
FUYU
(Invierno)Original
1.- Jigoku (Infierno)El jarrón atravesó la habitación y se estrelló contra la pared, dando como resultado una lluvia de astillas que regó la alfombra. Fuyu se volvió instintivamente hacia el sitio del impacto, con tiempo apenas para cubrirse el rostro con los brazos y evitar cortarse. Una mano fuerte lo cogió por el antebrazo y le sacudió. El hombre le observaba con la furia pintada en sus oscuros ojos azules. Antes de que el joven pudiera apartarse, Rei cogió un pedazo de filosa cerámica que había caído sobre la mesa y adelantó bruscamente la mano libre hacia Fuyu. Le hizo un largo corte en la cara y luego lanzó lejos el arma improvisada.
- Rei… -. Sollozó el chico, conteniendo las lágrimas mientras observaba a su agresor. Éste le agarró por los claros cabellos plateados y volvió a sacudirlo. Fuyu se agarró con ambas manos del brazo de Rei, intentando disminuir la fuerza con que le zamarreaba, pero estaba fuera de sí y en ese estado se volvía increíblemente fuerte. Le arrojó al piso y se lanzó sobre él, apretándole las caderas con sus rodillas. – Lo… lo sien…to…
- Cállate -. Ordenó el hombre, golpeando su rostro con el puño. El muchacho comenzó a sollozar con más fuerza.
- De… demo… Rei… -. Suplicó.
- ¡¡Cállate!! -. Cerró su mano en los cabellos de Fuyu, tirando al tiempo que desabrochaba los botones de la camisa. El chico temblaba, conteniendo los sollozos, mientras las lágrimas barrían la sangre que había comenzado a brotar del corte en su mejilla. El hombre tiró la tela, desgarrándola en algunos lugares y arrancando los últimos botones. Lanzó la camisa a un lado mientras aprisionaba las caderas del otro entre sus rodillas. Fuyu intentó implorar otra vez, pero la mirada asesina de los ojos marinos frente a él le hizo pensárselo dos veces y calló. Rei le zarandeaba y pellizcaba su piel mientras lo desnudaba con violencia. Bajó de un tirón la ropa interior del muchacho, rajándola.
- ¡Rei! Por favor, no qui… -. Un feroz puñetazo en el estómago hizo que Fuyu se encogiera para abrazar su vientre con un grito ahogado. Cuando abrió la boca para buscar el aire que había perdido, el puño del otro volvió a caer sobre su rostro, arrancando sangre de su nariz y su boca. Éste tomó la ropa interior desgarrada y la convirtió en una mordaza, que casi ahogó a Fuyu en sus ruegos y su sangre. Rei amarró sus manos con la camisa tras la espalda y luego lo tomó del hombro, lanzándolo a un par de metros, boca abajo. El chico trató de incorporarse torpemente, pero el hombre cayó con todo su peso sobre él y lo derribó, haciendo que se golpeara la cabeza contra el piso. Oyó a Rei bajando su propia cremallera y sintió sus dedos pellizcándole brutalmente una de las tetillas. Gimió de dolor y de miedo. La otra mano del hombre encontró rápidamente el miembro de Fuyu y lo retorció. El chico cerró los ojos mientras mordía con fuerza la improvisada mordaza. Sintió la erección del otro rozando su entrada e intentó relajarse. Así dolería menos. Apretando más los dedos, Rei tiró del chico, obligándolo a descender sobre su sexo erecto. Afortunadamente tenía una bola de tela medio ahogándolo, pues sin ella todo el edificio habría oído el desgarrador grito que quiso salir del pecho de Fuyu y falleció en el intento. El muchacho sintió como su novio entraba y salía de él velozmente, sin consideración alguna, mientras las lágrimas anegaban sus mejillas. Las manos del moreno lo estimulaban con fiereza al mismo tiempo, dando como resultado un doloroso estallido conjunto. Todo acabó pronto. Rei se apartó y se dirigió al baño, dejando a un sollozante Fuyu en medio del piso de la sala. Lloraba. ¿Por qué? ¿Por qué siempre era lo mismo? Arrodillado, con las manos atadas a la espalda y la frente contra el suelo, le parecía que el dolor era menos intenso. Podía oler la sangre y el sudor, el semen que manchaba su vientre. Estuvo así una eternidad, sintiendo los latidos de su corazón y dejando que su pecho adolorido se calmara. Mil años después, oyó los pasos seguros de su novio aproximándose. Tembló y apretó los ojos, rogando en silencio.
- Me voy, mi amor, tengo una reunión importante. Te llamaré si vuelvo tarde -. Anunció Rei con voz sonriente, agachándose junto al chico y desatando sus muñecas como si todo fuera muy normal. Que alivio, tenía ya las manos moradas. Tomó a Fuyu por la barbilla y le obligó a alzar la vista. – Hasta pronto, cielo -. Dijo con un beso en la mejilla manchada de lágrimas y sangre seca. Se levantó, estirando su corbata nueva, y abandonó el departamento alegremente. El joven fue incapaz de moverse hasta que oyó los pasos de Rei ingresando al ascensor. Sólo entonces tuvo el valor necesario para incorporarse a medias y quitarse la mordaza, tiritando. Miró con aire desolado a su alrededor. ¿Qué haría? Nada, se dijo. Nada que cambiara algo, al menos, agregó enseguida. Arreglaría todo, se daría un baño y dormiría. No tenía ánimos para estudiar. Se incorporó gimiendo de dolor.
“No voy a poder”, pensó. Cojeó lentamente hasta el baño, evitando pisar las astillas del fallecido jarrón. Se paró frente al espejo y dio enseguida un paso atrás. El joven del espejo movía salvajemente a compasión. Los cabellos, suaves y plateados, estaban revueltos como si un huracán los hubiera azotado. El corte en su mejilla ya había dejado de sangrar, y el rojo líquido se había secado sobre su piel pálida, sucia de lágrimas. También había sangre pegajosa y medio seca en su nariz y sus labios. Tenía una marca roja en la frente, un ojo hinchado y la mejilla amoratada. Los trozos de cerámica que habrían mordido su rostro de no haber interpuesto los brazos en el momento justo se clavaban en su carne dolorosamente. Examinó sus antebrazos y arrancó una a una las pequeñas astillas. Cuando hubo acabado, las tiró al basurero y buscó en la cómoda junto al espejo algo que sirviera para desinfectar sus heridas. Aunque la botella color rosa transparente aseguraba que el producto en su interior desinfectaba sin causar dolor alguno, Fuyu dio un respingo al aplicarlo sobre su rostro con una bolita de algodón. Tras largo rato de minuciosa limpieza en su cara y sus brazos –prefería dejar que el resto de su cuerpo se curara por sí mismo– abrió el grifo del agua caliente y dejó que ésta cayera con fuerza sobre él en forma de poderosa lluvia. No le importó que las duras gotas quemaran su piel. Lloró un rato a gusto entre el vapor y la humedad. Limpió su cuerpo cuidadosamente. Todo había sido un arranque de ira por parte de Rei, se dijo. Debía comprenderlo. Tenía mucho trabajo, estaba cansado. Aquello podía sucederle a cualquiera. Ambos se amaban. Todo no pasaba de una triste caída que no valía la pena recordar, concluyó por fin, al tiempo que cortaba el agua. Se envolvió con una enorme y esponjosa toalla amarilla y se secó sin apuro, concentradamente. Aún dolía, a pesar de estar sus músculos más relajados gracias a la ducha. Pero podía ignorar el dolor. Caminó despacio hasta la habitación que Rei y él compartían y buscó algo de ropa. Ropa interior, calcetines, un pijama azul de algodón y sus pantuflas con conejitos de peluche celeste. Aquello se sentía bien, pero aún no acababa con todo. Se obligó a ir hasta la sala y recoger las prendas destrozadas, limpiar el piso, tirar los restos del jarrón. Ya todo parecía como nuevo, como un día cualquiera. Caminó lentamente hasta la habitación y se dejó caer en la cama doble que dominaba la habitación. Cogió el teléfono inalámbrico de la mesita de noche de Rei y marcó un número sin pensar, automáticamente. Una milésima después, cortó aterrado. Estaba llamando a Rei. Era un imbécil, un verdadero estúpido. Antes que su novio quisiera devolverle la llamada, marcó un nuevo número, fijándose bien en las teclas. El teléfono sonó cuatro veces antes que contestaran del otro lado.
- Moshi-moshi -. Dijo una alegre voz infantil. Fuyu casi sonrió instintivamente mientras respondía.
- Konnichiwa, Shinsuke-kun. Habla Fuyu. ¿Está tu hermana por ahí?
- ¡Fuyu-san, konnichiwa! Sí, enseguida -. Exclamó el pequeño. Luego, olvidando cubrir el auricular, gritó. - ¡¡Onee-chan!! -. Fuyu se apartó del teléfono mientras el niño gritaba. Unos segundos después, una voz femenina, que parecía algo irritada, habló:
- Moshi-moshi, ¿dare da?
- Yume, habla Fuyu -. Anunció éste en voz baja.
- ¡Ah, Fuyu, eres tú! Ya me extrañaba que no dieras señales de vida. ¿Pasó algo? Suenas muy desanimado.
- Yo… ¿estás muy ocupada?
- No en realidad, ¿quieres librarme de tener que cuidar al enano esta tarde?
- Si es que puede ser…
- ¡Claro! ¿Quieres ir a algún lugar en especial? ¿Qué tal está Rei-san? ¿Me dirás qué es lo que te ha pasado? -. Preguntó la chica, hablando atropelladamente. Fuyu se mordió los labios.
- Ven a mi casa, kudasai. Te contaré todo aquí.
- De acuerdo, estaré allá enseguida. Ten listo un café. Ja-ne.
