Tercera parte


El entrenador pasea por el vestuario, sin dejar de observar con malicia a los dos asustados muchachos. Su media sonrisa ladeada hiela la sangre. Stan conoce por primera vez en su cómoda y regalada vida lo que es el miedo absoluto. ¡Pillados in fraganti por el entrenador!. La cabeza del pobre capitán del equipo de fútbol del instituto Harrington da vueltas, sumergido en el pozo negro del horror. Su aterrorizada imaginación dibuja en breves segundos lo que será su vida de ahora en adelante. Escandalazo, risas a su paso, cuchicheos. Su madre, histérica, por qué, Señor, por qué, por qué mi hijo, su padre destrozado por la vergüenza, mi hijo un jodido maricón, en qué he fallado, en qué. Expulsión inmediata del equipo de fútbol, perdida de los favores académicos de los profesores, la crueldad de los amigos, oh Dios, los amigos, joder con Stan, enrrollado con ese gilipollas de Casey, cuidado, arrimad el culo a la pared, que viene, os imaginais a Stan comiéndole la polla a Casey, jajaja, jajaja…
Stan nota como el sudor cubre su frente, cae por sus sienes y moja su cuello. Sudor frío de angustia. A su lado, Casey permanece con la cabeza agachada, encogido, temblando. El entrenador pasea su mirada por ambos chicos, esa maldita sonrisa irónica ocupando toda su cara. Stan comprende que no hay futuro para ellos. -¡Mierda!- piensa Stan. ¡Estoy jodido, la he cagado bien cagada!. ¿Por qué ha tenido que aparecer este grandísimo hijo de la gran puta?.- Stan mira con aprensión a su entrenador. Justo ahora, cuando él y Casey eran felices. En cuanto el entrenador abra la boca, la noticia correrá como la pólvora encendida. Harrington es una ciudad pequeña, y en cuestión de horas todo el mundo conocerá la escabrosa historia de los dos chicos del instituto. Ambos quedaran estigmatizados de por vida. Señalados por el dedo acusador de la hipocresía y maldad de la gente. Stan echa una ojeada al odioso entrenador que continua observándoles. -¿Por qué no dice nada?. –piensa Stan receloso. -¿Qué cojones estará pensando este mamón?. Stan mira de reojo al asustado Casey, que no sabe donde poner sus manos. Pobre Casey. Stan no puede evitar sentirse responsable por la suerte que pueda correr su compañero. Maldito entrenador, maldito sea.
- Bueno, bueno – por fin rompe su silencio el profesor. – Vaya sorpresitas que nos da la vida. –el tono sarcástico de su voz hiere los oidos de los dos amigos. – Dime, Stan,- dice el entrenador, dirigiendo su mirada glacial al muchacho, que le sostiene la mirada con valentía – ¿es que no tenías suficiente con los coñitos de las animadoras?. Ya veo que no. También has tenido que buscar la grata compañía de este bomboncito amoroso.- exclama el entrenador, mientras se acerca a Casey y acaricia la mejilla de éste con su dedo índice. Casey da un respingo ante el contacto no esperado, y mira a su profesor con temor. A Stan se le revuelve el estómago. No puede soportar que toque a Casey. El entrenador ahora coge la barbilla de Casey y se inclina sobre la cara de éste.

– Oh, si, Casey, un bonito osito de peluche para nuestro duro capitán – el entrenador ahora no sonríe, y aprieta más la barbilla de Casey, que intenta librarse de la garra que le atenaza.

