
Hellstorm
Original
Introducción
Él era un hombre normal, de una familia de clase media, como casi todas
las del pueblo de Cote-Saint-Luc, en Montreal, Canadá. Tenía
un empleo agradable y una novia formal con la que se casaría al finalizar
el año. Era hijo único y orgullo de sus padres, que ansiaban
tener la casa llena de nietecitos.
Se llamaba John Storm, pero sus amigos insistían en decirle Johnny. En cierto modo, resultaba divertido llamar al risueño profesor de matemáticas como un superhéroe: Johnny Storm, La Antorcha Humana.
John sólo reía y negaba con la cabeza, pero los dejaba hacer. Adoraba su trabajo y a sus alumnos de secundaria. Algunos decían que con ese carisma, llegaría a director.
Así era la vida de John: sus padres, sus clases, su novia. Todo era tan dolorosamente normal e igual todos los días, que sólo un terrible accidente pudo cambiarlo y trastornarlo hasta la locura.
Volvía de una fiesta con Lynda, su novia, conduciendo eufórico, pues habían tenido una semana difícil y por fin pasarían un momento a solas.
Pero el conductor del Chevvy Cerezo del año que impactó contra el pequeño VW de John tenía prisa para llegar a una cita con la amante de turno.
John sólo vio una brillante luz frente a él y oyó, como si fuera muy lejos, el grito de Lynda. Un solo grito aterrado y luego todo se hizo negro.
Lynda tenía veinticuatro años.
Capítulo 01
And then the one day you find ten years
have got behind you
No one told you when to run, you missed the starting gun
Time – Pink Floyd
Cote-Saint-Luc, Montreal<
1
- En diez minutos salgo -, dijo al teléfono Liz, la auxiliar de turno, y volvió a comprobar los signos vitales de su paciente preferido, Johnny. El Príncipe Johnny, como todos le llamaban.
Anotó los datos en el tablero, se acercó al hombre, ahora de treinta y dos años, y lo besó en la frente. Ella y sus amigas solían bromear acerca del Príncipe Johnny, el “Bello Durmiente” y las princesas que debían besarlo para que despertara algún día. Pero lo cierto era que los días pasaban y el estado del paciente no cambiaba.
Los primeros días luego del accidente, sus amigos iban a visitarlo, pero ahora, con el pasar de los años, sólo su padre acudía una vez por semana, caminando con la pesadez y lentitud que se apoderó de él cuando murió su esposa.
John no tenía hermanos. Cuando su padre muriera, ¿Qué sucedería con él?
El día anterior, John había tenido una extraña visita, además de su padre. Un hombre altísimo y rubio, vestido de negro. El hombre tenía un aire siniestro, y permaneció sólo un instante junto al enfermo. Nadie lo había visto salir.
La enfermera besó con devoción a su bello príncipe dormido.
- ¿Cuándo despertarás? Quiero llevarte a conocer la ciudad, el nuevo centro comercial y la escuela donde enseñabas, que ahora es muy grande. Despierta, Johnny.
No era que lo creyese posible. Había visto otros casos y todo acababa de pronto, sin que los durmientes despertasen jamás. Pasaban de un sueño al otro, como solían decir. Pero a ella le gustaba hablarle, contarle sus confidencias más secretas, porque sabía que él no las diría jamás.
En los seis años que había estado dormido, John se había hecho parte de su vida.
El hombre estaba quieto. Su cabello castaño proyectaba una ligera sombra en su mentón. Callado, distante, como si fuera a dormir así por siempre, tan bello que Liz no podía dejar de contemplarlo.
De pronto, un movimiento casi imperceptible agitó su párpado derecho, como lo haría la brisa en una playa quieta.
Sólo que se hallaban en una sala de hospital y allí no había brisa.
- Imaginaciones mías -, pensó. Pero no se movió de su lado. No podía dejarlo aún, ¡era tan bello!
La respiración acompasada de pronto cambió de ritmo, y otra vez sus párpados se movieron.
Ahora sí estaba segura. John se había movido.
Momentos después, Liz llamaba a la Enfermera Jefe.
2
Fue el acontecimiento del año en el pequeño pueblo. “Paciente
despierta de coma luego de seis años”, decían los diarios.
Pero para John sólo significó enterarse de que su novia había muerto y también su madre. Y que había perdido seis años de su vida en una cama de hospital.
Sus miembros, agarrotados por el tiempo que llevaba sin moverlos, reaccionaban a la dolorosa terapia; sin embargo, las articulaciones de sus rodillas no quedarían bien y tendría para siempre una ligera cojera.
- Mañana te vas a casa, ¿no es maravilloso? -, dijo Liz, ayudándole a incorporarse para darle su cena.
- Supongo que sí.
La voz de John era profunda y suave, tal como ella la había imaginado. Pero se adivinaba en ella un dejo de tristeza.
- ¿Y qué harás?
- Trabajar… papá necesita ayuda. Pero no sé si pueda asistir a una escuela en tiempo regular… aunque siempre puedo dar clases particulares.
- Claro. Te deseo toda la suerte, Johnny.
Liz lo abrazó y le tomó ambas manos. No sabía si volvería a verlo, los pacientes, cuando los daban de alta, jamás se acordaban de los que cuidaron de ellos. Esa era su despedida.
De pronto, sintió un tirón, un hormigueo seguido de una pequeña descarga, y el rostro de John palideció.
- No vuelvas con ese hombre… te hará daño
- ¿Qué?
Pero John cerró los ojos, temblando ligeramente.
- Nada… lo siento, debo estar un poco mareado…
Liz se fue, pensando aún en lo que John le había dicho. Y esa noche, cuando su novio volvió a golpearla hasta hacerla perder la conciencia, volvió a pensar en él.
3
Después de algunas semanas, para John era evidente que algo muy extraño
le había ocurrido. No sabía por qué, pero en determinadas
circunstancias, podía percibir lo que llamaba "visiones"
de algunas personas. No eran visiones de futuro, en algunos casos había
visto episodios pasados, según descubrió al hablar con ellos.
Tampoco eran eventos que siguieran un patrón o que aparecieran como
consecuencia de algo. Simplemente ocurrían.
Y la gente del pueblo empezó a hablar.
John empezó a tener fama de 'extraño' y acaso peligroso, de modo que decidió ignorar esas visiones y hacer como que no existían. Se volvió retraído y, en lo posible, evitaba el contacto físico.
Entonces, su padre enfermó.
Fueron meses de preocupación, entre médicos y hospitales, entre clases particulares y deudas. Cuando finalmente su padre falleció, John estaba agotado, había alquilado la mitad de la casa y no tenía ahorros.
Aún así, trató de salir adelante tomando como alumno al hijo de un importante industrial, un chico de ocho años al que ningún maestro del pueblo podía soportar en clases particulares. Ninguno, excepto John.
Una tarde, luego de terminar los deberes de matemáticas, y mientras John guardaba sus cosas, Michael, el niño, le preguntó:
- ¿Es cierto lo que dicen de ti en el colegio?
John se puso alerta. Sabía que circulaban un sinnúmero de rumores absurdos acerca de él, pero con enfadarse no lograría detenerlos. Sólo procuraba ignorarlos y esperar a que la gente, al no tener más material, olvidara el asunto.
- ¿Qué es lo que dicen? -, preguntó suavemente.
- Que eres raro... que ves cosas...
- Todos vemos cosas, Mike, excepto los ciegos
- ¡Yo hablo de otras cosas! De cosas de las personas... que ves el futuro.
John sonrió con tristeza.
- Mike, honestamente, ¿tú crees que si yo viera el futuro estaría en este pueblo, solo y lleno de deudas?
Los ojitos del niño se abrieron mucho mientras analizaba lo que acababa de oír. Luego lo miró y dijo con sencillez:
- Creo que no. Estarías en la televisión.
- Quizá -, concedió John. - ¿Nos vemos mañana?
- Voy de excursión, con los scouts del colegio
John asintió.
- Está bien. Hasta el lunes, entonces.
Estrechó la mano del niño sin pensarlo demasiado. Quizá porque no lo vería en todo el fin de semana, quizá por intuición.
De pronto, la misma sensación de hormigueo lo envolvió, sintió la descarga, y por más que trató de cerrar su mente, tuvo una visión.
Un auto que viajaba a toda velocidad por la carretera, una curva... Michael cubierto de sangre, siendo llevado por los paramédicos... alguien cubría su cabeza con una sábana.
- No -, gimió John con la voz ronca. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos. El niño lo miraba, lloroso.
- ¿Qué pasa? ¿Estás enfermo?
- No... no, estoy bien -, jadeó John sujetándose del espaldar de la silla. - Estoy bien.
Michael lo miraba, asustado. John respiró hondo e intentó calmarse.
- Mike, ¿recuerdas lo que hablamos hace un momento? - , el niño asintió. -Te dije que no era cierto que veo cosas... Mentí.
Los ojos de Michael se llenaron de lágrimas, no comprendía lo que pasaba y se estaba asustando.
- Escucha, Mike -, dijo John lo más seriamente que pudo. - No vayas a esa excursión. No sé cómo explicarlo, pero por favor, no vayas.
- ¡Pero es la primera del año! ¿Qué pasó, Johnny? ¿Qué viste?
John suspiró. No podía contarle... no podía.
- Yo no sé cómo decirlo, pero en esta época los caminos son peligrosos. Hay mucho riesgo, no quisiera que te pasara algo malo. No vayas, por favor. Hazlo por mí.
- ¿A dónde no debe ir? -, preguntó el padre de Michael, entrando de improviso.
- Yo... -, empezó John.
- ¡No quiere que vaya a la excursión! -, chilló el niño.
- Yo... lo siento, señor Greene. Pero temo que pueda haber un accidente. Yo le ruego que no envíe a Mike a la excursión. Tengo un mal presentimiento...
El resultado no pudo ser más desastroso. John fue despedido y el niño se quedó llorando. Pero ¿cómo explicar lo que él mismo no entendía?