- Ja-na… -. Clic. El chico dejó el teléfono sobre la almohada y encogió las piernas al tiempo que se cubría la cabeza con los brazos. ¿Por qué había llamado a Yume? Ahora tendría que darle una explicación de todo. Sería embarazoso. Sería estúpido. Sin embargo, quería hacerlo. Quería que Yume lo abrazara y dijera “todo estará bien”. Aunque no fuera cierto… Se levantó deprimido y caminó a la cocina arrastrando sus pantuflas de conejo, regalos de Yume. Estaba preparando un café cargado con mucha azúcar y un tazón de chocolate caliente cuando oyó el timbre. Descolgó el auricular.
- Moshi-moshi.
- Tendrás que darme una llave, Fuyu -. Se quejó Yume desde el otro lado. El chico presionó el botón para abrir la reja exterior y abrió la puerta. Revolvió ambas tazas mientras su amiga subía. Cuando ésta hubo llegado, se descalzó y cerró la puerta tras de sí como si estuviera en su propia casa. Abrazó por la espalda al chico, que no se había movido siquiera al verla entrar. Iba a saludar cuando Fuyu giró su rostro y las palabras murieron en los labios femeninos. Dio un par de pasos hacia atrás y, luego de unos segundos en los cuales se recuperó un poco de la impresión, preguntó por fin:
- ¿Qué te pasó?
- Toma -. Se limitó a murmurar Fuyu, entregándole el café. La chica pudo notar una marca roja alrededor de la muñeca del joven. Éste tomó su propia taza. – Vamos a mi cuarto -. Caminó hacia el fondo del pasillo y Yume lo siguió, estupefacta. ¿Dónde estaba el rostro hermoso y como de delicada porcelana? ¿Dónde el brillo de los ojos carmesíes y la sonrosada sonrisa de los labios de su amigo? Ahora parecía tan débil y maltrecho como un esqueleto. Yume se sentó en la cama en posición de loto. Fuyu se tendió boca abajo, apoyado sobre los codos, evitando la mirada color celeste de la muchacha. Se hizo un silencio molesto, que Yume desgarró sutilmente unos segundos después.
- ¿Fuyu? -. Susurró. Éste alzó la vista e intentó sonreír.
- No te pongas así, Yume. No es nada gra…
- No digas eso, baka. Mejor cuéntame qué ha pasado.
- Bu… bueno, es que… Rei y yo tuvimos una… una discusión… -. Balbuceó Fuyu, sonrojándose, con las pupilas clavadas en su chocolate que se enfriaba rápidamente.
- Eso es normal, pero aún no entiendo… lo demás -. Dijo ella, incómoda. No quería creer lo que estaba pensando. No a Fuyu, no otra vez…
- Pues… él estaba muy enojado y me… me… me pegó.
- ¿Volvió a pegarte? -. Exclamó Yume.
- No… es decir, sí, demo… -. Él guardó silencio de pronto, sin saber qué decir.
- ¿Y esa herida? ¿También te la hizo él? -. Inquirió la joven, sintiendo como la indignación comenzaba a roerle las entrañas.
- Eto… hai. Él… me pegó… y me cortó… y luego…
- ¿Luego…?
- Hicimos… el amor…
- ¡Oh, Fuyu! Ustedes no hicieron el amor, Rei te violó -. Exclamó Yume, entre la furia y las lágrimas. – Ese hombre está enfermo, no puedes seguir viviendo con él.
- ¡Demo, Yume! Él no está enfermo, sólo perdió el control. No voy a largarme por eso -. Intentó argumentar el joven.
- ¿Perdió el control? Por favor, Fuyu, no digas estupideces. Esto ya ha pasado antes, y seguirá pasando mientras continúes viviendo aquí.
- No me digas que corte con él y me vaya porque no lo haré. Tú no entiendes, Yume. Yo lo amo…
- ¿Y porque lo amas vas a dejar que abuse de ti?
- No, eso no volverá a pasar…
- ¡Eso es mentira y tú lo sabes! No te defendiste esta vez, ni ninguna de las anteriores. Tampoco lo harás en el futuro. Dejarás que te maltrate y te humille cuando él quiera -. Exclamó la chica, llorando ya. Mientras se secaba las lágrimas, continuó. – No digo que tengan que cortar. Vente a mi casa y sigan siendo novios, dile a Rei que busque un siquiatra. Cuando esté sano podrán vivir juntos otra vez.
- No, Yume, no puede ser así. Fue un error contarte esto, lo siento mucho. No quería preocuparte.
- Demo…
- De verdad, no es nada tan grave -. Forzó una sonrisa Fuyu. – Sobreviviré…
2.- Koai (Miedo)
Yume secó sus lágrimas rápidamente. Aquello le dolía tanto. ¿Por qué Fuyu, su pequeño y dulce Fuyu, se comportaba de esa forma? ¿Por qué no quería abrir los ojos a la obvia realidad y se empeñaba en defender a ese hombre? Se sentía impotente. No servía de nada estar allí sentada, bebiendo en silencio un café frío, con su mejor amigo tendido distraídamente junto a ella. Sintió deseos de llorar otra vez. Habían dejado de entenderse y aquello la destrozaba. Ambos se conocían desde hacía unos cinco años. Vivían en Yokohama, en el mismo barrio y sus escuelas estaba muy cerca. Los padres de Yume habían muerto cuando ella estaba a punto de terminar el instituto, y había tenido que trasladarse a Kyoto para vivir con sus abuelos, llevando a su hermano menor con ella. Cómo habían llorado al despedirse. Sin embargo, la separación no había sido tan larga. Cuando Fuyu, un año menor que ella, terminó el instituto, fue a estudiar a Shouji, una de las más prestigiosas universidades en Kyoto. Y, ¡vaya sorpresa! Yume estudiaba también allí, sólo un curso más arriba. Se habían sentido dichosos, pero pronto ella comenzó a notar un cambio en Fuyu. Sí, ahora que lo pensaba, todo había comenzado con Rei. El Fuyu que ella había conocido todo ese tiempo era un dulce y alegre muchacho, hijo único y muy mimado, simpático y risueño. Había cambiado por Rei. Todo por Rei, el guapo hombre que trabajaba en… realmente no lo sabía, pero en algo que le permitía pasar mucho tiempo en casa trabajando desde su ordenador y ganar suficiente dinero para tener un lujoso apartamento, un auto casi nuevo y mantener a su joven amante. Desde que él había entrado en la vida de Fuyu, éste sonreía menos, guardaba más secretos, se portaba sumiso como un esclavo en presencia de Rei. Sí, desde siempre, mucho más cuando había comenzado a maltratarlo y forzarlo…
- ¿Yume?
- ¿Nani? -. Graznó ésta, tomada por sorpresa al momento de desempolvar viejos recuerdos. Casi había tirado los restos de su café. Miró las mejillas mortalmente pálidas que tenía en frente y los ojos carmesíes de Fuyu, fijos en ella.
- Tú… no se lo dirás a nadie, ¿verdad? -. Dijo con una expresión suplicante en sus ojos. Yume le devolvió una mirada calculadamente fría y dejó caer los hombros hacia atrás, recostándose y dejando la taza vacía en la mesita de noche de su amigo.
- ¿Qué pasará si digo que no, Fuyu? -. Preguntó secamente.
- ¿Qu… qué quieres decir? -. Él se incorporó, con el temor pintado en cada centímetro de su magullado rostro.
- Te pregunto qué pasará si la policía llega a enterarse de lo que ocurre entre ustedes.
- Yu… Yume… Tú… no puedes hacerlo… Yo confío en ti… no puedes… de verdad que no… -. Tartamudeó el chico, sus labios temblando. Ella le echó una mirada ceñuda.
- No lo haré, lo sabes, pero sólo me callaré por el momento. Si tengo que denunciar a Rei para que tú puedas estar bien, lo haré.
- ¿Estar… bien? ¿Qué quieres decir con eso? -. Exclamó él, repentinamente furioso. - ¿De verdad crees que me harías algún bien haciéndole daño a Rei? ¿Tú crees que él…? -. Pero calló de pronto. El timbre sonaba. Su expresión de horror fue evidente. Se levantó como hipnotizado y cogió el auricular temeroso, como si ardiera.
- Mo… moshi-moshi… -. Fue un susurro apenas audible. Yume contemplaba muda a su amigo desde la habitación. No oyó la respuesta, pero por el evidente alivio de Fuyu supo que no se trataba de Rei. – No, está usted equivocado. Ella no vive aquí… De acuerdo, no es molestia. Sayonara.
- Fuyu… -. Intentó la pelirroja, pero el joven la interrumpió.
- Por favor, Yume, ya basta. No voy a irme de aquí, y si tú eres mi amiga guardarás en secreto todo lo que he dicho, o ya nunca podré confiar en ti.
- ¡Demo, Fuyu! Mírate. Estás usando un sucio chantaje emocional para protegerlo. ¡A ese hombre que te trata como a un esclavo! ¡Y tú hasta le tienes miedo!
- Eso no es verdad…
- No mientas tan descaradamente -. Gruñó ella, y enseguida suavizo el tono de su voz. – Si hubieras visto tu propia cara, Fuyu. Parecía que te ibas a hacer en los pantalones del miedo. ¿Es acaso eso lo que quieres? ¿Quieres vivir siempre aterrado de la persona que dices amar?
- No… -. Gimió el muchacho, bajando los ojos mientras se aproximaba a la puerta del cuarto donde se encontraba Yume. – No, yo sólo… Yume… yo amo a Rei, y sé que él también me ama. Sólo… sólo necesitamos un poco de tiempo para resolver esto. Te equivocas por culpa mía, porque hablé mal de él. Sólo espero… que no digas… que él no… -. Volvía a balbucear palabras entrecortadas, como siempre que estaba nervioso. La chica se sentó y se arregló el cabello en un gesto enérgico y deprimido a la vez.
