
El final del otoño
HP
Te amo.
Sé que lo sabes, pero me gusta decírtelo.
Me gusta ver cómo brillan tus ojos cuando oyes esas dos sencillas palabras. Me gusta oír tu pulso acelerado cuando las pronuncio.
Te amo.
Desde la cama te miro. Me sonríes y yo te respondo con otra sonrisa.
Me has hecho cambiar, pequeño mío. Ya no queda ni rastro de aquel individuo que tanto detestaste, de aquel tipo que no te podía ni ver. Ahora es lo contrario. Me adoras, y yo no puedo vivir sin verte.
Trato de incorporarme pero me detienes. Estás insoportable con esto, no puedes tratarme como si fuera un crío porque no lo soy. Soy mayorcito, sé lo que pasa y quiero hacer lo que me venga en gana.
Te miro. Ahora estás sentado junto a mí en la cama. Has dejado el libro que estabas leyendo abierto sobre la almohada y me miras con tus maravillosos ojos verdes que no pueden mentir.
Comprendo tu preocupación. Yo me sentiría igual que tú si la situación fuera la inversa. Pero me alegra que sea así, es lo justo, tú aún eres joven, yo... bueno... yo soy un viejo gruñón, como me dices a veces con ese tono dulce y divertido.
No puedo vivir sin ti, y contigo estaré hasta el día de mi muerte. No puedo pensar en el futuro porque no puedo verlo, me gustaría saber que vas a estar bien, que serás feliz, te lo he hecho prometer, pero no creo que sea posible. Al menos no por ahora. Pero sé que eres fuerte y que lo superarás.
Bésame, amor, tu calor es lo que más me reconforta en esta vida. Sólo espero que reconfortes a alguien más cuando yo me haya ido. No quiero verte solo. No. Me niego. Volveré del Más Allá sólo para asegurarme de que no te quedas solo.
He sido siempre muy egoísta, amor. Sabía que esto pasaría y no detuve a los caballos desbocados de nuestra pasión. Sabía que me iría dejándote solo y aún así te enamoré. Soy cruel. Lo sé. En aquella época no me distinguía por ser considerado y amable...
Me entregaste todo y a cambio te doy esto. No te lo mereces. Yo no te merezco a ti. Eres el ser más maravilloso que he conocido jamás. Nunca he conocido a nadie tan generoso como tú. Me siento el hombre más rico de este mundo, y no tengo un solo knut...Sigues mirándome. Veo miedo en tus ojos. Sonrío y llevo una mano a tu rostro para acariciarte. Aún no has perdido esa tierna inocencia que tenías cuando eras un niño.
¿Por qué lloras? ¿Es por mí? No quiero que llores. Se te enrojecen los ojos y no te favorece. No llores pequeño mío, no merece la pena. Sabíamos que esto llegaría tarde o temprano y nunca nos molestamos en cortar las riendas del carro de nuestro amor. Pero sé que no te arrepientes de nada. Yo tampoco. No quiero cambiar nada de esta vida que me has dado. Ha sido perfecta.
Siento tus cálidas lágrimas en mi mano. La sostienes contra tu mejilla y no la sueltas. No quieres dejarme ir. Yo tampoco quiero irme, pero... la muerte es una mala costumbre que tenemos los seres vivos, ¿sabes? Debes dejarme ir, pequeño. Tiene que ser así...
Tomo el libro que has dejado en la almohada, ese que has estado leyendo toda la tarde junto a la ventana. Baudelaire... Hay un poema que me gusta mucho... Sí, este... Escucha:
Amo la luz verdosa de tus grandes ojos,
dulce belleza, más hoy todo es amargo,
y nada, ni tu amor, ni tu cuarto, ni la chimenea,
valen hoy para mí lo que el sol que resplandece en el mar.Y, sin embargo, ¡ámame, tierno corazón!, sé madre
hasta para un ingrato, hasta para un malvado;
amante o hermana, sé la dulzura efímera
de un otoño glorioso o de un sol que se pone.¡Breve tarea! La tumba espera; ¡está ávida!
¡Ah, déjame que, con mí frente puesta en tus rodillas,
guste, añorando el verano blanco y tórrido,
el rojo amarillo y dulce del final del otoño!
Acorde con nuestra situación, ¿verdad?No, por favor, otra vez no... no llores de nuevo, no quiero ver esas lágrimas...
Ven, ven, acuéstate junto a mí... Quiero abrazarte y que me abraces. Te necesito ahora a mi lado. Este es el momento más duro, amor. Lo sabes. Me miras a los ojos y me acaricias. Ahogas un sollozo en mis labios, un sollozo que recibo y tomo como propio y ambos nos echamos a llorar.
Te abrazo y apoyas tu cabeza en mi pecho mientras tus manos se aferran con fuerza a este cuerpo corruptible, a este moribundo al que tanto amas. Por mucho que me aprietes contra ti no conseguirás nada. Moriré, Harry, dejaré este mundo y mi cuerpo quedará frío e inerte entre tus brazos mientras sollozas una y otra vez mi nombre.
De nada sirve que me beses y me digas lo mucho que me amas. La muerte es implacable. No me pasará por alto sólo porque seas tú quien se lo pida. Me rodeará con sus fríos brazos y me llevará consigo sin siquiera dejarme mirar atrás. Yo dejaré de ser yo para convertirme en un espíritu que errará por el mundo de los muertos esperando a que lo que más amó en vida regrese a sus brazos convertido en un igual.
Está oscureciendo, Harry. Mira cómo se oculta el sol en el horizonte...
Me incorporo, quiero ver el último ocaso de esta vida que no tuvo sentido hasta que te conocí. Creo que nací sólo para estar junto a ti. Dos hombres solos que encontraron el uno en el otro el perfecto pedazo de cristal que unido a otro forma la figura del alma de dos enamorados.
Te amo.
Te amo más que a nada, más que a nadie. Jamás habría podido amar a otra persona que no fueras tú. Siempre lo he sabido.
Mi pequeño y dulce Harry Potter... Nunca olvides que un viejo gruñón, un tedioso y detestable profesor de Pociones, un humilde y sencillo hombre, Severus Snape, te amó hasta el final de sus días. Y no dudes que seguiré amándote después de mi muerte.
Apoyo la cabeza en tu regazo. Estoy cansado, Harry. Quiero dormir.
Cierro los ojos.
El sol se pone amor mío. Se oculta en el horizonte. Mañana volverá a aparecer por el Este para acompañarte. Porque yo ya no estaré. No podré ver otro amanecer junto a ti. Me odio por ello. El sol estará junto a ti para darte el calor que yo ya no te daré.
Te oigo sollozar. No puedo decirte que te calmes, que todo irá bien, te mentiría, ¿no es así? Sólo alcanzo a decirte dos palabas. Esas palabras que tanto te gusta oír aunque cada uno de mis besos y caricias las llevan impresas en sí. Sólo esas dos palabras me separan de Ella, de la Muerte que me observa desde ese rincón junto a la chimenea.
Todo se oscurece. Tengo los ojos cerrados, pero no es la misma oscuridad. Es distinta. Es una oscuridad cálida y fría a la vez. Me envuelve completamente. Estoy en Sus brazos. Puedo notarlo. Mi tiempo se ha acabado. Debo irme... decir esas palabras para dejarte seguir adelante...
Te amo.
FIN