DIARIO DE LUCIUS MALFOY

HP

 

Capítulo 1

Luego del consejo, me deslicé fuera rápidamente antes de que Dumbledore lo advirtiera. Debía hacer una última visita antes de volver a mi mansión. Una visita largamente postergada. De hecho, deseé hacerlo desde que yo mismo estudiaba en Howgards, pero las circunstancias no eran las más apropiadas, ya que debía casarme con Narcissa.

Mientras avanzaba por el pasillo, que había cambiado muy poco en aquéllos años, sonreí pensando que era una suerte que Severus fuera el director de Slytherin y que mi hijo, Draco, fuera uno de sus estudiantes favoritos. Eso me lo había contado el mismo Draco, pues “el profesor Snape” como él lo llamana, siempre lo favorecía y compartía con él ese mismo odio hacia Harry Potter. El odio que sintió hacia el padre era transmitido al hijo, del mismo modo que Draco había heredado mi odio hacia los Potter. Creo que Severus sabía que yo lo había recomendado personalmente ante el Consejo, “el mejor estudiante de Pociones”, tenía que ser necesariamente “el mejor profesor de Pociones”. Él creía que lo escogerían para Defensa Contra las Artes Oscuras, ¡Qué equivocado estaba! Ese puesto no será nunca para él. Nunca. Podría aprender algo para detenerme.

Las mazmorras se veían también iguales. Caminé en silencio hacia su despacho, preguntándome qué de atractivo tenía estar en un lugar tan tétrico y alejado. Sólo se oía a lo lejos el sonido de agua que caía. Recordé que sus habitaciones estaban también allí. Severus obviamente no esperaba visitantes y era difícil que alguien lo visitara en un lugar tan apartado. Eso para mi era una ventaja.

Hice un sencillo hechizo que me facilitó la entrada. La habitación tenía un aspecto lúgubre, con estanterías llenas de sustancias y criaturas que seguramente horrorizaban a los visitantes. ¡Oh Severus! ¡Si supieras que conozco cosas más terribles!

Al fondo del despacho había una pequeña puerta que abrí, usando un nuevo encantamiento. Entré a su dormitorio. Todo allí estaba ordenado. En una mesa junto a la cama había un libro de tapas oscuras ¿su diario? Sobre el libro, estaba su varita. Quise reír, ¡un mago sin su varita! De seguro Severus pensaba que los sencillos hechizos con los que aseguró las puertas eran suficientes. Tomé la varita y la deslicé en uno de los bolsillos de mi túnica.

La cama con dosel estaba cubierta con una manta negra, al igual que las sábanas y las cortinas. Ese detalle me gustó. El negro siempre fue mi color favorito y era también el de Severus. ¡Ah Severus! el ordenado Severus. Sobre una silla está su ropa, doblada pulcramente. Hay una puerta cerrada, desde la cual proviene el ruido de agua.

No pude evitar una sonrisa al imaginar a Severus en la ducha. Si alguien me hubiera visto diría que yo tenía la expresión de un lobo a punto de saltar sobre su presa. Me senté sobre la cama a esperar.

Al cabo de un rato, se abrió la puerta del cuarto de baño. Severus apareció en el umbral, descalzo y con una pequeña toalla negra en la cintura. Avanzó unos pasos y entonces me vio. Vi su rostro tranquilo pasar de la sorpresa a la indignación por hallar un intruso en su habitación.

- “Lucius”, exclamó, - “¿Qué haces aquí?”

- “Hola Severus. Deseaba hablar contigo”, dije levantándome. Lo miré detenidamente, notando su turbación por haber sido tomado desprevenido. Mi mirada lo sonrojó y miró a otro lado, incapaz de sostenerla.

La toalla negra y el decorado de la habitación, negro también, resaltaban la palidez de su piel. Su cuerpo era delgado e invitaba a experimentar nuevas sensaciones y su cabello mojado y echado hacia atrás, sin peinar, hacía verse más marcado su perfil aguileño. Severus nunca fue guapo y él lo sabía. Sin embargo, particulamente, siempre lo encontré atractivo. No sabía por qué, aún no lo sé. Pero yo deseaba más que nada hacer que el impasible Snape se encontrara a mi merced, deseaba hacerle perder el control. Y hoy lo lograría.

