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PANDEMONIO

Crónicas Vampíricas

 

“Nosotros no cambiamos, sólo nos convertimos cada vez más en nosotros mismos…”

 

CAPÍTULO 1: Frío

El muchacho dejó suavemente la taza sobre la mesa. Su capuchino ya estaba frío. Todo estaba bastante frió. Subió el cuello de su abrigo y cruzó los brazos sobre la mesa. Sus mejillas, normalmente pálidas, estaban sonrosadas a causa del viento helado, mas no parecía importarle. Sus ojos, tristes, no se fijaban en nada más que el café. Parecía perdido y cansado, demasiado enjuto dentro de sus elegantes vestimentas. El frío de un otoño que se volvía rápidamente invierno parecía más de lo que su cuerpo aparentemente débil podría soportar.
En la acera opuesta, precisamente frente a él, dos hombres sentados frente a frente esperaban su pedido. El mayor parecía algo contrariado por la elegancia del lugar, por la suave música que los acariciaba, incluso por la luz de las velas que caía sobre su rostro y se reflejaba en la ventana junto a ellos. El más joven observaba al hombre sentado del otro lado de la calle a través del reluciente cristal. Sus cabellos, largos y castaños, estaban atados ordenadamente en la nuca con un lazo negro, y sus uñas largas parecían trozos de cristal. Su compañero comenzó a juguetear con la cera de una de las velas, dejándola caer sobre una servilleta.
- Estás muy callado, Daniel. ¿No te ha gustado? -. Pregunto reposadamente el joven, sin despegar sus almendrados ojos del muchacho de la acera opuesta y de su capuchino. El aludido alzó la vista en una llamarada violeta que se apagó inmediatamente. Verdaderamente lucía agotado.
- Lo que me gustaría es estar durmiendo en este preciso momento. ¿Es que no tienes compasión de mí? -. Hizo un gesto teatral hacia el joven, quien seguía sin dignarse a mirarlo. – Armand. Vámonos ya. He visto lo que querías, ¿Por qué no nos marchamos?
- No sé por qué tienes tanta prisa, querido. Sólo siéntelo, ¿Verdad qué es hermoso?
- ¡Has estado mirando al pianista durante toda la noche! -. Exclamó Daniel, herido. Se levantó dispuesto a abandonar el restaurante, cuando una delicada mano blanca lo detuvo con suavidad.
- No te vayas, Daniel. No seas niño -. El muchacho clavó por fin sus ojos en él. – Quédate a compartir esta velada conmigo -. Pidió. Daniel se mantuvo un instante en suspenso, sólo para volver a su asiento con un bufido de desagrado. ¿Por qué Armand siempre tenía que ganar? La comida fue servida muy pronto –Pato a la naranja para Daniel, acompañado de un excelente vino. Armand pidió cognac por el mero gusto de olerlo– y ambos permanecieron en silencio, mientras las velas se consumían pausadamente. En el café frente al teatro, el joven pianista pagó el café que no había tocado siquiera y, tres minutos después, un auto plateado se detuvo para recogerlo. Armand siguió el vehículo con la mirada.
- ¿Nos iremos ahora que tu querido se ha marchado? -. Preguntó el hombre con intención.
- Tú sabes bien quien es mi querido, Daniel -. Repuso el vampiro seriamente, sin parecer irritado.
- No seas tan sentimental -. Gruñó Daniel, algo mareado por el vino. Armand sonrió y apartó un mechón de cabello entrecano de los ojos de su compañero con el dorso de los dedos.
- Te pones insoportable cuando bebes -. El periodista no se molestó en agregar nada. Cuando terminó de cenar, Armand pidió la cuenta y pagó con un generoso fajo de billetes impecables. El hombre que atendía encontró una suculenta propina junto a una copa rebosante con el mejor cognac del restaurante.

En el interior del automóvil plateado, el chofer parecía tenso. No le gustaba el joven. Mejor dicho, no le gustaba que sus ojos permanecieran apagados todo el tiempo, y que fuera silencioso hasta el punto de obligarle a mirar por el espejo para cerciorarse de que permanecía en el asiento posterior. Deseó urgentemente un cigarrillo, pero no le parecía correcto fumar junto al joven. Decidió hablar, en parte para olvidar la imperiosa necesidad de nicotina, en parte para romper el espeso muro de hielo que lo separaba del hijo de su patrón.
- Buenas noches, señor.
- Buenas noches, Edmundo -. Pocas personas se molestaban en recordar que hasta el chofer es una persona con nombre y apellido. Le agradecía la cortesía al señorito. Fijó los ojos en el espejo, para ver como el reflejo del joven temblaba casi de frío.
- ¿Quiere que encienda la calefacción?
- Está bien. Muchas gracias -. Verdaderamente, no era sólo un joven adinerado. Además era bien educado.
- ¿Salió todo bien?
- ¿Perdón? -. El chico le dirigió una mirada algo menos distraída que de costumbre.
- Discúlpeme… Quiero decir, que si estuvo bien su presentación, señor Anmundsen.
- Muy bien, gracias -. Sin embargo, su educación podía resultar cortante. Pero no iba a darse por vencido tan fácilmente.
- ¿Tuvo que esperar mucho?
- No -. Respondió secamente el joven, sin alterar su voz suave. Tras un tenso segundo agregó. - Puedes llamarme Jostein si lo prefieres.
- Parecía aburrido, señor Jostein. Espero no haberme demorado mucho.
- No te demoraste, no te preocupes -. Con esto, Jostein Anmundsen dio por finalizada la conversación. El chofer le miró durante un segundo o dos por el rabillo del ojo. Volvía a necesitar los cigarrillos, y se maldijo por haberlos olvidado en su cuarto aquella mañana. Supuso que el joven no querría que se detuviera a comprar más. Sólo entonces, al inclinarse hacia la izquierda para mirar con mayor facilidad por el retrovisor, notó algo que debería haber advertido desde que recogiera a Jostein: Un taxi avanzaba un par de metros tras su parachoques y no parecía tener intención de adelantarse. En un comienzo le pareció una estupidez pensar que les seguían, mas cuando viró a la derecha para internarse en una perdida callejuela desierta, comprendió que la ruta del vehículo negro y amarillo no era en absoluto casual. Casi rió mientras se imaginaba a un espía con anteojos oscuros ordenando “siga ese auto” al asustado taxista, mas la sonrisa no alcanzó a dibujarse en sus labios. Verdaderamente, a su Jefe no iba a gustarle nada que alguien estuviera siguiendo a su hijito consentido. Pensar en la reprimenda que se iba a ganar si no resolvía rápidamente las cosas no era nada gracioso. Se volvió ligeramente para ver al muchacho, quien le devolvió una mirada ausente.
- Parece que me siguen -. Comentó solamente. Edmundo asintió.
- ¿Quiere que dé algunas vueltas para despistarlos?
- No te molestes.
- Pero… como usted diga -. Si algo sabía el hombre era que nada ganaría contrariando al chico. Podía ser todo lo distante, silencioso e irritante que se quisiera, pero era el único hijo del Jefe y su máximo tesoro. Nada debía molestarlo. Su desgracia ya era suficientemente grande como para aumentarla con palabras que le incomodaran. Aunque se controlaba psicológicamente todo el tiempo para no mirar las piernas del señorito Anmundsen, esta vez no pudo controlarlo. Muertas. O al menos eso parecían. Eran tan delgadas y débiles que hasta los zapatos parecían demasiado pesados para ellas, ni que decir el cuerpo de su dueño. Que descansaran inútiles como un par de estropajos en la silla de ruedas parecía lo más natural y coherente del mundo. A Edmundo no le gustaban nada esas piernas, ni le gustó que Jostein le descubriera observándolas. Desvió turbado la mirada, esperando un agrio comentario que murió antes de nacer en la garganta del chico. No debía fijarse más en ello, se dijo el hombre. Era imposible saber lo que pensaba el muchacho. Sin embargo, pronto ambos comenzaron a prestar atención nuevamente al automóvil que avanzaba justo detrás de ellos. El chofer dejó escapar un suspiro de alivio cuando vio los tejados de la mansión Anmundsen en la esquina de la calle. Presionó el único botón de un pequeño control remoto para abrir el portón eléctrico y se sintió aliviado cuando esté se cerró tras el auto, cerrando el paso a los desconocidos. El taxi se detuvo en la acera opuesta. Durante cerca de un minuto nadie se movió. Edmundo bajó del auto y abrió la puerta trasera –especialmente diseñada para el tamaño de la silla de ruedas– apartándose para que el chico descendiera.
- Señor Jostein…
- No te preocupes. No le diré nada a mi padre.
- Esto… gracias, señor -. El hombre acompañó al muchacho hasta el interior de la casa y ahí lo dejó perderse en uno de los amplios pasillos. Se sentía estúpido y servil. Se asomó a la ventana para ver hacia el exterior, pero el taxi ya había desaparecido. Verdaderamente era estúpido. Tendría que averiguar quién era el que los había seguido desde el teatro. Tenía que hacerlo, mas por el momento sólo deseaba olvidarse de eso y fumar un poco.
Jostein se dirigió hasta su amplia habitación y dejó el abrigo colgado al respaldo de una silla. Las paredes prolijamente empapeladas jamás habían acabado de gustarle, pero en ese momento no se detuvo siquiera a mirarlas. Ubicó la silla de ruedas –eléctrica, naturalmente– junto a su enorme y mullida cama, y se desplazó hasta ella con la ágil destreza que otorga la costumbre. La casa era demasiado grande para permanecer templada, y su piel pálida comenzó a enfriarse pronto. Palpó sus piernas delgadas bajo la elegante tela del pantalón y contuvo un suspiro. En algún momento de la noche, su garganta se había vuelto un enorme nudo imposible de alisar. Él sabía quienes eran los hombres del taxi. Lo había sabido aún antes de verlos por el pequeño espejo retrovisor. Eran los hombres que habían asistido a su presentación aquella noche. Creía haberlos distinguido en el fino restaurante ubicado frente al teatro, pero no había estado seguro. No había estado para nada seguro, hasta que apareció el taxi. Comprendió al instante que se trataba de ellos, aunque sólo logró divisarlos durante una milésima de segundo o cosa así, en el asiento trasero del automóvil negro y amarillo. El joven parecía ser de su edad, poco más o poco menos. El otro hombre era demasiado viejo para ser su amigo y demasiado joven para ser su padre, y su rostro le causaba a Jostein un sentimiento de extraño dolor. Conocía demasiado bien la expresión sombría de esos ojos cansados y algo enfermos. Pero no quería recordar. No quería nada de eso de regreso otra vez. Ya nunca más. Se lo había prometido a su padre, se lo había jurado a sí mismo. Ya nunca más.

