Primera vez
(One-shot de “El muchacho persa”)

N. del a.: Esta historia está basada en la novela “El Muchacho Persa”, de Mary Renault, que relata la vida de Bagoas, un eunuco persa al servicio de Alejandro Magno. Bagoas vivió en el haren del rey Darío y cuando Alejandro conquistó Persia, fue enviado a él por el príncipe Oxatres, hermano de Darío.

Al principio las costumbres de los macedonios desconcertaban a Bagoas, acostumbrado a que el rey sea considerado una divinidad, pero Alejandro era exactamente lo contrario, bromeaba con los soldados e incluso permitía que lo llamasen por su nombre y lo corrigiesen cuando se equivocaba.

Bagoas se enamoró del rey y procuraba atenderlo todos los días, pero descubrió que Alejandro estaba enamorado de su general Hefaistion, con quien compartía una relación comparable a la de Aquiles y Patroclo.

Esta historia se sitúa la primera vez que Bagoas se ofreció a su señor, para lo cual he tomado como base el capítulo original del libro y le he aumentado algunos detalles. No pretendo reescribir la historia ni mucho menos, pero este primer encuentro me dejó deseando una mayor descripción para lo que leí entre líneas, de modo que decidí escribirlo, pero sin alterar los diálogos de la escena. La historia original aparece en cursiva y mis “aportes” en letra normal.

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Estábamos en Susa, el quinto día de los quince que pasaríamos allí. Yo estaba satisfecho, mi habilidad para la danza había sido notada por Alejandro, aunque él no me lo había dicho, supe que solía observarme bailar, admirando seguramente mi vestimenta consistente tan sólo en un taparrabos adornado con lentejuelas, con el cabello suelto cayendo sobre mis hombros.

Mis intentos por lograr un mayor acercamiento habían sido infructuosos, principalmente por la llegada de Hefaistion, que entraba sin llamar a la habitación del rey cuando leía y yo me sentaba junto a él para contemplarlo con adoración. Yo solía retirarme cuando el general llegaba, aunque jamás me lo pidieron expresamente, consideraba mejor dejarlos solos. Además, no deseaba en absoluto contemplar una escena como la que vi la primera noche que pasé junto a ellos y una noche noté con temor, mas no con sorpresa, que eso me habría herido demasiado.

Al sexto día, el rey salió a cazar aves a los pantanos que había junto al mar, en ocasiones, gustaba de aquellos deportes. Yo me entregué a mis deberes, creyendo que estaría ausente todo el día, pero volvió antes de la puesta de sol y tomó el baño que yo siempre le preparaba. Al salir de su baño, me dijo:

-“Bagoas, no me demoraré mucho en la cena. Quiero que me enseñes un poco de persa. ¿Me esperarás?”

Yo lo hubiera esperado aunque hubiera tardado doscientos años. Emocionado, me bañé y acicalé, poniéndome el mejor de mis trajes. Lo observé, pero él cenaba en compañía de unos amigos, de modo que subí a sus aposentos y aguardé. Al cabo de un rato, se acercó, pero se detuvo junto a la entrada, haciéndome pensar por un momento que había olvidado que yo lo esperaba. Después me sonrió y entró.

-“Muy bien, estás aquí. Acerca esta silla a la mesa mientras yo voy por el libro”.

Estas palabras me desalentaron y confesé mi vergüenza en voz baja.

- “Majestad, ¿no podríamos pasarnos sin el libro?”, él me miró arqueando las cejas. “Lo siento, pero no sé leer. Ni siquiera en persa”.

- “No importa. No pensaba que supieras. El libro es para mí”, fue por él. “Siéntate aquí”.

Había entre ambos una distancia como de un metro. Las sillas me aterran. Uno se queda atrapado en ellas y no puede acercarse. Contemplé con pena el diván, acostumbrado a ello por el tiempo que pasé con Darío. Los divanes permiten la cercanía, las sillas no.

-“Trabajaremos así:”, dijo él preparando una tablilla y un estilo, “Yo leeré una palabra griega y la escribiré; tú me la dirás en persa y yo la escribiré como suene. Es lo que hizo Jenofonte, el que escribió este libro”.

Era un libro viejo y estropeado con los rotos bordes pegados con cola. Lo abrió con ternura, como si para él se tratara de un tesoro.

