Capítulo 5

Noviembre, 12

Yo estaba convencido de que el licántropo no recordaba nada de lo sucedido en la fiesta de Halloween, por eso me produjo un perverso placer verlo cojeando ligeramente los días que siguieron a la celebración.

Lucius seguía sin hablarme y eso me ponía frenético. Me había increpado mi mal gusto y mi pésima intuición al confundirlo a él, a un Malfoy de la más pura sangre, con un sujeto venido a menos como Lupin.

Por supuesto que Lucius ignora que Lupin es un licántropo, el viejo Dumbie fue muy claro: “Severus, si alguien se entera de la condición de Remus me veré forzado a prescindir de tus servicios”, claro, el viejo loco sospecha siempre de mí, y siempre lo hará cuando se trate de sus consentidos, Lupin y Black.

Pero yo no podía dejar de pensar en Lupin tal como lo vi esa noche, vestido de pantera y tan desinhibido que me causaba asombro. Quizá haya sido por efecto del alcohol, aunque comenzaba yo a pensar que tenía sus ventajas ser amante de un licántropo. Y muy en el fondo, le tuve cierta envidia a Black.

Él se comportaba como si nada hubiera pasado, me saludaba con su chocante amabilidad y su estúpida sonrisa… sin imaginar siquiera los pensamientos nada castos que yo tenía hacia él…

Luego, el 4 de noviembre, pidió permiso para ausentarse por enfermedad, como todos los meses, y yo fui el encargado de reemplazarlo. Me divertí atemorizando a esos estúpidos remedos de mago, Potter y compañía, e incluso me adelanté en el texto, dejándoles un trabajo acerca de los licántropos. Si alguno de ellos tiene dos dedos de frente – cosa que empiezo seriamente a dudar – entonces el secreto de Lupin será descubierto, él tendrá que irse y yo dejaré de tener fantasías sexuales con un licántropo.

Juro que lo hice por mi salud mental.

Pero una vez más, el destino me jugó mal y ninguno se dio cuenta de la condición de Lupin, como dice el refrán “no hay idiota sin suerte”. Al menos no tendré que soportar a Longbottom lanzando “Stupefy” a la araña del techo con riesgo de decapitarnos a todos, no sé como Lupin lo soporta…

Finalmente, el licántropo regresó luego de una semana, pero no se dejó ver. Sospecho que hay algo extraño allí, porque sus transformaciones no suelen durar tanto, pero como siempre, nadie se dignará a explicarme. Dumbie me pidió que lo ayude con los avances de las clases, de modo que fui a visitarlo a su despacho.

Toqué la puerta como corresponde a una persona educada, y sentí un dudoso “Pase”, proveniente de adentro. Empujé la puerta y vi a Lupin sentado en su escritorio con algo en el rostro… puso su mano rápidamente sobre su boca como una adolescente tonta y supuse que me estaría sonriendo.

- “Hola, Severus”

Gruñí por toda respuesta.

Entonces él pareció dudar nuevamente y retiró la mano para mostrar orgullosamente el bigote más estúpido y ridículo que he visto en mi vida.

- “Quise cambiar de imagen, ¿qué te parece?”, dijo con una radiante sonrisa.

Tuve que morderme los labios para no reír, pero ESO era demasiado. No, Dumbledore no me habría culpado, estoy seguro. Ver a un sonriente licántropo, un poco ruborizado, peinado como un niño bueno, con un mechoncito de cabello ondulando a un lado de su frente… y un absurdo bigotito, delgadito e insignificante, cubriéndole el labio superior. Se veía marchito después de la transformación, y me recordó inevitablemente a un apio… sí, era un apio. Pero no un apio cualquiera, sino uno que ha permanecido muchos días en uno de esos artefactos muggles, refrigeradoras creo que les llaman, un apio mustio y cabizbajo…

Y ya no pude más…

Comencé a reírme como loco ante la confusión total del licántropo, que lucía aún más mustio, si cabía, en ese momento.

- “¿N-no te gusta?”, preguntó avergonzado.

- “¿Gustarme?”; pregunté en medio de las lágrimas de risa, “¿GUSTARME? Lupin, esto es lo mejor que he visto en mi vida…”

- “¡Es suficiente!”, exclamó molesto, “me dejaré el bigote y si no te gusta, es tu problema. Creo que debes volver en otro momento, cuando te hayas calmado”, y con toda la dignidad del mundo – y ciertamente el licántropo tenía dignidad-, se puso de pie y se metió en sus habitaciones particulares, mientras yo me seguía riendo sin poder parar.

