
EL ELEGIDO DEL DIABLO
Basado en “La Reina de los Condenados”, de Anne Rice (Tercer tomo de las Crónicas Vampíricas) y en “Aviéntame”, de Café Tacuba.
“Abrázame y muérdeme, llévate contigo mis heridas.”
El vampiro acarició levemente el rostro pálido del joven mientras saboreaba el último trago de su amado. Terminó de beber y retiró con suavidad sus colmillos da la carne viva, lentamente, como si una noche eterna lo amparar o como si el tiempo se hubiese detenido junto con su corazón sediento. Regresó casi flotando a su silla y, aunque jamás dobló las rodillas para sentarse, de pronto estuvo sentado allí, sereno, esperando la reacción del mortal. Al ver los números que corría rápidamente por su reloj para dar lugar al segundo siguiente, Armand sintió una inexplicable necesidad de tomar entre sus dedos un reloj mecánico. Deseó oír el latido de un corazón de engranajes, bailar junto a las decididas manecillas. Percibió entonces que Daniel había despertado y lo miró con sus grandes e inexpresivos ojos almendrados. Por un instante pensó en besarlo, mas desechó inmediatamente la idea. Aquella vidriosa mirada violácea lucía demasiado triste y afiebrada; acabaría haciéndole más daño.
“Aviéntame y déjame, mientras yo contemplo tu partida en espera de que vuelvas y tal vez vuelvas por mí.”- Daniel -. Susurró el demonio, el ángel, mientras el chico respiraba irregularmente a través de sus labios entreabiertos. La mirada castaña de Armand recorrió el cuerpo enjuto tendido sobre el sillón, las costillas sobresalientes que parecían tardar una enormidad en hincharse de aire, los brazos como largas cuerdas débiles y llenas de nudos, el cabello vetado de gris que caía desordenadamente sobre el rostro, demasiado joven para sus treinta y dos años. Miseria. Cuanta hermosa miseria de hombre. El vampiro acercó su mano de cera al cabello pajoso de Daniel, apartó un mechón que caía descuidadamente sobre el rostro y acarició su mejilla con cuidado. – Daniel… -. Repitió, sin obtener más respuesta que una cálida mirada de violetas. Armand cerró los ojos durante algunos segundos, casi indeciso, y luego volvió a abrirlos con serenidad renovada. – Perdóname, querido. No puedo cuidarte esta vez. Ya me has retrasado demasiado.
“Y ya te vas, que me dirás, dirás que poco sabes tú decir.”Se levantó lentamente, apesadumbrado, mirando a través de la ventana con una sombra de angustia en sus ojos inmensamente profundos. El humo negro de los automóviles flotaba a la altura de su departamento, invitando a la luna con una erótica danza de muerte venenosa. Forzó una sonrisa artificial.
*El espíritu de la era…* Se dijo, y deseó poder reír maniáticamente como lo hacía Lestat. Se volvió hacia la puerta en un débil crujido de ropa y se disponía a abandonar la habitación, cuando una mano de uñas sucias aferró la manga de su camisa. Armand se detuvo contra su voluntad, o quizá siguiendo la voluntad de su joven corazón pervertido tantos siglos atrás. Supo que Daniel lo observaba con una mezcla de furia y de tristeza y de miedo. El humano se incorporó y aferró la muñeca inmortal con fuerza, casi rompiendo la sedosa piel blanca con sus dedos.
- Suéltame, Daniel -. Ordenó el vampiro calmadamente. El chico atenazó el brazo como de piedra con su otra mano, desoyendo totalmente la indicación de su amado.
- ¿Por qué? ¿Por qué me dejas otra vez? -. Preguntó irritado. Irritado porque Armando nuevamente se marchaba, dejándolo vacío y malherido. Irritado porque esto le causaba un dolor tan enorme que sentía como si su corazón se desgarrara lentamente o se congelara lentamente hasta volverse cenizas.
- No voy a discutirlo contigo -. Declaró Armand.
“Despídete, ya no estarás. Al menos ten conmigo esa bondad…”Daniel rodeó con sus brazos el cuerpo de Armand, ese cuerpo tan joven y hermoso, tan oscuro y sereno, ese cuerpo endurecido y eterno como una montaña. Lo aferró sin palabras, hundiendo su rostro entre los pliegues del abrigo del vampiro, cerrando las amatistas de sus ojos con la tonta esperanza que Armand le pidiera verlos otra vez. El tiempo se detuvo un instante, cuando el corazón de Daniel dejó de latir, para luego correr con el doble de velocidad, dejándolo al borde del colapso. Llanto del corazón, lágrimas de fuego. Quédate, maldito. No te atrevas a partir. No te atrevas a dejarme sin decir adiós.
- Jamás… -. Armand se desasió del enfermo abrazo y se sentó en el otro extremo del sillón, mirando seriamente al chico. - …me perdonaría por hacer eso -. Anunció, cogiendo suavemente la mano de Daniel y acariciándola sobre su regazo. La presionó contra sus labios juveniles y, sin movimiento alguno que explicara como pudo suceder, una sonrisa apareció en medio de su rostro angelical. Daniel quiso lanzarse sobre él, besarlo hasta que la muerte lo arrebatara de aquellos brazos amados, encadenarse a su cuerpo si era necesario, todo con tal de no separarse nunca más de su pequeño diablo.
