AMATUM

RPS LOTR + HP


(1º parte)

Burbank, California – 11 de diciembre de 2005

I. Adiós.

- Bueno, pues hasta pronto, tío - me despido alargando mi mano, esperando que él me la estreche, mirándolo fijamente.
- Adiós. – me responde sin entusiasmo, con cara larga, rehuyendo mi mirada, ofreciéndome un apretón de manos flojo y desganado. Apenas toco su mano, cuando ya la está retirando presuroso y avergonzado. Rápidamente y sin mirarme se introduce en el interior del taxi estacionado en la puerta de mi casa. Un portazo seco que hace temblar el vehículo, una mirada entre curiosa y burlona del taxista que de pie junto al coche, observa nuestra despedida. Mierda. Debí imaginar que algo de esto iba a suceder.
- Que tengas buen viaje. – le deseo amablemente, agachándome junto a su ventanilla, intentando ver su cara a través del cristal subido. - ¿Te puedo llamar por teléfono algún día? – le pregunto elevando mi voz. El se gira y me mira a través del cristal. La ventanilla comienza a descender y sus ojos azules, ingenuos y chispeantes, me miran con desprecio.
- No, no me llames. No quiero que me llames, ¿entendido, tío?. – me contesta cortante y seco. El taxista resopla, ahogando una risita, y yo lo miro. El tipo baja la mirada, murmura una disculpa y se introduce en el coche. Vuelvo a fijar la vista en mi enfadado amigo. Está mirando al frente y se muerde el labio inferior con saña. Se lleva el dedo índice a la boca y comienza a roer su uña, con avidez, con nerviosismo. Un par de manchas rojizas, pequeñas, de formas irregulares, estampadas en su cuello pálido, asoman por encima de su jersey. Sonriendo, alargo mi mano e intento tapar con las solapas de su cazadora esas marcas acusadoras y sospechosas. Pero él pega un respingo al sentir que mi mano lo toca y con brusquedad, me lanza un manotazo en el brazo, apartándolo de él. - ¡Déjame, joder! – exclama con odio. El puto taxista nos mira por el espejo retrovisor, tratando de esconder sus risitas de nuevo. El mamón se lo está pasando de miedo. No le hago caso y me concentro en mi furibundo amigo.
- Oye, ¿pero que coño te pasa ahora?. – le pregunto algo dolido. - ¿Por qué estás cabreado conmigo?. – digo bajando la voz. Pero él no me responde. Me mira de reojo, con expresión patibularia, sus mejillas rojas de indignación, sus ojos llenos de mudo reproche. ¿Qué mierda le sucede?. Anoche no estaba así. Sabía lo que se hacía, ya lo creo que lo sabía. Entonces, ¿por qué ahora ese cambio?. Dios, los remordimientos. Me juego el pescuezo a que los jodidos remordimientos le están comiendo la sesera. El arrepentimiento, el miedo, el desconcierto es lo que le está haciendo actuar así. Me compadezco de él, sabiendo lo que siente en esos instantes. Yo también pasé por esa etapa, yo también sentí miedo y vergüenza cuando tenía su edad, yo también reaccioné así cuando tuve mi primera vez con un hombre. – Escucha, no pasa nada, tío. No te preocupes por nada. Dentro de unas horas te llamo, cuando llegues a Londres, y lo hablamos más tranqu… - le susurro, mientras fulmino con la mirada al taxista curioso que no cesa de espiarnos por el espejo retrovisor.
- ¡Vete a la mierda!. – musita con desprecio, sin mirarme a la cara. - ¡Venga, arranque, arranque ya! – grita al taxista, mientras sube el cristal de su ventanilla con brusquedad. El coche se pone en marcha con un chirrido provocado por la violenta aceleración, y enfila la avenida principal envuelto en humo y olor a gasolina quemada.
Me quedo de pie junto a la puerta de mi casa, como un idiota, clavado en la acera, mirando como el taxi va desapareciendo de mi vista, tragado por la marea del tráfico, llevándoselo a él, a Daniel, a Dan, como le gusta que le llamen. Joder, creo que la he vuelto a cagar. Es mi destino, mi triste destino. ¿A quién cojones se le ocurre liarse con un chaval de 16 años?. A mi, solo a mi, al gilipollas, al imbécil de Elijah. Solo espero que ese taxista no se vaya de la lengua y se le ocurra contar la despedida que ha visto. Joder, sería espantoso que los rumores se disparasen en Hollywood, Elijah Wood y Daniel Radcliffe, Dios, solo de pensarlo me entran sudores fríos. Joder, ¿por qué ha tenido que pasar todo esto?. Dios, Dios, ¿por qué no supe parar a tiempo anoche?. ¿Por qué me lo traje a casa?. ¿Por qué me lo follé?. Solo tengo una respuesta. Lo hice porque me apetecía, porque Dan me gustó desde que lo vi en persona por primera vez, lo hice porque él me siguió el juego, lo hice porque el disfrutó conmigo, lo hice porque él no se negó a nada, lo hice porque me dio la gana, lo hicimos porque nos dio la puta y real gana y punto…Ahora solo me duele el ver cómo se ha marchado Daniel, jodido y confuso. Ahora solo me duele la mierda de kilómetros que nos separan, y que van a impedir que nos volvamos a ver en mucho tiempo, ahora solo me duele su recuerdo, joder, su recuerdo, el recuerdo de Daniel…


II. Hola.

Hace apenas unas horas que nos conocimos, en el programa estrella de Jay Leno de la NBC. Yo estaba allí para promocionar mi película “Hooligans”, que por fin se estrenaba en Estados Unidos esa misma semana. Y unas horas antes me enteré que iba a compartir cámaras y tertulia con otro invitado muy famoso, el chaval que interpretaba a Harry Potter, Daniel Radcliffe, que también se encontraba de gira promociona de su última película estrenada de la saga, Harry Potter y el Cáliz de fuego.
El mismo Jay nos presentó en los camerinos, “Elijah te presento a Daniel, Daniel este es Elijah”. Me levanté de mi asiento, dejando a la maquilladora con el algodón de los polvos antibrillos colgando en el aire, y miré a Dan por primera vez. Ante mi tenía a un chaval de 16 años, alto, que me sacaba una cabeza entera, de pelo corto negro alborotado, con un corte parecido al mío castaño, ojos azules despiertos y sonrisa maravillosa. Joder, que atractivo era, vestido con un simple jersey y unos vaqueros, nada que ver con ese Harry Potter infumable que interpretaba en la pantalla.
- ¡Hola!. ¿Cómo estás?. Encantado de conocerte. – dije yo primero alargando mi mano derecha y estrechando la suya, caliente, suave, vigorosa. - ¡Vaya, vaya, el famoso Harry Potter en persona, joder tío, que honor para mi poder conocerte!. – continué diciendo procurando ser amable y cortés. El me sonrió agradecido, y su cara se iluminó. El estómago me dio un vuelco, y sin querer apreté más aún su mano. Dios, que encantador, solo hacía un par de segundos que lo conocía y ya me estaba apeteciendo llevármelo a la cama sin más.
- Gracias, Elijah. Yo también tenía ganas de conocerte. – me respondió él sin soltar mi mano. – Creo que eres un actor estupendo, y admiro mucho tu trabajo. Soy yo el que está encantado de conocerte.– dijo con timidez. Yo le sonreí, y pensé que además de guapo, era tremendamente educado y humilde. No se veía mucho de eso por Hollywood, ya lo creo que no, donde hasta los actorcetes de cuarta fila se creían el rey del mambo.
- Bueno, bueno, muchachos – intervino Jay, colocándose entre medias de los dos, separando nuestras manos. – El que realmente está encantado de teneros aquí en mi programa soy yo, jajaja, yo estoy encantado, tú estás encantado, él está encantado, jajaja. – dijo en plan chistoso. Todos reimos. Todos menos mi maquilladora, que con el algodón antibrillos en la mano, nos miraba con jeta retorcida, impaciente por terminar su trabajo. Me volví a sentar en mi silla para que ella continuara con sus retoques y Daniel y Jay hicieron lo propio, arrastrando un par de taburetes, colocándose a mi lado, frente al enorme espejo de mi camerino. - Bien, vereis chicos. Quiero entrevistaros juntos, comparando vuestras trayectorias profesionales y personales. Los dos habeis sido actores infantiles, y quedaría bien que tú, Elijah, le explicaras a Dan cómo has dado el salto de actor-niño a actor-adulto, ya me comprendes. Y quiero que sea una entrevista divertida, ya sabeis, con anécdotas, buen rollo y todo eso. ¿Os parece bien?. – nos propuso el dicharachero Jay. Dan y yo nos miramos y dijimos que sí, que nos parecía estupendo, que de puta madre. – Pues no se hable más, en cinco minutos comenzamos. Los dos saldreis juntos, ¿de acuerdo?. Pues, venga chicos, suerte, mucha suerte. – nos dijo Jay levantándose y palmeando nuestras espaldas. Dan se quedó conmigo en el camerino, esperando a que terminaran de maquillarme y a que nos llamaran para grabar.
- ¿Nervioso? – le pregunté al observar que no dejaba de moverse en su asiento.
- ¿Eh?, no, no, que va tío. Bueno, un poco sí. – me confesó con voz tímida. – No acabo de acostumbrarme a hablar delante de tanta gente. Me dan palo las entrevistas, pero no tengo más remedio que hacerlas. ¡El trabajo es el trabajo!. – me contestó con un punto de resignación.
- ¿Qué?. ¿Qué te da palo?. – reí divertido con su expresión. Era la primera vez que escuchaba eso de “dar palo”. - ¿Qué coño significa eso?. No lo había oido en mi vida, y eso que me parece que conozco bien la jerga inglesa. – dije mirándolo fijamente. Dan se pasó la mano por el pelo y se encogió de hombros, sonriendo. Entre sus labios asomó un trozo de lengua, rosada y húmeda, que deslizó por ellos lentamente. Dios, Dios, que ganas me entraron de besarlo, de comerme esa boca adolescente…¿qué mierda me pasaba?. Hacía tiempo que no sentía esas ganas tan urgentes de enrollarme con un tío. Me estaría haciendo mayor, eso sería, y no quería perder ni un segundo de tiempo.
- Pues dar palo es fastidiarte, jorobarte, darte vergüenza, no sé, algo así – me explicó amablemente. Mi maquilladora terminó de empolvarme la nariz, me gruñó un “ya está listo, Sr. Wood”, y me levanté de la silla. Dan me imitó y nos quedamos frente a frente. Yo puse mi mano en su hombro y se lo apreté en señal amistosa.
- Ah, ya, joderte, por decirlo en una palabra, jajaja. Venga, tío, que no pasa nada. Si te sirve de consuelo, a mi también “me dan palo” las entrevistas, ya ves, empecé en esto con ocho años y ahora tengo 24, han pasado 16 años y todavía me tiemblan las rodillas cuando tengo que enfrentarme a un auditorio de cientos de personas. Pero nuestro trabajo es así. Tú respira hondo, y no pienses en más. Solo en aparecer relajado y despreocupado, ¿vale?. – le aconsejé como si fuera su hermano mayor.
- Vale, respiraré hondo y te haré caso, tío.- me respondió él exhalando encanto por todos los poros de su cuerpo. Joder, ahora mismo me estaban temblando las piernas, y no precisamente por la entrevista, no precisamente. Sonreí a Dan, respiré profundo y con mi mano posada sobre su hombro, lo empujé suavemente hasta la puerta del camerino, salimos al largo pasillo que conducía hasta la entrada del plató y caminamos por él, uno al lado del otro, rozando nuestras ropas y cuerpos. Algo en mi interior me decía que, efectivamente, él me iba a hacer caso, ya lo creo que sí, mucho caso…


.-.-.-.-.-.-.-.-.


