Capítulo 2

De pronto, oigo el sonido metálico de la lanza del centinela al saludar y una voz que sólo puede ser la tuya le dice que se retire.

Y te veo frente a mi, vestido aún con tus galas de boda.

- “Alejandro”, murmuro sin poderme levantar de la silla.

Te acercas y caes de rodillas, sepultando la cabeza en mi regazo. Y lloras.

No entiendo tus lágrimas, éste debería ser un día feliz y temo que lo he arruinado a causa de mi pena.

- “Alejandro”, sollozo acariciando tus rizos dorados y reparo entonces que están húmedos, que te bañaste antes de venir a verme, borrando todo vestigio de tu estancia con esa mujer.

- “Era necesario”, dices levantando la mirada líquida.

- “Lo sé”, respondo tratando de que mi voz suene convincente.

- “Ella me preguntó si yo te amaba”, dices con profunda tristeza y yo tiemblo, porque nunca te lo pregunté por miedo a recibir una respuesta negativa o peor aún, un silencio.

Mis ojos cuestionan sin palabras y los aparto. No quiero obligarte a decir algo que no sientes, tan sólo por verme feliz.

-”Le dije que eres mi vida”, dices ahora, volviendo a sonreír.

- “¿Tú le dijiste…?”

- “Sólo confirmé lo que ya era evidente, Hefestión. Ella no es tonta”, replicas poniéndote de pie y me tomas de la mano para sentarte conmigo sobre la cama. “Entiendes que tenía que hacerlo, ¿verdad?”

Asiento, pero no digo una palabra. Siempre confiaste en mí, siempre me contaste tus secretos, y debo confesar que entendí todos tus motivos, excepto éste.

-“Es muy hermosa, y tiene mucho valor”, continuas en voz muy baja, “con ese temperamento nacerá el futuro rey y nadie, ni siquiera mi madre, podrá imponerle la conducta que deba tener. Quiero que sea libre, mucho más libre que yo”

Suspiro aliviado. ¿De modo que se trataba siempre de Olimpia?

-”Es extraño, ¿sabes? Descubrir que debajo de la pasión, no queda nada”, dices mientras te recuestas en mi hombro y yo paso mi brazo alrededor de tu cintura. “Ahora entiendo más a los filósofos, cuando apartaban de sí algunos placeres. Para mí nunca habrá pasión más grande que aquélla que va acompañada de la unión de las almas y nosotros hemos hecho el amor con el alma durante todos estos años”

¡Qué tonto he sido!

Se trataba también de la pasión, acabas de confesarlo. Pero tienes derecho a sentirla, tienes derecho a dejarte llevar. ¿Quién soy yo para cuestionarte lo que cualquier ser humano hubiera hecho?

-”Hefestión”, dices mirándome y me doy cuenta que mis mejillas están mojadas de nuevo con lágrimas.

Las limpias con besos suaves, hasta llegar a mi boca, donde te detienes.

-”Me obsequiaste esto”, dices mostrándome el anillo en tu mano y el corazón se me encoge pensando que vas a devolvérmelo. “Quiero que tú también tengas uno, en recuerdo de la promesa que hicimos años atrás, en Pella”.

Sacas un envoltorio de entre tus ropas y tomas mi mano.

-”Desde hace doscientos años este anillo ha pasado de manos de una reina a otra. Es una reliquia que me dio mi madre para el día en que contrajera matrimonio. Ese día ha llegado, es tuyo”, dices poniendo la joya en uno de mis dedos.

Ambos lloramos, comprendiendo lo profundo del significado de ese símbolo. Esta noche hemos hecho los votos y renovado las promesas de nuestra infancia y juventud. Luego de esta noche, nada ni nadie podrá separarnos, sólo la muerte, y ésta incluso, tendrá que luchar contra el Gran Alejandro.

Cuando susurras en mi oído “Tú eres el primero y el último”, me siento dichoso. Ahora entiendo todo y soy el más afortunado de los hombres. Tú jamás te entregaste a nadie más que a mí aunque muchos se entregaron a tus brazos.

Me ofreces tus labios y los tomo febrilmente, saboreando un sabor que es sólo tuyo, deslizando las manos por tu cabello dorado y luego por tu espalda. Has venido a ofrecerte esta noche, nuestra noche de bodas, y yo no puedo decepcionarte.

