NEGRO SOBRE ROJO

LOTR


- Lo siento, Sr. Frodo, lo siento. – jadea Sam Gamgee, de rodillas en el suelo. Sus ojos se clavan en la cara maltrecha de Frodo Baggins, tumbado sobre el piso de madera, desnudo, las manos atadas a la pata de la mesa de caoba del salón principal de Bag End, ataduras blancas aprisionando unas muñecas amoratadas, ataduras blancas atenazando el miedo de Frodo. – Usted me ha obligado a hacerlo, ha sido usted, usted con sus desprecios, usted con sus humillaciones, usted con sus provocaciones, usted con su manera de hablarme, de mirarme, de pisotearme, de herirme. – susurró el hobbit.
Frodo lo mira a través de sus ojos anegados de lágrimas. La incredulidad más absoluta se refleja en ellos, pero el dolor que lacera cada fibra de su cuerpo, le recuerda que todo lo que acaba de suceder no ha sido una pesadilla, sino una terrorífica verdad. Sam le ha maniatado, le ha pegado hasta hacerle sangrar, le ha insultado, le ha poseido salvajemente, ha violado su cuerpo y su alma, y ahora, de rodillas ante él, se lamenta de su acción.
- Déjame en paz – murmura Frodo, tirando de las ataduras que rodean sus muñecas, sintiendo en su boca el sabor metálico de su propia sangre, mezclada con el gusto agrio del esperma de Sam, goteando todavía de sus labios. – Déjame en paz, maldito - repite entre dientes, lágrimas corriendo por sus mejillas encarnadas, sudor empapando sus sienes, cuello, hombros y pecho.

Sam mira a su señor y un sollozo amargo agita su pecho. Con manos temblorosas comienza a deshacer los nudos correosos que han sujetado a Frodo dejándolo a su merced, una víctima preparada para el tormento y el placer. Con dificultad, Frodo se incorpora y rechaza la ayuda de su sirviente con un empellón furioso.
- ¡He dicho que me dejes!. ¡Largo de mi casa!. ¡Fuera, vete de aquí y no vuelvas jamás!. ¡Te odio, Sam Gamgee, te odio! – grita Frodo Baggins, doblado sobre si mismo, jadeante, transido de dolor, marcas de golpes, arañazos y mordiscos por toda su blanca y delicada piel de marfil, mojado de sudor, sangre y semen.
Sam vuelve a sollozar, horrorizado al contemplar el fruto de su violencia, de su rabia, de su venganza, de su pasión. Sin decir una palabra más, busca su ropa y se viste sin dejar de llorar, mientras ve como Frodo a duras penas, apoyado en muebles y paredes, arrastra su infortunio por el salón silencioso de Bag End. Sam ha pegado, ha insultado, ha violado a su señor…Sam llora lágrimas negras de agonía, Sam llora lágrimas rojas de perdón…Ha violado a su señor…Lentamente, como si cada paso que diera le rompiera el cuerpo, Sam se pone en pie, avanza con torpeza por el salón caótico de Bag End, escenario de una lucha desigual, y alcanza la puerta de salida. El chirrido de la puerta se cuela en sus oidos. No puede dejar de escuchar los gritos de dolor de Frodo, bajo su cuerpo, suplicando, rogando compasión, no puede dejar de ver la sangre de su señor manar a borbotones por su nariz perfecta, no puede dejar de sentir el amargo sabor de los remordimientos, no puede olvidar la mirada torturada de los inmensos ojos de Frodo Baggins, mirada incrédula, mirada asustada, mirada perdida…Sam vuelve atrás la vista y contempla a Frodo, apoyado ahora en la chimenea de piedra del salón, abrazado a su camisa blanca, sucia de sangre y polvo del suelo. Una oleada de compasión oprime el corazón del buen Sam, que hace intención de regresar sobre sus pasos para ayudar a su amo.
- ¡¡Vete de una maldita vez, vete!!. ¿A qué esperas, Sam?. ¡¡Vete, vete!! – repite Frodo furioso, intentando detener la hemorragia de la nariz con un trozo de su camisa desgarrada.
- ¡Déjeme ayudarlo, señor Frodo!. Está usted sangrando, déjeme que le cure sus heridas, por favor, no me eche de su casa, señor Frodo, lo siento, lo siento muchísimo. ¡Lamento tanto lo que he hecho!. No sabía lo que me hacía, señor Frodo, perdóneme, por lo que más quiera, perdóneme. – solloza Sam angustiado y terriblemente dolido al comprobar el resultado de su explosión de cólera.
