
TRES ERAN TRES
RPS de LOTR
Tres eran tres las hijas de Helena y ninguna era buena. Eso es lo que predica el dicho, y lo que mi abuela solía repetir muy a menudo cuando hablaba de mi y de mis dos hermanas cuando eramos pequeñas. Yo no sé si soy buena o mala, mejor o peor, bruja o santa, pecadora o angelical. Solo se que tengo una vida muy corta y que día a día, minuto a minuto, segundo a segundo intento aprovecharla al máximo, estirando el chicle de la existencia hasta casi romperlo. Me llamo Helena Marlowe y, como diría algún patético personaje en cualquier talk show melodramático y vulgar de la televisión, esta es mi historia para quien le interese leerla y saber de mi.
Soy Helena Marlowe. Nací en el año 1970, en Camberra (Australia), hija de Wesley y Ellen Marlow. Tengo dos hermanas, Penélope y Medea. Como pueden ver, a mis padres les encantaban los nombres de heroínas de la literatura clásica griega. A mi me tocó en suerte Helena, la mujer que desencadenó la guerra de Troya. Pero yo no he llegado a tanto, o al menos eso creo. Cuando yo tenía 5 años nos trasladamos a vivir a Nueva Zelanda, nuestra isla vecina, concretamente a Wellington. Alli crecí e hice mi vida. Estudié en el Instituto Público George Aldrin de Wellington, con resultados bastante mediocres (nota media de mis estudios secundarios: aprobado, y sin repetir ningún curso). Fue todo lo que conseguí obtener, en una época plagada de despertares sexuales, hormonas en actividad, primeros polvos y tonteos con el alcohol y las drogas.
Digamos que, en mi época de estudiante adolescente, fui una muchacha bastante precoz. Con doce años tuve mi primer “novio”, el hijo de mis vecinos, Jerry, compañero de clase y pupitre. Jerry venía a mi casa, y con la excusa de hacer los deberes nos encerrábamos en mi cuarto, nos desnudábamos y nos besábamos, excitados, explorando nuestros cuerpos recién estrenados de pequeños adultos en formación. El jamás llegó a penetrarme, aunque ganas no le faltaron. Yo me negaba a ello. Tenía miedo a que ese momento llegara, tenía miedo al dolor, a quedarme embarazada, tenía miedo de Dios…Solo le dejaba que practicara conmigo el sexo oral. El recuerdo de su lengua nerviosa y húmeda lamiendo torpemente mi clítoris me hace sonrier ahora. Mi primer orgasmo lo conseguí así, con la cabeza de Jerry entre mis piernas, su lengua de párvulo inexperto arrancándome el primer éxtasis, gozo con sabor a chicle de fresa y gominolas de azúcar verde. El primer pene que tuve en mi boca fue el suyo, y su semen mojó mis labios y se deslizó por mi garganta estremecida. Primeros juegos de la vida y el amor.
A los catorce años tuve mi primera experiencia sexual completa. Fue en el instituto. Un tipo del último curso, Joey, poseedor de un miembro de 18 centímetros, me desvirgó en los baños del centro, en el transcurso de la fiesta de Navidad del año 1984. Yo estaba borracha como una cuba, y apenas si me enteré de nada. No sentí dolor, ni miedo, ni placer. Solo el frío de los azulejos del pequeño baño traspasando mi espalda desnuda, mientras Joey me penetraba de pie, y gemía en mi oido guarradas borrosas. Dos años estuve con Joey, mi maestro, mi profesor, mi pervertidor. Joey era cuatro años mayor que yo, y a nadie en mi familia le gustó que yo me liara con ese tío grande como un armario, maleducado, pésimo estudiante, borrachuzo y drogata, pero guapo a rabiar. Fueron dos años de vorágine loca. Follábamos a todas horas, en todas las posturas, en todos los sitios, bebíamos como cosacos, jugábamos peligrosamente con las rayas de polvo blanco y los tranquilizantes de su madre…Las broncas en mi casa eran continuas, sobre todo cuando yo llegaba a casa borracha y sin bragas debajo de mi falda.
Estaba flipada por Joey, todo en mi mundo era Joey, miraba al sol y veía a Joey, contemplaba la luna y eran sus ojos, olía el aire de la primavera y eran sus besos. Era un amante exquisito. Todo lo bruto que era en su comportamiento habitual, se volvía ternura y pasión en la cama. Follaba como los ángeles, si es que estos lo hacen, claro. Me volvía loca de placer entre sus brazos, siempre inventando caricias y posturas nuevas. Mi mundo era Joey. Pero lo abandoné. Su entrada en la Universidad lo alejó de mi. Encontró nuevas amistades y yo creí morirme de dolor. Un día se presentó en mi casa con un compañero de la facultad, y cuando mis padres se marcharon él propuso que nos lo montáramos los tres juntos. No pude hacerlo. No sentía nada con las caricias y los besos de su amigo. Solo disfrutaba cuando Joey me tocaba. Lo peor vino después, cuando los dos empezaron a tontear, a tocarse, a jugar a “maricones” como ellos decían. Fui al baño un momento y cuando volvi vi como Joey se estaba follando a su amigo. Mi novio estaba de pie y el chico a cuatro patas, como un perro y los dos gemían como locos. Mi estómago se llenó de pólvora. Joey gozaba como un cerdo metiendo su polla de 18 centímetros, que tantas veces me había hecho tocar el cielo, en el culo de aquel tipo afortunado. Los eché de mi casa. Deshice su abrazo carnal a patadas y puñetazos y los arrojé de mi casa desnudos, ante la vista de mis vecinos, acostumbrados a mis salidas de tono. Tenía entonces 16 años y la vida destrozada.
Pero enseguida me recuperé. Mis dos últimos años de instituto transcurrieron entre dos novios fijos y cuatro o cinco amantes ocasionales, uno de ellos el padre de Jerry, mi primer amor. No concebía mi vida sin el sexo, y huía del amor. En cuanto barruntaba que el tipo que calentaba mi cama empezaba a significar algo más para mi que puro sexo, lo dejaba plantado y me buscaba a otro. No quería volver a sentir el dolor del abandono en mi corazón. No quería más Joeys torturando mi cerebro. El peso de la soledad empezaba a rondar mi casa. Llegó un momento en el que me hastié de los tíos y del sexo. Ese momento coincidió con mi entrada en la Universidad. Elegi estudiar Periodismo, en Wellington, mi ciudad. El paso por la facultad cambió bastante el rumbo de mi vida. Dejé de emborracharme, de meterme rayas, de coleccionar amantes. Conocí a un chico sensato y cariñoso, Dan, estudiante también de Periodismo, que me llevó por el buen camino. El era mayor que yo, tres años, e hizo que me volviera a enamorar sin remedio, pero esta vez de forma diferente, más calmada, más madura, más completa.