Salí de allí riéndome aún y espanté a Longbottom que venía con su cuaderno bajo el brazo, seguramente a preguntarle algo a su profesorcito. Le dije que Lupin estaba en cuarentena y me alejé por el pasillo dejándolo estupefacto en la puerta del despacho.

Debo reconocer que el licántropo tiene personalidad.

Esa noche, cuando se presentó en la cena, el murmullo fue generalizado e incluso Minerva tuvo que ocultar su cara de búho detrás de una copa de vino. Sólo Dumbie parecía complacido, seguro el viejo tuvo la brillante idea, algo así como “juguemos a cambiar de imagen al licántropo”… debo dejar de destilarle licor de grosella.

Traté de no reírme nuevamente, lo cual fue considerablemente difícil, considerando que el licántropo fue la delicia de Slytherin y sorprendí a Draco dibujándose unos bigotitos con una pluma mientras todos reían como locos… el chico tenía estilo, como su padre.

Suspiré, era mejor no pensar en Lucius, ahora en Europa divirtiéndose como nunca mientras yo estaba solo en esta patética escuela, vigilando a un licántropo con un retorcido sentido del buen gusto.

- “Severus”, otra vez la estúpida sonrisita.

- “Dime, Lupin”, gruñí.

- “Aún no me has explicado lo que avanzaste en mi ausencia. Necesito saberlo para empezar mis clases mañana”, comenzó, “¿podrías ir después de la cena a mi despacho?”

Estaba a punto de soltarle un taco, pero la mirada de advertencia de Dumbie me detuvo.

- “De acuerdo, Lupin”, dije esbozando mi mejor sonrisa.

Acabada la cena, bajé a mi habitación en busca de los trabajos pendientes de corregir, era justo que el licántropo hiciera eso al menos. Y con los pergaminos a cuestas, me dirigí a su despacho y toqué la puerta.

No hubo respuesta.

Toqué de nuevo, e irritado por que nadie me abrió, decidí entrar y dejarle los pergaminos sobre la mesa. Con un hechizo que Lucius me había enseñado, logré romper los conjuros que protegían el despacho y entré. Me disponía a dejar los pergaminos cuando Lupin salió de su habitación, vestido con camisa blanca, corbata y una de sus viejas túnicas. Traía una toalla en las manos y era evidente que estuvo en la dicha, a juzgar por su peinado…

Un momento.

Eso no era un peinado, era la confusión de cabello más fuera de lugar que he visto en mi vida. Un pollo hervido antes de desplumarse tendría mejor aspecto. Los pergaminos cayeron de mis manos.

- “¡Severus!”, exclamó sorprendido. “¿Cómo entraste aquí?”

- “Elemental, Lupin. Algún día te enseñaré”, respondí agachándome a recoger los pergaminos, y entonces me llevé la segunda sorpresa de la noche.

Lupin no traía pantalones.

La túnica lo cubría parcialmente, pero pude notar que tampoco llevaba ropa interior. ¿Qué hacía Lupin vestido de la cintura para arriba, muy compuesto él con la corbata incluso, y SIN PANTALONES? Decididamente la mente de los licántropos era muy difícil de desentrañar…

Entonces recordé algo que hacía muchísimo tiempo había leído.

“El hechizo Obliviate no tiene efecto en seres como veelas, banshees y licántropos”

- “Oh, no”, fue todo lo que pude decir.

Lupin se había agachado conmigo para ayudarme con los pergaminos. Nuestras miradas se encontraron.

- “S-severus…yo… er.. yo me divertí mucho en la fiesta de Halloween ¿Aún tienes ese anillo en… en…?”, pasó la mano nerviosamente por su cabello, despeinándose más aún y tuve la absurda idea de acomodárselo yo mismo. Mis dedos comenzaron a peinarlo dejándolo medianamente presentable… y entonces…

Entonces lo miré a los ojos y vi tanto deseo en los iris dorados que por un momento decidí olvidar a mi demonio rubio y probar si era cierto lo que dicen de los licántropos.

- “Compruébalo tú mismo”, le respondí insinuante…

Se apoderó de mis labios inmediatamente, parecía que había estado buscándolo hacía tiempo, por la ansiedad con que lo hizo… sabor a chocolate y acónito. Lo besé como hago con Lucius y su cuerpo se pegó al mío, completamente endurecido.

