry dando un pequeño empujón para que atravesara el umbral del salón de una vez— Separémonos. —sugirió después— Prestad atención a los detalles y a los invitados para poder después recordarlos y que esas serpientes no puedan acusarnos de mentir sobre nuestra presencia aquí.
- Anda con cuidado y buena caza... —le dijo Dean con un guiño.
- No tengo ánimo para nada que no sea fastidiar, una vez en Hogwarts, a estos malditos Slytherins. —gruñó Harry.
- Pues yo pienso bailar y divertirme. —le replicó su amigo con una amplia sonrisa.
Y los tres jóvenes tomaron direcciones distintas, perdiéndose entre los invitados.
Draco tenía que reconocer que Tom Riddle era un hombre interesante.
Elegante, educado y de conversación culta y amena. El rubio heredero
sabía que su padre jamás le pondría en manos de alguien
que no le inspirara la más absoluta confianza, así que trató
de poner su mejor voluntad en encontrar en aquel mago el detalle que inspirara
a su corazón para llegar a amarle. Estaba dispuesto a pasar por alto
la diferencia de edad. Al fin y al cabo, más valía un hombre
experimentado y saciado de la vida, que guiara su propia inexperiencia y deseara
aposentar su vida junto a la suya, evitándole el disgusto de futuras
infidelidades. Riddle era también un hombre rico. Su fortuna se igualaba
a la de su familia o era incluso superior, por lo que ambos se desenvolvían
en el mismo ambiente social. Por tanto, sus amistades probablemente tendrían
muchos puntos de coincidencia con las suyas. Y lo que era más importante,
contaba con la aprobación de sus padres. Además, Lord Voldemort
era atractivo. Alto, de espaldas anchas y firmes. Draco, que era un joven
alto, justo le llegaba a la barbilla. Su pelo era negro y lo llevaba corto,
cuidadosamente peinado hacia atrás. Pero a pesar de su belleza, sus
facciones eran agresivas y la dureza de su mentón le daba un aire autoritario.
Sin embargo, fue en sus ojos color avellana, algo rasgados y brillantes, donde
el joven Malfoy había encontrado la barrera que le obligaba a seguir
buscando en aquel hombre un motivo que lograra atraerle y despertar algún
sentimiento. Eran fríos e inflexibles y a pesar de las palabras amables
que vertían sus labios, Draco sentía que su mirada le devoraba
más allá del límite que dos personas que acaban de conocerse
deberían permitirse. Mientras bailaban, el brazo de Riddle rodeaba
su cintura de forma demasiado posesiva, manteniéndole tan pegado a
él que resultaba embarazoso. Después de la tercera pieza, trató
de encontrase con la mirada de su padre para hacerle saber que necesitaba
ser sutilmente rescatado. No quería ofender al que de momento era tan
solo un invitado, declinando continuar con un baile que Riddle parecía
no tener intención de concluir. No obstante, tanto Lucius como Narcisa
estaban muy ocupados atendiendo a sus invitados y ninguno de los dos apreció
los discretos pero desesperados intentados de su hijo por llamar su atención.
- Si me permitís, señor y no tenéis inconveniente, os devolveré a nuestro anfitrión una vez me haya obsequiado con el baile que me prometió.
Un rápido destello de roja furia cruzó los ojos de Lord Voldemort. Pero solo fue un instante. Nada que el joven moreno en cuya mano depositó gentilmente la de Draco, fuera capaz de percibir. Por su parte, Draco, a pesar de que no recordaba haber prometido baile alguno, no pudo evitar sentirse francamente aliviado. La mano que ahora envolvía la suya, lo hacía de forma suave y amable. Y el brazo que le rodeaba, sólo le acompañaba, haciéndole sentir cómodo.
- Así que te prometí un baile... —dijo Draco para iniciar la conversación.
- En realidad, no. —confesó su nueva pareja— Pero te veías tan desesperado, que decidí comportarme como un caballero y acudir en tu ayuda.
- Me avergüenza haber sido tan obvio, —reconoció Draco con cierto apuro— aunque sin duda te lo agradezco.
Durante unos minutos se limitaron a evolucionar al compás de la bella melodía que en esos momentos sonaba en el concurrido salón. Sus movimientos eran tan armoniosamente sincronizados, que parecía que ambos estuvieran habituados a danzar juntos, compenetrándose perfectamente. Draco observaba en silencio a su inesperada pareja, tratando de adivinar el rostro que se escondía bajo la máscara, que sólo dejaba al descubierto su boca, delineada por unos labios sumamente tentadores.
- ¿Te conozco? —preguntó al fin ante el prolongado silencio.
- Por supuesto. —fue la escueta respuesta.
Y viendo que su acompañante no parecía muy dispuesto a seguir
con la conversación, decidió insistir.
- ¿Tenemos amigos comunes?
Una sincera sonrisa surcó los labios de su acompañante, antes de torcerse en una pequeña mueca.
- No precisamente amigos, pero digamos que si conocidos.
Y tras sus palabras, un nuevo silencio que empezó a exasperar un poco a Draco.
- O eres demasiado tímido o no tienes habilidad para la conversación. —le dijo en tono irónico al cabo de pocos segundos.
El joven moreno sonrió nuevamente y por primera vez, Draco logró atrapar la esquiva mirada que se escondía tras la máscara. Sus ojos eran verdes. Hermosamente verdes.
- Ninguna de las dos cosas. —respondió su acompañante sin perder la sonrisa.
- Entonces, ¿por qué te empeñas en ocultar tu identidad? —quiso saber Draco.
El otro joven tardó unos momentos en responder, como si considerara cual debía ser su respuesta.
- Porque temo que en cuanto la averigües, vas a mandarme al otro extremo del salón de un contundente Expelliarmus. —susurró el moreno esta vez junto a su oído— Y por increíble que pudiera parecerte si la conocieras, deseo seguir gozando de tu compañía.
Su voz había sonado tan particularmente intensa, que por un momento Draco sintió un remolino de calor extenderse por su cuerpo, para acabar concentrándose en sus pálidas mejillas. Calor que pronto se convirtió en una pequeña hoguera, a razón de las palabras que siguieron.
- Porque jamás esperé que verte aquí esta noche pudiera enredar mi corazón de tal forma. —continuó susurrando su acompañante— Que tus ojos atraparían los míos y desearían que todos los amaneceres fueran grises, para no olvidarlos. Y que ese gris se extendiera hasta el anochecer, para que la plata que ilumina el cielo siguiera recordándomelos hasta el siguiente amanecer. Y al mismo tiempo, desearían una noche eterna, donde la luna desplegara su pálido brillo evocando la hermosa palidez de tu piel. Rivalizando sus tenues rayos con la suave cascada que enmarca tu rostro.
Por Merlín que Draco ya no sabía si le prefería callado o haciendo gala de esa oratoria cuya ausencia segundos antes le había reprochado. Porque cada palabra pronunciada llenaba su corazón del ansia de oír más. Aquella voz arrullaba sus sentidos en una deliciosa complacencia, alborotando sentimientos hasta ese momento ignorados. No había apreciado el momento en el que, mientras le hablaba, sus mejillas se habían rozado hasta quedar apoyadas la una en la otra, y aún así, se dio cuenta de que no deseaba apartarla. Ni recordó el instante en que la cortés distancia que hasta entonces habían mantenido, había desaparecido para dejar que sus cuerpos tomaran conciencia el uno del otro. Tampoco le molestó, como había sucedido con Riddle, que su brazo ahora le rodeara de forma más estrecha, haciendo aquel gesto más íntimo y sin embargo, sintiéndolo tan natural.
- Vine a ahogar mi pena por un amor que terminó —musito su acompañante finalmente cuando la música cesó y ambos tuvieron que separarse— y me marcharé ahogándome en otra por uno que nunca podrá empezar.
Pero cuando el joven moreno hizo gesto de retirarse, Draco le detuvo.
- Mi habitación está en el ala norte, justo frente al jardín de acacias. —dijo lentamente, apenas arrastrando cada sílaba— Las puertas de mi balcón estarán abiertas.
Draco pudo apreciar perfectamente la sorpresa, y después el entusiasmo que brillaron en los ojos de su anónima pareja de baile.
