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NO-INNOCENCE

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“Era yo como una brisa cálida perdida en el invierno. No era culpa mía. Todo fue por causa de la parroquia, ¡esa maldita parroquia! Sus paredes de inexpugnable roca y sus cruces de alabastro fino hacían que nuestra humilde choza no pareciera más que el miserable juguete de un niño entristecido. En uno solo de sus vitrales había suficiente color para sacar del sonambulismo a toda nuestra familia, y en el altar rebosaban las riquezas por las que mi madre lloraba. Ella ya no entraba allí, ni permitía que lo hiciéramos mis hermanas o yo. Todo fue culpa de mi padre, quien era incapaz de sostener a su propio hogar. Por ello fue que la sequía nos dejó en los huesos. La iglesia se llenaba de polvo, sin que un solo feligrés se dignara a posar el pie en sus losas, y nuestras dos vacas murieron de inanición. Ni aún cuando Piedad y Esperanza, las gemelas, se pusieron tan débiles que no podían siquiera levantarse del lecho, consintió mi padre en abandonar aquello que llamaba su “sagrado ministerio” –refiriéndose a la patética tarea de arrodillarse frente a dos palos cruzados y rogar por las almas de aquellos que llevaban una moneda para el padrecito–. Las gallinas dejaron de poner huevos el mismo día en que Piedad comenzó a delirar. Mi madre, para colmo, se hallaba en aquél momento encinta, y siendo yo el mayor de los hermanos, el único varón, ¿qué me restaba, más que ayudar a mi familia? Pero aunque imploré a los señores locales, no había trabajo en ningún sitio para chico tan pequeño y flacucho como yo. Tenía únicamente diez años, ¡y tantísima hambre! Regresé a mi tísico hogar para comunicar las malas nuevas, y mi padre, el piadoso sacerdote, descargó contra mí la furia que le producía tan indigna pobreza. Mi madre, muy cansada por entonces, no se atrevió a discutir, y se limitó a refugiarse en un rincón cubriendo los ojos de Esperanza.
‘¡Inútil, inútil!’, ladraba, golpeándome con la fusta que descansara ociosa en su cinturón desde la venta de nuestro viejo caballo. Cuando se hubieron cansado sus brazos, me dejó yaciendo en el piso de tierra aplanada y se dirigió hacia la puerta repitiendo. ‘He debido hacer esto hace tiempo, ¡hace tanto tiempo!’. Salió entonces, y no regresó hasta bien entrada la noche, cuando mis dos hermanas dormían profundamente y mi madre cocinaba a nuestro pequeño gato, sollozando. Cuando mi padre ingresó, venía acompañado de un hombre elegante, de capa y espada, que saludó a mi madre con una sonrisa y una inclinación de cabeza. Ésta se secó las manos en el delantal y balbuceó un saludo tímidamente.
‘Éste es mi hijo, Inocencio’. Anunció mi padre, indicando vagamente hacia mí, sin mirarme. El hombre se aproximó y dobló un poco las rodillas, para que su rostro quedara mas cera del mío.
‘Bu… buenas noches, señor’, tenté yo, atemorizado por tan curiosa presencia en nuestra insignificante morada. Él sonrió, pero cuando habló se dirigía a mi padre.
‘Bien, creo que es perfecto. Con algo de comida y descanso, será aún mejor de lo que había usted prometido, padre. Pero…’, extendió su mano hasta tocarme el rostro, examinándolo con ojos fijos. ‘usted le ha pegado hace no demasiado, o no he visto yo un chico en mi vida’.
‘Pues, sí, señor, es la verdad. Es que el chico me da disgustos’.
‘¿Cómo, es que acaso tiene mal carácter?’
‘Oh, no, excelencia, en absoluto. Sencillamente se debe a que es demasiado débil para cualquier trabajo… excepto el que usted le ofrece.’
‘Bien, pues estas marcas no se pueden pasar por alto tan fácil.’ Resolvió el caballero por fin, levantándose y dándome la espalda. ‘Le ha bajado usted mismo el precio, padre. Mañana enviaré alguien a buscarlo, conque espero que le tenga preparado. Buenas noches’. Se inclinó una vez más ante mi madre y, poniéndose el sombrero, abandonó la cabaña con pasos gloriosos. En cuanto la puerta se cerró con un golpe suave, mi madre apartó de sí a la pequeña Esperanza y se arrojó a los pies de mi padre.
‘¡Oh, no, Clemente, no! ¡No le hagas eso a Inocencio! -. Suplicaba, sin yo comprender nada. Me había conseguido un oficio, pronto podríamos comer algo más digno que nuestra mascota felina. ¿Por qué entonces el llanto?
‘¡Silencio, mujer!’, bramó mi padre, encolerizado, apartándola de sí. ‘Es lo único que nos queda’.
‘¡Pero es tu hijo!’.
‘¡Ya sé que es mi hijo! ¡Cállate de una vez!’, ordenó él. ‘Y tú, duérmete pronto, que mañana debes estar listo temprano’. Obedecí, confundida mi cabeza, y fui a tenderme sobre el duro camastro hecho de paja apelmazada y mantas de lana. Los sollozos y plegarias de mi madre se convirtieron en una sedante letanía que me arrulló hasta entregarme suavemente a los brazos del sueño. Dormí apaciblemente aquella noche, sin saber que sería aquella la última vez que podría hacerlo…”

 


