
MENSONGES
Original
Para Angélico Amaro… por existir.
Anti - Prélude
Todo está vacío. No me miréis así, que no estoy intentando hacerme el interesante. No digo que yo sea la excepción. Estoy tan vacío, tan estéril como todo a mi alrededor. ¿Me vais a culpar? ¿Me diréis que no tengo derecho? ¿Qué vosotros tenéis vidas felices, o tristes, o tal vez vidas que se revuelcan entre el gozo y la miseria? ¿Que también yo debo tener una? ¡Ya sé que debería! Qué más querría yo que una vida de verdad, donde quemara el fuego de una mirada, donde el hielo me mordiera los huesos. Mataría, ¡lo juro!, por una vida que lo sea. ¡Afortunados vosotros que gozáis y sufrís! Afortunados, sí, no corregiré lo que he dicho. Tampoco pintaré con belleza maquillada la realidad, pues lo mejor siempre será que os lo diga todo claramente. ¿No comprendéis de que hablo? ¿O es que no queréis entender? Sabed que os envidio. Os envidio como ni la margarita es capaz de envidiar al sol, ni la hormiga al vigoroso corcel. Pero, naturalmente, aún no comprendéis de que hablo. No entendéis nada, y sin duda me tomaréis por loco… y tal vez no estéis tan equivocados. ¡Eso! Es que soy un loco, pero no he enloquecido de amor como el célebre niño. No, no, yo soy el hombre que enloqueció de vacío. El hombre que enloqueció de soledad. El hombre que enloqueció de nada. ¿Lo pilláis? ¡Es esta nada la que me enfurece! Me apago, me consumo sin que haya un fuego a quien culpar. Y quiero gritar, y quiero que alguien llegue a desgarrar mi corazón con las uñas, o acariciarlo con una pluma de dulzura. Cualquier cosa estará bien si es capaz de darme una vida. ¿Qué, no creéis que yo no la tenga? Naturalmente, no me refiero a estar muerto. Me late el corazón y se me hinchan los pulmones con su propia voluntad, y mi cuerpo tiene necesidad de comida, de movimiento, y de reposo. No estoy muerto, pero nadie podría decir que estoy vivo. Sencillamente existo, sobrevivo, voy hacia delante porque, aunque giraran en reversa las manecillas del reloj de Notre Dame, el tiempo no perdona, y no puedo hacer más que seguir el camino al que me fuerza. ¿Y os preguntáis qué querría? Pues morder con colmillos de lobo el tiempo que corre fatídico frente a mi nariz. ¡No, este no es el testamento de un amante frustrado! No busco un amor imposible. Sólo quiero algo, alguien a quien odiar o a quien amar, por quien reír o llorar. Algo que me haga feliz o desdichado y me recuerde que hay un músculo dentro de mi pecho que no sirve sólo para bombear sangre por doquier. Os parezco un adolescente cursi, ¿verdad? Que imbecilidad. No sé que estoy haciendo. ¿Acaso os importa? ¿Os puede importar aunque sea mínimamente algo de lo que me pasa? No, naturalmente, porque sois como todos, porque nadie sabe ver más allá de su mugrosa nariz. En realidad, escribo para nada. Escribo para el vacío. A nadie le cambia la vida lo que un miserable humanoide como yo haga o deje de hacer. Todo es puro miedo a no hacer nada y descubrir que no pienso. Es puro miedo a haberme muerto sin notarlo, y en ello encontrar todas las explicaciones a mi vacío…
CHAPITRE 1: ExistenceMe gustaría decir “fuera llueve”. La lluvia es un fenómeno bastante lírico, que hace comenzar bien cualquier narración. Lamentablemente, la vida no es tan… acabo de decidir no continuar usando la palabra “vida”… en fin, la existencia no es tan lírica como debería serlo para resultar atractiva, por lo que, naturalmente, no llueve, cagándome así el comienzo del relato. A penas está algo nublado, por lo que seguramente ninguna lluvia vendrá a rescatarme en medio de la historia. Pero bueno, he de continuar a pesar de todo. Como decía ya, fuera no llueve, ni dentro tampoco, si comprendéis a lo que voy. Aquí dentro hace ya tiempo que no sucede nada…
Os preguntaréis cuánto tiempo más voy a estar revolviéndome en mi propia mierda antes de decir algo que tenga sentido para vosotros, ¿no? Porque, naturalmente, ha de llegar el momento en que os hable de mí, en que logre maquillar el clásico “Había una vez un hombre llamado Laurent, que nació en París el año…” Bla, bla, bla. Podría pintároslo como que casualmente me he sentado frente una ventana –¿No os parecen líricas las ventanas?– a recordar toda mi vi… existencia. También puede ser a través de un diario de vida –que evidentemente no poseo– o incluso por encontrar entre mis porquerías alguna vieja carta que me transporte varios años hacia atrás. Lamentablemente, hoy no estoy para teatros, por lo que os contaré todo –no será TODO, por supuesto, pero es una forma de decir– sin demasiados rodeos.