- No creas que vas a desaparecer de aquí tan fácilmente, sin que antes yo descubra quien eres. —le advirtió Draco alzando una ceja en actitud retadora.
- ¿Y si el descubrimiento no te gusta? —preguntó a su vez el moreno.
- Me arriesgaré. —una amplia sonrisa iluminó el rostro de Draco— Espero que hayas traído escoba.
ESCENA V
Blaise Zabini se había cansado de dar vueltas por el salón,
contemplando aburrido el entusiasmo que se desplegaba en la pista de baile.
No le gustaba bailar. Se había pasado la noche esquivando a cuantos
y cuantas pretendían acercarse a él con el propósito
de invitarle a hacerlo. Así que se había entretenido haciendo
una de las cosas que mejor sabía hacer: observar. Había estado
miles de veces en aquel salón. Sus padres eran íntimos amigos
de los Malfoy y por tanto, él y Draco se conocían desde niños.
Habían crecido juntos. Ingresado en Hogwarts juntos y como no podía
ser menos, los dos eran Slytherin. Blaise siempre había sido muy protector
con Draco, y junto con aquellas dos cabezas huecas de Crabbe y Goyle, le habían
apartado y defendido de cuantas triquiñuelas y maquinaciones aquellos
malditos Gryffindor habían tramado contra ellos durante los últimos
seis años. A veces Draco le decía con cierta sorna, no exenta
de razón, que el Malfoy debía haber sido él, ya que su
sangre hervía mucho más deprisa que la suya propia cuando el
apellido Potter era nombrado. Y era cierto. Blaise odiaba tan profundamente
a los Potter como si fuera su propio apellido el enfrentado a esa familia
de magos.
Siguió con la mirada al joven moreno que acaba de dejar a Draco con una sonrisa en los labios, preguntándose quien sería aquel que había sido capaz de derribar la fría fachada que su amigo solía mantener en público. Porque esa no era su habitual sonrisa de compromiso, sino totalmente radiante y sincera. Decidió no perder al moreno de vista mientras se escabullía entre los invitados en dirección a la entrada del salón. Un joven pelirrojo de aire nervioso le esperaba allí. O eso creyó, porque ambos entablaron conversación inmediatamente. Por su aspecto, debían tener su misma edad. Y mientras les observaba, la comprensión llegaba poco a poco a su mente. Cuando un tercer joven de color se les unió un par de minutos después, apretó sus puños con rabia. Ya pocas dudas le quedaban sobre la identidad de aquel joven. Tal vez a él solo no hubiera sido capaz de identificarle. Pero verle junto a sus acompañantes confirmaba sus sospechas. ¿Cómo se atrevía aquel miserable a venir hasta allí con sus amigos, cubierto con aquel grotesco antifaz para hacer burla y escarnio de aquella brillante fiesta? ¡Por su honor que le molería a maldiciones sin ningún remordimiento!
- ¿Qué sucede, Blaise? —Lucius Malfoy detuvo al alterado joven en su camino hacia las puertas del salón— ¿Te ha dado plantón alguna linda muchacha?
- ¡Señor Malfoy, ese es un Potter! —respondió Zabini señalando sin reparo hacia donde se encontraban los tres Gryffindor— ¡Seguramente ha venido para burlarse de su fiesta!
Lucius dirigió la mirada hacia donde el amigo de su hijo señalaba, pero nada en su expresión dio a entender que la afirmación del furioso joven a su lado le preocupara.
- ¿Es el joven Potter? —preguntó.
- ¡El mismo! ¡Y los otros dos son Weasley y Thomas!
- Cálmate, Blaise. —le apaciguó Lucius— Déjale en paz puesto que se comporta con corrección. Y nada más lejos de mi intención que causarle en mi casa cualquier agravio que después pudiera derivar en agravios más serios con su padre. —sus ojos grises se endurecieron en una serie advertencia— Así que compórtate y no te ocupes de él.
Blaise asintió en silencio, sintiendo la sangre agolparse en sus sienes de pura rabia. ¡Era una vergüenza! ¡La presencia de Potter allí, una verdadera afrenta! Y aunque ahora se viera en la obligación de obedecer a su anfitrión y tragarse su cólera, ya encontraría el momento en el que aquella intrusión pagaría su justo precio.
Draco había llamado a su elfina tan pronto su misterioso
acompañante le había dado la espalda y le había ordenado
seguir al joven y averiguar su nombre. No le gustaba jugar con desventaja.
A Daphne no le había costado mucho mezclarse con los demás elfos
que iban de un lado a otro sirviendo a los invitados y pulular alrededor de
los tres jóvenes enfrascados en una conversación que creían
privada, mientras se dirigían hacia vestíbulo para abandonar
la mansión. El nombre del joven moreno era Harry y así se lo
hizo saber a su amo tan pronto volvió a su lado. Porque temo que en
cuanto la averigües, vas a mandarme al otro extremo del salón
de un contundente Expelliarmus, recordó Draco. Esas habían sido
sus palabras. Un nudo ahogó su garganta al entender que el que podía
ser su primer amor, había nacido de su primer odio. Demasiado pronto
su corazón le había aceptado y demasiado tarde le había
conocido, cuando ya se lo había arrebatado. ¡Sorprendente principio
de amor, que tuviera que enamorarse de su aborrecido enemigo: Harry Potter!
Volver al índice
CAPITULO II
ESCENA I
Harry balbuceó excusas absurdas y apresuradas cuando llegaron al lugar donde habían escondido sus escobas. Y ante la mirada atónita de sus dos amigos, su Saeta de Fuego salió disparada a toda velocidad, del mismo modo que lo hacía cuando su dueño divisaba la snitch dorada durante un partido.
- Son imaginaciones mías, o Harry ha salido zumbando en sentido contrario al que se encuentra su casa. —dijo Dean todavía perplejo— Porque si no me equivoco, en esa dirección está el lugar del que ahora mismo venimos. —dirigió una mirada inquieta a su pelirrojo compañero— ¿No sería mejor seguirle?
- ¡Bah! ¡Déjale! —Ron esbozó una sonrisa divertida— Mucho me parece que Harry ha pasado página y todo ese sufrimiento que parecía corroerle esta tarde, ha caído ya en el olvido.
- ¡Vamos, que vuela detrás de otro amor ciego! —sonrió también Dean, aliviado.
Ron dejó escapar una pequeña carcajada.
- Los amores de Harry siempre son ciegos, por eso nunca da en el blanco. —se burló sin malicia el pelirrojo— Pronto estará guarecido en algún rincón oscuro, supongamos que bien acompañado y preparándose el terreno para un nuevo desengaño.
- ¡Pues vámonos! —dijo Dean montando en su escoba— Porque es inútil buscar a quien no quiere ser encontrado.
Y ambos amigos emprendieron el vuelo de regreso a sus hogares.
ESCENA II
El aire nocturno batía contra su rostro, enredando sus cabellos negros, tan embrollados como sus pensamientos. Su escoba volaba tan deprisa como su corazón latía, nervioso y excitado. Y temeroso. Tenía que ser un hechizo muy poderoso el que había rendido sus sentidos esa noche tan pronto sus ojos se habían posado en la persona de su rubio enemigo. En realidad, su intención había sido evitarle. Si con alguien no quería topar esa noche era con Draco Malfoy. Y como suele suceder, lo contrario a lo que más deseas, es lo que primero acontece. Cuando Ron, Dean y él se habían separado, sus pasos le dirigieron hacía la parte del amplio salón que daba a los hermosos jardines que rodeaban la mansión. Y justo delante de uno de los ventanales que permanecían abiertos para dejar correr el aire en el abarrotado recinto, estaba él. Inconfundible pelo platinado resaltando entre el mar de cabelleras negras que le rodeaban. Incluida la de su pareja de baile. Su primer instinto había sido el de volver sobre sus pasos y alejarse de más que de posibles problemas. Pero algo le retuvo, clavando sus pies en aquel rincón discreto donde permaneció durante largo rato. Sólo contemplándole. Comprobando que Malfoy brillaba con luz propia. Tuvo que admirar la elegancia de sus gestos, el donaire de sus pasos deslizándose sobre las baldosas de blanco mármol. Su cuerpo esbelto, tan flexible como un junco mecido por el viento en los brazos de aquel hombre que le ceñía con codicia, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo. Se preguntó quien sería aquel mago a quien Malfoy sonreía, con el que parecía mantener tan animada conversación mientras bailaban. El Slytherin se veía tan distinto a como Harry acostumbraba a verle en Hogwarts, que le costaba aceptar que fuera el mismo Malfoy con el que intercambiaban miradas de odio, en el mejor de los casos, tan solo de desprecio. Nunca le había visto bajo la luz con la que ahora le envolvía su mirada. Jamás se había dado cuenta de la delicadeza de sus facciones, de la belleza de sus rasgos. De que Draco Malfoy era hermoso.
