Capítulo 9 : La profecía se cumple

“Give me one more chance / dame una oportunidad más
And you'll be satisfied / y estarás satisfecho
Give me two more chances / dame dos oportunidades más
You won't be denied / no te lo denegaré
Well my heart is where it's always been / bien mi corazón está donde siempre estuvo
My head is somewhere in between / mi cabeza está en algun lugar en medio
Give me one more chance / dame una oportunidad más
Let me be your lover tonight / déjame ser tu amante esta noche”
(Even better than the real thing – U2)
***

Mientras Aragorn y su ejército de ultratumba se dirigían a Pelengir, ahuyentando su paso a todo ser viviente, excepto los de su propia Compañía, en el Sagrario las cosas transcurrían más apaciblemente.

Finwë había dedicado la mañana a platicar con sus amigos a quienes no veía desde la batalla de Cuernavilla, donde fuera herido. Respondió a todas las preguntas que le hicieron: sobre Aragorn y su misteriosa marcha por los Senderos de los Muertos, sobre Legolas y Gimli, pues les parecía muy singular que un elfo fuera tan amigo de un enano, sobre la llegada de los montaraces y los dos elfos de Rivendel.

- “Son los hijos de Lord Elrond, de Rivendel”, comentaba uno de ellos.

- “Se dice que son altivos y hermosos”, continuaron diciendo. No habían tenido oportunidad de verlos pues los arqueros de Lórien se encontraban en otro pabellón de la fortaleza.

- “Tú cabalgaste con uno de ellos, Finwë, ¿es cierto que son idénticos y que jamás se separan?”

Demasiado sabía el elfo pelirrojo acerca de los gemelos. Sonrió dulcemente por los recuerdos, y respondió:

- “Son idénticos físicamente, pero Elladan es más amable y considerado. Elrohir en cambio es rudo e impetuoso, pero cariñoso a su manera. Y es verdad que hacen todo juntos…”, se ruborizó en esta frase final, pero nadie pareció advertirlo.

Sus compañeros rieron y continuaron preguntando, hasta que se cansaron y decidieron salir a practicar con el arco. Legolas se hallaba ya en el pequeño campo que habían acondicionado para las prácticas, acompañado de Haldir y Eowyn.

La mañana transcurrió en el campo de tiro. Finwë tomó su arco por primera vez en varios días. Tensó la cuerda probando su resistencia y tomó una flecha. Apuntó al blanco escogido por Legolas y disparó certeramente en el centro mismo. Legolas tomó a su vez una flecha, concentrándose en el blanco. Su cuerpo se tensó y pareció que el arco formaba parte de él, la miraba estaba fija en el blanco, estuvo inmóvil unos instantes y luego con innata naturalidad soltó la flecha, que fue a dar en el centro mismo, partiendo la de Finwë. Los arqueros de Lothlórien lo aclamaron y él respondió con una sonrisa.

Luego todas las miradas se dirigieron hacia pendiente, pues una comitiva ascendía por allí dirigiéndose al Baluarte del Sagrario. Théoden había regresado, junto con Éomer y el ejército de los Rohirrim. Al pie de las montañas blancas, en el Valle Sagrado, se quedaron los demás hombres de la Marca, para la revista de tropas convocada por el Rey al siguiente día.

Eowyn salió a recibir a su tío y hermano, comunicándoles la partida de Aragorn. El rey ya sabía de esto por boca del mismo montaraz, pero le sorprendió encontrar allí a Legolas. Había pensado que el humano y el elfo eran inseparables. El rey se dispuso a descansar, pues partiría al día siguiente luego de la revisa.

Legolas estaba de pie en el patio, contemplando la ruta por donde su amado se había ido, esperando verlo volver repentinamente para tomarlo entre sus brazos. La noche pasada con Haldir había sido muy placentera, pues el guardián de Lothlórien era un experimentado amante, aunque decididamente arrogante, pero Legolas había descubierto que necesitaba a Aragorn mucho más que antes. Merry vino a su encuentro, llevándolo al comedor para el almuerzo, mas el elfo apenas tocó la comida.

Pasaron la tarde revisando las armas, pues partirían a medio día siguiente. Legolas y Merry estuvieron juntos todo ese tiempo, hasta la llegada de la cena en que fueron invitados nuevamente a la mesa del rey. Esta vez no hubo canciones pues el rey deseaba descansar para levantarse al alba a revisar sus tropas.

Finwë había estado hablando antes con Eowyn en parte por señas y algunas palabras de la Lengua Común, pues se habían hecho amigos en Cuernavilla. La Dama le hizo una seña de complicidad y el pequeño elfo se dirigió esta vez a su habitación, no sin antes recordarle a Haldir.

- “Ahora tomaré el baño que deseo, pues la Dama Eowyn ha pedido que me preparen uno”

- “Iré contigo, pues necesitarás ayuda”, respondió Haldir siguiéndolo.

En la sencilla habitación del joven elfo había una tina dispuesta, con agua tibia, pues la acababan de llenar. Al lado de ésta había una mesa con aceites aromáticos y útiles de aseo.

Finwë sonrió, pues a pesar de lo reducido del espacio, nunca había disfrutado de semejantes comodidades.

- “Desvístete”, ordenó Haldir, con la misma voz con la que acostumbraba dirigir a sus tropas.

Finwë obedeció dócilmente. No deseaba contrariarlo aún…

- “Sí, mi capitán”

Empezó a despojarse de sus vestiduras, consciente de que el otro elfo lo observaba. Cuando estuvo desnudo hasta la cintura, soltó su cabello, que llevaba atado hacia atrás. Una vez suelto, la cascada rojo intenso se deslizó por sus hombros y espalda. Sabía que era atractivo, Elladan y Elrohir así se lo habían demostrado.

- “No puedo quitarme el vendaje solo”, dijo, invitando a Haldir a ayudarle.

Haldir se acercó por detrás, empezando a quitar el vendaje y a retirar las hierbas puestas allí el día anterior. Sus manos manipulaban la zona de la herida como acariciándolo. Luego lo soltó.

- “Dije que te desvistieras”

Finwë se quitó las botas y comenzó a desatar los lazos de su pantalón, que deslizó lentamente sobre sus caderas, pero sin bajarlo por completo. No llevaba nada abajo, y una mata de vello rojizo señalaba el camino de su sexo.

La respiración de Haldir se había agitado un poco, ¡qué hermoso era!, el recuerdo de su rostro mientras era llevado al orgasmo por los hijos de Elrond lo asaltó de pronto. Deseaba ardientemente volver a ver ese rostro arrebatado de placer, siendo él el causante. Finwë lo miraba con adoración.

- “Te amo. Te amé desde aquél día que me tomaste en tus brazos para alejarme de la muerte, deseé ser como tú y te amé cuando pasabas a mi lado sin siquiera mirarme, absorto en tus pensamientos o pendiente del encuentro con algún amante. Te amé cuando cantabas, cuando te bañabas desnudo en la cascada creyendo que nadie te observaba. Te amé cuando una lanza traidora quiso acabar con tu vida y ofrecí gustoso la mía a cambio. Me despreciaste por ser inocente, tan distinto de tus experimentados amantes, pero ya no lo soy. Por ti aprendí a amar, y me ofrezco a ti sin reservas ni condiciones”, el elfo deslizó sus pantalones hacia abajo, quedando desnudo ante Haldir.

- “Entra en la tina”, ordenó Haldir, que actuaba como si no lo hubiera oído.

- “¿Qué?...pero….”, comenzó a decir Finwë totalmente confundido y avergonzado.

- “Tendremos tiempo para todo”, sonrió el guardián de Lothlórien tomándolo de la mano y llevándolo hacia la tina, en la que Finwë entró.

Haldir estaba decidido a hacer las cosas a su manera. Cuando el joven elfo se sentó, tomó la esponja y lo frotó cuidadosamente, acariciando su piel, limpiando la herida, que ahora estaba cerrada. Para tener mayor libertad de acción, se despojó de túnica y quedó desnudo de la cintura hacia arriba, sintiéndose excitado por la forma en que Finwë lo miraba. Luego lavó los cabellos, suaves como la seda, continuó enjuagándolos lentamente, arrodillado detrás del joven elfo, hasta que sus movimientos se convirtieron en caricias. Ninguno de los dos hablaba, concentrándose tan solo en sus sentimientos.

Las manos de Haldir vagaron luego por el cuerpo del otro elfo, hasta donde aquélla posición lo permitía, deteniéndose traviesamente en los pezones aún enrojecidos para tocarlos suavemente. Finwë echó la cabeza hacia atrás y sus bocas al fin se encontraron. El joven elfo se sintió en el cielo. Todo había valido la pena, su sacrificio para salvarlo, sus lágrimas al sentirse despreciado, los momentos pasados con los gemelos, todo fue para poder sentir en su boca los labios de su adorado Haldir. No pudo evitar que algunas lágrimas se deslizaran por sus mejillas.

- “No llores, mi pequeño elfo. Este es el momento que hemos esperado, y debe ser motivo de felicidad para ambos”, dijo suavemente Haldir, besando sus mejillas y limpiando así sus lágrimas.

Lo tomó de la mano, haciéndolo ponerse de pie y lo abrazó, besándolo nuevamente.

- “Te amo. Nunca en mi vida he dicho estas palabras a nadie, mi pequeño y bello elfo”, susurró Haldir en su oído. Luego lo tomó en sus brazos llevándolo a la cama, donde lo depositó suavemente.

De pronto, y sin previo aviso, Haldir inmovilizó a Finwë con su cuerpo y le ató las manos con una cuerda que tenía preparada, en ambos lados de la cama. Finwë se sintió atemorizado

– “Haldir, qué…”

- “Shhh, amor mío. Confía…”, dijo besándolo

Luego examinó a su compañero, tendido y totalmente indefenso en la cama, el manjar apetitoso que había deseado tanto probar.

- “Te vi con Elladan y Elrohir”, dijo, ante la mirada atónita de Finwë, “no negaré que hubiese preferido ser el primero, pero me conformaré con ser el último”

- “Eres el único, mi amado Haldir”, susurró Finwë

- “Sin embargo, mereces un castigo por tu comportamiento”, continuó Haldir con una sonrisa llena de picardía.

- “Haré lo que me pidas, amado mío”

En un momento, la boca y manos de Haldir estuvieron por todo su cuerpo, recorriéndolo lentamente, saboreando cada rincón secreto y arrancando los gemidos de placer que eran música para sus oídos.

Finwë ya no pensaba en nada, sólo se concentraba en sentir las deliciosas caricias de su amante, sin reprimir gemidos y gritos de placer. Haldir succionaba sus pezones, enviando corrientes eléctricas por el cuerpo del joven elfo que se estremecía pidiendo más de esas caricias.

Luego, Haldir se despojó de sus ropas, dejando libre su dolorosa erección, que a los ojos de su enamorado compañero, fue la más hermosa visión que haya tenido jamás.

Haldir sonrió, acercándose a su amante y colocando las piernas de éste sobre sus hombros, dejándolo así completamente expuesto. Luego, continuó su delicioso ataque, besando cada centímetro del ansioso cuerpo, hasta que lo hizo suplicar. Continuó así la lenta tortura, mientras Finwë movía desesperadamente las caderas en busca de alivio.

- “Puedo dejarte en este momento, pequeño elfo…”

- “¡No! por favor no lo hagas”, suplicó Finwë

- “Dime quién es tu dueño”

- “Tú, amado mío. Siempre lo fuiste, te pertenezco en cuerpo y alma”, sollozó el joven elfo.

- “Que no se te olvide”

Haldir comenzó entonces a prepararlo, arrancando nuevos gritos de placer, mezclados con gritos de dolor, pues Finwë aún no se recuperaba de la noche compartida con los gemelos. Haldir le hizo olvidar pronto el dolor, llenándolo de besos mientras lo penetraba. Se amaron con desesperación, pasión y locura. Inventaron mil juegos hasta que, exhaustos, se durmieron uno en brazos del otro.

*

Legolas se había dirigido al campo de tiro, seguido por Merry apenas terminó la cena. Allí, practicó largas horas con el arco y flechas, y luego con la espada. Necesitaba que el cansancio se apoderase de su cuerpo, y así poder tener algún descanso, porque todo lo que lo rodeaba le recordaba a Aragorn.

El sudoroso elfo perdió completamente la noción del tiempo, y finalmente se detuvo, cansado. Se dio la vuelta para volver a su habitación, pero quedó conmovido al ver a Merry sentado en el suelo, completamente dormido. Su fiel amigo lo había seguido pero, al no estar habituado a esta clase de ejercicio, había caído rendido por la fatiga.

Legolas llevó cuidadosamente a su amigo dormido a su habitación y luego fue a la suya. Creía estar cansado, pero bastó poner la cabeza sobre la almohada para que el recuerdo de Aragorn lo invadiera todo nuevamente. Esa noche no durmió.

Llegó el día siguiente, sin embargo no salió la luz del sol. La tierra estaba envuelta en tinieblas. Théoden recibió un mensajero de Denethor, Senescal de Gondor, quien portaba la Flecha Roja, símbolo de guerra y pedido de ayuda para quien la recibiese.

En medio de la oscuridad, el rey pasó revista a sus tropas y ordenó la partida sin pérdida de tiempo hacia Edoras, desde donde irían luego a Minas Tirith. El ejército estaba compuesto por más de cinco mil hombres, con Théoden y Éomer a la cabeza, y cerraban la marcha Haldir y los arqueros de Lórien.

En vano trató Merry de persuadir a Legolas de quedarse. El elfo estaba resuelto a ir a la guerra y partió con ellos. La Dama Eowyn se quedó con pesar en el Sagrario, mirándolos partir.

Legolas tomó su lugar a la izquierda de Haldir, llevando a Merry en la grupa de su fiel Arod. Finwë iba a la derecha del guardián de Lothlórien, lo que hizo sonreír a Legolas, por lo menos sus amigos eran felices, se dijo después de observar la ternura con la que se miraban.

La oscuridad seguía aumentando a pesar de que era medio día cuando llegaron a Edoras. Hicieron un pequeño alto para reunir más tropas y atender a los caballos, luego continuaron hacia Minas Tirith.

Minas Tirith estaba siendo sitiada en esos momentos. El día anterior recibieron la ayuda del príncipe Imrahil, de Dol Amroth, quien con su ejército había contribuído a hacer retroceder a las huestes de Mordor, pero en el enfrentamiento, Faramir, hijo menor de Denethor, el Senescal de Gondor, había sido herido.

Sin embargo, las tropas de orcos eran numerosas, sumándose a ellas el poder de los Nazgul, que montaban poderosas bestias aladas, por lo que Denethor tuvo que ordenar replegarse a lo que quedaba de su ejército, dispuesto a resistir dentro de los muros de la ciudad.

Así, los sorprendieron las tinieblas, que se extendían desde Mordor, cubriendo todo a su paso y eran aprovechadas por el enemigo para saquear lo que quedaba, y asesinar a los pocos pobladores que no habían encontrado refugio. Los orcos cavaron también trincheras, las cuales llenaban de fuego. Los hombres de Gondor contemplaban impotentes desde los muros, viendo acercarse grandes carretas con máquinas de proyectiles, las cuales colocaban en las trincheras.

Sabían que era cuestión de tiempo, la esperanza de que llegara la ayuda de Rohan empezaba a desvanecerse. Una vez listas las catapultas, comenzaron a arrojar proyectiles dentro de los muros de la ciudad, causando incendios apenas tocaban el suelo, y junto con los proyectiles, caían también las cabezas de los muertos en la batalla. La moral de los hombres de Gondor se quebró con esta última crueldad, refugiándose atemorizados en los edificios, ya que los Nazgul habían empezado a sobrevolar la ciudad.

Pippin se encontraba con el senescal, quien lo había tomado a su servicio por consejo de Gandalf, sin embargo era un sombrío deber, pues Denethor parecía haber perdido la cordura mirando a su hijo Faramir herido. La situación era tan desesperada, que Gandalf había asumido la defensa de la ciudad, devolviendo la esperanza a los hombres que lo veían pasar.

A mitad de la noche, comenzó el ataque, teniendo como blanco principal la puerta de la ciudad. Los tambores retumbaban infundiendo terror en quienes los oían. El enemigo había traído un ariete de enormes proporciones, que llamaban Grond, en memoria del Martillo Infernal de los días antiguos. Con esta nueva arma, avanzaban inconteniblemente hacia la puerta, custodiada ahora por los caballeros de Dol Amroth y por los pocos hombres de Gondor que tenían el valor para estar allí, rodeados de cadáveres.

De pronto, una criatura negra y horripilante apareció sobre las montañas de cadáveres: el señor de los Nazgul, vestido de negro y con una capucha cubriendo su rostro. Blandió la espada amenazándolos, pero ninguno se atrevió a disparar. Esta distracción sirvió para que al fin Grond llegara a la puerta, sacudiéndola hasta sus cimientos con la primera embestida. Luego, el Capitán Negro gritó tres veces, tres veces retumbó el ariete contra la puerta, y al recibir el último golpe, la puerta finalmente se rompió y el Señor de los Nazgul entró a caballo en la ciudad, haciendo huir a todos ante su paso.

Sólo quedó una persona para hacerle frente: Gandalf, montado en Sombragris le ordenó retirarse.

-“No puedes entrar aquí. ¡Vuelve al abismo preparado para ti! ¡Vuelve! ¡Húndete en la nada que te espera, a ti y a tu Amo! ¡Vete!”

El espectro echó hacia atrás la capucha, y todos pudieron ver que portaba una corona real, sostenida en una horrible calvera con algunos mechones de cabello gris. Rió, y su risa sonó como una carcajada infernal. Levantó la espada, pero en ese instante, en algún lugar de la ciudad, cantó un gallo. El canto anunciaba la llegada de la aurora, a pesar del cielo oscuro. Y a lo lejos, se oyó también un nuevo clamor: cuernos de guerra soplados por guerreros decididos. ¡Al fin los Rohirrim habían llegado!

*

Merry había procurado cumplir su promesa de proteger a Legolas lo mejor posible, pero ¿cómo podía un pequeño hobbit proteger a un guerrero élfico? Pues Legolas insistía en no descansar, diciendo que los elfos no lo necesitaban.

Durante las cuatro noches que siguieron a su partida de Edoras, el elfo apenas había comido, alimentándose exclusivamente del lembas que le proporcionaban los arqueros de Lothlórien. Asimismo, aparentemente no dormía, pues cada vez que Merry despertaba durante la noche, lo veía de pie, mirando al oscuro cielo.

El cansancio empezaba a hacer su efecto en los hombres de Rohan, mas no así en los elfos, quienes podían sostener esa marcha, aún en la oscuridad. Los arqueros eran guiados por Haldir, Rúmil y Legolas, pero Finw? marchaba ahora a la derecha de Haldir, pues el capitán de los arqueros no quería separarse de él.

Se encontraban a menos de un día de cabalgata a Minas Tirith, pero los exploradores que enviaron volvieron diciendo que el camino estaba bloqueado y que orcos patrullaban la zona. A lo lejos retumbaban tambores.

El rey ordenó una reunión para deliberar, llamando a Éomer, Haldir y Legolas, así como a los otros mariscales de La Marca. Se reunieron en una pequeña tienda instalada para el rey, allí, les informó que los tambores que se oían pertenecían a los Hombres Salvajes de los Bosques, indómitos y esquivos, pero que no eran enemigos no de Gondor ni de Rohan. En ese momento, uno de sus jefes era conducido hacia ellos.

El hombre era pequeño, moreno y arrugado, y por toda vestimenta usaba unas hierbas atadas a la cintura. Miró a cada uno de los presentes, deteniéndose un momento en los dos elfos, cuya belleza lo sorprendió. Luego se dirigió al rey, hablando en la Lengua Común, aunque entrecortadamente y con palabras de su propia lengua.

Explicó que ellos no peleaban, pero ofreció su ayuda como espía, puesto que los unía un odio común hacia los orcos. Informó que la Ciudad de Piedra, como ellos llamaban a Gondor, estaba cerrada, con fuego dentro y fuera. También anunció que las fuerzas del enemigo eran mucho más numerosas que los jinetes y que custodiaban el camino, esperándolos. Finalmente, ofreció su ayuda para guiarlos por un sendero conocido sólo por los Hombres Salvajes.

El rey deliberó un momento con los otros, y finalmente decidió aceptar la oferta, habiéndosele pedido únicamente a cambio no perseguir jamás a los Hombres Salvajes y dejarlos vivir en paz en esos bosques, petición que el Rey aceptó gustoso. El viejo jefe, llamado Ghánburi Ghan, pidió guiar al rey y éste ordenó partir inmediatamente, estimándose siete horas para llegar a Minas Tirith.

Lenta y penosa fue la marcha por ese sendero olvidado, en el que fueron guiados por varios Hombres Salvajes. Los elfos cerraban la marcha, portando yelmos de guerra. Legolas y Haldir también los usaban esta vez, a pedido de Finw?, quien no deseaba que nada malo le ocurriese a su amado capitán.

Se encontraban próximos a Gondor, cuando los Hombres Salvajes que vigilaban los caminos llegaron con la noticia de finalmente los muros habían sido derribados y que los orcos se habían concentrado en esa zona, esperando saquear la ciudad.

Esta noticia fue tomada con tranquilidad por Théoden, que se alegró de que los orcos estuvieran distraídos, pues eso les daría oportunidad para atacalos. Entonces se despidió de Ghánburi Ghan y ordenó la marcha a caballo.

Antes de irse el viejo jefe pareció olfatear el aire y dijo enigmáticamente

– “El viento cambia, trae brisa marina. La mañana traerá novedades”.

Era ya de noche, aunque en esa oscuridad permanente no se podía distinguir el día de la noche. Los jinetes avanzaban ya sin guías, pues el camino era visible. Se acercaban cada vez más a los campos del Pelennor, donde se realizaría el ataque.

Haldir cabalgaba junto a Finw?, pensativo. El joven elfo no temblaba ante la batalla, y ya lo había visto combatir con esa determinación de quien no teme a la muerte.

- “Mi pequeño elfo, nos acercamos a la batalla final. Debes prometerme algo”, dijo Haldir.

- “Lo que sea, mi dueño”, respondió Finw? con una sonrisa.

- “No harás maniobras temerarias, ni sacrificios innecesarios. Te quiero con vida”, continuó Haldir con seriedad.

Finw? lo miró a los ojos.

– “Combatiré junto a ti, no nos separaremos. Pero si algo te sucede, no deseo vivir”

- “Eso no pasará”

En ese momento, las compañías de jinetes se habían detenido, y Théoden hablaba, arengando a los jinetes. La hora había llegado.

Haldir entonces ordenó un alto y dando la vuelta al caballo, habló a los arqueros.

- “¡Arqueros de Lothlórien, la hora ha llegado! Nos encontramos lejos de nuestro Bosque Dorado y nos dirigimos en esta oscuridad a una ciudad llena de fuego y desolación, con el enemigo por delante. Combatiremos con los humanos, honrando las alianzas de antaño, según el deseo de la Dama Galadriel, contra el enemigo común. ¡Hagamos pues, honor a nuestra promesa!”

Los arqueros golpearon las espadas contra los escudos, saludando las palabras de su líder. A continuación, distribuyeron los grupos que atacarían. El primero de ellos iría con Théoden, Éomer y otros jinetes, abriendo la ofensiva. En él estaban también Haldir, Legolas y Finw?. Merry iba a duras penas sosteniéndose en el caballo de Legolas, tratando de desenvainar la espada y de no ser un estorbo para el elfo.

El primer grupo partió, llegando pronto al sitio donde antes se alzaban las murallas. Los pocos orcos que allí se encontraban fueron rápidamente abatidos por certeras flechas élficas. Continuaron avanzando sobre los campos de Gondor, sin ser sorprendidos, pues las bestias se encontraban dedicadas a la destrucción de la ciudad, sin siquiera pensar que alguien podría haberse acercado, con las fronteras vigiladas.

La ciudad estaba cerca, y por fin sintieron el cambio de brisa que había mencionado Ghán.

– “Siento algo en el aire, se acercan vientos nuevos. Un viento de mar, que disipa las tinieblas”, dijo Legolas. En efecto, en ese momento, el cielo se aclaró infundiéndoles nuevos ánimos.

Théoden se irguió en el caballo, y con voz clara gritó blandiendo la espada

– “¡Galopad ahora! ¡A Gondor!”. Los cuernos empezaron a sonar, y Crinblanca se lanzó hacia delante.

Todos, jinetes y elfos fueron poseídos de ese ardor, y cabalgaron cantando una canción de guerra, matando enemigos en el camino, llegando así a la ciudad.

Al disiparse las tinieblas, el Capitán Negro se sintió momentáneamente desconcertado, pues no había previsto que la suerte le fuera adversa. Sin embargo, el siniestro Señor de los Nazgul aún tenía muchos recursos. Se alejó de la puerta derribada y desapareció.

Theóden había llegado a la puerta, con su ejército, haciendo huir a los orcos en dirección al río. Pero los enemigos que custodiaban la puerta eran numerosos y los ejércitos de orcos del otro lado, aún estaban intactos. Legolas seguía de cerca al rey, abatiendo orcos con sus flechas y espada, y llevando a Merry, quien a duras penas se agarraba del manto del elfo para mantener el equilibrio.

El Capitán Negro apareció entonces, desplegando un estandarte – una serpiente negra sobre un fondo escarlata - y se precipitó sobre los defensores. Théoden le hizo frente, así como su ejército, abriendo grandes brechas entre las filas de los enemigos. El rey en persona arremetió contra el Capitán Negro, derribando el estandarte y haciendo huir así a la caballería del enemigo.

De pronto, volvieron las tinieblas, aterrorizando a los caballos que arrojaron a los jinetes de sus sillas. Incluso Crinblanca arrojó a Théoden, quien se puso inmediatamente de pie, animando a sus jinetes a continuar, cuando un dardo negro atravesó a su caballo, que se desplomó sobre él, causándole la muerte.

Una sombra descendió velozmente del cielo. Era la bestia alada de los Nazgul, mucho más grande que cualquier ave conocida, pero totalmente desprovista de plumas. Sus alas estaban hechas de membranas y despedían un espantoso olor. Sobre ella montaba el Señor de los Nazgul, envuelto en su manto negro. Había llamado a su corcel alado apenas fue embestido por Théoden, y ahora volvía, aterrorizando a los hombres de Rohan.

Legolas había sido arrojado también al suelo, pero logró levantarse y susurrando palabras en élfico al oído de Arod, lo calmó lo suficiente como para que se mantuviera cerca de él. En ese momento, la horrible bestia alada se había posado sobre Crinblanca, comenzado a devorarlo. Este espectáculo fue demasiado para el elfo, quien resueltamente, tomó su arco y flechas y aún con el yelmo puesto, disparó sobre la criatura, que lanzó un espantoso alarido, desplomándose muerta.

Merry estaba aterrorizado, de pie junto a Arod observaba todo impotente. El jinete negro emergió de la carroña, mirando al valiente guerrero.

- “¡Osaste interponerte entre el Nazgul y su presa! Pero no es tu vida lo que perderás, pues no te mataré. Te llevaré lejos, más allá de las tinieblas, donde horribles criaturas te devorarán la carne y te desnudarán la mente, bajo la mirada del Ojo sin Párpado”

- “Puedes hacer lo que quieras; mas yo lo impediré si está en mis manos”, respondió el elfo desafiante.

- “¡Impedírmelo! ¿A mí? Estás loco. ¡Ningún hombre viviente puede impedirme nada!”

- “¡No soy un hombre! ¡Soy un elfo! Y nadie puede dañar a quien ha perdido toda esperanza ¡Vete de aquí! ¡Porque espectro o no, te atravesaré con mi espada y lucharé contigo mientras me quede vida!”, gritó Legolas, quitándose el yelmo. Los dorados cabellos cayeron sobre sus hombros. Sus ojos azules tenían una mirada resuelta y desesperada, y dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Alzó la espada y esperó sin vacilar el ataque del enemigo con el escudo delante.

El espectro quedó desconcertado por unos momentos, los que fueron aprovechados por Merry para deslizarse tras él. El hobbit sintió encenderse el coraje de los de su raza, no podía dejar a Legolas morir así, sin prestarle su ayuda.

El jinete de pronto arremetió contra el hermoso elfo, descargando su maza al tiempo que lanzaba un grito de espantoso odio. El escudo de Legolas se quebró y el elfo cayó de rodillas, con el brazo roto. El jinete volvió a abalanzarse con la maza, pero de pronto lanzó un alarido de dolor y cayó de bruces. El pequeño hobbit lo había herido, clavando su pequeña espada en el tendón.

- “¡Legolas! ¡Legolas!”, gritó Merry

El elfo se logró poner de pie, tomó la espada y tambaleante la hundió en la cadavérica garganta de su enemigo. – “¡Por Aragorn!”, exclamó.

La espada voló por los aires hecha añicos, la corona del espectro rodó lejos y el elfo cayó sobre el enemigo derribado. Su último pensamiento consciente fue para quien lo había abandonado.

Un terrible grito se elevó por los aires, estremeciendo a todos, y luego se convirtió en un lamento, para finalmente ser engullida por el viento. Del espectro sólo quedaba el manto vacío.

Merry, de pie entre los caídos, observaba la escena, con los ojos nublados por las lágimas. Miró el rostro muerto del noble Théoden, aún bajo Crinblanca. Luego, miró a Legolas. La rubia cabeza del elfo resaltaba en la negrura del manto siniestro sobre el cual yacía inmóvil.

En ese instante, resonaron nuevamente los cuernos y las trompetas, pues la batalla comenzaba nuevamente. Las huestes del enemigo habían sido reforzadas y avanzaban hacia ellos, pero a su vez, en el norte, apareció Éomer con los Rohirrim y los elfos, y desde la ciudad, los hombres de Dol Amroth.

Éomer se acercó al galope, seguido por Haldir y algunos sobrevivientes de la escolta del rey. Miraron con asombro el cadáver de la bestia alada, y los caballos se negaban a acercarse. Éomer y Haldir se apearon, llegando junto al cadáver del rey y se quedaron en silencio por unos momentos. Entonces Éomer tomó el estandarte del rey diciendo, a la vez que lloraba

- “¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído y tuvo una muerte digna. Cuando el túmulo se levante, llorarán las mujeres. ¡Ahora la guerra nos reclama!”

Luego ordenó que los caballeros de la escolta monten guardia junt a él y retiren el cuerpo con los debidos honores, junto con los caballeros que yacían junto con él.

Haldir había visto a Legolas y corrió a su lado. Acarició su rostro inmóvil y cerró sus ojos. Las lágrimas corrían por sus mejlllas mientras se inclinaba a depositar un beso en los rubios cabellos de su amigo. Había muerto como un digno príncipe y guerrero, pero eso no hacía menos dolorosa su partida. Poseído por una furia ciega, se lanzó junto con Éomer a la ofensiva final, pasando al galope junto al rey y al elfo caídos, y se dirigieron rumbo al sur.

Merry seguía allí, sin moverse, aunque nadie parecía notar su presencia. Se enjuagó las lágrimas. Varios hombres levantaron al rey en unas improvisadas angarillas, mientras otros recogieron el cuerpo del elfo, sorprendiéndose de lo ligero que era. El hobbit caminó tras el cortejo y se dirigieron a la ciudad.

 

 

Capítulo 10 : Ilumina mi camino

Don't believe what you hear / no crees en lo que escuchas
Don't believe what you see / no crees en lo que ves
If you just close your eyes / si sólo cierras tus ojos
You can feel the enemy / puedes sentir al enemigo

Acrobat – U2


Arwen miró atónita el palantir. Legolas muerto y además, había matado al Señor de los Nazgul. Esto era totalmente inesperado. Ni siquiera Sauron lo había previsto.
Trató de entender lo que acababa de observar. Entonces, ellos se habían separado. Quizá debiera agradecer a sus hermanos por eso. Después de todo, ya no sería necesario invocar el conjuro que había colocado sobre el estandarte. Suspiró un momento. Legolas debía amarlo mucho para hacer lo que hizo. De cualquier modo, ahora estaba muerto y nada le impediría ser reina de Gondor.
Guardó cuidadosamente la piedra. La había encontrado gracias al anillo de su padre, entre las reliquias olvidadas de Gil-Galad. Al principio tuvo miedo de mirar en ella, pero luego, la curiosidad había sido más fuerte. Pero él no pareció reparar nunca en su presencia, aunque le permitió mirar la matanza y destrucción a través de los ojos de Saruman, y luego ella supo que el mago había sido derrotado, cuando vio a Aragorn escrutar aterrado la piedra. Fue testigo de la lucha y victoria de su prometido y también de que la fuerza que lo sostenía no provenía de su amor hacia ella. Por primera vez en varios días, Arwen salió al jardín.
Elrond observó a su hija más animada ese día. Incluso alegre, según comentó luego a Glorfindel.


*
Aragorn y su ejército de espectros libraron una gran batalla con los corsarios de Umbar, a quienes derrotaron finalmente, tomando posesión de sus naves. El montaraz se sentía más aliviado. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde para Gondor.
Por lo menos, su elfo estaba seguro en el Sagrario, aunque las palabras de Elrohir se le habían quedado grabadas. ¿Serían ciertas? El sabía demasiado bien que el apuesto guardián de Lothlórien sentía algo por su elfo, y ahora que Legolas se creía despreciado… no quería ni pensarlo, pero la imagen de Legolas y Haldir juntos volvía a su mente una y otra vez.
El respirar la brisa del mar le traía algún alivio. Esos días, había preferido la soledad, manteniéndose separado de los gemelos, e incluso de Halbarad. Sentado en la proa de la nave mayor, con su pipa, daba vueltas al dilema que su mente tenía.
- “Has estado muy callado estos días, primo. ¿qué te preocupa? ¿es sólo la guerra?”, preguntó Halbarad, sentándose junto a él.
Aragorn lo miró. Su pariente y amigo, con el que había recorrido las solitarias fronteras de su país innumerables veces y a quien confiaría su propia vida.
- “Amo a Legolas”, dijo simplemente
Hubo una larga pausa.
- “¿Arwen lo sabe? ¿lo saben ellos?”, preguntó finalmente su amigo, señalando en dirección a la cámara donde estaban los elfos.
- “No, sólo los miembros de la Comunidad del Anillo saben que estamos juntos, pero que lo amo, ni él mismo lo sabe”
- “¿El te ama a ti?”
- “Sí”
- “¿Qué piensas hacer?”
- “No sé, amigo mío…hablaré con Arwen, luego con Elrond. Si ella lo entiende, será más fácil, y….”
- “Ellos son elfos. Quizás para ellos no sea más que un compromiso roto por un nuevo amor, algo que sucede todos los días. Pero los hombres de Gondor no lo aceptarán. Después de extinguirse la estirpe de los reyes y ser gobernados por senescales, tienen al fin la oportunidad de tener un rey legítimo, ¿y éste decide no tener una reina? ¿cómo lo explicarás? Ellos son guerreros como tú o como yo, pero no han sido criados por elfos, ¿cómo lo entenderán, si yo mismo que te conozco como a mi hermano, no lo entiendo?”, interrumpió Halbarad.
- “Yo no lo busqué, sólo pasó. Pero si no lo tengo a mi lado, nunca seré feliz”, contestó Aragorn.
- “Te diré algo, amigo mío. Honra tu promesa a la Estrella de la Tarde. El pueblo de Gondor nunca tendrá reina más bella. Dale herederos a tu pueblo, y si persiste en ti esa pasión oscura, producto en mi opinión de esta guerra insensata, toma al elfo en calidad de consorte”
Elladan se acercaba en ese instante, y la conversación no pudo continuar.


*
Mientras tanto, en los campos de Pelennor, la batalla se había reanudado, los soldados de Gondor ahora atacaban a las legiones de Morgul, prestando ayuda a Éomer y los elfos. Esta ayuda fue bienvenida, pues la furia inicial de Éomer y Haldir les había llevado a una acometida insensata, y si bien habían menguado las fuerzas del enemigo, ahora los caballos se negaban a avanzar, asustados de las enormes bestias, los nümakil. Las huestes enemigas continuaban llegando, siendo comandadas por el lugarteniente del vencido Señor de los Nazgul, Gothmog.

El caballo de Finw? había caído, y éste combatía ahora con Haldir, espalda con espalda, defendiéndose del incesante ataque de los enemigos. Se acercaba el medio día en ese feroz combate, y ambos estaban ya resignados a morir juntos, luchando. De pronto, el sol brilló y una brisa marina llenó sus pulmones. Finw? observó, más allá del Anduin, las naves que venían del mar. Negros eran los navíos, al igual que sus velas.

Los centinelas de Gondor gritaban

- “¡Los Corsarios de Umbar! ¡Los Corsarios de Umbar! Entonces ha caído Belfalas, y también el Ethir y el Lebennin. ¡Es el último golpe del destino!”

Y empezó una huida desordenada. Los elfos se detuvieron, desconcertados, pero Haldir no dio la orden de retirada. Junto con Éomer, reunió a las tropas alrededor del estandarte de Rohan, donde resistirían hasta el final. Entonces, el elfo lanzó una exclamación: allí en la primera nave negra había un estandarte, el árbol blanco de Gondor rodeado de estrellas y una corona, el emblema de Elendil.

- “¡Aragorn!”, exclamó, “¡Es Aragorn, que ha vuelto de los Senderos de los Muertos y trae un ejército!”

Los rohirrim prorrumpieron en exclamaciones de júbilo, los elfos alzaron los arcos. Finw? no pudo contenerse y besó a Haldir, quien ante el asombro de Éomer, lo alzó en sus brazos riendo.

Este descubrimiento desorientó por completo a las tropas de Mordor, que esperaban ver a sus aliados corsarios y en lugar de ellos, las naves volvían cargadas de enemigos. El pánico se apoderó de ellos, y sumado a la luz del sol, hizo que huyeran.

Descendían ya Gimli, blandiendo el hacha, Halbarad, que portaba el estandarte, y los gemelos Elladan y Elrohir. Luego bajaron los montaraces, que dirigían un nuevo ejército de hombres de Lebennin, Lamedon y los feudos del Sur. Delante de todos ellos iba Aragorn, blandiendo a Anduril, la Llama del Este.

Éomer y Haldir salieron a su encuentro.

- “Volvemos a encontrarnos, amigos míos. Esta vez para compartir la victoria que conquistaremos”, les dijo sonriendo.

- “Pues este es un dichoso encuentro, aunque ya hemos sufrido grandes pérdidas en esta batalla”, dijo Éomer estrechándole la mano.

- “Mae Govannen. Este es, sin duda, el más feliz de los encuentros de esta ingrata guerra, aunque tardío para algunos”, dijo Haldir acercándose a saludarlo. No lo abrazó, sin embargo, pues lo hacía en parte responsable por la muerte de Legolas.

- “¡A vengarlos, entonces, más que a hablar de ellos¡”, exclamó Aragorn, completamente ignorante de lo ocurrido a su elfo.

Cabalgaron juntos de regreso a la batalla. Aragorn se sorprendió un poco de la actitud de Haldir y otra vez las dudas asaltaron su mente, mas no era ese el momento para esos pensamientos, pues la batalla sería dura. La desesperación hizo temerario al enemigo, reorganizándose en pequeños grupos para volver a la batalla. Esto duró hasta el final del día, en que cada brizna de hierba de los campos de Pelennor estaba teñida en sangre, y no quedaba enemigo en pie.

Extenuados, pero llenos de alegría, Aragorn y Éomer se dirigieron a la puerta de la ciudad, donde se hacía un inventario de las bajas. Grande fue la pena de Aragorn al saber que Halbarad, su fiel amigo, había muerto en la batalla, mas tuvo que sobreponerse, pues había muerto con los honores de un guerrero.

Al ponerse el sol, Aragorn dijo:

- “Este es el símbolo de los cambios que habrán a partir de ahora, pues es el inicio y la caída de muchas cosas. Sin embargo, aún no entraré a mi ciudad, pues fue administrada durante años por los senescales y mal haría en entrar sin haber sido convocado, además, aún no sabemos si hemos vencido a Mordor. Mis hombres levantarán mis tiendas y esperaré aquí al Señor de la Ciudad”

Luego ordenó que plegasen el estandarte y lo entregó a los hijos de Elrond. Éomer se dirigió entonces a la ciudad en busca del senescal, mientras Aragorn enviaba a buscar a Haldir.

La tienda principal estaba lista y Aragorn entró en ella. Haldir llegó entonces, acompañado de Finwë, que se quedó afuera aguardándolo.

- “Amigo mío, ¿qué noticias tienes de Legolas? ¿Se quedó en el Sagrario como le pedí?”, preguntó Aragorn impaciente.

Haldir se quedó un momento en silencio, tratando de hallar las palabras adecuadas.

- “Aragorn, él vino hasta aquí”, empezó el elfo

- “¿Pues dónde está? ¿Por qué no ha venido? ¿Acaso sigue molesto?”, interrumpió Aragorn, con el corazón a punto de estallar de júbilo. ¡Su elfo se hallaba allí! No veía el momento de abrazarlo.

- “Amigo mío, él no vendrá”, la voz de Haldir le decía que algo andaba muy mal. Con temor oyó sus siguientes palabras. “combatió y venció al Rey Brujo”…

- “¿Está herido entonces?”

- “Él no podrá repetir esa hazaña ni ninguna otra en la Tierra Media”, dijo finalmente Haldir, con el rostro lleno de pena. Ahora veía cuán equivocados habían estado todos, Aragorn lo amaba, su rostro desencajado, las lágrimas que cubrían sus ojos, el grito ahogado que salió de su garganta, todo hablaba del dolor del amor perdido.

*
No, nothing makes sense / No, nada tiene sentido
Nothing seems to fit / nada parece encajar
I know you'd hit out / se que lo golpearías
If you only knew who to hit / si sólo supieras a quién golpear
And I'd join the movement / y me uniría al movimiento
If there was one I could believe in / si allí hubiera alguien en quien creer
Yeah I'd break bread and wine / sí, partiría pan y vino
If there was a church I could receive in / si hubiera una iglesia que pudiera recibirme
'cause I need it now /porque necesito una ahora

- “¡No, no, no! no puede ser, no él”, sollozó Aragorn, “¡Déjame solo!”, su súplica casi fue un grito desesperado.

Haldir puso su mano en el hombro del montaraz.

– “Lo siento”, y salió apresuradamente, alcanzando a ver cómo el Rey de los Hombres se desplomaba en el suelo, sollozando.

*

Merry se dirigía calladamente tras los soldados que transportaban a Théoden y Legolas, sin que nadie pareciera notar su presencia. El hobbit se sentía adolorido y cansado, y pensaba para sus adentros:

– “¡Valiente ayuda fui para mi amigo! He fallado completamente, llevándolo a muerte. ¿Qué dirá Trancos? Soy sólo un estúpido y pequeño hobbit, perdido entre la Gente Grande ¡Si sólo pudiera hallar a Pippin”

La lluvia comenzó a caer, y con ella se acercaron los hombres de Dol Amroth, con el príncipe Imrahil a la cabeza.

- “¿Qué es esa carga que lleváis, Hombres de Rohan?”, preguntó

- “Théoden, quien fuera Rey de la Marca”, respondieron.

El príncipe desmontó, arrodillándose un momento para rendir homenaje al rey caído. Entonces, reparó en el elfo.

- “¿Qué criatura es ésta? Es que los elfos también han venido a esta guerra?”, exclamó

- “Han venido cien arqueros de Lothlórien. Mas él pertenece a tierras aún mas lejanas, pues procede del Bosque Negro, donde tenemos entendido que era príncipe”

Entonces el príncipe Imrahil, deslumbrado por la belleza del elfo, le tomó la mano y se inclinó para mirarlo mejor.

- “¡Hombres de Rohan! Este elfo vive aún, malherido, sí, pero todavía respira”, exclamó, y para probarlo, le acercó a los labios fríos el brazalete brillante y pulido de la armadura, el cual se empañó con una niebla tenue.

A continuación, ordenó a los hombres llevarlo cuanto antes a las Casas de Curación y partió, alegre de haber salvado a tan bella criatura.

Merry saltó de júbilo mientras seguía a quienes transportaban a Legolas. Las Casas de Curación eran un lugar hermoso y apacible, rodeado de jardines y del único prado con árboles de la enorme ciudad de piedra. Se encontraban cerca del muro del sur y de la puerta de la ciudadela, y en ellas habitaban las pocas mujeres, hábiles en el arte de curar, a quienes se había permitido quedarse en Minas Tirith.

El hobbit caminaba, mirando la desolación junto a la puerta de la ciudad, tratando de no separarse de los hombres, cuando encontró a Pippin. Ambos hobbits se alegraron mucho de verse nuevamente, pero Merry estaba herido en el brazo y fue ayudado por su amigo a llegar a las Casas de Curación, donde Legolas recibía ya los primeros cuidados, junto con Faramir, quien fuera herido mientras custodiaba las fronteras y luego atacado por su propio padre, quien en su intento de quemarse vivo, quiso arrastrar a su desdichado hijo al mismo destino.

Los curadores de Gondor eran famosos por sus prácticas, sin embargo, muchos de los heridos de esta batalla padecían un mal llamdo la Sombra Negra, ya que provenía de los Nazgul. Quienes la contraían, caían en un sueño cada vez más profundo y morían irremediablemente. Legolas y Merry eran presas de este mal, considerado incurable. El elfo deliró toda la mañana, en su propia lengua, la cual no era entendida por los curadores, destacándose sólo una palabra “Aragorn” que era repetida una y otra vez, hasta que una sombra gris cubrió su rostro y pareció hundirse en las tinieblas.

Gandalf llegó a vigilar a los enfermos, oyendo preocupado lo que le refirieron los curadores acerca del delirio de Legolas. El mago no se apartó de sus amigos y de Faramir, quien ardía en fiebre. Era ya la hora del crepúsculo, cuando una mujer, la más anciana de las curadoras, llamada loreth lloró por su señor Faramir, exclamando:

- “¿Qué será de nosotros si llega a morir? ¡Ojalá hubiera en Gondor reyes como los de antaño, según cuentan! Porque dice la tradición: Las manos del rey son manos que curan. Así el legítimo rey podría ser reconocido”.

Gandalf reaccionó entonces, una idea acababa de ocurrírsele. Agradeció efusivamente a la desconcertada anciana y salió sin demora, dirigiéndose a buscar a Aragorn, el cual, según le informaron, se hallaba en una tienda y no deseaba hablar con nadie.

El mago entró en la tienda, haciendo caso omiso a los montaraces que hacían guardia. Dentro estaba oscuro, iluminado tan sólo por una débil luz de vela que le permitió ver una figura postrada en un lecho. Aragorn parecía haber envejecido en esas pocas horas, su rostro mostraba la angustia más desesperada y sus ojos enrojecidos por las lágrimas estaban hinchados.

- “Legolas, Legolas, te he perdido, fue mi culpa, te aparté de mí, te empujé a cometer esta locura, oh Legolas, ¿qué te he hecho? A ti, a quien amo más que a mi propia vida! ¿De qué me sirve la gloria si no estás a mi lado para compartirla? Por ti luché, por ti nada más, traté de protegerte y fracasé, ahora no me queda nada…oh Legolas, ¿cómo continuar sin ti? ¿cómo fingir que todo sigue igual? Mi Legolas…”, repetía Aragorn sin notar siquiera la presencia del mago.

Gandalf se conmovió. Nunca había visto a alguien tan abatido. Pero no entendía…de pronto, se dio cuenta de lo que pasaba ¡Aragorn creía muerto a Legolas!

- “Amigo mío”

- “Gandalf, él se ha ido…”

- “No, pero está muy enfermo”, dijo suavemente Gandalf, tomándolo por los hombros y mirándolo. “Sólo tú puedes salvarlo ahora, pero debemos apresurarnos. ¡Vamos¡”

- “No, no…Haldir dijo…”, protestó confundido Aragorn, con un temeroso rayo de esperanza en el corazón.

- “Se equivocaron, ahora debemos irnos, no hay tiempo que perder”

Aragorn se echó una capa encima, lágrimas de alegría mezclándose con el dolor de hacía unas horas. Cubrió su rostro, y embozado así, salió tras Gandalf, con el corazón a punto de estallarle por la angustia vivida, la alegría repentina que le trajo el mago, y el temor de llegar tarde para salver a su elfo.


*
Éomer y el príncipe Imrahil se dirigían a las Casas de Curación, pues se les informó que el ahora Senescal de Gondor, Faramir, había sido llevado hacia allí. Cuando llegaron fuera, vieron acercarse a Gandalf junto a un hombre embozado en una capa gris. Después de saludarse, Imrahil dijo:

- “Venimos en busca del Senescal, y nos han dicho que se encuentra en esta casa, herido por su propio padre”

- “Así es”, respondió Gandalf, “fue herido antes por la Hoja de Morgul, y no ha muerto, pero está cerca de la muerte”

- “¿Quién regirá entonces la ciudad?”, preguntó Éomer, “debemos llamar a Aragorn”

- “Aquí estoy”, respondió el encapuchado, “pero ahora he venido como Capitán de los Dúnedain de Arnor, a sanar al Senescal y a otra persona muy querida para mí. Pienso, sin embargo, que durante estos días sea Gandalf quien nos gobierne, y luego, el príncipe de Dol Amroth asumirá esta tarea. Mas luego discutiremos estos asuntos, el tiempo apremia y hay un enfermo que requiere mi atención”

Aragorn entró primero. En la puerta estaba Pippin, junto con Beregond, guardia del palacio.

- “¡Trancos! Sabía que eras tú, ¿pero qué has hecho para llegar así?”, exclamó Pippin con alegría.

Aragorn rió y estrechó las manos al hobbit.

- “Luego, amigo mío. Hay asuntos que debo atender ahora”

- “¡Vaya forma de hablarle a nuestro rey!”, dijo Imrahil a Éomer.

Aragorn lo oyó, y mientras entraban, le dijo:

- “Mi nombre será Elessar, Piedra de Elfo, y Envinyatar, el Restaurador. Pero Trancos será el nombre de mi casa, si alguna vez se funda: en la alta lengua no sonará tan mal, y yo seré Telcontar, así como todos mis descendientes”.

Gandalf les relató entonces las hazañas de Legolas y Merry, y pidió a sus amigos dejar a Aragorn a solas.

El dunadan visitó primero la habitación donde yacía Legolas, cerrando la puerta. Hasta ese momento se las había arreglado para contener sus emociones, pero al ver a su elfo, se precipitó al lecho tomando sus pálidas manos entre las suyas, llenándolas de besos, y cubriéndolas con sus lágrimas.

*
Sometimes I feel like I don't know / a veces siento que no sé
Sometimes I feel like checkin' out / a veces siento que me voy
I want to get it wrong / quiero tener lo equivocado
Can't always be strong / no puedo ser siempre fuerte
And love it won't be long... / y el amor no durará mucho
*

- “¡Legolas! Por favor abre los ojos...Legolas, soy yo, ¿acaso no me escuchas?”, dijo desesperado, mas el elfo no se movía.

Aragorn examinó cuidadosamente su rostro y sus heridas. El brazo roto había sido entablillado con habilidad, pero no era éste el origen de su mal, sino la cercanía al espectro en un momento de gran debilidad para se elfo. Se maldijo mentalmente una vez más, mientras masajeaba las sienes de Legolas, sin lograr la menor reacción por parte de su amado. Asustado, se apresuró a examinar a Faramir y Merry, confirmando el diagnóstico de Ioreth. Luego, les informó:

- “Quisiera que estuviese acá Elrond, pues tiene grandes poderes como curador, pero debemos actuar a prisa.”, y, dirigiéndose a Ioreth, “¿Tienen aquí reservas de hierbas curativas? necesito athelas”

- “Pues no lo sé con certeza, señor. Debo preguntar al herborista, quizá la conozca con otro nombre”

- “Hojas de reyes es como suelen llamarla”, dijo Aragorn, impaciente.

