
Regalo inesperado
HP
1
- ¿Seguro que todo estará bien? – preguntó Sirius colocándose el abrigo sobre la túnica azul de auror.
- Claro – respondió su pareja y le acomodó la bufanda gris alrededor del cuello, echándole hacia atrás el rebelde cabello –. Date prisa, así volverás más pronto.
Sirius besó a Remus en la boca y acarició con muchísima ternura su vientre abultado.
- Hasta pronto, mis amores-. Luego bajó las escaleras y se perdió en el frío invierno de Londres.
El mago pálido sonrió y comenzó la penosa tarea de vestirse. Tenía ocho meses y cuatro semanas de embarazo y sólo le faltaban cinco días para internarse en la clínica y tener por fin a su bebé en brazos. Esa fría mañana, víspera de navidad, le recordó lo afortunado que era, y también cómo fue que empezó todo eso.
2
- Esto no es normal, llevas una semana sin parar de vomitar y apenas comes. Y ese desmayo en el Callejón Diagon no me ha gustado nada. Iremos a ver un medimago.
Remus balbuceó algo desde el baño, donde expulsaba los restos del desayuno. Todo eso había comenzado días después de su última transformación.
En San Mungo le hicieron varios exámenes, lo vieron por lo menos tres medimagos, revisaron su ficha clínica una y otra vez hasta que el medimago más anciano sugirió algo que él no alcanzó a oír. Le hicieron nuevas pruebas y se encerraron a celebrar una junta médica.
La angustia de Remus era grande mientras esperaba con Sirius en la salita del hospital, hasta que por fin la junta médica terminó y un sonriente medimago los llevó a otra estancia.
- No hay de qué preocuparse – anunció –. Es un caso que implica ciertos riesgos, pero con los cuidados adecuados, tendrá éxito. ¡Enhorabuena!
- ¿Tendré éxito? – preguntó confundido Remus.
- Sí, claro. Pero debió decirnos que había tomado esa poción. Nos costó trabajo deducir los síntomas.
- ¿Qué poción? ¿Qué síntomas? – cuestionó Sirius.
- La poción de fertilidad, desde luego. El señor Lupin está embarazado, pero supongo que eso ya lo sabían, es para lo que se usa esa poción y ---
Lo siguiente que se oyó fue el golpe seco que hizo Sirius al caer desmayado.
3
Remus sonrió. Sirius se había llevado una enorme impresión, y no lo culpaba, porque él tampoco se esperaba que algo así pudiera ocurrir. Luego, cuando todo se aclaró, Sirius comentó que era un alivio que Snivellus hubiera preparado una poción de fertilidad y no una poción rejuvenecedora.
Y claro, el culpable había sido Kreacher.
Lo que sucedió fue que Severus Snape, quien siempre le preparaba a Remus la poción Matalobos, había confundido los frascos, y al darse cuenta de su error, envió una nota con la poción correcta y la explicación respectiva. Pero Kreacher, quien no ponía demasiada atención a las cosas de ‘ese licántropo’ y tampoco sabía leer, arrojó la nota al fuego, repartió la mitad de cada frasco en una copa y se la llevó a Remus.
Lo que nunca supo Kreacher fue la razón por la que Sirius, esa misma tarde, le acarició cariñosamente detrás de las orejas y le compró un paquete de dulces.
- Remus, ya me voy – dijo Harry abriendo la puerta -. ¿En serio no prefieres que te acompañe?
- No, Harry. No te preocupes, siempre preparo la cena de Navidad y este año no será la excepción. Además, ya quedaste con Draco.
- Son unas pocas compras de última hora. Espero que el Callejón Diagon no esté demasiado concurrido. Volveré en un par de horas.
Harry bajó corriendo las escaleras y cerró la puerta. Remus lo miró partir, tan lleno de vida que le recordaba a James. Era una bendición tener a Harry junto a ellos. Sobre todo cuando se trataba de antojos.
