Amor prohibido

Original

Prólogo

Se movió. Lentamente, haciendo ondular sus caderas al ritmo que se imponía a sí mismo a pesar de la música. Su acompañante no estaba incómodo con sus movimientos, es más, se movía al mismo ritmo que él, provocando una oleada de sensaciones en sus cuerpos que apenas podían resistir.

Levantó los brazos y sintió unas manos deslizarse por su torso, arrancándole un quedo suspiro que resonó en los oídos de ambos como el sonido más erótico que jamás hubieran escuchado. Estaba enloqueciendo con aquellas caricias, esas caderas que se movían contra su cuerpo y parecían querer clavarse en él y atravesarlo...

Volteó para mirarle y sonrió. Recorrió su cuerpo con la mirada y prácticamente lo devoró. Se pasó la lengua por los labios, provocativamente. Pero su compañero no necesitaba más provocación. Lo atrajo a sí y tomó su boca en un beso posesivo, intenso, único y salvaje que les hizo perder el aliento.

Al separarse salieron de la discoteca y se metieron en el coche de uno de ellos, sin importarles cuál, sólo lo querían para una cosa...

Recorrieron sus cuerpos con manos ansiosas, arrancaron las prendas de ropa con desesperación, y sus cuerpos desnudos temblaron al sentirse mutuamente. Trataron de calmarse un poco pero el deseo les venció y los fuertes gemidos y jadeos de placer hicieron vibrar el pequeño espacio en que se encontraban.

Sus cuerpos se unieron para formar uno solo, arqueándose y moviéndose a la vez, sintiéndose morir de placer, sus voces unidas en un único gemido que se alzaba por encima de ellos y regresaba para volver a sus gargantas y exhalarlo una y otra vez, cada vez más fuerte que la anterior, más intensa, más...

Un jadeo. Un nombre. La culminación del placer de ambos. Se dejaron caer, agotados, felices, el uno en brazos del otro, susurrándose dulces palabras que ambos sabían que no podrían salir del interior de aquel coche. La pasión durmiendo en el fondo de sus corazones y dedicándose a la ternura y el amor imposible.

- ¿Te veo en casa? - preguntó uno de ellos. Su compañero sonrió.
- Claro... ¿Quieres que te lleve yo? - pensó un instante.
- A ti te reservo el llevarme al paraíso... - le besó - Iré en mi coche, a mamá le dijimos que íbamos a sitios distintos...
- Es cierto - se incorporó, dejando que su amante se sentara y él se quedó sobre sus piernas - Por cierto, creo que he roto la cremallera de tu pantalón - rieron.
- No se puede ser tan bruto - se vistieron y el más joven salió del coche. El mayor lo atrajo a sí para besarle lenta y amorosamente. El joven sonrió, ruborizado.
- Ahora nos vemos - susurró sobre sus labios el mayor.
- Sí... - se apartó - ¡¡Hasta luego, hermanito!! - rió y salió corriendo hacia su coche.

 

 

Capítulo 1

Tus manos en mi piel, haciéndome estremecer con cada caricia, tus labios en los míos, posesivos, enloqueciéndome, cada movimiento de tu cuerpo en el mío arrancándome gemidos y suspiros. No puedo más... necesito sentirte más adentro, más profundo, más intenso... Te amo...

Está mal... es una locura... no podemos seguir con esto... pero quiero más y tú también... ¿Qué tiene de malo si ambos lo deseamos...? Ah... no pares... Te quiero dentro, clavado en mí hasta el final. Hazme gritar, temblar, que todo el mundo se entere de esto. No me importa quien lo sepa, sólo quiero estar así hasta el fin de mis días...

Más, dame más, te necesito y sé que me necesitas a mí, toma lo que quieras, soy tuyo, por siempre, pero tú también eres mío y lo sabes, ¿verdad? Ah, sí, así... voy a tocar el cielo demasiado pronto si sigues así y después no te dejaré moverte de entre mis brazos y me tendrás que compensar por hacerme llegar tan rápido... Sé que te gusta la idea... llevémosla a cabo...

Ríes... lloras... ¿te decides? Eres tierno pero debemos ser fuertes, yo también quiero llorar, porque nos alejarán... si nos descubren nos separarán y no podremos seguir amándonos... Oh... te amo tanto... y quiero decírselo a todo el mundo... pero no quiero alejarme de ti... Ah... me encanta lo que me haces...

Me retuerzo entre tus brazos y gimo tu nombre una y otra vez. Sé que quieres que baje un poco la voz por si llegan nuestros padres, pero no me importa, ahora sólo puedo concentrarme en el placer que me haces sentir y en que me siento completo cuando estás en mí... Si no te tuviera... si te separasen de mí... No quiero pensar en eso, no puedo hacerlo mientras me tomas así...

Oigo tu voz. Tus palabras en mi oído, esos dulces susurros que me hacen temblar, te siento abrasando mis entrañas con tu esencia. No salgas, no me sueltes, quedémonos así un poco más, sigamos viviendo esta maravillosa fantasía... imaginemos por un momento que no somos hermanos y que somos libres de amarnos... sería tan hermoso...