- “Lo he elegido por ti; es la vida de Ciro. ¿Es cierto que procedes de su tribu?”

- “Sí, majestad. Mi padre era Artembares, hijo de Araxis. Lo mataron cuando murió el rey Arses”.

- “Eso me han dicho”, repuso él, mirándome con compasión.

Pensé que sólo Oxatres podía habérselo dicho. Alejandro debía haberle preguntado acerca de mí. Eso me llenó de orgullo, al menos era yo lo suficientemente importante como para que él se interesara un poco por mi vida pasada.

La vieja lámpara, constituida por un anillo de lamparillas, colgaba sobre la mesa, y sus muchas llamas producían sombras dobles y triples bajo sus manos; la luz le iluminaba los pómulos pero no los ojos. Estaba un poco sonrojado a pesar de constarme que en la cena no había bebido más que de costumbre. Miré el libro con sus signos desconocidos para mí, con el fin de que él me mirase.

«¿Qué puedo hacer?», pensé. Estaban regresando a mi memoria las cosas que me había dicho Nabarzanes. «¿Habrá él seducido a alguien?», pensé sin saber qué hacer.

- “Desde que era niño”, me dijo, “Ciro me ha parecido el modelo de todos los reyes, como Aquiles, a quien no debes conocer, es el de todos los héroes. He atravesado su tierra, ¿sabes?, y he visto su tumba. Cuando eras niño, ¿te habían contado alguna historia de él?”

Su brazo reposaba cerca de mí. Yo hubiera querido asírselo y decirle: «Ciro ya esperará.». Él parecía concentrado en el tema que nos había llevado allí: estudiar persa, leer, hablar. Aunque me pareció que se debatía entre dos ideas, de otro modo, no estaríamos juntos esa noche. Me decidí repentinamente. «Si ahora le pierdo, tal vez será para siempre. »

Le relaté la historia de Ciro que me había contado mi padre años atrás. Hablé del misterio de su nacimiento y de sus padres. No había terminado, pero sentí sus ojos posados en mí y callé, con el corazón brincándome furiosamente en el pecho. Mi único pensamiento hacia él era en ese momento «te amaré siempre», pero mi boca se abrió para expresar algo completamente distinto.

- “¿Figura esto en tu libro, mi señor?”, pregunté con calma, tratando de disimular mi turbación.

- “No, pero sí en el de Herodoto”, fue su respuesta, igualmente calmada. Luego empujó la silla hacia atrás y se dirigió hacia la ventana que daba al mar.

Yo me levanté también en señal de gratitud. ¿Me obligaría a sentarme de nuevo? Los escribanos que le hacían las cartas tenían que permanecer sentados mientras él paseaba. Pero no me dijo nada. Se volvió y regresó al lugar en que yo me encontraba bajo la lámpara, con la espalda apoyada a la silla. Su expresión era indescifrable, por un momento pensé que me pediría lo que otros tantos habían hecho. Luego me dijo:

- “Debes decirme cuándo me equivoco en persa. No temas corregirme, porque de otro modo jamás aprenderé”.

Quise enviar el persa y los libros lejos de allí, quise gritar muchas cosas, pero en lugar de ello, avancé un paso en dirección a él. El cabello me cayó hacia delante, sobre mi hombro. Él extendió la mano y me lo rozó.

- “Mi señor sabe bien que basta con pedírmelo”, dije suavemente, en inequívoca invitación. Mis ojos le dijeron lo mismo.

Su mano se deslizó bajo mi cabello y él me miró seriamente.

- “Estás bajo mi protección”.

¿Eso era todo lo que le preocupaba? Definitivamente sus costumbres eran muy distintas a las del lugar donde me había criado. Pero sus ojos me decían otra cosa. No pude resistirlo más y contra todo lo que me habían enseñado, tomé la iniciativa, rodeando su cuello con ambos brazos.

Supe por su mirada que ese era el abrazo que él necesitaba y no lo solté. No podía hablar, me había alejado mucho del lugar que me correspondía, había pasado por encima de mi posición ante él, pero lo único que quería era decirle: «Sólo tengo una cosa que darte, pero será lo mejor que jamás hayas tenido. Tómala, nada más.»