- ¡Buenas noches, damas y caballeros, bienvenidos a una nueva edición de nuestro programa!…Esta noche contamos con la presencia de dos jóvenes estrellas de cine, consagrados por sus mundialmente conocidos papeles de Frodo y Harry Potter…Hoy, 10 de diciembre de 2005, tengo el inmenso placer de presentarles a Elijah Wood y Daniel Radcliffe,…¡un aplauso, damas y caballeros, un aplauso por favor!….- berreaba Jay Leno ante el micrófono.
Gritos, aplausos, chillidos, música…Comienza el espectáculo, damas y caballeros. Dan y yo salimos juntos al plató desde detrás de las bambalinas, saludando, sonriendo, haciendo nuestro trabajo. Jay, mostrando su experiencia y habilidad ante las cámaras, nos entrevistó durante 30 minutos, treinta minutos divertidos, relajados, en el que nos preguntó sobre nuestra vida y milagros, y promocionó nuestras últimas películas. Treinta minutos que se me pasaron volando, sin apenas nervios, más pendiente de observar y caer bien a Dan, que de enamorar a la cámara o al público. Daniel estuvo divertido, ocurrente, algo tímido, mirando a la audiencia y a su cámara correspondiente, haciendo gala de unas buenas tablas profesionales. Por mi parte, mi deseo de tener algo con él, iba en aumento. Me pareció un chaval tremendamente inteligente, con la cabeza en su sitio, con una frescura y una energía que me nublaba los sentidos. Cuando nuestra intervención acabó, “¡muchas gracias por compartir esta noche con nosotros, un aplauso para estos dos estupendos muchachos!. Os deseo lo mejor, gracias amigos!...Y ahora, tras unos minutos de publicidad, regresamos enseguida, gracias!”, nos encaminamos hasta nuestros respectivos camerinos, y una vez allí, mientras me desmaquillaba la agradable señorita gruñidos, pensé en invitarle a mi casa. ¿Por qué no?. La idea de cenar con él, a solas, sin nadie que nos molestara, charlando, viendo alguna película, tal vez jugando con la Play, o quizás algo más, tomó cada vez mayores proporciones en mi alocada cabeza.
Cuando el último resto de maquillaje desapareció de mi cara, di las gracias a la chica de gesto avinagrado, me atusé el pelo y me levanté. Contemplé mi rostro en el espejo de mi camerino, y pensé que mi cara de ángel renacentista, mi nariz perfecta, mis hermosos ojos celestes y mi carisma tendrían que trabajar mucho esa noche si quería que Dan terminase entre mis piernas. No sabía si al chaval le iban los tíos o las tías, si era virgen o tenía ya experiencia en las cabalgadas, si habría venido a California acompañado por alguien, como me ocurría a mi hace años, cuando mi madre era mi sombra permanente, o si tendría algún compromiso para esa misma noche. No podía perder tiempo. Al día siguiente cogía un avión para regresar a Londres, y yo quizás, no volvería a verle en mucho tiempo. Decidí lanzarme a la piscina. Me dirigí a su camerino y llamé a su puerta, toc, toc, toc. El mismo me abrió. Pegado a su oreja, un diminuto teléfono móvil de color gris. Se hizo a un lado y con una seña me indicó que pasara dentro.
- Si, mamá, sí, todo va bien. No te preocupes. Pues no sé, supongo que me iré al hotel…Sí, la Sra. Denvers está conmigo, tranquila. ¿Me has visto entonces por el satélite?. Pero mamá, por Dios, si alli son las ocho de la mañana. No tenías que haber madrugado para verme…¿Qué?. Bueno, Jay Leno nos dijo que nos entrevistaría juntos, ¿no te ha parecido bien?. ¿Qué Elijah me ha quitado protagonismo?. No sé, mamá, a mi me ha parecido un tipo estupendo. Vale, de acuerdo, sí, mañana vuelvo a Londres, a las 12 sale mi avión, que si, joder, mamá, ya está bien, solo han sido tres días fuera de casa, y he tenido todo el rato pegada a mi culo a la tía esta tan peñazo, esta Denvers de los cojones, vale, vale, cuidaré mi lenguaje, venga, mamá, un beso, si, nos vemos, siii, mamá, ¡que sí, mierda!. Vale, perdona, sí, ya sé que me quieres mucho, yo también, cuidate tú también, sii, adiós, un beso, adiós, adiós… - decía Daniel, paseando nervioso por la habitación, de vez en cuando cruzando su mirada transparente cargada de fastidio con la mía, cortando finalmente la comunicación con un gesto de rabia, “¡joder con mi madre!”.
- Vaya, estas madres son terribles, tío. – comenté divertido. – Mi madre todavía me sigue haciendo llamadas como esa que has tenido ahora mismo. ¡Joder, se piensa que soy todavía un bebé de teta, y hace ya tiempo que me salieron pelos en los huevos!. – dije riendo. Daniel me miró y rió también con la gilipollez que acababa de soltar.
- Joder, tío y que lo digas. Mi madre me acompaña siempre a todas partes, y si esta vez no lo ha hecho es porque hace dos semanas se cayó por las escaleras de casa y se rompió la pierna. Está escayolada y no puede moverse. No veas la traca que ha dado con este viaje. Ya ves, la primera vez que viajo a Los Angeles solo, sin su supervisión. Mi padre tampoco podía acompañarme, ya sabes, sus negocios y todo eso, y al final ha sido la Denvers quien me ha acompañado, Giselle Denvers, una niñera que mi madre contrató para cuidar de mi, joder, que pesadilla. En estos tres días no me ha dejado en paz, siempre detrás de mi. Ahora mismo está ahí fuera, esperando a que salga para llevarme al hotel. Ni siquiera voy a poder darme un garbeo por la ciudad, aunque ahora que lo pienso, tampoco puedo ir a ningún sitio sin que las jodidas fans y los paparazzi me acosen. – me explicó Dan, resoplando, poniéndose repentinamente serio, llenando mis oidos con su suave acento inglés, con su voz grave de recién estrenado adolescente, quejas que me sonaban muy cercanas y familiares, por desgracia. No pude evitar sentir una punzada de pena por él. Veía perfectamente la soledad y el vacío que anidaban en su joven corazón. Como me sucedió a mi, años atrás, exactamente igual.
- Vaya, tío, siento lo de esa Giselle Denversr, y lo de las fans y los paparazzi. Pero es parte de nuestro trabajo, tío, no debes agobiarte por eso. Es el puto precio de la fama – le dije alargando mi mano y apretando su codo, intentando consolar el hastío de su joven mirada. Sentí el calor de su piel bajo la lana de su jersey, y comprobé el breve temblor de su mirada dirigida hacia mi mano. ¿Le habría gustado mi gesto amistoso? ¿O quizás le parecía demasiado osado por mi parte?. Tragué saliva y decidí echarle cojones. Ahora o nunca. El se marchaba mañana a Londres y yo, presa de un fuego inexplicable que me abrasaba la garganta, lancé mi proposición indecente a medias. – Oye, Dan, estaba pensando, bueno, quizás te parezca raro, sin conocerme de nada, pero, escucha, ¿qué te parece si te vienes a mi casa conmigo?. Vivo en Santa Mónica, a unos cuantos kilómetros de aquí. Esta noche estoy solo en casa. Mi madre y mi hermana se marcharon ayer a San Diego, a visitar a mi hermano. Podríamos pedir una pizza, ver alguna película, escuchar música, no sé, ¿te gustan los videojuegos?. Tengo muchos, y … - le propuse, procurando que todo sonara muy natural, intentando que no se diera cuenta de las ganas que tenía de revolcarme con él en el suelo de mi habitación. Debía ir con pies de plomo. No sabía nada de Daniel, no tenía ni idea de sus gustos sexuales, no quería herirle, no deseaba que se hiciera una idea equivocada de mi, además, él era menor, solo 16 años, y yo 24, joder, joder, ¿por qué habría dicho nada?. Seguro que él no aceptaría mi invitación, seguro que se olía algo raro, seguro que…
- ¿A tu casa?. Pues, pues, sí, sí, estaría bien. ¡De acuerdo!. – exclamó Daniel para mi sorpresa. – Oye, ¿y qué juegos tienes?. Joder, tío, me encanta jugar a la Play, aunque ahora apenas tengo tiempo. También tengo la xBox, y cuando puedo juego al Halo, ¿tú lo tienes, tío?. Ese si que es cojonudo, ¿y que te parece el Resident Evil? . Es la leche, chaval. ¿Y el Silent Hill? La caña, tío, me compré la nueva versión el otro día, ¿lo tienes ya? - prosiguió emocionado. Yo le sonreí y le dije que sí, joder, le dije que sí a todo. Me excitaba verlo tan contento, me gustaba ver cómo había pasado de la tristeza y la resignación a la euforia y la alegría. Joder, aquello pintaba bien, sí señor, empezaba a pintar bien. Daniel había aceptado mi invitación. Se venía a mi casa. Joder, la cabeza se me llenaba con los ojos dulces de Dan, la nariz con su olor a nada, el tacto con el calor de su jersey, la imaginación con su cuerpo desnudo y probablemente virginal debajo del mío, retorciéndose de gusto, gimiendo de placer.…Entusiasmado, le pasé amistosamente el brazo por sus hombros, y lo encaminé hacia la puerta del camerino.
- Bueno, tío, vamos a ver cómo nos libramos de esa Denvers, y la convencemos para que te deje venir a mi casa – le dije guiñándole un ojo, ofreciéndole mi mejor sonrisa, comenzando mi juego de seducción. Dan me sonrió y deslizó su brazo por mi cintura, oprimiéndola con timidez, dejándome muerto de gusto con su gesto tierno y prometedor, hinchando de deseo mi polla, llenando mi corazón de esperanza y mi cabeza de turbios y sugerentes pensamientos.
- Sí, tío, vamos…