Los oigo... deprisa, arreglémonos... Besos fugaces, suaves insinuaciones, mudas provocaciones. Te amo, te deseo... te necesito... Y la puerta se abre en el momento en que terminamos de arreglar las sábanas de tu cama. Es nuestro padre... Siento que el corazón va a partirme el pecho por la fuerza con que late. El miedo es nuestro peor enemigo, amor mío... el miedo a ser descubiertos, separados, repudiados... si nos repudiaran podríamos... sí... sería una solución, ¿verdad? Que nos odiaran y nos echaran de casa... pero nunca lo harían... se asegurarían de que no podemos vernos... Prefiero esconderme... aunque me duela como me duele...

Desearía no ser tu hermano, que no nos conociéramos desde nuestro nacimiento... Pero tenerte como hermano es lo mejor que me ha podido pasar en la vida... No me aclaro... deseo dejar de ser tu hermano, pero también adoro serlo... Me sonríes y cuando se cierra la puerta me abrazas dulcemente y me acunas como cuando éramos pequeños. Me encantan estos momentos tan tiernos, no cambiaría mi vida por nada del mundo... y menos aún mi vida contigo...

Recuerdo todo como si hubiera sucedido ayer...


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- Es un niño... - dijo el hombre y se inclinó para mostrarle el pequeño bulto a su otro hijo - Tu hermano pequeño - el chico, de unos cuatro años, miró al bebé y sonrió. Extendió sus bracitos para coger al pequeño y el padre le ayudó para sostenerlo con cuidado - ¿Te gustaría algún nombre en especial, Robert? - preguntó al niño, que puso carita de ilusión y miró al bebé con adoración.
- Me gusta... - pensó un poco - Michael... - dijo, con una amplia sonrisa - Quiero que se llame Michael - decidió. Su padre sonrió y asintió.
- Entonces se llamará Michael - revolvió los cabellos del muchachito y los miró con ternura.
- Te protegeré siempre, Michael... - le dijo Robert a su hermanito - De cualquier cosa...

Pasaron los años. Michael y Robert eran inseparables, casi parecían hermanos siameses, siempre pegados el uno al otro. Tan sólo se separaban cuando Robert se tenía que ir al colegio y Michael se quedaba en la guardería o en casa.

Cuanto más crecían más juegos compartían y una vez ambos estuvieron en el colegio, era sencillamente imposible separarlos cuando no estaban metidos en sus correspondientes aulas. Michael siempre se colgaba del brazo de su hermano mayor, que lo protegía, tal y como había prometido, de todo lo que pasaba.

Michael resultó ser el objeto de todas las bromas de los niños de su edad y de algunos mayores por ser más pequeño y débil que los demás y por estar siempre al lado de su hermano, con lo cual, Robert estaba más ocupado de lo que habría deseado, pero era feliz protegiendo al pequeño.

Cuando Michael cumplió los doce años, Robert ya tenía claro qué sentía por el muchacho. A sus dieciséis años tenía todas sus hormonas absolutamente alteradas y bullendo en su interior, deseando experimentar y conocer cosas que antes no sabía que existían o que al menos no era consciente de qué eran. Y una de esas cosas era el amor.

Michael vivía ajeno a los sentimientos de su hermano. Seguía jugando con él, riendo a su lado y pegándose entre risas con él, pero también había otros amigos además de Robert con los que le gustaba estar de vez en cuando. El mayor también salía con compañeros de su clase, aunque procuraba quedar con su hermano siempre que podía para mimarlo y convertirlo en un niño malcriado.

A diferencia de Robert, Michael tenía los cabellos de un suave tono arena, mientras que los de su hermano eran de un castaño muy oscuro. Sus ojos también eran distintos, Michael tenía los de su madre, de color avellana y Robert los de su padre, negros. Robert era más robusto que Michael, lo que le granjeaba un gran respeto entre los compañeros del colegio y, Michael, aunque alto y fuerte para su edad, prefería pasar desapercibido. Se estaba dejando crecer el cabello hasta los hombros a pesar de que sus padres y hermano le decían que no lo hiciera porque no les gustaba.

Cuando Michael cumplió dieciséis años, Robert llevaba dos en la universidad y ambos se sentían bastante solos en algunos momentos. El mayor pasaba casi todo en tiempo estudiando y no tenía apenas tiempo para Michael, que intentaba llamar su atención de casi todas las maneras que se le ocurrían.

Los sentimientos que Robert tenía hacia su hermano le eran cada vez más claros y fuertes. Lo amaba. Sabía que lo amaba. Y lo deseaba con todas sus fuerzas. Y cada vez se le hacía más difícil controlarse. A veces se descubría a sí mismo por las noches mirándole mientras dormía... y después se iba a su habitación a masturbarse hasta que no podía más y caía rendido en la cama. Deseaba tocar aquel cuerpo, besar sus labios... hundirse en sus entrañas y quedarse allí por siempre... No podía aguantar más...