- “Seve”, jadeó y quise estrangularlo. Sólo Lucius podía llamarme así.

- “Para ti soy Severus, Lupin. Aunque preferiría que me llamaras Profesor Snape”

- “Sí, Severus”, dijo obedientemente, como un corderito. “¿P-puedo?”, preguntó tomándome de la mano. Lo miré resignado.

Me llevó a su habitación, donde todo estaba en penumbras.

- “Severus”, sonrió tímidamente, “no he podido olvidar esa noche de Halloween”, y sin más, me besó.

Caímos a la cama en un confuso enredo mientras él luchaba por desabotonarme la túnica… sus dedos lograron desabrocharla luego de un momento de forcejeo y luego siguió con la camisa mientras hacía lo mismo con su ropa.

¿Lupin tomaba la iniciativa? Lo estaba dejando hacer para ver hacia donde pensaba llegar, pero sus intenciones ya eran más que evidentes… estaba tan ansioso que dejaba escapar ocasionales gemiditos, era realmente muy cómico… y excitante. ¿Podía alguien más que mi demonio rubio desearme de tal modo?

Sus manos aferraron mi entrepierna con desesperación. Ya tenía mi respuesta.

- “Basta, Lupin”, le ordené y me miró confundido, “ahora, túmbate en la cama”

Obedeció dócilmente mirándome con ansia apenas reprimida. Me desvestí mostrándole orgullosamente mi anillo y me acerqué, arrodillándome en la cama junto a él.

- “Licántropo, admira a la serpiente de Slytherin”, dije provocadoramente, de un modo que solo Lucius hubiera podido superar.

Como era de esperarse, sus ojos se abrieron como platos mientras miraban hacia esa parte de mi anatomía que Lucius me había enseñado a utilizar tan bien. Sus manos se dirigieron allí y comenzó a brindarme tales atenciones que me hizo arquear en el momento en que su lengua jugaba traviesamente con el anillito, tirando de él y soltándolo nuevamente. El licántropo sabía lo que hacía, porque en pocos minutos estuvo a punto de llevarme a la cima.

Pero yo tenía otros planes.

Aparté su cabeza y me tendi en la cama, obligándolo a arrodillarse con las piernas abiertas a la altura de mi pecho, de espaldas hacia mí, y le ordené:

- “Vuelve a lo que estabas haciendo”

Él se inclinó y me tomó de nuevo entre sus labios, brindándome uno de los espectáculos más excitantes que recuerdo haber visto. Sus nalgas estaban abiertas ante mis ojos, dejando entrever el pequeño círculo hacia donde pronto se dirigiría mi desbordante pasión.

Inserté un dedo y éste entró fácilmente, tan ansioso estaba Lupin que lanzó un aullidito mientras introducía de golpe mi erección, anillo incluido, dentro de su tibia boca.

Continué torturándolo con los dedos y la lengua, mientras él me atendía exquisitamente y llenaba el aire de aullidos y gritos de pasión. Su bigotito rozaba por momentos mi erección, mezclándose con el vello de mis testículos y produciéndome cosquillas.

- “Lupin… “, jadeé entre divertido e irritado, “…cosquillas…”

- “Lo siento”, susurró y continuó sus atenciones esta vez sin introducir completamente mi miembro en su boca, pero sí masajeándolo con sus manos y produciéndome deliciosas sensaciones que me hicieron estar próximo a terminar, pero me detuve de nuevo.

Lo aparté sin dejarlo cambiar de posición y me arrodillé detrás de él, empalándolo de un solo e inmisericorde empujón, y sujeté sus caderas con firmeza para que no pudiera escapar.

Luego del grito de dolor inicial, su cuerpo se ajustó a la invación y entonces el licántropo perdió el control y comenzó a agitarse como una loba en celo, frotándose contra mi cuerpo, empalándose más mientras usaba mis manos para masturbarse y gemía con total abandono.

- “Ahhh, Severus… jamás pensé que la serpiente de Slytherin pudiera ser tan agradable para un Gryffindor como yo”, jadeaba diciendo incoherencias… yo solo empujé más y más, mientras sentía mi orgasmo próximo, y abrí sus nalgas para poder enterrarme hasta el fondo, derramándome todo dentro de su caliente y ansioso cuerpo.

Grité en mi orgasmo, mordiéndome los labios para no decir el nombre de Lucius, y en los estertores que siguieron, él también acabó, temblando entero y prolongando mi clímax por un delicioso instante más, mientras su esfínter se contraía enviando descargas eléctricas hasta mi cerebro. Tendría que repetir esto con Lucius, fue el último pensamiento coherente que tuve antes de desplomarme sobre su cuerpo.

