
El tren de las almas
Original
El maquinista del Tren de las Almas se encarga de llevar el gran tren oscuro y siniestro de un lado al otro del puente que une la Vida y la Muerte. No tiene nombre y nadie lo ha visto jamás, puesto que se detiene únicamente en las dos estaciones el tiempo justo para recoger y dejar las almas en cada estación. Su trabajo nunca tiene fin, jamás descansa, jamás detiene su viaje.Un día el Tren se detuvo. El Maquinista había desaparecido. En ambas estaciones se organizó un gran caos, pues en una se acumulaban las almas que no llegaban a la otra y el Tren permanecía detenido en medio de la larga vía sobre el mar de la Existencia. Al no aparecer el Maquinista por ningún lado, se vieron obligados a buscar otro, pero el problema era que sólo aparecía uno entre cada millón de almas y tuvieron que buscar durante meses, hasta que al fin apareció uno, que puso devolver a la normalidad ambas estaciones.
Un día regresó el Maquinista perdido. Su alma tenía un aspecto distinto de las demás, por eso pudo ser reconocido. El Jefe de la estación se sentó junto a él en un banco frente a la vía, en el andén, y le preguntó: “¿Qué fue de ti, buen amigo?”, A lo que el Maquinista respondió “Me enamoré”. El Jefe se sorprendió al oír aquello “¿Cómo? Si tú no tenías contacto con nadie...”. El Maquinista asintió “Un día sentí curiosidad por las almas que iban en mi tren y decidí visitarlas” El Jefe se escandalizó “Y lo hice. Paseé entre ellas, hablé con ellas... y en el último vagón vi el alma de un niño... apenas un adolescente...”. El Maquinista sacudió la cabeza “No deberían morir los niños tan jóvenes...” “Continúa con tu historia, hombre” Protestó el Jefe “Sí, claro... El chiquillo estaba llorando en un rincón y se me encogió el corazón... Me senté a su lado y hablé con él durante horas... Había sufrido mucho en vida y su muerte no había sido mejor. Me conmovió... Abracé su tembloroso cuerpo y tomé una decisión. Nos tiraríamos al mar y nadaríamos hasta la estación del Nacimiento para renacer, juntos, y un día encontrarnos...” “¿Lo conseguisteis?” “Sí... nacimos... nos reencontramos y fuimos muy felices... Pero yo... como puedes ver, estoy solo... Él sigue vivo...” “Es una pena...” “Me quedaré aquí a esperarle, si no te importa. Me gustaría volver junto a él...” “Por supuesto, buen amigo, pero quizá te reclamen para volver a tu trabajo...” “No volveré... no puedo renunciar a mi amor...” El Jefe se levantó y, tras dar una palmada de ánimo en la espalda del Maquinista, se marchó a hacer su trabajo.
El Maquinista esperó, y esperó... De vez en cuando se paseaba por la estación para ver si su amado había llegado, y aunque en cierto modo le alegraba que no estuviera allí, pues eso significaba que su vida era larga y buena, también le apenaba no poder estar a su lado...
En las estaciones de la Vida y de la Muerte no se mide el tiempo de la misma forma que en los puertos de la Concepción y el Nacimiento en el Mar de la Existencia. El tiempo es distinto en cada sitio, por lo que es difícil saber cuánto tiempo estuvo esperando el Maquinista.
Como el Jefe le había dicho, un día llegaron sus superiores y le ordenaron que volviera a su puesto. A pesar de sus negativas, tuvo que volver al tren y conducirlo... Miró con nostalgia hacia la estación de la Vida y emprendió camino...
Un día, cuando el tren acababa de partir hacia la estación de la Muerte, un poco antes de comenzar a cruzar el puente, el Maquinista oyó un sollozo familiar. Rápidamente dejó que el tren anduviera solo y corrió entre los vagones, buscando, desesperado, al que había sollozado de semejante forma. Y lo encontró.
Un muchacho lloraba en un rincón del último vagón, con la cabeza hundida entre las rodillas. El Maquinista se arrodilló a su lado y habló.
- ¿Por qué lloras, Muchacho?
- Porque... porque mi amado no estaba en... en la estación... – hipó – Murió antes que yo y me prometió que no se movería de la estación hasta que yo no viniera... pero no estaba allí... – se echó a llorar.
- ¿Sabes Muchacho? Conozco a tu amado y sé que no estaba ahí porque le obligaron a volver al trabajo que tenía antes de reencarnarse.
- ¿Y por qué no ha venido a buscarme? – gimió. El Maquinista le obligó a mirarle y el Muchacho dejó de llorar.
- Estoy aquí, amor...Se abrazaron fuertemente y se contaron todo lo que había pasado en ambos mundos. Poco antes de la estación de la Muerte se asomaron por la ventanilla y miraron abajo.
- ¿Volvemos? – preguntó el Maquinista.
- Pero... ¿tu trabajo...?
- Sabrán entenderlo...Subieron al techo del último vagón, cogidos de la mano y, tras besarse, se dejaron caer al Mar...
- Siempre juntos... – dijeron al unísono mientras caían.El Jefe, que ya sabía lo que sucedería, pidió que a ambos les hicieran una estatua de oro para que cada alma que llegara a la estación de la Vida guardara la esperanza de reencontrarse con su amor en lo más profundo de su ser, pues el amor consigue lo que parece imposible y sin él... no estamos completos...
FIN