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Un fin de semana sus padres se fueron al entierro de un familiar y Robert se quedó al cargo de todo. Michael quiso aprovechar ese fin de semana para estar al lado de su hermano todo el día. Para evitar que se centrara en los estudios guardó sus libros y apuntes bajo cuatro candados cuyas llaves escondió en algún rincón de su cuarto.

A Robert no le hizo mucha gracia, pero comprendió que Michael necesitaba un poco de atención por su parte y se propuso dedicarse totalmente a él esos dos días.

Michael se mostró feliz ante la perspectiva de tener por fin a su hermano para sí. Lo que no había pensado era que esos dos días cambiarían su idea acerca de su hermano y su forma de verlo. Aunque quizá su idea ya estaba bastante clara...

Hasta entonces el más joven de los hermanos había tratado de llamar la atención de Robert de las maneras posibles para que le hiciera caso, ya fuera hablándole o simplemente abrazándole. En una de esas ocasiones, unos años atrás, cuando Michael contaba catorce años, Robert no pudo reprimir su deseo de tocar, no como hermano, sino como hombre, al joven.

Michael había subido completamente empapado de la piscina al cuarto de Robert y tal como entró, se sentó en su regazo.

- Mira, hermano, estoy fresquito - le dijo con risas mientras le abrazaba y mojaba su ropa.

Robert se quedó helado por lo que sintió en ese instante. Un escalofrío recorrió toda su espalda y un suave hormigueo, ligeramente molesto, pero también muy placentero, se alojó en su entrepierna, al notar el peso de su hermano.

Trató de apartar de su cabeza las ideas que revolotearon como pajarillos traviesos e intentó hacer que su hermano se levantara de encima suyo, tomándolo por la cintura, pero notó la suave piel de su cuerpo y tembló... y acabó por dejarlo donde estaba.

Sus manos se quedaron en la cintura de Michael y acariciaron discretamente hasta su espalda. Michael reía, abrazado aún a él, en lugar de apartarse al sentir las caricias, se pegó un poco más a él, ronroneando suavemente, haciendo que Robert estuviera a punto de perder el control de sí mismo y acabara echándole en su escritorio y haciéndole el amor hasta derrumbarse exhausto sobre él.

En ese instante fue consciente de que Michael no era un niño aunque tratara de parecerlo. Era más maduro de lo que pretendía ser y su cuerpo lo atestiguaba al igual que su mente. Pero en ese instante era su cuerpo lo que le estaba llamando a gritos con un megáfono y le ponía un cartel de neón en las narices. Tenía el cuello y el hombro de Michael tan cerca de su boca que podría morderlo y besarlo a su antojo. Sus nalgas estaban apoyadas donde no debían (o quizá en el sitio más adecuado...) y de vez en cuando notaba cómo su hermano se movía porque el bañador mojado hacía que resbalara en los pantalones de Robert y trataba de acomodarse una y otra vez. Las manos de Robert se movían instintivamente por la espalda húmeda de Michael, arriba y abajo, recogiendo las gotitas de agua que mojaban su piel, sedosa y tersa bajo sus dedos.

Para sorpresa de Robert, Michael levantó la cabeza y miró a su hermano con una sonrisa traviesa mientas se sentaba más cómodamente sobre él.

- Ya no estoy tan fresquito... - se encogió de hombros y puso gesto de inocencia. Acercó los labios al oído de Robert para susurrar suavemente, haciendo estremecer a su hermano - Sé... lo... que... piensas... - levantó de nuevo la cabeza y se levantó de encima de su hermano, para después salir de la habitación, dejando a un muy frustrado Robert sentado a su escritorio con varios temas que estudiar pero incapaz de pensar en nada más que no fuera "estudiar" detenidamente el cuerpo de su hermano.

Esa tarde no fue capaz de volver a tocar un solo libro y los únicos pensamientos que cupieron en su cabeza se referían todos a distintas formas de poseer a su hermano... esto mientras se masturbaba...

Ese fin de semana que ambos hermanos pasaron juntos sería inolvidable para ambos. A sus mentes regresó aquella tarde de hacía dos años en que Robert había dejado que una parte de sí se dejara llevar con el cuerpo de su hermano provocándole y tentándole... Lo que más podía incomodar a Robert era lo que Michael le había dicho entonces y la forma de decirlo... Tan provocador... como si realmente supiera lo que pasaba por su cabeza...

Le vio arreglarse para salir con él a hacer algunas compras y suspiró. Quería que ese fin de semana fuera perfecto. Michael le miró, alegre y corrió hacia él para abrazarle y besar tiernamente su mejilla.

- Lo pasaremos genial Robert... hacía tanto que deseaba que nos dejaran solos... - sonrió y Robert revolvió los largos cabellos rubios de su hermano.
- Para hacer alguna trastada de las tuyas, ¿no? - dijo mientras reían los dos.
- Soy un angelito... - protestó, poniendo falsa cara de inocencia. Robert rió y sacudió la cabeza.
- Eres un lobo con piel de cordero - Michael le dirigió una mirada de corderito a medio degollar y se echaron a reír.

