UN JUEVES CUALQUIERA

RPS de LOTR

 

1ª PARTE


Prólogo


El taxi frena en seco, catapultando a los cuatro pasajeros hacia delante, haciéndolos chocar con estrépito contra la mampara protectora de cristal. Se oyen voces de protesta, tacos, maldiciones. El taxista asoma la cabeza por la ventanilla, al tiempo que su mano oprime salvajemente el claxon de su automóvil. - ¡¡Hijo de puta, gilipollas!!. ¿Vas mamado o qué? – grita enfurecido el taxista al conductor causante del brusco frenazo. Más pitidos, feas palabras que se cuelan por la ventana abierta del taxi, calor, humo, ruido…Nueva York, locura pintada de amarillo, las doce de la mañana en la Calle 37, coches, autobuses, furgonetas, motos, peatones suicidas. Dom Monaghan suspira y se pasa la mano por la cabeza. Empieza a hacer calor en NY, y el taxi no tiene aire acondicionado. ¡Mierda de ciudad!. – Lo siento señores – dice el taxista mirando hacia atrás por el espejo retrovisor – Hoy está el tráfico muy jodido. No sé cuanto tardaremos en llegar a Central Park. Si quieren puedo intentar coger un atajo por la 45, pero lo mismo nos encontramos otro embotellamiento. Ustedes mismos. – dice el taxista en un inglés cargado de acento extranjero. El tipo es muy moreno de piel y cabello, y sus grandes ojos oscuros lo miran todo nerviosamente. De Afganistán, Turquía o Irán, seguramente, piensa Rebecca Winston, la representante de Elijah Wood. – No se preocupe, no tenemos prisa, siga por su camino.- le contesta la señorita Winston. Elijah intercambia miradas resignadas con ella y con Dom. El representante de éste, Ralph Swanson, no dice nada. Tiene un cabreo descomunal desde esta mañana, y mejor es no importunarlo.

A Elijah no le ha hecho ninguna gracia tener que viajar desde Los Angeles hasta Nueva York simplemente para recoger y leer un guión cinematográfico. Elijah le dijo a Rebecca por teléfono que lo leyera ella primero, como siempre hacía, y que luego se lo enviara por fax, como era su costumbre. Pero Rebecca está entusiasmada con el dichoso guión, escrito ni más ni menos que por la sensación del momento en Hollywood y en todo el mundo del cine, Caroline Headbirds, jovencísima escritora neoyorquina, que con solo 24 años ya tiene en su poder un Oscar al Mejor Guión Original por la película “Amores extraños”, Dos Globos de Oro por dicha pelicula y por “Fresas salvajes”, un Oso de Berlín, dos Palmas de Oro de Cannes, etc, etc. Los mejores directores del momento suspiran por dirigir alguna historia salida de la mente iluminada de Caroline, y los más destacados actores del mundo del celuloide estarían encantados de protagonizar alguna de sus impactante, tórridas, escandalosas, pero hermosas e intimistas historias.

– Elijah - le había dicho Rebecca a su representado– Es una oportunidad única en la vida. Esta muchacha ha escrito un nuevo guión, y quiere que seais tú y Dom los protagonistas. Me dijo que lo había escrito pensando en vosotros dos, pero que antes le gustaría mucho poder conoceros y leerlo juntos, que ella está abierta a sugerencias y demás. Es un simple boceto, pero se la ve muy entusiasmada. Hazme caso, cielo, es una oportunidad única. Fíjate todos los premios que se ha llevado la nena, el Oscar, los Globos, Cannes… Protagonizar una película con un guión de Caroline Headbirds es, hoy en día, sinónimo de éxito, fama, oportunidades… - comentaba Rebecca con los ojos mirando al cielo, intentando convencer a Elijah. – Muy bien – había contestado éste. - ¿Y por qué no viene ella a Los Angeles a vernos?. No tengo ninguna gana de ir a Nueva York, joder, es asquerosa, asfixiante, una mierda de ciudad. Si tiene tanto interés que se lo curre y venga a visitarnos, ¿no te parece, Rebecca?- había preguntado Elijah a su entusiasmada representante. Pero ésta, después de lanzarle una mirada matadora, le había contestado que si estaba loco, perder una ocasión así, la chica no viene aquí porque tiene pánico a los aviones, múltiples compromisos que no puede desatender, oportunidad única, etc.,etc…

- De acuerdo, Rebecca, no me des más la brasa, joder, iremos a Nueva York a ver a esa niñata. Seguro que se le ha subido el éxito a la cabeza y es una gilipollas de campeonato - había dicho finalmente Elijah, zanjando la cuestión. Y aquí estaban ahora después de seis horas de vuelo agotador, atrapados en un atasco descomunal en el centro de Nueva York, apiñados en la parte trasera de un taxi mugriento, Dom, Rebecca, Ralph y él. Ni siquiera la Universal Pictures, que tiene contratada a Caroline, ha sido capaz de enviar un coche en condiciones a recogerlos al aeropuerto. Ha mandado un taxi con un iraní o un turco dentro, un tipo que parece que no ha conducido en su vida.

Por fin el taxi se detiene ante un lujoso edificio de apartamentos en Central Park, y los cuatro viajeres descienden de él, aliviados. El taxista les ayuda a bajar su equipaje, y se despide de ellos con un Alá es grande que deja temblando a Rebecca. Dom y Elijah se sonríen. – Ostias, vaya tipejo – dice Dom. – No sé como no nos ha hecho explotar dentro del taxi. Seguro que llevaba unas cuantas bombas atadas al cuerpo. – continua hablando Dom, poniendo cara de poker. – Dom, por favor – le regaña Rebecca. – No digas barbaridades, Dios mío, pero que bruto puedes llegar a ser.- le mira Rebecca con seriedad. – Ralph, dile a tu cliente que se porte bien, que no diga tacos, ni le mire el culo a la señorita Headbirds – le dice Rebecca a Ralph Swanson, el representante de Dom. Ralph mira a Rebecca, mientras la ayuda a subir su pequeña maleta por la escalera del imponente edificio. – Querida Rebecca, el Sr. Monaghan no me hace ni puto caso, no sé ni como trabajo para él. Un día de estos lo estrangulo, te lo aseguro, Rebecca, lo estrangulo en vivo y en directo. – bromea Ralph, su buen humor apareciendo de nuevo. Todos rien, subiendo la enorme escalera de mármol. Más arriba, en el piso 53, Caroline Headbirds espera impaciente su llegada.

Caroline pasea arriba y abajo por su luminoso y amplio salón. La luz del mediodía neoyorquino se cuela por los amplios ventanales que rodean toda la estancia. Paredes pintadas de azul claro, techos blancos, suelo de madera clara, enormes sofás color crema, mesas de cristal, alfombras rojas, vitrinas de cristal azulado, repletas de libros, cuadernos, discos, cintas, adornos de mil formas y colores…Sobre la gran chimenea de mármol blanco y gris situada en el centro de la estancia, brilla el tío Oscar, los Globos, la Palma…Fotos enmarcadas aquí y allá, Caroline con sus padres, Caroline de bebé, Caroline de niña, Caroline disfrazada de hada, Caroline en la Universidad, Caroline en los Oscars, recogiendo su premio de manos de Harrison Ford …Una gran fotografia de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, Casablanca, enmarcada en un boenito marco de plata, destaca colgada sobre la chimenea…La chispeante música celta de los Chieftains vibra en el aire. Caroline está nerviosa, y no deja de mirar el reloj de pared, un triángulo de cristal sobre la puerta de entrada. – Como no les guste el guión me da algo. – se dice a si misma. – Si me dicen que no lo quieren protagonizar, lo tiro a la mierda. Solo lo pueden hacer ellos. Y si los de la Universal me dicen que se lo propongamos a otros actores, los mando a tomar por culo,sí, ya me están empezando a joder con sus memeces estos ejecutivos de mierda, que no tienen ni idea de nada… . Caroline suspira y se mete un chicle en la boca, mascando con rabia. Sí, “Un jueves cualquiera” tiene que ser interpretado por Elijah Wood y Dominic Monaghan. No puede ser hecho por otros actores, esos papeles son suyos, tienen su piel, su sangre, su…El timbre suena y Caroline se sobresalta. - ¡Mierda!. Ya están aquí…

Paula, su asistenta, sale de la cocina y se dispone a abrir, pero Caroline la para con un movimiento de su mano. – No, déjelo Paula, ya abro yo, gracias – le dice la muchacha, temblando como un flan. Un rápido vistazo en el espejo del hall. Pelo castaño, reflejos rubios aquí y allá, largo y liso, recogido en dos trenzas infantiles, flequillo rebelde cayendo entre los ojos verdeazulados, cuidadosamente perfilados con khol negro. Un leve toque de colorete en las mejillas pálidas. Caroline se mira los labios, comprobando que el carmin granate oscuro que los cubre no se haya corrido. Se alisa la camiseta negra de tirantes, dos tallas más pequeña que la suya, y que resalta de manera evidente su pecho. Un aro de oro brilla en su ombligo al descubierto, pantalón vaquero muy ceñido, cubriendo sus caderas como un guante. Sandalias en sus pies, uñas pintadas de color granate oscuro a juego con los labios. Un toque de Chanel nº 5 tras las orejas…Caroline traga saliva…- Bueno, Caroline, ahí los tienes. Que la fuerza me acompañe – se dice entre dientes la joven guionista. La puerta se abre. - ¡Hola, bienvenidos, adelante, pasad, adelante…! – Caroline da la bienvenida a sus invitados, mientras cruza los dedos detrás de su espalda, sin ser vista.

