
Segunda parte
Stan echa un último vistazo a su habitación, comprobando que todo está ordenado y sin una mota de polvo. Su madre no da crédito a lo que ve, cuando entra en el cuarto para despedirse de su hijo. - ¡Cielo Santo, Stan – exclama sorprendida la buena señora. – Has dejado tu cuarto como una tacita de plata. Hijo mío, me dejas boquiabierta.¡Ay, cómo se nota que va a venir esta tarde Delilah!. – se rie, mientras acaricia la mejilla de su hijo. – Cuidadito con lo que haceis, que no quiero ser abuela antes de tiempo. – la madre de Stan guiña un ojo a su hijo y le besa en la mejilla. – En el frigorífico te dejo el pollo para mañana, y en el horno te he dejado estofado para que comas hoy. Tienes dinero en el bote de la cocina, por si te quieres pedir una pizza esta noche, o por si quieres luego invitar a tu novia. Nosotros volveremos el domingo por la tarde, a las ocho o así, calculo. Stan devuelve el beso a su madre y baja las escaleras junto a ella. ¡Joder, si llegara a enterarse de que no es Delilah la que viene a su casa esta tarde, sino Casey!. Bueno, tampoco hay nada de malo en que venga un compañero de clase a tu casa para ayudarte con la puta Física, pero lo que ya es más que sospechoso es que te tires tres horas limpiando la mierda acumulada de meses en tu habitación para que Casey no piense que eres un cerdo, piensa Stan sonriéndose.
Stan se despide de su padre en la puerta, que se acerca a él y le dice en el oido que aproveche y se folle bien a ese bombón de novia que tiene. Stan le sonrie forzadamente y le dice que hará lo que pueda. No puede evitar sentir un escalofrío de angustia al pensar que su padre apareciese de pronto en casa y le pillara retozando con Casey. ¡Dios!, a Stan se le hiela la sangre solo de pensarlo. Pero le da todo igual. Casey le tiene comida la cabeza. No puede dejar de pensar en él. Solo desea estar con él. Y lo demás se puede ir a la puta mierda. Stan dice adiós con la mano a sus padres, que suben al coche y se marchan, enfilando la amplia avenida adornada a los lados por largas filas de acacias. Stan suspira y entra en su casa. Le queda ahora una tarea dificil que hacer. Debe llamar a Delilah y decirla que esta tarde no va a salir con ella. No sabe si decirla que ha quedado con Casey para estudiar o no decírselo. – Con lo guarra que es, seguro que piensa que nos lo vamos a hacer, y luego lo irá soltando por ahí, la muy putita. – se dice Stan, mientras levanta el auricular del teléfono. No sabe que hacer. Bueno, Harrington es una ciudad pequeña, y seguro que alguien ve a Casey meterse en casa de Stan. -¡Mierda! – exclama Stan, dando una patada al suelo – Tendría que haber dicho a mis padres que venia Casey a estudiar conmigo. Ahora si que van a pensar cosas raras.
El pobre capitán está hecho un lío. Otra vez vuelve a lamentarse de su perra suerte. ¿Por qué él?. La suavidad de la piel de Casey le viene a la mente, la imagen de los dos juntos en las duchas le vuelve a excitar, el recuerdo de la adorable boca de su amigo deslizándose por su pene hace que Stan experimente una rápida erección. Podría haber sido peor. ¿Y si Casey le hubiese rechazado?. Pero no, se entregó a él dócilmente, disfrutando salvajemente con él. La visión de Casey estremeciéndose de placer entre sus brazos hace que Stan tome su decisión. Marca el teléfono de Delilah y le explica que esta tarde ha quedado con Casey para que le ayude con la Física. Ha decidido estudiar el fin de semana. Los exámenes están muy cerca y no tiene ni idea de nada. Delilah, naturalmente, pone el grito en el cielo, y se ríe de él. - ¡Pero Stan!. ¿A qué viene ahora ese interés por los libros, majo?. Si sabes que te van a aprobar de todas maneras. Tú solo tienes que marcar goles y nada más, cariño. ¿Vas a preferir pasar la tarde del sábado con ese subnormal del Casey antes que con mi arrebatadora presencia, eh? – le dice Delilah con ironía.
