Autora

Índice

Main

LOCURA

Original

 

Ladridos de excitación. Gruñidos. El agrio olor a sudor humano penetrando por mis fosas nasales hasta envenenar mi cerebro. Y deleitarlo. Llanto. Lágrimas de sal. Gemidos. Una jauría de perros sobre un gatito frágil e indefenso. Que precioso cuadro. Que agradable imagen para comenzar una noche más de existencia. Una sensación primorosa. Semen, transpiración… sangre.

Me siento en el camarote oxidado dejando que mis piernas lacias se balanceen en el aire viciado. Mi espalda se estira, cómoda, sabiendo que no habrá alguien tan idiota de posar sus ojos insolentes en ella. Ruido. Música. Caos.
- Ya hacía tiempo que no traían un nuevo. Míralos, tan ansiosos… tan salvajes… -. Llega a mis oídos esa brisa, ese timbre entre dolido y resignado. Esa voz que no está muerta ni viva.
- ¿Acaso te sorprende? Creí que ya te habías acostumbrado -. Mi mano, fría, se desliza sobre el sucio cobertor hasta sentir el contacto de su piel de río y de selva.
- ¿Me dirás que no sientes ni un poco de lástima por el chico, Dhaka? -. Pregunta en tono de reproche, alejando su mano de mí con un movimiento de fiera.
- No. ¿Acaso tú sientes lástima cuando ves un gato devorando a un pajarillo? -. Me pongo un dedo sobre los labios, relamiéndome.
- No puedes comparar. No es lo mismo el justo equilibrio de la naturaleza que una maliciosa violación -. Gruñe.
- Esto es también algo justo y natural. No sólo de pan vive el hombre -. Recito, sonriendo al sentir las pupilas de Thael fijas en mí.
- Deja de ser estúpido.
- Tú deja de molestarme. Si tanto te perturba, ve y detenlos -. Le espeto, clavando una uña en mis labios hambrientos. Un salto felino lo deposita en el suelo y se va a su silencio eterno dejando un “Eres imposible” en el aire. No entiende. O quizá entiende demasiado. Por eso su frágil espíritu de hombre llora a mares, sin dejar rastro. Y se esconde en su soledad muerto de miedo. El cobarde. Mi dulce cobarde.
Olor a llanto. El sudor envolviéndolo todo con su nube fétida que sin embargo no puede disimular aquellos aromas sutiles, afilados, aquellos aromas que me atrapan como una multitud de manos salvajes. Olor a vergüenza, a soledad, a muerte. El olor que despide el chico golpeado y ultrajado, sangrando en un rincón, gimiendo, moviéndose como una hormiga aplastada. Llamándome con ese sensual movimiento de agonía. Rápida, inconcientemente, giro mis pupilas agudas hacia Thael. Sus labios móviles llaman a un beso y sus pestañas bajas ocultan el misterio de los únicos ojos que se atreven a mirarme. Los únicos tan valientes. O tan tontos.
¿Por qué rezas, mi tigrecito? ¿A qué le rezas? ¿A una fuerza, a un espíritu, a un ser superior? Por eso me encantas, porque eres tan tonto, tan crédulo e inocente… tan irresistiblemente atractivo. Tan hermoso, que seguro no te enfadarás conmigo. Comprenderás que seres como yo no existimos para la paz ni la monogamia. Comprenderás…

Me acerco al pequeño esperpento con una ondulación que resulta excesivamente elegante en un ambiente tan brutal. Este mundo no está hecho para seres como tú, dulce corazón. Los corazones que no se vuelven de piedra, acaban como carne podrida. Carne. Puedo ver el terror en los ojos grandes y oscuros, huelo el miedo que le produce mi presencia. Mentalmente reviso mi aspecto, intentando detectar cual de mis características es la que horroriza al joven de tal modo. ¡Oh, por supuesto! Es que, para su torpe y nublada visión, soy otra bestia más, otro hombre salvaje dispuesto a devorarle. Devorarte, sí, volverte mío por completo. Pero, ¿de aquél modo vulgar en que te han ultrajado mis bastos compañeros? No hay ninguna razón para actuar como ellos. Y ninguna para no hacerlo. Sí, ¿por qué no? Thael, si se lo preguntara, diría que sería rebajarme a su nivel, que yo debo ser distinto. Pero, ¿hay en el mundo algo que me obligue a actuar de una determinada manera? No, amor mío, yo no soy distinto de ellos. Yo soy como todos, y voy mucho más allá. Con que manos a la obra. A la carne.
Me arrodillo junto al cuerpo herido y poso una de mis manos sobre la huesuda espalda. El chico gime, en agonía antes de la agonía. Acerco mis labios a su oído y susurro alguna cosa, tonterías, quizá sólo para que sepa que este monstruo es aún capaz de articular palabras coherentes:
- Hermoso, hermoso como un mendigo enfermo. Tan hermoso como una torre de cabezas cortadas y malolientes, como una pira funeraria…
- No… déjame -. Ruega sin convicción.
- … Hermoso como la Muerte misma. ¿Quieres, crío perdido, ser la Muerte? -. Toco su piel amoratada mientras hablo, acariciándolo despectivamente a cada palabra. Sus pupilas, líquidas y agrandadas por el miedo, me recuerdan a la primera vez que vi en los ojos pardos de Thael, la primera vez que le hice mío. Que desagradable. A mi amado jamás le ha quedado bien la sumisión. Mejor que a mí, claro está, pero no es parte de su naturaleza. Este chico delicioso, en cambio, éste que con suerte ha dejado de ser un niño, resulta increíblemente atractivo al verlo postrado en el piso, suplicante. Es algo totalmente excitante.

 

--------------- Pendiente de actualización -------------