Caroline sirve las bebidas a sus invitados. Martini blanco para Rebecca, whisky con agua para Ralph, y, que casualidad, oporto para Dom, Elijah y ella. Caroline interpreta esa coincidencia en la elección del exquisito y dulce vino de oporto, como una señal clara de un posible entendimiento entre los tres. – No sabía que os gustara este vino.Pensé que me ibais a pedir coca-cola o alguna porquería así – dice Caroline sonriendo a Dom y Elijah, mientras les tiende sus copas llenas del oloroso vino. – Bueno, la verdad es que es la primera vez que lo pruebo – contesta Dom. – Pero si a una mujer tan guapa y encantadora como tú le gusta beber este vino, entonces es que tiene que ser la reostia – sigue diciendo Dom a Caroline, que le sonríe agradecida. Rebecca, con disimulo, clava la punta de su zapato en el pie de Dom, que suelta un ayyy dolorido. – Cómo es este chico, jaja. – dice Rebecca a Caroline sonriendo. – Nunca aprenderá a hablar bien delante de las damas – refunfuña la relamida Rebecca Winston. – Oh, no se preocupe señorita Winston – contesta Caroline. – Yo tampoco hablo muy finamente. Si tengo que decir mierda o puta o joder, pues lo digo y ya está. Sin problemas. – dice Caroline, llevando la copa de vino a sus labios, mientras mira de reojo a Elijah, que no habla nada. Rebecca da un respingo y bebe también un sorbo de su martini, mientras piensa que esta Caroline Headbirds tiene toda la pinta de ser una ordinaria de campeonato.

El fuerte sol neoyorquino arranca reflejos incandescentes de la mesa de cristal, alrededor de la cual se hayan sentadas las cinco personas. Sobre ella, a un lado de la bandeja de plata con las bebidas, se encuentran varios ejemplares del guión de Caroline. Son pocas páginas, escritas a una sola cara, simplemente grapadas y guardadas en una funda de plástico transparente, grandes letras rojas de imprenta mostrando el título Un jueves cualquiera – Nueva York, 2002, C.H. Caroline va repartiendo los guiones. – No es un guión propiamente dicho – aclara la chica. – Yo prefiero desarrollar primero la historia, como si fuera una novela o un relato corto, y luego ya lo hago guión, con su estructura genuina. ¿Me seguis?- pregunta Caroline a sus invitados. Todos contestan afirmativamente, menos Elijah, que se limita a hojear con desgana los folios. Caroline lo mira, y sus ojos se encuentran. La chica suspira y baja la mirada avergonzada. –Mierda, no le gusta nada todo esto –piensa Caroline angustiada. – Joder, vaya cara de perro que me pone. Lo tengo crudo para convencerle. Tendré que sacar mi mano izquierda. Dom está convencido, estoy segura, no hay más que verlo. Bueno, Caroline, a por todas…

- Es una historia muy sencilla y emotiva – explica Caroline, de pie, andando de aquí para allá, el guión entre las manos, jugueteando con sus trenzas sin descanso. – Es un secuestro. Un par de rateros, desesperados y cargados de problemas, con experiencia en las calles y con visitas frecuentes a la cárcel, raptan al hijo de un tío podrido de millones, y entonces, uno de los secuestradores se flipa por el secuestrado, y éste a su vez, sufre el síndrome de Estocolmo, colándose también por su carcelero. Todo contado con dramatismo, como a mi me gusta, nada de comedieta, no, dramón de los buenos. Y con sexo, por supuesto. Fino, pero sexo. – sigue explicando la chica con sus palabras directas y sencillas. – No es una relación entre dos tios que sean maricones, no. Es una historia de amor que surge entre dos personas heterosexuales que durante toda su vida se han sentido solos y abandonados, cada uno en sus circunstancias, y que se encuentran en la situación extrema del secuestro, surgiendo algo entre ellos que no saben cómo encajar. No sé si me explico bien. ¿Comprendeis la idea que quiero transmitir?- pregunta Caroline con el gesto fruncido.

- Perfectamente – contesta Elijah, levantándose del sofá, encendiendo el cuarto cigarro, dando caladas profundas, comiéndoselo. El humo sale por su nariz y su boca. Caroline lo mira sin pestañear. – Elijah, he pensado que tú eres la persona idónea para el papel de Matt Campbell, el niño de papá, inmensamente rico, mimado, afortunado, superficial, egoista, caprichoso, de vuelta de todo, pero que ha crecido sin amor, deseando encontrar su alma gemela, su complemento – le dice Caroline toda emocionada, sonriente, alterada. – Y tú, Dom, eres el actor ideal para interpretar a Mike Hunt, el paria de la sociedad, criado a base de ostias, en las calles, sin amor, rebosante de odio, buscando el placer inmediato, pero al mismo tiempo, allá en el fondo de su ser, escondiendo un enorme corazón ávido de cariño…- Caroline se entusiasma con su relato, parece abandonar la habitación, vive su historia. – Os enamorareis perdidamente, sin ñoñerías, os entregareis mutuamente…Puede quedar una película preciosa, una historia de amor imposible maravillosa. – concluye Caroline, mirando a Dom y a Elijah, sus mejillas encendidas, color natural.

A Elijah no le gusta nada lo que ha dicho Caroline. Y así se lo dice. No le convence la historia. Demasiado fuerte, cómo decirlo, politicamente incorrecta. Él no quiere interpretar el personaje de Matt Campbell, y tampoco le convence que su oponente sea su amigo Dom. Era lo que les faltaba para que los rumores que siempre han rodeado a su amistad se disparen. – Esta no es una película convencional – dice Elijah a Caroline, clavando sus ojos en ella. – Estas hablando de rodar escenas de sexo entre dos tíos. Los estudios te lo van a echar por tierra. Hollywood no va a querer producirla, por mucho que tú firmes el guión o nosotros la protagonicemos. – prosigue Elijah, dando caladas nerviosas a su cigarrillo. – No creas que soy un corto de mente, o que tengo prejuicios, no, no es eso. Me parece estupendo que dos tios se enrollen y demás, pero no creo que ese papel me convenga. No en estos momentos – concluye Elijah, aplastando su cigarro en un cenicero de cristal verde.

Caroline se queda perpleja con lo que las palabras de Elijah. – Pero Elijah, - le dice Caroline nerviosa - tu personaje, Matt Campbell, es fascinante.¿Cómo puedes decir que no te conviene?. Rebecca interviene dando la razón a Caroline. Pero el Sr. Wood, tan amable y comprensivo siempre, se ha cerrado ahora en banda. El papel no le atrae. Caroline se vuelve ahora hacia Dom, y le pregunta su opinión. La muchacha respira aliviada. Dom no parece tener ningún reparo al proyecto, de momento. Leerá con gusto el guión y después ya decidirá. - ¿Por qué has pensado en nosotros para interpretar tu guión? – le pregunta Dom. Caroline enrolla una de sus trenzas entre sus dedos, una amplia sonrisa dibujándose en su rostro. – Muy sencillo, Dom. ¿Vosotros sois conscientes del erotismo, el magnetismo, el morbo que desprendeis cuando estais juntos? – la chica pasea su mirada de Elijah a Dom, y de Dom a Elijah. – Sí, ya sé que me vais a decir que todo son gilipolleces, pero es así. Hace ya tiempo que tenía pensado este guión, solo me faltaban los protagonistas, que no les ponía cara, pero hace un par de meses vi unas fotos y uno videos vuestros, en las promociones de “Las Dos Torres”, y enseguida dibujé a mis personajes – dice Caroline con pasión. – Elijah, necesito tu cara angelical y ese morbo que te envuelve, para mi Matt Campbell – prosigue Caroline, mirando a Elijah con intensidad. – Y Dom, necesito tu mirada sugerente y turbia para mi atormentado Mike Hunt, el secuestrador – dice Caroline a Dom, acercándose a él, posando su mano nerviosa en su codo. – Necesito ese aura sensual que os rodea cuando estais juntos ¿me comprendeis?. Quiero que reflejeis en la pantalla esa complicidad que brota de vosotros, esa naturalidad….– Caroline suplica ahora a los dos chicos, pasando su vista de uno a otro.

A Caroline casi se le saltan las lágrimas cuando, nuevamente, Elijah niega con su cabeza una vez más. No le gusta y punto. Rebecca le intenta convencer con sus dulces palabras, pero no hay nada que hacer. Caroline reprime sus ganas de llorar. Coge uno de los guiones y se lo ofrece al chico. – Por favor, solo te pido que leas la historia, nada más. Si una vez leída no te gusta, no insistiré más, en serio,, pero por lo que más quieras, léela. – Caroline parpadea y dos lágrimas furtivas y acusadoras se deslizan por sus mejillas, mojando el borde de su labio superior. La chica eleva su mano para limpiar esas lágrimas de rabia y contrariedad que se le han escapado, pero Elijah es más rápido. Sus dedos atrapan esas lágrimas, cortando su camino. Caroline se estremece al sentir el contacto de la piel de Elijah en su cara. – Por favor, no llores. – le dice éste con dulzura. – Leeré el guión, no te preocupes. No pretendía ser grosero contigo. – Elijah termina de decir, sonriendo a Caroline. La sonrisa vuelve al rostro de la chica, que mira a Elijah con agradecimiento. – Gracias, cielo. Muchas gracias. Vaya, que imbécil soy. Yo nunca lloro, deben ser mis hormonas, me han jugado una mala pasada. – dice Caroline sonando su nariz. Elijah rodea la cintura de la chica con su brazo y la zarandea con suavidad, haciéndola reir. Dom suelta un agudo silbido…- ¿Qué tienes de comida Caroline?- pregunta éste. – Me muero de hambre – canturrea Dom. Rebecca Winston suspira. Acerca su boca a la oreja de Ralph y le susurra: - El poder de las lágrimas femeninas es infinito, querido Ralph.

