Capítulo 12

And if the dam breaks open many years too soon
And if there is no room upon the hill
And if your head explodes with dark forebodings too
I'll see you on the dark side of the moon.

Brain Damage – Pink Floyd

París
1

El Ejecutor llegó la mañana en que recibieron la noticia del asesinato de Dominique Lafavre, y partió enseguida a investigar; sin embargo, el trabajo de Kurt se retrasó porque Alain tenía un fuerte resfriado y pese a las protestas de Martin, la investigación sobre Antoine Dubois pasó a segundo plano pues “Alain es más importante que cualquier Hombre de Negro venido a menos”.

John pasó el día con André y las gemelas, que se habían mostrado extrañamente tranquilas, como si esperasen algo. Y ese algo llegó, por la noche, cuando Aristide regresó con su informe y Martin se encerró con él y John en el estudio.

- Investigué las muertes sospechosas de estos últimos tiempos. Por un lado, hay una extraña ola de suicidios, cuyos protagonistas responden a un mismo patrón. Todos eran jóvenes entre los veinte y veinticinco años, cabellos castaños, ojos marrones, delgados. Georges Duval, profesor de matemáticas recién graduado. Philippe Luthier, estudiante de Bellas Artes, sus amigos decían que tenía premoniciones y que predijo su muerte días antes. Louis Chagny, vidente. Gilberte Rioux, economista… y muchos más. Vi sus fotografías… Duval tenía tus mismos ojos, John; y Rioux tenía tu tono de cabello; la sonrisa de Chagny era idéntica a la tuya. Todos eran parecidos a ti – la voz de Aristide era desapasionada, simplemente enumeraba los hechos conocidos.

- ¿Qué hay de la muerte de Lafavre? – la voz de Martin sonó preocupada. Sostenía la mano de John entre las suyas. Sus ojos entrecerrados mostraban cuan interesado estaba en lo que El Ejecutor estaba diciendo.

- Lafavre fue el único degollado. Los anteriores murieron de un tiro en la cabeza, la policía tenía archivados los casos como suicidio y recién hace unas semanas comenzó a sospechar de un asesino en serie. Eso coincide con tu venida a París, John – dijo gravemente Aristide.

- ¿Cuántos fueron los suicidas? – preguntó John con la voz velada.

- Pues… veamos, el Círculo tenía a catorce de los supuestos suicidios catalogados como asesinatos, pero yo logré encontrar algunos más con los datos que me dieron Kurt y Alain. Veinte muertes en menos de dos años. Y eso sin contar los sacrificios humanos para los rituales. Nuestro Hombre de Negro ha estado bastante ocupado.

Martin cerró los ojos. Estaban en el estudio y ante él estaba la pantalla del computador, con el mensaje que Kurt le había enviado la noche de la conferencia y que, con toda la conmoción del asesinato y la llegada de El Ejecutor, recién podía leer.

Hola, jefe:

Encontramos una referencia en el Cultes des Ghouls hacia un ser que coincide con lo que ha estado pasando. Transcribo textualmente lo que dice, en la sección dedicada a los Primigenios, dioses de la Antigua Raza que según muchos, dominaba la tierra en tiempos ignotos. Se dice que el ser en cuestión fue adorado por los primeros humanos, pero se ignora lo que le sucedió.

Lod, el cazador de almas, el perseguidor brillante
Gradualmente apareció en medio de una luz cegadora... No era un ser homogéneo, tan impío espectro, sino que compartía horriblemente diversos elementos incongruentes. Extrañas formaciones minerales y cristalinas enviaban su fiero brillo a través de carne escamosa y semitransparente, y todo ello estaba bañado por una luz reptante y viscosa que pulsaba monstruosamente alrededor del horror. Un légamo fino goteaba de la carne membranosa... y mientras este légamo bajaba flotando, apéndices macabros con forma de planta se agitaban ciegamente en el aire, haciendo ruiditos hambrientos de succión. Un enorme ojo afacetado contemplaba sin emoción alguna.

En mi humilde opinión, estamos ante el famoso Desterrado, Durmiente, o como quiera que se llame. Luego, más adelante en el mismo texto, aparece lo siguiente:

… y aquellos que conozcan las palabras apropiadas podrán llamar a las serpientes que caminan en el viento. Pero cuidado… su invocación traerá la muerte (aquí viene un fragmento ilegible) ... y el aliento les será arrebatado y sus almas serán devoradas por Él.

Interesante, ¿verdad? A nosotros nos parece que eso fue lo que ocurrió. Tu Hombre de Negro invocó a las serpientes, que son los emisarios del tal Lod. ¿Qué opinas?

Kurt

 

- ¿Hubo muchos sacrificios humanos? – susurró John, casi inaudible. Estaba en shock desde que supo la muerte de Dominique Lafavre y la llegada del Ejecutor no lo tranquilizaba en absoluto.

- Diecisiete. Eso es mucho más sencillo de rastrear, a todos les arrancaron el corazón. Los cadáveres fueron abandonados en el Sena o dejados en callejones o arrabales. Allí el asesino no sigue un patrón, las víctimas son indistintamente hombres y mujeres, de cualquier edad. La policía tiene el caso catalogado como “El asesino del corazón rojo”. No hay más conexión que esa misteriosa sociedad ocultista, “La Serpiente de Sangre”, pero no han llegado aún a Dubois. Y tampoco han conectado los suicidios con los asesinatos y mucho menos con la muerte de Lafavre. Han tenido noticias de esa sociedad hace apenas un mes. Y vuelve a coincidir con tu llegada a París.

- ¿Y cómo llegó a enterarse el Círculo? – quiso saber John.

- Sencillo. Alguien corrió la voz de que Dubois posee un amuleto… la réplica del Amuleto d’Amballah, usado en los rituales vudú. Hasta donde pude averiguar, el que corrió el rumor fue el propio Dubois. Ellos lo quieren para conseguir el amuleto – respondió El Ejecutor.

Martin seguía pensativo.

- No tiene sentido – bufó, frustrado – es como si quisiera… No… es absurdo.

”Es como si quisiera que lo encontremos”

John lo miró y hubo entendimiento en su mirada.

- Quiere que lo encontremos… – repitió, haciendo eco del pensamiento de Martin, mientras sujetaba su mano con fuerza -, pero ¿por qué?

- Coincido contigo – dijo con calma El Ejecutor – y tiene relación con el modus operandi que siguen los asesinos en serie. Luego de un tiempo, los acomete una necesidad de notoriedad, de fama. Y eso los lleva a dejar pistas. Disfrutan jugando al gato y al ratón, la policía los vigila, sospecha de ellos… y cuando vuelven a matar se sienten invencibles. Poco a poco van tendiendo su propio cerco.

- Él no es un asesino en serie – dijo Martin con total convicción -. Para él es cuestión de supervivencia. Se alimenta de las almas de esas personas… induce a algunas al suicidio, ya vimos cómo opera en nuestro último viaje; a otras las degolla él mismo y a otras las sacrifica. Debe haber un motivo, un patrón… pero ¿cómo averiguarlo?

- André – dijo llanamente John.

Nuevamente hubo entendimiento en los ojos de ambos. Aristide los observó un poco extrañado. Conocía la historia del científico, pero ni él ni Kurt y Alain estaban al tanto de la transformación que habían sufrido John y Martin.

”Tienes razón. Pero aún no es tiempo”

El francés tomó el teléfono que sonaba, habló unos momentos y se volvió a John.

- Kurt dice que ya lo tiene, pero quiere que vayamos para allá. No desea dejar a Alain solo en casa.

- Vamos – repuso John, cogiendo su abrigo.

Los tres salieron de la casa, en dirección al apartamentito de Kurt y Alain.


2


- De todos los Antoine Dubois que hay en París, solo cuatro coinciden con la edad de nuestro Hombre de Negro – dijo Kurt, mostrando algunas fotografías en la pantalla -. Dos de ellos son respetables miembros de la sociedad, casados, con hijos, el otro es piloto y viaja continuamente… y el último… está muerto.

Kurt pasó rápidamente las fotografías de tres de los hombres y ninguno se le parecía al Hombre de Negro.

”Muerto…”

”No puede estarlo… yo lo vi… ¡Todos lo vimos!”

John miró confundido a Martin, pero el francés no parecía sorprendido.

- ¿Hay la posibilidad de que use un nombre falso? – Kurt negó con la cabeza -. Bueno, niño genio, suéltalo ya. No nos hiciste venir sólo para decir que Dubois está muerto… te conozco, ese brillo en tu mirada te delata.

Alain estornudó, se limpió la nariz y soltó una risita.

- Anda, Kurtie, díselo… no queremos que muera de un sofocón…

El Ejecutor encendió un cigarrillo. John sonrió, comprendiendo que Kurt se estaba reservando algo que probablemente causaría sorpresa.

- No sé… - se hizo de rogar -, ¿qué dices tú, John?

- Dilo ya – dijo riendo John –, ¿descubriste que el fantasma de Dubois es el Hombre de Negro?

- Es peor – dijo Kurt, poniéndose serio nuevamente –. Hace veintisiete años, una familia francesa fue de vacaciones a Ecuador, concretamente a la ciudad de Cuenca. Escalaban la ladera de una montaña y tuvieron un extraño accidente. La cuerda que los sujetaba en el descenso se rompió y cayeron al abismo. Murieron al instante… y no iban solos. Su hijo, Antoine, de siete años, iba atado a la espalda del padre. Nunca encontraron su cadáver, simplemente desapareció. La policía lo dio por muerto. Fin de la historia.

- Merde - Martin se puso de pie y atravesó a largas zancadas la habitación, una y otra vez.

Nadie habló en mucho rato, hasta que finalmente, El Ejecutor rompió el silencio.

- Si ese Antoine es el nuestro, ahora tendría treinta y cuatro años. Coincide con los documentos que investigué… Finalmente volvemos a caer en el mismo punto: Ecuador. ¿Quieres que vuelva, jefe?

- No, aún no – respondió Martin -, necesito pensar un poco. Hay algunas piezas que faltan… tengo que hablar con alguien. Vámonos, John. Que te mejores, Alain.

3


- Ha llegado el momento – dijo Martin apenas entró en el refugio de André.

El científico estaba acostado, con Jenny y Janie sentadas a ambos lados de la cama, quietas y silenciosas, velando su sueño.

Los ojos de André se abrieron apenas John entró a la habitación.

”Ecuador… estamos preparados”

”Lo sé”

El canadiense miró por unos momentos a André, luego a Martin. De pronto se puso pálido, negó con la cabeza, la sujetó con ambas manos, con los ojos llenos de incredulidad y respiró hondo.

- André dice que la teleportación siempre lo obsesionó, investigó sobre eso desde muy joven, pero no fue hasta graduarse que algunos de sus trabajos fueron tomados en serio. Eso le permitió ganarse cierta reputación y viajar… En una ocasión, en Ecuador, conoció a dos pequeñas de cuatro años. Eran gemelas… pero eso no tenía nada de raro. Lo extraño e insólito fue que pudo ver que las niñas podían teleportarse y que establecieron de inmediato comunicación mental con él. André las compró… son Jenny y Janie.

- Lo sé – dijo Martin, impaciente –, lo leí en su diario… ya te lo había dicho…

- Es diferente, Martin Hellstorm – lo cortó John -. André no me lo ha dicho, me lo ha mostrado… déjame decírtelo a su modo. Es lo único que ata a André a su pasado… luego de esto, se dedicará sólo a su mente y tú gobernarás la gestalt.

- Lo siento. Por favor, continúa.

Jenny se sentó en el regazo de Martin y el francés acarició tiernamente su mejilla.

- Él hizo varios experimentos con las gemelas. En resumen, trataba de capturar su energía psíquica en un acelerador de partículas que diseñó y transportarse a sí mismo junto con ellas. Tuvo miles de fracasos y estaba a punto de enloquecer cuando dejó de comunicarse mentalmente con ellas. En un intento desesperado, las regañó una noche y las obligó a entrar en el aparato. Él entró con ellas… La energía psíquica que se desató a causa del enojo de las chicas fue tal que el computador de la máquina se dañó. Ellas se teleportaron hasta Ecuador, atraídas por un imán irresistible, André fue arrastrado con ellas. Al principio pensó que las chicas habrían acudido a sus padres, pero luego percibió una fuente de energía muy fuerte que los había atraído como la luz a una mariposa. Una energía viva… dormida, pero viva.

John hizo una pausa. Al oír sus palabras, Jenny y Janie se habían abrazado a Martin, como si no quisieran recordar ese episodio.

-De pronto, una brillante luz brotó en el lugar donde estaban. Era una cueva… André sólo recuerda la visión de un ojo luminoso y una fuerte explosión. Después de eso se encontró nuevamente en el laboratorio, convertido en lo que ahora es.

- Martin, ése es el ser que yo vi cuando toqué a Dubois. Los recuerdos de André son confusos, pero no me queda duda.

- André lo despertó – dijo el francés sin emoción alguna – ¿Qué hay de la frase del ‘no-ser’?

- Dubois se la dijo – respondió John -; cuando André fue internado, luego de la explosión, recibió una visita. Era él… no hablaron, pero Dubois le transmitió la frase.

- Hum.. – Martin entrecerró los ojos, pensativo –. ¿André sabe la ubicación de la cueva?

John miró al científico.

- Puede deducirla… - el canadiense se detuvo un momento, cavilando. Luego se volvió hacia Martin - ¿recuerdas que te dije que André quería leer un libro? Eso fue antes de poder comunicarnos… no entendí bien lo que quería… no es un libro. Son muchos libros… son todos los libros que tú has leído. Los tomará de tu mente… si le permites hacerlo.

- ¿Él va a entrar a mi mente?

- Lo haré yo – dijo suavemente John -. André es un cerebro computador… necesita información para poder procesarla. Puede oírte, pero no puede hablar contigo, el nexo de comunicación de nuestra gestalt soy yo. Dijiste que faltaban piezas para comprender lo que pasaba. ¿Quién mejor que tú, especialista en fenómenos extraños, para hilvanar las ideas? Pero tienes que alimentar a tu máquina de pensar… Ayúdanos… hazlo por nosotros.

Martin se acercó y tomó las manos de John en una muda aceptación. Sabía hipnotizar a la gente, así que relajó la mente como si fuera para una sesión de hipnosis y miró al hombre frente a él.

John escrutó los ojos de Martin, se perdió en el dibujo intrincado de su iris… y fue más allá.

”Los ojos son el espejo del alma… ábreme tu mente, amor…”

Sintió una sacudida similar a la que lo acometía cuando tenía visiones y algo giró vertiginosamente dentro de él.


4

”Te amo….”

“Te amo. No temas…”

Imágenes que giraban vertiginosamente, fragmentos de ideas, sentimientos, sensaciones… todo estaba en movimiento, en constante cambio.

La mente de Martin se abrió para John.

”Calma… despacio”, dijo la voz de André.

Poco a poco el torbellino se detuvo, impulsado por la mente de John. Concentrado en su objetivo, el canadiense hizo un esfuerzo mental por organizarlo todo. Era su mundo virtual, cualquier aproximación que su mente hiciera para simplificar el modelo real, serviría.

”Una biblioteca…”

Una biblioteca, volúmenes ordenados en forma temática, archivos conteniendo los datos que necesitaba.

Cultos antiguos, demonios primigenios, fenómenos psíquicos… todo apareció clasificado y fácil de encontrar.

John tomó uno a uno los temas, tan velozmente que no llegó a asimilarlos del todo. Simplemente pasaron por su mente y fueron hacia André, dejándole una sensación de embotamiento.

Todo se hizo borroso, la biblioteca desapareció y en su lugar, John vio los ojos preocupados de Martin.

- ¿Estás bien?

El canadiense asintió con la cabeza.

- Sentí como que me quitaras todo y luego lo acomodaras de nuevo en su lugar. Sólo espero no tener que volver a hacerlo – murmuró Martin.

- Tomé lo necesario, lo que me dijo André – musitó John, con voz apenas audible -; debo asimilarlo, es parte de la habilidad que desarrollaré. Por ahora, sólo quiero dormir – John se frotó los ojos, pero hizo un esfuerzo, aferrándose al brazo de Martin -. Vamos, pregunta.

- Pienso que Lod es un demonio del tipo de los que absorben la energía vital, el chi o el alma. El experimento de André lo despertó de alguna especie de letargo, pero es débil aún. ¿Él Hombre de Negro y la criatura están conectados? ¿Qué son?

Después de unos momentos, John respondió.

- Es difícil ponerlo en palabras… son una entidad parecida a la nuestra. Tienen una simbiosis de tipo comensalista, que nace para preservar la vida de uno de los individuos. En este tipo de interacción uno de los organismos se beneficia, mientras que el otro no se ve perjudicado.

- ¿Lod es el huésped del Hombre de Negro? - preguntó Martin.

- Es correcto. Algunos tipos de demonios utilizan seres humanos para mantenerse. Una vez que el humano muere, buscan otro - dijo John, pálido.

- Dubois mata para él, las almas que absorbe se transmiten de algún modo a Lod. Usa distintos métodos para asesinar, ¿cómo se relacionan?

- El ser necesita almas condenadas para fortalecerse más. Las almas sacrificadas en rituales en su honor, los suicidas, los zombies. Todos ellos contribuyen a hacerlo más fuerte.

- Es cierto – dijo Martin, pensativo -. No lo había captado antes… Lod utiliza a Dubois para conseguirle almas, en eso se basa su relación.

John se puso de pie, con la barbilla temblándole.

- ¡Es por eso que percibí tanto dolor en él! Está siendo utilizado y su parte humana se resiste a ello, por eso llama nuestra atención. ¡Por eso esa frase! Ella encierra todo el dolor que siente... "Déjame que te hable de mi..."

- ¡Basta! - gritó Martin -. Parece que lo compadecieras. Estamos frente a un ser que absorbe almas, que mata... Influenciado o no, debemos detenerlo.

- Podríamos intentar ayudarlo…

- ¿Y dejar que nos asesine como a los otros? Lo siento, Johnny Storm, pero no quiero convertirme en el almuerzo de Lod y tú tampoco querrás eso, tu aura debe resultarle particularmente apetecible, tu energía vital debe ser aún más fuerte que antes y si él te hace lo que a los otros, te destruirá. Quizá es eso lo que busca, hacerse con los más fuertes para así fortalecer más a la criatura.

- No… - John calló, derrotado. Cada palabra de Martin había sido como un latigazo. Trató de calmar su respiración agitada y cerró su mente a las cosas que André transmitía. La nariz le empezó a sangrar.

Jenny y Janie aparecieron a su lado, abrazándosele.

- Lo siento... lo siento, John, pero mi deber es protegernos - Martin se acercó con un pañuelo que John tomó.

- Está bien... pero tú no sentiste su dolor - el canadiense se separó suavemente de las gemelas -. Estoy cansado, me voy a la cama.

Martin sintió su salida como si lo hubiera golpeado. El lazo mental que los unía se interrumpió por un momento.

- ¡John, espera! – las gemelas se aferraron a su brazo, impidiéndole moverse por un momento. Martin comprendió, ellas deseaban proteger a John de su enojo -. Estoy bien. Ya pasó todo, voy con él.

5


- ¿John? – Martin se asomó a su habitación, pero no encontró a nadie. Cavilando aún, ya disipado su enojo, se dirigió a la habitación de John. Allí estaba él, acurrucado en la cama, con un pañuelo cubriéndole la nariz. - ¿Estás bien, mon amour?

- Abrázame.

Martin obedeció silenciosamente, pasando dedos nerviosos por el cabello de su amante.

- No vuelvas a dejarnos así, nos haces daño – susurró.

- Sentí tu rabia. Fue algo a la vez físico y mental… las personas que rechazan los órganos que les son transplantados deben sentir lo mismo… dolía… era como si me arrancasen algo mío él está afectándonos… nos afecta a ambos”.

- No puedo rechazarte, sería como rechazarme a mí mismo – murmuró Martin -. Dubois nos afecta, él es parte de esto de algún modo.

- Él sabe de nosotros ”sabe lo que somos”… él mismo me lo dijo… ¿por qué…? ”tengo miedo…”

La pregunta de John quedó flotando en el aire.

- He visto esa simbiosis con demonios antes. Posesión demoníaca, poderes psíquicos, telekinesis generalmente. Pero nunca dura demasiado, el sujeto muere antes o es liberado… Por lo que sabemos, Dubois ha tenido ese vínculo al menos durante veintisiete años, aunque se ha intensificado en los últimos dos.

- Olvida a Dubois, Martin. Ámame – los labios de John buscaron los de su amante, ávidos y temerosos de hallar rechazo.

”Somos uno”

”Tómame”

Las manos de Martin lo desvistieron, ágiles. John se dejó hacer, tumbado en la cama, con los ojos entrecerrados y los labios anhelantes, jadeando. Era como si ambos hubieran estado a punto de perderse y necesitaran recuperarse.

Poco a poco las prendas que los cubrían fueron arrojadas al piso, en medio de gemidos y jadeos. John contempló a Martin tenderse sobre él y suspiró.

”Eres perfecto”

”Lo que soy es gracias a ti”

Desnudos, volvieron a perderse en sus sensaciones, acariciándose, explorándose, amándose hasta sentir el vértigo que marcaba el ritmo de sus almas entrelazadas en la danza de la pasión, derribando las barreras una y otra vez.

”No vuelvas a hacerme sentir así”

”Nunca”

John apartó el cabello de Martin de su rostro y se lo sujetó con ambas manos.

- ¿Qué haremos? ¿Lo has decidido ya?

”Lo sabes… buscamos respuestas”

- Buscar a Dubois. Buscar sus orígenes y buscarlo a él.


6


Una semana pasó sin que tuvieran noticias del Hombre de Negro. La policía capturó entre tanto a un sospechoso. Un hombre que se atribuyó los asesinatos de los rituales y los describió con tal precisión que no les cupo duda de que era el culpable.

Sólo Martin y los suyos estaban al tanto de la verdad, pero no había modo de probarlo. El Círculo también lo sabía, pero se desentendió del problema, prometiéndole a Martin una generosa cantidad de dinero si les entregaba a Dubois.

Pero a Dubois se lo había tragado la tierra. No volvió al apartamento que tenía en Montmartre y su sociedad secreta se disolvió con la captura del supuesto asesino.

- Él será quien nos busque – dijo John una tarde, en que el viento agitaba las copas de los árboles del Bois de Bolougne, como despidiendo el invierno que llegaba a su fin -. Él nos necesita por alguna razón.

El vínculo que unía a los cinco se había fortalecido mucho más. De algún modo lo ocurrido la noche en que André les reveló la verdad había sido una especie de prueba de la que habían salido airosos. Ahora ellos tendrían el control, el científico se había refugiado completamente en su mundo de cálculos y procesos mentales. Y Jenny y Janie comenzaron a aparecerse por la casa y a curiosear entre los libros de Martin.

John les había enseñado pacientemente a usar el computador, aunque las gemelas parecían más interesadas en jugar con las teclas que en aprender algo de provecho.

Una mañana, Martin anunció que El Ejecutor había partido a Ecuador otra vez, para rastrear la misteriosa desaparición del niño de siete años en las montañas, hacía veintisiete años.

El francés estaba ocupado finalizando una investigación para la universidad y John optó por no molestarlo e ir de visita donde Kurt y Alain, pero en el camino cambió de opinión y se dirigió de nuevo al Bois de Bolougne, acometido por una sensación de nostalgia hacia su país natal.

Caminó entre los árboles perdido en sus pensamientos hasta que sus sentidos se pusieron alertas. Respiró hondo hasta calmar el palpitar de su corazón. Su presentimiento había sido cierto, él los buscaría…

Olor a cementerio… Perfume de sándalo…

- Buenos días, Antoine – dijo volteando hacia el hombre que caminaba hacia él.

And if the cloud bursts, thunder in your ear
You shout and no one seems to hear.
And if the band you're in starts playing different tunes
I'll see you on the dark side of the moon.

 

 

Capítulo 13

You reached for the secret too soon,
You cried for the moon.
Shine on you crazy diamond.
Threatened by shadows at night,
And exposed in the light.
Shine on you crazy diamond.

Shine on you, crazy diamond – Pink Floyd

París
1

- Es una bella mañana para dar un paseo. Luce radiante, John – Antoine Dubois mostró una leve sonrisa al tenderle la mano.

- Usted lo hizo – dijo John, sin tomar la mano extendida frente a él -. ¡Usted mató a esas personas!

Algunos transeúntes los miraron con curiosidad. Antoine sólo sonrió.

- El aire de este lugar es refrescante. ¿Conoce bien París, John? París es un templo. Como diría Henry James: Es el templo más grande jamás construido para placeres materiales y sensualidad visual…

- ¡Al diablo con París! Usted lo hizo…

- ¿Y qué si fuera así? Me necesita, John. Tanto como yo lo necesito a usted. No le haré daño, permítame mostrarle París - y sin más, el hombre avanzó por el sendero bordeado de árboles.