- No me dejes solo, Armand…
“Te extrañaré, no mentiré, me duele que no estés y tú te vas.”El chico se dejó caer hacia delante, de modo que su cabeza descansara sobre las firmes rodillas del vampiro. Por un segundo, creyó que Armand le arrancaría el corazón con su mirada aterciopelada, pero los ojos castaños lo abandonaron para detenerse en la ventana por un segundo interminable. Él no había respondido a su ruego, pues si lo hacía destrozaría su frágil alma humana. Era la verdad. No podía disfrazar la realidad cruda tras palabras hermosas, lluvias de violetas y castañas… Daniel lo sabía, y sin embargo, sentía terror de las palabras de Armand. Terror de su silencio eterno. Él no había respondido y no volvió a rogar. Conocía la escena. Podía predecir todo tan bien que resultaba algo irónico y demasiado patético. La pérdida, el duelo luego, y el vagar como alma en pena hasta la llegada de su sol siniestro. Todo era tan conocido y tan misterioso que no podía concebir su existencia de otro modo. Toda una vida por aquella irreflexiva entrevista a un hermoso vampiro de cabello negro…
“Amárrame y muérdeme, llévate contigo mis heridas.”… Todo un sin sentido. Una espiral de lágrimas ensangrentadas.
- Daniel… -. El muchacho sacudió negativamente la cabeza, como si su propio nombre le dañara los oídos o el corazón. Besó las manos blancas de Armand, imploró con la mirada sin conseguir nada. Nada. Sólo una ácida tormenta oculta tras esos grandes ojos negros y serenos. – Ya basta, querido. – Ordenó el vampiro, cerrando sus manos como garras de piedra alrededor de las muñecas de Daniel. Separó las enflaquecidas extremidades y se lanzó hacia delante en una ondulación de abrigo y cabellos morenos. Armand atacó los sedientos labios del humano y lo besó profundamente, lenta y profundamente, mientras éste dejaba que sus dedos se perdieran en el cabello castaño. Las manos de albo acero recorrieron suavemente el cálido torso de Daniel.
De pronto las elegantes vestiduras del vampiro se transformaron en pesados trapos, vendas, cuerdas que le impedían explorar al chico con libertad. Dejó que su abrigo cayera al suelo, permitiendo luego que Daniel se deshiciera de lo demás. Sopló levemente, casi gruñó, cuando el humano cerró sus dientes lisos y redondeados sobre la piel blanca de su garganta.
“ Murmúrame y ládrame, grita hasta que ya no escuche nada.”Los blancos pétalos que formaban los labios de Armand recorrieron la piel del humano con serena pasión, lo acariciaron, besaron cruelmente. Ya no importaba si le dañaba o si el sol aparecía se pronto entre los altos edificios grises. Ya nada importaba más que aquellos brazos palpitantes que rodeaban su desnudo cuerpo blanco, esa piel salada bajo sus labios.
- Armand… -. Las flácidas manos de Daniel, internas en la cabellera espesa del vampiro, guiaron la cabeza de éste hacia su sexo. Armand jugueteó algunos momentos con su lengua y colmillos cerca de la hombría del chico antes de cerrar sus labios alrededor de ésta. Los jadeos y suspiros del humano no tardaron en volverse gemidos, gritos luego, aullidos. El sudor de Daniel caía sobre la incolora piel del vampiro, el aroma del chico se impregnaba a los castaños cabellos de Armand y el placer humano brillaba en sus ojos. Armand no podía recordarlo. ¿Qué agitaba de tal modo a Daniel? Al vampiro le gustaba tratar de imaginarlo, revivir mentalmente y de forma difusa la sensación experimentada tantos siglos atrás, cuando aún era Amadeo.
“Sólo ve como me quedo aquí esperando a que no estés, en espera de que vuelvas y tal vez vuelvas por mí.”En aquella ocasión, mucho más que en otras, Armand se sintió complacido con la desenfrenada danza de su amado, el líquido estallido entre sus labios. Se levantó suavemente mientras Daniel sollozaba en silencio y lo aferró entre sus brazos con una fuerza que para Armand resultaba escasa, aunque a Daniel le hubiese destrozados los huesos de haberse prolongado el abrazo. Lo besó una y otra vez. Besó los débiles labios y los ojos cerrados, el rostro, el cuello, las manos sucias. El chico apretó su cuerpo contra el del vampiro.
- No me dejes solo, Armand -. Rogó.
- No -. Susurró éste. - Duerme, querido -. Dijo, trazando círculos con sus dedos sobre las mejillas de Daniel. Él bajó sus húmedas pestañas. Armand sólo suspiró. Cubrió el cuerpo del chico con una manta grisácea y presionó sus labios muertos contra la frente palpitante.
“En espera de que vuelvas y tal vez vuelvas por mí.”Los ojos castaños se volvieron atrás por un instante. Luego el abrigo negro desapareció tras la puerta cerrada y la habitación quedó sola, dormida. Daniel no abrió los ojos hasta el día siguiente, cuando los ácidos rayos del sol le arrancaron del sueño. Nada indicaba que alguien hubiese pisado la habitación recientemente. Nada podía asegurarle que todo no se tratara de un sueño. Sin embargo, él lo sabía. No era un sueño. Era una pesadilla. Su cruel y dulce maldición.
FIN