Como ya he dicho, mi nombre es Laurent Sabouraud, y nací en París hace veintitrés años, o cosa así. Aunque sé que os gustaría escuchar una historia donde el pequeño Laurent quedara huérfano a los pocos años, yendo a parar a un orfanato o a casa de los parientes malvados –o en su defecto, a cualquier lugar horrible donde fuese maltratado y no viera jamás un rostro cariñoso– no puedo complaceros si deseo ser fiel a la realidad. Lo cierto es que mis padres no me dejaron abandonado de pequeño en un mundo hostil, ni me crié disciplinado por el sufrimiento de una vida difícil. De hecho, viví con mis padres y hermanos hasta que a los diecinueve años me vi en la necesidad de huir para conservar mi salud mental…
Bueno, ya sé que os preguntaréis qué fue de mi existencia durante esos años, y me encantaría responderos –No me creáis, estoy mintiendo– pero no sé por dónde comenzar. A quien me diga que empiece por el principio, le parto la cara, no sólo por seguir gastando un cliché hediondo, sino porque es imposible. ¿El principio? Yo era un criatura pequeña, seguramente bastante chillona y similar a un gusano o a una rata recién parida, porque en el comienzo todos somos más o menos iguales. Es muy probable además que me la pasara todo el tiempo durmiendo, cagando y bebiendo de mi madre, como hacen todos los críos. Éstas, por supuesto, no son más que especulaciones, aplicables a cualquier pequeñajo, pero nada concreto. Nos perdemos injustamente momentos de nuestra propia existencia, un momento tan notable y pegajoso como el nacimiento. ¿No es una verdadera estupidez? Pienso que es la forma en que la Vida –Notad, que no hablo de vida, como prometí hacerlo, sino de Vida– nos informa que no somos en realidad dueños ni de nuestra propia persona. Que no le digamos luego que no estábamos avisados.En fin, pero yo os iba a contar en qué ha consistido mi existencia desde que tengo uso de razón. Me saltaré, como es natural en alguien que tenga como mínimo un dedo y medio de frente, aquellos primeros años en que yo era un chico tal como un millón de chicos, sin nada especial más que mis ojos, uno del color de las bóvedas celestiales, mientras que el otro como de oro empañado. ¿Qué, estoy adornándolo mucho? Pues da igual, ya que hay que darle algo de color a una historia tan insípida como la mía. Pero, bueno, como iba diciendo, yo era un pequeñajo que no pretendo describiros, pues cualquiera que imaginéis –con un ojo celeste y el otro miel– será suficientemente parecido. Lo único que destaco de ese crío es la afinidad que tenía consigo mismo, suficiente como para pasar la mayor parte del tiempo solo o con un amigo por propia elección, y una imaginación desbordante de cagadas –lo que se traducía en canciones y diálogos inventados que iba susurrando por la calle, costumbre que mantengo hasta el día de hoy y que hace pensar a quienes me ven que soy un anormal… cosa que, tal vez, no esté tan lejos de la realidad–.