Michael había propuesto que después de ir de compras comieran fuera y si ponían una película buena, ir al cine. Robert aceptó, dispuesto a ceder ante cada capricho que su hermano tuviera ese fin de semana como compensación por la falta de atención anteriormente.

Si Robert huiera sabido lo que Michael tenía pensado para esos dos días, quizá no habría aceptado tan rápido. Tal vez después del desmayo que habría sufrido en ese momento, su respuesta positiva habría sido legendaria.

Michael no era tonto. Ni ciego. Sabía perfectamente que algo rondaba por la cabeza de su hermano desde hacía muchos años. Notaba sus miradas, sus caricias "casuales" no eran las que un hermano mayor dedica al más joven, y a veces sus palabras podían ser malinterpretables.

Desde la tarde en que las manos de Robert recorrieron su espalda de aquella forma que le hizo estremecerse, tenía muy claro que su hermano albergaba hacia él unos sentimientos poco habituales entre hermanos. El ¿problema? radicaba en que Michael también creía sentir algo por Robert. Quizá la cercanía a él, o la actitud del mayor, tan abierta... Podría estar confundido con todo aquello, después de todo era un chiquillo, aún no había salido con nadie, aunque sí se había sentido atraído por alguien en un par de ocasiones.

Cuando sus padres dijeron que se marcharían y los dejarían en casa, solos, se había vuelto loco de ilusión y también de nervios, porque pensaba poner a prueba a su hermano y averiguar qué sentía por él. No tenía la más mínima idea de qué haría para conseguirlo, pero quería saberlo, lo necesitaba porque así él mismo tendría claro qué sentía por él y podría, quién sabe, probar sus sentimientos...

El joven estaba pensando en su táctica cuando Robert se acercó a él por la espalda y puso la mano en su cintura.

- ¿Estás listo, Michael? - preguntó. El menor asintió y sonrió ampliamente. Sus mejillas se tiñeron de un suave rubor al verse descubierto.
- Vámonos... - dijo, feliz, tirando de su hermano hacia la puerta.

Robert cogió el coche de su madre para ir hasta el centro comercial, Michael no paraba de hablar de lo que quería hacer después del instituto, cuando entrara en la universidad y volvieran a ir juntos a las clases. El mayor sonreía con las ilusiones del muchacho, que seguía hablando y hablando, incansable. Mientras aparcaba, Michael mantuvo un breve silencio y, tras éste, murmuró:

- Y me encantaría que pudiéramos alquilar un piso para irnos a vivir juntos - Robert frenó y le miró, serio, pero después sonrió como hacía tiempo que no lo hacía.
- Por supuesto... - besó su sien y salieron del coche.

Comenzaron a andar, despacio y entonces Michael sonrió como un niño travieso mientras echaba a correr. Robert logró oír un "A que no me encuentras" seguido de "Si no me atrapas me invitas a cenar". El mayor rió y salió corriendo tras Michael, persiguiéndolo de cerca, pero dejando que corriera.

Robert era más rápido que Michael, aunque éste podía ser realmente escurridizo y al ser un poco más delgado, también era más ágil. Pero su hermano mayor le daba ventaja, quería ver hasta donde era capaz de llegar... Y entonces lo perdió de vista...

Se frenó en mitad de un corredor lleno de gente, buscando a Michael. Sabía que no estaba lejos, que seguramente en ese instante lo estaba mirando, y no se equivocaba. Michael estaba escondido en el pasillo que llevaba a los baños y podía ver allí a su hermano, buscándole. Rió alto, para que Robert le oyera, y corrió a esconderse en uno de los cubículos con retrete del baño de caballeros.

Robert sonrió y se dirigió lentamente a la trampa de su hermano, a sabiendas de que le haría alguna clase de chantaje. Entró en el baño y miró alrededor. Había dos hombres orinando en los urinarios a su derecha. Miró hacia los cubículos de los retretes y caminó hacia allí.

Tratando de ser discreto, se fijó primero en los que tenían la puerta abierta y cuando los descartó, llamó a los que estaban cerrados, para oír respuestas en todos ellos menos en uno. Sonrió y llamó varias veces. Se apartó del cubículo en el que estaba Michael y entonces la puerta se abrió bruscamente y una mano tiró de Robert para hacerle entrar en el reducido espacio.

Michael lo pegó al tablero pintado que hacía de pared y él se pegó a su cuerpo, sonriendo victorioso. Robert rió y vio que su hermano echaba el pestillo de la puerta.