- Mira, Fuyu, está bien. No le diré nada a nadie, mucho menos a ese sujeto. Pero yo no le tengo miedo, ¿vale? Si vuelve a hacerte daño, vendré yo misma a hacerlo entrar en razón -. Se detuvo un instante, al ver la temerosa expresión de su amigo. – Por el momento, mejor me marcho. No quiero que te pegue si me encuentra aquí -. Se aproximó a Fuyu y, abrazándolo, besó fugazmente su rostro herido. – Te llamaré para ver cómo te va.
- Hai… eto… arigatou, Yume…
- Olvídalo. Ya sabes que estoy a un llamado de distancia cuando me necesites. Nos vemos mañana. Ja-ne -. Se calzó rápidamente y salió del departamento antes que Fuyu pudiera decir nada. Se sentía verdaderamente deprimido. ¿Por qué lo había hecho? Nunca debió decirle nada a su amiga, pero había sentido que si no lo hacía se ahogaría irremediablemente. Ahora estaba otra vez solo. Solo, sí, libre para sentir y pensar a gusto. Seguro. Estaba a salvo de las preguntas inquisidoras de quien era como la hermana que jamás había tenido y de los golpes de su único amor. Recogió las tazas sucias del dormitorio y las lavó rápidamente. Luego preparó algo de comer para Rei y dejó una nota indicando que la cena estaba en el microondas. Todo este tiempo, ignoró estoicamente el dolor que mordía su cuerpo y su corazón. No quería pensar. Pensar le hacía sentir dolor, y ya no quería más dolor por el momento. El tiempo pasaba lentamente, demasiado para su gusto. Se tumbó cuidadosamente en el sillón de la sala –Auch, uno de los trozos del jarrón había volado hasta ocultarse entre los cojines– y encendió el televisor. Vagando por los canales lentamente, descubrió una de sus películas favoritas. Había comenzado hacía poco. Dejó el control remoto a un lado. Los créditos llegaron siglos después, cuando la modorra lo tenía amarrado al sillón. Por primera vez no había disfrutado la cinta. Bueno, aquello realmente no importaba. Ya la había visto muchas veces, era natural, se dijo. Le pediría a Rei que lo llevara al cine un día de estos. Otra vez Rei. Apagó la pantalla y descubrió que se había quedado a oscuras. No había notado el momento en que se había puesto el sol, a pesar de encontrarse frente al amplio ventanal del balcón. Que lástima. Le gustaban las puestas de sol. Giró levemente la perilla de la alta lámpara de pie, regulando la intensidad de la luz. No demasiada, sólo suficiente para que Rei no tropezara con los sillones al entrar. De nuevo pensando en él. Caminó con pasos aletargados hasta la habitación y se metió en la cama. Bien acurrucado bajo la mullida colcha, buscó su viejo Game Boy bajo la cama y comenzó a jugar el juego que estaba puesto. No llegó muy lejos. Oyó el crujido que producía la llave girando en la cerradura de la puerta principal. Apagó el pequeño aparato y lo dejó en el piso, para luego encogerse como un bebé dando la espalda a la puerta abierta del cuarto y tapándose hasta las orejas. Los pasos de su novio eran estudiadamente suaves. Se esforzaba por no despertarlo. Intentó conciliar el sueño mientras escuchaba el microondas encendido y el ir y venir de Rei de la nevera a la mesa y viceversa. De pronto se descubrió conteniendo la respiración al sentir los pasos que se aproximaban al dormitorio. La puerta se cerró tras el rubio. ¿Por qué estaba despierto aún? Quería dormirse antes que Rei se tendiera en la cama, tenía que hacerlo, pero, por supuesto, mientras más se esforzaba, más despierto se sentía. Sus ojos cerrados y su respiración leve no conseguirían engañar al hombre, se dijo. Volvería a enfadarse con él. Una pesadilla antes de dormir. No, por favor, otra vez no. Ni siquiera se atrevió a alzar levemente los párpados para ver al rubio desnudándose para ponerse el pijama. Fuyu sintió que apartaba la colcha y se metía en la cama junto a él. Volvía a arroparse. Tal vez todo iba a resultar bien. Rei se movió hasta quedar tendido de costado, mirando el rostro “dormido” del chico en la oscuridad.
- ¿Tienes insomnio, mi amor? -. Saboreó las palabras, dejándolas fluir lentamente fuera de sus labios. A Fuyu se le detuvo el corazón. Abrió los ojos, asustado, hablando con voz soñolienta.
- N… no… ya me estaba durmiendo.
- Sou ka. ¿Te has divertido hoy? -. Rei acarició los cabellos de su amante suave, calculadoramente. Éste aún no se atrevía a despegar las pupilas de los ojos como zafiros frente a él.
- Yo… he estado muy tranquilo -. Intentó sonreír.
- Que bien… -. La mano libre del hombre se alargó hasta ubicarse sobre las nalgas de Fuyu, causándole un estremecimiento. - ¿Duele?
- Hai…
- Gomen, la próxima vez tendré más cuidado -. Sonrió cínicamente Rei. Luego agregó con aire preocupado. – También debe dolerte la cara.
- No es… nada. Daijobu -. El muchacho cerró los ojos por fin, recargando su cuerpo contra el del otro. Tenía miedo, pero a la vez necesitaba aquel contacto. Por favor, no me hagas daño, rogaba silenciosamente su corazón. Te amo, no me hagas daño. – Ai shiteru, Rei…
- Yo también, mi pequeño -. Aquella voz segura y viril, ¿cómo podría mentirle? Era cierto, tenía que serlo. Las caricias suaves y las arrulladoras palabras podían compensar el sufrimiento. Podía perdonar aunque él no se disculpara. Fuyu alzó el rostro y buscó los gruesos y sonrientes labios. Un beso breve, las manos de su amado tocándolo. ¿Podía prohibírselo acaso? Era suyo. Se lo había dicho muchas veces. Podía hacer con él lo que quisiera. Él se había entregado por propia voluntad, reflexionaba. Aunque le lastimara, era todo suyo. Solamente suyo.
3.- Arigatou (Gracias)
Las preguntas cayeron como una tormenta sobre Fuyu. ¿Qué demonios le había pasado? De una u otra forma se las ingenió para responder con evasivas palabras, de modo que nadie en la facultad se enterara de lo sucedido. No sabía mentir, por tanto todos entendían que se trataba de algo desagradable para él y pronto dejaban de insistir. El chico lo agradecía en silenciosas sonrisas. Sin embargo, una cosa era mentir a la masa de sus compañeros y otra muy distinta tratar de engañar a Mamoru.
- Caramba, Fuyu-kun, ¿qué te ha pasado? -. Inquirió el muchacho de claros cabellos castaños, rodeándole los hombros con un brazo.
- ¿Eh? Na… nada -. Sonrió forzadamente.
- Seguro, seguro, me imagino que es la nueva moda llevar los ojos morados y la cara hinchada, ¿ne?
- No…
- Vamos, Fuyu-kun, dímelo. ¿Qué ha pasado? ¿Te emborrachaste y te peleaste con alguien? ¿Te asaltaron? ¿Te pegó tu novio? ¿Te…?
- ¿Ha… hablaste con Yume? -. Saltó el chico aterrado. Mamoru le miró sorprendido, sin comprender una palabra.
- No. ¿Qué tiene que ver Tenchi-san con esto?
- Nada -. Fuyu apretó el paso, conciente de su irreversible metida de pata. El otro joven lo tomó por el cuello de su chaqueta para detenerlo. Sus pequeños y agudos ojos negros se clavaron seriamente en él.
- ¿Te pegó tu… novio?
- No…
- ¿Qué entonces? -. Exigió.
- Nada… me asaltaron… -. Tembló.
- Eres un chico bueno, Fuyu-kun. Demasiado bueno para mentir.
- No estoy min… -. Mamoru se detuvo y, volviendo atrás la vista, comenzó a saludar con la mano.
- ¡Ohayoo gozaimasu, Ayakashi-san! -. Gritó. Fuyu se volteó horrorizado. Allí no había nadie más que un par de profesoras bebiendo café. – Además eres un tonto, has caído muy fácil.
- Yo…
- Te ha pegado tu novio y no quieres decirlo a nadie -. Declaró, ocultando su impresión. – Serás masoquista.
- Ya es suficiente -. Murmuró Fuyu. – Dejen todos de meterse en mi vida. Puedo arreglármelas bien sin ustedes. ¡No los quiero fisgoneando más! -. Exclamó encolerizado, y se lanzó corriendo. Mamoru se quedó pensativo, solo en medio del patio. Las dos mujeres ya habían ido a sus respectivos salones.
Fuyu masticaba su arroz con demasiada concentración, mientras que Mamoru le lanzaba miradas inquisitivas que ignoraba estoicamente y Yume se bebía el quinto café del día. El chico se levantó de pronto, sobresaltando a sus amigos.
- Ja-ne -. Exclamó de pronto, en una especie de chillido que se perdió de inmediato entre el barullo de mil conversaciones insignificantes que flotaban alrededor. Fuyu abandonó el comedor y bajó los peldaños con saltitos rápidos, como de conejillo asustado. Dos pares de ojos siguieron su camino hasta que se perdió escaleras abajo. Cruzó el patio rápidamente, acelerando cada vez más, hasta ingresar a la biblioteca al borde de la taquicardia.
- No haga ruido en la biblioteca, kudasai -. Pidió de forma poco amable una mujer avejentada desde atrás de un ordenador. Fuyu se disculpó, ausente, y se dejó caer silenciosamente en una silla vacía. Allí, entre tantos libros y pantallas brillantes, entre gente que se miraba sin verse, podía finalmente dejar de fingir. Apoyó los codos sobre las rodillas, cubriendo con sus manos el rostro herido. No le importó que su bolso cayera a un costado, desparramando todo su contenido. No le importó que al morder su labio inferior volviera a sentir el tristemente conocido sabor de la sangre. No le importó que le temblaran las rodillas y con ellas todo el cuerpo, o que el diskete con el informe que debía presentar hubiera llegado a un lugar peligrosamente cercano a un zapato desconocido. Esos ruidos de papeles y objetos siendo guardados no lo distraían de su vació, su dolor, no le decían nada, hasta que sintió cómo la correa de su bolsón pasaba por el respaldo de la silla en que se encontraba. Alzó los ojos opacos, como dos manchas de sangre seca.
