Two Stories

HP

Pasos apresurados en los oscuros callejones. Pisadas en charcos profundos, maldiciones susurradas. El joven corrió por las calles adoquinadas, evitando resbalar en las piedras cubieras de lodo, musgo y a saber qué otras sustancias no identificadas o identificables.

Finalmente sucedió lo que tenía que pasar. Se cayó de bruces al suelo, metiendo la cara en el charco más ponzoñoso de toda la calle. Levantó la cara y escupió agua de color verdoso oscuro. Se quitó las gafas mientras se levantaba y buscó con la mirada nublada la dirección por la que tenía que seguir. Cuando se situó de nuevo al ponerse las gafas volvió a echar a correr.

Llegaba inevitablemente tarde, aquel asqueroso laberinto de callejuelas hacía que se desorientara cada dos por tres, pero cuando encontró la casa que buscaba, se sintió realmente orgulloso de sí mismo y su torpe sentido de la orientación.

Caminó más tranquilo, desajustándose un poco el cuello de la camisa. Se sentía a punto de desmayarse por la paliza que se había pegado para llegar a la cita a una hora aceptable y estaba todo sudado y lleno de barro... Más le valía a su cita que aquella sorpresa que le esperaba valiera la pena porque desde luego no había pasado por todo eso para una tontería...

Subió la vieja escalera del destartalado edificio y llegó al último piso, el cuarto, donde estaba el apartamento de su cita. Llamó a la puerta y se sintió succionado de pronto por la estrecha cerradura de la puerta.

~ * ~ * ~

Sirius Black, animago a tiempo parcial, arañaba la puerta del dormitorio de su amigo Remus Lupin, licántropo a jornada completa tres días al mes. Éste le abrió la puerta con una siniestra sonrisa. El peludo can entró alegremente en el cuarto y se despanzurró en la mullida alfombra de Remus, esparciendo por ella un montón de pelos negros, gotas de agua embarrada y multitud de microorganismos aún por descubrir.

Remus, con una sonrisita maliciosa, se desnudó y miró al perro. Éste pareció enarcar las cejas, dejando ver sus claros ojos bajo el tupido flequillo negro revuelto. Desde luego, ver desnudo a Remus Lupin era algo que no podía perderse, era el espectáculo más excitante que podía ver y algo que nunca dejaría de hacerle babear. Literalmente.

El perro negro tenía la boca abierta y la lengua le caía por un lado, sumándole las babas a aquella mezcla de suciedad y pelos que había traído consigo.

- ¿Dónde has estado, Sirius? - preguntó, con un tono que exigía una respuesta razonable y absolutamente creíble y justificada. El perro cerró la boca, gruñó un poco y soltó un breve:
- Wof... - movió alegremente la peluda cola, repartiendo aún más polvo por la alfombra.
- ¿Dónde has estado, Sirius? - repitió con aquella suave voz que era muestra de que estaba realmente cabreado - Llevo tres horas esperándote... Y tú haciendo el golfo por ahí llenándote de barro...
- Grrrr... wof... - respondió, sacudiendo el suelo con una peluda y sucia pata delantera.
- No me discutas, Sirius Black. Ahora mismo te voy a dar un buen baño y te voy a cortar esos pelos de loca que llevas.- De pronto Black se transformó en humano y se mostró tal como lo parió su madre. Aunque con más pelos en determinadas zonas de su anatomía que veinte años atrás.
- No me cortarás el pelo - protestó con voz ronca.
- Claro que sí. Eres un nido de pulgas. Cuando me transformo en lobo y te acercas a mí empiezo a sentir picores por todas partes.
- Siempre tienes picores cuando eres un lobo. Sobre todo AHÍ. - Remus entrecerró los ojos.
- ESO no viene al caso ahora. Al-ba-ño - le dijo, señalando la puerta con una mano, mientras la otra permanecía provocadoramente posada en su cadera.
- ¿Cómo piensas obligarme? - sonrió Sirius.
- Ya verás cómo...