- “¿Cómo entraste?”, preguntó con genuina curiosidad, mientras sus ojos buscaban algo en la mesa de noche. ¡La varita! Pero yo la tenía en mi poder y él lo supo en cuanto fue capaz de volver a mirarme.

- “¡Bah! ¿Pensaste que esos sencillos hechizos detendrían a Lucius Malfoy? Fue sencillo, algún día te mostraré”, respondí con engreimiento, - “si eres bueno”, agregué, mordaz.

- “Habla entonces, ¿Qué tienes que decirme?”, preguntó avanzando hacia la silla, pero fui más rápido y me senté sobre ella y sobre su ropa. Le sonreí burlonamente. Severus, el orgulloso Severus no me pediría que me levantara. No, él no se rebajaría, aunque era evidente que estaba muy avergonzado.

La situación era por demás cómica. Snape estaba en medio de su habitación, con el cabello mojado y el agua chorrendo por sus hombros y espalda, con sólo una diminuta toallita negra enrollada en la cintura y con una expresión de total seriedad, como si se encontrara dictando clases. Tuve que evitar echarme a reír.

- “Draco me habla muy bien de ti”, respondí. Noté que se relajaba un poco. – “Dice que eres el mejor maestro y el mejor de todos los directores de las casas”

Severus sonrió. Su vanidad era halagada. Yo también sonreí y continué.

- “Sé también que lo favoreces respecto a Griffyndor. Eso me agrada. El consejo y Dumbledore también están complacidos contigo”.

- “Gracias Lucius”, me contestó. – “pero no has venido hasta aquí para decirme sólo eso, ¿verdad?”

¡Ah, Severus! Siempre tan perspicaz. Casualmente, introduje la mano al bolsillo de mi túnica, palpando mi propia varita.

- “Tienes razón Severus”, respondí poniéndome de pie y caminando alrededor de Snape.

Su mirada me siguió, pero cuando caminé a su espalda, tuvo que darse vuelta para mirarme. Aproveché ese momento.

- “¡Inmovilus!”, exclamé apuntándolo con mi varita. Su sorpresa fue total.

- “¿Qué demonios...?”, empezó, pero entonces puse mi varita en su cintura y solté la toalla. Severus quedó completamente desnudo, de pie frente a mí.

Retrocedí para contemplar mi obra, ignorando por completo sus protestas e insultos. Sabía que jamás pediría ayuda, era demasiado orgulloso. Además, lo habia inmovilizado, aunque no por completo. Mi técnica al inmovilizar se había ido perfeccionando con los años y la práctica con mis “víctimas” había sido muy provechosa. Yo podía elegir a voluntad cuales partes no inmovilizar. Severus podía hablar, mover el cuello y la cabeza y su cuerpo respondería a otros estímulos. Eso, por el momento, era suficiente.

- “Ahora quiero recompensarte por todo eso, y saber si también me favorecerás”, susurré en su oído.

- “¡Aléjate de mí!”, exclamó, pero noté poca determinación en su voz. Sus ojos no dejaban de mirarme, indignado, pero a la vez intrigado y (me atrevería a jurar) ansioso.

- “¿Alejarme? No, Severus. Haré exactamente lo contrario”, le respondí, sin apartarme.

Él volteó la cabeza tratando de alejarse de mí, y aproveché para recorrer su espalda con mi varita, lentamente hasta llegar a la parte baja, donde me detuve. Severus se estremeció. Esa era la confirmación que yo quería.

Continué avanzando en mi exploración con la varita, sobre su cuello esta vez y bajando por su pecho. Con la punta rocé sus pezones y bajé un poco más hacia el ombligo. Severus trataba de protestar.

- “¡Lucius, detente! No jugaré tu juego”, pero había tan poca determinación en su voz y tenía la respiración tan agitada, que lo tomé como una invitación a continuar.

La varita siguió su camino entre los muslos de Severus y jugó con sus testículos. Su miembro empezaba a endurecerse y un gemido escapó de sus labios.

Aproveché el momento para besarlo. Al principio sólo uní mis labios a los suyos, que él, sin éxito, trataba de apartar. Luego tomé su rostro con mis manos y lo besé más apasionadamente, obligándolo a entreabrir los labios e inmediatamente asaltándolo con mi ansiosa lengua.