Despacio te quito la ropa, tu cuerpo me es tan familiar como el mío propio. Conozco cómo te hiciste cada una de las muchas cicatrices que lo cubren y que sólo sirven para que yo te vea más hermoso. Eres un guerrero, fuerte y poderoso, un guerrero que jamás ha perdido una batalla, y también eres un gran hombre. El más grande de los hombres.

Pero esta noche, quiero que seas solamente mi Alejandro y tú también lo deseas, al gemir suavemente mientras te tiendo, desnudo ya, en el lecho.

-“Te amo, Alejandro”, susurro besando las cicatrices de tu espalda. Esta noche es nuestra y sonrío al pensar que nadie se atreverá a interrumpirte en tu noche de bodas.

Ondulas suavemente ofreciéndote, pero me besas para hacer durar más el momento. No quieres prisas, los años que has pasado con el hermoso Bagoas te han hecho aprender a demorar el placer y yo lo comprendo.

Te hago girar, tomo tu virilidad en mi boca y siento en el vello que corona tu pubis pequeñas gotitas de agua. Te has aseado para mí y por eso puedo saborear tu esencia explorando tu cuerpo con toda la lentitud de la que soy capaz, a pesar de que hiervo de pasión.

Me detengo para besarte en los labios, que tienes entreabiertos, susurrando mi nombre. Abres los ojos y me devuelves el beso con una pasión que nunca te había conocido.

-“Soy tuyo”, susurras contra mis labios y dejas caer tu cabeza en el lecho, como si fueras incapaz de resistir la ansiedad.

Vuelvo a recorrer tu cuerpo con besos, tus hombros, tus brazos casi tan fuertes como los míos, tu pecho, donde los latidos de tu corazón esta noche son sólo para mí. Bajo lentamente por tu abdomen en el que se dibujan los músculos producto de los intensos entrenamientos a los que nos sometemos. Separo más tus muslos y me arrodillo entre ellos, elevando tus piernas sobre mis hombros.

Acaricio con ternura tu erguida erección y luego desciendo por la cara interior de tus muslos, besando y mordiendo suavemente. Llego finalmente al objeto de mi deseo, un lugar que nadie más que yo ha profanado jamás, un lugar que sólo yo he acariciado y poseído porque tú te has entregado a un solo hombre y ese hombre soy yo.

-“Hefestión”, murmuras con desmayo cuando mi lengua se apodera del ansiado trofeo.

Te saboreo con la convicción de que nadie más que yo tocará ese lugar, te preparo sabiendo que sólo mis dedos tienen el derecho de deslizarse de ese modo en tu cuerpo y arrancarte gemidos de pasión.

Esta noche estás más necesitado que nunca, jamás te había visto así, elevando tus caderas y clavándote sobre mis dedos en muda súplica. Los ojos se me llenan de lágrimas porque por fin te estás entregando completamente a la pasión y es por mi causa.

Quiero poseerte, pero es tan hermoso tenerte así, desesperado, que continúo torturándote con mis dedos mientras mi boca busca la tuya.

- “Te amo, Alejandro”, repito una y otra vez, embriagándome de tu nombre.

- “Tómame”, jadeas con desmayo.

Es la primera vez que me lo pides. Tú, mi amado Alejandro, de quien un hombre mezquino dijo que sólo habías perdido las batallas entre mis muslos. Tú, mi adorado sol, mi único y verdadero amor, me pides que te tome.

Retiro los dedos con cuidado y tus caderas se elevan pidiendo algo más. Estoy a punto de estallar, pero me contengo, presionando tu dilatada abertura. Una vez más, recorro ese camino que es sólo mío y la habitación se llena de gemidos.

Es una suerte que hayas despedido al centinela, aunque para ellos siempre seremos Aquiles y Patroclo, los soldados son hombres sencillos que se contentan con adorarte desde lejos.

Soy afortunado, Patroclo nunca soñó que Aquiles se entregaría a él con toda esta desenfrenada pasión.

No puedo detenerme, me adentro en tu cuerpo sin pensar que puedo hacerte daño, nunca antes he sido tan impetuoso en el momento de poseerte. Pero tú no pareces notarlo y nuestros cuerpos marcan el mismo ritmo furioso y desesperado, mientras nuestras almas vibran juntas en perfecta armonía.

Tu semilla inunda mis manos y mis sábanas y con un grito, me derramo copiosamente dentro de ti, como si mi cuerpo quisiera mostrarte la inmensidad de mi amor.

Ambos hemos gritado nuestros nombres en el momento cumbre de nuestra unión y ahora yaces con los ojos cerrados. Tus piernas tiemblan y las bajo de mis hombros con cuidado, sin querer retirarme aún de tu cuerpo. Despacio, me recuesto junto a ti y dejo que la naturaleza haga su trabajo al deslizarme fuera de tus cálidas entrañas.