Stan traga saliva, y le contesta que sí, que necesita ponerse al día con los temas de Física y de Matemáticas, que lo comprenda. Quiere demostrarse a sí mismo que puede sacar adelante sus estudios sin la ayuda de sus capacidades deportivas. Delilah está furiosa ahora. Ya no se ríe. Nadie la deja plantada un sábado por la tarde. Que sepa que si no sale con ella, se va a ir con el primer tío que encuentre en la calle, no, con el primero no, rectifica Delilah, se irá con el que tenga más clase y categoría que el estúpido de Stan. – Pues muchas gracias por tu comprensión, Delilah – le contesta Stan enrabietado. – Qué te jodan – le contesta la delicada Delilah. – Ah, y saluditos al pitagorín, Stan, seguro que tiene un culo de lo más suave y calentito.- añade riéndose con maldad Delilah. A Stan se le para el corazón. Esta guarra lo ha sospechado todo. – Tienes una mente muy sucia, Delilah – le replica Stan, asustado. – Qué te folle un pez, encanto.- termina diciendo Delilah, colgando el teléfono. Stan está paralizado. No sabe hasta que punto llega la sospecha de Delilah, si es que sospecha algo, naturalmente. – No, tranquilo, Stan, - se dice el muchacho, intentando tranquilizarse.- No puede saber nada. Yo siempre he andado con tías, y ella desde luego, no puede quejarse de mí. Siempre la he dejado bien satisfecha. Qué la den por culo, es una imbécil. – dice Stan en voz alta, apretando el puño. Además, él y Casey han sido de lo más discretos estos días. Nada de arrumacos, ni de abracitos, ni de palmaditas en la espalda. Joder, piensa Stan, si mis compañeros de equipo me soban el triple cuando marco un gol. No, Delilah no sospecha nada, no tiene motivos para ello. El chico sube lentamente la escalera camino de su habitación. La idea de que la bruja de Delilah lo enrede todo no le deja en paz.
Stan no cesa de mirar su reloj de pulsera. Le parece que la hora se ha quedado estancada en las 4 y media de la tarde. ¡Dios!. ¿Por qué no corren las malditas agujas del reloj?. Stan desearía cerrar los ojos y cuando los abriera ver que son ya las 5 de la tarde, la hora del encuentro. ¿Y si se arrepiente y no viene?. La angustia hace levantarse de la silla a Stan, que para tranquilizarse vuelve a echar un vistazo a su habitación. Se va al cuarto de baño y se observa en el espejo. Menos mal que no le ha salido esta semana ningún grano en la cara. Se pasa otra vez el cepillo por su rebelde pelo encrespado, y vuelve a salpicar su cuello con la colonia de su padre. Levanta su brazo derecho y huele su axila. Pasa su mano por su cabeza, está nervioso, muy nervioso. - ¡Me cago en todo!. ¡Como no venga me muero!. Joder, estoy pillado, pero pillado de verdad. Joder, Casey, ven ya, por favor, ven ya…- Stan sale del cuarto de baño y baja rápidamente por la escalera. Las 5 menos veinte.
Stan ve venir al pequeño Casey por la avenida. Las 5 en punto. Viene cargado con su mochila, mirando al suelo, dando patadas a las piedras que encuentra por el camino. Stan siente un vuelco en su estómago, se alisa la camiseta, se ajusta el cinturón, se prepara para abrir la puerta de la calle. Antes de que suene el timbre ya está la puerta abierta. A Stan le importa un comino que Casey se dé cuenta de que lo estaba esperando con impaciencia, le da igual que se le note lo loco que está por él. Aparece Casey en el umbral de la puerta de la calle. A Stan se le dilatan las pupilas de sus ojos ante la vista de su amigo. Camiseta de rayas por fuera del pantalón vaquero, olor a colonia fresca de limón. Nota como le sube la temperatura del cuerpo, y como los colores le tiñen de rojo intenso las mejillas. – ¡Hola, Stan!- saluda Casey, adorable, dulce, educado, hermoso como un querubín, radiante como la esplendorosa tarde de primavera, sábado, piar de pájaros y olor a lilas flotando en los jardines cercanos. -¿Llego tarde? – pregunta Casey, clavando su mirada deslumbrante en los ojos del azorado Stan, que casi no puede respirar. – No, que va, para nada, entra, - tartamudea el duro capitán, derritiéndose ante la visión de su amigo, deseando besar de nuevo su boca. – Entra, Casey… La puerta se cierra tras de ellos.