Nos casamos en cuanto yo terminé la carrera. Me especialicé en la rama de Imagen y Sonido, y gracias a él, conseguí mi primer trabajo en una productora de cine modesta de Wellington. En ella mi marido trabajaba como ayudante de dirección y yo como guionista. Eramos un equipo joven con muchas ideas, poco dinero e infinitas ganas de comernos el mundo. Conocí a Peter y a Frances, una pareja encantadora. El era director de películas gores, divertidas, sorprendentes y ella era su guionista. Yo era la más joven de todo el equipo. Trabajábamos en los proyectos más disparatados, películas de bajo presupuesto que no llegaban a ser vistas jamás, guiones absurdos para peliculitas de serie Z, efectos especiales hechos a base de mucha imaginación e ingenio. Aquella productora quebró y todos nos vimos en la calle. Yo consegui empleo en otra productora de cine más seria y solvente y Dan en el periódico local. Nuestro matrimonio duró 5 años. Me casé con 23 y me divorcié con 28. Nos cansamos el uno del otro. Me volqué en mi trabajo y decidí pasar de hombres por una temporada. Demasiados huecos y heridas en mi corazón.
Un año después de divorciarme, en mayo de 1999, 29 años recién cumplidos, recibí una llamada de Peter, mi antiguo compañero de trabajo. Estaba embarcado en una aventura cinematográfica descabellada y quería contar conmigo. Las condiciones que me proponía me convencieron, y su entusiasmo por el proyecto me sacó de la triste rutina que se había convertido mi vida desde que Dan y yo nos habíamos divorciado. Dejé mi trabajo en la productora y me fui a trabajar con Peter y su equipo. El proyecto descabellado se llamaba “El Señor de los Anillos”.
UNO- Joder, Helena, quiero tenerte para mi solo. No quiero compartirte con nadie. Dime que vas a dejar a Orlando, tía, dímelo. – me suplica por enésima vez Elijah, vestido con las ropas de Frodo Baggins, los dos en el interior de su caravana, el sol saliendo tras las montañas, 15 minutos escasos para empezar a rodar la escena 405-C, el Concilio de Elrond, La Comunidad del Anillo, primera parte de la trilogía de El Señor de los Anillos.
Miro a Elijah mientras le tiendo la ultima copia retocada del guión de ese día. Está guapísimo esta mañana. Las chicas de maquillaje saben mimar su rostro con sus brochas y lápices. Sus ojos deslumbran, inocentes, hermosos, sinceros. Su piel, perfecta al máximo bajo el efecto corrector del maquillaje, es porcelana, suave, delicada, maravillosa. Me acerco hasta él y con sumo cuidado, para no estropear su maquillaje, rozo sus labios de melocotón con los mios y acaricio su cuello de arcángel adolescente, sintiendo el latido de su aorta en la yema de mis dedos.
- Elijah, cariño, no empieces de nuevo. Os quiero a los dos, no puedo elegir entre vosotros, te necesito a ti, pero tambíen lo necesito a él. Estamos bien así los tres, no te tortures más. Vamos, mi ángel, no me gusta verte triste. No debes estar celoso de él. Elijah, te quiero, cariño, igual que lo quiero a él, exactamente igual. – le susurro dulcemente, mientras beso despacio el borde de sus labios y hundo mi mano tras su nuca caliente y provocadora.
- Joder, Helena, me tienes loco, tía, loco. – jadea Elijah rodeando mi cintura con sus brazos y estrechándome contra su pecho. Su boca se funde con la mia, sin ningún cuidado y me besa con furia.
- ¡Eh, ten cuidado, cariño, tu maquillaje!. En quince minutos empezamos a rodar. No quiero que se te estropee. Vamos muy pillados de tiempo y…- le contesto separándome de él con una sonrisa. El me mira, muy serio, vuelve a agarrar mi cintura con sus manos y me atrae hacia él.
- Helena, te quiero para mi. Si no lo dejas me muero, tía, me muero. No puedo ver como él te folla delante de mi, no puedo, Helena, por favor, vente conmigo, Helena, mi amor, no sigas con Orlando, no sigas por favor. – me suplica quejoso, con su boca pegada a mi oreja, el calor de sus manos atravesando la tela de mi camisa, mis pechos rozándose con su chaleco de terciopelo marrón, tan ingenuo, tan tierno, tan dulce…El fuego se desata en mis entrañas.
- ¡Fóllame, Elijah, fóllame aquí y ahora!.- le ordeno con voz entrecortada. El me mira sorprendido. Veo brillar en sus ojos el deseo, veo a ese Frodo Baggins adorable, veo su boca que se abre, sus labios despegándose, su respiración acelerándose, siento sus manos crispándose en torno a mi cintura, noto la presión de su pene hinchado sobre mi pubis. El me obedece ciegamente. En un segundo estoy desnuda entre sus brazos. Me sienta sobre la mesa del camerino de su caravana, me abraza, me besa la boca, me muerde el cuello, me lame los pezones, hunde su cabeza entre mis pechos, haciendome gemir. Diez minutos apenas para que comience el rodaje. Sus pantalones caen al suelo, su ropa interior. Su pene se introduce entre mis piernas y me penetra. Yo me abrazo a su cuello, tremendamente excitada. Un placer exquisito sube por mis muslos y cosquillea mi estómago. Mis piernas se enroscan en su cintura, y mis gemidos aumentan de tono.
- Espera, espera, - susurro a mi amante. – Quiero verte en el espejo, quiero ver como Frodo me folla, espera, cariño mío, espera.- le digo sonriente. Elijah-Frodo me mira desconcertado, alucinado, con las mejillas enrojecidas, el maquillaje corrido sobre la boca, los ojos brillando como ascuas. Me bajo de la mesa y me coloco delante de él y del espejo del camerino. El espejo devuelve mi imagen desnuda, con el pelo revuelto, los pezones de mis pechos erizados, el cuello marcado por los mordiscos de mi ángel de amor. Elijah, detrás de mi, rodea mis pechos con sus manos y los acaricia haciendo círculos con ellas. Yo me echo para atrás con un gemido, apoyando mi cabeza en su cuello, y mi espalda en su pecho. Miro al espejo que me devuelve el reflejo nítido de nuestras imágenesa. Veo su cara, congestionada, irradiando placer, miro mi cuerpo retorciéndose bajo sus caricias. Me inclino un poco hacia delante, abro más mis piernas y él me vuelve a penetrar. Mi boca toca el espejo. Me beso a mi misma, mientras contemplo la cara de Elijah-Frodo, pegadito a mi mejilla, mirándome con sus ojos de cielo, jadeando mientras me penetra, mientras me folla como un salvaje, haciendo chocar mi frente contra el espejo luminoso con cada empellón de sus caderas. Su mano derecha baja por mi vientre y se hunde en mi sexo. Sus dedos juegan con mi clítoris y yo me corro sin poder aguantar más.