- ¿Te encontré? - preguntó Robert y Michael sacudió la cabeza.
- Te he dado demasiadas pistas, hermanito... - le miró a los ojos, aprovechándose de que eran igual de altos - Te he cazado... - Robert asintió.
- Tienes razón... ¿Cuál es mi castigo por no haberte atrapado? - preguntó Robert, comenzando a sentirse un poco incómodo en ciertas partes de su cuerpo. Michael notaba que su hermano se ponía un poco nervioso y decidió contribuir a que el nerviosismo delatara sus sentimientos.
- No sé... ¿Qué te puedo pedir? - preguntó, fingiendo que pensaba, mientras sus caderas se movían contra las de Robert.
- Puedo ofrecerme como esclavo durante una semana... - sonrió.
- Una semana... hmm... Es poco, ¿no crees? - Robert se encogió de hombros, notando que empezaban a temblarle un poco las piernas. Trató de pensar en algo que no fuera su hermano... pero su cabeza se iba directa hacia la idea de su hermano desnudo - ¿Qué te parece un mes?
- Lo que... lo que tú desees... amo... - murmuró, tratando de sonreír, mientras su imaginación le hacía oír los gemidos de placer de Michael en su mente. Michael acercó la cara a la de Robert, que trató de apartarse un poco, pero no podía. Deglutió fuertemente.
- Me gusta que me llames amo... - susurró el joven sobre los labios de su hermano. Aunque no los exteriorizaba, Michael se estaba muriendo de nervios. Se había propuesto llegar al final, descubrir lo que había en la cabeza y el corazón de Robert y no iba a echarse atrás. Ambos sentían sus alientos en sus rostros, notaban el temblor de sus cuerpos y el calor se acrecentaba conforme pasaban los minutos - ¿Me obedecerás en todo, Robert?
- S-sí... - respondió, mirando los labios del joven, la tentación que le corroía por dentro y encendía su deseo como la cerilla que se prende al ser rozada. Pero no debía sentir aquello, no podía, era imposible, prohibido... sus padres le destrozarían... No podía apartarse de él...
- Bésame - ordenó Michael. Robert no reaccionó, sólo se quedó lívido de repente para pasar a estar rojo como la grana.
- N-no... no puedo, Michael... está mal... - murmuró atropelladamente.
- Robert... está bien si lo hacemos porque queremos, ¿no? - preguntó Michael, procurando que la voz no le temblara cuando hablaba - Bésame... yo te doy permiso para hacerlo porque quiero hacerlo y para mí está bien que lo hagas... - susurró. Robert le miró, interrogante.
- ¿Tú...? - Michael sonrió.
- Quiero saber qué sentimos - respondió.
- Michael, somos hermanos - susurró muy bajito para que nadie lo oyera.
- Pero tú sientes algo por mí, ¿no es así? Que yo sea tu hermano no te impide sentir lo que sientes, ¿verdad? - Robert apartó la mirada.
- Vámonos de aquí, Michael, necesito aire, por favor... - Michael le apretó más contra la pared.
- Quiero una respuesta, Robert... yo... siento algo ¿sabes? Y si quisieras que hubiera más que una relación de hermanos entre nosotros yo... dejaría crecer lo que siento por ti y...

Robert le hizo callar con un beso, intenso, fuerte, ardiente, cargado de pasión y deseo, de hambre, ansia y necesidad. No había necesitado más impulso que la confirmación de que Michael sentía algo, y por leve que fuera, era una esperanza para su corazón. Mordió sus labios, los succionó, los lamió y atravesó su barrera con su lengua para buscar la de su hermano y jugar con ella entre sus bocas. Pegó a Michael contra la pared contraria, recorriendo su cuerpo sobre la ropa con movimientos torpes provocados por la excitación y el deseo, que dominaban su cuerpo y mantenían a su razón alejada, atada en un rincón de su cabeza.

Michael respondía como podía aquel beso. Sólo podía emitir suaves gemiditos y estremecerse por las caricias. Nunca le habían besado hasta ese momento y apenas sabía cómo reaccionar. Rodeó el cuello de su hermano con los brazos y abrió la boca como ofrenda para él. Se atrevió a dar un mordisquito al labio inferior de Robert y gimió al notar una de las manos de su hermano en sus nalgas.

El mayor se apartó, jadeando, sin soltar el cuerpo del chico, manteniéndolo pegado a sí. Le miró, vio los labios enrojecidos, hinchados y húmedos de Michael y depositó un suave y tierno beso en ellos.

Acarició su cabello, su mejilla, mirándole amorosamente, con adoración. Michael sonrió, ruborizado hasta las orejas y se mordió el labio mientras le dirigía una mirada divertida a su hermano.

- Menos mal que no querías besarme... - se echaron a reír y se abrazaron.
- Siempre lo he querido, Michael, siempre - susurró, dejando después un besito en el cuello del menor.
- ¿Sabes que ese ha sido mi primer beso? - le dijo, pensativo.
- ¿Me estás diciendo que mi hermano no liga? - Michael se encogió de hombros y rió.
- Si ligara te pondrías muy celoso, seguro, así que no te hagas el sorprendido y afectado por ello - Robert le volvió a besar y le apartó los cabellos de la cara.
- Me siento honrado por ser el primero... - susurró y se volvieron a unir en un beso apasionado, pero más calmado que el primero, tomándose tiempo para sentirse mutuamente. Al volverse a separar, Michael suspiró y una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro - ¿Salimos de aquí? - preguntó Robert - Me asfixio de calor... - murmuró. Michael asintió y salieron de allí, cogidos de la mano. Se acercaron a los lavabos para lavarse la cara y refrescarse y se percataron de que los allí presentes los miraban. Ambos salieron casi corriendo del baño, sonrojados al máximo y estallaron en carcajadas.