(2ª Parte)


III. Confesiones

Giselle Denvers fue pan comido para mi. Un par de palabras amables, una buena caída de pestañas y unos gramos de sonrisa angelical, y lista. Convencida y sin sospechar nada raro, dejó que su protegido se viniera conmigo a Santa Mónica, con la condición de que a las 8 de la mañana estuviera de vuelta en el hotel, “que el avión para Londres sale a las 12, y no queremos perder ese vuelo, Sr. Wood”. Dan me miraba entre asombrado y divertido. No podía creerse que la Denvers soltara su cadena y lo dejara libre por unas horas. Pero así era. Mis dotes de actor y persona encantadora habían solventado el problema y esa mosca cojonera llamada Sra. Denvers no supondría ningún obstáculo.
- ¡Joder, tío!. ¡Cómo te la has quitado de encima! – exclamaba Dan sentado a mi derecha, en el asiento del copiloto, mientras yo conducía a toda velocidad, rozando los límites de velocidad, por la autopista A-8109, la que enlazaba Burbank con Santa Mónica.
- Ya ves, colega. Tengo práctica de sobra. – le contesté sonriendo. – 24 años viviendo al lado de Debra Wood te sirve de mucha experiencia. Soy un auténtico experto en escaqueos maternales. – dije quitando mi vista de la carretera por un segundo, buscando sus ojos. El se rió alborozado, bajando su mirada tímidamente. Y yo tragué saliva, y pisé el acelerador, deseando llegar a casa cuando antes. Me gustaba, me gustaba mucho Daniel, joder, no sabía que me había entrado en el cuerpo, no lo sabía. Deseaba estar ya en mi casa, para estar con él a solas, muerto de impaciencia por saber si él me rechazaría o me aceptaría…Llegar, llegar a casa para estar con él…
- ¡Ei, cómo mola esto tío!.- gritaba Dan. - ¡Pisa más fuerte, más, más, uoooo! – exclamó bajando su ventanilla y sacando la cabeza fuera. Una ráfaga de aire frío alborotó su pelo, elevándolo hacia arriba y él se río, pidiéndome de nuevo que pisara el acelerador aún más. Me di cuenta de la necesidad de libertad que tenía, de las ganas de vivir escondidas que se ocultaban en su pecho, me percaté de su infancia robada, me vi retratado en él, atrapado por la fama, cientos de moscones a tu lado buscando tu amistad por interés, oh Dios, la soledad, sin más cariño que el tuyo propio…Apreté el acelerador, aún a riesgo de que la policía nos detuviera, y dejé que mi coche traspasara los límites de velocidad, sólo por darle gusto a él, a Daniel, sólo por verle sonreír, sólo por darle unos minutos de felicidad, sólo por él.
Quince minutos más tarde estábamos ya en mi silenciosa casa. No había nadie en ella. Mi madre y mi hermana no regresarían hasta pasados tres días, de visita en casa de mi hermano. La cocinera, la asistenta y el jardinero no aparecerían hasta las 9 de la mañana, y Helen Price, nuestra ama de llaves, que vivía con nosotros, tenía una semana de vacaciones, y hasta el lunes no la esperábamos. El camino estaba libre. Al cerrar la puerta de mi casa, miré mi reloj. Marcaba las once y cuarto de la noche. Perfecto. Ocho horas para disfrutarlas con Dan. Si él quería, claro. Busqué el interruptor de la luz del vestíbulo, y su potente luz nos deslumbró. Daniel deslizó su mirada por paredes, muebles y techos, “me mola tu casa, tío, es bonita, muy bonita, bueno, qué, ¿cenamos?, me rugen las tripas, colega, me comería hasta mi brazo de la gusa que tengo”, joder, Daniel, yo también me comería tu brazo, y tu boca, y tu polla, “sí, claro, vamos a cenar, ven a la cocina a ver que encontramos, pasa Dan, estás en tu casa, ponte cómodo, pasa…”.
Nos pusimos morados a comer, arrasando las existencias de mi frigorífico. Era ya muy tarde para pedir una pizza, así que echamos mano de lo que guardaba mi nevera. Pastel de carne, algo de estofado de no se sabe que día, un poco de ensalada de aguacate, restos de la deliciosa tarta de manzana hecha por Mildred, nuestra cocinera…Daniel devoraba más que comer, y yo lo miraba complacido, mientras me bebía mi segunda cerveza, sin quitarle ojo de encima, disfrutando con su presencia, dejando que el alcohol me diera ánimos para dar el primer paso. Con la tarta, saqué un licor de hierbas francés, 40º grados, y llené con él nuestros vasos hasta casi el borde. Daniel apenas si había tocado su cerveza, “yo prefiero agua, tío, me gusta comer con agua”, y ahora miraba curioso el licor verdoso con un fuerte aroma mentolado, “qué es esto, Elijah, ¿sabe bien?, ¿sí?, pues adentro, puagggg, que fuerte, tío, uffff, pues sí, está rico, venga, ponme más, sí, ponme más…”.
Entonces, cuando vi que sus ojos comenzaban a brillar más de la cuenta, y de que su sonrisa y su conversación fluía más confiada, “oye, tío, esto pega, ¿eh?, joder con el licor francés”, le propuse subir a mi cuarto, a enseñarle mis juegos, consolas, y mi colección de dvds musicales. El aceptó entusiasmado, “sí, venga, y echamos una partida a lo que quieras”. Pero yo no tenía ganas de luchas ni de juegos virtuales. Yo deseaba jugar con su cuerpo, tirármelo de todas las posturas y maneras posiblesas, eso era lo que yo quería, pero me callé, prudente, esperando y estudiando sus reacciones. Ya en mi habitación, Dan comenzó a fisgar todas mis cosas, mientras bebía a morro de la botella del licor francés. Yo me senté en mi cama y dejé que revolviera mis trastos. “¿qué es esto?, este grupo me gusta, yo tengo este juego, joder, que calor, Elijah, que calor…”.
Sí, que calor. El bendito licor se estaba subiendo a la cabeza de mi invitado. En unos minutos, Dan se estaba despojando de su jersey. Debajo de la prenda apareció una camiseta azul marino, con un pequeño logotipo amarillo sobre el corazón de Dan, el nombre de algún pub de Londres o algo así. Pero mi vista no se fijó en aquel dibujo, sino en la piel de los brazos de Daniel. Una piel blanca, casi transparente, gruesas venas azuladas recorriendo sus antebrazos, como las mías. La camiseta se le ceñía al pecho, y le marcaba suavemente los músculos. Tenía los pezones erizados. Un estremecimiento de gusto me recorrió el cuerpo al verlos, y el ansia de lamerlos me hizo levantarme bruscamente y acercarme a él, que ajeno a la impresión que me estaba provocando, continuaba curioseando.
Me coloqué frente a él y sin poder remediarlo, alargué mi mano y acaricié su brazo. ¡Dios, que piel!. Suave, caliente, tentadora…El entonces, algo vacilante, se me quedó mirando extrañado y retiró su brazo, “¿qué haces, tío, qué pasa, qué quieres?”, y yo me aparté de él, cortado, algo asustado. Un cigarro, necesitaba un cigarro. Llevaba ya dos semanas sin fumar, todo un triunfo, pero ahora necesitaba con urgencia fumarme un jodido cigarro, un cigarro para echar valor al asunto, y proponer a mi invitado lo que sabía que no debía proponerle, sexo, sexo dulce, sexo salvaje, oh, Dios…
- Esto, no, nada, me preguntaba si..,si… bueno, que si te apetece, te apetece… un cigarro, Daniel, eso es, un cigarro…Yo estoy intentando dejarlo, pero no puedo, me está costando mucho, y ya ves, ahora mismo me apetece fumar, tío, y eso es lo que quería decirte que…bueno, olvídalo…Voy a por un cigarro a la habitación de mi hermana, enseguida vuelvo – dije nervioso, mientras Dan me miraba con ojos extraños, serio, con la botella del licor francés colgando de sus dedos, sin moverse del sitio, solo mirándome extrañado, quizás algo asustado.
Salí de mi cuarto, con la respiración acelerada, y entré en la habitación de mi hermana. Le birlé un paquete enterito de tabaco y un mechero. Allí mismo, con dedos temblorosos, rasgué el celofán que cubría la cajetilla y saqué un cigarrillo. Mi mano temblaba y a duras penas acerté a prender el mechero. Ansioso aspiré el humo del cigarro, llenando mis pulmones de nicotina y alquitrán. Joder, joder, me tenía que tranquilizar. Estaba claro que Dan no quería rollo, sí, claro como el agua. Había retirado su brazo y eso me había dolido como si me hubieran dado un latigazo. Me había rechazado…
- ¡Elijah, tío!. ¿Qué haces aquí a oscuras?. – me sobresaltó su voz. La figura de Dan se recortó en el umbral de la habitación en penumbra de mi hermana. - ¿Te pasa algo,colega?. – repitió acercándose a mi.
- Eh, no, no, ya iba para allá, es que tengo mono de tabaco y bueno, estoy algo nervioso. No me pasa nada, Dan, venga, vamos a mi cuarto. Te echo una partida al Halo, ¿vale? – le propuse con una sonrisa, saliendo de la habitación de mi hermana.
El me sonrió también. Sus mejillas estaban rojas y el flequillo despeinado le caía sobre la frente algo sudorosa. Ya no llevaba la botella del licor con él. Se rascó una ceja y carraspeó, inquieto. No, no quería jugar al Halo, no le apetecía. Dijo que prefería fumarse un cigarrillo conmigo y charlar. Yo lo miré sorprendido, di una calada profunda a mi cigarro dejé que el humo me inundara los pulmones y luego lo expulsé lentamente por mi nariz, mientras lo miraba con los ojos entrecerrados. ¿Charlar, quería charlar?. Estupendo, de puta madre, eso era buena señal, muy buena señal, “cómo quieras, Dan. Vamos a mi cuarto”, le dije indicando la dirección de mi habitación con la cabeza. No lo toqué, ni dije más, nervioso, excitado, ilusionado…El quería charlar…