- Oh, Dios, Frodo, mi amor, Elijah, cariño mío…- jadeo estremecida, mientras el orgasmo sacude mi vientre y hace temblar el suelo bajo mis pies desnudos. Oigo entonces sus gemidos en mi oido y miro su imagen en el espejo. Sus ojos se cierran, su boca se abre más, sus hombros tiemblan, me aprieta muy fuerte contra su cuerpo. Sus jadeos y los últimos movimientos de sus caderas provocan mi segundo orgasmo y caigo sobre la mesa, rendida, temblorosa, saciada de placer. Siento el peso de su cuerpo caer sobre mi espalda y maldigo la falta de tiempo que tenemos. No podremos abrazarnos durante un rato hasta que los espasmos del orgasmo nos abandone. No podremos mimarnos después del ardor del juego del amor, no…Solo cinco minutos para rodar…
- Helena, por lo que más quieras te lo pido, déjale, déjale y vente conmigo…No le escucho. Solo le ayudo a ponerse el pantalón rapidamente, estiro su chaqueta, intento retocar el maquillaje estropeado de su cara con la punta de un pañuelo de papel…No puedo Elijah, no puedo dejar a Orlando, no puedo dejarte a ti, no puedo. Os quiero, os necesito a los dos…Necesito tu inocencia y la suavidad de tu piel, pero también necesito el brillo canalla de los ojos de Orlando y el sabor de su boca burlona. No puedo elegir, no puedo…Salimos presurosos de su caravana y nos chocamos en las escalerillas de la misma con la primera ayudante de dirección, Sally, que me obsequia con su mirada asesina. Sabe que me acabo de follar a Elijah. Si, Helena Marlowe se folla a Elijah Wood y a Orlando Bloom. A los dos a la vez. “Pedazo de puta”, eso es lo que seguramente piensa Sally de mí mientras me mira, y francamente, me importa una mierda lo que pueda creer de mí esta mujercita reprimida. Ella no lo entiende. No entiende nada.
Elijah y yo nos dirigimos a toda velocidad hacia el set de rodaje. Orlando está ya en él. Cuando llegamos vuelve su vista hacia mi y me sonríe con esa mueca pícara que me vuelve loca. Miro a los dos, a Elijah, mi ángel de caramelo, a Orlando, mi demonio de azúcar…¿Cómo me he podido enredar entre las piernas, los brazos, los besos, el amor de estos dos hombres?. ¿Cómo?. ¿Cómo escoger entre uno de los dos, si los dos son mi vida, si los dos son mi luz?. ¿Cómo?
DOSA Elijah lo conocí primero. Me lo presentaron en septiembre de 1999 en una sala del gimnasio donde aprendía a manejar la espada para interpretar su papel de Frodo, bajo la tutela y los consejos de Bob Anderson, el viejo maestro de Errol Flynn. Elijah llevaba ya un mes en Nueva Zelanda, pero no habíamos coincidido hasta entonces. Yo trabajaba desde mayo con el equipo de guionistas, con Fran Walsh y Philippa Boyens a la cabeza, pero hubo un cambio de planes. Necesitaban un asistente para Elijah y Sean Astin, su compañero de reparto. Los presupuestos andaban algo fastidiados y Peter pensó que yo era la persona ideal para llevar su agenda, satisfacer sus demandas, servir de enlace entre ellos y la prensa, una especia de “chica para todo” al servicio de las estrellas de su película. No me gustó en absoluto mi cambio de trabajo. Pero Peter supo convencerme, y me lo pidió como un favor personal. Sería algo momentáneo, me prometió Peter, un mes como mucho, hasta que de nuevo la productora soltara más pasta y se pudiera contratar a otra persona. A regañadientes acepté mi nueva tarea, recelosa de los caprichos y las manías con las que seguramente me martirizarían dos actores venidos del refinado Hollywood hasta la salvaje Nueva Zelanda.
Mis recelos desaparecieron en cuanto estreché la mano sudorosa de Elijah en aquella sala del gimnasio, con un calor infernal, una mañana de septiembre. La palma de mi mano se quedó impregnada con su humedad y mi vista se perdió en los ojos increiblemente hermosos de Elijah. Ni las fotos ni los videos que había visto de él hasta el momento le hacían justicia. Desde luego, Peter había sabido elegir, y ese chico delgado y no más alto que yo, de sonrisa chispeante, cara angelical y ojos de deslumbrante expresividad, era el perfecto Frodo Baggins para nuestra película. Con las mejillas encendidas, el pelo revuelto, diminutas gotas de sudor cayendo por sus sienes, la espada de plástico bajo su brazo, camiseta azul marino pegada al cuerpo, “encantado de conocerla, señorita Marlowe”, mi corazón disparándose ante la caricia de su voz, de su mano mojada, de su exquisita cortesía, 18 años totalmente apetecibles, “Helena, llámame Helena, por favor”, sonrisa de caramelo iluminando su rostro, “Helena, que nombre más bonito, Helena…”. Mi estómago entonces brincó con la punzada del deseo, y me hizo retroceder 10 años atrás, cuando yo también tenía 18 años llenos de ilusión y pasión. “Encantado de conocerte, Helena, encantado”, me repitió de nuevo, abrasándome con su mirada clara e inocente. Oh, Dios, Elijah, candoroso, ingenuo, perturbador…
Desde el primer momento supe que yo le gustaba. No era vanidad, ni imaginaciones mías. Lo notaba, lo presentía, lo sabía. Recuerdo esos primeros días de septiembre, cuando todavía no habíamos empezado a rodar, sentados en el salón de la casa de Peter, estudiando los guiones, Elijah y Sean, escuchando atentamente sus indicaciones y explicaciones, Fran y yo pasándoles hojas y más hojas a los dos actores con los primeros bocetos del guión, Elijah observándome a hurtadillas, disimulando y enrojeciendo cada vez que yo levantaba mi vista y lo sorprendía mirándome de esa manera tan especial. Sus manejos para conseguir que siempre me sentara a su lado cuando nos ibamos a comer. Sus roces disimulados, dedos de uñas roídas enredándose con los míos, cuando me pedía prestado mi mechero y yo se lo acercaba al cigarro. Su galantería cuando me dejaba entrar a mi primero en el ascensor, o cuando me abría la puerta de su coche al acompañarme a casa, después de un día de trabajo en el estudio. Sus frases, sus sonrisas, sus miradas, su complicidad al hacerme pequeñas confidencias, sus frecuentes regalos, su candor, sus bromas, todo, todo me gritaba al oido que yo le gustaba, pero que no se atrevía a sugerirme nada, tal vez inseguro ante mi madurez y su visible inexperiencia y juventud.