Alejandro pareció dudar, pero no por renuencia. No, su mirada era bastante elocuente, sus ojos brillaban. Pero algo lo detenía, una especie de torpeza, como si no supiera qué hacer a continuación. Entonces pensé: «¿Dónde ha vivido, y acaso no es un soldado? No sabe mucho más que un muchacho»

Eso me confortó de algún modo. Pensé en lo que se contaba de él, en su nobleza que yo había interpretado mal, considerándola únicamente como piedad al no violar a sus cautivas. Seguí pensando en ello cuando se libró suavemente de mi abrazo y salió a la puerta exterior, para avisarle al guardián que se iba a acostar y que ya no necesitaba que lo sirvieran. Cuando entramos en la alcoba, pensé: «Todo el mundo sabe lo que necesita. ¿Tendré yo que averiguarlo por él? No conozco sus costumbres, es posible que le ofenda contra lo que está permitido. Es necesario que me quiera; de lo contrario, moriré.»

Peritas, el perro que lo acompañaba, se había levantado de su rincón y nos siguió, acurrucándose luego a los pies de la cama. Yo me dispuse a depositar mi ropa en ese lugar, para que su contemplación no molestara al rey, como me habían enseñado. Pero él me dijo:

- “¿Pero a qué viene eso?”

Mis costumbres le eran desconocidas igualmente, y pensé en ofrecerle un mejor espectáculo que los que Hefaistion le podría brindar jamás. Me desnudé lentamente, ofreciéndome con cada prenda que quitaba. Él no permitió que las eche al piso, me señaló un taburete en el cual las fui colocando.

Desnudo, me erguí ante él y me acerqué de puntillas para ayudarlo a desvestirse y me creí morir de vergüenza cuando él empezó también a despojarse de la ropa. ¿Tan mal lo había hecho que prefería hacerlo él mismo? Creo que notó mi turbación, pues abrió los brazos y me permitió atenderlo.

Lo desnudé con reverencia, besando cada centímetro de la piel que quedaba expuesta, acariciándolo con la maestría de mi arte cuidadosamente cultivado. Quise mostrarle todo lo que yo era capaz de hacer, intuyendo que cuando estaba con Hefaistion, él no se comportaba de ese modo. Y lo quise sólo para mí.

Cuando por fin lo tuve desnudo ante mí, me permití contemplarlo. Él aún me miraba enigmáticamente, dejándome hacer, como si quisiera saber hasta dónde era yo capaz de llegar. Era hermoso, fuerte, valiente, era mi Dios y yo quería demostrárselo. Me incliné ante él y caí de rodillas al ver que su virilidad comenzaba a despertar. Era el espectáculo más bello que he visto en mi vida, no se comparaba con nada que hubiera conocido antes y su visión borró todas las anteriores. Me sentí sobrecogido, incluso atemorizado de decepcionarlo, pero no pude resistir más y tomé con reverencia sus sacos cargados, sopesándolos con ambas manos, como si quisiera asegurarme de que estaban colmados para mí.

Me perdí en su contemplación y mi boca lo tomó cuidadosamente, decidido a mostrarle mi arte y hacer de esa noche inolvidable. Despacio, retiré la piel que cubría su delicioso glande y lo tenté con la lengua, sintiendo su virilidad aflorar. Su respiración se hizo agitada y me sentí victorioso de poder tener al rey en aquél lugar, sólo para mí, haciendo esos sonidos sólo por mí. Por un momento, Hefaistion no existió.

Momentos después, lo acariciaba expertamente, concentrado en sus más mínimas reacciones, atento para darle mayor placer, pero sin dejar de deleitarme con su sabor, con su textura, con su fuerza de hombre, algo que yo jamás tendría.

Arrodillado ante él, me dije que podría morir así y sería feliz. No deseaba más que su placer. Entonces, él me tomó de la mano y me levantó cuidadosamente. Me aterré ¿lo había decepcionado? ¿Podía Hefaistion hacerlo mejor? Me traté de tranquilizar pensando que lo aprendido era producto del saber milenario y que no podía estar insatisfecho, pero el corazón se me encogió.

Pero yo estaba equivocado, una vez más juzgué mal a ese hombre por el que me habría dejado matar. Me condujo suavemente al lecho, de madera de cedro pintada y dorada, un lecho suntuoso, digno de un rey, en el que yo le serviría el mejor de sus banquetes. Me besó con ternura y comenzó a acariciarme también, procurando darme placer. Esto me desconcertó, nadie antes se había ocupado de ese modo de mí, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, me di cuenta de que mi profesión me había adiestrado en las artes amatorias, pero mi corazón permanecía incólume. Y mi inexperto corazón se adueñó de pronto de mí.