Y hablamos, ya lo creo que hablamos. Daniel sentado en mi cama, descalzo, con las piernas cruzadas, y yo tumbado a su lado, los dos compartiendo licor francés y cigarrillos, pegando nuestros labios a la boca pegajosa de la botella, colocándolos en el mismo sitio en el que el otro lo hacía, apurando todo su contenido, pasándonos el cigarro, rozando nuestros dedos al hacerlo, yo riéndome con las toses de Dan, “joder, cof, cof, aggg, joder, que me muero, tío, como me viera mi madre fumar se quedaba tiesa en el sitio, jajaja”, disfrutando con su ingenuidad, deseando tumbarlo de una maldita vez. El calor del alcohol desató su lengua, y comenzaron a caer sus confidencias y confesiones, sus preguntas y dudas, una tras otra, encadenadas, ansiosas por salir a la luz. Y yo lo escuchaba en silencio.
- La verdad es que no tengo muchos amigos, tío. Joder, parece increíble, ¿no?. Y si hablamos de tías pues, pues, joder Elijah, tantas pibas detrás de mi, y yo pues como que… - susurraba entre risas.
- No me digas que no has follado todavía, tío. – le interrumpí jocoso, levantando mi vista hacia él y mirándolo insinuante. El me miró, se río, me pasó el cigarro, se encogió de hombros, desenredó sus piernas y se dejó caer junto a mi, tumbándose a mi lado. Mi cama crujió y los latidos de mi corazón se dispararon al sentirlo tan cerca de mi, rozando su brazo desnudo el mío.
- Joder, que palo…- suspiró él, clavando su vista en el techo. Se apartó un poco de mi, enlazó sus manos tras la nuca y frunció el ceño. – Pues no, todavía no he follado. ¡Con la cantidad de tías que ahora mismo estarán pensando en mi, todas calentorras en sus camas, metiéndose los dedos, babeando su almohada, y yo aquí, sin ni siquiera haber dado un simple morreo a una chica, joder, joder, Elijah, a veces pienso que todo esto es una mierda!. Hay días en los que me gustaría ir al instituto como un chaval más y salir un sábado por la tarde a desparramar con los amigos, y luego ligar con las tías, y follármelas, sin nadie que me persiga robándome fotos, joder. ¡Tú sabes la cantidad de guarradas que escriben mis fans conmigo de protagonista, y yo aquí, matándome a pajas, sin poder hacer lo que me salga de la polla, trabajando, todo el día trabajando, sin amigos, sin… - exclamó dolorido, casi a punto de llorar. Yo me giré hacia él, apoyando el peso de mi cuerpo en el codo. Efectivamente, los ojos de Dan brillaban, y no sólo por el efecto del alcohol y del humo del tabaco. Una lágrima traicionera se asomaba entre sus pestañas largas y espesas.
- Ei, tío, tranquilízate – le dije, apenado por lo que acababa de escuchar. Así era como me sentía yo a los 16 años, solo y desorientado, perdido en el mundo de la farándula, ahogado por el brillo de la fama, hasta que tuve la suerte de conocer a Sarah, mi profesora particular de literatura, 15 años mayor que yo, y ella me abrió las puertas del paraíso. Se lo conté a Dan en voz baja, rememorando aquella época agridulce. – Cuando conocí a Sarah, estaba hecho polvo, Daniel, estaba pasando por una crisis muy jodida. Envidiaba a los chicos de mi edad, y quería ser como ellos, como tú dices. Pero la gente de mi entorno y el amor a mi profesión me lo impedían. Pero entonces, Sarah apareció y me salvó. Ella me hizo verlo todo distinto. Me enseñó a follar, nos emborrachamos juntos, hicimos locuras, joder, me hizo ver la vida de otro modo…Me enamoré de ella como un gililpollas, me tenía loco, tío, era una mujer extraordinaria, inteligente, guapa, cariñosa, y joder, cómo me la chupaba, cómo me lo hacía, era una salvaje en la cama, pero tan dulce a la vez…Bah, te estoy aburriendo, Daniel, no me hagas caso – dije volviendo a tumbarme, dando una calada a mi cigarro.
- No, no, continúa, no me aburres para nada – me dijo arrimándose más a mi, quitándome el cigarrillo de los labios, y colgándoselo de los suyos. Sus ojos se quedaron fijos en mi, y yo sentí de nuevo la punzada del deseo urgente, como esas punzadas que me daban cuando Sarah me besaba y me acariciaba, años atrás. Y seguí hablando. Le conté mi historia con mi profesora, cómo ella me inició en el sexo, cómo nos teníamos que esconder de su marido y de la gente, cómo me contagió sus ganas de vivir, su manera particular de entender el mundo, su amor, su dulzura, su pasión. También le conté nuestro triste final, cómo ella desapareció un día, dejándome una simple nota, “no podemos seguir juntos, amor, disfruta de tu vida, el mundo no es Sarah, el mundo es más”, y cómo yo, roto de dolor, procuré hacerla caso. Le confesé entonces cómo me enrrollé, casi sin darme cuenta, en una fiesta, con un amigo de mi hermano, Robert, y cómo desde entonces, hombres y mujeres habían pasado por mi cama, sin ninguna distinción, buscando siempre en sus cuerpos el recuerdo y el calor de Sarah, que me dio todo sin pedir nada a cambio.
- ¡Joder!. ¿Tú follas con tíos también?. – me interrumpió sorprendido, candoroso, agitado. Su exclamación me sacó de mis pensamientos melancólicos. Giré mi cabeza y lo miré. Estaba casi encima de mi, con el cigarrillo humeante entre los dedos, el pelo revuelto, y una sonrisa entre pícara y escandalizada bailando en sus labios.
- Pues sí, ¿te sorprende?. Te aseguro que no hay diferencia, quizás con un hombre siento algo más de morbo, pero no hay diferencia. – le contesté levantando mi cabeza, acercándome más a él, aspirando su olor suave, mirando sus labios entreabiertos, deseando como nunca iniciar a ese Dan ingenuo, virgen e insatisfecho en el deslumbrante mundo del sexo.
El me miró los ojos y luego su vista se deslizó hasta mi boca. Sus labios temblaron, y acercó más su cabeza a la mía. ¡Dios!. Me quedé quieto, esperando que fuera él quien diera el siguiente paso. Sabía que estaba confuso, pero también percibía sus ganas de besarme, de experimentar, de gozar…Un grito de dolor y un espasmo lo hizo apartarse de mi repentinamente. El cigarrillo le había quemado la yema de los dedos. Daniel se sentó en la cama y se llevó el dedo herido a la boca, lamiendo su quemadura, “joder, que dolor, puto cigarro, uff”, y yo entonces sentí unas ganas tremendas de reirme, no sé porqué, el alcohol, la situación, la excitación…Las carcajadas se me escaparon y él me miró enfurruñado.
- No tiene gracia, joder, me duele, me duele mucho - se quejó sacando el dedo lastimado de su boca y apretándolo contra su pecho. Yo, entonces, dejé de reirme y cogí su dedo. Estaba empapado de su saliva. Con suavidad lo llevé hasta mi boca y se lo besé, una, dos, tres veces. Daniel se dejaba hacer, con una media sonrisa, avergonzado, librando una lucha interna, lo hago, no lo hago, me dejo que me toque este tío, no me dejo, igual que me sucedió a mi con Robert años atrás… Suavemente, metí su dedo en mi boca y comencé a succionarlo golosamente. El cerró los ojos y entreabrió sus labios. Un leve gemido se escapó de ellos. Ese tímido gemido, esos ojos cerrados por el placer y el sabor de su dedo, bastaron para provocarme una erección instantánea. - …oh, ya no me duele, quita, déjame, ya no me duele – susurró tras un segundo, retirando su dedo de mi boca y abriendo los ojos. Le había gustado, joder, ¡le había gustado!. A pesar de sacar su dedo de mi boca, había temblado de gusto con mi caricia…Decidí atacar, ahora o nunca…Me acerqué a él, más, mucho más, hasta que mis labios tocaron la curva de su oreja, hasta que mi nariz se hundió en su pelo, hasta que nuestras mejillas se fundieron.
- Daniel, Dan – susurré en su oido. - ¿Quieres follar conmigo?. ¿Quieres aprender conmigo?. Dan, te juro que no hay diferencia entre un hombre y una mujer, solo es sexo, solo sexo, Daniel, me gustas tío, me gustas mucho, déjame que te enseñe, tú y yo somos iguales, nadie sabrá nada, ¿qué me contestas?, dime, ¿quieres follar conmigo?, ¿nos lo hacemos? – seguí susurrando, excitado por sentirlo tan cerca de mi, deseando llevarme su virginidad, desesperado por darle y sentir placer con él…
- No sé, tío, sí, bueno, no, no sé, ¿me va a doler? – musitó también en mi oido. Me aparté de él y lo miré, sonriendo, excitado con su susurro cargado de miedo a lo desconocido. Sin poder aguantar más, deslicé mi mano tras su nuca y atraje su rostro hacia el mío. Besé la punta de su nariz y las comisuras de sus labios. Dan no se movió, ni dijo nada. Unicamente el ritmo de su respiración me indicó que todo aquello le gustaba. Cerré los ojos y lentamente, con la punta de mi lengua, acaricié sus labios, mojándolos con mi saliva, y sin más, lo besé. Besos pequeños, caricias leves, arrimando cada vez más su cara a la mía…Sentí su brazo que me rodeaba la cintura, atrayéndome más a él. Su boca se abrió y noté el tacto de su lengua inexperta sobre la mía. Un pinchazo de placer latió entre mis piernas. Abrí más mi boca y me tragué su lengua. El entonces se apartó de mi y me miró asustado. – No me hagas daño – me pidió con voz ronca, plagada de deseo.
- El amor es placer y dolor – le contesté con la frase favorita de Sarah, la misma que ella me dijo la primera vez que follamos. – Solo quiero que estés seguro de lo que vas a hacer, Dan, dime, ¿quieres follar conmigo? – le repetí mi pregunta, mis ojos sobre los suyos, mi mano tras su nuca, la suya en mi cintura, sentados en mi cama, silencio absoluto a nuestro alrededor…
- Sí, sí que quiero, sí, quiero follar contigo – declaró Dan con voz firme, dando vía libre a sus deseos y a los míos…