Seguramente que yo hubiese dado el primer paso, y cualquier noche de sábado mojado en alcohol, lo habría acostado en mi cama, deseosa de amor y sexo con aquel ángel de piel de marfil. Pero entonces apareció Orlando. Como un torbellino, como un huracán, deslumbrándome con sus ojos oscuros, con sus poses vacilonas, y sus chistes malos y groseros. Se incorporó al rodaje a finales de octubre, cuando ya llevábamos dos semanas trabajando. Me dejé arrastrar por sus palabras seductoras y su mirada salvaje. A los diez días de conocernos, me pidió salir y yo acepté sin dudarlo. El primer sábado que salimos juntos, terminamos follando en el interior de su coche, desesperados, sin poder despegarnos, sin ni siquiera andar los cien metros que nos separaban de mi apartamento para amarnos más cómodamente. Orlando era como Joey, mi antiguo amor de instituto, salvaje, bárbaro, fiero, pero también dulce, suave, tierno. Disfruté entre sus brazos como hacía tiempo que no sentía, y mi pequeño Elijah se borró de mi mente. Orlando me hizo flotar esa primera vez que me hizo el amor, dejando su huella imborrable en mi alma. “Helena, te quiero, Helena, Helena…”, me susurraba con su lindo acento inglés, al tiempo que cubría mi cuerpo de besos, caricias y placer infinito. Oh, Dios, Orlando, truhán, canalla, encendido tahúr del amor, maestro del sexo más exquisito…
Elijah dejó de hablarme, de sonreirme, de mimarme. Reproches mudos salían como puñales de sus ojos, dejando un poso de amargura en mi corazón. ¿Qué podía hacer yo?. Estaba enamorada de Orlando, muy enamorada, sin embargo…A veces, cuando él no estaba conmigo, fantaseaba con Elijah. Soñaba despierta con él, imaginaba, imaginaba que Orlando y yo estábamos haciendo el amor, en mi habitación, y que de repente Elijah entraba, furioso y excitado a la vez, y que se unía a nosotros, oh Dios, sí, me veía atrapada por sus cuerpos, besada por sus bocas, salpicada con sus sudores y espermas…Un día, principios de diciembre, verano en Wellington, mientras Orlando y yo follábamos sumergidos en mi bañera, entre burbujas de espuma y champán, brotó de mis labios su nombre, su diminutivo cariñoso, Lij, oh Lij…Orlando separó sus labios de mi cuello, me miró entre burlón y divertido “cariño, no me cambies el nombre, soy Orlando, no soy Lij”, se rió, y entre los vapores calientes del champán y el jabón de jazmín, le confesé que Elijah me gustaba también…”Oh, Elijah, Elijah, el encantador Elijah…¿sabes Helena?. No me importaría follármelo a él también, a los dos, a ti y a él, a la vez, juntos los tres, joder, Helena, los tres, ¿te lo imaginas, encanto?”…Sorpresa mayúscula, fuego corriendo por mi cuerpo, celos de Lij, ¿Orlando desea a Elijah?. La imagen de Joey, aquel viejo amor de juventud, follándose a su amigo en mi casa, me golpeó el cerebro. ¿Elijah y Orlando?. Pero lejos de llenarme de furia, esa imagen me enardeció. Ellos dos y yo entremedias de ambos, sandwich sensual, ellos las rebanadas de pan tierno y caliente, y yo, Helena, el queso derretido, fundido con las llamas desprendidas por sus cuerpos. “Helena, no me importaría compartirte con Elijah, cariño, no me importaría”, caramba, Orlando, ni a mi tampoco, ni a mi…
Tres días más tarde, en la fiesta de despedida que hicimos antes de las vacaciones de Navidad, el mágico año 2000 colándose ya en nuestras vidas, me follé por primera vez a Elijah. Orlando ya no estaba con nosotros. Se había marchado un día antes a Londres. La fiesta se hizo en una vieja nave industrial a las afueras de Wellington, un hangar destartalado y lleno de trastos que usábamos para rodar la mayor parte de las escenas con pantalla azul de fondo. Había gente por todas partes, música atronadora, luces por doquier, comida y bebida en abundancia, humo, risas, buen rollo, electricistas, técnicos de sonido, maquilladores, actores, productores, jefes de fotografía, secretarias de la productora, guionistas, extras, algún que otro curioso que se había colado en nuestra fiesta, gorros de Papá Noel, bailoteos, la típica celebración navideña estomagante e hipócrita cien por cien, todos buenos y amables por unas horas, olvidando rencillas y malos rollos…Yo apuraba mi tercer gintonic, intentando olvidar la ausencia de Orlando, cuando me di cuenta de la furibunda mirada con la que me estaba obsequiando mi ángel esquivo, Elijah, apoyado en una pared del hangar, escondido en un rincón, un cigarro y una botella de cerveza entre las manos, solo, el gesto hosco, herido, recriminatorio.
Creo que le sonreí y le lancé un beso, tocando con mis labios las puntas de mis dedos y soplando ese beso imaginario hacia su rincón. No lo sé, el tercer gintonic me había dejado el cerebro como un coladero, y me encontraba en ese estado turbulento en el que se te mezclan luces y sombras. Alguien vino, creo que fue Allison, una de las ayudantes de vestuario, y me arrastró hasta la improvisada pista de baile, que habíamos creado en el centro del hangar. Algún descerebrado había puesto en el equipo de música algo de Kylie Minogue, y la gente estaba como loca bailando al son de esa musiquilla machacona. No sé cuanto tiempo estuve danzando rodeada de mis compañeros de trabajo. Pero sí sé que de vez en cuando, entre ese bullicio y algarabía de caras de gente borrosa, vislumbraba la mirada relampagueante de Elijah, que no cesaba de mirarme, alli desde su rincón, fumando un cigarro tras otro, bebiendo cerveza tras cerveza, callado, hostil, solo, tremendamente solo.