4
Remus notó el intercambio de miradas que dieron Harry y Draco, cuando se sirvió la tercera taza de chocolate, acompañada de bollos con crema, un trozo de tarta de manzana y pastel de queso.
- ¿Qué? - preguntó.
- ¿No crees que eso es demasiado?
- ¿Demasiado?- dijo Remus con la boca llena de pastel -. El medimago dijo que tengo que alimentarme bien.
- Alimentar, no sobrealimentar – puntualizó Draco, muy al estilo Malfoy.
- ¿Me estoy sobrealimentando? – murmuró Remus con la barbila temblorosa y Harry le dirigió una mirada de enorme reproche a su pareja.
- No te preocupes, Remus – dijo para apaciguar el inminente llanto -, quizá un poquitín, pero no es nada que no puedas controlar…
- ¿Están diciéndome que estoy gordo?
Harry y Draco intercambiaron una mirada. Remus tenía ya cinco meses y su apetito era insaciable; además, sus cambios de humor eran muy frecuentes. Draco calculó rápidamente… parecía haber aumentado al menos ocho kilos.
- Bueno, engordar es normal, lo importante es no excederse – dijo finalmente el Slytherin, recibiendo una patada de Harry por debajo de la mesa.
- Entonces estoy gordo – dijo Remus al borde del llanto.
- No he dicho tal cosa – repuso Draco.
- ¡No lo dijiste, pero lo pensaste! Todos piensan que estoy gordo… - hipó Remus y corrió a refugiarse en su habitación, escaleras arriba.
- ¿Tenías que hacerle eso? – increpó Harry a Draco, muy molesto por lo ocurrido.
- Pero ¿qué hice? Yo sólo dije la verdad
- Por eso… a un embarazado no se le dice la verdad – suspiró Harry y corrió escaleras arriba.
Remus estaba echado en la cama que compartía con Sirius, abrazado de una enorme almohada.
- Remus…
- ¿De verdad estoy tan gordo? – sollozó el aludido.
- No, claro que no lo estás… Sirius tampoco lo piensa así
Remus esbozó una débil sonrisa.
- Sirius dice que no le importa. Dice que mientras haya más de mí para amar, mejor para él.
Harry se mordió la lengua para contener la risa.
- Y tiene mucha razón.
- Harry…eres tan parecido a James… él siempre me consolaba cuando yo me sentía mal, siempre me aconsejaba y – el rostro de Remus se iluminó a causa de un súbito recuerdo – James traía unos dulces muggles… les decía rosetas de maíz y eran dulces, venían en varios colores… cómo quisiera probarlas de nuevo…
- ¿Todavía tienes hambre?
Remus sonrió tímidamente.
- Sólo un poco.
- Está bien, te las conseguiré. Enviaré a Draco por ellas, creo que es lo justo.
5
Sí, Harry lo había ayudado mucho con los antojos y los cambios de humor, pero para lo que Remus no había estado preparado en absoluto era para sus transformaciones.
El medimago había dicho que su hijo sería un híbrido. Los híbridos tenían un padre licántropo y un padre humano y eran seres normales hasta cumplir los veintiún años. Luego de eso, empezarían los síntomas de la licantropía y se comportarían como verdaderos licántropos.
Al principio, Remus se sintió devastado por la noticia, pensando que su hijo lo iba a detestar por haberle trasmitido esa maldición, pero Sirius lo tranquilizó diciendo:
- Él no va a odiarte, Moony. Nadie sería capaz de odiarte. Además, la medimagia está avanzando y cuando llegue a la mayoría de edad, quizá haya una cura.
Eso le trajo un rayo de esperanza y Remus se asió de ese rayo durante el resto del embarazo. Aunque era curioso que Sirius diera por hecho que el bebé sería varón.
Sonriendo, Remus bajó las escaleras, despacito porque temía resbalar. Sí. Sirius confiaba en que su hijo sería varón y planeaba llamarlo James Black Lupin. Y Remus no tuvo corazón para sugerir la posibilidad de que fuera una niña.