- Sumimasen, no quise molestarte -. Dijo alguien frente a él. Fuyu no respondió. Era un joven de rostro delgado y trigueño, ojos como pinceladas verdes. Su nariz tallada por un experto cincel bajaba desde las pobladas cejas marrones. El cabello de oscuro color castaña era liso, y estaba peinado sin mucha dedicación, con una sencilla línea al centro. En su mano, el dichoso diskete, afortunadamente entero.
- Yo… yo… arigatou… -. Balbuceó Fuyu, temblando. El otro sonrió, al tiempo extendía el pequeño objeto cuadrado. El chico advirtió de pronto que aún no lo tomaba, que estaba gastando el tiempo de aquel desconocido con un estúpido silencio sin razón. – Su… ¡Sumimasen! Yo… este…
- No te preocupes -. Dijo el trigueño con voz suave, y luego agregó, en un ímpetu curioso. – Tensei Makoto, encantado.
- Eh… eh… Amaki Fuyu, en… encantado también -. Tartamudeó. El otro joven pareció distraído de pronto, y cuando volvió a hablar, lo hizo sin prestar mucha atención, con la vista lejana.
- ¿Necesitas esto? -. Inquirió, haciendo un gesto hacia el ordenador frente al que estaba sentado.
- Oh, no… no te preocupes -. Por fin, una sonrisa delicada se pintó en los labios de Fuyu. Tensei correspondió el gesto, preguntando después:
- Espero no molestarte, demo…
- ¿Hai?
- ¿Te encuentras bien?
- ¿Yo? Claro -. Volvió a sonreír.
- A mí no me lo parece -. Frunció el entrecejo el castaño. - Estás sangrando. Pienso que deberías ir a la enfermería -. Algo extraño sucedió. Fuyu no gritó nada para indicarle al desconocido que aquél no era asunto suyo, no se enfadó siquiera. De pronto le parecía que aquél desconocido tenía toda la razón del mundo.
- Yo… tal vez tengas razón. Creo que iré para allá… -. El chico de levantó, fijando la vista en Tensei. No había dado dos pasos cuando tropezó con una silla, que lo hizo caer hacia atrás, volcando de paso una mesa llena de papeles y libros.
- ¡Que desastre! Salgan inmediatamente… kudasai -. Exclamó la bibliotecaria, furiosa. Fuyu gemía de dolor en el piso. El otro muchacho se levantó inmediatamente para ayudarlo.
- ¿Te hiciste daño? -. Preguntó preocupado, tendiéndole la mano al chico.
- No… en realidad sí, creo que me torcí el tobillo -. Lloriqueó éste, con un gesto adolorido en su rostro. Se puso de pié apoyándose en Tensei, quien enseguida se agachó para recoger su bolso.
- Vamos.
- ¿Co… cómo?
- A la enfermería -. Respondió el castaño.
- ¡Oh! Demo… demo… no tienes que molestarte… puedo ir solo…
- Ni pensarlo. Te caerás por ahí y te lastimarás en serio -. Dijo Tensei, pasando su brazo por debajo del de Fuyu para ayudarlo a caminar, lo que resultaba algo gracioso de ver, ya que el primero era varias cabezas más alto. Abandonaron la biblioteca y cruzaron lentamente el patio, en silencio. A Fuyu le temblaban las piernas. Cojeaba más de lo preciso, a causa de una extraña debilidad…
- Rei…
- ¿Te encuentras bien, Amaki-kun?
- Ha… -. No logró responder. De pronto todo se había vuelto negro…
Olía a té y ropa limpia. Un instante antes de abrir los ojos, Fuyu sintió el dolor en su pie y en su rostro y en su…
- Te has despertado -. Oyó una voz amable, aliviada, junto a él. Sus mareadas pupilas tardaron un poco en recorrer las paredes blancas hasta llegar a la figura alta y delgada, medio desgarbada, que se había levantado hacia un instante. Tensei Makoto sonreía nerviosamente, con una taza aún humeante en su mano.
- ¿Qué… sucedió?
- Te desmayaste -. Respondió éste solamente, pareciéndole que agregar “por poco te partes la cabeza” era innecesario. - ¿Estás mejor?
- Hai… -. Fue la respuesta de Fuyu. Luego agregó, sonrojado. – Gomen nasai…
- No te disculpes, daijobu… -. El trigueño parecía extrañamente turbado. Un silencio tenso, frío, cayó sobre ambos. Tensei bebió un poco de té.
- Su… Sumimasen… ¿podrías decirme qué hora es? -. Preguntó de pronto el chico.
- Las 7:39 PM -. Contestó el aludido, tras consultar un sencillo reloj de manecillas. Fuyu casi saltó fuera de la camilla en la que estaba tendido.
- ¡Kami-sama! Debo irme enseguida -. En cuanto puso un pie en el suelo, se tambaleó y cayó sobre el lecho.
- Espera un segundo -. Gruñó Makoto, molesto. – Eres demasiado descuidado. ¿Piensas irte corriendo así nada más, para accidentarte otra vez?
- N… no… es que… tengo prisa… estoy retrasado -. Tartamudeó Amaki, sorprendido. ¿Por qué el otro se preocupaba tanto por él?
- Perfecto, pero creo que si ya te has atrasado tanto puedes esperar un momento para que te lleve a mi auto, ¿ne?
- ¿Na… nani?
- No pensarás que te dejaré ir solo, para que vuelvas a desmayarte o algo así.
- Demo, no necesitas molestarte… -. Intentó el muchacho.
- Vamos, si no es ninguna molestia. Déjame ayudarte -. Makoto se aproximó a la camilla y ayudó a Fuyu a levantarse y caminar lentamente, rumbo a los estacionamientos de la universidad.Una vez allí, el castaño se aproximó a un auto pequeño y algo destartalado, de color gris. Abrió la puerta del copiloto y dejó pasar a Fuyu con una leve sonrisa.
- Te lo agra…
- Ni se te ocurra repetirlo -. Advirtió Makoto divertido. Fuyu sencillamente rió.
- Ok -. Tensei montó entonces en el auto rápidamente, saliendo de la Facultad de Arte de la Universidad Shouji. El camino se hizo corto entre tanta charla. Aunque Fuyu aún se sentía nervioso y tartamudeaba a menudo, se encontraron muy a gusto. La ruta indicada por el joven llegó a su fin frente a un alto edificio de muchos pisos y moderna apariencia, ubicado en un condominio con otras cinco construcciones idénticas.
- Domo arigatou, Tensei-san -. El muchacho se inclinó, sosteniéndose de la puerta del auto.
- No es nada -. Guiñó el trigueño. – Por cierto, sería bueno que te acuestes enseguida. ¿Vives con alguien que pueda atenderte?
- Ha… hai… con mi koibito…
4.- ¿Doushite? (¿Por qué?)
- Oh… sou ka… -. Logró murmurar Makoto al fin, con un nudo en la garganta. Intentó sonreír sin mucho éxito.
- Yo… yo… eto… -. Fuyu sintió un repentino peso en el estómago al ver la expresión de Tensei, sus ojos convertidos en una fría y nublada mañana. - ¿Dije… dije algo… malo?
- No, claro que n… -. Comenzó el trigueño, pero una voz profunda e irritada lo interrumpió:
- Fuyu -. Siseó fríamente un hombre alto y rubio, apuesto, que llevaba en los labios un cigarrillo apagado y en la mano un encendedor.
- ¡Rei-koi! -. Exclamó el chico, esbozando una sonrisa. – Siento haberme…
- Arriba -. Gruñó Rei.
- ¿Nani?
- Sube -. El tono de su voz se volvió más peligroso.
- De… demo…
- ¡¡Ya me escuchaste, mierda!! -. Rugió el hombre, tomando a Fuyu por el brazo y empujándolo hacia la reja abierta. Los ojos carmesíes del muchacho se toparon con los verdes de Tensei un segundo antes de verse obligado a ir cojeando hacia el edificio. Antes que Makoto pudiera respirar siquiera, el rubio le miró con palpable odio y entró tras Fuyu. El castaño no pudo ver nada más.
Ayakashi forzó a su novio a entrar a tropezones en el ascensor. Las puertas metálicas se cerraron silenciosamente, ausentes de todo lo que sucedía.
- Rei-koi, yo…
- ¡Cállate, puto de mierda! -. Gritó el rubio, haciendo que Fuyu se encogiera de miedo contra una esquina. Lo agarró por la ropa y comenzó a zarandearlo bruscamente.
- Yamete… yamete, kudasai -. Se quejaba el chico, mientras era sacudido una y otra vez contra la brillante pared de metal. El hombre, haciendo oídos sordos a sus ruegos, lo empujó fuera del ascensor en el cuarto piso y lo lanzó contra la puerta del departamento número 406. Giró la llave con violencia, mientras apretaba a Fuyu entre la puerta y su propio cuerpo. De un empellón en la espalda, el chico se vio obligado a ingresar, tropezando con su pie lastimado y cayendo de bruces sobre el suelo. Ayakashi, sin prestar atención alguna a este hecho, cerró la puerta cuidadosamente y se dirigió luego hacia la enjuta figura tumbada a sus pies. Se inclinó para levantarlo y decir:
- Eres un puto, Fuyu, un maldito ramero -. Sus labios dibujaban cruelmente cada una de las palabras. Cuando el chico iba a replicar algo, se sintió arrojado contra el espejo frío que estaba al fondo de la sala, en un rincón junto al sofá. Aún no había logrado reponerse del susto cuando unas manos –aquellas elegantes manos que tanto, tanto amaba– lo aferraron fuertemente para hacerlo chocar contra el espejo una vez más. La desmesurada fuerza del golpe le dejó medio aturdido, y cuando cayó hacia delante, los trozos quebrados del cristal se clavaron en su espalda como horrendos colmillos queriendo devorarlo. Siete años de mala suerte.