- “Severus”, se me abrazó gañendo bajito como un cachorro y no pude evitar acunarlo entre mis brazos. Se acomodó allí, antes de susurrarme, “Jamás se lo digas a Sirius…”, y luego se quedó profundamente dormido.

Esperé un momento. ¿Acaso el licántropo pretendía que durmiera con él? Suficiente había obtenido con que me acostara con él. Lo observé dormir… después de todo, no era tan malo como había pensado… y como amante era bastante útil y placentero.

Pero…

Ese bigote…

No, el bigotito le quitaba todo lo romántico al momento, porque yo no dejaba de imaginarme sosteniendo un apio marchito entre mis brazos…

- “Evanesco“, susurré con seguridad. Y desapareció.

Entonces, me permití besar a Lupin casi con ternura, y lo acomodé en la cama para salir lo más despacio que pude, sin despertarlo. Solo le dejé una pequeña notita en la mesa de noche. “A la serpiente de Slytherin no le agradan las cosquillas”.

Ahora que escribo estas líneas, confío en que mañana, cuando despierte sin su bigote, comprenda el mensaje que le dejé.



Capítulo 6

Esto es lo más ridículo que me ha pasado.

Ridículo, grotesco, indigno, humillante, hasta me faltan adjetivos para calificar semejante bajeza.

Y lo peor de todo, es que terminé disfrutándolo.

Dumbledore tiene la culpa. ¿Quién le dijo al viejo que haga de casamentero? ¿Quién tuvo que meterle en la cabeza la idea de que yo me sentía solo? Tengo la sospecha de que fue el licántropo. Lo cierto es que el viejo me llamó a su despacho una tarde.

- “Severus, siéntate”, me dijo con su empalagosa amabilidad, “¿Un caramelo de limón?”

¿He dicho cuando odio los malditos caramelos? Me negué cortésmente.

- “Estoy preocupado por ti”

Alcé una ceja. ¿Se me notaba tanto? Cierto que no estaba durmiendo muy bien desde esa memorable noche en que Lucius, Black y Lupin invadieron mi habitación. Pero eso no afectaba mi desempeño como maestro.

- “Ah, ¿sí?”, murmuré. “Estoy perfectamente. ¿Acaso alguien se ha quejado”

Me mordí la lengua recordando a Longbottom y Potter limpiando los retretes con un cepillo de dientes. Pero no, Longbottom tenía demasiado miedo para quejarse y Potter era orgulloso. Volví a respirar normalmente.

- “Desde luego que no. Solamente pensaba que podrías salir un poco más”

- “¿Salir más?”

¿De qué hablaba el viejo?

- “Verás, Severus, no es bueno estar encerrado tanto tiempo en una escuela de jóvenes magos sin que eso nos afecte. Por eso me tomé la libertad de darte libre esta noche”

- “¿Esta noche?”

Precisamente esa noche me había citado con Lucius en “El Caldero Chorreante” y ahora el viejo pretendía arruinarlo.

- “Sí”, dijo sonriente, “y también me tomé la libertad de poner un anuncio en la sección D de ‘El Profeta’, para que puedas estar acompañado”

- “¿QUÉ?”, exclamé temiendo lo peor, “¿Qué clase de anuncio?”

El viejo, sonriente aún, me alcanzó el diario y una carta.

“Mago soltero y maduro busca cita con persona del mismo sexo, con un marcado gusto por las pociones y sustancias extrañas. Escribir a S.S. en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería”

No podía creerlo ¡El viejo me había buscado una cita!

Abrí febrilmente la carta y allí estaba, con letra desconocida, la respuesta.

“Querido S.S., estoy interesado en platicar de pociones e intercambiar fluidos. Te espero esta noche, a las diez en punto, en ‘El Caldero Chorreante’. Llevaré una rosa roja. Por favor, lleva un clavel blanco y así podré reconocerte. Firmado: ‘Dulce’”

- “¡Mierda! No pretenderás que vaya a esa cita, verdad, ¿Albus?”, pregunté espantado,

El viejo sonreía aún.

- “Severus, comprenderás que debo preocuparme por el bienestar de mi plana docente. Y sí, es exactamente lo que pretendo. Necesitas distraerte”

- “¡No pienso hacerlo!”