El canadiense titubeó y después de un momento, apuró el paso hasta caminar al lado de Antoine.

“Sabía que vendría”

- Espere… ¿Por qué me busca?

- Todo a su tiempo, John. Venga – salieron del bosque y se dirigieron hacia Porte Maillot, donde tomaron un taxi -. París es una ciudad de contrastes, donde lo clásico se mezcla con lo moderno como armónico complemento. Es una ciudad con historia, escrita en cada muro, en cada casa, en cada plaza o iglesia. Amo París, John, y voy a mostrarle por qué.

El taxi se desplazaba rápidamente por la avenida de La Grande Armeé>, la Rue Rivoli, hasta llegar a la avenida de l’Opera, donde se apearon.

- ¿Ha desayunado, John? Permítame invitarle un café.

John miró hacia ambos lados de la concurrida calle y luego hacia Antoine, quien, sonriente, lo invitaba a seguirlo. ¿Qué hacía paseando por París con un asesino? No lo sabía y tampoco le interesaba saberlo. Ese hombre lo atraía como un imán. Con la excusa de tratar de averiguar algo más sobre Dubois, aceptó y caminaron hacia el Café de la Paix.

Todo era tan normal, tan cotidiano, que John se sintió ridículo con sus temores. A esa hora muchos ejecutivos se mezclaban con los turistas y con artistas que mataban el tiempo en el café, donde fueron a sentarse como la cosa más natural del mundo.

- Debe saber, John, que muchos dicen que el mundo pasa por delante de este café. Es el más concurrido de l’Opera.

- Hábleme de usted, Dubois. ¿Cómo es que sabe mi nombre? “¿Por qué me sigue?”

”Déjame que te hable de mí…”

- Lo conozco desde hace mucho tiempo, John. ”Lo necesito”. Verá, todo empezó cuando supe de un hombre en coma desde hacía ocho años. Un hombre cuya energía psíquica era tal que pude percibirla apenas llegué a la ciudad.

- Usted… usted me despertó – murmuró John – yo… tuve un sueño, un pasadizo por el que caminaba, y usted estaba allí… ¿por qué lo hizo? ¿Por qué?

- Iba a morir, John. Y yo no podía permitir eso. Su energía empezaba a debilitarse… yo le transferí parte de la mía. Estamos unidos, aunque le desagrade.

- ¿Qué quiere de mi?

”Lo quiero todo”

- Quiero que me acompañe a un lugar. Luego podrá irse con Hellstorm.

- ¿Cómo supo de mi? ¿Buscaba personas como yo? – la mano de John temblaba ligeramente cuando le dio un sorbo a su café.

La risa de Antoine hizo que algunas personas voltearan a verlos.

- Que cosas dice, John. Lo buscaba a usted. Emprendí la búsqueda hace dos años, cuando su amigo Fauvel invadió el descanso de Él - Antoine apuró su café a grandes sorbos y lo miró divertido, cambiando drásticamente de tema –. John, usted se quedó con una prenda que me pertenece.

- La capa – dijo John automáticamente -. Un extraño atavío para dar un paseo por París. ¿Por qué huyó? Si ahora me busca, ¿por qué huyó entonces?

- Porque usted aún no estaba preparado.

- ¿Ahora lo estoy?

- …

- Lo que vi en el bosque, cuando lo toqué, ¿es parte de usted?

- No todo el tiempo.

- ¿Por qué…?

- Demasiadas preguntas. Lo sabrá todo… cuando sea el momento.

Antoine pagó la cuenta, se levantó y echó a andar hacia la parada del Metro.

- La Ópera Garnier fue construida en 1875 y remodelada en 1999. Se cuenta que aquí vivió el famoso fantasma que inspiró la obra de Leroux. El Ángel de la Música que sorprendió la inocencia de Christine Daaé. ¿Qué era realmente? ¿Ángel? ¿Fantasma? ¿Demonio? ¿Usted lo condenaría, John?

- Él se sacrificó por amor. Finalmente fue sincero. Yo no podría condenarlo.

- Ni yo. Un genio ocultándose del mundo, obligado a usar una máscara… un espíritu sublime unido a la voz de Christine Daaé, vibrando con ella con el mismo ardor. Un hombre que finalmente renunció a todo. Un ángel…

La voz de Antoine se perdió en medio del bullicio del metro, que los condujo a Port de Levallois, donde tomaron otro para dirigirse a Port de la Chapelle. John nunca había viajado en el metro, sus recorridos anteriores los había hecho en el flamante auto de Martin.

- La mejor forma de conocer París es ésta, ¿no percibe la fuerza de todas estas vidas, reunidas sin motivo aparente en este lugar? Algunos van a su trabajo, otros a visitar a alguien, otros de paseo. Hay turistas, estudiantes, hombres de negocio, madres, niños… ¿Qué pasaría si ocurriera un accidente? ¿Dónde iría a parar toda la fuerza vital de estas personas?

- Cállese, Dubois. Eso no ocurrirá…

- Su seguridad es enternecedora – sonrió Antoine -. Permítame mostrarle uno de los lugares por los que vale la pena venir a París.

Bajaron en Abesses y se dirigieron al funicular. John no conocía la iglesia de Sacre Coeur y se quedó ensimismado contemplando su majestuosidad.

- Esta es la iglesia más antigua de Francia. ¿Ve la piedra de la que está construida? Proviene del Château-Landon. Bajo el efecto de la lluvia, segrega una sustancia blanca parecida a la pintura; por ello, cuanto más llueve en París, más blanco es el Sacre Coeur.

- Todo esto es muy interesante, Antoine. Pero quiero más respuestas – el hombre desvió la mirada y avanzó rápidamente hacia el atrio de la iglesia -. ¡Espere! Dijo que me daría respuestas…

- Y se las daré, pero no hoy. Mire, John, desde aquí se domina París… mire a la multitud que visita la iglesia. Peregrinos de todos los países, fieles, devotos… La fuerza de todos ellos es mayor que en el metro, pues los une un vínculo místico… sus almas son fuertes, a eso le llaman fe. Siéntalo… sé que puede hacerlo. Deje fluir la energía por su cuerpo… y entonces quizá entienda.

Uno de los guardianes que custodiaba la entrada de la iglesia los observó con curiosidad y John estuvo tentado a llamarlo y delatar a Antoine, para luego entregarlo a la policía. Pero quitó esa idea de su pensamiento al recordar las palabras de Aristide. “Nadie quiere involucrarse con lo sobrenatural. Nadie te creerá”

Era inútil….

Antoine lo miraba, risueño.

Cerró los ojos y se concentró en lo que su acompañante le había dicho y pudo captar la energía. Débil al inicio, pero luego mucho más fuerte, conforme la sensación se iba haciendo más definida.

“Deje la energía fluir… concéntrese”

John respiró hondo a medida que sentía pequeñas descargas en su piel. Entreabrió los labios, extasiado, dejando fluir esa energía que provenía de la iglesia, de las personas reunidas allí. De pronto, un grito lo hizo perder la concentración. En medio de las escaleras del atrio, una joven se había desmayado y era auxiliada por el guardia y por sus acompañantes.

- ¡Dios mío, así es como lo hace! – susurró John, aterrado. Había comprendido súbitamente que la energía vital que estaba tomando era la de la joven.

- Tranquilo, John. No ha sucedido nada… no ha hecho nada.

Tambaleándose, John bajó rápidamente por la Escalera de las Luces hacia la calle Chevalier de la Barre, con Antoine siguiéndolo.

- Usted lo hizo… usted…

- No fui sólo yo – dijo suavemente Antoine –. Usted sintió la energía fluir… pudo hacerlo. Puede hacerlo. ¿Quería respuestas? Allí las tiene. Por eso lo elegí.

- Yo no soy como usted… no lo soy…

- Créame, John, que nos parecemos mucho – Antoine llegó a su lado y le alcanzó un pañuelo –. Tenga, le está sangrando la nariz. Ahora debe descasar, lo llevaré a casa.


2


John subió las escaleras buscando a Martin, aún sabiendo que no se encontraba en la casa. Entró en su dormitorio y sin pensar, abrió el armario y sacó la capa negra, cuidadosamente doblada. Con ella entre las manos, se dirigió al dormitorio que compartía con Martin y se acurrucó en la cama, aferrando la capa con los ojos cerrados y las manos temblorosas, sin poder quitar de sus labios la sensación de la boca de Antoine muy junto a la suya, su aliento abrasándolo, sus ojos mirándolo con lujuria.

“Lo quiero todo”, había dicho en su mente, antes de dejarlo en la puerta de la casa.

- Oh, Martin…

Janie apareció junto a él, llorosa, pero no se acercó al ver la capa. John supo que ella percibía su sufrimiento y trató de serenarse un poco.

- Tranquila, cariño… yo amo a Martin… lo amo…

Abrazado de Janie logró calmarse y buscó en su mente el lazo que lo unía a Martin.

Allí estaba, fuerte, intenso, vivo.

”Te amo… te amo tanto”

“Lo siento…”

El canadiense se recostó nuevamente y sus ojos fueron cerrándose poco a poco.


3


John despertó cuando una mano acarició suavemente su mejilla. Con los ojos cerrados, se dejó envolver por la ternura que encerraba aquel gesto y fue abriéndolos poco a poco.

- ¿Estás bien? – Martin lo miraba con auténtica preocupación. Sabía lo que había pasado, sin embargo, ninguna palabra de reproche salió de sus labios.

- Creo que sí… fue… - el canadiense hundió el rostro en el hombro de Martin.

- Sé lo que fue. También lo sentí… Él te usó – Martin tomó la capa y la dobló de nuevo, dejándola sobre una silla.

- Lo siento…

- Ya lo dijiste antes y lo entiendo – Martin suspiró -. No pudiste evitarlo, ¿verdad? Tenías que ser tú quien encontrara a Dubois. ¿O debo decir que Dubois se dejó encontrar por ti? John, él te utilizó… temí por ti.

- Él no necesita matar… puede tomar la energía de las personas, cuando están reunidas en grupos grandes. Me lo mostró… yo mismo lo pude hacer… él no necesita matar…

- Pero lo hace – dijo suavemente Martin.

- Tuve miedo… te necesitaba… pero tuve que hacerlo, tuve que ir con él, necesitaba saber… ¿puedes comprender eso?”

”Puedo”.

Abrazados, derribaron nuevamente las barreras y se amaron hasta que comenzó a oscurecer. Las largas hebras del cabello de Martin reposaban sobre el pecho de John, que ondulaba, satisfecho, acariciándolas con la yema de los dedos.

El reloj dio las seis y Martin se incorporó despacio, besó a John en los labios y se levantó, renuente.

- Hay algo que no te dije… una persona que vendrá a casa por unos días. Es una vieja amiga, de Londres… Thelma Albin. Tengo que ir a recogerla al aeropuerto – algo en la voz de Martin hizo que John sintiera un súbito recelo.

- ¿Por qué no me dijiste…?

- Lo habría hecho, pero cuando llamé donde Kurt y Alain, dijeron que no estabas. Y luego tuve que salir por un asunto urgente.

- ¿Dónde fuiste? – John se sentó en la cama, buscando los ojos de Martin en las sombras que empezaban a formarse en la habitación al ocultarse el sol.

- A indagar sobre nuestro común amigo, Antoine Dubois. Yo también tengo mis contactos, John – el francés volvió a tomar la capa y la puso en el armario. Se volvió a John y respiró hondo -. Thelma es una iniciada del Círculo y tiene poderes telepáticos bastante desarrollados. Es médium… - la mano de Martin acarició la mejilla de John -. Su venida no es casual, debemos tener cuidado y protegernos. Actuaremos como si no fuéramos nada, ella no puede saber de la Gestalt.

Martin lo besó antes de irse y John se recostó, con el brazo sobre la frente, conteniendo los deseos de entrar en la mente de su amante y averiguar lo que éste sabía.

Frustrado, se hizo un ovillo en la cama. Antoine había levantado una muy sutil barrera entre ellos.

4


Actuaremos como si no fuéramos nada.

Casi a las ocho, John tomó una ducha, se vistió con su traje más decente y se instaló en el salón para esperar a la invitada tratando de decidir qué actitud tomar, pues nunca había sido bueno para disimular esa clase de cosas. También les pidió a las gemelas no aparecerse en la casa y extremar precauciones, pues en los últimos días era frecuente verlas tomando diversos volúmenes de la biblioteca, que luego le llevaban a André. Habían descubierto que pasando las páginas ante los ojos del científico, éste asimilaba en milisegundos su contenido. John sonrió a medias, si eso seguía a ese ritmo, pronto el sistema que había diseñado Kurt sería reemplazado por André, con el valor agregado de que el científico era en realidad el mejor de los Sistemas Expertos, pues ni siquiera había que programar su Base de Conocimientos.

Sí, la Gestalt había dejado su estado embrionario para comenzar a crecer.

Martin llegó casi a las nueve. Cuando la puerta se abrió, John pudo sentir una sutil advertencia de su amante y se dispuso a saludar a Thelma. Había imaginado a la médium de muchas formas, pero ninguna se comparada a la belleza de ébano que estaba frente a él. Era altísima y delgada, como una modelo, y vestía las ropas negras tradicionales del Círculo. Sus inquietos ojos lo evaluaron de pies a cabeza y él supo que estaba ante una más de las amantes de Martin.

- Thelma, él es John Storm, mi asistente.

- Mucho gusto – el canadiense estrechó la mano que ella le tendía. La descarga llegó apenas rozó la palma, pero su habilidad se había fortalecido en los últimos tiempos y no demostró ninguna sorpresa ante la visión que tuvo.

Un salón en penumbras, un hombre muy anciano vestido de negro… yThelma, pálida y nerviosa.

- Hellstorm oculta algo… debes ir y averiguarlo…si es sobre Dubois, lo aplastaremos


“Cuidado, Martin. Ha venido a espiarnos” - fue el mensaje urgente en la mente de John.

“Ella no puede saber lo que somos… tranquilo, John. Déjanos solos…”

- ¿Hace tiempo que trabajas con Martin?

- Apenas un mes – sonrió John –. Discúlpenme, tengo que terminar unos informes.

El canadiense se alejó hacia el estudio, sintiendo aún la fría mirada de la médium y preguntándose si la barrera mental que usó por puro instinto habría sido suficiente.


5

John colgó el teléfono y se volvió hacia Martin.

- Kurt y Alain me invitaron a almorzar. Lo siento, no podré acompañarlos a La Coupole, me quedaré con los chicos revisando los archivos.

Y así había sido durante los tres días que Thelma llevaba con ellos. Martin no dijo nada y se concentró en arreglar su corbata ante el espejo del recibidor.

”Sólo será por dos días más”

“Así lo espero”

Thelma entró, sonriendo. Lucía radiante y vaporosa, con un vestido blanco que no había más que resaltar su belleza de ébano. John se disculpó y salió de allí, representando su papel de asistente.

Habían sido días difíciles, con Thelma muy junto a Martin, diciéndole indirectas sobre su pasado juntos, sonriéndole, provocándolo a más no poder. John sabía que debían ocultarse para proteger a la gestalt, pero aún así era duro. Durante esos días había vuelto a su habitación, donde la cama le parecía enorme, sin el calor de Martin a su lado. Tampoco se habían arriesgado a entrar en el refugio de André y John temía incluso comunicarse con él o con las gemelas.


5


- Aristide llega mañana – dijo Alain, luego de consultar la portátil -. ¿Cuándo se va la zorra?

- ¡Alain!

- Está bien, Kurt – sonrió John -, creo que si yo no hubiera aparecido, Martin no tendría ningún reparo en dormir con ella.

- John, no…

- Calla, Kurtie. Sabes que dice la verdad – replicó Alain -, pero afortunadamente para Martin, John apareció y lo trajo al lado luminoso de los comepollas…

El canadiense le lanzó un avión de papel, riendo. Hacía mucho que se había dado cuenta que no tenía sentido enfadarse por lo que decía Alain y ya se había cansado de intentar aclararles que él no era gay porque no le gustaban los hombres. De hecho, el único hombre que le interesaba era Martin. Pero eso, para Alain, era también cuestión de tiempo.

”No es cierto, te gusta Antoine”

Suspiró, no tenía sentido engañarse a sí mismo. Amaba a Martin, pero Antoine Dubois no le era en absoluto indiferente.

- Ya me voy… a estas alturas habrán terminado de cenar. Ella se va pasado mañana, nunca había deseado que el tiempo pasase más rápido.

- Ánimo, Johnny – Kurt le palmeó la espalda con afecto -. Aristide nos traerá más datos y nos entretendremos armando el rompecabezas de la vida de Antoine Dubois.

El rompecabezas de la vida de Antoine, la frase daba vueltas por el cerebro de John mientras bajaba por el ascensor. Se sentía tranquilo en parte, pues no habían sabido de ninguna muerte extraña en París durante esos días. Estaba seguro de que Antoine le había mostrado adrede su modo de absorber energía sin matar y se sintió tentado a acudir a la iglesia de Sacre Couer para buscarlo entre la multitud.

Pero no.

Kurt había rastreado sus actividades y todo lo que se sabía de él era que había vuelto a París hacía dos años, con documentos que acreditaban quién era, y que de ese modo había recuperado el apartamento de sus padres, en Montmartre. No frecuentaba a su familia, para quienes era aún un perfecto extraño. Tampoco tenía ocupación conocida, pero si situación económica era holgada.

Y no había modo de relacionarlo con los crímenes…

Sí… eso le había dado a John la certeza de que Antoine se había descubierto con el Círculo a propósito. Quería llamar su atención, pero … ¿por qué? ¿Por qué precisamente ahora?

El canadiense pegó un respingo. A su lado acababa de aparecerse Janie, tirándole del brazo para hacerlo volver. Y como era natural, no llevaba prenda alguna que la cubriera.

- ¡Janie! ¿Qué pasa, criatura? – John se apresuró a quitarse el abrigo y cubrir a la muchacha, pues los transeúntes los señalaban. Miró en todas direcciones buscando un taxi, pero Janie desapareció.

Un taxi se detuvo y John entró a toda prisa, aterrado ante lo que podría estar pasando para que Janie lo hubiera buscado así. Afortunadamente, los transeúntes habían reanudado su paso apresurado. “Nadie quiere involucrarse con lo sobrenatural”.

- A Neuilly-Sur Seine – logró articular, hundiéndose en el asiento y sujetándose ambas manos, pues acababa de percibir, nítido en su mente, a Martin entrando en el dormitorio de un hotel, del brazo con Thelma.

Well you wore out your welcome
With random precision,
Rode on the steel breeze.
Come on you raver, you seer of visions,
Come on you painter, you piper, you prisoner, and shine!

Capítulo 14

Strangers passing in the street
By chance two separate glances meet
And I am you and what I see is me.
And do I take you by the hand
And lead you through the land
And help me understand
The best I can.

Echoes – Pink Floyd

París
1


John respiró profundamente e impulsó las piernas hacia adelante, concentrándose en el ejercicio. Se encontraba en el gimnasio de Martin, concretamente sobre la máquina para hacer extensiones con las piernas. Las rodillas le dolían y, a pesar de la rehabilitación, no podía estirarlas completamente, pero siguió tercamente por unos minutos, hasta que, con un suspiro de frustración, salió de la máquina y quitó una de las pesas, dejando solamente veinte kilos.

Se encogió de hombros, sonriendo tristemente. Martin empujaba doscientos kilos…

Hasta en eso eran distintos.

Su triste mirada se posó en el reloj. Las tres de la mañana y Martin aún no volvía.

Luego de que Janie lo encontrara en la calle, había vuelto a la casa, tratando de calmarse, pero había sido inútil. El lazo mental que lo unía con su amante estaba allí, pero una invisible muralla impedía la comunicación, como si el propio Martin no quisiera saber de él.

John volvió a sentarse en la máquina y colocó las piernas en las planchas metálicas, para impulsarse nuevamente. Llevaba ejercitándose casi una hora, cuando se dio cuenta de que todo esfuerzo por leer o dormir era inútil, e incluso allí, cansado por el esfuerzo físico, seguía pensando en él.

No estaba solo, su mente tenía la silenciosa compañía de André, pero el científico simplemente se había refugiado en su mente, ajeno a los sentimientos de sus compañeros. No podía reprochárselo, era un cerebro computador y se nutría de datos. Los sentimientos no cabían en su mente lógica. Aún así, estaba allí y John estaba agradecido por ello.

Sin embargo, con Jenny y Janie las cosas eran distintas. Las gemelas se habían aparecido a su lado apenas entró en la casa, pero él les ordenó volver a su refugio. Sabía lo compenetradas que estaban ambas con Martin y se sintió conmovido al verlas preocupándose por ellos dos, pero lo estaban abrumando y él quería estar solo.

Veinte extensiones más y volvió a bajarse de la máquina, respirando agitado. No era la primera vez que se ejercitaba en el gimnasio, pero las otras veces había estado acompañado de Martin o de las gemelas y ahora los espejos reflejaban únicamente su delgada figura, vestida con un gastado buzo azul marino.

Martin y él eran tan distintos… El cuerpo de su amante era firme y atlético, con músculos marcados por el ejercicio. John, en cambio, siempre había sido delgado y luego del accidente estaba más delgado aún, con una apariencia de fragilidad que lo desesperaba a veces. Sí… eran distintos…

Y ahora, Martin estaba…

No quería pensarlo. No dudaba de sus sentimientos, pero sabía que su pareja haría lo que fuera por proteger a la gestalt. Incluso dormir con Thelma…

- Maldición – murmuró, desterrando de su mente la visión que tuvo en el taxi.

”Cuando estés agotado mentalmente, busca también el agotamiento físico; así podrás descansar, exhausto. Al día siguiente, el panorama se aclarará”

Había escuchado muchas veces decir eso a Martin, era uno de sus tantos métodos para encarar la vida tan extraña que llevaba, y que incluía discutir ciertos temas en la piscina, hacer ejercicio hasta caer rendido o salir a caminar sin rumbo por París.

- Oh, Martin – suspiró y se recostó en una banca tapizada en cuero, para tomar un par de pequeñas pesas y ejercitar los brazos.

Estaba seguro de que Martin le ocultaba algo, desde su paseo con Antoine había percibido muy sutilmente que su pareja sabía algo que no le había dicho… ¿era por eso que se estaba sintiendo tan inseguro? Tenía miedo… miedo de perderlo. Miedo de que su felicidad fuera efímera, de que todo hubiera sido una ilusión… miedo por Thelma, miedo por Antoine...

Antoine…

”Déjame que te hable de mi…”

Martin…

”Tú y yo somos uno”

- ¿Qué me ocultas, Martin? – suspiró…

Labios ardientes depositando un beso, cuerpos enredados entre las sábanas de seda de un hotel… Martin y Thelma… mientras la risa de Antoine Dubois hacía eco en las paredes…

2


- John… Vamos, despierta…

Alguien le sacudió el brazo y John abrió los ojos, sintiendo en primer lugar un dolor en la espalda a causa de la incómoda posición, pues había dormido en la banca del gimnasio, y en segundo lugar una punzada de angustia que le recordó el motivo de que se encontrara allí.

Y Thelma lo observaba con mal disimulada curiosidad.

- Hola – murmuró, sentándose en la banca. Se sentía fatal, le dolía cada músculo del cuerpo, su boca estaba seca, su cabello revuelto… y ella se veía radiante y reposada, como si…

Como si se hubiera pasado toda la noche haciendo el amor.

Thelma se sentó en una banca, frente a él. Lucía un traje deportivo blanco y una cálida sonrisa.

- No pasa nada. Él se ha enamorado de ti – dijo sencillamente, cruzando las piernas.

- Pero… - John no sabía como continuar, era evidente que Thelma sabía lo de ellos dos, pero ¿qué tanto sabría? No quería hablar de más -. ¿Dónde está Martin?

- Tuvo algo que hacer. Dormimos en el hotel y Martin salió a primera hora. No debe tardar, es casi medio día.

- Ah – la mente de John pugnó por entender… Si Martin no estaba con Thelma, ¿por qué no lo había buscado? ¿Por qué aún no podía comunicarse con él?

- Escúchame, John, porque lo diré sólo una vez. Martin me importa, no dudé en llevármelo a la cama aún habiendo notado que había algo entre ustedes, pero ese lazo que tienen es simplemente demasiado fuerte como para romperlo. Tuve su cuerpo por última vez, a cambio de algo… tuve su cuerpo, pero nada más. Su alma te pertenece a ti, puedo percibirlo claramente.

John intentó protestar, pero Thelma alzó la mano, impidiéndole hablar.