- Rei… no… no entiendes… -. Lloraba. Lloraba de dolor y de injusticia y de miedo. – Él me trajo… -. El rubio levantó a Fuyu, cerrando su mano alrededor de la fina garganta. – … porque yo me re…
- ¿¡Te retrasaste chupándosela?! -. Ladró Rei, quien , aunque parecía haberse calmado un poco, fue poseído por un nuevo ataque de ira. No oyó los ruegos y sollozos del chico, no le importaron las amargas lágrimas que resbalaban por su rostro magullado. Únicamente le importaba patearlo, que sus golpes le causaran todo el dolor posible, que comprendiera… ¡que comprendiera de una vez que era suyo! ¡Que él era su dueño! ¡Que lo entendiera de una vez!
- ¡Yamete, kudasai, Rei! -. Aulló el muchacho por fin, con el llanto marcado en cada línea de su cuerpo. El hombre le dio una última patada que lo lanzó rodando por el piso, y luego fue a beber una copa de aquel extraño licor que guardaba en la última repisa de la cocina, jadeando aún de furia.
Fuyu no podía comprenderlo. ¿Por qué? ¿Por qué le trataba de ese modo? Si él lo amaba tanto, si estaba siempre atento a sus deseos y caprichos, si lo único que quería era que ambos fueran felices y se esforzaba todo lo posible por conseguirlo, entonces, ¿por qué Rei le despreciaba tan inmensamente? Se incorporó de rodillas con un patético gemido, sintiendo la agudeza de los cristales que se incrustaban en su carne. Intentó secarse las lágrimas mientras se dirigía al baño completamente adolorido, arrastrando su pie lastimado. Cuando pasó frente a la cocina americana, evitó la fría mirada de profundo azul que le cayó encima. Una vez frente al espejo del baño, buscó la tan bien conocida botellita desinfectante y se quitó la camiseta roja de largas mangas que tenía puesta. Estaba sentado sobre la tapa del inodoro, intentando alcanzar los trozos de espejo que habían atravesado el género para ir a clavarse en su piel, cuando la voz profunda de Ayakashi Rei le sobresaltó.
- Déjame hacerlo -. Gruñó el hombre de mala gana. El muchacho se volvió enseguida hacia él, sus ojos como brillantes rubíes agrandados por el temor. – Anda, dame eso -. Ordenó. Fuyu extendió hacia el rubio la bolita de algodón húmeda que estaba sosteniendo entre los dedos y se giró, dándole la espalda. Rei extrajo entonces con gran precisión uno de los cristales y limpió inmediatamente la herida dejada por este, roja mordida en esa piel tan dulce y blanca que adoraba besar. Así, lenta, cuidadosamente, fue el hombre curando las heridas de su pequeño, sumiéndose ambos en una modorra gastada. El rubio cerró de pronto la botella y la dejó al borde del lavabo. Besó la espalda estrecha y acarició los fríos hombros de Fuyu.
- Ya está, mi amor. Ve a descansar, que yo arreglaré todo.
- Hai -. Respondió rápidamente el chico en un susurro. – Arigatou, Rei-koi -. Se levantó y se dirigió trastabillando hasta la alcoba, donde se envolvió en su pijama de inmediato y se acurrucó bien cobijado entre las mantas de la cama. Oía a Rei caminando de aquí hacia allá para ordenar el desastre del espejo, pero se tardaba… se tardaba tanto, que el sueño comenzó a vencer a Fuyu poco a poco, capturándole en sus redes blanquecinas de manera que era silenciosa hasta tal punto, que el muchacho no se percataba de la trampa. Rei parecía decidido a no llegar nunca a su cuarto. Y tenía tanto sueño. Sí, aquello estaba bien. Encontrarse bien tibio y protegido, solo, perezoso. Tranquilidad.
Fue así que halló el rubio a Fuyu, dormido hacía poco en un nido de sábanas y frazadas. Cargaba él una bandeja con un plato de sopa. Sopa… caliente, sí… caliente. Así se ponía Rei ante tan dulce, delicada imagen. Su pequeño acurrucado con el rostro calmo, los labios entreabiertos esperándole, el cabello hecho de suspiros plateados acariciando sutilmente el blanco perfil. El gesto tenue de aquellas finas cejas era demasiado inocente para no sentirse seducido por él. La candidez de toda la tierna figura no calmaba a Rei, no le producía templanza ni alguna sensación parecida, sino únicamente lujuria, un ardor poderoso que nacía en el punto más profundo de todo su cuerpo y lamía los huesos hasta derretirlos, y mordía la carne, y le destrozaba la piel para poder salir por ella. Oh, le quemaba la piel… al diablo con la sopa. Dejó la bandeja sobre la mesa de vidrio ubicada junto a la ventana y cerró la puerta de la habitación silenciosamente. Temperatura encerrada. Se aproximó con pasos sigilosos, elásticos, hasta el borde de la cama, tras la espalda de Fuyu, y acercó sus labios al oído de éste.
- Fuyu… -. Susurró el rubio sensualmente, con un tono que recordaba a una víbora o a un gato salvaje, engañoso. El chico abrió los ojos de golpe, como si unas garras de hierro le hubiesen arrancado de su sueño.
- Re… -. Un beso vibrante en los delicados labios interrumpió a su voz somnolienta. Las manos de Rei, los ídolos, acariciaron su rostro rápidamente, bajando por su cuello hasta llegar al pecho. Entonces el rubio, que hasta el momento permanecía en pie junto al lecho, inclinado sobre su pequeña presa , alzó una pierna por sobre el cuerpo menudo y se tendió en la cama, arriba de él. Fuyu no acababa de despertar por completo cuando sintió el peso de su amante encima, el beso seductor que se iba volviendo más ardoroso a cada instante, que le devoraba, le consumía. Ahogó un suspiro cuando los labios de ambos se separaron. Abrazó el cuello, los amplios hombros frente a él, sintiendo aquella calidez que era honestamente calor. Sentía los dedos del rubio palpando su vientre, subiendo por su pecho hasta apoderarse de sus tetillas. Gimió cuando Rei decidió hacerlo gemir.
- Te gusta… te gusta, ¿verdad? -. Jadeó el hombre cerca de su rostro, estimulándole con más fuerza. Fuyu asintió con los ojos y los labios apretados. Pronto la parte superior del pijama se deslizó lejos de la blanca piel del muchacho, y las manos de Rei abandonaron el pecho para bajar por la espalda hasta el pantalón. Siguiente paso. Un dedo intruso entre las nalgas redondeadas, abriéndose paso sin delicadeza alguna. El chico ahogó un grito y abrió los ojos. El rostro de su amante, muy cerca del suyo, se contorsionaba por la creciente excitación. Oh, sí, él también la sentía, pero, ¿por qué así? Fuyu, en un intento por darle algo de romanticismo al asunto, comenzó a desabrochar lenta, dulcemente los botones de la camisa del rubio, pero éste le detuvo con un gesto enérgico y se arrancó el cinturón de un tirón. Dos dedos dentro de él.
- Amor… -. Gimió adolorido, intentando besar la garganta fuerte frente a él. Rei no lo escuchó. Estaba demasiado ocupado quitando las demás prendas de ambos cuerpos, preparando la entrada de Fuyu, acariciando su propio miembro erecto, al borde del colapso. Un paso más. Harto de tanta inutilidad previa, el hombre arrancó sus dedos del cuerpo del muchacho con gran celeridad y, tomándolo por las caderas, se alzó y le ubicó boca abajo. Cuando el sexo de Rei se encontró con la entrada del chico, éste se encogió mordiendo sus labios. Aún no se reponía del todo desde su último encuentro. Fuyu ahogó valientemente un grito cuando los brazos del rubio se apoyaron bruscamente en sobre su espalda herida, pero no pudo evitar los sollozos que surgieron de su garganta ante las embestidas de su novio. Dolor y dolor, endulzado con un poco de placer… pero no, aquello no estaba bien. Los codos casi clavados en sus llagas, la violenta irrupción dentro de su cuerpo… aquello no era justo. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin piedad, pero se obligó a no proferir ni un solo alarido a pesar de todo el sufrimiento, para que Rei no se enterara. Rei lo estaba disfrutando, aquello era lo que realmente importaba. Todo lo demás era secundario. Sintió un cruel estallido en su interior, levemente ahogado por los gemidos fogosos del hombre sobre él. Triste, miserablemente, metió una mano bajo su propio cuerpo para estimular una eyaculación que apenas le produjo placer. Agradeció de verdad el momento en que aquel cuerpo se hizo a un lado, dejándole finalmente respirar con tranquilidad. Secó sus lágrimas solapadamente, mientras Rei le acariciaba distraído la espalda y las nalgas y las piernas. Entonces, mucho antes de lo que a Fuyu le hubiera parecido razonable, el rubio se irguió levemente y se aproximó a él. Comenzó a besar su ombligo, a pellizcar su piel pálida.
- Estoy… cansado -. Intentó Fuyu, pero lo mismo hubiese sido hablarle a una pared. Jadeos, susurros y gemidos continuaron oyéndose en la habitación hasta altas horas de la noche, mucho después de que la sopa se hubo enfriado.
5.- Makoto (Justicia)
El maltratado automóvil corría sin precaución por las calles, dejando una huella de bocinazos y gruñidos a su paso. Makoto no estaba de ánimo para conducir. Sentía como si un bloque de hielo estuviese atascado en su garganta, demasiado perverso para ser tragado. Le lastimaba sin remedio. Fue por ello un alivio para el joven hallarse ante el pequeño y anticuado edificio en que vivía. Estacionó el auto bajo el gran cerezo, en su sitio acostumbrado, y se dirigió con largas zancadas hacia la construcción. Una ráfaga de viento frío estuvo mordisqueándolo hasta que las puertas se cerraron tras él.