Daniel, en tanto, dormía pesadamente bajo las sábanas inmaculadamente blancas. Se había rendido finalmente al firme abrazo de Armand, a sus caricias tiernas pero frías, a sus besos que eran como el suave aleteo de un gorrión. Se había sumido en aquel profundo sueño sin saber si había sido él o su amado quien había hablado por última vez. Armand estaba sentado en un suave sillón color damasco al otro lado de la habitación. Parecía un hermoso duendecillo contemplando la creación desde la seguridad de una flor recién abierta, sólo que la piel del duendecillo era demasiado dura y blanca. De pronto, una sensación de escozor en lo profundo de su pecho lo sobresaltó. En un comienzo no pudo identificar de qué se trataba. Por un instante pensó en hambre, pero enseguida descartó esa posibilidad: Se había alimentado abundantemente hacía sólo unas cinco horas. El escozor se expandió rápidamente al resto del cuerpo del vampiro, mientras su desconcierto crecía más y más con cada segundo que pasaba. No comprendía nada en absoluto. ¿Qué era aquello? Pasaron algunos segundos que fueron horas para Armand, hasta que finalmente una palabra apareció en su mente con la claridad del fuego en una noche sombría de invierno: Deseo. Era tan claro, que no comprendió cómo era posible haberse tardado tanto en descubrirlo. Era un deseo voraz. No es que lo hubiera olvidado, pensar eso hubiera sido errar totalmente. No había olvidado lo que era el deseo, porque lo experimentaba cada noche de su existencia con una intensidad que nadie adivinaría tras sus ojos serenos y sus bellos rasgos infantiles. Sin embargo, ahora se trataba de un deseo muy distinto. En ese momento no deseaba los ojos de Daniel, ni las manos de Daniel, ni el cuerpo de Daniel… Ni siquiera deseaba su sangre. Era sangre, sí, pero la de otra persona. No era tampoco la sangre de cualquier desconocido, sino de un desconocido… muy específico, por así decirlo. Deseaba con todas sus fuerzas saborear la sangre del joven pianista. Pero, ¿desear? No. Repentinamente, aquella palabra se había vuelto demasiado ligera. La anhelaba, la añoraba realmente… Y, en contra de la filosofía que lo había mantenido en pie durante siglos, sintió un terrible remordimiento. Fijó sus ojos de almendras en el hombre dormido plácidamente en la cama matrimonial, y le desesperó la idea de perderlo. No, no podía. No podía permitir aquello. No podía hacer una ridiculez tan grande como sería poner en riesgo el más poderoso lazo que lo unía con la era… Poner en riesgo la razón que tenía para levantarse cada noche.

 

