SECRETOS OCULTOS

The Faculty

 

Primera parte


19 de mayo de 1999, 9 de la noche, calor. Stan no puede concentrarse, sentado ante su mesa de estudio, en su habitación toda revuelta, la cabeza entre las manos, apoyados los codos sobre la mesa, sujetando el peso de su agobio. Mira el libro que tiene delante de sus ojos, pero no lo ve. Las letras, dibujos, fotografías, se confunden en su mente. De vez en cuando mordisquea su lápiz y suspira. Stan, el duro capitán del equipo de fútbol de su instituto, el tío más popular y envidiado de su barrio, fuerte, alto, guapo, viril, querido y admirado por todos, mimado por sus profesores, líder indiscutible, se ha enamorado, colado, vuelto loco por…. Casey Connor.
Casey Connor, el rarito del instituto, el empollón de la clase, blanco de todas las bromas de sus compañeros, hazmerreir oficial, pequeño, débil, insignificante… pero adorable a los ojos de Stan, oscuro objeto de deseo, amor prohibido, secreto oculto del fornido capitán.
¿Qué pensaría Delilah, su novia, si llegara a enterarse de lo que Stan guarda en su corazón?. Stan se golpea la cabeza con la mano. – Despierta, gilipollas –se dice- Despierta, esto no puede ser. Estoy cansado, estoy hecho un lío, no sé… Su mirada se empaña y mira al frente. -¡Mierda, ¿qué me pasa?. ¡Dios!. ¿Qué me pasa?. Stan no puede más. Se cubre la cara con las manos y llora en silencio. Llora con desesperación, con rabia, procurando que nadie le oiga… Casey, Casey Connor… Maldita sea… Su mente dibuja con nitidez la figura de Casey, tan encantador, tan dulce, tan tierno, angelical, casi como una mujer…, pero no. Nada que ver con el resto de las tías de su clase y por supuesto nada que ver con Delilah, engreída, estúpida, superficial, una auténtica bruja. Casey adorable, todo blancura, suavidad, inteligencia, cariño….
Stan tiene clavada su imagen en el fondo de su alma. Cierra los ojos y lo ve. Su cuerpo, frágil, pura nieve, desnudo bajo las duchas del vestuario del gimnasio del instituto, ojos profundos, turquesas brillantes, abiertos de par en par, parece que suplican amor… Stan está loco por Casey, loco, loco… Se seca las lágrimas con el dorso de la mano, se levanta de su silla y se acerca a la ventana. Está empezando a anochecer, mayo cálido, mayo plagado de luz. – Joder, me muero por él. ¿Cómo puede ser esto?. ¡Joder, soy un puto maricón!. Tengo que controlarme, yo no puedo ser un puto maricón – se dice, todo tembloroso. No solo es el cuerpo de Casey lo que desea; le gusta cómo es, su conversación, su personalidad, su magia…
Stan se pone enfermo cuando día tras día ve como Casey es maltratado por sus compañeros. No soporta ver como su nariz gotea sangre cada dos por tres. Su corazón se encoge de pena cuando en el vestuario del gimnasio observa las marcas moradas de los golpes en su delicada piel. -¡Dios!. Es que les partía la cara a hostias a esos hijos de puta que se atreven a tocarle. Oh, Casey…te quiero. Stan no sabe si su amor secreto sentirá lo mismo que él. Ese fuego que le consume cada vez que lo ve, solo, siempre solo, andando por los pasillos del instituto, o en la biblioteca, estudiando, o sentado delante de él en la clase, la maravillosa línea de su cuello excitando el deseo de Stan. Apenas si han cruzado unas cuantas palabras, Casey rara vez habla, siempre a la defensiva. Hace dos días, en los vestuarios, mientras estaban en las duchas, Stan vio como Casey lo miraba un par de veces, y hubo un segundo en que sus miradas se quedaron clavadas, fijas, suspendidas una en la otra. Stan creyó morir de alegría. ¿Y si Casey sentía lo mismo que él?. -¡Pero que digo – Stan se lamenta­ -. Tengo que apartar de mi mente estas mariconadas. Sí, eso es. Me traeré a casa este sábado a Delilah, y me la follaré salvajemente, a ver si así se me quitan las gilipolleces que tengo en la jodida cabeza. Stan vuelve a su mesa y coge de nuevo su libro. No puede, no puede concentrarse…