-¡¡Fuera, fuera he dicho, no te acerques, no me toques, fuera, fuera!! – grita Frodo retrocediendo un par de pasos, clavando su espalda maltrecha en la pared, abrazándose a su camisa, asustado, magullado, humillado, el odio y el rencor comiendo sus hermosos ojos rojos de lágrimas y sufrimiento.
Sam agacha su cabeza y desiste en su empeño de auxiliar a su señor. Da media vuelta y sale de Bag End, sollozando, ciego de dolor y arrepentimiento, preguntándose mil y una vez porqué ha maltratado a su querido amo de esa manera tan cruel y brutal. La tarde languidece en Hobbiton, y nadie se cruza en el camino de Sam Gamgee. El buen hobbit llora sin consuelo mientras vaga por los caminos sin rumbo fijo. ¿Por qué, por qué ha vejado a su señor Frodo de esa manera tan miserable y cobarde?. ¿Por qué?.
- Sam, Sam, eres un gusano miserable, un demonio sin alma, una bestia sin corazón. – se lamenta el hobbit en voz alta mientras camina sin dirección, dando tumbos, como una veleta manejada a capricho por un huracán. – Pero yo no podía más, el señor Frodo últimamente se porta muy mal conmigo, muy mal, me humilla y me acosa, me provoca, me busca, y luego me rechaza, me trata como a una basura, y eso me duele, me duele en el alma, porque yo lo quiero, lo quiero más que a las niñas de mis ojos, y mira, mira lo que has hecho, Sam Gamgee, inmundo y seboso hobbit. Mi señor no es el mismo desde que volvimos de la Misión maldita. Mi señor regresó desquiciado de Mordor y yo en vez de ayudarlo, lo he hundido más. Debí tener paciencia y sacarlo de sus abismos, debí comprender su estado de ánimo, y mira ahora…Le he hecho daño, mucho daño, y él me odia, me ha echado de su casa, me ha dicho que no vuelva jamás por allá, ¡oh maldita sea!. ¡El cielo se hunda sobre mi cabeza, sobre mi, Samwise Gamgee, el más desgraciado e infeliz de los hobbits!. – se desespera el pobre jardinero.


Sam se adentra en el bosque, rumiando su pena, y cansado, se deja caer al pie de un avellano, apoya su espalda contra el tronco y piensa. Mordor. Mordor y el Anillo funesto. La misión que le fue encomendada. Eso fue lo que mató la alegría y la ingenuidad del señor Frodo. A su vuelta a La Comarca, después de aniquilado el Anillo, las cosas no marcharon bien. Frodo se encerró en Bag End y se hundió en la más oscura de las tristezas. No quería comer, no frecuentaba la taberna, no hablaba con nadie. Se encerraba en su habitación y allí pasaba las horas muertas, leyendo o pensando, quién sabe. No abría su puerta a nadie, solo a Sam, su fiel jardinero. El se encargaba de traerle comida y bebida, de adecentar su casa, de arreglar su huerto y su jardín, de llevarse su ropa sucia y devolvérsela limpia y olorosa. Y Frodo agradecía con una sonrisa todos estos afanes de Sam. Y hablaba con él. Sentados ante el fuego de la gran chimenea de Bag End, ambos fumando, Frodo recordaba su infancia y juventud con Sam, le comentaba los libros que leía, le interrogaba acerca de la vida sencilla de sus convecinos. Pero jamás mencionaba las penurias pasadas meses atrás en su largo viaje hacia Mordor, ni mentaba el Anillo, ni tenía curiosidad por saber noticias sobre sus antiguos compañeros de fatigas.

Era evidente que no deseaba hablar de ello y Sam lo respetaba. El se sentía a gusto con la conversación tranquila y delicada de su amo. Lo miraba en silencio y escuchaba. Y mientras lo hacía, sentía que algo inexplicable se apoderaba de su corazón. Sam quería a su amo, pero ese amor puro fortificado en las penurias del viaje, se estaba transformando. Sam, no sabía porqué, empezaba a sentirse atraído por Frodo, una atracción irresistible, una atracción que le hacía imaginar escenas bochornosas para el pobre Sam, escenas en las que él besaba y abrazaba a su señor, escenas en las que Sam yacía desnudo junto a él, acariciando sin descanso su piel de nieve, escenas en las que Frodo le susurraba al oido que lo hiciera suyo, escenas en las que se amaban hasta la extenuación, rodando por los rincones de Bag End. Sam enrojecía pensando en todo ello, mientras su señor le hablaba de tal o cual libro. ¿Qué pensaría su señor si llegara a adivinar sus pensamientos obscenos?. Sam no quería ni imaginarlo. Solo sonreía y se perdía extasiado en los ojos tristes de su amo.