La tarde cae sobre Nueva York. Las luces del apartamento de Caroline llevan ya un tiempo encendidas. La chica está radiante. La comida ha sido de lo más agradable, y la sobremesa se ha alargado hasta ahora, casi la hora de cenar. Se han hablado de miles de cosas, la conversación brotando sin pausa aquí y allá, buen rollo, entendimiento mutuo, distensión…Las 7 y media de la tarde se marcan en el reloj triangular de la pared, cuando Caroline despide en la puerta a sus nuevos amigos. – Vuestro hotel está a dos manzanas de aquí. Se puede ir perfectamente andando. – dice la chica con una sonrisa. - ¿Nos vemos mañana a mediodía, por ejemplo, aquí en mi casa de nuevo, para comentar qué os ha parecido la historia?- pregunta Caroline a Elijah y Dom.- ¿Siempre eres así de rápida para todo? – replica Elijah sonriendo a la chica. Caroline lo mira, notando que el corazón se le para, esos dos inmensos ojos de estrella devorándola sin piedad. Caroline busca de nuevo el asidero protector de su trenza derecha, enrollando nerviosamente sus dedos en ella. – Si, la vida es demasiado breve como para desperdiciarla en formulismos y chorradas. ¿No te parece? – responde Caroline a Elijah. Este asiente con la cabeza, sonriéndola de nuevo. Dom se acerca a ella y deposita un par de besos en las mejillas de la chica. – Mañana estaremos aquí a las doce en punto con tu historia leída. Esta noche seremos buenos y haremos los deberes, descuida, encanto. – le dice Dom a Caroline, guiñándole un ojo a la muchacha. Rebecca y Ralph estrechan la mano de Caroline y salen al vestíbulo, junto con Dom. Elijah y Caroline se quedan solos, en la puerta, frente a frente. – Entonces, hasta mañana Caroline - se despide Elijah, acercando su cara a la de ella, depositando un suave beso en la mejilla de la joven escritora, que se ruboriza ante la suave caricia. – Siento mucho haber sido tan poco amable contigo al principio – se disculpa Elijah. Caroline le sonríe. – No te preocupes, no soy rencorosa. Hasta mañana, Matt Campbell – le despide la chica con una sonrisa pícara. Elijah se la queda mirando…- ¿Te han dicho alguna vez que tienes una sonrisa maravillosa? – dice Elijah con voz sugerente. Caroline se queda perpleja…La voz de Dom suena desde el ascensor, cantarina, burlona…- Elijah, deja de hacerle la pelota a la jefa, joder, ya te vale tío…

Caroline cierra la puerta del apartamento y se apoya en ella. Cierra sus ojos y suspira. Pasa su mano por la cara y vuelve a suspirar. – Mierda y más mierda. Me cago en la leche. Joder y más joder. Lo sabía, lo sabía. – la chica se lamenta en voz baja. Su cuerpo va deslizándose por la pared, hasta que cae sentada al suelo. Allí apoya su cabeza sobre sus rodillas. – Sabía que me iba a flipar por él, joder, lo sabía. – su tono de voz va subiendo. – Mira que soy gilipollas, no aprenderé en la vida. ¿Por qué narices me tengo que enamorar tan fácilmente?. ¡Dios!. ¡Por favor que le guste la historia, qué quiera hacer mi personaje!. ¡Ojalá le convenza Dom!. ¡Qué encanto de tío el Monaghan!. El no me pondrá ninguna pega, estoy segura…Pero Elijah, no sé…Joder, qué ganas de meterlo en mi cama, en mi cuerpo, en mi vida…¿Le habré gustado yo?. Eso que me ha dicho de la sonrisa…y cómo se ha vuelto de caramelo cuando me ha visto llorar… Caroline deshace sus trenzas sin darse cuenta, la cara de Elijah metida entre sus cejas. - ¿Le pasa algo señorita? – la voz melosa de su asistenta, Paula, vuelve a la chica a la realidad. – Eh?.No, Paula, no pasa nada, no se preocupe – contesta Caroline, levántandose de golpe. – Déjeme que la ayude a recoger. Así podrá irse antes a casa, ¿de acuerdo? – la chica sonríe a su diligente asistenta. – No se preocupe, señorita. Ya verá como les va a encantar el guión a esos muchachos. Es usted la mejor, ya lo sabe, la mejor. – le dice Paula, pasando un brazo por los hombros a la chica. – ¿Usted cree?. Muchas gracias Paula, es usted muy buena conmigo, gracias de todo corazón. – reponde Caroline agradecida, la tranquilidad volviendo a su alma.

Dom levanta la vista del guión de Caroline Headbirbs. Apenas ha leído unas cuantas lineas. Están llamando a la puerta de su habitación. Es Elijah. Quiere que lean los dos juntos la historia escrita por la chiquita neoyorquina de las trenzas castañas. Dom lo hace pasar, observando la preocupación que se dibuja en la cara de su amigo. - ¿Por qué no te gusta el argumento de la historia, tío? – pregunta Dom a Elijah. – Joder, es rompedor de cojones – dice Dom entusiasmado. Elijah lo mira sin pestañear. – No me gusta y punto.- le contesta Elijah visiblemente incómodo. Dom se acerca a él sonriendo. – Lo mismo es que no te hace gracia que lo interpretemos los dos. ¿Es eso?.¿Te daría palo rodar escenas de sexo conmigo? – pregunta Dom bajando el tono de su voz. Elijah baja la vista, y mira hacia la izquierda, hacia el gran ventanal, las cortinas descorridas permitiendo ver las luces cegadoras de la noche neoyorquina. Se lleva el dedo gordo a la boca, mordiendo con furia su yema roída, levantando piel y carne. Dominic espera la respuesta con una media sonrisa, el guión girando entre sus manos.

- Venga tío, no es eso. – contesta Elijah por fin. – Somos actores, si hay que fingir y actuar, pues se hace y punto. ¿De eso vivimos, no?. – sonrie el chico, un poco forzado, sus mejillas coloreadas, tinte carmesí. – Es que no creo que esto vaya a gustar al público, no sé, es bastante fuerte, ¿no crees? – dice finalmente Elijah, volviendo a morder sus castigadas uñas. Dom se acerca y le quita la mano de la boca. – Bueno, vamos a dar una oportunidad a la Headbirds. Leemos la historia y luego decidimos. Joder, la tía se ha llevado cantidad de premios con sus dos guiones anteriores y sus argumentos no eran Bambi ni La Cenicienta precisamente. ¿Te parece bien? – propone Dom a su amigo, palmeándole en el hombro. Elijah lo mira en silencio y suspira. – Muy bien, vamos a leer las cochinadas que se le han ocurrido a esa tía calenturienta. – murmura Elijah.

Dom sonríe a su amigo. – Por cierto, tío, ¿te ha molado la niña, a qué si? – pregunta Dom a Elijah, mientras se tumba en la enorme cama de la suite número 447 del Hotel Ambassador de Nueva York. Elijah le dice que no. – Vamos, tío. A mi no me engañas. La nena te ha dejado K.O. No me digas que no tiene un buen polvo. Vaya culo y vaya par de tetas. Naturales 100 por 100 – dice Dom cerrando los ojos, dibujando siluetas sinuosas en el aire. Elijah suelta la carcajada. – ¡Qué cabrón eres!.Pues si, está bastante follable, pero nada más. – dice el chico, descalzándose y echándose en la cama junto a él, muy cerca. Se quedan los dos mirando al techo, tumbados boca arriba, riendo. Elijah saca un paquete de cigarrillos y un minúsculo mechero del bolsillo de su camisa. Enciende uno, da una calada profunda y se lo pasa a Dom. Este aspira una bocanada de humo y lo expulsa, dibujando aros en la atmósfera. – Mira tío, ya me salen – le dice Dom a Elijah. Este se incorpora, apoyándose en el codo, y mira la cara de su amigo. – Oye, Dom, ¿te imaginas que nos follamos a la Caroline los dos?. Molaría un trío salvaje. Nosotros dos, y ella en medio, tú por delante, yo por detrás, y luego cambiamos– dice Elijah sonriente, la picardía saltando en sus ojos semicerrados por el humo del cigarro que sale de la boca de Dom.

Este vuelve su cara hacia su amigo, y le pasa el cigarro. - ¡Ostias, ya lo creo que molaría echarle un polvo a ese bombón neoyorquino! – se rie Dom. – Ufff, ya me la imagino, desnudita, entre los dos, un sandwich mixto, oh, chicos, si, oh, me gusta, si, me encanta lo que me haceis, sí, seguid así, si, si, ah, ah,.. – Dom se revuelca en la cama, imitando la voz de Caroline, abriendo su camisa, fingiendo el orgasmo del siglo. Elijah se muere de la risa, la ceniza del cigarro salpicándolo todo, rozando peligrosamente las sábanas de seda granate. De repente, Dom rueda y se coloca encima de Elijah, frotando su cuerpo con el del sorprendido muchacho, que mira con los ojos muy abiertos a su amigo, cara contra cara, piel sobre piel. – Oh, Lij, Lij, fóllame, hazme tuya, si, si - le dice Dom con voz aguda, siguiendo con su imitación de la trenzada Caroline. – No sabes como me pones, encanto, no lo sabes, oh si, con esa cara angelical, ese morbo que tienes, ese aura tan sensual que desprendes, oh, si, métemela hasta el fondo, haz que me corra de gusto… - Dom besuquea el cuello de Elijah, lo abraza, su mano se desliza dentro de su camisa, acariciando su piel…Elijah no deja de reirse. - ¡Caroline, coño, estate quieta, que me haces cosquillas, joder, que furor uterino!.- dice Elijah, siguiendo la broma de su amigo, dejando que éste lo manosee por doquier, el cigarro humeando entre sus dedos, la almohada cayendo al suelo…

Dom, de pronto, se para, jadeante, la respiración agitada, y mira a Elijah, debajo de él, lo ve con las mejillas encendidas, olor a tabaco y Lacoste, luz iluminando sus ojos de universo azul, labios entreabiertos, gruesos, húmedos, del mismo color y tan suaves como esas sábanas granates que los envuelven. Dom siente el mordisco violento del deseo. Vuelve a posar sus labios en el cuello marfileño de Elijah, pero ya no juega a ser Caroline. Ahora es él mismo. No sabe que le pasa. La suavidad de la piel de su amigo lo ha trastornado. Su mano acaricia el pecho y hombros de Elijah, abriendo cada vez más su camisa. Sus labios abandonan el cuello lujurioso de su amigo, y buscan esa boca adorable y jugosa. Dom besa despacio, muy despacio los labios de Elijah, disfrutando de esa suavidad anunciada, mordisqueándolos con delicadeza, lamiéndolos con la punta de su lengua, goloso, embriagado…Elijah no dice nada, perplejo, sorprendido, no sabiendo si son los labios de Caroline o los de Dom los que siente enredados entre su lengua. Dom gime y abre más su boca. Elijah no se resiste. En una décima de segundo Dom y Lij, Lij y Dom, sin saber porqué, se están besando con besos de caramelo, dulces, descubriendo un placer que nunca antes han sentido. El placer de lo oculto, el gusto de lo que no está bien, el escalofrío de lo prohibido.