IV. Unión

Volví a besarlo, “joder, Dan, no me puedo creer que me hayas dicho que sí, nos lo vamos a pasar de puta madre, ya verás, joder, estás tan bueno, me has vuelto majara”, echándolo hacia atrás en la cama, tumbándome sobre él despacio, mientras nos abrazábamos temblorosos y él se reía sin parar. Nuestras bocas se fundieron en una sola. Daniel no tenía ni idea de besar, era deliciosamente torpe, no sabía como colocar la lengua, me mordía, chocaba sus dientes con los míos, se reía, se avergonzaba de su ignorancia, “mierda, que raro es todo esto, tío, jajaja, que torpe soy, joder, que torpe”, y yo le animaba, “qué dices, tío, tienes una boca de vicio, me estás poniendo cachondo, muy cachondo, déjate llevar, no pienses, joder, Dan, cómo me pones”, besos, besos y besos, nuestras bocas pegadas, gruñidos, jadeos, saliva, placer…
Instantes después, me separé de él, incorporándome. Me quedé sentado a horcajadas sobre él. No teníamos más luz que la de una pequeña lamparita de color negro situada sobre mi mesilla, a nuestra derecha. Sus tenues rayos iluminaban la cara de Daniel. Con rapidez, me quité mi camiseta, y él me acarició los brazos, los hombros, el pecho, el estómago…Un estremecimiento recorrió mi piel, y sin perder tiempo, lo ayudé a despojarse también de la suya. El tacto de su piel me dejó muerto, suave, caliente, ligeramente húmeda. Hacía calor en el cuarto, y el sudor comenzaba a brotar de nuestros cuerpos. Me agaché de nuevo sobre él y besé su cuello, recorriendo con mis labios y mi lengua toda su extensión. Dan me abrazó con timidez y sus caricias desmañadas sobre mi espalda me excitaron más aún. Con cuidado comencé a mordisquear su cuello, subiendo hacia su oreja derecha, y me detuve en el pequeño lóbulo, lamiéndolo con verdadera fruición, mordiéndolo con mucho cuidado, bocados pequeños, mordiscos jugosos. Daniel se estremeció y me abrazó más fuerte contra su pecho, suspiró y susurró “Dios, que gusto, muérdeme, muérdeme más, no te pares”.
Obedecí sin rechistar a mi joven aprendiz y mordí su oreja y su cuello una y mil veces, calentándolo, excitándolo, enseñándole el vértigo del sexo, sintiendo como me arañaba la espalda cada vez más, cómo iba perdiendo el control de su cuerpo, cómo la vergüenza lo abandonaba. Unos minutos más tarde, Daniel retiró sus manos de mi espalda y las dirigió a su cintura, luchando con la cremallera de su bragueta, impaciente por quitarse los pantalones, frotando su miembro escondido con el mío. Dejé de morderlo y le ayudé a desnudarse, mientras yo también me arrancaba mi ropa. Nos quedamos desnudos. El, entonces, se incorporó y se sentó junto a mi. Con sus mejillas rojas como amapolas, me miraba la polla, supongo que haciendo comparaciones odiosas.
- ¡Eiii, tío, yo la tengo más grande que tú, jajaja! – exclamó poniéndose a mi lado, sin llegar a tocarme, presa de una risa nerviosa con la que se protegía de la enorme vergüenza que era evidente estaba pasando. Yo me reí, y acercándome más a él, rocé mi miembro erecto con el suyo, en un intento por medir ambos. Dan se estremeció y se apartó de mi con un “¡eh,!, ¿Qué haces?, no, no, todavía no”…Se cubrió entonces con las manos y me miró algo aturdido.
- No pasa nada, Daniel, tranquilo, tranquilo, tío. – le dije yo nervioso y excitado a la vez. - ¿Quieres tocármela?. Te aseguro que es igual que la tuya, venga, no pasa nada, no tengas miedo, Dan, sé que todo esto te está molando, fijate cómo estás, empalmado a más no poder, la tienes a reventar, como yo, venga Dan, no pienses en nada, solo disfruta de este momento, solo eso, joder – le animé, mientras con suavidad cogía su mano y la acercaba a mi polla erecta. Daniel me sonrió cuando apoyé su mano en mi miembro. Lentamente, como si se quemara, recorrió con sus dedos toda la superficie, y yo solté aire, mi corazón acelerado, latiendo cada vez más deprisa, sintiendo su mano cerrarse en torno a mi polla, acariciándomela con delicadeza, dándome un placer sin nombre. Mi mano también se perdió entre las piernas de Daniel, que se estremeció, pero no se apartó. Nos acariciamos los dos durante unos minutos, de rodillas en la cama, frente a frente, mirándonos a los ojos. Nos besamos de nuevo, nos abrazamos, al tiempo que nuestras manos y dedos seguían dibujando surcos de placer entre nuestras piernas. Daniel jadeaba entre beso y beso, me agarraba del pelo, sonreía, cerraba los ojos, movía sus caderas inconscientemente, frotándose con mi cuerpo, gemía cada vez en tonos más altos, disfrutaba al cien por cien. Unas gotitas húmedas se deslizaron entre mis dedos…Me di cuenta de que Daniel estaba a punto de correrse y paré de acariciarlo. No quería que se fuera todavía.
- ¿Qué pasa ahora? – me preguntó abriendo los ojos. - ¿Por qué te paras?. ¿He hecho algo mal?- me preguntó con voz ronca, dejando quieta su mano sobre mi miembro.
- No pasa nada, Daniel. – le contesté empujándolo hacia atrás. – Estabas a punto de correrte y no quiero que eso te pase. Tienes que aprender a controlarte, así disfrutarás más. Escucha, ahora quiero que pienses en otra cosa, no sé, en la Sra. Denvers, por ejemplo. – le dije sonriendo maliciosamente. El me miró asombrado “¿quéee?”. – Sí, relájate un poco, deja que se te ponga floja. Quiero comértela, y tal y cómo estás ahora, si lo hago, te correrás en un segundo y todo habrá terminado, y eso sería una mierda, ¿me comprendes?.- le expliqué entre susurros. El me miró jadeante y sonrió, “ah, vale, lo que tú digas, pero no me iba a correr todavía, yo aguanto, aguanto lo que sea, tío, aguanto lo que sea”. Sonreí al escuchar la bravata que se estaba lanzando mi angelical amante. Le quedaba mucho por aprender, y yo se lo iba a enseñar. – Claro, claro, tú aguantas, aguantas lo que sea…,Vamos, Dan, túmbate, vamos a comprobar tu capacidad de resistencia…
El chico me obedeció y se volvió a tumbar en la cama, apoyando la cabeza en la almohada, mirándome expectante, diminutas gotas de sudor perlando su frente, mojando su flequillo alborotado. Me acosté a su lado y le di la vuelta, colocándolo de espaldas a mi. Con mi lengua recorrí su espina dorsal, desde la nuca hasta el final, besé su culo, su cintura, sus hombros…Dan no hablaba, solo emitía suaves jadeos que me encendían la sangre. Lentamente le di la vuelta y besé su ombligo y su estómago, y sin poder aguantar más, temeroso de que se me fuera de un momento a otro, agarré suavemente con mi mano derecha su miembro duro y palpitante y comencé a lamerlo. Daniel sopló, “buffff, joder, Elijah, joder”, temblaron sus piernas, crujieron las sábanas. Yo sonreí, mirando hacia arriba, observando su boca entreabierta y sus ojos fuertemente cerrados. Me la metí entera en la boca y comencé a succionarla arriba y abajo, tal y como me había enseñado Robert a hacerlo, sintiendo como crecía, escuchando los jadeos y la respiración entrecortada de Daniel, “joder, Dios, más deprisa, más, sigue, no aguanto, joder, tengo que aguantar, quieto, para tío, oh Dios, Dios…”. Un gemido profundo cortó sus palabras de raiz, una sacudida levantó sus caderas, su polla se estremeció dentro de mi boca, y su semen, sin apenas sabor, llenó mi paladar. Sus manos rodearon mi cabeza, empujándola sobre su miembro, y durante unos segundos solo se oyeron sus jadeos de gusto. Complacido, sabedor del gran placer que le acababa de entregar, me tragué todo su esperma con un solo movimiento de mi garganta, me separé de él, y me senté a su lado, limpiándome la comisura de los labios.
- Bueno, bueno, qué capacidad de resistencia, jajaja – bromeé, acariciando su frente sudorosa y besando sus labios entreabiertos. – No has aguantado ni un minuto, colega, jajaja, vaya, ¿tan bien lo hago? – le pregunté sarcástico.
- Cállate, cabrón – me contestó en un susurro Daniel, abriendo sus ojos, sonriendo entre jadeos, devolviéndome los besos, abrazándose a mi y dejando caer su cabeza mojada en mi pecho. – Has ido a pillarme, joder, eso no vale, tu juegas con ventaja. Ahora verás, tío. Te toca a ti, ahora te la voy a comer yo, y ya verás, vas a flipar, te vas a correr enseguida. Vamos a ver quién se ríe el último, joder, vamos a verlo. – dijo respirando con dificultad, despegándose de mis brazos, posando la cabeza en mi estómago, dispuesto a realizar su primera mamada.
- Jajaja, uuhh que miedo, me acojonas, tío, jajaja – le contesté entre risas, empujándolo, comenzando una pelea imaginaria, rodando los dos por la cama, mezclando nuestro sudor, terminando con Daniel encima de mi, besándonos en la boca una vez más. Cuando nuestros labios se separaron, él me miró, y yo aparté el pelo de su frente. Le pregunté si le había gustado la mamada, si estaba a gusto conmigo, si quería continuar con todo aquello, “sí, sí tío, joder, que sensación más de puta madre, jamás pensé que una mamada fuera así, claro que me ha molado, claro que sí, que puntazo más bestial, déjame que ahora yo te haga lo mismo, me muero por comértela”...Dios, sus palabras susurrantes me hicieron perder la cabeza. Cogí su cabeza entre mis manos y lentamente la bajé por mi pecho y mi estómago, hasta dejarla entre mis piernas. Cerré los ojos y esperé.
La lengua torpe y tímida de Daniel se movía con rapidez y brusquedad sobre mi polla. La sujetaba con las dos manos, apretando fuerte, como si se fuera a escapar, “Dan, despacio, no la sujetes tan fuerte, que no se va a largar, coño, eso es, muy bien, más despacio, uff, sí, mueve la lengua así, estupendo, métetela ya en la boca, eii, cuidado con los dientes, despacio, no es necesario que te la metas tan adentro, te van a dar arcadas, si no estás cómodo, dímelo, si te da asco sácatela, ohh, Dios, sí, joder, Daniel, aprendes rápido, oh, sigue por favor, lo estás haciendo genial, ohhh, Dios…”. El calor de su boca era delicioso, sus lengüetazos rudos me enloquecían, tanto reirme de él y ahora resultaba que el que no aguantaba era yo…Perdí el control de mi cuerpo, y cuando sentí que me corría sin remedio se lo dije con voz entrecortada, “Daniel, tío, quita, quita de ahí, me corro, joder, te voy a manchar, aparta, coño, quita…”, pero él hundió más su boca entre mis piernas, sin hacerme caso. El orgasmo me llegó, envolviéndome con un placer maravilloso que me hizo gemir de gusto, liberando mi semen, que se derramó en su boca sin que yo pudiera apartarme. La cabeza me daba vueltas, embotada por el placer, pero noté que él no lo escupía, como hacía alguno de mis amantes….Dios, Daniel, jodido cabrón, diamante en bruto, su primera mamada había sido gloriosa…
- ¿Qué tal?. ¿Lo he hecho bien? – me preguntó tumbándose sobre mi, abrazándome, sonriendo ingenuo. – Tú tampoco has aguantado mucho, ¿eh tío? – observó con ironía. Yo sonreí, agotado, recuperando el aliento. Nos besamos de nuevo, nos acurrucamos, nos hicimos un ovillo, sus piernas entre las mías, su cabeza reposando junto a mi cuello. No sé cuantos minutos transcurrieron, así, silenciosos, amodorrados por el efecto de las endorfinas liberadas en nuestro cuerpo, caricias leves, suspiros inaudibles.
Al rato, Daniel se quejó de frío y nos cubrimos con las sábanas y la manta de la cama. - Tiene un sabor raro, como leche cortada o yogur, no sé – comentó Dan de repente. – Oye, Elijah, ¿no estarás caducado?. – me preguntó con una sonrisa burlona.
- ¿Qué?, ¿qué?. – exclamé adormilado. Daniel se río como un niño travieso, y deslizó su mano por mi pecho hasta tocar mi polla ahora fláccida y sin vida. – Joder, Daniel, eres un capullo, un jodido capullo, jajaja – reí al comprender su broma. Nos abrazamos bajo las sábanas, jugando a hacernos cosquillas, rompiendo el silencio de mi cuarto, sintiendo como otra vez el deseo surgía con el roce de nuestros cuerpos…Aquello no había hecho más que comenzar…