Más tarde en su cama, Stan se acaricia bajo las sábanas, imaginando que es la boca de Casey la que recorre su piel, muy lentamente, cuello, hombros, pecho, pezones, estómago, ombligo…La boca de Casey ahora acaricia su miembro, suavemente, recreándose en cada pliegue de su pene.. Stan gime… Casey, Casey… Stan se retuerce de placer, mientras su mano se mueve hacia arriba y hacia abajo, a lo largo de su miembro, cada vez más turgente y duro. Dios, la boca, la lengua de Casey, su calor…La mano de Stan va muy deprisa ahora, perdido ya el control. Su pelvis empieza a moverse rítmicamente, cada vez más acelerada. –Es su boca, es su boca, su lengua, su saliva, sus dientes, oh, Casey, sigue, sigue, no le dejes, sigue… Una sacudida hace temblar el cuerpo de Stan, que se agarra a su almohada, ahogando en ella los gemidos, imaginando en el éxtasis maravilloso del orgasmo que es a Casey a quien abraza contra su pecho…
Pasado el placer, vuelve la tortura. Stan no comprende porqué le pasa esto a él. Vuelve a llorar. –Casey, qué me has hecho, cabrón, qué me has hecho, mi ángel, te quiero, me muero por ti…
El autobús del instituto sube penosamente la cuesta de Denver Street. Para con un frenazo seco. Se suben dos chicas y un chico cargados con mochilas y libros. La puerta se cierra con un chirrido seco y el autobús inicia su asmática carrera hacia su destino. Stan traga saliva. Ahí está. Casey Connor. Stan no puede apartar los ojos de su amor secreto. Disimula y aprieta la mano de Delilah, sentada a su lado. Esta se queja y le dice que no sea tan bestia, que le está haciendo polvo su delicada manita. Casey avanza por el pasillo, sus ojos se cruzan un instante con los de Stan, que al darse cuenta de que Casey lo mira, desvia rápidamente la mirada, enrojeciéndose sus mejillas. Ahora Casey pasa al lado de Stan. Un movimiento brusco del autobús, y Casey cae encima del enamorado y atribulado capitán del equipo de futbol. – Lo siento, disculpa – dice tartamudeando Casey. Stan se queda mudo. Por unos segundos fugaces siente el contacto de la piel divina de su compañero de clase, aspira el olor fresco de su pelo, se estremece con el calor que irradia su cuerpo. El cielo de sus ojos se le queda marcado a fuego a Stan, que no sabe qué hacer. – No pasa nada, no te preocupes – contesta Stan, su cara infinitamente roja, su respiración entrecortada.