-¡Déjele en paz, no le toque!. – estalla Stan, sin poder contenerse. El entrenador suelta a Casey y se vuelve amenazador hacia Stan, sus ojos brillando de furia. Empuja al chico varias veces, haciendóle caer sentado en uno de los bancos de madera del vestuario. - ¡No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer, cabrón, tocaré a tu amiguito las veces que me dé la gana!.- Stan se asusta ante la mirada que ve en su entrenador, mientras un presentimiento horroroso le invade.
El entrenador ahora explica a los chicos lo que tiene pensado hacer. Suelta una perorata inmensa de palabras, mientras no deja de dar vueltas alrededor de ellos. De vez en cuando su mano toca ligeramente el hombro de Casey, o su espalda, haciendo que el chico se estremezca. El presentimiento de Stan crece cada vez más en su cerebro aturdido. Casey y él se cruzan miradas cargadas de ansiedad, mientras escuchan la voz autoritaria de su profesor de gimnasia. - Veamos cómo resolvemos esta embarazosa situación, muchachos. No hay porqué precipitar las cosas. Puede que todo esto sea un malentendido. Bueno, todos hemos sido jóvenes y en fin, son cosas que pueden pasar. – el entrenador habla con muchos rodeos, pero sin perder un ápice de su seguridad. Les dice que aunque no aprueba lo que ha visto hace unos minutos, tampoco quiere perder a su mejor jugador, ni tampoco quiere hacer daño a la dulce señorita Connor. Casey mira con odio reconcentrado al profesor. Stan tiene que hacer esfuerzos inhumanos para no saltar al cuello del odioso hombre y apretarlo hasta asfixiarle. – No queremos que nadie se entere de lo que ha pasado aquí, ¿verdad Stan, verdad Casey?. No sería buena publicidad para este Instituto, ya de por si bastante desprestigiado. – el entrenador mira a los dos chicos con ojos siniestros y lanza su decisión final. - ¿Por qué no discutimos este asunto tranquilamente en mi casa, digamos que este sábado? – Stan siente un escalofrío de inquietud correr por su espina dorsal. ¿Qué mierda quiere de ellos este payaso?. ¿Por qué no va directamente a la dirección y lo chota todo?.
- Bien, chicos, os espero este sábado en mi casa, sobre las 6 de la tarde, ¿de acuerdo?. Alli tranquilamente discutiremos este asunto tan delicado.- el entrenador abre la puerta y se dispone a salir. – Cuida a nuestro osito, Stan – le dice el entrenador, su silueta recortada contra el marco de la puerta del gimnasio. Ahora mira a Casey y le dedica un guiño siniestro, que hace que a Stan le hierva la sangre. – Súbete la cremallera de la bragueta, encanto, se te va a enfriar el pajarito- son las últimas palabras del entrenador dirigidas al estupefacto Casey, que lo mira desconcertado. El profesor abandona el gimnasio, cerrando la puerta tras él. Los dos muchachos se quedan quietos sin saber que hacer. No se dicen nada, pero intuyen que algo turbio mancha la mente del entrenador. Algo oculto que no saben adivinar bien. – No te preocupes, Casey – le dice Stan, rodeando sus hombros con su brazo. – No creo que diga nada, verás como se arregla todo esto. Casey sonrie a Stan, y se abraza a él. Están tremendamente asustados, atrapados entre la espada y la pared. ¿Qué querrá ese tipo de ellos?.