Lo peor pasó después. Michael no fue a la excursión, estaba tan asustado que se negó a subir a la furgoneta.
El accidente dejó cuatro heridos, dos de gravedad. Y el asiento vacío junto al chofer, el que ocuparía Michael, quedó destrozado. Si el chico hubiera ido a la excursión, estaría muerto.
4
Las habladurías volvieron a empezar en el pueblo. Y no era para menos, la historia de lo ocurrido esa tarde en casa de Michael fue exagerada como sólo en los pueblos puede ocurrir. Y pronto John tuvo en su puerta montones de personas que querían que les dijera el futuro a cambio de dinero.
No tenía caso, aunque lo intentó, su extraño don no funcionaba.
John empezó a documentarse sobre fenómenos psíquicos, tratando de encontrar algún especialista que le dijera qué hacer, pero los pocos que visitó le parecieron unos charlatanes.
Una tarde, revisaba en Internet temas al azar, porque realmente no sabía cómo buscar, y dio con un aviso:
El sábado 31 de octubre, a las 7:00 pm en la Sala de Conferencias "Marie-Gérin-Lajoie" de la Universidad de Montreal, el doctor Martin Hellstorm dictará una conferencia sobre las premoniciones y su impacto en el subconsciente del individuo.
Una sensación extraña lo envolvió, cerró los ojos, y al abrirlos de nuevo, empezó a buscar el nombre del especialista en la red.
Martin Hellstorm, Ph.D. Profesor honorario de la Universidad de La Sorbonne, (Universidad de París IV). Doctor en Ciencias Intrínsecas, miembro de la Société pour la Recherche Psychique, autor de…
Y venía una enorme cantidad de artículos en revistas importantes.
John suspiró.
Eso era lo que necesitaba.
Le sorprendió incluso que ese tema fuera estudiado tan cuidadosamente en publicaciones tan serias. Él había creído que esas cosas sólo eran para charlatanes.
No había ninguna fotografía del doctor Hellstorm, pero se imaginó a un anciano y respetable profesor. Su apellido le causó gracia, era similar al suyo y se dijo que era una buena señal.
Viajaría a Montreal y asistiría a la conferencia.
5
París, Maison Hellstorm
- ¿Vas a Canadá? -, exclamó Michelle al ver el pasaporte de su amante sobre la mesilla de noche.
- Tengo una conferencia -, respondió el hombre, desde el baño. - Estaré allí una semana.
Lo siguiente que se oyó fue una maldición de ella. La periodista se levantó, envuelta en una sábana, y se dirigió al balcón. Hizo una rápida llamada de su teléfono celular y cuando volvió a entrar a la habitación, lucía una tranquila sonrisa.
En ese momento, Martin Hellstorm, Ph.D. salía de la ducha, con una toalla en la cintura y el largo cabello húmedo cayendo sobre su espalda.
Tenía treinta y seis años y algunas canas en el cabello azabache que normalmente llevaba atado en una coleta. Su cuerpo estaba bronceado y era fuerte y firme, producto de los ejercicios y de los constantes viajes, pues Martin Hellstorm nada tenía de respetable profesor. Era un aventurero y un playboy en toda regla.
- Apúrate, cherié, debo abordar un avión en un par de horas
La periodista se dirigió al baño, no sin antes besar a su amante en la mejilla.
Martin empezó a vestirse.
6
Montreal, Hotel St.Paul
Martin llegó al hotel y se dirigió a la recepción. Allí se identificó.
- Sí, Monsieur. Su novia ha llegado hace apenas media hora
- ¿Perdón?
- Su novia -, explicó el recepcionista. - Mademoiselle Michelle Saint Jacques.
En ese momento, Michelle salía del ascensor.
- Hola, querido -, saludó con una radiante sonrisa. - Mi revista cubrirá el evento, ¿no es maravilloso?
Martin esbozó una sonrisa.
- Sin duda lo es
La pareja entró de nuevo al ascensor, tomada del brazo.
7
Universidad de Montreal
John aguardaba, con el corazón martilleándole, el inicio de la conferencia. El salón estaba lleno de estudiantes, muchos de ellos bastante jóvenes. Algunas risitas nerviosas de las chicas que estaban sentadas delante de él lo hicieron sonreír. Miraban una fotografía y hacían toda clase de comentarios absurdos.
De pronto, el murmullo se silenció y el evento dio inicio. El presentador anunció al conferencista y John se llevó la primera impresión de la noche.
Martin Hellstorm no era en absoluto como se lo había imaginado.
Primero temió haberse equivocado de lugar y lo acometió un acceso de pánico, pero luego se serenó y tuvo que aceptar, sonriendo, que la imagen de su ‘respetable profesor’ acababa de ser destruida por ese hombre con aspecto de aventurero, que quizá se vería mucho mejor en medio de la sabana africana que en una universidad.
Su nerviosismo no era a causa de la vestimenta del conferencista, pues el doctor Hellstorm vestía un correcto traje azul, tan formal como la ocasión lo ameritaba. Tampoco lo era a causa de su cabello, correctamente atado con una cinta. No era a causa de sus ojos tan azules que todos los lagos de Alberta parecían poca cosa junto a ellos.
No
Era a causa de la enorme vitalidad y energía que emanaba de ese hombre. Una energía que hacía presumir que no había nada en el mundo a lo que el doctor Hellstorm no se hubiera enfrentado. Y eso le daba un aspecto extremadamente viril.
John se sintió muy extraño, simplemente no podía dejar de mirarlo y de pronto cayó en la cuenta de que su fotografía era la misma que admiraban las chicas sentadas delante suyo.
Su siguiente impulso fue huir, porque pensó que un hombre como ese jamás pondría atención a su relato. Pero no pudo salir por la sencilla razón de que la sala de conferencias estaba abarrotada de gente, de modo que, resignado, se dispuso a escuchar.
- Se puede dar por seguro que las premoniciones son espontáneas y que afectan a un gran número de personas, es una facultad con la que cuenta el ser humano en general y que algunos tienen más desarrollada que otros. Las premoniciones pueden venir a través de los sueños e incluso en estado lúcido.
La atención de John fue completamente captada con esa sencilla declaración y se arrellanó en el asiento, olvidando sus temores, para tratar de entender mejor lo que le estaba sucediendo.
Para cuando la conferencia terminó, John estaba convencido de que, pasara lo que pasara, hablaría con el doctor Hellstorm.
8
Dos horas después, John seguía esperando.
La recepción había terminado, pero el doctor Hellstorm fue asaltado por un grupo de estudiantes que lo acribillaban a preguntas, se fotografiaban con él y charlaban sin cesar.
¿Cuánto más podía durar todo eso?
De pronto, una bellísima chica rubia se abrió paso entre los estudiantes y tomó al doctor Hellstorm del brazo, para apartarlo suavemente de allí.
Fue en ese momento en que los ojos de ambos hicieron contacto.
John sintió que era su oportunidad de hablar y avanzó como si estuviera envuelto en nubes, lentamente, pesadamente… la chica rubia se había detenido a observarlo y su acompañante también.
- ¿Doctor Hellstorm? ¿Puedo tener algunas palabras con usted? -, preguntó tímidamente.
La chica rubia le dio un ligero codazo.
- De hecho, estaba por irme.
- Pero… esperé toda la tarde. Necesito consultarle algo -, suplicó John. - Por favor.
El hombre dijo algo al oído de la chica y ésta se encogió de hombros.
- De acuerdo, pero tengo poco tiempo.
- Soy John Storm -, se presentó el hombre más joven, extendiendo la mano. -Vine de Cote-Saint-Luc, especialmente para verlo.
Estrecharon sus manos y de pronto, John tuvo la misma sensación que tanto miedo le daba. La sensación de hormigueo, la descarga… y se vio a sí mismo besándose con Hellstorm con el abandono de un adolescente.
- ¿Se siente bien?
Martin Hellstorm y la chica lo miraban con ansiedad. John soltó la mano del doctor, completamente ruborizado.
- Yo… lo siento.
- Escuche, quizá en otra ocasión…
- No, por favor -, pidió John. - He esperado mucho para hablarle… por favor.
9
- Entiendo -, dijo Martin dando un sorbo de su café. Habían
terminado sentándose en la cafetería de la Universidad y el
extraño hombre de cabellos castaños y ojos grises acababa de
contarle su historia.
- Yo no sé cómo explicarlo… la sensación de hormigueo, la descarga… creo que dura pocos segundos, pero a mi me parece una eternidad…
- Dígame, John, cuando usted estrechó mi mano, ¿tuvo una visión?
De nuevo el extraño rubor coloreó las pálidas mejillas de su interlocutor. Martin miró con impaciencia su reloj. Michelle había accedido a esperarlo, pero a estas alturas, estaría furiosa.
- Yo…
- Por un momento me pareció que estaba en una especie de trance, pero duró sólo unos instantes. Dígame, ¿qué vio?
- No puedo…
- ¿Vio mi muerte, quizá? -, aventuró Martin. - Debo decirle que no es el único que ha predicho mi muerte, si eso le trae alivio. Mi trabajo es peligroso, no temo morir.
- Es difícil…
- Ya lo creo que lo es. Escúcheme, John: no es la primera ni la última persona en el mundo con esta clase de premoniciones, o visiones, como usted las llama. Ellas forman ahora parte de usted”, Martin bebió el último sorbo de su café. “Le sugiero que deje de atormentarse con ellas y las acepte, poco a poco se habituará.
- Doctor, yo pensé…
- ¿Que yo lo ayudaría a quitárselas? Temo que se equivocó, amigo mío. No puedo entretenerme más, lo siento.
Martin se puso de pie para despedirse.
-Escuche, si tiene algún tipo de problema con las visiones, puede escribirme a esta dirección -, dijo alargándole una tarjeta. - Y no tema, no es ningún fenómeno, mucha gente posee dones parecidos a los suyos. Fue un placer.
