Autora

Índice

Main

SER TRES

Original


Quizá fue el deseo –estúpido, patético, miserable– de regresar a la niñez lo que hizo que me levantara de las sábanas azules y blancas a las 3:00 AM con el único fin de deshacerme de estos pelos ásperos y castaños que tengo en la cara. Tenía. O tal vez no fue eso. Tal vez se habían sucedido, uno tras otro en abrumante carrera, demasiados acontecimientos –¿Cómo catalogarlos?– mhm… acontecimientos chocantes en los últimos días. Sí, por eso iban mis pies sin mí cuando un auto verde botella los había casi asesinado sin querer. Por eso, tras jugar e insinuar, tras arrastrar a Gonzalo al lecho entre manos y besos y protestas, no habíamos podido hacer el amor. Por eso se había dormido sin dirigirme la palabra siquiera, entregado a los brazos de un sueño que sí le complacía, que sí sería suyo en un rincón. Por eso, por mi carácter mediocre y mi susceptibilidad, había roto tantas promesas en menos de un giro al reloj. Estaba fumando, sosteniendo esa fotografía de esquinas marchitas con un temblor frente a mí. Sin reacción, ante las rejas afiladas que desde mi ubicación parecían rasgar el cielo. Solo, las cenizas rodando sobre los rostros de dos niños y mi alma líquida, de aire casi, ardiendo por llorar. Solo.

 

CAPÍTULO 1: No Enterarse

“Oferta: Champiñones bandeja - $370”. Orégano enjaulado, impotente, viendo desde su propia burbuja como los barrotes se ciernen en tono, como los mundos giran, ruedan, giran eternamente en manos de otro. Un paquete de queso cae del cielo, revolucionando el carro, aplastando el pan de molde, fascinando a las aceitunas. Una larga hilera de vacas rezongando. Un par de ojos clavados en mí me remecieron un poco, como queriendo quitarme la modorra. Por más que busqué, no fui capaz de distinguir a cuál de todas las personas en el supermercado pertenecían.
- ¿Qué pasa?
- Nada… -. Dijeron mis labios, con tanta naturalidad que me asustaron. Creo que un escalofrío sacudió mis hombros. Gonzalo no se enteró siquiera. Calmo, siempre tan tremendamente plácido, con esos ojos grises serenos como un vaso de leche antes de dormir. Retorcijones entre sueños. ¡Pip! Y el crujido de la bolsa en las manos de una niña bajita y flaca y de pelo largo, ondulado. ¡Pip! ¡Pip! ¿Dónde están los ojos?
- Julián, ¿vamos? -. Invitó mi pololo –Sí, mi pololo, ¿y qué? Me apesta decir “pareja”, es algo realmente patético– sin pasión, ánimo, de pura inercia. Vamos, pues, pero a ver si te emocionas un poco, que tan mal no estoy.
- Ya -. ¿Y dónde se metieron los ojos? Se fueron, seguro que ya se fueron. Vamos, yo quiero verlos. Salgamos rápido, Gonzalo, ¿por qué mierda paras?
- Espérate, quiero comprar cigarros.
- Ya, dale -. Gruñí. Para variar, ni se enteró. Y se demoró un siglo, más encima. – Ya, poh, Gonzalo -. ¿Verdaderamente necesita media hora para abrir la billetera?
- ¿Por qué estás tan apurado, Julián?
- ¿¿Julián?? -. Me gritaron desde atrás. ¿Quién…? ¡Los ojos! Un abrazo enorme, desordenado, excluyente. Una isla desierta, isla para dos en un mar de gente apurada. Gonzalo ahogándose, por ahí, en una balsa de Belmont Light.
- ¡Juanpa! -. Atiné a chillar, mientras los brazos me aferraban hasta casi estrangularme. Juanpa… no había notado lo horrible que sonaba. Como demasiado pendejo. Y tantos Juanpa que había escupido sin saber…
- ¿Cómo estás, Julián? Tanto… tanto tiempo sin saber nada de ti. Cuéntame, ¿qué es de tu vida? -. Que raro… escucharlo así. Una voz gruesa, ronca, como si no la usara nunca. Una voz de hombre en un cuerpo de hombre, pisando mi recuerdo de niño sin notarlo.
- Tengo un millón de cosas que contarte. Yo…
- ¿Julián? -. Interrumpió Gonzalo cortés, delicadamente. Ojalá desapareciera un rato.
- Ah, sí. Gonzalo … -. Lo apunté con una mano extendida, sin tocarlo, como si ni yo mismo lo conociera. Julián, quién es este huevón, decía su media sonrisa cínica. - … Juan Pablo -. Urgido de mierda, no te metas en lo que no puedes entender ni lejanamente, parecían bramar los ojos verdes –¿Rojos de sueño o de caña?– de él.
- Sí, poh, amigos desde chicos -. Espetó Juan Pablo, estirando la mano.
- Ah… amigos.