Stan y Casey caminan por Dover Street hacia la Avenida John F. Kennedy. Cruzan la calle rapidamente y enfilan la amplia avenida. Un par de manzanas más adelante tuercen a la derecha, dirigiéndose a Frederick Kruger Street, la calle donde vive el entrenador. Es una calle tranquila, pequeña, con casas de dos plantas a los lados de la carretera vacía de coches, jardines cuidados, paredes blancas, bicicletas tiradas en mitad de las aceras, niños jugando, señoras hablando en las puertas. Los dos chicos apenas hablan, el tórrido sol de junio cayendo sobre sus cabezas, implacable. Igual que el profesor colérico que les ha amargado la existencia. Su casa es la última de la calle. Stan y Casey saben que el hombre vive solo. Llegó al pueblo hace muchos años, cuando el instituto se inauguró, y desde entonces ha ocupado el puesto de profesor de gimnasia y entrenador del equipo de futbol local. Con él venía su esposa, a la que las malas lenguas decían que maltrataba continuamente. Fuera verdad o mentira el caso es que un día, hace 10 años, su mujer salió de la casa con sus maletas y se marchó dando un portazo a la puerta. Los vecinos comentaron que el abandono se debió a que la mujer ya no soportaba la perra vida que le daba su marido. No tenían hijos. La verdad es que nadie en el instituto, ni en el pueblo conocen mucho sobre él. No tiene amigos, solo conocidos, ni parientes, y pasa su tiempo libre encerrado en su casa. Algún rumor suelto habla de la entrada en su casa a altas horas de la madrugada acompañado por algún chiquito jóven. Pero simplemente son rumores no confirmados. Por otra parte, es un hombre correcto y educado con sus vecinos y compañeros de trabajo y dirige a la perfección al equipo del instituto. Todo el mundo conoce su fama de tipo duro con los muchachos, pero a esa edad, comentan las gentes, es la única manera de domar a los fieros adolescentes.
La casa es de dos plantas, paredes de madera blanca, amplio porche con mecedora incluida, plantas aquí y allá, césped bien cuidado. Una valla de hierro color negro, muy baja, rodea todo el perímetro del jardín. La puerta de la verja está abierta, y los dos chicos, después de mirarse por un segundo, la atraviesan, dirigiéndose hacia la puerta de la entrada por una pequeña senda abierta a ambos lados del jardín. A la izquierda, justo al labo del buzón de correos del entrenador, un poste negro sostiene un pequeño cartel de madera blanca en el que hay escrito con letra negras Bienvenidos al Paraiso. Stan esboza una pequeña sonrisa ante la vista del cartel. Joder, el paraiso. No quiere ni pensar en lo que les puede decir o hacer este tipo. No le gusta nada su actitud. El pavo no ha abierto la boca desde el jueves. No ha dicho nada a la directora, ni a los profesores, ni ha llamado a casa de Casey o a la suya. Stan no sabe a qué está jugando este cretino con ellos. Lo único que tiene claro es el horrible presentimento que le come la cabeza desde el jueves maldito. Nunca se había fijado, pero ese día, cuando el profesor le empujó contra el banco del vestuario mientras le gritaba que tocaría a Casey las veces que le diera la gana, ese maldito día, Stan intuyó que el entrenador podía querer algo del adorable Casey. Stan se estremece y mira a Casey, que se dispone a llamar al timbre de la puerta. ¡Joder! -piensa el capitán- ¡me lo comería a besos hoy, mierda, me tiene loco este tío!. Casey devuelve la mirada a Stan, y le sonríe, un poco asustado, pero sereno. Stan aprieta el codo de su amigo, y se dice en silencio que si el entrenador le toca un pelo, lo destroza. Casey es suyo, y lo protegerá de quien se interponga entre ellos, sea quien sea, pase lo que pase. El sonido del timbre es estridente. Se oyen unos pasos dentro de la casa y la puerta del Paraíso se abre…. – Bienvenidos, chicos, qué puntualidad más exquisita – les dice el entrenador al abrir la puerta, su cara odiosa radiante de felicidad-. Pasad, pasad, estais en vuestra casa…. Stan y Casey atraviesan el umbral en silencio. La puerta se cierra tras ellos con un chirrido lastimoso.

El entrenador les invita a sentarse en el sofá del salón. El interior de la casa es acogedor, coqueto, agradable, como si una mano femenina se ocupara de que todo estuviera en su sitio, limpio, ordenado. Suena de fondo el “Atom Mother” de Pink Floyd. Les pregunta si quieren algo de beber, lo que quieran. Ambos asienten y el profesor se va hacia la cocina. La tensión agarrota los músculos de Stan, que observa todo lo que tiene a su alrededor con inquietud. Casey también pasea su mirada nerviosa por toda la estancia, y de vez en cuando busca la mirada de su amante, haciendo más llevadera su inseguridad. El entrenador aparece con dos botellas de cerveza fría en la mano y se las da a los chicos. Stan le dice que él no bebe alcohol. El profesor se rie. – Vamos, Stan, hoy es sábado, date un respiro. Una cerveza no te va a hacer daño. Venga, toma. – le dice alargándole la botella. Stan la coge de mala gana y bebe un sorbo. Casey coge la suya sin rechistar y acerca la botella a sus labios, bebiendo despacio. El entrenador observa como el líquido baja por la garganta del chico, moviendo la nuez de su cuello. Se acerca a él y se sienta a su lado, muy cerca. Stan se revuelve en su asiento. - ¿Qué es lo que quiere de nosotros?. – pregunta Stan alterado. No puede ver al entrenador sentado al lado de su amor. El hombre se gira y lo mira detenidamente. - ¿No sabes lo que quiero de vosotros?. – contesta con una risita irónica. – Vamos Stan, piensa un poco, encanto, piensa….
Los temores de Stan se confirman. La horrible idea que le ha estado rondando por la mente estos dos días se cumple. El entrenador no se anda con rodeos. Mira fijamente a los dos chicos y les habla con franqueza. Este es el trato que les propone, sexo o sexo. Así de claro. Si Stan y Casey quieren que su secreto quede a salvo deben entregarse a su profesor de gimnasia. Favor por favor. Casey mira al entrenador con los ojos desmesuradamente abiertos. Su cándida mente no podía llegar a imaginar lo que está escuchando de sus labios. La visión de este hombre brutal poseyéndole le parece espantosa, pero mirando sus ojos enrojecidos que lo desnudan con lascivia le hacen caer en la cuenta de que, efectivamente, no es una pesadilla lo que está teniendo, sino la cruda realidad. Stan se levanta del sofá furioso y se dirige a la puerta. – Es usted un cerdo, profesor, un puto cerdo. Mañana mismo todo Harrington sabrá que al entrenador del instituto le gustan los culos tiernos. – Stan habla muy despacio, clavando las palabras con rabia y asco. El entrenador se levanta y le coge de un brazo con fuerza, atrayéndole hacia sí. El sonido de Pink Floyd enmudece.
- No seas gilipollas, Stan.- le escupe las palabras el entrenador al muchacho. -¿Quién coño te va a creer?. ¿Crees que tengo pinta de maricona?.- el entrenador vuelve a reirse de forma diabólica. Stan baja la cabeza. Sabe que nadie, efectivamente, le va a creer. Sin embargo, si el entrenador los acusa a ellos dos, todo el mundo se lo va a tragar. Stan y Casey, todo el día juntos, de aquí para allá, solos los dos, el capitán protegiendo al chavalito encantador… Stan sabe que no tiene opción. -¿Qué tenemos que hacer, señor? – el muchacho enfrenta la mirada de su entrenador valientemente y se dispone al sacrificio. El profesor acerca su boca a la oreja del chico, y le susurra palabras que hacen que Stan tiemble de horror. –Tú no tienes que hacer nada, encanto, solo mirar. Es a Casey a quien deseo, tu ya me entiendes. – Stan se aparta con asco del entrenador, lanzando fuego por su verde mirada. ¡Dios!. ¡El entrenador quiere a su Casey!. Stan se muerde los labios con fuerza, y mira al pequeño ángel que sigue sentado en el sillón, la botella de cerveza entre sus manos de seda, mirándole con sus hermosos ojos de cielo de agosto, sin saber lo que le espera.