Debo haberle causado sorpresa, pues me aferré a él, como se aferra un náufrago a una tabla de salvación, mientras mis labios decían tales locuras que aún me ruborizo al recordarlas.

- “Te amo, señor. Déjame demostrarte la inmensidad de mi amor, déjame adorarte en este altar”

Me cubrió con su cuerpo sin dejar de besarme y hundí el rostro en su hombro, tan embriagado en su ser que me sentía intoxicado.

- “Creí que jamás me mirarías, señor, temí no ser digno de ti”, murmuré en persa y al darme cuenta de que él no me entendía, lo repetí en griego una y otra vez.

No le supliqué, sin embargo, que me llevara consigo dondequiera que fuese; no me sentí capaz de pedirle reemplazar a Hefaistion ni me sentí digno de hacerlo. Sólo me aferré a él como un viajero en el desierto, que después de una larga agonía en las áridas arenas, descubre agua.

Oculto en su hombro reanudé mis caricias a su firme virilidad, tan familiar ahora, tan amada. Creo que no esperó tanto ímpetu de mi parte, tanta entrega, y creo que tampoco comprendió palabra de lo que yo decía.

- “¿Qué sucede?”, me preguntó ansioso, “Dime lo que sea, no temas”, agregó con ternura.

Yo levanté el rostro y le dije:

- “Perdóname, mi señor. No es nada. Es amor”, susurré avergonzado de nuevo, me había dejado llevar por el irresistible impulso de mis sentimientos.

- “¿Sólo eso?”, me dijo posándome la mano sobre la cabeza, como si no se le hubiera ocurrido jamás que alguien pudiera amarlo de ese modo.

Entonces comprendí. Alejandro no deseaba placeres para sí mismo, en parte por orgullo y en parte porque estaba celoso de su libertad. Alejandro amaba dar, del mismo modo como cedía generosamente los mejores bocados en la mesa, obteniendo gratitud y respeto a cambio. Debí observarlo más a menudo en la mesa, donde jamás arrebataba nada, donde sólo tomaba lo que debía. Alejandro estaba tan deseoso de darme placer como yo a él.

- “¿Sólo amor?”, me preguntó. “No te preocupes entonces; ambos tenemos mucho trecho que recorrer”.

Alejandro era el hombre más joven con quien me había acostado, exceptuando a Oromedon, que no contaba. Su abrazo de amante se convirtió en el de un amigo al notar mi confusión y sonrojo y entender que me encontraba en un aprieto para el cual mi entrenamiento no me había preparado. Si hubiese habido algo que contar, Alejandro me habría escuchado pacientemente, él hubiera sido capaz de hacer cualquier cosa a cambio del amor.

Mi rey deseaba realmente que yo lo amara, podía verlo en sus ojos, en sus gestos. Me sentí feliz, sin poder apenas creer en semejante suerte. Nunca me había sucedido eso, antes había proporcionado placer enorgulleciéndome de una actividad aprendida, como tañer el arpa o danzar, pero ahora, él deseaba deleitarme a mí también.

Pero Alejandro no era ignorante en las artes amatorias; únicamente ocurría que lo que sabía era sencillo. Volví a apoderarme de su virilidad y lo estimulé con la lengua, con lentos movimientos circulares que me permitían saborearlo mejor, combinando estos movimientos con caricias en sus bolsas colmadas, estrujándolas suavemente.

Siempre tuve aprehensión de esas caricias que me recordaban mi condición, pero con Alejandro era distinto, era poderoso, era tan viril que me hacía estremecer. Estimulé también sus pezones, con pequeñas mordidas calculadas para darle placer y terminé besando con reverencia las erectas protuberancias y recorriendo su pecho milímetro a milímetro con la lengua, sin dejar de susurrarle palabras de amor en persa, en griego y sin poder evitar gemir también yo.

Cuando sentí que estaba listo, quise buscar en mi túnica el aceite para prepararme, pero él me detuvo y me tumbó en el lecho nuevamente. Cerré los ojos pensando que no deseaba que me prepare y me dispuse a soportar la invasión, con la dicha de saber que se trataba de él, aunque doliera y lastimara.