El especialista se alejó, sin volver a estrechar la mano del hombre. Sintió un poco de lástima, le habría gustado quedarse más tiempo, pero a las damas no se las hace esperar.
Cuando pasó por la ventana de la cafetería, vio a John cubrirse el rostro con las manos.
Capítulo 02
For long you live and high you fly
But only if you ride the tide
And balanced on the biggest wave
You race toward an early grave.
Breathe – Pink Floyd
Cote-Saint-Luc, Montreal
1
John se recriminaba sin cesar el haber actuado tan estúpidamente. No
había dicho ni la mitad de lo que había pensado decir y sentía
que su interlocutor apenas le había creído.
Quizá habría hecho mejor en contarle su última visión.
Pero… ¿Cómo contarle a un hombre que acababa de conocer y que, evidentemente, tenía novia, que había tenido una visión en la cual lo besaba?
Pasó la noche más angustiante que podía recordad y el sueño lo atrapó al fin hacia las cinco de la mañana, haciéndolo caer en un pesado sopor que duró hasta el medio día.
John se asfixiaba en casa, no podía concentrarse en nada y tampoco pudo comer. A las cuatro de la tarde, decidió salir a dar un paseo.
Sus pasos lo llevaron hacia las afueras del pueblo y se internó en el boscoso camino que lo llevaba a Rutgers Hill, la colina más alejada.
Su cojera no le permitía caminar con rapidez, pero el ejercicio le había sido recomendado por su terapista. La ascensión era lenta y penosa y John tuvo que detenerse en varias oportunidades, lamentando no haber traído consigo algún bocadillo, pues la caminata le había despertado el apetito.
Eran casi las seis y empezaba a hacer frío. Se había alejado lo bastante del pueblo y sólo podían oírse los sonidos del bosque. Estuvo tentado a volver, pero le faltaba tan poco para llegar a la cima de la colina, que decidió continuar.
De pronto, el aislamiento del bosque le pareció opresivo y se detuvo un momento. Ya tenía a la vista la casa Devlin, tan siniestra y espectral como la recordaba. Era la casa embrujada que todo pueblito tiene, con la diferencia de que estaba habitada y sus habitantes eran respetables miembros de la comunidad.
Entrecerró los ojos un momento. La Casa Devlin había pertenecido por incontables generaciones, a la familia Devlin, que había venido de Estados Unidos por el año 1890 y se había establecido definitivamente en Cote de Saint Luc.
Nadie sabía exactamente a qué se dedicaban, pero la casa era lujosa y sus propietarios se codeaban con la mejor sociedad.
Había, sin embargo, algo extraño.
Frank Devlin, último descendiente de la familia, se había casado con una joven americana y habían tenido una niña a quien bautizaron como Laura.
Pero nadie conocía bien a Laura Devlin.
La niña padecía, según dijeron, de una extraña enfermedad que la hacía permanecer en casa. No salía jamás al pueblo, no tenía amigos. En alguna ocasión, antes del accidente, habían encargado a John su instrucción, y él no había notado nada extraño en la salud de la niña, salvo su desesperado anhelo de llevar una vida normal.
John suspiró. ¿Cómo había podido olvidar a Laura Devlin? La niña tendría ahora catorce años… ¿seguiría encerrada en esa vieja casona? ¿habría muerto? No lo sabía, y de pronto sintió una gran desazón.
Estaba oscureciendo y John decidió volver. Eran ya demasiadas preocupaciones como para agregar un resfriado. Dio un paso hacia atrás y se quedó inmóvil… acababa de percibir algo…
No estaba solo, se sentía observado… y sus sentidos captaron un peculiar olor.
Trató de identificarlo primero, sabía que lo había sentido antes… era…
Olor a cementerio…
Sí… antes lo había sentido… el olor que tiene un camposanto antes de recibir a un nuevo morador. La tierra removida, las flores… pero había también un olor más que no podía identificar.
Un grito proveniente del bosque lo hizo salir bruscamente de su concentración y corrió con toda la prisa que sus piernas le permitían, hacia el lugar de donde había provenido aquel alarido aterrado.
En un claro del bosque, halló a una chica. Estaba temblando en el suelo y sollozos entrecortados salían de sus labios. El hombro desgarrado de su vestido dejaba ver la blanca piel, en la que se marcaban cuatro dedos rojizos. Sus manos sujetaban frenéticamente un cofre abierto.
- Dijeron que no lo abriera… no lo toques nunca, Laura… aléjate de ese joyero…
- ¿Laura? ¿Laura Devlin? - preguntó John, y al no obtener respuesta, la tomó en sus brazos y se dirigió penosamente a la solitaria casona.
2
- ¿Y cómo sabes que ella no te ha mentido? - preguntó Michelle con el tono escéptico que Martin le conocía tan bien.
- No le mentiría al Círculo, cherié. Ellos se habrán asegurado… vi los archivos.
- Eso puede tomarte toda la noche… ¿cómo es ella? ¿es joven?
- Sólo sé que tiene catorce años. Acordamos encontrarnos en un lugar ¡Vamos, Michelle! No vas a ponerte celosa de una niñita - exclamó Martin –. Estoy acercándome, voy a cortar.
Martin cortó la comunicación y consultó el mapa de la región que llevaba. Estaba ascendiendo por el camino a Rutgers Hill, pasando el pueblo de Cote de Saint Luc, y no pudo evitar recordar al extraño hombre de la víspera.
Había algo raro en ese hombre, algo intenso que no lograba determinar. Era como si John Storm necesitara desesperadamente su ayuda y no la de otro. Era como si le perteneciera.
Se encogió de hombros. No tenía tiempo de pensar en el hombre. Había cientos como él en el mundo… personas que se sentían culpables a causa de sus dones, hombres y mujeres que no habían sabido sacarle provecho a lo que la naturaleza les había dado. Hombres y mujeres distintos a él. Porque Martin Hellstorm no poseía ninguno de los dones que con tanta dedicación había estudiado.
Detuvo el vehículo en el punto acordado y descendió, dispuesto a encontrarse con Laura Devlin y a incrementar su colección de objetos raros. Laura le había ofrecido un cofre, un joyero que había permanecido en su familia por incontables generaciones y que se decía, estaba maldito.
La niña había hecho contacto con él a través del Círculo y, temerosa, le había confesado sus miedos. Se habían comunicado por Internet y luego, cuando él llegó a Montreal, habían hablado por teléfono, fijando la cita definitiva.
Pero el lugar estaba desierto y sólo se veía la hierba pisoteada y un jirón de tela azul.
Martin examinó el terreno y corrió velozmente entre los árboles, dirigiéndose a la casona que dominaba la colina.
3
- ¡Dijo que los castigaría! ¡Dijo que ellos pagarían por el mal que le hicieron! - gemía la niña tratando de escapar de los brazos de John.
- Escúchame, Laura - pidió John -, es preciso que me escuches. Soy John Storm, tu profesor de hace muchos años. ¿Me recuerdas?
Ella asintió y pareció calmarse un poco. Sus grandes y asustados ojos lo miraron.
- Por favor, no permita que ellos me lastimen…
- ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Qué es este cofre?
John avanzó más hasta casi llegar al porche de la casona. Laura se aferró a su cuerpo como un cachorrito desvalido, oprimiendo el cofre vacío contra su pecho.
- Mis padres me pidieron que no lo abriera jamás… era por este cofre que no podía salir al pueblo y yo… ¡lo deseaba tanto! Esos hombres dijeron que si les daba el cofre, me liberarían… y luego ese francés… era tan guapo… él vendrá por el cofre… - Laura ahogó un sollozo –. ¡Pero lo abrí! De pronto sentí el impulso de abrirlo…
- ¡Deje a Laura en el suelo y retroceda!
Frente a ellos, Frank Devlin los amenazaba con una escopeta.
- Escuche… su hija está herida, casi le ha dado un ataque, necesita atención…
- Dije que la suelte, y no bromeo.
- Frank, ¿no me recuerda? Soy John Storm…
- ¡Suéltela o dispararé!
Un alarido proveniente de la casa hizo que John soltara a Laura y echara a correr hacia adentro. Frank Devlin reparó entonces en el cofre abierto que cayó al suelo y con una expresión del más genuino terror, echó a correr en dirección al bosque.
4
John avanzó tratando de encontrar el lugar de donde provenía el alarido. En su camino, atravesó un suntuoso salón en el que había un cuadro, único macabro adorno en las paredes vacías.
”La quema de Calcestry, 1720”, rezaba la inscripción.
Laura le sujetó el brazo, temblando.
- ¡Mi madre! - urgió, y juntos avanzaron por un oscuro pasillo hasta llegar a una puerta cerrada.
Antes de abrirla, percibieron un olor a carne quemada que nada tenía que ver con el horrendo cuadro, porque no era una novela de terror. Era real.
- ¡Madre! - gritó Laura, y se lanzó corriendo hacia los restos que se consumían.
Nada podían hacer y John la sujetó con firmeza y la sacó de allí. El cerebro parecía estallarle, apenas tocó a Laura, sintió la maldita sensación de hormigueo y la descarga. Pero lo que vio no tenía nada que ver con lo que estaba ocurriendo ahora.
Hombres encapuchados juzgaban a un condenado, atado de pies y manos con sendos grilletes. Tenía el rostro cubierto, pero cuando fue sentenciado, el verdugo le quitó el lienzo que lo cubría. Era el mismo hombre del cuadro.
- Calcestry, tu condena por practicar la brujería será morir en la hoguera
El aire se llenó de los gritos del hombre, que clamaba su inocencia.
John fue devuelto a la realidad por los sollozos de Laura y sólo quiso alejarla de allí. El fuego que consumía el cuerpo de la madre, empezaba a encender el piso de madera y la alfombra. John sólo pensó en conseguir ayuda para apagar el inminente incendio.
Avanzó arrastrando a Laura hacia la salida, llamando a gritos al padre, pero entonces oyó un nuevo alarido y sin pensarlo mucho, echó a correr hacia el bosque.