- “Severus, no querrás que llegue a oídos del Ministro de Magia cierta fiesterilla que montaste en compañía de un ex mortífago y un presidiario prófugo, ¿verdad?”

¡Chantaje! ¡Eso era vil chantaje! Pero el viejo fue inflexible, se le había metido en la cabeza que yo fuera a esa estúpida cita. ¡Hasta tenía el clavel! Y lo que es peor, me comunicó muy suelto de huesos que se había puesto en contacto con “Dulce” y que si no hacíamos lo que proponía en su carta, estaba despedido.

Salí dando un portazo y me topé con Filch, que tenía una expresión extraña.


2

Esa noche, después de tomar un baño que no me relajó en absoluto, me dirigí al Caldero Chorreante, embozado hasta las orejas en una capa negra que ocultaba el estúpido clavel.

Había enviado a Lucius una lechuza cancelando la cita y el pobre animal volvió con la nota y las plumas chamuscadas.

Miré cuidadosamente a los parroquianos y suspiré con alivio al no ver a nadie con una rosa roja. Tom, el posadero, me saludó demasiado sonriente para ser de mi agrado, y me sirvió una copa de brandy “cortesía de la casa”. También me dijo que había una habitación reservada para mí en el segundo piso.

Me despojé de la capa y bebí tratando de no pensar en esa tonta cita a ciegas que Dumbledore había tramado para mí, pero mi paz no iba a ser duradera. De pronto, un estridente sonido me perforó los tímpanos.

Gotta make a move to a
town that's right for me
Town to get me movin'
Keep me gvoovin' with some
energy.

¿Qué demonios era eso? ¡Música mugle! ¡En el Caldero Chorreante!

¡Un momento! ¿De dónde salió?

Me levanté a investigar el origen de la música y descubrí una estancia más privada en la que alguien había instalado una rocola muggle.

Y el culpable de semejante atrocidad se contorneaba coquetamente, de espaldas a mí.

Creí que mis ojos me engañaban y me los restregué concienzudamente, para descubrir que no me había equivocado. ¡Era Lupin!

Aterrado, me deslicé fuera de allí lo más rápidamente que pude, no era cosa de que el licántropo descubriera mi cita y luego lo pregonara a todo Hogwarts.

“Severus Snape es tan feo que necesita citas a ciegas”, podía imaginarme los mensajes en el pizarrón de anuncios.

Enrojecí hasta las orejas y volví a mi mesa, deseando con toda mi alma que un rayo le cayese encima a ese ridículo licántropo, y estaba yo rumiando mi vergüenza con brandy cuando sentí que alguien estaba de pie, a mi lado.

- “Buenas noches, profesor Snape, hace una dulce noche, ¿no es verdad?”

¡FILCH!

¡Era Filch sonriéndome con su desdentaba boca y sus mechas grasientas cayéndole sobre los hombros!

Quise matar a Dumbledore, quise echarles a todos los presentes una maldición, pero las palabras del viejo se materializaron en mi mente:

“Severus, no querrás que llegue a oídos del Ministro de Magia cierta fiesterilla que montaste en compañía de un ex mortífago y un presidiario prófugo, ¿verdad?”

Suspiré, tratando de resignarme. Quizá, si le tapaba el rostro con la almohada… pero ¡ERA FILCH!

No, no podía.

Decidido a pedir al día siguiente mi traslado a Tomboctú, desaparecí el clavel de un furioso apretón y miré a Filch con mi mejor rostro de inocencia, ese mismo que usaba con Voldie.

- “Buenas noches, Argus, ¿qué le trae por aquí?”

¿Era idea mía o el rostro de Filch mostró mucha decepción?

- “Er… vine a encontrarme con un amigo de la infancia”, murmuró el conserje, “disculpe, profesor, creo que se le cayó algo de la solapa”

- “¿A mi? Pero si yo no llevo nada en la solapa”, respondí con absoluta sorpresa e incluso hice ademán de buscar en el suelo, sin éxito.

- “Debo haber visto mal”, replicó el conserje, “será mejor esperar. Reservé un apartado especial”, sonrió haciéndome dar escalofríos, y desapareció tras una puerta, permitiéndome al fin respirar tranquilo.


3

Decidí finalizar la botella e irme discretamente, pero el destino no lo quería así.

- “¿Sev?”

¡Lucius! Mi vida estaba arruinada.