La sonrisa de Remus en ese instante se volvió tan siniestra que hasta el más siniestro de los mortífagos se habría echado para atrás. Sirius no sabía dónde se metía.

~ * ~ * ~

- ¡¡No me lo puedo creeeeeeeeerrrrr!! ¡¡Mira Cissy!! ¡¿Habías visto alguna vez una túnica tan mooooooooooona como ésta?! - la mujer de cabellos rubios se acercó.
- ¡Kyaa! ¡Qué súper faaaashion, Lily! ¡¡Cómpratelaaaa!!
- ¡Ssiiiii!

La joven pelirroja corrió hacia la cajera para que le cobrara la túnica cuando se oyó un chillido agudo y un elfo doméstico más desnudo de lo habitual pasó corriendo junto a ella, haciendo revolotear un montón de foulards de varios colores. Tras el elfo, pasó un viejo corriendo, con la lengua fuera y una extraña cara de vicioso y con una sonrisa llena de dientes que centelleaban como ochocientos soles explotando al ritmo del mambo.

- Hm... ese viejo me recuerda a alguien... - murmuró Lily.
- ¿En serio? Pues a mí sólo me parecía un jubilado más - respondió Narcissa, pagando varios pares de finos guantes de seda largos, una túnica de noche y un par de zapatos a juego.
- Cierto... No deberían dejar a los viejos verdes sueltos por la calle... Nunca se sabe lo que pueden hacer...
- Demasiado tiempo libre, es lo que dice siempre mi Lucey...
- Ajá...

La pelirroja pagó todo con su Vissa Gringotts versión Super Fashion Witch y tomó las bolsas para seguir a su amiga al siguiente local.

~ * ~ * ~

Se colocó las gafas. Ante él se alzaba un verdadero adonis de piel blanca y cabellos oscuros ensortijados. No podía creer que aquella fuera su sorpresa de cumpleaños. Además del hecho de que su señora-recientemente-adquirida-y-estrenada-esposa se había olvidado de la fecha y se había ido tan campante de compras como todos los miércoles con su amiga del alma Narcissa Malfoy.

- Hhaa..ppy... birrthhhdaaayy... toooo... yyyyouuu... - canturreó el hombre, haciendo un pícaro guiño de ojos. James se puso en pie - Felizz cumpleañoss, Potter... - sonrió, mientras alargaba las eses por culpa de su lengua bífida.
- Gracias... eh... ah... - dudó.
- Voldemort... - respondió, recobrando la compostura y volviendo a su aspecto serio habitual.
- Es que... no me acostumbro...
- No ess tan difícil... Vol-De-Mort.
- ¿Por qué no puedo llamarte Tom simplemente? - el hombre le miró.
- Porque esse nombre pertenece a una parte de mi vida traumática que prefiero olvidar - suspiró, haciendo un gesto teatral.
- ¿A la época en que viste a Dum...? - Voldemort levantó una mano y se cubrió el rostro con la otra.
- No me lo recuerdess, Jamess... aquello fue muy duro para mí... Nunca volveré a ver a loss elfoss domésticoss de la missma forma... - una lagrimita traicionera se deslizó por su mejilla.
- Oh... vamos, vamos... - le dio unas palmaditas en la espalda para tranquilizarle.

En ese momento Voldemort tomó a James por la muñeca y le tiró al suelo. Y fue cuando el joven Potter se dio cuenta de que su "amigo" estaba totalmente desnudo.

- Eh... Tom... me parece que te has olvidado de tu ropa... - murmuró.
- Oh, créeme, Jimmy... Para lo que vamoss a hacer es abssolutamente necessario que noss olvidemoss de la ropa... - sonrió y sacó su larga lengua bífida, agitándola delante de su rostro, llevándola después a su cuello y jugueteando con el lóbulo de su orejita. James gimió bajito - ¿Te gussta? - preguntó en un sibilante susurro.
- Sí... - respondió.
- ¿Quieress máss?
- Ahh... Enséñame qué sabes hacer con esa lengua - le dijo travieso.
- Ssí... esso ess precissamente lo que esstaba penssando...