CAPÍTULO 2: Se Parecía a los Vampiros de los Cuentos

El departamento era tan pequeño que podía oírse lo que ocurría en cada habitación sólo abriendo la puerta principal. Dante cerró rápidamente tras de sí y guardó el llavero en el bolsillo de su abrigo. El lugar estaba silencioso, o casi. Ulises, el perro callejero que había recogido hacía un par de años, dormía pesadamente frente a la puerta cerrada de la cocina, señal clara de que el gato había escapado otra vez. Además de la ronca respiración de su mascota, sólo se oía el lejano y metálico sonido de la televisión encendida en su cuarto. Cruzó el estrecho pasillo de tres zancadas y entró en su habitación. Era pequeña, con paredes pintadas color crema manchado por el tiempo, y dos camas con cubiertas azules. Una de ellas estaba estirada descuidadamente, con un par de almohadones y libros desordenados encima. Sobre la otra estaban dos chicos. La chica tenía unos diez u once años, el cabello largo y oscuro despeinado, la piel tostada y los ojos acaramelados. Vestía un polerón demasiado grande para ella y pantalones ajustados que cubrían casi la mitad de las pantuflas con forma de tigre. El muchacho tendría unos catorce años, mas sus facciones parecían demasiado dulces e infantiles para tal edad. Su cuerpo estaba enfundado en un pijama gris claro y tenía echado un delgado chaleco rojo sobre los hombros. Sostenía un control entre sus manos finas y sus cejas oscuras estaba fruncidas de concentración. Dante pasó rápidamente por delante del televisor para no desconcentrar al muchacho y dejó caer el abrigo pesadamente sobre su cama.
- Hola, ¿están solos? -. Preguntó por mera costumbre. Ambos respondieron mecánicamente al saludo.
- Sí -. Dijo el chico, sin despegar la vista de la batalla que se desarrollaba en la pantalla brillante. – La mamá salió a comprar hace rato.
- Y el papá está trabajando -. Agregó la niña. Dante la miró fríamente un instante.
- Tu papá -. Corrigió cortante.
- Sí sé -. Fue la irritada respuesta. El recién llegado se sentó sobre su colchón viejo y observó a los chicos durante unos minutos. Julieta era una niña linda, pero Darío era hermoso. Eran hermanos, o casi, pero muchas veces Dante no podía evitar quedarse embobado observándolo.
- Oye, ¿por qué está apagada la estufa?
- Se acabó el gas -. Respondió el muchacho con voz suave. – Pero ya llamé al papá para que compre más. – Esta vez el joven no dijo “tu papá”, sino que se limitó a asentir en silencio. Continuó viendo jugar a sus medio hermanos durante una media hora, hasta que oyeron el clásico crujido de la puerta abriéndose.
- ¡Ya llegué! -. Anunció una voz femenina. - ¿Están bien?
- Sí -. Contestaron a coro los dos menores.
- Yo también llegué -. Replicó Dante gravemente. La dueña de la voz asomó la cabeza por la puerta de la habitación cinco minutos después.
- Hola, niños -. Sonrió. - ¿Cómo te fue en el colegio, hija? Darío, tu gato se volvió a escapar. ¿Hace cuanto rato llegaste, Dante? -. Tras la charla de costumbre, luego de encontrar al pequeño Apolo en lo alto de un manzano, los cuatro se sentaron en torno a la mesa y comieron juntos unos insípidos porotos hervidos.
- No quiero más, permiso -. Susurró el joven. Su madre lo miró reprobadoramente.
- Siéntate, Dante. No seas cabro chico y comparte un poco con tu familia. ¿Qué te pasa? Andas raro y callado, siempre con esa cara deprimida.
- Mamá, hace rato que dejé de ser un cabro chico. Para con eso.
- No me importa si tienes veinte años, o cuarenta o sesenta, eres mi hijo, y mientras vivas conmigo vas a tener que aguantar que te pregunte todo lo que quiera -. Gruñó la mujer, cansada. Dante volvió a sentarse, mientras sus hermanos miraban en silencio.
- Mamá, ¿Puedo ir el viernes al teatro? -. Inquirió Darío, tras un silencio molesto.
- ¿Con quién, hijo? ¿Y con qué plata?
- Con Dante, mamá, es gratis -. Replicó el chico, metiendo la cuchara en su boca. La mujer miró a sus dos hijos alternadamente. Darío, muy pequeño y delgado para su edad y con un aire angelical, la observaba con esos grandes ojos dorados desde abajo del flequillo negro que caía sobre su frente, ocultando las cejas. Dante, en cambio, era bastante alto y fornido, y todos sus intentos por lucir como un vampiro habían tenido bastante éxito. Tenía veinte años, pero para su madre representaba veinticinco y se comportaba como un quinceañero. Sus ojos oscuros permanecían impasibles, fijos en los de ella. Esa mirada cruda no le gustó.
- ¿Dante?
- Dime.
- ¿Adónde piensas llevar a tu hermano?
- Ya te dijo que al teatro, mamá.
- Sí, pero, ¿a qué? -. Suspiró la mujer.
- A un concierto de piano.
- ¿Y por qué no van con la Julieta también?
- Tú sabes que a ella…
- Que fome, yo no quiero ir -. Interrumpió la chiquilla, dejando su vaso vacío sobre la mesa.
- Bueno, entonces vayan los dos -. Accedió por fin la madre. Cuando el silencio que siguió a estas palabras se había hecho demasiado grueso para permanecer así un segundo más, la puerta volvió a crujir, dejando paso esta vez a un hombre alto y desgarbado con una incipiente calvicie y un ridículo bigote castaño. Julieta se levantó inmediatamente de la mesa y corrió a abrazar a su padre. Él estampó un beso en la suave mejilla y luego saludó de igual manera a Darío. Estaba besando fugazmente los labios de su esposa cuando el hijo de ésta se levantó.
- Permiso -. Gruñó el joven entre dientes, retirándose rápidamente y cerrando la puerta de su habitación con una serenidad que impactó más a su familia que el más descomunal de los portazos. La mujer se quedó mirando la pintura descascarada de la puerta con gesto de desamparo.
- Todavía… -. Miró al hombre con ojos brillantes y deprimidos.
- Déjalo, Marina. No importa -. Sonrió forzadamente éste. La niña decidió retirarse también a su habitación, y Darío buscó en la cocina algo para alimentar a Apolo y Ulises. Tras esto, tuvo que armarse de valor y dar dos golpecitos a la puerta. El silencio que siguió lo abrumó un poco. Volvió a chocar sus nudillos contra la puerta y a esperar. Cuando comenzaba a golpear por tercera vez, la voz de Dante le interrumpió:
- Es tu pieza también, así que pasa -. Trató de suavizar la voz, aparentemente sin conseguirlo, por la expresión que tenía el chico al entrar. Fijó su pesada mirada castaña en él y su rostro duro se relajó. Darío pareció notarlo con cierta turbación, que intentó ocultar tras una sonrisa suave e inteligente. Dante estaba tendido boca abajo sobre su colcha azulada, estudiando una hoja de papel medio arrugada. Sostenía un lápiz mordisqueado en su mano izquierda y masticaba chicle con pocas ganas. El chico se dirigió al rincón detrás de la puerta donde estaba tirada su mochila, con todos los cuadernos y libros saliendo de ella y tapizando una parte del suelo. Volvió a guardarlos dentro mientras preguntaba:
- ¿Qué haces?
- Un PNJ… para mañana -. Respondió Dante entrecortadamente, distraído ennegreciendo círculos en el papel. Darío soltó un lacónico “ah” y luego ajustó el despertador para la mañana siguiente. Se quitó el polerón rojo, tiró de las mantas y se acurrucó en la cama como un polluelo helado en su nido. Cuando su respiración se volvió suavemente rítmica, tan leve como si fuera de suspiros tiernos, Dante se levantó de su lecho y se acercó al de Darío. Su belleza era sobrecogedora. El joven extendió su mano para acariciar los suaves mechones oscuros que caían descuidados sobre el rostro. El chico se movió un poco entre sueños, suspirando.
- ¿Por qué tan bello? Tus ojos dulces son perversos, tu cálida hermosura más cruel que nada, que todo… -. Dante repitió las palabras que él mismo había escrito como parte de su nuevo guión. Aquella sensación sobrecogedora le abrumaba. – Si pudiera ser ciego un solo día, ¡te mataría, lo juro! Así no volvería a ver tus labios prohibidos -. Susurró, rozando la piel tostada. Luego se volteó bruscamente, dándole la espalda al pequeño dormido. Viejo de mierda, pensó, tenías que cagarme la existencia.