CHAPTER 1: The Scarlet Lover

Las coloridas sedas se pegaban a los cuerpos sudorosos. El hombre sobre el muchacho y el muchacho sobre el hombre en un caos de piernas, brazos, gemidos. En media luna, alrededor del lecho, más hombres que bebían y hablaban en voz baja, gozando del espectáculo. El hombre alcanzó el clímax con un ladrido de sátiro y cayó pesadamente sobre el delgado cuerpo que se contorsionaba debajo de él. Tras algunos momentos que ambos emplearon para sosegar el ritmo de sus corazones, el mayor se vistió rápidamente, levantó las translúcidas cortinas de la cama y se dirigió hacia la salida, jadeando. Un silencio frágil comenzó a gestarse en la habitación. El jovencito, tendido boca abajo tras las cortinas, se suspendió sobre sus brazos estirados y arqueó la espalda, desperezándose. Los hombres se miraron y uno, de ojos oblicuos y negra barba, se alzó, dejando su copa en el piso. Aquellos que habían querido ir también relajaron entonces los músculos de la espalda, descorazonados. Nada había que hacer. Ya el siguiente dueño del amante escarlata levantaba las cortinas.
Con las horas corrieron los hombres y se vació el aposento, quedando sólo el joven del lecho, el olor del vino y una figura indecisa sentada en un rincón. El muchacho corrió un poco las cortinas y asomó sus ojos de noche. El dorado de las velas encendidas delineaba la silueta del último cliente.
- ¿Tienes frío? -. Un susurro de los labios sonrosados danzó por la habitación. El extraño alzó la vista en el acto.
- No… -. Replicó su voz ronca, cacofónica en comparación a la del amante escarlata.
- ¿Entonces tendrás calor?
- No…
- Eso si gustas podemos arreglarlo -. Sonrió el chico de cabellos castaños, apartando la cortina un poco más, hasta dejar claramente visible su pecho. - ¿Quieres venir? -. El otro no dijo una sola palabra, pero se levantó y comenzó a caminar lentamente hacia el lecho. El chico se tumbó nuevamente entre linos y sedas, esperando pacientemente hasta que el otro se hubo sentado a los pies de la cama. – ¿Por qué has aguardado tanto tiempo?
- Yo… quería estar tranquilo -. Fue la nerviosa respuesta del desconocido. El chico se percató, ahora que le tenía más cerca, de que era muy apuesto. Buena forma de acabar la jornada. Tenía el cabello rubio, aún algo rojizo, y marrones los ojos almendrados. Estaba envuelto en una capa tosca y oscura que lo cubría desde el cuello hasta los pies, y la agitación enrojecía sus cinceladas mejillas. El amante escarlata se sentó de pronto, haciendo que su visitante se echara hacia atrás de un salto.
- Calma -. Murmuró el primero benévolamente, sosteniendo la mano del otro con dulzura. – No te voy a morder… todavía -. Rió. El rubio parecía tentado a escapar corriendo. El castaño se arrodilló en la cama, acariciando el rostro tenso frente a él. – No tengas miedo. ¿Es tu primera vez?
- … Sí -. Se avergonzó el otro. Aquel hermoso muchacho era sin duda alguna menor que él, y sin embargo le trataba como a un niño pequeño que se inicia en alguna actividad propia de caballeros.
- Ven, ven, vamos a hacerlo lentamente entonces -. Dijo el chico en voz baja, aproximando al otro hacia su cuerpo desnudo. - ¿Quieres decirme tu nombre?
- Sí… Me llamo Román, ¿y tú?
- ¿Mi nombre? -. Rió el más joven, mientras despojaba al rubio de su capa. – Soy el amante escarlata, ¿es que has venido sin saberlo?
- No, quiero decir tu verdadero nombre -. Indicó Román, viendo nervioso como sus botones y ataduras iban cediendo bajo los finos dedos del castaño.
- Mi nombre no es importante -. Contestó éste lánguidamente.
- Sí lo es -. Insistió el rubio, desviando la vista.
- Mhm… de acuerdo. Mi nombre es Belial, pero no lo digas nunca -. Besó el rostro pálido. -Nunca.
- Está bi… -. Román no consiguió acabar, pues los dedos de Belial se posaron sobre sus labios delgados en aquel preciso momento, mientras su camisa caía al piso. Cada fibra de su cuerpo se tensó como el acero cuando sintió la mano del castaño abriéndose paso por su pantalón desatado. – Espera -. Urgió. Belial, sin prestarle atención, tanteó un poco entre las piernas del rubio, comprobando su tamaño. Nada mal. Luego apartó la mano con una sonrisa.
- Tranquilo -. Suspiró tiernamente, apoderándose de la mano derecha de Román y pasándola por su pecho, por su vientre, hasta apretarla contra el pubis. El joven se apartó rápidamente, haciendo que el amante escarlata comenzara a molestarse. – Vamos, cálmate ya. A esto has venido, ¿o no?
- Sí, pero… -. Silencio.
- ¿Pero?
- Nada -. Aceptó el rubio, dejándose acariciar por el otro. La sangre se le subió al rostro cuando sus pantalones volaron lejos y Belial comenzó a acariciar su endurecida entrepierna. El castaño pasó ágilmente por sobre Román, dejando a éste tendido de espaldas bajo su cuerpo, con las rodillas dobladas y las piernas separadas. Iba acariciándolo profesionalmente, dejando que su piel se calentara y que sus músculos se relajaran un poco. Canturreaba algo en voz baja, algo hecho de palabras incomprensibles para el rubio, pero no era necesario entenderlas para sentirse masajeado, incitado por la voz templada y por el rojizo acento y por la melodía. Concluyó el canto cuando sus labios carnosos se posaron sobre el pecho de Román, descendieron danzando con su lengua, se demoraron en el ombligo, se apropiaron del excitado miembro. Belial bajó las pestañas mientras succionaba, dejándose conducir únicamente por los gemidos de su cliente. Maestro de la rutina, se detuvo en el momento oportuno y, mordiendo sus propios labios, se sentó frente al rubio, frotando su sexo y el contrario. Al tiempo, sus propios dedos le preparaban, y cuando supo que todo estaba justo, se volteó y presionó su retaguardia contra la erección de Román.
- Abrázame -. Ordenó, jadeando, e inmediatamente sintió como los magros brazos rodeaban su torso brillante de sudor. Descendió sobre el cuerpo del joven suavemente, gimiendo ambos, contoneándose ambos. El rubio apretó a Belial contra sí mientras gritaba de placer y de sorpresa y de miedo. Todo acabó rápido, y Román se dejó caer hacia atrás, exhausto. El amante escarlata se volvió con un movimiento felino y le acarició el pecho, ronroneante. Sus ojos de color azul marino se fijaron en el otro con expresión interrogante.
- ¿Y bien? -. Inquirió Belial al fin, viendo que el rubio no parecía dispuesto a abrir la conversación. - ¿Te ha gustado?
- Sí -. Admitió, sonrojándose, el aludido.
- Lo has hecho muy bien -. Aseguró aquella voz calculada, perfecta. Román bajó sin embargo la vista, como si en medio de la satisfacción existiera algo incompleto.
- Gracias…
- Será mejor que te vistas, me parece. En tu hogar ya te estarán extrañando -. Sugirió el castaño, frotando su piel bronceada contra la del otro joven por última vez. Se levantó entonces, corriendo las cortinas, y se enfundó en una corta túnica color grana, atándose un cordón dorado a la cintura. Román se vistió apresuradamente y se incorporó, nervioso otra vez. – Ven -. Le indicó Belial, tomándole de la mano. Se dirigieron hacia una puerta lateral que el más bajo abrió. – Al fondo hay un hombre de cabello color castaño claro. Dile que eres el último.
- De acuerdo… buenas noches, Belial.
- Hasta pronto -. Insinuó seductoramente el amante escarlata, besando al otro en la mejilla. Cerró suavemente la puerta cuando éste hubo abandonado y se dirigió a otra entrada –o salida– medio escondida junto a un tapiz. Cruzó perezosamente el pasillo vacío e ingresó en el cuarto de baño, donde dos pequeños jovencitos se besaban ardorosamente.
- Lárguense, o el Amo sabrá esto -. Gruñó, agrio. Los chicos huyeron pronto, y Belial pudo oír sus suspiros rodando por el pasillo a través de la entrada sin puerta del baño. Se quitó la ondulante túnica y se sentó dentro de la bañera, desde donde bombeó con la palanca plateada que se hallaba en un extremo hasta que el agua tibia le cubrió la cintura. Un sujeto alto, frío, ingresó en la habitación de pronto, echando la cortina que colgaba en lugar de puerta, y se dirigió hacia uno de los muros blancos.
- Te tardaste mucho. Pensé que se habían quedado dormidos -. Dijo mientras orinaba.
- ¿Pagó bien? -. Le ignoró el chico.
- Por supuesto, era un hijito de papá. ¿Por qué se demoraron tanto?
- Era virgen -. Indicó Belial por toda respuesta. Luego sumergió la cabeza bajo el agua y ya no dijo nada más. Cuando abandonó la bañera, el sujeto se había marchado ya. Secó rápidamente su piel y se puso la túnica arrugada. Cruzaba el pasillo en el momento en que una voz femenina lo detuvo.
- Todavía hay algunos cenando, Be. ¿Quieres que te sirva algo? -. La joven era bajita y algo regordeta, bonita. Tenía puesto un sencillo vestido marrón claro y un delantal blanco.
- No, gracias, Lia. Voy a dormir. Ha sido un día largo -. Replicó. Los muchachos se desearon buenas noches y él continuó su camino, que terminaba en la puerta cerrada de una alcoba. Abrió en silencio e ingresó sigiloso, cerrando tras él. Una sola vela cansada luchaba contra la oscuridad, sostenida por un jovencito pálido y pelirrojo, que seguía la tenue danza de la llama con la vista.
- ¿Por qué aún no estás dormido? -. Quiso saber el castaño, que se adentraba en la habitación evitando los cuerpos inmóviles de los muchachos sobre sus lechos, ubicados a ras de suelo.
- Te estaba esperando -. Contestó Ariel, cuyos ojos verdes sonreían con dulzura.

 