~ * ~ * ~

- Ahh... ahhhh... perro malo... te voy a castigar... - gimió el licántropo mientras aferraba por los negros cabellos al otro hombre, postrado ante él y con la cabeza hundida entre sus piernas, devorando con ansia su hombría - Perro malo...
- Castígame, amo... - pidió el moreno, poniendo carita de pena - He sido perrito malo...
- Sí... perro malo... sigue chupando, y quizá te rebaje el castigo... - apretó de nuevo su cabeza contra su entrepierna - Este está más rico que el de Potter, ¿verdad?
- Hmmm... mmh... - asintió, sin dejar de moverse.
- Demuéstrame cuánto más te gusta... - sintió una fuerte succión y no pudo evitar un prolongado gemido - Ah... sí... parece que te gusta... Eres un perrito obediente, ¿verdad?
- Hmm... mm... - respondió.
- Cumplirás todos, todos los deseos de tu amo, ¿cierto?
- Hhhmmm...
- ¡Pues no hables con la boca llena, perro maleducado! - Sirius levantó la cabeza.
- Lo siento, amo... - hizo un puchero.
- ¿Te he dicho que hables? - sacudió la cabeza - Pues sigue a lo tuyo o tendré que sacar la correa... - Sirius volvió a lo que estaba haciendo con renovado interés, buscando complacer a su exigente amo - No aprietes tanto, no quiero que me dejes eunuco... - gruñó. Sirius aflojó un poco los labios - Ah... así... así, como tu sabes... Dale a tu amito lo que le gusta y él te regalará su rica leche... - rió bajito y se arqueó - Ah...

La mano de Sirius acarició su vientre y ascendió hasta su pecho para, con dedos traviesos, juguetear con los pezones del licántropo.

- ¡Ah! ¡No...! ¡Eso no, perro malo! - le dio un manotazo - ¡Cada cosa a su tiempo! ¡Los perros malos no pueden tener más que un juguete a la vez, y ya estás ocupado con ese! - le reprendió. Sirius levantó la mirada - Hala, levanta.

Sirius obedeció y se separó de él. Le observó mientras se levantaba y movía sus caderas delante de él, mostrándole su sexo tentador ante su rostro. Si pedir permiso lo tomó con una mano y volvió a metérselo en la boca, hambriento. Remus le agarró del pelo y le separó.

- No - dijo con severidad - Ahora no. Tienes que cultivar tu paciencia, perrito maleducado.
- Sí, amo... - respondió sumiso, haciendo un puchero. Remus salió de la bañera y miró a Sirius con cierto gesto de perversidad.

Y de repente sintió el agua fría cayéndole encima. Le heló hasta los instintos más básicos, de modo que hasta se olvidó de respirar por unos segundos, sin contar los parpadeos e incluso los latidos de su corazón.

Remus cogió el jabón y empezó a frotar el cuerpo del moreno con una esponja, limpiándole sin ninguna piedad, a pesar de las protestas del moreno.

- ¡Pero si estaba limpio! - protestó.
- ¡Esa mancha llevaba tres días haciéndote compañía, so cerdo! - respondió Remus, frotándole las rodillas y después los tobillos y talones - Cochino, ¿dónde te has metido?
- Ayyy, ¡suelta, Remsie! Puedo bañarme yo solo - se revolvió y quedó sentado en la bañera, haciendo un puchero con cara de enfurruñe.
- Pues vamos a ver lo bien que te lavas - le dio la esponja y se cruzó de brazos.

Sirius se puso en pie y abrió el grifo del agua caliente para que se templara un poco, de modo que sus deditos recuperasen la sensibilidad, por no hablar de otros apéndices que habían desaparecido misteriosamente.

