
Capítulo 3
N. del a.: Este fic lo hice para el Desafío del Mes en Lubricus, con el tema: GROTESCO.
Avancé por la recepción del Hospital de St. Mungo, llevando en mi bolsillo a Colagusano, la inmunda y traidora rata que servía también a mi amo, el Señor Oscuro.
Peter Pettigrew, traidor por partida doble, había elegido apropiadamente al animal en el cual se transformaba: una rata. A pesar de que la mayoría de los mortífagos lo despreciábamos por lo que hizo, tuvimos que reconocer que el plan de nuestro amo era perfecto. Solo Colagusano, transformado en rata, podría burlar la seguridad a la entrada de St. Mungo, ingresando en los bolsillos de un mago.
Aún no sé por qué el amo me eligió a mí. Quizás deseaba probar una vez más mi lealtad. Quizás sólo deseaba molestarme.
De cualquier modo, mi misión sólo consistía en hacer entrar a Colagusano. El cómo saldría era asunto suyo. Yo únicamente debía esperarlo en mi mansión con el paciente que debía secuestrar, el Auror Longbottom. El amo estaba seguro de poder utilizarlo para obtener importante información en contra de Dumbledore.
Me deshice de Colagusano en un corredor desierto y vi con desprecio, cómo la rata se dirigía hacia el ascensor. Entonces me retiré a mi mansión.
Las horas pasaban. Narcissa estaba por llegar y no tenía noticias de Colagusano. Empezaba a impacientarme. De pronto, un ruido en la chimenea llamó mi atención. Allí estaba Colagusano, en su forma humana. Pensé que decididamente le sentaba mejor ser una rata. Detrás de él, había una figura encapuchada: ¡Longbottom!
Mi corazón se aceleró. Por fin iba a darle al amo una agradable noticia.
Me acerqué a la figura y le quité la capucha…
- “¡Hola! ¿Deseas un autógrafo?”, exclamó alegremente Gilderoy Lockhart.
Yo estaba lívido de furia
-“¡COLAGUSANO! ¡ESTE NO ES LONGBOTTOM!”, grité.
Pettigrew se encogió y con voz gimoteante respondió.
- “L-lo siento…estaba oscuro, yo pregunté y el vino…”
- “¿QUÉ? ¿ENTRASTE EN ST. MUNGO Y PREGUNTASTE A LOS PACIENTES QUIÉN ERA LONGBOTTOM?”, bramé airado.
- “S-sí Lucius…él vino primero, dijo que e-era L-longbottom”, gimoteaba Colagusano.
- “¿Y TU LE CREISTE? ¡ESTE NO SABE NI CÓMO SE LLAMA! ¿POR QUÉ CREES QUE ESTÁ EN ST.MUNGO?”, continué gritando fuera de mi…alcé mi varita, le daría a ese infeliz una lección.
- “L-lucius, p-por favor…e-estaba oscuro”, decía Colagusano mientras retrocedía hacia la chimenea.
- “¿Y ahora?”, yo temblaba de ira, “¿Cómo vamos a llevarle ESTO al amo?”
- “N-no sé, L-lucius. Y-yo h-hice mi parte”, balbuceaba el infeliz.
De pronto, en el vestíbulo escuché la voz de Narcissa… - “¿Lucius?”
Me volví para encarar nuevamente a Colagusano, pero se había ido. ¡Cobarde!
- “Ahora voy, querida”, dije con mi mejor tono de voz y empujé a Lockhart hacia el sótano. Afortunadamente, se dejó llevar con facilidad.
En el sótano tenía mis calabozos privados. Allí habíamos torturado a muchos magos por órdenes del Señor Oscuro, y habíamos dado muerte a varios de ellos. Guié a Lockhart hacia uno de los calabozos, saqué mi varita y dije:
- “¡Alohomora!”, la puerta se abrió y arrojé dentro a Lockhart. “No hagas ruido”, le advertí amenazadora e innecesariamente. Él se había hecho un ovillo sobre el lecho de piedra, cubriéndose el rostro con las manos.
Me dirigí al salón, donde me esperaba Narcissa. Cenamos y nos fuimos a acostar, pero yo no podía dormir. Una y otra vez mis pensamientos se dirigían hacia el hombre que estaba en el calabozo. Hacía tiempo que no veía a Severus, mi amante me había estado rehuyendo y yo necesitaba algo de acción.