- “Sabía que te encontraría aquí”, sonreí en mi mejor acto de hipocresía. “Se canceló la reunión de profesores y hablé a tu casa”

- “Ah, ¿sí?”, preguntó él y un destello plateado en sus ojos me hizo estremecer. “¿Y quién te atendió? ¿Draco? ¿Narcissa?”

- “Fue tu elfo doméstico”, mentí descaradamente, “pensé darte una sorpresa y encontrarte aquí, mon cher”, murmuré en francés en un último intento desesperado por convencerlo.

Su risa me indicó que al menos la furia había pasado. Se sentó junto a mí y saqué sin pensar el pobre clavel oculto en mi bolsillo para prenderlo nuevamente en mi solapa.

- “¿Ves? Lo hago para complacerte”, sonreí de nuevo tomándole la mano.

Y ese fue el momento que el licántropo escogió para aparecer.

¿Debo describir la cara que puso cuando me vio con Lucius? Un cordero famélico camino al matadero no habría tenido mejor aspecto.

Me apresuré a una discreta retirada.

- “Lucius”, susurré rozándole el muslo por debajo de la mesa, “reservé una habitación para nosotros. ¿Nos vamos?”

Su sonrisa fue bastante elocuente.

- “Vamos”


4

No perdimos el tiempo, apenas se cerró la puerta, nuestros cuerpos se restregaron con rabia y con deseo. Después de todo, ¿no había ido yo a eso? Y viéndome librado de Filch, ¿no merecía yo un momento así con Lucius?

- “Lucius… oh, Lucius”, gemí sin poder evitarlo cuando sus manos me arrancaron la túnica y se posaron en mis caderas.

La Serpiente de Slytherin comenzó a dar muestras de requerir atención y Lucius lo comprendió, pues tiró de ella febrilmente.

- “¡Oh, Sev! Te extrañé tanto…”

Nos desnudamos a toda prisa, como dos adolescentes ansiosos, y Lucius se arrodilló para atender a la serpiente con la reverente adoración que siempre le prodigaba.

Cerré los ojos, pensando en el cielo rodeado de ángeles rubios.

Well, I talk about it,
Talk about it,
Talk about it,
Talk about it,
Talk about, Talk about,
Talk about movin,

- “¿Qué demonios…?”, exclamé cuando la cancioncita de Lupin me arruinó mi momento perfecto.

- “¿Qué significa esto?”, bramó Lucius alzando su varita y esgrimiéndola amenazador hacia la puerta por donde se filtraba el odioso sonido.

Gotta move on.
Gotta move on.
Gotta move on.

- “Debemos actuar con precaución”, aconsejé, y haciendo gala de agilidad, brinqué hacia la puerta, con la varita en alto. “¿QUIÉN ANDA ALLI?”

La música cesó y pude oír un murmullo. Luego la voz de Tom, el posadero masculló, temblorosa.

- “P-profesor Snape… él dice que tiene una cita… con usted”

Aterrado, pensé que Filch se hallaba afuera, sonriendo con su boca desdentada para hacer valer sus derechos. Entonces oí otra voz.

- “Tiene el clavel y yo tengo la rosa… se trata de mi cita”

¡LUPIN!

Era Lupin y no Filch… no me paré a pensarlo, la idea de que alguien más reclamara sus derechos sobre el hombre del clavel blanco fue demasiado para mí… Filch se erguía imponente en mi mente, afectada a estas alturas por todo lo que bebí… ¡Tenía que librarme de él!

Abrí la puerta y halé a Lupin, para cerrársela luego en las narices al posadero, todo en una fracción de segundo. Luego, respirando más tranquilo, me di cuenta el enorme error que había cometido.

Lupin no cabía en sí de felicidad y llevaba un estéreo muggle que conectó enseguida e hizo funcionar con magia.

Won't you take me to
Funkytown.
Won't you take me to
Funkytown.
Won't you take me to
Funkytown.
Won't you take me to
Funkytown

Los labios de Lucius murmuraron una maldición.

- “¡No! Lucius, cariño… no hagas eso o te llevarán a Azkaban”, dije poniéndome heroicamente entre mi amante y Lupin.

El licántropo no se veía sorprendido.

- “Severus”, dijo con una risita boba., “esto es un hermoso detalle, pensé que no te acordarías…”

- “¿De qué demonios habla?”, tronó Lucius.

- “Sí”, convine, “¿de qué demonios hablas, Lupin?”

- “¿De qué hablo?”, repitió el licántropo con fingida inocencia, “¡De la venganza del León de Gryffindor! ¡EXPELLIARMUS!”