- Me enviaron aquí a indagar el “extraño comportamiento de Martin”. Sé que hay algo más que una apasionada relación con su asistente, pero no deseo averiguarlo. Al Círculo le bastará saber que Martin experimenta pasiones recién descubiertas. Y yo jamás le haré daño a él. Estaré en mi habitación, preparándome para esta noche.

Casi diez minutos después de que Thelma hubiera salido, John seguía sonriendo.

3


- Johnny, tenemos que hablar.

Martin estaba en el umbral de la puerta de su habitación, sonriendo y viéndose tan atractivo y compuesto como siempre. En cambio, John seguía con la ropa de deporte, recostado en la cama, tal como había quedado, rendido, al subir a su habitación desde el gimnasio.

- Voy a bañarme… me quedé dormido…

- No, espera – Martin se sentó en la cama, junto a él, y le acarició el rostro, en el que una incipiente barba empezaba a formarse –. Está bien, báñate, estás hecho un completo asco – exclamó con una divertida mueca – “Pero no te afeites… te ves divino así”

“Estás loco…”

“… por ti…”

El canadiense huyó al baño y cerró la puerta antes de que Martin pudiera seguirlo. La barrera que su amante había puesto el día anterior se había desvanecido y a pesar suyo, disfrutó el juego mental mientras se duchaba.

Cuando se miró al espejo, tomando la máquina de afeitar, volvió a sonreír.

”Nada de afeitarse…”

”No lo dices en serio…”

”Nunca hablé tan en serio…”

John abrió la puerta, con una toalla anudada a la cintura. No se había afeitado y un amago de sonrisa se formó en su rostro.

- ¿Así?

- Eres el hombre más sexy de la tierra – Martin se había recostado en la cama, con los brazos detrás de la cabeza a manera de almohada. Lucía pletórico, complacido consigo mismo, y John se preguntó si tendría eso que ver con sus misteriosas actividades de esa mañana y de los días pasados.

- Hum… - John se recostó boca abajo, a su lado, pero se movió cuando los dedos de Martin trazaron su columna.

- Anoche dormí con Thelma… pero fue…

- Ella me lo dijo. Ahórrate los detalles – cortó John, incómodo.

- No puedo – dijo simplemente Martin -. Yo tenía que probarme a mí mismo que lo de nosotros no era casual, que no había modo de que yo pudiera amar a nadie más que a ti, de que nadie podría despertar en mí la pasión…

- Martin, no quiero saberlo…

- Tienes que – exclamó Martin -. No es sencillo dejar un modo de vida de la noche a la mañana. Yo tenía que probarme que podía hacerlo con otra persona… El caso es que fracasé irremediablemente. Pude tener sexo, pero fue sólo evocándote, y no me reportó placer. Tú eres el único que me excita, que me apasiona, que me hace vibrar. Te amo, John.

John lo miró, entre emocionado y sorprendido por semejante revelación. Nunca pensó que alguien como Martin Hellstorm pudiera decir esa clase de cosas.

- ¿Y tenías que acostarte con Thelma para notarlo, grandísimo hijo de puta?

- No. No lo hice sólo por eso – declaró Martin, sujetándole las manos que intentaban ahorcarlo -. Era mi contribución… nosotros teníamos un arreglo…

- ¿Qué clase de arreglo? – la curiosidad de John pudo más y soltó a Martin, que finalmente lo dejó de sujetar para besarle ligeramente los labios.

- Thelma... ella ha estado ayudándome algunas veces. Pero no traicionará jamás al Círculo – explicó Martin -. Me facilitaba pistas, sin ponerse demasiado en evidencia, a cambio de mi compañía… y anoche accedió a algo que le había pedido hacía mucho. Llamará a mi abuelo.

- ¿A tu abuelo? Oh, Dios mío… tú estás loco, Martin Hellstorm.

- ¿Loco por qué? El viejo sabe el secreto del Círculo… él está muerto y puede decírmelo a través de Thelma. Después de todo, yo era su nieto favorito… aunque se enfadara luego conmigo, me dejó todo.

John respiró profundamente e intentó levantarse, pero los brazos de Martin lo sujetaron y, molesto, se recostó a un lado.

- ¿No deberías estar buscando pistas sobre Dubois en lugar de perseguir el enigma del Círculo? ¿No dijiste que teníamos que detenerlo?

- Tranquilo, Johnny… sé lo que hago. Confía en mí, por favor – pidió el francés -. Esta noche será la sesión de espiritismo, los muchachos vendrán a prepararla. Vístete ahora, que iremos de compras.

- Sólo una cosa – John lo detuvo antes de que se levantara -. Prométeme que jamás te acostarás con otra persona…

- Prometido – Martin atrapó sus labios en un nuevo beso y se levantó - ¿Nos vamos?


4


- ¿Es necesario esto, Martin? – preguntó John, nervioso, en la puerta del establecimiento al que iban a entrar, Les Classiques, de donde Martin era antiguo cliente.

- Lo es. Confía en mí…

Otra vez esas palabras. John se quedó quieto en la acera, sin avanzar ni un milímetro. Allí pasaba algo raro. Primero, el aparente desinterés de Martin en el Hombre de Negro; aunque lo había oído hablar por teléfono con Aristide, su pareja no le había comentado nada y él tampoco había preguntado.

Y ahora estaba ese asunto de la ropa. Ropa de diseñador… qué pérdida de tiempo…

- ¿Vienes? – Martin lo apremió con la mirada. ”Johnny, ¿qué te pasa?”

- Monsieur Hellstorm, ¿puedo servirle en algo? - el portero de la tienda abrió la puerta giratoria y los invitó a pasar. Conocía a Martin y evaluó por unos momentos a su acompañante, sonriendo.

- En un momento – dijo John, mirando al portero con hostilidad. ”No soy una muñeca que puedas vestir a tu antojo”

- Philippe, entraremos enseguida – dijo Martin. No eran necesarias más palabras. El portero hizo una inclinación de cabeza y volvió a su puesto -. John, no lo tomes a mal… yo quiero verte más bello aún…

- ¿Importa lo que tenga puesto?

- No – admitió Martin – “Después de todo, terminaré quitándotelo”. Lo siento, no quise hacerte sentir incómodo. Podemos irnos si quieres.

John hizo ademán de avanzar, pero se volvió hacia él nuevamente.

- No… - dijo con una sonrisa -. Vamos, no tiene nada de malo verse bien, para variar.

Dos horas después, salieron del brazo, cargados de paquetes y con una considerable cifra cargada a la tarjeta de Martin.


5


John se estremeció apenas entraron a la casa e involuntariamente sujetó el brazo de Martin con fuerza.

Perfume de sándalo…

- Es él….

- Tranquilo, John… son los preparativos para la sesión. La madera de sándalo posee vibraciones altamente espirituales, ayuda a relajar la mente antes de una sesión de espiritismo.

- ¿Vas a hacerlo en verdad? – John lo miró, incrédulo.

- Desde luego que sí – fue la rotunda respuesta.

- Ahh, ustedes dos por fin aparecen – interrumpió Alain, impulsando su silla con las manos –. Estamos listos, será cuando tú digas, Martin.

John se sorprendió de ver reunidos allí a Kurt, Alain y Aristide, pero Martin parecía complacido.

- Bien, somos cinco… deberíamos tener seis personas al menos, pero no confío en nadie más para esto – le explicó a John en voz baja -. ¿Estás listo?

El canadiense asintió, no muy convencido, y Martin le tomó ambas manos, mirándolo a los ojos.

- No estoy jugando, esto tiene base científica y Thelma es de lo mejor que hay. Debes estar relajado, tranquilo… sólo tienes que dejarte llevar y ella hará el resto…“Es importante para mi”

John suspiró. De manera que ese era el motivo de que Martin lo sacara de compras toda la tarde… quería relajarlo para la sesión.

- ¿Lo has hecho antes?

- Muchas veces, pero nunca lo había llamado a él.

“Es importante…”

“Lo haré por ti”

6


Si John se sorprendió al entrar a la habitación acondicionada para la sesión, no dijo nada, e intentó actuar con naturalidad a pesar de lo extraño que se sentía.

Estaban en una habitación junto al estudio, en la que el único mueble era una mesa redonda y siete sillas, una de las cuales estaba vacía y era, según Martin le había explicado, el lugar donde su abuelo solía celebrar esas mismas sesiones, a las cuales asistían normalmente seis personas y el médium.

Un enorme retrato del abuelo ocupaba la pared principal y había cuatro candelabros con velas y quemadores de incienso que hacían la atmósfera tranquila, en la que se respiraba un aire de solemnidad tal que incluso el risueño Alain estaba serio y silencioso.

Thelma apareció a las ocho en punto, vestida con un vaporoso traje blanco. Había estado preparándose todo el día y John captó inmediatamente una fuerza muy grande que provenía de la médium.

Oprimió la mano de Martin y buscó inconscientemente el lazo que lo unía con André y las gemelas. Ellos estaban allí, expectantes. No podían comunicarse por su propia seguridad, pero saber que estaban allí lo reconfortó.

- En una sesión espiritista, se crea una cadena espiritual, que se logra uniendo las manos de los asistentes sobre una mesa circular al propio tiempo que se crea una atmósfera de relajación. Los médium necesitamos de la energía psíquica de los asistentes para contactar con los espíritus – explicó Thelma, dirigiéndose a John -. Esta es tu primera sesión, debes relajarte y hacer lo que hacen los otros.

- Estamos listos – anunció Martin, cerrando la puerta y apagando las luces, de manera que la habitación era iluminada únicamente por las velas.

Martin se sentó junto a John y oprimió su mano con fuerza. Luego todos ellos unieron las manos sobre la mesa, con las palmas hacia abajo, formando un círculo.

- Concéntrense, dejen la energía fluir…

Paradójicamente, eran las mismas palabras de Antoine el día que le pidió que absorbiera la energía en la iglesia.

”Relájate, Johnny… pon la mente en blanco y concéntrate en dirigir tu energía hacia el círculo”

John hizo lo que le pedían, tranquilizado por la presencia de Martin en su mente. Dejó que él lo guiara y se concentró en dejar fluir su energía. Por un momento se perdió en su propia mente, profundamente concentrado en lo que hacía, hasta que su piel se llenó de pequeñas descargas, como le había ocurrido en la iglesia de Sacre Coeur.

Entonces, abrió los ojos.

Tuvo una sensación extraña, como de desdoblamiento, contemplando como Thelma llamaba suavemente…

Maximilien Jaques Hellstorm

Maximilien Jaques Hellstorm

Maximilien…

La médium se detuvo y algo cambió en su expresión. Martin abrió los ojos.

- ¿Abuelo? – preguntó suavemente -. ¿Estás aquí?

- John… John Storm…

Había algo distinto en la voz de Thelma, pero John, sorprendido, no acertaba a determinar lo que era.

- Él está aquí… ¿quién eres tú? – la voz de Martin estaba tranquila, aunque con un levísimo toque de inquietud que sólo John pudo percibir.

- Dominique Lafavre… John… tú lo sabes, él irá por ti…

John se estremeció, acababa de notar que el sutil cambio de Thelma se debía al acento… su acento era del francés más puro, en lugar de su habitual acento inglés.

- Dominique – la boca de John estaba seca. Kurt lo miró, preocupado, pero el canadiense lo tranquilizó con un gesto -, ¿qué quieres de mí?

- Antoine… él me mató… irá por ti…

- ¿Por qué estás aquí? – preguntó Martin, tratando de mantener la calma -. ¿Por qué viniste?

- Antoine… yo lo amaba… y creí que me amaba… Él me degolló con mi propio bisturí, me mató… ¡Me mató!

Aristide hizo ademán de levantarse, pero Martin se lo impidió. John temblaba, pero aún así, trató de analizar los hechos, como su amante haría.

- ¿Sabes por qué lo hizo? – preguntó suavemente.

- Dijo que mi tiempo había terminado, que ya tenía lo que estaba buscando… a ti, John… él… Oh, Antoine - hubo un cambio en la voz de Thelma -. Antoine… está oscuro…

Un repentino alarido hizo estremecer a todos y el círculo de las manos se rompió. John sintió algo tibio correr por su rostro, pero no hizo caso porque la figura de Thelma, estremeciéndose sobre el piso, hizo que corriera con los demás hacia ella.

- ¡No la toques, John!

La advertencia llegó demasiado tarde, John tocó el hombro de Thelma y no pudo contener un grito de igual intensidad. Refugiado en brazos de Martin, que lo había sujetado apenas llegó hasta él, trató de calmarse, buscando desesperadamente un lazo de cordura que lo hiciera olvidar lo que acababa de sentir…

Oscuridad, una densa oscuridad que presagiaba algo…

De pronto, una luz brillante lo deslumbró y un ruido, como de miles de bocas pidiendo alimento, lo hizo reaccionar…

Gritó y gritó sin poder escapar del horror, hasta que sus ojos se encontraron con un único ojo afacetado y brillante y su cordura estalló en mil cristalinos fragmentos mientras su alma era devorada por el ser…

“Ya pasó, estoy contigo”

“Lo sentí, Martin… oh, Dios, lo sentí…, él estaba aterrado…”

“Tranquilo, estoy contigo”

“Todos lo estamos, John… somos uno”

Poco a poco, las voces de Martin, André y las gemelas lograron que su pulso volviera a la normalidad y se soltó suavemente del abrazo de su novio. Aristide le alcanzó un pañuelo que John tomó. Al otro lado de la habitación, Thelma también se levantaba, tambaleándose, sujetándose del brazo de Kurt.

- ¿Qué fue eso, Martin? – dijo con voz temblorosa - ¿Quién era ese desdichado?

- Es mejor que lo olvides, Thelma… él ya no existe, ni aquí ni en el Más Allá.


7

John se acurrucó junto a la forma dormida de Martin, estremeciéndose de nuevo con la fría madrugada colándose sobre su espalda desnuda. Se cobijó hasta la barbilla y cerró los ojos, tratando de dormir.

Era inútil… su mente no dejaba de hacer conjeturas…

Ese día habían despedido a una aún asustada Thelma en el aeropuerto, a primera hora de la mañana, y esa misma noche, hacia las ocho, habían recibido una llamada del Círculo.

“Olvida todo lo referente a Antoine Dubois. Nosotros nos encargaremos de él”

Martin había intentado en vano comunicarse con Thelma en Inglaterra. Simplemente le informaron que la médium había viajado de nuevo, esta vez a Irlanda, y que no tenían como localizarla.

Y Martin siempre decía que nada de lo que hacía El Círculo era casual.

John acarició la mejilla del durmiente, con las yemas de los dedos, y se dispuso a contemplarlo descansar. Trataba de entender inútilmente que Dubois había asesinado al joven y que su alma había escapado de algún modo del Cazador, vagando en su busca, tratando de advertirle… y que vio una oportunidad de hacerlo cuando Thelma hizo la sesión.

El corazón se le encogió nuevamente…

A pesar de lo que Martin le había dicho, él estaba convencido de que Lod había localizado el alma perdida por su causa… si Dominique no hubiera establecido contacto con él, aún tendría esperanza… pero ahora…

- No pienses más en eso… tu dolor es el mío

La mano de Martin le acarició tiernamente la barbilla, los ojos azules del francés lo miraban con amor.

- Pudo evitarse…

- No se puede evitar lo inevitable, John – dijo con firmeza -. Nosotros no somos los salvadores del mundo, tratamos de sobrevivir en él, como todos…

- No sé…

Los labios de Martin sellaron la protesta y John se sintió avasallado por la pasión que el francés desataba en él. Entregado a su deseo, se permitió olvidar por un momento la lúgubre guarida de Lod y los ojos luminosos de Antoine Dubois.

 

 


Capítulo 15

So, so you think you can tell
Heaven from Hell,
Blue skys from pain.
Can you tell a green field
From a cold steel rail?
A smile from a veil?
Do you think you can tell?

Wish you were here – Pink Floyd

París
1


El sol brillaba a través de las cortinas corridas de la habitación y Martin se revolvió, perezoso. No deseaba levantarse pero un urgente rugido en el estómago le indicó que era tiempo de hacerlo, eran casi las dos y se moría de hambre.

Se levantó despacio, procurando no despertar a John, quien dormía tranquilamente. La noche anterior habían recorrido varios centros nocturnos, sin celebrar nada más que el hecho de estar juntos y con una desesperada necesidad de olvidar quienes eran.

El alcohol hace milagros, se dijo Martin con una sonrisita. John había estado bullicioso y alegre, e incluso lo había besado en medio de la pista de baile, lo que no suponía ninguna hazaña especial, pues estaban en un club gay, pero para el modo conservador de ser que tenía el canadiense, eso equivalía a bailar desnudo sobre una mesa.

Lo malo había sido que apenas John puso la cabeza sobre la almohada, se había quedado profundamente dormido.

Martin se estiró junto a la ventana, desperezándose como un gato, y el espejo le devolvió su gloriosa imagen, a la que la noche de juerga y el cabello revuelto no habían quitado un ápice de sensualidad.

¿Sería eso suficiente para retener a John?

Mejor no pensar en eso… el lazo que los unía era fuerte, intenso… pero sentía fortalecerse también el lazo de John con Antoine Dubois.

Ese era uno de los motivos por los que, en los cinco días que siguieron a la partida de Thelma, había arrastrado a John a todo tipo de actividades para mantenerlo ocupado y no permitirle pensar… Y ahora sólo necesitaba unas horas y entonces podría jugar sus cartas con Dubois. Y él siempre jugaba a ganador.

John se movió en sueños, con un amago de sonrisa en el rostro. El francés le dio un ligero beso en la boca que aún sabía a alcohol y, silencioso, se dirigió a la ducha. Después de quitarse los restos de la juerga con agua fría, se puso una bata y bajó las escaleras en dirección a la cocina, para preparar un desayuno contundente.

Jenny estaba allí, con un vaso de jugo de naranja y una mirada de reproche.

- Lo siento, cariño. La próxima vez las llevaremos, lo prometo.

Janie apareció de pronto y se abrazó de Martin. Las dos lo miraban con severidad, no les gustaba mantener secretos.

- Sé lo que piensan – empezó Martin –, pero tengo que proteger a John y ustedes seguirán ayudándome. Cuando un secreto es por el bienestar de una persona, es bueno mantenerlo. Y cuando él esté a salvo, se lo diremos.

Las gemelas aceptaron, con una mueca de disgusto en sus agraciados rostros, y Martin les dio un beso en la frente.

- ¿Me ayudan con el desayuno? Quiero prepararle a John algo especial y muy francés.

La siguiente media hora los tres se concentraron en poner a punto todo y Martin subió con una bandeja cargada de crujientes croissants, mantequilla, mermelada y una jarra de chocolate caliente.

- Necesito unos momentos a solas con él – dijo Martin con un guiño cómplice y las gemelas se desvanecieron con aire de contrariedad.

2

La bandeja fue depositada en la mesita de desayunar y Martin contempló al durmiente con devoción. No deseaba despertarlo, pero esa tarde tenía una tarea que no pensaba postergar más y antes de salir quería estar a solas con John.

Se recostó junto a él y comenzó a darle ligeros besos en la frente y los párpados.

- Despierta, perezoso… te preparé el desayuno.

- Mmm – John se revolvió en la cama, dándole la espalda -. Déjame un rato más…

El francés rodó junto a él y empezó a llenarle la espalda de besos.

- ¿Vas a despreciar lo que preparé con Jenny y Janie? – ronroneó bajito –. Está delicioso…. aunque tú estás más delicioso”

“¿Me estás comparando con comida?”

->Oui

- ¡Martin!

”Y eres más apetitoso cuando te enfadas”

- Estás demente

Pero John reía, le encantaba que Martin lo despertara así porque lo hacía sentir relajado y libre, sin tener que pensar en espíritus ni en demonios, ni en nada oscuro y misterioso que lo hiciera estremecer.

Desayunaron juntos, disfrutando de la intimidad de estar en casa, solos, sin personas extrañas que vinieran a interrumpir la armonía de la gestalt.

Martin avanzó hacia la ventana, abrió las cortinas y volvió a la cama, tomando un croissant de la mesita.

- He viajado prácticamente por todo el mundo, pero jamás cambiaré un desayuno francés – declaró, convencido.

John hizo una mueca burlona.

- Dices eso porque no has probado un nutritivo desayuno canadiense con leche y cereales. El día que me permitas usar tu cocina, te prepararé una comida como las que hacía mi madre.

- Me encantaría… podemos hacerlo mañana, que no viene Giselle.

John dio un sorbo al chocolate y su cuerpo se llenó de calidez. Sentado sobre la cama con las piernas cruzadas, se le antojaba a Martin un doméstico dios en su altar. La barba incipiente que se estaba dejando le daba un aire exótico que contrastaba con el carácter apacible del profesor de matemáticas.

- Promételo – exigió el canadiense, poco habituado a no hacer ninguna cosa en la casa. Martin cocinaba cuando podía y disfrutaba hacerlo, pero de la limpieza se encargaba Giselle, una joven de veinte años cuya madre había trabajado para el abuelo Hellstorm y gozaba de su total confianza. Cuando el Martin se encontraba en París, ella iba a la casa cada dos días, por las mañanas.

- Palabra de Hellstorm – dijo muy seriamente el aludido y echó hacia atrás su cabello en un gesto de absoluta provocación, dejando su cuello expuesto.

Y John no pudo resistir llenarlo de besos cálidos.

Momentos después, el tardío desayuno era olvidado y los dos se procuraban otra clase de alimento más mundano.

Martin tumbó a su novio sobre la cama, hundiendo el rostro en el espacio entre la clavícula y el cuello de John y lo besó despacio, saboreando la piel. Esa caricia estimulaba a su amante y el francés lo sabía perfectamente. Enredó sus piernas contra las de John, dejándole sentir su erección, cubierta tan sólo por la bata.

- Oh, Martin…

El jadeo gutural de John diciendo su nombre despertó los deseos más primarios de Martin, que se apresuró a desnudarlo, saboreando nuevamente la piel de su cuello.

El canadiense era tranquilo y reservado, pero en esos momentos de intimidad, se dejaba llevar por sus instintos, buscando la completa satisfacción de sus deseos. Con Martin había aprendido a disfrutar el sexo más plenamente, aunque aún había cosas por descubrir.

Onduló provocativamente sobre la cama, exponiendo la parte baja de su cuerpo para una mayor exploración y Martin acogió con fervor la invitación, ampliando el recorrido de su lengua hacia el objeto de su deseo, que veneró por unos momentos antes de aplicarse a la tarea.

Sus dedos fueron humedecidos por la ansiosa boca de John, que con pequeños gemidos, le pedía que siguiera.

Martin disfrutó plenamente del efecto conseguido cuando uno de sus dedos penetró a su compañero profundamente. El canadiense se arqueó y abrió más las piernas para facilitarle el acceso a su cuerpo. Dos dedos más fueron introducidos y el francés, que ya no podía esperar más, se posicionó en la cálida entrada de su pareja.

Unieron las manos, entrelazándolas, y buscaron sus ojos. En esos momentos previos a la penetración, se sentían más unidos que nunca.

”Te amo, Johnny”

”Hazme el amor”

El pedido febril siempre conmovía al lujurioso francés, que se apresuraba a complacerlo. A pesar de todas las experiencias pasadas, cada encuentro con John le parecía un episodio único e intenso y se entregaba completamente a darle placer.

Empujó, dejándose envolver por la calidez del estrecho pasaje en una experiencia imposible de describir. Los sentidos de ambos estaban sincronizados en el disfrute de sus cuerpos y cuando John se contrajo buscando mayor fricción, Martin dejó escapar un profundo y gutural gemido.

”Me encanta cuando me apretas así”

”Me encantas tú”

En momentos como ese sólo el sonido de sus gemidos, la fricción de sus cuerpos y la armonía de sus mentes los hacía vibrar con una intensidad desesperada. El francés disminuyó deliberadamente el ritmo, buscando prolongar el placer y John sujetó su mano con fuerza y la dirigió hacia su miembro erecto, que clamaba por un poco de alivio.

Pero Martin tenía otra cosa en mente, pues invirtió posiciones, recostándose en la cama y colocando a John sobre él, adoraba que su amante marcara el ritmo, era una sensación indescriptible de darle a su pareja el poder para hacerlo disfrutar. Y John aceptó la invitación, moviéndose cadenciosamente hasta sentir dentro de su cuerpo toda la extensión de su apasionado amante.

”Amor mío…”

”Te amo”

El canadiense incrementó la intensidad de sus movimientos disfrutando del poder que tenía sobre Martin. En ese momento era el único que podía llevar al límite a su pareja, para luego permitirle el alivio. Contrajo su cuerpo nuevamente, deleitándose con los gemidos de hambriento placer del francés, que lo masturbaba expertamente. Se movió más y en el momento cumbre buscó los labios de Martin y recogió sus espasmos orgásmicos en ellos, para caer rendido, con su cálida semilla inundando el vientre plano de él.