El sótano de la casa es tétrico, húmedo, oscuro. Casey y Stan contemplan con aprensión el agujero cochambroso que su profesor llama “paraiso”. No parece que ese sótano sea parte de esa casa tan linda y bien cuidada. Trastos viejos se acumulan aquí y allá, capas de polvo atesoradas tras años enteros sin ser limpiadas, una vieja bombilla amarillenta colgando del techo ennegrecido. No faltan algunas cucarachas que corretean libremente entre la porquería, telas de araña decorando los rincones polvorientos. – Bienvenidos al paraiso, muchachos – les dice el entrenador, mientras baja por la estrecha escalera, cerrando la puerta tras él. – Este es mi secretillo, bueno, será nuestro secreto. El paraiso del placer y el cutrerío, jajaja- ríe el profesor, hablando ahora sin tapujos, libremente. Stan y Casey se miran. Su entrenador está loco, jodidamente loco, piensan los dos. La luz amarillenta de la bombilla oscila sobre ellos, dibujando sombras en la pared. En un rincón hay un viejo colchón, de color indefinido, salpicado de manchas oscuras y otras más claras, manchas de sangre y esperma, piensa Stan con asco y miedo a la vez. En la pared hay incrustadas varias anillas de hierro, de las que cuelgan cadenas llenas de herrumbre. Stan está asustado. – Pero, ¿qué coño es esto, señor? – se atreve a preguntar el muchacho. – Parece una mazmorra de la Edad Media, joder, esto es una locura. – Stan mira a su entrenador, mientras vuelve a echar un vistazo a todo aquel tinglado que tiene montado su profesor. Hay barras de hierro, látigos larguísimos de cuero, puños con pinchos, instrumentos diversos que ponen los pelos de punta a los chicos. Casey mira a Stan. Stan mira a Casey. Stan y Casey miran al entrenador. La luz de la bombilla sigue oscilando sobre ellos.
El entrenador se acerca a Stan y lo agarra por un brazo. – Ven aquí, macho man, vamos a empezar nuestra fiesta. No tenemos mucho tiempo, ¿verdad?. No queremos que nadie se entere de nuestro secreto, así que, venga, nos daremos prisa. – el entrenador está ahora como poseido, habla muy deprisa y empieza a sudar. Sus pupilas están dilatadas, y cada vez mira con más intensidad a Casey, atemorizado bajo el círculo de luz proyectado por la bombilla. Arrastra a Stan hasta la pared, y alli le dice que se desnude. El chico se quita la camiseta, dejando al descubierto los músculos bien formados de su pecho. Su entrenador no pierde el tiempo. Se acerca a él y recorre con su lengua los pezones de Stan, que se apoya en la pared al sentir el húmedo contacto, la cara contraida por el asco. – Tranquilo, corazón, solo quería saber a qué sabes – le replica el profesor, sonriendo, disfrutando con lo que hace. Un par de lametones más sobre el cuello del asqueado Stan, y el entrenador lo encadena, brazos y manos arriba, a las oxidadas argollas de hierro que están incrustadas en la pared. Ahora el profesor se inclina sobre una pequeña mesa, saca una bolsita del pantalón de su bolsillo, y esparce su contenido sobre un espejo diminuto. Cocaína, piensa Stan o cualquier otra mierda de esas. El entrenador se inclina sobre el espejo, y con un pequeño tubito de cristal aspira con ansia toda la blanca sustancia. Stan cree estar viviendo una pesadilla, cuando ve al aspirador de felicidad acercarse hacia él de nuevo. Los ojos enrojecidos del profesor se le clavan entre las cejas.
Ahora baja los pantalones y calzoncillos de Stan y con su lengua recorre el miembro del muchacho. Stan se muere de la repugnancia que siente, aprieta sus puños y tira de las cadenas que lo aprisionan, pero solo consigue arañarse las muñecas. – Vaya, Stan, parece que no te gusta mi lengua. Tu pollita está un poco triste. Veremos que hacemos para que se levante un poco.- el profesor sigue manoseando y lamiendo el pene de Stan, que respira ahora con dificultad, ahogándose por el asco que le come las entrañas. Un par de minutos más de intenso sobeteo y el entrenador se levanta, abandonando al muchacho. – No, definitivamente tú no eres mi tipo, encanto. El entrenador se aleja de Stan y se encamina hacia Casey, que todo el rato ha permanecido en silencio, contemplando todo lo que ve con incredulidad. – Ven aquí, monada – le dice el profesor al pálido Casey, agarrándole por los hombros. – Es contigo con quien quiero jugar, señorita Connor.- el entrenador acerca su cara a Casey, y pega su cuerpo al suyo. – Si, cariñito, ven con tu profe de gimnasia. – el odioso hombre coge la cara del chico entre sus manos y le besa la boca, hundiendo su lengua, mordiéndole los labios, frotando su cuerpo contra el suyo. Casey cierra los ojos con fuerza, y gime de dolor. Stan tira de sus cadenas y no puede reprimir gritarle a su profesor. - ¡Déjele, maldito cabrón, déjenos en paz!. ¡Está usted como una puta cabra, maldito hijo de puta!. – Stan vocifera como un loco. Sabe que nadie va a escucharle. La casa del entrenador es la última de la calle y no tiene vecinos a su alrededor. Stan se desespera al ver como el loco profesor empieza a desnudar a Casey, arrastrándole hacia el sucio colchón, manchado de dolor y placer.