Risas en el autobús, bromas a costa del pequeño Casey, obscenidades volando en el aire… Delilah se parte de risa, mientras le grita a Casey que se busque otro tío, que ese ya está ocupado. Casey se encoge en su asiento y aguanta el chaparrón como puede. Stan se ríe con los demás, disimulando su vergüenza, deseando estrangular a la zorra que tiene sentada a su lado, doliéndole en el alma los insultos que salpican a Casey, al tiempo que se nota tremendamente excitado por el fugaz encuentro. Stan gira su cabeza hacia atrás para contestar a alguien que le pregunta algo y su mirada encuentra la linda cara de Casey, que lo mira sin decir nada, tristeza infinita reflejada en sus ojos, como un niño pidiendo protección. Stan esboza una ligera sonrisa, pero enseguida vuelve su cabeza al frente. No puede dejar entrever sus sentimientos ante toda esta pandilla de cafres, no puede. Tiene miedo. Un miedo inmenso. Acaba de descubrir que no puede luchar contra sus emociones. – Te quiero, Casey, te deseo – piensa en silencio. – Yo te protegeré de todos estos hijos de puta, nadie volverá a hacerte daño, eres mío, quiero que seas mío, yo te defenderé… Delilah besa la mejilla de Stan, y éste se revuelve en su asiento. Qué asco siente, Dios, qué repugnancia le produce la caricia húmeda de su novia.
Stan no puede más. Ya está el grupo de gilipollas de siempre persiguiendo a Casey para, como todas las mañanas, golpearle contra el asta de la bandera, hasta hacerle sangrar. Deja a sus amigos a un lado y se acerca a toda prisa hacia el grupo de salvajes, que ya han atrapado a su víctima y se disponen a asestar el primer golpe. Stan no llega a tiempo y el primer impacto contra la blanca madera ya se ha producido, arrancando un gemido de dolor de la garganta de Casey. - ¡Joder, tíos, ya está bien!. – vocea Stan. Todos se vuelven sorprendidos. -¿Por qué no os machacais los huevos vosotros mismos, eh, cabrones?. ¿Por qué no os meteis conmigo, valientes? – Stan no puede parar, está encendido, furioso, no puede soportar por más tiempo ver como torturan al adorable Casey. El grupo de matones suelta al dolorido Casey, que se levanta con dificultad y mira sorprendido a su salvador. -¿Qué coño te pasa, Stan?. Solo es una broma – se carcajean, empujándose unos a otros.
La mirada fría y dura de Stan los corta en seco. Es el capitán del equipo, más vale no enemistarse con él. Ninguno de esos tipejos desea un enfrentamiento directo con el líder, saben que no saldrían bien parados. – No quiero que volvais a tocar a mi amigo, ¿entendido? – dice Stan con voz amenazadora. Los salvajes lo miran y se encogen de hombros. – Vale, tío, no te cabrees, no sabíamos que este mierda era amigo tuyo. No te mosquees con nosotros, tío, era solo una bromilla de nada. – agachan la cabeza, mientras rodean a Stan, intentando ganarse otra vez su confianza.
Stan se acerca a Casey y le pregunta cómo está. –Bien, estoy bien, gracias, no pasa nada. – Casey mira con agradecimiento a Stan, y éste se siente flotar. No le importa lo que puedan decir o pensar de él, le importa un huevo. La mirada que le dedica Casey le hace inmensamente feliz. Nota la alegría que le asfixia el pecho, el deseo que le vuelve a corroer cuando roza su brazo en el de Casey al ayudarle a recoger sus libros. Un fuego inmenso devora el pecho de Stan, que ni siquiera se da cuenta de las miraditas maliciosas que empiezan a surgir a su alrededor. Lo ha hecho. Ha defendido a Casey, ha librado del sufrimiento a su amado Casey. Y él se lo ha agradecido con su hermosa mirada y su dulce sonrisa.


Stan no puede dejar de mirar la nuca de Casey, sentado dos mesas más adelante que él. Su pelo castaño se ensortija, abrazando esa deseable nuca de nácar. Casey gira un poco su cabeza, y Stan puede observar ahora el perfil de su cara. Perfecto, como tallado con un cincel. La luz se cuela por sus ojos, transparencia de cristal azul. Hoy Stan se siente poeta. No tiene ni idea de lo que está diciendo el profesor. Coge su bolígrafo y garabatea unas palabras en su cuaderno. Tímida poesía de amor. Stan piensa que sería maravilloso poder dominar el lenguaje como lo hace con el balón. Entonces sí que se atrevería a mandar esas sentidas palabras de amor al dueño de su corazón. De repente Casey mira hacia atrás y sus miradas se encuentran. Stan siente una sacudida de vergüenza, y baja la mirada. No puede dejar de pensar en él, no puede y no quiere.
El entrenador vocifera en la oreja de Stan. ¿Qué cojones le pasa hoy?. No ha hecho ninguna jugada bien. Y el gran partido decisivo de la liga es dentro de dos semanas. Hay que espabilar, le dice el entrenador, menos polvos y más entrenamiento sobre el campo, no sobre las camas de las animadoras. Stan no dice nada. Ahora le toca a Casey. El entrenador no tiene tantas contemplaciones como ha tenido con Stan. Le dice que quiere hombres en su clase de gimnasia, y no niñatas de mierda como lo es el Sr. Connor. Quiere verle correr, hacer abdominales hasta que reviente y flexiones hasta que se le caigan las pelotas del esfuerzo. Asi de claro. Casey no se atreve a levantar la vista del suelo, aguantando estoicamente los bufidos del colérico entrenador. Stan se muerde los labios, y mira a su entrenador. Se está pasando mucho con Casey. La rabia le empieza a comer las entrañas, cuando observa como da un manotazo en el hombro del indefenso Casey. – Como le vuelva a tocar – piensa Stan – le pego una hostia que lo empapelo. Por fin, el entrenador deja de escupir insultos sobre el pobre Casey y se marcha del vestuario pegando un portazo terrible a la puerta. Stan y Casey se quedan solos.
- Vaya grandísimo hijo de la gran puta- dice Stan cuando el entrenador abandona el vestuario. – Anda y que te jodan, mamón – sigue diciendo Stan, levantando su dedo corazón con rabia. Casey sonríe. – Venga, déjalo, Stan- contesta Casey dulcemente – No merece la pena cabrearse con tipos como ese. Stan mira a Casey. Se da cuenta de que están los dos solos, de que todos sus compañeros ya no están allí, y de que nadie va a venir al vestuario. El entrenador los llamó a los dos después de la clase de gimnasia para echarles la bulla, y mientras el resto de los chicos se duchaban y cambiaban. La cabeza de Stan empieza a girar vertiginosamente. Casey y él solitos en las duchas, juntos los dos… Stan sacude su cabeza y empieza a desnudarse, mirando de reojo a Casey. No puede ser, tiene que dejar de pensar en esas tonterías. La ropa de Casey empieza a caer y Stan siente un estremecimiento cuando de nuevo vuelve a contemplar la belleza del cuerpo de Casey. Stan se da la vuelta para no verlo, no quiere que la pasión lo consuma.