Y después, había percibido aquel tenue destello de molestia en sus ojos. Ese gesto casi imperceptible de incomodidad. La soterrada ansiedad con la que su mirada de plata había recorrido el salón en busca de Harry no sabía exactamente quien. Pero de lo que sí estuvo seguro, fue de que el Slytherin trataba de encontrar a la persona que le librara de su acompañante, sin mucho éxito. Y que no lograrlo, le estaba causando un cierto desespero. Antes de que se diera el tiempo suficiente para pensarlo con prudencia, Harry estaba dando unos corteses golpecitos en el hombro de aquel hombre, reclamando un baile que no le había sido prometido. Una inequívoca expresión de alivio en el rostro de Malfoy, le dio la seguridad de que había hecho lo correcto. Después su bocaza, como siempre, le había perdido. Esa mala costumbre de que su corazón hablara sin pedir permiso.
El jardín de acacias estaba justo bajo él. Aminoró la velocidad y descendió suavemente, hasta quedar oculto entre sus ramas, desde donde divisó el balcón del que Malfoy le había hablado. Y despejando las dudas que le habían asaltado durante el corto trayecto, él estaba allí. Esperándole. Se había desprendido de la túnica de gala y a no ser por su rubio cabello, ahora casi blanco por aquella desmayada luz que la luna reflejaba también sobre su pálido rostro, no habría podido distinguirle enfundado en su oscuro atuendo. Estaba inmóvil, con los codos apoyados en el barandal de piedra. Sólo su cabeza se movía de vez en cuando, seguramente oteando el cielo, esperando verle aparecer en cualquier momento. No iba a hacerle esperar más.
- Como ves, he respondido a tu amable invitación. —dijo tan pronto llegó frente a él, deteniendo su escoba ante el balcón.
Había aparecido tan de repente, que Draco se había erguido, sobresaltado. Pero sus labios esbozaron inmediatamente una sonrisa al tiempo que sus ojos denotaban sorpresa mezclada con cierto alivio.
- ¿Acaso no creíste que acudiera? —preguntó Harry sonriendo a su vez.
Voló lentamente hacia el interior del balcón y descendió hasta que sus pies tocaron el suelo. Draco se acercó a él, esta vez con una sonrisa que Harry no supo descifrar.
Era él. Por supuesto que era él. Nadie más montaba en escoba de esa forma, reconoció el rubio para sí.
- No lo dudé ni un segundo... —ágilmente sus dedos arrancaron la máscara del rostro del Gryffindor— ...Potter. ¿Cuándo un Gryffindor que se precie ha dejado pasar la oportunidad de demostrar que no se amedrenta ante nada, aunque para ello tenga que meterse en... un nido de serpientes? —añadió con sorna.
Harry parpadeó confuso y su instinto evaluó si era el momento de coger nuevamente su escoba y salir zumbando de allí o por el contrario seguir el juicio de su corazón de que aquellos ojos grises le estaba invitando a quedarse.
- ¿Te has quedado ahora sin palabras, león? —se burló Draco— Buena maña te diste con ellas hace tan solo un rato, abajo en el salón. ¿O acaso tu discurso fue tan solo la bufonada que creíste que tu máscara protegería?
- Si eso es lo que crees, ¿por qué me invitaste? —preguntó el Gryffindor, embargado por el repentino temor de que, una vez descubierto, le despidiera a cajas destempladas.
- Porque todavía no sabía que eras tú. —respondió Draco francamente— Y desconocía tu habilidad para turbar el corazón con palabras tan perfectas.
- Así, ¿tu corazón se siente turbado? —inquirió Harry, esperanzado de nuevo.
- Más bien burlado. —respondió Draco sin poder evitar verter en su tono cierta decepción.
- No hubo burla en ninguna de las palabras que antes pronuncié. —aseguró el Gryffindor cerrando la distancia entre ambos— Sólo vocalicé la evidencia que se presentaba ante mis ojos.
Draco retrocedió un paso, inseguro. Deseando creerle y temiendo su mentira. Ansiando decirle que su corazón le anhelaba y recelando al mismo tiempo en entregárselo.
- Pareces olvidar quien eres. —dijo a pesar de todo, manteniéndose firme— Y también cual es mi familia.
Harry avanzó de nuevo y esta vez Draco no reculó, sino que tuvo que poner sus cinco sentidos en esconder el estremecimiento que asaltó su cuerpo cuando los brazos del Gryffindor le rodearon suavemente, casi con timidez. El Slytherin alzó sus manos, que quedaron reposando en el pecho del joven frente a él, indecisas en apartarle.
- Olvidaré mi nombre, si para ti es odioso; —susurró entonces Harry de la misma forma en que lo había hecho poco antes, mientras bailaban— renunciaré a mi apellido por ser para ti el de un enemigo.
Su voz logró que nuevamente cada centímetro de su pálida piel se erizara. Draco sabía que aquellos ojos no mentían. La intensidad de su mirada, la calidez con la que envolvía la suya, no podían ser fingidas. Contempló el rostro que le habían enseñado a odiar y que ahora, por alguna razón que tan solo Merlín conocía, hacía latir su corazón tan deprisa que golpeaba contra su pecho de forma casi dolorosa. Deseó la boca que en lugar de insultos, regalaba sus oídos con palabras dulces hasta esa misma noche jamás imaginadas. Aguardó la sonrisa que cada vez que iluminaba sus ojos verdes y sus deseables labios le dejaban sin respiración.
- ¿Sabes lo que sucedería si alguien te descubriera aquí? —le recordó, inquieto— Algunos de mis allegados son demasiado pródigos en hechizos mal intencionados, por decirlo de forma suave.
- No hay hechizo ni conjuro, ni siquiera maleficio capaz de arrancar lo que esta noche ha nacido aquí. —respondió Harry poniendo la mano sobre su corazón— Ya no hay encantamiento capaz de apartarme de tu lado. Porque esta noche me has embrujado y no quiero que nadie me libere.
- Estas loco... —musitó Draco complacido.
- Sólo por ti.
Las manos de Harry abandonaron la cintura del Slytherin para tomar el bello rostro entre sus manos y acercarlo al suyo. Su mirada se detuvo unos instantes en la gris, que le devolvió su consentimiento. Besó sus labios suavemente, apenas rozándolos. Draco cerró los ojos, completamente entregado a aquel primer contacto. Sus manos dejaron el pecho del Gryffindor para abrazarse a él, al tiempo que su boca buscaba la húmeda tibieza que acababa de probar. Las manos de Harry liberaron el rostro del rubio para estrecharle contra su cuerpo y hundirse esta vez en la boca que ahora se abría para él. Le besó lentamente, saboreando cada caricia que le era devuelta, disfrutando de las manos que recorrían su espalda tan despacio como la lengua que agasajaba la suya.
- Tienes que marcharte —musitó Draco pasados unos minutos— Los últimos invitados deber haberse ido ya y mi madre no tardará en aparecer para preguntarme... —vaciló— ... cómo ha ido todo. Tal vez mi padre la acompañe.
Draco había dudado en mencionar el nombre del hombre al que sus padres esperaban que se uniera algún día. Pero no quiso romper aquel idílico momento entre los brazos de Harry con el recuerdo del mago que ahora, más que nunca, detestaba.
- Harry, por favor... —insistió siendo al fin él quien, renuente, abandonó el cálido refugio que le acogía— ...no quisiera que esta noche tan perfecta acabara en un disgusto.
Harry obedeció remiso.
- No sé si aguantaré hasta mañana las ansias de volverte a ver... —acarició con ternura su mejilla— ...de besarte... —unió sus labios a los del Slytherin en un corto beso— ...de tocarte...