Elijah rodea el cuello de Dom con sus brazos, abandonándose a él…Suaves gemidos en la penumbra de la lujosa habitación del hotel. Los dos chicos pueden sentir los latidos de sus corazones…Ninguno dice nada, no se miran, no se ríen ya, solo se dejan mecer por las sensaciones que los dominan, sin poder hacer nada por detenerlas. De pronto, Elijah deja escapar un grito y una maldición de su boca, rompiendo la magia sensual que los rodea. - ¡Mierda!. ¡Puto cigarro de mierda! – el chico se levanta de la cama con una sacudida, empujando a Dom, que casi cae al suelo. Elijah se lleva el dedo lastimado a la boca y se lo chupa. El cigarro ha resbalado entre sus dedos, quemando su piel, provocando sus gritos de dolor. Dom se acerca a él, agitado, la camisa abierta, el pelo revuelto. Intenta coger la mano de su amigo, pero éste lo rechaza, separándolo de él, golpeando su hombro. –¡Quita tío, no me toques, deja ya de hacer gilipolleces, ostias!. – Elijah maldice a voz en grito. - ¡Me cago en la ostia!. ¡Joder como duele! – se lamenta el muchacho, mientras se dirige al cuarto de baño. Dom se queda clavado en el sitio. Observa como su amigo se encierra en el baño, y escucha el ruido chirriante del agua del grifo correr y correr. Unos segundos más tarde sale Elijah, la cara y el pelo goteando agua, el dedo herido doblado contra su pecho.

Los dos chicos se miran. Dom esboza una tímida sonrisa. – Oye, Lij, que era todo una broma, no te vayas a pensar cosas raras,¿vale tio?. ¿Me dejas ver el dedo? – le pregunta Dom, visiblemente avergonzado. – Estoy bien, no te preocupes. – Elijah busca su guión y se dirige hacia la puerta. – Mejor me leo la historia en mi habitación. Luego cuando termine te doy un toque, ¿de acuerdo tío? – dice Elijah evitando la mirada de Dom. – Elijah, no te mosquees, coño, te juro que era una broma, joder, además, esto nos puede servir de ensayo para nuestros papeles, ya sabes, el secuestrador follándose a su secuestrado en las tinieblas de un oscuro agujero – dice Dom riendo, cambiando su voz, intentando quitar hierro al asunto, terriblemente azorado. Elijah se vuelve y lo mira con gravedad. – No tiene ninguna gracia, gilipollas, te estás pasando un huevo, ¿lo sabías?. No me gustan estas bromas. – le dice Elijah cortante, abriendo la puerta de la habitación, disponiéndose a salir. Dom se dirige hacia él con rapidez, y de un golpe vuelve a cerrar la puerta, cortándole el paso. - ¿Qué me estoy pasando, dices?. Oye, capullo, has sido tú el que ha venido a mi habitación con el rollo ese de leer juntos la historia. – le replica Dom a Elijah, hablando muy cerca de su cara. – Y has sido tú el que ha empezado con la historia del trío con la dulce señorita Caroline, ¿verdad, mamón?. Así que no me vengas ahora con gilipolleces, joder. – sigue hablando Dom, la ira contrayendo los rasgos de su cara. – Además, y si no te gustaba la bromita, ¿por qué no lo decías, eh?. Qué yo sepa, no has abierto la puta boca para nada, bueno, mejor dicho, sí la has abierto. La has abierto para comerme la mía – susurra Dom estas últimas palabras muy cerca de la oreja de Elijah.

El chico empuja a Dom con rabia, pulverizándole con su mirada fría. – ¡Vete a tomar por culo, y déjame en paz!. – alza la voz Elijah, abriendo la puerta y saliendo de la habitación con estrépito. Dom se abalanza sobre la puerta, gritando su furia al aire. - ¡Eres un gilipollas de mierda!. ¿Me oyes?. ¡Un auténtico gilipollas!.¡No entiendes nada!. – la voz de Dom choca con las paredes del pasillo elegantemente forradas de seda. Pero Elijah ya se ha metido en su habitación, el portazo haciendo temblar el edificio. La puerta de la habitación de enfrente se abre, y aparece Rebecca Winston con cara asustada. - ¿Qué escandalo es éste, Dominic? –pregunta temblorosa. -¿Sucede algo? – vuelve a preguntar a Dom. Este la mira y parpadea, tragando una lágrima delatora, que pugna por salir de sus ojos. – Nada, Rebecca, nada. Vuelve a la cama, no pasa nada. No pasa nada. – dice el muchacho, intentanto aparentar tranquilidad. No pasa nada…

Elijah se sienta en el sillón de la habitación nº 449 del lujoso hotel Ambassador de Nueva York. Entre sus manos la historia de Caroline Headbirds, escote provocador, dulces ojos suplicantes cargados de inteligencia. Da una calada a su cigarro. En su mente, la escenita que ha tenido con Dom hace unos segundos. No entiende nada. No quiere saber nada. “Un jueves cualquiera”. El reloj marca las diez y cuarto de la noche…Abre el ejemplar y sus ojos leen las primeras líneas, letras negras, redondas, grandes, arial 16…”Un jueves cualquiera, año 2000, milenio de esperanzas, digamos que en una ciudad como Boston, gloriosa América, Matt Campbell despierta al nuevo día…”

Dom se tumba en la cama de la habitación nº 447 del lujosoe hotel Ambassador de Nueva York. Entre sus manos la historia de Caroline Headbirds, trenzas danzarinas, cuerpo sugerente, mente despierta. Da un sorbo a su cerveza. En su mente, la escenita que ha tenido con Elijah hace unos segundos. Lo entiende todo. Ahora quiere saberlo todo. “Un jueves cualquiera”. El reloj marca las diez y cuarto de la noche…Abre el ejemplar y sus ojos vuelven a leer las primera líneas, letras negras, redondas, grandes, arial 16…”Un jueves cualquiera, año 2000, milenio de esperanzas, digamos que en una ciudad como Boston, gloriosa América, Matt Campbell despierta al nuevo día…”

 

 

UN JUEVES CUALQUIERA – Historia de un secuestro


Un jueves cualquiera, año 2000, milenio de esperanzas, digamos que en una ciudad como Boston, gloriosa América, Matt Campbell despierta al nuevo día. Los rayos del sol se cuelan por las rendijas de su persiana, bailan en el visillo de gasa blanca, y se estrellan contra los ojos soñolientos del muchacho. Las 10 y media de la mañana. Muy temprano para él, acostumbrado a levantarse a mediodía. Pero hoy es jueves, día de su habitual partido de tenis con la encantadora Martha Trump, y no puede llegar tarde. Mientras Matt se ducha piensa en la chica, escultural, bonita, provocadora, pero inmensamente pija, inculta, idiota. Lleva jugando con ella al tenis unos dos meses y todavía no ha podido follársela. La nena se resiste. – Tiene que ser hoy – piensa Matt, mientras el agua cálida de la ducha le cae por la cabeza y la espalda. – Es una auténtica calientapollas. Me tiene harto. Pero por mis cojones, que hoy me la cepillo – dice en voz alta el chico. Matt sale de la ducha y se envuelve en la gran toalla azul marino. Quita con la mano el vaho que cubre el gran espejo del cuarto de baño y se contempla con satisfacción, cara de ángel, rasgos renacentistas, inocencia resbalando por sus enormes ojos celestes.


Matthew Campbell, 22 años, hijo de Donald Campbell, propietario de Campbell’s Trust, ACD Companion, Portland Otis, EADS Limited, etc, etc, y de Rosalie Campbell, de soltera McHiggins, descendiente de una familia aristocrática de Filadelfia, millones de dólares en sus cuentas bancarias, lujo, caprichos, dulce vida regalada. Con un poco de suerte, y mucho dinero de papá, conseguirá obtener el titulo de Abogado en la prestigiosa Escuela de Derecho St. Hill de Boston, 6.000 dólares al mes, prestigio acuñado a golpe de talonario. Hace días que no aparece por las clases, pero le da igual. Sabe que su título está comprado, y su puesto de trabajo asegurado. Un imponente despacho en el edificio Lloyds, propiedad de su padre, secretaria y coche de lujo incluido. Ningún problema para Matt Campbell, ninguna preocupación, todo es color de rosa. Matt se viste, Armani, Calvin Klein, Gucci, mientras piensa en la estrategia de ataque que le permita de una vez por todas revolcarse con la mema de la Trump.