Él opuso una débil resistencia y pronto mi lengua lo exploraba todo, entrelazándose con la suya. Me intoxicaba su sabor y mis manos comenzaron a acariciarle la espalda. De pronto, y antes de lo que esperaba, él empezó a corresponder mi beso. Tímidamente al principio, su lengua jugaba con la mía transmitiéndome maravillosas sensaciones. Luego, más agresivamente, trató de deslizarla en mi boca y yo se lo permití.

Me apresuré a romper el beso, sólo un instante. Un toque con mi varita y unas palabras que susurré, permitieron que se pudiera mover de la cintura para arriba. Volví a apoderarme de sus delgados labios, abrazando su cuerpo desnudo, y él volvió a corresponderme, con las mejillas coloreadas con el tinte de la pasión. Nos abrazamos, buscando mayor contacto y sus manos empezaron a acariciarme, palpando mi piel bajo mi túnica, explorando…

Entonces comprendí y cogí su mano un instante antes de que recuperase su varita. La arrojé lejos, y me detuve un momento a sopesar la situación. No, Severus lo había intentado sólo por conservar su reputación. Su cuerpo me indicaba claramente que él quería esto tanto como yo. Su mirada tenía una súplica sin palabras y entendí el mensaje.

Dejé mi varita sobre la mesa de noche y me paré detrás de él. Aprisioné sus muñecas con mis manos y comencé a besarlo en el cuello, luego, con sus manos u las mías, empecé a acariciar su pecho mientras me pegaba a su cuerpo dejándole sentir mi erección entre sus nalgas.

- “¡Lucius, no!”, pidió él, pero ya mis manos habían soltado las suyas y masajeaban cariñosamente su miembro, ahora completamente erecto. Las palabras murieron en su boca y, vencido, echó la cabeza hacia atrás buscando mi contacto.

Nos besamos apasionadamente. Su cuerpo ardía. Parecía que Severus había esperado largamente algo así, que sólo esperaba que alguien encendiera la mecha. Ahora la llama no se apagaría.

Lo alcé en mis brazos. Era delgado, casi como Narcissa, y no tuve problemas en llevarlo hacia la cama, a pesar de que él no podía mover las piernas. Lo recosté en ella y tomé mi varita de nuevo. No me costó trabajo encadenar sus muñecas a las columnas de la cama, con un encantamiento. Luego liberé el resto de su cuerpo de la inmovilidad.

Severus me miraba ansioso. La sensación de que alguien lo domine de ese modo lo excitaba, era evidente. Pero yo deseaba más, quería oírlo gemir y suplicar por mí, para mí. Empecé lentamente a desvestirme y él seguía todos mis movimientos con anticipación. Dejé caer la capa y la camisa y me quedé desnudo de la cintura hacia arriba. Siempre he estado orgulloso de mi cuerpo y esa noche lo estuve más, al ver cómo se despertaba el deseo de Severus que movía las caderas buscando alivio, mientras sus ojos no se apartaban de mi.

- “Sev. ¿me deseas?”, pregunté traviesamente

- “¡Basta Lucius! No te burles de mí”, su voz fue un susurro.

- “Burlarme no. Jamás. Sólo deseo oírte decirlo”, susurré a mi vez, pero él volteó la cabeza, mirando hacia otro lado. Era obvio que no deseaba darme esa satisfacción.

Me dije que lo lograría de igual forma y volví a subir a la cama, separé sus piernas y me arrodillé entre ellas. Como jugando, puse las manos sobre sus rodillas y comencé a avanzar lentamente hacia arriba. Cuando llegué cerca de su ingle, me detuve. Severus abrió más las pernas y empezó a mover las caderas, esperando mayores caricias. Pero al ver que yo me detenía, se detuvo, avergonzado y molesto. Sin embargo, no dijo nada.

Le sonreí, humedeciento lentamente mi labio inferior con la lengua y luego, me agaché y tomé su miembro entre mis labios. Un profundo gemido fue mi recompensa y comencé a acariciar sus testículos mientras mi boca succionaba y mordía deliciosamente su carne ansiosa. Luego me detuve de nuevo y lo miré a los ojos.

- “Sev, ¿me deseas?”, repetí con malicia.

- “¡Oh Lucius”, exclamó él, pero volteó el rostro y no dijo más.

Eso requería aplicar medidas más drásticas. Hundí mi rostro nuevamente entre sus muslos, jugando con la punta de su erección, mientras mis manos se apoderaban de sus nalgas, alzándole levemente las caderas y haciéndolo abrir más las piernas. Continué lamiendo su delicioso miembro hasta oír que los débiles gemidos iban aumentando de intensidad. Luego sin previo aviso, lo solté y dirigí mis ataques hacia el lugar que él menos esperaba.