- Nos veremos en el tren, dentro de unas horas... —trató de consolarle Draco mientras sus labios eran nuevamente acariciados— ...aunque no creo prudente que nos vean juntos... mmm... Harry...
- Tienes razón. —convino por fin el Gryffindor, liberando su boca— Más vale que de momento nadie sepa de este encuentro. Ni de los que vendrán. —sonrió ilusionado.
Y de repente, la estridente voz de Daphne les devolvió a la realidad.
- ¡Joven amo! ¡Mi señora ama le reclama, joven amo!
Draco empujó a Harry hacia la oscuridad de la esquina donde la luna no alcanzaba a derramar su descolorida luz.
- Dile que voy enseguida, Daphne. —respondió Draco recuperando el aplomo que durante unos segundos había perdido.
La elfina, obediente, volvió al interior de la habitación para dar el recado.
- ¡Ahora si debes irte! —susurró Draco— ¡Vete antes de que salga a buscarme otra vez!
- ¿Pensarás en mí? —preguntó Harry desde la umbría de su rincón.
- Pensaré. —respondió Draco ya nervioso.
- ¿Soñaras conmigo? —volvió a preguntar el Gryffindor, haciendo méritos para acabar con la paciencia de su amado.
- ¡Soñaré! —dijo Draco entre dientes— ¡Así que vete antes de que soñarte se convierta en pesadilla!
Harry salió de la oscuridad que le ocultaba con su escoba ya en la mano.
- Bésame, —rogó— el camino es largo y quiero llevar tu sabor en mis labios.
- Gryffindor tonto... —musitó Draco a pesar de todo muriéndose de ganas de complacerle— ¡Y ahora vete!
La voz de Narcisa Malfoy sonó peligrosamente cerca del balcón.
- Draco, hijo, ¿qué haces ahí fuera tanto rato?
Draco hizo un rápido y contundente gesto al Gryfindor para que se largara de una vez y éste, no sin antes soplar un beso en su dirección, desapareció a toda velocidad perdiéndose en la negrura de la noche.
ESCENA III
Ron y Hermione entraron en el compartimiento donde se encontraban el resto de sus amigos tras la tediosa reunión de prefectos.
- ¡Cada año lo mismo! —se quejó Ron dejándose caer al lado de su hermana.
- No reniegues. —le amonestó Hermione haciéndolo a su lado— Al menos Malfoy no estaba. Siempre acabáis a la greña.
- La estúpida de Parkinson ha cumplido muy bien con el papel. —gruñó el pelirrojo.
- ¿Habéis visto a Harry? —preguntó Ginny a su hermano.
- No. —respondió Hermione de inmediato, antes de que pudiera hacerlo Ron.
- ¡Hace horas que se fue! —intervino Neville.
- Estará en algún otro compartimiento, saludando a los amigos. —dijo Ron, con aparente despreocupación— O con Dean. —añadió notando que éste no se encontraba allí.
- Dean fue a buscarle. —dijo su hermana— Hace rato.
Hermione miró a Ron, también intranquila.
- Tal vez debiéramos echar un vistazo, Ron. Somos prefectos y...
- Oh, vamos, Hermione. ¿Qué crees que puede pasar en un tren? —el pelirrojo soltó un resoplido— Esas serpientes no se atreverán a hacer nada en un lugar del que no puedan escapar después.
- Sigo pensando que... —empezó otra vez Hermione, ya en ese tono de “vamos a hacerlo porque yo lo digo” que sacaba de quicio a Ron.
Pero nadie supo lo que Hermione pensaba, porque en ese preciso momento se abrió la puerta del compartimiento para dejar paso a un más que feliz Gryffindor de pelo negro, mucho más alborotado de lo habitual. Harry se sentó en el asiento libre al lado de Neville, sin apreciar todas las miradas que en ese momento caían sobre él. Antes de que nadie pudiera preguntar se abrió nuevamente la puerta, que esta vez atravesó un preocupado y después muy cabreado Dean Thomas.
- ¿Puede saberse donde estabas? —casi gritó al ver Harry tranquilamente sentado— ¡Te he buscado por todo el tren!
- Dando una vuelta, saludando gente. —respondió Harry encogiéndose de hombros.
Y nadie pudo sacarle de ahí.
En otro vagón, no lejos de allí, un ciertamente histérico Blaise Zabini interrogaba de igual forma a Draco, quien se limitó a devolverle una mirada fría y soltarle un cortante “métete en tus asuntos”.
Las semanas siguientes fueron verdaderamente difíciles. Para los dos.
Pero especialmente para Harry, mucho más efusivo y temperamental que
su pareja. Además de tener que lidiar con la implacable persecución
de la que era objeto por parte de un furibundo Blaise Zabini. Harry no acertaba
a adivinar el porqué de aquel odio mucho más exacerbado de lo
que era habitual dado que, con gran esfuerzo, había logrado silenciar
a sus dos compañeros sobre su incursión a la mansión
Malfoy. Había tenido que emplearse a fondo e inventar muchas excusas
para convencerles de que era mejor mantener la relativa paz que, con la excepción
de Zabini, se daba entre Gryffindor y Slytherin en aquellos momentos. Podía
decirse que era el principio de curso más tranquilo que habían
disfrutado en mucho tiempo. A pesar de que el Slytherin ya le hubiera retado
en duelo en un par de ocasiones. Y en ambas, después de recibir toda
clase de improperios e insultos y de haber estado a punto de recoger el guante,
la mirada suplicante de Draco, siempre detrás de su enfurecido amigo,
le había hecho tragarse su coraje y retroceder en su intención.
Miradas furtivas de mesa a mesa durante desayunos, comidas o cenas. Intercambio de palabras cargadas de dobles sentidos en los pasillos, pronunciadas con fingido desaire. Ojos que se buscaban ansiosos durante la clase de Pociones o de Transformaciones. Y lechuzas cansadas de llevar mensajes desde la torre de Gryffindor a las mazmorras de Slytherin y de las mazorras a la torre otra vez para concertar encuentros clandestinos en la Torre de Astronomía cada noche que era posible.
ESCENA IV
Una de esas noches, antes del toque de queda, Harry volaba por los pasillos
en dirección a esa torre que, después de la de Gryffindor, se
había convertido en su segundo hogar en Hogwarts. Habían tenido
una dura semana de exámenes y ni él ni Draco se habían
visto más que en las clases conjuntas y apenas a las horas de las comidas.
Pero por fin era viernes por la noche y estaban tan ansiosos el uno del otro
que habían decidido adelantar la hora habitual de su cita para recuperar
el tiempo perdido.
La impaciencia de Harry por llegar a su destino le había llevado a una loca carrera, que al doblar una de las esquinas del largo pasillo, acabó abruptamente cuando arremetió contra el anciano Director de Hogwarts, quien tuvo apenas tiempo de sostenerse contra el muro para no caer al suelo.
- ¿Dónde está el fuego, Harry? —preguntó con humor, a pesar de todo, Dumbledore.
- Lo siento Profesor. —se disculpó el joven— ¿Se encuentra bien?
- ¡Oh, si! —sonrió éste— Por lo visto mis viejos huesos todavía son capaces de resistir los envites de la juventud.
Y como Harry hiciera gesto de volver a salir corriendo, el Director le retuvo con un gesto de su mano.
- Y dime, ¿a qué tanta prisa?
Harry sonrió, nervioso.
- Er… llego tarde. He quedado… —trató de parecer convincente— … y tengo que volver a mi sala común en… —consultó su reloj—… quince minutos, señor.
El Director pasó uno de su delgados brazos por los hombres del Gryffindor y empezó a caminar a su lado. Una sonrisa de complicidad asomó a sus labios. Miró a su alumno por encima de sus gafas de media luna, divertido ante la impaciencia que Harry apenas podía disimular.
- Debe ser una cita importante esta que te hace correr como un poseso por los pasillos. —Harry no respondió— Has tenido suerte de que fuera yo y no nuestro querido Profesor Snape quien tropezara contigo.
Esta vez Harry puso los ojos en blanco y no pudo evitar sonreír ante la indirecta del Director, sabedor de que, de haber sido así, en ese momento Gryffindor tendría un montón de puntos menos. Disimuladamente echó un nuevo vistazo a su reloj. Llegaba tarde. Y Draco era un fanático de la puntualidad, virtud en la que él no abundaba. Sin embargo, Dumbledore parecía no tener intención de soltarle.