Baja los escalones de mármol de dos en dos, el eco de sus pisadas resonando en el enorme vestíbulo de la aparatosa casa de los Campbell, cuatro plantas, 65 habitaciones, 15 cuartos de baño, piscina, 5.000 metros cuadrados de jardines y derroche. Matt atraviesa el salón de más de 100 metros cuadrados, todo blanco y acero, y sale al jardín. Alli bajo el porche de madera blanca, una enorme mesa redonda, cubierta con un exquisito mantel color rosa palo. Sobre ella, tazas y cafetera de porcelana de Sevres, blancas con filo de oro. El día es radiante, junio, el calor del verano dejándose sentir. Rosalie Campbell está sentada en una de las sillas, mirando hacia la piscina, ausente, gafas de cristales oscuros, pequeña, encogida. Delante de ella, sobre la mesa, un vaso alargado conteniendo un líquido naranja. – Buenos días, mamá – dice Matt, acercándose a su madre y depositando un leve beso en su mejilla. La mujer se estremece. - ¡Maldita sea, Matt! – grita la mujer. - ¡Qué susto me has dado! – refunfuña con voz pastosa, mientras mira a su hijo. Su mano temblorosa alcanza el vaso y bebe con avidez. Matt tuerce el gesto. – Mamá, ¿no es un poco pronto para estar ya bebiendo? – dice el chico, sintiendo una punzada de angustia en su estómago. Su madre lo mira y sonríe. – Cariño, solo es un chorrito de vodka. El resto es zumo de naranja. – dice Rosalie, quitándose sus gafas y mostrando a su hijo sus ojos enrojecidos, brillando por el efecto del alcohol. Grandes surcos de arrugas los rodean, ojos todavía hermosos, a pesar de los años y los abusos cometidos por Rosalie.


Matt suspira. Las once de la mañana y su madre está ya como una cuba. No puede evitar sentir lástima por esa mujer, que día a día se derrumba más y más, cayendo en un pozo sin fondo, sin que nadie haga nada por evitarlo. Una chispa de ternura conmueve el corazón de Matt, que posa su mano en el hombro de su madre. - ¡Quita, joder, no me toques, Matt! – protesta Rosalie, sacudiendo la mano de su hijo. – Ya sabes que no aguanto que me manoseen. ¡Qué asco!. Seguro que me has llenado de gérmenes. – Rosalie chilla de nuevo. Se levanta con dificultad, vaso en mano, y se aleja de su hijo, entrando en la casa, murmurando incoherencias. Matt vuelve a sentir ese dolor sordo en el centro de su pecho. ¿Por qué su madre siempre lo ha rechazado?. ¿Por qué Rosalie Campbell no ha querido nunca a su único hijo?. Matt no lo comprende. No logra entender que es lo que él ha podido hacer para que su madre lo odie de esa manera. Lágrimas de rabia, frustración, dolor le queman la garganta. Pero Matt se las traga. No llorará por culpa de esa mujer que le ha dado la vida, pero que nunca lo ha amado. – Adios mamá, nos vemos luego. Qué pases un buen día – dice, alzando su voz, Matt. Rosalie está subiendo ya la enorme escalera. El olvido consolador del vodka, vapores rosados y de nácar, no le permiten oir a su hijo.


Suena su teléfono móvil. Es su padre, el todopoderoso Donald Campbell, que ya está en sus oficinas desde tempranas horas de la mañana, comprando, vendiendo, especulando, traficando, amasando fortuna, verdes billetes con los que cree que colma de felicidad a su único hijo. – Me voy al Club, papá. Sí, he quedado con Martha. No, no me la he follado todavía, descuida, tendré cuidado. Si, luego me paso por la oficina. Que no, papá, joder, si, ya iré a clase, sí, lo tengo todo controlado. Por cierto, papá, mamá ya está dándole al vodka. Si, ¿qué pasa, se ha enterado de que te has tirado a la tía esa, sí, Lissy Kirchner?. Joder, papá, si tiene los mismos años que yo…Deberías cuidar más de tu mujer. ¡Eh, no hables así de ella, mierda,sabes que si bebe es por tu culpa!…¡Te hablo como me sale de la polla, sabes que es cierto lo que te digo..! . La eterna discusión. Matt corta la conversación y tira con rabia el teléfono contra la mesa, haciendo saltar por los aires una de las delicadas tazas de porcelana, estrellándola contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos…


Matt se dirige al enorme garaje de su casa. BMW, Mercedes, Porche, Jaguar…Matt se dirige directamente a su imponente Porche 911 Turbo, negro, como su estado de ánimo, desesperado, asqueado, deseando desahogar su amargura entre las piernas de Martha Trump o de cualquier otra mujer que se le ponga a tiro. Si la pijita Martha no quiere acostarse con él, tendrá que tirar de agenda y llamar a esa puta de lujo que se lo hace pasar tan bien, Bianca, 2.500 dólares la hora. Introduce la llave de contacto y arranca con una sacudida. Matt escapa de su casa, las ruedas chirriando en el asfalto, huye de su jaula de oro, dolorido, infeliz…


Matt ve a lo lejos, en la recta de la autopista, un coche parado en el arcén. La carretera está solitaria, a pesar de que sean ya cerca de las doce de la mañana. Detrás de él quedan las verjas que rodean la exclusiva zona residencial en la que está ubicada su casa. Matt instintivamente reduce su velocidad. Es un coche oscuro, con el capó abierto. Matt ve a dos personas inclinadas sobre el mismo. Probablemente un calentón del motor, pero no se ve humo. Matt acelera. De repente una de las personas, un hombre, sale a la mitad de la carretera, agitando los brazos, obligando al muchacho a frenar bruscamente y girar hacia la derecha, parando detrás del coche averiado. El hombre se acerca corriendo al Porche de Matt. - ¿Por favor, nos puedes ayudar?. Se nos ha parado el coche y no sabemos que le pasa. – le dice el desconocido, unos 50 años, pelo negro salpicado de canas, traje oscuro impecable, corbata gris y azul, probablemente un representante en viaje de negocios. Matt echa un vistazo al tipo. La sonrisa franca e inocente del mismo no le hace sospechar nada. La preocupación marca la cara del hombre. – Tenemos que llegar a Boston a la 1. Tenemos una cita muy importante de negocios, y fíjate que contrariedad. Se nos estropea el coche justo ahora. Creo que nos hemos quedado sin batería. – se lamenta el desconocido. Matt abre la puerta de su coche y baja del mismo. – Veamos que le pasa, aunque de mecánica no entiendo mucho. – dice el muchacho amablemente.


Junto al capó abierto del coche averiado se encuentra otro hombre. Un chico jóven, un poco mayor que Matt, pelo corto castaño claro, mechas rubias aquí y allá, mirada penetrante, visiblemente nervioso, vestido también de traje y corbata. Mira a Matt y lo saluda. – Buenos días, perdona que te molestemos. Creo que es la batería del coche, no sé, no entiendo mucho de motores. – el chico habla con rapidez, mirando a un lado y otro, nervioso, muy nervioso. Matt se le queda mirando. Un cierto presentimiento de peligro se le cuela en la mente. Ningún coche pasa por la negra carretera, que empieza a ser abrasadora, el calor temprano de junio cayendo a plomo sobre ella. Matt se inclina y echa un vistazo a las tripas metálicas del coche. Es entonces cuando se da cuenta de que el chico rubio hace una señal al tipo canoso. - ¡Venga, joder, ahora! – dice el chico en un susurro. Matt no puede reaccionar. El indicio de peligro que ha percibido antes ligeramente, se convierte ahora en una aterradora realidad. Nota como el tipo canoso se le echa encima, aplastándole contra el motor abierto del coche, al mismo tiempo que siente contra su nariz un olor acre y espeso que lo asfixia. Matt Campbell siente como si le golpearan la cabeza, pero no experimenta ningún dolor. Oscuridad tenebrosa. Tinieblas que se cierran en torno de sus ojos, su cuerpo pesando como plomo. Matt deja de sentir, de oler, de ver…


Mike Hunt aspira con ansiedad el humo de su cigarro, mientras vuelve a girar su cuello hacia atrás, mirando la carretera con aprensión. - ¡Joder Mike! – le dice su compañero, las manos aferradas al volante, el coche devorando el asfalto. – Me estas poniendo nervioso. Estate quieto de un puta vez, nadie nos ha visto, todo ha salido como lo había planeado. – le dice Bob Wallace, el tipo canoso, al joven Mike. Pero éste no puede tranquilizarse.¡Joder!. Toda su vida metido en líos, problemas, comiéndose marrones, recibiendo golpes por todos los lados, y ahora esto. No comprende como el viejo Wallace le ha convencido para implicarse en este asunto tan peligroso del secuestro del niñato millonario. ¡Y de qué manera tan chapucera han cometido el delito!. A plena luz del día, a cara descubierta…¡Mierda!. Mike se estremece de pies a cabeza, las terribles experiencias vividas en la cárcel hace dos años volviendo a atormentar su mente. 6 meses de condena por tráfico de droga a pequeña escala, un trapicheo con polvo blanco insignificante, pero suficiente como para dejar en Mike una herida todavía sangrante, incapaz de cicatrizar. 6 meses de humillación, horror, asco…