Es cuando nota la presencia de Casey detrás de él. – Stan, quisiera darte las gracias por lo del otro día – su suave voz es como una caricia en los oidos de Stan. – No esperaba que tú salieras en mi defensa, ya sabes, pensé que ni siquiera sabías que yo existía – Casey continua hablando, muy cerca de Stan. Este se da la vuelta y se enfrenta con la mirada de Casey. Solo lleva puesto el calzoncillo, mientras que Stan ya no tiene ropa. – No es nada, amigo. No me gusta que la gente abuse de quien no puede defenderse, eso es todo. – Stan no puede evitar apoyar su mano en el hombro de Casey, y apretarlo ligeramente. Casey le sonrie y acaricia la mano que Stan ha posado en su hombro. Algo circula entre las miradas y las manos de los dos chicos. Es un deseo inconfesable, un pinchazo de deseo que hace daño, pero que atrae como un imán.
Stan retira su mano asustado del hombro de Casey, y sonrie, sofocado, colorado hasta las orejas. – Bueno, creo que deberíamos ducharnos ya, o llegaremos tarde a la clase de literatura, y ya sabes que hoy tenemos control – Stan no sabe que hacer, solo intenta cubrir con su toalla la jugarreta que le está haciendo pasar su incontrolable pasión. Casey sonríe y se quita el calzoncillo. Stan se queda mudo, el deseo le ha quitado la voz. Los chicos cogen el jabón y se dirigen al cuarto de las duchas. Entran. La puerta se cierra tras ellos, quedando el vestuario vacío. El sonido cantarín del agua salpicando contra el suelo llena todo el espacio.
El cuarto de las duchas es común. No hay cabinas privadas. Los grifos cuelgan de una barra que atraviesa el techo. Stan escoge la ducha que está más cerca de la puerta. Se encoge bajo el chorro de agua tibia que le empapa. Empieza a enjabonarse. No sabe a dónde mirar. Casey está a un metro de él, a su izquierda. Tampoco sabe donde mirar. Stan, de pronto, empieza a decir idioteces. Habla sobre el tiempo que hace, el calor que ha venido de repente, tonterías sobre las clases, los profesores, no sabe, no sabe que hacer para no mirar a Casey, desnudo bajo la ducha, el agua azotando su cuerpo de seda, escurriéndose por su piel de melocotón. De pronto Casey abandona su ducha y se acerca a Stan. – Stan, yo, no sé como decirlo – Casey está tembloroso, pero no aparta la mirada de los ojos de Stan. – Desde que me defendiste el otro día, no sé, cada vez que te veo siento algo especial. Me encantaría ser tu amigo. – Casey ahora está muy cerca de Stan, sus cuerpos adolescentes mojándose con el mismo agua que cae abrasadora.
Stan no da crédito a lo que oye, a lo que ve. Casey está delante de él, pidiéndole su amistad, rozando su cuerpo con el suyo, deseo irrefrenable. – Pideme cualquier cosa que quieras, cualquier cosa que necesites, no dudes en pedírmelo – Casey murmura sus palabras, plenas de sugerencia. Stan da un paso atrás, pero ante la vista del maravilloso Casey ante él, todo dulzura, diciéndole que le pida cualquier cosa, no puede contenerse más. Stan inclina su cabeza y roza los labios de Casey con los suyos. Casey cierra los ojos, frotando también sus labios mojados con los de Stan. Los dos muchachos juntan sus bocas, probando por primera vez el placer oculto, prohibido, misterioso de la relación entre personas del mismo sexo. Stan siente los brazos de Casey que se enroscan en su cuello, uniendo su cuerpo al suyo. Stan gime al sentir su contacto, y rodea la cintura de su amante con sus fuertes brazos, fundiéndose con él, temblando de deseo.
Todo es muy rápido ahora, la naturaleza hace su trabajo. Stan y Casey no hablan. No necesitan decirse nada. Solo se miran y disfrutan con los placeres que están empezando a descubrir bajo el cálido chorro del agua de la ducha. Se besan con pasión, lengua sobre lengua, buscando rincones escondidos en sus bocas ávidas de placer. Frotan sus cuerpos vibrantes, notando como la excitación les come el sentido común, sin dejarles tiempo para pensar en lo que están haciendo. Las manos de ambos recorren ansiosas sus cuerpos, y los jadeos comienzan a brotar, confundiéndose con el rumor del agua. Stan, de repente, se despega de Casey y le da la vuelta, pegándolo a su cuerpo, sujetándolo con sus brazos alrededor de su cintura. Empieza a morder y besar su nuca de márfil, esa nuca que tanto ha deseado besar. La lengua de Stan recorre salvajemente el cuello de Casey, que se deja hacer, respirando muy deprisa, jadeando sin descanso.
Una y otra vez Stan besa, muerde ese cuello, esas orejas golosas, notando como su miembro crece y crece, excitado por los jadeos de Casey. La mano derecha de Stan baja por el pecho de Casey y encuentra lo que busca, su pene totalmente erecto, mojado por el agua, hermoso y duro. La mano de Stan lo acaricia lentamente, como mejor sabe hacerlo, como se lo hace a sí mismo, comprobando con alegría que Casey se retuerce de placer, gimiendo ahora sin control. Stan nota como Casey apoya todo su peso en su pecho, su cabeza en su hombro. Los dos vuelven a besarse, jadeando sin parar. Mientras la mano derecha de Stan acaricia el pene de Casey, su mano izquierda viaja como loca explorando el estómago, el pecho, el brazo, las nalgas de Casey, locura de amor que convierte el triste cuarto de duchas en el edén celestial para los dos chicos. Dejan de besarse por un instante, Casey vuelve a apoyar la cabeza en el hombre de Stan, y murmura sigue, Stan, sigue, por favor, no me dejes, sigue… El fogoso capitán mira a su protegido, y lo ve con los ojos cerrados, la boca entreabierta, la cara es la pura expresión del mayor placer conocido. Cielos, Stan siente que se va y frota su pene duro como el acero contra las nalgas de Casey, su mano derecha acelerando las caricias y cerrándose en torno al miembro de Casey, que crece y crece sin parar. Stan siente entonces la sacudida que estremece a Casey, que se escurre hasta el suelo, gritando ahora su placer, sin control, disfrutando al máximo el goce del orgasmo más intenso. Chorros de cálido esperma manchan la mano de Stan, que nota entre sus dedos la pegajosa esencia de su amado Casey. No puede resistirlo. Se lleva la mano a la boca y lame todo el semen que gotea entre sus dedos, loco por tener por fin a su Casey con él, entre sus brazos, gimiendo su nombre.