- “¡Ah, pues claro!”, exclamó Ioreth, “pero no las tenemos. Nunca supe que tuvieran virtudes curativas, qué nombre tan extraño eligieron para ellas”

- “Necesito que me consigas de inmediato hojas de reyes, pues la vida de tu señor Faramir depende de ello” (“y la de mi único amor”), dijo Aragorn.

Cuando Ioreth se hubo marchado, Aragorn volvió junto a Legolas, tomando su mano. Se inclinó para besar su frente, pues ya no le importaba que lo vieran, y aunque el mismísimo Elrond hubiese estado allí, no se hubiera comportado distinto.

- “¡Legolas! ¿Puedes oírme amado mío?”, susurraba en élfico, mas el herido no se movía.

Pasó así un rato que le pareció eterno, cuando llegó Bergil, hijo de Beregond, casi sin aliento, y entregó seis hojas envueltas en un lienzo.

Aragorn tomó dos hojas, calentándolas un momento entre sus manos. Luego las trituró, llenando la habitación de una agradable frescura, y las colocó en un tazón de agua caliente que le alcanzó Ioret. Luego mojó la frente y el brazo herido de Legolas, escrutando ansiosamente su rostro. Un suspiro de alivio salió de sus labios cuando vio que la respiración de Legolas era más profunda.

- “Despierta, amado mío”, dijo en élfico mientras tomaba sus manos entre las suyas. “la sombra ha partido, y ahora te necesito a mi lado, ¡despierta, por favor!”. Las lágrimas lo traicionaban y los sollozos, apenas contenidos, hacían que la voz se le quebrara.

Gandalf tomó discretamente por el brazo a Éomer e Imrahil y los sacó de allí.

- “Ellos son amigos desde la infancia, casi hermanos”, explicó.

- “mmmm...pues sí que lo son...”, dijo pensativo Imrahil, deseando en secreto estar en el lugar de Aragorn.

- ¡Legolas, Legolas!”, decía Aragorn en medio de su llanto. De pronto, sintió un débil apretón de manos y las pestañas de Legolas empezaron a moverse.

El elfo parpadeó unos instantes, confundido. Y se confundió más cuando una boca ansiosa se unió a la suya, su rostro se mojó con unas lágrimas que no eran suyas, y sus mejillas sintieron la raspada de una barba tan familiar.

- “¿Aragorn?”, preguntó débilmente.

- “¡Amor mío!”, exclamó Aragorn, riendo y llorando al mismo tiempo, “Perdóname, te lo suplico. Traté de protegerte y fallé al ver la dirección del peligro, te alejé de mí, y fue como alejarme de mi propia vida, ¡Oh Legolas! Perdóname...”, decía mientras le besaba las manos.

Gandalf entró nuevamente a la habitación y tuvo que sacar a Ioreth casi a rastras, pues la buena mujer se había quedado como petrificada, con la boca abierta en una enorme “O”.

- “...el mensaje de Galadriel, el terror alado... ¿Lo maté? ¿O fue todo un sueño?”, susurró Legolas.

- “Lo mataste, y también al Nazgul, y casi pierdes la vida en ello. Te rompiste un brazo”, informó Aragorn, más calmado ya.

- “Me siento cansado, ¿cuánto tiempo dormí?”, la voz del elfo se oía cansada, y Aragorn decidió dejarlo descansar. Lo importante era tenerlo a salvo, y luego trataría de obtener su perdón.

- “No mucho, mi amado. Pero debes descansar ahora, lo peor ha pasado ya, y debo ver a otros heridos”

- “¡Merry!”, exclamó de pronto Legolas, tratando de incorporarse, más un grito de dolor le recordó que tenía el brazo roto.

- “Shhh, no te levantes. Ahora iré a ver a Merry, quien también esta aquí. Luego hablaremos, cuando hayas descansado”.

Aragorn lo asistió, ayudándolo a recostarse en una posición más cómoda. Luego lo cubrió con la sábana y besó su frente. Legolas se sumió en un tranquilo sueño.

Aragorn se reunió con los otros y fue a prestar ayuda a Faramir, quien se recuperó más rápido que Legolas.

- “Mi rey, me has llamado, y aquí estoy”, dijo al despertar.

- “Eres noble y valeroso, Senescal de Gondor, y muy querido por tu pueblo. Descansa ahora. Hablaremos cuando te recuperes”

Luego, se dirigió donde Merry. Pippin se les unió, preocupado por su amigo, mientras Gandalf enviaba a Beregond a buscar a Haldir y Gimli.

Aragorn repitió el tratamiento en Merry, dejándolo descansar.

- “No hay que temer”, dijo a Pippin, “sólo está cansado. No olvides que él también golpeó al espectro, igual que Legolas, pero no morirá. Los de tu raza son fuertes”

Luego se retiró con Gandalf, dejando a Pippin cuidando a Merry. Éomer e Imrahil se retiraron también para ver a sus hombres y descansar.

Aragorn estaba mortalmente cansado. No había dormido mucho desde que estaba en el Sagrario, y no comía desde el día anterior, pero no deseaba separarse de Legolas.

Mandaron a llamar al Mayoral de las Casas de Curación, explicándoles que Legolas y Faramir necesitaban pasar algunos días allí. Gandalf recomendó no decirle a Faramir cómo había muerto su padre.

- “El elfo que yace aquí, es el Príncipe de Mirkwood, y debe quedarse al menos diez días. Pero es testarudo y querrá levantarse. Debe tratar de impedírselo, aunque no será tarea fácil, y yo estaré aquí todo el tiempo posible”, dijo Aragorn.

- “¿Y qué debo hacer con el mediano?”, preguntó el Mayoral

- “Mañana estará en condiciones de levantarse un rato”.

Fueron interrumpidos por un tumulto afuera. Todos deseaban ver a Aragorn, pues Ioreth había corrido la voz de que el rey había venido y que sus manos curaban las enfermedades.

Aragorn deseaba estar junto a su elfo, pero no podía negarse a las súplicas de su pueblo. Comió algo ligero, mientras enviaba por los hijos de Elrond; y juntos trabajaron afanosamente hasta altas horas de la noche, curando enfermos. La voz corrió en toda la ciudad “el rey ha vuelto”, decían. Lo llamaban Elessar (Piedra de Elfo) a causa de la piedra obsequiada por Arwen, que él había vuelto a lucir al salir del Sagrario, para evitar las sospechas de Elladan y Elrohir.

Al terminar, agotado, se dirigió a la habitación de Legolas, tomando asiento en la única silla que allí había, y se quedó profundamente dormido.

*

Gimli peleó junto a Halbarad, y fue testigo de la muerte del leal montaraz cuando una flecha certera le atravesó el corazón. El enano dio muerte a su vez, con su hacha, al orco causante de esa pérdida.

Luego de la batalla, fue en busca de los elfos para preguntar por Legolas a quien creía en el Sagrario. Cuando los encontró, el gallardo guardián de Lórien daba instrucciones para el crematorio de los pocos elfos caídos y Finw? estaba detrás de él.

- “Buenas noches”, dijo el enano, siendo saludado a su vez por Haldir y los otros elfos. “vengo a pedirles noticias de mi amigo Legolas, quien está en el Sagrario”, continuó.

Haldir lo llevó a un lado, y con profunda tristeza explicó lo que sabía, por segunda vez en esa noche. El enano lloró, pues quería profundamente a Legolas, a quien llamaba cariñosamente “elfo loco”.

- “No debimos dejarlo…debí saber que vendría, es…era tan testarudo”, lloraba Gimli, “¿dónde lo han llevado? Deseo verlo por última vez”

- “A la ciudad. Allí nos dirigíamos nosotros también”, respondió Haldir.

Los tres iniciaron la penosa marcha, sin habla mucho. Haldir y Finwë iban tomados de la mano y cuando Gimli los vio, murmuró la que se había convertido en una de sus frases favoritas desde que iniciaron el viaje : - “mmmm…cosas de elfos”

Les costó un poco de trabajo llegar a la ciudad, y estaban por atravesar la puerta cuando un guardia se acercó a ellos.

- “Señor”, dijo dirigiéndose a Haldir, “por órdenes del mago Gandalf busco a Gimli el enano, y al elfo Haldir de Lórien”

- “Pues los has encontrado”, respondió Haldir, “¿qué desea Gandalf?”

- “Que me acompañen enseguida a las Casas de Curación, donde se encuentran dos amigos suyos heridos y el hobbit Peregrin a su cuidado”, respondió Beregond, pues de él se trataba.

- “Iremos luego de presentar nuestros respetos a uno de nuestros compañeros muerto en batalla. Un elfo llamado Legolas, ¿sabes tú hacia dónde lo llevaron?”, preguntó Gimli.

- “El elfo que usted dice, señor, no está muerto, él y el mediano Meriadoc se encuentran en las Casas de Curación, aunque el estado del elfo es de cuidado, por lo que pude oír”, repuso Beregond.

Gimli casi saltó de alegría y se apresuraron a seguirlo. Al llegar allí se encontraron que Gandalf se había retirado ya, y Aragorn se encontraba con Elladan y Elrohir curando a los enfermos en otra parte del edificio. Pippin aún se encontraba allí y se alegró mucho de verlos. Merry estaba despierto y acababa de cenar por segunda vez. Charlaron animadamente unos momentos, hasta que el Mayoral los echó de allí, pues Faramir y Legolas necesitaban descanso. También les tenía un encargo, por órdenes del mago Gandalf, se les había preparado un alojamiento y una cena en uno de los edificios cercanos, a donde irían escoltados por Beregond.

Se dirigieron allí y fueron muy bien atendidos, pues sus hazañas habían llegado a oídos de todos. Luego de la cena, Finwë no pudo reprimir sus bostezos y Haldir se puso de pie para llevarlo a su habitación.

En el camino por el pasillo semioscuro, el joven elfo se apoyaba en Haldir, quien lo abrazaba de la cintura. Llegaron a la habitación y Haldir lo sentó sobre la cama, pues el otro elfo estaba casi dormido. Mientras le quitaba las botas, Finwë se durmió, sorprendiendo a Haldir pues no pensó que su pequeño elfo, como lo llamaba, le tuviera tanta confianza. Sonriendo, lo desvistió hasta la cintura y lo acostó. Luego, él también se quitó la ropa y se acostó junto a Finwë abrazándolo. Pronto se quedó dormido también.

*

Legolas abrió los ojos cuando el sol estaba alto en el cielo, le parecía haber soñado, pero ¿dónde estaba?, entonces reparó en la forma dormida a su lado. Aragorn había puesto la cabeza, apoyada en un brazo, sobre la cama. Sus cabellos despeinados y sucios le cubrían el rostro, pero Legolas no lo había visto nunca tan hermoso. La bruma que había en su cerebro se disipó. Levantó la mano para apartarlos, acariciando su rostro. Entonces él despertó.

- “Amado mío”, dijo Aragorn incorporándose, “¿cómo te sientes hoy?”

- “Mucho mejor que ayer, pero ¿por qué me llamas así ahora? Dijiste en el Sagrario que éramos sólo amigos…”

- “Legolas, te lo expliqué ayer. Necesitaba alejarte del peligro, pensé que éste estaba en los Senderos de los Muertos, pero me equivoqué. Creí morir cuando me dijeron que caíste en la batalla…Legolas, te amo…”

- “¿Qué dijiste?”, preguntó confundido el elfo. Ya recordaba la angustia de Aragorn el día anterior, ¡Había querido protegerlo! ¡Y ahora le decía que lo amaba!

- “Dije que te amo, incluso antes de esa noche en Lothlórien en que nos entregamos todo, te amo y te suplico me perdones, pues no soy merecedor de tu amor”, había angustia en la voz de Aragorn, y esto conmovió a Legolas, pero había algo que debía decirle.

- “Dormí con Haldir…”, confesó Legolas con un susurro.

- “¿QUÉ?”, casi gritó Aragorn

- “…me dejaste, me sentía tan vacío, tan sólo…fue una sola noche. No lo amo, eres tú a quien adoro”

Aragorn se quedó en silencio unos momentos, considerando. Su orgullo estaba herido en lo más profundo, pero él mismo había provocado todo esto.

- “Legolas, te amo y nada cambiará eso”, dijo finalmente besando esos labios de miel que se le ofrecían.

En ese instante tocaron la puerta.

- “Señor, el mago Gandalf envía por vos, pues se celebrará un Consejo de Guerra”, informó Ioreth.

- “Ahora voy”, contestó Aragorn y se retiró, no sin antes susurrar a su elfo, “volveré apenas pueda”.

 


Capítulo 11: Descanso


“It's a beautiful day / es un bello día
Sky falls, you feel like / el cielo cae, lo puedes sentir
It's a beautiful day / es un hermoso día
Don't let it get away / no lo dejes ir”
Beautiful day – U2


Haldir despertó apenas salió el sol, pero se quedó acostado abrazando al elfo que dormía en sus brazos. Lo contempló largamente. La sábana lo cubría hasta la cintura, dejando descubierta su espalda desnuda, la cual recorrió con una mano, acariciándola. Finwë se movió en sueños, pegando su cuerpo al suyo un poco más y continuó durmiendo apaciblemente.
Sin despertarlo, Haldir apartó suavemente el rebelde mechón que cubría su rostro, dejando al descubierto su boca, que no pudo resistir besar ligeramente. (“¡Oh, mi pequeño elfo, qué hermoso eres! ¿Cómo pude estar tanto tiempo sin notar tu presencia? Pero ahora recuperaremos el tiempo perdido, pues pediré autorización a mis señores Galadriel y Celeborn para compartir mi vivienda contigo, en cuanto acabe esta guerra”)
Haldir se sumió en estos y otros menos castos pensamientos, mientras acariciaba los cabellos de Finwë, que caían desordenadamente sobre su pecho, en el que descansaba el joven elfo. Le parecía increíble que alguien pudiera amarlo con esa entrega total y desinterés que le había mostrado el pequeño arquero. Generalmente, sus amantes lo buscaban para obtener a través suyo el favor de la Dama Galadriel y el Señor Celeborn, él lo sabía, pero no le importaba realmente pues las relaciones largas lo aburrían. Sin embargo, al mirar a Finwë no podía evitar pensar en un futuro juntos.
Fue interrumpido de estos pensamientos por golpe en la puerta de la habitación.
- “Adelante”, dijo sin pensar.
Gimli entró en la habitación y buscó a Haldir con la mirada. Lo vio en la cama, cubierto hasta la cintura por una sábana, pero no estaba sólo, como el iluso enano había pensado, pues tenía entre sus brazos a aquel jovencito que siempre lo acompañaba. Gimli enrojeció violentamente y su vista se dirigió automáticamente al piso y no se despegó de allí (“¡Oh, elfos! Es lo último que me faltaba”), suspiró el enano.
- “Haldir de Lórien, el mago Gandalf te convoca en el palacio, pues se celebrará un consejo de guerra”, dijo Gimli, sin quitar los ojos del piso.
- “Gracias, señor enano. Iré en seguida”, contestó Haldir mientras se levantaba.
Gimli murmuró su bien conocido “¡cosas de elfos!” y se retiró de allí a toda prisa, pues Haldir nunca había sido de su completo agrado desde la vez que, en Lothlorién, intentó cubrirle los ojos para que no viera el camino hacia la ciudad.
- “…¿Haldir?”, susurró soñoliento Finwë
- “Buenos días amado mío”, dijo Haldir volviendo a la cama para besarlo. – “debo ir a un consejo de guerra ahora mismo, descansa un poco más hasta mi regreso”
- “No sé...”, le dijo seductoramente Finwë bajando los párpados mientras le ofrecía sus labios entreabiertos.
Haldir lo besó apasionadamente unos instantes, pero luego, muy a su pesar lo dejó, pues el deber estaba primero.


*
Legolas sonrió tristemente. ¿Hasta cuándo tendría que esperar para poder estar a solas con su amado? Cuando llegara el fin de la guerra, habría que tomar otras decisiones. ¡Pero él se lo había dicho al fin! le dijo que lo amaba, incluso después de confesarle lo de Haldir. Cerró los ojos evocando ese momento. A pesar del cansancio que aún sentía y del dolor en el brazo, se sentía dichoso. ¡Él sólo había tratado de protegerlo! Eso explicaba algunas cosas en la conducta de Aragorn, su deseo de alejarlo solo obedecía a su temor de que resultara herido, pero de dónde había sacado semejante idea, sería lo primero que Legolas le preguntaría cuando al fin estuvieran solos.
- (“¡Oh, Aragorn, por qué no confiaste en mí!, ¡cuánto sufrimiento me hubieras ahorrado! ¡y tú mismo, cuánta angustia habrás pasado! Sin saberlo me empujaste a los brazos de Haldir)”, el elfo se ruborizó por ese grato recuerdo, (“pero eso me sirvió para saber que nunca amaré a nadie más, qué nunca seré feliz en los brazos de otro que no seas tú”), Legolas sonrió con ternura, pero luego su semblante se ensombreció nuevamente, (“¿qué haremos ahora? ¿cómo enfrentar a Elrond, cómo decirle a Arwen y a tu pueblo de nuestro amor? Los elfos son más tolerantes, pero se trata de la hija de Elrond y nieta de Galadriel, ¿qué dirá mi padre? Pero enfrentaré lo que sea si estamos juntos, mi señor Aragorn”), su rostro se dulcificó con este pensamiento.
En ese momento, una conocida voz lo arrancó de su ensueño.
- “Pues sí, el príncipe de Mirkwood y yo somos amigos, por extraño que le parezca, y he venido a verlo, pues el señor Aragorn me dijo que ya había despertado”
Luego se oyó un murmullo de protesta del Mayoral. Legolas no pudo contenerse más y gritó:
- “¡Gimli!”
- “¿Ve usted? Está despierto”, exclamó triunfalmente el enano al tiempo que abría la puerta para saludar a su amigo. “¡Elfo loco! Sabía que una criatura tan testaruda como tú no sería abatida tan fácilmente”, dijo riendo y luego agregó seriamente, “me alegro tanto de que estés con vida, amigo mío”
- “¿Y cómo no iba a estarlo? Si aún no hemos visitado las cavernas de Angalord ni el bosque de Fangorn, como prometimos”
Gimli lo abrazó, riendo, con cuidado de no tocar el brazo herido.
- “Amigo mío, ¿cómo estás?”, le preguntó tratando de escrutar su rostro.
- “Ahora puedo decir en verdad que estoy bien”, dijo Legolas sonriendo. Gimli comprendió y sonrió también.
- “¡Pero qué es todo ese ruido! Señor enano, debe usted disculparme pero los enfermos necesitan reposo y su risa se oye hasta el otro extremo del edificio”, exclamó Ioreth que entraba en ese momento con la bandeja del desayuno.
La habitación se llenó entonces de la risa cristalina de Legolas e Ioreth no pudo dejar de sorprenderse de su rápida recuperación, las manos de su rey eran en verdad milagrosas, ¿o lo sería su corazón?
- “Buena mujer, él es mi amigo, Gimli, hijo de Glóin, y debe usted perdonarlo, los enanos son gente ruidosa, pero de buen corazón”, dijo Legolas
- “Y buen estómago”, dijo Pippin, que entraba con Merry en ese momento
- “Pero no tanto como el de un pobre hobbit, que por añadidura se encuentra herido y debe consumir doble ración”, replicó Merry, haciendo que todos estallaran en carcajadas.
Ioreth sacudió la cabeza, riendo también. Si éstos eran los amigos de su rey, Gondor sería pronto una ciudad diferente. Se presentó respetuosamente con el bello príncipe elfo. Se decía en la ciudad que por la sangre del rey corría también sangre élfica. Quizás esto fuera la explicación de sus extrañas costumbres, mas Ioreth no era quien para juzgar a su rey y el elfo era agradable y se había portado muy amablemente con ella. Dejó solos a los amigos, compartiendo el desayuno, no sin antes recomendarles que no hicieran mucho ruido, pues su señor Faramir dormía aún.


*
En otro lugar de la ciudad se celebraba el Consejo de Guerra, entre Aragorn, Gandalf, Imrahil, Éomer, Haldir y los hijos de Elrond.
- “Señores”, empezó Gandalf, “hemos llegado hasta un punto en esta guerra, en el que es necesario analizar cuidadosamente nuestras acciones, pues éstas decidirán el futuro de la Tierra Media. Hemos triunfado momentáneamente, pero Mordor es fuerte y nuestros ejércitos están extenuados. La próxima acometida será más violenta y no contamos con suficientes fuerzas para enfrentarla. La victoria no se conseguirá con armas y sólo queda refugiarse en las fortalezas y esperar el ataque, o atacar, sabiendo que nunca podremos penetrar en Mordor”.
- “¿Propones entonces que nos refugiemos a esperar el ataque?”, preguntó Imrahil.
- “No es ese mi consejo”, respondió Gandalf, “si la victoria no puede ser conquistada con armas, entonces centremos nuestras esperanzas en el Anillo de Poder, buscado por Sauron. Todos aquí conocen la historia del Portador. Si Sauron recupera el Anillo, vencerá sin que nuestro valor sirva de nada, y su victoria será tan definitiva que nadie sabe lo que sucederá, pues él sirve a otro amo más siniestro. Por otro lado, si el Anillo es destruido, Sauron caerá, y tan baja será su caída que nadie puede saber si volverá a levantarse algún día. El enemigo está confundido, sabe que su tesoro ha sido encontrado, pero ignora quien lo tiene y dónde está. La duda lo atormenta y si no me equivoco, nuestro amigo Aragorn ha contribuido a ello, mostrándose al enemigo a través de la Piedra de Orthanc, ¿no es así?”

- “Lo hice antes de partir de Cuernavilla”, respondió Aragorn, “necesitaba descifrar un mensaje de Rivendel”, Elladan y Elrohir asintieron, “consideré que el momento era propicio, y que era necesario distraer la atención del enemigo, dándole tiempo a Frodo de llegar a Mordor. Vi lo mismo que Denethor, veleros negros atacando la ciudad, y otras imágenes más aterradoras a mis ojos, de las que hablaré en otro momento. Pero también percibí su miedo, aunque casi no llegamos a tiempo, pues respondió rápidamente atacándonos.”

- “Entonces, ¿qué debemos hacer?”, preguntó Éomer.

- “Sauron duda, no sabe si atacarnos, pues no conoce la ubicación de su tesoro. En este momento, el Ojo sin Párpado está fijo en nosotros, y así debemos mantenerlo, pues es nuestra esperanza para ayudar al Portador. Debemos continuar atacando a Sauron, atrayendo fuera del país las fuerzas secretas de Mordor, para que quede sin defensas. En otras palabras, amigos míos, seremos la carnada que Sauron morderá pues creerá que nuestra temeridad se debe a un nuevo Señor del Anillo. Hay pocas esperanzas para nosotros, pues nos encaminamos a una trampa, pero, en mi opinión, esto es lo que hemos de hacer, pues si nos quedamos aquí a esperar, pereceremos igualmente”.

Hubo un largo silencio mientras todos sopesaban las palabras del mago.

- “Así como he comenzado, así continuaré”, dijo finalmente Aragorn, “si vacilamos ahora caeremos. Confío en el consejo de Gandalf pues si no fuese por él, hace tiempo que todo se habría perdido para siempre. Si luchamos y vencemos, habremos dado un mundo mejor a quienes amamos. Si somos derrotados lo haremos luchando. Sin embargo, no pretendo todavía dar órdenes a nadie; que cada cual decida según su propia voluntad”.

- “Estamos contigo, Aragorn”, dijo Elrohir, “pues a esto vinimos. Nuestro padre Elrond es de la misma opinión”. Elladan asintió.

- “Los arqueros de Lórien también estarán contigo, pues tal es el deseo de la Dama Galadriel. Esta batalla decidirá el curso de la historia”, manifestó gravemente Haldir.

- “Por mi parte, aunque no entiendo de esos asuntos tan extraños, me basta saber que Aragorn me ayudó a mí y a mi pueblo y ahora me corresponde ayudarlo. Iré”, dijo Éomer.

- “El señor Aragorn es mi soberano”, dijo Imrahil, “aunque él aún no desee hacer prevalecer su derecho. Iré, pues sus deseos son órdenes para mi, pero Gondor también debe ser protegida y nuestra frontera septentrional espera a un ejército de Sauron”

Luego siguió una discusión para determinar cuántos hombres se quedarían en Gondor y cuántos irían a Mordor, concluyendo finalmente en la mañana del segundo día partirían con siete mil hombres, si conseguían reunidos; seis mil de ellos iría a pie a causa de las regiones accidentadas en que tendría que internarse y los otros mil a caballo. Enviaron luego mensajeros a comunicar esas nuevas para empezar a reunir el ejército. Con esto, el consejo se disolvió.

*

Finw? siguió acostado, disfrutando de un descanso que no tenía en mucho tiempo. Las sábanas tenían aun el olor de Haldir, ¡cómo deseaba tener un momento a solas con él! No habían vuelto a tener intimidad desde su primera noche en El Sagrario, aunque no se habían separado desde entonces. El joven elfo tomó su morral y sacó los dibujos, contemplándolos con ternura, luego, tomó el dibujo inconcluso, y con el carbón comenzó a dibujar el rostro del compañero de Haldir: él mismo.

Luego, se estiró perezosamente entre las sábanas, añorando a su amado, mas, de pronto, recordó a sus compañeros y se levantó para ir a buscarlos.

Caminó por la ciudad desconocida. Por todos lados había tristeza y desolación, los sobrevivientes lloraban a sus muertos, maldiciendo al enemigo por su crueldad. Finw? caminaba entre ellos, sobrecogido. ¡Ese espectáculo le traía tantos recuerdos amargos! Su propio pueblo había sido perseguido, mitilado y asesinado por el mismo enemigo oscuro. Continuó su lúgubre paseo hasta que sus pasos lo llevaron cerca del palacio. Se encaminó hacia allí, esperando hallar a Haldir, pero fue aprisionado desde atrás por unos firmes brazos.

- “¡Elladan!”

- “Mi pequeño y hermoso elfo de los bosques, ¡mi corazón se alegra de verte! Eres una luz en medio de tanta desolación”

- “¡Oh Elladan! ¡Qué bueno es volver a verte!”, dijo Finw? volteando para abrazarlo.

- “¿Y no hay nada para mí?”, preguntó Elrohir, rodéandolo con ambos brazos a su vez.

- “Amigos míos, me siento dichoso de verlos”, Finw? trataba de hablar pero los labios de Elrohir buscaban ansiosamente los suyos, “ahhh, Elrohir. Lo siento...”, dijo finalmente, logrando librarse del abrazo de los gemelos, que lo miraron sorprendidos.

- “Lo siento, queridos amigos míos. Gracias a ustedes, mi afecto ha sido finalmente correspondido por aquél a quien adoro. Pero no podemos repetir esas placenteras caricias, pues él es ahora mi dueño”, dijo dulcemente Finw?.

- “Entendemos eso”, repuso Elladan, “pero dime pequeño elfo, ¿quién es el dichoso ser que ha conquistado tu corazón de esa forma tan conmovedora?”

- “Mi amado capitán, Haldir”, contestó el joven elfo. No tenía por qué ocultarlo, pues Haldir no lo hacía, ni se lo había pedido.

- “Ahhhh”, exclamó Elrohir intercambiando una mirada de complicidad con su hermano, “¿y el apuesto guardián de Lórien sabe de nuestros intercambios?”

- “Lo sabe. Él mismo nos vio”, respondió Finw? ruborizándose con ese recuerdo.

- “Te digo entonces, sin temor a equivocarme, que el espectáculo no le fue desagradable”, continuó Elrohir.

- “Hermano, lo que fue, está en el pasado”, interrumpió Elladan poniendo una mano en el hombro de su hermano gemelo, “debemos respetar ahora los deseos de nuestro pequeño amigo y de Haldir”

Los hermanos se miraron un momento. Elladan sabía muy bien lo que su hermano estaba pensando. Ellos habían pasado gratos momentos con Haldir en sus varios viajes a Lórien y en las visitas de éste a Rivendel, pero lo pasado no volvería.

Finw? pidió entonces que lo llevaran a las Casas de Curación pues deseaba ver a sus compañeros heridos. Elladan le ofreció su brazo y se dirigieron allí, en tanto que Elrohir volvía a entrar al palacio, diciendo que deseaba descansar.

Muchos pensamientos ocupaban la mente del elfo mientras se dirigía a la habitación que le asignaron el día anterior. Haldir había ocupado su corazón por varios años, desde la primera vez que se vieron en Rivendel, pero ese amor juvenil había sido sustituído por una gran amistad y una confianza sin límites, pues Haldir había compartido innumerables noches de pasión con los hermanos. Finw? en cambio era tan inocente aún, había tantas cosas que podía aprender con ellos...

Abrió la puerta y, despojándose de la capa, se arrojó a la cama, sin notar que había alguien más en la habitación. Elrohir tenía los ojos cerrados, su mente se negaba a borrar la imagen de un hermoso elfo de cabellos como el fuego, que gritaba su nombre mientras era llevado al clímax. Distraídamente, una de sus manos se deslizó bajo sus ropas, rozando sus pezones, ya endurecidos con ese recuerdo. Su otra mano frotó su erección evocando los labios de Finw? sobre su miembro.

Un gemido se le escapó, mientras continuaba pellizcando y jalando sus pezones, arquéandose, totalmente perdido en sus recuerdos. Continuó gimiendo mientras se liberaba de las prendas que lo oprimían. Su miembro saltó libre, irguiéndose mientras era atendido por hábiles manos, que lo recorrían de arriba hacia abajo. Elrohir imaginaba al bello elfo pelirrojo gritando de éxtasis mientras era poseído, agitándose bajo su cuerpo, suplicando por más. Este último pensamiento fue demasiado, y sus manos se cubrieron del cálido fluido que manaba de su sexo, mientras su boca exclamaba “Oh, Finw?, oh, oh”

Haldir había estado esperando a Elrohir ya que quería hablarle sobre Legolas, pero quedó sorprendido al ver al elfo entrar violentamente y arrojar su capa al piso, para caer a la cama con la respiración agitada. Iba a hablarle cuando vio lo que hacían sus manos, y se quedó silencioso, observando. Luego del éxtasis de Elrohir, se deslizó fuera de la habitación. Su presencia no había sido advertida. Haldir tenía el rostro enrojecido y una mirada extraña, pues una idea acaba de abrise paso en su mente.

*

Aragorn se dirigió presuroso a las Casas de Curación. Se sentía apenado por tener que dejar a Legolas nuevamente, pero no podía permitir que el elfo herido así lo acompañe en la batalla.

Fue conducido por Ioreth hacia la soleada habitación, donde reinaba gran silencio, pues Gimli y los hobbits se habían retirado a almorzar, dejando descansar a su amigo. Aragorn abrió despacio la puerta y se quedó extasiado contemplando a la figura que dormía sobre la cama. Un rayo de sol iluminaba su dorado cabello que brillaba como oro líquido. Sus mejillas no estaban ya tan pálidas y sus labios tenían nuevamente ese color apetitoso que lo hacía desear saborearlos. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su tranquila respiración, ahora que no había más fiebre. Una de sus manos reposaba bajo su pecho, mientras que la otra estaba a su costado, con el brazo herido.

Lo miró largamente, mientras Ioreth esperaba respetuosamente tras él. Ahora comprendía por qué su rey había caído bajo el encanto de esa etérea criatura, que a pesar de su bella apariencia era un gran guerrero, pues había derrotado al Señor de los Nazgul, el terrible Rey Brujo que, muchos años atrás, había causado tanto daño a Gondor.

Legolas suspiró en su sueño y trató de cambiar de posición, pero un dolor en el brazo le recordó su lesión. Unas solícitas manos acudieron en su ayuda. Sonrió, completamente despierto.

- “Aragorn”

- “Amado mío”, Aragorn le sonrió también. Se miraron mientras la áspera mano del mortal acariciaba la delicada piel de la mejilla del elfo. Legolas puso su mano sobre la suya.

- “El consejo ha tomado una decisión, la única posible”, continuó diciendo Aragorn. Sus ojos reflejaban la pena que sentía.

- “Irán a Mordor”, dijo el elfo, enunciando un hecho que él mismo sabía que debía ocurrir.

- “Dentro de dos días. Seis mil hombres a pie y mil a caballo. Un pobre ejército comparado con los de antaño, pero lo necesario para distraer la mirada del Ojo sin párpado y ayudar al portador”

- “Llévame contigo”, pidió el elfo. Su voz tenía un tono neutro, pero sus ojos miraban suplicantes ¡Cómo resistir esa mirada!

- “Amado mío, no me perdonaré si algún daño vuelve a ocurrirte por mi culpa. Estuviste demasiado cerca de la sombra como para no verte afectado en Mordor, y tienes el brazo roto, ¿cómo podrás disparar?”

- “Los elfos sanamos rápidamente. En unos días mi brazo se habrá curado”

- “Lo sé, hermoso mío. Pero sólo tenemos dos días y no puedo retrasar esta marcha poniendo en peligro todo lo ya conquistado”, lo besó con ternura, “tenemos estos dos días para estar juntos, mi amor. Aprovechémoslos”. El beso se hizo más profundo, siendo ansiosamente correspondido por Legolas.

(“Oh, mi señor, tus besos no tienen igual. Ni el gallardo Haldir puede compararse contigo. Haré lo que me pidas.”)

Ioreth entraba en ese momento con el almuerzo y se quedó muda de asombro ante el espectáculo. Luego, discretamente cerró la puerta, sin que los amantes parecieran notarlo.

*
Elrohir se aseó y cambió de ropas para dirigirse inmediatamente a las Casas de Curación. Al entrar, se encontró con Ioreth que salía de la habitación de Legolas con una bandeja y cerraba silenciosamente la puerta.

- “Buen día. ¿El príncipe de Mirkwood se encuentra despierto?”, preguntó Elrohir.

- “Sí…no..señor…está descansando ahora”, respondió Ioreth un tanto nerviosa.

- “¿Acaso el señor Aragorn se encuentra aquí?”, dijo Elrohir, entrando en sospechas inmediatamente.

- “Sí señor”, respondió Ioreth muy a su pesar. Los inquisidores ojos del arrogante y gallardo elfo la ponían cada vez más nerviosa.

- “¿Y está con el príncipe?”

- “Sí señor. Está vigilando su descanso”, respondió Ioreth, siendo desmentida inmediatamente por una risa cristalina que no podía ser de otro más que de Legolas

- “Ya veo”, dijo Elrohir, “y puesto que oigo que está despierto aprovecharé para darle mis saludos”, y apartándola abrió la puerta.

Legolas estaba recostado en la cama, con el pecho descubierto y Aragorn estaba aplicándole un ungüento en hombro de su brazo herido, al tiempo que jugaba traviesamente con sus pezones, lo que provocó la risa del elfo. El montaraz se estaba inclinando para darle un beso, cuando se abrió violentamente la puerta y entró Elrohir, seguido por una asustada Ioreth.

- “Elrohir, ¿qúe significa esto?”, exclamó airado Aragorn

- “Vine a saludar a nuestro príncipe, futuro hermano mío”, dijo Elrohir con ironía, “y me alegra ver que se encuentra restablecido y en manos del mejor sanador de Gondor”

- “Así es, Elrohir. Aragorn me salvó la vida, y está preparando mi brazo para ir a la batalla en Mordor pasado mañana,”, dijo Legolas, visiblemente incómodo por la interrupción.

- “Entiendo”, dijo Elrohir, “pero se hace tarde y el príncipe Imrahil nos espera para almorzar, futuro hermano, no querrás hacerle ese desaire, ¿verdad?”

- “Desde luego que no”, respondió Aragorn, limpiándose las manos con un lienzo “Vamos”. Y agregó, dirigiéndose a Legolas, “Adiós amigo mío, procura hacer los ejercicios que te indiqué para tu hombro y descansa pues más tarde vendré de nuevo a ver cómo sigues”

- “Adiós Aragorn, Elrohir”, dijo Legolas

El elfo de Rivendel inclinó la cabeza a manera de despedida y los dos salieron. Legolas se trató de sentar, siendo ayudado por Ioreth para ponerse la camisa. La mujer había observado todo sin decir palabra, pero al ver la decepción y pena en el rostro del elfo, no pudo contenerse

- “Debe ser muy difícil, ¿verdad alteza?”, preguntó amablemente

Legolas sonrió tristemente y le respondió:

- “Es difícil, él es hermano de su prometida. Ella aún no lo sabe”

Ioreth lo miró sorprendida, pero había visto la desesperación de su rey cuando lo creía agonizante, y luego el amor con el que lo había mirado mientras dormía “eso solo puede ser amor verdadero” se dijo la anciana y respondió para animar a Legolas:

- “Pues será más difícil aún pero él lo ama y además es el rey. Luego la gente se acostumbrará a la idea. Pero ahora debe comer, alteza, o ese brazo no mejorará. Siéntese y yo lo ayudaré”

Legolas sonrió. Si todos los habitantes de Gondor fueran como esa anciana bondadosa, todo sería fácil.

*

Haldir finalmente se había encontrado con Finwe en las Casas de Curación. Algunos de los arqueros habían sido heridos por el Capitán Negro y fueron afectados por la “Sombra Negra”, pero no en el grado que Legolas la tenía. Su pequeño elfo los atendía junto con Elladan, ayudándolos a alimentarse o vestirse, o simplemente conversándoles para levantar su espíritu.

El Capitán de la Guardia alentó a los heridos, que yacían en varias camas dispuestas en una habitación soleada. Los elfos eran fuertes por naturaleza, y pronto ellos estarían listos para la batalla, pues partirían hacia Mordor.

Luego de los saludos, Elladan se fue al palacio en busca se su hermano, mientras Haldir y Finwë paseaban por los jardines de las Casas de Curación. En el medio del jardín había una glorieta cubierta de flores blancas y allí se sentaron ambos. Haldir rodeó la cintura del joven elfo para besarlo con ternura.

- “Mi pequeño elfo, ¿que hiciste durante mi ausencia?”, preguntó curioso Haldir.

- “Dormí, dibujé y luego fui a buscarte. Allí encontré a Elladan y Elrohir y vine hacia aquí”.

- “¿Les dijiste...?”

- “Sí. ¿Hice mal?”, preguntó Finwë

- “No, puesto que no hay motivos para ocultarlo. Te amo y me tiene sin cuidado que todo Gondor lo sepa”, rió el capitán

Finwë se sintió feliz, y sonriendo, se recostó en el hombro de Haldir, pero éste aún no había terminado.

- “¿Elrohir te dijo algo?”

- “Algo… ¿cómo qué? dijo muchas cosas...”

- “Elrohir y yo, hace muchos años…estuvimos juntos”, confesó Haldir

- “¿Qué?”, Finwë sintió un agujón de celos, ¡no!, eso no podía ser.

- “Nos amamos entonces, mas ahora solo somos amigos”, dijo Haldir para el alivio del joven elfo

- “Ellos y yo hemos pasado varias noches juntos, pero solo me une hacia los hermanos una gran amistad”, continuó explicando Haldir

- “Lo mismo que a mí, después de todo, gracias a ellos te tengo a ti”, dijo Finwë sonriendo.

- “Mi pequeño elfo, lo que te diré es muy importante para mí en este momento”, dijo Haldir tomando aire. Sería la primera vez en su larga vida que hacía una proposición así, y Elbereth sabía que deseaba también que fuese la última.

- “Dime”, susurró el joven elfo, sus ojos verdes lo miraban interrogantes.

- “Cuando acabe la guerra, y acabará pronto, si vencemos y volvemos a Lóthlorien, deseo que vivas conmigo. Si tú tambien lo deseas, naturalmente”

- “¡Haldir! Eso me haría inmensamente feliz”, dijo Finwë besándolo sin importarle quien estuviera cerca.

Haldir correspondió gustoso el beso, mas luego de un rato se separó de la dulce miel de los labios de Finw? y soltó al fin la idea que le había estado rondando la mente desde que vio a Elrohir.

- “Si tú lo deseas, podemos invitar a Elladan y Elrohir a nuestro lecho alguna vez”, aventuró Haldir, esperando ansioso la respuesta.

- “¿Tú crees que debamos?”, Finw? dudaba, aunque una gama de placenteras posibilidades se empezaba a abrir en su mente.

- “Estaremos juntos tú y yo, y así deseo que sea siempre. Pero ambos, si así lo queremos, podemos compartir nuestros placeres con otros. Pienso que eso está bien, siempre que los dos estemos de acuerdo”, contestó Haldir

- “Siempre quiero estar contigo, y si tú deseas que alguien más se nos una, por ti lo haré gustoso, amado Haldir”, dijo Finw? con una sonrisa.

- “Entonces será cuando esta pesadilla acabe. Hasta entonces te quiero sólo para mí”, y Haldir reclamó ansiosamente esa boca que sólo le pertenecía a él.

*

El almuerzo transcurrió tranquilamente en el palacio, la conversación se basó fundamentalmente en la estrategia de guerra que emplearían. Aragorn se extrañó de la ausencia de Haldir, pero Imrahil explicó que se había excusado ya que deseaba pasar algún tiempo reuniendo a los arqueros y reorganizando su ejército.

Aragorn sonrió, bastante bien conocía a Haldir para saber que debía estar disfrutando un postre mejor que el finamente servido en la mesa de Imrahil, y lo envidió. ¿Cuánto tendría que esperar para poder mostrar su amor sin reservas? Y ahora debía lidiar con las sospechas de Elrohir.

Gandalf se retiró un momento, volviendo luego con nuevas noticias.

- “Los mensajeros alados de Galadriel me comunican que Elrond, Glorfindel y la Estrella de la Tarde han llegado a Lothlórien, donde descansarán unos días antes de emprender la marcha que los traerá a Gondor, junto con Galadriel, Celeborn y su escolta”.

Elladan y Elrohir lanzaron exclamaciones de alegría, sin perder de vista a Aragorn, que sonrió a su vez, diciendo:

- “Me llena de dicha que tan queridos amigos se encuentren en camino. Sin embargo, aún no hemos conquistado la victoria y la jornada que nos aguarda es la más difícil de todas y quizá muchos de nosotros, incluyéndome, no volvamos de allí”

- “Tu futura esposa jamás dudó de la victoria y tampoco lo hacemos nosotros”, declaró Elrohir.

- “Aragorn tiene razón”, interrumpió Gandalf en defensa de su amigo, “pero por otro lado, si nos derrotan, dará lo mismo estar en uno u otro lugar, pues las tinieblas se apoderarán de la Tierra Media. Triunfaremos en la medida en que actuemos unidos, sin que el odio, el amor u otras emociones fuertes nos nublen el entendimiento. El objetivo es distraer el Ojo y permitirle al Portador destruir el anillo”.

- “No dudo de la victoria, pero estoy consciente de que, eventualmente, una victoria así podría implicar sacrificios. Ya perdimos a Boromir, Théoden y a Denethor y estuvimos a punto de perder a Faramir y a Legolas. Sólo les pido no celebrar la victoria anticipadamente, sino prepararnos para lo que vendrá, y tomar con serenidad el desenlace, sea cual sea”, dijo Aragorn.

Todos asintieron ante sus sensatas palabras. Aragorn sería un gran rey, puesto que era un gran hombre. Incluso el impetuoso Elrohir tuvo que reconocerlo, pues sentía una profunda admiración por él, mas se sentía herido al anticipar el daño que el Heredero de Isildur le haría a su hermana.

De pronto, su atención fue atraida por un tumulto en la puerta. Salieron presurosos, para encontrarse con la Dama Eowyn que acababa de llegar con una pequeña escolta. Para no ser reconocida y detenida por los guardias de Théoden en el trayecto desde el Sagrario, se había disfrazado de hombre, sin embargo, al no permitírsele ingresar al palacio, se había identificado, causando exclamaciones de asombro en los guardias.

Éomer corrió presuroso a abrazar a su hermana, pero la alegría del encuentro fue empañada por la noticia de la muerte de Théoden por quien Eowyn sentía un profundo afecto. Amargas lágrimas cayeron de su rostro, y todos guardaron un respetuoso silencio. Luego, ella pidió ver a su tío por última vez, puesto que esa misma tarde iba a ser sepultado con Denethor. Éomer la condujo allí, mientras los demás se dirigían a las Casas de Curación, pues Imrahil deseaba ver a Faramir y a Legolas.

*

Faramir se había sentido mucho mejor esa mañana, tanto que se le había permitido pasear por el jardín, donde descansaba cómodamente en una banca. Allí lo encontraron sus amigos. El príncipe Imrahil se inclinó para presentarle sus respetos, luego Gandalf lo saludó. Aragorn se mantenía un tanto apartado, con Elladan y Elrohir.

- “Señor, te agradezco haberme salvado. Te debo mi vida y has ganado mi lealtad, pues te reconozco como mi Rey”, dijo Faramir a Aragorn inclinando la cabeza.

- “Aún no reinvindicaré ese derecho, pues la batalla no ha concluido y partiremos pasado mañana a la Puerta Negra. Si sobrevivimos a esta guerra, reconstruiremos juntos la ciudad de Elendil”, replicó Aragorn inclinándose a su vez. “Me acompañan los señores elfos Elladan y Elrohir, hijos de Elrond, señor de Rivendel, quienes vienen a presentarte sus respetos”

Elladan y Elrohir dirigieron las palabras de saludo protocolares. Luego dejaron a Faramir en compañía de Gandalf, pues el ahora senescal preguntaba por su padre y sería el mago el indicado para explicarle el triste destino de Denethor.

Legolas discutía con Ioreth para que lo dejara salir al jardín, mas la buena mujer no cedía fácilmente.

- “Lo siento, alteza. El señor Aragorn recomendó no dejarlo salir hasta mañana y eso es lo que haré”, dijo firmemente Ioreth

- “Gracias, Ioreth, pues veo que puedo confiar en ti para la recuperación de mi amigo”, dijo Aragorn al tiempo que entraba en la habitación seguido por Elladan, Elrohir e Imrahil.

- “No es justo, ya me siento bien”, protestó Legolas tratando de incorporarse. Luego miró a los visitantes y se quedó en silencio.

- “Esta nefasta guerra ha traído muchos sinsabores, sin embargo, me ha concedido el privilegio de conocer a los guerreros más valerosos entre la Hermosa Gente. Soy Imrahil, príncipe de Dol Amroth”, saludó el príncipe.

- “Entonces debo agradecer a mi salvador, pues me han comentado que se me había dado por muerto y gracias al príncipe de Dol Amroth fui conducido aquí. Me alegra ver que la sangre de Nimrodel es fuerte aún en esa tierra, pues tu porte demuestra su origen élfico”, sonrió Legolas correspondiendo el saludo

- “Querido amigo, nos alegra que estés bien. Tu hazaña será recordada largo tiempo en las canciones de humanos y elfos, que hablarán de tu valentía y determinación”, dijo Elladan.

La conversación derivó hacia temas relacionados al próximo viaje, pero luego todos tuvieron que ir a las excequias del Rey de Rohan y lo que quedaba del Senescal de Gondor. Aragorn se las arregló para salir último.

- “Quisiera no tener que ir allí”, le dijo al elfo

- “Debes cumplir tus deberes protocolares, como próximo rey, te corresponde estar allí”, repuso sonriendo Legolas.

- “¿Nos vamos?”, dijo Elrohir asomándose a la puerta abierta y haciendo salir a Aragorn. ¡Qué contrariedad, así jamás estaría solo con Legolas!

La tarde pasó rápidamente, la ceremonia fúnebre, las instrucciones a los dunadan y al nuevo ejército traído del mar, los preparativos, las órdenes. Luego, al anochecer, Aragorn se dirigió nuevamente a las Casas de Curación, para encontrarse en la puerta con Haldir, Finwë y Eowyn que también venían a ver a Legolas, y una vez dentro, descubrió que allí estaban también Gimli, Pippin y Merry.

Esto se debía a que Ioreth sagazmente había notado que para mantener al príncipe acostado en su habitación, debía distraerlo con las visitas, cosa que no suponía ningún problema, pues muchos habían venido a visitarlo. De este modo, se armó una interesante tertulia donde se relataron anécdotas de la Comarca, el Bosque Negro y el Bosque Mágico, y donde Aragorn pudo relatar con precisión y ayudado por Gimli, todo lo acontecido en su marcha por los Senderos de los Muertos. Era ya tarde y se disponían todos a retirarse, cuando llegaron Elladan y Elrohir en busca de Aragorn pues los esperaba Imrahil para cenar y revisar la cantidad de reclutados en ese día.

Luego de la cena y la reunión, Aragorn se sintió complacido pues se había reunido la cantidad de hombres requerida. Impartió las últimas órdenes para el día siguiente y se dirigió, cansado, a su habitación en el palacio. Pero apenas se hubo acostado en la enorme cama con dosel que allí había, comenzó su tormento. Deseaba ver a su elfo, lo necesitaba muchísimo. Imaginaba su cuerpo tendido en la cama junto a él, sonriendo.

Dio varias vueltas en la cama hasta que no pudo más y se levantó. Se embozó muy bien con una capa y salió silenciosamente del palacio, para dirigirse a las Casas de Curación, cerradas ya. Pero no en vano era el capitán de los dunadan, y logró escalar el muro del jardín y luego entrar por una ventana y finalmente dirigirse a la habitación de Legolas.

El elfo dormía profundamente, con el torso desnudo y cubierto con una sábana, y los rubios cabellos sin trenzar. El montaraz sonrió – “Al fin, mi amor”, se dijo mientras silenciosamente se despojaba de sus prendas hasta que quedó completamente desnudo. Así se acercó a la cama. Su cuerpo bronceado hacía contraste con la blanca piel del elfo, carente de vello, como todos los de su raza. El montaraz en cambio, poseía una mata de vello oscuro en su pecho, que seguía su camino hasta el estómago y se perdía en una región que necesitaba un poco de alivio.

Legolas suspiró en sueños, dibujándose en sus labios la palabra “Aragorn”, sin saber que el protagonista de su sueño estaba contemplándolo en persona. Lentamente, Aragorn retiró la sábana, admirando el pecho del elfo, donde los firmes músculos hacían aún más hermosa la vista de su amado.

La lengua de Aragorn no resistió más, y pronto comenzó a lamer los deliciosos pezones, deleitándose por la forma en que Legolas se agitaba, aún en sueños. El bello príncipe llevó la mano a su sexo en busca de alivio y allí se le unió la mano de Aragorn, que desabrochó cuidadosamente los lazos que ataban en pantalón y dejó salir el miembro erecto del elfo. Su propio miembro estaba erecto también y lo frotó con el de su amado.

- “Ohhhh, Aragorn”, suspiró Legolas, despertando de pronto, “¿qué es esto? ¿sigo soñando?” preguntó.

- “Es la más hermosa realidad, amado mío. No podía resistir esto más, sólo pensaba en ti”, respondió Aragorn y tomó al elfo ávidamente en su boca.

- “Ahhhhhh”, fue el dulce gemido que brotó de los labios de Legolas.

Aragorn continuó con la deliciosa tortura unos momentos más. Lamía la punta del glande, introduciendo la lengua en el pequeño orificio, para luego morder suavemente su contorno. Luego empezaba a lamer los costados del miembro de su amado, trazando con la lengua el contorno de las venas, hasta que finalmente lo introducía en su boca mientras sus manos jugaban con los testículos del elfo, que lanzaba pequeños gritos de placer. Esta operación la repitió hasta que sintió que el elfo estaba listo, y entonces se retiró.

- “¿Aragorn? ¡Amor mío, no te detengas!”, pidió Legolas entre gemidos, pero fue cortado por el miembro de Aragorn en su boca. El elfo se incorporó apoyándose en el brazo sano y abrió completamente la boca, permitiéndole la entrada mientras su lengua jugaba traviesamente con la punta.