Pero poco a poco, el carácter melancólico y afable de Frodo cambió. Empezó a tratarlo con frialdad, a reprocharle sus fallos, a mostrarse altivo y colérico con el bueno de Sam, a comportarse como un auténtico tirano con su sirviente, que sorprendido, aguantaba las regañinas sin rechistar. Una mala racha de mi señor, se decía Sam, eso es todo, una mala racha, paciencia Sam, paciencia.
- Sam, holgazán, mira como están las petunias de mi jardín. Las has dejado secar, ¿en qué estabas pensando, cabeza de serrín? – gruñía Frodo malhumorado, dando una patada a las pobres petunias, en perfecto estado de salud. Y Sam, con la cabeza gacha, balbucía cuatro excusas y con humildad se agachaba a recoger los destrozos ocasionados por su señor, sin darle mayor importancia, una mala racha, eso es todo,una mala racha, paciencia, Sam, paciencia.
Casi al mismo tiempo surgieron las insinuaciones y las provocaciones por parte de Frodo, mínimas al principio, insoportables al final, dejando a Sam sumido en un pozo de angustia. Su señor parecía que adivinaba sus pensamientos impuros, y lo buscaba, lo buscaba hasta hacerlo perder la razón, para luego rechazarlo sin contemplaciones.
- Sam, prepárame el baño, haragán, haz algo de provecho, que para eso te pago un buen salario…Sam, ven aquí a frotarme la espalda, sí, eso es, despacio, con cuidado, aún me duele el picotazo de esa inmunda araña de Mordor…Qué gusto Sam, sigue frotándome, sí, que gusto, ven Sam, acércate, acércate más… - susurraba sugerente Frodo. Y cuando el infeliz Sam, excitado por ver a su señor mojado y desnudo, loco de pasión al contemplar los labios rojos y entreabiertos del hermoso hobbit, jadeando su nombre, al observar la belleza infinita del rostro de su amo, al sentir entre sus dedos la suavidad de la piel del antiguo portador del Anillo, se arrodillaba a su lado y acercaba su cara al rostro de Frodo, respirando agitado, ansiando besar esos labios golosos y encarnados.

Y era entonces cuando Frodo lo rechazaba con crueldad, abofeteando al pobre Sam, salpicando agua y odio a partes iguales. - ¿Qué haces, animal?. ¿Qué demonios estás haciendo?. ¡Largo de aquí, estúpido!. ¿Es que acaso me confundes con esa tabernera, con esa Rosie?. ¡Fuera de aquí, cerdo asqueroso!. ¡Ve a poner tus sucias manos sobre ella!. – gritaba Frodo furioso. Sam entonces, como siempre, agachaba la cabeza avergonzado, y excitado y tembloroso salía de la estancia, gimiendo su desventura.
Sam suspira, se revuelve intranquilo en el suelo, y seca sus lágrimas. Por su cabeza pasan todos los acontecimientos funestos acaecidos horas atrás en Bag End. Esa misma mañana, recién llegado a la casa, Frodo comenzó a atormentarlo. Primero lo llamó para que le ayudara a vestir, con la excusa de un dolor en la espalda.
- Sam, ven aquí, vísteme tú. Esta mañana tengo un dolor insoportable en la espalda. – ordenó Frodo entre quejidos. Y Sam, servicial y encarnado hasta las orejas, acercó la ropa a su señor, se sentó en el borde de la cama tras pedir permiso y le quitó la camisa de dormir, mientras el calor y el olor que desprendía Frodo lo trastornaba hasta límites insospechados. Al rozar con sus dedos la piel tibia y suave de su amo, Sam sintió un calor abrasador que quemó sus entrañas y lo excitó. Fue entonces cuando Frodo le sonrió, una sonrisa dulce, sugerente, tierna, provocadora, una sonrisa que turbó a Sam y lo llenó de esperanza. Frodo, entonces, con lentitud estudiada, alargo su mano y la introdujo entre la camisa abierta de Sam. Acarició su cuello y su pecho, jugueteó con los pezones de su sirviente, erizándolos, deslizó su mano por los fuertes hombros de su jardinero, y lentamente, se acercó hasta su rostro, subió su mano hasta su nuca, y con una leve presión lo atrajo hacia sí, aproximando sus labios hasta los de Sam.