- Konnichiwa, Kondo-san -. Saludó al anciano grave que en aquél momento regaba sus plantas, débiles y amarillentas a causa del invierno.
- Konnichiwa, Tensei-kun -. Fue la respuesta dada por una gruesa voz. Al trigueño le hubiese agradado en otro momento intercambiar algunas palabras más con su vecino, mas en aquel momento únicamente añoraba su cómodo piso, el aura de camaradería que allí reinaba. Subió velozmente las escaleras hasta llegar al tercer piso, y abrió la única puerta que allí había. El olor del azúcar quemada que reinaba dentro casi le produjo náuseas.
- Ya estoy en casa -. Anunció con pocas ganas. Enseguida se oyeron unos pasos rápidos y atropellados, instantes antes de que una figura menuda se lanzara sobre el joven.
- ¡Irasshai, Kaeru-chan! -. Chilló una aguda voz femenina, saliendo de una larga maraña de cabellos ondulados y azules. Tensei palmeó la cabeza que se apretaba contra su pecho en medio de un abrazo asfixiante.
- Konnichiwa, Arashi -. Sonrió con fuerza, falsamente. - ¿Qué tal estás?
- ¡Muy bien! -. Respondió la chica, que era delgada y bajita, con grandes ojos marrones y la piel algo tostada. Luego se apoderó de uno de los brazos del castaño y le arrastró hacia la cocina. -¡Mira esto! He hecho galletas de caramelo, ¿quieres probarlas? -. Ofreció.
- Hai, arigatou -. El joven tomó una de las galletas, que tenía forma de gato, y mordió la cabeza. Un sabor muy similar al que debería tener el carbón llenó su boca inmediatamente.
- ¿Qué dices, te gusta?
- Mhm… creo… que aún están muy calientes. Probaré otra cuando se enfríen -. Sonrió Tensei, abandonando la cocina con deseos de escupir. Pasaba por delante del desvencijado colchón que tenían en la sala a modo de asiento, cuando vio una nube de humo blanco entrando por las cortinas que daban al balcón. Asomó la cabeza entre los pliegues de la tela color mostaza, curioso.
- Konnichiwa, Sake.
- Buenas… -. Contestó una voz grave y mesurada, un poco ronca tal vez por falta de uso. Makoto salió al balcón junto a su amigo. Éste no le dedicó ni una mirada. No era alto, alcanzaría tal vez el hombro o el cuello del castaño, y su cabello era negro y corto, con algunos desordenados mechones obsesionados con aventurarse fuera de los naturales límites de la física. El color de sus ojos se asemejaba al vino tinto, aunque más violáceo, con punzantes pupilas felinas. Dejó escapar una bocanada de humo entre sus labios pálidos, subiendo el cuello alto de su sweater negro. - Te tardaste.
- Hai, tuve un contratiempo.
- Ah -. Más humo. - ¿Te jugó una mala pasada mi auto?
- No, no es eso -. De pronto, Makoto sintió deseos de sincerarse con su amigo, de hacerle saber cuan perturbadores habían sido los acontecimientos de aquella tarde. – Sólo…
- ¡Galletas! -. Exclamó Arashi, apareciendo repentinamente entre las cortinas con una humeante bandeja llena de pequeñas figuritas de gatos, osos y flores de caramelo. – Vamos, Koneko-chan, come. Kaeru-chan ya probó una y le gustó.
- No quiero, domo -. Rechazó seriamente Sake, aplastando la colilla de su cigarro contra la baranda del balcón. La chica hizo como que lloraba, abrazando su bandeja.
- ¡Que malo eres, Sake! Y yo que las cociné para ambos con tanto amor -. Frunció el entrecejo al ver que nada conseguían sus ruegos. – Bueno, no importa. Me las comeré yo sola hasta ponerme gorda, muy gorda, ¡Y cuando lo esté me lanzaré sobre ustedes para que mueran aplastados! -. Amenazó, antes de salir huyendo con sus galletas. Makoto rió. Sake se limitó a enarcar una ceja, mientras encendía otro cigarrillo.
- ¿Quieres?
- Ya sabes que no fumo -. Contestó Tensei, jugueteando con su deshilachada bufanda. Su amigo se encogió de hombros. Tras un rato de silencio, dijo por fin:
- Bueno, ¿me vas a decir?
- ¿Qué cosa? -. Preguntó sorprendido Makoto, mirando fijamente al otro.
- Lo que te pasa -. Sake succionó el cigarrillo, dejando escapar el humo mientras hablaba. - Has estado queriendo decirlo todo este rato, así que, ¿por qué no lo haces de una vez?
- No sé de qué estás hablando -. Replicó el moreno, turbado. Sake le observó con incredulidad gatuna.
- Mira, somos amigos y todo lo que quieras, pero no estoy para perder el tiempo. Si tienes algo que decir, deja de hacerte de rogar y simplemente dilo -. Pidió el joven no muy amablemente. Makoto le sonrió irónicamente.
- ¿Es absolutamente necesario que seas siempre tan amigable y carismático?
- No en realidad. A veces también puedo ponerme antipático.
- Suerte que no conozco esa faceta tuya… -. Tras estas palabras, ambos guardaron silencio durante algún rato más, hasta que Sake lanzó lejos la colilla del cigarro, que dejó tras de sí una estela de humo cansado. – Bueno… hay gente que lo pasa muy mal… -. Comenzó el castaño por fin.
- Hai…
- No, no es “gente” nada más… digo personas… -. Se corrigió Makoto. – Personas que son hermosas y sufren, y es injusto… -. Bajó la vista, y su rostro adquirió una expresión sombría. – Y es injusto -. Repitió. - ¿Verdad, Sake?
- Lo es -. Concordó éste, apoyando los codos en la barandilla del balcón.
- Hoy conocí alguien… una persona así… que sufre, y no parece ser culpable de nada… sufre, y yo quiero ayudarlo, y…
- Y no sabes cómo, y tal vez no es asunto tuyo, pero de pronto quieres que lo sea… -. Interrumpió el joven de cabello negro, sin mirar a su compañero. Éste asintió.
- Hai… quiero que sea asunto mío… -. Dijo Makoto en voz baja, tan baja que ni estuco seguro de haberlo dicho.
6.- Omocha (Juguete)
Sentía como si el despertador hubiera estado sonando durante todo su sueño, por lo que le costó entender que sí, esta vez sí sonaba de verdad, y era preciso que se levantara. Se giró dificultosamente bajo el brazo de Rei para apagar el aparato. Tras restregarse un poco el ojo derecho, se esforzó por enfocar la pantallita de reloj. Tras algunos instantes de somnolencia nublada, fue capaz de ver la hora por fin. 8:15 AM. “Temprano”, se dijo. Iba a cerrar los ojos y acomodarse nuevamente para dormir, cuando recordó que tenía un examen aquella mañana, a las 8:30. ¡Debía volar! Intentó deslizarse sigilosamente fuera de la cama para no despertar a su koibito, pero éste dejó escapar un pequeño gruñido y le abrazó más firmemente.
- Re… Rei-koi -. Susurró Fuyu, despacio, ignorando el dolor que mordía todo su cuerpo. – Rei-koi, debo irme… onegai, Rei-koi… tengo que irme, de verdad…
- Mhm… Fuyu… -. Los labios dormidos del hombre buscaron los del muchacho, besándolo asfixiantemente. Cuando los ojos marinos de Rei se abrieron, hallaron el compungido rostro de Fuyu dejándose besar a regañadientes. - ¿Qué te pasa…? -. Preguntó con mal tono, cortando la frase con un bostezo.
- Nada, amor… es que tengo un examen en 15 minutos, tengo que irme, pero cuando vuelva… -. Explicaba apresuradamente, intentando levantarse, pero el rubio lo detuvo con una mirada fría y una presión en el brazo.
- Qué importa… tus notas son buenas… además en 15 minutos no llegas… -. Besaba el rostro pálido y magullado mientras hablaba, y sus manos bajaban por el delicado cuerpo. Fuyu intentó zafarse del abrazo con delicadeza, pero el dolor que experimentaba todo su cuerpo era demasiado grande para poder oponer resistencia. ¿Qué podía hacer un muchacho débil y flacucho, herido por añadidura, contra los ardientes deseos de un hombre fuerte? Nada, se dijo en débil silencio. Nada, le dijeron los besos de Rei sobre su piel pintada de golpes. Nada, le dijo el despertador, que volvió a sonar y que su novio mandó de un golpe al otro lado de la habitación, haciendo que las pilas volaran por allí. Nada…Los besos se fueron convirtiendo en húmedas lamidas y mordidas cada vez más violentas, que iban arrancando gemidos de Fuyu a medida que bajaban por el torso hacia la entrepierna. Esperaba algunos momentos de placer en labios de Rei, pero éste sólo mordisqueó fugazmente su miembro antes de erguirse obligar al chico a incorporarse también. Éste levantó la vista, mirándolo interrogante con sus ojos carmesíes. El rubio únicamente le observó con una sonrisa sardónica en los labios, y los ojos profundos brillando de lascivia. Luego llevó una mano hacia la nuca de Fuyu, enredando sus dedos en los plateados cabellos, e hizo un gesto cuyo significado comprendió el chico enseguida. El pequeño comenzaba a inclinarse lentamente cuando Rei empujó su cabeza hacia su sexo con rudeza. Fuyu obedeció inmediatamente las exigencias de su novio, comenzando a lamer el endurecido miembro con lentitud, mientras luchaba débilmente contra el fuerte brazo del hombre, que parecía estar deseando aplastar su cráneo. No pudo continuar con los preparativos mucho tiempo, pues la presión sobre su nuca se volvió demasiado para soportarla, y se vio forzado a recibir toda la hombría de Rei dentro de su boca. Éste gruñó algo que el muchacho no logró captar, pero comprendió por el tono de voz que se trataba de alguna obscenidad. Y de una orden. Succionaba suavemente, no muy rápido al comienzo, e intentando alzar los ojos para ver si su novio se sentía complacido. El hombre, sin embargo, no parecía dispuesto a dejarle distraerse de su tarea, por lo cual tiró de su cabello haciendo que los ojos de Fuyu se llenaran de lágrimas, y obligándolo a reanudar el trabajo con mayor ímpetu. Repentinamente lo apartó de sí con brusquedad, observándole con el entrecejo fruncido.