- Déjame adivinar. —prosiguió el Director muy entretenido— ¿Tu corazón vuelve a latir después de haberme asegurado que no volvería a hacerlo nunca más? Aunque para estar muerto, debo decirte que tienes muy buen aspecto.
Dumbledore vio como su alumno enrojecía rabiosamente, seguramente recordando también la escena que tuvo lugar en su despacho poco antes de terminar el curso anterior. Cuando Harry había irrumpido en él con cara de desesperación, rogándole que le dejara ir a Londres aquel fin de semana para poder despedirse de Blake antes de que partiera a París. Petición a la que previamente su Directora de Casa, la Profesora McGonagall ya se había negado. Dumbledore trató de hacerle entender, de la mejor forma que pudo, que aquello era imposible; que ningún alumno podía abandonar la escuela bajo ningún motivo o circunstancia que no fuera de fuerza mayor. Y aquella no lo era. Después de una breve disertación sobre la juventud, el amor y sus circunstancias por parte del Director, Harry había abandonado el despacho inconsolable, asegurándole que su corazón jamás podría volver a latir por nadie más.
- Tal vez exageré… un poco. —admitió el Gryffindor avergonzado.
Dumbledore dejó escapar una pequeña carcajada, mientras daba unos golpecitos en el hombro de su alumno.
- Y bien, Harry, ¿vas a contarme quien es el afortunado que disfruta esta vez de la pasión de los Potter?
Harry miró al Director algo enfurruñado, porque el hombre parecía estar pasándoselo genial. Si bien él no se lo iba a pasar tan bien cuando llegara por fin a la Torre de Astronomía y Draco le hiciera pedacitos con la mirada y después tuviera que rogar y suplicar para arrancarle un beso. No le pondría las cosas nada fáciles para lo que pensaba pedirle esa noche.
- Supongo que no es un Gryffindor, ya que sino no andarías por aquí a estas horas. —prosiguió Dumbledore, empecinado en su interrogatorio.
- No, no lo es. —admitió Harry al fin.
Dumbledore sonrió.
- ¿Otro Rawenclaw? ¿Un Hufflepuff?
Harry dejó escapar un profundo suspiro de resignación, dándose por vencido.
- Un Slytherin. —pronunció muy bajito.
Tanto que Dumbledore pensó que no había oído bien.
- Perdona, Harry, no sé si te he entendido porque... juraría que has dicho Slytherin.
- Eso he dicho. —reconoció el joven con otro suspiro. Un Slytherin que le iba a matar tan pronto le echara la vista encima.
Dumbledore parpadeó aturdido por lo inesperado de la confesión. ¡Un Gryffindor con un Slythein! ¡Merlín bendito! Aquello si era una sorpresa. Una agradable sorpresa. ¡Esa relación podría solucionar tantas cosas! Más teniendo en cuenta que el Gryffindor era Harry Potter.
- ¿Y le amas? —preguntó con precaución, esperando que no se tratara de una burla de Gryffindor a la otra Casa.
Pero conocía a Harry, y aunque sabía tanto de su habilidad con la varita, como de su pericia para escabullirse después sin ser atrapado, estaba seguro de que el Gryffindor era incapaz de actuar de forma tan mezquina.
- Si, le amo. —reconoció su alumno— Le amo tanto que esta noche iba a pedirle… —sonrió algo azorado— …que se case conmigo.
Harry alzó los ojos hacia el anciano Profesor, que le miraba con estupor. Bueno, pensó el Gryffindor animado, parecía ser que al viejo Dumbledore todavía se le podía sorprender.
- Ya soy mayor de edad. —trató de explicar— Y él lo será en un par de días. Ya no necesitaremos el consentimiento de nuestros padres.
El Director de Hogwarts se detuvo de repente, tras lo cual se hizo un incómodo silencio.
- Pero Harry, —habló por fin Dumbledore saliendo de su trance— ese es un paso muy importante para que lo ignoren tus padres. Así como los de él. ¿Le darías ese disgusto a Lily? —preguntó el anciano que esa noche no ganaba para sorpresas.
- Es que… no hay otra forma. —respondió Harry apenado ante la mención de su madre— Nuestros padres no consentirán jamás.
- Bien, —dijo Dumbledore ya repuesto otra vez— yo puedo ayudaros, si lo deseáis. Hablaré con tus padres y los de ese joven. Estoy seguro de que James no se lo tomará tan mal una vez le conozca y compruebe cuanto os amáis. No se negará. Tus padres te quieren Harry, y desean que seas feliz. Aunque sea con un Slytherin. —sonrió Dumbledore, sin poder dejar de ver la ironía del asunto.
Observó que, aunque esperaba el efecto contrario, parecía que sus palabras habían entristecido todavía más a su alumno.
- No con este Slytherin, Profesor. —el joven titubeó antes de decir— Mi padre jamás aceptará a Draco Malfoy. Ni Lucius Malfoy me aceptará a mí.
- ¡Merlín nos asista! —exclamó el Director sin poder evitarlo.
- ¿Lo ve? —dijo Harry con amargo sarcasmo— ¡Hasta Ud. reconoce que es imposible!
Dumbledore empequeñeció todavía más sus ojos, totalmente concentrado. Miraba a Harry sin verle, mientras sus pensamientos corrían tan rápido como minutos antes lo hiciera su alumno por los pasillos. Una oportunidad única, se dijo. Los herederos de Potter y Malfoy enamorados y dispuestos a unirse en matrimonio. O al menos uno de ellos lo estaba. Y conocida la pasión de Harry, no creía que Draco tuviera opción anegarse. El entusiasmo del anciano Director crecía por momentos. La ocasión de que largos años de enemistad y disputas acabaran con aquel matrimonio era sin duda singular. No podía dejarla escapar. Las casas de Gryffindor y Slytherin por fin hermanadas, sin lanzarse hechizos la una a la otra detrás de cada esquina. Hogwarts nuevamente un remanso de paz… Y lo que era todavía más importante, James Potter y Lucius Malfoy sentados a una misma mesa, renunciando a sus rencillas y brindando por sus hijos. Bueno, tal vez conociendo a ese par se estaba precipitando un poco, reconoció. Pero todo se andaría.
- Bien, Harry —dijo con una satisfecha sonrisa que desconcertó al Gryffindor— celebraré ese matrimonio si el Sr. Malfoy te acepta. Después, a hechos consumados, James y Lucius tendrá que replantearse muchas cosas…
La primera expresión de su alumno fue de sorpresa, para dejar inmediatamente paso a una indudable agitación.
- Profesor… yo… —tartamudeó emocionado— ¡gracias!
- Y ahora, —le invitó Dumbledore con un gesto de su mano— corre a obtener esa respuesta.
Todavía no había terminado la frase, cuando su alumno ya había desaparecido como alma que lleva el viento en dirección a la Torre de Astronomía.
ESCENA V
Esta vez Harry se la había ganado. ¡Vaya si se la había
ganado! Una semana sin verle y se atrevía a hacerle esperar de forma
tan poco cortés. Los ojos de Draco recorrían impacientes el
camino desde la ventana de la torre, en cuyo marco se había apoyado,
hasta la puerta, esperando que su amor apareciera de un momento a otro. Aunque
iba a sudar tinta sino llegaba con una buena disculpa. Sus labios se fruncieron
en un pequeño mohín. Sabía que no iba a resistirse demasiado
cuando esos ojos verdes imploraran su perdón y seguidamente intentaran
besarle. ¡Harry podía ser tan convincente cuando se lo proponía!
Porque Draco amaba sus ojos, sus labios, sus manos; esa angelical expresión
en su rostro de no haber lanzado jamás un hechizo mal intencionado;
el rubor de sus mejillas cuando estaba excitado; el olor de su piel caliente
y el sudor que la cubría después de haberle amado; los brazos
que le refugiaban haciéndole sentir seguro; el pecho sobre el que solía
quedarse dormido cuando estaba cansado; la voz que le susurraba palabras dulces,
dejando sus sentidos embriagados; hasta esa enmarañada negrura a la
que Harry llamaba pelo. Pero por encima de todo, amaba su corazón,
el que se le entregaba en cada mirada y en cada gesto. Y si algo le reprochaba,
era no haber sido el primero. Que Harry hubiera amado antes, aunque le jurara
que él era verdaderamente el único, que su memoria había
borrado todo recuerdo que no fuera el suyo.