 

Dante cerró el libro y lo envolvió en una bolsa plástica antes de meterlo bajo la cama. El juego estaba listo para la noche. El profesor del único ramo que tocaba ese día había avisado que faltaría, por lo cual el joven había tenido toda la tarde libre. Ahora no tenía nada que hacer más que mirarse el ombligo durante unas horas. Bostezó. Podría jugar Play un rato. Quemar las horas. Estaba arrodillado frente a la cómoda, escogiendo un juego, cuando oyó unos golpecitos en la puerta.
- Pasa.
- Hola, hijo. Ya llegué.
- Hola… -. Respondió, sin levantar siquiera la vista. Su madre se apoyó cansadamente contra el marco de la puerta.
- ¿Puedes ir a buscar a tu hermano, Dante?
- ¿Dónde está?
- En ese taller de arte al que quería entrar, ¿te acuerdas? Queda como a dos cuadras de su colegio, pero ya está oscuro y me da miedo que se vuelva solo.
- Bueno, voy -. Dijo el joven, levantándose. Buscó su abrigo, las llaves y algunas monedas. Más tiempo a solas con Darío. Tanto anhelo y tanto miedo. Miedo a desearlo demasiado, miedo a perder el control.
El viaje era lento y aburrido. Aún en una ciudad bastante diversa como era Santiago, seguía atrayendo las miradas por su vestimenta, su cabello, todo lo que llevaba encima. Dante se parecía a los vampiros de los cuentos. El rostro blanco y el cabello negro, un largo abrigo que se confundía con la noche, además de su fría y aguzada mirada castaña. Daba miedo, le habían dicho un día, y lo estaba comprobando. El asiento junto a él estaba vacío, aunque había personas de pie en la micro. Seguramente se había salvado varias veces de ser asaltado gracias a su aspecto amenazador. Bajó del vehículo calmadamente.
- Chao, gracias -. Le dijo al chofer, quien le respondió con una mirada de sorpresa. Sí, soy un ser humano también, viejo. Afuera, las nubes negras se acariciaban cariñosamente, preparando un aguacero. Dante apretó el paso para no hacer esperar a su medio hermano. Descubrió el lugar fácilmente, pues su estilo renacentista destacaba demasiado llamativamente contra las derruidas construcciones de mal gusto que había a su alrededor. Entró y la calefacción le tomó por sorpresa. No había nadie. En lugar de los tubos fluorescentes que esperaba encontrar iluminando el pequeño y acogedor salón, había algunos candelabros con ampolletas en forma de velas colgados aquí y allá. Esperó un par de minutos y aún no consiguió percibir la presencia de nadie. Comenzaba a sentirse nervioso. Se dejó caer tiesamente sobre un sillón y esperó. Tras un rato que le pareció excesivamente largo, pudo oír unos pasos suaves en el pasillo. Se levantó, esperando ver fluir por el pasillo multitud de pequeños aspirantes a artistas, pero todo lo que vio que un hombre alto y rubio de rostro agradable.
- Buenas noches -. Saludó el recién llegado, sonriendo cordial. Dante le clavó los ojos de forma no demasiado amable.
- Buenas… Vengo a buscar a Darío -. Gruñó.
- ¿Eres su hermano?
- Sí… -. Dante se preguntó si el chico había hablado de él en ese lugar, pues no se parecían demasiado. Dante tenía los rasgos de su padre y Darío los de la madre de ambos. – Dante -. Dijo al fin, alargando la mano. El otro se la estrechó. El muchacho se estremeció ante la increíble suavidad de la piel.
- Marius, mucho gusto. Soy el profesor de Darío. Pasa, por favor, él está en el taller -. Dijo el hombre con voz profunda y armoniosa. Dante lo siguió con una mirada de desconfianza. Atravesaron el pasillo hasta llegar a la última puerta, que era de delicada madera tallada y se encontraba cerrada. Marius golpeó suavemente con los nudillos.
- Adelante -. Escucharon la voz de Darío desde fuera, tan clara como si no hubiese ninguna puerta allí. El joven se sorprendió. ¿Por qué usaba ese tono tan familiar con un extraño? ¿Por qué no reservaba sus ecos más tiernos sólo para él? El profesor abrió la puerta, ingresando en la habitación. En un comienzo, a Dante le pareció que el taller estaba vacío. Esta vez no eran lámparas, sino multitud de velas rodeando la habitación las que proporcionaban una luz danzarina y amarillenta. Recorriendo con la vista rápidamente, se encontró con un pequeño y dulce muchacho dando pinceladas sobre un modesto lienzo en el fondo de la habitación. El silencio que entró con ellos por la puerta era suave y armonioso. Parecía que nada podía dejar de serlo dentro de aquellas paredes. Darío se volvió, extrañado, hacia la puerta.
- ¡Dante! ¿Qué haces aquí? -. Detuvo el pincel. Tenía una mancha roja en la mejilla y otra de color marrón verdoso sobre la nariz. Sus ojos brillaban tanto como las delicadas velas que volvían dorada su piel.
- Te vine a buscar, ¿no pensabas volverte?
- Sí, pero… -. El muchacho bajó la vista en silencio. Su hermano le sonrió sutilmente.
- Bueno, no importa. Vámonos, que la mamá ya debe estar preocupada.
- Ok -. Darío dejó el pincel en un tarro junto al atril y se volvió hacia su maestro. – Yo… bueno… creo que volveré el lunes.
- Está bien, Darío -. Sonrió Marius. El joven le lanzó una mirada furibunda. Cuidado con la calidez de tu voz, que le estás hablando a mi niño, dijeron sus ojos, pero sus labios se quedaron quietos. El pequeño se envolvió con su chaquea y su bufanda y luego los tres salieron y cruzaron el pasillo. El profesor los despidió en la puerta de entrada.
- Ha sido un placer conocerte, Dante. Nos veremos el lunes, Darío. Vayan rápido, pues parece que va a llover. Buenas noches.
- Buenas noches -. Sonrió el chico. Dante no dijo nada. Al salir, el frío castigó la escasa piel descubierta de sus rostros y manos. Caminaron en silencio rumbo a un paradero. Nunca se hablaban mucho. Darío notó la expresión en el rostro de su hermano, aún más ceñuda que de costumbre.
- ¿Pasó algo malo? -. Inquirió preocupado. Dante volvió hacia él sus ojos marrones. ¡Ah, que belleza tan perfecta! Puso su mano sobre el hombro del muchacho.
- No, nada, ¿por?
- Porque tienes cara de querer matar a alguien -. Dijo, arreglándose la bufanda. El joven rió.
- No pasa nada… Ahí viene la micro, sube rápido -. Trepó tras el pequeño, pagó y luego se abrió paso entre la ahogante multitud ayudado por sus fuertes hombros. Le dejó a Darío el asiento que quedó libre ante ellos y se paró al lado, protector, mirando hacia todos lados como un perro guardián. Llegaron pronto, pues el tráfico había disminuido. Cuando descendieron, llovía ya, y tropezaron con el travieso gato medio ahogado en un macetero a la entrada del edificio.
- ¡Apolo! -. Regañó dulcemente Darío, levantando al asustado animalito. – Deja de escaparte, tonto, que tampoco es tan malo vivir con nosotros -. Le sonrió y lo metió bajo su chaqueta. Subieron las escaleras a paso rápido, deseosos de llegar a la calidez del departamento.
- ¿Vamos a ir mañana, Dante? -. Jadeó el chico, mientras subían. El aludido sintió miedo; no, no podría mirarlo ahora. Lo deseaba tanto.
- Claro, tienes que apurarte después del colegio, te voy a pasar a buscar a las 4 a la casa, así que tienes que estar listo, ¿ya?
- Vale -. Sonrió Darío. Departamento 506. Dante abrió rápido, dejando pasar primero a su hermano. Éste desapareció enseguida en el baño, buscando una toalla para cobijar al gato. Felicitaciones, Dante, lo hiciste. Mejor dicho, no hiciste nada, que para el caso viene a ser lo mismo.
- Se demoraron harto -. Suspiró Marina, recalentando algo de comer para sus hijos. – Vino Javier, te está esperando en tu pieza.
- Ok -. Fue la cortante respuesta. Dante colgó el abrigo húmedo en el respaldo de una silla y comenzó a cruzar el pasillo. Ahí estaba él, sentado en su cama, viendo como Julieta jugaba Marvel vs. Capcom. Parecía divertido.
- Hola. Disculpa la demora, fui a buscar a mi hermano chico -. Besó su huesuda mejilla. Javier era su mejor amigo. Y su pareja. O algo así. Su madre y Darío se lo habían tomado muy bien. A Ronaldo, su padrastro, le había resultado más difícil, pero aquello le traía sin cuidado. Supuestamente Julieta no lo sabía, al menos nadie se había sentado con ella a decirle que su hermanastro era homosexual, pero no era tonta. Javier le devolvió recatadamente el beso, sin ganas de dar un espectáculo frente a la niñita.
- Ya deben estar todos en la casa de Carlos, vámonos rápido.
- Bueno -. Respondió, mientras se agachaba para sacar el libro de debajo de la cama y lo guardaba en su bolso. – Chao, Julieta.
- Chao -. Balbuceó ésta, demasiado ocupada con el juego. Dante y Javier se abrigaron y salieron, gritando una despedida.
- ¿Adónde era que ibas, hijo?
- A jugar rol -. Cerró la puerta. En cuanto hubo soltado el pomo, su amigo lo abrazó fuertemente por detrás.
- Podrías haberme llamado -. Susurró, mordisqueando su oreja. Bajó las manos por el pecho del joven, por su abdomen, hasta alcanzar su sexo.
- Ahora no, Javier, cuando volvamos -. Lo apartó Dante. Así no se podía. No sabiendo que tan cerca, a sólo una puerta de distancia, estaba su pasión en el cuerpo de un chico de 14 años. No pensando que la piel suave del hombre rubio que había conocido hacía un rato le había producido un escalofrío.