- ¿Q… qué sucede, Rei-koi? -. Preguntó el joven en un tímido murmullo.
- No lo estás haciendo bien -. Se quejó fríamente el aludido, sin soltar los cabellos del otro. Fuyu enrojeció, avergonzado.
- Gomen nasai… yo… no me siento muy bien… -. Se disculpó, llevando suavemente su mano hasta la del rubio, quien la apartó con violencia.
- Me pregunto si necesitarás algún “incentivo” para hacer por lo menos una mamada decente -. Lo ignoró Rei, clavando en él una mirada amenazante que hizo temblar el cuerpo lastimado.
- No… -. Aseguró el chico, temeroso. - Lo… lo haré bien… -. No pudo continuar. Una bofetada cruzó su rostro, haciéndolo girar la cara y cubrirse de inmediato la mejilla agredida. Bajó la vista, avergonzado y asustado, encogiéndose al oír la voz ronca:
- Quita tu mano -. Ordenó el hombre. Fuyu no consiguió reunir suficiente valor como para mirarlo. Lentamente, temblando todo él, deslizó la mano por su rostro, hasta bajarla y apoyarla en la cama. Un nuevo golpe, y otro, y varios más después de éste. El chico intentaba mantenerse firme y erguido, contener las lágrimas que a pesar de sus esfuerzos le corrían por el rostro, refrescando sus adoloridas mejillas. - ¿Qué te pasa? ¿Ahora vas a llorar otra vez como una pendeja?
- N… no… Rei… -. Balbuceó.
- No te escucho.
- No…
- Más te vale, porque ya estoy cansado de tus malditos lloriqueos. Y tú no quieres verme cabreado, ¿verdad? -. Preguntó el rubio, sonriendo malignamente. El joven negó con la cabeza, secándose enseguida las lágrimas. – Ya, chúpamela de una vez -. Ordenó Rei. Fuyu no pudo sino obedecer. Bebió el éxtasis de su novio, quien luego lo apartó, lo empujó del pecho para que se tumbara en la cama y le separó las piernas sin aviso alguno. Sonrió mordiéndose los labios al ver expuesta la entrada del chico. Lo penetró con dos dedos sin demasiadas contemplaciones, mientras tomaba una de las manos de Fuyu y la ponía sobre el miembro de éste. Que se tocara sólo. Él no tenía tiempo para esas niñerías. Los gemidos del muchacho no sonaban muy placenteros, y por tal razón prefirió apretar los labios intentando callar, para que su novio no se enfadara. Éste introdujo un tercer dedo y los movió dentro del chico, para después quitarlos, tomar a su pequeño por las caderas y penetrarlo con poderosas embestidas. Luego lo clásico, sudor, gemidos, músculos en tensión, y el bendito estallido de placer que dejaba todo sumido en un mar de semen y languidez.Rei se dejó caer sobre Fuyu, descansando su rostro sobre el pecho del chico y pegando a la de éste su sudorosa piel. El joven sintió punzadas de dolor que surgían de su retaguardia, y tímidamente rodeó con sus magullados brazos la espalda del rubio. Éste se incorporó de golpe y se acostó junto al muchacho, tapándose con las sábanas. Fuyu, ofendido, aún intentó aproximarse con cautela al rostro de Rei para besarlo, pero éste lo apartó de un empujón.
- Rei-koi…
- Tengo hambre -. Lo interrumpió el hombre, con una mirada gélida. – Déjame tranquilo y ve a preparar algo de comer.
- De… demo… -. Intentó el muchacho, extendiendo una mano hacia su novio.
- ¿No me escuchaste?
- Hai… demo…
- ¡Anda de una vez! -. Bramó el rubio, haciendo amago de levantarse. El chico, asustado, se bajó de la cama y buscó su ropa interior con temerosa rapidez. Se puso también la camiseta de mangas largas que había usado el día anterior y sus pantuflas de conejo, y abandonó la habitación lo más rápido que su tobillo torcido se lo permitió. Cerró la puerta por fuera y se recargó contra ésta, sintiendo que el aire llegaba a sus pulmones con anormal dificultad. No sabía bien a qué podía deberse aquello, pero lo atribuyó al llanto contenido y a la reciente agitación. Cerró los ojos, en parte para concentrarse mejor en normalizar su respiración y en parte para contener las lágrimas que, adivinaba, pronto querrían salir. Se sentía tan humillado. ¿Es que acaso era realmente tan malo? ¿Por qué nada de lo que hacía era suficiente para Rei? ¿De qué forma podría hacerlo feliz? Preguntas sin más respuesta que un silencio pesado iban llenando su cabeza, amenazando con enloquecerlo y lanzarlo al piso hecho añicos, como el jarrón de hacía unos días… ¿Cuántos? No quiso recordarlo. No quería pensar más en aquello, en tanto dolor y humillación. ¿Cuántas veces una sonrisa o una mirada había desaparecido por su culpa, para ser reemplazada por una mueca de ira? ¿Cuántas veces aquellas manos que lo acariciaban con tanta calidez habían caído sobre él para lastimarlo? ¿Desde hacía cuanto tiempo que el placer se había transformado en sufrimiento, y la ansiosa espera en angustioso temor? Ya se había preguntado eso muchas, demasiadas veces, llegando siempre a la misma fatal pregunta… ¿Cuánto tiempo más podría resistir todo aquello?Fue cojeando hacia la cocina, y apoyó la mano izquierda sobre un mesón, recargando allí gran parte de su peso para evitar lastimarse más el pie. Buscó algo que pudiera preparar para Rei, sin fijarse siquiera en lo que hacía. Hizo un desayuno rápido, y trastabillando se dirigió hacia la habitación. Abrió la puerta despacio, a penas lo suficiente para poder mirar dentro.
- Rei… el desa…
- Ándate, no quiero nada -. Fue la cortante respuesta. El rubio, tapado hasta la mitad del torso, le daba la espalda.
- D… demo, tú… dijiste…
- No quiero ninguna mierda, ¡déjame de una maldita vez!
- Daijobu… -. El muchacho cerró la puerta con rapidez y cojeó hasta el sofá de la sala. ¿Qué se creía Rei? ¿Pensaba que podía tratarlo como a un juguete? ¿Creía que iba a soportar su actitud eternamente? ¿Eso creía?… Pues tenía razón, se dijo Fuyu, furioso no tanto con el rubio como lo estaba consigo mismo. Furioso por ser tan estúpido y sometido. Furioso, porque dejaría que Rei hiciera lo que deseara con él.
No hizo caso de su desayuno. Asustado, enojado e impotente, Fuyu intentaba reunir ánimo para ir a ducharse, pero su cuerpo parecía demasiado pesado, inerte, y no quería levantarse del sillón. ¿Qué podía hacer él contra eso? ¿Qué podía…? Un repentino mareo le impidió seguir torturándose. Tendido en el sillón no sintió siquiera las nauseas de la inconciencia…… Cuando el chico abrió los ojos, estaba cubierto por una frazada. Se levantó con dificultad y caminó arrastrando el pie, aunque ya no le dolía mucho, hasta la cómoda junto a la puerta. Había una rápida nota de Rei, donde indicaba que llegaría tarde. No decía adónde había ido. Nunca lo hacía, y Fuyu tampoco se atrevía a preguntarlo. Estaba a punto de caer en una nueva turba de depresivos pensamientos cuando el teléfono lo salvó. Fue a tomarlo a trompicones, preguntándose en tanto qué hora sería.
- Moshi… moshi… -. Murmuró, conteniendo el aliento.
- ¡Fuyu! -. Exclamó la conocida voz de su mejor desde el otro lado de la línea.
- Ah, Yume, eres tú -. Suspiró aliviado.
- Por supuesto, que soy yo, ¿quién más?
- Etto… yo… no sé…
- Bueno, bueno, dime, ¿qué te pasó? -. Lo interrumpió ella.
- ¿A mí? Nada -. Se apresuró a contestar el muchacho, temeroso.
- ¿Y por qué faltaste hoy a clase?
- ¡Ah, eso! -. Sonrió Fuyu, como si hubiera temido que Yume descubriera lo sucedido. – Es que me quedé dormido…
- Pues podrías haber venido de todos modos, Matsumoto y yo nos preocupamos.
- Gomen, siento haberlos preocupado… -. Se disculpó el muchacho con voz triste.
- Ya, no importa -. Lo tranquilizó Yume. – Por cierto…
- ¿Hai?
- Hoy me preguntaron por ti.
- ¿Da… dare?
- No sé bien, un chico de arquitectura…
- ¿No recuerdas su nombre -. Preguntó Fuyu ansiosamente?
- No sé si me lo dijo…
- Vamos, Yume, tienes que acordarte.
- Mhm… creo… creo que es un tal Tensei…
† 7.- Nazo (Secreto)
- ¿¡Nani?!
- Tensei -. Repitió la chica, creyendo que Fuyu no la había oído bien. No era eso. Lo que el muchacho no podía creer era que aquel chico verdaderamente se hubiera preocupado por él. ¿Cómo se había enterado de que era amigo de Yume?
- Hai, te escuché, demo… demo… ¿cómo?