Kreacher se cruzó con él en el pasillo y se hizo a un lado rápidamente, mirándolo con el desprecio pintado en sus enormes ojazos y Remus captó el murmullo que salió de labios del elfo, llamándolo “engendro”.
Apuró el paso con tan mala suerte que tropezó con el retrato de la Señora Black y éste comenzó a vociferar.
- ¡LICÁNTROPO MALNACIDO! ¡ENGENDRO! ¡SAL DE MI CASA AHORA MISMO! ¡ERES REPUGNANTE! ¡VETEEEEEEEEEEEEEE!
Remus cubrió el retrato como pudo y se detuvo a recobrar el aliento apoyándose en el muro. No tenía caso molestarse por ella, después de todo, estaba bien muerta y enterrada. Acarició su vientre y continuó su camino hacia la cocina.
La cocina estaba inmaculadamente limpia, lista para preparar la cena de Navidad. El bebé daba pataditas como anticipando lo que su padre iba a preparar.
- Calma, pequeño – dijo Remus acariciando su vientre – debo apresurarme para tener la tarde libre para Sirius.
Y comenzó a preparar los ingredientes del pudding de Navidad que le encantaba a Sirius, utilizando lo menos posible la magia, de acuerdo con la recomendación del medimago y perdido nuevamente en sus recuerdos.
6
Lo delicado de su estado le impedía tomar la Poción Matalobos, de modo que desde su segundo mes de embarazo, debió afrontar sus transformaciones sin esa ayuda. Sirius constituyó el mayor de los apoyos, con su habilidad para transformarse en animago, pero el mayor peligro fue apareció cuando Remus cumplió los cuatro meses y el lobo comenzó a rechazar el cuerpo que vivía en su interior.
- ¿Esto es necesario? – preguntó débilmente Remus cuando Sirius lo ató con cadenas a la sólida cama que había en el sótano.
- Temo que sí, Remus. No estamos seguros de la reacción de Moony, la última vez fue bastante violenta – Sirius besó la incipiente barriguita -. ¿Verdad que estarás bien, pequeño?
Remus acarició el largo cabello de su pareja.
- Te amo, Paddy - susurró al empezar a sentir los efectos de la luna en su cuerpo.
Lo último que recordaba era el preocupado rostro de Sirius cuando el primer espasmo de dolor hizo que Remus lanzara un ronco grito que fue convirtiéndose en un alarido conforme su cuerpo cambiaba.
Luego, despertó en medio de un inmenso dolor y captó atontado que ya no se hallaba en el sótano sino en una mullida cama en una soleada habitación. Su propia habitación. Sirius, junto a él, le tomaba la mano y tenía el rostro tenso y preocupado.
- ¿Moony?
Remus trató de hablar, pero sólo pudo emitir un doloroso gemido.
- Tranquilo, no te esfuerces – pidió Sirius - ¡Harry! Trae un paño húmedo, por favor.
El hombre lobo pudo percibir movimiento en la habitación y momentos después, el propio Harry ponía un paño húmedo sobre su afiebrada frente, trayéndole un alivio considerable.
- El bebé … - logró articular.
- Está bien, Moony. Pero debes descansar – le volvió a pedir Sirius acariciándole los cabellos.
Y Remus volvió a perderse en la inconsciencia.
Esa fue la peor de sus transformaciones, porque la ayuda vino de quien menos se imaginaban.
Severus Snape, llevado por algún extraño impulso de generosidad, o quizá sintiéndose culpable por ser el causante indirecto del estado de Remus, logró contrarrestar los efectos secundarios de la Poción Matalobos y eso quizá le salvó la vida al mago pálido.
7
Remus rió muy divertido al recordar lo feliz que estaba Sirius con la nueva poción, al punto de bendecir a Severus. Claro que esto fue hasta que Draco sugirió bautizar al pequeño “Severus James” y con eso las buenas intenciones de Sirius pasaron al olvido.