De pronto la música jaranera y mareante se detuvo y alguien gritó por un micrófono algo así como “llegó la hora de los achuchones y fregoteos”, y una canción mágica, Lenny Kravitz, “No puedo sacarte de mi cabeza”, se apoderó de todo el recinto. Parejas que se enlazan, chicos que buscan a chicas, chicas que sonríen a chicos, miradas cómplices, personas retirándose a un rincón, codazos, risitas…El recuerdo de Orlando, lejos, muy lejos de alli, me traspasó, llenándome de tristeza y abandono. De repente, Elijah ante mi, “¿quieres bailar conmigo?”, surgido de la nada, emergiendo de su rincón, tambaleante como yo, sus impresionantes ojos brillando como dos cristales oscuros en medio de la pista de baile, oliendo a tabaco y cerveza, posando sus manos en mi cintura, sonriéndome dulcemente, tímido, desmañado, “¿bailamos, Helena?”…Oh, Dios mío, Orlando se esfumó de mi mente como por arte de magia…”Si, cariño, si”…
El aliento de Elijah me quemaba la oreja, el cuello, la mejilla, me abrazaba tan fuerte contra su cuerpo que casi no me dejaba respirar, podía escuchar los latidos violentos de su corazón estrellándose en mis pechos, sentía la excitación que bullía entre sus piernas frotarse en mi falda, a la altura de mi sexo. Estaba borracho como yo, como todos. Al compás de la música tierna que sonaba por los altavoces, Elijah me acunaba, me mimaba, me estrujaba. Y yo me dejaba hacer, cada vez más excitada con su olor, mezcla de sudor, tabaco, Calvin Klein, feromonas enloquecedoras entrando a raudales por mi nariz dilatada. Algo húmedo se deslizó por mi oreja. Su lengua. Algo ardiente y suave rodó por mi mejilla, sus labios. Buscaron mi boca, buscaron y la encontraron. Su primer beso, beso dulce, increiblemente dulce, torpe, infantil, jadeante, tibio, y yo le dejé que me besara, entre divertida y excitada…”Elijah, ¡me has besado!, dime, ¿por qué me has besado?”, “Helena, Helena, me gustas, me gustas mucho, me tienes flipado, flipado”, “Jajaja, Elijah, ¿en serio?. Oh, mi dulce pequeño, ¿qué va a decir Orlando cuando se entere de que me has besado?”. “Que le den por el puto culo a Orlando, ahora estás conmigo, conmigo, Helena, conmigo”. Sonrío, estremecida de gusto, halagada por su salida de tono. Más besos torpes y patosos salidos de su boca inexperta, besos que encendieron inevitablemente mi alma y mi corazón, besos que me hicieron traicionar la memoria de Orlando. “Elijah, espera, espera, la gente nos está viendo, para, jajaja, me haces cosquillas, oh caramba, que mal besas cariño, que mal…”, “Helena, joder, Helena, no me digas eso, Helena, no seas cabrona, Helena…”.
No fui cabrona con él, ya lo creo que no. Agarré su mano y tiré de él, sacándolo de la pista de baile. Sorteando cuerpos beodos, y caras congestionadas por los excesos de la fiesta, llegamos hasta la puerta de un pequeño cuartucho usado como almacén. Y allí dentro, a la luz de una bombilla desnuda amarilla, entre cajas, cartones y embalajes, cables y micrófonos, de pie y sin apenas desnudarnos, nos hicimos el amor por primera vez. No recuerdo con nitidez lo que sucedió en esos momentos. Tanto Lij como yo estábamos mareados por el alcohol y apenas si sabíamos lo que hacíamos. Yo apoyé mi espalda en una de las costrosas paredes del pequeño almacén, me subi la falda, él se arrodilló ante mi, me bajó las medias y bragas, rompiéndolas en su ansiedad por follarme de inmediato, hundió su boca en mi sexo, maldita ginebra que me había quitado sensibilidad, me lamió bruscamente, se levantó de nuevo, me abrazó, me besó, abri mis piernas, rodeé su cintura con la derecha, con mi mano busqué su miembro, ayudándole a encontrar la abertura de mi vagina. El temblaba como un pajarillo mojado, jadeaba con ansiedad, estaba asustado, muy asustado, no lo podía ocultar, y yo me preguntaba, mientras sentía sus sacudidas descontroladas dentro de mi cuerpo, si éste sería su estreno sexual. “Tranquilo, mi niño, que me haces daño, tranquilo, no me digas que es la primera vez que lo haces”, ”No, joder, no, no, Helena, no, qué dices, claro que he follado antes, pero con nadie como tú, Helena, nadie como tú, y no soy un niño…”.
Sus mentirijillas y protestas deliciosas, sus gemidos entrecortados y sus empujones torpes hicieron que los primeros trallazos de placer recorrieran mis muslos. Me abracé más fuerte a su cuerpo, besé su boca con más furia, colé mis manos bajo su jersey e hinqué las uñas en su espalda, jadeé en su oido, movi mis caderas como una auténtica experta en esos manejos y provoqué, en apenas un minuto, el orgasmo de aquel ángel que jugaba a demonio levantanoviasdelosamigos. Se corrió dentro de mí, y me estremeció con sus temblores orgásmicos. Yo no llegué a sentir casi nada, atontada por el exceso de alcohol que nadaba en mis venas, y muerta de risa ante la cara de desconsuelo y vergüenza que se adueñó de mi fogoso amante. “Helena, joder, me he corrido, lo siento, yo, yo…joder, me he corrido, pero que puntazo, Dios, Helena, eres la hostia, cómo te mueves, eres divina, Helena, yo, no te rías, no te rías de mi, que me jodes cantidad…perdona, perdóname por correrme, yo no quería tan pronto, yo…”. Elijah, vulnerable, adorable, suplicando mi perdón por no haber sabido darme todo el placer que el hubiese querido regalarme. Dejé de reirme de él, invadida por una extraña ternura, acaricié su mejilla, le consolé, le mimé, me senté en el suelo y lo arrastré junto a mi, pegaditos el uno al otro, apoyé su cabeza en mi hombro y acaricié su frente sudorosa y su pelo despeinado…”Shhhhhhh, no ha pasado nada, no te preocupes, no te preocupes”. No sé el tiempo que pasamos alli abrazados, sentados sobre el frío suelo de cemento, no lo sé, acariciándonos, la suave voz de Elijah susurrando en mi oido hermosas palabras de amor, no lo sé, no lo sé…
Los dos días que siguieron a la fiesta fueron una auténtica locura. Elijah se vino a mi casa, así, sin más, 48 horas de placer absoluto, 48 horas de sexo y lujuria, 48 horas de ternura y cariño, kamasutra y gritos, 48 horas en las que Lij se transformó en maestro del sexo, el calor del verano austral deshaciendo las sábanas de mi cama, la alfombra de mi suelo, las cortinas de mi ducha, las telarañas de mi soledad. “Helena, tenemos que decirle a Orlando lo que ha pasado”, me dijo en el aeropuerto, cuando fui a despedirle antes de que se marchara a Los Angeles, para pasar las navidades con su familia. Dios, Orlando, sus ojos negros y sus te quieros canallas surgiendo otra vez en mi memoria narcotizada por los besos de Elijah. ¿Qué pensará mi maravilloso Orlando cuando le cuente lo que sucedió en la fiesta, lo que sucedió en mi casa en esos dos días desenfrenados y dementes?. “Helena, no me importaría compartirte con Elijah”, eso me había dicho Orlando tiempo atrás. Mi cabeza comenzó a dar vueltas. “Helena, te quiero, te quiero, rompe con Orlando, te quiero solo para mi”, Dios santo, ¿qué hacer?. No puedo elegir, no puedo, no puedo. El avión de Elijah despegó y yo me quedé como una imbécil mirando a través de las mamparas de cristal de la terminal de salidas, al gigantesco Boeing 747 de las líneas aéreas neozelandesas, como si allí se me fuera a revelar la respuesta a mi dilema Elijah-Orlando.