Pero ahí están. Bob Wallace, carterista, ratero de poca monta, licenciado en delito por la prestigiosa Universidad de Las Calles de Nueva York, lo ha liado de mala manera, y ahora el destino de Mike Hunt ha quedado ligado con lazo de hierro al del hijo del poderoso Donald Campbell, Matt, inconsciente por efecto del cloroformo en su sistema nervioso, envuelto en un pedazo de alfombra, balanceándose en el fondo del maletero del coche de los secuestradores. Mike mira de reojo a su compinche, que silba con alegría una canción de los Rolling Stones, Paint it black, sí, Mike lo pintaría todo de negro, su color favorito. Le ha acompañado en su infancia, su juventud, y le acompañará en su madurez y vejez, si es que alguna vez llega a ella. Conoció a Bob Wallace en su paso por la cárcel, y enseguida el viejo se convirtió en el protector del chico. Allí le habló de sus sueños y proyectos. Un secuestro. Maletas repletas de dinero que le sacaran de la miseria aplastante de su vida. El golpe definitivo que le permitiera vivir el resto de sus días con tranquilidad y lujo. Brasil. Cruzaría la frontera con la pasta. Y desde Méjico volaría a Brasil, el paraiso soñado por el viejo Wallace, sol, playas, sexo, diversión…Wallace le comió la cabeza al pobre e infeliz Mike Hunt, eterno perdedor, machacado por la triste vida que le ha tocado en suerte, madre alcohólica, padre desconocido, malas compañías, dolor, horror…


- Mira, ahí está la vieja fábrica – le dice Bob Wallace a Mike, señalando varios edificios ruinosos escondidos entre la vegetación. Están en una carretera comarcal, lejos de la autopista, lejos de Boston, lejos de cualquier indicio de vida, rodeados por un bosque profundo y oscuro. Son casi las 6 de la tarde. Seis largas horas conduciendo con el alma en vilo, el corazón saltando a cada momento, tragando saliva ante la visión de un coche de policía o de un motorista uniformado. Pero todo ha salido bien. Están en Sweetwater, una pequeña población del Este, a 400 km. de Boston, en una fábrica abandonada de conservas de pescado. No hay nadie en kilómetros a la redonda. El pueblo cercano a la fábrica está abandonado, desierto, escondido, olvidado. El cierre de la misma, hace 15 años, provocó el hundimiento de toda la zona. Todo el mundo se marchó. - ¿Ves Mike?. Ya te dije que éste sería el lugar idóneo para esconder al lindo gatito. – dice Bob aminorando la marcha de su vehiculo. – Nadie sabrá que estamos aquí. El coche se detiene frente a la entrada de la derruida fábrica. Es entonces cuando los dos hombres oyen unos ruidos sordos que provienen del maletero. – Vaya, justo a tiempo. El bello durmiente ha despertado de su sueño. – dice Bob sonriendo. – Vamos a ver que le parecen sus dos príncipes encantados – sigue diciendo mientras baja del coche. Mike lo mira sin decir nada. Está muy asustado, mucho.


Matt está viviendo una horrible pesadilla. Conoce por primera vez en su vida cómo es el rostro del espanto, ve con nitidez la cara abominable del terror. Ha despertado sin ver, ruidos estruendosos en sus oidos, negrura, calor abrasador, su cuerpo sin control, moviéndose aquí y allá, dando tumbos…No puede gritar. Algo pegajoso tapa su boca. No puede mover sus manos ni sus pies. Siente un dolor inmenso en tobillos y muñecas. La cabeza le da vueltas, miles de sensaciones dolorosas como clavos al rojo vivo traspasando su cerebro. Matt está empapado. Nota el sudor corriendo por su frente, su cara, su cuello, goteando, mojándolo todo, esparciendo el olor del miedo a su alrededor. No sabe dónde está, no entiende nada, no recuerda nada…La imagen de su madre Rosalie surge entre las brumas y chispazos de terror que se han adueñado de la mente de Matt Campbell…- Madre, ayúdame, ayúdame… De repente el movimiento que lo ha estado sacudiendo de aquí para allá, como si fuera un muñeco de paja, cesa. Escucha voces, ruidos de pisadas, y de pronto, la luz se hace…Rayos cegadores castigan sus ojos, doliendo como demonios, clavándose en las retinas, aumentando la sensación de pánico. - ¡Venga, hijo de puta! – oye Matt que le dice una voz agria. -¿Ya has despertado, capullo?.¡Fuera del coche!.¡Y rapidito!. – le sigue ordenando esa voz chillona. Matt a duras penas puede abrir los ojos, cegado por las inmensa luz solar que lo golpea. Siente como varias manos lo sacan del oscuro hueco donde ha estado tumbado, y desatan sus pies…


Matt no puede caminar. Sus piernas están dormidas. Nota como le llevan a rastras, dolorosos pinchazos hormigueantes sacudiendo sus extremidades. Poco a poco abre sus ojos, cada vez menos cegados por la luz, pero apenas puede ver trozos de ramas, vegetación, piedras aquí y allá. -¿No le vendamos los ojos para que no vea este sitio, para que no nos vea a nosotros? – pregunta una voz joven. Otro tono de voz más cascado contesta que no, que no es necesario. Matt empieza a recordar y encajar las piezas de este horripilante rompecabezas. Los dos tipos de la carretera. Cuando estaba intentando ayudarles con su coche. Uno de ellos se abalanzó sobre él y le puso algo en la nariz que le hizo perder el sentido. Luego nada, oscuridad y silencio. Y ahora, ahora…Matt se derrumba. Es un secuestro. Lo ve todo claro. SECUESTRADO. ¿Por qué él?. El dinero, claro. La puta pasta que todo lo arruina. Una angustia infinita se le mete por la boca y anida en su estómago…Terror y miedo en estado puro, sin mezclas ni aditivos…


Mike observa a Matt con lástima. No sabe por qué siente pena al ver al chico apoyado contra la pared, sentado en el mugriento suelo del cuartucho, la boca tapada con la cinta aislante negra, sus manos atadas a la espalda, sucio, los ojos de ese color tan especial, azul caribe, mirándolo todo sin ver, inmensamente abiertos, su pecho y hombros agitados por una respiración entrecortada, rápida, agónica. – Sentimos no poder dar una habitación mejor al señorito Campbell, nuestras tarjetas de crédito no nos lo permiten – dice Bob Wallace carcajeándose con crueldad, acercando su cara a la de Matt. – Mira, capullito de alhelí, te voy a explicar el asunto que nos ha traido aquí – dice el viejo Wallace, encendiendo un cigarro y sentándose al lado del chico. – Tu padre está podrido de millones, y nosotros estamos un poco pelados de pasta, así que hemos pensado que tal vez tu querido papi quiera compartir alguna calderilla que le quede suelta en el monedero con nosotros. Pero como sabemos que no iba a ser fácil tal graciosa cesión por su parte, hemos pensado que tú seas nuestra moneda de cambio. ¿Entiendes boquita de piñón, di, entiendes? – pregunta con sarcasmo el viejo delincuente, apretando las mandíbulas de Matt con su mano sarmentosa.


Matt comprende. Por supuesto que lo entiende. Mueve su cabeza afirmativamente, mientras sus ojos se clavan en los del viejo. – Deberíamos taparle los ojos, joder, o taparnos nosotros la cara, no sé – dice Mike de repente, viendo como Matt gira su cabeza y lo mira con ojos muy abiertos. – Este cabrón no tendría que vernos el careto. Cuando lo soltemos nos va a reconocer, joder, Bob, eres un grandísimo gilipollas. –se lamenta Mike, dando vueltas en redondo por el estrecho cubículo donde han confinado al prisionero. – He dicho que no te preocupes por eso, y punto – le contesta Wallace con tono seco, poniendo la mano sobre el hombro del secuestrado. – Bueno, monada, te dejamos solo un momentito para que descanses y te recuperes del maravilloso viaje del que has disfrutado. Para que veas lo bueno que soy, te voy a quitar la mordaza y te voy a permitir beber agua. No te molestes en gritar, guaperas, nadie te va a escuchar - le dice sonriendo Bob Wallace. De un tirón seco arranca la cinta aislante de la boca del chico, que gime de dolor, su boca entreabierta respirando con ansia. – Mmmm, vaya boquita que tienes chaval. – se rie Bob, pasando un dedo por los labios del chico. –Jugositos y tiernos. ¡Mira Mike!. Este tío hubiera sido la sensación del Módulo IV de la Prisión Federal de Nueva York. – dice con voz sugerente Wallace, la mirada estupefacta de Matt sobre su cara. – Habrá que ver como tiene el culo. Suave y acogedor, seguro que si. – continua diciendo Bob Wallace, sonriendo con malicia, bajando la mano por la pierna de Matt. Este se revuelve. - ¡No me toques, hijo de puta! – le amenaza Matt, la mirada cargada de odio y miedo. Bob Wallace echa hacia atrás la cabeza, sorprendido de la reacción del chico.


La bofetada se estampa en la cara de Matt Campbell, que gira su cabeza por la fuerza del golpe, chocando contra la pared. Un suave quejido surge de la boca de Matt, que se encoge del dolor. - ¡Escucha niñato de mierda! – le dice Bob Wallace con voz entrecortada, cogiendo a Matt por los hombros, zarandeándolo. – Aquí tú no eres nada ni nadie, eres menos que una puta mierda, ¿enterado?. No quiero que me repliques, ni que me alces la voz, escoria. Yo soy ahora tu guardián, no lo olvides, monada, tu vida está en mis manos.- Wallace habla al muchacho con odio reconcentrado. - ¿Entiendes pedazo de mierda, entiendes? – le grita ahora el viejo, golpeando su cabeza contra el muro. Matt asiente con la cabeza y con la voz, lo entiende. Mike observa todo en silencio, sin quitar la vista del desafortunado Matt. – Eh, Bob, déjalo ya. ¿No ves que está acojonado?. Déjalo en paz – dice Mike de repente, otra vez la lástima oprimiendo su duro corazón, acostumbrado a ver todo tipo de barbaridades. No sabe por qué, pero no le gusta que su compinche trate así a Matt Campbell, no le gusta nada.