Se frotó el cuerpo, con suavidad, pero insistente, bajo la atenta mirada de Remus. Movió las nalgas, como haría para mover su colita en forma perruna y después de dejar la esponja en su sitio, comenzó a pasarse las manos lentamente por todo su cuerpo. Bajó por el cuello, despacio, acariciando sus pectorales y tocándose travieso los pezones, y bajó más aún, hasta llegar a su vientre. Jugueteó con su ombligo y siguió la finísima línea de vello oscuro que le nacía bajo el ombligo hasta su pubis, donde se perdieron sus dedos en busca del tesoro perdido en la selva de vellos rizados.

Remus mantenía una ceja elevada, que tembló levemente cuando el tesoro de Sirius se alzó, erecto y orgulloso frente a él. Miró al perrito y éste le devolvió una mirada de falsa inocencia. Se lavó el largo cabello, frotando con las yemas de los dedos las raíces para quitar cualquier posible colonia de investigación asentada en su cuero cabelludo y lo enjuagó, dejando que el agua se deslizara de nuevo por toda su anatomía.

El licántropo sacó una toalla y la abrió.

- Ven, perrito. Tu lobo te secará - rió de forma siniestra y Sirius salió de la bañera, obediente.
- Perrito quiere beso... - hizo un puchero. Remus frotó sus cabellos enérgicamente y poniendo la toalla en la nuca del otro hombre lo atrajo a sí para besarle, lentamente.
- El perrito se ha bañado muy bien... merece que le de un premio... - sonrió y volvió a besarle, mordiendo su labio inferior con suavidad.
- Ahora el perrito está limpio para su lobito... ¿El lobito jugará con el perrito? - movió sus nalgas, haciendo que sus sexos se rozaran una y otra vez.
- El lobito quiere jugar con su perrito... - susurró sobre sus labios, notablemente excitado.
- El lobito en celo y su perrito caliente - rió. Remus también rió y apretó las nalgas de su perrito, que le miró con sorpresa.
- Vamos... - dejó caer la toalla al suelo y salió del baño, silbando para que el perrito fuera con él.

~ * ~ * ~

Tiró las gafas a un rincón. Se le estaban empañando, de modo que no le valían de nada. Y total, para tener los ojos cerrados...

Gritó por la sorpresa. Aquel hombre sabía mover la lengua de mil formas distintas. No sabía lo versátil que podía ser una lengua bífida para esas cosas... y con lo larga que era... Cerró más fuertemente los ojos, separó un poquito más las piernas y dejó escapar un largo gemido al sentir las dos puntas de aquella lengua tocar algo en su interior.

- Hm... te hass lavado bien... - le dijo el hombre, pasándose la lengua por los labios. James se ruborizó.
- Claro... no creerías que vendría aquí con eso sucio... - murmuró. Voldemort se pegó a su cuerpo y su lengua recorrió su garganta.
- Me gussta... - siseó con una sonrisa - ¿Qué dessea el chico del cumpleañoss...? - preguntó travieso.
- Ah... yo... bueno, no lo puedes cumplir... así que... - Voldemort enarcó las hermosas cejas negras y sonrió.
- Ponme a prueba...
- Quiero tener un hijo... - el hombre soltó una carcajada, no de burla, sino de sorpresa.
- ¡Un hijo! ¿Y hass hablado con tu mujercita?
- Bueno... - se sonrojó intensamente y bajó la mirada - No quiere aún... dice que quiere disfrutar todo lo posible de su juventud y que no quiere perder la línea por culpa de un hijo...
- Lass mujeress a vecess sson perverssass... - le dijo, acariciando sus revueltos cabellos. James asintió y besó brevemente aquellos labios jugosos y tentadores.

El hombre introdujo su lengua dentro de la boca de James y la movió ondulante, deslizándola despacio hasta casi su garganta. De la boca del joven salían suaves gemiditos entrecortados.

Mientras tanto, por la cabeza de Voldemort rondaban ideas de todo tipo. Entre ellas, a saber: tirarse a James en la postura A; tirarse a James en las posturas B y D combinadas adecuadamente; tirarse a James recurriendo a una reinvención de las posturas C, E, F y L; y la más perversa de ellas... usar un buen hechizo con James... y recurrir a la postura final... que implicaría...