TRES
Las navidades pasaron en un soplo, nos llegó el nuevo milenio, año 2000 de luces y sombras, regresó Orlando, volvió Elijah, reanudamos nuestra rutina, el rodaje ocupando todas las horas de nuestros días, y yo sin tomar ninguna decisión. Tan pronto estaba con Orlando como con Elijah. Pasaba de los brazos de uno a los de otro, sin ningún tipo de remordimiento o sentimiento de culpabilidad. La gente murmuraba, y a mi me daba igual. Orlando, lejos de sentirse traicionado por mi, me insistía en que le contase con el mínimo detalle mis encuentros con Lij. Se excitaba al oirme hablar cómo me lo hacía Elijah, en qué posturas, lo qué me decía, las cosas que más le gustaban al angelical muchacho. Y siempre terminaba por pedirme lo mismo, “Helena, tenemos que montárnoslo los tres juntos, Helena, convence a Elijah, dile que se lo va a pasar de puta madre, y que se deje de rollos posesivos, que se olvide de los celos. Tú eres de los dos”.
Pero Lij no quería ni oir hablar del tema. Evitaba a Orlando, y sufría, sufría enormemente cuando adivinaba que yo había estado con él. “Helena, eres una zorra, o él o yo, Helena, no soporto toda esta mierda, Helena, yo te quiero, déjalo, deja a ese gilipollas, Helena…”. Pero yo me reía en su cara, y no le hacía caso. Le explicaba una y mil veces que estaba enamorada de los dos, y que aceptara la situación. Que yo era así y eso es lo que había. O lo tomaba o lo dejaba. Elijah cerraba sus ojos con fuerza y apretaba sus mandíbulas con rabia. Luego me follaba con desesperación, dándome lo mejor de si mismo, sin dejar de preguntarme si él era más bueno que Orlando, en una lucha sin cuartel por vencer al que él creía que era su rival…”Oh, Lij, no seas niño, él no es mejor ni peor que tú, es tu complemento, simplemente es eso,”, “Helena, joder, eres una zorra, una puta zorra, pero me has hechizado, tía, me has hechizado, te quiero, te quiero, te quiero…”. Yo cerraba los ojos y me dejaba acariciar por sus amargas declaraciones de amor, sabiendo que lo tenía atrapado en mi tela de araña a tres bandas.
28 de enero de 2000, el 19 cumpleaños de Elijah. Orlando, él y yo encerrados en el cuarto de baño de los chicos de la discoteca City’s Sun, en pleno centro de Wellington. Orlando, detrás de mi, me desabrocha la camisa, me besa el cuello y la nuca, desliza sus manos dentro de mi sujetador, me acaricia, las saca de alli, las baja por mi estómago, por mi vientre, se cuelan dentro de mis bragas, sus dedos bucean dentro de mi sexo. Un gemido de placer incontenible me surge de la boca, y miro a Elijah, frente a mi, apoyado en la puerta cerrada del baño, observándome con ojos vidriosos y gesto entre excitado y agresivo. Alargo mis brazos y rodeo su cuello con ellos, lo atraigo hacia mi, lo beso, lo provoco, lo caliento…El me rechaza con un empujón, nos mira furioso, insulta a Orlando, lo aparta de mi con otro empujón brutal, dice que se marcha, que me odia, que va a matar a Orlando…,pero ni se va, ni me odia, ni asesina a nadie… Simplemente, deja que yo le vuelva a besar, permite que Orlando me toque de nuevo, entre los dos le convencemos, le decimos que se olvide de todo y que disfrute…Y Elijah se olvida de todo y disfruta…
Así fue nuestra primera vez los tres juntos. En la fiesta de cumpleaños de Elijah, en el City’s Sun. En ese cuarto de baño estrecho y lujoso, mármol en paredes y suelo, plata y verde, ruidos de gente que entra y sale, grifos, risas, música de fondo estridente, los tres ebrios de champán y cocaína, de pie, yo atrapada entre ambos. Elijah, su cara pegada a la mía, me besaba sin descanso, mientras me penetraba con suavidad, y observaba como Orlando a su vez mordía mi nuca y mis hombros, los dos ajustando sus movimientos, follándome a la vez, Orlando por detrás, Elijah por delante, y yo mojándome con el sudor de sus cuerpos y ahogándome con el placer brutal que me estaban regalando, trío de ases sucio y tórrido, calor y más calor…Elijah me compartió con Orlando en su 19 cumpleaños. Y disfrutó con ello, a pesar de sus recelos, sé que lo hizo, aunque cuando todo terminó, se derrumbó en el suelo del angosto baño, y lloró, lloró amargamente, mientras nosotros lo mirábamos sin saber que hacer. “Vamos, tío, no llores, joder, Helena es de los dos, somos amigos, ella es nuestra, nuestra…”. Elijah nos miraba a través de sus lágrimas redondas y simétricas, translúcidas de dolor. Le ayudamos a levantar y se abrazó a mi, murmurando palabras que no lograba entender. Salimos del baño, los tres juntos, Elijah en el medio, pálido, apoyándose en Orlando y en mi. “No le pasa nada, tíos, un mal viaje, colegas, un mal viaje, solo eso”, respondía Orlando a las preguntas inevitables de la gente…Y yo, después del placer que había experimentado poseída y amada por los dos al mismo tiempo, sentí el cuchillo de la lástima y la pena rebanarme el corazón. Lij, mi pobre Lij.