5
- ¡Este es el día de tu castigo, Devlin!
Cuando John llegó al claro, encontró a Frank Devlin desplomado en el suelo, mirando con ojos aterrorizados a una gigantesca y semitransparente figura de ojos llameantes que se erguía amenazadoramente ante él.
- ¡No! ¡Por favor! ¡Yo no hice nada! ¡La culpa no fue mía!
- Tus antepasados me condenaron a muerte y usaron sus oscuros conocimientos para aprisionar mi espíritu en ese cofre. ¡Me quemaron en la pira mientras danzaban a mi alrededor, invocando a los demonios que me apresaron en esa maldita caja!
- ¡Yo no lo hice!
John se detuvo, fascinado y aterrado a la vez.
- ¡Te declaras inocente, cuando generación tras generación tu familia repitió los encantamientos que mantenían mi espíritu confinado al cofre! ¡Tú mismo recibiste el secreto de tu padre y se lo transmitiste a tu esposa! ¿Inocente? ¡Aquí no hay más inocente que tu hija, quien era demasiado joven para conocer el secreto del cofre! Eh… pero… quién se atreve…
John sujetó con fuerza el macabro brazo del espectro, sólido y repugnante al tacto. Su piel ardió, despellejándose un poco, mientras el otro brazo lo apartó de un violento empujón.
- ¿Tú sabes realmente quién soy, Devlin?, bramó el espectro.
- Tú eres Calcestry, el brujo - gimió Devlin, arrastrándose en un vano intento por escapar.
- ¡Así se me conoció durante el siglo XVII, cuando tus antepasados practicaban sus ritos demoníacos! Ahora que lo recuerdas, tu carne arderá como ardió la mía…
- ¡No! - gritó John, arremetiendo con todo su cuerpo contra la figura del brujo. Éste pareció desdibujarse por un breve instante, y luego, arrojó a John a un lado, con violencia.
- ¡Morirás!
John trató de levantarse de nuevo, pero dos fuertes brazos lo sujetaron.
- ¡No se mueva, maldita sea! Es por su vida.
Reconoció a Martin Hellstorm y pugnó por escapar.
- ¡Matará a ese hombre!
- Nada podemos hacer
En ese momento, la mano del espectro se posó en la mejilla de Frank Devlin, que esperaba, de rodillas, a su ejecutor. La carne se chamuscó primero y luego brotaron de ella llamas que se extendieron por todo el cuerpo. Sólo hubo un alarido, un único grito de dolor, y el cuerpo cayó sobre la hierba, consumiéndose con el fuego de la venganza.
John miró a Calcestry, que desapareció en la nada, porque ya no había ninguna necesidad impulsora de su existencia.
- ¡Laura! – gimió, tratando de levantarse.
6
La encontraron fuera de la casona que se quemaba, encogida en el piso, como una muñeca rota.
A John le sangraba profusamente la nariz y se desplomó junto a la niña. Martin tomó el cofre, lo cerró y lo colocó en uno de los amplios bolsillos de su abrigo. Se volvió hacia John y lo ayudó a levantarse. Varias figuras vestidas de negro empezaron a rodear la casa.
- Vamos - susurró Martin, sujetándolo de la cintura y alejándolo de allí.
- Laura…
- Estará bien, ellos se ocuparán, fue la respuesta de Martin.
- ¿Ellos?
- El Círculo - dijo llanamente el francés –. Ellos se ocuparán de todo.
John se desmayó.
7
La sensación de estar envuelto en la agradable tibieza de su propia
cama, hizo que John pensara que todo había sido una espantosa pesadilla.
Pero un ardor en su mano izquierda lo hizo abrir los ojos de pronto.
Junto a él se hallaba Martin Hellstorm, leyendo tranquilamente el diario.
- Buenos días, John. ¿Cómo se siente?
- Yo… ¿Cómo llegué aquí?
- Lo traje yo, naturalmente. Me dio las indicaciones en el camino, estaba en shock, por eso no lo recuerda bien.
John se hundió en la almohada, con un gemido.
- Laura, los Devlin… ¡Él los mató! ¡Ese loco los mató y usted no me dejó hacer nada!
- No podíamos hacer nada, John. El cofre no debió ser abierto, pero la niña lo hizo. La venganza debía ser consumada.
- No… está usted diciendo que eso era un…. No…. No puedo aceptarlo…
- Acéptelo, John - dijo con calma Martin -, Ningún ser humano habría podido quemar su mano con sólo tocarlo. Usted mismo lo vio ajusticiar a Devlin. Eso era un espíritu. El espíritu de Joseph Calcestry, un famoso brujo.
- La niña…
- Ella era inocente. Ahora está a salvo, con el Círculo - continuó Martin -. Escúcheme, John, para la policía, anoche hubo un incendio en la casona Devlin, donde murieron los tres miembros de la familia. Los Devlin serán enterrados y el asunto pasará a formar parte de las leyendas locales. Laura será llevada a los Estados Unidos y se le buscará un hogar adecuado. Eso es obra del Círculo.
Los ojos de Martin lo estudiaban intensamente mientras le decía esas palabras, buscando un signo, sólo un atisbo que pudiera indicarle que John no era tan inocente como parecía.
Nada halló.
- ¿Por qué…? - John se calló, sacudiendo la cabeza. Él mismo no daba crédito a sus sentidos.
- ¿Por qué se lo cuento? Se lo diré - los ojos de Martin se clavaron en los del pálido profesor –. Usted se enfrentó a un espíritu corpóreo, sin ninguna preparación, y sobrevivió a su descabellado intento. Es usted más fuerte de lo que yo había pensado, John.
- Es una locura…
- No lo es -, repuso Martin. – Usted lo vio. No deje que los viejos cánones lo guíen. Sus sentidos no lo engañaron.
El hombre se puso de pie y caminó hacia la ventana. John miró el reloj, era casi medio día y tenía un hambre atroz.
-Mientras dormía, me informé sobre su vida aquí - le dijo Martin –. Temo que antes no le brindé la atención necesaria. Usted está en la ruina – la frase fue dicha sin apasionamiento, tan sólo enunciando un hecho por demás conocido –. Pues bien, tengo una proposición que hacerle.
- Lo escucho- susurró un sorprendido John.
- Nada lo ata en este lugar, venga conmigo a París. Me dedico, entre otras cosas, a investigar este tipo de casos. Necesito personas como usted, John.
- Yo no…
- Partiré en cinco días. Compraré un pasaje a su nombre y se lo enviaré. Podrá quedarse en mi casa hasta que pueda instalarse apropiadamente. Piénselo - dijo Martin muy seriamente –. He comprado algunas cosas para usted. Debe beber mucha leche, eso le ayudará a recuperarse del ataque del espíritu. Nos vemos en el aeropuerto el sábado.
Y con estas palabras, Martin se despidió.
8
Hotel Saint Paul, Montreal
- ¿Vas a llevar a París a ese loco? - exclamó furiosa Michelle -. ¡Apenas lo conoces! ¡No sabes nada sobre él!
- Por el contrario, cherié. Lo sé todo. John Storm es la persona más transparente que puede haber, y su vida es bastante conocida en Cote de Saint Luc.
- ¡Te robará, de eso estoy segura! El día menos pensado encontrarás que falta alguna de tus preciadas reliquias, y él se habrá hecho humo.
- En ese caso, mis preciadas reliquias me lo traerán de vuelta - repuso Martin -. Nadie puede tomar nada de la mansión sin desencadenar consecuencias. Él irá a París.
Horas después, en el aeropuerto, Martin consultaba con impaciencia su reloj. Estaban a punto de abordar el avión y John no aparecía. Michelle no podía ocultar su satisfacción.
- Te lo dije, mi amor. Ese hombre no es de fiar… y me alegro que no vaya a viajar con nosotros. No sabes cómo me alegro.
Martin gruñó algo en italiano. Era su idioma favorito para lanzar maldiciones.
- ¡Doctor Hellstorm!
El rostro del francés se iluminó. Cojeando y tan sólo con un maletín en las manos, John Storm se abría paso entre la multitud que iba a abordar el avión.
- Buenos días, John - saludó Martin -, creo que ya conoce a mi amiga Michelle Saint Jaques. Es periodista de la revista Le Sceptique.
Michelle le hizo un frío saludo que no pasó desapercibido para John, quien la miró con preocupación. Pero Martin pareció no notarlo y la tomó del brazo para abordar juntos el avión.
9
Vuelo 769 a París
Michelle miraba por la ventanilla, enfurruñada. Martin no le estaba prestando ninguna atención. Por el contrario, se había dedicado a contarle a ese estúpido canadiense su último viaje al Congo, relatándole con lujo de señales la relación entre las ruinas de Zimbabwe y la extraña posición de las estrellas en la constelación de Orión.
John escuchaba asombrado la descripción de una realidad tan lejana e irreal que le parecía un sueño. La voz de Martin era suave y el francés relataba su historia con entusiasmo, pero fue el cansancio o las emociones, los que hicieron que John se fuera adormeciendo, hasta que su cabeza se deslizó a un costado y quedó apoyada en el hombro de Martin.
El francés sólo sonrió
y acomodó la mano vendada de John sobre su regazo. Él también
cerró los ojos y se entregó a un momentáneo descanso
en el cual se seguía preguntando cuál era el misterio que envolvía
a John Storm.
Capítulo 03
I've got wild, staring eyes.
And I got a strong urge to fly,
But I got nowhere to fly to ...fly to... fly to... fly to.
Nobody Home – Pink Floyd
París
1
Llegaron al aeropuerto Charles de Gaulle a las diez y cuarto, hora de París,
que para John eran las cuatro de la mañana. El vuelo y el cambio de
horario lo habían agotado y la quemadura de la mano le había
empezado a doler.
Después de recoger el equipaje de Martin y Michelle, avanzaron rápidamente hacia la salida. John sólo tenía su maletín y avanzaba como un autómata. Nunca había visto tanta gente, ni siquiera en el aeropuerto de Montreal. Empezó a sentirse fuera de lugar y una sensación de desasosiego lo acometió.