~ * ~ * ~

Mientras tanto, Lily y Narcissa tomaban un delicado té de jazmín en el cuarto de estar de la mansión Malfoy. Un par de elfos domésticos trataban de calmar a un tercero, que juraba ver viejos de barba blanca acosándole en cada rincón y detrás de cada cortina. Lucius, el flamante marido de Narcissa, se encargaba de montar un potro de tortura que le acababa de llegar ("Potro de tortura Hágalo-usted-mismo. Marca ACME") de importación. De vez en cuando se oían unos gruñidos y maldiciones y patadas a piezas de madera y metal.

- ¿Tu marido está bien? - preguntó Lily, más que preocupada, molesta por el jaleo.
- Oh, sí, últimamente le ha dado por comprar cosas por catálogo, ya sabes lo aficionado que es a todo lo que tenga que ver con la tortura, y esos muggles tienen en venta por catálogo casi cualquier cosa.
- Pero... la idea de montar semejantes... trastos... ¡a mano!
- Ah... déjale... Le hace ilusión demostrar que es mejor que los muggles sin usar la magia...
- Oh... - bebió un traguito de té - Cissy... ¿Tu marido te ha propuesto tener hijos? - preguntó, tratando de que la pregunta sonara de la forma más frívola posible.
- Sí, por supuesto - respondió - Me han dicho que todos los hombres sienten una imperiosa necesidad de ponerse a... seguir con su estirpe... nada más casarse... - suspiró - He logrado esquivarle cinco años... pero me parece que no tardará mucho en volver a sugerirlo... Está muy raro últimamente... - le dijo en un susurro, a modo de confidencia. Se acomodó en el bordecito del sillón y miró a Lily - ¿Y tu marido? - preguntó.
- Ah... - dejó la taza de té, medio llena, en la mesita - James no para de insistir... ¡y no se da cuenta de que tener un niño puede arruinar mi figura para siempre!
- Eso es lo que creo yo... Luego hay que pasar un verdadero calvario para recuperar la figura... Y nunca la recuperas del todo...
- Cierto... Son tan egoístas... - suspiró.
- Sólo piensan en sí mismos...

~ * ~ * ~

Sirius Black, mago con complejo de perro sumiso estaba casi aullando de puro placer. Su lobo, el salido de su novio, Remus Lupin, lobo en celo casi constante, insaciable y que no admitía un "No, cariño, hoy no, me duele la cabeza" por respuesta a sus insinuaciones, le estaba haciendo sentir un placer demasiado intenso.

Se clavaba dentro de su cuerpo mientras le sujetaba el cuello con su correa de paseo. Era uno de esos fetichismos raros que tenía Remus. Ese, y ponerle lacitos en el pelo a Sirius en su forma perruna. Lacitos rosas. MUCHOS lacitos rosas. Y luego le hacía salir a la calle. Y lo peor de todo era que le encantaba que todas las niñas y las mujeres se le acercaran para decir lo mono que estaba así. Desde luego podía decir que a veces parecía un repollo con lacitos. De hecho a veces era como un repollo con lacitos. O más bien solía ser un montón de lacitos rosas con polla.

De vez en cuando Remus le soltaba una buena cachetada en las nalgas al joven animago, haciendo que gimiera con más fuerza y apretara el miembro de su amante dentro de su cuerpo, lo que le provocaba intensos escalofríos y jadeos de placer.

Sirius, en aquella posición (a cuatro patas y la cabeza alzada para no ahogarse con el collar), se sentía como lo que era. Un perro. O como gruñía de vez en cuando Remus, una perra muy caliente.

- Amo... amo... ahhh... más... - gimoteaba una y otra vez entre jadeos, aferrado a las sábanas con fuerza. Remus tiró suavemente de la correa.
- Los perros buenos no piden más - le respondió el otro joven, dándole una nueva cachetada - Los perros buenos esperan a que su amo les dé todo lo que le apetezca.
- Ah... Pero... soy bueno... - le dijo. Remus chasqueó varias veces la lengua.
- No todo lo bueno que deberías ser...