Esperé a que la respiración de Narcissa se hiciera más pausada, clara señal de que se había quedado dormida. Me deslicé furtivamente, echándome una bata de seda negra sobre mi pijama, también negro, y me dirigí hacia los calabozos.
- “¡Lumos!”, exclamé e iluminé levemente el recinto, donde Lockhart aún se hallaba encogido de miedo.
- “¿D-doctor?”, susurró volteando a mirarme.
¡Doctor! Eso me dio una repentina idea.
- “Cálmese, Gilderoy”, dije con voz cordial, “Soy el doctor Malfoy y aplicaré con usted un tratamiento especial”
- “¿T-tratamiento?”
- “Así es. No hay de qué preocuparse. Mañana le devolveremos a St. Mungo como si nada hubiera pasado”
- “¿Podré volver a firmar autógrafos?”, exclamó esperanzado.
- “Desde luego, Gilderoy. Todos los que usted quiera”, sonreí, “Ahora, levántese y camine hasta el centro de la celda”
Él obedeció, dócilmente. ¡Cielos! Cómo había cambiado el Lockhart arrogante y vanidoso que conocí. En lugar de ello estaba este aún atractivo hombre, tímido y ansioso por agradar. ¡Era completamente grotesco!
- “Desnúdese, Gilderoy”, dije suavemente.
- “¿Cómo?”, su voz sonaba confundida.
- “Desnúdese. Voy a practicarle un examen de rutina”
Él lo hizo, hasta quedar en ropa interior. Tenía un cuerpo exquisito, tal como le lo había imaginado.
- “Todo”, dije con firmeza. Ese juego me estaba gustando mucho.
- “¿Qué?”
- “Dije que todo”, repetí con autoridad. ¡Y él obedeció!
Sonreí al verlo desnudo. Era irresistible. No era como MI Severus, pero igualmente era irresistible.
- “Arrodíllese”, ordené.
Lockhart lo hizo y me acerqué a él, arrodillándome también. Mi examen incluyó su pecho, donde pellizqué los rosados pezones cubiertos por un ligero vello rubio. Luego bajé por la linea que llevaba hacia su ombligo, para terminar tomando sus testículos suavemente entre mis manos, apretándolos ligeramente. Él me miraba interrogante.
- “Relájese. No le haré daño”, dije con un susurro y él cerró los ojos.
Lo masajeé cuidadosamente hasta que un suspiro me indicó que el “tratamiento” era de su agrado y su creciente erección respondía ante mis atenciones.
Lo solté y él abrió los ojos, ruborizado.
- “Vaya a la cama, Gilderoy. Aún no he terminado con usted”
Él obedeció dócilmente, sentándose en la cama de piedra del calabozo.
- “Arrodíllese”, le indiqué. Cuando lo hizo, lo obligué a inclinarse, apoyando los codos en la cama, hasta que quedó justo como yo lo quería.
Lockhart había cerrado de nuevo los ojos y aproveché esto para tomar mi varita y pedir:
- “Accio Astroglyde”
Al instante tuve entre mis manos un pequeño tubo de lubricante. Sonreí. Yo jamás había tenido esa clase de atenciones con Severus...No me detuve a pensar más y me apresuré a untar mis dedos con él.
- “Relájese, Gilderoy. Esto puede dolerle un poco”, le advertí.
Acto seguido, introduje suavemente mi dedo índice dentro de él. Percibí cómo su cuerpo se tensaba de inmediato y él volteó a mirarme.
- “¡Relájese!”, ordené, “no le haré daño”, y así se lo demostré, moviendo suavemente mi índice dentro de él, en pequeños círculos.
Un nuevo suspiro y él volvió a inclinarse con los ojos cerrados. ¡El pobre Lockhart! Toda esta situación era de lo más grotesca, pero me agradaba, y puedo decir, sin temor a equivocarme, que a él le gustaba también, a juzgar por el ligero movimiento de sus caderas.
Cuando sentí que estaba más relajado, agregué otro de mis dedos, previamente lubricado y fue aceptado con facilidad. Lockhart ya movía las caderas con urgencia, producto de tantos años en total abstinencia en el hospital. Para cuando inserté el tercer dedo, sus gemidos eran bastante audibles.
Retiré los dedos de golpe y él volvió a voltear, avergonzado.
- “Calma”, susurré, “ahora será mejor”
Me despojé rápidamente de mi ropa y unté mi erección con una generosa cantidad de lubricante. Acto seguido, lo sujeté con firmeza de las caderas y lo penetré de un preciso empujón.