- “Legolas, ohhhh mi amor, hazlo así, ohhhhhh”, empezó a gemir Aragorn, y gimió aún más cuando el elfo empezó a succionarlo y a saborearlo deliciosamente.

Legolas lo besaba, con besos cortos que lo habían estremecerse, y luego lo iba introduciendo lentamente en su boca, para luego succionar. Luego se retiraba y volvía a los besos, mientras observaba el rostro excitado de Aragorn. Le encantaba el poder que ahora tenía sobre su amado, con cada caricia el montaraz sentía que estallaría, y cuando Legolas vio que sería así, introdujo rápidamente todo el miembro en su boca y recibió allí el delicioso líquido, saboréandolo con placer. Aragorn se derrumbó a su lado, y estuvo inmóvil por un momento. Luego se incorporó y lo besó, saboreando su propia escencia en la boca del elfo.

Muy despacio, el montaraz reanudó las caricias, mientras se recuperaba. Su boca recorrió las sensitivas orejas élficas, susurrándole palabras de amor, luego bajó al cuello, donde succionó ávidamente, dejando marcas en la blanca piel, para luego dirigirse a uno de sus lugares favoritos, los pezones del bello elfo. Los succionó y mordió a su antojo mientras Legolas se arqueaba suplicante. Pronto el montaraz sintió crecer nuevamente su deseo. Aragorn entonces colocó una almohada bajo las caderas de su elfo y abrió sus piernas, procurando no incomodar con esa posición el brazo herido. Una vez expuesta la pequeña abertura, el montaraz continuó con la tortura, raspando con su barba la delicada zona mientras sus dedos jugaban, preparándolo.

Los gemidos de Legolas se hacían cada vez más urgentes mientras era penetrado suavemente por su amante. Los movimientos pronto siguieron el mismo ritmo, cada vez más rápidos y fuertes, hasta que ambos no pudieron más y estallaron, Aragorn dentro del cuerpo de su amado y Legolas en las manos del mortal. El elfo se abrazó del humano y ambos se prometieron ese amor durante toda su vida y así, abrazados se quedaron dormidos.

Al día siguiente despertó Legolas solo, pues Aragorn había tenido que irse en la madrugada para no generar más sospechas en los gemelos. El elfo se sentía muy bien y después de desayunar y asearse con ayuda de Ioreth, salió al jardín y se sentó en la glorieta central. Estaba perdido en sus pensamientos cuando sintió la presencia de alguien a su lado.

- “Ah, Elrohir, ¿qué te trae por aquí?”, lo saludó amablemente.

- “Tú, amigo mío”

- “¿Y qué puedo yo hacer por ti?”

- “Mira esta ciudad, estos hombres y mujeres jamás aceptarán una relación así”

- “No sé a qué te refieres”, dijo secamente Legolas

- “Sabes bien a lo que me refiero. Arwen será la reina perfecta, su belleza hará que los hombres se pongan de rodillas, y ella podrá darle a Aragorn los herederos que necesita para unificar los reinos de Arnor y Gondor. ¿Qué le puedes dar tú?”

- “Aragorn hará lo que deba hacer”

- “Acéptalo, Legolas. Él se ha preparado para cumplir ese destino durante toda su vida y la alianza con los elfos fortalecerá aún más el reino. Él no arrojará eso por la borda por un amor como el tuyo. Tú no reinarás en Gondor con él, pero si te empeñas en este capricho, podrás cumplir el papel de consorte, trayendo la vergüenza a tu padre y a nuestro pueblo”

- “¡Aléjate de mí! Esa decisión sólo nos concierne a Aragorn y a mí. ¡Vete!”

- “Me voy, pero recuerda mis palabras, pequeño príncipe”, y Elrohir se alejó dejando sumido a Legolas en una profunda melancolía.

 

 


Capítulo 12: Batalla final

“When the night takes a deep breath / cuando la noche exhale su aliento profundo
And the daylight has no air / y la luz del dia no tenga aire
If I crawl, if I come crawling home / si me arrastro, si vengo arrastrándome
WiIl you be there / ¿Estarás allí?”

In a little while – U2


Legolas permaneció un rato en la glorieta, pero la dicha que había acompañado el inicio de ese día había desaparecido por completo con las palabras de Elrohir. Ciertamente era algo que debía tenerse en consideración y nunca había hablado con Aragorn de ese tema, pero no era el momento para hacerlo, pues se avecinaba la más difícil de todas las batallas e iban a Mordor como carnada para distraer al enemigo, sin saber si volverían con vida. En ese momento, Legolas tomó la determinación de ir a esa batalla, sin importar qué tuviera que hacer para conseguirlo.

El rubio elfo se puso de pie al oír una voz conocida. Aragorn entraba al jardín acompañado de Elladan.

- “¿Cómo estás amigo mío? Vine a ver si habías pasado una buena noche, y a examinar tu brazo”, dijo Aragorn con un guiño de complicidad. Legolas sonrió.

- “Pasé la mejor noche que recuerdo, desde que partimos de Lothlórien”, respondió, sin faltar a la verdad.

- “Me alegro por ti, amigo mío”, dijo Elladan, “¿no has visto a Elrohir? Salió temprano hoy.”

- “Estuvo aquí, pero ya se fue. Quizá esté con Haldir”

- “Entonces iré a buscarlo”, respondió Elladan y se retiró.

Cuando hubo desaparecido Elladan de la vista, Legolas echó los brazos al cuello de Aragorn dándole un delicioso beso.

- “Te extrañé al despertar”, le reprochó.

- “Lo siento. Ahora más que nunca, no podemos despertar sospechas”

Legolas estuvo muy tentado a preguntar cuándo podrían actuar libremente, pero calló, aún no era el momento. En lugar de eso, miró seriamente a Aragorn .

- “Mi señor, he decidido que los acompañaré a Mordor mañana”

- “¿Qué? No puedes hacerlo, no en ese estado”, dijo firmemente Aragorn

- “Escúchame primero. No soy una frágil doncella a quien debes proteger, no soy como ella”, dijo tristemente el elfo. “Soy el único representante de mi reino, soy mucho más viejo que tú, tengo ya tres milenios, y un brazo roto no significa nada para mí, pues sé pelear con la espada, además del arco, y...”

- “Legolas, no. Si algo te pasa, no podría perdonarme jamás...”, interrumpió Aragorn.

- “¿Y cómo crees que yo me siento? Pues has dicho que quizá no vuelvas con vida, ¿qué hay si te ocurre algo a ti? Prefiero que si vamos a morir, lo hagamos juntos”

- “Legolas, yo...”, pero antes de que Aragorn terminase de hablar, Legolas lo obsequió con una seductora sonrisa, puso la mano sobre su boca, obligándolo a callar, y lo tomó de la mano para llevarlo de nuevo a su habitación.

Cayeron a la cama con los cuerpos entrelazados. Legolas rodeó con las piernas a Aragorn mientras se besaban apasionadamente. La noche anterior no había sido suficiente para ellos, ansiosos de compartir su amor y sus temores en la entrega que vendría. Lentamente se despojaron de sus vestiduras y se amaron una vez más, tratando de reprimir los gritos de placer para no llamar la atención de nadie.

Exhaustos, quedaron abrazados largo rato, hasta que su respiración agitada se calmó.

- “¿Entonces, me llevarás?”, preguntó dulcemente Legolas

*

Al día siguiente, el ejército estaba reunido. Los últimos orcos que quedaban en esas regiones se habían retirado y la ciudad estaba relativamente bien defendida por los hombres que se quedarían.

Aragorn había terminado por ceder al deseo de Legolas de acompañarlos, pues conocía bien la obstinación de su elfo y no dejaba de tener razón en los argumentos expuestos, especialmente en el último.

El elfo tenía el brazo atado al cuerpo, inmovilizado para que no sufriera mayores daños, aunque la fractura estaba sanando rápidamente, pues esa es la habilidad de los elfos. Legolas montaba a su caballo Arod, llevando en la grupa a Gimli, y marchaba detrás de Aragorn, quien encabezaba su, junto a Gandalf y los hijos de Elrond. Las otras compañías eran encabezadas por Haldir, Éomer e Imrahil.

Se despidieron de Merry, quien había sido convencido por Aragorn y Legolas de quedarse, pues aún no había recuperado del todo las fuerzas. El hobbit se quedaría en compañía de Bergil, pues el padre de éste también marchaba a la última batalla.

Aragorn dio la orden y al sonido de las trompetas, el ejército comenzó a desplazarse hacia el este. Cabalgaron hacia Osgiliath, donde llegaron al medio día. Aragorn observó a su elfo, que no parecía fatigado. Legolas levantó el rostro y le sonrió. Hicieron un pequeño alto para comer y luego partieron en dirección a Minas Morgul.

Les tomó once días llegar a la Puerta Negra, pero no llegó el ejército completo, pues al llegar cerca del Paso de Cirith Gorgor, muchos hombres se detuvieron asustados, negándose a continuar. Aragorn les permitió irse, pues sintió piedad pir ellos, pero les encomendó custodiar Cair Andros, para que conservaran su honor intacto. Legolas se maravilló de la indulgencia y sabiduría de Aragorn, se veía tan majestuoso como sus antepasados de los días de gloria. Pero el recuerdo de las crueles palabras de Elrohir lo devolvieron bruscamente a la realidad y sólo suspiró, alejándose.

Las noches transcurrían expectantes, los vigías custodiaban, pero los hombres apenas dormían. Legolas dormía con Gimli y Pippin, mientras Aragorn lo hacía con Gandalf, Elladan y Elrohir. Haldir y Finwë eran inseparables y compartían las guardias, para dormir luego abrazados, pues Haldir no hacía nada para ocultar su amor, causando la sorpresa de muchos.

Una noche, Aragorn se acercó donde su elfo preparaba las mantas en las que pasaría la noche. Se sentó a examinarle el brazo, que había soldado por completo durante el viaje. El humano le quitó los vendajes y le masajeó suavemente hombro y brazo con un ungüento especial.

- “El día se acerca, amado mío”, susurró Aragorn

- “Triunfaremos, de eso no dudo. Sólo temo que nuestros amigos puedan ser sacados de ese horrible lugar antes de que los destruyan”, contestó el elfo.

Aragorn acarició la pálida mejilla y se inclinó para besarlo.

- “¡Elessar! Tu guardia se aproxima”, dijo Elrohir acercándose.

Aquello ya era demasiado. Durante todo el viaje el elfo había estado tras él, sin dejarle tener un solo momento de privacidad con Legolas, y haciendo oír comentarios mordaces que entristecían al bello elfo rubio. Aragorn decidió que era suficiente y se iba a levantar para replicar, cuando la réplica llegó de una fuente por demás inesperada.

- “¡Elrohir! Te he estado buscando, ¡ven aquí!”, exclamó Finwë y uniendo la acción con la palabra, tomó al elfo del brazo y lo alejó de allí. Elrohir estaba demasiado sorprendido para protestar, ¿qué le pasaba al pequeño elfo? Siempre había tenido una naturaleza dulce y no entendía la ira que veía ahora en sus verdes ojos.

- “¡Deja ya de estar sobre Aragorn y Legolas!”, le increpó severamente

- “Eso no es asunto tuyo”

- “Lo es, desde que mortificas a mis amigos y te expones a una situación como esta, ¿en qué estás pensando?”, continuó el molesto Finwë.

- “En mi hermana”, confesó Elrohir

- “Amigo mío, sé que es difícil”, la voz se le dulcificó nuevamente, “pero tú no puedes hacer nada, ellos se aman. Déjalos resolver sus propios problemas”

- “¡No! tú no entiendes, mi familia dio todo a Aragorn, incluso mi padre que no lo deseaba, terminó por darle la mano de su hija, mi hermana, la más bella elfa de la Tierra Media, ¡nosotros confiamos en él!”, gritó Elrohir, “¡Él no puede traernos esa vergüenza!”

- “Nada puedes hacer contra su amor, ¿no lo ves?”, dijo Finwë dulcemente, “ellos han llegado hasta aquí gracias a él, no se extingirá tan fácilmente…”

- “¡Eso veremos!”, exclamó Elrohir alejándose. Sin embargo, desde ese día, dejó de seguir a Aragorn e hizo como si no le importaran las breves charlas que éste sostenía con Legolas.

Luego de una escaramuza con orcos y hombres del oeste, de la que salieron bien librados, volvieron los Nazgül, y los vigilaron desde entonces, a gran altura, visibles sólo a los ojos de los elfos. La aparición de los espectros trajo la desesperanza nuevamente, pues les recordó que quizá no volverían de ese viaje. Legolas se puso particularmente sensible, pero esto fue notado sólo por Aragorn y Gimli, que lo conocían bien. La experiencia de dar muerte al rey de los espectros aún estaba demasiado cerca.

El onceavo día, al anochecer, hicieron el último campamento y encendieron hogueras. Casi nadie durmió, atemorizados por sombras que veían en la oscuridad, y por los aullidos de los lobos. La oscuridad era cerrada, y las nieblas de Mordor brotaban de la tierra. Fue una fría noche, en la que Aragorn buscó la compañía de Legolas, y esperaron juntos el amanecer, tomados de la mano.

Al hacerse la luz, pudieron ver el baluarte de Cirith Gorgor, y en el centro mismo la Puerta Negra, flanqueada por las dos Torres de los Dientes, altas y oscuras. Habían llegado al fin y ante sus ojos se mostraba la inutilidad de aquél heroísmo, ¿cómo podrían atacar con esperanza esas torres y murallas? No contaban con máquinas de guerra y en todos los rincones sabían que existían criaturas al acecho. Los Nazgul aparecieron nuevamente sobrevolando las Torres de los Dientes, pero el enemigo no aparecía.

Aragorn dispuso el ejército en dos grandes columnas de piedra que allí existían y cabalgó hacia la Puerta Negra con una fuerte guardia de caballería, llevando el estandarte, y acompañados por los heraldos y los trompetas. A la cabeza iban Gandalf de primer heraldo, y Aragorn con los hijos de Elrond, Eomer, Imrahil y Haldir. Legolas, Gimli y Peregrin fueron invitados a seguirlos, pues deseaban que todos los pueblos enemigos de Mordor contaran con un testigo.

Los heraldos entonces llamaron al Señor Oscuro, desafiándolo a salir y reparar los daños causados al Rey de Gondor. Al cabo de un rato, en que un espantoso silencio llenó la tierra, se oyeron tambores y cuernos y el batiente central de la puerta negra se abrió, dejando salir al hombre conocido como Boca de Sauron, pues hacía tantos años que estaba al servicio del Señor Oscuro, que había olvidado su propio nombre. Se decía que dominaba las artes de la hechicería y que era más cruel que los orcos.

Este embajador miró burlonamente a los capitanes del oeste, mofándose de ellos.

- “¿Hay en este patético ejército alguien con suficiente autoridad para tratar conmigo?”, preguntó burlón, luego se volvió a Aragorn “¡No tú, desde luego! Pues un rey no se hace con un trozo de vidrio élfico, ni con los favores de un príncipe…”, dejó esta última frase en el aire, regocijándose de la mirada de dolor en los ojos de Legolas. ¡Ah, razón había tenido su Señor Sauron al transmitirle ese dato!

Pero Aragorn no respondió, sólo clavó la mirada en los ojos del mensajero, y la sostuvo largo rato, hasta hacerlo retroceder acobardado, tal era la fuerza de su mirada. Gandalf intervino entonces, para oír las propuestas de Boca de Sauron. Sin embargo, la voluntad de todos flaqueó al mostrarles este emisario la espada de Sam, la capa élfica de Frodo y la cota de malla de mithril.

El mago, sin embargo, se sobrepuso, y lo instó a plantear las condiciones de Sauron para liberar a sus amigos.

- “La chusma de Góndor se retirará en seguida a la otra orilla del Anduin, jurarando no atacar nunca más a Sauron el Grande con las armas, abierta o secretamente. Todos los territorios al este del Anduin pertenecerán a Sauron para siempre y sólo a él. Las tierras que se extienden al oeste del Anduin hasta las Montañas Nubladas y la Quebrada de Rohan serán tributarias de Mordor, y a sus habitantes les estará prohibido llevar armas, pero se les permitirá manejar sus propios asuntos. No obstante, tendrán la obligación de ayudar a reconstruir Isengard, que ellos destruyeron para nada, y la ciudad pertenecerá a Sauron, y allí residirá el lugarteniente de Sauron: no Saruman sino otro, más digno de confianza”

Mas Gandalf no aceptó, pidiendo primero que muestren a los prisioneros. Luego arrebató los objetos de sus amigos y dijo que no aceptarían esas condiciones, echando de allí al emisario.

Boca de Sauron se retiró enfurecido, y apenas llegó a la puerta, el Señor Oscuro soltó la trampa que había preparado. Una enorme hueste se precipitó desde Mordor, otro del Ered y un tercero de las colinas del Morannon. Pronto estarían rodeados. ¡El plan había tenido éxito! Sauron había mordido el anzuelo, concentrando todas sus fuerzas en ellos.

Aragorn y Gandalf empezaron a preparar la batalla, poco tiempo les quedaba. Se situaron en las dos colinas, con los hombres de Rohan y Dol Amroth, mientras los elfos y los dunadan se ubicaban frente a Mordor, encabezados por Haldir, Legolas, Elladan y Elrohir. Los Nazgul pronto hicieron su aparición, destruyendo la última esperanza.

El primer ataque cayó sobre ellos, una lluvia de flechas de los orcos, que fue repelida por otra similar de los elfos. Luego siguió una compañóa de trolls que destrozaban a los hombres de Gondor, golpeando con sus mazas. Las fuerzas de los defensores empezaba a flaquear. Aragorn combatía al pie de su estandarte, pero los ojos le brillaban y se esforzaba por ver hacia el llano donde peleaban los elfos. Gandalf estaba en lo alto de la colina, observando. De pronto, se estremeció y gritó:

- “¡Llegan las Águilas!”

Los elfos observaron el cielo con su vista penetrante y pronto confirmaron la noticia:

- “¡Llegan las Águilas! ¡Llegan las Águilas!”

Los soldados de Mordor vieron venir entonces a Gwaihir, el Señor de los Vientos, y a su hermano Landroval, las más grandes de todas las Águilas del Norte. Detrás de estas águilas, llegaban todos sus vasallos de las montañas del norte, lanzándose sobre los Nazgül, que huyeron de pronto, al oir un grito terrible en la Torre Oscura.

En ese instante también, los ejércitos de Mordor se estremecieron, pues habían percibido algo: el Poder que los guiaba ya no estaba con ellos. ¡El Anillo había sido destruido! En vano intentaron la retirada, pues los Capitanes del Oeste lo notaron y actuaron de inmediato, abriéndose paso.

De pronto, la tierra se estremeció bajo los pies de los hombres, y una oscuridad invadió el cielo, causando que las Torres de los Dientes se desmoronaran, al igual que las murallas y la Puerta Negra-

- “¡El reino de Sauron ha sucumbido!” gritó Gandalf, “el Portador ha cumplido la
Misión”

Los enemigos se dispersaban en rápida fuga, mientras el poder de Mordor se desintegraba. Gandalf dejó a Aragorn al mando de la batalla y fue sobre Gwaihir a buscar a Frodo dentro de Mordor, seguido por Landroval, y por el joven y veloz Meneldor.

Aragorn dio las últimas órdenes a sus tropas y corrió en busca de su elfo, a quien encontró asistiendo a Haldir, herido en el brazo por un troll. Finwë se encontraba no lejos de allí, protegiéndolo de cualquier artero ataque, mas los enemigos casi habían desaparecido.

Al verlo, Legolas se puso de pie y se abrazaron en silencio, ¡al fin todo había terminado!

- “¡Salve, mi Rey y señor!”, susurró el elfo a su oído, lleno de orgullo.

- “Tu rey no, tu esclavo”, le respondió Aragorn, con la voz cargada de emoción.

- “¡Frodo¡ ¡Frodo!”, gritó Gimli, que se acercaba corriendo seguido de Pippin, señalando al cielo, donde se veía llegar a las águilas trayendo a sus amigos.

*

Sam y Frodo fueron llevados a Ithilien y atendidos por Aragorn. Allí descansaron hasta reponer sus fuerzas. Los hombres los admiraban por sus hazañas y el rey mismo les rindió tributo delante de todos. Luego, fueron conducidos a una enorme tienda donde se había preparado un festín para agasajarlos y celebrar la victoria. Compartieron la mesa del rey, junto con Pippin y todos sus amigos. Sam no podía creelo, y comentó con Pippin

- “¡Trancos! Quién lo hubiera dicho”

Aragorn lo oyó y respondió divertido

- “Sí, Trancos. Aún recuerdo cuando dijiste que no te gustaba mi aspecto. Hemos recorrido desde entonces, un largo camino, amigo mío, y a mí me falta aún un trecho por recorrer”, dijo mirando a Legolas, que le sonrió.

La cena transcurrió alegremente y luego de ella, los miembros de la compañía se reunieron bajo los árboles y hablaron hasta casi el amanecer. Los orcos, los árboles parlantes, las praderas de leguas interminables, los jinetes al galope, las cavernas relucientes, las torres blancas y los palacios de oro, las batallas y los altos navios surcando las aguas, todo desfiló ante los ojos maravillados de Sam y Frodo.

Cuando todos se retiraron al fin a descansar, Legolas dijo que iría a caminar por los bosques y se alejó, seguido por Aragorn. Recorrieron juntos esos parajes y el elfo declaró que algún dia viviría en esa hemosa tierra, siendo secundado por el humano que le prometió construirle un palacio. Durmieron abrazados en la hierba, como habían hecho tantas veces en Lórien, la cabeza de Legolas reposaba sobre el hombro de Aragorn que lo abrazaba protectoramente de la cintura.

Al día siguiente, el ejército se preparaba a regresar a Minas Tirith. Los fatigados descansaban y los heridos eran curados. El viaje fue ligero y alegre, y al llegar a la ciudad, levantaron las tiendas para descansar, pues el Rey entraría por las puertas a la salida del sol.

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Lothlórien
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Arwen no podía creer las noticias. ¡Legolas vivo! Las águilas trayeron las últimas nuevas de Mordor, el enemigo había sido al fin derrotado. El ejército victorioso había ido a descansar a Ithilien, llevando al Portador, que estaba herido. Ahora se dirigían a Gondor, donde Aragorn sería coronado. Lo acompañaban los señores de Rohan y Dol Amroth, los dunadan y los elfos, representados por Elladan, Elrohir, Haldir y Legolas, además de Gandalf y los hobbits. El regocijo era general en Lothlórien, donde los galadhrim preparaban el viaje de sus señores a Gondor.

Elrond mismo se sentía inmensamente aliviado, al fin podría hacer su viaje al Oeste, para reunirse con su amada Celebrian. Dejaría Rivendel a cargo de sus hijos y Glorfindel, y a su hija en el trono de Gondor, convertida en reina. Sin embargo, no comprendía porque ella no se veía tan contenta como debiera estarlo, como si alguna oscura preocupación turbara la dicha que debería sentir. Se dijo que serían los nervios del momento, y se unió a los preparativos, pues partirían en dos dias.

Arwen se sentía traicionada, ella misma vio morir al rubio elfo, ¿sería uno de los trucos del Señor Oscuro? Pero ahora él no existía y ella tenía que saber…Había evitado acercarse al Palantir desde la vez que vio a Legolas, pero lo había llevado consigo a Lothlórien, oculto entre sus cosas personales. No lo volvió a mirar pues temía que Galadriel sospechara algo, su abuela le había dado una significativa mirada. Pero el peligro había pasado, y sola en sus aposentos, escrutó nuevamente la piedra.

Lo que allí vio fue una explosión y enormes bolas de fuego, tan reales que por un momento sintió que la piedra ardía. Luego en el humo se fueron formando algunas figuras, pudo distinguir a las águilas que llevaban en su espalda a Gandalf, Frodo y Sam, vio también el campo de batalla, donde oscuras figuras huían, y otras de rubios cabellos observaban el cielo. Entonces, entre esas figuras, distinguió otras dos, una de cabellos rojos, que se confundían con las llamas y a su lado otra de cabello oscuro que abrazaba a alguien más. Las llamas danzaron alrededor de estas dos últimas figuras, confundidas en un abrazo, cabellos negros y cabellos rubios, un humano y un elfo, ¡Aragorn y Legolas!

Cubrió la piedra inmediatamente. Había tomado su determinación, sólo quedaba una cosa por hacer y no vacilaría. Sería reina. Lo demás no tenía importancia.

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Gondor
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Entre tanto, en Gondor, Faramir había encontrado en la Dama Eowyn una bella mujer y una excelente enfermera, tanto para su cuerpo como para su espíritu. Los días que siguieron a la partida del ejército, los pasaron juntos, y al quinto día Faramir confesó su amor y fue aceptado por ella, compartiendo ambos la tranquilidad de las Casas de Curación hasta que las nuevas de la victoria y del regreso del rey llegaron a la ciudad.

Al amanecer, el ejército victorioso entró a la ciudad, siendo admirados por la gente que los veía pasar. Se ubicaron en filas cerca de la muralla, y esperaron. La puerta de la ciudad aún no había sido reconstruída, pero en su lugar se había colocado un barrera, delante de la cual se hallaba Faramir, Eowyn y los capitanes de la Marca. A los lados de la puerta había congregada una multitud que deseaba ver a su rey.

Hubo un silencio total cuando del ejército de dunadan se adelantó Aragorn, vistiendo una cota de malla negra, cinturón de plata y un manto blanco y largo sujeto al cuello por la gema entregada por Arwen. También llevaba una estrella en la frente, sujetada por una banda de plata. Legolas lo observó desde su lugar con los elfos, sabía que debía llevar la gema, pero esto le produjo un gran pesar.

Acompañaban a Aragorn los hobbits, Gandalf, Éomer y el príncipe Imrahil. Los hobbits arrancaron exclamaciones de asombro a la multitud, mas Ioreth, que se encontraba en primera fila, explicó a su prima y a quienes quisieron oírla, quiénes eran y cómo dos de ellos habían salvado al Señor Faramir y al “amigo” elfo del Señor Aragorn, ahora Elessar.

Luego sonaron las trompetas y Faramir se adelantó con las Llaves de la Ciudad y cuatro hombres que portaban un cofre negro con guarniciones de plata. Faramir entonces se arrodilló a los pies de Aragorn y solicitó renunciar a su mandato como senescal. Luego, se puso de pie y gritó

- “¡Hombres de Gondor, escuchad ahora al Senescal del Reino! Alguien ha venido por fin a reivindicar derechos de realeza. Aragorn hijo de Arathorn, jefe de los Dúnedain de Arnor, Capitán del Ejército del Oeste, portador de la Estrella del Norte, el que empuña la Espada que fue forjada de nuevo, aquel cuyas manos traen la curación, Piedra de Elfo, Elessar de la estirpe de Valandil, hijo de Isildur, hijo de Elendil de Númenor. ¿Lo queréis por Rey y deseáis que entre en la ciudad y habite entre vosotros?”

Y no hubo un solo hombre, mujer o niño que dejara de gritar “¡Sí!”. Entonces los guardias se adelantaron abriendo el cofre y Faramir continuó.

- “La costumbre de antaño era que el Rey recibiese la corona de manos de su padre, antes que él muriera; pero en este caso esto no será posible, e invocando mi autoridad de Senescal, he traído hoy aquí de Rath Diñen la corona de Earnur, el último Rey, que vivió en la época de nuestros antepasados remotos.”

Faramir levantó la corona antigua, con la forma de los yelmos de los Guardias de la Ciudadela, pero era más espléndida y enteramente blanca, y las alas laterales de perlas y de plata imitaban las alas de un ave marina, ya que era elvemblema de los Reyes venidos de los Mares; y tenía engarzadas siete gemas de diamante, y alta en el centro brillaba una sola gema cuya luz se alzaba como una llama.

Aragorn tomó la corona en sus manos, y levantándola en alto, dijo:

- “Et Earello Endorenna utúlien. Sinome maruvan ar Híldinyar tenn'Ambarmetta!”, («Del Gran Mar he llegado a la Tierra Media. Y ésta será mi morada, y la de mis descendientes, hasta el fin del mundo.»)

Pero, ante el asombro de casi todos, no se la puso y la devolvió a Faramir, pidiendo que fuese Frodo quien le trajera la corona y Gandalf quien se la pusiese, ya que sin ellos la victoria no había sido posible.

Frodo se adelantó con Gandalf y tomó la corona. Aragorn se arrodilló en el suelo y el mago lo coronó, exclamando:

- “¡Los días del Rey han vuelto, y ojalá que sean venturosos mientras perduren los tronos de los Valar!”

Aragorn se levantó y todos lo contemplaron en silencio. Alto y majestuoso, tenía la grandeza de los hombres de Númenor, su noble frente, que no era la de un joven, era asiento de sabiduría reflejada en sus ojos, sus manos fuertes tenían el poder de curar y cuando estaba en batalla no había hombre más valiente que él. La mirada del nuevo rey recorrió a su ejército, posándose cariñosamente en la persona que le había dado las fuerzas para continuar, cada vez que su voluntad flaqueaba. El elfo estaba junto a su inseparable amigo Gimli, y Haldir y Finwë estaban del otro lado. Sus miradas se encontraron, el elfo resplandecía de alegría y se veía más bello que nunca.

Entonces, Faramir exclamó:

- “¡He aquí el Rey!”

Y todas las trompetas sonaron al paso del soberano, que atravesó las calles cubiertas de flores y entró en la ciudadela siendo vitoreado por todos. Faramir lo condujo hacia el edificio principal, llamado Palacio de los Reyes, en donde había un magnífico festín aguardándolos.

Allí, Aragorn se sentó en el trono real, siendo acompañado por los Capitanes del Oeste y por los hobbits, a quienes otorgaba un lugar preferente. La fiesta y el regocijo duraron hasta el anochecer, pues allí se sucedieron desayuno, almuerzo y cena, todo ello acompañado de exquisitos vinos y canciones compuestas por los juglares especialmente para la ocasión, realzando las hazañas de cada uno de ellos, pero de forma deferente, la de Frodo. Sin embargo, existieron algunos momentos de tensión entre los elfos por ciertos comentarios mordaces que dirigiera Elrohir a Legolas, pero no pasaron a mayores por la rápida intervención de Elladan, quien logró contener a su impetuoso hermano, mientras Haldir hacía lo propio con Legolas.

El rey llamó un momento aparte al enano y ambos estuvieron charlando animadamente, resultando de aquella conversación que un mensajero partiera de inmediato hacia el más próximo de los reinos de los enanos, con un encargo sumamente especial.

Se dispusieron también las habitaciones de los nuevos residentes del palacio y de sus invitados, otorgándose al Rey la más regia de todas, con un balcón enorme que le permitía dominar la sombría terraza de piedra. Aragorn recorrió las instalaciones examinándolo todo con atención. Se prometió a sí mismo llenar de jardines ese palacio gris, así su elfo estaría contento y no echaría tanto de menos los árboles de su hermoso reino, que gustoso había dejado por seguirlo.

La habitación de Legolas estaba en la segunda planta, junto a la del soberano, y había una puerta que las comunicaba internamente, pues habían pertenecido antes a la esposa del senescal. El baño de mármol negro era de especial magnificencia y una enorme tina en el centro presagiaba placenteros momentos. Aragorn ordenó llenar esa habitación y el baño de plantas, flores y frutas, buscando complacer a su hermoso ocupante. ¡Esa noche estarían juntos de nuevo! Pero aún debían ser cautos. Eso le recordó la promesa incumplida y la charla pendiente y una nueva punzada de culpabilidad lo sustrajo de sus hermosos sueños.

La fiesta casi había llegado ya a su fin, pues los guerreros, si bien se encontraban felices, también estaban fatigados. Los elfos cantaban hermosas canciones, maravillando a quienes los oían, pero poco a poco todos se fueron retirando. El primero en levantarse fue Finwë, ya que pasados los efectos del vino élfico, sentía mucho sueño. Haldir le hizo un guiño de complicidad, pues pronto lo alcanzaría. El joven elfo sonrió, pues Aragorn les habia asignado con muy buen sentido, una sola habitación.

Al abrir la puerta, Finwë lanzó una exclamación de admiración, jamás había estado en una habitación tan magnífica. Sólidos muebles de fina caoba tallada daban a la vez una sensación de sobriedad y elegancia. Allí había un tocador con un enorme espejo con marco de bronce, una mesa, algunas sillas y un ropero empotrado en la pared de piedra. Finos adornos de porcelana realzaban la elegancia del aposento, que poseía también dos enormes ventanales cubiertos por finas cortinas. En el centro de la habitación se alzaba un poste de madera sólida, también tallado, sin que hubiera algún propósito aparente para su existencia, aunque sugirió al elfo una gama de posibilidades.

Pero lo que más llamaba la atención era una enorme cama, tan grande que allí hubieran cabido cuatro personas. La cama estaba tendida con blancas sábanas de seda y sobre ella se hallaban las más finas ropas de dormir que el joven elfo hubiera visto. Las acarició con las manos sintiendo su suavidad, ¡era todo tan magnífico!

La estancia estaba iluminada por la luz de varias lámparas, que Finwë fue apagando, hasta quedar en penumbras. Luego se desprendió de sus armas, dejándolas cuidadosamente sobre la mesa, y se desnudó, observando su cuerpo con ojos críticos a través del espejo. Necesitaba un buen baño, de modo que se dirigió a la puerta al fondo de la habitación y la abrió, quedándose extasiado con el elegante cuarto de baño de mármol blanco y la tina que en él había. Gracias a un ingenioso sistema de calefacción central, ideado por un hobbit, era posible contar con agua caliente y fría, por lo que el elfo preparó él mismo su baño, utilizando aceites aromáticos, y se sumergió con deleite en él.

Al cabo de un rato, salió envuelto en una bata azul con finos bordados, y se sentó al tocador para cepillarse el rojo cabello. Luego se contempló una vez más, y satisfecho con el resultado, se quitó la bata y se acostó desnudo en la cama. Pero el cansancio pudo más y Haldir no llegaba, de modo que cuando al fin el guardián de Lórien hizo su aparición, halló a su amado profundamente dormido.

Haldir sonrió, se había tardado demasiado hablando con Legolas. No deseaba despertar a su amado, de modo que se desnudó en silencio y tomó a su vez un baño, para luego deslizarse en la cama junto al cálido cuerpo de Finwë, que se acomodó entre sus brazos, sin despertar. El rubio elfo no tenía sueño aún, y se sentía maravillado de la suavidad de la piel de su pequeño elfo, que dormía con la cabeza sobre su pecho, con el hermoso cabello desordenado. Su espalda desnuda estaba a la vista, pues la sábana se había deslizado, cubriendo tan sólo parte de la cintura, lo suficiente para tapar la exquisita redondez en el joven cuerpo. Haldir se entretenía en acariciarle la espalda, palpando los firmes músculos con especial deleite, cuando un golpe en la puerta lo sacó de su ensueñ y Elrohir entró, cerrando tras de sí, visiblemente turbado.

- “¿Qué sucede Elrohir?”, dijo él, sin hacer nada por cubrir la espalda de su amado que dormía aún.

- “Te pido disculpas por entrar así, amigo mío”, dijo Elrohir en voz baja, “pero un criado venía por el pasillo y no deseo ser visto”, continuó.

- “¿Y por qué tanto misterio? ¿Sobre qué deseas hablarme?”, preguntó intrigado Haldir.

- “Yo…lo siento…quería hablarte de él…de Legolas. Pensé que estarías solo, será mejor que vuelva en otro momento…”, contestó Elrohir, posando sus ojos sobre la figura dormida, y los dejó vagar deteniéndose en el lugar que la sábana apenas cubría “¡Oh Elbereth! ¡Es tan hermoso!”

Haldir sonrió. El momento que buscaba había llegado.

- “Lo deseas, ¿verdad?”, preguntó. No había celos en su voz, sólo entendimiento, producto de la confianza ganada en tantas noches compartidas.

Elrohir no respondió, en lugar de eso, extendió la mano en dirección a la espalda desnuda de Finwë como atraído por alguna irresistible fuerza, pero luego la dejó caer y miró a Haldir.

- “Amigo mío, sé lo que te aflige, pero no quieras cargar sobre tus hombros los problemas de otros. Esta noche, al menos, permítete descansar, y disfrutemos los placeres que compartimos un día. Tócalo”, susurró el rubio elfo, retirando su mano de la cintura de Finwë.

El elfo de Rivendel no pudo resistir esa invitación y, sentándose a un lado de la cama, posó su mano sobre la suave piel, acariciándola de arriba hacia abajo, ante la mirada de aprobación de Haldir.

Un discreto golpe en la puerta los distrajo. Elrohir se apresuró a abrir. Era Elladan, quien echándolo de menos, había sospechado dónde se encontraba y venía a buscarlo. Traía un pantalón de seda color azul marino y una bata del mismo color y material. Los hermanos intercambiaron una elocuente mirada y Elladan, comprendiendo el mensaje, se apresuró a acercarse a la cama, despojándose de la bata, y se recostó junto a Haldir.

- “Haldir, mucho tiempo llevamos sin compartir nuestros placeres. Me alegro de que este momento al fin haya llegado y que se nos pueda unir tu bello compañero”, dijo besándolo ligeramente en los labios.

En ese momento, Finwë se movió en sueños, colocando su pierna izquierda sobre el cuerpo de Haldir, de modo que la sábana que lo cubría se deslizó, dejándolo desnudo y expuesto a las lujuriosas miradas de su compañero y de los gemelos.

Las manos de Elrohir se apoderaron de sus nalgas, que acariciaba haciendo círculos. El joven elfo, perdido en sus sueños, comenzó a mover las caderas buscando más contacto para tales caricias, que se hicieron más urgentes cuando las manos de Elladan se unieron a las de su hermano, mientras Haldir masajeaba cuidadosamente cuello y hombros.

Finwë entreabrió los ojos y los vio. Los volvió a cerrar y los abrió nuevamente y continuaban allí. Sobresaltado, se sentó sobre la cama cubriéndose con la sábana.

- “¿Haldir? ¿Qué está pasando?”, preguntó, arrancando una franca sonrisa del rostro de su compañero. “¡Elbereth, qué ingenuo puede ser a veces!”, se dijo Haldir.

- “¿Recuerdas lo que te pedí hace unas semanas, en las Casas de Curación?”, dijo con un guiño, “pues bien, el Anillo ha sido destruido, la pesadilla terminó, y creo que merecemos alguna diversión”, y rápidamente le quitó la sábana, atrayéndolo luego de los hombros para besarlo apasionadamente. ¡Ese elfo lo enloquecía!

Finwë correspondió el beso con igual pasión, sientiendo las manos de Elrohir recorriendo su cuerpo. Elladan se entretenía entre tanto, besando a Haldir en el cuello y la espalda y acariciando su pecho. Entonces, el joven elfo recordó algo, y susurró en el oído de Haldir unas palabras que hicieron que el apuesto guardián de Lórien sonriera maliciosamente, dándole su aprobación.

El joven elfo pelirrojo se levantó entonces, evitando juguetonamente las caricias de Elrohir, y se dirigió al poste. Seductoramente, bailó moviendo las caderas, al tiempo que su cuerpo rozaba el poste con sensuales movimientos. Elladan se sentó en la cama a disfrutar el espectáculo, mientras Haldir buscaba algo entre sus cosas. Elrohir, sin embargo, no quería dejar de tocar ese cuerpo que tanto anhelaba poseer nuevamente y se puso de pie tratando de abrazarlo, pero Finwë lo esquivaba hábilmente sin dejar de mover enloquecedoramente las caderas, al tiempo que lo desnudaba. De pronto, cuando Elrohir estuvo desnudo, le apoyó la espalda al poste y cayó de rodillas, tomando el miembro erecto de él entre los labios.

Elrohir lanzó un gemido y se apoyó más en el poste, cogiendo la cabeza de Finwë y empujándola hacia delante para aumentar la sensación, cuando fue aprisionado por una cadena, que rápidamente fue ajustada al poste con un candado que se cerró de un chasquido.

- “¿Qué es esto? ¡Haldir!”, gritó enfurecido, pero ya otra cadena era puesta, ajustando el abrazo, de modo que quedó atado al poste y sin posibilidad de moverse, a pesar de que se debatía furiosamente.

Finwë se había deslizado donde estaba Elladan y, rodéandole el cuello con los brazos, le dirigió algunas palabras al oído, mientras mordía suavemente el lóbulo.

- “¡Elladan, hermano! ¿No vas a ayudarme?”, clamaba Elrohir

- “Lo siento, hermano, creo que no…hay cosas a las que no puedo negarme…”, contestó Elladan mientras su boca era aprisionada por la de Finwë en un apasionado beso. ¡El muchacho había aprendido mucho!, Elladan se dijo que Haldir era un excelente maestro.

Los forcejeos y protestas de Elrohir serían oídos por todo el palacio, de modo que Haldir, quien en todo momento había estado detrás del poste, divirtiéndose mucho con la situación, decidió amordazarlo también, y lo hizo sin previo aviso, pasando la mordaza por la boca de Elrohir y atándola firmemente por detrás del poste, con lo que le inmovilizó completamente la cabeza. Luego comprobó las ataduras, pues no deseaba correr ningún riesgo, bastante conocía el temperamento de su antiguo amor.

El elfo de Lórien se unió a la pareja que se besaba en la cama y suavemente despojó a Elladan de sus pantalones, tomando su miembro entre sus hábiles manos. Los gemidos de placer no tardaron en oírse, aumentando su intensidad cuando Haldir usó sus labios para continuar la deliciosa tortura. Finwë entonces tomó a su vez el miembro de Haldir entre sus labios y comenzó a succioarlo tan deliciosamente que pronto el elfo de Lórien unió sus gemidos a los de Elladan.

Elrohir, pasado ya su furor, miraba la escena, impotente. La posición en la que estaba Finwë, de rodillas, con los codos apoyados en la cama y la cara hundida en el rostro de Haldir, le proporcionaban una vista deliciosa. Su miembro se erguía mientras él trataba en vano de soltarse.

De pronto, Elladan advirtió lo que estaba haciendo el joven elfo, e inclinó su cuerpo hacia un costado, tomando a Finwë por las caderas, para luego clavar su lengua en la parte más sensible de su amigo, mientras sus manos jugaban con su miembro. La tortura apenas comenzaba para el elfo atado, esta se acentuó cuando oyó los gemidos de Finwë suplicando que lo tomasen, mientras movía desesperadamente las caderas. Elladan deslizó el primer dedo, preparándolo, cuando fue detenido por Haldir.

- “Primero yo”, y reemplazó el dedo de Elladan por el suyo. Finwë se apresuró a succionar con deleite el miembro del elfo de Rivendel, recompensándolo por sus deliciosas caricias, mientras levantaba las caderas apoyándose en las rodillas para facilitar las acciones de su amado Haldir.

El miembro de Elladan era atendido con habilidad, mientras Finwë traviesamente miraba de reojo a Elrohir, que miraba la escena con los ojos vidriosos y una expresión de profunda lujuria que lo hacía increíblemente atractivo, a pesar de la mordaza. Entre tanto, Haldir había preparado su delicioso camino, deslizándose en él sin recibir resistencia alguna. El joven elfo empujaba para atrás, buscando mayor contacto, mientras jugaba con Elladan deslizando a su vez su dedo mojado en saliva.

Elrohir se agitó, golpeándose la cabeza, impotente, contra el poste. No podía ni siquiera mover las manos y tener un poco de alivio mientras veía a Haldir poseer al hermoso pelirrojo que, entre gemidos de placer, no dejaba de mirarlo.

Elladan se encontró pronto suplicando al joven elfo ser poseído, deseaba ardientemente sentir dentro suyo a aquél delicioso elfo que tanto placer le había dado. Finwë se apresuró a complacerlo, cambiando de posición y colocando a Elladan de costado, con una pierna levantada, y lo penetró suavemente. Haldir en ese momento se recostó también sin retirarse de Finwë y continuó sus deliciosos movimientos tomando a su compañero de las caderas para sostener sus acometidas, mientras miraba maliciosamente a Elrohir. Finwë y Elladan gritaban de placer mientras Haldir se movía. El elfo pronto aceleró sus movimientos y con un ronco gemido, se clavó en el cuerpo de su amado, derramando toda su semilla dentro de él. Finwë se extrañó un poco, pues siempre Haldir esperaba que él estuviera listo también, y lanzó un gemido cuando lo sintió retirarse, pero pronto se envolvió nuevamente en las sensaciones que le causaba estar dentro del gallardo Elladan, que se movía deliciosamente.

Haldir se acercó a Elrohir y le susurró al oído

- “Sin duda este es el mejor espectáculo que has visto en la Tierra Media”, sus manos rozaron juguetonamente el miembro erecto de su amigo. “Pero es mejor participar en él que actuar como espectador”, continuó, mientras su cálido aliento hacía estremecer la sensible oreja del elfo atado.

Haldir le quitó la mordaza, besándolo suavemente, como pidiendo perdón por sus acciones.

- “¡Ahhhhh Haldir! Me matarán…suéltame, te lo suplico…”, rogó Elrohir.

El elfo de Lorién lo miró apreciativamente, los hijos de Elrond eran considerados hermosos y altivos, y sin duda Elrohir lo era, pero verlo suplicar así lo hacía más atractivo.

- “Prométenos una cosa primero”, dijo pícaramente, pasando su lengua por los pezones del impotente elfo atado.

- “¡Lo que sea Haldir, pero suéltame!”

- “Deja en paz a Legolas, bastantes problemas tiene ya como para estar soportando tus comentarios hirientes”, las palabras fueron dichas con rapidez y firmeza.

- “¡Eso es un juego sucio! No puedo aceptarlo…”

- “Bien. Entonces, ¡Mira!”, respondió Haldir, dispuesto a retirarse.

- “…espera. Lo haré, lo prometo…¡suéltame!”, capituló Elrohir, en realidad se había ya dado cuenta de que era un caso perdido y eso era lo que había venido a decirle a Haldir, pero su orgullo…

Pronto estuvo libre, arrojándose sobre el cuerpo de Finwë que, junto con Elladan, habían disminuido el ritmo, esperando los próximos acontecimientos. El joven elfo miró a Haldir, y al recibir su mirada de aprobación, abrió su cuerpo a Elrohir, siendo poseído con el ímpetu que caracterizaba al elfo de Rivendel. Los tres continuaron moviéndose, mientras Haldir se inclinaba a besar a su adorado Finwë en los labios. – “Te amo, mi pequeño elfo de los bosques”, le susurró, alejándose a buscar algo entre sus cosas.

Elrohir sintió de pronto que su cuerpo era invadido por unos solícitos dedos. Con nostalgia, recordó el tiempo en que esas caricias eran cotidianamente prodigadas por las mismas manos y se preparó para la acometida que estaba por llegar. Haldir preparó a su antiguo amor y lo penetró con la rudeza que había caracterizado sus encuentros tantas veces.

Los cuatro se movieron al mismo ritmo urgente y sus gemidos se mezclaron. Finwë sintió arquearse el cuerpo de Elladan y tomó su miembro entre las manos, masajeándolo hasta que sintió el tibio líquido en sus manos y estalló a su vez, maravillado de la sensación, pues era la primera vez que hacía algo así, sintiendo casi al mismo tiempo la semilla de Elrohir inundándolo mientras el elfo gritaba su nombre, secundado por Haldir.

Cayeron exhaustos en una desordenada confusión de cuerpos y Haldir finalmente abrazó a Finwë, siendo abrazado por detrás por Elladan. Elrohir se levantó a buscar la sábana que habían arrojado momentos antes, y los cubrió, abrazándose a su vez a Finwë. Rieron y charlaron sobre esos placenteros momentos, hasta que se quedaron dormidos.

 

 

Capítulo 13: Olvido

“Did I ask too much / ¿Te he pedido mucho?
More than a lot / más que un montón de cosas?
You gave me nothing / No me diste nada
Now it's all I got / Es todo lo que obtuve
We're one / Somos uno
But we're not the same / pero no somos los mismos
Well we / Bueno, nosotros
Hurt each other / nos lastimamos uno al otro
Then we do it again / luego lo hacemos de nuevo”

One – U2


Esa misma noche, luego de concluido el festín, y al retirarse Finwë, Aragorn hablaba con Faramir, Eowyn y Éomer. La conversación se basaba principalmente en la próxima boda del último senescal de Gondor con la Dama de Rohan, que había llenado de regocijo a Aragorn pues la dama le era muy querida.

- “La boda será sin duda un gran acontecimiento. ¿Cuándo piensan casarse?”, preguntó Aragorn

- “En unos meses. Aún debo ayudar a mi hermano en la reconstrucción de su país”, contestó Eowyn. Éomer le sonrió.

- “Además, debo encontrar alguna ocupación para un senescal relevado de sus funciones”, replicó Éomer riendo por efecto del vino. Su hermana lo miró reprobadoramente, pero Aragorn intervino.

- “No creo que esto sea necesario para Faramir, Príncipe de Ithilien”, sonrió el rey, ante el asombro del propio Faramir, pues esto lo cogía completamente por sorpresa. – “sí, amigo mío, serás el príncipe de la hermosa Ithilien y resguardarás la frontera al mando de la Compañía Blanca. Sólo una cosa te pido, y es que hagas de esa ciudad la más hermosa del país de Gondor, pues deseo pasar algunas temporadas allá”, continuó Aragorn, recordando la promesa que hiciera a Legolas. El elfo se hallaba conversando con Haldir al otro extremo de la mesa.

- “Mi señor, me siento honrado. Se hará como has ordenado, e Ithilien se convertirá en la ciudad más hermosa en honor a ti y será el marco para engalanar aún más la belleza de la Dama de Rohan”

- “¿Y tú, señor? ¿también te casarás?”, preguntó Eowyn. El efecto del vino y de la alegría que acababa de recibir influyeron en que hiciera esa indiscreta pregunta, y se arrepintió al instante al ver la mirada de preocupación de Aragorn.

- “¡Pero claro, Eowyn!”, exclamó Éomer, aún bajo los efectos del alcohol. Legolas levantó la mirada, sus finos oídos élficos habían captado la conversación. “Gondor necesita herederos que ayuden a reconstruir su grandeza, y hay una alianza con los elfos que asegurará el éxito de esta difícil empresa, pues Aragorn desposará a la hermana de Elladan y Elrohir”

- “Aún falta mucho para que eso suceda”, dijo Aragorn. Había captado el dolor en la mirada de Legolas, y era obvio que la discreción no era la principal virtud de Éomer cuando se hallaba bebido.

- “Pero ellos se encuentran en camino, ¿verdad? Llegarán en tres días como máximo, me lo dijo el mismo Elrohir”, insistió Éomer.

Legolas se despidió de Haldir e hizo una inclinación en dirección al otro grupo antes de levantarse de la mesa. Haldir hizo lo propio.

- “Es verdad lo que dices amigo mío. Sin embargo aún tengo un trecho que falta recorrer en este sendero, y en cuando a los herederos, aún me quedan muchos años por delante antes de necesitar el apoyo de un hijo”, respondió Aragorn.

- “Pero piensa en tu pueblo, ellos desearán asegurarse de la continuidad de tu estirpe. Denethor tuvo dos hijos que fueron el orgullo de Gondor, y aún lo es Faramir, ¿no quisieras…? ¡Ay!”, Eowyn pateó a su hermano fuertemente por debajo de la mesa haciéndolo callar.

- “Excúsenme, es tarde y mañana debo atender varios asuntos del reino”, dijo Aragorn retirándose. Estaba en la puerta cuando alcanzó a oir a Éomer preguntar, “¿Y yo qué hice?” a su hermana.