 

CAPÍTULO 2: Llamar

Tras los “yo te llamo” de rigor, no sucedió mucho más. Nos despedimos con un abrazo bajo la mirada plateada de Gonzalo, su ira contenida. Ahora, ya fría la cabeza con el aire de la noche, pienso que podría haberlo besado. La sola idea casi me hace enrojecer, como si fuera del todo descabellada. Como si jamás hubiéramos deseado besarnos en el pasado. Pero era el pasado, sí. El presente no eran plazas verde con olor a pasto húmedo y caca de perro, sino un Honda Civic color arena con manchas de tierra y un hombre molesto conduciendo, hinchado de silencio.
- Puta el huevón -. Gruñó entre dientes, mirando de reojo a un hombre de cabello entrecano que manejaba –hablando por celular– un jeep rojo, el cual se había situado repentinamente en nuestro camino. Yo sólo me callé. Llegamos y llevé la bolsa hasta nuestro departamento en el cuarto piso, como si andar de tramoya fuera a redimirme ante los ojos de Gonzalo. Abrió la puerta y me dejó ir primero, siempre tan caballero él. Ni que fuera una minita que necesitara su protección. Imbécil. Si estás tan enojado dímelo. Grita si quieres, ladra un poco. No seas tan cortés y reverencioso conmigo, que no soy ninguna señorita. Mírame de frente, maricón, no seas cínico. Ya sé que estás emputecido. Déjalo salir.
- Preparémoslo al tiro, mejor, que me muero de hambre -. Dijo, tranquilo, cuando dejé la bolsa sobre la mesa de la cocina.
- Ya -. Corté. Lo dejé a solas con sus láminas de queso y sus champiñones, a ver si los cortaba y salteaba con algo de rabia. Me parecía que era como lo mínimo después de ver que su pololo miraba a otro hombre con los ojos que sólo deberían estar dedicados a él. Entró en la cocina con paso sereno, se lavó las manos con un poco de detergente y puso el pan dentro del tostador.
- ¿No me vas a ayudar, Julián? -. Preguntó casualmente.
- No, prepáralo tú. Yo voy a buscar al Perro, que no lo veo -. Que asco, me estás pegando tu cara de raja, esa capacidad de mentir amablemente sin la menor vacilación. ¿Te sientes orgulloso? Yo no, que lo sepas. Yo no quiero ser como tú. Quiero volver a balancearme adelante y atrás en un columpio, volver a tirarme por el resbalín ardiendo bajo el sol, reírme otra vez como lo hacía antes hasta que el dolor de estómago me obligaba a parar. Pero, claro, no se puede. Ya estas un poco viejo para esas cosas, me dirías si te preguntara, así que no te pregunté nada. Encontré a Perro, nuestro gato, durmiendo encima de la cama, bañado por el sol contaminado que se colaba por el cristal de la ventana –que evidentemente no era cristal, sino un vidrio cualquiera–. Toda mi excusa para no tostar pan y saltear champiñones con Gonzalo se esfumó en un “miau” agudo, y Perro frotó su lomo rayado contra mi brazo. ¿Me estaría consolando? ¿Se me notaría mucho… esto… todo…?

Comimos en extraño silencio, que no era silencio, porque Gonzalo me hablaba de cualquier huevada y yo le respondía con monosílabos. Sólo que no estaba. ¿No te das cuenta? Estaba pensando en él, en Juan Pablo, recordando lo que creí nunca volver a recordar. Ví otra vez su piel suave, de niño, decorada por los golpes de su padre. ¿Qué te pasó?, le preguntaba yo preocupado. Nada, mi papá me pegó, porque me porto mal, explicaba él, sonriente, sin inmutarse en absoluto. O al menos eso pensaba yo. Y ahora me acordaba, mientras la voz de mi pololo sonaba sin sentido en mis oídos como una radio vieja, mal sintonizada. El imbécil no cachaba nada.
Y así pasamos el día, sin hacer nada. Esperaba, un manojo de nervios, el teléfono que no se dignaba a sonar. Gonzalo estaba en el computador, con sus lentes, enojado porque no lo pescaba. Que se fuera a la mierda. Yo también. O sea, me fui al baño, sólo para lavarme los dientes y las manos como un obsesivo compulsivo. En eso oí el grito de Gonzalo.
- ¡Julián, teléfono!
- ¿Quién es? -. Pregunté, decidido a decirle que cortara, que estaba enfermo, que estaba muerto, cualquier cosa.
- Tu amigo -. Respondió él, con una entonación extraña. Salí del baño veloz, dejando abierta la llave del agua, y me encerré en nuestra pieza para contestar.
- ¡Corta! -. Chillé, puerta cerrada, y después de un carraspeo y un leve temblor que recorrió todo mi cuerpo, me llevé por fin el auricular a la cabeza. - ¿Aló?
- Aló, Julián… Soy Juan Pablo.
- Si sé, tonto -. Me reí, imbécil. ¿Por qué no podía hablarle como un adulto?
- ¿Cómo estás? -. Preguntó él, pero se notaba que estaba en otra, y tenía activado el piloto automático.
- Igual que en la tarde, cuando me preguntaste lo mismo -. Le respondí, tragándome el “bien” instintivo que casi salió de mis labios. A ver si despertaba.
- Ah, que bueno… oye, estás ocupado, ¿cierto?
- Más o menos -. Mentí, porque decir “en realidad llevo horas esperando que llames” no me parecía muy conveniente.
- Ah… y oye… no quieres salir un rato, ¿verdad?
- Que positivo, Juanpa… blo -. Me corregí, tratando por todos los medios de que mis palabras dejaran de mostrar una edad mental de ocho años. Él se rió, con esa voz ronca que no conocía, que no era la suya, y yo me reí también.
- Entonces, ¿quieres que nos juntemos? Te invito un café. Necesito verte… -. Admitió él, repentinamente tímido.
- Claro, vamos. ¿Cuándo?
- Si no tienes anda que hacer, puede ser ahora. Yo estoy desocupado…
- Perfecto -. Sonreí, porque de verdad era perfecto.

 

-------------- Pendiente de actualización -------------