Todavía no ha terminado Stan de lamer sus dedos, cuando nota la boca de Casey cerrándose en torno a su miembro erecto. Stan se estremece, y duda. No sabe que le pasa. No quiere ahora que Casey le toque. La horrible sensación de que es un mariconazo le vuelve a atormentar. Stan retrocede y se apoya en la pared, cerca de la puerta. - ¿Qué te pasa, Stan, qué he hecho? – le pregunta Casey asustado. – Nada, Casey, es que no quiero que sigas, no quiero que sigamos haciendo nada, no sé, esto es una locura – Stan se lamenta, casi llorando de vergüenza. - ¡Stan! ¿No quieres que te lo haga yo a ti, no quieres ser mío?. – murmura Casey, mirando a Stan con ternura. ¡Joder!, Stan se estremece de pies a cabeza. Claro que quiere ser de Casey, claro que quiere. Asiente con la cabeza y deja que Casey le haga feliz.
Casey se arrodilla ante Stan y se abraza a su cintura, su boca atrapando el miembro de Stan que hasta el final resiste el ataque de la pasión pecaminosa. Jamás pensó Stan que las caricias de Casey podrían proporcinarle tanto placer. Una oleada salvaje de sensaciones golpean el cuerpo del muchacho, que tiembla apoyado en la pared, buscando el aire que le falta, gimiendo sin descanso. Stan no aguanta mucho. El calor de la boca de Casey y su lengua de terciopelo deslizándose por su miembro, le hace experimentar el mayor éxtasis que haya tenido jamás. Stan se zarandea como un muñeco de paja llevado por el viento, mientras su semen se cuela en la garganta de Casey, que traga con avidez, no dejando escapar ni una gota.
Todo ha terminado. Casey se levanta y se abraza a Stan, que todavía está atontado por el placer que siente. Stan mira a Casey y le sonrie. No se dicen nada, solo se abrazan, muy fuerte, muy fuerte, y se besan, ahora con ternura, el beso final de amor, la postdata de la pasión vivida hace unos minutos.
Se visten en silencio, y con rapidez. Todo el mundo va a sospechar, piensa Stan angustiado. Han estado más de tres cuartos de hora encerrados en las duchas. La clase de literatura debe estar a punto de acabar. Stan siente el aguijón del miedo en su estómago. Casey no dice nada. Stan lo mira y siente que está enamorado hasta los huesos de ese pocacosa delgaducho. Casey le devuelve la mirada, le sonríe, algodón de azúcar, y le dice que hay que darse prisa, que es muy tarde.
Salen corriendo por el pasillo hasta la clase de literatura. No se encuentran con nadie en su loca carrera. Antes de abrir la puerta Stan le coge del brazo a Casey, y le acerca a él. – Casey, no digas a nadie esto que ha pasado. No sé que es lo que me pasa. Yo no soy un maricón, ¿entiendes?. No sé que me pasa contigo, tío, pero … - balbucea Stan. – No te preocupes, Stan, no diré nada, y no creo que seas maricón. No sé, son cosas que pasan… El sonido de unos pasos que se acercan presurosos por el pasillo separan a los dos amantes, que se meten a toda prisa en la clase de literatura, inventándose miles de excusas para tapar su tardanza. Delilah los mira y sonríe con malicia.