El rey se dirigió a las escaleras que llevaban a su recámara, pensando. Lo expresado por Éomer era el sentir de muchos de los habitantes de Gondor, necesitaba herederos, pues ya se hallaba en edad madura. Además una alianza con los elfos era beneficiosa para su pueblo. Pero amaba a Legolas, y no soportaría perderlo. Por un momento deseó no ser rey y poder vivir su vida como él quería, pero alejó esos pensamientos, no era así como lo habían criado. Tenía un pasado que reinvindicar como heredero de Isildur. Hablaría con Gandalf al día siguiente. Esa noche, solo deseaba el calor que hallaría en los brazos de su amado elfo.


*

Legolas se dirigió a su habitación en el lujoso palacio que, sin embargo, no era muy de su agrado pues no había un sólo rincón verde. Había oído lo que dijo Éomer y también las evasivas de Aragorn. ¿Es que aún dudaba? ¿O simplemente no quiso ventilar sus asuntos personales con extraños? Haldir le había aconsejado aguardar a que Aragorn mismo tomara la decisión y eso es lo que haría. ¡Cómo le hubiera gustado ser libre como Haldir y Finwë! Los dos eran felices, se les veía en los ojos y Legolas se alegró por sus amigos.

Con estos pensamientos, abrió la puerta de su habitación y quedó mudo de asombro. ¡Era bellísima! Los muebles eran de fina caoba, las sillas tapizadas de terciopelo verde, la cama labrada finamente, tenía un cubrecama del mismo color y también eran verdes las almohadas. Pero lo que más le gustó fue que toda la habitación estaba llena de flores, hermosos jarrones se hallaban en la mesa de noche, en el tocador, en las repisas, adornándolos con rosas rojas y blancas y ramas de helecho. También había plantas ornamentales dispuestas junto a la ventana, y el balcón estaba lleno de ellas. Las fuentes de fruta dispuestas en la pequeña mesa junto al balcón completaron su dicha, había allí uvas, manzanas y fresas silvestres que eran sus favoritas. Esto sólo podía ser idea de Aragorn. Legolas se sintió por primera vez en casa, mientras, sonriendo, se despojaba de sus ropas para dirigirse al cuarto de baño.

Una vez allí, tuvo ocasión de sorprenderse de nuevo, pues el cuarto de baño era todo de mármol negro y estaba adornado también con hermosas flores y plantas. El elfo se sentó en el borde de la bañera que empezó a llenar con agua tibia, que manaba de un grifo en forma de cabeza de dragón, luego tomó un frasco con escencia de rosas y arrojó parte de su contenido al agua. También encontró otro frasco lleno de pétalos de rosa que puso también en el agua.

Mientras esperaba que se llene la bañera, se comenzó a deshacer las trenzas mientras pensaba en su amado Aragorn. Esa noche era para ambos y sólo quería estar en sus brazos. Había resuelto no preguntarle nada respecto a Arwen y dejar que fuera él quien tomara la iniciativa, no tenía dudas sobre su amor, pero temía la reacción de Elrond. Aún así, seguiría a Aragorn mientras él lo quisiera a su lado, pues lo amaba como jamás amó a nadie. Esa noche sería especial, porque deseaba darle a su rey un regalo que le probaría a su vez cuánto lo amaba.


Aragorn entró a su habitación y se despojó de sus ropajes reales, colocándose tan solo una fina bata de seda negra, y se encaminó a la puerta que separaba su habitación de la de Legolas. Se sorprendió al no hallar al elfo allí, pero sus ropas ordenadas sobre el sofá le sugirieron hacia donde se había dirigido.

Silenciosamente se dirigió al cuarto de baño y se quedó parado en el marco de la puerta, admirando la vista que allí se ofrecía. Legolas estaba desnudo, sentado al borde de la bañera y había terminado de deshacer las trenzas de su cabello. El elfo se inclinó para probar el agua y se sumergió con gracia en la enorme bañera. Estuvo unos momentos bajo el agua y luego emergió. Sus miradas se encontraron.

- “Llegas tarde, mi señor. ¿Te gustaría acompañarme?”, dijo traviesamente el elfo.

- “Por supuesto”, respondió Aragorn despojándose de su bata y sumergiéndose a su vez. Allí, sus labios se encontraron y fue exquisita la sensación de besarse nuevamente, como si no lo hubieran hecho en mucho tiempo.

Aragorn comenzó a acariciar el cuerpo que adoraba y Legolas respondía con suaves gemidos, pero cuando el Rey hizo el primer movimiento para preparar a su amado, la mano del elfo lo detuvo.

- “Hoy no, amado mío, pues deseo hacerte un obsequio”, dijo el elfo, llevándose a los labios la mano de Aragorn.

- “¿Y cuál será?”, aventuró Aragorn

- “Hoy fuiste coronado Rey de los Hombres y mi corazón se llenó de dicha, por eso deseo hacerte un obsequio que sólo el Príncipe de Mirkwood puede dar a su rey, para demostrarle cuánto lo ama”, contestó Legolas besándolo con ardor, al tiempo que le sujetaba las manos.

Aragorn estaba un poco sorprendido, pero lo dejó obrar a su gusto, pronto se encontró dando gemidos de placer por las atenciones que recibía. El bello elfo enconces cambió de posición, quedando sentado en un ángulo de la bañera, y lo atrajo hacia él, sentándolo entre sus piernas. Aragorn se resistió un poco, pero el elfo era tanto o más fuerte que él, y lo dominó fácilmente mientras seguía acariciándolo con manos expertas. De pronto, los dedos de Legolas exploraron un lugar que no había sido tocado jamás y Aragorn se sobresaltó.

- “Relájate, mi señor. No te haré daño, jamás lo haría”, susurró el elfo a su oído, mientras continuaba con su exploración.

Aragorn trató de relajarse, las sensaciones que estaba creando Legolas eran muy placenteras y pronto comenzó a disfrutarlo moviendo las caderas en busca de mayor contacto, entonces, el elfo retiró los dedos y los reemplazó por algo más, al tiempo que le decía:

- “Este es mi regalo al rey de los hombres. Te amo, mi señor”, y empujó suavemente para introducirse en él.

El Rey pegó un respingo, esto era más doloroso de lo que había pensado, pero las hábiles manos de Legolas atendían otras partes de su cuerpo y palabras de amor en élfico eran susurradas a sus oídos. Lentamente se dejó llevar. El agua ayudaba, y pronto se completó la unión.

- “¡Ohhhhhhhhh Legolas, esto es maravilloso!”, gemía Aragorn mientras su amante iniciaba el movimiento.

- “¡Aragorn, se siente tan bien!”, gemía a su vez Legolas

Estuvieron así por un largo momento, hasta que sus cuerpos no soportaron más y la semilla del Príncipe de Mirkwood invadió al Rey de Gondor. Luego se retiró lentamente de su cuerpo y se quedaron abrazados en el agua, ya fría.

Luego de un rato, Aragorn tomó a Legolas de la mano y salieron de la bañera. Se secaron en silencio, dirigiéndose amorosas miradas y fueron al dormitorio, donde se acostaron abrazados. Al cabo de un momento, Aragorn dijo:

- “Gracias por el maravilloso regalo que me diste. Legolas, te amo más que a Andúril”

- “Y yo te amo mas que a mi arco”

Y ambos se quedaron dormidos.


*

Al anochecer del siguiente día, Gandalf salió con Aragorn de la ciudad, y lo condujo a la falda meridional del Monte Mindolluin; y allí encontraron un sendero abierto en tiempos remotos que ahora pocos se atrevían a transitar. Subieron a un paraje elevado de la montaña, refugio de los reyes de antaño, y llegaron a un altiplano en la cima de los picos cubiertos de nieve. Desde allí se contemplaba la ciudad, y los confines más remotos, desde el Emyn Muil al Rauros, y por el oeste, el mar.

- “Este es tu reino y el más grande reino de los tiempos futuros. Aquí termina la tercera edad el mundo y comienza una nueva, con los de tu estirpe. También el poder de los Tres Anillos ha terminado y los elfos tendrán que partir o desaparecer. Esta nueva edad será del dominio de los hombres”, dijo gravemente Gandalf

- “Lo sé muy bien, pero aún necesito tu consejo”, dijo Aragorn.

- “Mas no por mucho tiempo, pues mi tiempo pertenece a la Tercera Edad y esta ha concluido. Partiré con los elfos y en adelante, el peso recaerá sobre ti y los tuyos”.

- “Pero yo moriré, y aquél a quien amo no me dará herederos. ¿Y quién gobernará entonces a Gondor y a quienes aman a esta ciudad? ¿Debo, por el bien de mi pueblo tener una reina, así no la ame?”

- “No tengo las respuestas, Aragorn. Pero puedo decirte algo, sigue tu corazón como lo has hecho hasta ahora, pues él te ha guiado en esta difícil empresa y has llegado hasta aquí por esa fuerza”, respondió el Mago.

Ambos permanecieron allí en silencio hasta el alba. Entonces, Aragorn se levantó. Había al fin tomado una decisión.


*

Los siguientes días, el Rey se sentó en el trono de su palacio y dictó sentencias. Y llegaron embajadas de numerosos pueblos y países para entrevistarse con él. El Rey perdonó a los hombres del este que se habían rendido y los dejó en libertad También liberó a los esclavos de Mordor y les otorgó tierras.

Las gentes de Gondor hablaban de su sabiduría y prudencia pues todo lo que acontecía en el palacio era noticia importante para ellos. También aguardaban preoupados el juicio de Beregond, acusado de asesinar a un guardia en los Recintos Sagrados, para proteger a Faramir de la locura de su padre.

El Rey miró a Beregond y le dijo:

- “Beregond, derramaste sangre en los Recintos Sagrados, donde eso está prohibido. Además, abandonaste tu puesto sin la licencia del Señor o del Capitán. Por estas culpas, el castigo en el pasado era la muerte. Por lo tanto he de pronunciar ahora tu sentencia”

Beregond tembló, pues era le conocida la ley y sabía que el soberano tendría que aplicarla. El Rey continuó:

- “Quedas absuelto de todo castigo por tu valor en la batalla, y más aún porque todo cuanto hicis te fue por amor al Señor Faramir. No obstante, tendrás que dejar la Guardia de la Ciudadela, porque has sido destinado a la Compañía Blanca, con el Señor Faramir, Príncipe de Ithilien, y serás su capitán, al servicio de aquel por quien todo lo arriesgaste, para salvarlo de la muerte”.

Beregond se hincó de rodillas y besó la mano de su soberano. Y esa misma tarde, todo el pueblo de Gondor hablaba de la clemencia y sabiduría del Rey Elessar.

Al cabo de unos días, Aragorn recibió a Éomer, Rey de Rohan, quien anunciaba su partida junto con su hermana Eowyn. Se abrazaron con afecto pues se querían como hermanos y Éomer se había disculpado ya por su indiscreción la noche del banquete. Los Jinetes de Rohan partieron, junto a Elladan y Elrohir que recibirían a la comitiva de Galadriel en el Emyn Muil, y fueron despedidos por las gentes de Gondor.

Los hobbits, Legolas, Gimli y Gandalf aún continuaban en Minas Tirith, junto con Haldir y su ejército, que esperaban la llegada de Galadriel y Celeborn. Todos sabían que Aragorn debía tomar una decisión trascendental, a juzgar por su semblante preocupado, y por eso no quisieron decirle nada, para no perturbarlo más. Estaban todos instalados en el palacio, donde iban y venían a su antojo.

Aragorn les decía a los hobbits:

- “Sé que todo esto tendrá que terminar alguna vez, y la culminación de cuanto hemos hecho juntos se aproxima. He tomado una decisión y el día de comunicarla está próximo. Cuando llegue, deseo tener a mis amigos conmigo”, pero nada más agregaba y ellos no insistían.

Finalmente, llegó una tarde en que los centinelas anunciaron la llegada de la comitiva tan esperada. Aragorn se encontraba descansando con Legolas entre sus brazos y le dijo:

- “Amado mío, en unas horas comunicaré mi decisión a la Estrella de la Tarde. He meditado en las consecuencias de todo esto, y sé que no hay otro camino. Espera mi anuncio con los otros, durante la cena. Ahora debo irme a darles la bienvenida”

Legolas nada respondió mientras se vestía. Las palabras del Rey estaban claras para él, pero no dijo nada. Su corazón esperaba y aunque se sentía dichoso, no deseaba perturbar al Rey con sus palabras. Salió en busca de los hobbits luego de besar a Aragorn en la frente.

La comitiva venía del norte, y se acercaba a los muros del Pelennor. El Rey dijo:

- “Han llegado al fin. Que toda la ciudad se prepare”.

Entrada la tarde, los jinetes llegaron a las puertas de la ciudad. Cabalgaban a la cabeza Elladan y Elrohir, portando cada uno un estandarte. Los seguía Glorfindel y la gente de Rivendel que los había acompañado y detrás de ellos venían la Dama Galadriel y Celeborn, Señor de Lothlórien, montados en corceles blancos, con mantos grises, y gemas blancas en los cabellos; y por último Elrond, llevando el cetro de Annúminas, y junto a él, montada en un caballo gris, cabalgaba Arwen, Estrella de la Tarde de su pueblo.

El pueblo de Gondor vitoreaba su paso y todos comentaban la belleza de la Dama de Rivendel. Entonces el Rey les dio la bienvenida, y los huéspedes se apearon de los caballos, y Elrond dejó el cetro, y puso en la mano del Rey la mano de su hija, y así juntos se encaminaron al palacio, mientras Legolas los miraba. ¡Al fin Aragorn sería suyo! Pues no le quedaban dudas sobre su decisión final.

En el palacio, se intercambiaron los saludos protocolares y los sirvientes condujeron a los ilustres huéspedes a sus habitaciones. Aragorn aguardaba a Arwen en el estudio que utilizaba en la planta alta, lugar más privado que el salón donde dictaba sentencias. Sentado en el sofá que allí había, cavilaba acerca de las palabras que le dirigiría a su prometida, cuando un discreto golpe a la puerta lo hizo ponerse de pie para abrir.

Allí estaba ella, con esa encantadora sonrisa en el rostro, sin imaginar siquiera lo que le diría. Tomó a su prometida de la mano y la condujo al sofá. El momento había llegado.

- “Gimli, él se lo va a decir”, dijo Legolas. Habían llegado caminando hasta las Casas de Curación, cuyos jardines eran el único lugar del agrado del elfo en aquella fría ciudad de piedra. Tomaron asiento en la glorieta central y Legolas se reclinó en uno de los postes que la sostenían.
- “...mmm...”, gruñó el enano. No le gustaba tocar ese tema ni mucho menos tener que opinar al respecto, pero no juzgaba a su amigo.
- “De cualquier modo, me siento feliz, aunque culpable por Arwen. Sé que será difícil, pero afrontaré lo que venga, incluso la ira de mi padre”, sonrió Legolas, “luego de un tiempo acá, cumpliré mi promesa y emprenderemos nuestro viaje a las cavernas y a Fangorn, pero antes debo ir a Mirkwood”
- “¡Esas cavernas! ¡Tienes que verlas Legolas! No hay en el mundo cosa tan bella. Brillan por todos lados, como pequeños espejos. ¡Oh, si yo pudiera, viviría allí para siempre! Fundaría una colonia de enanos, sería la más próspera. Mi gente trabajaría las minas que deben haber allí, pues esa montaña es virgen. ¡Extraeríamos grandes riquezas y haríamos de las Cavernas de los Espejos el más hermoso Reino Enano!”
- “¿Y por qué no lo haces? Eso está en Rohan y Éomer y tú han llegado a ser buenos amigos, además, si Aragorn se lo pide, no sabrá negarse. Hazlo, de sólo oírte hablar así, haces que me conmueva. Algo que te produce tanta emoción tiene que ser en verdad muy bello”, contestó el elfo.
- “Sí, creo que lo haré. Pero antes debo esperar a que Rohan se reconstruya, y mientras tanto lo pasaré aquí, pues me apena la próxima separación de la Comunidad. Los hobbits desean volver a La Comarca y pronto lo harán y yo mismo debo volver con los míos...”, dijo Gimli pensativo, luego se puso de pie con una mueca de disgusto, “allá vienen esos molestos y arrogantes elfos. Te veré en la cena”, y se retiró rápidamente, haciéndoles un saludo con la cabeza.
Elladan y Elrohir llegaron por el otro sendero y se sentaron uno a cada lado de Legolas.
- “Parece que no le gustamos al enano”, observó Elladan.
- “No le gustan los elfos, es natural para él”, respondió calmadamente Legolas
- “Pues parece entenderse muy bien contigo”, dijo Elrohir.
- “Los miembros de la Comunidad hemos desarrollado un vínculo muy fuerte, que ha ido más allá de la diferencia de razas y costumbres. Somos amigos”, fue la respuesta.
- “Pero el tiempo de la Comunidad ha concluido, como todo en esta Edad que se termina con el reinado de Elessar. La Comunidad ha sido disuelta una vez culminada su misión”, dijo Elladan.
- “La misión de la Comunidad ha concluido, pero el vínculo se mantiene en nuestros corazones, y perdurará”, respondió Legolas, sin mostrarles su molestia por aquélla charla a la que no veía objeto.
- “Legolas, hay vínculos que por más que perduren no pueden ser mostrados. Mucho está en juego, la unificación de Gondor y Arnor y la restauración del reino más grande de la Tierra Media no son cosas para tomar a la ligera. Elessar necesitará el apoyo de nuestro pueblo”, repuso Elrohir. El príncipe no respondió.
- “Hemos venido aquí como amigos tuyos, en recuerdo a tiempos pasados en nuestra infancia, a decirte que no te deseamos ningún mal. Pero no puedes empeñarte en un enlace con el Rey de los Hombres. Jamás sería aceptado por los orgullosos habitantes de este país, y nuestro pueblo no perdonará la burla a la alianza que nuestro padre pactó”, continuó Elladan, “nosotros hemos disfrutado muchas veces de esos placeres oscuros, con muchos compañeros, pero en reserva. Y es así como deben mantenerse las cosas, hasta que debas volver a tu reino”
- “¿Qué quieres decir Elladan?”, demandó el príncipe. La insinuación encerrada en sus palabras era un insulto para su orgullo élfico, pero el hijo de Elrond era demasiado cauto para hablar en forma directa. Muy por el contrario, Elrohir continuó en lugar de su hermano.
- “Elessar se casará con nuestra hermana Arwen, como fue decidido al iniciarse la guerra. Ella lo hará feliz y le dará los herederos que Gondor necesita. Tú puedes estar al lado del rey si así lo deseas, pues todos acá piensan que solo son amigos inseparables. Pero Arwen jamás debe enterarse de estos arreglos...”
- “¡Basta! Te lo dije una vez y lo diré de nuevo. Elessar y yo haremos lo que debamos y no hablaré con ustedes de este tema ni escucharé nada más, o el coraje de Mirkwood se pondrá a prueba con el de Rivendel”, declaró Legolas poniéndose de pie.
- “¡NO! ¡Ahora me oirás, príncipito arrogante! Aunque rompo una promesa hecha a alguien muy querido, te lo diré claramente”, Elrohir se puso de pie frente a Legolas impidiéndole el paso y puso su mano en el hombro del elfo para que no se moviera, “¡Elessar no se casará contigo sino con Arwen! Tú solo estarás en su cama, serás su consorte y él nunca...”
Pero no pudo concluir la frase, pues el puño del príncipe le dio directo en la boca mientras Legolas lo apartaba. Elrohir se arrojó sobre él, mientras Elladan trataba de detenerlos, sin saber a cuál de los dos agarrar porque ambos elfos se habían trenzado en una lucha con los puños de la cual no podía decirse que alguien saliera vencedor, pues ambos tenían similar fuerza y coraje. Ante el ruido de la pelea, salió Ioreth y se puso inmediatamente en el medio de los dos elfos, que hicieron una pausa para no golpearla a ella también. Esta pausa fue aprovechada por Elladan para arrastrar a su hermano de allí, no sin antes decir:
- “Legolas de Mirkwood, has enfrentado a Rivendel contra tu pueblo. Las consecuencias de tus actos deberás afrontarlas ante tu padre. Nos veremos en el banquete”
Legolas se quedó de pie, con las ropas desarregladas, mirándolos partir. Su cabello despeinado ondeaba con el viento y Elladan pudo comprender por qué Elessar se había enamorado del príncipe, hermoso, valiente y de noble corazón, porque Legolas calló, sus palabras causarían aún más daño y no deseaba empeorar las cosas. Se quedó erguido mirándolos alejarse.
- “¡Alteza! ¿Se encuentra bien?”, preguntó ansiosa Ioreth, “déjeme arreglarle las ropas. Usted perdone, pero esos elfos nunca me acabaron de gustar y veo que tuve razón, pues no es de caballeros liarse a golpes de ese modo con un príncipe...”
- “Ioreth, gracias”, dijo Legolas mirándola fijamente pero ella seguía hablando. Entonces la tomó por los hombros y le dijo firme pero amablemente, “Gracias, estoy bien. Debo irme ahora. No digas a nadie lo que pasó, mucho menos al Rey”, y terminó de acomodar sus ropas para alejarse de allí.
*
- “¿Arwen, qué traes allí?” preguntó Aragorn al notar el lienzo que ella aferraba en su pecho.
- “Querido Elessar, es el estandarte que bordé, el que usaste para las últimas batallas, donde saliste victorioso. En mi corazón siempre supe que triunfarías. Elladan me lo dio.”, él no pudo ocultar el dolor de su mirada, “¿Me dirás ahora qué te sucede? Te he notado preocupado e incómodo, como si guardaras algún penoso secreto…”
- “Arwen, nunca pensé que llegaría el día…que yo te diría, que…”, la expresión serena de ella lo conmovía, ¡Ni siquiera se imaginaba que él estaba a punto de destrozarle el corazón! ¡No podía hacerlo!
- “¿Qué? Dímelo, querido Elessar”, preguntó ella, serena como su hermosa voz.
- “Yo…yo…”, entonces la imagen de su amado príncipe vino a calmarlo. Pensar en él le dio la tranquilidad que necesitaba, “amo a Legolas…”
Ella no se inmutó, sólo le sonrió, con esa encantadora expresión que una vez lo cautivó, pero ahora su corazón estaba lleno de otro rostro y otra sonrisa. Esa sonrisa lo animó a continuar.
- “No sé como pasó…fue después de Moria…hemos estado juntos, pero nadie lo sabe, tenía que decírtelo antes, ¡Arwen, lo siento tanto!”, y era verdad, pues su noble corazón estaba destrozado por el daño que le causaba a su prometida, pero a la vez, sabía que él tendría el consuelo en los brazos de su verdadero amor, pero ella, ¡Nada! Se arrodilló besando su mano, que ella no retiró. Las lágrimas ardientes de los ojos del rey cayeron sobre la delicada mano de Arwen, y ella nada dijo.
Al cabo de un rato, el rey se dio cuenta de que era el único que lloraba, Arwen estaba serena, sólo sus ojos brillaban un poco, única señal de su pesar.
- “Siéntate, querido Elessar”, dijo ella suavemente. Él obedeció, dejándose conducir dócilmente, sin entender lo que pasaba, “lo sabía. Lo he sabido desde el principio. No lo entiendo, ni lo apruebo, solo digo que lo sé”
- “¡Oh Arwen! Yo nunca… esto pasó, jamás quise lastimarte, créeme por favor”
- “Lo sé”, continuó ella, su voz aún tenía la propiedad de conmoverlo, escucharla aliviaría la culpa que había estado sintiendo tantos meses, “lo sé, y yo tampoco te deseo mal alguno. Tú y Legolas deben ser felices y yo no interferiré con eso”
- “¿Por qué?”, él no entendía nada, había temido tanto ese momento, las lágrimas y gritos de Arwen, sus reproches, insultos, todo menos esa extraña ¿indiferencia? ¿aceptación?
- “Porque te amo, y si uno ama verdaderamente, debe dejar ser feliz al ser amado. Partiré con mi padre en una barca élfica, y en la hermosa Valinor, hacia donde nos dirigiremos, calmaré mi dolor”
- “¡Elbereth te bendiga Arwen!”, exclamó Aragorn abrazándola. Ella correspondió el abrazo, acariciando sus cabellos.
- “Elessar, hay una cosa que deseo que hagas antes por mi”, pidió ella.
- “Dímela y la haré”, respondió Aragorn, ¿cómo negarse?
- “Brindemos antes por tu felicidad y la de Legolas”, dijo Arwen haciendo un ademán hacia un pequeño aparador donde habían diferentes licores y copas.
Aragorn se extrañó por el pedido, pero se puso de pie y sirvió vino en dos finas copas de cristal, alcanzando una a Arwen.
- “Elessar, despliega el estandarte”,
- “¿Qué?”
- “El estandarte, hay algo que deseo mostrarte”
Aragorn dejó su copa sobre la mesita y tomó el lienzo en sus manos, desplegándolo y llenando la estancia con la magnificencia de esa hermosa obra de las manos de la hija de Elrond. Sus manos vagaron distraídas por el contorno del árbol, sintiendo las gemas, y ese momento fue aprovechado por Arwen para extraer un frasco de su escote y verter su contenido en la copa del Rey.
- “Brindemos por la felicidad de dos seres que se aman, y porque vuestro amor perdure en esta y todas las Edades del Mundo, trayendo prosperidad a esta hermosa tierra que unificarás para hacer de éste el más grande reino de Arda”, dijo Arwen y ambos bebieron.
Luego se hizo un silencio que fue roto por Arwen.
- “En este estandarte se tejieron mis sueños e ilusiones. Cada hebra de hilo que hay allí es un pensamiento mío dedicado a ti, cada gema entreteje el destino que deseé tener junto a ti. Los colores que lo adornan son la esperanza que tu reinado traerá al mundo; las iniciales que bordé son mis esperanzas. Pero hay algo más”, ella hizo una pausa. Aragorn parecía algo aturdido, “En la parte posterior bordé una inscripción. Querido Elessar, ten la bondad de leerla”.
La voz acariciadora de Arwen era difícil de resistir, además Aragorn empezaba a sentirse mareado y deseaba que ella se retirase para descansar. Se inclinó hacia la pequeña inscripción.
- “Son runas élficas, mas no es éste su lenguaje”, manifestó luego de examinarlas.
- “Es un dialecto muerto, la lengua de los herreros que forjaron los Silmarils. Léelo, pues tiene un significado especial”
Aragorn pronunció con voz insegura las palabras de la inscripción. Era un dialecto muerto, sí. Pero no era élfico. La lengua de Melkor, hacía mucho tiempo olvidada, volvía a oírse en la Tierra Media, de labios del Rey de los Hombres. La inscripción rezaba así, en la Lengua Común:
- “Melkor, tu sirviente te invoca. Extiende sobre mí el velo del olvido, destierra el amor prohibido de mi corazón. La promesa no se romperá y pagaré su precio”
Estas fueron las palabras dichas por Aragorn sin saberlo. En el silencio que siguió, una niebla pareció brotar del estandarte y envolver a Aragorn, para luego introducirse por su boca, nariz y oídos, y desaparecer.
El Rey se sentó aturdido. Arwen lo ayudó, tomando sus manos entre las suyas.
- “¿Qué sucedió?”, preguntó por fin.
- “Nada, querido Elessar. Me explicabas sobre Legolas”
- “¿Legolas?”
- “Sí. Legolas te acompañó en esta guerra, junto a los otros”, contestó Arwen con una mirada triunfal en los ojos.
- “Ahh, sí. Legolas es mi amigo. Él está aquí junto a todos. Esperan la noticia”
- “¿Qué noticia?”
- “La de nuestra boda, querida Arwen, ¿qué no te lo había dicho?”, preguntó él, aún confundido.
- “Por supuesto. Pero ahora debes descansar. Ven, te llevaré a tu habitación. Dormirás un poco y luego bajaremos al banquete”


*
Galadriel observaba el salón, engalanado para la especial ocasión. Las mesas estaban bellamente dispuestas para el banquete, y cubiertas de los más exquisitos manjares. Los invitados iban llegando y tomando sus lugares. Todos hablaban alegremente mientras esperaban la llegada de su rey.
La Dama de Lórien había perdido los poderes conferidos por el anillo élfico. Al destruirse el Anillo Único, los demás habían vuelto a ser anillos normales. Quizá por eso no pudo captar la desesperada resolución de su nieta de conservar al hombre que la convertiría en reina.
La música empezó una marcha suave, mientras dos figuras descendían por las escaleras. El Rey de Gondor, vestido ricamente de seda gris y verde oscuro, con un manto blanco y la corona ceñida en la frente. De su brazo, la dama más hermosa que habían visto los ojos de hombres y elfos. Vestida toda de blanco, con esmeraldas entretejidas en sus negros y largos cabellos, Arwen descendía majestuosa arrancando exclamaciones de asombro. Se sentaron en la mesa principal, junto a Elrond, Galadriel y Celeborn, y Faramir e Imrahil también se encontraban allí al igual que Gandalf y Frodo.
Legolas estaba esperando, como todos, el anuncio de Aragorn y para pasar el rato, conversaba amenamente con Gimli y los hobbits. Se había ya tranquilizado en relación a lo dicho por los gemelos, y estaba seguro del amor que él y Aragorn se profesaban. Enmudeció cuando lo vio bajar por la escalera del brazo de Arwen y notó la mirada serena de ella. Eso sólo podía significar que lo había aceptado, pues en la mente del elfo no cabía la posibilidad de que Aragorn no le dijera nada. Sonrió a Gimli, que le devolvió la sonrisa, dándole una cariñosa palmada en la espalda.
- “¿Nervioso, eh? ¿elfo loco?”
- “Shh, Gimli, ahora lo dirá”, dijo Legolas, pues la música había cesado mientras Aragorn, de pie con su copa en la mano decía:
- “Ciudadanos y amigos de Gondor. Amigos de tierras lejanas. Ha culminado aquí la Tercera Edad del Mundo, y muchas cosas cambiarán y desaparecerán para ceder su lugar a las nuevas. El Rey ha vuelto a ocupar su lugar y la grandeza de Gondor será restaurada, haciéndose patente, en la nueva edad, el dominio del hombre. Los elfos han cumplido su tiempo en este mundo, pero antes de partir, nos dejan el símbolo de nuestra última alianza, y el elegido por mi corazón”, hizo una pausa. Legolas sonreía, con una calidez en el corazón que lo hacía muy feliz.
- “La más hermosa de sus flores se quedará en nuestra tierra, para compartir el trono conmigo y gobernar con la sabiduría de su raza”, Legolas parpadeó confundido, ¿qué era eso que decía Aragorn?
- “La Dama Arwen Undomiel ha consentido ser mi esposa, y así lo ha consentido también su pueblo”, y la tomó de la mano, poniéndola de pie junto a él.
Todos los presentes aplaudían y levantaban sus copas para hacer el brindis de honor. Sólo una figura cubrió rápidamente su rostro con su capa y salió de allí. Lo siguieron las miradas preocupadas de Gandalf, Haldir y Finwë. Gimli salió tras él.
El elfo no podía creer lo que acababa de oír. No lo entendía. No quería entenderlo. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin que él pareciera notarlo, sólo sabía que tenía que huir de allí. ¡Las palabras de Elrohir y Elladan! Las palabras de Aragorn. Nunca pensó que las palabras podían hacer tanto daño. Ahora su corazón parecía atravesado por mil espadas y le oprimía el pecho. Desabrochó el botón de su túnica buscando respirar mejor, pero el dolor era interno, y no le sirvió de nada.
Su amigo Gimli lo llamaba. Legolas le dijo algo para que lo esperase y huyó con Arod. Nunca volvería a pisar esa tierra donde había sufrido tanto.

 


Capítulo 14: Demasiado cruel

“We crossed the line /cruzamos la línea
Who pushed who over / ¿quién empujó a quién?
It doesn't matter to you / eso no te importa
It matters to me / eso me importa a mí”
So cruel – U2

 

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Gondor
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- “¡Gimli! ¿Dónde se fue?”, preguntó Haldir, que había salido tras el enano.
- “No sé. Dijo que deseaba estar solo”, contestó el aludido. Su voz denotaba la preocupación que sentía por su amigo.
- “¡Debemos ir tras él!”, lo urgió el guardián de Lórien.
- “No, no. El me pidió que lo dejemos solo, sabes lo testarudo que es…no querrá…no querrá que lo veamos triste”, explicó Gimli.
Finwë llegó en ese momento. Unas rápidas palabras en élfico con Haldir lo pusieron al corriente de la situación. Haldir dudaba.
- “Creo que Gimli tiene razón, es mejor dejarlo solo. No lo humillemos más, recuerda que él es un príncipe”, y dio un violento puñetazo a la pared, “¿Cómo pudo hacerle eso? Así, delante de toda esa gente…los humanos son sin duda la raza más despreciable…”
Gimli no entendía élfico, de modo que miraba a Haldir y a Finwë. Finalmente habló:
- “Aragorn iba a decirle a ella que amaba a Legolas. No sé que pudo haber pasado, no entiendo. Legolas estaba tan feliz…”
En ese momento entró Gandalf y alcanzó a oír las palabras del enano.
- “No lo juzguemos antes de hablar con él, amigos míos. Quizá Aragorn decidió sacrificar su propia felicidad por su reino y por el legado de sus antepasados”
- “Pero sacrificarlo también a él…”, la voz del enano temblaba de cólera, - “tú no lo viste, estaba feliz, él nunca imaginó algo así, nunca…” y el enano se fue en dirección al edificio que les servía de vivienda. Dudó un poco al pasar por el pasillo del palacio que llevaba a las escaleras donde estaba la habitación de Legolas, pero decidió por esta vez hacerle caso al elfo y dejarlo solo.
- “Volvamos a la fiesta. Notarán nuestra ausencia”, pidió el mago, hablando ahora en élfico por estar Finwë presente.
- “Ni siquiera ha notado la ausencia de Legolas, mucho menos la nuestra, ¡No volveré allí!”, protestó el elfo pelirrojo.
- “Vamos, Finwë. Nuestra señora Galadriel se preguntará dónde estamos”, dijo con calma Haldir, tomándolo por la cintura, “no hay nada que podamos hacer ahora. Como dice Mithrandir, debe haber una explicación. Mañana trataré de hablar con Aragorn”
- “Y yo haré lo mismo”, contestó el mago.


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En algún lugar lejos de Gondor
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Legolas despertó del intranquilo sueño que había tenido. Lágrimas secas en sus mejillas le recordaron nuevamente los dolorosos acontecimientos de la noche anterior. Amanecía ya en la fría mañana, pero el elfo no parecía sentir el viento helado.
- “¡Oh Aragorn! ¿Qué hiciste? Finalmente decidiste casarte, ¿y yo? ¡Me prometiste una vida juntos! Yo jamás te pedí nada...¿Será como dijo Elrohir? ¿Pensaste que yo lo aceptaría, que querría vivir así, viéndote con ella todos los días? ¿Ocultándome, como si nuestro amor fuera una vergüenza? ¡Cuanta razón tuvo Haldir! ¿Y Elrohir? ¿Cómo lo supo, le dirías tú algo?”
Sacudió la cabeza, tratando de apartar esos pensamientos. Unas familiares pisadas de cascos lo distrajeron un momento.
Arod.
Se puso de pie y saludó a su amigo, hablándole en élfico como siempre hacía. Era increíble cómo el caballo entendía a su amo, incluso a él le causaba extrañeza, pues aunque los elfos pueden hablar con ciertos animales, la comprensión que había en la mirada del noble corcel lo conmovía.
Un rumor de agua los guió hacia el Anduin, y Legolas siguió su curso, aguas arriba. Después de refrescarse un poco y llenar la cantimplora, montó en Arod y cabalgaron en silencio. El elfo trataba de decidir qué camino tomar, su destino era Mirkwood, pero no deseaba ser seguido. Finalmente, resolvió seguir hasta el Emyn Muil y rodearlo, para dirigirse por las Tierras Ásperas hacia su amado hogar.
El pensamiento de ver a su padre y hermano lo reconfortó. En ese momento se dio cuenta cómo valoraba a su familia, pues su padre, aunque muchas veces demasiado severo, lo quería. Y su hermano mayor, Haldamir, siempre sacándolo de apuros como cuando eran niños. ¡Cómo deseaba verlos!
Y en cuanto a Aragorn, decidió no volver a verlo jamás. Tampoco hablaría de él, pues Aragorn, su Aragorn, había muerto en el instante que anunció su boda, dejando a Elessar, el Rey de los Hombres, en su lugar.

***
I disappeared in you / desaparecí en tí
You disappeared from me / desapareciste en mí
I gave you everything you ever wanted / te di todo lo que siempre quisiste
It wasn't what you wanted / no fue lo que querías
***

Pero, ¡cómo dolía! Nunca, en los tres milenios que llevaba en la Tierra Media se había enamorado tan desesperadamente. Nunca soñó con que un amor así fuera correspondido. Y cuando supo que lo era, ¡Se sintió tan dichoso! Pero esa dicha fue efímera, como un suspiro en su larga vida élfica. Aunque ese suspiro le había dado los mejores momentos. No, no se arrepentía. Él había dado lo mejor de sí, había estado dispuesto a luchar por su amor. Fue Aragorn quien tuvo miedo, miedo de los hombres y mujeres de su reino recién recuperado, miedo de los elfos a quien dio su palabra de honor para establecer una alianza. Ese miedo pudo más que el temor de perder a su amor.
Legolas se encontraba ya cerca de la montaña. Arod estaba fatigado, su respiración agitada así se lo demostraba. El galope había sido sostenido durante todo el día y necesitaba descansar. El elfo buscó un refugio entre los árboles y subió allí, el sonido del viento entre las hojas lo tranquilizaba. Ahora había paz en ellos, paz en el mismo viento, paz en el aire. El enemigo Sauron había sido derrotado al fin, pero esto ya no le producía alegría alguna. A lo lejos, podía oir ya el estruendo del Rauros, y los recuerdos volvieron a su mente. Aragorn le había prometido volver allí juntos. Pero esa promesa, como las otras, tampoco la cumpliría.

***
Desperation is a tender trap / la desesperación es una tierna trampa
It gets you every time / te captura cada vez
You put your lips to his lips / pones tus labios en los de él
To stop the lie / para detener la mentira
***

Y el elfo se quedó semidormido, con la mente plagada de recuerdos.

*******
Gondor
*******

Una semana había pasado desde aquella fatídica noche en que Legolas huyera. La boda se realizaría al anochecer y los amigos del elfo aún no habían podido hablar con Aragorn. El rey no se separaba de Arwen, y siempre parecía tener algo importantísimo que hacer. Además, la habitación que antes ocupara Legolas, junto a la del rey, era ocupada ahora por ella.
Una y otra vez Haldir y Gimli había pedido audiencia con Elessar, pero él siempre los atendía junto con Arwen o simplemente ella mandaba decir que se encontraba ocupado. También pensaron en seguir al elfo, pero finalmente decidieron no hacerlo sin antes hablar con el rey, y fueron pasando los días sin que pudieran resolver nada.
En esas circunstancias, llegó finalmente el mensajero enviado por Elessar y Gimli, trayendo el encargo que allí se pactó. Mas el paquete jamás llegó a manos del rey. Arwen recibió al mensajero y lo recompensó espléndidamente, tomando luego el pequeño envoltorio que abrió en su habitación. Era un pequeño colgante, símbolo de una alianza que nunca se realizaría. Una pequeña hoja de mithil y sobre ella una “L” y una “A” entrelazadas, hechas de diminutas esmeraldas. La hija de Elrond palideció de cólera y envolvió nuevamente la joya. Luego, mandó llamar a una de las doncellas de palacio, diciéndole:
- “Aileen, toma esta joya. Es muy valiosa, pero no podrás deshacerte de ella sin que se te acuse de ladrona, de modo que sólo podrás usarla y presumir de ella con tus amigas. Tiene una “A” de tu nombre”
- “¡Gracias, mi señora!”, exclamó la doncella, besando su mano al tiempo que tomaba la joya.
- “Una cosa más. Que nunca sea vista por nadie de este palacio, mucho menos por el Rey”, dijo Arwen con voz firme. “Ahora, retírate”

Los hobbits y Gandalf estaban extrañados por la actitud de Aragorn, pero la interpretaron como si él no quisiera dar explicaciones sobre sus actos con el elfo. “Un sacrificio personal por el bienestar de su reino”, se dijeron, y los hobbits admiraron aún más a ese hombre que prefería perder el amor para respetar la herencia de sus antepasados.
Elladan y Elrohir interpretaron simplemente que Aragorn había decidido casarse por amor a su hermana y que su relación con el elfo solo era por lujuria, aunque no volvieron a ser invitados a compartir el lecho con Haldir y Finwë y su relación con ambos elfos se enfrió notoriamente.
Por su parte, Elessar extrañó la presencia de Legolas, pero Arwen le explicó que asuntos urgentes en Mirkwood habían requerido su inmediata partida. El rey se sintió apenado puesto que deseaba que todos sus amigos estuvieran presentes en su boda, pero comprendió que Legolas tenía otras obligaciones y se resignó a no verlo en la ceremonia.


*
Legolas, entre tanto, había llegado al fin al Emyn Muil. En su marcha, había pasado por el mismo sitio donde durmiera abrazado de Aragorn, la noche previa a la muerte de Boromir, cuando el humano habló por primera vez de volver allí juntos. Pero el destino fue cruel y el árbol junto al cual se habían recostado los amantes, contempló volver sólo a uno de ellos.
En el instante en que el elfo pasaba apresurando a Arod para no detenerse en esos parajes, una promesa de amor y alianza de dos pueblos se pronunciaba en Gondor y la corona adornada con valiosas gemas élficas traída por Galadriel era puesta a la recién desposada por Elessar.
El rey y la reina brindaron con sus amigos de la Comunidad, los ojos de Elessar brillaban de alegría pues al fin había logrado lo que se propuso durante toda su vida. Solo mencionó que le hubiese gustado la presencia de su amigo Legolas para que la dicha fuese completa, y estas palabras sirvieron para que Gimli, Haldir y Finw? abandonaran la fiesta y para que el enano partiera al día siguiente sin despedirse del rey.
Finalmente, los recién casados se dirigieron a sus aposentos tomados de la mano. Al entrar y encontrar la habitación llena de flores, el rey sintió algo extraño, una especie de nostalgia que no supo entender y que interpretó como el fin de una etapa y el inicio de otra.
Contempló a su bella esposa que le sonreía con dulzura y la besó cariñosamente, llevándola de la mano hacia el lecho que compartirían. Lentamente, comenzó a despojarla de sus vestidos, admirando la perfección de su cuerpo élfico. Él se despojó también de sus ropas reales quedando ambos desnudos, sin que ninguna prenda les impidiera disfrutar de sus mutuas caricias.

***
She wears my love like a see-through dress / ella usa mi amor como un vestido
Her lips say one thing / sus labios dicen una cosa
Her movements something else / sus movimientos algo más
Oh love...like a screaming flower / oh amor…como una llamativa flor
Love...dying every hour...love / amor…muriendo cada hora…amor
***

Los besos de Elessar silenciaban los gemidos de Arwen mientras sus manos recorrían todo su cuerpo. Él sabía que su prometida era virgen, y por eso tuvo mucho cuidado con ella, la llenó de caricias, susurrando palabras en élfico en sus oídos. Nunca había estado con ninguna elfa, solo con humanas, y él mismo se admiró sobre su conocimiento de la sensibilidad de las orejas élficas, pero lo atribuyó a alguna conversación escuchada en su juventud.
La poseyó delicadamente, al tiempo que sus manos se enredaban en los hermosos cabellos negros, y nuevamente sintió esa sensación de nostalgia hacia algo indefinido...¿cálidos besos? ¿cabellos rubios?

***
You don't know if it's fear or desire / no sabes si es miedo o deseo
Danger the drug that takes you higher / peligrosa es la droga que te lleva más alto
Head in heaven, fingers in the mire / la cabeza en el cielo, los dedos en el fango
***

Elessar aceleró su ritmo, deteniéndose luego para cambiar de posición, colocando delicadamente las piernas de Arwen sobre sus hombros, y continuó, gimiendo él a su vez sin control.

***
Her heart is racing, you can't keep up / su corazón está corriendo, no puedes mantenerlo
The night is bleeding like a cut / la noche sangra como una cuchillada
Between the horses of love and lust / entre caballos de amor y deseo
We are trampled underfoot / estamos oprimidos
Oh...love...you say in love there are no rules / Oh...amor...dijiste que en el amor no hay reglas
Oh...love...sweetheart... / Oh...amor...corazón...
You're so cruel / Eres tan cruel
Oh...love...to stay with you I'd be a fool / Oh…amor…para estar contigo sería un tonto
Sweetheart...you're so cruel / corazón…eres tan cruel
***

Continuaron así toda la noche, hasta que la madrugada los sorprendió exhaustos. El rey abrazó a su esposa quedándose dormido y entre sueños tuvo la sensación indefinible de suaves labios y ojos azules en cuyas profundidades deseó descansar.

*
Los días transcurrieron apaciblemente en el palacio. El rey dictaba sentencias, enviaba expediciones hacia las tierras del norte e iniciaba las alianzas con otros pueblos que lo ayudarían en la unificación. Constantemente recibía delegaciones pidiendo su consejo para varios asuntos que él resolvía.
También se daba tiempo para compartir las comidas con sus camaradas de la comunidad, y se había sentido muy apenado por la partida de Gimli. No se resignaba a que la comunidad se disolviera, pero comprendió que debía ser así. Charlaba mucho con sus pequeños amigos, aunque el nombre de Legolas no volvió a ser mencionado. Le extrañó el alejamiento de Haldir y Finw?, pero supuso que los amantes querrían estar a solas antes de partir a sus deberes en Lothlórien.
Finalmente, llegó el día en que partieron los elfos, y con ellos Gandalf y los hobbits. El rey y la reina los despidieron en la puerta de la ciudad, ya reconstruida. La despedida fue emotiva, ya que Elrond pronto navegaría al oeste en compañía de Galadriel y Celeborn. El viejo mago también mencionó que su tiempo en ese mundo había concluido y que volvería con los Valar.
Elessar se quedó solo, alejado de sus más queridos amigos, y quedó flotando en el viento la promesa de una última reunión de todos ellos juntos. Contempló a los viajeros hasta que estuvieron fuera del alcance de su vista y luego se volvió hacia su bella esposa, y tomados del brazo volvieron al palacio.