- Sam, Sam…- susurró Frodo, rozando su boca con la de su criado. El mínimo roce de los labios tersos y apetitosos de su amo dispararon los sentidos del pobre jardinero, que enloquecido y sin poder aguantar más, besó con ansiedad a Frodo, al tiempo que lo abrazaba contra su pecho, deseando poseerlo en ese mismo instante. Y Frodo sonrió, y dejó que Sam se tumbara encima de él, apartando sábanas y mantas, y acarició la espalda poderosa de su sirviente, clavando sus uñas en ella, sintiendo la excitación del infeliz Sam, que lo estrechaba maravillado entre sus brazos, sin acabar de creer lo que alli estaba sucediendo.
- ¡Oh, señor Frodo!. ¡Es usted tan hermoso!. ¡Oh, señor Frodo!. ¡No puedo más, tenía tantas ganas de tenerlo así, entre mis brazos, bajo mi cuerpo, oh señor Frodo! – suspiró Sam, cada vez más y más excitado, temblando por tener la gloria entre sus manos. Fue entonces cuando Frodo cambió la dulzura de su sonrisa por una mueca sarcástica y cruel. Se revolvió en el lecho y de un empujón lo apartó de él.
- ¡Pero que dices, cerdo asqueroso!. ¿Otra vez vuelves a las andadas?. ¡Eres un miserable y un tarado!. ¡Quítame las manos de encima, sucio bastardo!. ¡Largo de mi cama!. ¡No quiero verte aquí!. ¡Vamos, fuera, a que esperas!. ¡Vete ahora mismo a la cocina a preparme el desayuno!. ¡Y da gracias al cielo a que no te despido ahora mismo, alimaña!. ¡Largo de aquí! – gritó Frodo enfurecido, cubriéndose el cuerpo con la sábana, disfrutando con la cara desolada y desencajada que ofrecía el desgraciado Sam.
Sam salió de la habitación trastabillando, rojo de vergüenza y frustración, amargas lágrimas negras luchando por salir a borbotones de sus ojos verdes. Una ira sorda comenzó a latir en su pecho. La humillación roía sus entrañas, y la furia lo cegaba. Pero Sam se tragó su orgullo pisoteado, y en silencio, se dirigió hacia la cocina de la casa. Alli, entre pucheros y ollas, lloró sin consuelo, incapaz de comprender lo que le sucedía a su señor, incapaz, pero dispuesto a poner fin a toda aquella larga cadena de desprecios y degradaciones.

- Esto no puede seguir así, no. Debería marcharme de esta casa. – pensó Sam mientras ponía la tetera a hervir en el fuego y preparaba rebanadas de pan untadas con mantequilla. – Tengo que hablar con él, tengo que preguntarle porqué me trata así, yo no puedo soportar esto más, no puedo, me voy a volver loco si sigo así, loco, loco. Le diré que yo soy una persona con sentimientos, que no soy un objeto de su propiedad al que pueda patear sin contemplaciones, eso le diré, yo tengo mi dignidad, y él está jugando cruelmente conmigo, ea, eso le diré…
La entrada de su señor en la cocina interrumpió sus pensamientos. Ambos hobbits se miraron, altivo Frodo, la mirada de Sam llena de reproche y dolor. Una sonrisa dulce iluminó el rostro del dueño de Bag End, cambiando su expresión seca por una ingenuidad infinita.
- Sam, no me pongas esa cara. Lo siento, siento mucho lo de antes. No sé que me está pasando últimamente. No me encuentro bien, Sam. – dijo lastimero Frodo. El corazón del fiel jardinero se hizo añicos. – Perdóname, Sam – suplicó el hobbit, acercándose hasta él y apoyando su mano sobre el hombro de su sirviente.
- Esto, yo…oh, señor Frodo, n-no se preocupe, yo, entiendo que usted esté pasando por una mala racha, pero, yo.. – balbuceó Sam. Frodo presionó su hombro y lo miró con ternura. Sam tibubeó y bajó la cabeza, asfixiado de deseo otra vez. No, no dejaría la casa, se quedaría con él, no podía dejarlo abandonado ahora. Frodo lo necesitaba, él se lo estaba pidiendo con su mirada clara y sincera. – Ande, siéntese, señor Frodo, siéntese que le sirvo el té. No se preocupe, no ha pasado nada. Todo está bien, siéntese señor Frodo, que su Sam cuidará de usted. – dijo Sam con dulzura.