CHAPTER 2: Fraternal Love

Román atravesó el pasillo con pasos rápidos, exaltados. Llegó hasta la sala alargada donde había sido recibido, mas, ¡que distinto era todo a la luz de las velas! La alfombra y los sillones vacíos, la amplia mesa sin más habitantes que un montón de copas vacías y extraviadas hojas de tabaco. Ningún rostro había alrededor más que el de un hombre alto, de semblante frío y duro, con cabellos que semejaban un campo de trigo ondulado por el viento de estío. Sus ojos, de color dorado, se fijaron de manera casi grosera sobre el joven.
- ¿Diga usted? -. Exigió, seco.
- Yo… pues soy… soy el último -. Tartamudeó el rubio, repasando con sus temblorosos dedos el borde de la capa. El hombre asintió.
- Perfecto.
- Eh… pues… supongo que querrá cerrar ya -. Hizo el muchacho ademán de marcharse, mas aquél eco como de roca le detuvo en el acto.
- No antes que usted pague.
- Oh, es… es verdad… lo siento, lo olvidé.
- Le sucede a cualquiera -. Ironizó sin humor el sujeto. – Son veinte.
- ¿Perdón?
- Veinte monedas de plata -. Aclaró, frunciendo el entrecejo.
- Ah, por supuesto -. Román tentó una sonrisa mientras buscaba el dinero en la bolsa de piel de armiño blanco que colgaba de su cinturón. – Aquí tiene.
- Vuelva pronto -. Se despidió cortante el aludido luego de haber recibido y guardado las monedas, acompañando al otro hasta la puerta de forma poco educada. Cerró inmediatamente y el muchacho pudo oír cómo le echaba llave a varios candados. Se encontraba solo en una calle larga y enemiga, tenebrosa. Caminó hacia el poste donde atara su caballo y montó inquieto.
- Vamos, Niarú, a casa -. Murmuró asustado, agitando las riendas. El galope de la bestia despertó a varios de los mendigos que dormían en las afueras de la avenida. Niarú, el veloz caballo de color arena, recorrió las calles de la ciudad en estrepitosa carrera hasta que su amo lo detuvo frente a un amplio portal custodiado por dos guardias armados con lanza y espada y escudo.
- ¿Está todo bien, señor Román? -. Interrogó uno de aquellos. El rubio sonrió descuidadamente.
- Claro, perfectamente -. Mintió sin disimulo. El sujeto asintió incrédulo y le ordenó algo a su compañero, que, por ser más joven y nuevo en el oficio, debió obedecer y abrir el portón para el señorito. Román les deseó buenas noches a ambos y se dirigió a las caballerizas, donde aguardaba medio dormido Allan, el mozo de cuadra.
- Buenas noches, Allan. ¿Qué haces despierto a esta hora? -. Inquirió el joven, sorprendido de ver al muchacho moreno oteando alrededor desde la tibieza de una tosca manta gris.
- Le estaba esperando, señor -. Fue la respuesta del chiquillo, quien se levantó con agilidad, aunque algo mareado aún de sueño.
- ¿Por qué?
- Lo ha ordenado su padre. Estábamos preocupados por la demora de usted.
- Pues no hay de qué preocuparse, como ves -. El tono jovial destiñó en el reposado ambiente de los establos. Desmontó Román, incómodo, y dejó la rienda de Niarú en manos del caballerizo. Si hasta el momento las cosas no habían resultado agradables, todo aquello era únicamente el preludio de lo que ocurriría a continuación. Ingresaba en el palacio de su padre, donde seguramente se le lanzarían encima criados y familiares como aves de rapiña a la vista de un animal moribundo. Los corredores cargados de elegantísimos tapices estaban vacíos, el hall principal estaba vacío. Adivinó la expectación de los suyos tras las puertas cerradas del gran salón. El joven respiró profundamente, intentando parecer tal como si viniese de un paseo corriente, se alisó el cabello con una mano y golpeó la puerta antes de abrir. Le recibieron las esperadas exclamaciones.
- ¡Hijo mío! -. Se alivió el Barón.
- ¡Dios Santo, estás a salvo! -. Chilló la Baronesa.
- ¡Joven Román! ¡Señor! -. Gritaron o suspiraron los criados presentes. El último en hablar fue Iván, su hermano mayor.
- Aquí llega el hijo pródigo, ¡menudo susto nos has dado, hermanito! -. Iba a palmear la espalda de Román cuando fue interrumpido por el padre, que carraspeó para llamar la atención de su hijo.
- Espero que me explique usted, joven, qué significa todo este sin sentido, y en el acto -. Dijo severamente, hablando de la manera que empleaba casi siempre sólo para sus cortesanos. Román se irguió y contestó de igual forma:
- Nada más que esto, señor: He salido a dar un paseo y refrescarme.
- ¿Y piensa usted que son éstas horas para ir de paseo, solo por añadidura, y sin autorización de su padre?
- Por cierto, señor, si considera usted que estoy ya pronto a tener edad de hombre -. Era ya justo, pensó el joven, que dejasen todos de tratarle como a un crío. Pronto cumpliría diecisiete años, edad desde la cual se era hombre en su patria, y que a la vez era la edad en que el hijo podía gobernar las propiedades del padre si faltaba éste, aunque asesorado por un consejo. Su hermano, que tenía veintiún años, ya tendría derecho a gobierno exclusivo sobre las tierras y todos los bienes si el padre moría. Sin embargo, el Barón gozaba de excelente salud, y todo aquello de edades y derechos no era más que un romanticismo sin demasiado sentido.
- Pues podrá usted cumplir cien años, pero con actitudes pueriles como ésta no conseguirá más que ser tratado como un mozo. Retírese ahora, y no vuelva a causarme una molestias de esta clase -. Acabó Julián, siempre fruncido el entrecejo. Román se inclinó en una protocolar reverencia y repitió el gesto ante Alizia, su madre. Abandonó luego la habitación y se dirigió a sus propios amplios, cómodos aposentos. Una vez allí, el joven se quitó la capa, en pie frente al gran espejo. Algo no le gustó en la imagen reflejada. Tal vez era la expresión inquieta que le ensombrecía el rostro y le hacía ver extraño. Un segundo le parecía encontrarse ante un hombre mayor, sabio y algo amargado, y al instante siguiente pensaba que se trataba sólo de un muchacho pequeño y asustado. Se tendió boca abajo en su cama, adornada con ricas cortinas de terciopelo púrpura bordadas con hilos de plata y sábanas inmaculadamente blancas. Tembló. Podía ser a causa de la noche fría, aunque era probable que la razón fuese muy distinta. Intentó no prestar atención. Una modorra liberadora comenzó a acariciar a Román, a mecerlo con brazos de madre, cuando el choque de unos nudillos contra su puerta le sobresaltó. Antes que pudiera decir algo, una voz le interrumpió desde el exterior.
- Hermanito, soy yo, ¿pudo pasar? -. Era el tono inconfundible de Iván, acallado por la puerta cerrada y las paredes. El muchacho se levantó para abrir la puerta y dejar que el otro ingresara, cerrando precavidamente tras él.
- Claro, sabes que puedes venir siempre que quieras -. Sonrió, invitando al otro joven a sentarse en un gran sillón tapizado con idéntica tela a la de los doseles de su cama. El recién llegado se ubicó entre los grandes cojines y llamó al chico con un gesto. Román se sentó junto a él e inclinó la cabeza sobre sus rodillas, permitiendo así que las largas y elegantes manos le acariciaran. Permanecieron un rato en silencio, observándose a momentos. El más joven cerró los ojos para concentrarse mejor en la presencia de su compañero. Sentía la calidez de sus manos. Sabía de su hermosura. Conocía perfectamente la belleza de aquel rostro anguloso y esos almendrados ojos negros, enmarcado todo por una larga cabellera rubia generalmente ordenada en una trenza sencilla. Volvió a alzar los párpados para encontrarse con la visión misma de lo que había mentalmente repasado. Maravilla.
- Bueno, Román, ¿vas a decirme qué ocurrió? -. Trizó de pronto el silencio la voz de Iván.
- ¿A qué te refieres, hermano?
- Vamos, a mí no puedes engañarme. Madre confiaría en tu palabra si dijeras que has estado combatiendo contra una manada de dragones, y padre evidentemente ha preferido dejar pasar todo el asunto. Yo, sin embargo, no creo que hayas estado de paseo durante tantas horas -. Ah, Iván lo conocía demasiado bien. Iván lo quería. Iván era su hermano, su confidente, su enamorado. A él debía contárselo todo. O casi todo.
- Pues naturalmente, no es verdad que haya estado paseando todo el tiempo -. Admitió el joven finalmente, aferrándose a las rodillas de su hermano. Éste jugueteaba con los rubios cabellos, le rozaba suavemente las mejillas. No tenía nada que temer.
- ¿Bien, pues? ¿Qué ha sido?
- Yo… he seguido tu consejo…
- ¿Cuál de todos, hermanito?
- Tu consejo… pues… el último… ir a conocer… probar… eh…
- Ya veo -. Interrumpió los nerviosos balbuceos el mayor, rescatando así a Román de tener que extender la vergüenza. Recordaba. Le había aconsejado buscar en alguno de los muchos burdeles de la ciudad alguien con quien experimentar, puesto que las ansias de su cuerpo casto parecían intensificarse con el tiempo, y él no podía ayudarle. El último incidente le había convencido de dar a Román algunos nombres de lugares y de hombres y de mujeres. Todo había sucedido hacía unas cuantas noches, en una de las clásicas visitas de Iván al cuarto de su hermano. Habían hablado largo rato, y mirado juntos la luna durante un tiempo aún mayor. También se habían besado. Román, incitado por los besos y caricias, había rogado con sus ojos lo que sus labios no se atrevían a suplicar. Se había despojado de gran parte de sus ropas hasta dejar descubierta la piel pálida, virginal. Había rozado su cuerpo contra el de su hermano. Iván se había obligado a detenerlo. No aún, había dicho. No podía comenzar todo entregándose, menos aún a su hermano. Él era un hombre, debía conocer la sensación de poseer a otro ser. Luego, entre ellos dos, ya se vería. No pensaba el joven que su hermanito fuera verdaderamente a hacer caso de su consejo tan prontamente.
- Fui con… con un chico -. Román evitó la mirada de aquellos dos ojos negros frente a él.
- ¿Qué tal estuvo? -. Inquirió Iván interesado.
- Bien… es decir… fue extraño. No sé si verdaderamente lo habré hecho bien. Belial dijo que así era, aunque ha de haberlo hecho para agradarme -. Abrazó las piernas de su hermano y medio ocultó contra ellas el rubor de sus mejillas.
- ¿Belial?
- Sí… es su nombre…
- Supongo que te habrás preocupado de algo más que de su nombre -. Insinuó el mayor.
- Sí… era bello, ¿sabes, hermano? Como un ángel perdido, caído en la miseria. Más pequeño y delgado que yo, con los ojos como dos trozos de mar nocturno. Tenía el cabello liso, castaño oscuro, y la piel tan suave y como dorada -. La voz de Román se volvía apasionada a medida que avanzaba en su descripción, como si ya no hablara para su hermano, sino para Belial, o para sí mismo, o para el mundo entero. – Su cuerpo era muy, demasiado perfecto. Los labios como un botón de rosa a medio abrirse. Aunque no lo besé, deben saber tan dulce como se ven. Y esa voz maravillosa, y esa finura en sus movimientos, y su… ¡Era lo más hermoso que he visto en mi vida!
- Vaya, al parecer escogiste bien, ¿no, Román? -. Iván estaba feliz por el muchacho, aunque no podía negar que algo dolido. Que aquel sentimiento ardoroso fuera producido en su hermano por otro obviamente le hacía daño. Sin embargo, estaba bien. Él sabía. Estaba bien.
- Eso creo… -. Regresó el aludido a su timidez habitual.
- Te gustó, ¿verdad que sí? -. Preguntó fraternalmente el joven, con aire confidencial. El chico asintió en un azorado silencio. – Pero dime, ¿te gusta más aquel mancebo que yo, hermanito?
- ¡Ah, claro que no! A ti te quiero más que a nadie.
- Dame un beso entonces, o no podré creerte -. Sonrió Iván pícaramente. El chico se alzó un poco y besó los labios de su hermano, quien le envolvió en un amoroso abrazo mientras devolvía ardorosamente el ímpetu.
- ¿Dónde has encontrado a ese muchacho, Román? -. Preguntó el mayor entre susurros.
- ¿Qué importa eso?
- Respóndeme.
- En el Romanze -. Contestó el chico, antes de rodear con sus brazos el cuello poderoso de Iván y besarle todo el rostro, los ojos, los labios.
- ¿Me quieres mucho?
- Sí. Lo sabes.
- ¿Cuánto?
- Más que a nada. Más que a nadie. Más de lo que querré nunca -. Replicó Román, sin saber que en el futuro sus palabras serían una mentira.

 


CHAPTER 3: Ariel and the Master

- Te estaba esperando -. Contestó Ariel, cuyos ojos verdes sonreían con dulzura.
- No era necesario -. Sonrió Belial, dejándose caer alegremente junto al pelirrojo. Éste se aproximó a él, sumergiendo sus dedos en el mar de húmedos cabellos castaños. Se besaron breve, cálidamente, y enseguida se separaron.
- Sí lo era. Necesitaba mi beso de buenas noches -. Dijo Ariel con tono mimoso, de niño pequeño. El castaño acarició a su compañero y se recostó a su lado, cubriéndose con las sábanas y presionando su cuerpo contra el del pequeño. Sí, era pequeño, pensó Belial. Catorce años y una nariz breve, aristocráticamente respingada, que le había ganado admiradores. Pero era suyo, sólo del Amo y suyo, se dijo. Abrazó el pálido cuerpo escondido bajo una túnica que imitaba el color de un limón inmaduro. Sopló la vela. Volvió a besar aquellos labios tenues.
- Buenas noches, precioso…
- Buenas noches, mi amor -. Contestó la infantil voz de Ariel, quien cayó prontamente en un sueño tan ligero como todo en él. Belial sonrió mientras dejaba descansar a sus párpados. Lo amaba. Ah, lo amaba tiernamente, lo amaba como sólo es posible amar a una persona en la vida, como a un capullo verde que quiere volverse fruto y flor. Cualquier cosa resultaba tolerable si podía terminar la jornada en compañía de su querido, ambos durmiendo juntos sin tocarse más de lo debido, como niños pequeños, inocentes. Sí, tal vez se trataba de eso, reflexionó el castaño. Con Ariel podía amar de forma pura, como un chico pequeño, sin temor y sin tentación. Con Ariel podía olvidar todo aquello que nunca debió haber conocido…