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Mirkwood
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Legolas llegó finalmente a Mirkwood al caer de una tarde. El viaje había sido fatigoso y lleno de recuerdos. Ahora sólo deseaba estar con los suyos para reconstruir su hogar y empezar a olvidar. Luego, cuando la pena se mitigase, partiría al oeste con los elfos que quedaran.
Los centinelas lo reconocieron de inmediato y lo recibieron con exclamaciones de júbilo que lo llenaron de entusiasmo ¡Al fin estaba en casa! Ahora todo estaría bien. Se dejó conducir hacia el palacio, mientras saludaba a todos los guardias.
Al llegar a la entrada, una familiar figura exclamó:
- “¡Legolas! Al fin llegaste, hermano mío. Te esperábamos hace una semana”. El príncipe de la corona y su hermano mayor, Haldamir, corrió a recibirlo.
- “¡Haldamir! He vuelto” dijo sencillamente Legolas, abrazándose de su hermano. Luego ambos empezaron a reir y vino un torrente de preguntas sobre la guerra del anillo que Legolas pidió responder en otro momento.
- “Haldamir, deseo ver a nuestro padre cuando antes”, pidió el príncipe.
- “Ahh, Legolas...creo que será mejor que descanses primero. Te ves fatigado y debes dormir. Nuestro padre te verá mañana, quería cerciorarme de que estuvieras bien”, y su hermano lo tomó del brazo llevándolo por uno de los pasillos que conducían a las habitaciones.
- “¡No! Deseo primero ver a mi padre. He hecho este viaje sólo para verlos, luego podré descansar. Acompáñame...”
- “Hermano”, dijo Haldamir, bajando la voz para no ser oído por los guardias, “no creo que sea una buena idea...ha llegado un mensaje de Elrond...no sé que pudo haber pasado, pero ha puesto a nuestro padre de muy mal humor”
- “¿Mensaje?”, Legolas palideció al recordar las palabras de Elladan. “Vamos. Hablaré con él de todos modos”, y se dirigió hacia el salón real, seguido por su hermano.
Legolas abrió las pesadas puertas de roble del salón, antes de que los guardias pudieran hacer algo. Haldamir los despidió con un vaivén de manos, los asuntos familiares debían tratarse en privado.
El salón era amplio, el techo alto y las paredes decoradas con estandartes y diversas armas de guerra. En el centro había una mesa rectangular y ocho sillas para los consejeros del rey, pero en ese momento estaba vacía. Al fondo del salón, alzábase un estrado de piedra, con tres escalones, y sobre él estaba el trono del rey elfo. La estancia estaba iluminada tenuemente por varias lámparas y Legolas agradeció mentalmente a Elbereth por eso.
Thranduil ocupaba el trono en ese momento, con el codo apoyado en uno de los brazos del trono y la barbilla apoyada en él, sumido en sus pensamientos. Cuando oyó abrirse la puerta y vio entrar a sus hijos, nada dijo, pero se irguió en el trono, amenazadora e imponentemente.
Legolas avanzó con paso seguro, aunque varias veces sintió que se le doblarían las piernas. Haldamir avanzaba también detrás de su hermano. El salón parecía interminable mientras avanzaban hacia el trono y Legolas recordó las innumerables veces que había corrido por allí con su hermano, cuando eran niños, tratando de llegar primero donde su padre. Ahora, como antes, lo acompañaba Haldamir, pero ya no corrían. Y ya no era la dicha de contarle a su padre alguna travesura o hazaña de muchachos lo que los impulsaba. Era el temor y a la vez el deseo de que la incertidumbre se terminada. Para Legolas, era saber si su padre conocería algo de lo acontecido en la Guerra del Anillo. Para Haldamir, era saber qué había ocurrido para que su padre estuviera tan molesto con Legolas.
Thranduil miró a sus hijos. Nunca había sido un padre afectuoso, desde la partida de la madre, al dar a luz a Legolas. Su hijo menor era el vivo retrato de su madre, quizás por eso había sido más severo con él que con Haldamir, quien se parecía más a él. Pero se sentía muy orgulloso de Legolas, cada logro obtenido en su infancia y juventud llenaban de dicha su corazón, aunque jamás se lo dijo. Cuando su hijo se convirtió en el mejor arquero de Mirkwood, nada dijo. Pero debido a este logro, lo nombró representante de su reino en la Guerra del Anillo. No estaba seguro de que Legolas supiera por qué lo enviaba, pues su hijo había sido criado como un príncipe y no solía mostrar sus emociones fácilmente, pero partió veloz y deseoso de realizar proezas que se recordaran en las canciones élficas, como le había dicho luego Haldamir.
Los mensajeros alados de Galadriel lo mantuvieron razonablemente informado del desarrollo de la guerra, donde Legolas había jugado un importante papel al derrotar al Señor de los Nazgul, hazaña que lo llenó de alegría. Pero ahora, los mensajeros no le habían traído una noticia agradable. Todo lo contrario. Su hijo había deshonrado a Mirkwood y lo había llenado de vergüenza.
Legolas estaba ahora parado frente a su padre. El semblante sereno y la voz tranquila.
- “Padre, he vuelto”, fueron sus únicas palabras. Y se quedó allí, de pie, esperando la respuesta del rey.
- “Legolas de Mirkwood, estoy al tanto de los acontecimientos que te obligaron a regresar, ocultándote de quienes te dieron albergue. ¡Has traído la deshonra a nuestro reino!”, dijo fríamente el rey.
Legolas palideció notablemente ¿acaso su padre sabía? ¿Aragorn había sido tan cobarde? Una vez más agradeció que las luces del salón fueran tenues.
- “Padre, no entiendo lo que me dices. Vine porque la guerra ha concluido, y con ella la misión que me encomendaste”, respondió dominando su temblorosa voz.
- “Padre, acaba de llegar y le pedí que descansara, pero deseaba verte. Quizá esta conversación sea mejor mañana”, intercedió Haldamir.
- “¡Silencio!”, exclamó el rey. “Será Legolas quien hable, puesto que Legolas ha traído la desgracia a nuestro reino enfrentando nuestra casa con la de Elrond”
- “No he hecho nada de lo que deba arrepentirme”, declaró Legolas.
- “¿Nada? ¡Desafiaste a los hijos de Elrond! ¡Golpeaste a Elrohir sin motivo alguno! ¡Los amenazaste con enfrentar Mirkwood con Rivendel!”, bramó Thranduil furioso y poniéndose de pie.
Legolas retrocedió, temeroso de recibir un golpe, como había sucedido otras veces cuando irritaba así a su padre.
- “Sólo defendía mi honor de sus ofensas. Hubo provocación y me defendí ¿no es así como debe comportarse un príncipe?”, contestó Legolas.
- “¡Explícate entonces!”, ordenó el rey, sentándose nuevamente.
- “Lo siento. Mis asuntos me conciernen sólo a mí”, respondió Legolas, admirándose de su propia audacia. Nunca se había negado a los deseos de su padre, pero era obvio que Thranduil no sabía nada más acerca de la pelea y él no se lo diría.
- “Le pedirás una disculpa a Elrohir y a Elrond…”, empezó el rey.
- “¡No lo haré!”, exclamó Legolas, sabiendo que esto generaría un enfrentamiento mayor con su padre, pero no le importó. Su secreto estaba a salvo, y así lo mantendría.
- “Legolas, ¿me estás desafiando?”, bramó el rey
Haldamir tomó el hombro de su hermano, tratando de calmarlo, pero vio tal determinación en su mirada que lo soltó y se puso junto a su padre, esperando lo peor.
- “No padre. Jamás lo haría. Pero debes confiar en mí cuando digo que Elrohir me ofendió gravemente y yo sólo me defendí. No deseo enfrentar a nuestros pueblos, pero no me disculparé por una ofensa que yo no inicié”, dijo firmemente Legolas.
- “¡Lo harás!”, exclamó su padre, “Elrond así lo exige en su misiva y no podemos perder la amistad de Rivendel en estos tiempos donde debemos reconstruir nuestro reino”.
- “Lo siento, padre. No lo haré”
- “¡Lo harás! Yo, tu padre y rey, te lo ordeno. Lo harás y también me dirás ahora mismo qué acontecimiento motivó esa pelea. ¡Habla!”, rugió Thranduil.
- “Lo siento, padre. No lo haré”, repitió Legolas con voz firme.
Haldamir contemplaba atónito a su hermano menor enfrentarse a su padre, como nunca lo había hecho. Algo muy serio debía suceder para que Legolas tomara esa actitud, pero desafiar al rey no era una buena idea. Bajó las escaleras situándose nuevamente al lado de Legolas, como queriendo protegerlo.
- “Legolas de Mirkwood, eres una vergüenza para tu reino y para tu raza. Tienes plazo hasta mañana, y si persistes en tu irracional actitud, serás desterrado para siempre de este lugar, y perseguido como fugitivo por tus súbditos. ¡Ahora vete!”, fueron las palabras del rey, dichas en un tono glacial.
Legolas miró a su padre a los ojos y sin bajar la cabeza, dio media vuelta y empezó a andar hacia la puerta, seguido por el preocupado Haldamir que no entendía qué le pasaba a su hermano.
El camino hacia la puerta era interminable, Legolas sentía que se le doblaban las rodillas, pero jamás revelaría a su padre el motivo de la pelea con Elrohir y mucho menos pediría disculpas al arrogante hijo de Elrond, a quien despreciaba profundamente por su cobardía al denunciarlo así ante su padre.
Los dos hermanos caminaron silenciosamente por el pasillo que llevaba a la habitación de Legolas, mas ya no había alegría en el semblante del más joven. Apenas contestaba los saludos de guardias y doncellas y sólo se sintió seguro cuando entraron a sus aposentos.
Nada había cambiado allí, los enormes ventanales dejaban entrar la luz de la luna, varias plantas adornaban las paredes, suspendidas en maceteros dorados. El balcón estaba lleno de flores y la enredadera que subía por él estaba tal como él la dejó. Los muebles de madera tallada estaban ordenados y la cama tendida con las sábanas azul cielo que más le gustaban, y a su costado, en la mesa de noche, había una fuente con frutas variadas y una jarra de aguamiel. Sonrió a Haldamir, pues sabía que su hermano había cuidado esos detalles, y se dejó caer en la cama.
- “Legolas, no sabía…”
- “No te preocupes, hermano mío. Sólo deseo que sepas que no hice nada de lo que me pueda arrepentir y que el prestigio de Mirkwood está intacto”, le dijo a su hermano, que se sentó junto a él a un costado de la cama.
- “Te creo. Pero ¿qué ocultas? ¿por qué no puedes decírmelo? ¿acaso no confías en mí?”
- “Claro que sí, hermano. Pero este secreto no tiene para mí el significado que antes tuvo, y es un recuerdo muy doloroso que vine a borrar aquí. No puedo decírtelo ahora, pero cuando me sienta listo, lo haré”, dijo Legolas con dulzura. Nunca antes le había escondido algo a su hermano.
- “¿Qué harás entonces?”, preguntó Haldamir visiblemente preocupado.
- “No lo sé. Isilme es buena consejera, ella me ayudará”, sonrió Legolas, mirando la luna que se filtraba por las delgadas cortinas.
- “Te apoyaré en lo que decidas, aún si yo también debo enfrentarme a nuestro padre”, dijo Haldamir.
- “Gracias hermano. Ahora, ¿podrías contarme cuál es esa alianza que desea nuestro padre?”
- “Los orcos, arañas y wargos que vivían aquí han sido exterminados. Cuando se enteraron de la derrota del Señor Oscuro, cundió el pánico entre ellos, cosa que aprovechamos para atacarlos. Sólo unos pocos orcos lograron huir y hay rumores de que los uruk-hai de Saruman se les unieron y marchan a Mordor. ¿No te has topado con alguno de ellos en tu viaje?”
- “No he visto ninguno. Quizás sólo sea un rumor y los caballeros de Ithilien hayan acabado con ellos”, dijo pensativamente Legolas.
- “Una patrulla de elfos se dirigió hacia Ithilien a alertar a los humanos, deben haber llegado ya”, continuó Haldamir y aclaró, ante la mirada curiosa de su hermano, “No fui con ellos por órdenes de nuestro padre. Deseaba que esté aquí dirigiendo a los guardias de las fronteras. También encontramos una colonia de los últimos elfos del bosque Mágico y los trajimos aquí y tengo la misión de ayudarlos a reconstruir su reino”
- “Hay entonces mucho por hacer”, observó Legolas pensativo. Y luego agregó sonriente, “¿Y la dama elfa que frecuentabas?”
Haldamir sonrió también.
- “Gilraen, se encuentra bien y con muchas ganas de saludarte. Debemos reunirnos más tarde”
- “¿Eso es el inicio de algo más serio?”, continuó preguntando Legolas
- “De hecho, sí”. Respondió Haldamir, y siguió con el relato de sus hazañas con cierta dama elfa que le había robado el corazón.
Legolas sonrió, su hermano era feliz. Lo sabía por el brillo de sus ojos. Brillo que había visto en los ojos de Aragorn tantas veces. Una punzada de dolor lo devolvió a su triste realidad. Dijo estar cansado y que no deseaba cenar, se conformaría con las frutas. Haldamir vio la tristeza en los ojos de su hermano menor, pero bien conocía que Legolas le contaría qué le pasaba cuando estuviera listo. Se despidió de su hermano y se retiró, cerrando la puerta.
El rubio elfo no podía conciliar el sueño y apenas probó las frutas. Apagó las lámparas y dejó que la luz de Isilme fuera su única compañera. Recostado en la cama, anhelaba sentir la sensación de estar de vuelta en su hogar, pero no podía. El hogar nunca será el mismo para quien ha conocido el amor en un castillo, eb brazos de un rey mortal, pensaba amargamente. La poca paz que había sentido su atribulado espíritu fue quebrada por las palabras de su padre.
¿Qué haría? Había tranquilizado a Haldamir haciéndole ver que tenía todo bajo control, pero no era así. Demasiado bien conocía a su padre y sabía que sería inflexible. Pero jamás pediría una disculpa a aquél que le había hecho tanto daño, una humillación así no la toleraría, bastante humillado había partido de aquél nefasto banquete.
Mas, ¿qué le diría a su padre? No podía tampoco explicarle los motivos de la pelea. Si el sólo hecho de golpear al hijo de Elrond había causado tanto furor en su padre, ¿qué sería el saber que había dormido con el prometido de Arwen?... Por otro lado, estaba el destierro y el ser un proscrito en su propia tierra.
Analizó ambas alternativas. Haldamir pronto contraería matrimonio. Su hermano era feliz y ya no lo necesitaba. Su padre renegaba de él. No quedaba nada más que lo atara a Mirkwood. Una patrulla de elfos había partido a Ithilien, cazando los pocos orcos y uruk-hai que quedaban. Si él se unía a esa patrulla y llegaban a Ithilien, podrían establecerse allí y fundar una colonia, siempre y cuando lo continuaran reconociendo como su príncipe.
¡Ithilien! Esos bosques donde había dormido con Aragorn, donde su antiguo amante le había prometido hacer un palacio… ¿podría regresar a ellos con ese recuerdo? Pero eso era mejor que permanecer en Mirkwood con su vergüenza, o que ser desterrado.
Finalmente, el elfo se decidió. Partiría inmediatamente. Arregló sus pocas pertenencias y saltó por el balcón, sin ser visto por ningún guardia. Luego se dirigió a los establos y sacó a Arod. El caballo lo miró a los ojos, comprendiendo.
- “Fiel compañero, nos vamos nuevamente. No puedo estar más aquí”, susurró subiendo a su lomo.
Arod bufó en señal de comprensión, y emprendió la marcha, en mitad de la noche. Lo hizo tan silenciosamente que no llamaron la atención de ningún centinela, pues además, salieron por la parte sur del palacio, poco vigilada entonces.
Una vez lejos de esos parajes, Arod comenzó a galopar llevando a su amo donde no lo pudieran hallar, donde nadie pudiera hacerle más daño.
O eso era lo que creía el fiel animal.

Al día siguiente, Haldamir se extrañó de que su hermano no bajara a desayunar, pero lo atribuyó al cansancio que le dijo sentir. Asimismo, convenció al rey de ser más benévolo con su hermano y tener una nueva plática, a lo que Thranduil accedió, pues se sentía un poco culpable por el duro trato que le había dado a su hijo menor.
No fue sino hasta el mediodía, que vino el encargado de las caballerizas denunciando la pérdida de Arod, que se dieron cuenta de la desaparición de Legolas.
Esto causó gran conmoción en el palacio, y Haldamir empezaba a organizar partidas de búsqueda, cuando Thranduil ordenó suspender esas actividades. Para él era evidente. Si Legolas había huído, era culpable. Y no merecía ser hallado y devuelto a su condición de príncipe. ¡El mismo se había proscrito!
Inmediatamente ordenó a los heraldos proclamar que Legolas no era más el Príncipe de Mirkwood y pasaba a ser un vulgar fugitivo. Ningún elfo del Bosque Oscuro lo reconocería como su hijo y se le prohibía la entrada al palacio.
Haldamir nada dijo, pero su corazón estaba atribulado por su hermano y deseaba partir en su busca, mas la reconstrucción del reino era una tarea que no podía abandonar en ese momento.
- “¡Legolas! Iré a buscarte, lo juro hermano”, dijo de pie en el balcón, mirando el ahora verde paisaje por donde suponía había partido Legolas.

*
Legolas había cabalgado varios días sin hallar huellas de la patrulla de elfos, pero sí de orcos, pues esas criaturas horadaban la tierra que tocaba sus pies, como si la misma naturaleza sintiera repulsión de ellos.
No había llevado más que frutas y algunas hojas de lembas que le quedaban, tal fue su prisa por partir, y estaba un poco débil por el hambre y la falta de sueño. Decidió seguir a los orcos, guardando prudencial distancia, y anheló tener la habilidad de Aragorn para leer las huellas y encontrar así a la patrulla.
Continuó así varios días más y ya se encontraba muy próximo a la frontera de Ithilien. Una noche, decidió hacer una ronda antes de acampar y caminó por los alrededores cuidadosamente. Un objeto blanco saliendo de unos arbustos llamó su atención y se acercó cuidadosamente. La noche era oscura y no podía ver bien. Cuando estuvo cerca, se agachó para examinarlo. En ese momento, salió la luna, revelándole un espectáculo que lo sobrecogió en lo más hondo.
El objeto en cuestión era la pálida mano de un elfo muerto, el resto del cuerpo estaba oculto por los arbustos, desnudo y cubierto de sangre de tantas heridas que era imposible contarlas. La mirada de espanto de sus ojos y el rictus de su boca mostraban la tortura que había sufrido antes de morir. Horrorizado, Legolas reconoció apenas en ese rostro desencajado a uno de los hombres de Haldamir, guardias de la frontera.
Más allá habían otros cuerpos en iguales condiciones. Llevaban muertos algunos días, pues empezaban a descomponerse. Legolas sintió sus ojos llenarse de lágrimas y su corazón de coraje y deseo de venganza. Apiló cariñosamente los cuerpos de sus amigos y los cubrió con ramas y arbustos, ya que no disponía de herramientas para cavar. Juró que se dirigiría a Ithilien y volvería a darles sepultura, y se retiró tristemente de aquél paraje.
El día lo sorprendió sin haber dormido nada, de pie sobre el mismo árbol donde se había recostado sobrecogido por el espanto y dolor. Sólo orcos pudieron torturar así a sus amigos y juró no dejar uno sólo con vida.
Caminó con Arod al costado y atravesó un pequeño arroyo. Al llegar a la otra orilla, se arrodilló para lavarse la cara y se asustó de lo que vio. Su rostro estaba terriblemente pálido, sus cabellos despeinados, su mirada aún espantada. Ese hallazgo lo había horrorizado más que todo lo visto en la Guerra del Anillo. Por un momento, perdió la conciencia de dónde estaba y de lo que estaba haciendo. No oía nada a su alrededor, no sentía nada.
Un bufido de Arod y luego un sonoro relincho lo devolvieron a la realidad, e inmediatamente sintió una presencia tras él. Sus reflejos élficos lo hicieron saltar justo a tiempo de ser casi derribado por un enorme Uruk-Hai.
Los horribles seres lo rodeaban. Legolas no los había oído aproximarse, en su momento de debilidad. Resuelto, sacó la espada dispuesto a vender cara su vida y a vengar a sus amigos, pero la lucha era desigual. El elfo luchó desesperadamente, logrando abatir a dos de las enormes criaturas, pero fue reducido por otros dos, enormes y corpulentos. Trató de debatirse en vano y cuando esperaba que lo maten, un fuerte golpe en el cráneo lo sumió en una oscuridad total.



Capítulo 15: Quebrado

“And did they get you to trade / ¿ellos te hicieron cambiar
Your heros for ghosts? / tus héroes por fantasmas?
Hot ashes for trees? / cenizas ardientes por árboles?
Hot air for a cool breeze? / aire caliente por una fría brisa?
Cold comfort for change? / frío confort por cambio?
And did you exchange / ¿y tú intercambiaste
A walk on part in the war / un paseo en parte de la guerra
For a lead role in a cage? / por un rol de líder en una jaula?”

Widh you were here – Pink Floyd

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Camino a Ithilien
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¿Había soñado? La cabeza de Legolas le dolía terriblemente y sentía un extraño mareo, como si le pesara muchísimo. Sacudió la cabeza un poco y la trató de levantar.
Entonces notó que estaba siendo llevado como si se tratara de un bulto, en los hombros de alguien y su cabeza colgaba verticalmente, por eso sentía esa pesadez.

Su captor debió sentir el movimiento, porque se detuvo y lo alzó sin dificultad alguna, dando muestras de una fuerza enorme, mayor aún que la del elfo. El uruk-hai lo arrojó al suelo e inmediatamente fue rodeado por otros como él. Legolas los contó mentalmente, eran seis en total, una irrisoria cantidad de enemigos, los restos del orgulloso ejército de Saruman. Sin embargo, sus manos se encontraban atadas al igual que sus pies y no podía enfrentarlos sin armas. El elfo aún se sentía mareado por el golpe. Oscurecía, de modo que pensó que había estado todo el día inconsciente. No vio no oyó a Arod y su principal preocupación fue la suerte de su fiel compañero, pero luego se concentró en las criaturas y trató de entender lo que decían.

El uruk-hai que lo había llevado en hombros era el jefe de los otros, al parecer se llamaba Gorbag pues así le decían sus compañeros. En ese momento, sometía al príncipe a un cuidadoso examen, mientras gruñía cosas ininteligibles a sus compañeros. La enorme mano provista de garras tocó la mejilla del príncipe, quien asqueado de su contacto escupió la cara de su captor. Gorbag sonrió con crueldad y abofeteó brutalmente al elfo. Legolas pronto sintió algo tibio recorriéndole la mejilla y luego notó que era su propia sangre.

- “¿Qué quieres de mí?”, increpó a su captor. El príncipe había logrado sentarse en el suelo, y miraba a Gorbag con odio.

Los otros uruk-hai rieron y hablaron en su extraña lengua. Gorbag caminó en círculos alrededor del cautivo, quien lo seguía con la mirada firme.

- “Te enseñaré modales, elfo”, gruñó finalmente hablando en la Lengua Común. Luego se dirigió a sus compañeros y comenzó una nueva discusión.

Aparentemente discutían que hacer con Legolas pues los retrasaría en su viaje. Pero Gorbag tenía planes con los cuales los demás se entusiasmaron inmediatamente. A Legolas no le gustó nada la forma que tenía Gorbag de mirarlo y recordó estremeciéndose los cuerpos mutilados de sus compañeros. El uruk-hai se agachó nuevamente y palpó los muslos del elfo, recibiendo a cambio una patada en el rostro, Legolas había sido demasiado rápido en su movimiento para que su enemigo lo anticipara. Sin embargo, estaba en clara desventaja y su captor le propinó un feroz golpe en el estómago y una patada en los testículos y lo alzó nuevamente colocándolo en la posición de antes.

Legolas no emitió sonido alguno, era demasiado orgulloso para mostrarles debilidad a esos seres, y las lágrimas de dolor que trataban de salir fueron contenidas. Sus finos oídos captaron algo a lo lejos, el galope de varios caballos y un cuerno sonó claramente. Sus captores lo oyeron también y lo amordazaron antes de apresurar la marcha. El elfo había puesto todos sus sentidos en ese sonido, que le trajo un rayo de esperanza. Los uruk-hai huían de alguien, probablemente los hombres de Ithilien, y era preciso llamar la atención de éstos para ser rescatado.

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Gondor
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Aragorn caminó por el bosquecillo que marcaba los límites del palacio y el muro exterior de la ciudad. Se había estado sintiendo extraño y no comprendía por qué. Había logrado recuperar su reino, reconquistar la gloria de sus antepasados. La misión de su vida estaba cumplida, y se había casado con la elfa más bella de la Tierra Media, a quien amaba, logrando una importante alianza entre las razas más poderosas: elfos y humanos. Además, su bella reina esperaba un heredero, que aseguraría su linaje como gobernante de Gondor.

En resumen, tenía todo para ser feliz, pero no lo era. No entendía ese extraño desasosiego que sentía, cuando al despertar por las noches tenía la sensación de que sus dedos entrelazaban cabellos rubios y hallaba su mano acariciando los cabellos negros de Arwen. Pensó al principio que esa tristeza se debía a la partida de sus amigos, pero luego comprendió que era más profunda.

Además, le pasaba algo extraño. Había pasajes de su memoria que no podía recordar con claridad, como si una bruma se alzara sobre ellos; y cuando quería traspasarla, un mareo y a veces un dolor en la cabeza, se lo impedían. Nada de esto había dicho a Arwen para no preocuparla, pero había consultado a Ioreth, la sanadora, y algo en sus palabras lo había perturbado mucho.

- “Su alteza debe seguir su corazón, él disipará la bruma del camino”

Pero cuando él trató de pedirle que se explicara más, recibió una negativa absoluta. Ioreth le dijo que la respuesta se hallaba en él mismo y que debía buscarla.
Aragorn caminaba silenciosamente en el bosque, pensando en todas estas cosas y en Legolas. Analizando todo nuevamente, se extrañó de comprobar que no recordaba nada sobre el elfo. Es decir, sabía que era un amigo entrañable y que habían pasado por muchas aventuras en la Guerra del Anillo. Pero cuando intentaba evocar estas memorias, aparecía esa extraña bruma y el dolor de cabeza.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido entre los matorrales. Una pareja se despedía besándose apasionadamente. En un instante, una joven pasó corriendo junto a él sin verlo, mientras su acompañante corría en dirección contraria. Aragorn sonrió al reconocer a Aileen, doncella del palacio. “Un encuentro furtivo de amantes”, pensó, sintiendo nuevamente aquél desasosiego.

Un objeto brillante llamó su atención y se inclinó para recogerlo. Era un colgante. El mismo que Arwen obsequiara a Aileen. Aragorn se sorprendió, era una hermosa joya, digna de reyes, y no comprendía qué hacía allí. Palpó la hoja y las letras dibujadas con esmeraldas: “A” y “L”.

- “¿Legolas?”, fue el sonido que escapó de sus labios.

Como respondiendo a ese llamado, oyó un relincho al otro lado del muro. Sin pensarlo dos veces, guardó el colgante en su bolsillo derecho, se dirigió a la puerta más próxima y salió al exterior. Los guardias lo miraron extrañados, pero nadie impidió el paso a su Rey.

Aragorn reconoció instantáneamente a Arod y un funesto presentimiento se apoderó de él. Bien sabido era que Legolas y su caballo eran inseparables. Si el caballo volvía sólo, el jinete podía encontrarse en dificultades. No le importó que Legolas hubiera partido sin avisar a nadie el día más importante de su vida, cuando anunció su compromiso con Arwen. Ni las palabras de Arwen diciendo que un amigo leal no se va sin despedirse. Nada de esto le importó, pues su preocupación por la seguridad de Legolas sobrepasó todo pensamiento.

El caballo se aproximó a él y bufó nerviosamente, golpeando el suelo con los cascos. Luego tiró de él mordiendo suavemente su manto mientras relinchaba suavemente.

- “¡Espera!” dijo Aragorn, “es Legolas, ¿verdad? Te seguiré con una patrulla para ayudar a mi amigo”

Pero el caballo se comenzó a alejar y relinchó señalando el camino con la cabeza.

- “¿Deseas ir enseguida? ¡Espera! Iré contigo”, exclamó Aragorn acercándose. Subió al
lomo de Arod y el animal inició un veloz galope, dando tiempo a Aragorn únicamente para hacer señas a sus guardias para que no lo esperasen.

El galope de Arod era veloz pero sostenido. Se dirigía a la frontera de Ithilien, al lugar donde su amo había sido capturado.

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Norte de Ithilien
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La marcha de los uruk-hai era apresurada, pero se dirigían a la región montañosa de la frontera norte de Ithilien, próxima a Mordor. El paraje allí era desolado, enormes rocas y grises montículos precedían las montañas hacia donde aparentemente se dirigían. Durante esa marcha forzada, el elfo no fue tocado nuevamente, sólo era bajado de los hombros de Gorbag durante los breves descansos donde se le ofrecía de comer el escaso lembas que quedaba en su morral, cuyo contenido había sido desparramado en el lugar de la batalla. Sólo quedaban algunas hojas, lo suficiente para tres días, luego, tendría que comer la comida de esas criaturas.

Pasaron así varios días, hasta que finalmente, acamparon al pie de de una montaña, cerca de la entrada de una cueva. El deseo de vengar a sus amigos mantenía la voluntad de Legolas, quien pensando en eso, trató de comer la horrible mezcla que le sirvieron los uruk-hai, compuesta principalmente por carne seca. Sin embargo, oyó un comentario que lo hizo estremecer.

“¡Vamos elfo, come! El dueño de esa pierna no la echará de menos, pues lo que quedó de él yace en el estómago de Gorbag”, gritó una de las criaturas, empleando la Lengua Común.

Legolas dejó caer el recipiente, que apenas había tocado, y sintió algo que subía de su estómago hacia su garganta, siendo expulsado inmediatamente, ante las risas de las criaturas.

Gorbag golpeó al autor de la broma, si es que podía llamársele así. El incidente terminó en un enfrentamiento entre ambos uruk-hai, era obvio que disputaban por Legolas. Pero luego de una acalorada discusión y golpes, llegaron a un acuerdo y rieron cruelmente, lo que dejó al elfo paralizado de miedo. La mirada en los ojos de los uruk-hai no podía ser más siniestra y un terrible presentimiento lo asaltó, pero no demostró nada, tratando de conservar su dignidad. Incluso cuando Gorbag lo arrastró de los cabellos para llevarlo hacia la cueva que se encontraba al pie de la montaña junto a la que acamparon, Legolas no emitió sonido alguno.

La cueva estaba oscura y el aire era pesado allí dentro. Legolas se alegró de que sus captores no pudieran ver el terror en sus ojos, pero esta alegría le duró poco, pues los uruk-hai encendieron varias antorchas. Gorbag lo alzó de un brazo como si fuera un muñeco. La fuerza élfica no era suficiente contra esos seres mutados por Saruman. El elfo fue arrojado contra la roca que marcaba el final de la cueva y cayó atontado, pero antes de que se pudiera recuperar, fue tomado de los cabellos y obligado a ponerse de bruces. Gorbag se sentó sobre sus piernas mientras sostenía firmemente su cabello, tirando hacia atrás su cabeza de manera que no le permitía más movimiento.

- “¡Elfo, hoy serás nuestra diversión! Verás, Scragga dice que no sobrevivirás si ambos te tomamos. Pienso que sí lo harás, al menos por unos días. Si mueres hoy, serás la cena de Scragga, si sobrevives serás mío”, informó Gorbag hablando en la Lengua Común.

- “…”

- “¿Qué? ¿No dirás nada? Quiero oirte suplicar, elfo. Quizás así me apiade de ti y te mate con mi espada. No podemos llevarte más tiempo con nosotros, de modo que resolveremos este asunto hoy”, continuó Gorbag, tirando de los cabellos de Legolas hasta que cuello del elfo se arqueó en un ángulo casi imposible. Luego lo soltó violentamente.

El rostro de Legolas se golpeó fuertemente en la roca que componía el suelo de la cueva, pero el elfo no se quejó. Esto terminó por exasperar a Gorbag, que volteó a su presa, de modo que estaba frente a él. Legolas escupió el rostro de su captor y lo pateó violentamente en el estómago, pero Gorbag estaba en ventaja y lo golpeó en el rostro, aprovechando el momento para de un violento tirón, desgarrarle las vestiduras.

Los otros uruk-hai contemplaban cada movimiento de su líder, gruñendo de aprobación mientras las uñas de Gorbag laceraban la carne del pecho y estómago de Legolas, que pronto quedó bañado en la sangre de múltiples heridas.

- “¡Oh Elbereth! Dame el valor para resistir esta tortura, si debo morir, lo haré con la dignidad que corresponde a un príncipe”, pensaba Legolas, tratando desesperadamente de resistir las ansias de gritar.

El elfo trató de debatirse, pero fue sujetado por Scragga que se acercó con una malévola sonrisa. Ante un ademán de Gorbag, Scragga se inclinó y empezó a lamer con deleite las heridas sangrantes, haciendo otras a su vez con las uñas.

- “¡Aragorn! ¿Qué harías tú en una situación así? ¿Suplicarías que te matasen? ¿Resistirías, sabiendo que igualmente morirás?”, el pensar en su aún amado mortal hizo que Legolas lograse soltar una de sus piernas, dando un rodillazo en el rostro de Scragga.

- “¡Es suficiente!”, rugió Scragga. “¡Tómalo Gorbag, o lo haré yo primero!”, y usó su cuchillo para cortar las ropas del elfo y dejar al descubierto la parte baja de su cuerpo, mientras Gorbag le sujetaba las piernas.

Scragga entonces le propinó una patada en los testículos, haciendo brotar sangre de ellos. Legolas se echó para atrás, paralizado de dolor, pero no se quejó. Los uruk-hai estaban acostumbrados a que sus víctimas llorasen y suplicasen, y se complacían torturando elfos, pero la actitud de Legolas los desconcertaba y enfurecía. Gruñeron en su lengua expresando su descontento y Gorbag, enfurecido a su vez con el elfo, se puso de pie, mostrando su miembro erecto, y alzó las piernas de Legolas, penetrándolo tan violentamente que desgarró la carne, oyéndose un sonido raspante que pronto fue opacado por un alarido espantoso del elfo y luego hubo un silencio absoluto.

Legolas tuvo suerte de desmayarse, pues no oyó las exclamaciones de júbilo de sus captores, que se regocijaban porque al fin había sido quebrada su dignidad. También tuvo suerte de no oír el sonido raspante de Gorbag rasgándole la carne, ni sus gruñidos de salvaje placer al explotar su inmunda semilla dentro de su cuerpo. El elfo se había retirado a una oscuridad donde no podía sentir tampoco la penetración de Scragga, menos violenta que la anterior, pero igual de hiriente. Tuvo suerte de que su segundo verdugo acabase rápidamente y de no sentirlo expulsando un asqueroso chorro de esperma en su interior.

El elfo estaba inconsciente, casi muerto. Sólo un delgado hilo sostenía su vida en la Tierra Media: Aragorn. El recuerdo de aquél amor impidió que enloqueciera de espanto y de asco, mas no mitigaba el dolor. Los uruk-hai se habían retirado a descansar, no prestándole más atención a la ensangrentada figura del que fuera el orgulloso príncipe de Mirkwood, y ahora no era más que un elfo quebrado de la forma más espantosa.

- “¿Aragorn? ¿estoy muerto? ¿es así como se siente la muerte? ¡No! Este dolor no es de un cuerpo sin vida…aún estoy aquí ¡Oh Mandos, por favor llévame! No permitas que esto pase de nuevo, ¡quítame este sufrimiento!”

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Cerca de la cueva
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Faramir y sus hombres estaban siguiendo las huellas de un pequeño grupo de uruk-hai, los que habrían dado muerte a los elfos que hallaron cubiertos por varios matorrales. Las criaturas jamás enterraban a sus víctimas, por lo que dedujeron que uno de los elfos había sobrevivido.

Al continuar siguiendo el rastro, hallaron huellas de un caballo que había huído y restos de un morral y alimento élfico. Era obvio que el sobreviviente había sido capturado. Tocaron el cuerno en señal de amedrentamiento y partieron tras las huellas.

Les tomó algunos días rastrearlos adecuadamente, pues el terreno era rocoso y el avance de las criaturas no era fácil de seguir. Avanzaban con cuidado, pues no deseaban ser vistos. La tercera noche de la persecusión, un espantoso grito les sobrecogió el corazón. Su ayuda había llegado demasiado tarde para el infortunado cautivo, mas sería vengado. Se pusieron en marcha inmediatamente, hacia el origen de aquél alarido.

Finalmente, hallaron restos de un campamento y se apostaron entre las rocas, junto a la entrada de una cueva. No se oía ningún sonido, mas ya amanecía. Optaron por esperar la salida del sol, pues los uruk-hai, a pesar de no ser vulnerables a la luz como los orcos, no se sentían cómodos combatiendo de día.

Con el primer rayo de sol, acribillaron a flechazos al centinela, y la lucha comenzó. Los uruk-hai eran pocos, pero inmensamente fuertes, y estaban desesperados pues habían sido acorralados en una cueva. Los hombres de Faramir sumaban veinte y estaban bien armados. Lucharon durante casi una hora, hasta que finalmente cayeron todos menos Gorbag que se encontraba al fondo de la cueva luchando con su espada.

Tres hombres lo atacaron, pero logró asesinar a dos de ellos. Faramir en persona entró a la cueva y su coraje tomó más bríos al ver a sus hombres caídos. Tomó la espada y continuó el duelo, logrando decapitar a un cansado Gorbag, luego de varios minutos de lucha.

Se disponían a retirarse, llevando los cuerpos de sus hombres caídos, cuando Beregond, capitán de la guardia, reparó en un bulto oscuro que yacía al fondo de la cueva.

- “Señor Faramir, aquí hay algo”, exclamó. Faramir se detuvo ¡El cautivo! Aunque sólo sería su cadáver.

- “Tráelo. Con cuidado”, recomendó a Beregond.

Beregond y otro de los guardias se acercaron al prisionero, apenas veían dentro de la cueva, pero alcanzaron a distinguir unos cabellos rubios. Beregond se arrodilló y tocó su cuello, buscando señales de vida. Se sorprendió mucho al sentir el latido que, aunque débil, indicaba que había aún una chispa de vida en el maltratado cuerpo. Lo alzó de los hombros, con cuidado de que la cabeza no colgase. Al levantarlo, sus manos se mancharon con la sangre que cubría todo el torso del cautivo. Su compañero lo alzó de los pies y lentamente lo sacaron fuera de la cueva, donde los otros guardias retiraban también los cadáveres de los uruk-hai.

- “¡Es un elfo!”, exclamó uno de ellos.

Beregond lo depositó sobre la hierba lo más cuidadosamente que pudo. Faramir se acercó a prisa para examinar al herido. El señor de Ithilien palideció al reconocer al elfo.

- “¡Legolas!”, exclamó espantado. Luego, se despojó de su manto para cubrir el cuerpo desnudo del príncipe de Mirkwood de las miradas de los guardias.

- “Está agonizando, Señor. Nada podemos hacer por él”, dijo Beregond tristemente.

- “¡No! ¡No puede, un guerrero como él no debe morir así! ¡Vivirá!”, exclamó Faramir, alzando la cabeza de Legolas. Su rostro hinchado presentaba las marcas de los golpes recibidos, sus ojos estaban cerrados.

- “¡Legolas! ¡Soy yo! Estás a salvo. Abre los ojos, por favor!”

- “..A..Aragorn?”, sus labios se movieron apenas para formar esa única palabra. Los ojos permanecieron cerrados. Faramir, más que oírlo, adivinó el nombre y de pronto recordó: ¡Las manos del Rey!

- “Beregond, ve a Gondor enseguida. Avísale al Rey lo acontecido y llévalo a Ithilien. Fernion, ve a Ithilien y avísale a la Dama Eowyn que vamos en camino y que nos espere con el mejor sanador. Dru y Mael, traigan agua y vendajes!”

Los hombres partieron en seguida, mientras Faramir examinaba las heridas en el cuerpo de Legolas. El señor de Ithilien se estremeció al ver un reguero de líquido negruzco y maloliente que se mezclaba con la sangre que corría por los muslos del elfo, y comprendió que se trataba de la semilla de las criaturas que yacían muertas en la cueva. Lágrimas de impotencia cayeron de su noble rostro al no haber llegado antes y evitar el ultraje de que había sido víctima el valiente elfo.

Con ayuda de sus hombres, limpió cuidadosamente las heridas en el torso y espalda del elfo, y las vendó. Cubrió el hinchado rostro con un ungüento especial y arregló sus cabellos. Luego, atendió la herida más grave. Sus hombres contuvieron el aliento mientras lo ayudaban a mover al elfo con cuidado. Era la herida más espantosa que había visto. Trató de limpiarla lo mejor posible, y colocó un lienzo entre los muslos del elfo para que contuviera la hemorragia que aún tenía. Con ayuda de sus guardias, lo vistió con sus ropas de repuesto.

- “Mi señor, será afortunado si pasa la noche”, comentó uno de los guardias.

- “Vivirá Mael. Él sobrevivió al ataque del Nazgul, tiene una gran fortaleza. Sólo debemos llevarlo cuanto antes a Ithilien”

Y empezaron a preparar la partida. No hubo tiempo para limpiar la zona e incinerar los cadáveres de las bestias. La principal prioridad entonces era sacar a Legolas de allí. El camino a Ithilien era de cuatro días y Faramir rogó por que su amigo tuviera la fortaleza para resistirlos.

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De Gondor a Ithilien
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Aragorn galopaba con Arod, sosteniéndose de la crin del caballo, que, a la usanza élfica, no llevaba silla ni brida. Mientras se alejaban cada vez más de Gondor, pensaba en el elfo. Su amigo de quien nada podía recordar. Entonces, por primera vez, se dio cuenta de lo extraño que era eso, de todos sus amigos de la Comunidad, el único del cual no guardaba ningún recuerdo era el rubio elfo, de quien todos decían que era su más querido amigo. El lo sentía así en el corazón, pero no era capaz de recordar las hazañas que de él y del elfo se contaban.

Suspiró y trató de pensar en otra cosa, pues el dolor de cabeza amenazaba con volver. Sorprendentemente, notó que si pensaba en el Legolas de ahora, quien necesitaba su ayuda, el dolor no avanzaba, en cambio, si trataba de recordar a su compañero de la Comunidad, su cabeza parecía sostener un enorme peso.

Maquinalmente, llevó la mano a su bolsillo y sacó la joya que había encontrado. ¿Por qué esa joya le parecía tan extrañamente familiar? ¿Y las iniciales? “A” y “L” (“Aragorn, Legolas”), ¡No! ¡Eso era una locura!

Continuó cabalgando, procurando no pensar en nada y preparando su cuerpo y mente para la batalla que creía próxima, para salvar a Legolas.

La primera noche apenas descansó, pues Arod no deseaba detenerse y apenas comía. El rey estaba conmovido por la preocupación que el animal demostraba por su amo, y como él a su vez estaba preocupado, prácticamente cabalgó toda la noche. Lo mismo sucedería la noche siguiente, en que cabalgaron hasta media noche y se detuvieron luego en un claro para descansar.

El rey bajó del caballo, y luego de atenderlo, se preparó para pasar lo que quedaba de la noche. Apenas puso la cabeza sobre la hierba, cuando oyó el galope de otro caballo que se acercaba a gran velocidad. El rey se ocultó entre los árboles para poder ver quién era el jinete que llevaba tanta prisa.

Cuando el jinete llegó al claro, el rey salió de su escondite y gritó:

- “¿Quién cabalga hacia Gondor?”

El jinete se detuvo y volvió sobre sus pasos, hacia la figura embozada que lo observaba. Caminó lentamente, pues no estaba seguro si el desconocido estaba solo.

- “Voy a llevar un mensaje urgente al rey Elessar, de parte del señor Faramir de Ithilien”

- “¿Y qué mensaje es ese?”

- “Sólo se lo daré al rey”, respondió Beregond, pues de él se trataba.

- “Yo soy el Rey Elessar”, dijo el rey, quitándose la capa, pues había reconocido a Beregond.

- “¡Oh, Señor!, vengo a informarle que su amigo, el príncipe de Mirkwood se encuentra gravemente herido y es llevado a Ithilien”

Y Beregond le contó la persecución a los uruk-hai y el rescate del elfo.

- “¡Ohhh, Legolas!”, exclamó Aragorn, sintiendo un nudo en la garganta, - “¿está muy mal herido?”

- “Sí, mi señor. El señor Faramir me envió por vos debido a vuestras habilidades como sanador”

- “Entonces dime qué le ha ocurrido y así sabré que tratamiento aplicar y qué hierbas deberé recoger”, repuso el rey, tratando de calmar el golpeteo incesante de su corazón.

- “Señor, tiene golpes en el rostro y heridas de uñas en todo el cuerpo, principalmente en el pecho y la espalda…y…y…”, Beregond se interrumpió, inseguro de cómo comunicar al rey el hecho más grave.

- “¿Qué más?”, el rey tuvo un horrible presentimiento y esperó ansioso la respuesta.

- “Señor, él…los uruk-hai…lo lastimaron, está muy grave…”

- “¿Qué le hicieron?”, insistió el rey (“¡Legolas! No quiero oírlo, pero debo saber, para poder ayudarte. ¡Oh Valar, que no sea lo que estoy temiendo!)

- “Señor, ellos…ellos..lo ultrajaron”, dijo finalmente Beregond

- “¡NOOOOOOOOO!”, el rey estaba pálido. Su más funesto presentimiento se había hecho realidad, su amigo estaba herido en la forma más cruel para un guerrero. “¿Cuál es la extensión de sus heridas?”, se oyó preguntar, sin saber cómo logró articular estas palabras.

- “…son…fueron…no sabemos cuántos lo hicieron, pero la herida es seria. Estaba inconsciente cuando lo hallamos y el señor Faramir me envió de inmediato a pedir ayuda, hasta el momento en que vine hacia aquí, él no había despertado. El señor Faramir lo está llevando a Ithilien y deben estar por llegar”

Aragorn sentía que el mundo giraba locamente a su alrededor. (¡Legolas!), su más querido amigo estaba pasando por un terrible momento (¡No hay tiempo que perder!), debía ir enseguida.

- “Gracias, Berengond. Partiré sin demora. Debo pedirte, sin embargo, que continúes tu camino hacia Gondor e informes a la reina lo acontecido”, pidió el rey.

- “Lo haré así, mi señor”, respodió Beregond a manera de despedida y se alejó al galope de nuevo.

Elessar montó a su vez y Arod emprendió el galope hacia Ithilien. Ambos, jinete y caballo, confiaban en llegar a tiempo para curar las heridas del elfo.

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Camino a Ithilien
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Faramir cabalgaba a toda prisa con el elfo en sus brazos. No deseaba ponerlo sobre un caballo, ni que los guardias lo llevasen. Por eso, él mismo se encargó de transportarlo, sorprendiéndose de lo ligero que era Legolas. Trató de que el cuerpo del elfo rozara lo menos posible el caballo, por eso lo sostenía sentado, apoyando la cabeza de Legolas en su pecho.

El elfo apenas respiraba y muchas veces Faramir tuvo que detenerse para comprobar si seguía con vida. Ese día casi no descansaron en su prisa por llegar a Ithilien, y era de noche ya cuando bajaron de los caballos para descansar. Los brazos de Faramir estaban adormecidos, pero aún así, fue él quien se ocupó de atender al elfo, dándole agua. No estaba seguro de cómo alimentarlo, de modo que ordenó que le preparasen jugo de frutas y se sintió complacido cuando el elfo semi inconsciente bebió un poco.
Legolas tenía fiebre, lo cual era de esperarse, pues no tenían cómo limpiar adecuadamente la herida. Faramir se estremeció de pensar en las sustancias infecciosas que podría tener el asqueroso fluido de los uruk-hai y rogó que Legolas fuera fuerte y resistiese hasta Ithilien.

El señor de Ithilien sabía que esa noche sería la más difícil, y se dispuso a pasarla vigilando a su amigo. Se sentó junto a él y dispuso los turnos de guardia, luego colocó un recipiente con agua y puso un lienzo húmedo en la cabeza de Legolas.
El elfo no se movía, y su cuerpo estaba frío. Faramir colocó dos mantas extras para cubrirlo y tomó su pálida mano entre las suyas para darle calor. Luego esperó.

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En algún lugar de la mente
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El pasillo estaba oscuro, pero había una luz al final de él. La delgada y pálida figura del elfo avanzó penosamente. El dolor en su cuerpo era insoportable, pero sabía de algún modo que debía llegar a la luz.

Vagamente percibía a lo lejos el galope de varios caballos y las voces de hombres, pero era incapaz de responderles, concentrado como estaba en llegar hacia la luz.
No sabía cuánto tiempo había transcurrido, cuando finalmente levantó la cabeza y fue cegado por la brillante luz. Su efecto fue como un bálsamo y sintió curarse sus heridas, aliviarse el dolor de su alma. Anhelaba olvidar y descansar al fin. Se irguió y entró con paso seguro a la amplia cámara que se abría al final del pasillo. Una figura alta lo esperaba.

- “¿Lord Mandos?”, preguntó el elfo

- “Legolas de Mirkwood”, respondió la figura, caminando hacia él. Era más alto que Legolas y tan hermoso como sólo un Valar podía serlo. Su rostro tenía una expresión compasiva.

- “¡Llevadme con vos!”, pidió el elfo, sentía una enorme paz en ese lugar y sabía que allí podría encontrar el olvido que tanto necesitaba.

- “Legolas”, repitió Lord Mandos, obligándolo a mirarlo. Los azules ojos de Legolas lo interrogaban con la mirada.

“(¿Acaso no soy digno de entrar aquí? ¿También aquí se me despreciará por haber sido débil?)”

- “Legolas. Tu tiempo en la Tierra Media no ha terminado”, dijo calmadamente el amo de aquel lugar.

- “¿Qué? ¡No puedo volver! ¡No soportaré vivir con lo que pasó! ¡Te lo suplico!”, rogó el elfo cayendo de rodillas.

- “Hay quienes te necesitan en la Tierra Media”

- “¡No tengo a nadie! Mi padre me amenazó con el destierro, mi hermano no me necesita, mis amigos han encontrado ya la felicidad, ¡Por favor! ¡Alivia mi dolor, déjame quedarme aquí!”, pidió Legolas

- “Alguien te necesita aún”, repuso Lord Mandos

- “¡No! A nadie más hago falta…(¡Aragorn!)…no puedo volver…(él me abandonó) … no me obligues a hacerlo!”, suplicó.

Pero Lord Mandos no lo escuchaba. En lugar de eso, lo tomó de la barbilla obligándolo a levantarse y miró en los azules ojos, traspasando su alma. Luego sonrió y besó la frente del elfo.

- “Debes irte y ayudarlo a hallar el camino”

El elfo sintió que un remolino se lo tragaba y gritó, pero fue en vano. Todo el dolor de su cuerpo y alma habían vuelto y este último era más penoso aún, luego de haber conocido la paz por unos instantes. Un gemido se escapó de sus labios.

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Camino a Ithilien
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Faramir y Mael vigilaban el sueño del elfo, si así podía llamarse. Muchas veces tuvieron que aplicar el oído al pecho de Legolas para asegurarse de que su corazón aún latía. Faramir reemplazaba cada cierto tiempo el lienzo de la frente de Legolas, pero la fiebre no disminuía.

Hacia el amanecer, Faramir retiró de nuevo el lienzo y tocó el rostro del elfo y su cuello, sintiéndolos fríos. Mael tocó sus manos y estaban heladas también. Ambos sintieron un nudo en la garganta y Faramir comenzó a frotar los antebrazos del elfo con un ungüento de eucalipto, mientras Mael hacía lo mismo con las sienes. Ambos trataban de hacerlo reaccionar hablándole, pero el elfo no se movía.
De pronto, un suspiro escapó de sus labios y Faramir creyó que lo habían perdido, sorprendiéndose mucho al ver luego el rostro del elfo inundado en lágrimas.

- “¡Legolas! ¡Resiste amigo mío!”, exclamaba sin saber qué hacer

Un gemido escapó de los labios de Legolas, que abrió lentamente los ojos, parpadeando muchas veces mientras trataba de distinguir las sombras que estaban junto a él.

- “¿Aragorn?”, dijo débilmente

- “¡Legolas! ¡Gracias Valar! Soy Faramir, ¿me reconoces? Estás a salvo ahora y te llevamos a Ithilien”, explicó

- “¿Faramir? ¿Cómo?”, preguntó Legolas, cayendo de nuevo en la inconsciencia.

Faramir le frotó nuevamente las sienes y dejó escapar un suspiro de alivio cuando vio que el cuerpo del elfo estaba cubierto de sudor, señal de que la fiebre se alejaría pronto. Con ayuda de Mael, le cambiaron de ropas y retiraron una de las mantas. El sueño de Legolas parecía más tranquilo y por fin pudieron permitirse un descanso.
Al día siguiente, el elfo continuó inconsciente, sólo despertaba durante cortos intervalos, los cuales eran aprovechados por Faramir para darle jugo de frutas, y aunque Legolas no estuvo nunca plenamente consciente de lo que ocurría, no rechazaba ese alimento. Esa noche también Faramir veló su sueño, y la fiebre se presentó de nuevo, pero no tan fuerte como antes.

Los otros días transcurrieron en forma similar, hasta que por fin vieron la torre de Ithilien y apresuraron la marcha.

Finalmente, llegaron a Ithilien a media mañana del cuarto día de viaje y la Dama Eowyn los recibió. Luego de una breve explicación, fueron conducidos al dormitorio preparado para Legolas, donde ya se encontraba el sanador.

El elfo fue depositado cuidadosamente en la cama y el sanador inició su examen. Mientras lo hacía, Faramir llevó a parte a su esposa y le explicó lo acontecido. Eowyn estaba espantada.

- “¿Por qué Legolas? Él no merece sufrir así. Nadie lo merece. Quizás hubiese sido mejor que muera”, susurró ella.

- “No digas eso, amada mía. Él vivirá. He mandado llamar al Rey para que lo cure, como hizo en Gondor, quién mejor que él entiende de elfos...”

- “¿El Rey? ¡No! ¡No puedes hacerlo! Eso sólo empeorará las cosas....”, exclamó Eowyn, pensando en lo que ignoraban los otros pero que ella había descubierto. Aragorn allí sólo haría sentirse al elfo más miserable.

- “¿Por qué? Ellos son buenos amigos, Elessar no me perdonaría el no avisarle que su amigo está herido en mis tierras, ¿qué sucede, Eowyn?”, preguntó Faramir extrañado por la reacción de su esposa.

- “No... no es nada. Sólo pensé que él no querría que el rey lo supiese. Por cierto, Gimli está aquí”, informó ella, “creo que debemos comunicarle lo ocurrido”

- “Está bien. Iré yo. Quédate aquí con Legolas”, pidió Faramir, dirigiéndose hacia la puerta.


Eowyn se acercó al sanador, quien había cortado las vendas en el torso de Legolas y ya había terminado de examinar las heridas del rostro y pecho del elfo. El rostro de Legolas ya no estaba hinchado, aunque aún presentaba marcas moradas en las mejillas. Las heridas producidas por las uñas de los uruk-hai, se estaban cerrando también, por lo que su piel presentaba un mejor aspecto. Aún así, Eowyn se estremeció de pensar lo que le había ocurrido a su amigo y pensó qué haría el elfo cuando apareciera Aragorn, si es que el rey acudía al llamado.

- “Señora”, la voz del sanador la devolvió de su ensueño. “Necesitaré algo de ayuda para examinar las otras heridas. Debo llamar a mi asistente”

- “No, no hace falta”, dijo Eowyn pensando en la humillación del elfo. “Yo misma te ayudaré”

El sanador asintió y entre ambos pusieron al elfo boca abajo. El sanador descubrió su espalda y procedió a limpiar las heridas con agua tibia y hierbas desinfectantes. Eowyn le ayudó a untar las heridas con un aceite especial que ayudaría en la cicatrización. Luego le colocaron los vendajes, pero no lo vistieron, pues el sanador dijo que las heridas cicatrizarían mejor así.

- “Señora, nos falta la herida más grave”, dijo el sanador, dudando si ella accedería a ayudarle.

- “Está bien. Estoy lista, ¿qué debo hacer?”, respondió Eowyn. No le agradaba atender esa herida, pero prefería ser ella quien lo hiciera a tener que someter a su amigo a las miradas de otra persona.

En ese momento, alguien golpeó la puerta y Eowyn fue a abrir. Era Gimli.

- “Señora, debo ver a mi amigo Legolas”, pidió el enano.

- “Adelante, Gimli”, respondió ella, dejándolo pasar.

El enano se acercó a la cama donde yacía su amigo y lo examinó atentamente. Luego tocó su frente ardiente y sus frías manos.