Porque el corazón de Draco era tan virgen en amores como el resto de su cuerpo. La férrea educación recibida de su familia le había impedido cualquier desliz antes del matrimonio. Tenía que guardar su primera vez para el que algún día fuera su marido. Los Malfoy se regían todavía por normas y protocolos ancestrales, muchos de ellos en desuso incluso para los llamados magos de "sangre limpia", como era su caso. Reglas, que de no ser cumplidas, podían afectar fortunas y herencias. La respetabilidad y el honor de su apellido. Y Draco no había sido educado para incumplirlas. Algo avergonzado, se lo había acabado confesando a Harry cuando las caricias entre ambos habían empezado a ser más íntimas. El Gryffindor había sido tan comprensivo y cariñoso con él a partir de ese momento, que Draco no había podido sino amarle todavía más si cabe. Y no es que Harry no hubiera sido tierno y afectuoso hasta entonces. Pero oírle decir que no le importaba, que le amaba tanto que esperaría lo que fuera necesario, lo había sido todo para Draco. La confirmación que inconscientemente buscaba de que el Gryffindor le amaba realmente. Harry jamás llegaba más lejos de lo que él necesitaba, ni le pedía más de lo que Draco podía darle. Aunque la situación para el Slytherin empezaba a ser complicada. Porque le deseaba con toda su alma, pero también con todo su cuerpo. Al fin y al cabo Draco era un joven fuerte y sano y sus hormonas amenazaban con ganar la fiera batalla que mantenían contra su voluntad.
La puerta de la torre se abrió por fin y Draco dirigió su mirada afilada en esa dirección. Harry venía sofocado y jadeante, el rostro enrojecido por el esfuerzo de haberse comido los escalones de la empinada torre de dos en dos.
- Llegas tarde, Potter. —le dijo secamente.
A pesar del recibimiento Harry avanzó sonriente. Pero precavido, sólo le plantó un beso en la frente.
- Lo siento, Dumbledore me ha entretenido. —se disculpó.
Draco se perdió unos instantes en el verdor de su mirada. ¡Merlín! ¡Si le hubiera mirado de esa forma desde un principio, cuantas palabras malsonantes hubieran evitado decirse a lo largo de aquellos años! Y como ya sabía que haría, claudicó.
- Te he echado de menos. —ronroneó, colgándose de su cuello.
Harry le ahogó en su abrazo y después en sus labios. Y él se rindió a las manos que le recorrían con hambre de tantos días. A la boca que devoraba la suya a besos ansiosos y ardientes.
- ¿Qué quería Dumbledore? —preguntó después mientras deslizaba la túnica del Gryffindor por sus hombros.
- Saber porque corría de esa forma por los pasillos. —respondió Harry dejando que la prenda cayera al suelo.
Draco sonrió.
- Viejo curioso... —musitó al tiempo que aflojaba con impaciencia la corbata de su pareja y empezaba a desabotonar después la camisa con prisas por sentir su piel bajo sus manos.
Harry notaba los apresurados movimientos del Slytherin sobre su ropa, contento y a la vez sorprendido por aquella inesperada iniciativa. Tal vez debería dejar a su dragón acumular ganas de vez en cuando si el resultado iba a ser tal entusiasmo. Se dejó mimar durante unos deliciosos momentos y después su mano tanteó a ciegas hasta encontrar la corbata de su compañero. Tiró de ella hasta conseguir que Draco elevara el rostro hacia él.
- Lo cierto es que tuvimos una interesante conversación. —dijo deteniendo las manos de Draco muy a su pesar— Yo... yo le he estado dando vueltas a algo desde hace días, Draco.
El Slytherin le miró con curiosidad mientras Harry rebuscaba en el bolsillo de su pantalón, con ademán inesperadamente nervioso.
- El Lunes será tu cumpleaños... —continuó el Gryffindor— ... y como no vamos a poder vernos por culpa de esa fiesta que están organizando los de tu Casa, ya sabes, la que se supone que es una sorpresa... — Draco sonrió irónico, pensando en la bocaza de Pansy— ...he creído que hoy sería el día perfecto para darte mi regalo.
Harry puso en su mano una pequeña cajita forrada de terciopelo negro. Draco supo, apenas vio aquel pequeño estuche, que no podía contener más que una joya. El discreto anagrama impreso en letras doradas en una de las esquinas de la cajita correspondía a una de las joyerías más prestigiosas (y también una de las más caras) del Callejón Diagon. De pronto se sintió nervioso también. Como si un millón de mariposas acabaran de invadir su estómago. Alzó los ojos para encontrarse con los de Harry, visiblemente ansiosos, esperando a que se decidiera a abrir su regalo. El Slytherin se dio ánimos mentalmente, sospechando que lo que sostenía en su mano era algo más que un regalo de cumpleaños, aunque la pregunta no hubiera sido formulada todavía. Levantó por fin la tapa del estuche, para descubrir un hermoso anillo de oro engarzado con dos piedras preciosas: un brillante y una esmeralda.
- ¡Ha...rry! —exclamó cuando logró encontrar su voz.
Y sin casi darle tiempo a reaccionar, Harry ya le había
atrapado entre sus brazos y susurraba en su oído las tres palabras
que hicieron que esas mariposas batieran sus alas con más fuerza dentro
de su estómago.
- Cásate conmigo, Draco.
El Slytherin arrebató sus labios con tanta pasión, que Harry perdió el mundo de vista. No fue demasiado consciente de cuando su corbata cayó al suelo, seguida de su camisa. De en qué momento la dura frialdad del muro se incrustó contra su espalda y la húmeda calidez de los labios empezaron a recorrer su pecho. Después, esa dulce lengua siguió jugando con su piel, deslizándose lentamente hasta su ombligo, haciendo que su cuerpo se estremeciera en pequeños escalofríos de placer.
Draco contempló la expresión extasiada en el rostro de su amado, su piel ligeramente enrojecida por la excitación, sus ojos enturbiados de deseo. Sonrió al oírle jadear su nombre cuando bajó la cremallera de su pantalón muy despacio, deslizó su mano en su interior y seguidamente acarició la dureza que ya difícilmente pasaba inadvertida bajo la prenda.. Sin cejar en sus caricias, acercó sus labios al cuello de su pareja y fue depositando pequeños besos hasta llegar al lóbulo de su oreja, donde se detuvo para, tras un breve mordisquisto, susurrar su respuesta. Harry reaccionó gimiendo su nombre con fuerza, dejando la expresión de su húmeda alegría en su mano.
ESCENA VI
Severus Snape paseaba impaciente por el despacho del Director de Hogwarts.
El humor del adusto Profesor no gozaba de uno de sus mejores días.
Aunque raramente su carácter solía tenía un buen día.
Miró de soslayo a la Profesora McGonagall, que conversaba animadamente
con Dumbledore, disgustado todavía por la entusiástica acogida
que había ofrecido a la noticia que el día antes les había
dado el Director. Pero, ¡que se podía esperar de una Gryffindor
como ella! Había tratado por todos los medios de hacerle entender al
Profesor Dumbledore que celebrar aquella boda era jugar con fuego. Conocía
lo suficiente a Lucius Malfoy como para prever la furibunda reacción
que éste podía tener una vez fuera de su conocimiento. Lo más
suave que Potter podría esperar de su "suegro" era que le
colgara de sus partes de la torre más alta de Hogwarts. Lo peor, que
dejará directamente viudo a su hijo. Y ninguna de las dos cosas le
haría la menor gracia a James Potter. Y ahí estarían
otra vez. En lugar de arreglarse, el conflicto recrudecería.
También había intentado razonar con Draco. Pero su ahijado estaba fuera de toda razón, estúpidamente e incomprensiblemente enamorado de ese Gryffindor arrogante hasta lo imposible. ¡Que demonios podía saber ese crío del amor! ¡Por Merlín bendito, acababa de cumplir 17 años! Aunque el otro enterado no se había quedaba corto, regalando anillos y haciendo proposiciones de matrimonio, como quien regala ranas de chocolate ¿Es que Malfoy y Potter habían engendrado a sus herederos con serias taras en sus cerebros, llenándolos de hormonas en lugar de neuronas?