- Si multiplicamos la aceleración, que es de 20 metros por segundo, por la velocidad, que son 40 kilómetros por hora, y luego lo dividimos por…- Casey va explicando con voz clara y segura el problema número 7 de la página 69, correspondiente al tema 3, que trata sobre el movimiento de los cuerpos. Los dos muchachos están sentados ante la mesa de estudio de Stan, en su cuarto. La ventana está abierta de par en par, y una ligera brisa se cuela por ella. El calor se deja notar. Stan se pasa la mano por la frente sudorosa y mira a Casey. No se entera de lo que le está explicando. No tiene ni idea de lo que el esforzado Casey intenta meterle en su dura mollera. Stan no se concentra en las cifras, ni atina a dar a las teclas de la calculadora. Solo tiene ojos para Casey. No puede dejar de mirar su cara, las venas azuladas que resaltan en sus manos de nieve, el cuello, ufff, ese cuello que obsesiona a Stan, esos ojos que lo taladran cada vez que Casey levanta la mirada de la hoja de papel. - ¿Entiendes lo que quiero decir?- le pregunta Casey sonriendo. Stan se le queda mirando hipnotizado. – Si, si, no, la verdad es que no, Casey, joder, no me entero de nada, soy un torpe de la hostia. – contesta Stan rascándose la cabeza. Casey vuelve a sonreir y le aprieta el codo, dándole ánimos. – Venga, si es muy fácil. Solo tienes que poner un poco de atención – su mano sigue apoyada en el codo de Stan.Joder, piensa Stan, estremeciéndose ante la suave caricia que eriza su piel, atención dice, cómo puedo poner atención a la mierda de los números teniéndole a él delante, eso es imposible, eso es imposible. Casey retira su mano y sigue garabateando con el lápiz sobre la hoja cuadriculada, estampando fórmulas aquí y allá. Stan no aguanta más, no puede contenerse ante la sensualidad que irradia su profesor particular. – Joder, Casey –le interrumpe Stan con voz ronca, mientras se atreve a acariciar levemente la mejilla de éste. – Me muero de ganas por estar contigo otra vez. Casey sonrie y se lleva el lápiz a la boca, mordisqueando la goma del extremo. Stan le mira fascinado, deseando ser él ese lápiz afortunado. – Vaya, Stan, creí que no me lo ibas a pedir en toda la tarde. Has tardado mucho. Ya me estaba empezando a pensar que lo del otro día no te gustó nada. – contesta el travieso Casey, sabiendo el influjo poderoso que tiene sobre su alumno de pega. Stan nota como su corazón se acelera, y acerca su cara a la de Casey. Los dos chicos se besan despacio, uniendo y despegando sus labios con ternura. – Vamos a la cama – susurra Casey en el oido de su amante, al tiempo que coge su mano y lo levanta de la silla. Stan piensa que la felicidad es Casey, y se deja llevar.
Stan y Casey se besan ahora apasionadamente, de pie ante la cama de Stan, y se desvisten con rapidez. Tienen prisa por sentir el goce del sexo. Stan vuelve a abrir surcos de saliva con su lengua en el cuello de Casey, que empieza a gemir. El suave sonido que sale de la garganta de su amigo enloquece a Stan, que nota ya como su pene se endurece por momentos, preparado para dar y recibir placer. Pantalones, camisetas, ropa interior, calcetines, deportivas, todo sale disparado aquí y allá, la colcha de la cama cae a un lado. Stan tumba a Casey encima de las sábanas y se acuesta sobre él. Los chicos frotan sus cuerpos con vehemencia, buscando los rincones que más placer les da acariciar y los que más excitan sus deseos. Stan se coloca ahora de medio lado, apoyado en su codo y va besando y acariciando a Casey, que se deja hacer, respirando con fatiga. Stan rodea con su mano el miembro de Casey, que tiembla de gusto, y lo acaricia con delicadeza, mientras vuelve a buscar la boca ansiosa del pequeño ángel. Su ángel.