V. Agua y mantequilla (3ª y última parte)

El ganador absoluto de nuestra particular guerra de cosquillas fue Dan. Mi recién estrenado amante me aventajaba en fuerzas y digamos que abusó de ellas. Encima de mi, sujetándome con el peso de su cuerpo, clavó sus dedos en mis costados, su boca en mi cuello, y me dio una soberana paliza. Yo, medio ahogado por la risa, por las jodidas cosquillas que me tronchaban por la mitad y por el calor de las sábanas, le pedí clemencia y le nombré ganador absoluto de nuestro infantil juego. Daniel, entonces, me dejó libre y se tumbó a mi lado, jadeando, muerto de risa, adorable y follable, con las mejillas encendidas y el cuello plagado de marcas rojizas producto de mis mordiscos anteriores.
- Joder, tío, ¡qué calor!. – se quejó. Con un par de patadas se desembarazó de las sábanas y la manta, que cayeron al suelo hechas un revoltijo, y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Yo, a su lado, todavía jadeante por el efecto de las deliciosas cosquillas, me abrasaba también. Eché un vistazo a su cuerpo desnudo, muy blanco, casi perfecto. Una pequeña oleada de calor brotando de mi entrepierna me avisó de que otra vez mi cuerpo estaba preparado para más guerra. Miré el reloj de mi mesilla. Eran las dos de la madrugada, pronto todavía. Seis horas, seis horas escasas para estar con él. Daniel tenía los ojos cerrados y su respiración se normalizaba. ¿Le apetecerían más cabalgadas?. Sí, las mamadas habían estado bien, pero todavía quedaban más cosas por descubrir a mi candoroso aprendiz. Alargué mi mano y acaricié su pecho. Al contacto con mis dedos, sus pezones se erizaron.Gimió suavemente, sin abrir los ojos, y sonrío. Deducí por esos síntomas que también Daniel quería más juerga. Y sin pensármelo dos veces, disparé mi segunda propuesta de la noche.
- Oye, Dan, ¿te apetece que nos duchemos juntos?. – le pregunté en voz baja, girando sobre mi costado, mirando su cara. Daniel comenzó a reirse sin abrir los ojos. Todo su cuerpo se estremecía con las carcajadas, jajajeje, “¡joder, que fuerte!, ¡ducharnos juntos!, ¡si me vieran ahora mis padres me inflaban la cara a hostias!, jajajeje, ¡ducharnos!”. Y yo me reí con él, “venga, Daniel, tenemos calor, es pronto todavía, yo aún tengo ganas, y creo que tú también, ¿no quieres probar?, es una experiencia cojonuda, vas a flipar”, le decía yo intentando convencerle. El cesó de reir, abrió los ojos sin mirarme, los clavó en el techo de la habitación y suspiró. Su rostro se tornó severo y yo temí que se negara. Joder, demasiado para él en una sola noche, me tenía que haber callado la puta boca, me iba a mandar a la mierda, me iba a…
- Bueno, vale, pero que el agua esté muy caliente. Odio ducharme con agua fría, me gusta caliente, muy caliente, casi ardiendo, que me haga daño, que casi me queme, ¿te parece bien, Elijah? – me respondió girando su cara y mirándome con los ojos muy abiertos, con una pequeña sonrisilla asustadiza. Mi conciencia, entonces, me pegó una dentellada. Le acaricié la mejilla húmeda y besé sus labios.
- Daniel, ¿te apetece de verdad?. No quiero obligarte a nada, si no estás convencido, hacemos otra cosa, vemos la tele, o jugamos a la Play o escuchamos música, yo no… - le dije preocupado. No era mi estilo follarme a nadie obligado. Si se hacía, se hacía con el pleno consentimiento de los dos, esa era mi política en el sexo.
- ¡No jodas, tío! ¿Ver la tele?. – me interrumpió tumbándose encima de mi, besándome en la boca, frotando su cuerpo contra el mío. – No, no quiero ver la tele, ni jugar a la Play, ni escuchar música. Quiero follar contigo, ¿entiendes?. Fo-llar-con-ti-go. Me gustas mucho, y me importa un huevo que seas un tío como yo. Me apetece hacérmelo contigo. ¿O es que no se nota?. – me dijo, besándome entre frase y frase. - No tienes porque pedirme permiso cada vez que me tocas, tranquilo, que no voy a ir contando por ahí que me has violado. Estoy contigo porque me sale de la polla y quiero hacérmelo contigo porque me molas, porque sé que me lo voy a pasar de puta madre contigo, así que venga, déjate de gilipolleces y a la ducha, tío, ¡¡marica el último!! – gritó despegándose de mi cuerpo y corriendo desnudo hacia la puerta blanca que daba paso a mi cuarto de baño. ¡Joder con Daniel!. Qué lucidez mental la suya, que claridad de ideas, que decisión. Yo hubiese dado millones por tener una pizca de esa determinación a su edad, hubiese dado millones.
Y me levanté de la cama, y fui tras él, no sin antes sacar del interior de uno de los cajones de mi mesilla un par de condones, y un pequeño tubo de vaselina, escondido entre mi ropa interior, fuera de la vista de mi avispada madre. Me fui tras él, calentito y zumbado. Cuando entré al baño, él estaba meando, y mientras lo hacía silbaba una canción, “tío, tenía la vejiga a punto de estallar, ¿tú no?, anda mea conmigo, que hay sitio, fiuuu fiuuu, es de los Maiden, Iron Maiden, 666, the number of the beast, te suena?, hostia, se me ha escapado el chorro, tío, jajaja, lo siento, joder, cómo lo he puesto todo, jajaja”, Dios mío, que jodido Daniel. Se reía y decía estupideces por un tubo, y yo sabía que era para disimular su miedo y su desazón. Se quedó mirando al bote de la vaselina y los dos envoltorios cilindricos de los condones que yo llevaba en la mano, “¿me tengo que poner goma”?. Tío, que no me voy a quedar preñado, jajaja, ah, si, claro, por el sida y eso, vale, vale, era una broma, una broma, fiuuu fiuuuu, 666, the number of the beasssttt…” .Pobre Daniel, cagado de miedo, pero al mismo tiempo muerto de curiosidad por experimentar placeres nuevos, igual como lo estaba yo ocho años atrás, cuando me lo hice con Robert en el sótano de mi casa, en la fiesta de cumpleaños de mi hermano mayor, “¿tienes miedo, Dan?. Si quieres lo dejamos…”, “¿Miedo?, joder ¡que no!, venga, al lío, venga Elijah, venga…”.
Y nos metimos en la ducha, una cabina cilindrica, acristalada, color blanco, con una base de 90 cm., suficiente para albergar en su interior a tres o cuatro personas de pie, amplia, con una columna de hidromasaje adosada en su lado izquierdo, y un pequeño asiento de plástico blanco en su interior. Con una alfombrilla de baño pegada en el fondo de la circunferencia, para evitar los resbalones. Daniel entró primero y luego yo. Cerré la puerta de cristal. Dejamos encendido un pequeño foco de luz halógeno, incrustado en el techo, lejos de nosotros. Una luz que nos daba intimidad y penumbra, que permitía vernos en un juego íntimo de luces y sombras. Abrí el grifo del agua, y un chorro potente, helado, comenzó a derramarse sobre nuestras cabezas, “¡¡Agggg, mierdaaaa, que fría!!”, se estremeció Daniel, “caliente, la quiero caliente, muy caliente” . Unos pocos segundos bastaron para que esa catarata helada se transformara en una lluvia de calor. El vapor enseguida se adueñó del baño, y el cristal de la ducha y la superficie plateada de los espejos se empañaron. Daniel se metió bajo el chorro y dejó que el agua lo empapara, frotándose con las manos el pelo, la cara, el pecho, las piernas…
La visión de su cuerpo empapado, y sus manos acariciando su piel, me excitó de manera salvaje. Me metí junto a él bajo el chorro del agua, Dios cómo quemaba, y lo abracé. Nos besamos sin descanso, girando nuestras cabezas, bebiéndonos agua y saliva ajena, yo con mis brazos alrededor del cuello de Daniel, y él apretujándome contra su pecho con las manos pegadas en mi espalda. Frotamos nuestros cuerpos, y enseguida nuestras pollas se pusieron duras, duras a reventar. Daniel jadeaba, y sus gemidos, mezcla del placer producido por mis caricias y besos y por dolor que nos causaba el agua ardiendo, se confundían con el sonido atronador y continuo de la catarata de agua que caía sobre nosotros. Sin dejar de besarnos, abrazados de pie, nos acariciamos mutuamente nuestros miembros empalmados. Mi cabeza flotaba, y dudé que pudiera controlarme más tiempo. La corrida anterior no me había debilitado, y las caricias cada vez más expertas de Dan me estaban poniendo en órbita. Deslizaba su mano como yo le decía, “¿así, tío?, joder, Elijah, que me voy a correr otra vez, no me toques así, joder, Dios, que gusto, así con el agua y, y, ¿lo hago bien? …”, “Dios, dice que si lo hace bien, pues claro que sí, me la tocas de maravilla, pero, oye, me dejas, me dejas que…joder, Dan, ¿te la puedo meter?”… Buff, ya estaba dicho. Desesperado, excitado, consumido como estaba, no había podido evitar pedírselo. Dan cesó de tocarme y se separó de mi. Mierda, sentí que esta vez sí que había metido la pata hasta el fondo. Era evidente que no le había hecho ninguna gracia mi petición. Se me quedó mirando, miles de gotas corriendo desbocadas por su piel, y se encogió de hombros.
- Pues, no sé, joder, es que eso tiene que doler mazo.¿No puede ser al revés?. Bueno, tú sabes de esto, tú controlas, y bueno, pues …prefiero ser yo el que… - susurró moviéndose inquieto, casi sin atreverse a mirarme, presa de un repentino ataque de timidez. Yo sonreí. Claro que podía ser al revés, joder claro que si.