Pero estaba equivocado. Alejandro deseaba prepararme él mismo.

- “Déjame hacerlo”, jadeó y me incliné, arrodillándome con los codos en el lecho, abriéndole las piernas para que pudiera hacerlo en forma apropiada.

- “El aceite”, murmuré maldiciéndome a mí mismo por haberlo olvidado en el rapto de pasión que me produjo desnudarlo.

Él pareció no oírlo y se humedeció los dedos en saliva, penetrándome él mismo con uno de ellos, buscando con algo de torpeza la deseada dilatación. Me estremecí de placer, simplemente sus manos eran mágicas y sabían hacer reaccionar cada fibra de mi cuerpo. Yo lo ansiaba como jamás deseé a un hombre en toda mi vida y enfebrecido, lo guié para que introdujera el segundo dedo, llevando su mano con movimientos circulares que me llevaban rápidamente a la cima. Sin que yo se lo pidiera, tomó mi erección con ternura entre sus manos, acariciando la base, allí donde me habían privado del regalo de la naturaleza, y la bombeó con firmeza, mientras yo le enseñaba a disminuir el ritmo para prolongar el placer. Alejandro aprendía con rapidez, y sé que pensó en ese momento que todo lo que yo le enseñaba lo estábamos descubriendo juntos, por la armonía que habían alcanzado nuestras almas. Y yo también lo creí.

Mis entrañas recibían ansiosas los traviesos dedos, mi erección estaba aprisionada por su otra mano y mi boca era devorada por su exigente lengua, como si demandara mayor entrega. Y yo estaba dispuesto a dársela.

Luego de que introdujo el tercer dedo, sentí que mi abertura ansiaba algo más y me agité, implorando silenciosamente, pero creo que él me malinterpretó y se retiró un poco.

- “Mi señor”, supliqué sin importarme más el entrenamiento, sólo pensando en tenerlo como jamás había tenido a nadie, “poséeme por favor, te necesito”

No tuve que guiarlo, él sabía cómo entrar en mí. Luego averigüé que era la primera vez que preparaba a alguien, sus juegos con Hefaistion y con los otros muchachos eran un poco más rudos y apresurados, como si él no deseara prolongar su propio placer.

Esa noche fue de los dos. Mientras se clavaba en mí, grité mi amor sin importarme nada más, pidiéndole, implorándole que fuera más profundo, más de prisa, sintiéndome completamente lleno de él y deseando aún más. Su pene se hundía en mis entrañas, candente, abrasador, posesivo. Me abrí a él completamente, mi esfínter estaba dilatado al máximo, mi erección se alzaba en inflamado clamor.

Llevé mi trémula mano hacia ella para procurarme alivio, sin importarme ya esa osadía final. Pero él me detuvo.

- “Yo lo haré”

Tomó mi pene erguido entre sus manos cálidas y lo masajeó como yo había hecho antes con él. Llevó el mismo ritmo que sus acometidas, mientras me llenaba por completo y luego se retiraba de mí, para entrar otra vez, demandante y hambriento.

Nuestras bocas eran tan familiares que me atreví a explorarlo también, llevado por el impulso de alcanzar el máximo de placer en sus brazos. Me tomó de las caderas con una mano y me encajó firmemente en su candente ariete. Estallé entre espasmos y sonidos guturales y poco después, él hizo lo mismo, con un grito ahogado. Había estado esperando a que yo me saciara primero.

Me besó tiernamente la espalda y se retiró de mi cuerpo, dejándome vacío, pero dichoso por lo que compartimos. Se acostó a mi lado y se quedó tendido largo rato, como si estuviera muerto. Dudé, no estaba dormido, pero no supe si debía quedarme o marcharme. Intenté moverme, pero él me retuvo sin hablar, con la mirada líquida. Me tendí junto a él, inmóvil, con el cuerpo vibrando aún por sus caricias, tratando de evocarlas nuevamente porque el placer había sido tan intenso como lo había sido el dolor en otras ocasiones.

Alejandro me miró y con mucha suavidad, me dijo:

- “Es decir, que eso no te lo arrebataron”

- “Mi señor, me has devuelto a la vida que me quitaron”

- “¿Y después te produce pesar?”, murmuró con extraña curiosidad.