Salió de su cuerpo y le tumbó bocarriba. Sirius le miraba con puro deseo en sus ojos grises y su muy dilatada entrada palpitaba, pidiendo más de lo que le había quitado segundos antes. Remus sonrió y metió dos dedos allí abajo, moviéndolos en círculos, introduciéndolos hasta los nudillos para doblarlos y apretar su próstata con suavidad, deseando oír los deliciosamente excitantes grititos de placer de su amante.

Sacó los dedos y le penetró con fuerza, arrancándole un intenso gemido. Se movió más rápido, haciendo temblar la cama y golpear contra la pared. Apretó la correa en su mano, tiró de ella un poco y Sirius se arqueó.

- Amo... amo... - gemía una y otra vez - Amo... más...
- Tendrás más...

En ese momento se empujó de forma especialmente violenta dentro de él y le hizo gritar. Oyeron a los vecinos de arriba protestar y golpear el suelo con furia. Remus rió y el perro dentro de Sirius empezó a aullar, encantado con aquella forma de ser poseído.

Pero de nuevo se paró. Sabía bien cuándo su perrito estaba a punto de llegar al orgasmo y se detenía antes para prolongar su... ¿agonía?

Sirius hizo que su lobo se tumbara bocarriba. El que el joven tomara la iniciativa le encantaba y sobre todo si era algo tan delicioso como lo que sabía que iba a hacer.

El moreno se sentó a horcajadas sobre él, dándole la espalda, y acarició rápidamente el miembro de Remus. Se inclinó, elevando las nalgas y Remus aprovechó para darle un par de palmaditas y meter un dedo en su cuerpo. El moreno sonrió y emitió unos gemiditos suaves y prolongados, como le gustaban a Remus, mientras lamía la punta de su sexo con movimientos rápidos de su lengua.

- Vamos... juega... sí... así... - apretó sus muslos con las manos, subió hasta sus caderas y buscó su miembro, rozándolo travieso.
- Amo... me distraeré si hace eso... - murmuró, dando un leve mordisquito.
- No te distraigas...

Apartó las manos y las mantuvo firmemente asidas a su cintura, mientras veía el excitante espectáculo de Sirius devorando su hombría insaciablemente, entre sus piernas. Se incorporó cuando el animago levantó la cabeza y acercó su sexo al del licántropo, rozándolos un par de veces y después apartándose y tomando el miembro de su amante para guiarlo hasta su entrada, introducirlo lentamente y provocar en Remus, con un sugerente movimiento de caderas, un ronco gemido.

El licántropo le hizo sentarse bien en su regazo y, sin salir de su cuerpo, se acomodó de rodillas en la cama, de modo que Sirius quedara más cómodo y así pudiera él mismo profundizar más aún en el cuerpo del otro joven.

Tiró un poco de la correa y le dio un suave golpe con ella en el muslo.

- El perrito bueno se va a mover ahora como él sabe... - susurró en su oído. Sirius jadeaba y sonreía, encantado.
- Perrito bueno hará lo que su lobo le ordene... - apretó dentro de sí el pene de su amante, haciendo que éste casi gritara por la sorpresa de recibir tal placer.
- Así... muy bien...

Sirius, alentado por los gemidos de su pareja, separó más las piernas y comenzó a moverse, de arriba a abajo, primero despacito y después, conforme Remus apretaba sus caderas, más rápido.

Con fuertes gemidos, casi a la misma vez que otros dos amantes en la otra punta de la ciudad, llegaron a los mejores orgasmos de las últimas semanas, quedando ambos exhaustos y sin ganas de seguir jugando al amo exigente y su perrito obediente.

Remus abrazó a Sirius y besó dulcemente sus labios.