Y Frodo sonrió y se sentó, consciente de su inmenso poder sobre el desventurado jardinero. Cuando terminó de desayunar, se limpió los labios con la servilleta y se levantó. Sonrío de nuevo a su jardinero, una mueca maravillosa, etérea, que envolvió a Sam, haciendólo olvidar todo lo sucedido media hora antes.
- Sam, me voy a mi estudio a leer un poco. Quiero que hoy prepares algo especial para comer, que saques la vajilla de porcelana azul, y el mejor mantel de hilo que haya en la casa. Quiero que bajes a la bodega y subas una botella de vino, la que tenga más solera, porque hoy quiero comer contigo. Deseo que compartas mi mesa y compensarte por lo mal que me estoy portando contigo en estos días terribles, Sam, quiero volver a ser tu amigo – dijo Frodo con voz firme. A Sam se le humedecieron los ojos y asintió con la cabeza, enternecido el corazón, inflamada su pasión.
- Sí, señor Frodo, así lo haré. – contestó alegremente. Y Frodo dio media vuelta y salió de la cocina, dejando a Sam alegre y esperanzado. Toda la mañana estuvo el servicial hobbit afanado entre pucheros y ollas, silbando alegres melodías, contento por poder volver a tener al Frodo de siempre, cariñoso, amable y buen amo. A mediodía, Sam llamó tímidamente a la puerta del estudio de Frodo, anunciando que la comida estaba lista para ser servida. Juntos se dirigieron al comedor, Frodo hablando alegremente, comentando su última lectura con su sirviente. Cuando llegaron al comedor, Frodo alabó el trabajo de Sam. La mesa del comedor estaba magníficamente preparada para dos comensales. Un precioso mantel de hilo blanco y verde cubría la mesa de caoba. Las copas, platos y cubiertos relucían esplendorosos. Tres velas sujetas en un candelabro de oro bellamente labrado daba luz a la estancia. En el centro de la mesa, una fuente de plata tapada, humeaba ligeramente.
- Siéntese, señor Frodo. Vamos a ver si le gusta el asado de ciervo que le ha hecho su Sam. Y de postre tenemos tarta de cerezas, recién salida del horno. Siéntese, ya verá como esta comida y este vino exquisito lo resucita y deja de tener malos pensamientos, ya verá. – dijo Sam con voz cantarina. Frodo entonces se colocó delante de su asiento y sonrió a Sam.
- Muy bien, Sam. Todo está precioso. – alabó el hobbit, alargando su mano y acariciando la mejilla de su criado. Sam se sonrojó y lo miró agradecido, como un perro que acaba de recibir una caricia de su amo. Entonces Frodo, de pie ante su silla, agarró uno de los picos del mantel que cubría la mesa y sin dejar de mirar a Sam, tiró con todas sus fuerzas de él. Con un estruendo estremecedor cayeron al suelo platos, copas, cubiertos y velas. Un caos de cristal, una algarabía de metal inundó el comedor. El asado se precipitó al suelo, y la salsa anaranjada se mezcló con el rojo sangre del vino derramado. Sam horrorizado, retrocedió, mudo de asombro y pálido como un cadáver. Frodo entonces, comenzó a reir, a reir, a reir. Y después su risa se transformó en palabras que hirieron a Sam como cuchillos afilados.
- Oh, Sam, que torpe soy. No sabes como lo siento. – dijo con ironía. – Es que últimamente no sé que me pasa, jaja. Venga, recoge todo esto, lerdo, no te quedes ahí quieto como un imbécil. Todo esto es un desastre, mira, fijate, mira como está el suelo, y las paredes, oh Sam, que asco. En una hora lo quiero todo limpio y aseado, y cuando termines, me traerás la comida a mi estudio. Comeré yo solo, y cuando acabe de comer, me tendrás preparada la cama, porque quiero dormir un poco. Y quiero que al despertar tengas listo el baño, y si te portas bien, lo mismo te dejo que compartas conmigo mi bañera, ¿eh Sam?, ¿Qué te parece?, eso te gusta, ¿eh Sam?. Frotar la espalda de tu señor, verlo desnudo, mojado, eso te gusta ¿eh Sam?, y besarlo, tocarlo, ¿eh Sam?, eso te excita, ¿verdad, tarado?, ¿eso te gus…? – reía Frodo.