El bebé en su vientre también saltó al oír la risa de su padre. Remus siguió riendo y se sentó al fin en una de las macizas sillas de la cocina y bebió un poco de agua para calmarse.
El pudding en el horno olía delicioso y despertó el apetito de Remus, que se levantó trabajosamente para buscar algo en la alacena.
Entonces, sintió la primera contracción.
Fue algo levísimo, como si su vientre se pusiera duro de pronto y después se relajara, y algo presionó justo debajo del ombligo.
- Calma, pequeño… reímos demasiado – susurró el mago, pero se quedó de pie, esperando que el dolor pasara.
Y pasó, de modo que Remus se acercó a la alacena y la abrió, pero ya no tenía apetito.
Tarareando una canción de cuna, el hombre lobo continuó preparando la cena, hasta que otra contracción sobrevino.
Tratando de no alarmarse, Remus respiró hondo y se sentó un momento.
“Puede haber contracciones a causa de la tensión. En esos casos, debes recostarte y descansar. No hay por qué alarmarse, pero si las contracciones persisten, será mejor que me llames”, había dicho el medimago.
“No hay de qué alarmarse”, repitió una y otra vez el cerebro de Remus, pero lo cierto era que se comenzaba a aterrar. Estaba solo en casa, con Kreacher como única compañía, y estaba seguro de que el elfo doméstico no podría prestarle la más mínima ayuda.
Cuando su vientre se relajó de nuevo, Remus se animó a levantarse. No quería preocupar a nadie, no era cosa de llamar a Sirius y a Harry y arruinar la Navidad. El medimago había dicho claramente que el bebé nacería el 29, de modo que no tenía que angustiarse, era sólo tensión, producto de la ansiedad propia de esa fecha.
De todos modos, para estar seguro, fue a la biblioteca de la mansión a consultar un libro que Sirius había comprado. Quería averiguar exactamente cómo eran las contracciones.
“Las contracciones empiezan con una leve molestia, similar a un dolor de ovarios, que luego se intensifica en esa zona”
- Genial – bufó desanimado el hombre lobo. - ¿Cómo voy a saber lo que es un dolor de ovarios? ¡No tengo ovarios!
Cerró el libro y trató de pensar en otra cosa. Despacio, se recostó en el diván que había en la biblioteca y cerró los ojos.
- Calma, pequeño – repitió –, ya pasará, pronto vendrá Sirius.
Su vientre volvió a relajarse
y Remus comenzó a recordar la primera vez que su bebé se movió.
8
Estaba recostado en la cama, cansado por su última transformación, hacía tres días. Tenía cinco meses y el medimago había dicho que en cualquier momento el bebé empezaría a moverse.
Remus acariciaba su vientre y pensaba en cómo había cambiado la vida de todos con ese pequeño que traería al mundo, y lo feliz que se sentía cada vez que Sirius lo miraba con el orgullo reflejado en sus azules ojos.
La puerta se abrió con suavidad.
- ¿No duermes aún? – preguntó su pareja y se acercó a darle un beso en la frente –. Tuvimos un día espantoso… dos falsas alarmas de magos tenebrosos… sólo quería que el día se acabe para volver a casa.
- ¿Ya cenaste? ¿Te preparo algo? – dijo inmediatamente Remus.
- Oh, no… cené hace un momento. No te preocupes, tú sólo descansa. En un momento estaré contigo
Sirius tomó una ducha y salió luego, envuelto en una bata azul con los cabellos húmedos. Remus lo miró, ¡se veía tan sensual! El mago pálido onduló sin proponérselo bajo las mantas, últimamente se excitaba con mayor facilidad, y el cuerpo desnudo de Sirius, que buscaba su pijama, era lo bastante atractivo como para provocarlo.
Finalmente, Sirius se acostó a su lado, vestido con un pijama azul marino, y lo rodeó con sus brazos.