- ¿Papá?.Soy yo, Matt, sí, espera, sí, estoy bien, escucha por favor, no sé..- balbucea Matt por el telefóno móvil que Mike Hunt le sujeta contra la oreja. Bob Wallace le arrebata con brusquedad el pequeño aparato, y lo lleva hasta su propio oido. – Sr. Campbell, si quiere volver a ver a su hijo con vida estas son nuestras condiciones. Ingrese en el plazo de dos días en este nº de cuenta que le voy a dar, 20 millones de dólares. Anote, y rápido…. – la voz de Wallace es cortante, seca, monótona. Desgrana con lentitud los 10 números de la cuenta bancaria, abierta hace un mes en el Helvetian Bank, de Berna, Suiza. Mike observa al viejo Wallace. Lo tiene todo bien planificado, sin dejar ni un cabo suelto. Bob Wallace corta la comunicación con un frío estaremos en contacto. Han pasado dos semanas desde que él y Mike secuestraron a Matt Campbell. Dos semanas de angustia y agonía para el joven millonario. Dos semanas de incertidumbre, miedo y dudas para Mike, su secuestrador. Dos semanas de planes y espera para el curtido Bob Wallace, que no muestra ningún sentimiento de nerviosismo o temor.


El viejo se marcha a comprar provisiones y la prensa de la semana. Esta vez se acerca hasta Peyton, un pueblo a 30 km. de allí. No puede despertar sospechas comprando siempre en el mismo sitio. Esta vez lo hará en el autoservicio de la gasolinera. – Cuida del lindo gatito, Mike. Yo volveré por la tarde. Ten cuidado – le dice Wallace antes de subir al coche. Mike admira el valor y la sangre fría de este hombre sesudo y cerebral, ajeno al sufrimiento de su secuestrado. Pero Mike, cada día que pasa, no entiende por qué, soporta menos la visión de ese chico atado de pies y manos, sentado o tumbado sobre una sucia alfombra, pegado a la pared, siempre mirando al pequeño ventanuco enrejado del techo del tétrico cuartucho en el que le han confinado. A veces escucha los sollozos ahogados del chico, y no puede evitar sentir un escalofrío de culpa. No le gusta verle sufrir. Mike no puede evitar sentir compasión por él cada vez que le lleva la comida, una vez al día, órdenes estrictas de Wallace, y lo ve ahí, quieto, inmóvil, mirándolo con esos ojos inmensos tan hermosos, tan tristes, tan…- No tengo ganas de comer, déjame en paz – susurra Matt, apoyando la cabeza en la pared y cerrando los ojos. – Venga tío, no me jodas. – contesta Mike, acercándose a él y desatando los nudos que enredan sus manos.


Las manos de Matt están frías y sucias, tremendamente sucias. En las dos semanas que lleva aquí Wallace no le ha permitido lavarse. Mike termina de desatar los nudos de la cuerda que atenazan a Matt. Mike no sabe porqué Bob Wallace no deja que Matt se lave un poco. La verdad es que el chico apesta. Podrían llevarle un poco de agua y jabón. Debe ser una estrategia del viejo para minar la estima del secuestrado, para bajarle los humos, como diría Wallace. Mike se agacha junto a Matt y le pasa la bandeja con la comida. Spaguettis de lata, un trozo de pan y una manzana. Y una botella pequeña de plástico azul llena de agua. La misma comida todos los días. Pero hoy Matt se niega a comer. La perdida de kilos empieza a ser visible en el cuerpo y la cara de Matt Campbell. – Venga, ostias, come. – le ordena Mike, enrollando en el tenedor un puñado de spaguettis y acercándolo a la boca del chico. – ¡No quiero, joder, vete a la mierda, no quiero comer, déjame de una puta vez!– le contesta con rabia Matt, empujando la mano de Mike, tirando al suelo el tenedor con la comida.


Mike siente como la furia se apodera de él, y empuja a Matt contra la pared con violencia, chocando la cabeza del muchacho en la pared. Matt lo mira con odio, mientras se lleva la mano a la zona dolorida de su cabeza golpeada. - ¡Recoge el tenedor, niñato de mierda, y cómete todo!- le grita Mike. - ¡Chúpame la polla, maricón!. – le contesta Matt, escupiendo sus palabras. Mike se abalanza sobre él, presa de una furia violenta, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre el indefenso Matt. El puño de Mike se levanta y roza la mejilla de Matt. Pero no lo golpea. No puede. No quiere hacerle daño. Mike siente el cuerpo de Matt, debajo de él, palpitando, respirando con dificultad, jadeando, buscando el aire. Es entonces cuando siente la mano de Matt sobre su pecho, intentando separarlo de él. Esa mano fría sobre su piel le hace estremecer, le hace ¿desear?…Mike hunde sus dedos en el pelo sucio y estropajoso de Matt y contempla muy de cerca el rostro demacrado de su secuestrado, facciones dulces de ángel en el infierno, sus ojos brillando con chispas de plata, sus labios resecos entreabiertos…Mike Hunt siente la punzada venenosa de la serpiente del deseo…y se asusta. Los amargos recuerdos de la cárcel aparecen en la mente de Mike. Ese tío baboso encima de él, mareándolo con su aliento podrido, ese dolor…- ¡Me haces daño, joder, quita de encima, joder, me haces daño! – gime Matt, revolviendose bajo el cuerpo de Mike.


Mike se levanta de golpe, poniéndose en pie, mirando a Matt, confundido, desorientado, perdido, notando la hinchazón de su miembro latiendo entre sus piernas. Matt se sienta con dificultad y oculta su cabeza entre las manos. Desconsolados sollozos sacuden sus hombros. Mike escucha el llanto del desgraciado chico privado de su libertad, arrojado a un infierno involuntario. Nuevamente la culpa y la compasión lo invaden, haciendo que su deseo repentino disminuya. – Lo siento, tío, pero es que no debías haberme hablado así. – le dice con suavidad Mike, volviendo a agacharse junto a Matt. – Venga, joder, dentro de unos días estarás libre – le dice el atribulado Mike, totalmente confuso, su corazón latiendo a mil por hora. Matt levanta su cabeza y lo mira, las lágrimas dibujando negros surcos en su cara sucia y sudorosa. - ¿Qué te hecho yo, tío, por qué me habeis escogido a mí? – le dice Matt sorbiendo sus lágrimas. – Yo no tengo la culpa de que mi padre sea un jodido millonario. – se lamenta el muchacho. Mike lo mira…- No, claro que no, y yo tampoco tengo la culpa de ser un jodido delincuente. – contesta el joven secuestrador con amargura y tristeza. - Entonces - concluye Matt, una sonrisa tímida esbozándose en sus labios mojados de lágrimas – estamos empatados. Somos colegas en la desgracia. ¿Verdad tío?. – pregunta Matt, clavando la mirada en su secuestrador. Mike se estremece ante la pregunta del chico. ¿Son colegas?. Dos mundos opuestos que se han encontrado por el caprichoso deseo del azar, todo y nada. Sí, son colegas en la desgracia. –Anda, come un poco, colega. – le dice finalmente Mike, apoyando la mano en el hombro de Matt. – Te estás quedando en los huesos, tío. – dice Mike mientras recoge el tenedor del suelo y lo limpia con el borde de su propia camiseta. Vuelve a introducirlo en el plato y acerca la comida a la boca de Matt. Este la abre sin rechistar y mastica, sin dejar de mirar a los ojos de Mike Hunt…


- Te he traido agua y jabón para que te laves un poco. – dice Mike a Matt dejando a su lado un cubo negro rebosante de agua templada, y un trozo de jabón de tocador color verde. A Mike le ha costado mucho trabajo convencer a Bob Wallace para que permitiera que el muchacho se lavara, pero al fin lo ha conseguido. – Y mira, tío, también te hemos comprado un cepillo de dientes, fíjate que lujazo, Oral-B, la marca recomendada por la Asociación Americana de Odontólogos – bromea Mike. Hoy está de buen humor. Se alegra de ver a Matt, no sabe la razón, y le gusta la sonrisa agradecida que le dedica el chico a la vista del agua y el jabón. – Joder, gracias, Mike. No sabes las ganas que tengo de lavarme. Parezco un puto cerdo, con kilos y kilos de mierda encima. – contesta risueño Matt, mirando a Mike, que le devuelve la sonrisa, mientras desata con cuidado sus manos y pies. En otro lugar y en otras circunstancias Matt piensa que ese Mike podría haber sido un buen amigo suyo. Parece tan franco, noble y directo. Justo como a él le gustaría que fuese la gente que lo rodea. Sí, un buen amigo, sin intereses ni adulaciones. Pero es su secuestrador. Eso no lo puede olvidar Matt, aunque, a veces, cuando Mike baja a darle la comida y habla con él, esa circunstancia parece diluirse.