El entrenador tumba a Casey y termina de desnudarlo. Cada vez está más excitado. Se coloca encima de él, y no deja de besarlo, hundiendo sus manos en su pelo, tirando de él. El profesor ahora está como loco. Besa, acaricia, lame, muerde, araña, restriega su cuerpo contra el de Casey con ansia febril. Se incorpora y se quita la camisa, el pantalón, la ropa interior con violencia, rompiendo la tela que se resiste. Los ojos de Casey se llenan de lágrimas cuando siente como la boca de su violador engulle su pene sin ningún cuidado. El profesor sujeta con su mano derecha el miembro del asustado Casey y su boca succiona con verdadera furia su carne flácida. Casey no puede reprimir un lastimero ay, al notar un mordisco, que le hace doblarse de dolor. El grito del chico hace que el profesor levante la cabeza y lo mire. – Lo siento, encanto, lo siento, pero no sabes lo que he deseado tenerte así, debajo de mí, comiéndome tu adorable polla, clavándola mis dientes, sintiendo tu semen y tu sangre en mi boca….. – se disculpa el entrenador, jadeando, el sudor corriendo por su frente, su miembro erecto, palpitante, ardiendo de pasión. Stan vuelve a tirar de sus cadenas, pero lo único que consigue es que su sangre corra libre y desbocada por sus muñecas laceradas. Los ojos del chico se clavan en la nuca de su profesor, ciego de rabia. Su mirada enfurecida se encuentra con la de Casey, que sorbe sus lágrimas en silencio, mientras se prepara para recibir una nueva oleada de caricias no deseadas. Stan agacha su cabeza, loco de dolor porque no puede hacer nada por su amigo.
El entrenador sigue torturando al pobre Casey con sus caricias brutales, con sus besos babosos, con sus palabras obscenas. – Sí, Casey, he soñado muchas veces contigo, muchas noches, aquí solo. Te he buscado en el cuerpo de otros tíos, te he imaginado corriendote de gusto entre mis brazos, me la he machacado miles de veces después de verte en los vestuarios, joder, tan puro, tan hermoso, tan follable… El profesor parece un caballo desbocado, un huracán enloquecido, un terremoto húmedo de pasiones reprimidas… - Ven aquí, corazón – le dice jadeando a Casey, cogiendo su cabeza y colocándola bruscamente entre sus piernas. – Cómetela toda, venga hazme gritar, encanto, vamos…. El pobre Casey obedece y hace lo que puede, introduciendo en su boca el trozo de carne húmeda de su entrenador. Éste empuja sin misericordia, provocando las arcadas del muchacho. Un mal movimiento de la boca del chico y uno de sus dientes araña el miembro del entrenador. Éste reacciona con violencia, dando un tremendo puñetazo en la cara de Casey, que cae hacia atrás con estrépito. La sangre empieza a gotear de su nariz. – ¡Eres un inútil de mierda! – le insulta sin piedad, golpeando su cabeza contra el colchón. – Me has hecho daño, jodido estúpido, me has hecho daño- le grita el entrenador, mientras su mano vuelve a golpear la cara del aterrorizado Casey, que se suelta como puede de los brazos de su profesor y se pone en pie.