La mañana era tibia, casi tanto como el delicado susurro de Ariel en su oído.
- Belial… mi amor, despierta -. Intentaba el chico con ternura. – Levántate, hermoso, levántate.
- No… -. Crujió el castaño, dormido aún, apretando más los ojos. El pelirrojo le sacudió suavemente, le besó el rostro, acarició sus cejas fruncidas.
- Despierta, Belial, o el Amo se molestará con nosotros… -. El tono de Ariel tenía un leve matiz de preocupación. Claro, Belial comprendía. Nadie quería causarle un disgusto al Amo, y él tal vez menos que ninguno. Se obligó a alzar sus tupidas y adormiladas pestañas para encontrarse con los brillantes ojos, dos esmeraldas pulidas con esmero, frente a él. Un beso en esos finos labios, suyos, y un roce casi tímido contra la lengua dulce. Sus ojos, aún medio dormidos, giraron en derredor, sin encontrar nada más que los jergones ordenados en hileras.
- Es más tarde de lo que creía -. Se sorprendió el castaño.
- Sí. Siento no haberte despertado antes… es que parecías cansado -. Ariel pronunció estas palabras con una voz casi imperceptible, mientras se arreglaba la túnica, de espaldas a su compañero. Éste se levantó y caminó hasta su propio lecho, donde encontró ropa interior engañosamente blanca que se puso inmediatamente. Ambos callaban. Ambos preferían no hablar de aquello, del motivo por el cual Belial estaba agotado, del verdadero por qué de sus vidas… Belial caminó hasta el pelirrojo y le ofreció la mano.
- ¿Vamos, amor?
- Vamos -. Ariel entrelazó sus dedos con los de Belial y ambos salieron al pasillo, que estaba vació. En las paredes blancas rebotaba el eco apagado de voces en el comedor. Iban a tener problemas. Se soltaron las manos y el castaño abrió la puerta de dos hojas de roble tallado que daba al amplio salón comedor. La larga mesa estaba repleta de muchachos, todos vestidos de forma similar a ellos dos. Uno de los extremos de la mesa estaba vacío, sin silla siquiera. En la cabecera, un hombre de cabello negro y afilados ojos de un pálido azul miró fijamente a los recién llegados.
- Buenas noches para ambos -. Toda conversación cesó ante el sonido de la voz firme que pronunciaba estas palabras.
- Buenos días, Amo -. Respondieron inmediatamente Belial y Ariel, inclinándose.
- Vengan, acérquense, queridos míos -. Dijo el aludido con tono amable, aunque no cabía duda alguna: Aquello era una orden, jamás una invitación. Los muchachos se aproximaron a la cabecera, donde otros dos les miraban con poca simpatía. El que ocupaba el sitio a la zurda del Amo era un sujeto fornido y muy moreno, con los cabellos y los ojos marrones como la oscura corteza de un pino bajo la lluvia. Su mandíbula cuadrada estaba cubierta por una barba de pocos días, y el cabello ondulado le caía hasta los hombros. Tendría unos treinta años y su nombre era Gatter, un extranjero llegado de nadie sabía donde que se encargaba de hacer el trabajo sucio para el Amo. Tal vez había dos personas en la casa que no lo temían, contando al Amo como una. La otra persona, sentada a la diestra del Señor, era el hombre de cabello claro que cobraba a los clientes. Aunque era un esclavo, no un hombre libre como Gatter, Noah contaba con privilegios que cualquiera de los demás podía únicamente soñar. Tenía veintisiete años y hacía cinco que habían dejado de pagar por su cuerpo. Desde entonces se encargaba únicamente de recibir a los clientes y al dinero, reservándose para uso exclusivo del Amo. Por ser su esclavo favorito tenía derecho a su propia habitación, vestimentas púdicas, y, por supuesto, a hacer uso de su autoridad sobre los demás. Y, aunque frío y odioso con todos, era con el Amo un verdadero gatito mimoso, enamorado hasta lo más profundo de su corazón. Por último, como si todo aquello no fuera suficiente, tenía su lugar siempre a la derecha de éste –un sitio aún más importante que el de Gatter– y más de una vez se lo había oído olvidar toda sumisión y llamar al Amo sencillamente “Polov”.
Hacia tal comitiva se acercaban los dos muchachos, con el silencio general ardiendo en sus oídos. El Amo, acariciando el muslo de Noah cariñosamente, clavó sus pupilas en Ariel y Belial alternativamente. Las detuvo sobre el perfecto rostro de éste último.
- ¿Y bien, Belial? ¿A qué se debe este retraso?
- Me quedé dormido, Amo -. Contestó el aludido simplemente, con tono respetuoso.
- Así que dormido… ¿Por qué? ¿Os habéis quedado jugando hasta tarde anoche? -. Lanzó una mirada rápida al pelirrojo, quien negó con la cabeza, los ojos bajos.
- No, Amo. No hemos hecho nada. Sólo tenía sueño -. Sabían que aquello estaba prohibido. Todos los cuerpos en la casa tenían precio, ¿cómo se les iba a permitir tomar alguno gratuitamente?
- No tengo, por supuesto, ningún motivo para no confiar en lo que dices, pues tú no me mentirías, ¿verdad, Belial?
- Jamás, Amo.
- ¿Y qué hay de ti, Ariel? ¿También te quedaste dormido, precisamente hoy?
- No, Amo -. Respondió el pequeño suavemente.
- ¿Qué entonces?
- Yo… estaba esperando a Belial.
- ¿Esperándolo? No comprendo.
- Esperaba que despertara, Amo.
- Ya veo. ¿Y por qué? -. Inquirió el amo. No hubo respuesta. Ariel bajó la vista asustado, sin saber que decir. La voz del castaño interrumpió el angustiante silencio.
- Amo, si usted me per…
- No te permito, Belial. Tal vez no has notado que ya no estoy hablando contigo -. Frunció el entrecejo Polov. Luego, dirigiéndose nuevamente al pelirrojo, preguntó. - ¿Y bien, Ariel? ¿Qué excusa tienes para este atraso?
- … Ninguna, Amo -. Con aquello había terminado todo. El hombre de cabello negro suspiró molesto.
- Es una lástima. Espero, por tu bien, que no vuelvas a retrasarte. Ve a esperar a Gatter al patio trasero. Tú puedes sentarte ya, Belial -. No habría nada más. Ariel se inclinó profundamente y salió de la gran habitación. Belial repitió el gesto, dirigiéndose a un asiento vacío para desayunar. Lastimarían a su pequeño por su culpa. Aquello no era justo. Debió haber mentido, se dijo, debió haber protegido a su amado. Sin embargo, sabía que no había forma de hacerlo. Si rogaba, el castigo sería aún peor para Ariel. De pronto se le había quitado el apetito. Se levantó poco después y se dirigía al pasillo cuando vio a Noah besando los labios del Amo y abandonando la mesa para seguirlo. Se detuvo contrariado. ¿Qué mierda quería?
- El amo te quiere en su habitación esta noche, cuando termines de trabajar -. Indicó la voz helada. Belial asintió en áspero silencio y se dirigió a la habitación dorada y escarlata que pronto, como siempre, comenzaría a llenarse de hombres hambrientos. Él sería su alimento. Encendió una barra de incienso y se tendió en la cama a descansar, a quitarse a Ariel de la mente. Pensar en él mientras multitud de hombres sin rostro le poseían parecía algo demasiado obsceno. Cuando el primer cliente cruzó la puerta olvidó todo, cerró los ojos y se dispuso a ser otra vez el amante escarlata.

El hermoso cuerpo de Belial satisfizo las pasiones oscuras de muchos antes del descanso del almuerzo. Una bendición. El muchacho se vistió rápidamente y tragó su comida con voracidad. No vio a Ariel en la mesa. En cuanto hubo acabado, abandonó el salón comedor y se dirigió al pasillo, cruzándolo como una exhalación hasta alcanzar la puerta del dormitorio. Abrió solapadamente, mas no pudo evitar que el crujido de la puerta alertara de su presencia a una figura pálida que descansaba en un solitario jergón. Reconoció inmediatamente aquellos ojos verdes, cerrando la puerta y corriendo a su encuentro. Se agachó junto al cuerpo castigado y lo estrechó protector, con un nudo en la garganta. Los delicados brazos de Ariel le rodearon sin rencor alguno, cálidos de amor puro. Sus labios se buscaron naturalmente y se acariciaron en un beso de miel agridulce.
- Ariel, mi niño, ¿cómo estás? -. Preguntó el castaño por fin, abrazándolo todavía.
- Bien -. Mintió el aludido, agregando todavía. – No ha dolido tanto -. Sus bien intencionadas palabras no podían, sin embargo, desmentir la verdad dolorosa. Estaba casi desnudo, con solo una prenda escasa protegiendo su intimidad, y la blanca piel estaba cruzada por marcas rojas, largas, como lágrimas dolientes. Belial acarició tiernamente las lastimaduras, y con cada mudo quejido de su pequeño, con cada temblor de su piel, se iba inflamando en él una ira salvaje.
- Ese bastardo de Gatter va a pagar lo que te ha hecho, mi amor.
- No digas eso, Belial. Sabes que él sigue las órdenes del Amo… -. Ariel calló. Él quería al Amo, no por mera conveniencia como muchos, sino honestamente. Aunque este afecto jamás podría igualar el amor que sentía por Belial, le dolía que cada uno de los golpes recibidos hubieran sido ordenados por aquél que veneraba. Volvieron a besarse silenciosa, placenteramente, y luego se quedaron abrazados largo rato oyendo sus latidos y sus respiraciones y hasta sus mismos parpadeos. Más tarde –aunque demasiado pronto para lo que ambos hubieran deseado– el mayor ayudó a vestirse al más pequeño y ambos salieron, despidiéndose recatadamente para ir a cumplir con la jornada de la tarde. Belial se dirigió al salón donde ya algunos estarían aguardando al amante escarlata. Ariel, por su parte, buscó un lugar libre en la gran habitación donde los clientes bebían y establecían el primer contacto con los chicos. Pronto Noah le hizo una seña para que se acercara a un hombre que estaba sentándose con una copa de vino en la mano, y el pelirrojo obedeció en el acto. El sujeto ubicó al pequeño sobre sus rodillas y comenzó a tocarlo allí mismo, mientras Ariel se forzaba a sonreír.