- “No, majestad”, susurré. “Jamás me había sucedido hasta ahora”, confesé ruborizado.

- “¿De veras?”, me tomó el rostro en su mano para mirarme a la luz de la lámpara y después me besó. “Que este presagio sea venturoso”.

- “¿Y mi señor?”, pregunté haciendo acopio de valorante mi propia audacia. “¿Siente pesar mi señor?”

- “Siempre durante algún tiempo. Pero no lo tengas en cuenta. Las cosas buenas hay que pagarlas, ya sea antes o después”.

Entonces comencé a entenderlo mejor. Sentía pesar por amar. Amaba tan intensamente que le causaba pesar entregarse. Pero yo estaba ahora unido para siempre a él.

- “Ya verá mi señor cómo aprenderé a apartar de él su pesar”, susurré con ternura.

Sonrió suavemente.

- “Tu vino es demasiado fuerte para beberlo con frecuencia, querido mío”.

Me asombró la sencillez de su confesión. Los demás hombres que había conocido solían disimular un valor que a veces no poseían, pero Alejandro, que había probado en batalla tener más valor que la mayoría de ellos, no temía confesarme su pensamiento.

- “Mi señor es tan fuerte como un león joven. Eso no es el cansancio del cuerpo.”

Él arqueé las cejas y temí haberle enojado, con un comentario tan ligero. Pero él no lo tomó así.

- “Muy bien, médico sabio, dime entonces qué es”.

- “Es como el arco; se cansa el más fuerte si no está aflojado. El arco debe descansar. Y también el espíritu del guerrero”.

- “Ah, eso dicen”, tomó lentamente entre los dedos un mechón de mi cabello. “Qué suave es. Jamás había visto un cabello más fino. ¿Adoras el fuego?”

- “En mi patria lo hacemos, majestad”.

- “Y tenéis razón”, dijo él, “porque es divino”.

Se detuvo un momento, quizá pensando qué decir, pero yo había comprendido y estaba decidido a arriesgarme aún más. Bajé la cabeza en señal de sumisión.

- “Por mí que mi señor jamás se aparte de su camino, que yo sea como la copa de agua que se bebe apresuradamente al mediodía, y me daré por satisfecho”.

Alejandro extendió la mano hacia mi rostro, yo había cerrado los ojos en señal de aquiescencia a lo que fuera su decisión final, y él me rozó los párpados.

- “Ah, no. ¿Así es como te recompenso? Ya basta o terminaremos los dos llorando. ¿Quién habla del mediodía? La luna acaba de salir. Esta noche no hay prisa”.

Su cuerpo era como yo había dicho, poseía el vigor de un león y también su fuerza. Volvió a tenderse sobre mí, volvió a explorarme como nadie había hecho antes. Me amó y amó cada rincón de mi cuerpo, su lengua llegó hacia los lugares más recónditos en su búsqueda para darme placer. Yo estaba tan excitado que monté a horcajadas sobre él y me empalé sin más preparación que sus manos masturbándome furiosamente. Me hundí en su virilidad, llenándome por completo nuevamente e inicié una serie de movimientos retirándome y volviendo a empalarme, mientras él me masajeaba, olvidadas ya la técnica y dando paso sólo al amor.

La noche se llenó de nuestros jadeos y a la luz de la luna grité su nombre en persa, mientras volvía a llevarme al lugar que compartiríamos únicamente los dos.

Horas más tarde, él dormía profundamente. Me incliné a contemplarlo, demasiado exaltado aún como para poder dormir. Su varonil rostro, enmarcado en rubios cabellos, era suave y estaba relajado y satisfecho. Ahora sabía a lo que le había temido, porque en mis brazos había experimentado lo que jamás hizo con nadie. En mis brazos conoció el amor.

«Aunque el ya no sea fuerte -pensé-, vendrás por más. »

Su brazo desnudo sobresalía de las cobijas. Estaba tostado por el sol, pero su hombro era níveo y únicamente se veía en él la marca de una herida recibida en batalla. Era una mancha del color del vino aguado y estaba ya decolorándose.

Me incliné con reverencia y la besé.

- “Te amo, Iskander”, susurré para la luna y me acurruqué a su lado, sabiendo que ahora nada podría separarme de él.

 

 

 

FIN

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