- Venga, Dan, fóllame tú, tío – le ordené sugerente, acercándome a él, pasando mi mano detrás de su nuca, atrayendo su cara hasta la mía, y besándolo con furia. – Me muero de ganas por que me lo hagas. – musité en su oreja. Dan tembló, devolviéndome beso por beso, caricia por caricia, “bueno, y ¿que tengo que hacer?, dimelo, dímelo”, y yo se lo dije. Alcancé unos de los condones, situados en una de las esquinas de la columna de hidromasaje, a salvo del agua, y se lo tendí. El lo cogió sin saber que hacer con él, “¿cómo se pone esta mierda”?, y yo le ayudé. Rasgué el envoltorio, saqué la goma, y le enseñé como colocárselo, “tío, joder, me aprieta, me pica, me tira”, pues a la mierda el jodido condón, “bueno, quítatelo, no creo que pase nada, yo estoy limpio, y tú también, venga, tío, a pelo”, la goma arrugada cayó al suelo empapado de nuestra ducha, y yo me coloqué delante de Daniel, dándole la espalda “toma, coge el jabón, frótame con él, lléname de espuma, y toma la vaselina, úntame bien entre las piernas, no te dé palo, vamos… Diosss, ufff, Daniel, que dedos tienes, joder, que ricos, venga, ahora tú, date jabón o vaselina en la polla, lo que quieras, pero venga ya…joder, métemela ya, que ardo tío, métemela ya…ohhh…”
Y Daniel, apoyando su pecho en mi espalda, sujetándose en mis caderas con las manos, me separó las piernas y lentamente, empujó, metiéndose en mi cuerpo. Yo me estremecí, dolía al principio, y le dije que lo hicera sin miedo, que no molestaba, apreté los dientes y aguanté el dolor, cada vez más imperceptible. El siguió penetrándome, sin dejar de preguntar “¿te hago daño?, ¿lo hago bien?, ¿asi?”, “si, joder, lo haces muy bien”, y pronto sus caderas comenzaron a moverse casi solas. Cuando escuché sus gemidos de gusto, empecé a masturbarme, y mis jadeos se unieron a los suyos. Sus embestidas se hicieron cada vez más profundas y con cada una de ellas me impulsaba hacia delante, loco, fuera de control. Mi mano se deslizó más rápidamente a lo largo de mi polla, y sentí cómo mi cuerpo ardía de placer. Los gemidos de Dan, vertidos en mi oido, me estaban enloqueciendo, el agua nos abrasaba, Daniel me abrazó con más fuerza, me acaricio el pecho y el estómago, juntó su sien con la mia, giramos nuestras cabezas, nos besamos, más rápido, más fuerte, agua, jadeos, vapor…Daniel fue el primero en irse, su espalda se contrajo, “…me corro, tiooo, ah, ufff, ahah.., qué punto, tío, que bueno, joder, lo que me he estado perdiendo, ahh, ufff”, y yo tras él, doblándome por el placer como si me hubieran dado un mazazo en la cabeza, mi semen saliendo disparado, estrellándose contra los azulejos de la ducha, asfixiado, boqueando como un pez fuera del agua, mi corazón galopando, cielo santo, que polvo más, más, más, como definirlo, espectacular, de cine, joder, de cine…
Acabamos los dos sentados en el suelo de la ducha, destrozados, con el agua cayendo sobre nosotros, qué desperdicio de agua, litros y litros derrochados en la media hora que duró nuestro encuentro, sin fuerzas, Daniel apoyado en mi cuerpo, “estoy matado tío, vaya polvazo, ¿y esto es así siempre?, qué cosa me entraba por las piernas, que calor, que agujero tienes más cojonudo, Elijah, estoy que lo flipo…”, “jajaja, no me hagas reir, anda, déjame respirar, ufff, sí, vaya polvo, eres un novato extraordinario, veo ante ti un futuro prometedor, capullo, jajaja”, “hombre, tío, que te creías, yo soy Harry Potter, chaval, experto en mover varitas, jeje”, “joder, Dan, jajaja, eres increíble, me gustas, me gustas mucho, mucho”, “y tú a mí, tío, tú a mi…”. Nos besamos de nuevo, nos abrazamos, el vapor del agua nos envolvió, creando un ámbiente mágico e irreal. Dos corazones solitarios mojados, eso es lo que eramos, dos corazones que se consolaban sin más, dos almas gemelas que se regalaban amor y sexo, eso eramos…
Salimos de la ducha algo mareados y dando tumbos. Nos secamos mutuamente, compartiendo toalla, dejando el cuarto de baño como un campo de batalla. Dan quiso ordenar algo aquel desastre mojado, pero yo no lo dejé, “ya lo recogerá mañana mi asistenta, está acostumbrada, no te preocupes, la pago bien”, “jo, tío, pero mira cómo está todo, hecho una mierda”, “que lo dejes, coño, venga, vamos a la cama a tumbarnos, que estoy destrozado, me crujen todos los huesos del cuerpo y tengo frío”, le decía mientras lo empujaba hasta mi cuarto. Llegamos a él abrazados, desnudos, con el pelo todavía húmedo, y la piel de gallina. Yo me tumbé en la cama, me arropé con las sábanas, y le dije a Daniel que se acostara a mi lado. Ahora sí que yo necesitaba dormir algo. Eran las tres y media de la madrugada, y mi cuerpo ya no me pedía sexo. Solo deseaba dormir junto a la piel tibia y suave de mi recién estrenado amante, aprovechando las escasas horas que nos quedaban por delante.
Pero él dijo que sentía hambre, “oye, Elijah, ¡que hambre tengo, tío!. ¿Tú no?”. Joder, ¿hambre después de todo lo que habíamos tragado hacía apenas unas horas, con todo el licor que habíamos engullido, y decía que tenía hambre?. Lo miré algo fastidiado y pensé que se trataba de una broma, “anda, baja conmigo a la cocina, que me da yuyu andar yo solo por esta casa tan grande”, vaya por Dios, mis planes de dormitar a su lado tranquilamente se esfumaban. Mi adorable Daniel tenía hambre y miedo, perfecto. Lo miré desde la cama, dispuesto a decirle que se dejara de miedos, y que bajara él solo, que yo estaba hecho migas, pero su mirada dulce y su sonrisa traviesa consiguieron que cediera a sus pretensiones.
Nos vestimos y bajamos hasta la cocina. Daniel tarareaba cancioncillas heavys, “los Maiden, tío, cojonudos”, provocando mi sonrisa. Cuando atravesamos la puerta de la cocina, yo ya no tenía frío, ni sueño. Me encontraba a gusto con aquel chaval, como si lo conociera de toda la vida, y me dolía en el alma que en unas horas se esfumase, “oye, Daniel, ¿me darás tu teléfono, verdad?.”, “¿eh, qué?, mi teléfono, sí claro, claro, tío, ¿y tú el tuyo?”, “pero que gilipolleces dices, pues claro, toma, ahora mismo te lo apunto”. Alcancé la libreta que mi ama de llaves, la Sra. Price, usaba para anotar sus cosas y que guardaba en el primer cajón de la mesa de la cocina. Arranqué una hoja y escribí mi nombre y mis números de teléfono, el fijo y el móvil. Se lo tendí y esperé a que él hiciera lo propio. Daniel miró mi papel, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo de su pantalón. Recogió el bolígrafo de mis dedos y dudó unos segundos antes de garabatear su nombre y un número de teléfono con muchos dígitos. Extendió su mano, ofreciéndomelo, y yo lo recogí. Tuve la certeza de que aquel número era falso, pero quise confiar en la inocencia y claridad que destilaban sus ojos algo enrojecidos.
- Gracias, Dan. – dije con un susurro. El me sonrió, con ojos algo huidizos, y se rascó la cabeza. Mi intuición me volvió a gritar que aquel número de teléfono no era el suyo. – Y ahora, ponme el verdadero. – le solté, devolviéndole el papel algo desafiante. – Vamos, si quieres, claro. Si no te apetece que volvamos a vernos, dímelo, y todo quedará olvidado, pero no intentes engañarme, Daniel. Esto puede ser lo que tú quieras, un rollo de una noche, una amistad sincera, o algo más, pero no me gustan las mentiras, ni las medias palabras. – susurré dolido. El me miró avergonzado.
- ¿Pero qué dices, tío?. Es mi número de verdad, el de mi casa, ¿es que no confías en mi?. – contestó acercándose a mi y besándome. Un beso dulce, suave, mareante. Que bien había aprovechado las lecciones mi avispado alumno, qué rápido había aprendido, qué capacidad para levantarme de nuevo el ánimo. – Venga, Elijah, déjate de idioteces y dame algo de comer, joder, que me desmayo – me susurró en el oido. Yo sonreí y lo abracé fuerte contra mi pecho, asistiendo sorprendido a mi nueva reanimación sexual. Otra vez tenía ganas de él, increíble…increíble…- Dame de comer, Elijah…
Y yo le di de comer, no lo que hubiese querido en esos momentos, claro, no era cuestión de asustar a mi tierno amante con mi furia carnal, sino comida de verdad, “a ver, echa una ojeado a la nevera, ¿qué te apetece?”, “mmmm, pues no sé, mmm…sí, me voy a preparar un sándwich de atún con mantequilla, ¿no lo has probado, Elijah?, está de puta madre, rico, rico”…Ay Dios, Daniel, jodido Daniel, atún con mantequilla…
Rebusqué entre los alimentos de mi frigorífico, y encontré la mantequilla y una lata de atún a medio empezar. Busqué el pan en la despensa y le preparé su sándwich, “deja, ya lo hago yo, no te molestes”, “que no es molestia, Dan, tú siéntate, anda, ábrete una coca-cola, están en ese rincón, no yo no quiero nada..”, solo quería tirármelo encima de la mesa de la cocina, solo eso. Nos sentamos frente a frente, él comiendo a dos carrillos, “joder, está buenísimo, anda prueba, prueba…”, y yo no tuve más remedio que abrir la boca y tragar un bocado dulcesalado, “mierda, Dan, que asco, puag, se me revuelven las tripas, puag, puag”, y él se reía, con una sonrisa candorosa que me excitaba a más no poder.
- Está muy rico, digas lo que digas. A mi me pirra la mantequilla con el atún, es una mezcla de sabores acojonante – intentaba convencerme, dando sorbitos a su coca. – Lo que pasa es que vosotros los yanquis no sabeis comer, ¿eh, tío?, eso es lo que pasa, jajaja, - se metía conmigo, riendo ruidosamente, propinándome pataditas por debajo de la mesa, con ganas de jugar, provocándome…
- Mira que eres cabrón – le repliqué riendo también, mientras le soltaba un ligero manotazo en el brazo. – Eres tú el que no tiene ni idea de comer, tío. La mantequilla no se desperdicia untándola en asquerosos sándwiches de atún, colega. Se unta en otros sitios más sabrosos. – le dije con voz misteriosa, deseando que entrara al trapo.