- ¿Cómo que cómo? No entiendo nada -. Se quejó la joven, con un gruñido molesto.
- Etto… no importa… yo… pues…
- Ya, ya, tranquilo. Quieres que te deje, ¿ne?
- ¡Claro que no! -. Exclamó Fuyu avergonzado. ¿Y ahora qué le pasaba? ¿Por qué de pronto sentía la necesidad de estar solo?
- A mi no trates de mentirme, Amaki Fuyu, que te conozco mejor que tú mismo
-. Lo regañó Yume. El chico podía adivinar su expresión de enfado a través del teléfono.
- Bueno… creo que tienes razón… necesito pensar un poco… -. Admitió.
- Daijobu, entonces nos veremos, ¿ne? Tal vez podría ir a tu casa a comer algo el sábado.
- Hai… demo, Yume… Rei…
- Vale, entiendo… -. Se hizo un silencio tenso. - Entonces nos veremos el lunes. Ja-ne -. Click. La chica cortó el teléfono antes de que Fuyu fuera capaz de respirar.
- Ja- na… -. Le dijo tristemente al vacío. Cortó el auricular con desgano y fue a sentarse en el clásico sofá. No entendía nada. ¿Por qué Tensei se había preocupado por él, si ni siquiera se conocían? ¿Por qué era tan amable? Encogió las piernas y rodeó sus rodillas con los brazos, intentando no pensar. Todo era demasiado confuso…Tal vez Fuyu iba a dormirse o desmayarse, o lo que fuera que le estaba sucediendo tan seguido últimamente, cuando oyó el timbre sonar. En medio del apretado silencio, le pareció un ruido atronador, por lo cual se levantó para abrir la puerta antes de que quien estaba llamando -fuese quien fuese- volviera hacerlo. Por cierto, ¿quién sería?, se preguntó, deteniéndose en medio de la sala. Rei tenía llaves, había hablado con Yume hace poco, Mamoru jamás lo visitaba sin avisar con días de anticipación… y en todo caso, cualquiera que no fuera su novio tendría forzosamente que haber llamado desde abajo antes de poder llegar. Volvía a preguntarse de quién podría tratarse cuando el timbre sonó otra vez, y decidió ir hasta la entrada. Pegó su nariz a la superficie de la puerta para poder ver por la mirilla… y estuvo a punto de caerse de la impresión. Allí fuera, mirando nerviosamente hacia todos lados, se encontraba el chico de ayer. Ahora sí que todo parecía una película surrealista. El muchacho puso una mano sobre el pomo de la puerta, dubitativo, pero cuando vio que el castaño se daba la vuelta para marcharse con aire desanimado, se decidió por fin. Giró lentamente el pomo y abrió la puerta, asomando un poco su cabecita.
- Te… Tensei-san -. Llamó, haciendo que el otro se volteara en el acto, y que su expresión abatida se trocara en una hermosa sonrisa.
- Konnichiwa, Fuyu-kun -. Saludó el joven educadamente.
- Konnichiwa…
- Yo… pues… siento haber venido sin avisar, es que… como ayer estabas mal y hoy no fuiste a la universidad, me preocupé y quería saber si te encontrabas bien -. Explicó el moreno algo atropelladamente. El chico se quedó observándolo durante unos instantes antes de responder mecánicamente.
- Hai, daijobu -. Sonrió. Una sonrisa amable y vacía, de muñeco. De una belleza que resultaba casi repugnante por su falsedad. - Oh, sumimasen, ¿quieres pasar?
- Domo, no quiero molestarte.
- Pero si no es ninguna molestia -. Aseguró Fuyu. - Pasa un momento, kudasai
- Makoto quiso rechazar amablemente otra ves, negarse a incomodarlo, mas, ¿cómo decir que no a esos ojos como botones de rosa, apretados de miedo viejo?
- Domo arigatou -. Sonrió ampliamente, dejando que sus labios se estiraran en el gesto que les era más natural. El joven se apartó de la puerta para dejar que su repentino invitado entrara. El joven se quitó las viejas zapatillas y entró en el departamento con algo de timidez. - Permiso -. Sonrió, dejando su bolsón en el piso, pegado a la pared para que no estorbara.
Sólo entonces Fuyu se percató de su atuendo: ¡Todavía estaba en camiseta y ropa interior! Sus mejillas se encendieron como manzanas, mientras hacía lo posible por taparse con la camiseta y con sus temblorosas manos.
- Yo... yo... ¡Sumimasen! -. Exclamó, escapando hacia su habitación. Cerró la puerta de un solo golpe, apoyando ambas manos en ésta. Sentía su rostro arder, aún más en las zonas donde Rei le había lastimando. ¿Cómo podía ser tan estúpido? ¿Qué pensaría ahora Tensei-san de él?
Buscó rápidamente algún pantalón, se vistió y salió del cuarto en cuestión
de segundos. El moreno todavía se encontraba de pie en la entrada, mirando
curioso en derredor. Fuyu se inclinó, avergonzado, en señal de disculpa.
- Gomen nasai.
- Daijobu, Amaki-kun -. Respondió el otro con amabilidad. - No pasa nada.
- Etto... ¿quieres tomar algo?
- Hai, arigatou.
- Toma asiento, kudasai. Enseguida vengo -. Fuyu se internó en la cocina americana, haciendo un auténtico esfuerzo por no alzar sus ojos carmesíes y clavarlos en su invitado. Preparó té rápidamente y lo llevó hasta la sala, donde el moreno esperaba en plácido silencio.
- Siento estarte molestando... -. Comenzó, al ver aparecer al chico con una bandeja tambaleante.
- No lo haces, Tensei-san. Es un placer -. Sonrió Fuyu, y aún con los moretones y cicatrices, su sonrisa era bella, sincera. Makoto recibió la taza con un educado "arigatou" y mantuvo sus ojos verdes fijos en el muchacho mientras éste se sentaba a su lado. El chico, sintiéndose algo estúpido por no saber qué decir, se limitó adevolverle una tímida mirada.Las miradas eran cortas, temblorosas, como si llenaran el aire de algo prohibido. Las palabras, livianas, subían y subían hasta estrellarse contra el techo y desintegrarse. El sillón que había sido escenario de tantos ultrajes de pronto tenía una suavidad amable, perfecta para la sonriente conversación de los jóvenes.
Entre tantos temas a medio tocar -nada muy trascendental, pues conociéndose tan poco no sería de buen gusto- llegaron a hablar de sus estudios, y Fuyu comentó algo referente a cierta pintura que había hecho hacía un tiempo. Tras algo de amable insistencia por parte de Makoto, el chico accedió por fin a mostrar su creación, no sin algo de nerviosismo y un evidente sonrojo. Guió al castaño hasta su habitación, aún tambaleándose un poco a causa del tobillo lastimado, sintiéndose aún más avergonzado al ver los estragos que la noche anterior habían producido en las sábanas, y la lluvia de prendas regadas por el piso. Disculpándose, turbado, por el desorden, llevó a Tensei hasta la cabecera de la cama, sobre la cual pendía un a pequeña pintura en óleo, bastante abstracta. El moreno no tuvo tiempo siquiera de apreciar un detalle, de dibujar una sonrisa, pues en aquel preciso momento el grato silencio fue rasgado sin sutileza alguna por el ruido de llaves intentando abrir la puerta principal. Aquello inició el caos. En un mínimo instante la alegre expresión en el rostro de Amaki se trocó en una de infinito e indisimulable pavor. Blanco y frágil, como un muñequito de porcelana, miró
asustado a Makoto y balbuceó:
- Te... Tensei-san... escóndase, kudasai -. Lo empujó rápidamente hasta el armario. - No salga de ahí... se lo rugeo... no salga.
Sin entender cómo, el castaño se encontró acurrucado en la oscuridad, con varios zapatos punzando su carne y con una diminuta rendija como única fuente de luz y aire. Maldita rendija que le hizo ver el infierno. Fuyu desapareció de su vista enseguida, y a lo lejos oyó su frágil voz temblando, quebrándose bajo el peso de la voz ronca del recién llegado. Adivinó la tensión y oyó el forcejeo, un gemido suplicante, y luego los firmes pasos que arrastraban hacia la habitación a unos pies pequeños, vacilantes. En su campo visual de un centímetro de ancho pudo ver ropa, ropa que se movía, se agitaba, se desprendía, y luego piel. La piel blanca -enrojecida en algunos, cientos, miles de sitios distintos- estaba subyugada por la otra, bronceada y saludable. Oyó los sollozos y los gritos, vio los golpes, sus ojos se nublaron para impedirle presenciar más detalles de la violación, y no hizo
nada. No hizo nada. No. Hizo. Nada...En algún momento, tal vez pocos minutos o varias horas después, el hombre rubio abandonó la habitación y fue a darse uno de sus siempre oportunos baños. Convenientemente calculados, duraban suficiente tiempo como para encontrar a Fuyu convertido nuevamente en un ser humano al regresar.
Saliendo por fin de la maldita parálisis, Makoto abrió la puerta del armario temblando, asustado. Cuando lo vio en el piso quiso llorar, gritar, vomitar de ira y de dolor. Se apresuró hacia el cuerpo maltrecho, sacudido por espasmódicos sollozos. Lo levantó por los hombros con suavidad, lágrimas pugnando por abandonar sus ojos enrojecidos. Fuyu no lo miró siquiera. Se sentó como pudo, conteniendo el llanto, y su voz tembló al decir:
- Váyase, Tensei-san.
- No voy a dejarte con este monstruo... -. Resplicó ronco, con la voz cortada.
- Váyase, kudasai. Si Rei lo ve lo va a matar... nos va a matar -. Se le quebró la voz, mientras clavaba en los ojos verdes una mirada horrible, desgarradora, pintada de terror. Entonces Makoto supo que Fuyu no exageraba.
No exageraba en absoluto.
------------ Pendiente de actualización ----------