Fueron a comprarse ropa, aprovechando los cambiadores para besarse y toquetearse todo lo que podían, tratando de no hacer demasiado ruido, pero escandalizando a más de uno. En uno de esos probadores fue cuando Michael descubrió que su hermano era virgen por haberle esperado a él.

Después fueron a comer, a una pizzería, donde se sentaron en un rincón para poder hablar tranquilamente. Compartieron la pizza, entre risas y besos furtivos, a escondidas. Michael adoraba sentir los mimos de su hermano y Robert por fin veía cumplidos sus deseos...

- ¿Por qué me esperabas, Robert? - preguntó Michael - Yo podría no haber sentido nada por ti, ¿no? No veo razón para que no quisieras entregarte a otras personas, seguro que muchos de tus amigos lo han hecho ya... - Robert puso un dedo sobre sus labios para hacerle callar.
- Simplemente decidí esperar un tiempo, ver si podía tener alguna oportunidad... por pequeña que fuera la esperanza siempre está ahí... - acarició sus labios y sonrió. Michael se ruborizó y sus labios dibujaron una suave sonrisa.

Tas la comida se cmpraron unos helados y esperaron a que abrieran las taquillas, sentados muy juntitos en un banco frente al cine. Ambos se sentían muy cohibidos ante la gente, temían casi hasta mirarse por si algún conocido los veía y los descubría.

- Tenemos que acostumbrarnos a esto... - murmuró Robert. Michael se sobresaltó y le miró.
- ¿A qué te refieres? - preguntó.
- A la paranoia derivada de nuestra relación... Porque hablemos tranquilamente o paseemos nadie tiene porqué descubrirnos, mientras seamos discretos...
- Sí, pero cuando vengan papá y mamá... - Robert suspiró.
- Tendremos que disimular hasta en casa... - miró a Michael, que miraba la tarrina vacía de su helado con expresión de frustración - No pongas esa cara, Michael, por favor, pensarán que me estoy metiendo contigo... - se puso a hacerle cosquillas y el chico comenzó a reír.
- ¡Basta, no seas cruel! - rió. Robert también reía, feliz por haber conseguido que su hermano se alegrara un poco. Al final ambos acabaron despanzurrados en el banco, riendo cansados - Estás loco, ¿lo sabes?
- Sí... por ti... - respondió en un susurro. Michael suspiró y apoyó la cabeza en el hombro de su hermano, con una sonrisa en los labios.

Cuando abrieron las taquillas, compraron las entradas para una película de acción que acababa de estrenarse y después de comprar palomitas, bebidas y alguna que otra chuchería, entraron a la sala que correspondía según la entrada. Michael subió rápidamente hasta la última fila y cogió las dos butacas del rincón más apartado.

- Desde aquí no se ve bien la pantalla - rezongó Robert. Michael se acomodó en el asiento pegado a la pared y sonrió con picardía.
- ¿Quién ha dicho que venga aquí para ver la película? - Robert abrió los ojos desmesuradamente y Michael rió a carcajadas - ¿No lo habías pensado? - el mayor sacudió la cabeza y, sentándose, cubrió su rostro con las manos.
- He creado un monstruo... - murmuró mientras Michael reía escandalosamente.

Finalmente pareció que Michael se había calmado y la sala se oscureció, para que la película diera comienzo. Robert se preocupó un poco por lo que había dicho su hermano. ¿Pretendía realmente organizar un espectáculo como el que acudía a su mente en ese momento? Sacudió la cabeza. No era que la idea no le gustara, sino que... ¿en un cine? Menos mal que iban a ser discretos...

Al aparecer los carteles de la película en la pantalla, Michael deslizó su mano bajo la de Robert, que sonrió mientras entrelazaba los dedos con los del chico. Le oyó comer palomitas, y él también comió algunas chucherías. La película no se veía tan mal desde el rincón en el que estaban. Y además estaban solos. Nadie se había sentado cerca, todo el mundo se había congregado en el centro de la sala, aprovechando que había poco público.

Michael le pasó el cartón con las palomitas y se sacudió las manos.