Casey limpia con su mano la sangre que le mana de la nariz, mientras mira a su entrenador, que se levanta tras él. – No vuelva a tocarme otra vez, hijo de puta. No vuelva a ponerme la mano encima, cabrón. Me alegro mucho de que le haya dolido. Tendría que haber apretado más y más, hasta hacerle añicos su asquerosa polla. – la voz de Casey se eleva con tono amenazador, los dientes apretados, la mandíbula tensa, el sudor cubriendo su cuerpo. Stan mira estupefacto a su amante, y comprende que las humillaciones que ha sufrido por parte del entrenador han rebosado el vaso de su paciencia. El dulce Casey es ahora un animal salvaje herido, violento y dispuesto al ataque más fiero. El entrenador suelta una carcajada heladora, y se acerca a su víctima. El puño de Casey se estrella contra la boca de su entrenador, que sorprendido por la reacción de su pupilo, trastabillea y cae hacia atrás, sobre el colchón. Cuando Stan ve la mirada de su entrenador comprende que Casey ha firmado su sentencia de muerte.
La rabia más ciega cae sobre el pobre Casey, que se defiende como puede de los golpes que su entrenador le asesta. Le vuelve a arrastrar hacia el colchón y allí le pone boca abajo, obligándole a ponerse a gatas. Todo sucede en segundos, pasando rápidamente por la visión borrosa de Stan, testigo impotente de lo que ocurre en el sótano maldito. El profesor penetra a Casey con violencia desatada, provocando los gritos del chico, que se dobla del dolor tan inmenso que taladra su cuerpo. El entrenador agarra del pelo a Casey, levantando su cabeza hacia atrás, mordiendo su maravillosa nuca, destrozando sus entrañas con las embestidas brutales de su miembro, rugiendo de placer. Stan solo puede rezar y pedir que el tormento de su amigo termine pronto. El profesor, de repente, sale de Casey, le da la vuelta y se sienta encima de su pecho. Coloca su pene enrojecido con la sangre del desafortunado Casey sobre la cara de éste y mancha su hermoso rostro con chorros de esperma que salen incontrolados. El desquiciado hombre continua retorciendose de placer, y sus manos restriegan el pegajoso y blanquecino fluido por la cara de Casey, mientras le grita obscenidades. Sangre y semen. Rojo y blanco. Dolor y placer. Victima y verdugo. Todo acaba.
El entrenador se levanta despacio del colchón, y aparta al dolorido Casey de su lado con una patada en la espalda. – Venga, par de mariconas, vestios y largaos de mi casa. Quiero veros aquí a los dos el próximo sábado. Me lo he pasado muy bien con vosotros, muchachos,sobre todo contigo, mi dulce señorita Connor. – el entrenador pasa su lengua por la oreja de Casey, que se sienta con dificultad sobre el colchón, intentando limpiar sin éxito su cara. Casey se aparta asqueado del entrenador y le escupe con rabia. El entrenador se rie.