Me das un beso y suspiras.

- “¿Me seguirás hasta el final?”, cuestionas nuevamente. En ese momento tan importante, necesitas la reafirmación de nuestros votos.

- “Hasta el fin de mis días, mi rey”, susurro y tomo tu mano para besarte en la punta de los dedos.

- “Te amo, Hefestión”, dices y te acomodas entre mis brazos como vienes haciendo desde que éramos adolescentes.

¡Has dicho que me amas!

Tú siempre dijiste que más importantes que las palabras son los hechos y cada uno de tus actos me dejó siempre claro el amor que sientes por mí. Pero soy de carne y hueso y egoísta cuando de trata de ti, por eso esas palabras calan tan hondo en mi corazón que te beso una y otra vez.

Ahora yo parezco el niño y lo sé, pero no me importa. Nunca hubo secretos entre los dos, nunca temimos llorar uno en brazos del otro.

Te acaricio el cabello y busco una manta para cubrirnos. Te acomodas de nuevo en mis brazos y pienso que te vas a poner a hablar de tus sueños. Siempre, después del amor, dedicas largas horas a hablar y yo escucho embelesado, siempre consultas mi opinión sobre cualquier asunto y yo trato de aconsejarte lo mejor posible. Nadie más que yo desea que te eleves aún más y te rodees de grandeza, no por el poder que esto conlleva, sino porque es el vehículo para conseguir tu visionario sueño.

Pero ahora estás extrañamente silencioso, tanto que pienso que te has dormido y te abrazo con ternura besando tu frente. Elevas la mirada y me sonríes. Sabes que por una sonrisa tuya soy capaz de enfrentarme solo a un ejército de mercenarios, pero sé que nunca me pedirías eso, pues tu amor no es egoísta.

El brillo de la pasión no se ha extinguido aún en tus pupilas y tu mano traza delicadamente los músculos de mi espalda, mientras tu boca se entierra en mi cuello, besándome.

- “El matrimonio aún no se ha consumado”, susurras y por un momento pienso que te refieres a tu boda con Roxana.

Pero cuando tu lengua traviesa juega con la nuez de mi garganta, comprendo todo de pronto.

Es nuestra noche de bodas y la entrega debe ser completa.

La emoción me embarga nuevamente, seré tuyo. Nunca me lo habías pedido y yo tampoco me había ofrecido, no creyendo merecer tan maravilloso regalo. No me he entregado a nadie, estoy intacto para ti, luego de ver tu luz, era imposible que buscara cualquier oscuridad.

Me besas de nuevo en la boca y cuestionas con la mirada. Yo sólo puedo susurrarte:

- “Soy tuyo”, con el mismo abandono con el que tú te entregaste antes a mi.

Sonriendo, besas cada rincón de mi cuerpo, como nunca antes hiciste. Eres cuidadoso y apasionado a la vez y agradezco infinitamente a tu bello eunuco por haberte adiestrado en el arte del amor, que ahora ejerces conmigo.

Cuando tu aliento roza mi virilidad me estremezco. Temo que pronto te esté rogando como una cortesana, ese es el efecto que estás provocando en mí y no me importaría en absoluto hacerlo.

Me besas y juegas con mi hombría interminablemente, haciéndola despertar. Tú también estás listo y te ves más majestuoso que nunca ahora que has decidido ganar la última batalla que te faltaba.

Introduces tus dedos en mi boca y los beso fervorosamente. Luego los retiras y deslizas gentilmente uno de ellos en mi interior.

Un gemido se me escapa. Mis entrañas son vírgenes y la invasión resulta un poco incómoda, pero me besas para calmar el dolor, imitando mis actos cuando soy yo quien te posee. Otro dedo y otro gemido que se me escapa. Nunca pensé que esto podría ser tan doloroso y me recrimino por habértelo hecho pasar a ti.

- “Despacio”, dices y me besas en los párpados.

Tus dedos empiezan a moverse circularmente y trato de relajarme. En batalla he recibido numerosas heridas y jamás me he quejado como me quejo ahora, y tú nunca te quejaste cuando te amaba. Temo decepcionarte, pero me besas de nuevo.

- “Si deseas, me detendré”, murmuras, temeroso acaso de lastimarme.

Te beso la mano. Yo más que nadie deseo que seas tú el primero que me posea, porque igualmente serás el único.