Su cuerpo se puso tenso inmediatamente. “¡No, no!”, oí que pedía, pero lo ignoré. Mis manos habían separado el camino hacia mi deseo y ya mi lengua se deslizaba en aquél lugar inexplorado y particulamente sensible. Poco a poco se fue relajando y, vencido su temor inicial, comenzó a disfrutarlo, pues sus piernas se abrieron aún más y elevó las caderas ofreciéndose. No desdeñé la deliciosa oferta y lo torturé con mi lengua hasta que estuve seguro que su último punto de resistencia había sido vencido. Severus, mi adorado Severus gemía sin control y estoy seguro de que, si el mismo Dumbledore hubiese aparecido, no le hubiese hecho el menor caso.

Entonces me detuve y él lanzó un nuevo gemido, esta vez de pérdida.

- “¿Qué quieres de mí?”, le pregunté.

- “¡Oh Lucius!”

- “¡Dímelo!”, ordené.

- “Lucius…yo…”

Hice ademán de retirarme.

- “¡No! Lucius, por favor…no-no me dejes así”, pidió Severus

- “¿Qué quieres?”, insistí

- “¡TE QUIERO A TI! ¡QUIERO SER TUYO LUCIUS!”, gritó en su desesperación.

- “Suplica”, dije, mientras introducía un dedo en su abertura. Me sorprendió lo rápido que se deslizó dentro. Mi Severus estaba muy ansioso.

- “No Lucius, yo no…”

Retiré el dedo inmediatamente.

- “P-por favor”, casi adiviné las palabras

- “Más alto”, dije, deslizándo mi dedo nuevamente en él.

- “¡Ahhh! Lucius, me estás matando”, gimió mientras movía desesperadamente las caderas.

- “Más alto”, continué, implacable. Pronto, yo mismo no resistiría la urgencia.

- “¡POR FAVOR LUCIUS! ¡TE LO SUPLICO! ¡NO ME TORTURES MÁS”, gemía Severus, ¡Se veía tan hermoso y tan necesitado!

Introduje otro dedo, que fue aceptado inmediatamente por aquél cuerpo ansioso. Sin duda hice un gran trabajo preparándolo, lubricándolo con mi saliva.

- “Dilo una vez más, Sev, ¿qué quieres de mí?”, insistí.

- “¡TOMAME! ¡HAZLO LUCIUS!”, casi gritó, - “p-por favor”, agregó en forma tan conmovedora que me venció.

Liberé mi dolorosa erección y retiré los dedos, reemplazándolos inmediatamente por mi palpitante miembro que se abría camino entre la delicada piel. Su cuerpo se puso tenso, era su primera vez y yo lo sabía. Empecé a frotar su miembro hasta que se relajó nuevamente y empujé despacio. Lo miré. Su rostro estaba contraído por el dolor, pero empezaba a calmarse. No pude resistirlo. Siempre deseé tener a Severus a mi merced. Siempre.

Un rápido empujón y estuve dentro de él. Lanzó un gemido de dolor que ignoré. Dejé de moverme un momento, para dejarlo acostumbrarse a la invasión. Me dejé llevar también. Su estrechez me volvía loco. Empecé a moverme en círculos muy suavemente, hasta que su cuerpo volvió a responder. Y entonces, empecé mi verdadero ataque. Extraje mi miembro hasta la punta para penetrarlo de nuevo fieramente, sus gemidos, de dolor o placer, o quizá ambos, me hicieron perder la razón y lo ataqué sin misericordia. Mis manos aprisionaron su miembro y lo estrujaban con fuerza a cada empujón mío, hasta que él empezó a gritar mi nombre y su semen empapó mis manos. Eso acabó con mi cordura, empujé con todas mis fuerzas, enterrándome en su cuerpo y gritando también su nombre y lo inundé con mi semilla.

Agotado, me dejé caer sobre él besándolo. Severus tenía los ojos cerrados y respiraba agitado. Abrió los ojos al contacto de mis labios y sonrió. Lo vi realmente atractivo, con las mejillas coloreadas y el cuerpo cubierto de sudor, que se mezclaba con el mío. Estuvimos allí abrazados, sin decir palabra. Luego, me retiré lentamente de su cuerpo y me recosté junto a él, cubriéndolo con la manta.