- ¿Cómo están mis dos amores?
- Muy bien – informó Remus-. Pero te extrañamos muchísimo.
- Pues aquí me tienen – repuso Sirius, besándole el rostro y los labios-. Yo también los extrañé.
Remus se refugió en brazos de su pareja y no pudo evitar un suave gemido cuando las amorosas manos de Sirius lo atrajeron más. El animago lo notó enseguida y traviesamente deslizó las manos por la entrepierna del mago pálido.
- ¿Y esto, qué es? – susurró oprimiendo suavemente la despierta erección de Remus.
- Mmm – murmuró Remus -. ¿Qué tal si lo averiguas?
Remus gimió un poco más fuerte cuando Sirius inició su exploración bajo las mantas, utilizando primero ambas manos y luego la boca, mordisqueando suavemente la rosada punta del glande de su pareja.
- Sigue… no te detengas – jadeó Remus elevando un poco las caderas.
Sirius obedeció prestamente, besando la entrepierna de Remus con besitos cortos y húmedos, hasta llegar de nuevo a la torre que ahora se erguía completamente. Suaves lamidas a lo largo de la erección del hombre lobo lo llevaban rápidamente a la cima, pero entonces, Remus se detuvo un momento e hizo a un lado las mantas, para acariciar el cabello de Sirius.
- Quiero que estés dentro de mí – pidió, jadeando aún.
- ¿Estás seguro? – dudó Sirius observando la abultada barriguita.
Remus sólo asintió y dio un profundo suspiro.
Su pareja lo llenó de besos nuevamente, quitando poco a poco cada prenda. Luego, Sirius alcanzó el lubricante que había en el cajón de la mesita, se desnudó y empezó a preparar a Remus con sumo cuidado, hasta que el angosto pasaje estuvo lo suficientemente dilatado como para recibir su erección.
Sirius besó los labios de Remus y luego su vientre, para después colocarlo de costado, poniendo una almohada entre sus piernas para facilitar la penetración. Luego se recostó junto a él y comenzó a introducirse poco a poco. El cuerpo de su pareja se tensó, pero luego fue relajándose al ser invadido con lentitud y suavidad.
- Moony, avísame si te lastimo – dijo Sirius con voz ronca de deseo, mirando embelesado a Remus, que con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, gemía bajito.
El hombre lobo siempre había sido atractivo para Sirius, pero ahora que albergaba una vida fruto del amor de ambos, le parecía más hermoso que nunca. Besó nuevamente sus labios y lo estrechó, moviendo las caderas en forma circular con mucha lentitud primero, hasta que Remus se acopló a su ritmo.
- Sirius… Sirius… - suspiraba el mago pálido aumentando el ritmo con ansias. Sirius empezó a masturbarlo a un ritmo diferente, rozándole el glande y luego soltándolo para apoderarse de sus colmadas bolsas, haciéndolo jadear de placer.
- Te amo, Moony … te amo – exclamó Sirius incapaz de resistirse más y con una estocada final, llenó las entrañas de Remus de tibio semen.
Remus lanzó un grito y se empaló más sintiendo el espasmo que sacudió a su pareja y entonces eyaculó también, ensuciando la almohada y las sábanas.
Sirius murmuró un hechizo limpiador y lo estrechó, rodeándole el vientre con ambas manos.
- Por favor, no te retires – pidió Remus.
- Oh, Merlín – susurró Sirius contra su oído – James, perdóname, pero tu padre es tan hermoso que no puedo resistir hacer estas cosas.
Remus sonrió.
Y entonces, algo levísimo, como una pequeña onda, se movió dentro de su vientre.
Al instante, Sirius se levantó de un salto y se arrodilló junto al vientre de Remus.
- Oh, pequeño… lo siento… Remus, ¿te sientes bien? ¿Llamo al medimago? Oh, Merlín…
- Calma, Sirius – lo tranquilizó su pareja. – Ya era tiempo que se empezara a mover, y creo que tuvo bastante jaleo hace un momento.