Es Stan quien domina hoy. Un nuevo gemido de Casey, y la pasión de Stan se desborda. Da la vuelta a su amigo y se coloca encima de él, sobre su espalda. Besa y acaricia sin descanso la nacarada piel de Casey, que empieza a mojarse con el sudor fruto de la pasión y el calor de la tarde. Stan llega hasta las nalgas de Casey, y no puede evitar recordar las palabras de la dulce Delilah, “seguro que tiene un culo de lo más suave y calentito”. Stan se sonríe, - Ahora lo voy a comprobar, bonita, ahora lo voy a comprobar – dice Stan entre murmullos. -¿Qué? – jadea Casey, estremeciéndose al sentir la lengua del rudo deportista sobre sus nalgas. Stan para un instante, sube hacia Casey y le pregunta en su oido si le gustaría que le hiciera, vamos, si no le importaría que… - Dime Stan, venga, no te dé corte – contesta Casey sofocado. -…beso negro – susurra por fin Stan, muy avergonzado. Casey se muere de la risa. – No sé, nunca me han hecho eso, ya sabes que eres el primer tío que está conmigo. Claro que puedes hacerlo, ya te he dicho que me pidas lo que quieras que yo te lo daré. – termina diciendo Casey, ahora serio, mirando con ternura al agitado Stan.Stan no se lo piensa. En sus noches solitarias ha soñado cientos de veces en besar el culo de Casey, ha imaginado cómo su lengua iba a explorar el ano, el recto de su amado compañero de clase. Un beso negro, profundo, excitante, cargado de sensualidad. Stan comienza a explorar con su lengua los rincones prohibidos del placer. Casey se agita, revolviendo las sábanas, disfrutando al máximo de las caricias obscenas. Stan, pasada la vergüenza del primer momento, abre más las nalgas de su amigo y lame sin descanso, excitado como nunca. La habitación se llena con los jadeos de los chicos y Stan teme que sus vecinos oigan el escándalo que están montando. Stan tiembla con cada gemido de Casey, y de pronto siente el deseo abrasador de penetrarle. Le da miedo hacerlo, no quiere dañar a Casey, pero no puede reprimirse más. Ahora deja su boca y son sus dedos los que acarician la entrada del recto, con suavidad. Nota como con su contacto la abertura se dilata más y más. – Vamos, sigue, sin miedo… me gusta mucho lo que me haces- gime Casey, entregado, totalmente entregado.
Un dedo, dos, tres, entran en el recto de Casey, es diferente, piensa Stan. Sus dedos han explorado unas cuantas vaginas, pero siente con temor, que esta nueva oquedad de placer que ha encontrado le gusta más. ¡Diablos!. Debe ser embriagador poseer a Casey, penetrarlo con suavidad, sentirse dentro de él. Stan quiere tener a Casey ya, y se lo dice. El dulce Casey le sonríe y le ofrece su virginidad, le dice que lo está deseando. Stan da la vuelta a Casey y lo pone boca arriba, mirándole a él. Abre sus piernas y moja con su saliva la pequeña abertura palpitante. Casey mira con un poco de aprensión el pene erecto de Stan, dispuesto a abrir su carne virginal. Stan duda, no quiere obtener placer a costa del sufrimiento de su entregado compañero. –Venga, Stan, adelante, hazme tuyo- joder, piensa Stan, cómo me sabe poner este tío, joder, me vuelve loco, joder, Dios, que no le haga daño….
Al primer empujón, Casey gime de dolor. Su cara se contrae atormentada con el segundo intento. Stan sabe que le duele, le duele un montón, pero Casey se aguanta y no dice nada. Stan se retira de él. -¿Quieres de verdad que sigamos? – le pregunta angustiado. – Joder, si, Stan, ya te lo he dicho- contesta Casey enfadado. Maldita sea, piensa Stan. Tendría que haber comprado alguna mierda de esas lubricantes, así le voy a destrozar. Stan se levanta y se va al cuarto de baño, desesperado, buscando algo que les pueda ayudar. Revuelve entre los botes de cremas, champús, geles, hasta que encuentra el aceite hidratante que se da su madre después del baño. Eso servirá, piensa Stan. Aceite corporal, transparente, untuoso, suave, brillante. Qué gusto extenderlo por la piel de seda de Casey, se dice Stan con una sonrisa pícara. Casey aparece por la puerta del baño. -¿Has encontrado algo que nos sirva?. – pregunta con timidez. – Creo que esto nos valdrá – contesta Stan guiñándole un ojo. – Pues venga, joder, no esperemos más – murmura el adorable Casey. Stan vuelve a sentir la llama de la pasión ante lo que se le avecina.