Miró hacia la multitud, por donde se movían sus acompañantes, y volvió a sentir el extraño olor que había percibido en Montreal.
Olor a cementerio…
Sí… era ese olor, mezclado con algo más… algo que él conocía…
Perfume de sándalo…
Sándalo… no había duda. Reconocía su perfume sensual y exótico… enmaderado, picante… ¿cómo no lo había notado antes? ¿De dónde venía?
Quiso olvidarlo, algo le decía que era peligroso, pero sin proponérselo, sus ojos empezaron a buscar frenéticamente entre la multitud. Sólo habían ejecutivos que avanzaban buscando transporte y de pronto, se fijó en un altísimo hombre rubio, vestido de negro, que pasó junto a él apresuradamente.
- ¡John!
Martin lo miraba con curiosidad y John se apresuró a acudir a su encuentro, avergonzado por haberse quedado parado en medio del pasillo, mirando a su alrededor con la boca abierta.
- Lo siento, creo que me desorienté.
Michelle le lanzó una furibunda mirada, pero Martin lo tomó del brazo y lo hizo avanzar.
Una vez afuera, Martin pidió un taxi para Neully-sur-Seine. Abordaron el taxi y Michelle le dijo a su novio algo al oído que John no alcanzó a oír, aunque era evidente que se refería a él.
Llovía y John cerró los ojos, preguntándose si habría hecho bien al viajar.
Estaba en París, con dinero apenas suficiente, acompañando a un perfecto desconocido cuya novia lo odiaba, y envuelto en sucesos extraños. Había presenciado dos asesinatos, pero los periódicos en Montreal sólo hablaban de un incendio misterioso, tal como dijo Martin.
Tenía miedo, pero también se tuvo que confesar que sentía mucha curiosidad.
Y quizá la combinación de ambas cosas había hecho que se decidiera a viajar.
Hicieron una parada en una elegante zona de altos edificios. Michelle le dirigió una gélida mirada.
- Au revoir, señor Storm. Nos veremos pronto.
John se despidió amablemente y vio cómo Martin la ayudaba con la maleta y la conducía hasta la puerta de uno de los edificios, le daba un beso y volvía al taxi.
- Al fin se fue - sonrió Martin y John se estremeció sin querer. Después de más de doce horas, estaba solo con su acompañante.
Nuevamente avanzaron por las calles lluviosas, adentrándose en una zona residencial, con grandes casonas rodeadas de jardines, en las que se veía algunas personas caminando apresuradas, con paraguas para protegerse de la lluvia.
- Estamos llegando – dijo Martin -, vivo al lado del Bois de Boulogne. Le gustará.
John se reclinó en el asiento mientras las elegantes residencias pasaban ante sus ojos. Se preguntaba qué hacía él en un lugar como ese. Martin le habló al taxista y se detuvieron junto a un muro altísimo de rojos ladrillos rematados por una cerca electrificada.
- Aquí es.
Se bajaron con las maletas y Martin se acercó a la sólida reja que llevaba a una puerta tallada con extraños dibujos. El francés abrió la reja y presionó un dispositivo que desactivó la alarma, para luego abrir la puerta. John entró detrás de él y pudo ver que lo que había tomado por una vivienda cualquiera era un sitio lleno de mecanismos de seguridad: la cerca electrificada sobre el alto muro, alarmas, sensores de movimiento y cámaras que giraban filmándolo todo.
Se sintió incómodo, pero Martin lo tranquilizó.
- Están sólo afuera. Esta casa es una especie de museo, poseo muchos objetos extraños y algunos son muy valiosos. Es una medida disuasiva para los ladrones.
- Ya veo.
La casa era extraña, tenía un ala moderna, con enormes jardines, una fuente y una piscina; y un ala antigua de piedra, en la que el arquitecto había combinado elementos modernos haciendo que el conjunto resultara armónico. Era elegante, más no suntuosa.
Martin lo condujo al interior y John tuvo tiempo para admirar los salones y sorprenderse con la altísima escalera que llevaba al segundo piso, donde estaban los dormitorios. Subieron y Martin lo llevó a la que sería su habitación temporal.
- Espero se sienta cómodo. Será mejor que revise su mano, para que pueda descansar un poco. Siempre es bueno tomar una siesta para asimilar mejor el cambio de horario, sé lo que es viajar por primera vez al otro hemisferio, todo lo que uno desea es dormir y que el tiempo regrese a como era antes - sonrió Martin en tono casual. -. Volveré enseguida.
John acomodó su maletín y empezó a sacar lentamente sus cosas. En ese pequeño maletín cabía su vida. El pensamiento no era agradable y rápidamente lo apartó, sujetándose las sienes con ambas manos.
- ¿Se encuentra bien?
Martin había entrado de nuevo, silenciosamente, llevando algunos frascos y un paquete de gasa.
- Sí. Lo siento. Estaba distraído.
- ¿Puede darme la mano?
- ¿Perdón? – todo lo que John pudo pensar fue que tenía miedo de volver a tener esa clase de contacto con Martin.
- Su mano, John. Quiero revisar esa quemadura. Soy muy bueno con eso.
John se ruborizó.
- Ahh… la quemadura – balbuceó sintiéndose muy tonto -, claro. Me está molestando un poco, me pica…
Martin le indicó que se sentara y con mucho cuidado retiró el vendaje, dejando al descubierto la herida. Las ampollas seguían inflamadas y las que habían reventado mostraban la piel casi en carne viva. El francés frunció el entrecejo y cuidadosamente mezcló en contenido de dos frascos, para aplicarlos sobre la herida.
- Puede arder un poco, pero esto le servirá mucho más que las medicinas que le aplicaron.
John apretó los labios, un ardor envolvió la zona lastimada, pero luego se fue calmando y sólo le dejó una sensación de hormigueo en la piel. Martin cubrió la herida con un trozo de gasa.
- ¿Qué me puso?
- Aceite de Copaiba mezclado con Sangre de Grado. Ambas se extraen de la corteza de dos árboles. Aprendí esto de los indios Aguarunas, en América del Sur. Es lo más efectivo para las quemaduras.
- Oh
- Bien, ahora descanse un poco, ya tendremos tiempo de hablar.
- ¡No, espere! – John lo detuvo cuando empezaba a acercarse a la puerta. Martin se volvió -. No le agradecí lo que hizo por mi, doctor Hellstorm. Lo siento, gracias.
- No me lo agradezcas, John – sonrió Martin pasando de pronto al tuteo, para asombro de su interlocutor -. Sí. Creo que si trabajamos juntos, una relación de camaradería ayudará. Me gustaría que me llamases por mi nombre y yo haré lo mismo. Ahora, a descansar.
- Gracias, Martin.
Apenas la puerta se cerró, John se sentó sobre la cama y se desnudó lentamente, se puso el pijama y se deslizó entre las mantas, cerrando los ojos.
Ya vendrían las preguntas, ahora necesitaba dormir.
2
John despertó a las diez de la mañana, con un hambre espantosa
que le recordó que había rechazado el desayuno en el avión.
Entonces recordó que en París eran las cuatro de la tarde y
adelantó su reloj con un enorme sentimiento de culpabilidad. Se suponía
que dormiría apenas una hora… ¿qué pensaría
Martin?
Se bañó apresuradamente, deteniéndose apenas a admirar el baño de mármol verde, más grande que su propia habitación en Cote de Saint Luc. Comprobó que la mano quemada no le dolía tanto y eso lo hizo sentirse mejor.
Ya vestido, bajó las escaleras y llamó a Martin. Una alegre voz le respondió desde una habitación a la izquierda del pasillo.
- ¿Tienes hambre?
John asintió al mismo tiempo que su estómago rugía.
- Lo siento, dormí más de la cuenta.
- No hay problema – dijo, risueño, Martin –, eso me libró de almorzar con Michelle. Le dije que esperaría a que despertaras y que como no sabía cuánto ibas a dormir, prefería no comprometerme.
John se sintió muy incómodo, pero no pudo evitar la curiosidad.
- ¿Ustedes son novios?
- No exactamente – fue la despreocupada respuesta -. Verás, no me gustan las ataduras. Michelle y yo somos amigos, pero a veces nos distraemos un poco juntos. Y eso no impide que ella salga con otros o yo salga con otras. Y tú, ¿tienes novia?
- No – dijo rápidamente John -. Ella murió, en el accidente que me dejó así.
- Lo siento.
Se hizo un silencio un tanto incómodo, y John miró la habitación donde se hallaba Martin para evitar mirarlo a él. Había un enorme escritorio de caoba y las estanterías estaban cubiertas de volúmenes antiguos. Además, había una repisa llena de objetos raros, estatuillas de piedra, gemas, cajitas talladas con extraños símbolos y algunos de los grabados en las paredes lo hicieron sorprenderse un poco.
Al parecer era el estudio de Martin, porque en el escritorio había una moderna computadora que resultaba incongruente con el conjunto, y unos papeles en los que seguramente el francés estaba trabajando antes de ser interrumpido. Los ojos de John captaron la palabra “Calcestry” en la apretada escritura de Martin y se estremeció.
- Aquí trabajo – explicó Martin, respondiendo a su inquieta mirada -. Estoy haciendo un informe sobre el incidente del brujo. Luego me ayudarás con tus impresiones, pero antes iremos a almorzar, me estoy muriendo de hambre.
3
Durante el tardío almuerzo, John descubrió que, además
de ser un excelente cocinero, Martin había viajado por casi todo el
mundo investigando hechos extraños para su propia compañía.
- Aunque no lo creas, mi empresa, Hellstorm Corporation, está compuesta solamente por cuatro personas. Ellos se encargan de mis presentaciones y de coordinar los casos que investigo. A veces contrato a gente con habilidades especiales para que me ayude, como en tu caso.