- “¡Aggggggg!”, gritó de dolor
Pero yo continué implacable.
- “¡Cállese! Debe relajarse”, le ordené, sin soltar sus caderas, pués el luchaba por escapar.
Lo oí llorar débilmente. Sentí lástima.
- “Vamos, Gilderoy. Lo disfrutará, déjeme hacer”, le susurré, mientras me inclinaba para limpiarle las lágrimas.
Tomé su miembro con una de mis manos, mientras la otra lo agarraba firmemente e impedía que huyese. Lo acaricié de arriba hacia abajo muchas veces, hasta que lo sentí relajarse de nuevo. Moví tentadoramente mis caderas en círculo y él respondió.
Fue un momento delicioso, sentirlo agitarse debajo de mí. Aunque nunca sería como Severus. Empujé suavemente, y Lockhart ya no se resistió más. En pocos momentos, él mismo se movía ansiosamente, buscando mayor contacto. Era deliciosamente estrecho y arremetí con fuerza contra él, al tiempo que lo masturbaba con una de mis manos.
Lockhart empezó a gemir como una gata en celo. Nunca pensé que sería capaz de hacer tanto ruido. Por suerte las mazmorras quedaban lejos de mi dormitorio y era poco probable que alguien nos oyese. Me seguí moviendo y empalándolo, hasta que mi mano se mojó con su semen. Unas estocadas finales y yo también lo inundé.
Exhausto, me dejé caer junto a él en el lecho de piedra y se abrazó a mi. Lo acaricié distraídamente. Extrañaba a Severus...
- “¿Lucius?”, preguntó una voz diferente.
- “¿Lockhart?”, pregunté a mi vez, mirándolo.
Había algo distinto en sus ojos. Ya no tenía aquélla expresión vacía.
- “Lucius, esto fue maravilloso. No lo olvidaré”
¡El infeliz había recobrado la memoria!
Desde luego, no podía dejarlo así, y mucho menos podía patentar aquella cura para la pérdida de memoria.
- “Obliviate”, susurré apuntándolo nuevamente con mi varita.
Luego lo dejé solo.
Capítulo 4
No podía creer lo que decía la carta de Draco, me reí hasta que brotaron lágrimas de mis ojos y Narcissa me reprendió por arruinarle el desayuno, preguntándome qué era tan divertido. Murmuré algo sobre un chiste que me contaron y me fui a encerrar a mi estudio para reírme a mis anchas.
¡Con razón Sev odiaba a Lupin! Yo también lo odiaría si me hiciera lo que le hizo, pero no se podía negar que el licántropo tenía sentido del humor. ¡Sev vestido de abuela! Yo hubiera pagado su peso en oro por verlo así. Escribí inmediatamente a Draco para que me diera los detalles, sin parecer demasiado interesado, aunque estaba seguro de que él me los contaría, era un Malfoy. Como yo.
Al día siguiente, con el correo, un nuevo ataque de risa me envió a encerrarme en mi estudio, para releer la carta de Draco a solas. Por lo visto, a Severus no le había hecho demasiada gracia la bromita y andaba de un peligroso humor, habiendo amenazado a los Slytherin con la expulsión si llegaba a sus oídos una mención al “suceso”. Por otro lado, como Draco llevaba Pociones con los Gryffindor presentes en el momento en que Lupin hizo que Longbottom transformara al boggart en Severus, me contaba que Sev se había desquitado con Longbottom en la primera oportunidad, poniéndole seis meses de detención por no cuajar adecuadamente una poción de ojos de sapo. También bajaba puntos a Gryffindor y los insultaba todas las clases, para delicia de Draco y sus compañeros.
Sonriendo, pensé que Sev necesitaba una visita para relajarse. Pero entonces esa bestezuela parlante, mi elfo doméstico, desgracia para los magos decentes, entró con voz temblorosa a mi despacho diciéndome que la señora me estaba esperando.
¡Y claro, con tanta emoción, tuve que olvidarme! Era el día de compras de Narcissa y fiel a mis deberes maritales, la acompañaba heroicamente a las tiendas más caras del Callejón Diagon, dejándole carta libre para que compre lo que quisiera mientras yo me iba a buscar objetos de magia negra en el Callejón Knockturn.