Saltándonos esos años de relativa candidez, me convertí en un tipo sin sentido. A los quince años era un… un ente flacuchento y desgarbado, de rasgos marcados que a algunas pendejas parecían resultarle atractivos. Vestía, sin razón, al igual que muchos críos de edad similar, de un negro riguroso, costumbre que aún no he desechado. Vagaba sin rumbo por doquier: Vagaba por el colegio, por mi familia, por mis amigos, por los que eran más que amigos… No hacía nada. Es decir, claro, no me toméis al pie de la letra. A primera vista, hacía todo lo que un engendro de mi edad debía hacer. No era ese el problema, sino que estaba muerto. Estaba muerto, como ahora, o moribundo. Sí, moribundo, con una esperanza infundada clavada en el pecho. Esperanza de estúpida adolescencia, que me decía que el mundo no podía ser así. Algo me salvaría. Alguien me salvaría… ¡Mentira!¡Mentira! ¡Nadie ha venido a rescatarme! ¡Nadie! Lo gritan a todo pulmón los actores sobre el escenario, los soldaditos de plomo con que el Mundo y yo nos enfrentamos en batalla campal. Lo gritan en los ensayos que, dramaturgo y director, tengo en la palma de la mano. ¡Mentira! Lo estás haciendo mal, no eres nada apasionado… ¿Quieres irte a lavar los baños y le doy el papel protagónico a alguien más? ¿No? ¡Entonces desgárrate!
Y él me odia. Vuelve al escenario y brama “¡Mentira!” con todas sus fuerzas. Pero yo lo he hecho gritar más. Oh, sí, me odia porque me amó. Pero yo jamás pude amarlo, ni puedo corresponder ahora su odio. Lo estás haciendo mal, y no me discutas. Yo escribí el puto guión, así que no me dirás tú cómo ha de hacerse. Otra vez… ¡Mentira!
CHAPITRE 2: SeulLos actores, marionetas, dejan sus cuerdas en el escenario y se dirigen a los camerinos como terneras flojas. Estoy solo, sí, solo otra vez, solo ahogándome en una multitud de asientos desvencijados. Me marcho, siempre solo, sin siquiera despedirme de ellos. Como si de algo sirviera. Voy andando sin prisa por las calles de París, sin hacer caso de las impúdicas florecillas que descaradamente montan orgías en las ramas de los árboles. ¿Primavera la estación del amor? Yo os diría que es la estación de los insectos asquerosos y los vendedores de helado ambulantes, pero no viene al caso.
¿Qué, ahora esperáis que os cuente algo denigrante, algo que os deje el ánimo por los pisos, para que toda la historia termine con un simpático suicidio? ¿Bonito final para tantas desgracias que ni siquiera lo son verdaderamente? Pues os decepcionaré una vez más. Nada de suicidios por el momento. ¿Por qué? Pues… si he de ser honesto, porque aún algo de aquella infantil y estúpida esperanza -el "algo cambiará", "no puede ser así eternamente"- persiste todavía. Sí, ya lo sé, soy ingenuo, no necesitáis decírmelo. Pero tengo que persistir, no puedo echarme a descansar… todavía no…
Los faroles de las calles se encienden, voyeristas de mi patética existencia. Viernes. Un paréntesis sin clases ni ensayos. Más monotonía enlatada. La odio… No, no es verdad. Ni siquiera odio la monotonía, enfermedad asquerosa que bajo una máscara recibe este nombre, y bajo otra el de paz. No odio porque no sé odiar. No sé amar. No sé hacer nada más que caminar, ir hacia el café-bar-restaurant de la esquina siguiente como un zombie. Me siento solo en una mesa del segundo piso y pido algo, no sé qué, no importa. Bebo mirando a través de la ventana cómo el cielo de día primaveral va dando paso poco a poco, a regañadientes, a una noche igual que todas.No he bebido mucho: Ni siquiera tengo dinero para eso. Un viernes de primavera a las 10:47. ¿Qué me queda? Nada más que regresar a mi sepulcro, a enterrarme con uñas destrozadas hasta el próximo lunes, ¿no? ¿No?
Y es lo que hago. Camino -si algo bueno tiene el ser proletario como yo, es que mis piernas aún tienen la capacidad de cumplir la función para la cual fueron creadas- por brillantes, coloridas, deprimentes calles. Si mantengo la vista en su punto natural, puedo ver caras rosadas y blancas y amarillas y grises, que chocan unas con otras en un tintineo de falsos cascabeles. Ensordecedor. Simios venidos a más chocan entre ellos, ríen y lloran, se matan con lentitud sin tocarse siquiera.