- ¿Y qué es lo que haré? – quiso saber John.
- Primero, contarme todo lo que recuerdes del caso del brujo Calcestry. Luego, hablaremos un poco más de tu extraño poder.
El apetito de John se fue de golpe. Bebió un sorbo de agua y trató de que su voz sonara tranquila.
- ¿Tú crees realmente en todo eso? – cuestionó, su pulso se había acelerado esperando la respuesta de Martin.
- Creí que ya habíamos superado esa etapa – repuso Martin alzando levemente la ceja -. Estuviste allí y lo viste. La mano quemada que tienes es una prueba más que suficiente.
John suspiró. Al inicio había aceptado lo dicho por Martin en Cote de Saint Luc, pero con el pasar de los días, su instinto racional se había rebelado y lo había hecho cuestionarse los sucesos una y otra vez, hasta que le parecieron irreales y lejanos.
- Pudo ser de otro modo – empezó, tratando de repetir lo que su mente le había dicho tantas veces -, pude imaginarlo, pudo ser un loco atacándome con un lanzallamas… estaba oscuro, yo tenía miedo. No recuerdo las cosas con exactitud y…
- Y tu mente no acepta que hayas visto un espíritu – completó Martin con tono neutral.
- Realmente no – respondió John con total sinceridad -, y lo he pensado mucho. Una cosa es tener esas visiones, y otra muy diferente es creer en los espíritus.
Martin lo estudió atentamente y no dijo palabra. Terminaron de almorzar en silencio y John insistió en lavar los platos. Mientras lo hacían, hablaron de otros temas, hasta que salieron de nuevo y Martin lo condujo a la sala de fumar.
- De modo que ya no crees en los fantasmas. ¿Hay algo que pueda hacer que creas en ellos?
John lo miró sorprendido.
- Yo no sé…
- ¿Quizá, si estando en calma, vieras la manifestación de alguno?
- Si fuera en un ambiente tranquilo, con luz suficiente, sin posibilidad de trucos… puede que sí – aventuró John, sin estar muy seguro de lo que vendría después.
- Esta casa es muy antigua – dijo Martin invitándolo con un gesto a ponerse de pie. Ambos avanzaron en dirección al ala de piedra –. En tiempos remotos, sus sótanos sirvieron como prisión preventiva de las víctimas de la inquisición.
Llegaron a los sótanos, iluminados por la potente luz de las modernas lámparas instaladas allí, que imitaban la forma de las viejas lámparas de aceite.
-Se cuenta que en una ocasión, capturaron a un hombre llamado Pierre, el cual era inocente. Fue obligado a firmar su confesión por medio de las torturas y finalmente lo dejaron encerrado en una habitación, demasiado cansado como para moverse, esperando ser llevado a la hoguera.
Martin se detuvo frente a una puerta de roble, y miró a John.
- Pobre hombre… ahora me dirás que su fantasma pena todas las noches por este pasillo.
- De hecho, no – replicó Martin -. Déjame acabar. El infeliz logró sacar fuerzas de su debilidad y para escapar a su horrible destino, prefirió ahorcarse con una cuerda hecha con los jirones de su camisa. Se colgó de una viga semi podrida del techo, y cuando los inquisidores volvieron, encontraron el cuerpo balanceándose con un espantoso crujir de madera.
- Y veré el cuerpo balancearse apenas abras esa puerta – dijo John.
- Pues no – volvió a replicar Martin -. Una manifestación puede percibirse por cualquiera de los sentidos, no solamente la vista, ¿correcto?
- Correcto – dijo John, sin saber a dónde quería llegar su compañero.
- ¿Significa que aceptarías que fuera auditiva?
- Por supuesto.
- Bien… El cuerpo de Pierre fue retirado, pero desde esa noche, se escucha a intervalos regulares, el crujir de la viga que sostuvo el cadáver. La llaman “La viga del ahorcado”
Como respuesta a las palabras de Martin, se oyó un crujido que provenía de la habitación cerrada.
- La madera, a través de los años, tiende a crujir sin motivo aparente – replicó John.
- Es cierto – aceptó Martin -. Pero no es un crujido cualquiera. Es el crujido de algún peso considerable en una viga en mal estado.
- Pues bien, veamos la viga – dijo alegremente John, se empezaba a sentir muy aliviado de haber descubierto él solo el misterio, aunque había una mirada traviesa en los ojos de Martin.
- De acuerdo.
La puerta fue abierta y Martin encendió la luz. John ahogó una exclamación.
No había viga, el techo había sido reconstruido de sólido cemento.
Pero el sonido de la viga, sosteniendo el invisible cadáver, seguía siendo audible.
- Al poco tiempo de la muerte de Pierre, repararon el techo y retiraron la viga. Esta habitación quedó clausurada y luego se olvidó el asunto. Cuando mi abuelo mandó a reconstruir esta casa, cambió toda la estructura del techo de estas habitaciones, y naturalmente, quitó todas las vigas. Ya imaginarás su sorpresa cuando oyó por primera vez “La viga del ahorcado”, le costó mucho tiempo investigar su origen. Este fenómeno se conoce como mimofonía, y es una manifestación sobrenatural.
John se había quedado sin palabras.
- Martin, salgamos de aquí – logró decir al cabo de un rato.
4
Anochecía cuando Martin terminó de copiar en la computadora lo que John le había dicho sobre Calcestry. Anotó algunas cosas más y cerró el archivo. Frente a él, John bebía una taza de leche y lo miraba interrogante.
- Hemos terminado – informó el francés -. Ahora, creo que es justo que yo te explique algunas cosas más. Vamos a beber un trago a la piscina, y allí te lo contaré. Es el lugar ideal para hablar de asuntos serios.
John no supo si le hablaban en serio o en broma, pero la perspectiva de la piscina lo alegró. Antes del accidente, solía ir a nadar, y aunque era una terapia que le habían recomendado, eran pocas las veces que había tenido ocasión de hacerlo.
En el camino, mientras Martin buscaba las bebidas, John se quedó mirando una pared, en la cual estaban los retratos de dos severos hombres, tan parecidos entre sí que era evidente que eran parientes.
- Mi bisabuelo y mi abuelo -, explicó Martin acercándose a él.
John miró los grabados con los nombres y leyó en voz baja:
- ¿Jean Maximilien Helstrom y Maximilien Jaques Hellstorm?
- Sí – explicó Martin, mientras avanzaban hacia el jardín -. Es una historia extraña. Mi bisabuelo era Jean Maximilien Helstrom y mi abuelo era Maximilien Jaques Helstrom, pero un día mandó a hacer sus tarjetas de presentación y el encargado de la imprenta se equivocó al escribirlo, y puso Hellstorm. A mi abuelo le encantó el nuevo apellido y se quedó con él.
- Vaya – sonrió John muy divertido -. El resultado fue curioso. ¿Y tu padre usó también ese apellido?
- No – repuso Martin y la voz se le opacó un poco -. Mi abuelo sólo tuvo una hija, mi madre. Ella se casó con un inglés que nunca fue aceptado por la familia. Murieron en un accidente y mi abuelo me trajo aquí y me adoptó. Jamás volví a usar el apellido de mi padre, que era Travis.
- Lo siento mucho.
Llegaron a la piscina cubierta y Martin se dirigió a los vestidores. John se quedó afuera contemplando el ventanal por el que se divisaba el lluvioso jardín. Al poco rato, el francés emergió con un ceñido bañador. John tragó saliva y evitó mirarlo.
- ¿Quieres nadar? Hay suficientes
bañadores adentro.
John entró y abrió uno de los casilleros. Allí había
un bañador negro que no el pareció tan pequeño. Se lo
puso y salió. Martin estaba ya en la piscina con una copa de vino en
la mano.
Cojeando un poco, John se dirigió al trampolín y saltó,
olvidando la mano quemada. Un clavado perfecto.
- Bravissimo - exclamó Martin.
- Gracias – dijo John, nadando hacia él, con la mano herida en alto. Luego recordó su visión y se desvió hacia el borde de la piscina -. ¿Qué era lo que me ibas a explicar? ¿Era sobre ese círculo?
Martin bebió un trago de vino y nadó hacia él.
- En la Edad Media, cuando los caballeros partieron en busca del Santo Grial, se formó la Hermandad Mística del Alpha y Omega. Eran un grupo de hombres que luchaban por obtener reliquias religiosas a cualquier precio, incluso la vida de quienes las custodiaban, de allí les vino el nombre de Círculo Rojo, pues lo asociaban a esos asesinatos. Lo disfrazaron de guerra santa, pero en realidad buscaban acumular poder y conocimiento.
- Jamás oí hablar de ellos – repuso John.
- Claro que no, ocultaron muy bien sus huellas. Luego cambiaron sus métodos, pero se quedaron con el nombre de “El Círculo”. Era una especie de sociedad secreta y clasista, que fue multiplicándose a través de los tiempos. Ahora están infiltrados en los lugares más encumbrados de muchos gobiernos. No interfieren en los hechos, sólo documentan y recogen evidencias. Y esperan… han pasado siglos esperando algo, pero ignoro lo que es.
- ¿Cómo averiguaste eso?
- Mi abuelo perteneció al Círculo, y yo fui adiestrado como aprendiz desde los quince años. En el Círculo, existen los aprendices, los hermanos y los iniciados. Mi abuelo era un iniciado, pero yo jamás llegué a ese nivel. A los veinte mandé al demonio al Círculo, porque yo quería más acción y los principios de “observar y esperar” no fueron de mi agrado. ¡Y ni siquiera sabía que esperaban!. Creo que fui el único aprendiz que desertó, y estoy convencido de que mi abuelo tuvo que ver para que no me obligasen a quedarme. El viejo jamás me perdonó, se llevó el secreto del Círculo a la tumba. Pero aún así, no me desheredó.
- ¿Qué relación tienes con ellos?