Me apresuré a vestirme. Camisa de seda inmaculadamente blanca, pantalones de tercipelo negro y capa haciendo juego. Y mi bastón con la serpiente plateada. Me miré con aire crítico, creo que Severus no me habría resistido. Nos dirigimos al callejón y aproveché un momento en que Narcissa se probaba una estola de visón, para escabullirme. Avancé por la tienda de antiguedades mirando distraídamente el escaparate.
Y entonces lo vi.
Un sombrero con un buitre disecado, idéntico al de la señora Longbottom se exhibía en la vitrina principal. No pude resistirme y entré. Al cabo de un rato, salía con una caja bajo el brazo: el sombrero y el bolso de piel de cocodrilo.
Llevado por un impulso irresistible, me dirigí a la primera tienda de ropa de segunda que encontré, sintiéndome uno de los Weasley. Los vendedores me miraron asombrados mientras yo pedía un vestido verde y largo, un abrigo marrón y un pañuelo para el cuello. No di explicaciones, ¿para qué hacerlo? Soy un Malfoy y los Malfoy no damos explicaciones a nadie. Envié las cosas a mi mansión, junto con el sombrero y el bolso y continué mi paseo por el Callejón Knockturn hasta que fue hora de recoger a Narcissa.
Luego, me olvidé del incidente y traté de portarme lo mejor posible, hasta que Narcissa me anunció que ese fin de semana iría a París y acepté encantado. Mi oportunidad se presentaba ante mis ojos. Escribí a Severus sin demora.
“Necesito verte el fin de semana. Ven a mi mansión el sábado por la tarde. Lucius”
Sabía que no se resistiría, me extrañaba tanto como yo a él, mi adorado Severus.
Me dediqué entre tanto, a revisar mis “curiosidades” muggles, obtenidas de las tiendas que ellos llaman “Sex-Shop”. Si hubiera sabido antes que los muggles fabricaban esas cosas, mi opinión sobre ellos hubiera sido otra. Suspiré y miré por última vez un video, repasando cada uno de los detalles mentalmente. Parecía doloroso, pero con magia no lo sería. Aunque no estaba del todo seguro...pero ¡Al diablo con ello! Pronto saldría de la duda.
Al fin llegó el sábado y con él, Severus. Había peinado su rebelde cabello y eso me agradó. Lo hacía por mí. No perdimos el tiempo y nos arrojamos uno en brazos del otro. Mi Severus estaba ansioso, llevábamos un mes sin vernos, a causa de sus clases y de la vigilancia que se había impuesto sobre Lupin. A veces era increíble cómo Severus era fiel a Dumbledore, pero teníamos un acuerdo tácito de no hablar sobre eso.
Nos dirigimos a la armería, escenario de nuestros encuentros y único lugar donde los elfos domésticos jamás entraban. Yo en persona había probado innumerables veces instrumentos de tortura con ellos, incluso mi guillotina, reliquia de la Revolución Francesa...¡maravillosa época! Gracias a ella, ahora tenía en el vestíbulo un par de cabezas disecadas, que le daban la distinción de antaño a mi mansión.
Le arranqué la túnica sin preocuparme si habría traído una de repuesto, lo lancé desnudo sobre la mesa de piedra y lo encadené. Sev me sonrió, estaba acostumbrado a jugar rudo, aunque no imaginaba lo que yo tenía en mente. Lo besé con pasión.
- “Sev, hoy haremos algo nuevo... ¿me dejas?”, pregunté inocentemente, seguro de la respuesta.
Él me besó, levantando la cabeza todo lo que podía desde la posición en la que estaba, encadenado de muñecas y tobillos a la mesa de piedra.
- “Lo que tú digas”, susurró con abandono, cerrando los ojos.
Eso era todo lo que yo necesitaba. Saqué enseguida las cosas que tenía preparadas y las puse fuera de su vista. Desde la posición en la que estaba, no podía levantar mucho la cabeza. Ajusté las cadenas para que no pudiera mover las piernas ni los brazos y puse una adicional atándole la cintura firmemente a la mesa. Me miró sorprendido, pero sin temor. Nunca antes lo había lastimado.
Luego besé cuidadosamente todo su cuerpo, que respondía ansioso a mis caricias. Sus gemidos no se hicieron esperar mientras mis manos lo torturaban y cerró los ojos. La ocasión era ideal. Saqué la varita.
- “Inmovilus”, susurré.