- ¿En que otros sitios? – me preguntó con ingenuidad, engullendo el último bocado de su sándwich. Yo le sonreí, cogí el cuchillo de la mantequilla, lo hundí en el recipiente que se había quedado a nuestro lado, y me llevé una pequeña cantidad de masa amarilla y dulzona a la boca. Lamí el filo del cuchillo, y lo miré insinuante.
- Adivina. – le contesté, al tiempo que acariciaba su mejilla y su cuello. A Dan se le congeló la sonrisa en el rostro. Algo aturdido, carraspeó, se limpió las migas de la boca y se levantó, acercándose hasta el fregadero. Alli dejó el plato y la lata vacía de coca-cola, y se quedó así, de espaldas a mi, dejando correr el grifo del agua, lavándose las manos, frotándose después la cara con los dedos mojados. Lentamente se dio la vuelta y me miró. Sus mejillas estaban coloradas, y la respiración agitada hacía temblar su camisa medio abierta. Sus ojos brillaban, pero esta vez no supe interpretar su expresión.
- ¿Duele?. – exclamó de repente. – Dimelo, Elijah, ¿duele tanto como parece? – repitió su pregunta, clavando su vista en mi.
- ¿Quieres probarlo?. – le repliqué, levantándome hacia él. Daniel se encogió de hombros dos veces, se llevó la mano a la cabeza y revolvió su flequillo, miró al techo, se sonrió…Estaba indeciso, la curiosidad y el miedo al cincuenta por ciento, el deseo tirando de él, la cabeza frenándolo.
- No lo sé, no lo sé, joder, estoy hecho un lío… - murmuró mirándome apesadumbrado. Apenado, me acerqué más a él, besé su mejilla y lo abracé. El permaneció quieto, y poco a poco respondió a mi abrazo. Apoyó la cabeza en mi hombro y suspiró.
- Tú mismo – le aconsejé. – Si tienes ganas, si te apetece, si tienes curiosidad, hazlo, pero si no, no te obligues. Daniel, tú me gustas, y mucho, aunque te parezca una locura. No sé si nos volveremos a ver más, no tengo ni idea de lo que sucederá en el futuro, sé que esta relación es una auténtica grillada, por eso te digo que te lo pienses muy bien, yo no quiero influirte, no me mola que hagas una cosa de la que luego te vayas a arrepentir toda la vida, ¿me entiendes?. – le dije con sinceridad, al tiempo que pensaba que quizás no había sido buena idea enrollarme con él de esa manera tan precipitada.
Daniel me miró, apretó los labios y me dijo que adelante, “me apetece hacerlo, y no me voy a arrepentir”, y yo le sonreí, con el deseo de nuevo a flor de piel. Y todo ocurrió con rapidez, una sucesión de imágenes confusas y placenteras. Desnudé a Dan, me desnudé yo. Nos besamos, nos acariciamos, nos excitamos, los dos de pie, en el centro de mi cocina, con las cacerolas y las sartenes de Mildred como únicos testigos. No hubo muchos preámbulos, ni juegos, ni preparativos. Todo fue directo, al grano, sin concesiones. El tiempo se nos escurría entre la piel y no podíamos desperdiciarlo. Coloqué a Dan delante de mi, y le dije que apoyara las manos en la encimera de mármol. Suavemente, besé su espalda y su culo, mi lengua se perdió entre sus piernas, mojando su abertura, iniciándolo en placeres secretos que el chico ni siquiera había imaginado. Y luego, cuando lo escuché gemir y comprobé que estaba lo suficientemente excitado, hundí mis dedos en la mantequilla cremosa y resbaladiza, la llevé entre las piernas de mi joven amante, y allí la frote, hasta dejar la zona preparada para mis empujones, “despacio, Elijah, despacio, ya, hazlo ya…”.
Y así lo hice. Lo penetré despacio, abriendo su carne, rodeando su cintura con mi brazo izquierdo, masturbándolo con mi mano derecha, besando su nuca, atento a la reacción de su cuerpo, pendiente más de su placer que del mío. Probé el sabor salado y picante del sudor que mojaba su espalda, note la crispación de sus músculos, me di cuenta de la lucha que libró con sus lágrimas, a punto de derramarse por sus mejillas, sentí su dolor, el dolor de la primera vez…Pero en mi mano latía la dureza de su polla, y el aire de la cocina se llenaba con sus gemidos sordos, mezcla de dolor y placer, sonidos que me animaban a continuar. Mi excitación fue en aumento, y pronto comencé a mover mis caderas más deprisa, “no tan fuerte, despacio, despacio, mierda, despacio”, se quejaba con voz ronca y entre jadeos, agarrándose con fuerza al borde de la encimera, temblando, temblando…Esta vez mi orgasmo llegó rápido y casi sin fuerza. Un mínimo escalofrío que apenas calentó mi cuerpo. Me retiré casi enseguida, sudoroso, avergonzado por lo que había hecho, un punto arrepentido…Continué frotando su miembro, y en unos segundos su semen caliente se derramó entre mis dedos. Me abracé a su espalda, y dejé que sus convulsiones chocaran en mi pecho. Deslicé un beso tras su oreja y le pregunté, “¿Qué tal?”, y el sonrió dolorido, y me contestó con un “ha dolido”, seco, “pero bien, bien, todo bien, ¿nos subimos?, tengo que lavarme, tengo que lavarme ya…”, me dijo mientras me apartaba de su lado. Dios santo. Me sentí culpable, tremendamente culpable, culpable, culpable…
Todo había terminado. Esta vez no hubo abrazos, no hubo besos, no hubo nada. Dan subió las escaleras en silencio, se encerró en el cuarto de baño, lo oí ducharse, casi puedo decir que oi sus lágrimas, y luego salió, y me dijo que necesitaba dormir algo, que le despertara a las 7 de la mañana. Eran ya casi las cinco de la madrugada, y en mi habitación revuelta el frío se hacía sentir. Le dije que se acostara en mi cama, que yo no tenía sueño, que me quedaría en el sillón escuchando música, “vale, no te olvides de despertarme, a las 8 tengo que estar de vuelta en el hotel…, sí, sí, estoy bien, joder, algo cansado, pero bien, no te preocupes por mi…”, imposible no preocuparse por aquel chaval desorientado y alucinante, por ese Daniel provocativo y dulce, imposible. Me senté cerca de él, en mi sillón favorito, el verde oscuro de orejas grandes, y me incrusté los cascos en los oidos, Stone Roses. Vi como cerraba sus ojos, se arropaba con las sábanas, se dormía, tal vez soñaba…Daniel y yo, joder, que locura más bestial, qué amor absurdo, qué cruzada de cables, qué pérdida de razón….
VI. ¿Por qué no?.
- Lo siento, se ha confundido usted de número – me contesta una voz de mujer, lejana, con un inglés imposible de entender.
- Vaya, ¿segura que no vive ahí ningún Daniel?, ¿no es eso Londres?. Ah, Dublín, ¿una clínica veterinaria?, joder, pedazo de mamón, no, no es a usted, señora, no es a usted, vaya,lo siento mucho, señora, perdóneme, si, adiós, adiós. – me disculpo. Jodido Daniel, ya sospechaba yo que el número que me había dado era más falso que Judas, mierda, que rabia más inmensa, joder, joder. Rabioso, lanzo mi teléfon contra mi cama, pego una patada a la mesa, miro al techo con los labios fruncidos, vomitando palabras sucias. Nervioso, alcanzo la cajetilla de tabaco y el mechero y enciendo un cigarro. Aspiro con ansiedad el humo y me derrumbo en mi sillón…Cinco días, cinco días han pasado desde que él se marchó, y no he recibido ninguna llamada suya. Hoy, por fin, me he decidido a marcar su número, aún a sabiendas de que me iba a suceder esto, Dublín, me había dado un número de Dublín, de una clínica veterinaria, no te jode…Dios, Daniel, ¿tan mal me porté contigo para que ni siquiera te dignes llamarme y decir que estás bien?, ¿tan cerdo fui que no eres capaz de telefonearme, aunque solo sea para insultarme?....Apago mi cigarro y enciendo otro. A tomar por el culo la abstinencia del tabaco. Necesito fumar, tanto como necesito escuchar su voz, maldita sea mi sombra, ¿por qué tuve que enrollarme con él?. ¿Por qué me he enamorado de él como una colegiala virginal?. Necesito tomar el aire, salir de aquí, no puedo ver mi cama, no puedo ver mi ducha, no puedo ver mi cocina. Salgo de mi habitación y bajo las escaleras de tres en tres. El portazo que doy a la puerta de mi casa al salir es antológico, a la mierda mis buenas maneras, mi educación, hoy estoy jodido como nunca y necesito aliviar mi corazón.
Saco mi coche del garaje, y enfilo la carretera. Joder, ya está el grupo de niñatas haciendo guardia, hoy no queridas, hoy os firma los autógrafos vuestro puto padre, joder…En unos segundos me planto en la autopista, sin saber a donde ir, pisando el acelerador, fumando mi quinto cigarro, de la guantera del coche sacó una botella de Jack Daniel’s, ven aquí amiga, tú serás hoy quién calme mi soledad…
Un leve sonido sale del bolsillo interior de mi chaqueta…tirititirtiri…mi corazón me da un vuelco. Reduzco la velocidad del coche, y busco en él. Es mi otro teléfono móvil. ¿Cuándo lo he puesto ahí?, no recuerdo, da igual…Quizás sea él, quizás, ¡oh Dios, ojalá, ojalá!. Miro el número de teléfono que me está llamando, oculto, joder, oculto…”diga, quién es, diga, ¡¡diga!!, …no se oye, ¡¡no se oye nada!!...¡¡Daniel, joder, Daniel!!. ¡¡Dan, eres tú!!. ¡¡Coño, espera, no te oigo!!. ¡¡Un minuto que me paro, voy en el coche y no te oigo, espera, espérame…!!.”
El, me ha llamado él, Dan, y me ha dicho que me echaba de menos, que necesitaba oirme, que se fue enfadado, que se fue asustado, con la cabeza revuelta, pero que ya no lo estaba, “estoy jodido, Elijah, solo pienso en ti, solo quiero volver a estar contigo, ¿es eso normal, tío?.”…Dios, las hadas existen, el amor existe, la felicidad existe…
- Claro que es normal, tío, claro que es normal, claro, claro…
Los coches pasan veloces al lado del mío, parado en el arcén de la autopista, haciéndolo temblar. Y yo continuo hablando con Dan, susurrando palabras dulces, prometiendo lunas, maquinando locos planes de enamorados. ¿Por qué no? ¿Eh? ¿Y por qué no?....Dan y yo, ¿por qué no?.

 

FIN

Chuxi

Índice

Main