– Me gustas, encanto, me gustas mucho. El próximo día probaremos algo más fuerte y mientras tu querídisimo novio nos mirará con envidia. El entrenador se acerca a la pared y descuelga un enorme consolador de cuero negro, con el que acaricia la espalda y el pecho de Casey, que lo aparta de un manotazo. – Verás como te gusta sentir esto dentro de tu bonito culo, corazón, verás…. El profesor recoge sus ropas, y tira las llaves de las cadenas de Stan en mitad del suelo del sótano. – Fuera de mi casa, y recordad que os puedo hundir en la más absoluta de las miserias – amenaza. – Cerrad la puerta al salir, y no piseis las flores de mi jardín. Hasta el lunes, señoritas. – el entrenador sube por la escalera del sótano y desaparece. Los dos chicos le oyen silbar, mientras sube hacia la primera planta de la casa. Pink Floyd vuelve a sonar.

Casey llora desconsolado en los brazos de Stan. Cuando ha abierto los candados de sus cadenas ha tenido que detenerlo. Stan se ha lanzado escaleras arriba, hirviendo su sangre, deseando matar a su profesor, matar y matar. Matarlo. Casey se ha abrazado a su cuerpo y le ha tenido que suplicar que se calmara. Stan, por fin, se deja caer en las escaleras, y pasado el primer arranque de furia, consuela ahora a Casey. Le limpia como puede, con el breve hilo de agua que cae del lavabo del sótano, su cara mancillada, marcada por los golpes y la humillación. Casey se dobla de dolor cuando sube las escaleras despacio, y sabe que en casa tendrá que mentir otra vez. Stan se muere de pena cuando ve las manchas de sangre fresca cubriendo el horrendo colchón. Triste tarde de sábado. Junio esplendoroso. Junio desgarrador para los dos amigos, que salen de la casa en silencio, cerrando la puerta tras de sí. – Stan, no puedo volver aquí, no quiero, prefiero matarme antes que ese jodido loco me vuelva a tocar. – se queja Casey en voz baja. Stan pasa un brazo por encima de los hombros de su compañero, y besa su pelo. – No te preocupes, Casey, no te preocupes, este hijo de puta no volverá a tocarte nunca jamás, no te preocupes, nunca jamás, te lo juro, te lo juro…Lágrimas de dolor inmenso corren por las mejillas del duro capitán, la cabeza de Casey apoyada dulcemente en su hombro.


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- Chicos, chicos, atención por favor, atención – la directora del instituto intenta elevar su voz a través del mar revuelto de las voces que salen de las gargantas de los alumnos. Por fin logra que todos la miren con curiosidad, algún que otro cuchicheo o risita camuflada flotando aún en el aire cargado del aula número 447-B del Instituto Harrington. – Chicos, por favor, prestadme atención. Ha ocurrido algo espantoso esta mañana. – la voz de la directora se quiebra. – Nuestro querido profesor de gimnasia y entrenador, el Sr. Willis, ha fallecido víctima de un desafortunado accidente de tráfico. Un murmullo de sorpresa sacude el aula, qué, cómo, has oido, el profe de gimnasia, el entrenador Willis, se ha matado, muerto, accidente, coche, joder…. – Si, chicos, su coche se salió de la carretera en la curva de Elm Road, y cayó al precipicio - la directora limpia sus lágrimas con la punta de su pañuelo. – El coche ardió, y no se ha podido hacer nada por su vida. El pobre se quedó dentro, atrapado, oh Señor, que muerte más horrible… Los chicos están alborotados. Todos hablan ahora en voz alta, unos con otros, comentando los detalles, recordando al honrado profesor, un poco bruto, pero en el fondo buena persona. Solo Stan y Casey permanecen en silencio. Una extraña sonrisa curva los labios de los dos muchachos, que se miran sin decirse nada. De repente Casey se levanta de su asiento, y con voz lastimera pide permiso a la directora para recaudar dinero entre sus compañeros, y así poder comprar una corona de flores para su profesor, un mínimo detalle que simbolice el cariño y aprecio que le teniamos a nuestro profesor de gimnasia y magnifico entrenador. Los alumnos aplauden encantados la idea, y la directora vuelve a derramar más lagrimas, que inmediatamente son recogidas por la punta de su inmaculado pañuelo. Stan tiene que morderse los labios para reprimir la salvaje sonrisa que se le escapa. Dios, este Casey es un encanto, piensa Stan, un verdadero ángel del cielo.