- ¡¡Basta ya, maldita sea, basta ya, cállese, cállese!! – chilló Sam, estrellando su mano derecha contra la mejilla de Frodo. El golpe estalló en la habitación como un latigazo soltado al aire, y Frodo se tambaleó por la fuerza del golpe, tropezó con la silla situada tras él y cayó al suelo, entre restos de loza y cristal quebrados.
El hobbit, con la mano cubriendo su mejilla lastimada, miró a Sam sorprendido. Un leve hilillo de sangre comenzó a salir por su nariz. Sam tembló, con la mano alzada en el aire, rojo de ira, humillado hasta lo más hondo de su ser por quién más quería.
- Eres un sucio bastardo, Sam – gritó Frodo fuera de sí. - ¿Quién te has creído que eres para pegarme de este modo, eh?. ¡Miserable idiota, vete y no vuelvas a asomar tu inmunda cara por aquí!. ¡No eres nada para mi, no vales nada! – vociferó Frodo, poniéndose en pie y escupiendo en la cara de su sirviente.

La gota colmó el vaso. El escupitajo rabioso de Frodo derramó la furia dormida de Sam, explotando como un trueno salvaje. Demasiadas humillaciones, demasiados desengaños, demasiado dolor en su noble corazón de hobbit leal, adorador de su señor. Con un rugido de rabia incontenible, con el salivazo de Frodo goteando por su frente, Sam se lanzó sobre su señor, cayendo los dos al suelo. Los puños del jardinero se cerraron con fuerza y golpearon sin piedad el rostro de su amo, hasta que la sangre salpicó la camisa blanca de Frodo. Entonces, Sam, sin atender a los quejidos y lamentos de dolor de Frodo, se sentó sobre el estómago de su señor, y a tientas buscó el mantel que el hobbit había arrojado al suelo minutos antes. Cuando lo tuvo entre sus manos, lo rasgó, obteniendo una larga tira de tela, arrastró a Frodo hasta colocarlo junto a la mesa del comedor, y con esos restos del mantel ató las muñecas de Frodo a la pata de la gran mesa de caoba. Frodo pataleaba, se revolvía, gritaba asustado. El miedo se había apoderado de sus ojos.
Sam, entonces, le arrancó la camisa y se tumbó sobre él. Con ansiedad, y loco de furia, besó y mordió los labios de Frodo, que enseguida se tiñieron de sangre. El calor pegajoso que manó de la boca de su señor, excitó a Sam, que temblando, abandonó sus labios y besó el cuello de Frodo. Sus dientes también dejaron marcas en la blanca piel del hobbit, que se debatía con todas sus fuerzas para escapar de la fuerza brutal de Sam.
- ¡¡No, déjame, me haces daño!!. ¡¡Déjame, hijo de perra, déjame!! - maldecía Frodo con rabia. Sus insultos solo lograron enardecer más aún a Sam. A mordiscos, a arañazos le arrancó la poca ropa que le quedaba encima. El cuerpo pequeño y delicado de Frodo se perdió entre los brazos poderosos de Sam. El buen jardinero, sujetando con fuerza a su amo, recorrió con su boca pecho, brazos, estómago, ombligo, quemando su lengua con el sabor acre del sudor que comenzaba a brotar de la piel de Frodo. Este se revolvió angustiado, y su rodilla se incrustó en la entrepierna de Sam, que gimió dolorido. Rabioso por el golpe recibido, propinó un par de puñetazos en la mandíbula de su señor, dejándolo atontado. Fue entonces cuando Sam se quitó sus pantalones, y excitado, empapado en sudor, gozando con la visión de su amado Frodo sometido bajo sus manos, cogió su miembro erecto entre las manos y lo frotó con el de Frodo, blando, muerto, sin vida. El suave contacto hizo que el corazón de Sam latiera más deprisa y enloquecido abrió las piernas de su señor, mojó su abertura con saliva, y con un movimiento desesperado, se introdujo con una sacudida brutal en el cuerpo de Frodo. El hobbit, aturdido por los golpes de Sam, se estremeció de dolor y lanzó un grito angustioso, tiró de sus ataduras luchando por liberarse de ellas, gimió y lloró, suplicando clemencia, atónito por lo que le estaba sucediendo.
- ¡¡Sam, para me haces daño, Sam, detente, para, me duele, para, para, maldito seas!!- sollozaba Frodo, temblando de dolor, miedo y rabia.