El amante escarlata no dejó que su último cliente de la noche lo besara en los labios. Aquello no le gustaba. Su cuerpo había pertenecido a tantos, y de tantos más sería en un futuro, ¿no podía reservar algo para quien él quisiera? Sí, era cierto que muchos le habían besado a pesar de esto, pero no era algo que quisiera regalar a todos. No a éste, al menos. Se incorporó bostezando cuando el hombre hubo abandonado la habitación, y estaba ya añorando la deliciosa calidez de las sábanas compartidas con Ariel cuando recordó: El Amo aguardaba. Mordió su resoplido de resignado cansancio y subió las escaleras que llevaban al piso superior, prohibido para casi todos. Encontró a una de las criadas –libres, que trabajaban allí por propia elección– que iba apagando algunas de las velas que alumbraban el suntuoso corredor. Se dirigió de inmediato a la puerta ricamente ornamentada que daba al dormitorio del Amo y golpeó dos veces.
- Adelante -. Indicó risueña la voz del Señor Polov. El castaño abrió la puerta e ingresó silenciosamente. En una cama amplia y rica, de elegante dosel, yacía el Amo sonriente. Noah, recostado junto a él, le acariciaba amorosamente. Belial sintió envidia. ¿Por qué ellos podían estar así, disfrutando sencillamente el uno de la compañía del otro? ¿Por qué él no tenía derecho a hallarse en aquel preciso momento descansando junto a Ariel, y debía presentarse para ser solo un instrumento de placer de los dos? Noah le observó sin mucha simpatía, aunque allí, en su propio seguro territorio, no sentía especiales deseos de agredir a Belial. Hasta le tenía algo de lástima. El Amo le indicó con un gesto de la mano que se aproximara.
- Ven, Belial. Ven aquí -. Ordenó amablemente, indicándole un sitio junto a él. El castaño obedeció, sentándose a su lado. El brazo del Amo rodeó su cintura y le obligó a agacharse hacia él, mientras una mano se posaba en su rodilla y subía. Se besaron, y el chico pudo ver como Noah, ignorando su presencia, se frotaba juguetonamente contra el Amo. Éste alzó a Belial y se incorporó, sentando al muchacho entre sus piernas abiertas. Besó a Noah mientras palpaba el cuerpo del castaño. Luego, tumbó el cuerpo delgado sobre la cama y dejó que su compañero lo desnudara. Los dos hombres se besaban y susurraban mientras se desprendían de sus propias ropas de manera bastante más romántica. Polov poseyó a Belial y Noah a Polov. Un coro de gemidos danzaron en la noche durante largo rato. Belial lamentó no poder ir a dormir con su pequeño querido. Se acurrucó sumisamente junto a su Amo, y lo último que oyó antes de caer dormido fue la voz de éste que decía:
- Mañana puedes descansar.

 


Del Viaje de Inocencio

“No podría precisar en qué momento de la calurosa mañana desperté, sobresaltado por la voz de mi padre.
‘Levántate, Inocencio. Es tarde. ¡Arriba!’ Tronó, cogiéndome de un brazo. Me incorporé torpemente, alelado a causa del sueño. Un incipiente dolor se notaba en mi nuca y detrás de mis ojos. No comprendí por qué mi padre me estaba empujando hacia un gran recipiente de madera, que humeaba medio escondido en una esquina de la casa. Allí mi madre, llorosa, zurcía una vieja camisa que sólo me permitían usar en los días de fiesta, inexistentes por aquel entonces. Me aproximé al curioso recipiente y sólo entonces comprendí que se trataba de una bañera. Creí que el mundo había enloquecido. ¿Un baño caliente? ¿Para mí? ¿Durante la sequía? Alcé los ojos interrogantes hacia mi madre.
‘¿Qué es esto, madre?’, pregunté.
‘Es para que te bañes’, contestó ella, sin mirarme.
‘Pero, ¿por qué?’
‘Ah, hijo mío…’. Interrumpió sus palabras un sollozo, que desató una inagotable corriente de lágrimas.
‘¡María!’, rugió mi padre. Ella intentó silenciar su llanto, sin conseguirlo del todo. ‘Báñate de una vez, Inocencio. Se hace tarde’. Nadie estaba, evidentemente, dispuesto a explicarme el por qué de esos sucesos tan extraños. Obedecí, como es natural, e iba a vestirme con mis ropas habituales cuando mi madre me indicó con voz fúnebre:
‘Ponte esto, hijo’. Extendió hacia mí la camisa recién zurcida, un pantalón casi nuevo, ¡hasta zapatos! No me había puesto tan elegante ni para navidad, ni para San Juan, ni en ningún momento que pudiera recordar. Sin preguntar, me vestí, y estaba sentado en el piso de tierra aplanada intentando calzarme los zapatos cuando alguien llamó a la puerta. Fue a abrir mi padre inmediatamente, haciéndose a un lado para dejar pasar al recién llegado.
‘Buenos días’, saludó mi padre, impresionado.
‘Buenos días, padrecito’, dijo el hombre. La sombra de éste cayó sobre mí, siniestra contra el sol que brillaba tímidamente a través de las ventanas. Miré hacia arriba para encontrarme con un hombre alto, moreno de piel, de cabellos, de ojos. De poderosa complexión, me miró con los brazos cruzados y un gesto de desprecio. Llevaba botas altas de cuero, ropas oscuras y un rollo de cuerda en la mano derecha. ‘¿Éste es el crío?’
‘Así es, señor.’
‘Espero que no se vaya a morir de flacucho’, indicó el desconocido en algo muy semejante a un gañido animal. Volvióse luego hacia mi padre y le extendió una bolsa que tenía sujeta al cinturón. Era ésta demasiado fina y elegante, desentonando por tanto con el gesto rudo con que fue entregada. ‘Doce monedas de plata’.
‘¿Cómo, doce solamente?’, se extrañó mi padre, y había una nota de desafío en su voz. El hombre le miró con gesto peligroso.
‘Doce: tres menos de las quince acordadas, a causa de los golpes.’
‘Pero…’
‘Esas han sido las palabras de mi señor, ¿tiene usted alguna objeción al respecto, padrecito?’
‘N… no, ninguna. Puede llevárselo’, se acobardó mi padre. Entonces el tipo se dirigió hacia mí y ordenó con tono áspero:
‘Levántate, rapaz’. Volví, asustado, la vista hacia mi padre en busca de auxilio, pero éste se limitó a desviar de mí la mirada. ‘¡Levántate he dicho!’ Me incorporé temblando, y sosteniendo todavía un zapato. El hombre me agarró por la camisa cariñosamente remendada y me lanzó hacia el exterior de nuestra choza. Entonces mi madre, muda durante todo aquel tiempo, se echó a llorar. El hombre salió de la cabaña y me sujetó por detrás del cuello, haciendo que me arrodillara. Se agachó junto a mí y desenrolló la cuerda, atándomela alrededor del cuello como a un perro. Tomando el lazo, me obligó a caminar hacia un carro sencillo, tirado por un caballo moteado de gris y blanco y negro. Me temblaron las piernas al dar un paso y, lleno de miedo, comencé a gritar.
‘¡Padre, por favor! ¡No deje que me lleve, padre! Perdóneme, le juro que trabajaré, ¡pero no deje que me lleve, por favor! ¡Por favor, no quiero! ¡No quiero! ¡Padre!’. El hombre, levantándome de los pantalones y de la soga, me tiró en el piso del carro. Comprendí que mi padre no haría nada. Me había vendido. Ahogado por ese pensamiento, no fui capaz de seguir gritando, y tal vez no hubiera protestado más si mi madre no hubiese empezado a chillar en aquel momento.
‘¡Inocencio! ¡Hijo! ¡No se lo lleve! ¡Es mi hijo, mi Inocencio!’. Se arrojó ella hacia delante, extendidos los brazos como queriendo rescatarme, pero mi padre la tomó bruscamente por la cintura y no le permitió acercarse a mí.
‘¡Ayúdeme, madre! ¡No quiero irme! ¡Ayúdeme!’, suplicaba yo, llorando desesperadamente, mientras el sujeto subía al carro con expresión malhumorada.
‘¡Hijo!’, lanzó mi madre un alarido destemplado. ‘¡¡Hijo!!’. Fue la última vez que oí su voz.
‘¡¡Madre!!’. Mientras a mi madre y a mí se nos desgarraba el corazón, el tipo me ató sin misericordia a la barandilla del carro. Dio un flojo latigazo al caballo y nos pusimos en marcha. Atrás, allá lejos, pude ver el contorno de mi hogar borroneado a causa de mis lágrimas. Apoyado miserablemente en mis manos y mis rodillas, supe que ya nunca volvería a ver lo que ahora dejaba. Levanté la vista hacia mi captor en busca de compasión, pero sólo me encontré con un rostro duro, de hierro casi, y unos ojos marrones fijos en el camino. Era veloz la bestia, y pronto nos hallamos fuera del reducido caserío. Cuando ante nosotros se extendió una vasta pradera reseca, el hombre dejó más flojas las riendas del corcel y fijó en mí sus pupilas frías.
‘Fíjate, rapaz’, me dijo, empujándome con su bota por el mero gusto de lastimarme. Soltó de improviso las bridas y me cogió del cabello con una mano, mientras con la otra alzaba el látigo a centímetros de mi atemorizado rostro. ‘Como hagas algo, por mínimo que sea, sin mi autorización, te arranco el pellejo con esto, ¿entiendes?’. Asentí, temblando, pero él no apartó el látigo de mi cara, sino que lo sacudió, y también me sacudió a mí. ‘¡Te he preguntado si entiendes, pequeña mierda!’.
‘Sí, señor’, sollocé. El hombre me soltó por fin, asió las riendas con la mano izquierda, y le propinó al caballo un latigazo brutal, que resonó en mis oídos y relampagueó en mis ojos durante largo rato. Sobra decir que durante todo ese tiempo no me atreví a mover ni un solo músculo.”