Sábado por la tarde. Junio bochornoso, calor pegajoso. Principio de verano. Stan espera,asomado a la ventana de su cuarto, a que Casey aparezca por la avenida. Nuevamente todo un fin de semana para ellos solos. Qué diferente este sábado de ese otro de hace apenas una semana, en casa del entrenador. Stan se sienta en su cama y apoya su cabeza entre sus manos. No, no se arrepiente de lo que ha hecho. Para nada. Juró proteger a Casey. No podía permitir que ese loco del entrenador torturase de nuevo a su Casey. El mismo sábado por la noche, mientras Casey dormía a su lado, la nariz y el labio hinchados por los golpes de la bestia parda del profesor, Stan tejió su plan. Iría a casa del profesor, de madrugada, se colaría en su garaje, como fuera, y le cortaría los frenos a su coche. Algo descabellado, pero no se le ocurría nada mejor. Pensó también en prender fuego a la casa maldita, al paraíso del placer y el cutrerío, con el cerdo dentro, pero esa idea le parecía demasiado arriesgada. Sí, eso es. Cortaría los frenos del coche. En la curva de Elm Road seguro que se despeñaba. No había perdida. Lo único que desquiciaba a Stan era la posibilidad de que alguien más resultara herido como consecuencia del accidente, pero su locura por Casey no le dejaba ver nada más que el sufrimiento de su adorado amigo. O que el maldito profesor sobreviviera. Stan deshechó todos esos inconvenientes, y despertó a Casey, dormido a su lado, pegadito a él, doliéndose de sus heridas. Casey no puso pegas al plan de su protector. El pánico, la humillación y el dolor que ha sentido hace apenas unas horas, son suficientes para alimentar su venganza. El terror gigantesco a pasar otra vez por el mismo calvario, no le hace ver tampoco los peligros que puedan correr.


El domingo por la noche, entrada ya la madrugada, dos sombras se deslizan por Frederick Kruger Street. Los dos amigos creen reventar de alegría cuando ven que el insigne entrenador ha dejado aparcado su coche en la calle. La suerte les sonríe. Stan se desliza bajo el coche, un corte certero con el cuchillo, y el líquido de frenos se desparrama por el suelo. Perfecto. Los dos muchachos salen huyendo, y esa noche en sus camas rezan para que el odioso monstruo desaparezca para siempre.
Stan se levanta al oir el timbre de la puerta y baja corriendo los peldaños de la escalera de tres en tres. Casey aparece en la puerta, sonriente, su olor excitando a Stan, que lo abraza muy fuerte nada más cerrarse la puerta. – Creo que el sargento Franks no ha sospechado nada. Todo el mundo dice que ha sido un accidente. El coche ha quedado tan achicharrado que es imposible investigar nada. – le dice Casey a Stan, separándose un poco de él. – No creo que nadie sospeche de nosotros. Nadie nos vio entrar o salir de su casa ese sábado y tampoco nos vieron el domingo. No sé Stan, creo que nos hemos librado para siempre de ese cabrón. – dice el chico, mientras besa la mejilla colorada de Stan. – Juré protegerte Casey, lo juré, y yo siempre cumplo mis promesas. No podía dejar que ese hijo de puta te volviera a tocar. – Stan acaricia la mejilla de Casey, sientiendo como el deseo de nuevo le devora. – Anda, Stan – dice Casey mimoso, acariciando los brazos de su hombre. – Vamos arriba a llorar la muerte de nuestro querido entrenador Willis. La escalera cruje gozosa bajo las fuertes pisadas de los dos chicos, que corren presurosos a su cita con el placer.

Casey tiembla de placer al sentir de nuevo el calor de la boca de Stan derramarse sobre su pene. Ese calor que le invade hasta el último rincón de su cerebro, desbordándose finalmente por todo su cuerpo, haciéndole gemir de gozo, mientras su esperma inunda la boca golosa de Stan, que minutos más tarde, se vuelve loco al sentir a Casey penetrándole, uniéndose los dos en un solo cuerpo. Los visillos de la ventana se mueven con la brisa de la noche, esa brisa que se lleva en silencio las palabras de amor que se susurran los dos adolescentes, jurándose su entrega eterna.

 

FIN

Chuxi

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