- No quiero ser malo de nuevo con mi perrito - murmuró contra aquella deliciosa boca.
- El perrito se ha divertido... - respondió.
- El lobo también... pero me gusta mucho más de la otra forma... - hizo puchero. No parecía posible que ese adorable hombre fuera el mismo serio y pervertido de minutos antes.
- ¿Cómo?
- Ser el corderito con piel de lobo que tiene que hacer caso a su perro pastor... - rieron.
- Pervertido...
- Y lo que te gusta... - le sacó la lengua.

~ * ~ * ~

En la otra punta de la ciudad, un James realmente... acojonado y bastante encabronado, por decirlo claramente... daba vueltas por la casa, desnudo, intentando asimilar lo que había pasado. Voldemort estaba bocabajo en la cama, mirándole con interés y preocupación.

- Jamess, túmbate y relájate... Ess lo mejor, en tu esstado, loss primeross messess hay que tener cuidado con el esstréss y...
- ¡¿A qué estado te refieres?! ¡No hay estado! ¡Eres un vil mentiroso! - saltó James.
- Ven aquí... - dio unas palmaditas en el colchón, indicándole que se sentara.
- No quiero, pervertido.
- Era lo que queríass - respondió con calma.
- ¡Pero no tuyo, y menos en mí!
- Oh, bueno, realmente no habrá diferencia, ssomoss como de la familia, ya ssabess - le guiñó un ojo.
- Vete a la mierda - gruñó.
- Oh... Qué boquita tiene el niño. Anda, ssiéntate y deja que te dé un massaje en loss piess...
- No quiero - le miró con profundo odio.
- Ssí quieress... ven aquí...
- ¡¿Y cómo se lo explico yo a Lily?!
- Acuésstate con ella essta noche y dentro de tress semanass le das una ssorpessa - respondió, como si fuera lo más evidente.
- Oh, claro, sí... ¿Y no se preguntará CÓMO he podido YO conseguir esto...? - se señaló el vientre.
- Le resspondess que como ella no quería perder la figura tú te hass presstado voluntario y...
- ¡Basta!
- ¿Qué? Ess cierto... ella no quiere y tú ssí, el mejor remedio es ésste...

James le dio la espalda y se puso a buscar como loco algo entre los cajones de las mesitas de noche. Se sentó cuando logró encontrar una cajetilla de tabaco y con la varita encendió uno. Voldemort se lo arrebató y lo hizo desaparecer.

- Cariño, no debess fumar... - le dijo con dulzura, besando su cuello suavemente.
- No me llames cariño... Estoy enfadado contigo... - refunfuñó.
- Sseguro que ssé cómo quitarte el enfado... - rió travieso mientras mordisqueaba su nuca.
- Ah... aa...ahí... no... - protestó, pero sin sonar demasiado convincente. Voldemort siguió a lo suyo.
- Conssidérate un hombre afortunado... - ronroneó - Sson pocoss loss que pueden decir que llevaron a ssu hijo en ssuss entrañass...
- O hija... - le dijo.
- Sserá hijo... - James le miró sorprendido.
- ¿Tú te crees Dios, jugando así con estas cosas? - preguntó.
- Oh, no, no, en absoluto... Yo ssoy mejor. Puedo elegir el ssexo del bebé - rió

James se dejó mimar un ratito más esa noche, entre los brazos de Voldemort. La verdad era que a pesar de sentirse extraño, esa sensación le resultaba placentera y la idea de ser padre y además dar a luz a su hijo (¡un niño! ¡podría enseñarle a jugar a quidditch y le llevaría a los próximos mundiales!) era algo que sin duda nunca olvidaría.

~ * ~ * ~

Habían pasado tres meses. Lily y Narcissa estaban tomando un té, aderezado con un poquito de licor, en una de las cafeterías de moda del Callejón Diagon. Ambas permanecían en silencio, bebiendo pequeños traguitos del té, y de vez en cuando poniendo unas "gotitas" más de licor, hasta que la taza de té con licor se había convertido en una taza de licor con vestigios de té.

Las dos tenían la misma expresión. Vergüenza ajena. No podían tener otra. A pesar de las enhorabuenas, los regalitos, las felicitaciones y demás, no se sentían capaces de sentir nada que no fuera vergüenza ajena.