- De mutua dependencia - explicó Martin -. Ellos me llaman cuando me necesitan, yo los ayudo para saber un poco más sobre su misteriosa misión. Y también interfiero en muchas de sus cosas. No se atreven a hacer nada drástico en contra mía por respeto a mi abuelo. En lo de Calcestry, les pedí a cambio quedarme con el joyero.
- Ah – murmuró John, tratando de comprender la clase de vida que Martin llevaba.
- Hay más cosas en el cielo y en la tierra, John, de las que ha soñado tu filosofía – dijo Martin, parafraseando a Hamlet –. Bebamos por la memoria de mi abuelo y por el Círculo.
John nadó hacia su copa y bebió en silencio. Se miraron y Martin empezó a nadar en círculos alrededor de la piscina. John hizo lo mismo, dando largas brazadas y dejando su cuerpo relajarse en el agua. La siguiente pregunta de Martin le hizo comprender por qué lo había traído a ese lugar.
- ¿Qué sientes ahora?
- ¿Qué?
- ¿Qué sientes? Estás relajado, tranquilo… concéntrate y dime lo que sientes.
¿Qué era todo eso? ¿Acaso Martin lo estaba utilizando para descubrir el misterio de ese extraño Círculo? John trató de pensar, pero su mente se cerró de pronto.
- No… no siento nada – repuso.
- Concéntrate… sentiste algo cuando me diste la mano. No me digas lo que viste, sólo lo que sentiste… necesito saberlo.
- ¿Crees que tengo el secreto de tu Círculo? No lo sé… en verdad.
- Quizá lo sepas inconscientemente… presiento que tú me traerás un cambio. Por favor, trata de concentrarte y dime lo primero que te venga a la mente. Cierra los ojos… eso es…
John hizo lo que le pedían, cerró los ojos y se concentró. Dejó que su cuerpo flotara en el agua y evocó el momento en que había conocido a Martin. Una mano suave empezó a masajearle los hombros. Se tensó un poco.
- Tranquilo, soy sólo yo – susurró Martin junto a su oído –, déjate llevar, sólo siente.
John suspiró, tratando de aislar sus crecientes emociones, y dejó que esas manos lo acariciaran expertamente. El masaje continuó en el cuello y espalda y le pareció eterno. Puso la mente en blanco y de pronto, sintió la descarga y la sacudida y unas palabras le vinieron a la mente.
- Déjame que te hable de mí, y sabrás lo que no-ser significa.
- ¿Qué? – exclamó Martin, soltándolo de inmediato.
John tembló y sintió un mareo. Trato de sostenerse del borde de la piscina, pero perdió el sentido por un instante y sintió algo húmedo deslizarse por su rostro.
Lo siguiente que recordó fue
a Martin tomándolo en brazos y llevándolo hacia su dormitorio.
Capítulo 04
When I was a child
I caught a fleeting glimpse
Out of the corner of my eye.
I turned to look but it was gone
I cannot put my finger on it now
The child is grown,
The dream is gone.
I have become comfortably numb.
Comfortably Numb – Pink Floyd
París
1
Nubes…
El cielo estaba de un celeste pálido lleno de blancas nubes moviéndose con la ligera brisa, que las iba empujando poco a poco, haciendo gigantescas ondas en el firmamento, alejándose... desplazándose cada vez más lejos… irreales, lejanas…
Niebla…
El horizonte se comenzaba a desdibujar, como cuando uno mira a través de una ventana lluviosa, dejando la realidad exterior irreal y lejana.
¿Dolor?
No sentía dolor... sólo una sensación de insensibilidad, como si contemplara el mundo exterior a través de esa ventana lluviosa, mientras en el interior, él se encontraba protegido. Como si nada pudiera alcanzarlo, lastimarlo…
Se había sentido así antes, aunque no tenía recuerdos de ello porque estaba en coma, pero de algún modo, la parte consciente de su cerebro sabía que era así.
Flotaba en medio de la nada.
- ¿John?
La voz que lo llamaba se oía lejana, amortiguada por el ruido de la lluvia inexistente. No quería moverse, no quería volver.
- Todo estará bien.
Algo húmedo fue puesto sobre su frente y alguien alzó sus brazos y los frotó con vigor. Un fuerte olor a alcohol le llenó los sentidos y todo comenzó a girar y a dibujarse de nuevo, como un trazo de acuarela que poco a poco se hacía más nítido y los ojos de John se abrieron, parpadeando, al contemplar de nuevo el mundo real.
- Tengo frío… - John se incorporó, pero una firme mano lo volvió a recostar.
- No te muevas – dijo la cálida voz de Martin, todavía en bañador, que lo miraba con la preocupación pintada en sus pupilas azules -. Sangraste por la nariz, no puedes levantarte aún.
El francés trajo dos gruesas mantas y cubrió el tembloroso cuerpo de John, quitó el paño húmedo de su frente y le apartó el cabello, rozando sin querer su mejilla. Sus miradas se encontraron.
- ¿Qué pasó?
- Te desmayaste. Dijiste algo extraño y luego te desplomaste. Te sujeté y te traje aquí – explicó con calma Martin.
- ¿Qué dije?
- ¿No lo recuerdas?
John negó con la cabeza, el mareo volvió por un instante y luego se alejó, dejándolo con el mismo sentimiento de irrealidad.
- No puedo… pensar.
- No pienses – replicó Martin y se acercó a él, alzándole la cabeza con cuidado –. Bebe esto, te hará sentir mejor.
John saboreó la leche tibia que Martin le ayudó a beber y cerró los ojos. Todo lo que quería era dormir, pero no deseaba quedarse solo en esa extraña casa.
- Descansa, por la mañana hablaremos – dijo Martin, dejando el vaso sobre la mesita, y le acomodó las mantas.
- No te vayas… por favor – pidió John -, me siento muy extraño aquí… tengo miedo…
- Tranquilo, me quedaré.
Y con esas palabras, los ojos de John se cerraron por fin y Martin lo arropó.
2
El francés cerró las cortinas y contempló por un momento
a John, que dormía tranquilo. Luego, muy despacio, salió y regresó
vestido con un pijama de seda azul y una bata del mismo color, y se acomodó
en el sillón junto a la cama, encendiendo la lamparita.
John se veía relajado, su respiración era acompasada y el temblor había desaparecido.
Déjame que te hable de mí, y sabrás lo que no-ser significa
¿Por qué había dicho eso?
Esa frase había atormentado a Martin por mucho tiempo, ¿cómo la sabía John? ¿la habría sacado de su mente? ¿o tendría otro origen? John tenía habilidades de precognición, pero ¿sería telepático también? Eso no tendría nada de raro, muchas personas desarrollan dos o más habilidades psíquicas.
Pero… esa frase…
Sabía que no tenía caso interrogar más a John, porque aún estaba bajo los efectos de la visión que había tenido. Esperaría hasta el día siguiente. Martin tenía bastante experiencia en la materia como para saber que no era bueno presionar.
Y también estaba acostumbrado a esperar.
Ese canadiense lo intrigaba muchísimo, había averiguado muchas cosas sobre él en el pueblo, la vida de John era tan transparente que parecía cualquier sujeto anodino, de esos de los que el mundo está lleno.
Pero…
Martin no era vidente ni poseía poderes especiales, era solamente un aventurero que había vivido muchísimo. Y sabía de algún modo que John era alguien especial.
El francés suspiró y se dispuso a pasar la noche del modo más productivo.
Sacó un libro titulado “El Secreto de los Templarios”, y comenzó a leer. Al poco rato, su rostro se relajó, absorto en la lectura.
3
John abrió los ojos con la sensación de haber tenido una extraña
pesadilla. Pero la visión de Martin dormido en el sillón junto
a él, con un libro en el regazo, lo convenció de que lo ocurrido
era real.
Se movió un poco y estudió al dormido francés.
El cabello le caía desordenadamente sobre la frente, su respiración era tranquila y sus labios estaban entreabiertos. Su piel era bronceada y tenía ligeras arrugas en la frente y al lado de los ojos, pero era un hombre inmensamente atractivo.
Pero a John no le gustaban los hombres.
Entonces, ¿por qué había tenido esa visión en Montreal?
Y lo más importante… ¿por qué había tenido la noche anterior una visión con un hombre que le era desconocido?
Tenía la garganta seca y se incorporó para beber un poco de agua. Entonces, Martin se movió y el libro cayó al suelo.
- Merde
El francés se inclinó a recogerlo y sus ojos se posaron en John.
- ¿Cómo te sientes?
- Mucho mejor – respondió John, sentándose en la cama. Llevaba tan sólo un pantalón de pijama, la noche anterior, Martin debía haberle quitado el bañador -. Volví a desmayarme… qué estúpido soy…
- Es la reacción normal para muchas experiencias psíquicas particularmente intensas. Algunos duermen, otros se desmayan. Poco a poco te adaptarás.
Martin lo hacía parecer tan simple que John no pudo evitar sonreír.
- Yo sólo quiero quitármelas.
- Al no saber su origen, mucho menos puedo pensar en un modo de evitarlas. Pero podríamos intentar llegar a su origen con hipnosis…
- No – fue la rotunda respuesta -, no dejaré que ningún extraño me hipnotice.
- Podría hacerlo yo, John – declaró Martin -, he hipnotizado a varias personas, sé cómo se hace. Y creo que hemos pasado cosas que hacen que no seamos extraños. No te digo que lo hagamos hoy o mañana. Sólo piénsalo.
John se levantó y buscó su camisa. Se la puso, de espaldas a Martin y cuando se la terminó de abotonar, volteó.
- Supongo que querrás saber lo que vi anoche.
- Sólo si tú te sientes preparado para contármelo.
John avanzó hacia el balcón, descorrió las cortinas y lo abrió de par en par. El aire de la mañana se coló en la habitación.
De pie en el balcón, con la luz del sol acariciando su cabello, las visiones y los espectros le parecieron lejanos. La sensación de sus pies descalzos sobre el frío mármol lo hizo sentir vivo otra vez, y sin proponérselo, comenzó a hablar.