- Déjalas en el asiento de al lado - susurró. Robert asintió y, comprendiendo lo que quería su hermano, se sentó de costado, mirándole.
- Creo que el loco de la familia eres tú - Michael rió bajito.
- A veces algunos genes se manifiestan con más fuerza en uno de los hermanos mientras el otro desarrolla el gen de la prudencia - Robert vio que se quitaba la chaqueta y la dejaba en el asiento delantero.
- No lo sabía... - rió Robert. Se acercó a Michael y le besó fugazmente.
- Hmm... creo recordar que antes llegamos al acuerdo de que tú serías mi esclavo durante un mes...
- Así es... - murmuró el mayor mientras recorría con la boca el cuello de Michael - Mi amo... - ronroneó.
- Me gusta que me digas eso - las manos de Robert levantaron la camiseta de Michael y acariciaron la suave piel que habían probado años atrás y que tanto habían ansiado volver a tocar.
- Amo... - un jadeo - Mi amo... - un gemidito ahogado por un disparo en la pantalla, al ser pellizcado un pezón. Robert le despojó de la camiseta y lamió cada milímetro de piel a su alcance.
- Robert... - suspiró el joven cuando el nombrado se arrodilló ante él y pasó las manos abiertas por sus muslos, desde las rodillas hasta las ingles - ¿Qué vas a hacer? - preguntó. Robert le hizo echar las piernas hacia delante, separándolas para dejarle espacio entre ellas.
- Voy a mandar al infierno la discreción... y también voy a hacer que desees llegar a casa... amo... - respondió, añadiendo la última palabra con un poco de retintín.
- Esclavo travieso... - rió. En la pantalla el protagonista estaba en plena "faena" con la hija de su jefe - Qué oportunos... - Robert miró la pantalla y rió mientras bajaba la cremallera del pantalón de su hermano y lo bajaba un poco.
- No me lo puedo creer... estás excitado... - murmuró, con una sonrisa sarcástica. Michael también rió, aunque estaba un poco (bastante) nervioso por el hecho de tener así a Robert.
- La culpa la tienes tú... - respondió. Jadeó por la sorpresa que le produjo notar una mordidita en su miembro por encima del calzoncillo - No hagas eso... esclavo malo... - murmuró avergonzado.
- ¿Por qué? ¿No te ha gustado? - bajó el slip del muchacho, liberando su erección y admiró lo que tenía ante sí - Es hermoso - susurró y lo acarició, embelesado, antes de inclinarse y besar y succionar por unos segundos el glande de Michael, que acalló un gemido mordiéndose la mano.
- Pa-para... - pidió, no muy seguro de querer parar.
- Relájate - tomó una de sus manos y la asió para calmarle, aunque él también estaba terriblemente nervioso y temía no hacer bien lo que quería hacerle a Michael.
- Es que... me da vergüenza... - Robert se incorporó y besó largo rato sus labios, tranquilizándole e intentando tranquilizarse. Le notó temblar un poco. Estaba sudando y el aire acondicionado estaba al máximo. Tomó la camiseta del suelo y le ayudó a ponérsela - Gracias - volvieron a besarse mientras Robert acariciaba el miembro de su pareja - Ah... Robert... - exclamó.
- Shh... - sonrió y se inclinó de nuevo para, sin dudar un instante, tomar en su boca el pene del chico, haciéndole arquearse al sentir el calor de la boca que envolvía su sexo.
- Sí... ah... - se tapó la boca para evitar que sus gemidos y jadeos se oyeran demasiado. Dio gracias porque la película mostrara ahora un tiroteo. Robert lamía con ansia el miembro de su hermano, lo devoraba con deseo contenido, mientras se tocaba por encima del pantalón.
- Hm... - levantó la cabeza y reclamó sus labios en un beso increíblemente apasionado - ¿Te gusta? - preguntó sobre sus labios, acariciando el pene de Michael.
- Sí, mucho... - se mordió el labio. De pronto se acordó del miembro de Robert - E-el tuyo... tú no... - su hermano le hizo callar con un beso.
- Yo estoy bien... - volvió su atención a la entrepierna del chico y continuó estimulándolo, dando unas veces pequeños lametones y mordisquitos, y otras introduciéndoselo hasta donde podía llegar, succionando y apretando los labios mientras alternaba movimientos rápidos y lentos.
- Ro-Robert... - gimió - Creo que m-me... v-vengo... - murmuró, inclinándose y jadeando sobre los cabellos de su hermano. Robert, al oír esto, intensificó los movimientos de su boca y un suave gemido salió de su garganta al sentir el ardiente semen de su hermano y amante descender por su esófago - Ah... - Michael se mordió los labios para no gritar y cuando Robert levantó la cabeza, relamiéndose lentamente, tomó su boca en un beso en el que pudo saborear su propia esencia.
- Mi amo... estás delicioso... - susurró, una sonrisa triunfal en sus labios. Michael se apartó el cabello de los ojos y trató de normalizar su respiración.
- Dios, mi primera mamada... y en un cine... - emitió una risita siniestra - Ha sido increíble...
- Me alegra que te haya gustado... - se acomodó en la butaca, con una sonrisa de bobo en la cara y dio un bote cuando Michael le bajó la bragueta y comenzó a masturbarle - Michael...
- La tienes muy dura... y grande... - murmuró mientras sobaba su sexo.
- No digas esas cosas... amo... - rieron - Se supone que eres un niño bueno...
- Sí, bueno pero no tonto - se colocó en el asiendo de modo que podía acercar la boca al pene que tenía entre los dedos y lamerlo - Qué rico... - murmuró cuando chupó la punta.
- Calla, guarro... nos oirán... - Michael se sentó de nuevo y se quedaron lívidos cuando vieron que un acomodador se paseaba por la sala y subía hacia donde estaban ellos. Michael se arregló el pantalón rápidamente y le puso a Robert su chaqueta sobre las piernas para ocultar su erección - Mierda... nos va a pillar... ¡¡Suelta eso!! - exclamó Robert al notar que Michael metía la mano bajo la chaqueta y volvía a acariciarle.
- Chst... - miraron la pantalla como si estuvieran muy interesados en la película y Robert cogió el cubo de palomitas para ponérselo de tal modo que ocultara el movimiento de la mano de Michael - Calla... - el hombr se quedó de pie junto a su fila de butacas, mirando la sala por encima para ver si todo estaba en orden.
- Hmm... - Robert casi se atragantó con el refresco cuando Michael apretó un poco sus testículos y a duras penas pudo repirmir un gemido. Carraspeó y Michael sonrió.
- ¿Me pasas las palomitas? - pidió el menor. Robert se las dio y le oyó chuparse los dedos de la mano con la que comía las palomitas, provocándole, sin dejar de masturbarle.
- No hagas tanto ruido - murmuró Robert - Hay más gente en la sala - vio que hacía un pucherito. Ambos miraron al acomodador, esperando que se fuera pronto. Robert se sentía a punto de llegar al orgasmo y no quería hacerlo con aquel tipo al lado.
- Córrete - pidió Michael en su oído, haciéndole estremecer.
- Aún... no... - respondió. Por fin, cuando pensaron que tendrían que acabar con aquel tipo de público, el acomodador se marchó a llamar la atención a una chica que hablaba por el móvil.
- Creí que no se iría nunca... - oyó la respiración cada vez más agitada de Robert y, apartando la chaqueta, se arrodilló en el suelo y se acomodó entre las piernas del mayor para chupar varias veces el pene húmedo de su amante y tomar con ansia su semen, deteniéndose a limpiarlo con dedicación.
- ...villoso... - murmuró Robert después de correrse. Cuando Michael volvió a su asiento, se adecentó la ropa y se quedó repantingado en la butaca.
- Quiero irme a casa - manifestó Michael, como un niño caprichoso. Robert rió.
- Te dije que querrías que nos fuéramos... - ambos sonrieron y tras recogerlo todo, salieron de la sala del cine. Michael se desperezó y miró a su hermano con cara de suma felicidad. Miró a un lado. Nadie. Miró al otro. Despejado. Se colgó del cuello de Robert y le besó una y otra vez, arrancándole protestas y leves "Podrían vernos..."
- Da igual... Vámonos a casa... - susurró - Me gustaría aprovechar este fin de semana y convertirlo en el más perfecto de mi vida - Robert acarició sus mejillas y sonrió.
- Yo también...