Abrió los ojos de pronto. Estaba inmovil de la cintura hacia abajo. Eso no le gustó, ni a mi, pero era la única manera de hacerlo sin que se moviese y se lastimase.
- “Paciencia”, le dije besándolo en los labios hasta que sentí que se volvía a relajar.
Y luego saqué la argolla que había mandado a preparar, abierta en media luna. Las que había visto eran metálicas, de aleación de hierro y aluminio, pero yo pedí la mía de platino y tallada en forma de una diminuta serpiente. Sev merecía lo mejor. Claro que al ser de platino, era más rígida pero eso no me importó, con magia la doblaría, una vez que hubiera cumplido su cometido.
Puse una de las puntas sobre su ahora fláccido miembro, en el glande, mientras sus ojos me miraban con curiosidad. Había puesto mis manos de tal modo que él no sabía lo que tenía en las manos. Entonces presioné ligeramente, empujando la punta.
Lanzó un horrible alarido. ¡Demonios! ¡Olvidé un detalle!
- “Indolorus”, dije rápidamente, pero Severus se había desmayado.
Eso me facilitó finalmente las cosas, y me las arreglé para terminar de colocarle el anillo, justo en la punta del glande. Luego cautericé la herida y cerré la argolla con un hechizo.
Me aparté un poco para ver mi obra. ¡Severus era hermoso! Y mucho más ahora, con ese diminuto objeto que nos daría tanto placer a ambos. Busqué la poción para el dolor que solía usar y lo besé nuevamente. Lo besé con todo el amor que era capaz, aprovechando que estaba inconsciente.
Mi Severus, mi amor. Él era el único capaz de hacerme sentir vivo, el único capaz de hacerme amar. Pero jamás se lo diría, primero me hubiera dejado cortar en pedacitos. Lo acaricié, depositando besos en todo su delgado cuerpo, maravillándome de cada detalle suyo que ahora conocía tan bien.
Luego respiré profundo. Me odiaría por el piercing...pero ya haría yo que lo olvidara...o al menos lo intentaría. Lo cubrí con un lienzo.
- “Ennervate”
Le puse la poción en la boca y lo obligué a tragar antes de que pudiera hablarme. Tragó la poción apurado y luego me miró con ojos asesinos.
- “¡Maldito! ¿Qué me has hecho?”, gritó completamente fuera de sí.
Lo miré con la cara de arrepentimiento que había usado cuando me juzgaron por ser mortífago.
- “Lo siento, Sev. Olvidé el hechizo para el dolor”
Él trataba de mirar, pero el lienzo no lo dejaba.
- “¡Lucius! ¡Déjame! ¡Exijo que me sueltes!”, demandó, furioso.
Opté por ignorarlo y comencé a desvestirme donde pudiera verme. Eso lo distrajo por un momento, y como no sentía dolor a causa de la poción, comenzó a observarme. Me acaricié el cuerpo y empecé a tocarme hasta que mi erección se elevó imponente. Los labios de Severus se movían, ansiosos por probarme.
Y no lo decepcioné. Subí a la mesa de piedra y me puse en su boca, que me tomó ávidamente. Severus era perfecto, sabía cómo enloquecerme, hacerme perder el control. Pero aún faltaba algo. Muy a pesar mío, me retiré de su boca y lo besé dulcemente.
- “¿Me perdonas?”, susurré con cara de culpabilidad.
Él sonrió. A veces mi Severus era tan inocente...
En un instante lo solté de las cadenas y le quité el lienzo que lo cubría. Su grito debió escucharse hasta el Ministerio. Buscó su varita, listo para echarme una maldición, pero lo tomé firmemente entre mis brazos, impidéndole moverse. Severus era delgado, pero fuerte y me costó trabajo inmovilizarlo. Traté de besarlo, pero no me dejó.
- “¡Lucius! ¿Cómo pudiste?”, me decía debatiéndose de mis brazos y tratando de golpearme.
- “Lo siento, Sev. Dijeron que no dolería”, susurré bajito, “y te queda muy bien en verdad”
THUD
Severus había logrado soltarse, arrojándome contra el piso.
Luego cogió su varita.
- “Cru—“
- “Hazlo, Sev. Me lo merezco. Merezco incluso un Avada Kedavra...anda, no me defenderé”
Me miró unos instantes. Si alguien nos hubiera visto habría reído hasta morir. Severus, el respetable profesor de Pociones, desnudo y con un arito de platino en forma de serpiente pendiéndole del glande, me amenazaba con la varita. Y yo, desnudo y tirado en el suelo, completamente indefenso, lo miraba suplicante.