CAPÍTULO 3: Pandemonio, el Génesis

Armand terminó de enjuagar el cuerpo de Daniel y su cabello ceniciento, le besó el rostro sutilmente, comenzó a secar con infinita paciencia cada centímetro de su piel. El joven cerró los ojos. Dios, como le gustaba aquello. Pensó que bien podría pasarse toda la vida así desnudo, quieto, sintiendo como las manos del vampiro lo acariciaban en silencio. Pero no era verdad, tuvo que admitir. Aquello lo habría matado.
“Siempre tienes que ser tan extremo, amor.” Armand, impasible, continuaba secando su piel cansada. El hombre no respondió. Tan bello. Todos aquellos años no habían hecho sino avivar el deseo en Daniel, la estupefacción que sentía una y otra vez al posar los ojos sobre su inmortal amante, aún después de tantas noches. No se cansaría nunca, se dijo, y esta vez no corrigió sus pensamientos. El ángel lo vestía, el ángel lo peinaba, el ángel le ponía un perfume caro y mencionaba –sin abrir los labios, siempre dentro de su cabeza– algo alusivo a lo guapo que estaba. Tomaba su mano y lo guiaba fuera de la habitación, fuera del hotel. Sólo entonces se percató el periodista de que algo, algo insignificantemente familiar, faltaba aquella noche. ¿Adónde se dirigían? ¿Acaso Armand había olvidado su eterna costumbre de presentarle rápida, animadamente, el itinerario de la noche?
- ¿Adónde me estás llevando, Armand? -. Ambos subieron al automóvil negro en el cual aguardaba el chofer, que saludó educadamente. El vampiro dejó pasar a su pareja en primer lugar y luego se instaló en el mullido asiento de cuero blanco, cerrando la puerta con fantasmal suavidad. Callaba. – Respóndeme -. Un silencio que se olía. El joven de lustrosos cabellos –ahora cortos y echados hacia atrás de las orejas– tenía un rostro pétreo, imperturbable.
“Vamos a oír un poco de buena música.”
- ¿Y tanto te costaba decirme eso…? -. Daniel comprendió todo cuando acababa de terminar la pregunta. - ¡Armand, piensas ir con el pianista otra vez! -. Bramó airado. El aludido lo miró sereno, tal vez con un leve destello de dulzura en sus ojos pardos.
“Así es, ¿por qué no? Es hermoso. ¿No quieres tomarlo? Hace mucho que no me preocupo de buscarte una distracción, querido mío. He sido negligente.”
- Maldito seas, antes preferiría coger a una rata de las cloacas.
“Ah, Daniel, verdaderamente no te comprendo. Es bello. Te gustan los jóvenes bellos. ¿Por qué no lo quieres?” La simple claridad de sus palabras irritaba cada vez más al hombre. Una furiosa estocada violeta de sus pupilas, directo al rostro de Armand.
- Eres un maldito monstruo obsceno, morboso. Sólo quieres que haga un nuevo espectáculo para ti, voyerista de mierda -. La voz de Daniel sonaba ponzoñosa, con un timbre iracundo que no conseguía ocultar del todo su dolor. Armand lo miró sorprendido, con la expresión de un joven adolescente. Finalmente, se recuperó suficiente para decir en voz alta:
- Estúpido -. Besó al hombre en los labios brevemente, conciliador, aunque aún con la impresión pintada en sus ojos eternos, en sus labios. – No comprendes nada.


 