Stan y Casey salen juntos de la última clase del día y se dirigen al autobús de la ruta que los llevará a sus casas. Delilah no acompaña a Stan. Hoy tiene reunión con su grupo de animadoras. Apenas hablan, solo tienen en sus cabezas los sucesos ocurridos por la mañana en las duchas. Stan lucha otra vez consigo mismo. No sabe que hacer. Pero al ver a su lado al adorable Casey Connor, y recordar lo encantandor que ha sido con él hace unas horas, le hace olvidar todos sus temores. Sabe que sus padres no estarán en casa este fin de semana, y se atreve a pedir a Casey que vaya a su casa, le podría ayudar con los deberes de física, y bueno, podrían ver una peli, en fin, charlar un poco…Casey le sonríe. –Claro que sí, Stan, me encantará ir a tu casa este sábado. Stan nota como la alegría le llena todo el cuerpo. Casey en su casa, Casey con él, Casey entre sus brazos. Llega el autobús y los dos chicos se suben. Se sientan juntos, como dos amigos, y durante el trayecto no dejan de hablar. Stan mira a su alrededor y no nota nada raro. Todo el mundo está a lo suyo y no parece extrañarles la nueva amistad surgida. Al fin y al cabo Stan es el duro del instituto, y si quiere ser amigo del rarito de Casey, allá él. Todo el mundo piensa que es más bien por interés. Los exámenes están cerca y Stan no es bueno con los libros. Así que por eso ha buscado la amistad del empollón. Asunto concluido.
Casey llega a su parada. Antes de bajarse aprieta el antebrazo de Stan sin que nadie los vea. –Hasta mañana, nos vemos – Casey se despide,encantador, etéreo, luminoso. Igual que el hermoso día de mayo que hemos tenido hoy, piensa Stan. Un último saludo de Casey, bajo la ventana del autobús que se pone en marcha. Stan se recuesta en su asiento… Te quiero, Casey, te quiero.

 

Segunda parte

Chuxi

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