- Martin – ronroneó John, aún sobre el cuerpo cubierto de sudor del francés -, ¿vas a decirme lo que Aristide averiguó en Ecuador?

Un hondo suspiro escapó de los labios de Martin, en parte por el deseo satisfecho y en parte por ganar un poco de tiempo para ordenar sus ideas. No quería revelarle a John algo que pudiera ponerlo en peligro, pero tampoco deseaba ocultarle las cosas.

- Aristide localizó el caserío en el cual vivió Dubois. Una semana después del accidente de sus padres, unos agricultores lo encontraron vagando por la montaña, a punto de congelarse. Nadie sabe cómo sobrevivió todo ese tiempo. Lo llevaron a un lugar llamado Sayausí donde una curandera se hizo cargo de él. La gente de allí es muy supersticiosa y como el niño había sido hallado en un lugar del que se cuentan muchas leyendas, y de que no hablaba español, tuvieron miedo. Aristide se entrevistó con la hija de la curandera que lo recogió, pues su madre murió hace años. Durante las dos semanas que Dubois vivió allí, se produjeron hechos extraños. Primero, la nieta de cinco años de la curandera se ahogó en el río mientras se bañaba con el niño. Ella nadaba como un pez; pero se ahogó. La gente comenzó a hablar, y luego, hubo un suceso extraño con unos niños del pueblo. Jugaban con Dubois a tirarse de los árboles y uno tuvo una mala caída. Se rompió el cuello y el otro niño dijo que Dubois lo había sujetado con fuerza y que le había sacado algo brillante por la boca. Aristide logró hablar con ese hombre, que recuerda el suceso con toda claridad. Después de eso, la curandera lo llevó a la ciudad de Cuenca y lo dejó en la Beneficencia.

- Dios mío…

Martin acarició la mejilla de su novio y continuó:

- La asistenta social que lo recibió fingió tramitar todo para devolverlo a Francia, pero lo cierto es que se quedó con él. Era una mujer solitaria, que anhelaba un hijo. Dubois se convirtió en su hijo, ella falsificó papeles para quedarse con el niño, lo inscribió como José Antonio Espinoza, y se mudó a Quito, la capital, para evitar investigaciones. Dubois creció allí.

- Pero… ¿y su familia? ¿No intentaron hallarlo?

- Trataron de localizarlo, pero luego de una semana, era imposible que un niño hubiera sobrevivido en esas inhóspitas montañas, en medio de los Andes; y si hubiera bajado de ellas, podría haberse ahogado en los numerosos lagos de la zona. Los campesinos tampoco dijeron nada, son desconfiados por naturaleza y el niño les daba miedo. Aún ahora, Aristide dice que lo recuerdan con temor.

- Pobre niño… debió ser horrible encontrarse solo en un lugar así, sin poder entenderse con nadie… - murmuró John, recordando lo mucho que había sufrido el rechazo de las personas de su propio pueblo en Canadá, cuando se comenzó a hablar de sus visiones.

- ¿Pobre? Desde luego que no. Antoine Dubois puede ser muchas cosas, pero no un pobre niño – sentenció Martin -. Escucha el resto… Aristide habló con ex compañeros suyos, del colegio y de la universidad. Siempre tuvo fama de extraño, no hablaba mucho con nadie, rechazaba a quienes se interesaban por él; y en la universidad no tuvo ningún reparo en dar a conocer su homosexualidad. Estudió medicina forense; cuando estaba en segundo año, su madre adoptiva falleció. Y luego hubo una serie de desapariciones de niños, que alertó a la policía, pero jamás encontraron al culpable. Por aquel entonces, su novio de 19 años se suicidó ahorcándose en su habitación. Dubois terminó la universidad e ingresó como asimilado a la policía, para trabajar en la morgue. El lugar perfecto para ocultar las pruebas de sus crímenes…

John tenía la boca seca, trataba de asimilar el misterioso pasado de Antoine, de entender su dolor, de…

“No lo justifiques, lo que hizo no tiene justificación”

“Martin, no lo sé…”

- ¿Qué es lo que no sabes? – estalló el francés –. Por mucho que hayas sentido su dolor, él no es humano. Perdió su humanidad en las profundidades de esa misteriosa cueva y se ha dedicado a tomar las almas de sus víctimas para saciar a Lod. Aristide rastreó por lo menos cuatro casos de asesinatos en serie jamás descubiertos, pero sabemos que él también provoca los suicidios de las personas… nunca sabremos cuántas víctimas tuvo en Ecuador…

- ¿Cómo vino a París? – capituló John, avergonzado por sus sentimientos confusos, de lástima y piedad hacia el Hombre de Negro.

- Hace dos años apareció en París, buscando a su familia. Tenía papeles que probaban que era Antoine Dubois, desaparecido a los siete años en Ecuador. No sabemos cómo los obtuvo, Aristide presume que fue su madre adoptiva quien se los consiguió. Lo que hizo aquí, ya lo sabes… Cuando viaja, lo hace con su nombre latino, por eso Kurt nunca pudo rastrear los vuelos. Usa dos identidades y presumiblemente más… eso es todo.

Pero Martin ocultaba algo y la mente de John captó un atisbo antes de que la sutil barrera fuera impuesta entre ellos.

- ¿Sabes cómo localizarlo? – preguntó con cautela John.

Martin se levantó antes de responder. Miró por la ventana, hacia el refugio, como buscando apoyo en André y las gemelas.

- Puede que sí. Pero prefiero no hablar de ello – dijo con total sinceridad –. John, tengo que salir. Volveré por la noche y por favor, quédate en casa.

John dejó hundir su cabeza en la almohada, antes de responder.

- No puedo prometértelo…

3


Martin aceleró, con todos sus sentidos alertas, como siempre que se encontraba tras algo importante. Dobló la esquina y estacionó en una concurrida calle de Aubervilliers, antaño epicentro de la izquierda obrera francesa.

Dejó el llamativo vehículo al cuidado de unos jóvenes, a los que ofreció una generosa propina, y se internó a pie en una callejuela solitaria, rumbo a un viejo edificio. Algunos transeúntes lo miraron con malos ojos, pero no se intimidó. Tenía oculta en el abrigo una pistola automática y no permitiría que nadie se interpusiera entre él y su destino final.

Con pasos rápidos, llegó al lugar y una figura envuelta en sombras le hizo un levísimo gesto que para él bastó. Aristide le avisaba que el camino estaba despejado.

Sin dudar, subió las desvencijadas escaleras tétricamente iluminadas con una única bombilla, hasta llegar al cuarto piso del edificio, donde se detuvo frente a una puerta despintada y llamó con fuerza.

Nadie acudió.

Martin sacó la automática y apuntó a la cerradura. Sabía positivamente que la persona que buscaba estaba allí.

De pronto, Jenny apareció junto a él y lo besó en la comisura de los labios.

- No te preocupes, preciosa. Nada me ocurrirá.

La chica se desvaneció y el francés pronunció en voz muy clara:

- Sé que está allí, Dubois. Abra la puerta o volaré la cerradura de un balazo.

Dos jóvenes salieron del apartamento vecino, miraron brevemente a Martin y siguieron su camino como si nada hubiera pasado. Estaban en los barrios bajos, allí la ley la hacía uno mismo y ellos lo sabían.

Martin quitó el seguro del arma.

- Se lo advertí…

Pero la puerta comenzó a abrirse lentamente y el francés la empujó con la bota, para adentrarse en el desvencijado apartamento. El descuidado recibidor estaba en penumbras y el dueño de casa, de pie en medio de éste, lo miraba con abierta hostilidad.

- Baje el arma, Hellstorm. A su amiguito no le gustaría que me hiciera daño.

Martin cerró la puerta a sus espaldas y avanzó hacia el Hombre de Negro.

- Precisamente de él he venido a hablarle. Quiero que se aleje de mi novio, Dubois.

- ¿Y planea matarme para lograrlo? ¿Es por eso que su esbirro está abajo, armado hasta los dientes?

- No sea imbécil – Martin se adelantó hasta el único mueble en el pequeño apartamento, una mesa de sólida madera -. He venido a hacerle una propuesta.

Las cejas de Antoine se arquearon ligeramente, pero su boca se torció en una despectiva mueca.

- ¿Qué tiene que ofrecerme el gran Martin Hellstorm? ¿Acaso conquistar el mundo juntos?

- Le ofrezco su libertad – dijo el francés, sacando de su abrigo un voluminoso sobre que depositó en la mesa -. Aquí tengo un expediente completo sobre usted, Dubois, incluyendo pruebas que demuestran que José Antonio Espinoza y Antoine Dubois son la misma persona, y que cometió numerosos asesinatos tanto en Ecuador como en París. También están las direcciones de sus refugios, sus cuentas bancarias, las tácticas que emplea para esfumarse cuando tiene problemas. Y los pasaportes falsos que ha estado utilizando. Como puede ver, lo tengo todo, y vengo a ofrecérselo a cambio de que deje en paz a John.

Antoine tomó el sobre y examinó su contenido. Fotografías, cintas, copias de documentos, recortes de diarios y un extenso informe que hilvanaba los hechos sin ninguna duda posible.

- Ha hecho un trabajo a conciencia, Hellstorm. Debo felicitarlo…

- Ahórrese las felicitaciones y escúcheme. Sé lo que usted es, pensé incluso en detenerlo, pero ahora me importa un bledo lo que haga, con tal de que se aleje de París. Váyase a cazar almas a donde quiera, pero aléjese de John; o de lo contrario, este sobre irá a parar a la Sureté y a la policía de muchos países. Nunca hago las cosas a medias, Dubois. Váyase y podrá seguir siendo libre. Quédese y le cortaré las alas.

El Hombre de Negro pareció meditar profundamente sus palabras.

- Usted no va a decirme lo que tengo que hacer. John no es un trofeo por le cual se deba luchar, es tan libre como usted o como yo de decidir. ¿A qué le tiene miedo, Hellstorm? ¿Teme que un día John despierte y se de cuenta de que vive en una ilusión? Lo siento, no me interesa lo que haga, llévese su sobre y salga de aquí.

Martin apretó los labios y pareció que estaba a punto de saltar sobre su enemigo, pero consiguió dominarse y tomó el sobre.

- Yo no hablo en vano, Dubois. Acérquese una vez más a John y despídase de su vida en París. Lo cazaré sin descanso hasta llevarlo a donde pertenece.

Con un portazo, Martin se alejó de allí, bajando rápidamente las escaleras. Hizo una señal a Aristide, pero no disminuyó su paso. Estaba furioso y El Ejecutor mantuvo una prudente distancia de su jefe, hasta que divisaron el Lamborghini Diablo de Martin y lo abordaron.

- Ni una palabra de esto a John – dijo, alargándole el sobre –. Será mejor que tú lo guardes. Haz veinticinco copias de todo, si mis sospechas son correctas, no tardaremos en usarlas.


4


John se relajó bajo el agua tibia de la ducha. Sus músculos aún estaban resentidos por la agotadora sesión de ejercicios, cinco días antes, y por sus recientes actividades con Martin esa misma tarde.

No pretendía salir, había respondido a Martin de esa manera porque saber que le ocultaba algo no era sencillo. No era a causa de Thelma, para John, el episodio, aunque lastimara su amor propio, había sido de algún modo necesario. Y ahora tenía la promesa de Martin de no volverlo a hacer.

Odiaba que le ocultaran las cosas, como si fuera un niño pequeño al cual proteger. Estaba seguro que Martin no le había contado todo acerca de Dubois. Podría tomarlo él mismo de su mente, pero no era el modo correcto de hacer las cosas, de manera que decidió aprovechar el resto de la tarde en una actividad que se había convertido en su juego secreto: alimentar la mente de André con la información de Hellstorm Plus 1.5, el programa que Martin usaba para almacenar todos sus casos.

Encendió el computador e introdujo los códigos de acceso. No le había costado deducirlos, simplemente envió a André las imágenes de las manos de Martin tecleando los códigos y el físico los descifró en segundos.

John había pasado los tres últimos días, mientras Martin atendía sus asuntos en la universidad, revisando innumerables datos en el programa y transmitiéndolos a la mente de André, donde se almacenarían también.

Era parte de un proyecto secreto, basado en la idea de John de reemplazar Hellstorm Plus con algo vivo, con la ventaja adicional de que no era necesario usar búsquedas parametrizadas; bastaba preguntarle a André lo que fuera y el científico procesaba la respuesta. El problema consistía en que únicamente John podía comunicarse con André y que muchas veces el científico enviaba imágenes a su cerebro, a las cuales era difícil poner palabras.

No había transferido ni la mitad de información sobre casos de demonios, pero sintió de pronto la imperiosa necesidad de preguntar.

Dejó el programa encendido y se apresuró a ir al refugio.

André estaba en la sala de estar, mirando al vacío. Jenny y Janie veían televisión.

- Hola – saludó, sonriendo como siempre. Las gemelas se aparecieron junto a él y lo abrazaron, pero John captó muy sutilmente un velo similar al que Martin había puesto. Ellas también ocultaban algo.

El canadiense trató de aparentar normalidad y se sentó en la alfombra, frente a André.

- ¿Un demonio puede tener una parte humana?

“No”, fue la escueta respuesta, que lo sumió en el desaliento.

- Pero – insistió -, si el demonio tiene simbiosis con un humano, el humano no será demonio. ¿Es correcto?

Su mente se llenó de varias imágenes, algunas del programa de Martin, otras, según dedujo, de los libros que las gemelas le daban a leer a André.

“Si la simbiosis dura un tiempo prolongado sin matar al humano, probablemente el humano será también un demonio”

John lo meditó un momento. Era lo que había sospechado y coincidía con lo que Martin creía. Pero él se negaba a aceptarlo.

Alzó los ojos hacia la quieta figura de André y formuló su última pregunta.

- ¿Puede un demonio que fue humano recobrar su humanidad?

La respuesta tardó el llegar, pero cuando lo hizo, llenó el corazón de John de una leve esperanza.

“Puede; siempre y cuando el demonio posea al menos un valor intrínseco del ser humano. Será más difícil en la medida en que haya pasado más tiempo como demonio, pues la práctica de esos valores estará cada vez más lejana”.

Mientras volvía a la casa, su mente no dejaba de divagar.

Valores humanos…

Paciencia, humildad, respeto, generosidad, indulgencia, honradez, compromiso…

Su madre los había practicado, era el modo en el que siempre la recordaba. Pero todos esos valores se resumían en uno solo… ¿amor?

Y de pronto, le vino a la mente un párrafo de la Biblia que había leído muchas veces en la escuela.

”El amor es paciente, es afable, no es jactancioso ni engreído, no es grosero, no busca lo suyo, no lleva cuentas del mal, no se regocija con la injusticia, sino con la verdad, todo lo sufre, todo lo soporta. El amor nunca falla”

Cuando llegó a la casa, Martin lo estaba esperando y John se arrojó a sus brazos.

”El amor nunca falla”

Capítulo 16

As you look around this room tonight
Settle in your seats and dim the lights
Do you want my blood, do you want my tears
What do you want
What do you want from me

What do you want from me – Pink Floyd


París
1

Había pasado una semana desde que John interrogara a André, y aunque no había vuelto a preguntarle nada sobre los demonios, continuó su tarea de alimentar la mente del científico con la información almacenada en Hellstorm Plus.

Fue una semana de calma relativa, en la que Martin dictó dos conferencias y pasó la noche en una casa encantada, tratando de comunicarse con el espíritu que habitaba en ella, hasta que logró descubrir una historia de rencillas familiares y odios pasados que terminó cuando la única descendiente de una familia asesinada perdonó al asesino de sus bisabuelos y éste pudo descansar en paz.

Y durante esa semana, no tuvieron noticias del Hombre de Negro.

John no salía solo de la casa. Siempre iba con Martin o con Kurt. No le agradaba esa situación, pero la toleraba del mismo modo en que Martin no le preguntaba qué hacía tanto tiempo frente al computador.

Pero la calma no duraría mucho.

Un viernes lluvioso, en el que Martin había ido a la universidad, el teléfono sonó con insistencia y John se estremeció al oír la profunda voz de Antoine al otro lado de la línea.

- John, necesito verlo.

Había tanta urgencia en su voz que sólo atinó a preguntar cuándo y dónde, y corrió escaleras arriba en busca de su abrigo.

Jenny y Janie aparecieron a su lado, tirando de sus mangas con insistencia.

- Lo siento, tengo que ir. Presiento que es importante…

Las gemelas se abrazaron a él para no dejarlo avanzar, y cuando John las apartó con firmeza, se les llenaron los ojos de lágrimas.

- Les prohíbo buscar a Martin – dijo el canadiense, con voz dura. Las chicas retrocedieron, jamás lo habían visto así -. Nada me pasará, estoy seguro de ello.

Salió, a pesar de las protestas, y se apresuró a llegar a la parada del metro, donde se confundió con la anónima multitud.

¿Por qué lo hacía?

No lo sabía con exactitud. Actuaba con un irresistible impulso, pero aún así, tenía la absoluta certeza de que Antoine Dubois no le haría daño alguno.

2


Lo encontró al final de la calle de Chevalier de la Barre, justo antes de llegar a la Escalera de las Luces, desde donde se veía el Sacre Coeur en todo su esplendor.

”Ha venido a mí”

”Quiero respuestas…”

”Esta vez las tendrá. Sígame…”

Sin cruzar palabra, caminaron hacia la Rue Saint Vincent y torcieron a la derecha, hacia un grupo de edificios de estilo provenzal.

Antoine se detuvo para sacar las llaves y abrir la puerta principal de uno de los edificios.

- ¿Vive aquí?

- No siempre.

En el ascensor, se miraron atentamente, estudiándose.

- Tiene una personalidad fascinante, John. Y también una extraordinaria fortaleza. No se avergüenze si ha venido en pos de un anhelo secreto, pude percibirlo ese día, en el Sacre Coeur.

- No diga tonterías. He venido porque usted quería verme, y también a buscar las respuestas que me ofreció.

El ascensor se abrió y ambos salieron. Antoine avanzó hasta llegar a una puerta cerrada.

- ¿Pasará conmigo las barreras, John? – la voz y las implicancias de lo que decía nuevamente hicieron estremecer al canadiense.

- Pasaré – respondió, y traspasó el umbral.

El apartamento también estaba decorado al estilo provenzal, tenuemente iluminado, acogedor como un verdadero hogar.

- Estaba tan ansioso por verlo como lo estaba usted – Antoine se despojó del abrigo de amplios faldones que asemejaba una capa, tomó también el abrigo de John y lo colgó junto al suyo en una percha –. ¿Desea beber algo?

- Esto no es una visita social…

- ¿En serio? ¿Entonces, qué es? – cuestionó Antoine, entrecerrando los ojos.

El canadiense se sentó en el sofá y respiró profundamente. Estaban solos… Solos.

Inconscientemente, bloqueó su mente para que Martin no pudiera encontrarlo. No sabía exactamente lo que vendría a continuación, pero acababa de tomar consciencia de que, finalmente, había llegado a un punto del que quizá no habría retorno.

- Está bien, Dubois. Aceptaré un trago.

El Hombre de Negro sonrió y volvió con dos copas de <i>bourbon</i>.

- Aquí tiene.

John dio un largo sorbo a su bebida, dejando que el licor raspase su garganta. Miró a Antoine, que luego de beber un poco, había dejado su copa en la mesilla y lo contemplaba fijamente.

- ¿Qué es usted? ¿Por qué me busca a mí?

Antoine pareció meditar profundamente la respuesta. Al cabo de un rato, miró a John a los ojos.

- Soy lo que usted quiere que sea. Lo busco porque usted es capaz de ayudarme en lo que ningún otro podría.

El canadiense bebió otro largo trago, con sus dudas en nada disipadas, y pasó a la siguiente pregunta.

- ¿Por qué buscó a otros hombres parecidos a mí? ¿Por qué los mató?

Antoine entrecerró los ojos en un gesto tan parecido al de Martin que John sintió una punzada de culpabilidad.

- Empecé a soñar con usted hace seis años. Me obsesioné con encontrarlo, pero sólo hasta hace dos años, en París, comencé a verlo en otros hombres. Al principio, pensaba que eran usted; pero con el tiempo, me di cuenta de que no lo eran, de que cuando lo encontrara lo sabría. Y entonces comencé a deshacerme de ellos.

- ¡No tenía que matarlos!

- Sí lo tenía que hacer. Ellos eran un pobre remedo de usted, John. Pero, finalmente, lo encontré en ese hospital.

- Usted es un demonio…

- Puede que sí…

- ¡Usted mató a esos niños, en Ecuador… y mató a todas esas personas! Tomó sus almas… es un demonio…

Antoine se echó para atrás en el sillón y cerró los ojos. Parecía que estaba evocando esos momentos. Cuando los abrió, su mirada parecía triste.

- Yo nunca supe que tenía ese poder, hasta que lo ejercí por primera vez. Era un niño y estaba asustado, hice lo único que cabía hacer.

- Y luego mató a los otros, se convirtió en un asesino en serie y nunca lo atraparon porque era médico forense y trabajaba para la policía. Lo sé todo, Dubois. No finja ante mí.

El Hombre de Negro dio un sorbo a su bebida y por un momento, John creyó ver a aquel niño de siete años, abandonado en las montañas.

- Veo que Hellstorm se lo contó – dijo con voz neutra -. Pues bien, yo no lo hice…

- ¡No le creo!

- ¿Acaso no entiende? Lod despertó hace dos años por culpa de su amigo, el científico. Si no lo hubieran perturbado, todo seguiría como entonces… él no necesitaría tanta energía… pero ahora se hace más fuerte. Quiere recobrar su lugar en este mundo.

- Usted y él son lo mismo…

- Técnicamente sí. Él me dio parte de su energía, por él sobreviví en aquella cueva… Por él hago lo que hago…

- Por él asesinó a esas personas en Ecuador…

- ¡Le digo que no lo hice! No había necesidad, él se alimentaba sólo con la energía vital, lo suficiente para mantenerlo en estado de hibernación. Hubo asesinos en serie, sí. Pero no fui yo. Estudié sus tácticas, era sencillo desde el lugar donde estaba. Y luego, yo mismo los maté, por eso jamás los encontraron. Fueron cinco… Ellos y los niños fueron mis únicas víctimas hasta el despertar del Cazador.

- ¿Pretende que crea eso?

Antoine apuró su trago y se acercó al balcón, cambiando drásticamente de tema.

- Mire, John. Desde aquí se contempla el Sacre Coeur. Rompimos las barreras allí, podemos hacerlo todo…

John se acercó, renuente, y se paró en el lugar más alejado, dejando vagar su mirada hacia las cúpulas de la blanca iglesia, preguntándose si todo lo dicho tenía sentido… Quizá sí, pero no lo de París. Lo de París no tenía perdón. Tomó aire e insistió.

- Usted me mostró que no necesita matar… ¿Por qué lo hace entonces? ¿Por qué asesinó a tantos? … Michelle, Dominique... ¡Bastardo, Dominique lo amaba!

- Dominique amaba lo que creía ver en mí. ¿Michelle? Era la novia de Hellstorm. Su presencia no permitía que usted fuera lo que es ahora. Tuve que quitarla de en medio…

- ¿Tuvo qué…? ¡Está hablando de un ser humano! ¡A los seres humanos no se los quita de en medio!

- ¿Por qué no? – dijo tranquilamente Antoine -. ¿No nos está permitido eliminar los obstáculos que impiden llegar a un objetivo? ¿No fue un humano el que dijo que el fin justifica los medios? Lo que usted conoce como el bien y el mal, no existe. Es sólo la falsa moral que han creado los filósofos. ¿Acaso se preocupa cuando camina por el campo y aplasta una hormiga? Usted lo sabe, John… lo sabe tan bien como yo.

- ¡No es cierto…! Me voy a casa…

John avanzó, entre molesto y asustado, tratando de alejarse de allí, pero el firme brazo de Antoine lo sujetó con fuerza.

- ¿A qué le teme, John? Ya tiene sus respuestas. El tiempo de fingir pasó. Sé lo que anhela porque es lo mismo que anhelo yo… No tiene caso resistirse, déjeme envolverlo en el mismo fuego que me abrasa a mí…

- No me toque… No…

Dos cuerpos desnudos y sudorosos, una pasión que desgarraba el aire mismo, un deseo salvaje, como fuego furioso, amándose…

Amándose…

- ¡No me toque…!

John se soltó, desesperado, y retrocedió hacia la única puerta a la que tenía acceso porque Antoine le bloqueaba la puerta de la calle.

“Déjeme ser el artífice que lo hará tocar sus sueños”

- ¿Por qué me trajo aquí? – la voz de John casi murió en sus labios y sus manos buscaron desesperadamente el picaporte que abrió.