Era un pequeño escarabajo blanco. Javier manejaba fumando, con las ventanas cerradas para evitar el frío viento de fines de Junio. Tenía 21 años, aunque lucía menor. Era de baja estatura y complexión delgada, quizá demasiado. Los ojos tenían el color y la forma de las almendras y su cabello era marrón, oscuro como una noche en el bosque, tomado en una colita ridícula detrás de la nuca. Llevaba unos jeans despintados y largo abrigo pardo. Se esforzaba por distinguir la señalización de la calle a través de sus sucios anteojos de marco negro, grueso. Dante, de copiloto, tenía cruzados los brazos sobre el pecho y una expresión pétrea en su rostro. Estaba envuelto en su típico abrigo negro, con el cuello de una camisa blanca asomando un poco. En el asiento trasero, Darío se frotaba las manos para darles calor, soplaba sobre ellas. Llevaba un viejo chaleco rojo que había heredado de su hermano. El flequillo le hacía cosquillas a un par de suaves pecas sobre su nariz helada.
- Sube los pies al asiento no más, Darío -. Sugirió Javier, sin mirarle.
- ¿Por qué?
- Porque el piso del auto está helado -. Fue la respuesta. El chico obedeció, quedando ovillado sobre el asiento. Dante lo miraba por el retrovisor. ¡Aquello no era justo! Darío no tenía derecho a hacerle aquello. ¿Por qué se permitía ser tan bello, tan suave y encantador? ¿Qué le otorgaba el derecho a tener unas mejillas sonrojadas como besos y ojos de oro dulce y expresión quebradizamente inocente? Se obligó a apartar la vista del espejo y volverla hacia su izquierda. Javier encendía otro cigarrillo, descuidando el volante.
- ¿Quieres uno? -. Los fósforos húmedos no querían prender. El joven negó con la cabeza en silencio. Almendras contra castañas… ¿Qué era todo eso? Nada más que un engaño. Buscar el rostro de Darío en el hombre junto a él, buscar los besos de Darío en sus besos, el cuerpo de Darío en su cuerpo. Todo era una vil mentira de la que Dante no quería percatarse. Oh, no, aquello era demasiado cruel. Javier lo amaba. Sí, Javier…
- Javier…
- ¿Qué pasa? -. Frenó en una luz roja, volteando su rostro al joven copiloto. Éste lo tomó de la barbilla y lo besó rápida y profundamente. El pequeño miraba por la ventana, incómodo. Una chica mendiga besándose con un malabarista en el borde de la cuneta, revolcándose sobre el pasto húmedo. También yo quiero, pensó Darío. La atmósfera del vehículo era incómoda. Demasiado humo y encierro, demasiadas mentiras tapadas con tierra. Fue una bendición cuando apareció un arrugado hombrecillo con el clásico “Dele, dele, patrón”, dejándolos instalados en un estacionamiento minúsculo donde sólo cabía un auto enano como el suyo. Se dirigieron hacia el teatro, tropezando aquí y allá con pozas de silencio y de lluvia vieja. Los vendedores ambulantes los acosaban insistentemente, pero milagrosamente consiguieron llegar indemnes al suntuoso portal. Darío se quedó pasmado.
- ¿Te gusta? -. Inquirió Dante con una sonrisa breve. El chico asintió, los ojos perlados, los labios entreabiertos. Su preciosa impresión, ¿acaso no valía la pena el dolor, el amor secreto, el deseo contenido? Cualquier precio sería demasiado escaso por ver la radiante felicidad de Darío. ¿Podía él pedir más que eso? La felicidad de su pequeño adorado…
- Mejor entremos, que ya debe estar lleno. Dicen que este tipo es seco -. La voz de Javier quebró el hechizo sin misericordia alguna. Asentimientos pesados. Pasos gruesos. Permiso, permiso, por favor. Disculpe, permiso. Los peores asientos, pero, ¿qué iban a hacerle? Era aquello lo máximo que se podían permitir. Dante había pagado en secreto por Darío para no preocupar a su madre. Quería llevarlo. Los dos solos, sí, con Javier, solos. Sus butacas estaban atrás y a ras de suelo, lo cual disminuía notablemente la probabilidad de ver algo. Al menos podrían escuchar, se consoló el joven moreno. Se sentó entre su amor y su no-amor, cansado de todo aquello. Que disfruten la velada, queridos míos.


 

El hombre acariciaba a la sedosa gata persa echada sobre sus rodillas. Aplastó el cigarrillo recién encendido contra el cenicero. Lo retorció mientras hablaba.
- ‘Realmente lamento no poder asistir, hijo, pero ya sabes lo importante que es esta reunión. ¿Tocarás para mí cuando tenga tiempo de oírte, verdad?’
- ‘Por supuesto, padre’ -. El muchacho se arregló concentradamente la corbata.
- ‘Jostein…’
- ‘Discúlpame, padre, pero me parece que ya se hace tarde’ -. Interrumpió el aludido educadamente. El hombre asintió apesadumbrado. Ah, hijo, perdóname. No he podido protegerte.
- ‘Tienes razón. Entonces ve, y que tengas suerte.’
- ‘Gracias, padre. Buenas noches’ -. Presionó algunos botones en su silla para ponerse en movimiento rumbo a la puerta principal. El auto plateado le esperaba fuera. Subió usando el bien conocido mecanismo que se apoderaba de la silla de ruedas para ponerla dentro del vehículo, se arregló el cabello en un gesto rápido con el dorso de la mano.
- Buenas noches, señor.
- Buenas noches -. Fue todo. No quería hacer vida social, hoy no. Haz tu trabajo y déjame en paz, ordenó la fría mirada verdosa, deteniendo el ademán de Edmundo. El auto arrancó. Jostein se miraba las manos desmayadas sobre sus rodillas, los largos y huesudos dedos, las uñas quebradizas. Las odiaba. Y odiaba el piano y la música. Por eso iba a su concierto de piano, listo para embelesar al público con música de dioses. Que repugnante era todo ello. Tenía una pasión muerta que a todos fascinaba. ¿Es que no sentían el hedor putrefacto de las teclas al ser pulsadas? ¿No oían los cadáveres de sus melodías? No, se dijo. Eran ciegos. Él era el único capaz de entender la putrefacción de su “arte”, lo corrosivo de los aplausos. Esta noche, otra vez, llovería ponzoña dorada.


 