 


CHAPTER 4: Business

Tenía la mirada perdida en uno de los ricos mosaicos que adornaban su cuarto de baño. Su vista, sin embargo, su verdadera vista, estaba posada mucho más lejos, en un tiempo que parecía ahora tan remoto como el de cualquier cuento de hadas oído a la luz del fuego, sobre las rodillas de una nodriza. Allí, en aquel universo lejano, él era sólo un joven curioso e inquieto que había buscado y hallado. Sí, pensaba ahora, había encontrado algo superior a lo esperado.
- ¿Señor? -. Inquirió una voz femenina. Iván sacudió la cabeza levemente, regresando a la realidad. Annia, una de sus criadas, sostenía lienzos secos e inmaculados en sus delicados brazos, esperando para envolver con ellos su cuerpo húmedo. El joven se levantó en silencio, dejando que la mujer secara su cuerpo cuidadosamente. Aquellas manos que sentía palpando su cuerpo a través del lienzo no le producían nada, muy por el contrario de aquellas que estaba recordando…
- Ya está bien. Quiero vestirme -. Dijo Iván, seco. Si continuaba rememorando, su cuerpo iba a reaccionar, y no tenía intenciones de que ello sucediera en aquel preciso momento. Tal vez cuando estuviera solo… Annia obedeció en silencio, vistiendo a su señor esmeradamente, y levantándose luego para esperar con aspecto sumiso la orden siguiente. Iván, saliendo del baño hacia su habitación, dijo como al descuido:
- Ya puedes irte -. La criada estaba marchándose cuando el rubio la detuvo. – Espera… Manda a llamar a Allan.
- Sí, señor -. Ah, aquella miserable obediencia. El joven se sentó en uno de los muebles de acero ligero situados en el balcón de su habitación y se peinó rápidamente, en una trenza perfecta que se balanceaba a su espalda. Fuera, en el jardín, el tutor de Román le hacía clases mientras sus dos perros de caza jugueteaban sobre la hierba áspera. El chico no atendía. El chico ni siquiera estaba allí, e Iván lo sabía bien.
- ¡Román! -. Exclamó con una dorada y clara voz. – ¿Te estás divirtiendo?
- No te imaginas cuanto -. Gruñó Román sarcásticamente.
- Ánimo, hermanito. Sólo te quedan tres años y serás libre -. Dijo burlonamente.
- Gracias por el apo…
- Señor Iván, ¿me permite? El señor Román están en clase -. Intervino el tutor de mal humor.
- Ya lo veo, no se preocupe. Sólo no lo haga sufrir demasiado -. Sonrió finalmente Iván, regresando al interior de su habitación tras despedirse de su hermano con la mano. Cerraba el amplio ventanal que daba al balcón cuando escuchó un tímido llamado a la puerta.
- ¿Se… señor… Iván? -. Oyó la voz del caballerizo, que aún poseía aquellos tiernos ecos infantiles.
- Adelante, Allan. Cierra la puerta -. Indicó. Cuando el chiquillo ingresó, humilde y temeroso, Iván le alargó un objeto salido de algún lugar indescifrable. – Con esto -. Ordenó. El muchacho echó la llave y se la devolvió a su señor con una mano temblorosa.
- ¿Me… me ha llamado… señor? -. Balbuceó.
- Oh, sí. Acércate…

Román subió las amplias escaleras saltando los escalones de dos en dos, seguido por los dos lebreles que su padre le había regalado el año anterior. Los animales trotaban por el pasillo mordisqueándose las orejas, seguidos por su amo, quien caminaba distraídamente. Un chiquillo que apareció de improviso desde uno de los corredores adyacentes asustó a ambos canes, que dejaron de juguetear. Uno de ellos dio un salto, el otro gruñó. Román se detuvo al reconocer en aquella figura pálida y llorosa al mozo de cuadra.
- ¿Qué ha pasado, Allan?
- N… nada, señor.
- Vamos, dímelo -. Insistió el rubio, frunciendo ligeramente el entrecejo con un mal presentimiento. - ¿De dónde vienes así?
- Yo… será mejor que me vaya … señor… -. Balbuceó el moreno, al borde de las lágrimas.
- No lo creo. Respóndeme.
- Ve… vengo… de la habitación del… señor… Iván -. Sollozó el chico. La expresión de Román cambió en un instante de la incomodidad a la más absoluta sorpresa.
- ¿De Iván?
- Sí, señor… Creo que debo irme… con su permiso… -. Allan se inclinó en una torpe reverencia y salió corriendo por el largo pasillo, rumbo a una de las puertas que daban hacia el exterior del edificio. El joven rubio emprendió decididamente la marcha hacia la habitación de su hermano, frente a cuya puerta se detuvo para llamar.
- ¿Qué pasa?
- Soy yo, hermano -. Dijo, con el tono más clamo e indescifrable que consiguió.
- Entra, Román -. Respondió el mayor, y su voz se oía sonriente. El chico abrió la puerta, dio dos pasos hacia dentro y volvió a cerrarla con rapidez. Su hermano, sentado sobre la cama, terminaba de atar su larga trenza con un lazo azulado. Únicamente llevaba puestos unos finos pantalones azules también, un azul de mar profundo y en tormenta que le hizo recordar los ojos del mancebo. Su torso esculpido brillaba bajo la luz colada por las ventanas. - ¿Por qué estás tan serio?
- Iván, tú… -. No podía decirlo. Hacerlo y volverse realidad su acusación parecían una misma cosa.
- ¿Yo? -. Sonrió Iván, recogiendo su camisa que estaba arrugada sobre una de las ricas alfombras.
- Tú… no le hiciste nada a Allan, ¿verdad?
- ¿Al caballerizo? ¿Por qué esa pregunta, hermanito? -. El joven frunció levemente el entrecejo, incrédulo. Román se recostó sobre la puerta cerrada, intentando sin demasiado éxito hallar las palabras adecuadas.
- Es que… lo encontré en el corredor… muy afectado… pero tú no harías algo así…
- Román -. Interrumpió Iván, repentinamente serio. Dejó de abotonar su camisa para mirar fijamente a su hermano menor. - ¿Sabes que edad tengo?
- Veintiuno.
- Exacto, y, ¿sabes qué edad tenía padre cuando nací?
- Diecinueve…
- Lo que significa que pasó la noche con madre a los dieciocho…
- ¡Iván! ¿Cómo puedes hablar así de nuestros padres?
- Y tú, ayer mismo, tuviste…
- ¡Ya sé lo que sucedió ayer!
- Entonces, querido hermanito, ¿cómo pretendes que sea yo de hierro?
- No pretendo tal, pero… pero Allan es un niño -. Se quejó Román tristemente. Iván hizo un gesto con la mano como queriendo apartar una conversación tan tonta. Volvió a sus botones mientras decía:
- Ya lo sé, Román. ¿Y que hay con eso?
- ¡Hermano! Hablas como si no lo hubieras visto tan angustiado y lloroso como yo.
- Naturalmente que lo vi -. Respondió el joven irritado, agregando luego. – Lo vi bien…
- ¡No puedo creer que seas tú, Iván! ¿Cómo has podido ser tan cruel?
- Escúchame, hermanito: El mundo no es como te lo han pintado. No somos señores paternales para nuestros sirvientes. Somos sus amos y están para servirnos. Servirnos en todo, entiéndelo bien -. Indicó Iván fríamente, al tiempo que se calzaba las cómodas botas de piel ablandada. Román le observó con aire de incredulidad. ¿Era realmente su hermano, su enamorado, su mentor quien pronunciaba aquellas palabras? ¿Es que opinaba que podían comportarse como verdaderos cerdos por el mero hecho de nacer en una cuna dorada? Eso no era justo, se dijo. Iván estaba equivocado.
- Pero…
- No hay peros, Román -. Le interrumpió el mayor. – Así son las cosas. El hecho de que a ti todo te parezca dulce como un panal por haber ido a la cama con un mancebo hermoso no cambia nada.
- ¿Por qué dices eso? ¿Por qué eres tan malo conmigo? -. Exclamó el chico, herido. - ¿Sabes una cosa? Puedes irte a la mierda, “señor Iván”. Permiso -. Gruñó, marchándose luego y dando un portazo que retumbó por todo el largo corredor.