¿Y bajar las pupilas? Sólo hay restos, zapatos que por encima relucen como las monedas de un avaro, aunque en el fondo estén llenos de mierda. Y hombres y mujeres que alargan manos empobrecidas en busca del egocentrismo -o caridad, como queráis llamarle- de algún transeúnte. Mi última moneda acaba en manos de una mujer seca, triste como un higo, y sigo andando...
¿Será sólo un afán desesperado por alimentar mi propio maltrecho orgullo bebiéndome la miseria ajena, o de verdad veo más humanidad en estos seres traposos y ajados que en los respetables ciudadanos que caminan junto a mí? Sea por un motivo o por otro, lo cierto es que en este momento prefiero dedicar mis ojos a los mendigos sentados al borde de la acera y a los perros vagos. Pies y cemento. Hojas de otoño, sin más cementerio que las suelas apresuradas.Es probable que me pierda si no levanto la vista, pues ya comienzan a hacerse presentes las callejuelas asfixiantes tan similares a la que lleva a mi antro. En una de éstas -común, ordinaria como todas- veo un mendigo tembloroso, apoyado contra la pared. Sigo de largo. Al menos pienso en hacerlo, mas no puedo. La rotosa manta gris envuelve a un vagabundo nada común. No puedo definir más rasgos que un cabello sucio pero llamativo, grandes ojos claros, y juventud. Tanta juventud y agitación que me causa un estremecimiento. Me detengo y frenética, desesperadamente, escarbo mi bolsillo en busca de la más mínima moneda. ¡Maldita mujer! Busco limosna para el joven mendigo, parado como un poste rebelde en medio de la calle. Me aproximo, aún sin nada que darle, y la voz apternal que abandona mis labios no es la mía, estoy seguro:
- ¿Por qué no estás en tu casa, chico? -. No, ahora que lo pienso, no parezco paternal. Más bien me oigo ahogado, hasta asustado por su frágil presencia. Me inclino, mirando por primera vez en siglos a otro ser, y lo que veo me petrifica sin razón. Sus mejillas están teñidas de un rubor que puede ser producto de una carrera o de algo más. Sus pupilas, contraídas, me atraviesan, mientras que el aroma de la sangre que brota por la comisura de su labio podría hacerme desmayar si no me aparto.
- No tengo casa -. Me responde, con la voz ronca de frío. O de soledad. O de cualquier cosa.
CHAPITRE 3: Le Petit PrinceCamino. Camino, y podría no detenerme jamás. Voy bajo las miradas amarillas de los faroles, perdidos entre las ramas rebeldes de unos árboles que no quieren dar flores. Tenéis todo mi apoyo. La calle, eterna, se extiende ante mí como una boa gris capaz de tragarse el mundo entero en un arrebato de gula. Es como siempre. Los mismos patios con perros que nunca dejan de ladrar, las mujeres regando, los autos estacionados juntando tierra y recuerdos que nadie conocerá. Es como siempre, excepto porque no todos los días llevo una cosa tan frágil en mis brazos.
El pequeño mendigo, dormido o desmayado, no lo sé, pesa tan poco como un pétalo marchito. Es casi etéreo, aún con la tosca manta y la tierra manchando sus mejillas que poco a poco van perdiendo el color. Bajo los chorros de luz artificial puedo contemplar sus pestañas largas, tiesas, ramas desnudas del invierno que ha muerto. Ojos cerrados, cejas en un dorado gesto de desamparo. Labios que son una rosa que el artista ha pintado con demasiada agua, disolviendo así el carmesí hasta volverlo sólo un recuerdo. Oro viejo. Oro enterrado por Incas o Egipcios. Oro en sus cabellos sucios, que le cubren la frente para guradarla pura, lejos de miradas indiscretas.
¿Qué estoy haciendo? ¿Qué hago yo con un crío flaco en los brazos, como una perra cargando a su cachorro? ¿Qué hago? Llego al edificio y subo, o subimos. El aviador y el principito llegan a la puerta y el primero golpea con urgencia. Apúrate, Bencio, por una vez en tu maldita vida.
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