- “¡Oh, Legolas! ¡Cómo pudo pasar esto!”, dijo el enano con la voz quebrada. “¿Cómo está?”, preguntó al sanador, con lágrimas en los ojos.

- “No lo sé aún con exactitud”, respondió éste. “Debo examinar sus otras heridas”

- “¿Otras heridas? Faramir me dijo que los uruk-hai lo atacaron y eso es evidente, ¿de qué otras heridas habla?”, pregunto Gimli dirigiéndose a Eowyn.

- “Gimli...es...es algo difícil de explicar. Por favor déjanos examinarlo ahora y luego hablaremos”, respondió ella con dulzura.

- “¡No! ¡Debo saberlo! ¿Qué más le hicieron? ¡Dímelo!”, pidió el enano.

- “Ellos abusaron de Legolas”, dijo Eowyn con un hilo de voz, sus ojos también estaban llenos de lágrimas.

- “¿QUÉ? ¡Nooooo, no puede ser! ¡Legolas!”, sollozó el enano tomando las manos del elfo inconsciente, “¿Qué le va a pasar ahora? ¿Cómo podrá superar esto? ¡Legolas! ¿Por qué tú?...¿Por qué...?”


Faramir entró en ese momento, acercándose a Eowyn y le susurró:

- “Traté de decírselo, pero no me dejó terminar, vino en seguida hacia aquí”

Ella asintió tristemente y respondió:

– “Debemos examinar las otras heridas, por favor sácalo de aquí”

- “Gimli”, dijo compasivamente Faramir, tocando el hombro del enano, “Vamos, deben curar sus otras heridas. No podemos estar aquí”. Pero el enano no se movía. “Vamos”, continuó Faramir, “Aragorn viene en camino y su presencia ayudará a nuestro amigo a mejorar...”

- “¡¿QUÉ?! ¿Aragorn? ¿Cómo pudiste?”, gritó el enano

- “¡Gimli! ¡Basta! Él no lo sabía...”, interrumpió Eowyn casi gritando, “Salgan de aquí, por favor. Él necesita reposo y debemos atenderlo sin demora”, y uniendo la acción con la palabra, tomó a Faramir del brazo y a Gimli del hombro y los empujó suavemente hacia la puerta, cerrándola cuando estuvieron fuera.

Eowyn volvió donde estaba el atónito sanador y continuaron con su tarea. La herida aquélla presentaba un aspecto terrible, la carne estaba desgarrada y enrojecida y aún sangraba. El lienzo que Faramir había colocado estaba cubierto por la sustancia negra de los uruk-hai.

El sanador preparó enseguida una mezcla de hierbas y la aplicó mientras Eowyn sostenía las piernas de Legolas. Una gota cayó sobre su mano y la hizo estremecer, pues esa sustancia ardía. Se imaginó qué sentiría el elfo, pero éste no reaccionó.

Finalmente, la herida fue limpiada nuevamente, y gran cantidad de sangre oscura manchó las sábanas. Colocaron un lienzo limpio entre las piernas de Legolas y cambiaron las sábanas, recostando finalmente al elfo allí, desnudo y cubierto solo con los vendajes. El sanador lo cubrió luego con una sábana.

- “Debe permanecer así, las heridas necesitan respirar y no podemos abrigarlo demasiado por la fiebre. Debo ir a preparar los unguentos con que lo trataremos mañana”, dijo el sanador.

- “Está bien. Me quedaré con él”

El sanador salió, llevando consigo las sábanas, vendas y lienzos manchados. Gimli entró inmediatamente, pues había estado esperando en la puerta.

- “¿Se pondrá bien, verdad?”, preguntó tímidamente.

- “Sí, mi amigo. Él se pondrá bien”, contestó Eowyn

***********************


Esa misma tarde, un cansado jinete, montado en un no menos cansado caballo, se acercaba a los muros de Ithilien. Los guardias le exigieron identificarse, como era habitual.

- “Soy Elessar, Piedra de Elfo, Rey de Gondor”, fue todo lo que dijo.

 

 


Capítulo 16: Viaje sorpresivo

“I'm so tired of being here / Estoy tan cansado de estar aquí
suppressed by all of my childish fears / deprimido por todos mis temores infantiles
and if you have to leave / y si tienes que irte
i wish that you would just leave / deseo que te vayas
because your presence still lingers here / porque tu presencia aún permanece aquí
and it won't leave me alone / y no me dejará solo”.

My Inmortal - Evanescence

Los guardias abrieron paso al rey. Faramir les había anunciado su llegada, pero nunca imaginaron que aquél jinete cansado y cubierto del polvo del camino fuera el señor de Gondor. Sin embargo, al oírlo hablar con la autoridad de quien está acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido, no dudaron. Aragorn entró con paso firme al palacio de Ithilien.

Faramir y Eowyn lo estaba esperando. Apenas lo vieron, corrieron a su encuentro. Se saludaron e informaron al rey la situación de Legolas. Aragorn preguntó preocupado.

- “¿Dónde está?”

- “Duerme ahora, señor”, respondió Eowyn, “Será mejor que su Alteza descanse del viaje antes de verlo”

- “Debo verlo ahora. Luego descansaré”, pidió Aragorn.

Faramir lo guió hacia la habitación. Abrieron la puerta y encontraron a Gimli sentado junto a la cama y al sanador que estaba aplicando paños fríos en la frente de Legolas, que parecía dormido.

El enano miró hacia la puerta y su preocupación se transformó en ira cuando posó sus ojos en el rey.

- “¡Cómo te atreves a venir hasta aquí!, ¡Él esta así por tu culpa!”, increpó el enano, incapaz de contenerse.

- “Gimli, basta. Elessar es nuestro soberano, y es tu amigo. Le debes respeto...”, intervino Faramir.

- “Espera, Faramir”, pidió Aragorn. “Gimli, no sé de qué me hablas, pero eso puede esperar. Legolas necesita mi ayuda, debo examinarlo”, dijo firmemente mientras avanzaba hacia el lecho del elfo.

- “¡No lo toques! Bastante daño le has hecho ya”, estalló el enano, poniéndose frente a la cama.

- “Gimli, no entiendo que te sucede. No he hecho nada para ofenderte y no tuve que ver en este desgraciado incidente que dejó así a nuestro amigo. Me duele tanto como a ti lo que le pasa, pero con palabras no lo ayudaremos. Déjame examinarlo”, pidió el rey, confundido. Ciertamente no había esperado semejante recibimiento de Gimli, pero no era el momento de hacer preguntas, sólo deseaba ayudar a Legolas.

Gimli miró a los ojos de su amigo de antaño. Creyó ver sinceridad en ellos, ¡claro! Era lógico que Aragorn no deseara a Legolas muerto, pero de allí a amarlo...aunque el humano tenía razón. De los presentes, Aragorn sabía más que ninguno sobre elfos y sobre las artes de curación. Se apartó lentamente y esperó.

Aragorn avanzó hacia Legolas. De pronto, una visión pasó fugazmante por su mente: Legolas en medio del bosque, cubierto de sangre. ¡Él lo había visto así antes! ¿Había sido un sueño? No podía recordar. La angustia que sentía en el pecho sólo se hizo más intensa cuando puso la mano sobre su frente y con expresión preocupada miró al sanador.

- “¿Desde cuando está así?”, preguntó. Su amigo, su querido amigo ardía en fiebre. Su frente abrasaba, ¿cómo era posible que un elfo tuviera fiebre?

- “Señor, lo trajeron así. No ha despertado desde entonces y hace unas horas la fiebre le comenzó a subir sin que podamos hacer nada. Sus heridas externas están bien, pero..pero la otra...herida...aún no muestra señal alguna de mejoría”, explicó el sanador.

Luego siguió una breve charla acerca de las hierbas y unguentos que el sanador había aplicado a Legolas. Todo eso habría servido en circunstancias ordinarias, pero ahora no habían tenido ningún efecto. Aragorn pensaba frenéticamente y de pronto recordó un episodio de fiebre de su infancia, y a Lord Elrond instruyendo a su madre.

- “Rápido, traigan huevos frescos, unos alfileres y hojas de higuera recién cortadas”, ordenó al sanador y a Faramir, que salieron enseguida. “Gimli, necesito estar solo para preparar todo”, pidió al enano.

Gimli lo miró receloso, pero se dispuso a obedecer. Después de todo, al elfo no podría pasarle algo peor a lo que ya estaba soportando, salvo que...salvo que despertara y viera a Aragorn...el enano volvió sobre sus pasos.

Aragorn puso nuevamente su mano en la frente del elfo y acercó su cabeza al pecho de Legolas para oír su corazón. Luego se inclinó para sentir su débil respiración y sin darse cuenta, su mano acarició los rubios cabellos y sus labios rozaron los párpados cerrados. Sentía una sensación tan hermosa y tan familiar a la vez que fue bajando con sus labios rozando la suave piel hasta...

- “Creo que mejor me quedaré”, dijo Gimli, colocándose en la cabecera de la cama.

El rey se sobresaltó y sin decir palabra fue hacia la mesa del sanador, donde comenzó a mezclar los ingredientes de un ungüento, en forma nerviosa, para ocultar su turbación, ¿qué había sido todo eso? Un momento más y hubiera besado a Legolas ¿en qué estaba pensando? Trató de calmarse y concentrarse en lo que hacía, evitando mirar a Gimli o a Legolas, hasta que volvió el sanador con lo que le había pedido.

Rápidamente, el rey rompió tres huevos y los echó en un recipiente, batiéndolos hasta formar una mezcla homogénea, luego pidió ayuda al sanador y entre los dos untaron esa mezcla en el cuerpo de Legolas, primero en los pies, cubriéndolos luego con las hojas, a las que previamente les hicieron agujeros con la aguja. Después, continuaron en las articulaciones de las piernas, en los muslos, brazos, estómago, pecho y cuello. Las manos del rey no podían dejar de notar la suavidad de la piel, aún maltratada por las torturas de los uruk-hai, pero muy agradable al tacto, y muchas veces tuvo que controlarse y aplicar la mezcla en lugar de acariciar la piel.

Cuando terminaron, Aragorn cubrió a Legolas con la sábana y una manta y puso más de la mezcla sobre su frente, colocando hojas agujereadas sobre ella. Luego se dirigió a la mesa del sanador y extrayendo las hierbas que había recogido en el camino, seleccionó algunas e indicó al sanador hervirlas en medio litro de agua y traerle el líquido en cuanto estuviera listo. Continuó luego mezclando ingredientes en un cazo de piedra y aplastándolos con una piedra alargada, mientras le agregaba un aceite de aloe. Cuando se formó una pasta suave color verdoso, dejó de trabajar y se lavó las manos.

Durante todo ese tiempo, Gimli no había dicho palabra y custodiaba la cabecera de su amigo. Aragorn volvió junto a la cama y tocó suavemente la frente del elfo, suspirando con alivio.

- “Ahora sólo debemos esperar a que baje la fiebre”, dijo suavemente Aragorn, cogiendo una silla y sentándose junto a Legolas. Tomó la mano del elfo y aguardó en silencio, inquieto por la mirada del enano, pero a la vez incapaz de alejarse de Legolas.

**********************
En algún lugar de la mente
**********************

Legolas yacía en el pasadizo incapaz de moverse. El dolor que había sentido, volvía con fuerza, más fuerte aún porque conoció el alivio y la paz que le fueron arrebatados. Podía captar que era transportado y colocado sobre algo suave, y a lo lejos, oía las voces de sus amigos ¿Gimli? ¿Eowyn? Pero estaban lejos, y él no tenía fuerzas para moverse.

Se abandonó a su dolor, deseando solamente morir, pero eso también le había sido negado, cuando Lord Mandos lo expulsó de su Sala. Trató de entender lo que le había dicho ¿Aragorn? Pero, ¿cómo podría él mostrarle el camino? Él mismo no sabía si saldría alguna vez de ese dolor físico y mental que lo embargaba. ¡Se sentía tan cansado! ... Aragorn estaba en sus pensamientos, no lo podía apartar de su mente, a pesar de todo lo sucedido, ¡cómo dolía su presencia!

Había perdido la noción del tiempo, sintió algo de alivio en las heridas lacerantes de su rostro, pecho y espalda y supuso que lo habrían llevado a un lugar más seguro ¿Ithilien?, pero la parte baja de su cuerpo dolía inmensamente. Jamás pensó que un dolor así pudiera existir, jamás pensó que algo así le podría suceder a él. Si lograba sobreponerse al dolor, si lograba vivir, estaría marcado para siempre. Se alegró de que Aragorn no estuviera junto a él. Era mejor así. No tendría que sentir la humillación de que él supiera que había sido mancillado, no tendría que verlo nunca más ni ver lástima en sus ojos. Lástima por lo que le hicieron, lástima por lo que jamás llegaría a ser. Era mejor así.

“These wounds won't seem to heal / estas heridas no parece que sanarán
this pain is just too real / este dolor es demasiado real
there's just too much / hay demasiado
that time cannot erase / que el tiempo no puede borrar”


Entonces sintió una caricia. ¡Aragorn! La mano que acariciaba su cabello, como otras tantas veces lo había hecho. Luego sintió el roce de unos labios sobre sus párpados y sobre sus mejillas. Y en un momento, se habían ido. Legolas se sumió nuevamente en la oscuridad.

**************

 

Aragorn trataba de concentrarse en otra cosa, pero su mente no dejaba de pensar en Legolas. El tacto de su delgada mano entre las suyas era suave y extrañamente familiar. Arwen tenía manos muy parecidas, pues ambos eran elfos, pero Aragorn sentía que había algo más. El dolor de cabeza había comenzado de nuevo, pero la fiebre de Legolas bajaba y eso era una buena señal. Empezaba a sentirse aliviado.

Aragorn se preguntó por qué Gimli estaba tan molesto y por qué le dirigía miradas amenazadoras, pero mientras pasaban los minutos, se habituó incluso a eso. Se sentía bien junto al elfo, como si hubieran estado así antes y eso le daba una grata calidez a su corazón. Sabía que cuando Legolas fue herido al derrotar al Señor de los Nazgul, él lo había curado, y al pensar en eso, aún sentía una angustia profunda, aunque no podía recordar por qué. Era extraño, su corazón tenía muy cerca a Legolas, pero él no recordaba nada sobre el elfo que ahora yacía inconsciente.


”When you cried / cuando lloraste
i'd wipe away all of your tears / enjuagué tus lágrimas
when you'd scream / cuando gritaste
i'd fight away all of your fears / aparté todos tus temores
and i've held your hand / y he tomado tu mano
through all of these years / durante todos estos años
but you still have all of me / pero tu aún tienes todo de mí”.


El rey tocó nuevamente la frente de Legolas y sonrió a Gimli.

- “La fiebre ha bajado”, dijo aliviado y comenzó a retirar las hojas del cuerpo del elfo. “Legolas, ¿puedes oírme?”, susurró suavemente.

****************

 

Las palabras arrancaron a Legolas del lejano lugar donde se encontraba. ¡Aragorn! Las manos del rey aliviarían su dolor, ¿no era eso lo que había dicho Lord Mandos?, sintió el roce de unos dedos sobre su piel, retirando algo que lo cubría. Sólo podían ser las manos de Aragorn. El elfo iba poco a poco recobrando la consciencia y sus recuerdos, la mayoría de los cuales estaban asociados a Aragorn. Su rostro, su voz, sus manos recorriendo su cuerpo…

”You used to captivate me / solías cautivarme
by your resonating light / con tu luz radiante
but now i'm bound / pero ahora estoy atado
by the life you left behind / por la vida que dejaste atrás
your face it haunts / tu rostro hechiza
my once pleasant dreams / mis una vez placenteros sueños
your voice it chased away / tu voz apartó
all the sanity in me / toda la cordura en mí”


Legolas parpadeó un momento. Su mirada trataba de enfocar a quien ahora lo cubría con una sábana. Sentía un inmenso dolor y eso le recordó…

- (“¡No! No fue un mal sueño, ¡ocurrió!, estoy aquí y todo ese dolor es real”).

”These wounds won't seem to heal / estas heridas no parece que sanarán
this pain is just too real / este dolor es demasiado real
there's just too much / hay demasiado
that time cannot erase / que el tiempo no puede borrar”

- “Ahhh”, se quejó débilmente. El dolor era demasiado fuerte.

- “Legolas”, el rey tomó una de sus manos y Gimli, desde su puesto en la cabecera y fuera de la vista de Legolas, le lanzó una furiosa mirada. “Legolas, soy yo, Aragorn. Estás a salvo en Ithilien y pronto te aliviarás”, dijo suavemente.

Los ojos azules se abrieron y miraron al mortal. Por un momento sus miradas se quedaron fijas y Aragorn sintió que su corazón se llenaba de ¿amor? ¿amistad?, pero luego, un profundo dolor llenó los ojos de Legolas, tan claramente que el mortal lo sintió como si de él mismo se tratara.

”When you cried / cuando lloraste
i'd wipe away all of your tears / enjuagué tus lágrimas
when you'd scream / cuando gritaste
i'd fight away all of your fears / aparté todos tus temores
and i've held your hand / y he tomado tu mano
through all of these years / durante todos estos años
but you still have all of me / pero tu aún tienes todo de mí”.


Aragorn trató de decir algo, pero las palabras se congelaron en sus labios cuando vio refulgir un destello de rabia en los ojos de Legolas y su rostro se contrajo con enojo.

- “¡Déjame, mortal!”, la voz del elfo sonó débil, pero decidida. Legolas retiró su mano, y la puso a un costado de su cuerpo, aferrando la sábana.

- “Legolas, ¿qué te pasa? Soy Aragorn. Sé que estás cansado y que has pasado por algo terrible y estoy aquí...”, empezó el confundido rey.

- “Elessar, vete. No he pedido tu ayuda y no la necesito”

- “Pero yo...”

- “Ya lo has oído, Aragorn. ¡Déjalo! O te las verás conmigo y con mi hacha”, exclamó Gimli.

El rey retrocedió, ¿qué pasaba? ¿por qué todos parecían odiarlo cuando él quería ayudar a Legolas? ¿la visión, tendría algo que ver? Él pudo evitarlo, de algún modo él sabía lo que ocurriría. Pero, ¿cómo Gimli y el mismo Legolas parecían saberlo también? El dolor de cabeza volvió, tan fuerte que Aragorn se sintió mareado.

- “Y-yo...lo siento”, dijo despacio y se dirigió a buscar al sanador.

- “Elfo loco”, dijo Gimli acercándose al lecho. Legolas no se veía nada bien, sus manos aún aferraban la sábana, como si necesitara protección. Se veía indefenso y Gimli nunca lo había visto así. Ni siquiera cuando el Señor de los Nazgul lo atacó, había parecido Legolas tan desvalido. Era como si toda voluntad de vivir lo hubiera abandonado.

Legolas miró a su amigo. Logró contener las lágrimas, no deseaba más humillaciones.

- “Gimli”, susurró.

- “¡Oh Legolas! Lo siento tanto…”, dijo el enano, lleno de pena.

- “No digas nada”, pidió el elfo, “Estaré bien”, dijo, tratando de mostrarse fuerte.

El sanador entró en ese momento, con la poción que Aragorn le había pedido, y tras él entró Eowyn. El rey se quedó afuera, pero había dado instrucciones previas al sanador sobre lo que tenía que hacer. No deseaba alterar a su amigo con su presencia, era evidente que Legolas, por alguna razón que luego averiguaría, no lo quería cerca.

Gimli también tuvo que salir, pero se paró obstinadamente en la puerta, junto a Aragorn. Allí esperaron un largo rato, angustiados al oír los lamentos del elfo por el tratamiento que le estaban aplicando. Luego de un rato eterno, el sanador salió.

- “Señor, le dimos de beber la pócima que usted indicó. Y ya hizo efecto. Aplicamos también el ungüento. Ahora duerme y la fiebre ha desaparecido por completo, pero está muy débil”, informó.

- “Bien. Preparen un caldo caliente para cuando despierte”, ordenó el rey.

*******

 

Legolas cerró los ojos. El tratamiento que debía ayudarlo a curarse había sido humillante y ahora el dolor se había intensificado con un ardor insoportable, producto del ungüento que le aplicaron. Eowyn había tratado de explicarle.

- “Legolas, estarás bien. Esto dolerá al principio, pero te aliviará y la poción también te ayudará a dormir”.

- “Eowyn...”, susurró él

- “Dime, querido amigo”

- “¿A-Aragorn?...”, preguntó

- “Está afuera, con Gimli”, explicó ella, “¿Deseas que lo llame?”

- “N-no”, fue la respuesta, “¿Por qué tuvo que venir?”, la pregunta pareció más dirigida a él mismo que a Eowyn, sin embargo, ella respondió.

- “Lo siento. Faramir lo mandó llamar, sólo quería que te curase. Él no sabia...”, y calló avergonzada.

- “Está bien. No tienes que disculparte”, dijo Legolas tratando de sonreír. Luego bostezó, la poción empezaba a hacer efecto. “¿Eowyn?”

- “Dime, Legolas”

- “Gracias”, y el elfo cerró los ojos, incapaz de resistir el sueño que se apoderaba de su cuerpo. Su último pensamiento consciente antes de quedarse dormido, fue para Aragorn.

”I've tried so hard to / he tratado tanto
tell myself that you're gone / de decirme a mí mismo que te has ido
and though you're still with me / y aunque aún estás conmigo
i've been alone all along / he estado solo todo el tiempo”


*****************
Gondor
*****************

La reina miraba por el balcón, retorciéndose aún las manos por la furia que sentía. Beregond acababa de partir con un mensaje para Aragorn. Aún recordaba cuando, hacía unos días, un guardia fue a buscarla mientras ella paseaba en el jardín.

- “Mi señora, tengo un mensaje del rey”, dijo él, haciendo una reverencia.

Arwen se extrañó, pues Aragorn había ido a dar un paseo no hacía mucho tiempo.

- “¿Qué ocurre?”, preguntó intrigada.

- “Mi Señor Elessar fue tras un caballo fugitivo. Nos indicó que no lo siguiéramos y que viniéramos a avisarle”, explicó el guardia.

- “¿Caballo? ¿Fugitivo?”, dijo la reina. Un horrible presentimiento se abría paso en su mente “¿Cómo era ese caballo?”, preguntó ansiosa.

- “Era muy grande, de color gris. Sin duda de la misma raza que los caballos de Rohan. Pero, a la usanza élfica, no llevaba montura”, respondió el guardia.

La reina palideció, e hizo un esfuerzo por dominarse.

- “¿Él dijo el nombre del caballo?”

- “Lo llamó Arod”, respondió el guardia, confirmando su presentimiento.

- “Gracias. Retírese”, dijo ella y lo despidió.

Arwen no sabía cómo había podido soportar aquéllos días. Consultó el palantir, pero ya no veía nada en él. Esperaba en el balcón a que Aragorn regresara, confiando en que el hechizo que invocó fuera lo suficientemente fuerte. No hablaba con nadie y apenas probaba alimentos.

Todos creían que su embarazo la estaba afectando así, y quizás era cierto en parte, pues sentía una enorme angustia que no la dejaba dormir. Pero a la vez, su odio hacia Legolas se hizo mayor. Aragorn había ido tras su caballo, eso sólo podía significar que el elfo andaba cerca. El solo pensamiento de que ellos dos podían estar solos de nuevo la llenaba de ira, y amargas lágrimas corrían por su rostro.

Pero no podía ir tras el rey, las doncellas y guardias no se lo permitirían. Tampoco los ministros, molestos por la repentina desaparición de Aragorn, dejarían a la reina ausentarse.

Así habían pasado cuatro días, cuando vio un jinete que cabalgaba de prisa. Solo. Su corazón dio un vuelco, pero su vista penetrante notó que no se trataba de Aragorn, sino de Beregond, capitán de la guardia de Faramir. El recién llegado fue llevado de inmediato a su presencia.

Beregond informó a la reina lo sucedido, omitiendo solamente la naturaleza de las heridas del elfo. No le pareció prudente tocar un tema tan delicado con la reina.

Arwen escuchó todo tranquilamente. La alivió saber que Aragorn estaría en Ithilien, rodeado de personas y no solo con Legolas, quien además estaba malherido y difícilmente intentaría algo. El elfo era demasiado orgulloso y la humillación que había sufrido el día que Aragorn anunció la boda, no sería olvidada fácilmente. Pero Aragorn no podía estar allí, junto con el elfo, indefinidamente. No. Debía hacer que vuelva. Rápidamente trazó un plan.

Ese mismo día, fingió sentirse mal y envió por el sanador. Como había estado muy extraña esos días, y todos lo atribuían a su embarazo, no le fue difícil convencerlo. Tampoco le costó hacerles creer que estaba así por la ausencia de su esposo. Como resultado de esas maniobras, Beregond fue enviado en busca del rey con la consigna de traerlo “inmediatamente”.

Ahora, sólo le quedaba esperar.

*****************
Ithilien
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Legolas despertó sintiéndose algo mareado. La falta de alimentos empezaba a hacer su efecto, ahora que la fiebre había desaparecido. Estaba muy débil y sentía frío, cosa rara en un elfo. Trató de moverse para cubrirse mejor, pero un dolor lacerante le recordó lo que le había pasado.

El horror de su situación lo dejó inmóvil. Además de la humillación de ser visto así por sus amigos, Faramir, Eowyn y Gimli y los guardias que ayudaron en su rescate, ahora tenía a Aragorn tratando de ¿ayudarlo? Legolas no deseaba la lástima de nadie, y mucho menos el mortal que lo despreció y a quien, aunque odiara admitirlo, aún amaba.

¡Tenía que salir de allí! No podría soportar ver de nuevo a Aragorn, escuchar su voz... Pensó en lo que dijo Lord Mandos, ¿él, Legolas, debía ayudar al rey a encontrar el camino? ¡era una locura! Aragorn estaba bien sin él, lo había abandonado por Arwen, lo había humillado después de jurarle que estarían juntos. ¡Si tan sólo le hubiera dado una explicación! Y ahora, estaba allí, pretendiendo que nada había pasado, ¡diciéndole que quería ayudarlo!

Tenía que salir, y cuanto antes mejor.

Su mirada recorrió la habitación. Frente a la ventana había una silla donde estaban algunas prendas. No las que él había traído, sino otras limpias, seguramente puestas allí por Eowyn. Suspiró. La distancia de la cama a la silla era enorme.

Legolas trató de sentarse, apoyando uno de sus brazos en el borde de la cama para impulsar su cuerpo y a la vez para mitigar el dolor, al apoyar parte de su peso en el brazo. Con el otro brazo se cogió de la cabecera de la cama y se impulsó. Luego de dos intentos, logró incorporarse penosamente.

Consciente de que estaba desnudo, Legolas tiró de la sábana para cubrirse y avanzó muy despacio, calculando el dolor con cada paso que daba. Las piernas le temblaban y el dolor era terrible, pero se las compuso para avanzar apoyándose en la pared.

Para llegar al tramo final, necesitaba caminar sin apoyo, pues la silla hacia la que quería llegar estaba en medio de la habitación. Respiró y dejó de afirmarse a la pared y avanzó unos cuantos pasos en dirección a su objetivo. Pero Legolas no había contado con lo que la falta de alimento, la fiebre y la pérdida de sangre habían hecho a su organismo. En medio camino, sus piernas no lo sostuvieron más, se enredó con la sábana y cayó pesadamente al piso de piedra, dando un grito de dolor.

Su grito sonó tan débil que nadie pareció oírlo, y el elfo se quedó encogido en el suelo, tratando de cubrirse con la sábana y sintiéndose la persona más desdichada de la Tierra Media. Decidió descansar un momento e intentar ponerse de pie, y para distraer su mente del dolor, se dedicó a escuchar con atención los ruidos del palacio.

Afuera parecía haber un tumulto, y oyó varias voces. Pudo distinguir gritos de los guardias y también la voz de Faramir dando órdenes y luego pasos apresurados que se dirigían a donde estaba él. Trató de levantarse, pero una punzada de dolor lo hizo caer nuevamente. En ese momento se abrió la puerta.

Legolas cerró los ojos. No quería más humillaciones. No deseaba la lástima de los mortales. Sólo un elfo podría comprender su dolor. Pero allí no había elfos.

- “¡Legolas!”, gritó una voz familiar.

En un instante, Haldamir estaba arrodillado junto a él, con la angustia pintada en el rostro. Legolas lo miró y sus ojos suplicaron algo que solo su hermano pudo comprender. Rápidamente se dirigió a los otros que habían entrado. Su voz sonó firme y no admitía réplicas. Era la voz del príncipe heredero de Mirkwood.

- “¡Salgan todos! Déjennos solos”

Nadie dudó en obedecer, incluso el mismo Aragorn y Faramir se retiraron, pues comprendieron también. Cuando la puerta se cerró, Haldamir tomó a su hermano en brazos y lo llevó nuevamente a la cama, donde lo cubrió con una manta.

- “¡Debí seguirte esa misma noche! Así hubiera evitado esto...”, dijo el angustiado príncipe.

- “...”

- “Seguí tu rastro...encontré a los otros, tú los viste también, ¿verdad?”, Legolas asintió, “encontré también a esos...seres...muertos. Supe que algo terrible había pasado. Encontré restos de tu ropa y huellas de humanos. Vine aquí enseguida, pero por lo visto llegué tarde”, dijo Haldamir lleno de pesar.

- “No te culpes, fui yo”, interrumpió Legolas

- “Legolas, ¿qué pasó?, dímelo todo”, pidió Haldamir

- “Yo-yo...no puedo”, dijo débilmente Legolas

Haldamir lo abrazó como lo hacía cuando Legolas era pequeño. Lo atrajo hacia su pecho y acarició su cabello, sin decir nada. Sabía que algo terrible le había ocurrido a su hermano, pero no sabía qué. Había corrido a la habitación que le señalaron diciendo a Aragorn que hablarían después, que primero vería a Legolas.

- “Descansa, hermano. Estaré a tu lado”, le dijo para tranquilizarlo. “Gimli y Aragorn también están aquí”

- “A-Aragorn no...”

- “Él está preocupado, desea verte...”, explicó Haldamir, pues sabía que el mortal era uno de los mejores amigos de Legolas.

- “No quiero verlo”, dijo Legolas

Haldamir se extrañó mucho por el deseo de su hermano, pero no era el momento de contradecirlo. Lo tranquilizó respecto a Aragorn y Legolas pareció más calmado. En ese momento, llamaron a la puerta y entró Eowyn con un tazón de caldo humeante para Legolas.

- “Gracias, Dama Eowyn. Si me permite, yo mismo atenderé a mi hermano”, dijo Haldamir educadamente, colocando el tazón en la mesa junto a la cama.

- “Está bien”, repuso ella. “Estaré afuera, llámenme si necesitan algo”

Haldamir ayudó a Legolas a alimentarse. Pudo notar que estaba muy débil y que había adelgazado muchísimo. Una vez que Legolas terminó, se adormeció nuevamente y Haldamir lo dejó descansar.

Afuera, aguardaba Eowyn y Gimli, quienes le informaron que Aragorn y Faramir deseaban hablar con él y explicarle lo sucedido. Ellos entraron a acompañar a Legolas mientras Haldamir se dirigía al salón.

*

Los rostros serios de Aragorn y Faramir le dijeron al príncipe que algo realmente grave había sucedido con Legolas. El rey de Gondor le hizo un ademán para que tomara asiento y habló seriamente.

- “Haldamir, como has visto, la situación en la que se encuentra tu hermano, el príncipe de Mirkwood es grave. Hemos hecho hasta ahora lo que estaba a nuestro alcance para ayudarlo a recuperarse, pero debemos esperar hasta que el tratamiento aplicado haga efecto. Faramir te explicará en qué circunstancias lo encontramos”, explicó Aragorn.

- “Antes de las explicaciones, debo comunicarles algo”, dijo Haldamir igualmente serio, “mi hermano no es más el príncipe de Mirkwood. Mi padre lo desheredó debido a un incidente acaecido en Gondor y del cual pediré luego al rey alguna noticia. Mi padre ha enviado heraldos a los reinos élficos y humanos anunciando su decisión, pero yo decidí adelantarme y venir en busca de mi hermano”

Faramir y Aragorn mostraron su sorpresa ante esa noticia, y Faramir explicó lo ocurrido, evitando mirar al príncipe a los ojos. Haldamir lo escuchaba apretando los puños, y, al finalizar el relato, Aragorn explicó cómo Arod lo había buscado y cómo se había encontrado con Berengond y había llegado a ayudar a su amigo.

El elfo calló por un largo rato, con el rostro indescifrable. Luego los miró.

- “Agradezco en nombre de mi reino a ambos, por haber salvado la vida de mi hermano y por ayudarlo en su recuperación. Legolas saldrá adelante, lo conozco y él es muy fuerte. Debo sin embargo, hablar en privado con el rey. Hay algo que no he comprendido bien”, pidió.

Faramir se retiró y los dejó solos.

- “¿Qué sucede?”, preguntó Aragorn

- “Cuando estaba con Legolas, él me dijo que no desea verte. Además, mi padre recibió una carta de Elrond exigiéndole que Legolas presentara sus excusas por una pelea que tuvo con Elrohir, la cual, según Elrond, fue provocada por mi hermano. Deseo saber si estos acontecimientos están relacionados”, respondió Haldamir.

- “Lo siento”, repuso el rey, “no sé nada respecto a esa pelea. Legolas dejó el banquete donde anuncié mi boda con Arwen y partió sin despedirse de nadie. Quizás fue a causa de la pelea que dices, pero ni Elrond ni Elrohir me han dicho nada sobre eso”, explicó Aragorn.

Haldamir lo miraba fijamente, sopesando cada una de sus palabras. No dijo nada y continuó aguardando la explicación a su primera interrogante.

- “Respecto a la actitud de Legolas...”, empezó Aragorn un tanto inseguro, “no la entiendo, quizás él se siente avergonzado por todo lo que ha sucedido. De hecho, él tampoco se despidió de mí y no lo había vuelto a ver desde entonces”

- “Hay algo aquí que no me gusta”, dijo Haldamir, “y llegaré al fondo de esto”, agregó decididamente y se puso de pie, dando por terminada la entrevista.

*

Varios días transcurrieron en Ithilien, sin embargo, el estado de Legolas no parecía mejorar con la rapidez que se esperaba en un elfo. Sus heridas externas estaban sanas, no había señal de los golpes que recibió en el rostro ni de los cortes hechos con las uñas de los uruk-hai en el resto de su cuerpo. Además, ya podía caminar un poco por la habitación y sentarse junto a la ventana, pero se rehusaba a salir y no aceptaba visitas de nadie más que de Haldamir, Eowyn y Gimli, y los exámenes del sanador.

Legolas se había rehusado a contarle a su hermano el por qué de su enojo con Aragorn; y Gimli, que era el único que parecía saber qué pasaba, no hablaba tampoco con el rey. Además, cuando Haldamir le pidió explicaciones, le dijo simplemente que ese asunto le concernía a Legolas y que él no podía revelarlo si su amigo no deseaba hacerlo.

Haldamir decidió no presionar a Legolas con eso y ayudarlo a recuperarse, pero tenía el presentimiento que la recuperación de su hermano y su enojo con Aragorn estaban muy relacionados, de modo que su relación con el rey se enfrió notablemente.

Aragorn entre tanto, sentía que todos estaban en su contra, por alguna razón que él desconocía por completo. Los dolores de cabeza se presentaban cada vez que buscaba en su memoria alguna discusión que hubiese tenido con Legolas, y tenía pesadillas en las cuales veía al elfo cubierto de sangre. De algún modo sabía que lo sucedido a Legolas y esas pesadillas estaban relacionados, y a pesar de sentir el desprecio de Gimli y Haldamir y de no ser admitido para ver a Legolas, permaneció al lado de su amigo, sosteniendo largas charlas con el sanador y Eowyn respecto a la evolución del estado de Legolas.

Un día, Beregond volvió de Gondor, con un mensaje importante para el rey: La reina Arwen se encontraba delicada de salud y requería la presencia inmediata de su esposo. Aragorn se preparó para partir, no sin antes tener una plática con Haldamir.

- “He conversado con el sanador acerca del estado de Legolas”, explicó el rey, “físicamente su recuperación es lenta, pero lo que más me preocupa es su estado de ánimo”, confesó, sin importarle la mirada airada de Haldamir.

- “Estoy tan bien informado como tú sobre el estado de mi hermano”, dijo fríamente Haldamir.

- “Lo sé. Es por eso que te pido que hagas lo único que pienso que puede ayudar: ver a la Dama Galadriel”, continuó Aragorn.

- “Legolas no desea...”, protestó Haldamir.

- “¡No se trata de lo que Legolas desea! Se trata de lo que debemos hacer por su bien”, dijo vehementemente Aragorn.

- “Y tú pareces conocer bien qué es lo mejor para Legolas, ¿verdad? Por eso no desea verte...”

- “¡NO SÉ POR QUÉ NO DESEA VERME!”, estalló Aragorn, “esto es difícil para mí también, pero no abandonaré a mi mejor amigo. Sé lo que debe hacerse y sólo te pido que lo hagas, por el bien de Legolas”

Haldamir lo miró sin responder. El rey parecía sincero. Además, él mismo comenzaba a desesperar por la impotencia de no poder ayudar a su hermano, y Galadriel era la elfa más sabia en la Tierra Media, si ella no sabía qué hacer, nadie más lo sabría.

- “Está bien. Veré si Legolas está en condiciones de viajar”, aceptó finalmente.

- “Lo está”, dijo rápidamente Aragorn, “consulté con el sanador antes de llamarte. Sucede que debo ver a Arwen en Gondor y como es la ruta que debemos tomar, pensé que podríamos detenernos allí y luego partir por el río hacia Lothlórien. De ese modo, Legolas no se fatigará demasiado con el viaje”

- “¡Lo habías decidido todo, eh!”, exclamó Haldamir

- “Lo siento, sabía que no rehusarías. Nos une el mismo interés por el bienestar de Legolas. También hice preparar un carruaje y provisiones. Así Legolas no tendrá que cabalgar”, dijo el rey.

Haldamir lo miró derrotado. Sabía que Aragorn tenía razón.

- “¿Cuándo partimos?”, preguntó.

- “Mañana temprano”, contestó Aragorn.

- “Iré a avisarle a mi hermano”, dijo Haldamir y se retiró.

*

Legolas se encontraba sentado junto a la ventaja, con Gimli, hablando acerca de el viaje que prometieron que harían al bosque de Fangorn y de la fascinante vida de los ents.

Haldamir entró y se sentó junto a su hermano. Tomó aire y le explicó a Legolas que debían partir a Gondor con Aragorn al día siguiente.

- “¡NO IRÉ!”, gritó Legolas, “no pondré un pie en Gondor jamás”

- “¡Cómo se atreve!”, exclamó Gimli, “Legolas se encuentra bien acá, no hay necesidad de viajar aún”

- “Si ustedes dos me dicen qué es lo que sucede, entonces entenderé esa obstinación”, dijo Haldamir, pero Legolas desvió la mirada hacia la ventana y Gimli calló.

- “Bien”, continuó Haldamir, “Legolas, sé que esto es difícil, pero debes reconocer que necesitas ayuda, y que Galadriel es la única que nos puede ayudar ahora. Todo está preparado para el viaje y partiremos mañana. Si hay algo que debas decirme que pueda cambiar esa decisión, hazlo ahora”

Legolas jamás le diría a su hermano la humillación que había sufrido. Solo murmuró

– “No iré a Gondor”

- “Gondor está a medio camino, y será necesario que descanses unos días”, explicó Haldamir. “¿Qué hay en Gondor para que no desees ir? Además, Aragorn nos ha dicho que Arwen espera un heredero y que su estado es delicado, de seguro desearás verla”

Si Haldamir esperaba animar a Legolas con estas palabras, se sorprendió al ver la expresión de dolor en el rostro de su hermano y al ver a Gimli cerrando los puños. Pensaba frenéticamente qué podría estar sucediendo allí, pero no lograba entender...estaba a punto de decir que pospondrían el viaje, cuando Legolas lo sorprendió diciendo:

- “Está bien. Le demostraré que no me importa. Si eso quiere, entonces lo verá”

Gimli murmuró su desaprobación, pero Legolas continuó diciendo “los elfos somos la raza más fuerte. Ahora lo probaré”

- “Bien, iré a ver los preparativos del viaje”, dijo Haldamir tomando las enigmáticas palabras de su hermano como una aceptación al viaje.



Capítulo 17 Lothlórien

“Somebody get me out of here / algo me lleva fuera de aquí
I'm tearing at myself / estoy desgarrándome
Nobody gives a damn / nadie da una maldita cosa
about me or anybody else / sobre mi o cualquier otro
I wear myself out in the morning / me visto a mi mismo en la mañana
You're asleep when I get home / estás dormido cuando llego a casa
Please don't call me self defending / por favor no me llames autodefensor
You know it cuts me to the bone / sabes que me hiere profundamente
And it's really not surprising / y realmente no es sorprendente
I hold a force I can't contain / tengo una fuerza que no puedo contener”

Medication – Garbage


El día de la partida, el cielo amaneció despejado y el sol brillaba radiante. El carruaje aguardaba en la puerta del palacio, con Arod a la cabeza de los tres caballos que tirarían de él.

Aragorn se encontraba dando las últimas órdenes. No deseaba viajar con escolta, la ruta hacia Gondor ya no era peligrosa, de modo que sólo irían Gimli y Haldamir acompañando a Legolas. Además de los caballos que tirarían del carruaje, había otro caballo para el rey, así como el caballo que había acompañado a Haldamir desde Mirkwood.

Gimli se acercó y terminó de acomodar su equipaje. Aún continuaba sin hablar mucho con Aragorn, de modo que se sentó en el asiento del cochero, pues prefería conducir a los caballos que cabalgar él mismo.

Eowyn y Faramir estaban también allí, para despedir a los viajeros. La Dama Eowyn parecía triste, pues le daba pesar dejar partir a Legolas en ese estado, pero sabía que él estaría mejor entre su gente.

Finalmente, aparecieron los dos elfos. Legolas había decidido caminar, aceptando la ayuda de su hermano hasta que llegaron a la puerta. Una vez allí, pidió a Haldamir que lo dejara solo.

El elfo caminó penosamente hasta donde estaban Faramir y Eowyn. Ellos trataron de acercarse, pero Haldamir los detuvo con un ademán. Legolas era un elfo y a pesar de las humillaciones que había recibido, deseaba despedirse de sus anfitriones con dignidad.

- “Faramir, Eowyn”, dijo Legolas, “les agradezco el haber salvado mi vida y tambien su hospitalidad. Me siento en deuda con ustedes”

- “Legolas, quisiéramos que te quedaras más tiempo. Pero sabemos que es mejor que vuelvas con los tuyos y esperamos que nos podamos encontrar otra vez en mejores circunstancias”, dijo Faramir.

- “Considera esta como tu casa, amigo mío”, exclamó Eowyn besándolo en la mejilla.

- “Gracias”, dijo Legolas. No deseaba hablar más temiendo que sus emociones lo traicionasen delante de Aragorn.

Con un abrazo final de despedida, el elfo se dirigió lentamente al carruaje. Su mirada se cruzó con la de Aragorn, que lo saludó inclinando la cabeza. Legolas sostuvo esa mirada, a pesar de que sentía que las piernas se le doblaban. No le demostraría al mortal que lo afectaba. Aunque empezaba a dudar de su resolución.

Finalmente llegó, cogiéndose del estribo y subió. El movimiento hizo que el dolor lo traspasara nuevamente, pero se las arregló para no gritar. Por dentro, el carruaje era amplio y cómodo y los asientos habían sido adaptados para formar una cama en la cual cabía una persona. El equipaje de todos se encontraba asegurado sobre las estanterías. Había también una canasta con frutas frescas, las favoritas de Legolas.

El elfo se dejó caer sobre la cama, el esfuerzo había sido grande y estaba seguro que había vuelto a sangrar. Cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa.

- “Legolas, ¿todo bien?”, preguntó Aragorn entrando a su vez en el carruaje mientras Haldamir y Gimli se despedían de Faramir y Eowyn.

- “Estoy bien”, fue la seca respuesta. ¿Por qué tendría que entrar de ese modo? No lo quería cerca, no ahora, no así.

- “Déjame ayudarte”, dijo el rey, alcanzándole unas mantas. “por favor”, agregó mientras Legolas lo miraba fríamente.

El elfo lo dejó quitarle las botas y cubrirlo con una de las mantas, mirando hacia el techo. Aragorn se sentó a un costado de la cama, pues en el carruaje no había más espacio.

- “Amigo mío”, dijo Aragorn, sintiéndose extraño por decir esas palabras a Legolas, como si debiera ¿llamarlo de otro modo?, “debes descansar. El esfuerzo que hiciste fue excesivo. No tenías que caminar toda esa distancia...”, se detuvo. Estaba actuando con Legolas de forma ¿protectora?

- “Estoy bien”, repitió Legolas, y para darle mayor énfasis a sus palabras, dirigió su mirada al rey.

Ambos se quedaron así, mirándose.

Aragorn se perdió en los ojos azules de Legolas, pensando en lo hermoso que era el elfo y sintiendo una extraña nostalgia, la misma nostalgia que había sentido la primera noche que pasó con Arwen, cuando sus manos añoraban acariciar ¿cabellos rubios?...

Legolas se perdió en los ojos grises de Aragorn, notando por primera vez que el mortal se había peinado y que su rostro estaba afeitado. Se veía más joven y majestuoso con esas ropas de rey...si tan sólo...

- “¿Legolas?”

Haldamir entró al carruaje con expresión preocupada. No había podido detener al mortal antes de que entrara y temía que su hermano estuviera disgustado.

- “Estoy bien”, respondió el elfo, “¿partimos?”

Aragorn salió del carruaje y luego de las despedidas y recomendaciones finales de Faramir y Eowyn, partieron, siendo escoltados por algunos guardias hasta el muro exterior de Ithilien.

Aragorn cabalgaba adelante, seguido por Haldamir. Gimli hacía las veces de cochero, cosa fácil porque Arod seguía al caballo de Haldamir y los otros dos caballos lo seguían a él, de modo que el enano no tenía mucho que hacer y se la pasaba comentando la alegría que tendría de ver a la Dama Galadriel.

El estar al aire libre nuevamente había suavizado los ánimos del enano, y Haldamir estaba más tranquilo al ver que Legolas aceptó la presencia de Aragorn dentro del carruaje. Quizás eso era lo que su hermano necesitaba, un poco de distracción en lugar de estar rodeado de cuidados, pensó.

Legolas de arropó dentro del carruaje. No sentía frío, pero las cobijas le daban la sensación de estar protegido, como cuando estaba en brazos de Aragorn. Rechazó ese pensamiento inmediatamente. No quería pensar en el mortal. Pero ¿qué había sido lo que vio en sus ojos? Por un momento pensó que el pasado se había borrado y que él y Aragorn estaban de nuevo juntos. Luego, la triste realidad lo golpeó con fuerza. Aunque Aragorn fuera libre, él nunca volvería a su lado, después de lo sucedido con los uruk-hai, se sentía “sucio”, y esa sensación empeoraba cada día...se decía a sí mismo lo que le habían dicho Haldamir y Gimli, que no fue su culpa, pero en el fondo sabía que si no hubiera estado distraído pensando en Aragorn, las bestias no lo hubieran capturado. Y si no hubiera huído de su reino, nada de eso hubiera pasado. Poco a poco se fue quedando dormido, adormecido por el movimiento del carruaje.

Luego de cabalgar por varias horas, Aragorn decidió hacer un alto para almorzar. Detuvieron los caballos y Gimli bajó del carruaje, adolorido, y fue a estirar un poco las piernas. Haldamir mientras tanto, se asomó al carruaje a ver a Legolas, y como lo encontró dormido, se puso a atender a los caballos mientras Aragorn preparaba los alimentos.

El rey se sentía complacido con esa tarea, le recordaba sus tiempos de montaraz, en que todo era más facil y no tenía tantos deberes y protocolos que cumplir. Recordó con nostalgia los viajes de la Comunidad, cuando Legolas cantaba para todos, después de comer. Extrañaba esos tiempos, a sus amigos hobbits, a Gandalf, incluso a Boromir. Eso le llevó a pensar en la muerte de Boromir, el intenso dolor que sintió, cuando pensó que les había fallado a todos y alguien lo confortó, abrazándolo sin palabras. ¡Legolas! Lo recordaba claramente, Legolas lo había abrazado fuerte, haciéndolo sentir ¿amado?...pero el recuerdo se diluyó en su mente y el dolor de cabeza apareció con gran intensidad...

Aragorn se levantó algo mareado, y terminó de preparar los alimentos. Sirvió la ración de Legolas en un plato metálico (Eowyn había insistido en que llevaran utensilios de cocina) y buscó a Haldamir para que se lo llevara, pero éste estaba ocupado con los caballos, de modo que Aragorn se dirigió al carruaje y abrió la puerta.

- “¿Legolas?”, llamó despacio, pero no obtuvo respuesta, de modo que entró.

Encontró al elfo dormido y sin hacer ruido, se acercó a él y puso el plato en una mesa que había junto a la cama (el único mueble dentro del carruaje). No deseaba despertarlo, pero entonces vio que el elfo se agitaba en sueños y murmuraba en élfico.

- “¿por qué...Aragorn?”, mientras una solitaria lágrima se deslizaba por su mejilla.

Aragorn puso la mano sobre su hombro para calmarlo y rozó su cabello. Sin saber cómo, sus dedos se enredaron en aquél cabello rubio y su otra mano acarició la pálida mejilla siguiendo el camino de la lágrima.

Legolas se agitó más y rechazó su contacto, estremeciéndose y murmurando palabras ininteligibles, de las que Aragorn sólo pudo rescatar un – “¡No! ¡No!”, desesperado. Era evidente que tenía una pesadilla sobre su reciente ataque.

El mortal no supo qué hacer...Legolas no quería su presencia, aunque la última vez no lo había rechazado del todo...por otro lado, la angustia en el rostro de su amigo era conmovedora y las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos. Sin pensarlo más, se sentó sobre la cama, lo abrazó con fuerza tomándolo por la espalda y llevando su cabeza hacia su pecho le susurró al oido...

- “Shh, Legolas, estás a salvo ahora...”, mientras acariciaba su espalda, tratando de calmarlo.

El cuerpo del elfo se relajó un poco, y luego un poco más, hasta que se quedó inmóvil. Aragorn lo abrazó con fuerza, como si sus brazos fueran el único lugar al que perteneciera Legolas. El elfo de pronto levantó la cabeza un poco.

- “¿Aragorn?”, dijo débilmente y cuando se dio cuenta de que el rey lo estaba abrazando, se puso tenso y se soltó.

- “Lo siento Legolas...tenías una pesadilla y yo sólo trataba de ayudar”, dijo Aragorn avergonzado...por un momento había creído...pero no, era una locura...aunque, ¡se sentía tan bien tener al elfo entre sus brazos!

- “Gracias, Elessar. Pero estoy bien”, respondió fríamente el elfo.

- “Te traje algo de comer”, dijo el rey señalando el plato ¿por qué Legolas lo había llamado Aragorn y luego Elessar?...otra vez el dolor pareció partirle la cabeza...hizo una mueca de dolor.

- “Gracias”, respondió el elfo con tono cortante, “¿te pasa algo?”, preguntó al ver al rey poner una expresión de gran dolor.

- “No...solo es mi cabeza, me ha estado doliendo mucho últimamente”, respondió Aragorn (“cuando pienso en ti”), quiso agregar, pero no lo hizo. “Creo que debes descansar. Iré con los otros”, y sin más, se retiró.

Legolas se quedó solo, pensando. Tomó distraídamente los alimentos que Aragorn le había llevado. Acababa de notar que había algo raro en el rey, pero no tenía idea de qué podía ser.