Bastó un instante y el licántropo se hizo con el control de la situación. Sostenía nuestras varitas y también la suya, y su mirada no auguraba nada bueno.

- “Ustedes dos, a la cama”

- “Lupin, no sé quién te invitó a esta fiesta, pero…”, empezó Lucius.

- “¿Quién me invitó? Fue Severus, naturalmente… vi un mensaje suyo en la sección rosa de ‘El Profeta’. Es una cita a ciegas, la rosa y el clavel. Yo soy la rosa”, aclaró Lupin bastante innecesariamente. “Ahora, ¡A la cama!”

Esa frase, tan excitante en cualquier otra ocasión, traía ahora connotaciones siniestras.

Lucius, pálido y completamente confundido, empezó de pronto a entender.

- “¿Quieres decir que Severus te citó a ti en este lugar? ¿Y reservó esta habitación?”

Tragué saliva.

- “Por supuesto. Pero la habitación la reservé yo”, repuso triunfalmente el licántropo. Luego añadió, con una risita, “¿Saben? Encontré a Filch allá abajo, esperando también al hombre del clavel blanco… temí que estuviera con Severus…”

- “¿FILCH?”

Eso fue demasiado para Lucius. Me brincó al cuello sin que pudiera yo impedirlo y mientras forcejeábamos, Lupin se desnudó.

- “Inmobilus”, pronunció con una horrible satisfacción en la voz y ambos dejamos de movernos.

- “¡LUPIN, PEDIRÉ TU EXPULSION DE HOGWARTS POR ESTO!”, bramó Lucius lanzando varias maldiciones sin efecto alguno.

Lupin le mostró la varita con una sonrisa de oreja a oreja.

- “Vamos, Lucius… tú también lo prometiste, ¿recuerdas? Fue la noche que maullaste para mi”

Eso sobrepasó todos los límites. ¡Los maullidos de Lucius eran solo míos! Protesté enfurecido, pero él nos ignoró y se puso a buscar algo en los bolsillos de su andrajosa túnica, agachado en el piso.

- “Aquí está”, exclamó por fin y se me heló la sangre al mirar el frasquito que sostenía en sus manos. “¿Quién quiere ser el primero?”

Era obvio que nadie le respondió.

Entonces alguien tocó la puerta con desesperación.

- “¡Auxilio! ¡Por el amor de Dios, que alguien haga algo!”

El licántropo se quedó estático, él también había reconocido esa voz.

- “¡Paddy!”, exclamó con alegría y abrió la puerta para dejar pasar a un hombre completamente embozado, que llevaba un maltratado clavel blanco en el pecho.

- “¿Moony?”, balbuceó el convicto, “¿Snivellus? ¿¡Malfoy¡?”

- “Lotería”; respondió Lucius en igual tono, burlándose del estúpido ese con la sutileza que solo un aristócrata puede tener. Aunque el aristócrata en cuestión estuviera desnudo sobre la cama, con un maestro de Pociones sobre él.

Pero Lupin estaba pensativo. Siempre quise desentrañar la mente de un licántropo… ¿en qué pensaría? ¿en mi serpiente? ¿en la de Lucius? ¿en Black?

- “Paddy, ¿por qué llevas un clavel en el pecho?”

Black pareció avergonzadísimo y puso cara de desesperación mientras pensaba una excusa. Pero, como es obvio, nada bueno se le ocurrió.

- “Lo siento, Moony… llevo mucho tiempo sin verte… yo… puse un anuncio en la sección rosa de ‘El Profeta’. Me cité con ‘Campanilla’ ¡Y ES FILCH! ¡Trae una rosa roja y anda detrás de mí! ¡Tienes que creerme, Moony!”

Pero el licántropo no creía nada.

- “¿Filch? ¡Yo soy ‘Campanilla’, Sirius Black! Y vine a encontrarme con ‘Mercenario’, que es Severus”

- “¡Yo no soy ningún ‘Mercenario’!”, protesté al instante. “¡Yo ni siquiera escribí esa maldita nota! ¡Lo hizo Dumbledore!”

- “¡’Mercenario’ soy yo!”, vociferó Black.

Ambos iniciaron una acalorada discusión y Lucius, aún debajo mío, murmuraba en contra de Dumbledore, los Gryffindor y el mundo en general.

De pronto, Black y el licántropo se quedaron callados y se acercaron a nosotros con una sonrisa que nos hizo estremecer. Iban tomados de la mano y por su expresión, acababan de llegar a un feliz acuerdo.