- Si vino hasta aquí, lo sabe.

Entró en la habitación, casi tropezando, y se quedó parado en medio, contemplando la enorme cama. Con la garganta seca, comprendió que se encontraba en el dormitorio de Antoine.

- No se resista…

La fuerza de la pasión envolvió su delgado cuerpo como un torrente que lo hizo estremecer. Su boca se abrió en una última protesta, pero fue cubierta por los abrasadores labios del Hombre de Negro.

No tenía sentido seguir resistiendo… él lo deseaba. Lo deseaba tanto que dolía…

“Lo quiero todo”

“Que el cielo me perdone…, pero yo lo deseo también”

Silencio…

Sólo sus respiraciones agitadas rompían en silencio de la noche. No había palabras, no eran necesarias, la aceptación al fin había llegado. Ahora sus mentes estaban en sincronía.


3


- Yo… - Martin se detuvo, la sensación de inquietud que había empezado a sentir hacía casi una hora se agudizó.

- ¿Pasa algo, jefe?

Se encontraba con Aristide en el pequeño apartamento de Kurt y Alain, discutiendo un posible caso, pero no podía quitarse a John de la cabeza.

- John – dijo con voz ronca -, algo le pasa a John.

- ¿Estás seguro? – Kurt no preguntó cómo lo sabía. Desde hace mucho, había notado que Martin y John tenían una relación basada en algo más que en el cariño mutuo. Pero no acostumbraba a interrogar a su jefe. Cuando llegara el momento, Martin le diría lo que tuviera que saber.

Antes de que Martin pudiera responder, aparecieron las temblorosas gemelas, tirando de él para sacarlo de allí. El lazo mental con John se perdía por momentos, débil e inseguro.

- ¿Saben dónde está?

Ellas asintieron.

- Llévenme a él. Aristide, dame tu arma.

El Ejecutor hizo lo que le pedían.

- ¿Qué es lo que harás?

- Si ha lastimado a John, lo mataré – los ojos de Martin relampaguearon de odio. Aristide se adelantó.

- Iré contigo.

- Iremos todos – declaró Kurt.


4

“Sienta el fuego que hay en su corazón, déjese envolver por la pasión… ¿acaso no soñó con este momento?”

“Muchas veces… muchas…”

Cayeron a la cama, besándose furiosamente. Los ojos azules de Antoine hicieron contacto con los de John.

- No habrá retorno…

”No habrá retorno”

“No habrá…”

- Antoine… - gimió John, desesperado. Su cuerpo temblaba presa de una pasión febril -. Es como lo soñé… nosotros solos… juntos… Juntos… - su voz murió dentro de la boca del rubio, que comenzó a desnudarlo con rápidos movimientos.

- Eso… eso es, derribe la última barrera junto a mí… El bien y el mal no existen, son sólo una ilusión… déjese amar… déjeme amarlo…

Las manos de John se aferraron con fuerza a la sábana. No podía resistir la avasalladora presencia de Antoine. No podía, porque era la respuesta hacia sus más secretos y oscuros anhelos… su mente embotada sólo podía entregarse al placer de los sentidos, buscando desesperadamente la liberación.

”El mundo será nuestro… lo necesito… necesito su fuerza…”

John se mordió los labios, pero aún así, un profundo grito se le escapó. Antoine lo penetró de un violento empujón y comenzó a moverse, implacable, haciendo que el placer se mezclara con el dolor en enloquecedora agonía.

El puente fue cruzado, sólo quedaba mirarlo arder.

5


Nunca Martin había estado tan desesperado. Su sangre fría habitual se había reducido a nada y sostenía la pistola con manos temblorosas.

Los cinco iban en la furgoneta de Kurt, aunque las gemelas aparecían y desaparecían alternativamente, buscando…

- Si le ha hecho daño… si se ha atrevido…

Nadie decía palabra, perdiéndose en sus propios mundos de conjeturas.

- Más de prisa – ordenó Martin cuando doblaron la esquina en l’Opera - está cerca… lo siento…

”¡John!”


6


- Después de haberme conocido, ningún placer podrá saciarlo – jadeó Antoine, embistiendo con fuerza en el cuerpo de John.

Las manos del canadiense se aferraron con más fuerza a la sábana, buscando algún punto sólido donde poder anclar su cordura. Pero de nada sirvió, se adentraba con pasos agigantados en una oscuridad profunda. La negra oscuridad del alma de Antoine…

El placer embotaba sus sentidos, enloqueciéndolo de deseo febril y de lujuria. No podía luchar contra eso, la fuerza de Antoine era demasiado grande.

Entonces, a lo lejos, pudo percibir una voz. La llamada, tenue al inicio, se convirtió en un grito angustiado.

”¡John!”

Los ojos del canadiense se abrieron, llenos de lágrimas…

”Di que me amas… por favor, Martin… sácame de aquí”

”¡JOHN!”

Su erección fue masajeada con fuerza, su boca fue aprisionada en un salvaje beso y su mente, sumida en la brumosa sensación que presagiaba el inminente alivio.

“Lo quiero todo… John, entrégueme todo de sí”

Un angustiado gemido salió de la garganta de John y la urgencia de liberarse aumentó indescriptiblemente, haciendo que su cuerpo temblara en violentos espasmos bajo el cuerpo sudoroso de Antoine.

“Entréguemelo”

“Martin…”

“¡John! Te amo, John… te amo…”

Las palabras llegaron en el momento del orgasmo, la descarga de John ensució las sábanas y humedeció la mano de Antoine, quien, implacable, seguía bombeando, clavándolo contra el colchón.

Un gemido ahogado le trajo por fin el alivio, pero también lo empezó a sustraer vertiginosamente del mundo real, absorbido por una incontenible fuerza.

Víctor Hugo había dicho que en París bastaba "respirar para conservar viva el alma" pero… ¿dónde se hallaba el alma de John?

… Serpientes
…. Luminosas serpientes trazando círculos en el cielo
… Quería estar allí, en el lugar de donde provenía la luz
… La luz…

Era la misma luz brillante que envolvía al Cazador de Almas, la luz que ahora parecía brotar de los ojos de su amante, la luz que comenzaba a apoderarse de él, debilitándolo, quitándole la esencia de su ser.

No sintió dolor, tan sólo la sensación de embotamiento que hacía que no pudiera moverse y resistir.

Se alejaba…

Se alejaba…

Y entonces, en algún lugar, su cerebro al fin comprendió el juego.

”¡John!”

”¡JOHN!”

El grito en su mente lo devolvió dolorosamente a la realidad. La sensación fue como si se hallara hundiéndose en un remolino sin fin y de pronto lo expulsaran fuera de él… sólo pudo gemir, las fuerzas empezaba a abandonarlo dejándole sólo la culpa.

- ¿Qué ha hecho? Maldito bastardo, ¿qué ha hecho? – gritó el Hombre de Negro, retirándose violentamente del cuerpo tembloroso de John -. No podrá huir de mí… nunca podrá…Nuestros destinos están unidos. Para siempre.

”Martin…”


7


- ¡Es por aquí! – gritó Martin. La furgoneta frenó bruscamente y retrocedió para enfilar hacia la Rue Saint Vincent. Apenas se detuvo, el francés se apeó, corriendo.

- Quédense aquí y tengan este chisme listo para partir – ordenó El Ejecutor y siguió a su jefe hacia la entrada del edificio.

Jenny y Janie aparecieron dentro y abrieron desde allí la puerta vidriera. Martin se precipitó al ascensor.

Conocía el lugar, las gemelas habían hallado prácticamente todos los refugios de Antoine en París y Martin estaba familiarizado con ellos. Apenas salió del ascensor, corrió hacia la puerta que ellas habían dejado entreabierta.

- ¡John!

Entró, con la pistola en alto, dispuesto a asesinar a sangre fría a quien fuese.

Pero no había nadie…

Tan sólo una puerta abierta…

Corrió hacia ella y se detuvo en seco en el umbral…

El olor del sexo recientemente consumado flotaba en el aire, pero la crudeza de los momentos vividos en la habitación se abrió paso en su mente al ver sobre la cama, hecho un amasijo de culpa, el cuerpo desnudo y aún tembloroso de John.

- ¡No…! – su voz se transformó en un doloroso gemido y se quedó allí, incapaz de dar un paso en dirección a la cama.

Jenny y Janie estaban junto a John, intentando en vano reanimarlo.

- Jefe, no hay nadie más aquí – Aristide entró, pero se quedó galvanizado junto a la puerta - ¡Mon Dieu! ¿Qué es todo esto?

Esas palabras parecieron devolver a Martin a la realidad y en ese momento recuperó su sangre fría.

- Tenemos que sacarlo de aquí.

Rápidamente se acercó a la cama y envolvió a John con una sábana. Los ojos del canadiense eran inexpresivos, pero se estremeció ante su tacto.

- Todo estará bien, vamos a casa.

Con John a cuestas, salieron a toda prisa del edificio y corrieron hacia la furgoneta. Apenas entraron, Martin depositó a su pareja en el sillón de cuero y Kurt arrancó a toda velocidad.

- Está temblando.

Aristide sacó una manta de abajo del sillón y se la alcanzó a Martin, que se apresuró a cubrir el pálido cuerpo.

Jenny y Janie aparecieron junto a él.

- Vayan a casa… al refugio. Preparen un baño caliente, lo llevaremos allí.

Las gemelas se desvanecieron y Martin se cubrió el rostro con las manos.

Estaba llorando.

8


La furgoneta se detuvo con un rechinar de llantas frente a la cochera de Martin y Kurt accionó el mecanismo para abrirla.

El francés levantó el rostro. Su mirada enrojecida se topó con la de Alain, que, desde el asiento delantero, le sonrió en un mudo deseo de confortarlo.

- Gracias… estaré bien. Es John quien importa ahora.

Martin rechazó la ayuda de Aristide para trasladar a John y lo tomó en sus brazos. Aún temblaba y sus ojos marchitos lo miraron, húmedos.

- Todo irá bien, lo prometo.

Pero el lazo mental era demasiado débil y Martin no podía sentirlo. Rápidamente, lo llevó hacia el refugio de André y no se preocupó por cerrar la puerta. Aristide fue tras él y también Kurt y Alain.

El menudo ingeniero empujaba a toda prisa la silla de ruedas y Alain nunca había deseado tanto volver a caminar. Bajaron por la rampa que Martin había instalado en el refugio para casos de emergencia, y se dirigieron al dormitorio.

Allí, Martin había acostado a John y trataba de reanimarlo frotándole los brazos con alcohol, sin obtener respuesta.

Con los labios apretados a causa de la tensión, lo tomó en brazos y se dirigió al baño que las gemelas habían preparado. El agua despedía vapor y Martin lo metió en la bañera sin dudar.

- ¿Puedes oírme, Johnny? Dime algo, por favor, di que estás bien.

Pero ningún sonido salió de los labios del tembloroso hombre.

En el agua, el temblor empezó a calmarse y cesó cuando las amorosas manos de Martin lavaron cada rincón de su cuerpo, donde lo habían mancillado las caricias del Hombre de Negro.

- Necesito algo para abrigarlo

Kurt buscó entre los cajones y sacó un pijama de André. Ni las gemelas ni el científico se lo impidieron como otras veces que habían invadido su privacidad. Simplemente miraban, André siempre inexpresivo; ellas, tensas.

Finalmente, Martin sacó a John de la bañera y lo secó con ayuda de las gemelas, le puso el pijama y lo acostó en la cama de André.

Un gemido brotó de los labios del canadiense. Un gemido que empezó a convertirse en un débil sollozo.

Martin lo acunó, limpiándole las lágrimas del rostro, meciéndolo como se mece a un niño pequeño, susurrándole que todo estaría bien. Los sollozos se calmaron poco a poco y el canadiense fue arropado.

La voz de Martin temblaba un poco cuando se dirigió a sus compañeros.

- Aristide, envía las copias del expediente Dubois a las ciudades que te indiqué, hazlo enseguida. Kurt, Alain, agradezco muchísimo su ayuda, pero tenemos que estar solos. Los llamaré cuando él esté mejor.

Luego de abrazarlo brevemente, salieron en lenta procesión. Apenas se cerró la puerta, Martin se derrumbó en brazos de las gemelas.

- André… ¿qué vamos a hacer?

Capítulo 17

And if I show you my dark side
Will you still hold me tonight?
And if I open my heart to you
And show you my weak side
What would you do?

The Final Cut – Pink Floyd


París

1


Serpientes…

Su mente estaba llena de ellas, ondulantes, sibilantes, vivas…

Volaban en espiral, describiendo interminables círculos en las brumas de su agotado cerebro.

¿Desde cuando las serpientes vuelan en espiral?

Serpientes, brillantes y veloces emisarios de la desolación…

¿Podía haber desolación más grande que ésta?

Una tibia caricia en su mejilla comenzó a disipar la bruma, una ardiente gota salada que cayó sobre la comisura de sus labios hizo que se le escapara un profundo suspiro.

Se sintió envuelto en una suave calidez, se sintió amado…

Amado…

- Oh, Martin

Otra mano acarició su mejilla y su cabello y John se atrevió, por fin, a entreabrir los ojos.

Jenny y Janie estaban acostadas junto a él, abrazándolo. Eran las manos de ellas las que trazaban suaves círculos en sus mejillas. Eran los ojos de ellas, húmedos de pena, los que habían vertido las lágrimas que lo habían despertado.

Sus propios ojos se llenaron de lágrimas al recorrer la habitación, que reconoció como el refugio de André. El científico estaba sentado junto a la puerta, tan quieto e inexpresivo como siempre. Pero el lazo que los unía seguía allí, palpitante y vivo, aunque débil.

Y eso le dio el valor para mirar hacia el otro lado, donde sabía que se hallaba él.

Martin dormitaba, doblado penosamente en la silla junto a la cama. Su rostro se veía marchito, agotado… entristecido como nunca antes lo había visto, mucho más que cuando murió Michelle.

Una punzada de culpabilidad lo atravesó y fue como si se hiciera más grande poco a poco, desgarrándole el pecho hasta no dejarle nada más que un despojo sangriento y doloroso.

Dolía…

¡Oh, Dios, cómo dolía!

El amor nunca falla

¡Qué cruel ironía! De los dos, había sido John quien había fallado.

Las gemelas volvieron a acariciarlo y lo envolvieron en sus brazos protectores.

”Estamos contigo”

“Te amamos”

“Te amamos…”

2


Un hondo y profundo suspiro anunció el despertar de Martin. Sus cansados ojos parpadearon varias veces, enfocando hacia la cama, donde su pareja estaba inmóvil, incapaz de mirarlo a los ojos.

- ¡John! - con todos sus sentidos alerta de nuevo, se puso de pie y se acercó hacia él - . Mon petite, ¿cómo te sientes? Nunca en mi vida me había asustado tanto.

Pero John volteó hacia otro lado su rostro lleno de lágrimas, tratando de buscar refugio en las gemelas.

La tensión podía sentirse en el aire, la angustia de Martin, la culpa de John…

Jenny y Janie se miraron y se sentaron en la cama. Una de ellas tomó la mano de Martin y la otra tomó la de John, un beso suave fue depositado en cada una, y después las unieron.

”El amor nunca falla”

El significado de ese sencillo gesto hizo que algunas lágrimas afluyeran por el rostro de Martin.

- Te amo…

- Martin, yo…

- No importa lo que haya pasado, ningún hombre ni demonio podrá hacer que te deje de amar. Te amo, John Storm.

Una sonrisa iluminó los rostros de las gemelas cuando John le echó los brazos al cuello a su pareja y ambos se fundieron en un abrazo lleno de amor. Poco a poco, sus mentes volvieron a encontrarse y la armonía de la gestalt volvió a surgir.

- Tú me salvaste – susurró John -, tu voz estaba allí y me guió…

- Estaba aterrado, te perdía, no podía sentirte… ¡Pudiste morir, John! O aún peor, pudiste volverte como él…

- Él me engañó – el canadiense se desprendió suavemente del abrazo y se sentó sobre la cama -, tenías razón, sólo trataba de utilizarme. Fui tan tonto… creí que podría averiguar más cosas, que podría salvarlo, que había humanidad en él. Perdóname... por favor, perdóname.

“¿Cómo podría no hacerlo? Eres parte de mi”

“Martin, él…”

- Sé lo que hizo, es el poder de seducción de los demonios. Él sabía lo que provocaría, ignoró mi advertencia. Maldito sea, lo destruiré… - murmuró el francés, apretando los dientes.

- ¿Tú le advertiste? – John tomó las manos de Martin y cerró los ojos. Se produjo la descarga y el francés le mostró las actividades que le había mantenido en secreto: El descubrimiento de que Dubois había vendido algunas placas halladas en la cueva de Ecuador a un coleccionista privado, el paciente rastreo que había hecho con ayuda de las gemelas y todo el Staff de Hellstorm Corp.; y, finalmente, la advertencia -, ¡Dios mío! ¿Por qué me lo ocultaste? ¿Por qué ese empeño de todos en protegerme?

- Por eso – dijo Martin, señalándolo, en clarísima alusión a su falta. John bajó la mirada.

- Yo no soy un niño a quien hay que cuidar – declaró al cabo de un rato -, la falta de confianza nos destruirá y no pienso permitirlo. A partir de ahora, se acabaron los secretos.

Martin asintió, habían sido demasiadas cosas acumuladas y se estremeció al pensar que la gestalt podía haberse destruido.

- Sabía que él iría por ti. Por eso hice todo eso.

- ¿En verdad creíste que retrocedería ante tu amenaza?

- ¡Desde luego que no! Pero necesitaba acercarme a él, evaluarlo. El cazador debe conocer a la presa… Lo he estado vigilando, haciéndolo seguir con unos hombres de Aristide. Él no puede desvanecerse en el aire como Jenny y Janie, pensé en adelantarme a sus pasos. Y, honestamente, pensé que vendría a ti, no que tú irías a él.

Se hizo un tenso silencio. Las gemelas los observaban, expectantes. Martin comenzó a recorrer la habitación a grandes zancadas. La angustia estaba desapareciendo para dar lugar a la furia, al odio, al deseo de destruir. Si Dubois hubiera aparecido en ese momento, con toda seguridad el francés le habría pegado un tiro.

Pero Dubois no apareció. Fue John quien se puso de pie y se dirigió al inexpresivo André, tomándole las manos. Y entonces, comenzó a hablar de lo que había pasado.

- Detente, John… no quiero oírlo – protestó Martin.

- Debes hacerlo, tienes que entender a cabalidad lo que pasó. André dijo que el sexo rompe barreras, es en ese momento en que la mente está más vulnerable. Cuando tuve sexo con Dubois, comprendí muchas cosas. Pero necesito la mente de André para poder interpretar lo que vi.

El francés se sentó sobre la cama, derrotado, tratando de que su mente analítica aislara los hechos de los sentimientos y comprendiera lo que había pasado en esa habitación en Montmartre. Con el semblante pálido y los labios apretados, escuchó; y cuando John se detuvo, salió un momento de la habitación, completamente abrumado. Para cuando volvió, el canadiense seguía de rodillas ante André, con los ojos cerrados.

- Nos equivocamos de perspectiva – dijo llanamente -. Gracias a André, tengo ahora las respuestas que buscaba. Dubois quería mi energía para liberarse de Lod y tomar su lugar. Era tan simple como eso…

- Bastardo…

- Todo esto no es casual, Martin. Es una reacción en cadena, como cuando se tienen varios bloques de dominó y se hace caer uno… su fuerza empuja a los demás. André dice que es el equilibrio del mundo. Durante los últimos años se han producido eventos tendientes a romper el equilibrio. Los Primigenios, desterrados por los mismos humanos que los adoraban, intentarán volver, y la casualidad no existe en el Universo

- ¿Quieres decir que todo esto ocurre a propósito?

- No exactamente, pero piensa en esos eventos: el nacimiento de las gemelas, el accidente de Dubois, el experimento de André… mi accidente. Y luego Dubois movió sus fichas, prácticamente nos fabricó, fabricó a la gestalt. Cuando mató a Michelle, nosotros nos acercamos y luego rompimos las barreras que impedían la sinergia. Dubois lo provocó y…

- Me niego a creer eso. Significaría que el hombre no es artífice de su propio destino y que dioses o demonios mueven los hilos del universo.

John se puso de pie y se acercó a su amante.

- Significa que somos parte activa en un enorme modelo matemático de infinitas variables, tantas que es imposible predecir su comportamiento más que aplicando técnicas avanzadas y aún así, con enorme posibilidad de error – respondió John, tratando de explicar en forma sencilla lo que le transmitía André -. Hay muchos escenarios posibles. De hecho, hay infinitos… pero en uno solo de ellos, todos los hechos se enlazan como en el momento actual. En otro escenario, André pudo no comprar a las gemelas, el accidente pudo no ocurrir, nosotros pudimos no enamorarnos… Lo que ocurrió aquí es porque así lo elegimos.

- ¿Y Dubois?

- Él es una pieza más pero trató de manipular el modelo. Y el que haya tratado de hacerlo es una variante más del mismo modelo. André dice que en la Teoría Cuántica se pueden tener múltiples estados de cualquier objeto y hay una paradoja clásica sobre el gato de Schrodinger, en la cual el animalito puede existir a la vez en dos posibles estados: muerto y vivo, pero al estar en una caja negra, nadie puede saber en qué estado está, y el hecho de asomarse a mirar, cambia su estado. Es lo que pasa con nuestro modelo. Tenemos infinitos universos paralelos: los escenarios. Nadie es capaz de predecir su comportamiento y el intentar hacerlo y mirar, alterará el resultado. Es por eso que los hilos del universo son tan complejos de manipular.

- Déjame entenderlo. El equilibrio del mundo está por romperse a causa de que los Primigenios, con Lod a la cabeza, pretenden volver. Toda esta cadena de eventos está modificando este equilibro y… ¿nosotros tenemos que enderezarlo?

- En este universo paralelo, sí. La entropía mide el grado del desorden o caos en un sistema y tiende a aumentar en el tiempo. Sin embargo, si el sistema se ordena, es porque recibe energía externa. Nosotros somos esa energía, de este modo se mantiene el equilibrio. Pero si no somos nosotros, la energía se canalizará de otro modo.

Martin asimiló las palabras, una a una. El cerebro parecía querer estallarle, pero finalmente aceptó la aplastante lógica de André.

- Somos artífices de nuestro destino – dijo, convencido -. Y no soy matemático ni físico, pero estoy seguro de que Dubois se irá de Francia. Irá a Ecuador, donde todo empezó. Y allí lo cazaremos. Demonio o no, lamentará haber nacido.


3


Al día siguiente, Aristide confirmó lo dicho por Martin. Antoine Dubois había partido rumbo a Quito, con su pasaporte a nombre de José Antonio Espinoza.

Aunque John trataba de actuar con normalidad, se había sumido en una profunda depresión. Se recriminaba a cada instante su debilidad y ni siquiera tenía deseos de visitar a Kurt y Alain. También se mantenía ajeno a los preparativos de Martin para enfrentar a Lod. A pesar de que había dejado en claro que no quería secretos, sentía temor a que Antoine supiera a través suyo qué era lo que pensaban hacer; y estaba asustado por una idea que iba tomando fuerza en lo más profundo de su mente.

Tampoco había vuelto a tener sexo con Martin.

No era que el francés lo rechazara, dormían juntos como siempre, pero John no se había sentido preparado para esa clase de contacto y Martin no se lo había exigido. Ambos tenían miedo, y se preparaban a su manera para el encuentro final con Dubois.

Dos días después del incidente con el Hombre de Negro, Martin apareció con un costoso reloj Rolex Cellini de oro blanco, que puso en la muñeca de John.

- Acéptalo, por favor. Significa mucho para mí – había pedido, y John no había tenido corazón para negarse.


4


John jugaba con la cadena de su reloj y divagaba, tratando de dilucidar más claramente su papel en el modelo matemático del universo. André le proporcionaba tantos datos que le era difícil asimilarlo todo a la vez. Se concentró una vez más, buscando contacto con Antoine.

Nada.

Ya no podía sentirlo, pero no estaba seguro de que Antoine no pudiera sentirlo a él.

Aristide y Martin estaban frente a él, trabajando y John se levantó de la mesa del estudio, donde había estado simulando que leía. Deseaba sustraerse unos momentos de la reunión que estaban celebrando y no se le ocurrió otra cosa que ir a visitar a los dos ingenieros.

- ¿Tardarás, John? – preguntó Martin, alzando la vista del computador. En ese momento, Aristide abría un compartimiento y sacaba una pesada espada, con intrincadas figuras en la empuñadura.

El canadiense negó con la cabeza.

- Voy a ver a Kurt y Alain. Hace mucho no tomo café con ellos.

“Ten cuidado, mon amour”

Cuando John cerró la puerta, alcanzó a oír la pregunta del Ejecutor.