El hombre tomó al pequeño por los cabellos con rudeza, dirigiendo el rostro de facciones infantiles a su entrepierna. Ariel gimió de dolor cuando la otra mano de su cliente se ubicó con fuerza sobre su espalda castigada.
- ¿Qué pasa, putito? No me vas a decir que es la primera chupada que haces -. Dijo el sujeto, excitado y divertido. El muchacho negó con la cabeza, aguantando el dolor. Cerró los ojos al inclinarse con los labios entreabiertos hacia el erecto miembro del hombre. A pesar de todas aquellas técnicas que utilizaba a diario para evadirse durante el trabajo, Ariel no pudo evitar las lágrimas que corrieron desde sus ojos como grandes esmeraldas, bañando su delicado rostro y su nariz respingada, cuando el tipo lo penetró brutalmente. Luego los golpes que lo lanzaron al suelo y reavivaron el ardor de sus llagas, la violación que parecía eterna, la cacofonía de insultos y vulgaridades gritadas, gemidas o susurradas por el hombre… todo ello fue un solo gran martirio. Cuando todo acabó por fin, el pelirrojo milagrosamente era todavía un ser al que podía llamarse humano, y no solo una masa de asco, lágrimas y vergüenza. Salió de la habitación arreglándose la provocativa túnica, símbolo de su esclavitud, con los labios temblorosos y las pestañas húmedas. Tras él caminaba con pasos satisfechos el cliente, con ambos pulgares metidos bajo el cinturón. Llegaron al amplio salón donde se encontraba Noah, dándole instrucciones a una de las sirvientas.
- ¿Todo bien, señor? -. Preguntó fríamente, por mera costumbre, al verlos aproximarse.
- Así es -. Contestó el aludido, alargando una mano hacia Ariel quien, ya cumplido el trabajo, huyó disimuladamente hacia Noah.
- Perfecto, son ocho de plata -. Anunció éste. El hombre buscó el dinero en su bolsa, al tiempo que inquiría:
- ¿Y cuánto cuesta esta señorita?
- Es una criada, señor. Sólo trabajamos con los jóvenes -. Respondió Noah hoscamente, mientras la muchacha escapaba hacia la cocina. Cambiaron de manos las monedas, y el hombre se marchó pronto, permitiendo que finalmente el pelirrojo pudiera respirar tranquilo. - ¿Y a ti, qué te ha picado para que estés tan tembloroso?
- Nada, señor -. Dijo Ariel, apartando la vista. Él no había estado allí cuando Noah era sencillamente uno más de los mancebos del Romanze, por lo que se dirigía a él con igual respeto que si de un hombre libre se tratara. Tal vez por esa razón era que el castaño sentía –dentro de sus capacidades– una cierta simpatía hacia el chico, aunque se esforzaba por no evidenciarlo.
- ¿Te hinchó mucho las bolas aquel cerdo? -. El pequeño estuvo a punto de echarse a reír ante estas palabras, pero únicamente esbozó una tímida sonrisa y respondió:
- Así es, señor.
- Bueno, vete entonces a descansar un rato.
- ¿Qué? -. Ariel abrió los ojos con sorpresa, brillando éstos de lágrimas viejas.
- Lo que he dicho: Descansa.
- Pero… el Amo…
- Escucha, enano: El Amo está ocupado, y cuando él no puede encargarse del burdel, quien manda aquí soy yo, ¿entendido?
- S… sí, señor -. Sonrió Ariel con gratitud y algo de temor, retirándose con timidez hacia su habitación. Iba caminando por el largo pasillo –sosegadamente, intentando no llamar la atención de ningún observador indiscreto– cuando a través de una puerta abierta oyó la voz del Señor Polov, proveniente de una de las importantes salas que reservaba únicamente para tratar con los invitados y clientes más distinguidos. Se detuvo un momento, picado por infantil curiosidad, aunque sabiendo que si alguien le descubría iba a ser castigado con furor, por caer nuevamente en falta después de tan poco tiempo. Oculto tras la puerta, oyendo a través de una delgada rendija, pudo escuchar la voz de un hombre, joven a juzgar por el tono:
- … ése es el muchacho que busco.
- Pues no son pocos los que podrían acomodarse a tal descripción, señor -. Respondió el Amo.
- Me lo imagino, pero algo más sé: Su nombre es Belial, y lo llaman el Amante Escarlata.
- ¡Vaya! Veo que está usted bien informado. ¿Quiere entonces acompañarme al salón donde el chico trabaja?
- No lo creo, señor. No es para mí que lo quiero, sino para mi joven hermano, que pronto cumplirá la mayoría de edad.
- Tráigalo entonces, y si gusta, le daremos una habitación privada. Privilegio caro y muy extraño, tratándose de Belial.
- Creo que usted no comprende -. Replicó cordialmente el extraño. – Lo que yo deseo es comprar a ese chico, llevárselo a mi hermano como regalo -. Ariel tuvo que contener un gemido de miedo ante estas palabras. ¡Llevarse a Belial! ¡Llevárselo para siempre, lejos de él, durmiendo cada noche en la cama de un niño rico! No, aquello nunca, se dijo. Eso no podría suceder. La jovial risa de Polov apenas logró calmarlo un poco.
- Mi buen señor, yo pienso que es usted quien no comprende. Yo soy el dueño de un burdel, no un traficante de esclavos. Si lo que quiere es uno, puedo darle algunos nombres de señores que estarían encantados de atenderle. Sin embargo, éste no es el lugar correcto para tal negocio.
- Sé que puede parecer una petición poco común, señor, pero es preciso que sea ese mancebo y sólo ese. Mi hermano estuvo con él y se ha encaprichado, por lo que no querrá ningún otro si se lo llevo.
- Comprendo perfectamente. Lamentablemente, ninguno de los muchachos está a la venta, y Belial menos que cualquier otro -. Dijo el Amo, comenzando a irritarse. Ariel comprendía. Belial, con aquella magistral gracia que era casi celestial, hacía más dinero en una sola tarde de lo que otros chicos podían hacer en semanas. Sencillamente, venderlo sería como perder una mina de oro para el Señor Polov. El chico se alegró un poco por esto.
- No me importa cuanto pida, pagaré cuanto quiera usted por este chico.
- Ah, no, señor. Si está usted obstinado en comprar alguno, se los mostraré para que escoja. Cualquiera que guste, excepto Belial y el joven que le recibió -. El curioso joven y el Amo salieron de la habitación, pasando junto a Ariel, quien se quedó paralizado donde estaba.
- Ariel, ¿qué estás haciendo aquí? -. Inquirió Polov amablemente, mientras el chico sentía la mirada azabache del extraño clavada sobre él.
- Yo… el señor Noah me mandó a… a descansar, Amo -. E inclinándose, agregó apresuradamente. – Siento haberle molestado, pero quería preguntar si puedo hacerlo.
- Puedes, pero vete rápido -. Respondió el hombre. El muchacho agradeció y se marchó punto menos que corriendo pasillo abajo. Los dos hombres llegaron hasta el salón principal, donde varios hombres ricos –y otros que no lo eran y habían estado juntando dinero durante meses, y se habían vestido y arreglado para estar allí esa tarde– charlaban de cosas triviales con los hermosos muchachos sentados a sus pies, sobre sus rodillas, en las mesas o entre sus piernas separadas. Los menos delicados ya estaban besándose medio desnudos sobre un sillón, mientras algunos marchaban hacia las habitaciones en similares condiciones. El Señor Polov dejó que el joven rubio que le acompañaba observara el incitante paisaje durante algunos momentos.
- ¿Y bien, señor? ¿Qué dice?
- Bien, si estuviera buscando un muchacho para mí… -. Comenzó el joven, pero fue interrumpido por un muchacho de unos diecisiete años, de morena piel y ojos pardos, que se aproximó a ellos.
- Amo, Amo, ¿es amigo suyo este señor tan guapo? -. Inquirió zalameramente el recién llegado. Polov sonrió, observándole directamente con aquellos aguzados ojos celestes que todos en el Romanze temían y amaban.
- Ven, querido. Deja que el señor te vea bien -. Ordenó el Amo, acariciando la espalda del jovencito hasta llegar a su trasero, y dándole un leve empujoncito para que caminara. Éste sonrió, acercándose al desconocido y alzando el rostro. Verdaderamente tenía unas facciones bellas, se dijo Iván. Sin embargo, aquello no cambiaba nada.
- Hermoso, por supuesto, pero ya sabe usted lo que busco… -. Polov le interrumpió, hablando al muchacho.
- Ya está bien, querido. Vete a atender al caballero que está entrando con Noah.
- Sí, Amo.
- Discúlpeme, ¿decía usted?
- Que no eso lo que busco. Debo forzosamente comprar a ese chico, Belial. No me importa el dinero. Diga usted un precio y mañana mismo tendrá esa cantidad en las manos -. Aseguró el rubio. Polov frunció levemente el ceño, pensativo. Meditó durante largos minutos, mientras Iván ordenaba algún licor caro y bebía, observando a los chicos frotándose contra sus clientes. Por fin el Amo habló:
- Veinte -. Dijo resueltamente.
- ¿Veinte monedas de plata?
- ¿Plata? Eso es lo que cuesta ir a la cama con él, señor. Veinte monedas de oro, y otras veinte de plata.
- Trato hecho -. Respondió el rubio, y ambos hombres estrecharon sus manos.

 


CHAPTER 5: An old Mistake

Tras el apretón de manos, de rigor entre caballeros, el joven hombre rubio pagó la copa que no había terminado de beber y se retiró, prometiendo enviar el dinero y recoger al chico la noche siguiente. De pronto todo el ambiente se le había hecho pesado, extremadamente molesto. Se despidió apresuradamente del señor Polov y se dirigió con rapidez hacia la puerta, acompañado por Noah. Éste abrió la puerta en silencio, apartándose para que el noble pudiera retirarse.
- Hasta pronto… señor -. Le dijo con una media sonrisa amarga, cínica. Iván cruzó la puerta, repentinamente furioso, y montó de un salto en su caballo. Espoleó al animal con fiereza, haciendo que se lanzara corriendo avenida abajo como una ráfaga de viento invernal. El hombre de ojos dorados aún se mantuvo algunos momentos observando hacia fuera antes de cerrar la puerta tranquilamente.
Lo había reconocido, de aquello no cabía duda. Quien se acuesta con niños despierta mojado, o algo así creía recordar que decía cierto refrán. Aunque algunas veces, agregó él, quien se moja es el maldito crío, y uno puede salir casi seco… Pero aquello no era cierto. Noah había pagado cara aquella vieja estupidez.

Ah, sí, recordó mientras cruzaba el pasillo hacia el salón principal, había sido muy estúpido. La furia de Polov había sido su culpa. Él se había comportado realmente encantador aquella mañana. Lo había acariciado con ternura, le había besado el rostro suavemente y a penas había rozado sus labios, como si temiera romperlos.
‘Mi amor’ Le había susurrado al oído aquella voz rica y viril. ‘Despierta, no seas holgazán’. Él había aproximado su cuerpo desnudo al de Polov, descansando la cabeza sobre su pecho. Tras largo rato de pereza, se había decidido por fin a hacer un esfuerzo por abrir los ojos. Al hacerlo, había encontrado que los de su Amo lo observaban con aquella inescrutable expresión que era diferente al mero deseo. En aquel entonces no sabía si se trataba de cariño, ternura, simpatía o sólo esa magnánima benevolencia que parecía mostrar siempre hacia sus esclavos. Tal vez un poco de todo aquello. O tal vez era amor. O tal vez era un idiota por ponerse a pensar en ello, se había dicho. Lo único importante era que estaba allí, acurrucado en su piel suave, y que era su favorito y que la noche anterior le había dicho con tono juguetón que le tenía una sorpresa. Cuando Noah había preguntado si la sorpresa estaba por allí, en los pantalones del Amo quizá, éste se había molestado. No, claro que no, es una sorpresa especial, y ninguna mentira así que no digas idioteces. Lo siento, Amo, era una broma, se disculpaba con voz sumisa. Ya, precioso, se reía, no te pongas así, mejor dame un beso. Todos los que quieras, mi amor, mientras se subía sobre él y le mordisqueaba los labios. Ah, pero yo nunca dije que quería un beso en los labios, había reído Polov, mejor en otra parte. Después, lo clásico, aquello que nunca llamaba ni tener sexo ni hacer el amor, porque le parecían dos conceptos demasiado extremos. En todo caso, no importaba. Ya estaba despierto, y el Amo le había prometido una sorpresa. Bostezó.
‘¿Qué hay de mi sorpresa?’, había preguntado.
‘Vaya forma de darme los buenos días, esclavo malo’, Polov le había hecho cosquillas. ‘Así no te mereces ninguna sorpresa’.
‘Tenga usted muy buenos días, mi adorado Amo y Señor’.
‘Algo mejor, pero aún no me convence’.
‘Eh… mi humilde corazón se humilla ante su magnificencia y desea que tenga usted muy buenos días, adorado Amo y magnánimo señor de este siervo miserable que no merece ni siquiera besar sus sagrados pies’.
‘Quizá con un poco más de emoción…’. Entonces Noah se había lanzado sobre el Amo y había bebido de sus labios, se habían devorado mutuamente. Más tarde, limpios y vestidos, Polov lo había llevado hasta una habitación que él jamás había visto. Era su estudio, había explicado el hombre, ordenándole cerrar la puerta. Entonces se había sentado tras un elegante y pesado escritorio de madera fina, dejando a Noah de pie ante él. Ya no amantes, otra vez Amo y esclavo. Había hablado mucho, alabando su belleza, subrayando sutilmente que era su preferido, diciendo que lo quería, y que por ello iba a darle un regalo. Ya no tendría, nunca más, óyelo bien, que vender su cuerpo para ganarse la comida. Desde ese momento se encargaría de cobrar, dar la bienvenida a los clientes y hacer los mandados que su Señor le diera. Noah no cabía en sí de emoción. Se arrojó a los pies de Polov, llorando agradecido mientras lo besaba. El Amo, conmovido, se agachó y le pidió que se detuviera. Eso era sólo una prueba de su amor. Se besaron y acariciaron castamente durante algún rato, antes de que el Amo dijera que era ya tiempo de ir a sus labores. Volvió a su asiento y escribió rápidamente una carta, que selló con cera y extendió a Noah. Le dio las instrucciones correspondientes para entregarla y le rogó que se cambiara esa impúdica túnica por la que estaría esperándolo en su habitación.
‘¿Mi… habitación?’
‘Así es, la puerta que se encuentra a la izquierda de la mía… Aunque dudo que la necesites demasiado.’
‘¿Po… por qué, Amo?’
‘Porque dormirás conmigo, supongo, ¿o no?’ Polov había reído al ver la expresión del joven, entre la incredulidad y el éxtasis. Pronto éste se había cambiado para siempre de ropa y se había retirado rápidamente, ¡a caballo! Su Señor no dejaba de darle sorpresas.