- ¡¡Cállese, cállese!!. ¡Ahora quién es el lerdo, ahora quién es el inútil, ahora quien es el malnacido, ¿eh?!. – gritaba Sam, moviendo con brusquedad su miembro viril dentro de las entrañas de Frodo. - ¡El único malnacido es usted, usted ¿me oye?!. Ahora soy yo el que manda, ahora soy yo el que lo tengo bajo mis manos, ahora soy yo el que humilla, ¿qué le parece, señor Frodo, qué le parece?. – rugía Sam salpicando saliva y rabia, aferrado a las caderas del antiguo portador del Anillo, sujetándolo con fuerza contra su cuerpo, penetrándolo sin compasión. Los gritos de Frodo, agónicos, desesperados, aumentaron de tono. Pronto el miembro de Sam se tiñó de rojo, pero ni siquiera eso lo detuvo. Un placer salvaje recorría el cuerpo del jardinero, un placer que no le dejaba ver el daño que estaba ocasionando a su señor, un placer que lo hacía gozar hasta el infinito. Sam se recreaba con el dolor de Frodo, y no parecía que aquello fuera a tener un final.
- ¡¡Sam, por favor, Sam, te lo suplico, déjame ya, déjame, estoy sangrando, déjame, Sam!! – rogó Frodo más muerto que vivo. Pero Sam no escuchaba, atrapado en esa orgía excitante de dolor y sangre, sumido en el dulce sabor de la venganza, y en el deseo conseguido de tenerlo entre sus brazos. Los gritos de Frodo hacían temblar las paredes de Bag End, mientras el gozo de Sam aumentaba y aumentaba. Un último empujón feroz, y el éxtasis supremo golpeó al enloquecido jardinero. Gimió y jadeó con los ojos fuertemente cerrados, mientras su semen mojaba las entrañas machacadas de Frodo. Un estremecimiento violento sacudió su piel brillante de sudor y sangre ajena. Sam entonces se detuvo y salió del cuerpo de Frodo, satisfecho y eufórico, inconsciente del daño que había ocasionado a su señor. Este dejó de gritar y miró a Sam que recuperaba el aliento sentado sobre las piernas de Frodo. Jadeaba ruidosamente y se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.
- Eres un asqueroso hijo de perra – susurró Frodo mirándolo fijamente, a través de sus lágrimas y su sudor. Levantó la cabeza ligeramente, con dificultad y volvió a escupir a su jardinero, con una mueca de desprecio absoluto pintada en su hermoso rostro desencajado por el dolor y el resentimiento. El escupitajo, teñido de sangre, salpicó la frente de Sam. Una rabia sorda se apoderó de su alma. Rápido como el viento, el jardinero se incorporó y se sentó encima del pecho de Frodo. Su miembro manchado de semen y sangre, golpeó la boca de éste.
-¡No vuelva a hacer eso, señor Frodo! – rugió Sam, restregándolo por los labios pálidos de su señor, obligándolo a lamerlo y a gustar el sabor de su propia sangre. Gotas de esperma todavía manando del miembro de Sam, se unieron a esa estela roja. Frodo, medio ahogado, gemía y apartaba su boca del sexo de Sam, pero éste con su mano libre apoyada en la mandíbula de Frodo lo sujetaba contra el suelo y lo forzaba a relamerlo una y otra vez. - ¡No vuelva a humillarme más, no vuelva a hacerlo, señor Frodo, no! – ordenaba Sam entre lágrimas de desesperación y frustración.
- ¡Sam, me ahogo! – gimió Frodo jadeando, boqueando como un pez agónico fuera del agua. Sam, entonces, con un sollozo interminable, soltó la cabeza de su señor y se levantó con torpeza, liberando a Frodo de la tortura a que acababa de someterle. Casi al instante cayó de rodillas ante él y suplicó su perdón, pero Frodo no había querido dárselo. Le había gritado su odio y le había ordenado que se marchara para siempre.


- Ahora ya nada tiene sentido para mi, nada - solloza Sam desesperado, levantándose del suelo, abandonando la sombra protectora del avellano bajo el cual ha escondido su dolor. La noche ha caído sobre Hobbiton y una extraña luna rojiza, envuelta con jirones de nubes negras, se pasea indolente y terrible por la oscura bóveda celeste. El pobre jardinero limpia sus lágrimas y contempla dolorido esa luna hermosa y terrorífica a la vez – Oh, mi señor Frodo, ¿por qué, por qué? – se lamenta Sam, destrozado, derrotado, muerto en vida.