Lo que más le fastidiaba es que no podía negarle nada a Draco. Y su ahijado lo sabía. Así que cuando le había mirado con su angelical rostro entristecido tras su dura disertación, con sus ojos a punto de llenarse de lágrimas y su voz había sonado tan trémula y acongojada pidiéndole que le comprendiera y que accediera a ser su testigo de boda, Severus no había tenido más remedio que rendirse. Y ahí estaba ahora. Esperando a que la feliz pareja se dignara presentarse en el despacho del Director para llevar a cabo ese total desatino, a horas tan intempestivas como eran las once de la noche.
A las once menos cinco, la puerta del despacho del Director de Hogwarts se abría para dejar paso a los dos sonrientes y nerviosos novios. Ambos vestían el uniforme del colegio, por lo que la Profesora McGonagall se apresuró a recoger las dos túnicas de gala que descansaban sobre el respaldo de uno de los sillones, y que previamente ambos alumnos habían entregado a sus Directores de Casa. Le tendió la de Draco a Snape, que éste tomó con evidente desagrado. Draco le sonrió tímidamente, mientras le ayudaba a ponérsela, al igual que estaba haciendo McGonagall con Potter. Severus esbozó lo más cercano a una sonrisa de lo que fue capaz y Draco le abrazó agradecido, desarmándole nuevamente. También McGongall, muy emocionada, abrazó a su alumno para no ser menos.
- Bien, bien, bien, —sonó la complacida voz del anciano Director— ¿estamos listos?
- Un suicidio colectivo hubiera sido más gratificante. —masculló Severus entre dientes, ganándose una mirada hostil de su colega.
El Profesor de Pociones acompañó resignadamente a su ahijado junto a Potter, depositando su mano en la del Gryffindor, no sin antes dirigirle una de sus miradas más amenazadoras y retorcidas. Dumbledore hizo como si no hubiera visto nada, aunque le guiñó un ojo a Harry, que por unos segundos se había quedado más blanco que el papel muggle.
- Sonrían los cielos a esta sagrada ceremonia, —empezó a recitar el Director— para que los tiempos futuros no nos la reprochen con pesar.
Y Severus Snape deseó con todo su corazón que
esos cielos escucharan.
Volver al índice
CAPITULO III
ESCENA I
Después de la ceremonia, a los nuevos esposos no les había quedado
más remedio que volver a sus respectivos dormitorios para no levantar
sospechas en sus compañeros. Aunque ambos ya sabían previamente
que tendría que ser así, no quitó que al final sus dos
Directores de Casa tuvieran que acabar tirando del uno hacia la Torre de Gryffindor
y del otro hacia las mazmorras con bastante empeño.
Sin embargo, el Profesor Dumbledore había prometido a los dos jóvenes facilitarles un lugar privado donde poder consumar sus encuentros hasta final de curso. O hasta que sus familias conocieran de su matrimonio y lo aceptaran, cosa que el optimista Director estaba seguro que no tardaría en suceder. Y de momento, paciencia, les había dicho clavando sus avispados ojos azules especialmente en Harry. Porque ese lugar privado sólo sería para los fines de semana, ya que el resto de la semana había que hincar codos y estudiar. Y eso valía tanto para solteros como para casados. Punto en el que el Profesor Snape estuvo completamente de acuerdo.
Así que al día siguiente, que era sábado, Harry se conformó con ver a su esposo desde lejos durante el desayuno, con la firme intención de hacerle una visita al Director para reclamarle su promesa tan pronto acabara con la última tostada. Declinó amablemente participar en los planes que sus amigos tenían para la espera visita a Hogsmeade, aludiendo a que estaba cansado. Y acabó perdiendo la paciencia con Ron, empeñado en que después de semanas ansiando esa visita, no podía quedarse en el colegio ganduleando en la cama todo el día. Pero para Harry había otras cosas más ansiadas en ese momento y la mayoría de ellas acababan precisamente en una cama.
Poco pudo hacer el pelirrojo para disuadirle y al final sus amigos tuvieron que dejarle para no perder los carruajes que ya empezaban a partir hacia el pueblo. Tan pronto les perdió de vista, Harry se dirigió con paso apresurado hacia el despacho del Director, con la esperanza de que el anciano mago pusiera inmediata solución a su frustrada noche de bodas. No obstante, antes de que pudiera llegar a la gárgola, la negra figura del Profesor de Pociones se interpuso en su camino.
- ¿Cómo no está en Hogsmeade, Potter? —preguntó cargado de ironía.
- Tal vez porque es fin de semana. —respondió su alumno en igual tono.
- Precisamente. —insistió Snape— Debería disfrutar de este hermoso día con sus compañeros en el pueblo. La próxima salida no será hasta dentro de un mes.
- Prefiero disfrutar de la compañía de mi esposo, si no le importa. —respondió Harry, recordándose mentalmente que Snape era el padrino de Draco y que por alguna incomprensible razón que él seguramente jamás llegaría a entender, su esposo le adoraba.
- Me lo temía. —masculló Severus entre dientes, al tiempo que rebuscaba en los bolsillos de su túnica.
Tras unos largos instantes, en que Harry observó los malhumorados movimientos del Profesor por encontrar lo que buscaba, éste por fin sacó una pequeña llave que le entregó haciéndole notar cuanto le desagradaba tener que dársela.
- Cerca de mis aposentos. —le dijo secamente— Draco sabe donde es.
Harry se quedó estúpidamente plantado en medio del corredor. ¿En las mazmorras? Aquel lugar íntimo y privado que Dumbledore le había prometido estaba ¿cerca de los aposentos de Snape? ¡En fin! Mejor eso que nada, se dijo. Y sin perder más tiempo fue en busca de su esposo.
o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o
Draco llevaba a Harry de la mano por un galimatías de corredores completamente
desconocidos para el Gryffindor, procurando mantener su sonrisa y su aplomo
intactos. Estaba nervioso y no quería que Harry se diera cuenta. Aunque
por la relajante manera en que su esposo acariciaba su mano con el pulgar,
estaba seguro de que ya lo había adivinado. Llegaron por fin a una
puerta de madera bastante cochambrosa, ante la que Draco se detuvo.
- Aquí es. —dijo.
Harry le miró escéptico.
- ¿Estas seguro? —preguntó— Porque como esta puerta sea el preludio de lo que encontraremos dentro...
Y mientras Harry maldecía mentalmente a Snape, aguardando
tras la ajada madera cualquier desagradable sorpresa regalo de su Profesor,
Draco se limitó a sonreír y a intentar meter la llave en la
cerradura.
- ¿Por qué no nos dio sencillamente la contraseña en
lugar de esta maldita llave? —gruñó tratando vanamente
de abrir.
- Porque le gusta jod... —Harry se detuvo y se lo pensó mejor— ...porque la estás poniendo al revés, cariño.
Draco enrojeció violentamente al darse cuenta de que tenía razón. Harry tomó su mano, aun con la llave, y le ayudó a abrir. El Gryffindor dejó escapar un suspiro de alivio cuando vio que el interior de la habitación no tenía nada que ver con la puerta que la guardaba. La estancia no era excesivamente grande, pero suficiente para lo que ellos necesitaban. La presidía una cama adoselada, con aspecto de ser cómoda. A sus pies había un par de baúles, vacíos todavía, para que los nuevos inquilinos guardaran lo que fuera que necesitaran para los fines de semana. A la derecha, mirando desde la puerta, una chimenea con un agradable fuego crepitando en ella, ante la cual había dos sillones y una mesita con un trabajado candelabro. A medio metro de la chimenea, se perfilaba una puerta tras la que se adivinaba un baño. A la izquierda, en la otra pared, una estantería de madera oscura que llegaba hasta el techo con algunos libros diseminados en varios estantes. Delante, una mesa no muy grande con dos sillas.
- Es perfecta. —murmuró Draco sin darse cuenta de que su propia habitación en la mansión Malfoy podía contener tres como aquella.
- Es perfecta porque tú estás en ella. —le dijo Harry abrazándole desde atrás— Cualquier lugar es perfecto si tú estás en él.