- ¡Se movió! ¡James se movió! Voy a decírselo a Harry…
Sirius se puso de pie para poner en práctica lo que acababa de anunciar.
- Paddy, estás desnudo…
- ¡Es cierto! Y tú también… - Sirius le alcanzó el pijama y se echó encima una bata - ¡Harry! ¡Harry!
9
Remus se movió un poco en el diván. Parecía que las contracciones se habían empezado a calmar. Cerró los ojos un momento y luego se sujetó del espaldar del diván para impulsarse hacia arriba. Una vez sentado, se puso de pie lentamente y caminó hacia la salida.
No llegó a la puerta, otra contracción más fuerte que las anteriores lo dejó paralizado. Entonces, recordó lo que el medimago había dicho.
“Si las contracciones son menos espaciadas y más fuertes, el trabajo de parto podría estarse iniciando. Aunque esto es muy poco probable en padres primerizos”
¿Poco probable en padres primerizos? Pues acababa de descubrir que él era la excepción.
Trató de no entrar en pánico y llamó a gritos a Kreacher, pidiéndole el espejo con el que se comunicaba con Sirius y Harry y que descuidadamente había dejado en su habitación.
El elfo doméstico entró a la biblioteca con deliberada lentitud y lo observó moviendo sus orejotas mientras Remus suplicaba por el espejo, oprimiéndose el vientre, incapaz de moverse a causa del pánico. Luego, Kreacher salió.
Estaba solo. Solo en la enorme mansión de Sirius, con su única posibilidad de comunicarse reducida a los caprichos de un elfo doméstico que lo odiaba.
“¡No!” dijo una voz en su cabeza. “No voy a dejarme vencer por esto”
Y él, que había resistido miles de dolorosas transformaciones, se sobrepuso al miedo que sentía y avanzó oprimiéndose el vientre, hasta el pasillo, donde casi tropezó con Kreacher que traía lo que le había pedido.
Remus olvidó sus modales y le arrebató el espejo a la bestezuela.
- ¡Sirius! ¡Harry! – gritó -. ¡Ya está en camino, ayúdenme por favor!
Al instante, el preocupado rostro de Harry apareció en el espejo y el chico gritó:
- ¡Conecta la chimenea, que voy enseguida!
Momentos después, Harry se hacía cargo de llevar a Remus a San Mungo, mientras Draco trataba de localizar a Sirius que no respondía los llamados.
10
Para Remus todo se desarrollaba lentamente. Un líquido que empezó a bajarle por las piernas, la prisa de Harry, la respiración que debía controlar… su llegada a San Mungo, la ausencia de Sirius.
Y también los preocupados murmullos de los medimagos y algo sobre una fuente que se había roto.
Le dieron algo de beber y lo llevaron a una enorme y blanca habitación, donde lo depositaron en una cama y lo despojaron de parte de su ropa. Su cuerpo estaba laxo cuando no era sacudido por las contracciones.
Algo no andaba bien, su instinto de licántropo podía sentirlo… algo no andaba bien con el bebé…
Luchó con todas sus fuerzas para no caer en la inconsciencia y trató de hablar, pero su boca apenas se movía, como si estuviera adormecida.
- Relájate, Remus. Duerme, nosotros nos encargaremos de todo.
- S-s – jadeó con un supremo esfuerzo – S-sirius
- Ya le avisaron, viene en camino – respondió el medimago.
Entonces, todo se volvió borroso de nuevo.
- ¡Moony! ¿Dónde
está mi pareja? – la conocida voz parecía llegar de algún
lugar muy lejano. Y recién entonces, Remus se permitió caer
en la inconsciencia.
12
- ¡Moony! Oh, Moony ¿qué es lo que ha pasado?
- Señor Black, temo que debe retirarse – dijo firmemente uno de los medimagos –. Tenemos que intervenir a su pareja.