- Jefe, ¿estás seguro de querer volver a usar la espada?

5


- No es el fin del mundo si te acostaste con el Hombre de Negro – declaró firmemente Alain –; además, por las fotos que vi, el sujeto no tiene desperdicio.

- No lo hice por eso – protestó John, esbozando su primera sonrisa en varios días.

- Lo sé, mon cher. Lo hiciste por salvar su alma. No tienes que avergonzarte de tus buenas intenciones.

- El infierno está lleno de ellas – murmuró el canadiense, mirando su taza de café.

Kurt entró en ese momento, hablando por el teléfono inalámbrico.

- Sí, jefe. Está aquí. Y ya conseguí un nuevo teléfono satelital y el equipo de alpinismo que pediste. Hice las reservaciones para mañana por la tarde, para dos personas. Te comunico con Alain para detalles técnicos – dijo, arrojando el inalámbrico al inválido, que lo atrapó al vuelo.

- ¿Nos vamos a Ecuador? – preguntó John.

- Así es.

El canadiense suspiró.

- Espero que Martin sepa lo que hace.

- Lo sabe – dijo Kurt, poniéndole la mano en el hombro -. No es la primera vez que se enfrenta a algo así… aunque ese Lod es mucho más poderoso.

- ¿Martin se ha enfrentado a un demonio como ese?

Alain cortó la comunicación e intercambió una mirada con Kurt. Luego, el rubio se encogió de hombros.

- Si leíste los archivos, quizá hallaras el caso de Azazel, una súcubo… ella tomó posesión de una mujer francesa, Gilberte Rioux. Era novia de Martin cuando tenía veinte años.

- No recuerdo ese caso.

- Quizá Martin lo borró – dijo Kurt suavemente -, estuvo muy afectado. Nosotros lo descubrimos cuando vaciábamos la información en el sistema, investigando sus notas y leyendo entre líneas. Ya lo conoces, suele tomarlo todo con mucha sangre fría, pero este caso casi se le va de las manos. Luego nos lo contó todo. Él se acostó con la demonio.

Es el poder de seducción de los demonios, la frase dicha por Martin tuvo sentido entonces para John. Ese era el motivo por el que su amante había querido protegerlo de Antoine.

- ¿Y qué pasó?

- Tuvo que matarla… el Círculo se lo exigió. La decapitó con la Espada de los Eones, una antigua reliquia de su abuelo que usaban los Antiguos para combatir a los demonios. Esa fue una de las razones por las que dejó el Círculo… le costó mucho aceptar lo que había hecho.

- ¡Esa espada! – exclamó John – lo vi con ella esta tarde.

- Es lo que pensamos. Es el único medio seguro que conoce… confiemos en que tenga éxito.

6


En el camino de vuelta a la casa, John le seguía dando vueltas a su idea, convencido de que el don que le había sido conferido debía servir para algo.

“El amor nunca falla”

¿Sería esa la respuesta? Ya lo había ayudado una vez, cuando el amor de Martin lo había sustraído de los brazos del Hombre de Negro.

¿Sería suficiente?

”Siempre”, fue la respuesta de André. El amor es una reacción química en la hipófisis que genera endorfinas que dan la sensación de euforia, felicidad, atracción, entre otras emociones placenteras. Las emociones placenteras logran que la energía fluya más libremente y que el cerebro actúe con mayor precisión”.

Aunque esa no era la idea que John tenía del amor, el resultado era el mismo.

Y eso fue lo que finalmente lo decidió.

Tomó un taxi y se dirigió a una casa de empeños; al salir de allí, hizo algunas llamadas y luego volvió a casa.

Martin lo esperaba, esta vez sin Aristide.

7

- Mañana partimos a Ecuador – dijo Martin, acercándose a abrazarlo -. Reservé dos pasajes, pero si no quieres ir, lo entenderé. Aristide ya partió con todo lo necesario.

John no preguntó, sabía que “todo lo necesario” incluía armas y con toda seguridad, la espada. Aristide tenía medios de sacar esa clase de cosas del país.

- Sé lo de tu novia y el demonio… los muchachos me lo contaron… debiste decírmelo – susurró, acariciándole la mejilla.

- Pasó hace mucho… y no hubiera servido de nada. ¿Entiendes por qué temía por ti? “Porque si te hubiera poseído ese demonio, jamás habría podido matarte”.

- Lo sé… lo presentía de algún modo. Iré contigo, no dejaré que te enfrentes a Dubois tú solo.

Subieron las escaleras abrazados. Al pasar por el estudio, vieron a Jenny y Janie concentradas en el computador. John cerró despacio la puerta del dormitorio.

- ¿Me dejarás cuidar de ti, Martin Hellstorm? – susurró, echándole los brazos al cuello.

Martin sonrió y dejó que los labios de John explorasen los suyos.

- Mmm, no sé – murmuró, juguetón -. ¿Servirá de algo si me resisto?

- No…

”Prometo que seré cuidadoso”

- ¿John?

- No digas una palabra.

John lo arrojó sobre la cama, palpando su cuerpo a través de la delgada tela de la camisa. La sorpresa de Martin fue reemplazada por una creciente excitación al notar la dureza que se presionaba contra sus piernas.

- ¿Ansioso? Déjame un poco más… tú me enseñaste esto – ronroneó John.

El canadiense se montó a horcajadas sobre su amante y le soltó el cabello. La respiración de Martin empezaba a agitarse y su cuerpo, a despertar. John era una deidad pagana excitándolo cada vez más con sus caricias. El francés echó hacia atrás la cabeza, dejándolo hacer, y John no necesitó mayor incentivo para desabrochar los botones de la camisa y llenar el torso de Martin de besos y lengüetazos hábilmente administrados.

- Quiero poseerte, Martin Hellstorm.

Antes de que el francés pudiera protestar, la mano de John se deslizó bajo sus pantalones, provocándole una placentera fricción.

”Johnny, yo nunca…”

“¿Crees que no lo sé? ¿Acaso no quieres hacerlo?”

“Lo quiero… serás el único que recorrerá ese camino”

- Oh, Martin…

- Lo quiero todo…

”Todo”

Con manos febriles, John empezó a desvestir al hombre tumbado en la cama. Sentía un anhelo desesperado por mostrarle a Martin todo lo que sentía por él, por tomarlo y hacerle sentir el placer que muchas veces él le había hecho sentir. Quería amarlo…

Amarlo…

Y quitarse de la mente el recuerdo de Antoine.

Martin jadeaba su placer, aferrando las sábanas. Jamás habría permitido una intromisión así en su cuerpo, pero a John se lo entregaría todo. John era el único que había tocado su alma, podía hacer con su cuerpo lo que quisiera.

Los labios de su amante sobre su miembro eran ardientes, su aliento lo abrasaba y sus dedos, hurgando sus más recónditos secretos, eran puro fuego al que quería entregarse como nunca antes había deseado algo.

El francés alzó las caderas, ofreciéndose sin vergüenza alguna.

- Hazlo ya, John - fue la súplica.

El canadiense se apresuró a complacerlo.

Sus manos unidas y sus ojos haciendo contacto, íntimos y enamorados, tan sólo ellos dos.

“Nunca pensé entregarme así a nadie”

“Eres mío, Martin”

John dejó que su miembro se abriera camino en las cálidas entrañas de su amante, recorriendo un camino inexplorado, conteniéndose con todas sus fuerzas para no acabar allí con toda esa fricción enloqueciéndolo.

- Te amo – afirmó y comenzó a ondular, saboreando las sensaciones que le provocaba a Martin, sabiendo que el francés había gozado provocándoselas también.

- Nunca me podré saciar de ti.

Sus manos seguían unidas y sus ojos compenetrados. John no deseaba perderse detalle del amado rostro contrayéndose de placer. Y su amante correspondía a todas esas atenciones, jadeando al sentir la fricción del vientre de John contra su miembro.

- Tócame… quiero acabar en tus manos – suplicó el hombre.

Una mano de John cerró su sexo y empezó a masajearlo, mientras se adentraba más y más en su interior. El orgasmo llegó entre espasmos y Martin lo sujetó, buscando sus labios.

Se besaron y entonces John suspiró.

- Te amo, Martin. Por favor, perdóname, pero esto es necesario.

El canadiense embistió una vez más y se dejó ir dentro de su amante, sin perder el contacto visual. Concentró toda su energía en lo que pensaba hacer, actuando como había visto actuar a Antoine; y cuando los confundidos ojos de Martin se abrieron con espanto, lo besó, sujetándolo firmemente a la cama. Sintió la energía fluir desde la mente vulnerable del francés y se separó poco a poco de él.

- Te amo…

Con lágrimas en los ojos, se echó una bata encima, arropó a Martin y se dirigió al refugio de las gemelas.

- André, necesito que me muestres la ubicación de esa cueva.

8


Momentos más tarde, John cerraba la puerta de la casa de Martin y tomaba un taxi que lo llevaría al Aeropuerto Charles De Gaulle.

Llevaba uno de los trajes que su amante le había obsequiado, pero en su muñeca no estaba el reloj, que había dejado en la casa de empeños para procurarse dinero.

Metió la mano al bolsillo y palpó el Amuleto D’Amballah, pieza olvidada en el extraño rompecabezas que vivía. En su otro bolsillo había un tosco croquis de las montañas en Cuenca, donde una cruz señalaba el refugio de Lod.

- Lo siento, André… lo siento…

Las gemelas habían sido reducidas del mismo modo que Martin y por un momento, John temió que André se arrojase sobre él, pero el físico había permanecido inmóvil, aunque no ignorante de lo que sucedía y John había cerrado su mente para escapar de él.

Concentrado en su próximo destino, no reparó en los tres hombres que lo seguían.

Hombres jóvenes y vestidos de negro.

Los hombres del Círculo.

 

 

Capítulo 18

In my rear view mirror the sun is going down
Sinking behind bridges in the road
And I think of all the good things
That we have left undone
And I suffer premonitions
Confirm suspicions
Of the holocaust to come.

Two suns in the sunset – Pink Floyd


1

Ecuador

John llegó a Quito a las nueve de la mañana, hora de Francia, aunque aún era de madrugada en Ecuador. Apenas había puesto un pie en el Aeropuerto de Quito, se había dado cuenta de su enorme temeridad al emprender ese viaje solo, sin conocer el idioma español y sin estar familiarizado con la región, pero a la vez, estaba convencido de que le correspondía cumplir con el papel que le estaba destinado.

Había pasado un susto enorme cuando pensó que lo detendrían a causa del amuleto d’Amballah, pero ni el detector de metales del aeropuerto de París ni el de Quito lo habían descubierto.

Y eso hizo que se convenciera más y más de que hacía lo correcto.

No había contratado una agencia de viajes por temor a que Kurt y Alain pudieran rastrearlo, de modo que se encaminó a la oficina de orientación turística del aeropuerto para informarse de los medios de transporte a Cuenca. La joven que lo atendió pareció simpatizar inmediatamente con él y le informó cómo llegar al Terminal Terrestre donde podía abordar un bus que partía a las seis de la mañana.

John prefirió esperar en el Terminal antes que buscar un hotel. Lo hacía en parte para ahorrar y en parte para evitar que pudieran hallarlo, así que se quedó dormitando en un duro asiento hasta que las oficinas de las agencias de autobuses empezaron a abrirse.

El viaje duraría diez horas, tiempo suficiente para descansar. Además, le habían informado de un lugar donde podría hallar un guía que hablara algo de francés.

Más aliviado con eso, John se dispuso a dormir, sabiendo que al día siguiente necesitaría todas sus energías para localizar la cueva.

Eran las cuatro cuando llegó a Cuenca. Estaba cansado aún por el cambio de horarios, pero sabía que no tenía tiempo que perder. Aunque le había pedido a Martin que no lo siguiera, estaba seguro de que el francés haría lo contrario, por eso debía apresurarse.

Tuvo la suerte de conseguir el guía que le habían recomendado y que podía llevarlo hacia las montañas, en la región de Cabogana, donde se hallaba la entrada a la cueva. Partirían al día siguiente, a las seis en punto. Dedicó el resto de la tarde a adquirir un equipo de alpinismo y a buscar un hotel discreto. Esa noche, sus sueños estuvieron plagados de pesadillas.

2


París

Martin abrió los ojos y se estiró, confuso, en medio de las mantas. Sonriendo a medias con el recuerdo del lujurioso John de la noche anterior, tanteó en busca del amado cuerpo, para encontrarse completamente solo en la enorme cama.

”Johnny”

En su mente sólo estaba el eco de su propia voz.

- ¡John!

Se levantó de un salto y tuvo que sujetarse de la pared, acometido por un súbito mareo.

Jenny apareció, tambaleante, con el terror más vivo pintado en el rostro.

- ¡John!

La chica tomó un sobre que estaba junto a la mesita. Martin se lo arrebató de las manos.

Lo siento. Simplemente no podía permitir que tú hicieras esto. Yo cometí un error, es mi responsabilidad arreglarlo y creo saber cómo hacerlo. Por favor, no me sigas. Si tengo éxito, volveré a ti; si fracaso, igualmente siempre estaré a tu lado.

Te ama, John

El francés arrugó el papel y lanzó una sarta de maldiciones en italiano. Su mente, todavía confusa, empezó a recordar.

”Se ha ido”

“¡SE HA IDO!”

Jenny temblaba en un inútil esfuerzo por hablar, y Martin le ordenó volver al refugio, prometiéndole ir allí apenas resolviera algunas cosas.

Tambaleándose aún, entró al baño y se dio una ducha fría que le devolvió la ecuanimidad. Al salir ya era el hombre práctico de siempre. Miró el reloj rápidamente y tomó el teléfono.

- Kurt, necesito un pasaje a Quito en el próximo vuelo que salga. Y también un pasaje de Quito a Cuenca en avioneta. No me importa si tienes que alquilarla o comprarla o lo que sea.

- ¡Hombre! Son las cuatro de la mañana… - protestó él, con voz soñolienta -. ¿Dónde demonios estás?

- En casa. Hazlo ahora, John partió solo anoche… creo que está en peligro.

- ¿Anoche? El vuelo de ustedes salía el domingo en la noche. Hoy es martes.

- No puede ser… – exclamó Martin, comprobando la fecha en su reloj. Kurt tenía razón, había perdido casi dos días -. ¡Maldición! Hazlo, Kurt. Es importante.

Cortó la comunicación. Sabía que sus palabras harían que el menudo ingeniero moviera cielo y tierra para conseguirle un vuelo a Ecuador.

Se vistió con jeans gastados y una cazadora de cuero, lamentando no poder llevar un arma porque Aristide las había llevado ya. Tomó el teléfono y se comunicó con El Ejecutor. Estaba en Cuenca, ignorante de todo, esperándolos. En breves palabras, Martin le informó de la situación.

- Consigue un guía confiable que conozca las montañas y no hagas nada más hasta que yo haya llegado.

Apenas colgó, recibió una llamada de Kurt.

- Hecho, jefe. Sales en una hora. Carlos Gutiérrez te esperará en el aeropuerto de Quito y te llevará a Cuenca.

- Te debo una, niño genio. Ven a casa con Alain. Vigilen a André hasta que yo vuelva. Las gemelas estarán alternativamente conmigo, me ayudarán a localizar a John.

Bajó las escaleras hacia el refugio, pero el sonido del celular lo hizo detenerse de nuevo.

- Martin, no tengo mucho tiempo… ellos van para allá….

Era la voz de Thelma, alterada como nunca antes, hablando en susurros. Martin tuvo que sujetarse de las paredes cuando por fin el secreto del Círculo le fue revelado.

Todo parecía encajar…

Es una reacción en cadena, como cuando se tienen varios bloques de dominó y se hace caer uno… su fuerza empuja a los demás.

La casualidad no existe en el Universo.

No existe…


3


Ecuador, ciudad de Cuenca

John miró el reloj con impaciencia. Eran las ocho de la mañana y el auto que lo llevaba avanzaba traqueteando lentamente por el viejo camino sin asfaltar. El guía soltaba de cuando en cuando algún taco en español y se quejaba de que la paga no era suficiente para dar semejante rodeo, pero John se mantuvo inflexible: llegarían a la montaña por el camino antiguo, del que se decía que en tiempos remotos había sido un lugar que los Cañaris e Incas (antiguos pobladores de la zona) evitaban con reverente temor, y únicamente acudían una vez al año llevando ofrendas cuya naturaleza se desconocía.

La mirada del canadiense se perdió entre las montañas, tratando de deducir su ubicación. Estaba tan concentrado en las alturas que no notó una camioneta todo terreno, con lunas polarizadas, que subía silenciosamente por el serpenteante camino. El guía sí lo notó, pero pensó que se trataba de más turistas excéntricos y empezó a preguntarse si habría algún fenómeno extraño que pudiera atraerlos, algún hallazgo arqueológico o lo que fuera.

- Deténgase, por favor. Es por allí – dijo John, señalando un sendero pedregoso.

El guía lanzó otra maldición, no era posible seguir en el vehículo por donde se le indicaba. Apenas se detuvo, el canadiense se apeó, con la mochila a cuestas. Entonces, reparó en el vehículo que los seguía y retrocedió, preocupado, aferrando el amuleto en su bolsillo.

Se hallaba en mitad de la montaña y la camioneta estaba lejos aún, pero le trajo un mal presentimiento. Intentó correr, pero no había dónde. La vegetación no era abundante como para ocultarlo y no quería involucrar al guía. Deseó tener la sangre fría de Martin, pero estaba aterrorizado.

Uno de los hombres se apeó también y le apuntó con un arma. Era mayor, tenía el rostro curtido por el sol y el cabello negrísimo.

- ¡Quédese donde está, Storm! – gritó -. Dispararé si se mueve.

Otros dos hombres salieron rápidamente y corrieron hacia ellos. John se estremeció al ver sus negros ropajes y comprendió de pronto que eran hombres del Círculo.

La casualidad no existe en el Universo.

- No… no, por favor

Fueron rodeados por los tres extraños, un final absurdo para la aventura que había planeado. John no podía permitir que eso ocurriera, pero su principal preocupación era que soltasen al guía.

- Dejen libre a este hombre, sólo me condujo hasta aquí – pidió.

- Cállese, Storm – replicó el hombre mayor -. No les haremos daño, sólo los acompañaremos al lugar a donde van.

- Buscábamos el camino a la cima, pero temo que nos extraviamos – mintió John –. Será mejor volver al camino principal.

- Tonterías. Usted va en busca de una cueva. La Cueva del Principio de Todo. Y va a llevarnos allí – espetó el hombre -. Ahora, muévase.


4

Vuelo a Ecuador

El avión de Air France volaba sobre el océano y Martin miraba por la ventanilla con el semblante tenso. En esos momentos, deseó que el Concorde siguiera volando. Su impaciencia iba en aumento porque ya era de mañana en Ecuador y según sus cálculos, John habría llegado el día anterior a Cuenca por tierra, ya que no había vuelos comerciales desde Quito a esa ciudad. Era muy probable que en ese momento John estuviese en camino a la cueva.

El francés estaba seguro de que John conocía exactamente la ubicación de la entrada a la cueva, recordaba aún cuando André les dijo que podía deducir la ubicación y se maldijo interiormente por haber estado concentrado en ultimar otros asuntos del viaje, dejando para la noche en la que debía partir con John el averiguar ese detalle.

Pero no habría podido imaginar que John le haría eso. Y sin su amante, era imposible conocer lo que André transmitía.

Trató de establecer nuevamente el contacto mental. Podía percibir a John débilmente, pero no podía localizarlo. Sólo las gemelas podían hacerlo. Ellas sabían siempre dónde se encontraba cualquier miembro de la <i>gestalt</i> y podían ir hacia él. Martin les había indicado que lo buscaran a las dos de la tarde, hora de Ecuador, tiempo en el que calculaba encontrarse también camino a la cueva.

Pero la espera lo estaba matando.


5

Ecuador, ciudad de Cuenca

John se maldijo interiormente mientras avanzaban por un rocoso sendero. Finalmente, su captor, el hombre alto que dijo llamarse Dirk Nordman, le había quitado el croquis y el amuleto, y apuntándole siempre con el arma, hizo que recorrieran la ladera de la montaña en busca de la entrada a la cueva.

De pronto, el cielo se oscureció anunciando una tormenta y una bandada de pájaros pasó sobre sus cabezas, agitándoles el cabello. John lo tomó como un buen presagio y su respiración se normalizó un poco. La comitiva avanzó un poco más, hasta llegar a su destino.

Al encontrar la entrada, John miró hacia la escarpada pendiente, tratando de imaginar a Antoine, niño, sujetándose de los matorrales hasta quedar inmóvil entre las rocas y encontrar luego la cueva, oculta a la vista por grandes peñascos que disimulaban su entrada.

Desde lejos, parecía la cueva de un zorro o el refugio de un puma; sin embargo, Nordman la había llamado “La Cueva del Principio de Todo” y André había señalado su entrada haciendo complejos cálculos con la información almacenada en su cerebro acerca de su accidente.

- Usted primero – dijo Nordman, en inglés, al aterrado guía, entregándole un casco provisto de luz -. No sea cobarde, la entrada debe ensancharse una vez dentro.

El guía se arrastró, gateando, y fue seguido por otro de los hombres del Círculo. Nordman le entregó a John un casco similar, sacado de su propia mochila.

- Ahora usted, Storm.

John obedeció, lamentando no tener más fuerzas para emplear el truco de Antoine y extraer la energía de esos hombres. O quizá los hombres del Círculo estuvieran más preparados para resistírsele.

Unos veinte metros dentro, la cueva se ensanchaba hasta permitirles caminar erguidos. Deslizaron una cuerda hacia la primera plataforma, a doscientos cincuenta pies de la superficie. Desde allí, hicieron dos descensos más de igual profundidad.


6


John había perdido la noción del tiempo. Su reloj se había detenido a las once de la mañana, pero por el sonido de su estómago, juzgó que era hora de almorzar. El camino que seguían era plano, por lo que sus captores los habían atado, aunque les seguían apuntando.

Los pasajes que recorrían formaban perfectos ángulos rectos. Algunas veces eran estrechos; otras, anchos. Las paredes eran suaves y parecían haber sido pulidas. Los techos eran lisos y en ocasiones parecían tener un extraño brillo, como si hubieran sido vitrificados.

Era evidente que esos pasajes no se habían formado por causas naturales.

Se detuvieron en la entrada de una cámara tan grande como el hangar de un avión. Parecía ser el centro de distribución hacia los otros túneles. Nordman sacó una brújula, pero la aguja de ésta no se movió.

- Debe haber algún tipo de energía que interfiere los aparatos – murmuró por lo bajo y consultó el croquis de John - . Por aquí.

En el umbral de uno de los pasajes encontraron un esqueleto, prolijamente alineado a un lado y cubierto de un polvo dorado que hacía que los huesos refulgieran a la luz de las lámparas.

Un olor paralizó momentáneamente los sentidos de John.

Perfume de sándalo

Él estaba allí, estaba cerca.

- Es un placer verlo de nuevo, John. Es usted conmovedoramente predecible.


7


- Gracias, amigo mío. Estoy en deuda con usted – dijo Martin, estrechando la mano del general que lo escoltaba -. Antes de volver a París, pasaré a despedirme.

- Si necesita algo más, doctor Hellstorm, no dude en llamarme - el militar hizo un saludo marcial y abordó la avioneta que acababa de dejarlos en el pequeño aeródromo de Cuenca.

Martin se despidió agitando la mano y abordó el jeep que lo llevaría al hotel donde lo esperaba El Ejecutor. Eran la una de la tarde y si sus cálculos eran correctos, John estaría ya en la cueva.

Dio algunas instrucciones en español al conductor del vehículo, agradeciendo interiormente a Kurt por haber localizado al general Carlos Gutiérrez, antiguo agregado militar en París y ahora a cargo de una importante región militar en Quito. Durante su estancia en Francia, el general había sido involucrado en un caso de tráfico de objetos pre-hispánicos y Martin lo había ayudado, desenmascarando a su edecán, que resultó ser un hombre del Círculo. Gutiérrez le había dicho que si algún día necesitaba su ayuda, no dudara en pedírsela, y esa era la razón por la que Martin había llegado a Cuenca en media hora, a bordo de una avioneta militar, y de que ahora se desplazara en un jeep militar conducido por un oficial de confianza de Gutiérrez, con instrucciones de llevarlo a donde quisiera y hacer lo que se le pidiera.

Sí, había sido una suerte que Kurt hubiera localizado a Gutiérrez.

La casualidad no existe en el universo.

No existe.

No…

- ¡Basta!

- ¿Perdón? – el oficial, un Mayor de apellido Peña, lo miró extrañado.

- Lo siento. Hablaba conmigo mismo. Suelo hacerlo – explicó el francés -. Deténgase allí.