Draco sintió su corazón latir un poco más deprisa cuanto Harry apartó el pelo que cubría su nuca para mordisquearla lentamente, consiguiendo que un escalofrío de placer le recorriera de arriba abajo. Los mordisquitos se convirtieron en pequeños besos que cruzaron el camino hasta su garganta, mientras unos revueltos y negros mechones rozaban su mejilla provocándole cosquillas.
- Te amo. —susurró Harry volviendo suavemente su rostro para besarle.
Draco dejó invadir su boca con absoluto abandono antes de responder al beso, disfrutando de la sensación de ser deseado con aquella intensidad que Harry le hacía sentir; empapándose del fervor con el que las manos de su esposo recorrían su piel bajo el jersey. Y quería sentir más. Así que, con un sensual movimiento, se deshizo del amoroso abrazo que le retenía y jersey y camisa volaron hacia algún lugar de la habitación. Después, cuando miró a Harry, le pareció que sus ojos brillaban más verdes que nunca y que la manera en que se estaba mordiendo el labio mientras le contemplaba, era deliciosamente provocadora. Se acercó a él despacio, pendiente de esos ojos que seguían, hechizados, cada uno de sus movimientos.
- Yo también te amo. —le dijo antes de tomar sus labios.
Draco no tan solo le estaba besando con la boca; Harry tenía la sensación de que lo estaba haciendo con todo su cuerpo, rebozando el suyo en un ardor que pronto se desbordaría. Con todo, logró controlar el deseo que se inflamaba con cada nueva caricia del rubio y consiguió llevarle hasta la cama, tumbándole en ella a besos. Durante un espacio interminable de tiempo, hizo que su esposo se estremeciera de placer bajo sus manos y sus labios alcanzaron lugares hasta entonces solamente adivinados.
Fue entonces cuando el nerviosismo que el Slytherin había encubierto con bastante buen arte hasta ese momento, se hizo más patente para Harry. Tal vez fuera la pequeña sacudida de su cuerpo cuando su lengua descubrió el delicioso camino entre sus nalgas, redondas y perfectas. O el temblor de sus manos, cuando se aferraron a su pelo con un movimiento algo convulso. Quizá el temor que leyó después en el fondo de aquella mirada gris que no lograba diluir la inevitable incertidumbre de la primera vez. El miedo de no estar a la altura. La aprensión a sentir sólo dolor. Harry no sabía que Draco todavía guardaba fresca en su memoria la detallada conversación de la que Justin Taylor, un año mayor que él, le había hecho confidente el verano pasado, algunas semanas después de su boda. La poca destreza con la que su esposo le había penetrado; el intenso dolor que había sentido en aquel lugar que su educación no le permitía nombrar; cómo había sangrado, no sólo esa noche sino también las que siguieron.
Harry se incorporó y gateó hasta llegar a la altura del rostro de su esposo. Le besó suavemente. Después, delineó el bello rostro con un dedo, resiguiendo con ternura cada una de sus tensas facciones.
- ¿Estás bien? —preguntó.
Draco asintió, con demasiada contundencia quizás como para resultar convincente.
- No haré nada que no desees. —le aseguró el Gryffindor— Tenemos mucho tiempo por delante...
Draco negó rotundamente, más asustado todavía de que Harry pudiera pensar que era un mojigato.
- Entonces, relájate amor. Porque prometo que te haré disfrutar.
El rubio insinuó una débil sonrisa.
- Sólo... háblame.... —murmuró.
Y Harry le habló a su boca y a sus labios; dialogó con la esbeltez de su cuello y la seda de su pelo. Recito sobre su pecho la dulzura de sus caricias; pronunció su devoción a la línea de sus caderas y rodeó con palabras húmedas el deseo prieto contra su vientre; susurró en la piel suave de sus muslos y clamó su adoración sobre sus nalgas tersas.
Draco bebió la pasión de su boca y enardeció sus sentidos con el ardiente lenguaje de sus manos. Gimió todas sus palabras y suspiró cada silencio. Anheló cada trazo escrito sobre su piel por los amorosos labios. Respondió a cada sutil roce hablando, también, con todo su cuerpo.
Y cuando por fin Harry se arrodilló entre sus piernas y las colocó sobre sus hombros, sus cuerpos ya dialogaban abrasados en el frenesí del placer que se otorgaban. Un leve jadeo acompañó la sensación fría del lubricante y el reconocimiento de un miembro duro pulsando en su entrada. Las tiernas palabras de su esposo no lograron más que agitar todavía más su deseo y envolvieron sus ansias en una excitación incontrolable, perdido ya cualquier dominio sobre si mismo, mientras le sentía empujar con firmeza en su interior. Apenas un sollozo, una molestia solo insinuada diluida en el mar de sensaciones que acaloraron sus entrañas. El gemido ronco de Harry acompañando el lento movimiento que le hundió por completo en él, llenándole con su carne caliente. Sus piernas se doblaron hasta chocar contra su pecho bajo el peso del otro cuerpo, al tiempo que sus caderas intentaban empujar con vigor contra él, buscando sentirle más profundo. Y en esa profundidad Draco se sumergió en el delirio de un placer desconocido, potente, disfrutando como no había sospechado de aquella arrolladora invasión de su intimidad.
Harry se retiraba y embestía aumentando la fuerza de su ritmo con cada nuevo gemido con el que Draco le obsequiaba, incentivado por la respuesta que el delicioso cuerpo que jadeaba bajo el suyo le lanzaba sin cesar. Su vientre sudoroso friccionaba con energía contra el vientre de su amante, estimulando con cada ondulación la endurecida hombría que no tardaría en estallar. Las palabras salían ahora entrecortadas de sus labios, balbuceadas a trompicones, sin estar seguro de que su amor realmente las estuviera escuchando, por su expresión, sumido en el placer intenso que le estaba llevando hacia el clímax. Escasos segundos separaron ese pensamiento del temblor que sacudió a Draco y del grito enronquecido y prolongado que escapó de su garganta. Tan escasos como los que tardó él en seguirle, derrumbándose acto seguido sobre su esposo, saciado y exhausto.
Draco escuchó la respiración fatigada que se deslizaba tibia sobe su cuello. Extendió la mano para apartar los húmedos mechones que le impedían descubrir por completo el rostro enrojecido y sudoroso de su esposo. Harry sonrió, aun con los ojos cerrados, aceptando complacido los suaves besos que se esparcían por su mejilla. Instantes después, haciendo acopio de las fuerzas que le quedaban, abandonó el cálido refugio en el que seguía hundido y acomodó a Draco en su abrazo. Ya no había palabras. Sólo un silencio dulce y tranquilo. Mudas caricias sobre la piel del ser amado. El relajado compás de sus respiraciones, fundiéndose en un solo sonido. Sus párpados se cerraron, vencidos por un sueño apacible y confiado, abrigados en el calor del uno en el otro.
o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o
Tal vez Hermione no fuera la bruja más adecuada para expresar la desapacible
sensación que no había sido la única en percibir en el
ambiente desde aquella mañana. No ella, una persona cerebral y analítica
donde las haya, poco dada a los pálpitos. Desde tercer curso, todo
el mundo sabía que Hermione Granger no tenía “ojo interior”.
Y que de sus labios no saldrían jamás las palabras mal presagio.
Sin embargo, reconoció que el día había empezado mal,
con la negativa de Harry a acompañarles y el consiguiente malhumor
de Ron, que no paró de refunfuñar durante todo el camino hasta
Hogsmeade que Harry andaba demasiado raro últimamente. Así que
la primera parada fue sin discusión en Honeydukes para endulzar el
avinagrado humor del pelirrojo y que les permitiera disfrutar en paz de la
esperada excursión al pueblo.
Ya en la tienda de dulces, se produjo el primer encuentro desagradable de
la mañana, cuando un Slytherin golpeó a Dean deliberadamente
en el hombro en su camino hacia el mostrador. El talante conciliador de Neville
evitó que Seamus y Ron cayeran en la descarada provocación e
iniciaran una bronca que debía evitarse a toda costa.
Calmados los ánimos, salieron de la tienda para dirigirse a la librería y recoger unos encargos de Hermione. La siguiente parada fue para abastecerse de plumas, tinta y pergaminos para la mayor parte de