Cuando me recuperé, me volví a ver a mi amante, pero Severus se había dormido profundamente. Lo besé suavemente en los labios y me deslicé en silencio fuera de la cama. Debía volver, pues Narcissa me esperaba.

Me vestí silenciosamente y recogí mi varita. Di una última mirada a Severus dormido y me fui.

Volví a caminar por el frío pasillo hacia la salida que sólo yo conocía y cuando estuve fuera, lo recordé: ¡Las cadenas! ¡Había dejado a Severus encadenado a la cama! Quise volver sobre mis pasos, pero Filch y su apestosa gata hacían ya su ronda, de modo que me encogí de hombros y volví a mi mansión.

 

 


Capítulo 2

Los días que siguieron a mi maravilloso encuentro con Severus fueron tranquilos. Me envió una lechuza, pero le devolví el mensaje sin leerlo. Fui un par de veces al colegio, durante su clase de Pociones y fue muy divertido observarlo desde la puerta de la mazmorra, se puso tan nervioso que olvidó incordiar a Longbotton y a Potter. Luego, cuando salió a buscarme, desaparecí.

Después, francamente, me olvidé del incidente porque una nueva “víctima” apareció en escena cuando Narcissa fue de viaje esa misma semana. Lo pasé deliciosamente “domando” a mi nueva adquisición, que pronto se doblegó completamente a mis caprichos.

Un día, en que acabábamos de empezar, vino Leggy, mi nuevo elfo doméstico, temblando, como acostumbraba y se las arregló para comunicarme que el profesor Snape se hallaba en la chimenea.

Me apresuré a ir al salón principal de mi mansión, donde ardía el fuego. En medio de él estaba la cara de Severus.

- “Lucius”, dijo nervioso, - “has estado evitándome. Debemos hablar”

¡Era tan gracioso!

- “Entonces ven conmigo”, dije y caminé hacia la puerta y no me detuve al oir el pequeño estallido que siguió a la llegada de Severus.

Él se apresuró a seguirme, pero yo caminaba rápido hacia la armería, donde me encontraba divirtiéndome antes de esa molesta interrupción. Aunque . . . ya no era molesta, mi mente había encontrado una buena ocupación para Snape.

Entré a la armería, y dirigí unas breves palabras a mi compañero, quien se cubrió con una capa negra y se confundió entre los tapices y armaduras de una de las paredes. En ese momento, entraba Severus agitado.

Con mi varita, cerré las puertas. Luego me dirigí a Snape con la mejor de mis sonrisas, pero él estaba furioso.

- “¡Lucius! ¡Exijo saber qué te propones!”, empezó.

Yo reí divertido.

- “Vamos, Sev. Cuéntame mejor cómo escapaste de las cadenas, ¿Fue difícil?”, me fulminó con la mirada, ¡Cielos! ¡Se veía tan cómico!

- “F-fue Lupin…él me sacó”, Severus estaba lívido de furia mientras las palabras salían trabajosamente de su boca.

No pude contenerme más y lo besé con pasión. Severus se debatió un momento entre mis brazos, pero yo era más fuerte. Luego, poco a poco se fue dejando vencer. Yo sabía cuán ansioso estaba, lo sentía a través de su túnica mientras se pegaba a mi cuerpo y me dejaba explorar su boca y su cuello.

Lo besé rabiosamente, dejando marcas en su cuello y mordiendo sus labios. Me gustaba la rudeza y Severus despertaba en mí los más bajos instintos. Le arranqué la capa arrojándola al suelo mientras él luchaba por despojarme de mi túnica, pero no se lo permití.

En el forcejeo, ambos perdimos nuestras varitas, pero no me importó. Estábamos en mi mansión, en mis dominios. Separamos nuestras bocas un momento para tomar aire. Entonces lo miré a los ojos, perdiéndome en sus profundidades. Severus estaba jadeando y tenía las mejillas coloreadas por la pasión, se veía irresistible.

- “Sev, desvístete”, le ordené con voz firme.

- “Lucius, yo no...”, se interrumpió porque le di la espalda.

- “Hazlo”, ordené nuevamente, en un tono que no admitía réplica – “sé que lo deseas”, continué, insinuante.