Y esto se debía a una cosa. Bueno. En realidad a dos. Y no eran cosas, sino personas.

James Potter, embarazado de tres meses, se paseaba tremendamente feliz entre las estanterías de la tienda de ropa para bebés que Madame Malkin había abierto hacía un par de años ("Igualitas que las de sus papás, pero a escala" rezaba el cartel de la tienda. Por supuesto, se refería a las túnicas). A su lado se paseaba, terriblemente hormonal, un hiperactivo y en ocasiones llorón, Lucius Malfoy, embarazado de cinco meses.

Los dos se habían encontrado unas semanas antes en la consulta de su ginecóloga, que por una extraña casualidad del destino era la misma, una que Voldemort les había recomendado y que estaba preparada para llevar casos como los suyos. De inmediato se habían hecho inseparables y ahora se pasaban el día buscando ropitas para los bebés, comprando túnicas "pre-papá" y hablando de las náuseas matinales que James sentía ocasionalmente.

Eso a sus esposas las desesperaba, a la vez que las inquietaba un poco. Ya no podían salir solas de compras, no podían ver sus ropas y mucho menos los zapatos, tenían que ir detrás de ellos dos sujetando las bolsas con lo que habían comprado, y no tenían derecho a opinar. Y además. No tenían ningún estilo comprando...

- ¿Crees que seguirán así cuando den a luz? - preguntó Lily, mirando con aire ausente por la ventana de la cafetería, viendo cómo Lucius y James les enseñaban a unas mujeres los nuevos modelitos de túnicas que les habían comprado a sus niños.
- Espero que no... Quiero tener a mi hijo en brazos...
- ¿Estamos seguras de que esos niños son nuestros? - Narcissa permaneció en silencio.
- Debemos estarlo. Son nuestros maridos. ¿Quién iba a querer embarazarlos? Con lo antiestético que es, por dios... - Lily pudo percibir un leve temblor en la voz de la mujer.
- Cierto. Son nuestros.
- Y si no lo son, lo serán.
- Exacto.

Volvieron a mirar por la ventana y vieron a un hombre alto, moreno, de porte aristocrático que se acercaba a los dos alegres embarazados. Algo en las expresiones de los rostros de los tres les dijo a Narcisa y a Lily que se conocían. Que se conocían mucho. Y que ellas deberían estarle agradecidas por mantener su figura...

~ * ~ * ~

En otro rinconcito del callejón Diagon ("Disfraces y juguetes para todas las ocasiones y en todas las tallas. Si no lo tenemos le hacemos el suyo") dos jóvenes se probaban unos disfraces. Uno era un cordero blanco y esponjoso, con un enorme lazo rosa en el cuello, y el otro un pastorcillo acalorado, que apenas cubría su desnudez con un zurrón de piel y que llevaba una vara larga en la mano con la que daba traviesos golpecitos en las nalgas de su corderito. El corderito dio un brinquito y miró juguetón a su pastorcillo.

- Me he perdido... Socorro... Que venga mi pastorcito... - dijo con voz temblorosa, fingiéndose asustado.
- Oh, corderito... voy a salvarte... pero tendrás que hacer algo por mí...
- Pastorcito, pastorcito, por favor, llévame a tu corralito... - dijo con coquetería, moviendo su esponjoso traserito. El pastorcillo sacó la tarjeta de crédito Vissa Gringots modelo Super Cool Boy.
- ¡Me los llevo! - le dijo al dependiente. Remus sonrió travieso y se quitó el disfraz, alegremente.
- Has tomado una buena decisión, pastorcito...
- No se te olvide que además de pastorcito soy perro pastor... - le dijo mimoso.
- Oh, sí... pastorcito, pastorcito... su perrito está calentito...
- No sabes cuánto... - respondió con voz ronca, tomando con urgencia los disfraces y desapareciendo de la tienda con Remus entre los brazos, dejando tras de sí unas alegres y pícaras risitas.

 

 

FIN

Edeiel

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