Lentamente, dando tumbos como un hobbit ebrio de cerveza, el buen Sam sale al camino, dispuesto a regresar a su hogar. Su padre debe de estar esperándolo y él necesita hablar con alguien, necesita desahogar su corazón, le urge tener un hombro sólido sobre el que llorar y lamentarse y su viejo padre seguramente le brindará ese consuelo. Y después, cuando haya descargado su corazón, se tumbará en su cama y esperará el dulce olvido de la muerte, sí, se acostará y esperará a que le llegue la dama del alba con su manto negro y su arrullo de cementerio.
Apenas abre la puerta de su casa, cuando ya está su padre preguntando por la causa de su tardanza. Asustado por el aspecto desolado que presenta su hijo, el anciano se acerca hasta él y lo interroga ansioso.
- ¡Pero, Sam, hijo mío!. ¿De dónde vienes a estas horas y que significa todo esto?. Mira, tienes sangre en la camisa y en el pantalón, y…Sam, hijo, ¿qué te sucede, porqué lloras? ¡Sam!. – exclama el anciano conmovido y alarmado a la vez. El infeliz jardinero se abraza a su padre y llora sin descanso, ahogado de pena y remordimientos, incapaz de articular palabra, roto y vacío, con el rostro de Frodo clavado en su pecho.
- Padre, yo… - balbucea Sam separándose de los brazos del anciano y mirándolo a la cara. Unos golpes suenan en la puerta de la casa en esos instantes, interrumpiendo lo que va a decir Sam.
- ¿Quién será a estas horas? – se pregunta extrañado el viejo Gamgee. – Un momento, hijo, voy a ver quién llama a nuestra puerta. Tranquílizate, hijo querido, vamos, siéntate. Nos tomaremos un té tranquilamente y me contarás que demonios te pasa, caramba, seguro que es por esa Rosie por lo que estás así, ya voy, ya voy – dice el anciano padre de Sam.
Un niño está en la puerta. Es el hijo mediano de los Cercaverde que trae un recado para Sam. Un pequeño sobre blanco, cerrado con un lacre de color rojo, con el escudo de los Baggins. El crío dice que se lo dio en persona el señor Baggins, rogándole que se lo entregara a Sam con la mayor urgencia posible. Sam siente un vuelco en su pecho, como un hachazo que le corta la respiración. ¡Un mensaje de Frodo!. Se acerca presuroso al niño y con manos temblorosas le arranca el sobre de las manos. Rasga el sello con torpeza, abre el sobre y saca un pequeño papel de color blanco. En el centro, unas hermosas letras escritas en tinta negra.
“Sam, vuelve a casa, te necesito”. F.B…La cara de Sam se ilumina, sus manos no dejan de temblar, “vuelve a casa, te necesito”…El hobbit arruga el papel hasta hacerlo una bola y lo guarda en el interior de su camisa, junto a su corazón, “Sam vuelve a casa, te necesito, te necesito”…Con rapidez alcanza la puerta de la salida y en dos zancadas sale al camino, y corre, corre y corre hacia Bag End.
- ¡¡Sam, Sam!!. ¿Dónde vas ahora, hijo mío?. ¿Qué sucede, Sam?. ¡¡Sam!! – grita el viejo Gamgee sin comprender nada de lo que está sucediendo. Pero Sam no contesta, alejado de allí. Atraviesa alocado veredas y caminos, guiado por la tenue luz de la misteriosa luna, tropezando y cayendo, apartando ramas y pisando charcas. Sam acude presuroso a la llamada de su señor, “Sam, vuelve a casa, te necesito”…
La puerta de Bag End se abre con lentitud. El rostro pálido de Frodo aparece tras ella. Restos de sangre seca en su nariz, moratones en su mandíbula, arañazos en su cuello, sonrisa en su cara. El corazón de Sam brinca como un caballo desbocado en medio de su pecho.
- Ya estoy aquí, señor Frodo, su Sam ya está aquí – murmura el hobbit. Frodo le sonríe con dulzura y se hace a un lado dejándolo pasar. La puerta de Bag End se cierra con suavidad, tragándose a Sam como si fuera un lobo hambriento, al mismo tiempo que la luna roja, indiferente y aterradora, se vuelve a cubrir con negras nubes, sumiendo a Hobbiton en la oscuridad más absoluta.

 


FIN

Chuxi

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