Nuestra segunda vez fue diferente. Elijah, Orlando y yo acabamos metidos en la ducha de mi casa, empapaditos de agua y amor, después de bebernos casi todas los barriles de cerveza del pub “Irishcool”, un sábado por la noche. Risas, espuma, vapor, las mentes vacilantes, descubriendo nuevas sensaciones, enseñando al inocente Lij el camino tortuoso y fascinante del sexo triple, tres en uno, tres entre tres, trío sensual y cálido. Esa noche Elijah no lloró, me compartió con Orlando sin apenas torcer el gesto, e incluso se dejó enjabonar por mi amante de ojos oscuros. Juegos y caricias entre ellos dos, con Orlando insinuándose a Elijah, bajo mi mirada complaciente y divertida, pero cortados siempre por Lij, que solo tenía manos y boca para mi. Hubo una tercera y una cuarta y una quinta vez… Lo nuestro se convirtió en un secreto a voces. Helena, Elijah, Orlando. Peter me llamó la atención discretamente, “Helena, ten cuidado, sabes que no me meto en tus asuntos personales y que me importa un huevo lo que hagas con tu vida, pero, escúchame, no me alborotes al personal”. ¿Alborotar?. ¿Yo?. Eran ellos dos los que me buscaban, eran ellos los que inventaban fantasías alucinantes para ponerlas en práctica en mi cama o en mi alfombra. Pero sobre todo era Orlando, cuchicheando siempre que tenía ocasión con Elijah, el que proponía, el que dirigía, y nosotros dos eramos sus seguidores.
Juegos perversos, que se tornaban cada vez más peligrosos. Como el que pusimos en práctica hacía apenas dos noches. La bolsa de plástico, una maldita bolsa de plástico de la tienda de discos “Mark’s Eleven”, verde y blanca. Orlando nos dijo que el orgasmo era más intenso si te faltaba el oxígeno. A Lij se le abrieron los ojos como platos, puso cara de susto, y yo me doblé de la risa ante la propuesta disparatada de Orlando. El me dijo que le cubriera la cara con la bolsa, que me sentara encima de él, y que le follara. Asi lo hice bajo la mirada seria y asqueada de Elijah. Unos minutos más tarde, Orlando se arrancaba la bolsa de la cabeza, buscando el aire que le faltaba a sus pulmones medio vacíos, gimiendo bajo los estremecimientos del orgasmo…”maravilloso, chicos, cojonudo, maravilloso, prueba Lij, prueba tú ahora, prueba…”.
Elijah se tumbó y yo me senté sobre él, dispuesta a repetir lo que había hecho con Orlando. Dios, la puñetera bolsa casi asfixió a Lij. Orlando me gritaba que siguiera moviéndome sobre él hasta que se corriera. Le oíamos jadear, la bolsa hinchándose y deshinchándose sobre su boca, él se agitaba, me clavaba las uñas en las caderas, hasta que se llevó las manos a la cara intentando quitarse el plástico que lo estaba ahogando.Pero Orlando no le dejó quitarse la bolsa. Le sujetó con fuerza las manos, y me ordenó que no parase de moverme. Los jadeos de placer de Lij se convirtieron en gemidos de angustia, y yo me quedé quieta, asustada…Lij luchaba contra Orlando, peleaba por quitarse el plástico, y Orlando no le dejaba…”¡¡Basta ya, Orlando, basta!!”, grité saliendo del cuerpo de Lij y rasgando la bolsa asesina. El rostro sudoroso y congestionado de Lij salió a la luz y su boca respiró con ansiedad el preciado oxígeno. “Sois unos moñas”, nos espetó Orlando, “unos moñas”, repitió, “no sabeis disfrutar, imbéciles, no teneis ni idea”. Se marchó dando un portazo, furioso, burlón, siniestro. “Déjalo, Helena, deja a Orlando, está loco, no te quiere, solo te está utilizando, Helena, mándalo a la mierda, quédate conmigo, Helena, quédate conmigo”, me suplicó Lij, abrazándose a mi pecho, respirando con dificultad, acurrucándose mimoso entre mis brazos. Y yo le acariciaba, sin saber que decirle, impresionada por lo que acababa de ver, pero incapaz de decidirme por ninguno de los dos, mi ángel o mi demónio.
…………………………………
- Entonces, esta noche a las 10 en mi casa, ¿de acuerdo? – nos pregunta Orlando a Elijah y a mi. Estamos en un descanso del rodaje, la jornada está siendo dura, y el cansancio empieza a surgir en todo el equipo. Mi amante elfo me sonríe con picardía. Elijah mira a Orlando y frunce el ceño.
- Nada de juegos raros, tío. Me estoy cansando ya de todo esto, ¿me oyes?. Estoy hasta la polla de esta situación, estoy… - gruñe Lij alterado, clavando su vista en Orlando.
- Si, si, ya sabemos que estás hasta la polla, blablablabla, pero el caso es que no dejas de venir a nuestras citas, querido amigo – contesta Orlando con ironía, guiñando un ojo a Elijah.
- Oye, gilipollas, ya sabes porqué acudo a vuestras citas. Es por Helena, solo por ella, ¿me oyes, hijo de puta?. Solo por ella. – replica con furia Elijah, acercándose a Orlando peligrosamente, que tuerce el gesto ante los insultos.
- Bueno, bueno, ya vale, tranquilo Lij, no pasa nada, cariño. – intervengo con rapidez, interponiéndome entre los dos. – No discutamos aquí, por favor. No quiero escenitas delante de todo el mundo, chicos, chicos, calmaos, por favor. – suplico angustiada. Las últimas palabras de Elijah se han escuchado por todo el plató, y la vergüenza me golpea. Miradas atravesadas, risitas, codazos. Dios santo, esto tiene que acabar. Tengo que tomar una decisión inmediata. El tema se me escapa de las manos, y no sé como atajarlo. Observo a mis dos amantes enfrentados, mirándose a los ojos, desafiándose, y por un momento tengo la sensación de que algo se cuece entre ellos. Es una intuición, una mera intuición. Sé que Orlando desea a Lij, lo sé, y que se muere de ganas por enrollarse con él. Pero Elijah lo ha rechazado una y otra vez, en nuestros tríos no le ha dado ninguna oportunidad, solo follando conmigo, o mirando, rechazando las caricias e insinuaciones veladas de Orlando. Pero la mirada que veo hoy en sus ojos, no lo sé, me desconcierta. Juraría que a Lij también le gusta Orlando, a pesar de todo, y que está huyendo de él. ¿Locas fantasías mías o realidad?. Nuestra cita queda cerrada, a las 10 de la noche en casa de Orlando, y que se hunda el mundo.