Oí un ruido de telas y supe que se estaba desnudando. ¡Qué fácil es convencerte, Sev! ¡Tienes tanto que aprender aún! Volteé inmediatamente a mirarlo, se estaba quitando la última prenda, unos boxers blancos con rayas verdes, y en el medio la serpiente de Slytherin. Sonrió algo avergonzado. Yo tuve que reprimir una carcajada, imaginaba a los alumnos de Howgarts viendo a su respetable profesor de Pociones vestido así.

Me acerqué nuevamente a él, sin tocarlo. Severus buscó mis labios y me besó torpemente mientras yo avanzaba y lo hacía retroceder, hasta que lo tuve apoyado en un gran disco metálico en el centro de la armería. Se estremeció al contacto del metal en su espalda desnuda, pero empecé a atacar su cuello mientras le tomaba las manos y las estiraba hacia los extremos del disco. Severus gemía y se estremecía ante mis caricias, y trataba de frotar su erección contra mi cuerpo, pero yo no se lo permitía. Con mis manos en sus muñecas, usé los pulgares para presionar un pequeño resorte, e instantáneamente un par de brazaletes metálicos se las sujetaron. Trató de liberarse, pero fue en vano.

- “Lucius, este juego no me gusta”, dijo molesto, pero yo ya le había aprisionado los tobillos con el mismo mecanismo.

- “No es un juego”, dije, con una sonrisa felina en el rostro.

Luego hice un ademán a la figura entre las sombras. Severus no había reparado en mi acompañante y vi la angustia en sus ojos por estar allí, sujeto al disco y completamente desnudo e indefenso.

- “Severus, quiero que conozcas a mi compañero. Es, sin duda alguna, el muchacho más guapo de Hogwarts”, dije atento a su reacción. Su rostro estaba muy rojo, a causa de la vergüenza. Casi siento lástima, pero eso hubiera arruinado la diversión.

Besé al muchacho y le susurré – “Descúbrete”

Dejó caer la capa negra y se irguió orgulloso. Estaba desnudo y era perfecto. Cedric Diggory, de Hufflepuff y jugador de quidditch. No me costó mucho trabajo controlarlo, usando la maldición Imperius, que aprendí de mi maestro. Ahora Cedric era como arcilla en mis manos.

- “Hola, profesor Snape”, dijo Cedric. Severus no contestó.

- “Míralo, Sev. ¿No es hermoso?”, y tomando de la mano a Cedric lo puse junto a Severus. Las diferencias eran notables. – “Tiene un rostro bello y un cuerpo exquisito”, dije con lujuria, - “por dentro y por fuera”, agregué con un guiño.

- “¡Qué diferente de ti! ¿Verdad Sev? Él tiene todo lo que tu no tienes: belleza, amigos, novias”, vi la angustia en el rostro de Severus, completamente humillado. “y me tiene a mí”, finalicé.

Una lágrima corrió por la mejilla de Snape, pero no le hice caso...ya llegaría la hora de consolarlo.

- “¿Cómo podrías compararte con él? ¿Qué imagen te devuelve el espejo todas las mañanas? Un hombre pálido, delgado y con una nariz demasiado grande”, continué, implacable.

- “Lucius, déjame ir”, dijo con un susurro, - “p-por favor”

- “¿Qué? ¿Tan pronto? No, mi querido Severus. La diversión recién empieza”, él evitaba mirarnos, su cabeza estaba volteada y miraba hacia la puerta.

Me acerqué a Severus y presioné un nuevo resorte en el disco y una anilla metálica le sujetó la cabeza, impidiéndole moverla. Severus cerró los ojos, pero los abrió de nuevo cuando sintió mis dientes en sus pezones. Jugué con ellos un momento, hasta que sentí que él se había relajado un poco. ¡Era tan fácil hacerle perder el control! De pie frente a nosotros estaba Cedric, como una hermosa estatua, mirándonos.

Solté de nuevo a Severus, que cerró obstinadamente los ojos, y me acerqué a Cedric.

- “Mira, Severus”, ordené nuevamente. – “Quiero que observes cómo hago mío este cuerpo delicioso. Quiero que veas a Cedric disfrutar los mayores placeres en mi compañía. Quiero que sepas que jamás serás como él. ¡Mira!”