Es curioso que les guste el mismo tipo de música y la misma clase de chicas. Sí, es curioso y patético a la vez, que sus madres sean alcóholicas, y los hayan rechazado. Ayer mismo, cuando Mike le llevó el plato de pasta como siempre para comer, había surgido la conversación sobre vinos o algo así, y de ahí, a las borracheras, juergas corridas y amigotes campeones en beber. – Joder tío, mi vieja si que se bebe hasta el agua del vater – le había dicho Mike a Matt. – Es una puta borracha, todo el día colgada, dándome de hostias cuando era pequeño. La odio – se había lamentado Mike, mirando al techo. Matt se le había quedado mirando con cara de sorpresa, y con una sonrisa le había confesado también lo que siempre no ha querido admitir. - ¿En serio?. Mi madre también bebe, es alcohólica, seguro. Y a mi no me pegaba de pequeño, pero no me quiere. No sé porqué, pero me odia. Solo quiere a mi viejo, pero él pasa de ella, siempre follándose a tías que podrían ser sus hijas o sus nietas. – contaba Matt, mirando a Mike con intensidad, que se quedaba boquiabierto ante la confesión de su secuestrado. - ¡No me jodas, tío, joder, en todas partes cuecen habas!.¡Vaya madres que nos hemos agenciado! - había dicho Mike, haciendo reir a Matt con ganas por primera vez en su encierro. Su risa se había contagiado a Mike, y los dos fueron cómplices por unos segundos, colegas en la desgracia…La voz agria de Bob Wallace llamando a Mike había roto esa magia que se había generado en segundos entre el secuestrado y el secuestrador…


Matt se quita su sucia camisa con rapidez, mientras siente como Mike lo mira con disimulo. Matt se siente avergonzado. – Esto, Mike, tío, ¿no te importa que me quede solo?. Joder tío, dame un poco de intimidad, por lo menos para lavarme. Ya es bastante jodido y humillante estar atado de pies y manos, y que cada vez que tenga ganas de mear o cagar, os tenga que llamar, para que me lleveis al vater cutre de la planta de arriba. – dice Matt, estrujando su camisa nerviosamente. Mike se da la vuelta y se dirige hacia la puerta. – Claro, te dejo solo. En diez minutos estoy aquí, ¿de acuerdo?- le dice Mike, visiblemente cortado. La puerta se cierra tras él. Bob Wallace no está. Ha ido a llenar el depósito del coche a la gasolinera de Dreamwets. Mike escucha el ruido del agua salpicando la piel de Matt. Pegando el oido a la puerta de hierro que da entrada al cubículo del secuestrado, puede casi escuchar el sonido que provoca la pastilla de jabón al deslizarse por la piel del muchacho. Mike cierra los ojos. No puede ser. Se está excitando de nuevo.


Puede ver a Matt en su imaginación, frotando su cuerpo con el jabón, el agua cayendo por su pecho, su espalda, sus nalgas…Ve, en el centro de su mente, la cara de satisfacción de Matt al sentir la tibia caricia del agua correr por su sucia piel, arrancando el sudor y la desesperación de casi tres semanas de encierro. No puede ser. Le gusta Matt Campbell. – Me cago en la hostia. Me estoy empalmando otra vez solo de pensar en que él está ahí, en cueros, frotándose el cuerpo con el jabón – piensa Mike Hunt, excitándose por momentos. - ¡Qué ganas de follármelo, joder, de meterle un pico en esos labios que tiene el cabrón! – musita en voz baja Mike. Su risa cristalina, su cara de ángel, su indefensión, su voz suave…-¡Mierda!. Estoy flipado por él. Es tan dulce, como una tía, no sé, y amable, no me trata con desprecio a pesar de la putada que le estamos haciendo… Mike se lleva la mano a la entrepierna y la frota con suaves movimientos, por encima del pantalón. El sonido enloquecedor del agua cayendo sobre el cuerpo de su secuestrado lo estremece…


Matt vuelca el cubo sobre su cabeza, vertiendo sobre ella el poco agua que queda. Hubiera dado millones por una buena ducha caliente, toda llena de vapor, espuma jabonosa, y por qué no, con Bianca dentro, haciéndole una buena mamada, como ella las hace, aunque le cuesten una fortuna. Pero esta es la cruda realidad. Un ruido en la puerta le hace recordar que Mike está fuera, esperando. Extraña relación la que mantiene con ese tío, que, quién lo diría, le cae simpático. Su secuestrador, su torturador, le cae bien. - ¡Coño! – murmura Matt. – Sería la leche que me estuviera entrando el síndrome de Estocolmo con él. Al que no trago es al viejo. Es asqueroso…Seguro que está deseando darme por culo, el grandísimo hijo de la gran puta. – se sonríe Matt. ¿Y Mike?. ¿Querrá Mike tirárselo?. El le está protegiendo de Bob Wallace. Eso seguro. Y es amable con él. No lo trata como si fuera una escoria. Se preocupa si no come, y le ha traido agua y jabón para que se asee. Es un buen tío. Las circunstancias de la vida han hecho que él sea así, un delincuente, pero Mike es un tío legal con él. Y es guapo. – Joder, que chorradas pienso. – dice Matt en voz alta, mientras busca algo con qué secarse…


En ese instante la puerta se abre y aparece Mike con una toalla. Matt está desnudo frente a él. – Toma, sécate – le dice Mike, tendiéndole la toalla azul marino. Matt avanza unos pasos y la coge con gesto nervioso. – Gracias, Mike – le dice agachando la cabeza tímidamente. Mike no puede evitar mirarlo. La piel de Matt, nacarada y fresca por el efecto del jabón, se le queda grabada a fuego. El muchacho piensa cuanto le gustaría poder acariciarla. Mike se acerca más a Matt. – Toma, - le dice, tendiéndole unos calzoncillos grises y negros. – Son míos, los tuyos están putrefactos – prosigue Mike esbozando una sonrisa picarona. Matt sonríe y los coge. –Gracias, tío, gracias de verdad. – susurra un poco avergonzado. El chico se pone el calzoncillo limpio y vuelve a sonreir a Mike. –Joder tio, que gusto tener los huevos limpios – dice Matt sonriendo. Mike se le acerca más aún…-Espera, tienes todavía la espalda mojada. Déjame que te ayude – le dice el secuestrador, sujetando la toalla y frotando la espalda de Matt, que se deja hacer, sin protestar. No se oye nada, silencio absoluto…Mike no puede resistir más y deja rodar sus dedos por la nuca húmeda de Matt.


- ¿Qué haces tío? – le dice Matt, girándose, encarándose con su secuestrador. Mike no responde solo lo mira con intensidad. – No me gustan los tíos, no me gustas tú, Mike. No me toques, no quiero…- balbucea Matt, sin mucha convicción. –Perdona – le dice Mike, retirando su caricia.- Perdona. Yo…yo tampoco soy maricón, pero…joder tío, me pones. Cada día que pasa me gustas más, no sé…Todo esto es muy raro…- Mike vacila. Matt vacila. Los dos chicos acercan sus caras…Comienzan a besarse, despacio, explorando sus labios, abriendo cada vez más sus bocas…Mike rodea la cintura desnuda de Matt con sus brazos y lo atrae hacia él. Matt aprieta su cuerpo contra el de su secuestrador. Todo sucede muy rápido. Los besos suaves dejan paso a besos salvajes, furiosos, salpicados de saliva y mordiscos. Matt tira de la camiseta de Mike con ansiedad, rasgándola. Las manos de Mike arañan, suben, bajan, acarician, se hunden en la piel de su secuestrado, que deja escapar gemidos provocadores. Mike se excita con esos sonidos, se excita hasta decir basta, y tumba a Matt en el suelo, sobre la alfombra polvorienta, frotando su cuerpo contra el suyo, mordiendo su cuello, lamiendo sus pezones, buscando su miembro, arrancando con la boca el calzoncillo recién puesto.


Mike devora el pene de Matt. Lo engulle, lo besa, lo lame con fruición, como si le fuera la vida en ello, y Matt se deja hacer sin una protesta…Siente un placer exquisito que le vuelve loco, loco, loco…¡A la mierda la Bianca, la puta de 2500 dólares!. Nunca pudo imaginar que un hombre le hiciera sentir lo que ahora siente…Un gozo infinito, millones de agujas de placer pinchando su piel. De repente Matt se incorpora y aparta la boca de Mike de su miembro erecto y caliente. Este levanta la vista y lo mira, jadeante. – Yo también quiero comértela, venga, déjame probar.- le dice con voz entrecortada. Mike le sonríe con dulzura. – Claro, venga, los dos a la vez, ¿quieres? – le responde con voz sugerente. Mike se tumba en la alfombra testigo mudo de la pasión encendida de los dos chicos. Matt se coloca encima…69 delicioso, placer consolador en la desesperación de secuestrado y secuestrador…Matt baja los pantalones de Mike, y busca su miembro. Se estremece al sentir ese trozo de carne en su boca, palpitante, duro, y lo lame golosamente, acoplando sus caricias a las que recibe de Mike. Las uñas de éste se clavan en sus nalgas…Las de Matt en sus muslos. Los chicos gimen, se retuercen, gozan…Matt es el primero que siente su orgasmo, demoledor, potente, abrasador, partiendo su alma por la mitad, sus jadeos llenando el cuartucho, su esperma cayendo en los labios de Mike…En pocos segundos siente una sacudida en su boca…un gemido profundo de Mike le dice que también éste ha tocado el cielo con la punta de los dedos. Un sabor nuevo y extraño llena su garganta…El semen de Mike, colándose en su cuerpo....


Los chicos se abrazan en silencio, se acurrucan uno contra el otro, los ojos cerrados, tumbados en el sucio suelo, brazos y piernas entrelazadas, uno solo, y dejan correr el tiempo. Mike acaricia el pelo de Matt, y besa sus párpados entornados. Matt sonríe feliz. El brusco frenazo de un coche los sobresalta. Es Bob Wallace que regresa. Los chicos se despegan con rapidez, sin hablar, sin decir nada, sin mirar….Mike recoge las cosas y sale rápidamente por la puerta de hierro. Antes de cerrarla se vuelve y mira a Matt. – Matt, ha sido bonito, tío. ¿Verdad?- le pregunta tembloroso Mike. Matt sonríe, colorado, pelo revuelto, ojos brillantes…- Sí, joder, sí, lo ha sido, sí, lo ha sido – contesta Matt Campbell a su secuestrador Mike Hunt….Ha sido bonito….La puerta del estrecho habitáculo se cierra en silencio, separando a Matt y Mike…Ha sido bonito.

 

Segunda parte

Chuxi

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