Stan extiende con cuidado el aceite entre las nalgas de Casey, y sobre su propio miembro. El brillo reluciente de la carne de Casey golpea el cerebro de Stan, que ya no puede esperar más. Agarra a Casey por las caderas de nuevo y empuja con cuidado. Casey gime y gime. Stan nota la estrechez que comprime su pene endurecido, pero no puede parar. Su ritmo aumenta, aunque los quejidos de su tierno amante le hacen reprimirse. Stan piensa que tiene que hacer algo para que Casey no lo pase tan mal. Se inclina y coge el miembro de Casey con su mano izquierda. Unas cuantas caricias sabias de la mano de Stan y Casey vuelve al mundo del placer. Stan nota como su recto se va abriendo, se va relajando, y eso hace que él también vuelva a disfrutar. Los dos amantes se miran a los ojos, estremecidos, temblando de gusto, perdiendo el control poco a poco. Stan piensa que no se puede comparar lo que ha sentido con Delilah, o con otras chicas que no recuerda su nombre, con lo que Casey le hace gozar. Es otro calor, otra presión lo que siente Stan en lo más íntimo de su ser. No lo puede explicar. Contempla la cara de Casey, que ha cerrado sus ojos, que se retuerce de placer ante sus caricias. Stan le escucha gritar su nombre, ve su tremenda entrega, se acelera, se acelera, se mueve rapidamente dentro de Casey, su mano frota con fuerza el pene de su ángel, cierra también sus ojos, siente los espasmos que agitan a Casey, su esperma abrasador derramándose sobre sus dedos, los jadeos de Casey que lo vuelven loco… Stan vuela, Stan se pierde en el universo, Stan toca la gloria con la punta de los dedos. El orgasmo tan intenso que experimenta le hace perder el sentido por unos instantes, cayendo desplomado sobre el pecho del pequeño Casey, que también está a miles de kilómetros de alli…
Los dos amantes pasan el resto de la tarde tumbados en la cama, abrazados, dormitando, descansando de su juego agotador. Stan se siente amado, protector del dulce Casey, enamorado de él como nunca pensó que se podría estar de una persona. Casey se siente amado, protegido por el fuerte Stan, enamorado de él como nunca pensó que se podría estar de una persona.
Casey pasa con Stan la noche del sábado. Una llamada a casa de Casey para decir a sus padres que se queda con su amigo, y listo. Noche de lujuria, de pasión, de amor. Noche de luna llena, redonda, azucarada, almíbar puro. Noche de descubrimientos, de pecados inconfesos, placer infinito…
Domingo por la tarde. Casey y Stan se despiden con un beso y un te quiero, antes de que aparezcan los padres de Stan. – Casey, joder, te quiero, me parece imposible que le diga esto a un tío, pero me tienes loco perdido. Te adoro – dice Stan a su enamorador, mientras le acaricia el pelo, y vuelve a besarle con pasión. Casey le sonrie, y no dice nada, pero sus ojos son espejos que reflejan las palabras de Stan. –Yo también te quiero, Stan, yo también.
Jueves por la mañana, 12 del mediodía. Jaleo en el vestuario del gimnasio. Chicos que se empujan y se gritan insultos, guarradas, risotadas. Toallas, ropas, libros que vuelan. Alegría adolescente. Los últimos muchachos salen del vestuario rumbo a su siguiente clase del día. Stan y Casey se han quedado rezagados, esperando que todo el mundo se marche. Casey vigila desde la puerta. – Ya se han ido todos, Stan – le dice a su amante, guiñándole un ojo. Stan se acerca a él y le coge por la cintura, riendo, arrastrándole hasta los bancos de vestuario. Allí le tumba, haciéndole cosquillas, besándole por todas partes. Tienen cinco minutos exactos para desahogar un poco su pasión, antes de que llegue el bendito sábado y puedan estar juntos como la semana anterior. Stan se tumba encima de Casey y comienza a besarlo con delicadeza. Casey rodea su cuello con sus brazos. Son felices, desafiando al peligro, jugando a ocultar su pasión ante todo el mundo. Stan nota la suavidad de la lengua de Casey en el lóbulo de su oreja y encantado, besa la boca de su pequeño protegido. Son felices. De repente la puerta del gimnasio se abre de golpe.
- ¡Pero que tenemos aquí!. – la voz desagradable y potente del entrenador del equipo de futbol y profesor de gimnasia despierta de su ensueño a los dos enamorados. -¡Una parejita de mariconas haciéndose mimitos!. – continua diciendo el entrenador, mientras se acerca a los dos asustados muchachos, que se levantan totalmente pálidos, con la mirada perdida. Stan balbucea una excusa, pero el terror que siente ante la mirada salvaje de su entrenador le impide seguir hablando. – Vaya, vaya, Stan, ¿se lo pasa usted bien?.... El entrenador da unos pasos hacia atrás y cierra la puerta del gimnasio…. Desde fuera solo se oyen las risotadas diabólicas del horrible profesor…