Él no abrió los ojos. Eso no me importó, sabía que pronto lo haría. ¡Era tan predecible! Besé a Cedric, procurando hacer ruido con la lengua, mientras mis manos levantaban sus nalgas y pegaba su cuerpo al mío. Fue instantáneo, el joven empezó a gemir sin control y a restregarse contra mí. Yo no quitaba la vista de Snape.

Severus abrió los ojos y los volvió a cerrar al encontrarse con los míos. Entonces deslicé ambas manos por la cintura de Cedric, obligándolo a inclinarse hacia atrás mientras comencé a atacar sus pequeños y duros pezones con mordidas suaves, sin dejar de mirar golosamente a Snape.

Ese muchacho era una delicia, pero hacía muchísimo ruido. Era una suerte que Narcissa no estuviera en casa. Severus abrió los ojos y por el brillo lujurioso en su mirada, supe que ya no los volvería a cerrar.

- “¡Atiéndeme!”, pedí.

Cedric tenía sus lecciones bien aprendidas. Me despojó de la túnica y del resto de mis ropas con movimientos sensuales. Severus no dejaba de mirarme. Yo abrí los brazos, dejándolo hacer.

- “Aprende, Sev”, dije maliciosamente.

En un momento, quedé casi desnudo. Sólo tenía un slip de seda negra, que Cedric quitó suavemente, usando los dientes. ¡Ahh, delicioso muchacho! Pero ese era el resultado del Imperius sobre él, no era genuino. Aunque eso no me importó cuando comenzó a succionar tan experta y deliciosamente que por poco me hace perder el control.

Cedric metía en su boca todo mi miembro mientras me masajeaba los testículos en la forma en que yo le había enseñado, luego mordía suavemente la punta y volvía a succionar. Yo me dejé llevar y comencé a gemir y a pasar mi lengua por mis labios mientras miraba a Severus, mejor dicho, a la erección de Severus que empezaba a despertar.

- “Es delicioso, Severus. Mejor de lo que puedas imaginarte. ¿Quieres hacerlo tú, verdad? Pero no. Hoy no te dejaré. Luego quizás, si eres bueno. ¡Ahhhh! Sigue, muchacho”, gemí otra vez, lo estaba pasando divinamente con Cedric.

- “Ahhh”, gimió Severus, ¿tan pronto? Me pregunté. ¿Bastaba sólo eso para encender la llama?

Empujé la cabeza de Cedric y lo hice poner de pie. Luego, le ordené recostarse en una mesa pequeña, procurando que sus partes íntimas estuvieran bien a la vista de Snape. El muchacho gemía apenas lo tocaba y había empezado de nuevo, mientras le separé las piernas y le empecé a brindar las mismas atenciones que él me diera antes.

Si Cedric seguía así, acabaría pronto y eso arruinaría mis planes. De modo que lo solté, tomé mi varita y me dirigí a un alto armario. Pronuncié un conjuro y abrí uno de los cajones secretos. Tomé algunos de los objetos que estaban allí y los llevé a la mesa donde Cedric seguía moviéndose.

Tomé un interesante aparato muggle: una anilla estranguladora de pene, con pequeñas esferas estimulantes. (¡Si Weasley supiera!) se la coloqué a Cedric y sus gemidos se ahogaron un poco. Luego volví a atacar su miembro. Severus me miraba intrigado, hasta que comprendió el propósito de esa anilla.

- “¡Míralo, Sev! ¿No lo deseas? ¡Es tan hermoso y está tan excitado! Es más hermoso de lo que tú jamás soñarías ser. ¿No deseas su cuerpo? ¿O quizás desees golpearlo? Lastimar esa bella piel que tu nunca tendrás, mancillar esa juventud porque tú nunca la disfrutaste así, eso es lo que quieres, verdad?”, en los ojos de Severus había una mirada de deseo, que fue reemplazada por una mirada de angustia al oír mis palabras.

Tomé otro de los objetos que saqué del armario. Un fino látigo, con bolillas de metal en la punta. Otro objeto muggle.

- “¿Quieres que lo golpee? ¿Por ti?”, pregunté.

Severus no respondió. Todo su cuerpo temblaba.

Cedric no decía nada, no era la primera vez que nos divertíamos con ese látigo. El muchacho sabía muy bien lo que debía hacer. Lentamente, se dio vuelta y me ofreció sus nalgas. Lo acaricié despacio. Como siempre, los gemidos no se hicieron esperar. Severus nos miraba fascinado.