Noah regresó al salón principal, donde tanto amor falso volvía pesado el aire. Buscó con la mirada hasta toparse con la figura deseada en una esquina. Bebía impasiblemente, sentado solo en uno de los amplios sillones. Todos sabían que interrumpir las cavilaciones del Amo no era nada recomendable, pero Noah parecía olvidarlo con facilidad. Se aproximó, esquivando a los hombres lascivos y los jóvenes, cansados tras las sonrisas de marioneta, llegando al sillón. Se sentó junto a Polov y tocó suavemente su mano con las yemas de los dedos. Los ojos, penetrantes y almendrados, se fijaron en él con frialdad, pero enseguida la expresión cambió hasta convertirse en agrado.
- ¿Qué es lo que sucede, mi Amo? -. Preguntó el hombre de cabellos castaños, aproximándose más al otro. Éste le rodeó la cintura con un brazo y le atrajo hacia sí.
- No sé, precioso. No me agrada vender a Belial -. Admitió Polov, echando una larga mirada en derredor. Sus hermosos chicos besaban a los clientes, reían sus chistes viejos, se dejaban tocar por las manos que para ellos olían a dinero. Los sillones, las sillas, las mesas, las alfombras… eran de buen gusto, no esas mierdas estrafalarias que solían verse en las casas de placer de la región. Por eso el Romanze era reconocido, por su elegancia, la belleza de sus mancebos y su discreción. Nadie que no supiera de su verdadera naturaleza pensaría que aquella fachada blanca y con grandes puertas de madera oscura no era la respetable casa familiar que parecía. Hasta ese punto se podía engañar a los ingenuos. El hombre estaba orgulloso de su trabajo, de su dinero, de sus primorosas “mascotas”, de su burdel, que era un reino donde el sol se levantaba y se ponía con el Amo. Pero, ¿era verdaderamente eso lo que quería? Se lo preguntaba a veces. Tampoco ahora estaba seguro. Ya no era un chiquillo, y no sabía bien si seguiría soportando alegremente los gemidos pagados que resonaban por los pasillos de su hogar. Claro, tampoco era un viejo, treinta y dos años no eran demasiados, pero, ¿y dentro de diez más? ¿y dentro de veinte? ¿seguiría viviendo en su reino amurallado como el Príncipe Feliz hasta el final de sus días?
- ¿Es sólo eso? Te ves un poco mal… -. Su muñeco dorado le arrancó de sus pensamientos. Ah, Noah. Sólo a él lo conservaría para siempre.
- Es posible, no me siento bien… Creo que iré a descansar un rato, te quedas a cargo, ¿bien, mi amor? -. Noah asintió, pegado contra el pecho de Polov. – Te estaré esperando cuando cierres… -. Se despidió pícaramente este último, besando al joven en los labios antes de levantarse y perderse entre las sombras del pasillo. Noah, en un gesto infantil, se rozó los labios con las yemas de los dedos, acariciando el beso. Amaba a Polov. Lo adoraba. Y pensar que había puesto en peligro su amor por un estúpido crío nacido en cunita de oro…

Había entregado la carta diligentemente, con toda la rapidez posible, pensando regresar al Romanze a toda carrera para que su Señor se enorgulleciera de su eficiencia. Era un pendejo, le sonrió con indulgencia Noah a aquel joven y aún ingenuo mancebo que alguna vez había sido. En un comienzo, había parecido que cumpliría su cometido. La montura se deslizaba velozmente por las calles vivas, deteniéndose sólo para dar el paso a algunos transeúntes. Su humor aquel día había sido demasiado bueno para no hacerlo. En uno de aquellos altos momentáneos, algo había llamado su atención. Su vista dorada había llegado hasta la acera más lejana, donde se ubicaba un bar, no precisamente elegante, pero al menos decente. El local no hubiera presentado ni el más mínimo atractivo para Noah –quien consideraba incompletos tales antros, alegando que mucho más era un burdel– de no haber vislumbrado a un joven espécimen a través de cierta ventana. Había visto cantidad de muchachos hermosos en el Romanze, y a pesar de ser muy bello, éste no lo era más que aquellos. ¿Qué, entonces, le había hecho detener las riendas del rocín? No lo sabía, como tampoco sabía por qué había desmontado y atado al animal por allí cerca, dirigiéndose hacia el interior de la taberna. Había dudado algunos momentos en la puerta, temeroso de ingresar en el local. Él, un miserable esclavo marcado por un arete como pertenencia del Señor Polov, ¿qué derecho tenía a visitar un sitio donde se codeaban los hombres libres?
‘¿Vas a entrar, o te quedas fuera y cierras la maldita puerta?’, le había preguntado rudamente el hombre que secaba copas detrás de la barra. Noah, enojado y temeroso, había entrado y se había internado con paso indeciso en el bar, intentando ocultar su nerviosismo. ‘¿Qué vas a tomar?’
‘Nada…’, había respondido Noah, aún tímido, llamando inmediatamente la atención de cierto jovencito rubio, cuyos ojos de azabache se habían clavado en él. Desde entonces, todo había sido demasiado confuso. Sin saber cómo, se había encontrado bebiendo junto al muchacho, riéndose de nada, mirándose con ojos enfermizamente brillantes. Luego, el chiquillo había pagado y ambos habían salido de allí, encontrando sin saber cómo una callejuela oscura, fría, como un desierto perdido en medio del bullicio. ¿Por qué lo había hecho? Después de tantos años, no lograba comprenderlo todavía. Tal vez porque el chico era bello. Tal vez porque andaba caliente. O tal vez, era lo más probable, porque quería por una vez escoger él mismo con quien follar. Y aquello había hecho. Había dejado al muchacho medio desnudo en aquél callejón, y se había subido de un salto en el caballo para regresar como el rayo al Romanze, rogando que el Amo no sospechara nada de su tardanza. Evidentemente, nadie había oído sus plegarias.
Llegar y que Polov notara la turbación en sus ojos habían sido una misma cosa. Prefería no rememorar con claridad todos los detalles. Sólo recordaba el tiempo -¿Cuánto? ¿Días, semanas?– de castigo cruel. Horas de gélido silencio terminaban con un furibundo Polov dándole una paliza que lo dejaba cubierto de lágrimas y sangre. A veces, Polov le prohibía regresar a su habitación, y tampoco le permitía compartir la cama con él, por lo que debía dormir acurrucado en el piso como un perro, para a la mañana siguiente soportar horas de dolorosa violación. Y él sometido, suplicando perdón cada vez que el Amo le daba permiso de pronunciar palabra. En algún momento lo había perdonado. Desde entonces, había aprendido la lección…
La había aprendido muy bien, se repitió Noah, mientras se levantaba para abrir la puerta a un nuevo cliente. Miró a su alrededor, distraído, pensando nuevamente en su amado Polov. Que idiota. Lo había puesto en peligro por un criajo mimado.


CHAPTER 6: Last Day

Ariel reposó sus llagas sobre el suave pecho de Belial, dejando que su aliento de tranquilo durmiente acariciara la piel del cuello de su amado. Belial despertó en algún momento, tarde, a juzgar por la pesada oscuridad, que ni la más intrépida de las velas osaba interrumpir. Sintió la blancura de su pequeño, las lágrimas resecas en sus mejillas infantiles, las leves manos lánguidas. Tonta, tiernamente, llevó sus dedos hasta su boca y los besó, para luego aplicarlos sobre los delicados labios de Ariel. Una floja mirada en derredor le reveló a sus compañeros silenciosos, que ya podían ser prostituos en sus jergones, ya tiernos chiquillos en sus ataúdes. Menuda imaginación. Burdel de muertos. Cerrar los ojos y despertar otra vez a su mundo onírico. Mañana hay que trabajar...

Iván lo llamaba. Iván lo llamaba y no podía moverse, paralizado ante su belleza. Quería llorar, reír, rogarle a su hermano que lo besara, pero era incapaz de darle orden alguna a sus excitados músculos. El lecho de Iván era sedoso, índigo como si las profundidades del mar quisieran cobijar tanto amor prohibido. Román alzó la vista, recorriendo el cuerpo de su hermano con lentitud, falsa calma.

 

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