No pudo pensar más en Aragorn. La herida le había vuelto a sangrar y estaba doliéndole mucho, por eso se alegró cuando Haldamir apareció a ayudarlo y se sintió aliviado cuando su hermano colocó el ungüento que Aragorn había preparado. Luego, partieron nuevamente.

El resto del viaje transcurrió sin mayores incidentes, pues Aragorn decidió evitar volver a molestar a Legolas y no volvió a verlo a solas, aunque sabía, por Haldamir, que la herida no mejoraba como debiera. El rey se sentía culpable a causa de Arwen, pues estaba sintiéndose muy extraño cada vez que se acercaba al elfo. Tenía deseos de abrazarlo, de protegerlo, de amarlo, y estos pensamientos lo hacían sufrir, de modo que se concentraba en guiar a la pequeña compañía y en conseguir alimentos frescos para Legolas, pero no volvió a visitarlo.

Legolas mientras tanto, platicaba con Haldamir y Gimli sobre el bosque y las criaturas que lo habitaban, y evitaba hablar sobre Aragorn. Solo en una ocasión, mientras cenaba con Gimli, el enano le preguntó de pronto.

- “Legolas, ¿cómo harás cuando lleguemos a Gondor?”

El elfo suspiró, él había estado también pensando en eso cuando lo dejaban sólo. Lo último que deseaba era ver a Arwen esperando un hijo de Aragorn. Pero él mismo había aceptado hacer el viaje, en parte para demostrarle a Aragorn que no le importaba y en parte para desengañarse de una vez y arrancar al mortal de su corazón.

- “No lo sé”, dijo tristemente, “la verdad, no lo sé”

El enano decidió no volver a tocar el tema.

Lo único bueno de todo ello era que Aragorn y Gimli volvían a tratarse, pues era forzoso que se hablaran siento tan pocas personas en el viaje. Además, el enano veía que Legolas estaba mucho más tranquilo respecto al mortal y eso lo convenció de que finalmente su amigo dejaría de sufrir, aunque no perdonaba a Aragorn su cobardía y nunca sería como antes.

Finalmente, un atardecer, llegaron a Gondor.

Arwen esperaba en el balcón cuando vio llegar a la comitiva, y su corazón dio un salto al ver a un elfo rubio galopar junto a Aragorn. Pero cuando miró mejor, se dio cuenta de que no era Legolas, aunque sí era extraordinariamente parecido a éste, seguramente se trataba de Haldamir. El rey parecía cansado y atormentado por algo, pero ya ella se encargaría de hacerlo sentir mejor.

Bajó las escaleras y puso su mejor sonrisa para recibir a los invitados.

Haldamir estaba ayudando a Legolas a bajar del carruaje, pero en cuando él vio a Arwen, apartó el brazo de su hermano y caminó sólo.

Aragorn se acercó a la reina y ella lo saludó con un beso en la boca.

- “Mi señor, ¡te extrañé mucho! Que bueno que hayas vuelto...”, dijo Arwen, colgándose del brazo de Aragorn para saludar a Legolas.

Aragorn sonrió algo incómodo. No sabía por qué, pero se le había ocurrido que Arwen no debería darle esa bienvenida delante de Legolas.

- “Mi bella reina”, respondió Aragorn, “no deberías estar levantada. Me dijeron que te encontrabas delicada de salud”

- “Me siento mejor ahora que estás aquí”, dijo ella sonriendo y acercándose al elfo.

- “Mae Govannen, Legolas. Ha pasado mucho tiempo”, dijo tendiéndole la mano, que el besó, evitando mirar el vientre de la reina, ligeramente abultado.

- “Mae Govannen, Arwen. Luces tan bella como siempre”, respondió el elfo, haciendo un gran esfuerzo por sonreír.

Gimli los miraba sorprendido. Le extrañaba la calma del elfo y la aparente indiferencia de Aragorn – “Cosas de elfos”, murmuró.

Luego de intercambiar saludos con los demás invitados, entraron al castillo. Arwen caminaba del brazo de Aragorn, seguidos por Legolas y Haldamir. Gimli cerraba la marcha.

Legolas trataba de concentrarse en el camino. No quería pensar. No deseaba recordar tiempos felices en el palacio, cuando Aragorn y él pasaron allí una noche juntos, jurándose amor eterno y ahora, caminaba detrás del rey y de su esposa, con una enorme herida en el cuerpo y en el alma.

Se dirigían a las escaleras, rumbo a sus habitaciones, donde ya los sirvientes estaban llevando sus pertenencias. Arwen subió primero y Aragorn se quedó dando instrucciones a su jefe de guardias mientras los otros subían.

Legolas estaba distraído, y tropezó con un escalón, pero dos brazos fuertes lo sujetaron y le impidieron caer ¡Aragorn!. El mortal lo sostuvo entre sus brazos un momento, negándose a soltarlo hasta que los ojos inquisidores de Arwen se posaron sobre él y Haldamir tomó del brazo a Legolas.

- “Gracias, Elessar”, respondió Legolas, con voz glacial.

- “Legolas, debes descansar”, dijo la reina “sé que estás herido y ese viaje debe haberte fatigado. Tus habitaciones están preparadas, así como las de Gimli. Haldamir, no sabía que vendrías, de modo que podrás esperar un momento con Legolas hasta que los sirvientes terminen de preparar tu habitación”, y añadió, mirando a Legolas directamente a los ojos, “ahora, deberán disculparnos, pues hace mucho tiempo que no veo a mi esposo y necesitamos estar a solas”, y cogiendo el brazo de Aragorn se lo llevó hacia su habitación.

El rey se dejó llevar, dirigiéndole una última mirada a Legolas. El dolor de cabeza empezaba nuevamente y necesitaba descansar.

El elfo se dirigió en silencio a su habitación, seguido por Haldamir. Una vez allí, se sentó con cuidado en la cama. No deseaba hablar, sólo quería estar solo con su pena. No había pensado lo duro que sería ver a Aragorn junto a Arwen, verla a ella esperando un heredero, y saber que por eso, su amado lo dejó.

- “Legolas, ¿estás bien? Te has puesto muy pálido”, dijo preocupado Haldamir.

- “Lo estoy”, respondió el elfo sonriendo a su hermano. No tenía derecho a preocuparlo más. “sólo deseo descansar un poco y...”, se detuvo inseguro.

- “¿Qué más deseas?”

- “Me pregunto si podría tomar un baño”, dijo Legolas. Ansiaba tomar un baño, no se había bañado desde el ataque de los uruk-hai y a pesar de que habían limpiado su cuerpo, se sentía “sucio” aún.

Haldamir sonrió a su hermano y asintió.

- “¿Necesitas ayuda?”, preguntó sin desear presionarlo mucho.

- “No, gracias”, respondió Legolas.

- “Está bien”, dijo Haldamir dirigiéndole una preocupada mirada antes de salir de la habitación.

El elfo miró a su hermano alejarse y se sintió culpable. Todos estaban preocupados por él y en vez de poner de su parte, los echaba de su lado. Gimli deseaba hablarle y él lo había rechazado también. Pero no podía evitarlo, sentía rabia y humillación por lo que le había pasado y además, y eso era lo peor, sentía que seguía amando al mortal que le había causado tanto daño.

Se puso de pie y lentamente se dirigió al cuarto de baño, y empezó a llenar la bañera mientras se desvestía lentamente. Había vuelto a sangrar, seguro la subida por las interminables escaleras había sido un esfuerzo excesivo para su herida no curada del todo.

Dejó caer su ropa en el suelo, incapaz de agacharse a recogerla, y se dirigió a la bañera casi llena, sentándose en ella con el mayor de los cuidados. Cerró los ojos, dejándose llevar por la caricia del agua y tratando de olvidar...pero fue en vano. Ese baño le recordaba la ocasión en que había amado a Aragorn, en ese mismo palacio. ¡cómo dolía recordarlo! Se cubrió el rostro con las manos, incapaz ya de contener las lágrimas, pero un golpe en la puerta lo hizo limpiárselas de un manotazo y mirar hacia ella, esperando ver a Haldamir.

- “Legolas, no deberías estar tomando un baño tú solo”, le reclamó Aragorn entrando al baño con una extraña expresión en el rostro, “te ayudaré”

- “Elessar, no necesito tu ayuda ni la de nadie”, respondió el elfo, consciente de que estaba desnudo bajo el agua que apenas le cubría la cintura.

Pero Aragorn estaba mirando las prendas que él había dejado caer.

- “Has sangrado de nuevo, debiste decírmelo”, dijo con un tono de reproche. ¿Por qué actuaba tan protector con el elfo?

- “No es nada, sólo fue al subir las escaleras”, respondió el elfo tratando de restar importancia al hecho, a pesar de que sentía dolor.

- “Debiste decírmelo”, repitió Aragorn mirándolo de nuevo de esa forma, como si lo estuviera reconociendo...

- “¿Y para qué?”, respondió mordazmente el elfo, “sabes que puedo cuidarme por mí mismo. ¿No lo he hecho antes? Cuando...cuando...” y la voz del elfo murió en sus labios, incapaz de continuar.

- “¿Cuándo?”, preguntó Aragorn, “Legolas, ¿qué te pasa? ¿hice algo para ofenderte, amigo mío?”, su voz fue casi una súplica, sus ojos grises lo miraban con ansiedad y temor de escuchar la respuesta.

Legolas se mordió el labio inferior, ¡cómo se atrevía a preguntar algo así!

- “No sucedió nada, ¿entiendes? NADA que pudiera ofenderme. No tiene importancia ahora”, respondió con dureza, “en realidad nunca la tuvo”

La cabeza de Aragorn parecía estallar, pero él estaba decidido a llegar al fondo de todo...

- “Elessar, querido”, la voz de Arwen lo hizo sobresaltar e igualmente a Legolas.

La reina entró al baño y Legolas se sintió terriblemente avergonzado.

- “Estaba ayudando a Legolas”, explicó Aragorn, que se había sentido culpable de pronto, sin que supiera por qué.

- “No necesito ninguna ayuda”, dijo Legolas fríamente mirando al mortal. El momento de debilidad había pasado.

- “Si necesitabas ayuda, debiste enviar por el sanador”, dijo Arwen con dulzura. “haré que venga uno inmediatamente. Elessar debe descansar”

El rey salió con su esposa sin dirigirle una segunda mirada y Legolas se las arregló para salir trabajosamente de la tina y dirigirse a su cama, donde cayó agotado.


El sanador enviado por Arwen llegó enseguida y sometió a Legolas una vez más a un humillante examen, luego de lo cual aplicó un ungüento y le recomendó no moverse mucho ni hacer esfuerzos.

Legolas se sentía herido en su orgullo. Había pensado que sería fuerte, pero cada vez que veía a Arwen junto a Aragorn su herida se volvía a abrir, haciéndose más dolorosa. Además, era la primera vez que dormiría sólo desde su ataque, pues en Ithilien, Eowyn lo acompañaba por las noches hasta que llegó Haldamir e hizo lo propio.

Pensó en llamar a su hermano, que dormía en una habitación junto a la suya, pero descartó la idea. Al menos debía dejarlo descansar una noche, ya Haldamir había hecho mucho por él y pudo recordar su rostro cansado cuando lo dejó momentos antes. También pensó en Gimli, pero el enano podría desear preguntarle algo, y lo último que necesitaba Legolas era pensar en sus sentimientos hacia Arwen y Aragorn.

El elfo se acurrucó entre las mantas y cerró los ojos. Pero el sueño se negaba a venir. No podía evitar pensar qué estaría haciendo Aragorn en esos momentos. ¿Estaría haciéndole el amor a Arwen? ¿En la misma cama que ellos habían compartido alguna vez? Trató en vano de apartar ese pensamiento, pero el rostro de Aragorn, rejuvenecido por la pasión, aparecía una y otra vez en su mente, tal como lo recordaba cuando ambos hacían el amor. ¿Él gritaría el nombre de Arwen como tantas veces había gritado el nombre de Legolas al llegar al clímax? ¿Le diría luego palabras de amor y la abrazaría como si no deseara que nadie se la arrebatase jamás? Amargas lágrimas empañaron sus ojos, deslizándose por sus pálidas mejillas, mientras su mente lo torturaba con esos recuerdos.

Mientras tanto, en la habitación contigua, Arwen trataba en vano de llamar la atención de su marido vestida con una bata transparente. Pero Aragorn parecía distraído y sólo le dijo:

- “Querida mía, debes descansar. El bebé necesita que reposes lo suficiente. El sanador me dijo que no te habías sentido nada bien estos días”, le dijo suavemente, apartándola.

- “Mi señor, me sentía sola. Pero ahora que has vuelto, todo volverá a ser como antes, ¿verdad?”, preguntó ella, desabrochando la bata y dejando ver parte de su cuerpo desnudo.

Pero la mente del rey estaba en otro cuerpo, que había visto hacía escasos momentos, apenas cubierto por el agua; un cuerpo que creía conocer mejor que el suyo, donde sus manos se deslizarían con la facilidad del amante que sabe como complacer a su compañero, pero, ¡Basta! ¿En qué estaba pensando?

- “Lo siento, Arwen. Acabo de llegar de un viaje y deseo descansar también”, dijo Aragorn, algo bruscamente y se acostó.

La reina salió al balcón. Estaba furiosa. Había bastado que Legolas apareciera para transtornarlo todo de nuevo. Aragorn actuaba como un completo idiota, pendiente del elfo, nervioso cuando le hablaba. Un terrible pensamiento surgió de pronto, ¿y si Aragorn se estaba enamorando de nuevo de Legolas? ¿Si su amor era tan fuerte que a pesar del hechizo surgía de nuevo? Pero ella aún tenía una carta a su favor: Un heredero. El hijo de Aragorn, que sería rey. Y Legolas jamás podría competir con eso. Ella se encargaría de demostrárselo.

Arwen volvió a la habitación, tranquila con el curso de acción que había decidido. Eso y el cansancio natural del embarazo, hicieron que se quedara dormida casi enseguida.

Aragorn, por el contrario, no lograba conciliar el sueño. De pronto, había notado que sus pensamientos estaban en el rubio elfo, y que no eran los pensamientos de un amigo. Al principio había sentido una enorme angustia al saber a Legolas herido en tan espantosa forma, pero luego, la compasión que sintió había sido reemplazada por algo más, algo que recién en ese instante se atrevía a nombrar, pues acababa de vislumbrar lo que era: se había enamorado de Legolas.

¿Qué haría ahora? No podía dejar que Arwen o Legolas se dieran cuenta de lo que sentía. Era algo completamente indigno. Además, el elfo lo despreciaba y aún no sabía la razón. Quizás Legolas se había dado cuenta de sus sentimientos antes que él mismo y se sentía asqueado por su conducta hacia Arwen. Quizás…pero el dolor de cabeza no le permitió pensar más y cayó finalmente en un intranquilo sueño.

*

La mañana no trajo alivio alguno al elfo, que no había podido conciliar el sueño. Haldamir acababa de entrar, preguntándole cómo había pasado la noche, y él mintió diciéndole que había dormido bien. Luego, Arwen hizo su aparición trayéndole el desayuno.

- “Buenos días Legolas, Haldamir”, dijo la reina con una radiante sonrisa, dejando la bandeja sobre la mesita de noche y abriendo las cortinas de par en par.

La luz de la mañana penetró en la habitación, mostrando el rostro de Legolas pálido y demacrado. El elfo sonrió tratando de mostrarse tranquilo.

- “Buenos días, Arwen. Te ves muy animada hoy”, respondió Haldamir

- “Oh, desde luego”, dijo ella sonriendo aún más, “es que ya tengo de vuelta a mi rey”

- “Pues sí. Creo que Legolas y yo te lo robamos por mucho tiempo”, bromeó Haldamir.

- “¿Robármelo? Eso no. Sólo se los presté”, respondió Arwen, y agregó, “Haldamir, tu desayuno está servido en el comedor y Gimli te espera allí. Yo acompañaré a Legolas mientras desayuna y se asea”

- “Bien. Nos vemos, hermano”, dijo Haldamir abandonando la habitación.

Legolas no había dicho palabra. No tenía nada de apetito y la última compañía que deseaba era Arwen. Le remordía en la conciencia lo ocurrido entre él y Aragorn y se sentía muy mal por el engaño del rey.

- “Legolas, ¿cómo te sientes esta mañana? El sanador me comentó que tu herida no había mejorado”, dijo la reina.

- “Estoy bien. No deseo hablar sobre mis heridas, Arwen”, respondió el elfo, tratando de no parecer demasiado brusco.

- “Lo siento”, dijo ella, ayudándolo a incorporarse mientras le servía un poco de jugo. “hablemos de cosas alegres entonces. ¿Sabes por qué estoy tan feliz? Espero un hijo de Aragorn y el sanador me ha dicho que será varón”

Legolas miró a un punto indeterminado en el espacio, sacando fuerzas para sonreír.

- “Me alegro mucho, Arwen”, logró decir.

- “No veo la hora de decírselo a mi rey. Salió temprano a una reunión en el Consejo. Sé que se sentirá dichoso, un heredero es lo que más desea en este mundo”, continuó Arwen, sintiéndose inmensamente feliz al ver el rostro descompuesto de Legolas.

- “Sí, eso es lo que más desea”, dijo Legolas, hablando más a sí mismo que a la reina.

De pronto, ella lo tocó dulcemente en el hombro y le dijo con suavidad.

- “Siento mucho lo que pasó entre ustedes”, el elfo la miró sorprendido, “Sí, lo sé. Aragorn mismo me lo dijo”, continuó ella, “fue producto de la soledad y de la angustia que mi señor sufrió en la Guerra del Anillo, pero él guarda hacia ti una gran amistad”, sonrió Arwen dando la estocada final.

Legolas no podía creerlo. Tartamudeó confundido

- “¿E-el t-te lo dijo? ¿t-todo?”, dijo con voz apenas audible.

- “Por supuesto, porque estaba seguro de nuestro amor. Te agradezco haber estado junto a él cuando yo no pude hacerlo. Sé que lo sucedido con los uruk-hai te ha lastimado muchísimo, querido Legolas”, Arwen saboreó estas últimas palabras, “por eso todos están pendientes de ti. Aragorn mismo siente mucha lástima”, hizo hincapié en esta última palabra.

Legolas miraba al piso, incapaz de pronunciar palabra alguna.

- “Pero no te sientas mal”, continuó Arwen con voz melosa, “todos los que lo saben (los capitanes de la guardia, los sanadores, las doncellas) sienten mucha simpatía por ti, y saben que no fue tu culpa que esos uruk-hai te encontraran desprevenido. Le he pedido a Aragorn que te permita quedarte en el palacio el tiempo que quieras, ahora que tu padre te ha desheredado. Además, quizás quieras compartir con nosotros la alegría del nacimiento del bebé”

Haldamir entró en ese momento y se asustó mucho al ver la cara de dolor de su hermano.

- “¡Legolas! ¿Qué ha pasado?”, preguntó ansioso.

Legolas no respondió.

- “Le decía a Legolas que nos hace muy felices que los amigos de Aragorn estén aquí para compartir con nosotros la alegría de ser padres”, sonrió Arwen, “creo que Legolas necesita descansar, apenas si ha tocado el desayuno. Enviaré por el sanador”, dijo retirándose.

- “¿Legolas?”

- “Quiero estar solo”, pidió el elfo débilmente.

- “No te ves bien. Estás pálido…”, empezó Haldamir.

- “Quiero estar solo”, volvió a decir Legolas haciendo un enorme esfuerzo por mirar a los ojos a su hermano.

- “Estaré afuera, esperando al sanador”, respondió Haldamir dirigiéndose a la puerta.

Legolas se dejó caer sobre la cama. ¡Ella lo sabía! ¡Lo había sabido siempre! Eso explicaba muchas cosas. La extraña actitud de Aragorn, ¡era lástima! Ella misma se lo había dicho. Aragorn sentía lástima, todos sentían lástima por él. Las crueles palabras de Elrohir hicieron eco en sus oídos una vez más “Serás su consorte” ¿Es que acaso Aragorn se lo había dicho también? ¿Cuántos más lo sabrían? Él, que guardaba ese amor como el recuerdo más preciado, había cuidado mucho, aún luego de ser despreciado, el decírselo a alguien. Pero Aragorn lo había hecho, y se había jactado de eso “se sentía solo y angustiado”, “necesitaba consuelo”, eso era lo que ella había dicho, ¡y le habia agradecido por estar junto a Aragorn! La poca dignidad que aún le quedaba se había diluido con la sonrisa de Arwen.

Ahora ella también sentía lástima. No se sentía en absoluto amenazada, ¡Qué iluso había sido al creer ver algo en los ojos de Aragorn! ¡Era lástima! No podía quedarse allí. No podía. Tenía que irse.

En ese momento, algo se apagó dentro de él, cansado de sufrir de esa manera. Sólo se dejó estar, con los ojos cerrados y perdió la noción del tiempo.

- “Legolas, el sanador está aquí”, dijo suavemente Haldamir al ver a su hermano echado en la cama con los ojos cerrados.

- “Legolas”, repitió, tocándole la mejilla.

Los ojos azules se abrieron lentamente, completamente vacíos e inexpresivos. Legolas se volteó para someterse nuevamente al humillante examen, sin decir palabra.

Cuando el sanador se retiró, volvió a echarse de frente y se cubrió con la manta. Sus ojos seguían vacíos.

- “Legolas, dime qué pasa”, pidió Haldamir cada vez más preocupado.

- “Lothlórien”, fue lo único que obtuvo como respuesta.

- “¿Lothlórien? ¿Quieres partir?”, preguntó su preocupado hermano.

Legolas asintió con la cabeza. Se sentía demasiado desdichado para hablar. Cerró los ojos y trató de huir de todo eso.

- “¡Legolas!”, gritó Haldamir, sacudiéndolo desesperado.

- “Lothlórien”, susurró el elfo herido una vez más.

Los sanadores fueron llamados, incluso el mismo rey se presentó preocupadísimo, pero nada era capaz de sacar a Legolas de su ensimismamiento. Sólo se dejaba hacer, con sus bellos ojos vacíos y el rostro completamente inexpresivo.

Haldamir discutía con los soberanos y con Gimli lo que debían hacer.

- “No entiendo qué le pasó, por la mañana lo noté cansado, como si no hubiera dormido bien, pero hablamos un poco antes de que llegara Arwen”, decía Haldamir.

- “Y estuvimos platicando sobre varias cosas. Lo encontré cansado, pero normal, hasta que entraste de nuevo, Haldamir”, respondió Arwen con la preocupación pintada en el rostro.

Gimli la miraba muy fijamente, haciéndola ponerse nerviosa.

- “Legolas no se siente bien aquí. Debemos llevarlo a Lothlórien”, dijo el enano con tono amenazador.

- “¿Por qué no se siente bien aquí?”, exclamó Aragorn, “le hemos dado todo tipo de atenciones, tiene a su disposición a los mejores sanadores, ¿qué le sucede?”

Gimli lo miró con el más absoluto desprecio.

- “Legolas no deseará estar en el lugar donde sufrió tanto una vez”, dijo el enano mirando al rey.

- “¿De qué hablas?”, preguntó Aragorn.

- “Cálmense, por favor. Es claro que todos deseamos el bien de Legolas, y estoy de acuerdo con Gimli, cuando antes lo lleven a Lothlórien, será mejor para él”, intervino Arwen.

La discusión se prolongó unos instantes más, hasta que Haldamir terminó por ceder y el rey dio las órdenes para preparar inmediatamente todo lo necesario para el viaje. En esta ocasión, él no los podría acompañar, pues su esposa e hijo necesitaban de su presencia, como se lo había hecho saber Arwen esa misma mañana.

La condición de Legolas no varió en lo absoluto lo que quedaba del día, y por la noche, Haldamir estuvo más que convencido de que lo único que salvaría a su hermano sería la magia del Bosque Dorado. Él y Gimli velaron el sueño de Legolas, sin hablar mucho, pero atentos a cualquier tipo de reacción del elfo, decepcionados de no poder ver mejoría alguna.

Al siguiente día, muy temprano, abordaron las barcas que los conducirían a Lothlórien, acompañados por una pequeña escolta que los dejaría a la entrada del bosque dorado.

La despedida fue penosa, pues era evidente que Aragorn deseaba acompañarlos, pero sus deberes de esposo y padre le impedían en aquélla ocasión cumplir con sus deberes de amigo.

- “Cuídalo mucho. Iré apenas pueda”, dijo a Haldamir antes de despedirse.

Legolas fue traído en una camilla y depositado con cuidado en una de las barcas, donde se acomodó Haldamir y dos remeros. La otra barca era tripulada por Gimli y dos remeros más, pues los soberanos se habían negado a que sus amigos tuvieran que remar.

El elfo herido no mostró señal alguna de saber hacia donde se dirigían, su rostro seguía tan inexpresivo como siempre y no reaccionó al ver el río ni el bosque, haciendo que el corazón de Haldamir se encogiese, pues sabía cuánto amaba su hermano aquéllas cosas.

La travesía duró varios días, durante los cuales nada cambió en Legolas. Haldamir y Gimli se turnaban para cuidarlo y le hablaban constantemente, pero él no decía nada. Solamente al bajar de las barcas y ser transportado en brazos de Haldamir para pasar el Rauros, su mirada pareció dirigirse hacia el Amon Hen y sus labios temblaron ligeramente. Luego, nada.

Finalmente, llegaron al punto donde el Anduin se unía con el Nimrodel, a la entrada del Bosque Dorado. Allí, los hombres que los escoltaban emprendieron el camino de regreso a Gondor, dejando solos a Haldamir y a Gimli. El resto del trayecto lo harían a pie.

Haldamir tomó a Legolas en sus brazos y caminaron hacia los altos mallorns, internándose en ellos. El enano habría estado feliz en otras circunstancias, pues vería a la Dama Galadriel nuevamente, pero estaba tan preocupado por el estado de Legolas que ni siquiera había pensado en ello. En esos momentos, hubiera deseado ser un poco más alto para poder ayudar a transportar al elfo.

Caminaron un buen trecho, sin hablar. El bosque estaba también extrañamente silencioso. De pronto, una figura embozada saltó de un árbol y les apuntó con una flecha.

- “¡Gimli! ¿Qué le ha sucedido a Legolas? ¿Por qué lo traen así?”, exigió una voz en élfico.

- “Baja el arco, Finwe”, ordenó otra voz y otra figura surgió de la espesura de los árboles, descubriéndose la cabeza cubierta con una capa élfica. “Mae Govannen, Haldamir, príncipe de la corona de Mirkwood. Mae Govannen, Gimli, Hijo de Gloin”, dijo Haldir inclinándose ligeramente, “mi compañero es Finwe, del Bosque Mágico y segundo capitán de guardias de Lothlórien”

- “Mae Govannen, Haldir de Lórien, Finwe”, respondió Haldamir.

- “Hola, elfos”, gruñó el enano.

- “Ha pasado mucho tiempo, casi un milenio, desde la última vez que nos vimos. Temo que las circunstancias que te traen por aquí no son felices, a juzgar por el estado del príncipe Legolas”, dijo Haldir, dirigiéndose a Haldamir al tiempo que se acercaba para tocar la frente de su amigo.

Una expresión grave apareció en el rostro de Haldir.

- “¿Hace cuánto que está así?”, preguntó preocupado

- “Cinco días, contando éste”, respondió Haldamir, “no sabemos a qué se debe, sucedió de pronto”

- “¡Vámonos entonces! No hay tiempo que perder. Finwe, avisa a los otros”, ordenó Haldir.

Finwe silbó varias veces y otros elfos aparecieron. El pelirrojo dio algunas órdenes y en un momento improvisaron una camilla de cortezas entretejidas, donde colocaron a Legolas. Los elfos tomaron la camilla y avanzaron delante, mientras Haldir y los otros los seguían.

Gimli estaba bastante mortificado porque la conversación se había desarrollado en élfico y era poco lo que pudo entender. Ahora, todos caminaban de prisa y Haldir hablaba en voz baja con Finwe. Todo parecía indicar que el joven elfo era su segundo en mando, pues los otros elfos obedecían también sus órdenes.

Continuaron aquélla marcha apresurada, turnándose para llevar la camilla donde iba Legolas. El paso que Haldir les obligaba a llevar hacía que nadie tuviese deseos de hablar mucho y Haldamir deseaba llegar a Caras Galadon lo antes posible. Entrada la noche, Haldir decidió hacer un alto para dormir.

- “Hemos avanzado bastante por hoy. Si seguimos a este paso, mañana a medio día habremos llegado. Ahora dormiremos sobre los árboles.”

Con cuidado izaron la camilla con Legolas hacia lo alto de un robusto Mallorn y lo colocaron en el centro de la plataforma. Finwe ayudó a subir al enano y los demás subieron también ágilmente.

El primer mallorn estaba ocupado por Legolas, Haldamir, Gimli, Finwe y Haldir, mientras que el árbol vecino era ocupado por los guardias. Cenaron lembas y bebieron agua y Gimli sintió nuevamente el poder de ese pan mágico de los elfos, que alimenta el cuerpo y reconforta el espíritu.

Haldir ayudó a Legolas a incorporarse y le dio un trozo de lembas que el elfo comió mecánicamente. También bebió el agua que le ofreció, sin cambiar para nada su expresión impasible.

- “Ha estado así todo el trayecto desde Gondor”, explicó tristemente Haldamir, “sólo se deja llevar, como si no tuviera voluntad propia”

- “¿Gondor?”, exclamó Finwe, “¿qué hacía Legolas alli?”

- “Un momento, pequeño elfo”, intervino Haldir. “Haldamir nos contará todo luego de atender a Legolas”

Se acomodaron en la plataforma, sentados en círculo. Finwe se pegó a Haldir y Haldamir se sorprendió mucho cuando vio que el Guardián de Lórien lo abrazaba cariñosamente por la cintura.

- “Bien, amigo mío, te escuchamos”, dijo Haldir, “pero debes hablar en la Lengua Común para que Gimli, el enano, pueda entendernos”

Haldamir relató con tristeza cuanto sabía: el destierro de Legolas, el ataque de los uruk-hai y el estado en el que encontró a Legolas, el viaje a Gondor y la misteriosa enfermedad que había atacado a su hermano.

Haldir explicaba todo en élfico a Finwe, que lo miraba horrorizado, - “¡Oh, Legolas!” fue todo lo que pudo decir.

- “Gimli”, dijo suavemente Haldir, “¿por qué Aragorn acudió en su ayuda? ¿Por qué se lo llevó a Gondor?”

- “No lo sé. No lo entiendo por más vueltas que le he dado”, gruñó el enano.

- “¿A qué se refieren?”, preguntó ansioso Haldamir.

- “Gimli”, prosiguió Haldir, “¿él no lo sabe?”, dijo en alusión a Haldamir.

El enano negó con la cabeza.

- “¿Qué es lo que no sé?”, exigió Haldamir

- “Legolas no quería…no quería que se hablara de eso”, dijo el enano

Haldir lo miró compasivamente. Estaba conmovido por la lealtad del enano.

- “Amigo mío, ahora Legolas no puede decidir qué es lo bueno para él y qué no lo es. Creo, sin embargo, que no traicionaremos su confianza si ponemos a su hermano al corriente de todo”, dijo gravemente.

El enano asintió.

- “Haldamir, esto te resultará muy doloroso, como ha resultado también para nosotros, pero debes comprender por qué Legolas se encuentra así”, dijo.

Luego, fue relatándole a Haldamir todo lo acontecido, siendo corroborado por Gimli y por Finwe.

Haldamir escuchaba gravemente. Sus labios estaban pegados y sus puños crispados. Era un príncipe y no debía mostrar sus emociones, pero el daño que le causó Aragorn a su hermano, expuesto por Haldir, había hecho crecer en él una furia ciega y se juró a sí mismo hacer pagar al rey de Gondor por lo sucedido.


 

Capítulo 18: La verdad

“I used to think / solía pensar
As birds take wing / cuando las aves volaban
They sing through life / ellas le cantan a la vida
so why can't we? / ¿por qué no nosotros?
You cling to this / te sujetas a eso
You claim the best / reclamas lo mejor
If this is what you're offering / es esto lo que estás ofreciendo”

I’ll take the rain – R.E.M.


*****************
Gondor
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Había pasado una semana desde que Legolas partiera, y Aragorn sentía el mismo desasosiego, que empeoraba cada día. Ni siquiera la presencia de Arwen podía animarlo, sino todo lo contrario, pues lo hacía sentir más culpable por no poder apartar se sus pensamientos al elfo rubio.

Los dolores de cabeza se habían hecho permanentes, y pasaba los días encerrado en su estudio, sin atender a nadie. Incluso delegó a sus ministros algunas tareas del reino.

En el palacio corría el rumor de que el rey estaba gravemente enfermo, pero los sanadores nada podían hacer por él. Solamente Ioreth asentía gravemente cuando oía los rumores, diciendo a quien quisiera oírla:

- "Yo siempre lo dije. Ese príncipe y el rey son más que amigos, y ahora que se ha ido, el rey está enfermo de pena. Pero le aconsejé hace tiempo que siguiera su corazón y él no me hizo caso. Si me hubiera escuchado nada de esto habría sucedido".

Las personas que la oían se llevaban la mano a la cabeza indicando que la anciana desvariaba, pues, ¿cómo el rey de Gondor podría amar a un elfo, teniendo por esposa a la más hermosa elfa de la Tierra Media?

Arwen intentaba de todo para que Aragorn reaccionase, pero él no parecía notarlo. Le hablaba amablemente y era cariñoso con ella como siempre, pero su mirada estaba perdida y su mente ausente, como si sus pensamientos estuvieran ocupados en otra cosa...o en otra persona.

Un día, el rey salió a caminar, cansado de su encierro, y sus piernas lo llevaron a las Casas de Curación. Se sentó en la glorieta, junto a la pequeña fuente, con la sensación de que había algo importante que debía recordar, pero no lo conseguía.

De pronto, una de las doncellas de palacio se acercó tímidamente y le dirigió la palabra.

- "Mi señor, ¿puedo hablarle?"

- "Claro", respondió el rey amablemente.

La joven se veía ansiosa y apretaba algo con las manos, como si quisiera ocultarlo.

- "Perdóneme, su Alteza, pero tengo esto desde hace días. No se lo quise dar en el palacio porque la reina", tartamudeó la doncella, "porque la reina no deseaba que se lo molestara", respiró profundamente antes de añadir, "pero hoy que lo vi salir, me atreví a seguirlo para devolvérselo"

- "¿Qué es? ¿Por qué tanto misterio?", preguntó Aragorn, intrigado.

- "L-lo siento, señor", tartamudeó ella, "pero Aileen decía que era suyo y yo no lo creí así"

- "¿Aileen?"

- "La doncella de la reina, señor"

- "Ahh. Bien, ¿qué es eso tan misterioso?"

La doncella extendió la mano con el puño cerrado apretando el objeto. Aragorn extendió la mano también, con la palma hacia arriba y ella dejó caer el objeto. El rey dejó salir una exclamación de asombro ¡El colgante! y recordó que él lo había encontrado el día que el caballo de Legolas apareció.

- "¿Dónde estaba?", preguntó

- "Entre sus ropas, señor. Lo encontré cuando las revisaba para lavarlas. Son las que trajo usted de su último viaje", explicó la doncella, más calmada, "Aileen dijo que era suyo, pero no le creí porque se ve que es una joya muy valiosa"

- "Hiciste bien", respondió el rey. "Yo la guardaré y aclararé esto con Aileen. Puedes retirarte"

Aragorn se quedó mirando la joya en la palma de su mano. Esta vez, la "L" y la "A" entrelazadas tenían un nuevo significado para él. Se sentía mareado, algunas imágenes pasaron por su cerebro: una fiesta en el palacio, una conversación con Gimli y Legolas riendo. ¡Legolas! esa "L" era de Legolas, estaba seguro...su nerviosismo era tal, que la joya cayó en la pequeña fuente.

Se inclinó para recogerla, y entonces unas palabras se dibujaron en el agua. "la hoja guiará tu corazón", en un fugaz instante, se habían ido. Esas palabras...¿tendrían algún significado? El rey recuperó el colgante y lo apretó fuertemente contra su pecho, tratando de pensar. De pronto, lo vio, ¡la profecía de Galadriel! se refería a Legolas y a él. La joya era de Legolas.

- "Elessar, querido", llamó Arwen con voz melosa, "¿te encuentras allí?"

El rey ocultó el colgante entre sus ropas. De algún modo, sabía que Arwen no debía verlo.

- "Aquí estoy", respondió.

La reina lo miró con curiosidad, pero no pudo descifrar nada en su mirada. Lo tomó del brazo y caminaron hacia la salida.


Esa noche, Aragorn soñó con labios ardientes y rubios cabellos, y también con el ataque que sufrió Legolas. Fue como si lo presenciara, Legolas se debatía entre las garras de las bestias, gritando en vano mientras lo poseían a viva fuerza, hasta que los gritos cesaron. El rey despertó bañado en sudor, siendo confortado por Arwen, pero la apartó y se levantó agitado. Luego, se encerró en el estudio.

Amanecía, cuando el rey por fin abrió la puerta del estudio. Había tomado una decisión.

Llegaría al fondo de todo eso.

Buscaría a Legolas.

E iría sólo.

Se dirigió a los establos en busca del mejor caballo. Se alegró mucho de encontrar allí a Arod y pidió que lo preparasen, luego, se dirigió al jefe de guardias y persona de su total confianza y le dijo hacia donde se dirigía. También le pidió no decírselo a la reina hasta entrada la tarde, pues deseaba partir con tranquilidad.

Montó en Arod y partió, sintiendo por fin cierto alivio en su corazón.

****************
Lothlórien
****************

Legolas estaba sentado junto a la fuente, con las manos cruzadas sobre su regazo, apenas percatàndose de la belleza que lo rodeaba; el día estaba radiante y el sol se reflejaba en sus cabellos dorados y en su pálido e inexpresivo rostro, pero el elfo parecía no sentirlo, limitándose a permanecer sentado y silencioso.

Así había estado desde que llegó a Lothlórien, sin ningún signo de mejoría. La Dama Galadriel le había asignado el talan más cómodo, que compartía con su hermano y con Gimli. Lo había examinado también cuidadosamente, pero había sacudido tristemente la cabeza y explicado a Haldamir:

- “Lo siento. Está fuera del alcance de mi ayuda, nada puedo hacer, excepto brindarle alojamiento y confiar en que la magia del bosque dorado pueda ayudarlo con el tiempo”

Haldamir se sintió frustrado, si Galadriel no podía ayudarlo, ¿quién podría?

- “Mi señora, ¿qué mal aqueja a mi hermano?”, preguntó angustiado.

- “Los elfos mueren de pena, Haldamir. Legolas ha experimentado un dolor tan terrible que se ha refugiado en algún lugar de su mente, donde siente que no le podrán hacer más daño”, explicó la dama.

- “Pero, ¿no podemos hacer nada?”, dijo el triste elfo.

- “Desgraciadamente no. Esto está más allá de mis poderes, Haldamir. Únicamente podemos confiar en la magia de este lugar”, pero añadió pensativa, “o quizás en otra cosa”

- “¿Qué cosa?”

- “Yo una vez miré en el corazón de Legolas y vi un amor tan puro que confié en que sería el sostén de Aragorn en su tarea. También miré el corazón de Aragorn y vi que haría cualquier sacrificio por tu hermano”, Haldamir apretó lo puño con ira, “creo que en esto último me equivoqué”, dijo ella con dulzura, “no obstante, es muy extraño todo esto”.

- “El rey de Gondor pagará con su sangre esta afrenta”, dijo Haldamir con voz ronca.

- “Legolas necesita de tu presencia ahora. Ningún bien puedes hacerle si lo abandonas para buscar venganza. Además, el rey de Gondor ya no es bienvenido aquí”, dijo ella, finalizando la entrevista.


Dos semanas luego de esa charla, las cosas seguían iguales. Haldir y Finwe constantemente hacían cambios en sus turnos de guardia para acompañar a Legolas, a Haldamir y a Gimli.

En esos momentos, Finwe acababa de dejar a Legolas sentado en una banca junto a la fuente, su lugar favorito en Lothlórien, pero el otro elfo parecía ni siquiera notar que se encontraba al aire libre.

El elfo pelirrojo subió a un árbol desde donde dominaba el paisaje y podía vigilar también a Legolas. No había transcurrido mucho tiempo, cuando, oculto en el follaje, observó algo que lo dejó atónito.

Un hombre que parecía estar en el límite de sus fuerzas avanzaba con sigilo por el bosque, ocultándose hábilmente entre los árboles, a la manera élfica. Apuntó al humano con una flecha, pero poco después la dejó caer atónito. ¡Aragorn!

¿Qué hacía el Rey de Gondor allí? Cuando había causado tanto daño y la Dama Galadriel estaba al corriente de lo sucedido, ¿cómo se atrevía a volver? ¿cómo logró burlar a los centinelas? ¿y a la Dama, que todo lo sabía? Un pensamiento lo asaltó de pronto. ¿Y si la dama lo sabía y lo había dejado pasar adrede? Desde su posición podía ver lo que sucedía abajo, y una flecha hábilmente disparada acabaría con la miserable vida de Aragorn si intentaba algo malo hacia Legolas. Se dispuso a observar con el brazo tenso sobre su arco y una flecha que apuntaba al corazón del rey.

Aragorn avanzó silenciosamente. Había aprendido a desplazarse sin producir ruido alguno en sus tiempos de montaraz. Observó entre los árboles, y entonces lo vio. El corazón casi le da un vuelco. Sentado junto a la fuente, estaba Legolas. Solo.

Era el momento de aclararlo todo. De pedir perdón por algo que sabía que había hecho pero que no podía recordar.

Avanzó vacilante, pero el elfo no se movió.

Sólo cuando estuvo frente a él y vio sus ojos vacíos se dio cuenta que su amado se encontraba en la misma triste situación en que había salido de Gondor. Ni Galadriel con todo su poder había podido ayudarlo.

- “¡Legolas! ¡Legolas!”, exclamó arrojándose a sus pies, sollozando de rodillas ante el elfo.

Pero los ojos azules continuaron inexpresivos.

El humano se sentó junto al elfo y tomó sus manos entre las suyas. Las lágrimas caían sin control sobre su rostro, mojando su barba crecida durante el viaje, mientras balbuceaba, “Legolas…no sé, no recuerdo. Te hice daño, puedo sentirlo, pero no sé por qué”, repetía una y otra vez, sin obtener respuesta.

Su mano acarició la pálida mejilla y echó hacia atrás el rubio cabello, para seguir hasta su cuello y abrazarse de pronto del elfo. Lo abrazó con todas sus fuerzas, sollozando.

– “Te amo, Legolas, ¡te amo! He deshonrado a los míos pero no me importa, yo te amo y eso nada ni nadie lo cambiará”

Entonces, sintió un ligero movimiento en el cuerpo del elfo. Sus manos se habían movido ligeramente y pudo oír claramente un suspiro. Miró al elfo ansiosamente y notó que sus labios temblaban ligeramente. Entonces, sin saber por qué, posó sus labios sobre los de Legolas, sintiendo al instante que era allí a donde pertenecían. Los besó ardientemente, mojando el rostro de Legolas con sus propias lágrimas, hasta que sintió una ligerísima respuesta.

Pero entonces, la cabeza pareció estallarle con mil imágenes. Vio a Legolas junto a él, dormidos, haciendo el amor, riendo alegremente. Se vio a sí mismo diciéndole a Arwen que todo había terminado, que amaba a Legolas. Vio a Arwen hablando en un lenguaje extraño y a sí mismo anunciando su boda. Soltó a Legolas bruscamente, horrorizado de lo que acababa de ver.

Sólo atinó a gritar con voz ronca.

– “¡Arwen!”

Y salió corriendo como enloquecido hacia el bosque.

Finwe estuvo en el suelo en un instante y Haldir apareció también, atraído por el grito.

- “¡Es Aragorn!”, gritó el elfo pelirrojo, “¡Alcánzalo!”

Haldir partió de prisa mientras Finwe levantaba a Legolas que sollozaba violentamente sobre la banca. Los ojos del elfo estaban desmesuradamente abiertos y sólo decía.

– “¡Aragorn!”

Finwe lo tomó en brazos para llevarlo a su talan, pero Haldamir, que también había oído los gritos, se lo arrebató de los brazos y lo llevó el mismo. En el talan, Haldamir depositó a Legolas sobre una de las camas tratando de hablar con él, pero lo único que podía distinguir de los sollozos balbuceantes de su hermano fue

- “¡Le di asco! ¡Me desprecia!”

Finwe salió inmediatamente a buscar a la Dama Galadriel, que llegó presurosa. Cuando Finwe relató lo ocurrido, Haldamir tomó su espada dispuesto a vengar a su hermano. El elfo pelirrojo trató de detenerlo, pero recibió un terrible golpe que lo envió hacia el muro, golpeándole la cabeza, y cayó sin sentido.

*

Haldir había dado finalmente alcance a Aragorn junto al lago, pero al contrario de lo que pensaba, lo encontró de rodillas sollozando en un estado de desesperación tal que logró conmoverlo.

Se acercó, tocándole el hombro, pero el rey no le hizo caso, sólo balbuceaba

– “Arwen, Legolas” y palabras ininteligibles.

Haldir se detuvo inseguro sobre lo que debería hacer con el rey en ese estado, pero entonces Haldamir salió de entre los árboles con la espada desenvainada y se arrojó sobre Aragorn.

El rey vio a Haldamir venir furioso sobre él, pero no hizo nada por evitarlo. Después de todo, merecía la muerte. Lo que hizo a Legolas era imperdonable, no debía vivir. Entre las lágrimas que le inundaban los ojos pudo ver la hoja que venía directamente hacia su corazón.

Pero la muerte no llegó.

Haldir, ágilmente desvió el golpe con su propia espada, ante el grito de furia de Haldamir. El rey permaneció donde estaba, sin que pareciera importarle lo sucedido.

Pero Haldir no iba a dejar las cosas así. Luchó con Haldamir para impedirle golpear al soberano, pero el otro elfo estaba como enloquecido. Se trenzaron en una lucha de la cual Haldir salió victorioso, arrojándolo al suelo.

- “¡Basta, Haldamir!”, gritó, “¡míralo!.. Ni siquiera piensa defenderse. Él está sufriendo tanto como Legolas y creo que sabe de este asunto más que nosotros”.

Haldamir miró a Aragorn y en realidad el orgulloso rey de Gondor presentaba un triste espectáculo, tenía el cabello despeinado, la barba crecida y los ojos extraviados, como un loco. Y no dejaba de lamentarse y pedir perdón. Una y otra vez la palabra “Legolas” brotaba de sus labios.

El príncipe de Mirkwood se puso de pie, mirándolo con desprecio. Pero Haldir había tomado al rey por el hombro obligándolo a ponerse de pie.

- “Rey Elessar de Gondor. En nombre de la Dama Galadriel, debo llevarlo a su presencia”, informó.

El rey asintió tratando de calmarse y los tres se dirigieron silenciosamente hacia el talan donde se encontraba Galadriel con Legolas.

La Dama había dado a Legolas un líquido que logró transformar sus sollozos en suspiros, luego en en una respiración pausada y finalmente en un sueño profundo.

En el talan había dos camas juntas, donde dormían Haldamir y Legolas, pero ahora una de ellas estaba ocupada por Legolas y la otra por Finwe que despertaba en el momento en que los otros tres entraban.

Haldir se apresuró a ayudarlo.

- “¿Qué pasó?”, preguntó preocupado.

- “No es nada”, lo tranquilizó Finwe, fulminando con la mirada a Haldamir, “un accidente sin importancia”, dijo poniéndose de pie con algo de dificultad.

Aragorn caminó vacilante hacia la dama Galadriel y cayó de rodillas ante ella.

- “Señora, ¿qué hago?”

La dama lo miró compasivamente.

- “Tu salvación será una pequeña hoja del bosque negro, rey de Gondor. Bebe esto”, y le alcanzó un cáliz de cristal lleno de un líquido rojo.

El rey miró la copa y la bebió dócilmente. Ella sabía, ella leía su corazón. ¿Sería veneno? Pues gustoso lo tomaba, merecía la muerte por el daño que le había causado a la persona que más quería.

Bebió lentamente hasta la última gota. Luego cayó de bruces en el piso.

- “Señora, ¿lo has matado?” preguntó Haldamir con un nudo en la garganta.

- “No”, respondió ella dulcemente, “Haldir, llevalo hacia la cama” ordenó. Haldir lo hizo y la miró interrogante.

- “Ahora”, continuó ella, “debemos esperar. Salgamos de aquí, ellos necesitan resolver esto solos”.

- “P-pero...” trató de protestar Haldamir y la dama lo tomó de un brazo sacándolo de allí.


Finalmente, Legolas y Aragorn compartian un sueño.

Dormían uno junto al otro; y, si Eru así lo quería, al despertar podria cambiar nuevamente el curso de la historia.

*

Legolas abrió lentamente los ojos. Se encontraba en su habitación, acostado y cubierto con varias mantas. Cerró de nuevo los ojos, ¿habría sido un sueño todo? ¿Aragorn pidiéndole perdón? ¿Sollozando en sus brazos? Pero luego había gritado el nombre de ella y lo había apartado, como si le repugnara el hecho de tocarlo. ¡Tenía que ser así! Los uruk-hai lo habían mancillado, marcándolo para siempre.

El elfo volteó tristemente la cabeza, y quedó congelado. A pocos centímetros de él, estaba la cama de Haldamir, pero no era su hermano quien la ocupaba, sino el objeto de sus sueños y pesadillas: Aragorn.

El humano dormía profundamente. Legolas se estremeció. ¡No había sido un sueño! El dolor del rechazo de Aragorn lo golpeó más profundamente ahora que sabía que era real. Trató de levantarse, pero Aragorn despertaba también en ese momento, y parpadeaba confundido, intentando discernir qué había sido real y qué había soñado.

Vio al rubio elfo tratando de levantarse de la cama.

- “¿Legolas? ¿Dónde estamos?”

Pero no recibió respuesta. Por el contrario, el elfo se logró poner de pie y se paró junto a su cama, mirándolo.

- “¿Legolas? Lo sé todo ahora, Arwen…”

Pero antes de que pudiera terminar, un puño se estrelló contra su rostro, haciéndo brotar sangre de su boca. El mortal tuvo suerte de que Legolas estuviera tan débil, pues si el elfo se hubiera hallado en posesión de toda su fuerza, habría tenido el mentón fracturado en ese instante.

Aragorn no se movió. Sabía que lo merecía. Merecía mucho más.

Limpió la sangre con el dorso de la mano.

- “Perdóname, amor mío”, susurró.

El elfo lo miró fijamente. ¿Perdón? Era ya tarde para eso. Él ya no era el mismo, nunca más lo sería. Los uruk-hai le habían arrebatado todo.

- “¡Vete, mortal!”, susurró con desprecio, a pesar de que deseaba desesperadamente correr a los brazos de Aragorn y olvidarlo todo.

El rey lo miró tristemente y se levantó, sin volverle a dirigir la palabra. Cuando llegó hacia la puerta, se volvió y habló.

- “Sé que merezco tu desprecio. Me dejé engañar como un tonto y ahora estoy pagando por ello. Pero quiero que sepas que ahora, las brumas se han disipado de mi cerebro y castigaré a Arwen por el daño que nos causó. Y quiero que sepas también que fue nuestro amor el que me hizo recordar, cuando nos besamos ayer”, Legolas lo miró con cara de confusión. “No, no me mires así, tú correspondiste mi beso y creo que eso nos ayudó a ambos. Yo me volví a enamorar de ti, ¿es que no lo entiendes? Ni todo el poder de Melkor pudo hacer que yo te olvidara para siempre”, y con estas palabras salió de allí.