Me incliné y besé suavemente aquélla zona que pronto castigaría, y luego di el primer latigazo. Cedric lanzó un gemido, esta vez de dolor.

- “¡No!”, gritó Severus, - “Lucius, ¡basta!”

- “¿Por qué? A él le gusta... o ... ¿quieres hacerlo tú?”, increpé.

- “N-no. Déjalo”, siguió protestando.

- “Cedric”, ordené.

- “Sí, mi amo”, respondió él.

- “Enséñale a Severus el placer que encuentras en el dolor que te proporciono. Enséñale que luego de esto, vendrá la recompensa”, pedí. Sabía que sería obedecido.

Cedric alzó sus nalgas, que llevaban la marca del primer latigazo. Me las ofreció nuevamente.

- “Golpéame, amo”, pidió

Y lo hice, una y otra vez. Severus ya no protestaba. Al contrario, no dejaba de mirar, y su erección estaba al máximo. Era un bello espectáculo.

La sangre salpicó un poco mi rostro, las nalgas del muchacho estaban cubiertas de sangre, pero las heridas eran superficiales. No dejaba de gemir y suplicar y movía las caderas con desesperación. Estaba listo.

Lamí con deleite sus heridas, arrancándole más gritos de placer. Era una suerte que la anilla le impidiera encontrar alivio, ahora que yo deseaba que Severus lo probase. Y tenía que ser rápido. Yo mismo casi no podía esperar.
Me puse de pie y, lamiendo aún la sangre de mis labios, me acerqué a Severus y lo besé. Él succionó mis labios con avidez, deseando probar la sangre de Cedric.

- “Hazlo tú, Sev”, le dije mientras lo soltaba.

Se abalanzó sobre el muchacho, besando su espalda, poniendo sus manos en todas partes. Me acerqué y lo guié hacia sus nalgas y Severus hundió el rostro allí, mordiendo. Le puse el látigo en las manos.

- “Cedric, enséñale”, ordené.

- “Profesor Snape, golpéeme. He sido malo y merezco el castigo”, empezó Cedric moviendo luego sus deliciosas caderas.

Severus alzó el látigo y golpeó suavemente.

- “¡Más! He sido muy malo!”, seguía Cedric.

- “¡Hazlo Severus! Tú nunca serás como él. Castígalo, hazlo sangrar”, pedía yo, seguro de que Snape obedecería.

Severus perdió el control, empezó a golpear salvajemente a Cedric, no tardé en oír sus sollozos. Tuve que tomarle la mano. – “¡Basta!” susurré, y él se detuvo, temblando.

Lo abracé, acariciando su delgado pecho y bajando hacia sus muslos. Su erección había disminuido un poco, pero se recuperó rápidamente mientras lo acariciaba.

- “Ahora, tómalo”, susurré, mordiendo ligeramente el lóbulo de su oreja.

Severus no necesitaba más, se colocó entre las nalgas de Cedric y empujó, mientras las abría como yo había hecho antes con él.

- “Cedric”, dije.

- “¡Ahhh! Profesor Snape, tómeme, por favor”, dijo el delicioso muchacho y él mismo se abrió para Severus.

Lo penetró despacio, el mismo Cedric se movía para permitirle empalarlo. Luego, puse mis manos en las caderas de Severus y guié sus movimientos. Primero suaves, y luego más rápidos y urgentes.

Los gemidos de Severus y Cedric llenaban la habitación. Me acerqué al muchacho y le quité la anilla. Gimió con alivio evidente, estaba cerca. Severus también. Debía apresurarme.

Me coloqué detrás de Severus y lo penetré de un rápido empujón. Gritó de dolor, pero continuó moviéndose dentro de Cedric hasta que su cuerpo se adaptó al mío. Lo poseí salvajemente, con frenesí.

Ese era el efecto que Severus tenía en mí.

Porque él era genuino.

No era como Cedric o los otros chicos que pronto me cansaban.

No.

Severus, mi Severus era como yo. Aunque él aún no lo sabía.

Yo le enseñaría.

Gritamos juntos en nuestro salvaje orgasmo, desplomándonos sobre Cedric y cayendo al suelo los tres. Severus tenía lágrimas en los ojos. Lo besé tiernamente y lo atraje hacia mi pecho, mientras recobrábamos el aliento.

Cedric ya no era importante. Luego emplearía un hechizo desmemorizante con él.

 

 

Capítulos 3 y 4

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