Él avanzó hacia mí y cerré los ojos, temiendo lo peor. Después de todo, yo lo merecía, me había portado horrorosamente. Comenzó a sacudirme y yo seguí sin abrir los ojos, dispuesto a afrontar lo que viniera.
- “¡Lucius! ¡Maldito degenerado!”, y continuó con una sarta de improperios que no puedo repetir, pero que habrían hecho avergonzarse al mismísimo Señor Oscuro.
Luego me arrojó sobre el piso y empezó a besarme rabiosamente.
- “¡Ahora verás!”, me amenazó, y atacó mi cuello sin piedad. Eso era nuevo para mí. Mi Sev nunca se había atrevido a tanto...Iba yo a protestar cuando me tomó en su boca tan exquisitamente que solo pude gemir y pedir más. Ese era el poder que tenía mi Severus.
Pero él me dejó a punto de acabar y se retiró con una risita, me apartó las piernas y me penetró de un feroz empujón, anillito incluido. Grité de dolor, pero me tapó la boca con un beso y comenzó a moverse rítmicamente mientras yo luchaba desesperadamente por no llorar. Poco a poco me fui habituando a su invasión y al notarlo él, se movió con más fuerza hasta que el anillito rozó mi próstata llevando mi placer a niveles que nunca imaginé. Ambos estallamos agotados y nos besamos nuevamente mientras él se retiraba lentamente de mí. Me miró intensamente a los ojos.
- “Mi Lucius”, fue todo lo que dijo. Yo era suyo, y él lo sabía.
Asentí besándolo. Ese hubiera sido el momento ideal para decirle cuánto lo amaba, pero no lo hice. Por el contrario, le mordí juguetonamente la oreja.
- “Mi Sev”, susurré, “haz algo por mí”, pedí ronroneante.
- “Lo que quieras”. Listo. Severus estaba perdido. Le susurré al oído lo que deseaba.
- “¡ESTÁS LOCO! ¡DEMENTE! ¡JAMÁS LO HARÉ!”
- “Miaw”, susurré tomándolo en mis labios.
- “Lucius”, jadeó. “Lucius no---“
- “Por favor”, yo estaba arrodillado, suplicando, mirándolo sumisamente mientras lo acariciaba. “Hazlo por mí, Sev”
Luego de un momento prolongado de caricias, donde yo tiraba del arito y lo volvía a soltar, él capituló, justo cuando estaba por terminar y no lo dejé, apartándome hacia el armario donde guardaba mi capricho final.
Su mirada de resignación fue conmovedora y le alargué el paquetito, dándole la espalda para no avergonzarlo. Luego de un crujir de sedas y un suspiro resignado que salió de la garganta de Sev, me atreví a preguntarle.
- “¿Listo?”
- “Lucius, acaba ya con esto”, gruñó.
Y me di la vuelta.
¿Tengo que describirlo? Mi Seve, ataviado con un vestido largo color verde sepia, que le quedaba perfecto, debo decir, y con el abrigo marrón y el bolso. Y rematando el conjunto, el sombrero con el buitre disecado.
Me reí a mis anchas. ¡Cielos! Era mejor de lo que me había imaginado... Sev echaba chispas, pero luego mis lágrimas de risa se transformaron en lágrimas por él, por lo que tuvo que pasar. Y por lo que hacía por mí, porque esa humillación final la había hecho sólo por complacerme.
En un instante estuve sobre él, besándolo y le quité ese ridículo sombrerito, acariciando su negro cabello mientras con la otra mano le quitaba el abrigo y arrojaba lejos el bolso. Luego, sin dejar de besarlo, comencé a batallar con el cierre del vestido y lo deslicé bajo su delgado cuerpo.
Y lo amé hasta el amanecer, adorando cada centímetro de su cuerpo que me pertenecía, recogiendo sus gemidos mientras lo penetraba arrimándolo contra la mesa de piedra y acometiéndolo tan fuerte que sentía su cadera golpearse contra la dura superficie. Recogí también sus gritos cuando mis dedos tiraron del anillito, y él luchaba desesperadamente por empalarse más en mi cuerpo.
Dolor mezclado con pasión.
Nuestra relación es así.
Amor y odio, dolor y placer.
Y Severus, como nadie, me hace sentirme vivo.