Aristide, avisado previamente por teléfono, lo esperaba en el frontis del hotel, con dos enormes mochilas de alpinista y el guía nativo que había contratado. Subió al vehículo y susurró a su jefe:

- No he visto a John, pero ayer vi merodeando por aquí a El Holandés y a dos que no conozco.

Martin frunció el entrecejo. El Holandés era el apodo de Dirk Nordman, otro veterano de Vietnam, del mismo Escuadrón de la Muerte al que Aristide había pertenecido. Eran enemigos ahora y el francés nunca había sabido el motivo de esa enemistad.

- Sabía que el Círculo había enviado a alguien. Si vino Nordman, sólo demuestra que esto tiene para ellos una gran importancia.

- ¿Sabes cómo llegar a la cueva? – preguntó Aristide, preocupado. Él había estado cerca de descubrir cómo llegar durante su segundo viaje a Ecuador, pero había sido forzado a volver –. El guía conoce bien la región, pero podría tomarnos horas hallar la entrada…

- Jenny y Janie me guiarán. Confía

En breves minutos se hicieron las presentaciones y luego Martin se volvió al oficial:

- Ahora, Peña, gánese una recomendación especial a su jefe. Lléveme enseguida a las montañas de Cabogana. ¿Cuánto tiempo nos tomará?

- Cuarenta y cinco minutos por el camino habitual…

- Quiero dar un rodeo por ellas, hacia la zona del camino perdido.

- Entonces puede tomar una hora y media, quizá más… el camino no se usa desde hace años, no sé si estará transitable.

- Debemos llegar en una hora, como máximo – dijo con firmeza Martin -. Déjeme al volante, nuestro guía me indicará el camino.

Intercambiaron rápidamente de asientos y Martin tuvo que agradecer a la férrea disciplina castrense, pues el Mayor Peña no había puesto reparos a su pedido y tampoco había dicho nada cuando, ya en las afueras de la ciudad, Aristide abrió las mochilas y le entregó la automática.

Eran las tres de la tarde.


8


Se encontraban en el medio de un gigantesco salón, cuyas medidas calculó John mentalmente en 153 por 164 yardas, más por distraer su mente de la angustia que había empezado a sentir, que por interés verdadero.

Había una especie de mesa en medio de la habitación, rodeada por siete ¿sillas?. Había también animales tallados detrás de las sillas: dinosaurios, elefantes, leones, cocodrilos, jaguares, camellos, osos, monos, bisontes y lobos. No había orden en su distribución, no estaban ordenados en pares, ni por especies, simplemente estaban allí, moldeados en sólido metal.

Al otro lado del extraño zoológico, habían, apiladas, placas y placas de metal como las que José Paz había mostrado a Martin en su viaje a Perú.

Con un estremecimiento, John reconoció la cueva como la que vio en su mente al tocar a José Paz en esa ocasión.

- Baje las armas, Nordman. No las necesitará aquí – ordenó Antoine, con voz firme; y para sorpresa de John, sus captores obedecieron sin dudar.

- ¿Él está cerca? – preguntó Nordman, con voz reverente.

Antoine rió.

- Más cerca de lo que cree. Entrégueme el amuleto que le quitó a Storm.

John supo que hablaban de Lod y trató desesperadamente de liberarse de sus ligaduras, pero sólo consiguió hacer sangrar sus muñecas.

”Ayúdeme y lo ayudaré… sé que desea librarse de Lod”, gritó a la mente de Antoine.

”Nadie puede ayudarme ya”

El Hombre de Negro les señaló un pasaje al final de la galería y avanzaron hacia allí.

- Apaguen las lámparas – ordenó, sujetando firmemente el brazo de John. ”No se mueva y no intente nada, o lo mataré”

Obedecieron, internándose en la negra oscuridad en la que únicamente se oía un rítmico palpitar, el palpitar de algo vivo, algo grande, algo…

Una luz cegadora inundó la habitación y John contuvo un grito al notar que estaba frente a la criatura que lo había atormentado en sus pensamientos. Los tentáculos del ser se movían haciendo aún más aterradora la visión de Lod, pues ahora era real y no un producto de su mente.

Y para su sorpresa, los hombres del Círculo se postraron ante el más antiguo de los Primigenios.

Entonces, un pensamiento, veloz como una saeta, se abrió paso en su mente, haciéndolo estremecer porque había entendido al fin el secreto del Círculo.

El secreto de tantos siglos de espera y de preparación para algo. Un secreto celosamente guardado ¿para qué? ¿Por qué ellos recogían evidencias de fenómenos y las analizaban, aguardando… siempre aguardando…? Era tan simple… Buscaban incansablemente señales del regreso de los Primigenios. Querían el poder absoluto a través de ellos.

El poder…

Los seres humanos siempre buscan el poder.

- Malditos – murmuró con los labios apretados.

A sus palabras siguió el gemido angustiado del desgraciado guía, quien, incapaz de moverse, contemplaba con horror la carne escamosa y los pequeños tentáculos que rodeaban al ser.

Antoine oprimió más el brazo que le sujetaba.

”¿Quiere ver cómo funcionan las serpientes, John? Desentrañemos juntos el misterio de Chauchilla”

John jadeó, conmocionado, cuando una enorme serpiente de luz se materializó en el aire, respondiendo a las palabras pronunciadas por Antoine, que sujetaba el Amuleto d’Amballah. El ser voló en espiral, haciendo vertiginosos círculos y todos la miraron, fascinados, hasta que penetró por la boca y nariz del guía, quien sólo pudo gritar.

El canadiense se debatió, desesperado, en los brazos de Antoine, tratando de correr a auxiliar al guía, pero su captor no aflojó el abrazo hasta que los gritos cesaron y el infeliz comenzó a retorcerse en el estertor de asfixia final. La serpiente desapareció al mismo tiempo que Antoine lo liberaba. John corrió hacia el guía y se arrodilló a su lado, sollozando y maldiciendo.

- Requiescat In Pace - murmuró Nordman alzando la mirada. El ojo afacetado de Lod contemplaba los despojos y al hombre sollozante junto a ellos -. Una fascinante manifestación de poder. ¿Su alma ha ido a parar hacia El Cazador?

- Así es – dijo complacido Antoine.

John abrió los ojos llenos de lágrimas y contempló con odio a la criatura. Nunca había sentido tanto odio por algo y su mente se llenó de imágenes de lo que había sido la vida el hombre que yacía a sus pies: su casa, su esposa, sus pequeños hijos… todo truncado para alimentar al demonio. Todo provocado por esos hombres que lo reverenciaban y por Dubois.

Con los labios apretados, no pudo controlar el temblor que sacudió su cuerpo, débil aún, y dirigió la mirada hacia los hombres del Círculo. Entonces, algo en su interior se hizo añicos y la fuerza que luchaba por contener se desbordó, clamando por las vidas de todos ellos, pugnando por extraer su energía y absorber sus almas.

Antoine fue el único que permaneció incólume ante el repentino ataque. Nordman fue el último en caer.

La nariz de John comenzó a sangrar y su cabeza a doler como jamás le había dolido. De rodillas, fue deslizándose hacia la inconsciencia y se desmoronó lentamente a los pies de Lod.

- Insensato – murmuró Antoine.


9


- ¡Allí! – gritó Martin, señalando los vehículos abandonados casi en medio de la montaña. Jenny y Janie aparecieron a su lado y luego se teleportaron hacia el vehículo de John, registrándolo.

Peña estacionó el vehículo y bajó con su arma de reglamento en alto. Esa tarde su mente había sido sacudida por demasiados hechos insólitos. En otras circunstancias se habría alejado de todo lo que representaba Martin Hellstorm, pero órdenes eran órdenes y no podía traicionar a su superior.

El guía indígena murmuró algunas oraciones y fue el segundo en bajarse. Estaban en la región a la que los suyos más temían y se negó a avanzar más, alegando que ya habían llegado a su destino y que no necesitaba guiarlos.

Martin le dio un puñado de billetes y lo despidió. Que bajase como pudiera, le dijo encogiéndose de hombros, y se dedicó a seguir, con ayuda de Aristide, las huellas en el lluvioso sendero, tenso aún porque seguía percibiendo a John muy débilmente.

Las gemelas fueron las primeras en descubrir el exterior de la cueva. Podían teleportarse dentro, hacia John, pero Martin les había pedido que no lo hicieran porque no sabía qué podían encontrar allí.

De pronto, el francés y las chicas se estremecieron violentamente.

- ¡John! – exclamó Martin -. Dios mío, que no sea tarde…

You stretch the frozen moments with your fear.
And you'll never hear their voices
And you'll never see their faces
You have no recourse to the law anymore

Capítulo 19

Who are you and who am I
To say we know the reason why?
Some are born; some men die
Beneath one infinite sky.
There'll be war, there'll be peace.
But everything one day will cease.
All the iron turned to rust;
All the proud men turned to dust.
And so all things, time will mend.
So this song will end.

Childhood’s end - Pink Floyd


Ecuador, Ciudad de Cuenca

1


John despertó sudando frío y por un momento pensó que todo había sido una espantosa pesadilla y que Martin estaría dormido a su lado. Pero la sensación de encontrarse en el duro suelo y el perfume que flotaba en el aire lo convencieron, antes que abriera los ojos, de que lo ocurrido había sido real.

Se quedó inmóvil, tratando de decidir qué hacer.

Había confiado en que podría encontrar a Antoine solo en la cueva, y que con él y con el amuleto, habría podido destruir a Lod o cuando menos volver a dejarlo dormido.

Pero los hombres del Círculo lo habían trastornado todo y ahora el amuleto estaba en poder de Antoine y él estaba ¿atado? No… sus muñecas dolían pero no estaban sujetas con cuerdas, sino vendadas.

- Abra los ojos, John. Sé que está despierto.

La voz de Antoine resonó en el absoluto silencio de la cueva y John lo miró con rabia.

- Usted causó todo esto.

- Por el contrario, John. Usted mató a esos hombres. Y debo reconocer que lo hizo de un modo impecable. A mí me tomó años lograr el mismo resultado en tan poco tiempo, es más cómodo emplear a las serpientes.

- Yo… - John titubeó, recordando. Y descubrió que si se hubiera hallado de nuevo en esa situación, habría hecho lo mismo. “Lo que usted conoce como el bien y el mal, no existe. Es sólo la falsa moral que han creado los filósofos.” - Dios mío… ¿los maté? ¿Están muertos entonces?

- Pregunta retórica. Desde luego que sí. Sus almas y sus cuerpos alimentaron al Cazador.

- Yo lo hice… - murmuró John – yo… ¿soy como usted? – preguntó con un hilo de voz.

- No – respondió Antoine -. Usted es parte de mí.

- Dios… - el canadiense echó la cabeza hacia atrás, sacudido por esa revelación. Se refugió en la manta que lo cobijaba, tratando de huir de la voz de Antoine, sabiendo de antemano que era inútil, que el hombre decía la verdad.

Había matado. Y estaba horrorizado porque no sentía arrepentimiento, sino una sensación de haber hecho justicia que era infinitamente más aterradora.

¿Era parte del Hombre de Negro? Quizá fuera así, pero también era parte de Martin.

Inevitablemente, sus pensamientos vagaron hacia él, transmitiéndole toda su desazón.


2


Martin y Aristide avanzaron silenciosamente por la galería, iluminando el camino con los haces de luz de sus cascos. El Ejecutor sujetaba su automática, mientras que Martin tenía lista la Espada de los Eones.

El Mayor Peña se había quedado custodiando la entrada a la cueva, con instrucciones de pedir refuerzos si en cuatro horas ellos no aparecían.

Ninguno de los dos hablaba, aunque sus movimientos coordinados evidenciaban que no era la primera vez que trabajaban juntos en una situación extrema.

Jenny y Janie se movían igual de silenciosas, detrás de ellos. Los tres miembros de la gestalt podían percibir ahora a John y sentían la enorme confusión de su mente, la lucha de su cerebro por asimilar una realidad que golpeaba con fuerza todas sus anteriores convicciones, la angustia…

”Estamos aquí”, fue el mensaje seguro de Martin. ”Estamos contigo. Nunca podrás separarte de nosotros. Somos parte de ti”


3


”Martin… ¡Martin!”, clamó la mente de John. Se había sentado en el frío suelo de la cueva y se frotaba las muñecas. Estaba en una cámara más pequeña, sobre un saco de dormir. Una lámpara de batería iluminaba el lugar, en el que había algunos artículos personales, alimentos enlatados, prendas de vestir. Era el refugio de Antoine.

- Hellstorm está aquí – dijo el Hombre de Negro. No fue una pregunta, fue una afirmación basada en lo que él mismo percibía y John supo que negarlo era inútil.

- Usted me quiere a mi, Dubois. No se atreva a dañarlos…

- Lo quiero a usted. Pero usted y ellos son uno. Lo quiero todo, John. ”TODO”

- ¿Por qué? – cuestionó. Dado que había sido cazado en su propia trampa, al menos deseaba poder entender.

- ¿No lo ha adivinado? Ustedes tienen la fuerza que él necesita para salir de las tinieblas a las que fue condenado. Él volverá a reinar como antaño, el segundo advenimiento de Lod tiene que ocurrir. Y ya no hay modo de detenerlo.

El canadiense se sujetó las sienes, un dolor punzante martilleaba sin cesar en su cerebro. Junto a él, en el piso, estaba el Amuleto d’Amballah. Lo tomó, aferrándolo con fuerza, y sus ojos buscaron los de Antoine.

“Ese amuleto ya no le servirá”

- Usted quería que yo viniera solo. Fue usted quien puso esa idea en mi mente, ¿verdad? No fue casualidad que yo supiera cómo invocar a las serpientes… usted me dejó verlo cuando tuvimos sexo, en el momento en que se dio cuenta que no podría tomar mi alma… Usted jugó su última carta, Dubois. ¿Por qué?

Antoine se levantó y comenzó a pasear lentamente por la cámara mientras hablaba.

- Ya no tiene sentido ocultarlo. Ninguno de nosotros tiene el poder para detenerlo… La señal ya llegó, el inicio de una nueva Era está por empezar.

- ¿De qué está hablando? ¿Qué Era?

- Escúcheme, John – dijo Antoine, arrodillándose de nuevo en el piso junto a él -. Escúcheme atentamente porque esta vez seré completamente sincero. Desde que él me salvó supe que yo era diferente. No porque pudiera sentir lo que un demonio antiguo podía transmitirme, sino porque yo era parte de él. Yo era su nexo con el mundo, su medio de conseguir la energía vital que lo alimentaba. Eso me hacía diferente, me hacía poderoso. Pero a la vez me esclavizaba y yo no lo sabía.

Antoine hizo una pausa, escuchando atentamente. Sólo se oía el rítmico palpitar de Lod, en la cámara contigua.

- No tenemos mucho tiempo – murmuró, retomando el hilo de su relato -. Empecé a estudiar, a documentarme para entender lo que ocurría. Y descubrí que podía tomar cosas de las mentes de algunas personas. A veces con tocarlas, a veces con mirarlas… era parte del poder que el Cazador me había conferido. También empecé a soñar con usted, a desear encontrarlo, pero sin saber realmente por qué. Hallé al Círculo durante esa época, aunque su existencia y sus motivos me eran indiferentes. Yo vivía mi vida y hasta cierto punto, era feliz. Pero luego, con el accidente del científico, todo mi mundo cambió. El Cazador despertó parcialmente de su letargo y comenzó a exigir más y más…

- Entonces usted empezó a matar.

- No al inicio… pero luego él empezó a necesitarme más. Por ese entonces descubrí a la entidad que había formado Fauvel con las chicas mudas y vislumbré un modo de liberarme de sus apremiantes exigencias. Luego descubrí a Hellstorm. Pero faltaba una pieza en el rompecabezas para que todo echara a andar. La pieza era usted, John. Y ya le he contado que lo busqué durante mucho tiempo. Todo comenzaba a encajar, a engranar. Usted partió a París con Hellstorm, pero las cosas marchaban demasiado lentas para lo que yo estaba planeando.

- Y usted decidió acelerarlas asesinando a Michelle – espetó John, con rabia.

- Así fue. Lo necesitaba como es ahora, sin los tabúes que le habían sido impuestos. Y no había tiempo, las señales llegarían y entonces Lod sería imposible de detener.

- Por eso se descubrió e hizo que lo encontráramos…

- Acertado de nuevo. Yo vi en usted el medio de liberarme y tomar el lugar del Cazador. El Cazador me convirtió en lo que soy y yo lo convertí a usted en lo que es. Su energía es la mía y la de él. Esa energía, cuadruplicada por el poder de las mentes de sus compañeros, regresaría a mi centuplicada… y yo podría revertir el proceso y dejar al Cazador sumido nuevamente en el letargo o destruirlo… Fue la idea que tuve, por eso intenté absorber su alma, John. Lo intenté y fracasé.

- ¿Y quiere hacerlo de nuevo? – la voz de John era calmada, pero en su interior se ocultaba una creciente inquietud por Martin porque lo percibía cada vez más cerca. Aún así, su ansia por saber era demasiado fuerte.

- No podría, aunque lo intentara nuevamente. John, no lo ha entendido… La señal llegó días después de que hiciéramos el amor. Hubo una conjunción planetaria, Marte, la Tierra y el Sol se alinearon y el Planeta Rojo estuvo junto al nuestro lo más cerca que ha estado en los últimos sesenta mil años. El fenómeno se repite en intervalos regulares… nadie que viva ahora podrá volver a verlo.

- ¿Qué tiene que ver una conjunción planetaria con Lod?

Antoine lo miró con cansancio, como si le costara explicar cosas que consideraba que John debía comprender por sí mismo.

- Hay pirámides en Marte. Las pirámides son estructuras utilizadas para captar la energía psíquica. En esa conjunción planetaria, la cara de Marte en donde están esas pirámides apuntó a la Tierra. La energía latente fue a parar a esta montaña. El Círculo la detectó, venían esperando la señal hacía siglos. Hicimos contacto, les expliqué cómo hallarme… Ellos ya sabían algo de usted. John, ya no deseo destruir a Lod; no podría hacerlo aunque quisiera. Deseo entregarle la última reserva que necesita para salir de esta cueva: usted y sus amigos.

- ¡Usted está loco!

John aferró el amuleto con más fuerza, sintiendo el poder que de él emanaba. Podía invocar a las serpientes, tal como había imaginado. Podía hacerlo y dejar que éstas absorbieran la energía de Lod. ”Combatir fuego con fuego”. Era la salida que había encontrado en París… la razón por la que había emprendido ese viaje sin Martin.

- ¿No entiende aún por qué puse esa idea en su mente? – le gritó Antoine -. Fui yo quien le proporcionó esa visión, cuando entendí que no podía tomar la energía de usted. Lo hice para atraerlo, porque de cualquier modo, con la señal o no, lo necesitaba aquí, solo e indefenso. Acompáñeme, John.


4


- Sentí su voz – dijo Martin en un susurro -. Lo sentí, está asustado. Trata de advertirnos sobre algo, pero no entiendo lo que es.

Aristide asintió gravemente. Su haz de luz acababa de iluminar la primera cámara, posándose sobre el esqueleto cuyos huesos dorados lanzaban destellos.

- Por aquí.

Las gemelas flanquearon a Martin. Ellas podían percibir el palpitar de Lod, el miedo y la angustia de John, la indiferencia de Antoine. Podían percibirlo pero no podían comunicarlo pues la facultad de hablar les había sido negada al nacer.

Se miraron en mudo entendimiento, sabían que John las necesitaba.

Y entonces, a pesar de la advertencia de Martin, desaparecieron y se teleportaron a la cámara en la cual todo se inició.

Martin y Aristide corrieron hacia la cámara donde estaba el zoológico de metal, deteniéndose apenas para orientarse. Las reliquias no tenían ahora ningún valor para el francés, pues lo que más apreciaba se hallaba en peligro.

El instinto le dictó entrar hacia una galería oscura y cuando llegó a la cámara hacia la que ésta conducía, tuvo que hacer un esfuerzo enorme por no gritar.


5


John se hallaba ante Lod, con los sentidos embotados. Había intentado enviar una advertencia a Martin, pedirle que se alejara. Pero el Cazador controlaba su coto de caza, esas tinieblas de roca eran sus dominios. Su fuerza mental lo dominaba todo.

Se sentía atrapado, como un cachorro desvalido junto a su amo cruel. Y pudo comprender el dolor de Antoine, la desesperación que sintió al intentar un acto casi suicida para liberarse y la aceptación final de su destino… incluso el amor que aún sentía hacia la criatura.

Pero su mente estaba en Martin.

Sujetó con fuerza el amuleto entre sus manos. Aunque no le sería útil, quizá fuera un medio de poder obtener la paz. Sus pensamientos volaron hacia Jules Druet, el hombre convertido en zombie y controlado por ese amuleto… los Loa, dioses haitianos, se enfurecían cada vez que el alma le era arrebatada a un humano… ¿Acaso los Loa…?

- ¿Cree que no pensé en eso, John? Quise provocar la ira de los Loa fabricando a ese zombie… No resultó -. La voz de Antoine hizo eco a sus pensamientos.

“El equilibrio tiene que romperse. El Caos debe volver a reinar, como antaño. Los que se llaman a sí mismos Dioses no volverán a intervenir. Su Era ha llegado a su fin”, dijo una voz en su mente y John supo que era Lod. “El Círculo debe volver a cerrarse”

Imágenes fragmentadas inundaron su mente. Mostraban la Tierra, pero no como él la conocía.

Era una Tierra en la que un único continente, Pangea, flotaba en medio del océano. Los Primigenios reinaban allí en ese entonces y contemplaron la creación del mundo, ¿intervinieron en ella? Quizá… No importaba. Una lluvia de fuego y meteoritos marcó el final de esa Era.

Casi enseguida otra visión se formó. ¿Hombres? No… aún no habían evolucionado. Eran homínidos, los rostros alargados y achatados y su corta estatura así lo evidenciaban. Adoraban a Lod… lo reverenciaban mientras él iba consumiendo lentamente sus almas… Imágenes de un culto antiguo, sacrificios, sangre… nada era suficiente para complacer al Cazador de Almas. Los homínidos evolucionaron, los hombres seguían adorándolo, las razas más antiguas le temían.

Entonces todo cambió nuevamente. Una hecatombe, una catástrofe de proporciones bíblicas… ¿El Diluvio? ¿La destrucción de Sodoma y Gomorra? Una lluvia de fuego caía del cielo, mientras que el océano engullía parte de la tierra… Una batalla que se había repetido desde el principio de los tiempos.

Y los Primigenios fueron desterrados… ¿Por quién? ¿Por qué? No había respuestas para eso.

John parpadeó varias veces, azorado.

El ser lo contemplaba con su único ojo afacetado y era como perderse en los rectos ángulos de un diamante, frío, implacable, cruel.

Y de pronto, las gemelas se aparecieron flanqueándolo, con sus enormes ojos asustados.

- Deben irse ahora – dijo firmemente John, sujetando a Jenny del brazo para hablarle mirándola a los ojos.

- Temo que ya es tarde – dijo Antoine, en el momento en que Martin entraba junto a Aristide.


6

Dos fogonazos brotaron casi en simultáneo y El Ejecutor se desplomó con un ronco gemido. Antoine sostenía en la mano una pistola humeante con la que apuntó al francés.

- Quédese donde está, Hellstorm, o le volaré la tapa de los sesos.

Entonces todo se sucedió con una rapidez asombrosa.

Primero, las gemelas se teleportaron hacia Antoine, luchando con él para arrebatarle la pistola, que disparó varios tiros al aire mientras el hombre las trataba de apartar en inútil esfuerzo, pues ellas simplemente desaparecían y aparecían de nuevo.

Mientras tanto, los tentáculos del Cazador ciñeron las piernas de John, atrayéndolo con una fuerza irresistible, al tiempo que su mente se apoderaba del canadiense.

Todo ocurrió tan rápido que Martin apenas tuvo tiempo para analizar la situación y decidir la acción a seguir.

Y esa acción fue correr hacia Lod y enterrar una y otra vez la Espada de los Eones en la palpitante carne, buscando desesperadamente un punto vital.

Un chorro de sangre negra le manchó las manos y un tentáculo le golpeó el rostro con tal fuerza que lo hizo retroceder. Otros tentáculos sujetaron sus pies y le hicieron perder el equilibrio.

Ahora se encontraba frente a John, prisioneros ambos en la blanda carne negruzca de Lod.

- Hola, Johhny. Cambia esa cara de funeral…

- Lo siento – susurró el canadiense con la voz rota y sus ojos se cerraron. Al menos moriría junto a él.

Un sonido burbujeante hizo que el estómago se les contrajera y vieron cómo la espada salía sola, expulsada del cuerpo del Cazador, y caía al suelo con un fuerte sonido metálico.