Sus dedos rojos golpeteaban la barandilla del palco como una deliciosa lluvia de sangre. Respiraba. No es que le hiciera falta. Simplemente quería sentir a los cálidos mortales abarrotando la platea bajo él, a aquellos que se ocultaban muy perfumados tras las cortinas de terciopelo rojo. Terciopelo rojo, como sus guantes y su chaleco anticuado. La camisa gris, los pantalones grises, la levita gris. Se había dejado el cabello largo aquella noche, que le acariciara los hombros de forma sensual, que le recordara los tiempos antiguos. ¡Oh, pero todo era tan joven! La gente educada que ocultaba su vileza bajo una corbata cara o un poco –nunca demasiado, aquello no era elegante– de maquillaje exclusivo. El telón majestuoso, los asientos delicados. Todo aquello exhalaba una frívola vanidad que deleitaba a Marius. La tibieza de la masa humana lo arrullaba… Súbitamente, vislumbró una angélica figura cerca de la entrada, recorriendo elegante y ceremoniosamente las escaleras, en dirección a los palcos. Marius se sobresaltó. ¿Cómo era posible…? Pero no cabía ninguna duda, ¡no podría! Conocía aquel cuerpo perfecto y aquella máscara juvenil y aquella mirada sedosa mejor que nadie en el mundo. No podía equivocarse. ¡Era él! ¡El ángel de mármol y cobre! ¡El bello asesino! Era su hijo de los siglos. Se levantó y con aquella velocidad que sólo los miembros inmortales poseían, recorrió todo el trecho que le distanciaba de su amado. ¡Su amado! Dejó que le adelantara sin fijarse siquiera en su presencia. Vio al enfurecido hombre que le acompañaba. Que cuadro más bello. El ángel y su esclavo. El ángel y su amo. El ángel y el hombre alcanzando el final de las escaleras, llegando a las cortinas carmines. Era el momento. Se aproximó con pasos levísimos, sin un sonido. No había más espectadores que las cortinas. Quiso decir algo maravilloso, algo que pusiera en sus manos el corazón de su querido… ¡y no había nada! Por fin, todas sus pretensiones murieron y se volvieron cenizas. Estaba desnudo bajo la camisa y el chaleco y el pantalón.
- Amadeo… mi Amadeo -. Armand se volvió violentamente, incrédulo. ¿Cómo era posible que no hubiera sentido aquella presencia tras él? ¿Cómo…? Calla. Los brazos lo rodearon. Los labios lo besaron. Los ojos lo bebieron con pasión. ¡Estaban allí! ¡Ambos! ¡Juntos! Armand se entregó en confiado silencio a las caricias de Marius, a sus miradas iluminadas. Estaban allí, ambos, juntos. El más joven deseó de pronto sus largos cabellos ondulados para cubrir a su maestro. ¿Por qué los había cortado? No importaba. Besos y abrazos llenos de calidez en cuerpos fríos, vida en la muerte. Mentes en silencio, y ya no más palabras. Marius rodeó el cuerpo de Armand con un brazo, éste tomó la mano de un anonadado Daniel. ¡Ni siquiera se había puesto furioso! Ese encuentro le había parecido algo demasiado hermoso, sagrado. ¿Qué derecho tenía a interrumpirlo con bastas emociones humanas? Se sentía afortunado por haber sido espectador. ¡Oh, Armand era tan bello! No se olvidaba de él. Sin palabras, se dejó guiar por el querubín y el arcángel. ¡El paraíso estaba tras aquellas cortinas de terciopelo! Se sentaron juntos en el palco, Armand entre ambos, Armand tan amado. ¡Armand tan feliz! Y los otros dos también dichosos.
- ¿No me presentarás a tu hermoso compañero, Amadeo?
- Él es Daniel, mi amado.
- Tu amado… -. Marius sintió una deliciosa amargura al pronunciar estas palabras.
- Daniel, Marius es mi maestro -. No dijo “querido” ni “amado maestro” para no redundar ni incomodar al hombre, pero todos lo sabían. Aquello era hermoso. Hermoso todo.
El telón se recogió para enseñar un gran, hermoso piano de cola cuya madera oscura refulgía bajo las luces. Silencio inmediato. Una silla de ruedas surgió de alguna parte, cargando a un escuálido joven de mirada ausente. Ojos perdidos. Aliento contenido. Daniel, reavivada su ira, fulminó al músico con la vista, que luego dirigió lentamente hacia su amado. Armand contemplaba al joven mortal con el rostro serio, descompuesto casi, la mirada fija. Entonces Jostein se ubicó ante la infernal sonrisa del piano y saludó a los espectadores con una muy breve inclinación de cabeza. Los dedos, huesos, muertos sobre las teclas en su ubicación habitual. Los rasgos finos no demostraban ninguna impresión. Bien podría haberse tratado de un muñeco con manos agonizantes. Él y sus manos, adelante. La primera nota escapó del elegante instrumento como el canto invernal de un viento frío, húmedo y asesino. Bello para ser oído, mas, ¡que horror sentirlo! Mejor era dejar tan cruel tarea al pianista. Que él se ensuciara las manos, el público pagaba por una noche de ingenuo placer. Todo muy bien controlado. Esta nota y esta otra, que esta tecla grite de dolor por detrás de la melodía principal. ¿Cómo, es demasiado violento para ustedes? Entonces algo más suave. Aquí, la música que se oculta tras el silencio en las praderas cubiertas de flores, ovejas y pastorcillos. ¿Ya se aburren? Pues entonces, el canto de un demonio torturado. El demonio de los tres cuernos, la cruel maldición. Dientes de león enormes como árboles devorando el peladero. Más y más tiempo, más y más música fríamente calculada que emocionaba a los asistentes. Como una tormenta de truenos y relámpagos, el concierto llegó a su fin repentina, inesperadamente, dando paso a la lluvia de aplausos. Daniel se mordía los labios en desesperado torrente de emociones. ¿Por qué ese muchacho? Que la música surgiera de un cadáver sentado y aromático no era natural.
“Que despectivo, querido”.
- ¿Te ha dolido por ti, o por el idiota ese? -. Ladró.
- Por Jostein, por supuesto, ¿o es que acaso intentabas ofenderme?
- ¿¡Jostein?!
- Ése es su nombre.
- ¡Maldito seas! -. Bramó el hombre, girando para marcharse de allí. Una voz suave, rica y profunda le detuvo.
- Discúlpame… ¿Daniel? ¿Puedo llamarte así?
- Ése es mi nombre -. Gruñó, remedando a Armand.
- De acuerdo -. Sonrió Marius. – Discúlpame, pero pienso que sería mejor que bajáramos juntos, ¿no les parece?
- Perfecto -. El vampiro rubio se adelantó, guiando la comitiva. Tras él iba Daniel, y Armand en la retaguardia con su usual paso tranquilo, que exhalaba dignidad. Atravesaban el pasillo cuando Marius se detuvo de pronto. El periodista casi se estrelló contra su espalda amplia. Armand se detuvo ceremoniosamente, aprovechando el momento para posar sus manos en la cintura de Daniel.
“Mi amor…”
- Ándate a la mierda -. Le lanzó una mirada despectiva. Marius entonces se introdujo entre las filas de los asientos de la platea, pidiendo permiso educadamente a las personas que se retiraban. Ojos siguiéndolo en la distancia. Se detuvo frente a tres jóvenes que recogían sus pertenencias para marcharse. Daniel los vio hablando. Armand además los escuchó.
- Buenas noches. Que sorpresa encontrarles aquí.
- ¡Marius! -. Exclamó el más pequeño, reluciente. Su belleza arrebatadora casi alcanzaba la de Armand, aunque era tan… humano, que no podía establecerse una comparación real. Darío, leyó el vampiro moreno en su mente. Dante, el más alto y ceñudo, vestido de oscuro. Javier, el otro joven, que parecía perplejo y algo incómodo. Marius le estrechó la mano al chico, y luego a los otros dos.
- ¿Cómo estás, Dante?
- Bien, gracias -. Forzó éste. Su hermano presentó a Javier y Marius alegremente.
- Ha sido un placer saludarlos, espero que nos veamos pronto…
- ¡Espera! -. Exclamó Darío, sonrojándose enseguida. – Yo… digo… ¿te vas ya, Marius?
- Oh, es que no quiero incomodaros. Además me están esperando.
- ¿Podemos salir juntos?
- Por supuesto -. Una sonrisa cordial, los colmillos bien ocultos. El grupo caminando hacia el pasillo. Más presentaciones y miradas de desconfianza. El muchacho, Dante, cumplía muy bien con su interpretación de un vampiro, pensó el periodista. Tenía la mirada profunda de ellos. Sin embargo le faltaba mucha de su elegancia y salvajismo, su pasión… era vivo y no lo era. Daniel le dedicó una sonrisa que el afectado no correspondió.
- Discúlpenme un segundo -. Rogó Armand muy educadamente, con su voz que acariciaba con terciopelo. Antes de recibir alguna respuesta, ya se había perdido tras el telón, en busca del joven pianista. Su aguzada percepción lo halló prontamente, solo, abrigándose para salir a la congestionada noche santiaguina. Armand sacó de su bolsillo alto la rosa roja que llevaba y una pequeña tarjeta de papel duro. Carraspeó tras la espalda del muchacho para llamar su atención.
- ¿Eh?… -. Jostein se volteó rápidamente, reconociendo de inmediato el rostro angélico. - ¡Tú!
- Yo -. Respondió Armand en su sedoso susurro, entregándole ambos objetos. Luego desapareció como una sombra llevada por un rayo lunar. La silla voló casi hasta el borde del telón, desde donde el joven pudo contemplar una curiosa comitiva que abandonaba el teatro. Al frente, riendo de puro gozo, un hombre alto y majestuoso acompañado por un chico bellísimo. Dos jóvenes tras ellos: uno con expresión siniestra y el otro lleno de intriga. Por último, aquel inhumano perseguidor. ¿Cómo había alcanzado al grupo con tal celeridad? Se preguntaba aquello cuando una mirada violeta cargada de odio le hirió de un mordisco. Era el hombre aquel, el compañero del ángel, el hombre cuyos ojos no quería ver nunca más.
- ‘¿Qué sucede, Jostein?’ -. Preguntó Albert, quien había sido su profesor de piano durante larguísimos años.
- ‘Nada’ -. Mintió el joven. Se apartó un mechón pajizo de la frente y sólo entonces recordó la nota en sus manos. Leyó la elegante y ornamentada caligrafía violeta. “Ha sido maravilloso. Y podría serlo más. Armand.”
- ‘¿Te ha dado eso un admirador?’
- ‘Eh… algo así.’
- ‘Ten cuidado’ -. Advirtió Albert, como a la ligera. – ‘Algunos son verdaderos psicópatas. A John Lenon lo mató uno de esos, ¿sabes?’