Legotas se quedó sumamente confundido. ¿De qué hablaba Aragorn? Le había dicho que lo amaba, sí. Y que castigaría a Arwen. El elfo se sentó sobre la cama con la cabeza entre las manos, hasta que la puerta se abrió nuevamente y entró Haldamir.

Su hermano había estado esperando en la puerta, confundido por las acciones de Galadriel, pero sin atreverse a desobedecerla, hasta que oyó voces y vio a Aragorn salir con una mano sobre la boca, donde se veían rastros de sangre. Miró al humano con desprecio y entró apresuradamente a ver a Legolas, alegrándose de que al menos él le hubiera dado su merecido a Aragorn.


El rey bajó del mallorn y fue alcanzado por Finwe que había estado esperando junto a Haldir, al pie del enorme árbol.

- “Elessar, la Dama Galadriel desea hablarte”, dijo el elfo pelirrojo.

El rey se dejó escoltar dócilmente hacia el talan donde lo esperaba Galadriel.

- “Elessar, siéntate”, pidió la dama.

Él se sentó y se miraron largamente. Aragorn no hizo intento alguno por ocultar los sentimientos que se habían formado en él. Amor por Legolas, más profundo que antes; culpa y desesperación por el daño que le había causado, y un enorme odio hacia Arwen.

La Dama habló al fin.

- “Elessar, tu camino fue difícil. Pude vislumbrarlo la última vez que estuviste aquí, pero nada podía hacer por evitar lo que sucedería. Por favor, dímelo todo, pues debo tomar una decisión respecto a mi nieta”

Aragorn le relató todo lo sucedido entre él, Legolas y Arwen, derramando muchas lágrimas al revivir aquello de nuevo. No se calló nada, le abrió completamente su corazón a Galadriel, que lo miraba compasivamente.

Finalmente, la Dama le dijo:

- “Debo hablar con Celeborn y Elrond respecto a todo esto. Debes permanecer en Lothlórien hasta entonces. Finwe te escoltará hacia tu nuevo alojamiento”

Galadriel llamó a Finwe que aguardaba respetuosamente en la puerta. El elfo se acercó pidiendo al rey que lo siga. Aragorn lo hizo. Ya lo había perdido todo, ¿qué más podría perder?

El talan que le asignaron estaba junto al de Legolas y el rey se desplomó en la cama, cerrando los ojos. Finwe permaneció en la puerta exterior por orden de su señora. Debía impedir que Aragorn tratara de volver a Gondor y hacer alguna tontería.

Era casi de noche, cuando Gimli se acercó tímidamente y pidió ver al rey. Finwe le permitió pasar y oyó cómo el enano se disculpaba con su amigo por haber dudado de él. La voz de Aragorn era apenas un murmullo, y seguía culpándose por lo ocurrido.

Pero el elfo pelirrojo no pudo oír nada más, pues los conocidos brazos de su amante lo abrazaron por la cintura y su rubia cabeza se reclinó sobre su hombro.

- “Pequeño elfo, ve a descansar”, susurró Haldir en su oído.

- “Estoy de guardia”, respondió Finwe.

- “Te relevará Orophin”, continuó Haldir, señalando a su hermano que acababa de llegar. “Debemos hablar”

Finwe se dejó conducir hacia su propio talan. Haldir tenía una expresión seria y bastante bien lo conocía como para saber que no debía interrogarlo aún. Cuando llegaron, el elfo pelirrojo tomó asiento junto a la mesa y se dispuso a escuchar.

- “Nuestra señora me ha pedido que vaya a traer a Arwen”, explicó, haciendo una pausa, “Iré con una escolta, mientras tú te quedas con Aragorn y Legolas”

- “¿Qué? ¿Pero, por qué? Siempre vamos juntos a todas sus misiones”, exclamó Finwe.

Haldir trató de calmarlo. Había previsto muy bien esa reacción, de modo que tomó aire y siguió hablando.

- “Nuestra señora piensa que si vamos ambos y Arwen nos ve juntos, recordará inevitablemente la relación de Aragorn y Legolas. Y no desea traerle más pesar, ni a ella ni a su hijo”

- “¿No desea traerle pesar? ¿Y todo el sufrimiento que ella causó? ¿Eso no cuenta? ¡No me interesa si se le parte el corazón y muere de pena. Eso sería lo más suave que puedo desearle. Casi mata a Legolas de pena, y si no hubiera sido por ti, Haldamir también hubiera matado a Aragorn!”, gritó Finwe.

- “Pequeño elfo, ella trata de proteger al niño”

- “Pues que la busque luego de que él nazca. Ya falta poco, ¿verdad? Apenas cinco meses”

- “Lo siento. Haré lo que mi señora me ha pedido”, dijo Haldir con voz firme. “Parto mañana al alba. Y solo”, puntualizó.

- “Entonces así será”, respondió Finwe con los ojos brillantes a causa de las lágrimas contenidas. Y se levantó para salir de allí.


El elfo pelirrojo caminó sin rumbo por Lothlórien, sientiéndose furioso primero, y luego triste. ¡Galadriel no tenía derecho a separarlo de Haldir! El viaje tomaría al menos una semana en ir y otra en volver, sin contar con que debían esperar a Elrond que ya se había puesto en camino desde Rivendel. Eso podía significar quince días más de espera. Un mes en total, que para un elfo no es más que un suspiro, pero le disgustaba que la Dama haya hecho eso sin consultarle. ¿Es que no le tenía confianza?

- “Finwe”

Una voz lo sacó de su ensimismamiento. Haldir lo miraba cariñosamente.

- “Te he llamado por lo menos tres veces, pequeño elfo. ¿En qué pensabas? La Dama Galadriel desea hablar contigo”, dijo tendiéndole la mano.

Finwe dudó un momento, pero luego se levantó tomando la mano que Haldir le ofrecía y lo abrazó muy fuerte besándolo en la mejilla, dejándose conducir dócilmente hacia donde lo aguardaban los señores del Bosque Dorado. Haldir se extrañó un poco. Había esperado más reclamos, pero en lugar de eso, su pequeño elfo lo había besado. Finwe no dejaba de sorprenderlo.

La dama le pidió a Haldir que los dejara solos un momento, y que fuera en busca de Legolas y Haldamir. Luego de que él se fuera, se dirigió a Finwe.

- “Sé que estás ofuscado por que envío lejos a Haldir”, dijo con voz calmada Galadriel.

- “Mi señora”, intentó protestar Finwe, pero calló. Sabía que ella podía leer sus emociones. “así es”, añadió en voz baja.

- “Hemos discutido largamente lo que debemos hacer”, intervino Celeborn, “Elrond y Thranduil han sido notificados por los pájaros y pronto vendrán aquí. También debemos traer a Arwen”, Finwe no pudo evitar una mueca de disgusto, “lo sé, ella causó mucho daño. Pero lo hizo cegada por el amor no correspondido y la desesperación. Tú sabes lo que se siente, pues lo sentiste por mucho tiempo hacia Haldir. Con esto no excuso lo que hizo nuestra nieta, todo lo contrario, pues tú mismo, que experimentaste ese dolor, no actuaste aconsejado por Melkor, pudiendo hacerlo”

Finwe se estremeció. ¿Cómo podían saber? Había visto muchos horrores en el tiempo en que vivió huyendo de los seguidores de Sauron en el Bosque Mágico, y había incluso aprendido la profana lengua para invocar a los más abominables demonios. Pero nunca quiso forzar a Haldir a amarlo. Haldir era lo más hermoso que tenía. Lo único que tenía y lo único que deseaba tener.

Bajó la mirada, incapaz de sostenerla por más tiempo. Galadriel habló con dulzura.

- “Sí. Lo sabemos. Desde el mismo día en que tú y tus padres pisaron la frontera del Bosque Dorado, y aún así, te permitimos vivir aquí porque tu corazón es noble y tu alma es pura. Y Haldir te ama por eso”, añadió.

- “Pero para traer a Arwen junto con Elrond y sus hermanos, necesitamos a alguien de nuestra absoluta confianza. Y también necesitamos alguien de nuestra total confianza para quedarse aquí, cuidando de Legolas y Aragorn”, dijo Celeborn. “De este modo, verás que es imposible que viajen juntos, pues uno de ustedes debe partir y el otro debe quedarse. No confiaríamos a otra persona ninguna de estas tareas”

Finwe sonrió aliviado. Agradeció a sus señores y se puso respetuosamente de pie, pues habían llegado Legolas y su hermano. El elfo pelirrojo hizo una inclinación para saludar a Legolas y dio la espalda a Haldamir. Aún no le perdonaba el golpe recibido.

Legolas se inclinó ante Galadriel y Celeborn. Era la primera vez que los veía conscientemente desde su llegada y aún estaba confundido.

- “Siéntense, amigos míos”, pidió Galadriel, “si no les importa, deseo que Haldir y Finwe nos acompañen, pues lo que trataremos aquí también les concierne como personas de nuestra total confianza y a quienes hemos encomendado importantes tareas”.

Los dos elfos de Mirkwood asintieron.

La Dama pidió entonces a Legolas relatarle todo lo ocurrido desde su partida de Lothlórien en la Guerra del Anillo. El rubio elfo lo hizo, dudando un poco al principio, pero luego se sintió más animado y pudo continuar. Sólo se detuvo temblando al hablar del ataque que sufrió y Celeborn intervino.

- “Es suficiente, amigo mío. Conocemos esos tristes hechos. Ahora, Galadriel debe decirte algo”

La Dama refirió la otra parte de la historia contada por Aragorn. Una vez que finalizó, se hizo un pesado silencio, roto luego por Legolas.

- “Deseo descansar. Discúlpenme, por favor”

Haldamir hizo ademán para ponerse de pie, pero Galadriel le hizo una seña y permaneció sentado.

- “Finwe acompañará a Legolas. Deseamos que te quedes, pues debemos discutir lo sucedido con Thranduil. Haldir también nos acompañará.”


Era entrada la noche, cuando Legolas y Finwe llegaron al talan. El rubio elfo no había dicho una sola palabra y Finwe tampoco, pues entendía que estaba muy confundido, y él también estaba pensando en las palabras de Celeborn.

Legolas se sentó sobre la cama, pero luego, con un impulso repentino, se dirigió al balcón. La vista era preciosa, en la parte inferior, podía verse el lago, bañado por la luz de la luna llena, que daba un brillante reflejo a las doradas hojas de los mallorn. El elfo se quedó de pie, fascinado de tanta belleza, y preguntándose cómo antes no lo había podido notar.

Las heridas de su alma empezaban a sanar.

¡Qué extraño era eso! Parecía que la certeza de que Aragorn lo había amado, que no lo había dejado por su propia voluntad, era el bálsamo que curaba sus heridas. Pero nunca serían curadas del todo, nunca dejaría de ser impuro. Nunca.

Finwe permanecía detrás del elfo contemplándolo. La luz de la luna, que bañaba el rostro de Legolas lo hacía parecer etéreo, como un ángel. No le extrañó que Haldir lo hubiera amado desde que lo vio. No podía culparlo. Sonrió pensando en su amado Haldir, ahora era sólo suyo y sólo guardaba hacia Legolas una profunda amistad.

De pronto, en el balcón vecino se encendió una luz y una figura se asomó también, a contemplar el hermoso paisaje.

Los dos se quedaron mirándose: Aragorn, pues de él se trataba, y Legolas, que se había quedado paralizado. Luego, el elfo entró, cerrando violentamente la puerta y se sentó sobre la cama.

- “Él te ama”, dijo Finwe, sentándose también junto al elfo.

- “No. No es cierto”, dijo tristemente Legolas, “él me amaba. Pero ya no. ¿Cómo podría alguien amarme?”

- “Pregúntaselo”, respondió tranquilamente Finwe.

- “No haré tal cosa. Además”, se interrumpió, mirando al piso, “además, así fuera como dices, él está casado, espera un heredero. Nunca será como antes”

- “¿Casado?”, rió Finwe, “ese matrimonio es una farsa, fue hecho con engaños. No vale nada. Respecto al heredero, creo que Aragorn y tú podrían cuidar muy bien de él”, declaró enérgicamente.

Legolas iba a replicar, pero Haldamir entró en ese momento, seguido de Haldir. Finwe se puso de pie bruscamente y se hizo a un lado, evitando mirar a Haldamir.

- “Buenas noches”, dijo

Fuera del talan, Rúmil se hallaba de pie, pues esa noche le tocaba hacer guardia.


Haldir siguió a Finwe hacia el talan que compartían, sintiéndose más tranquilo ahora que el elfo había hablado con sus señores. Abrazó a su pequeño elfo entre las sábanas y ambos se quedaron dormidos.

Al amanecer, Haldir despertó solo y se levantó extrañado. Pero sonrió al ver que Finwe le había preparado algunas cosas para su viaje y que el desayuno estaba servido en la mesa. Eso significaba mucho para él, pues Finwe le demostraba así que había comprendido.

Luego de desayunar juntos, Finwe le alcanzó algo envuelto en un lienzo.

- “Es mi cuaderno de dibujos”, le dijo, “para que pienses en mí”, y le dio un beso en los labios.

Haldir se perdió en ese maravilloso beso, hasta que su sentido del deber le indicó que era el momento de partir.

*

Las dos primeras semanas del viaje de Haldir habían transcurrido. En Lothlórien, sin embargo, las cosas seguían como antes.

Aragorn y Legolas apenas se hablaban.

El elfo evitaba la presencia del mortal y se encontraba siempre acompañado de su hermano, a la vez que Aragorn se encontraba acompañado de Gimli. El mortal parecía más calmado ahora, resignado al desprecio del elfo y deseoso de que se hiciera justicia.

Pero sufría.

Durante las noches, tenía pesadillas y había descuidado su aspecto muchísimo. Ni siquiera cuando fue montaraz se encontró Aragorn tan desaliñado. Su cabello desgreñado caía sobre su rostro sin que a él pareciera importarle. La barba, apenas afeitada, le daba un aspecto desordenado y apenas comía, por lo que había adelgazado mucho.

Legolas en cambio, se veía mucho mejor a como había llegado. Parecía que, liberado del tormento interior que lo afligía, su cuerpo al fin, había decidido sanar sus otras heridas y se había recuperado por completo de ellas. Sin embargo, en sus ojos aún quedaba esa profunda tristeza que lo acompañó desde su separación de Aragorn.

Finwe casi no había hablado con él, desde aquélla primera noche. La razón era muy simple, el elfo pelirrojo no soportaba la presencia de Haldamir, y cada vez que éste aparecía (lo cual era bastante seguido) junto a Legolas, optaba por retirarse discretamente a la puerta. También extrañaba mucho a Haldir y se preguntaba qué estaría haciendo su amado.

Una noche, sin embargo, Haldamir fue requerido por Galadriel y Celeborn, pues había llegado una carta de Thranduil, traída por Ucal, el águila, emisario del Señor de los Vientos. Los soberanos deseaban dar una respuesta adecuada al Rey de Mirkwood, pero sin explicarle demasiado, pues eso lo harían personalmente.

Legolas se quedó con Finwe, hablando sobre el Bosque Mágico y cómo los elfos de Mirkwood no habían podido ayudar a sus compañeros cuando Sauron invadió aquellos parajes.

- “Mi padre no deseaba desatar aún más las iras de Sauron”, explicó Legolas, “habló con el soberano del Bosque Mágico para que partieran a otras tierras. Incluso les ofreció Mirkwood, pero él fue obstinado y decidió quedarse”

- “Nuestro rey hizo lo que debía. Debíamos defender nuestra tierra, un reino no se abandona de ese cobarde modo”, replicó Finwe.

- “Pero al final, fueron forzados a hacerlo. Nosotros dimos refugio a muchas familias, pero el rey fue muerto en una de las batallas”

- “Es muy duro vivir en un reino que no es el tuyo”, dijo pensativamente Finwe, “más aún, sabiendo que ha sido devastado y que necesita ayuda. Soy el único elfo de mi pueblo en este lugar y aunque me han tratado muy bien, es duro estar alejado de los míos.”

- “Sí. Ahora sé cómo es eso”, dijo tristementeLegolas.

- “Pero él te ama”, insistió Finwe

Legolas negó tristemente con la cabeza.

- “No”, dijo con dulzura, “él no me ha vuelto a buscar. No puede amarme después de lo que me pasó”

- “Si fuera así, él no estaría aquí. No se pasaría las noches mirando por el balcón, esperando que salgas para verte de lejos. No se sentaría al pie del lago recordando tiempos más felices. No estaría como un espectro, comiendo apenas y durmiendo mal. Él te ama, pero la culpa lo está matando”

- “¿Tú crees?”, dijo Legolas, permitiendo que un poco de esperanza entrase en su corazón.

- “Sí. Yo sé cómo se siente eso”, respondió Finwe sonriendo, “lo que pasa es que Haldamir y Gimli los protegen demasiado a ambos. ¿Por qué no vas y lo compruebas tú mismo? Él está en el lago, lo vi salir hace un momento”

Legolas lo miró dudando. Pero decidió arriesgarse, sólo iría a ver. Ni siquiera tendría que hablarle. Se puso de pie y se dirigió resuelto a la puerta.


Aragorn se encontraba sentado sobre una enorme piedra. Miraba inexpresivamente el agua quieta del hermoso lago, pero en sus ojos había tristeza. Había perdido todo. Su vida era un fraude, ni siquiera la alegría de tener un heredero podía aliviar su dolor, pues ¿cómo explicaría al niño que su madre se había valido de engaños para atarlo a su lado? ¿cómo explicarle que su corazón estaría siempre junto a un elfo de cabellos dorados que ahora lo despreciaba, y con razón? ¿cómo podría retornar a Gondor, a su reino que ya no deseaba?

Unas ligeras pisadas lo hicieron voltear, más por instinto que por curiosidad.

Legolas.

El rostro del elfo reflejaba tristeza también.

- “Aragorn”, dijo suavemente.

El humano corrió junto a Legolas, pero se detuvo al ver que el elfo retrocedía extendiendo la mano.

- “No me toques”, dijo secamente

Aragorn se quedó parado frente a él. La razón de su vida, la razón por la que enfrentó a Sauron, ahora lo despreciaba. Y todo era únicamente su culpa.

- “Legolas, sé que no deseas perdonarme. Pero te amo, y nada ni nadie cambiará eso jamás”, susurró avanzando hacia el elfo.

Legolas lo empujó violentamente, casi haciéndolo perder el equilibrio.

- “¡Golpéame si así lo deseas!”, dijo el rey con la voz quebrada, “ningún daño será más profundo que el causado a mi corazón, ¡Golpéame!”

Legolas así lo hizo, una y otra vez golpeó el rostro de Aragorn, su pecho, sus brazos, sin que el humano hiciera nada por detenerlo, oyendo únicamente los sollozos de Aragorn y luego sus propios sollozos.

Luego, los golpes se conviertieron en un abrazo fuerte y los dos cayeron de rodillas, llorando.

- “Te amo”, logró decir Legolas al fin

- “Te amo”, dijo Aragorn, con el rostro cubierto de sangre, pero feliz al oír aquéllas palabras. Había recuperado a su amor.

 



Capítulo 19: Desenlace

“And love / y el amor
Is not the easy thing / no es la cosa más fácil
The only baggage / el único equipaje
That you can bring / que puedes traer
Not the easy thing / no es la cosa más fácil.
The only baggage you can bring / El único equipaje que puedes traer
Is all that you can't leave behind / es todo lo que puedes dejar atrás”

Walk On – U2


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Gondor
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Haldir acababa de llegar a Gondor. Los muros de la ciudad se erguían imponentes, la ciudad había sido hábilmente recostruida desde su destrucción en la Guerra del Anillo, sin embargo, el elfo no se dejaba impresionar fácilmente.

Los guardias de la puerta exterior le exigieron identificarse y él lo hizo, serena y altivamente, como correspondía a un elfo de su posición.

- “Soy Haldir de Lórien, Capitán de Guardias de Lothlórien y enviado de la Dama Galadriel para ver a la reina. La escolta que me acompaña esta formada por los más hábiles arqueros de mi reino, aquéllos que ayudaron a Gondor en la Guerra del Anillo”.

Los guardias lo recibieron con una reverencia, pues su porte hacía ver que se trataba de un gran señor. Lo hicieron pasar mientras un guardia se adelantaba a avisar a la reina.

Arwen se encontraba encerrada en su habitación. Había estado así desde que descubriera que el rey había partido a Lothlórien en busca de Legolas. Los sanadores y el personal del palacio no le habían permitido moverse de allí, pues esperaba un niño y cualquier viaje hubiera sido peligroso, de modo que todo lo que le quedaba era esperar impotente a que al menos Legolas hubiera muerto ya de pena para cuando Aragorn pudiera llegar hasta él.

Recibió sorprendida la noticia de que Haldir se hallaba allí, y se dispuso a ir hacia el salón para recibir al elfo.

Haldir la esperaba, con la expresión inescrutable que tan bien le conocía.

- “Mae Govannen, Arwen”, saludó respetuosamente, besando su mano. ¿Acaso había en sus ojos cierta frialdad?

- “Mae Govannen, Haldir. Me han informado que traes un mensaje de Galadriel, ¿puedes decirme de qué se trata?”, preguntó algo temerosa.

- “La Dama Galadriel ha pedido a Lord Elrond que venga hacia aquí, y en estos momentos se encuentra en camino. Luego se su llegada, debemos partir a Lothlórien”, informó Haldir.

- “¿Mi padre? ¿En camino?”, se sobresaltó Arwen, “¿Ha sucedido algo?”, preguntó sin desear realmente oír la respuesta.

- “Eso, señora, lo sabes mejor que yo. Nada puedo decir por órdenes de Galadriel”, respondió calmadamente Haldir.

Pasó así una semana completa, en que Arwen se moría de angustia, pero no pudo sacarle nada más a Haldir ni a ninguno de los elfos de su escolta. Incluso les había ofrecido alojamiento en el palacio, pero Haldir había rehusado, prefiriendo la casa donde hacía meses vivió con los hobbits y con Finwe. El recuerdo de su elfo pelirrojo reconfortaba su corazón, mientras cada noche, sus dedos recorrían una y otra vez los dibujos del cuaderno de Finwe.

A la mitad de la siguiente semana, los guardias avistaron una comitiva compuesta por cuatro elfos. La reina y Haldir salieron a recibirlos en seguida.

Elrond cabalgaba a la cabeza, seguido por Glorfindel. Detrás de éste venían Elladan y Elrohir, altivos y orgullosos como siempre.

Luego de los saludos protocolares y del abrazo cariñoso de los gemelos a su hermana, Elrond quiso saber por qué había sido convocado con tanta urgencia. Sin embargo, Haldir dijo saber tanto como ellos, y les pidió partir sin demora hacia Lothlórien.

Los elfos decidieron partir al día siguiente y los sirvientes recibieron los encargos de hacer los preparativos para el viaje de Arwen.

Elrond se retiró junto Arwen, pues deseaba platicar con su hija, a quien no veía hacía mucho tiempo. Glorfindel, a su vez, se retiró a descansar del largo viaje, pero los gemelos fueron enseguida en busca de Haldir.

- “¿Qué ha ocurrido?”, preguntó directamente Elrohir, “tú lo sabes. Galadriel te confía muchas cosas”

- “Estás en lo cierto, Elrohir”, respondió Haldir con seriedad, “pero no puedo decirlo y no lo diré”

- “¿Por qué Finwe no está contigo? ¿Es que acaso se cansaste de él?”, exclamó Elrohir.

Haldir lo miró severamente a los ojos y Elrohir sintió que había cometido un error. Su amigo y ex amante estaba disgustado, lo conocía bien como para saberlo.

- “Finwe se encuentra el Lothlórien, esperándome”, fue todo lo que dijo.

Elrohir se retiró molesto, pero Elladan permaneció allí.

- “Disculpa a mi hermano, Haldir. Está muy preocupado”, pidió, “esto tiene que ver con Legolas, ¿no es así?”

- “¿Qué te hace suponer eso, hijo de Elrond?”, respondió Haldir.

- “Es simple. Antes de que Legolas se fuera de aquí, tuvimos un altercado y ellos pelearon. Elrohir se lo dijo a nuestro padre, exagerando mucho los hechos a su favor, y logró que éste le escribiera indignado a Thranduil. Poco después, nos llegó una proclama de Mirkwood, declarando que el menor de los hijos del rey había sido desheredado y se encontraba proscrito. Supongo que Legolas llegó a Lothlórien, ¿verdad?”

- “Eres muy perspicaz”, sonrió Haldir, “efectivamente, Legolas se encuentra en Lothlórien, pero nada puedo decir. Galadriel en persona es la más indicada para revelarles todo lo sucedido”

Elladan se dio cuenta de que no sacaría una palabra más al otro elfo. Bastante conocida era su lealtad para con Galadriel. Por el contrario, ahora sus pensamientos se hallaban en otra cosa, mejor dicho, en otra persona.

- “¿Por qué el hermoso Finwe no te acompaña?”, preguntó incapaz de contener su curiosidad.

- “La Dama Galadriel le encomendó otra misión”, respondió Haldir.

Elladan se acercó seductoramente.

- “Si acaso deseas compañía, sabes dónde encontrarnos”, dijo insinuante.

- “Lo siento. Sólo dormiré con otros si Finwe me acompaña”, fue la segura respuesta.

Elladan lo miró con cierto pesar. ¡Haldir estaba en verdad enamorado! No lo culpaba en absoluto. No teniendo a alguien como Finwe a su lado. Pero él había sido el primero en poseer al elfo pelirrojo, y eso le daba cierta alegría.

- “Entonces, cuando estemos en Lothlórien, habrá tiempo para divertirnos”, susurró antes de desaparecer.


Al amanecer del siguiente día, la comitiva partió. La reina se negó a llevar guardias del palacio, de modo que su única escolta consistió en los elfos de Haldir y los recién llegados de Rivendel.

El viaje transcurrió sin mayores contratiempos, y Haldir continuó sin decir nada.


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Lothlórien
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Legolas y Aragorn habían encontrado al fin un poco de paz. En los días que siguieron a su reconciliación, sostuvieron largas charlas, pidiéndose mutuamente perdón y redescubriendo su amor. Sin embargo, los acontecimientos pasados los habían lastimado mucho a ambos y por mucho que lo deseaban, no volvieron a besarse.

Aragorn temía causar más daño a Legolas y no deseaba hacerle promesas, pues no sabía aún el destino que les aguardaba. De lo que sí estaba seguro era que dejaría su reino si tenía que hacerlo para estar junto al elfo.

Legolas sentía que estaba impuro a causa del penoso episodio con los uruk-hai, y temía el rechazo de Aragorn. No había hablado jamás de ese incidente con el mortal y tenía mucha vergüenza de hacerlo.

Ambos eran conscientes que debían esperar a que volviera Arwen y que fuera juzgada por los otros elfos. Galadriel les había explicado que ella sola no podía decidir el destino de Arwen y por eso había convocado a los reyes y señores elfos más antiguos de la Tierra Media: Thranduil, Elrond y Glorfindel, y que ellos, junto con los soberanos de Lothlórien, decidirían el destino de Arwen.

El elfo y el humano paseaban por Lothlórien, internándose en el bosque que ya no encerraba peligros, y volviendo entrada la noche. En sus largos paseos practicaban con el arco y la espada, subían a los árboles y hablaban de las leyendas y canciones de Lothlórien. Pero siempre evitaban hablar de ellos mismos, o de su futuro. Solo aguardaban.

Por las noches, volvían a sus respectivos talans y se despedían. Legolas compartía su vivienda con Haldamir y Aragorn con Gimli.

Haldamir no había perdonado del todo al humano, pero toleraba que esté junto a Legolas, pues veía a su hermano feliz. Aunque temía, como Legolas, la llegada de Thranduil. Además, había pedido disculpas a Finwe por el incidente por el que lo golpeó y el elfo pelirrojo había aceptado sus disculpas. Incluso podía decirse que se habían hecho amigos, pues ahora sostenían largas charlas sobre el Bosque Mágico, de donde procedía Finwe.

De este modo, transcurrieron los días y la magia del Bosque Dorado reconfortó sus corazones, hasta la mañana en que apareció Thranduil, acompañado de su escolta.

Legolas había temido muchísmo el encuentro con su padre, pero Haldamir lo había tranquilizado diciéndole que el rey no debía enterarse de nada que no fuera estrictamente necesario, en clara alusión al ataque de los uruk-hai.

Thranduil, sin embargo, rehusó hablar con su hijo menor y exigió a Galadriel informarle cuanto antes para qué lo había convocado, pues debía partir con Haldamir para celebrar el enlace de éste. Pero Galadriel se mantuvo firme en esperar a Elrond y el rey tuvo que resignarse. Cuando al fin se anunció la llegada de Elrond, habían transcurrido tres días desde la aparición de Thranduil.

Los elfos de Rivendel llegaron escoltando a Arwen, que lucía algo cansada. Galadriel y Celeborn salieron a darles la bienvenida y trasladaron a todos a viviendas especialmente diseñadas para ellos. La Dama asignó también una doncella permanente para acompañar a su nieta. Si a todos les extrañó muchísimo que Aragorn no saliera a recibirla, no dijeron nada.

Aragorn y Legolas habían recibido la noticia de que el momento había llegado. Ambos se encontraban en el talan de Legolas, con Finwe y Gimli, pero el elfo pelirrojo se disculpó pues deseaba saludar a Haldir cuanto antes. Gimli lo siguió también.

- “Pronto se terminará esta incertidumbre, Legolas”, dijo Aragorn, pensativo.

- “Lo sé”, fue la única respuesta del elfo.

- “Legolas, sin importar lo que decidan hacer con Arwen, deseo que permanezcas a mi lado. No soportaría volver a perderte”, dijo el mortal tomándolo de las manos.

- “¿Tú estás seguro?”, preguntó el elfo. La pregunta que tenía en la mente hacía mucho tiempo deseaba salir, pero no se atrevía.

- “Lo estoy. Eres el ser más hermoso y más puro que conozco y deseo tenerte para siempre junto a mí”.

- “¿Puro? No...no después de..”, y la voz se le quebró.

Aragorn lo abrazó con ternura, apartando los cabellos rubios de su rostro y besándolo en la mejilla.

- “Lo que pasó no cambia en nada lo que siento por ti, aunque habría dado mi vida por evitarte ese sufrimiento. Te amo, ¿no te lo he dicho mil veces?”, dijo Aragorn acariciándolo.

- “Lo has hecho. Pero..”, Legolas no pudo continuar.

- “¿Pero? ¿Qué te aflije, amado mío? No me importa que decidan hoy, yo renunciaré a mi reino si es necesario. Mi hijo heredará Gondor y él completará la tarea de la unificación. ¡No renunciaré a ti!”, exclamó el rey.

- “No me has vuelto a besar...”, susurró Legolas, “yo sé que es difícil, ellos...ellos me hicieron eso, me hicieron estar así...pero no sabes cómo lo necesito”

Aragorn lo miró con ternura. Luego, lentamente tomó su barbilla y acercó su rostro al de Legolas, besándolo suavemente. La sensación era maravillosa. Acarició los labios de su elfo, saboreando cada instante a la vez que atraía su cuerpo hacia el suyo, tomándolo por la cintura. Legolas tenía los ojos cerrados y entreabrió ligeramente la boca, suspirando. El beso se hizo más apasionado y pronto Aragorn se encontró explorando la boca de su amado que respondía ardientemente a sus caricias.

- “Te amo”, decía Aragorn entre besos, “pensé que me rechazarías por estar casado aún, no sé como pude perderme de esto”

- “Mi señor”, susurraba Legolas entre suspiros, era la primera vez que lo llamaba así, “no digas más, sólo bésame”

Continuaron besándose hasta que fueron interrumpidos por Finwe que los miraba divertido. Tuvo que toser dos veces para que le hicieran caso.

- “Legolas, Aragorn. La Dama Galadriel los espera. Me envía también esto”, dijo dejando sobre la cama dos mudas de ropa, cuidadosamente doblada. “En cuanto estén listos, avísenme para escoltarlos. Estaré afuera”

Legolas trató de protestar que no necesitaba ninguna escolta, pero Finwe le dijo sonriendo:

- “El rey de Gondor y el príncipe de Mirkwood deben ir acompañados y la Dama me ha pedido que sea yo quien los acompañe”, y desapareció .

Los soberanos de Lothlórien habían hecho instalar un enorme salón sobre un mallorn junto a su vivienda. En él se celebraría la esperada reunión. En el centro del salón, había una mesa de roble, en cuya cabecera se sentaban Galadriel y Celeborn, teniendo frente a ellos a Thranduil y Haldamir.

Todos estaban muy serios. Thranduil apenas había saludado a Elrond y a sus hijos, molesto aún por la misiva y por tanto misterio. Elrond y sus hijos estaban junto a Arwen, altivos y orgullosos a la derecha de la mesa. Glorfindel conversaba con Haldir, en la otra puerta, que conducía a una pequeña cámara.

Finwe hizo su aparición con Legolas y Aragorn, permaneciendo respetuosamente en la puerta. El Rey de Gondor vestía de azul, con un manto blanco, pero no ceñía corona. Aún así, se veía magnífico y majestuoso. Legolas vestía con los colores de Mirkwood, mas no ostentaba ningún símbolo de su condición de príncipe, pues aún no había sido reinvindicado como tal.

Aragorn se acercó a saludar a los elfos de Rivendel, quienes lo miraron escrutadoramente. Sólo hizo una inclinación de cabeza para saludar a Arwen, pues tenía enormes deseos de abofetearla a pesar del niño. Luego, se dirigió a Thranduil que lo saludó respetuosamente.

Legolas permaneció de pie en el centro del salón. No pensaba saludar a Elrond luego de lo que había ocasionado con sus hijos. Tampoco se dirigiría a su padre que lo había desterrado.

- “Amigos míos, los he convocado para discutir un asunto de suma gravedad, acaecido tiempo atrás, y que tiene como protagonistas a Aragorn, Legolas y Arwen”, empezó Celeborn.

- “Les rogamos que se sienten”, dijo Galadriel dirigiéndose a Legolas y Aragorn, “junto a mí”, agregó.

Ambos lo hicieron.

Los rostros de todos los presentes eran graves. Arwen, sin embargo, miraba altivamente a Aragorn y Legolas. Por las palabras de Galadriel, supo que su juego había sido descubierto, y jugaba su última carta: el orgullo.

- “Legolas, Aragorn, permítanme ser yo quien pueda relatar todo, para que los aquí presentes tomen conocimiento de los hechos. Luego escucharemos a Arwen y finalmente decidiremos lo que se debe hacer”, pidió Galadriel

- “Está bien, mi señora. Pero debo decir que, sin importar lo que decidan, permaneceré al lado de quien mi corazón ha elegido, aún a costa de perder mi reino”, dijo Aragorn con voz firme.

Los gemelos hablaron entre sí, en voz baja y Arwen no bajó la vista que sostenía fijamente en Aragorn.

- “Yo, por mi parte, digo lo mismo”, intervino Legolas, con la voz tranquila, “aunque no tengo reino que perder”, acotó mirando a su padre, que se movió incómodo en el asiento.

Galadriel asintió, y relató los hechos, tal como se los había referido Aragorn y confirmado Legolas. Solamente omitió los detalles del ataque que sufrió Legolas. Los presentes estaban claramente sorprendidos por todo lo que oían. Los gemelos no dejaban de cuchichear gravemente y Elrond tenía los labios apretados, al igual que Thranduil.

De pronto, Elrohir gritó.

- “¡No es cierto! ¡No puede serlo! Ellos mintieron para mantener esa pasión que tienen, mi hermana no haría eso, ¿verdad Arwen?”, exclamó, visiblemente alterado.

- “¡Nadie llamará mentiroso a mi hermano en mi presencia!”, gritó Haldamir, poniéndose de pie.

Aragorn y Legolas se habían puesto de pie también, pero la voz de Celeborn hizo que todos se sentaran de nuevo.

- “¡Basta! No los he convocado para discutir la veracidad de lo que les diremos. Si no estuviéramos seguros de ello, no los habríamos convocado. Debo, sin embargo, preguntar a Arwen si esto es cierto”

Todos volvieron a sentarse.

- “Créanme que esto es doblemente doloroso por tratarse de nuestra propia nieta. Pero no podemos permitir que tamaña injusticia se cometa en la Tierra Media que prometimos proteger. Es por eso que te pregunto, Arwen, ¿es verdad lo que acabo de decir?”, dijo Galadriel

Arwen asintió, con el rostro ininmutable.

Elrond cerró los ojos, incapaz de creerlo aún. Elladan y Elrohir la miraron horrorizados. De pronto, ella los miró a los tres y dijo, con la voz fría.

- “Padre, hice lo que me pediste. ¿No deseabas que fuera reina? ¿No me pediste que me casara con Aragorn sólo cuando fuera rey? Eso fue lo que hice. Si nos hubieras permitido casarnos cuando él me amaba, antes de esa estúpida guerra, las cosas serían diferentes. Él no se hubiera enamorado de Legolas”

- “¡Oh, Arwen!”, exclamó Elrond

- “¡Arwen, cómo pudiste! ¡Nosotros luchamos contra Melkor!”, gritó Elrohir.

- “¡Y yo pasé todo ese tiempo sufriendo pues supe que él me había traicionado!”, gritó, “¡y ahora, tengo un hijo suyo y ya nada podrá separarnos pues estamos casados según las leyes élficas y humanas!”

- “¡NO!”, gritó Aragorn poniéndose de pie, “¡me engañaste! ¡Ese matrimonio es una mentira! ¡No puede continuar!”

- “Lo siento, Elessar. Para los elfos no existe la separación”, respondió fríamente ella.

- “¡Es suficiente!”, pidió Galadriel, “lo que decidamos, debemos hacerlo los convocados, Elrond, Glorfindel y Thranduil. Los demás, pueden retirarse. Haldir y Finwe los acompañarán”

Thranduil no había dicho una palabra, pero al oír eso, buscó a Legolas con la mirada.

- “¡Legolas!”

Pero el rubio elfo lo miró con pesar y se retiró, seguido de Aragorn y Haldamir. Haldir los condujo a una pequeña sala junto al salón principal, donde esperarían la decisión.

Por su parte, Finwe se acercó para acompañar a los gemelos y a Arwen a otra sala contigua a la primera. El elfo pelirrojo saludó fríamente a la reina y a sus antiguos amantes.

- “Finwe, ¿qué sucede?”, preguntó Elladan

- “¿Y aún lo preguntas? Ustedes causaron el destierro de Legolas por su insensatez. No deseo más su amistad, y mucho menos sus favores”, dijo intencionalmente para ver la reacción de Arwen ante esa revelación, pero la reina se limitó a mirarlo de arriba hacia abajo, como a un inferior.

El elfo pelirrojo se quedó de pie junto a la puerta cerrada, desde donde se oían las voces de los gemelos pidiendo explicaciones a su hermana y la voz fría de Arwen defendiéndose. Finwe se preguntó cuánto le duraría ese cinismo a la reina.

Haldir a su vez, custodiaba la otra puerta, donde Legolas, Aragorn y Haldamir aguardaban la decisión de los otros elfos.

Luego de varias horas de deliberación, Glorfindel abrió la puerta e hizo una seña a Haldir y Finwe. En pocos instantes, el salón estuvo ocupado como al inicio.

- “Luego de un exhaustivo análisis de los hechos, y procurando reparar de la forma más justa el daño causado, nuestra decisión ha sido tomada”, dijo Galadriel, “y creo que Elrond es el más indicado para anunciarla”

- “Lo siento”, dijo Elrond, “esto no hubiera pasado si no te hubiese llevado, con mi insensatez, a cometer esta locura, hija mía. Lo siento, Aragorn, por todo el daño que mis acciones te causaron. Lo siento, Legolas, por mis actos irreflexivos que llevaron a tu padre a actuar precipitadamente. Debo ahora anunciarles nuestra decisión. El hijo de Arwen y Aragorn nacerá en Lothlórien y luego será entregado a su padre. Arwen estará recluida aquí hasta el nacimiento y luego partirá conmigo a las Tierras Imperecederas. Además, Aragorn queda, desde ahora, libre del vínculo que lo ata a ella, pues estuvo basado en una mentira”, hizo una pausa, pues Arwen sollozaba silenciosamente y acudió junto con Glorfindel para sacarla de allí.

- “Me corresponde a mí comunicar la última decisión”, intervino Thranduil, “Legolas, hijo mío, si tu generoso corazón accede a perdonar a este elfo testarudo que es tu padre, te será devuelto todo lo que te arrebaté y podrás volver a Mirkwood en compañía de Aragorn cuando lo desees”.

El rey abrió los brazos y Legolas corrió a abrazarlo. Nunca, jamás, Thranduil había mostrado su afecto por alguien, ni siquiera por sus hijos, en público. Y Legolas no podía recordar cuando fue la última vez que su padre lo abrazó así.

Mientras Arwen era llevada por Galadriel y Elrond a su nueva vivienda en Lothlórien, y Legolas se retiraba con su padre a sostener una larga charla, Elladan y Elrohir se acercaron a Aragorn.

- “Hermano, sentimos mucho que nuestros actos le hayan traído tanto pesar a Legolas”, empezó Elladan.

- “Yo fui el que generó todo esto”, siguió Elrohir, “pero jamás soñamos que Arwen podía llegar a hacer algo tan horrible. Por favor perdónanos”

Aragorn conocía demasiado bien a los gemelos como para saber que jamás pedían perdón, por lo tanto, supo apreciar ese acto y además, se encontraba tan feliz que no podría seguir molesto con ellos. Les dio un abrazo fraterno y salió de allí a darle a Gimli la buena noticia.

Haldir y Finwe habían salido al patio, para estar al fin un momento solos.

El elfo rubio abrazó a Finwe por la cintura, atrayéndolo hacia él.

- “Te extrañé, pequeño elfo”, le susurró al oído antes de besarlo.

- “Haldir, Finwe”, dijo suavemente Elladan, acercándose junto con Elrohir.

Finwe se dio la vuelta, tratando de alejarse, pero Haldir lo tomó del brazo y le susurró

– “Quédate”

- “Lo sentimos”, dijo Elladan, “en verdad lo sentimos mucho. Nos hemos disculpado ya con Aragorn y también lo haremos con Legolas”

- “¿Y él lo siente?”, preguntó fríamente Finwe mirando a Elrohir con resentimiento.

- “Claro que lo siento”, exclamó Elrohir acercándose al elfo pelirrojo y mirándolo a los ojos, “si pudieras leer en mi corazón, sabrías lo apenado que me encuentro”

Finwe lo miró a los ojos y supo que era sincero. También vio dolor en los ojos de los gemelos y sintió lástima por lo que les estaba pasando. Miró a Haldir y éste asintió, ¡qué bien sabía leer sus pensamientos!. Finwe se acercó a Elrohir y le dio un beso en la mejilla, e hizo lo mismo con Elladan.

Aragorn le había contado todo a Gimli y ambos se sentían felices. El enano incluso bromeaba sobre llevarse a Legolas a las cavernas antes de que fueran a vivir a Gondor y el rey pudo reír como no lo hacía en mucho tiempo. Anochecía ya cuando Legolas abrió la puerta, sonriendo también. Al fin se habían resuelto las cosas con su padre.

El enano se despidió rápidamente diciendo algo de un talan sobre la tierra que le habían preparado y que no volvería hasta el medio día siguiente.

Aragorn se acercó a abrazar a Legolas, pero el elfo le dijo:

- “Deseo agradecer a Haldir y a Finwe todo lo que hicieron por mí, ¿me acompañas?”

- “Te acompañaría a Mordor si me lo pides, amado mío”, respondió el rey y ambos salieron hacia el talan de Haldir.

El talan estaba silencioso, pero los guardias le habían dicho a Legolas que Finwe y Haldir se encontraban allí, de modo que se acercaron, pero ni bien habían llegado a la puerta, sintieron un quejido, seguido de otro y una alegre risa.

Ambos se asomaron curiosos a la ventana y se quedaron paralizados. Sobre la cama de Haldir estaba Elladan completamente desnudo y siendo acariciado por Haldir y Finwe, mientras que Elrohir atendía hábilmente a Haldir, de rodillas a los pies de la cama. Los cuatro estaban tan concentrados en darse placer, que no notaron al humano y al elfo que los observaban desde la ventana.

Aragorn tomó a Legolas de la mano, pero el elfo no se movía, sólo contemplaba la escena con la respiración agitada. Un gemido de Finwe al ser penetrado por Haldir lo arrancó de su absorta contemplación y se dejó conducir dócilmente por Aragorn hacia el talan de éste.

Apenas cerró la puerta, Legolas abrazó al mortal, besándolo con pasión. Aragorn correspondió con ardor similar, pero se detuvo dudando. ¿Legolas estaría preparado? El elfo lo miró sonriendo.

- “Mi señor, ahora que eres libre, me entrego a ti completamente”, susurró el elfo y empezó lentamente a desvestirse, hasta quedar desnudo frente al rey de los hombres.

Aragorn lo miró con adoración. ¡Hacía tanto tiempo que no tenía entre sus brazos aquél cuerpo perfecto! Tomó a Legolas de la mano y lo guió hacia la cama, recostándolo suavemente. Quería admirarlo, quería saborear cada parte de su cuerpo…

Legolas lo miraba con los ojos entrecerrados. El mortal se arrodilló al lado de la cama y comenzó a besar los pálidos labios, mientras sus manos acariciaban los perfectos pectorales del elfo. Pronto fue recompensado con los gemidos de su amado que sonaron como música a sus oídos, ¡hacía tanto tiempo! ¿Cómo había podido vivir sin su elfo?

Aragorn continuó su exploración, besando cada milímetro de la piel de Legolas, al tiempo que sus manos separaban los muslos del elfo, acariciando la parte interior de éstos. Sus caricias hacían que Legolas olvidara por fin las garras de los uruk-hai manoséandolo, pues las manos y labios del rey tomaban posesión nuevamente de su cuerpo, borrando para siempre su vergüenza.

El elfo abrió los ojos, quería mirar a su rey. Además, ya sentía la familiar urgencia en su cuerpo, que le hacía desear entregarse. Pero Aragorn continuaba acariciando todo, excepto la zona más sensible, haciéndolo sentir un delirante e insatisfecho placer. Legolas se agitaba en la cama, con los labios entreabiertos. Le gustaba ese juego de dominación, pero ya estaba durando demasiado.

Casi gritó cuando el humano se puso de pie, retirando sus ardientes manos. Cerró los ojos fuertemente ahogando los gemidos.

- “Paciencia, amado mío”, susurró Aragorn, mientras el sonido de ropa deslizándose y cayendo fueron la inequívoca señal de que él también necesitaba alivio.

Luego, el cuerpo de Aragorn lo cubrió y ambos disfrutaron con el roce de su piel desnuda. Las manos de Legolas vagaron por la espalda de Aragorn, y acariciaron cada músculo, deteniéndose en su cintura para tomar su miebro erecto y acariciarlo con pasión. Aragorn gimió profundamente, pero luego se levantó de nuevo, buscando algo entre sus ropas y volvió con un diminuto frasco entre los dedos.

De nuevo, cubrió el cuerpo del elfo, recorriendo con su lengua el abdomen perfecto, hasta perderse en su entrepierna, succionando deliciosamente la ansiosa carne de Legolas.

Elfo y humano gemían sin control, entregados por completo a su mutua pasión. Cuando sintió que no lo resistiría más, Aragorn abrió el pequeño frasco, humedeciendo uno de sus dedos con su contenido, y lo deslizó con suavidad dentro de su elfo. Legolas se sobresaltó, abriendo los ojos, y Aragorn creyó ver en ellos una sombra de temor.

El humano se detuvo.

- “Lo siento, hermoso mío. No te haría daño jamás”

Legolas lo miró, luchando consigo mismo para calmar ese temor. “Es Aragorn”, se decía, “es el hombre a quien amo”.

Sonrió a Aragorn.

- “No te detengas, mi señor. No lo soportaría”, susurró suavemente.

Aragorn continuó preparándolo cuidadosamente, haciéndolo olvidar todos esos penosos recuerdos. Nuevamente la habitación se llenó de los deliciosos suspiros de Legolas.

Entonces, el elfo hizo algo que lo sorprendió. Al retirar Aragorn los dedos, Legolas se incorporó, guiándolo para recostarlo en la cama, y luego subió sobre él, colocándose sobre el miembro del humano, que lo penetró suavemente. Así, mientras se besaban, las manos de Aragorn bajaron para acariciar a su amado y facilitar el camino de su placer.

Ambos se movían con urgencia, y Aragorn sintió tensarse el cuerpo de su amado, preludio del éxtasis que vendría. Acarició su exquisito miembro al tiempo que se clavaba con fuerza dentro del elfo, hasta que sintió sus manos mojadas con la exquisita escencia de Legolas, y pudo permitirse al fin explotar dentro de él y limpiarlo para siempre del ultraje sufrido. Legolas se dejó caer sobre el rey, tratando de recuperar el aliento.

El elfo suspiró feliz. Al fin se sentía limpio, al fin se sentía amado. Apoyó la cabeza en el pecho de Aragorn que lo besó tiernamente.

- “Te amo”, le dijo nuevamente, Legolas nunca se cansaría de escucharlo.

- “Te amo, mi señor”, susurró Legolas. Aragorn jamás se cansaría de oírlo.

- “¿Irás a Gondor conmigo? Deseo partir mañana”, pidió el humano.

- “Iré a donde me pidas, pero ¿y el niño?”, preguntó Legolas.

- “Vendremos a buscarlo cuando nazca, y lo llevaremos a Gondor con nosotros”

Legolas sonrió. Eso era lo que él también deseaba.

Se besaron nuevamente, hasta quedar profundamente dormidos.

 

EPILOGO


Cinco meses habían pasado. Legolas y Aragorn volvieron a Lothlórien en busca del pequeño Eldarion, a quien llevaron a Gondor, con las bendiciones de su abuelo y bisabuelos.

Lord Elrond se despidió de ellos y partió, junto con Arwen, a las Tierras Imperecederas. La ex reina no mostraba señal de arrepentimiento y no bajó la mirada ni una sola vez ante el Rey de Gondor y el Príncipe de Mirkwood, con su hijo en brazos, hasta que el barco se perdió de vista, incluso para los penetrantes ojos de Legolas.

Elladan y Elrohir se quedaron a gobernar Rivendel, con la ayuda de Glorfindel, y tuvieron que olvidar para siempre a cierto elfo de cabellos color de fuego y ojos asombrosamente verdes, pues había mucho por hacer en su tierra. Luego, ambos se casarían con dos elfas pelirrojas y fundarían una colonia cercana a Rivendel.

Galadriel y Celeborn permanecieron en Lothlórien, pues la Dama sabía que pronto sería requerido de ella un importante servicio, que arrastraría a sus leales Haldir y Finwe hacia una peligrosa aventura en un mundo desconocido. Pero eso es otra historia.

Haldamir volvió a Mirkwood junto con su padre, dichoso de ver por fin a la hermosa dama con la cual contraería matrimonio.

Gimli, el enano, regresó con los suyos, prometiendo volver al año siguiente para hacer el viaje prometido a Legolas, pues el elfo no deseaba separarse de Aragorn y Eldarion.

Respecto al rey y al príncipe, ambos vivieron en Gondor junto con Eldarion, generando no pocos líos e intrigas malintencionadas. Pero luego, cansados de esto, cuando Eldarion tuvo edad para gobernar, abandonaron la ciudad, volviendo a recorrer los caminos de antaño por mucho tiempo, descubriendo misterios y enfrentando nuevos peligros, hasta que finalmente decidieron embarcarse hacia Valinor.

Pero eso también es otra historia.

 

 

 

FIN

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