Frente a ellos, las gemelas habían caído de rodillas, dominadas por la irresistible fuerza de la mente de Lod. Antoine las sujetó por los brazos y las arrastró hacia el ser.

- El Círculo debe volver a cerrarse.

7


Los sentidos aún embotados de John comenzaron a despertar lentamente.

Se hallaba sobre algo blando. Blando, pero vivo… como si estuviera dentro de un enorme molusco, envuelto en su palpitante carne, incapaz de moverse.

No sentía miedo, ni siquiera dolor.

Una sensación de paz comenzaba a inundarle la mente.

”Eso es, John. No se resista… dolerá menos si no pone resistencia”

La voz de Antoine, nítida en su mente, lo devolvió de golpe a la realidad.

Abrió los ojos y vio que estaba rodeado de esa materia viva. ¿La carne del Cazador? ¿Había sido devorado por él?

Intentó hallar a Martin y a las gemelas y los percibió débilmente, lejanos, como si no se encontraran en el mismo lugar.

Quiso hablar, pero su cuerpo no le obedecía.

Estaba laxo, yaciendo en esa oscuridad palpitante que le iba robando poco a poco las fuerzas.

Y entonces, el dolor comenzó.

Déjame que te hable de mí y sabrás lo que el no-ser significa.

La frase tuvo entonces el más cabal de los sentidos, porque en ese momento podía sentir todo el dolor que Antoine había sentido, toda la angustia al perder poco a poco la esencia de su ser. Su alma, si aún existía, estaba siendo devorada lentamente por el Cazador.

Un ser sin alma… un “no-ser”.

Antoine se había convertido en eso… y él se convertiría en lo mismo, segundos antes de morir.

No podía….

No debía permitirlo…

”Martin…”

Una respuesta débil, tan sólo un latido, le dijo que él estaba vivo aún y eso le devolvió la esperanza.

“Lo siento… lo siento tanto…”

La autocompasión se apoderó de él y supo que era un juego más de la mente del Cazador… pero no podía resistírsele.

No podía hacerlo solo.

“Sinergia. El todo es mayor a la suma de las partes…

Es mayor…

Siempre es mayor…”

¡André!

La voz del científico inundó su mente de fría lógica, combatiendo la autocompasión con un hecho constatado que disipó las brumas, las dudas, la indecisión.

Y John comprendió por fin su error de cálculo.

La respuesta siempre se encontró en la gestalt. Ellos, el equipo y no las individualidades, podían destruir a la criatura. Ellos eran un todo…

El amuleto aún se hallaba entre sus manos y lo aferró para sostener su cordura. Lo sujetó con fuerza y su mente se llenó de una idea que comenzó a trabajar.

“Martin… ¡MARTIN!”

Una vez la voz de su amante lo había guiado, sacándolo de su infierno particular para rescatarlo de los brazos de Antoine y de la mente de Lod.

Esta vez, le tocaba devolver el favor.

“Jenny, Janie… Estoy aquí… estoy vivo… “

El lazo, débil al inicio, empezó a fortalecerse, como si un hilo, delgado como un cabello, se empezara a transformar en una sólida cuerda. Una cuerda para atar sus mentes en sólida comunión.

El Cazador se contrajo y John percibió un temor primitivo y visceral. El temor de convertirse en lo que había usado como alimento… el temor no a la muerte, sino a la desmaterialización de su energía.

Y John supo, antes de que André se lo dijera, que se movía en el escenario correcto.

”Una vez roto el dique el agua encontrará su camino”

Su mente, lúcida ahora, comenzó a invocar a la serpiente de luz. Y no tardaron en unírsele cuatro voces más, débiles al inicio, pero seguras.

La materia viva que lo aprisionaba se contrajo de nuevo y John se sintió expulsado al duro suelo de piedra de la cueva.

“¡Deténgase, John!”

La aterrorizada voz de Antoine en su mente sólo hizo que la invocación cobrase mayor fortaleza.

Una mano sujetó la suya con fuerza y John percibió a su amante, aunque la oscuridad era ahora tan absoluta que no podía verlo.

Dos cuerpos blandos aparecieron sobre ellos.

“Estamos aquí…”, dijeron Jenny y Janie.

La cueva se inundó de la luz de cinco luminosas serpientes, que volaban en espiral. Cinco emisarios, ya no del Cazador, sino de quienes buscaban su destrucción.

A lo lejos, John sintió el grito de Antoine.

Entonces, todo giró y giró vertiginosamente y las serpientes rodearon a su antiguo amo, enroscándose en sus tentáculos, cubriendo sus ventosas y su carne palpitante.

El ojo afacetado brilló de terror. Un terror salvaje e inhumano, un terror que estremeció la base misma de la montaña.

Cuando el palpitar de la carne trémula por fin se detuvo y las serpientes desaparecieron en un estallido de luz, John pudo reaccionar, tembloroso.

Un haz de luz inundó de nuevo la cueva y se encontró con el rostro desmadejado de Aristide, que se sujetaba un costado manchado de sangre.

- Salgamos de aquí – ordenó El Ejecutor y su voz pareció hacerlos despertar de nuevo a todos.

Las gemelas se levantaron de inmediato y ayudaron al hombre. Martin se levantó también, tendiéndole una mano a John.

- Esto se derrumbará… ¡De prisa!

La mirada de John descubrió, encogida junto al cuerpo muerto de Lod, la forma de Antoine, cuyos ojos enloquecidos hicieron contacto con él.

Y nuevamente vio aparecer entre sus manos un arma…

Pero el disparo no salió, detenido por otro que se hundió en su estómago, haciendo que de su boca brotara sangre.

- ¡No! – gritó John, pero Aristide, que sostenía la automática, se encogió de hombros y echó a correr.

- ¡Déjalo, John! No podemos hacer nada por él. Él escogió su destino – urgió el francés, tirando de su brazo.

”Escúchelo a él por una vez, John. No hay nada que hacer… Váyase…”

“¡NO!”

“¡VÁYASE!”

John se vio arrastrado hacia la salida de la cámara y aunque su mente gritó, sabía que lo que decía Martin era verdad. Antoine había escogido su destino.

Un sonido suave, que brotaba del fondo de la tierra, hizo que su carrera se apresurase.


8

Salieron de la cámara principal tropezando y corrieron por el suelo rocoso que palpitaba suavemente bajo sus pies. La huida, a pasos apresurados, se prolongó por algunas horas, hasta que al fin avistaron las escaleras de cuerda que Martin había dejado y que los devolvería al mundo exterior. La montaña seguía temblando suavemente, como anunciando una catástrofe de mayores proporciones.

Con una última mirada hacia atrás, John sujetó la escala y comenzó a subir.

- Esto no me gusta nada – dijo Aristide, olfateando el aire.

Algo se avecinaba. Algo fuerte… y eso sólo les dio alas para subir más de prisa.

Martin pidió a las gemelas salir de la cueva, quería mantenerlas a salvo mientras ellos subían.

Se encontraban en el último tramo de ascenso, cuando oyeron una voz:

- ¡Doctor Hellstorm!

El Mayor Peña se hallaba allí, con un contingente de emergencia. Apenas había sentido los primeros ruidos en la montaña, horas antes, había llamado refuerzos.

John tomó la mano que el militar le tendía y subió. Miró el abismo bajo él y soltó el amuleto, que cayó tintineando hacia las profundidades.

Y ese fue el comienzo del desastre.

El sonido rítmico y suave cobró mayor intensidad, mientras que las paredes de piedra se estremecían.

- ¡Un terremoto! – gritó Martin.

El techo se empezó a derrumbar sobre ellos y corrieron en confusa huída, arrastrándose por el último túnel hacia la salida.

Afuera, llovía a cántaros, como si el cielo llorase la catástrofe que estremecía la montaña, diciéndole adiós al más antiguo de sus moradores.

Los militares se hicieron cargo de Aristide, demasiado asustados por lo que se estaba desencadenando como para preguntarse qué hacían dos chicas desnudas que aparecían y desaparecían, rodeando a los dos extranjeros que se abrazaban, llorando, bajo la lluvia.

9


- Se acabó… se acabó por fin – susurró Martin, aferrando con fuerza el delgado cuerpo de John, palpándolo para asegurarse que se encontraba bien, que no había sufrido ningún daño.

- Lo siento… lo siento tanto… yo creí…

- Lo entiendo – dijo el francés -. Entiendo cada cosa que hiciste y entiendo también que esto tenía un proceso… pero a partir de ahora, quien dará las órdenes seré yo.

- Prometido – sonrió John.

Buscaron sus labios, ansiosos por recuperarse, llorando sin importarles las miradas asombradas de los militares. Se abrazaron como si el mundo fuera a acabarse y las gemelas se unieron a ese abrazo.

En sus mentes, estaba también la voz de André.

”Sinergia… El todo es mayor a la suma de las partes…

No lo olviden…

Jamás…”

10


Estaban en el otro lado de la montaña cuando ocurrió.

Un terremoto, el más fuerte registrado en la historia de Ecuador, estremeció las montañas desde su base. Diez grados en la escala modificada de Mercalli, destrucción total en miles de kilómetros a la redonda.

Grandes bloques de piedras obstruyeron el camino lluvioso, milagrosamente sin aplastarlos, y tuvieron que esperar horas para ser rescatados en helicóptero.

Pero nada de eso les afectaba.

Estaban juntos… juntos podrían hacer lo que fuera, podrían vencer todos los obstáculos…

Juntos…

Siempre juntos.

 

 

 


Epílogo

I took a heavenly ride through our silence
I knew the moment had arrived
For killing the past and coming back to life

I took a heavenly ride through our silence
I knew the waiting had begun
And I headed straight..into the shining sun


Coming back to life - Pink Floyd

1

Ecuador, Ciudad de Cuenca

John y Martin entraron a la habitación del hospital, tomados de la mano.

Aristide estaba vestido, esperándolos para volver por fin a su amada Francia. Una semana de cuidados había sido suficiente para que el viejo veterano de Vietnam estuviera listo para partir. Detestaba los hospitales y estaba habituado a cuidar de sí mismo; además, con tantas víctimas del terremoto, la ciudad estaba en crisis y aún en las instalaciones del Hospital Militar donde se encontraba El Ejecutor, había camas de emergencia con heridos instaladas en los pasillos.

Una catástrofe de proporciones bíblicas, se dijo Martin mientras se abría paso entre las camas para llegar junto a Aristide. ¿El fin de una Era? ¿El principio de otra? No lo sabía, pero sí estaba seguro de algo: John no era el mismo hombre que conoció. Todos habían cambiado sutilmente, pero en John el cambio era más notorio. Su mirada mostraba ahora una indefinible tristeza, quizá motivada por lo que se vio obligado a hacer con los hombres del Círculo, o quizá por su convicción de que, de algún modo perverso, había estado unido a Dubois y por consiguiente, a Lod.

Sí, había cambiado. Y aunque estaban más unidos que nunca, Martin no estaba seguro si el cambio sería para bien. Era como si otro terremoto hubiera ocurrido en la mente de John y sólo el tiempo podría ayudar a curar las heridas.

- Hola, jefe – saludó alegremente Aristide –, es bueno volver a hablar en francés, hasta temí olvidarlo. ¿Ya nos podemos ir?

- Claro. El avión saldrá en dos horas. Pronto estaremos en París.

- ¿Puedes caminar? – murmuró, dubitativo, John, al ver a Aristide maniobrar el bastón que le habían dado.

- Desde luego – fue la rotunda respuesta y el veterano de Vietnam se irguió para dar varios pasos seguros.

- Aristide es un hueso duro de roer – dijo Martin, palmeando la espalda del Ejecutor.

Salieron a la recepción, donde firmaron los papeles de alta. Nadie reparó mucho en ellos, simplemente representaban una cama libre para algún herido de gravedad.

En silencio, abordaron la avioneta que los conduciría al aeropuerto de Quito y la mirada de Martin se perdió por última vez en la montaña de Cabogana, epicentro del terremoto, y se hizo la promesa de no volver jamás.

La magnitud del desastre había opacado el interés del General Gutiérrez por averiguar lo ocurrido. Simplemente deseaba que Martin y sus amigos se alejaran cuanto antes y poder saldar así su deuda de honor.

Al llegar al aeropuerto, un oficial les informó que el general se hallaba en una excursión en la zona del desastre y que no podría despedirlos.

“Nadie quiere mezclarse con lo sobrenatural”, dijo Martin en la mente de John.

”Eso no me preocupa ya. Nosotros sabemos la verdad y es lo que importa”.


París

2


La furgoneta de Kurt enfiló a toda prisa por la rue du Landy hacia el puente de Saint Ouen, después de recoger a los viajeros del Aeropuerto Charles De Gaulle. Sus ocupantes se sentían al fin más ligeros y libres. John y Martin estaban juntos, con las manos entrelazadas. Aristide estaba sentado frente a ellos, pálido aún, pero con el semblante tranquilo. En el aeropuerto, los cinco se habían abrazado efusivamente y ahora hablaban con calma de todo lo ocurrido.

- Celebremos la muerte de Lod, El Gran Molusco del Espacio, y de sus creaciones - exclamó Alain -. Me alegro de que así fuera, nos estaba causando demasiados problemas.

- Hay otros como él - murmuró John - pero están dormidos en los confines del mundo...

- Pues mejor para ellos - repuso el inválido -. ¿Pueden explicarme de nuevo todo ese enredo de la <i>gestalt</i>?

Martin repitió la historia, con voz pausada. Estaba feliz de volver a casa, pero añoraba pasar unos momentos a solas con John, ya que después del terremoto ambos habían trabajado sin descanso en un campamento para ayudar a los damnificados, porque el canadiense se sentía responsable por lo ocurrido.

- Realmente, el todo es la suma de las partes. Es la Teoría General de Sistemas - dijo Kurt, muy serio -. Podrías haberme preguntado, John – le reprochó. Luego relajó su tono de voz y se volvió hacia Aristide -. ¿Y a dónde irás tú, viejo zorro?

El Ejecutor gruñó algo sobre "el lugar de siempre", pero Alain lo atajó.

- Nada de eso. Te vienes con nosotros, a casa. Te haremos sitio en el salón y así podremos vigilarte. No vamos a permitir que desaparezcas a ese misterioso lugar que te niegas a revelar.

- No... no es necesario... - protestó Aristide, buscando con la mirada el apoyo de Martin.

- Creo que sí - repuso el francés -, estarás mejor con este par de locos. Así podremos visitarte.

Aristide protestó de nuevo.

- Irás o te ataremos. Estás herido y tenemos ventaja numérica - sentenció Kurt y arrancó nuevamente la furgoneta.

John los miró entre divertido y asombrado. Le era aún difícil de entender cómo El Ejecutor dejaba que Kurt y Alain hicieran lo que quisieran con él.

"¿En verdad estará bien con ellos?" - preguntó John.

"¿Lo dudas? Nosotros somos la única familia que tiene. Estará bien", fue la respuesta de Martin.

La furgoneta llegó a la zona de Neuilly Sur Seine y John se relajó al ver la familiar alameda de árboles que llevaba a la casa de Martin… Su hogar. Oprimió suavemente la mano de su amante y le sonrió.

- ¿Y ahora, qué harán ustedes dos? - preguntó Alain cuando la furgoneta se detuvo por fin en la puerta de la casa.

- Ser felices - fue la rotunda respuesta, dicha casi al unísono.

3


Los dedos de John trazaron su camino por la espalda desnuda de Martin y sus uñas se clavaron en ella cuando fue penetrado lentamente. Suspiró y sus ojos hicieron contacto con los de su amante, perdiéndose en la inmensidad de sus pupilas azules y luego se arqueó, sediento de placer, buscando un ángulo que multiplicara la intensidad de sus sensaciones.

Junto a Martin el dolor y la desesperación que había sentido comenzaron lentamente a desaparecer hasta diluirse en el océano de su goce y supo, como la primera vez que habían hecho el amor, que su lugar estaba entre esos brazos.

Martin le sujetó con firmeza las caderas y arremetió, adentrándose en el cuerpo ansioso que lo recibía. Entrelazaron las manos como punto de apoyo mientras ambos seguían moviéndose cada vez con más urgencia y ansiedad, disfrutando plenamente sus primeros momentos de privacidad, lejos del campamento militar en el cual se habían instalado en Ecuador.

La boca de John buscó el cuello de su amante y lo llenó de húmedos besos.

”Tócame, Martin… quiero tus manos sobre mi”

El pedido fue atendido con fervor, las manos de Martin se deslizaron por el sudoroso cuerpo de John, acariciando, palpando la piel en el camino hacia su destino final y se cerraron alrededor de su erección.

”Te extrañé tanto…”

”Te amo y esta vez nada se interpondrá entre nosotros”

Los ojos de ambos volvieron a encontrarse y el francés contuvo la respiración, recordando la última vez que estuvieron así y lo que se desencadenó a continuación.

”No volveré a hacer algo así… Te amo, Martin”

Y Martin supo que era verdad.

”Confío en ti… te amo”

Su boca fue aprisionada en un nuevo beso y su cuerpo se estremeció en el paroxismo final de la entrega. Oleadas y oleadas de intenso placer lo sacudieron por un momento que le pareció eterno, para encontrarse luego con los enamorados ojos de John, vidriosos aún por su reciente orgasmo.

- Fue sublime – susurró contra los labios de su amante, sin retirarse de su cuerpo.

- No quiero que perdamos jamás estos momentos – pidió John, poniéndose serio de pronto -. No quiero que se destruya lo que tanto trabajo nos costó conseguir.

- No se destruirá… - repuso Martin, sonriendo. Ahora estaba seguro de que cualquiera que fuera la naturaleza del cambio en John, no los separaría -. Quiero pedirte algo. Yo deseo que actuemos como una pareja normal, no hay ninguna razón para ocultar lo que somos. Quiero saber si tú estás dispuesto.

La amplia sonrisa de John fue su mejor respuesta.

”Desde luego que sí, no pensarías que iba a negarme… Seré la envidia de toda La Sorbonne”


4


Apenas había pasado una semana cuando John decidió cumplir con la promesa que hiciera tiempo atrás a Martin y subió las escaleras llevando la bandeja del desayuno. Abrió la puerta empujándola con el pie y sonrió a su amante, que lo esperaba acostado.

- Prometí un desayuno canadiense - anunció el profesor, dejando la bandeja sobre la mesita -. Pero lo combiné con croissants para que no protestaras.

Jenny apareció de pronto sobre la cama y su hermana abrió la puerta y se acercó caminando. Llevaba un vestido amarillo estampado con diminutos soles y lucía radiante.

Los amantes hicieron un gesto de contrariedad, aunque no estaban verdaderamente molestos con la interrupción. Las gemelas jamás habían interrumpido un momento íntimo y si habían aparecido ahora, era porque percibían que podían hacerlo. Desde su llegada, habían trasladado al científico a una de las habitaciones de la planta baja y a las gemelas a la habitación contigua, pues no tenía sentido seguir ocultándolos del Círculo.

Martin las miró de reojo.

- ¿Qué han hecho con André?

- Lo han dejado en el jardín - dijo John. Janie soltó una risita mientras Martin se levantaba, desnudo, e iba a mirar por la ventana, confirmando lo dicho por su novio.

- Está bien… sólo espero que no llueva.

Como un vaticinio, el cielo se oscureció momentáneamente y algunas gotitas empezaron a caer, anunciando un aguacero mayor.

- Por eso amo París – dijo riendo John -. Vamos, vayan a sacar de allí a nuestro cerebro, antes de que se empape completamente.

Jenny se levantó, mordisqueó un croissant, y desapareció. Janie se alejó caminando hacia la puerta.

- ¿Crees que la hemos civilizado? - preguntó, divertido, Martin.

- No lo sé - repuso John -. Al menos ha empezado a llevar ropa.

El francés se puso una bata y se reunió con su amante en la cama. No le apetecía levantarse aún, de modo que se sirvió con parsimonia la leche y los cereales, mientras John se recostaba junto a él y tomaba otro croissant.

- He estado pensando… - empezó el canadiense. Martin alzó una ceja, lo había notado un poco misterioso y sabía que lo mejor era dejarlo hablar sin presionarlo – hay algo que me gustaría hacer… que me gustaría mucho. Yo… quiero volver a enseñar – dijo finalmente John y buscó aprobación en su mirada.

- Me parece fabuloso. Mi licencia en la universidad está por terminar y el semestre que viene tendré que volver a las aulas, así que se acabarán los viajes largos hasta las próximas vacaciones. Eso te dejaría sin mucho que hacer, pues Kurt y Alain se suelen ocupar de todo… ¿Has pensado dónde enseñar?

- No mucho, en realidad – admitió John -. Supongo que puedo ingresar a alguna escuela pública, o dar clases particulares, o …

- Podrías ingresar a un colegio privado. Un amigo mío es Director de un colegio en esta misma zona. Se llama Saint Michael y tiene muy buena reputación. Podría hablarle… hace algún tiempo pude resolverle un caso relacionado a un poltergeist y me debe un pequeño favor…

John se sentó sobre la cama. Sabía, por experiencia reciente con el general Gutiérrez, las gratitudes que los pequeños favores de Martin solían despertar.

- Pues no lo sé… - titubeó – no me gustaría entrar de ese modo. No sería muy ético…

- ¿Y qué hay con ello? Todo el mundo lo hace – repuso Martin -. Te daré un consejo que una vez me dio mi abuelo. “No importa cómo llegues, una vez dentro, demuestra quién eres” y no creo que vayas a defraudar a nadie.

John terminó por capitular, sobre todo porque Martin había finalizado el tazón de cereales y parecía muy interesado en recorrer su espalda con la yema de los dedos.

- Hay algo que quiero darte. Pero estarás en muchos problemas si vuelves a deshacerte de él – dijo seriamente el francés y sujetó su brazo. Fue una maniobra rapidísima, luego de la cual, el reloj que John había empeñado volvió a brillar en su muñeca.

- Oh, Martin… ¿Cómo…?

- Kurt y Aristide lo encontraron. No les fue difícil recuperarlo… la próxima vez que quieras empeñar algo, no lo hagas con un obsequio mío.

- No lo volveré a hacer – ronroneó John -. Además, no es que me queje, pero con el nuevo trabajo tendré mucha más solvencia económica y no tendré que depender de ti.

“Touché”

- Tonto… ven aquí… No tenemos nada que hacer, está lloviendo. ¿Por qué no nos quedamos en la cama? - John lo arrastró sobre él, luchando por quitarle la bata –. Juntos…

“Siempre”

“El amor nunca falla”

“Eres tan cursi…”

“¿Eso importa?”

“No en realidad… ¿dónde íbamos?”

5


Varios meses después, John borraba el pizarrón de su aula, pensando…

Le había costado mucho asimilar lo ocurrido en la cueva, cuando mató a esos hombres, y mucho más aceptarlo. Pero lo había hecho aislando el episodio en su mente, como si hubiera sido un suceso muy lejano; y haciendo luego todo lo posible por olvidarlo. Olvidar que Antoine le había dicho que era parte de él.

Y ahora, por un hecho puramente casual, volvía a pensar en el Hombre de Negro.

“La casualidad no existe en el universo”

Era como si la frase que había sorprendido, escrita como por descuido por uno de los estudiantes, le hubiera traído de golpe los dolorosos recuerdos que su mente había tratado de borrar.

Abrió nuevamente el papel que guardaba en el bolsillo y la escritura de Armand Beaufort danzó ante sus ojos, trayéndole una imagen que no quería recordar.

“Eres aquel que camina entre mis sueños y se muestra entre sombras. El que nombro entre signos descritos en profundas cavernas.

El que vuela escondiéndose entre nubes formando tormentas.” (*)


Antoine…

Porque en el fondo, John estaba seguro de que el hombre no había muerto. Y estaba seguro de que se volverían a encontrar.

- ¿Estás listo? – la elegante figura de Martin, recortada en el umbral de la puerta, lo sacó de sus cavilaciones.

- En un momento – repuso John.

El pizarrón fue borrado y una única frase fue escrita en medio de él, antes de que John saliera a reunirse con su amante.

“Déjame que te hable de mí, y sabrás lo que “no-ser” significa”


Al mismo tiempo, en Perú, un hombre, posiblemente un turista extraviado, descendía por la pendiente que llevaba al laberinto de Quenqo. Algunos niños que vivían en la zona huyeron al verlo, atemorizados por sus negros ropajes, hechos casi jirones, y por su cabello rubio y despeinado.

- ¡Supay! ¡Supay! (**), clamaron en quechua sus pequeñas voces.

El hombre no se inmutó y siguió bajando lentamente hacia la carretera. Su espera no había hecho más que comenzar.


I took a heavenly ride through our silence
I knew the waiting had begun
And I headed straight..into the shining sun.


(**) Supay : Demonio, diablo

 

 

FIN

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