CAPÍTULO 4

Ni toda la sobrenatural perfección de su arte podía capturar fielmente la belleza del pequeño. El aura dorada de las velas besaba la piel de Darío con tierna calidez, matizando con un deje de vitalidad su palidez invernal. Marius, una estatua con la mano en movimiento. La mano y los ojos de cobalto que danzaban entre el muchacho y el lienzo eran los únicos que perturbaban el durmiente aire del salón. El pequeño, envuelto en una capa de terciopelo negro, tenía fija su mirada de miel en algún punto muerto de la habitación. Si no temblaba a causa del frío, se debía exclusivamente a las visitas que le hacían las pupilas del vampiro, que hacían palpitar musicalmente su corazón.
- Quieto, pequeño -. Rogó Marius, deteniendo durante un instante el pincel.
- Estoy quieto -. Aseguró Darío. El hombre le observó con ternura. Adivinaba la calidez de aquella piel joven, deseaba embriagarse con sus virginales labios. Necesitaba a aquél que por ser tan perfectamente humano no podía llamar ángel.
- Más quieto, entonces -. El pincel se bañó en el óleo de un color que no llegaba a ser tan hermoso como la piel del chiquillo, y Marius regresó a su tarea. En silencio, tan inmóvil como todos sus latidos y picores mortales se lo permitían, Darío a momentos se atrevía a girar los ojos –nunca el resto del rostro, pues podría arruinar la obra de su maestro– hacia el vampiro. Se sonrojaba entonces infantil, casi femeninamente, e intentaba concentrar su atención en ser modelo. Ya no jovencito, ya no hijo ni amante, sino sencillamente modelo. Pero la carne, débil, jamás soportaba demasiado, y Marius lo sabía bien… oh, sí, demasiado bien. Se detuvo y, tras una última mirada de artista a inspiración, dejó el pincel dentro del jarrón de greda que había comprado a una viejecita en su último viaje al sur del país y permitió que la sonriente paleta descansara sobre la mesita lateral.
- ¿Ya? -. Inquirió Darío, aún inmóvil.
- Ya, mi niño -. Sonreír y acariciar su mejilla de porcelana en primavera. Luego, el chico dejando caer tímidamente su manta negra para vestirse con aquella camisa gastada de estudios, amarrarse la corbata de colegio subvencionado. Marius se sentó en el sillón junto a él, observándole –el artista se escapó por la ventana, y se fue volando a Viena en una ráfaga de smog– con ojos de amante. El pequeño alzó la vista al descubrir su mirada, sonrojándose mientras terminaba de abrochar sus pantalones grises.
- ¿Qu… qué pasa? -. Inquirió con infantil nerviosismo.
- Nada, querido mío.
- ¿Por qué me miras así?
- Porque eres mi musa inspiradora. Tengo forzosamente que mirarte -. Un susurro amoroso, una mano blanca y abandonarse en aquellos brazos fuertes, duros y fríos, protectoramente viejos y temiblemente jóvenes.
- Las musas son mujeres -. Se quejó Darío, pegando su rostro al pecho de Marius con un ademán de cachorrito juguetón.
- Lo importante de la musa no es su sexo, sino la emoción que produce. ¿Qué más da el nombre? Si lo prefieres te llamaré muso, aunque para mi gusto no suena demasiado bello.
- No, no importa… -. Alzó la vista el muchacho, esperando tal vez su recompensa por el tiempo de dolorosa inmovilidad. Sus pensamientos, un libro abierto para Marius, no sólo por el poder de la sangre, sino porque eran los ojos dorados como dos escenarios en los que danzaban con claridad imposible las emociones de Darío. Los labios del hombre cubrieron los del pequeño, de igual forma en que la nieve cubre las cimas de las montañas, y el chico cerró los ojos por puro instinto, aferrándose a aquel cuerpo protector. Caricias, probar cada uno el sabor del otro en un interminable ir y venir de pasiones contenidas. Las manos del jovencito, de un pálido delicado, se unían tras el cuello del vampiro en un suplicante abrazo. El hombre se apartó lentamente, recatado, y acarició las mejillas que con cada contacto se teñían de rubor un poco más. Besó con dulzura la frente sedosa, medio escondida por los rebeldes mechones negros que se esforzaban por obstaculizarle el paso.
- Hermoso… mi hermoso pequeño -. Hablaba tontamente, sin pensar, sólo acariciando ese rostro de vibrante belleza y ese cabello pudoroso y esos delicados labios juveniles.
- Ah… Marius… te amo, Marius… -. Confesó Darío, todo rubor, como tantas veces antes había advertido al corazón milenario. Éste calló, sólo una sonrisa agridulce dibujada en sus labios. El reloj al rescate. La hora convenida. Hasta mañana, amor mío. Buenas noches.


 

- Nunca -. Respondió Dante, la vista baja, el rostro compungido. Sus músculos se tensaron más antes de repetir con estridencia. - ¡Nunca! -. Entonces el beso, el refugiar a Javier en sus brazos, el llorar juntos multitud de falsas lágrimas. Al menos, Dante intentaba convencerse de que eran falsas mientras besaba a su novio pensando en Darío, ojos cerrados, sintiendo a Darío… No. Los labios de su hermano eran cáliz de los dioses. Javier no era su amado. Javier era puro vino casi sin añejar. Javier era lo máximo a lo que un patético engendro como él podía aspirar.
- Ya, ya, ¡tranquilos! -. Rió una de las jovencitas, asomándose desde las bambalinas. Los otros se sentaban donde podían, ya en las graderías, ya en el escenario, ya en el pasillo que los separaba. La chica que había hablado se ataba el pelo en una cola alta mientras decía. – Ya sabemos que esta parte es la que mejor les sale, no necesitan ensayar tanto -.

 

-------------- Pendiente de actualización -------------