Dando un paseo, deteniéndose de vez en cuando para ver alguna tienda, salieron del centro comercial y se dirigieron al aparcamiento para coger el coche. Michael hablaba y hablaba sin parar, Robert sabía que era por los nervios que sentía, su hermano sólo se ponía así de charlatán cuando estaba nervioso. Y él se quedaba muy callado. Terriblemente callado. Tanto que daba miedo. Pero Michael no se daba cuenta, seguía hablando mientras unas hormiguitas le hacían cosquillas en el estómago.

Al llegar a la casa Robert aparcó y bajaron. Cogieron las bolsas con todo lo que habían comprado, entraron y después de cerrar la puerta se miraron.

- Ya... estamos aquí... - murmuró Michael, de pronto ruborizado. Robert soltó las bolsas y tomó al joven entre sus brazos para besarle lenta y apasionadamente.
- Sí... solos... los dos solos... - susurró mientras comenzaba a besar su cuello, haciéndole soltar las bolsas en el suelo para sacarle la chaqueta.
- Ro-Robert... ah... - sintió la lengua de su hermano mayor recorrer lentamente su garganta hasta su mentón para después tomar sus labios en un beso húmedo y ardiente.
- ¿Quieres...? - preguntó, sus manos masajeando por encima del pantalón las nalgas del menor. Michael jadeó y asintió.
- S-sí... c-creo... - respondió, reclamando sus labios. Robert le guió hasta el dormitorio de sus padres lentamente, queriendo disfrutar de esa primera vez con calma.
- Te quiero, Michael... - susurró Robert sobre sus labios, sus manos recorriendo suavemente su pecho.
- Yo también te quiero, Robert... y... quiero sentirte... - pidió, mientras le ayudaba con su ropa, hasta que ambos quedaron desnudos. Se admiraron un instante y se tendieron en la cama, acariciándose y besándose, recorriendo sus cuerpos y cubriéndolos de besos, caricias, mordiscos... temblando levemente con cada contacto... entregándose mutuamente.


 

Capítulo 2

Edeiel

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