- Yo no me moveré de aquí – declaró con firmeza Sirius y se puso en la cabecera de Remus-. Me quedaré y veré nacer a mi hijo.
Los medimagos intercambiaron una mirada, pero no había tiempo que perder… de modo que comenzaron a trabajar.
Sirius miró atentamente el rostro de su pareja, y le acarició la sudorosa frente. No quiso mirar lo que hacían en su cuerpo, sólo atisbó y vio sangre aspirada rápidamente con hechizos.
Y luego escuchó un quedo llanto.
- ¡Mi hijo! – exclamó-. Quiero ver a mi James.
La medibruja que sostenía al bebé susurró un hechizo limpiador y lo envolvió en una manta, para luego, con una sonrisa, ponérselo entre los brazos al orgulloso padre.
- ¡James! Pero… ¿James?
- Es una niña, señor Black.
13
Remus empezó poco a poco de volver de su sueño, un sueño extraño, en el cual él estaba embarazado. Y debía tratarse de un sueño, porque ya no sentía su cuerpo pesado.
Respiró hondo. ¿Cuánto habría dormido? No había mucha luz en la habitación, seguramente era de noche. Su mano era sostenida por alguien y Remus movió tentativamente los dedos. Una cálida mano lo acarició.
- Está despertando – pudo oír la voz de Sirius.
Entonces, entreabrió un poco los ojos…
Captó una habitación extraña, desconocida… a un costado de su cama había un árbol de Navidad y entonces recordó…
- ¡El pudding! – su voz sonó ronca, como si no la hubiera usado en mucho tiempo.
- Shh, Moony, no hables – dijo Sirius acariciándole el cabello-. Ya todo está bien, no te preocupes de ese pudding…
- ¿Qué pasó?
- Lily se adelantó un poco… tuvieron que operarte de emergencia, pero ya está aquí, con nosotros.
- ¿Lily? – casi gritó Remus atontado aún por el efecto de la poción que le habían dado –. Pero Lily…
- Es preciosa – dijo Harry sonriendo a su lado y depositó algo envuelto en una manta rosa junto a Remus.
El hombre lobo miró hacia la manta y entonces comprendió. ¡No había estado soñando! Tenía un bebé… su bebé… el bebé de Sirius…
- Lily – sonrió con lágrimas en los ojos mirando la carita rosada de la niña -. ¡Es tan hermosa!
- Como su padre – repuso Sirius orgullosamente -. Tiene tus ojos, mi cabello… es la niña más bella del mundo.
Remus acarició la carita de Lily y la besó mientras ella lo miraba con sus pequeños ojitos.
- Hola, pequeña… soy yo…
- Descansa, Moony - pidió Sirius –, este día ha sido muy difícil para ti. Mañana volveremos a casa…
- ¿Qué hora es?
- Medio minuto para medianoche… - anunció Draco, que se había mantenido un poco apartado de la escena familiar.
- ¿Medianoche?
- Sí, Moony – sonrió Sirius cogiéndole ambas manos -. ¡Feliz Navidad!
En un instante, los cuatro se confundieron en abrazos y genuinas sonrisas y cuando Remus por fin pudo hablar, los miró muy serio.
- Siento haber arruinado la Navidad… aquí en el hospital…
- No digas eso, Moony – intervino rápidamente Sirius –. Es la más hermosa Navidad que recuerdo, me trajiste el mejor de los regalos.
- Y estamos juntos los cinco, eso es lo que importa – repuso Harry.
Remus los miró con gratitud. Sirius miraba con ternura a su hija. Draco y Harry estaban tomados de la mano y el moreno miraba a Lily con embeleso. Se veían tan bien juntos… serían tan felices si…
- ¿No se animan a incrementar la familia para la próxima Navidad?
Draco palideció intensamente. Ante él pasaron las imágenes de todas las fases del embarazo de Remus y miró de reojo a Harry, que sonreía.
Quizá…
FIN