- “Si Dumbledore escribió la nota…”, empezó Lupin. Era obvio que creían que si el viejo había escrito la nota, significaba que aprobaría todo lo que se derivara de ella.

Black completó la frase.

- “Significa que el León de Gryffindor tiene permiso para vengarse de la serpiente”

No había ninguna lógica en todo ello y Lucius trató de hacérselos ver, pero Black lo haló de un brazo y lo arrastró hacia el piso. Lupin hizo lo mismo conmigo.

Black se deshizo rápidamente de su andrajosa túnica y de toda su indumentaria. No pude dejar de admirar su presencia de ánimo cuando miró a Lupin y exclamó, muy convencido:

- “¡A la cuenta de tres!”

Cerré los ojos. Lupin maniobraba mi cuerpo sin que pudiera hacer nada para defenderme. Pero no supliqué.

- “Uno”

Abrí los ojos nuevamente. Lucius miraba al techo, con los labios apretados, dispuesto a resistir como un Slytherin.

- “Dos”

Decidí seguir el ejemplo de Lucius y demostrarles que el valor no solo se halla en los Gryffindor.

- “Tres”

Recordé que Black no tenía lubricante.

- “Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy”

Allí se fue la dignidad de Lucius. El grito que lanzó debió alertar a los demás parroquianos, pues alguien golpeó furiosamente la pared exigiendo silencio.

Lupin se adentró en mi cuerpo con todo el entusiasmo de una larga espera y me dispuse a esperar que terminase. Pero el maldito licántropo no se iba a conformar con eso.

- “Lucius, maúlla para mi”

- “N-nunca”, jadeó mi amante con la poca dignidad que le quedaba.

- “Paddy”, suplicó Lupin, y Black se comenzó a mover con maestría, arrancándole a Lucius jadeos involuntarios que me hicieron gemir. “Sigue así, Paddy…”

Black no se lo hizo repetir y continuó moviéndose y tocando a Lucius mientras Lupin jugaba con la serpiente y tiraba del anillito haciéndome estremecer. ¿Tendría las fuerzas para resistirlo? Si Lucius resistía, yo lo haría también, me dije heroicamente.

- “Miaw”

¡Quise morirme en ese instante!

-“¡MIAW! ¡MIAW! PRRRRRRRRRRR MIAAAAAAAAWWWWW”

Y luego, Black y Lupin comenzaron a aullar.

Traté de resistir en vano, la serpiente tenía vida propia y siguió su camino haciéndome jadear y gemir hasta que no pude más y en un último esfuerzo heroico, grité el nombre de Lucius mientras terminaba en brazos de Lupin.

- “Gracias, Lucius”, dijo el licántropo con emoción contenida y se inclinó a besar a mi amante en la boca.

Luego, Black y Lupin se besaron y miré a Lucius, que, suplicante, estaba observándome con ese brillo en los ojos que yo tan bien le conocía.

Momento idílico en el que me perdí en su mirada de plata y pude ver la inmensidad de su amor, porque yo sabía en lo más íntimo de mi ser que esos maullidos eran solo para mí y que Lucius era sólo mío. Descontando, por supuesto, el hecho de que Black aún estuviera sobre él y Lupin estuviera encima mío.

- “¿Hay alguien aquí? Soy Dulce”, escuchamos junto a la puerta.

Fin del momento idílico.

- “De prisa, ¡Es Filch!”, exclamó Black aterrorizado.

Filch lo escuchó, porque comenzó a aporrear la puerta reclamando sus derechos.

Lupin y Black se miraron y luego saltaron hacia un lado y se vistieron a toda prisa. ¡Y entonces Black se transformó en un perro negro! Eso al menos explicaba su olor…

Lucius pensó lo mismo, porque comenzó a reírse histéricamente.

- “¡Por eso aullaba! ¡Por Belcebú, creí que deliraba!”

Pero la alegría no nos duró.

Lupin y Black se dirigieron a la ventana, lanzaron un hechizo para abrir la puerta y desaparecieron luego sin dejar rastro alguno.

- “¿Profesor Snape?”

Si hay algo más aterrorizante que un depredador hambriento, es Filch. Avanzó hacia nosotros relamiéndose.

Fue entonces que Lucius por fin alcanzó su varita.

Aún trato de explicarle a Dumbledore cómo fue que su conserje se convirtió en gusarajo. Pero como los gusarajos no hablan, nuestro secreto está a salvo.

 

FIN

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