Entre Orlando y yo tumbamos a Elijah en la cama del primero. Lo atamos a los barrotes de hierro que conforman la cabecera de la cama, barrotes de color ocre, maravillosamente forjados por algún orfebre neozelandés. Lij nos mira sonriente. Se ha bebido casi media botella de Jack Daniel´s, pero parece sereno y encantado. Orlando y yo lo excitamos con nuestras caricias y nuestros besos. Mi pequeño Lij se revuelve molesto cuando siente los dedos de Orlando correteando por su piel, “no me toques, tío, solo la quiero a ella”, pero él no le hace ningún caso y continua acariciando su cuerpo, “que no me toques, joder”, más protestas de Elijah, que tira de sus cuerdas, intentando desatar los nudos que aprisionan sus muñecas. Le pido a Orlando que no siga, “cariño, tengamos la fiesta en paz, Lij no quiere nada contigo, respeta su decisión”, pero él no se da por vencido, cambiando su estrategia. Me ordena que me suba a la cama, que me coloque a gatas sobre ella, al lado de Elijah. Orlando se sitúa detrás de mi y empieza a hacerme el amor. No tardo en gemir y estremecerme con las caricias que me prodiga mi demonio de ojos oscuros. Mi cara choca con la de Elijah, tumbado a mi lado, y nos miramos. Nuestras bocas se juntan, y nos besamos con furia, enredando nuestras lenguas, mientras Orlando detrás de mi me folla como solo él sabe hacerlo, haciéndome temblar de gusto. Observo como Elijah se excita cada vez más y más, “mira, mira, Lij, mira, mira que placer estoy dando a nuestra Helena, mira…¿no quieres sentir tú lo mismo?. Dime, ¿no quieres?”, Orlando le provoca, le provoca sabiamente…Su mano izquierda se posa en el vientre de Elijah y se desliza por él hasta alcanzar su pene erecto. Lo atrapa y lo acaricia, de arriba abajo, de abajo a arriba…Lij se estremece y deja de besarme. Sus ojos me abandonan, se quedan prendidos en la mirada brillante y sensual de Orlando, se queda quieto, dejando que Orlando le masturbe sin apenas protestar…Orlando empieza a ganar su batalla…
Suavemente, Orlando sale de mi, y me aparta con delicadeza. Se tumba junto a Elijah y sigue con sus caricias, “mira Helena, mira al niño, ¿ves su cara?, le gusta, le gusta que yo le haga una paja, lo sabía, lo sabía, estaba seguro de que quería enrollarse conmigo también, Helena, mira, ¿lo ves?”. Lo veo, veo a Elijah agitarse con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, su lengua brillando entre ellos, agarrándose con fuerza a la cuerda, gimiendo, susurrando, “no le dejes, Helena, no le dejes que me toque, joder, no quiero, no quiero”. Orlando desliza su mano libre tras mi nuca, me acerca a su boca y me besa, “Helena, cariño, déjanos un momentito, por favor, Elijah me desea pero tiene miedo de decirlo. Esta noche le haré cambiar de opinión por completo y le liberaré de sus dudas”. Escucho aturdida la petición de Orlando, y vuelvo a mirar a Lij. Este abre sus ojos y mueve su cabeza debilmente, negando, suplicando en murmullos apenas audibles, “no Helena, no, no me dejes con él”, pero su cuerpo sigue agitándose con las caricias de Orlando, y su polla sigue erecta y palpitante entre la mano experta de Orlando. Sonrío, busco la botella de whisky que rueda entre las sábanas, bebo un trago, dejo que la amargura del alcohol me nuble el cerebro, y me levanto de la cama, “tranquilo, cariño, Orlando te quiere, Orlando te necesita, Orlando soy yo, Orlando eres tú, somos tres, los tres iguales, los tres juntos, los tres unidos, uno para todos y todos para uno, Elijah, Helena, Orlando, que más da, disfruta cariño mío, disfruta de él, como lo hago yo, disfruta”…Lij me mira en silencio. Una tenue sonrisa se dibuja en sus labios temblorosos. Me doy cuenta de que por fin él comprende el significado de nuestro mágico número tres, tres, tres, y entrega a Orlando su alma y su cuerpo por primera vez.
En la penumbra de la habitación, sentada en un rincón, observo como Orlando y Elijah se follan. Lij ya no está atado. Está de rodillas en la cama, entre las piernas abiertas de un Orlando jadeante, y lo está penetrando. El sudor hace brillar sus hombros y su espalda desnuda. Por su frente, su cuello y su nuca corren ríos de agua salada, impregnando la atmósfera de la habitación con su olor acre. El y Orlando jadean, se retuercen, se frotan, se besan, ruedan entre las sábanas sudadas y arrugadas, se aman…En mi rincón los observo hipnotizada, sin poder apartar mi vista de ellos, voyeur afortunada, agitándome y gozando con ellos, masturbándome ante el excitante espectáculo de esos dos hombres amándose libremente, Orlando y Elijah, mis dos amantes de miel y lavanda, mis dos compañeros irrenunciables, mi sol y mi luna…Gime Orlando, jadea Elijah, me ahogo yo entre suspiros de placer…Uno, dos, tres, tres éxtasis diferentes, tres orgasmos iguales…”ven, Helena, ven con nosotros, ven preciosa, ven”…Dormimos los tres juntos, agotados, Helena en el centro, Elijah en la izquierda, Orlando en la derecha, entrelazados, piernas, brazos y pieles confundiéndose entre las sábanas revueltas, acurrucados, felices, libres, mariposas en el estómago, arco iris en los corazones, placer infinito en el aire…
Y esta es toda mi historia. Han pasado tres años desde aquella mágica noche en que Lij y Orlando se amaron por primera vez, 1.095 días maravillosos, dulces, nubes de algodón rosa sobre un cielo inmensamente azul, trío de amor y comprensión, libre de celos, fortalecido con el paso del tiempo, desafiando a las conveniencias y buenas maneras de la sociedad. Hoy espero un hijo. Un hijo de los dos, un ser fruto de nuestro amor triple, un hijo con dos padres, que nacerá con la palabra escándalo marcada en rojo sobre su frente. Nosotros protegeremos a nuestro hijo, le envolveremos en una burbuja de cristal y le enseñaremos a amar libre de prejuicios y conveniencias sociales. La gente señala con su dedo acusador mi vientre abultado, señala nuestra casa, señala nuestros rostros, y a nosotros nos da igual, seguiremos siendo tres hasta que el destino y nuestro sentimientos lo permitan. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
FIN