- “Si te detienes, sería como si me arrancaras la vida”

Me besas y cierro los ojos, relajándome. Tus dedos se siguen moviendo cadenciosamente, con lentitud y pronto me acostumbro a ellos. Inconscientemente, estoy moviendo las caderas como tú hacías, pidiendo más. Me miras a los ojos e introduces otro dedo, pero me siento mucho más dispuesto a recibirte ahora.

Por un rato que parece eterno, me preparas cuidadosamente. Ya son cuatro los dedos y he empezado a gemir y agitarme como una hetaira en celo. Tú solo me besas y me acaricias y siento que es agonía, necesito más de ti.

- “¿Estás listo?”, susurras de pronto y yo asiento desesperado.

Retiras los dedos y grito su pérdida con un gemido desmayado. Pero son rápidamente reemplazados por tu candente virilidad, que pugna por abrirse paso en mis entrañas.

Eres ligeramente más pequeño que yo y en ese momento me pregunto cómo es que todos estos años has podido recibirme con aparente facilidad. Ahora me parece una empresa imposible el que entres en mi cuerpo y me lleno de impotencia.

- “Alejandro”, escucho mi propia voz suplicante. “No deseo que te retires, pero si sigues empujando, temo que me quebraré”.

- “Con calma, lo haremos despacio”, dices, “tenemos toda la noche”

Te pones de pie y buscas algo en tu túnica. Me quedo en la cama, aterrado de que decidas irte, pero no lo haces. Un olor a aceites aromáticos inunda la habitación y tus dedos se hunden de nuevo en mí, empapados en el aceite que hace que se deslicen con facilidad.

Me relajo de nuevo y te introduces dentro de mi cuerpo con suavidad y firmeza. Ahogo un grito.

Me besas y sonríes.

- “Te amo, Hefestión”, dices y esas palabras son un bálsamo. Por oírlas nuevamente me dejaría cortar en trozos. “Te amo”, repites y logras tu cometido, empalándome completamente.

-”Acostúmbrate a mi cuerpo, sin prisas”

Tus palabras son dichas con ternura, nunca pensé sentirme así. Ahora estamos unidos completamente y sé que nada nos podrá separar. Me muevo con suavidad y tu erección roza un punto en mis entrañas que me hace enloquecer.

Estoy dando un espectáculo, lo sé. Pero no puedo detenerme, quiero que te claves más en mí, que me desgarres si es necesario, quiero sentirte como nunca he sentido a nadie. Fuiste mío durante muchos años, ahora soy tuyo y no seré de nadie más.

- “Alejandro… Alejandro”

Has empezado a gemir al mismo tiempo que yo, nuevamente desesperado y ansioso. Gritas mi nombre. Bendito seas, gritas de nuevo que me amas y yo también lo grito.

Con un estremecimiento, siento tu semilla inundar mis entrañas y me siento completamente distendido, mi erección arroja sobre mi vientre una nueva descarga acompañada de un nuevo grito.

- “Te amo, Alejandro”

Jadeamos agotados y te retiras delicadamente, refugiándote en mis brazos.

No hablamos, no es necesario porque ya está dicho todo.

Apenas tengo fuerzas para cubrirnos con mi capa y nos quedamos dormidos, uno en brazos del otro.

Cuando despierto, estás acariciando mi cabello. Me acurruco contra tu hombro y te beso en el pecho.

- “Hefestión”, dices con suavidad y me apartas un poco para mostrarme algo entre las sábanas.

Ahogo una exclamación.

Un círculo de sangre rojiza mancha la sábana. Sangre que sólo pudo provenir de un lugar.

- “Está consumado”, me sonríes y me besas nuevamente. Luego tomas mi mano y la entrelazas con la tuya. Ambas lucen los anillos que intercambiamos. “Ahora debo irme, ella estará por despertar”

- “Ve con ella”, te digo sin sentir más celos.

Esta noche ha sido enteramente de los dos y ese recuerdo no se borrará jamás.

Después de un último beso, te vas y yo me acomodo de nuevo entre las mantas, para sentir el olor de tu cabello.

Más tarde, me preparo para enfrentar de nuevo los demonios de la corte, pero antes de eso, doblo cuidadosamente la sábana ensangrentada, escribo en ella tu nombre y envuelvo el anillo que me diste. No es necesario que me lo pidas, sé que nadie debe verlo en mi mano, así como nadie verá el que yo te di.

Alejandro, mi único sol.

 

FIN

Ayesha - Índice - Main