- Había un pasillo muy largo y una luz. Yo avanzaba con dificultad hacia la luz, algo me detenía… pequeñas manos, como las manos de muchos niños, no me dejaban avanzar. Estaba oscuro y no podía ver de quienes eran. Sólo veía la luz lejana… Caminaba como en un sueño, creo que mi subconsciente me decía que era un sueño, y que al llegar a la luz, despertaría. Cuando estaba por llegar a ella, un hombre la cubrió con su cuerpo… era un hombre alto, rubio… vestido de negro. Y me dijo algo que no recuerdo…
- Déjame que te hable de mí y sabrás lo que no-ser significa – repitió suavemente Martin.
- Sí… era eso – dijo pensativo John -, no recuerdo nada más, sólo que me tomaste en brazos. No tiene ningún sentido… ¿será la visión que dicen los que regresan de la muerte? Pero si es así… debí tenerla al despertar del coma, y no lo recuerdo…
- Piensa, John – Martin se le acercó hasta quedar frente a él -, ¿conoces a ese hombre? ¿lo has visto antes?
- No… - John titubeó -, espera… creo que sí, en el aeropuerto… no estoy seguro.
- ¿Hay algo que recuerdes acerca de él?
Olor a cementerio, perfume de sándalo.
- Yo… sí… perfume de sándalo. Lo sentí en el aeropuerto… y ahora que lo pienso, en Cote de Saint Luc, la noche en que apareció el brujo… sentí ese olor en el bosque…
- ¿En el bosque? Eso es curioso… continúa…
- Es todo… sentí ese olor… el perfume… y luego encontré a Laura. Y en el aeropuerto, volví a sentirlo y vi a un hombre de negro… pero podría equivocarme… el mundo está lleno de hombres rubios vestidos de negro…
- Eso es cierto, pero tú crees que es el mismo, ¿verdad? – los ojos azules de Martin lo estudiaron intensamente.
John lo pensó un momento.
- Lo creo, pero no sé por qué.
4
Los días pasaron y John no volvió a tener visiones extrañas.
Se dedicó hacer un poco de turismo con el mes de sueldo que Martin
insistió en adelantarle, y juntos recorrieron los lugares más
bellos de París.
Martin era un guía excelente. Pasearon por el Bois de Boulogne, por los Campos Elíseos, recorrieron la catedral de Notre Dame, el Museo del Louvre y el palacio de las Tullerías. John no dejaba de preguntar y los conocimientos históricos de Martin no dejaban de sorprenderlo.
Por las tardes, cuando Martin se dedicaba a sus asuntos, John registraba en el computador el material que el francés le había proporcionado sobre sus últimos casos, documentándolos con fotografías y enlaces a temas similares.
Mantenerse ocupado le sirvió para relajarse y no estaba seguro si Martin le había encomendado esa tarea para distraerlo o para darle la oportunidad de examinar sus archivos. El programa que usaba se llamaba, modestamente, Hellstorm Plus 1.5. Martin le había dicho que uno de sus asistentes lo había diseñado y era una enorme base de datos de información bibliográfica, casos y comentarios del propio Martin.
En esa semana, John aprendió muchísimo, y pasaba agradables momentos con Martin cuando comentaban los casos. Y, por supuesto, ardía en impaciencia por participar en alguno.
- No suelo atender todos los casos que me llegan – le había explicado Martin en una ocasión -. Sólo veo los que me interesan. Alain y Kurt se encargan de filtrarlos.
Alain y Kurt, los asistentes de Martin, eran quienes organizaban todo en Hellstorm Corp. y aunque John aún no los conocía, era evidente que su jefe les tenía muchísimo aprecio. Respecto a la otra persona que trabajaba para Martin, John sólo sabía que le decían “El Ejecutor”, y con ese apodo realmente no tenía deseos de conocerlo.
Sí, habían sido días de calma, durante los cuales Michelle vino dos veces y trató a John con la frialdad de siempre. Y una noche, Martin llegó con una joven y fueron directo al dormitorio. Hacían tanto ruido, que John no podía conciliar el sueño imaginándoselos, desnudos en la cama… Martin cubierto de sudor, moviéndose tanto que la hacía gemir… Martin embistiendo y gritando en su orgasmo… Martin…
- ¡Martin!
John se cubrió el rostro con la almohada y dio varias vueltas en la cama, sin éxito. Se levantó y fue a tomar una prolongada ducha, tocándose hasta que se logró aliviar. Envuelto en una bata, salió de nuevo al dormitorio.
Los gemidos seguían.
- ¿De dónde saca tanta energía? ¡Demonios!
El canadiense bajó las escaleras y se alejó lo más posible del dormitorio de Martin.
Llegó al estudio, pero no le gustaba la perspectiva de pasarse la noche revisando archivos de cosas paranormales, de modo que salió a pasear por el jardín. La noche estaba fresca, pero no hacía frío, caminó por la hierba húmeda de rocío y se dirigió a un edificio casi junto al muro que resguardaba la propiedad.
Había pensado que se trataba de un lugar para guardar herramientas de jardinería, pero pronto notó lo equivocado que estaba. Ese lugar estaba tan resguardado como la propia casa. Sólo se podía ver una construcción triangular de concreto, sin ventanas y con una puerta de hierro, con código de acceso. El resto de la construcción era subterránea.
A John se le hizo extrañísimo, y se estaba preguntando qué podía guardar Martin tan celosamente, cuando sintió a sus espaldas un ligero ruido.
- Eeeeeeeee
Volteó de un brinco y alcanzó a ver a una chica joven, completamente desnuda, que lo miraba con grandes y curiosos ojos.
- H-hola – balbuceó John completamente perplejo. ¿Qué hacía una jovencita desnuda en el jardín, en medio de la noche? ¿Sería otra de las amantes de Martin?
Pero ante su sorpresa, ella se comenzó a reír y volvió a hacer ese extraño sonido.
- Eeeeeeee
Luego, simplemente, desapareció.
- Espera… espera – las palabras murieron en la boca de John. No había nadie a quién dirigirlas.
¿Qué había sido eso? ¿Otro espíritu?
No planeaba averiguarlo, de modo que volvió a la casa con toda la prisa que pudo, y se encerró en su habitación. Afortunadamente, Martin ya había terminado y la casa estaba en completo silencio.
5
John despertó con una espantosa jaqueca y de muy mal humor.
En la cocina, Martin tarareaba suavemente mientras preparaba el desayuno.
- Me voy – declaró apenas traspasó el umbral.
- ¿Por qué? – preguntó Martin, absolutamente sorprendido.
- No quiero ser aguafiestas, pero tus actividades de anoche y tu fantasma adolescente no me dejaron dormir.
Martin dejó sobre la mesa las tostadas y lo miró muy fijamente.
- ¿Qué fantasma?
- ¿Acaso tienes varios? Hablo de la jovencita desnuda que aparece en el jardín. Me dio un buen susto cuando dijo “Eeee” a mis espaldas… y no te atrevas a reírte. Fue grotesco.
El francés lo miró de modo extraño. Luego rompió a reír.
- De modo que viste a Jenny. John Storm, estás lleno de sorpresas.
- No es gracioso. Debiste decirme que si salía de noche podía encontrar fantasmas…
- Jenny no es un fantasma.
- Oh, grandioso – fue el turno de John de sorprenderse. Caminó hacia Martin y lo miró a los ojos -. No, no quiero saber lo que es. Y buscaré un lugar dónde quedarme, tampoco quiero incomodarte cuando traigas a tus amigas a la casa.
- No me incomodas en absoluto, John – replicó alegremente Martin -. Y te diré por qué no puedes irte aún, pero primero desayunemos. El ejercicio nocturno siempre me da hambre.
- ¿No desayuna tu amiga?
- Ya no está – fue la despreocupada respuesta -. Tenía clase a primera hora.
- Ah
Martin desayunó con mucho apetito, John apenas picoteó sus tostadas. El televisor estaba encendido y la noticia de que habían encontrado el cadáver de un hombre flotando en el Sena sirvió para que John sintiera mucho menos el deseo de comer.
- Dime por qué no puedo irme – cuestionó John cuando terminaron de lavar los platos.
- Vamos a la piscina.
De nuevo aquello. John no acababa de entender esa manía por discutir las cosas serias en medio del agua.
Pero esta vez, Martin no entró a la piscina. Simplemente se sentó en una de las perezosas junto al agua y John se sentó a su lado.
- Luego de que me contaste tu última visión, le pedí al Ejecutor que fuera a Cote de Saint Luc. Encontró allí a una de las enfermeras que te atendió, Elizabeth White. Ella le contó algo por demás curioso - Martin se inclinó para acercarse más a John -. El día anterior a que despertaras, tuviste una extraña visita. Un hombre rubio, alto y vestido de negro. Y esa noche, te sangró la nariz.
John abrió la boca, la volvió a cerrar y por último, murmuró:
- ¿Qué está pasando, Martin?
- No lo sé… pero si ese hombre te ha seguido hasta París, es mejor tomar precauciones. Quiero que te quedes aquí hasta que esto se esclarezca. ¿De acuerdo?
John asintió.
6
Dos días después, Michelle apareció. Había estado
de viaje y deseaba consultar algunas cosas de los archivos de Martin para
escribir un artículo. Ambos se encerraron en el estudio y John se entretuvo
en la biblioteca, pues había decidido no acercarse solo al jardín.
Estaba furioso, no podía controlar los celos que sentía de esa bruja francesa que lo miraba como si fuera un ser inferior. Y detestaba la forma en que tocaba a Martin y jugaba con su cabello.
Durante esos días, había tenido tiempo para pensar y estaba seguro de que la visión en la que se besaba con Martin era la causa de que ahora se sintiera atraído hacia él. Y eso era lo más absurdo que le había ocurrido, porque era como resignarse a lo inevitable, era admitir que no somos artífices de nuestro propio futuro. Y todo su sentido lógico se rebelaba ante ello.
Aún así, Martin le gus