Cybersoul

Original

Parte I


Al final, la nueva economía
no está en la tecnología, ya sea esta el microchip
o la red global de comunicaciones.
Está en la mente humana.

Alan Webber

 

Capítulo 1

So I came too far.
To end up this way.
Feeling like I'm god.
Feeling there's no way.

No way - Korn

Lamas, departamento de San Martín, Perú
Febrero, 2005

La lluvia golpeteaba el techo con un rítmico sonido incesante que comenzó a adormilar a Armando, quien intentaba leer. Lo menos que deseaba era moverse en esa mañana de domingo, y no había razón para hacerlo. Vivía solo y no tenía que trabajar… ni siquiera tenía trabajo.

El hombre, que descansaba en ese momento sobre la cama, vestido sólo con unos shorts, tenía treinta y dos años, aunque aparentaba menos. Era bastante más alto que el promedio y eso hacía que quienes lo rodeaban lo mirasen con cierto respeto. Su cabello era corto y negro, con algunas canas que él se empeñaba en arrancar. La incipiente barriga que tenía cuando vivía en la ciudad había desaparecido, producto de sus constantes caminatas por los alrededores del pueblo de Lamas, lugar escogido por él para su retiro; además, estaba bronceado y eso le daba un aspecto distinto. Si sus amigos lo vieran, quizá no lo reconocerían de primera impresión.

Suspiró imperceptiblemente.

Él había escogido alejarse de todo e ir a vivir en un lugar alejado y tratar de olvidar.

¿Por qué, de todos los pueblos alejados del Perú, había escogido precisamente Lamas?

La razón era sencilla, conocía el sitio por fotos y era precioso. Un pequeño paraíso de la amazonía peruana, rodeado de montañas, cascadas y abundante vegetación. Un lugar en el que el cielo es más celeste que nunca durante las horas calurosas, y que se enciende con fuego al atardecer, antes de desaparecer entre las montañas. Había llegado a amar la selva con la pasión que sólo puede despertar un amante. Amaba la selva, pero no se había enamorado de nadie allí. Seguía solo. Tan solo como cuando llegó.

Era un pueblo pacífico, que parecía extraviado en el tiempo, y que había sido llamado por el historiador Antonio Raimondi, “La Ciudad de los Tres Pisos”, por hallarse en tres niveles de terrazas en una colina de ochocientos metros. Al encontrarse a cierta altura, el calor no era tan sofocante como el de la vecina ciudad de Tarapoto, cuna del movimiento turístico y comercial del Departamento de San Martín, que quedaba tan sólo a veintidós kilómetros.

Armando conocía cada rincón del pueblo, pero le gustaba particularmente el nivel más bajo, conocido como Wayku, habitado por los Campas, descendientes de los legendarios Chankas, pobladores que hablaban un dialecto combinado de Quechua y Cahuapana, este último, dialecto de la selva. Un pequeño grupo humano que aún conservaba intactas sus tradiciones milenarias.

La casa de Armando se encontraba en el segundo nivel frente a la plaza del pueblo y a la iglesia. Allí quedaba también la zona comercial y las discotecas, muy concurridas durante los fines de semana en los que empresarios de Tarapoto llevaban a divertirse a sus amigas. El tercer nivel, llamado “El Mirador”, era también uno de sus lugares favoritos, pues desde su cima podía ver todo el pueblo.

Un trueno, a lo lejos, hizo que el hombre atisbase por la ventana la densa lluvia que bañaba la ciudad. En el tiempo que llevaba allí, había aprendido que esas lluvias podían durar unas horas o varios días, durante los cuales prácticamente se paralizaba todo el pueblo.

Llevaba un año en Lamas, luego de que, desesperado por olvidar las circunstancias de la muerte de su amante y alumno, hubiera renunciado a su cargo de Gerente de Proyectos de la prestigiosa ABZ Consulting y a su trabajo de catedrático en la Universidad Peruana de Ciencias de Ingeniería.

Había decidido alejarse de todo lo que representaba su vida anterior y había tenido éxito. El alquiler de su departamento en Lima le daba lo necesario para vivir y sólo su inquilino y mejor amigo sabía su paradero. Armando recibía todos los meses un sobre certificado con el dinero, porque tampoco deseaba depender del sistema bancario interconectado. Se había vuelto un paria tecnológico.

El libro que leía hablaba irónicamente de la Gestión del Conocimiento en la Era Digital. Lo había visto en una librería de Tarapoto, días atrás, y no había resistido la tentación de comprarlo. Intentó concentrarse en la lectura, pero sentía que la modorra iba apoderándose más y más de su mente.

Las letras danzaron, borrosas, ante sus ojos. Albert Einstein dijo <<La imaginación es más importante que el conocimiento>>, y luego agregó <<formular preguntas y posibilidades nuevas, ver problemas antiguos desde un ángulo nuevo, requiere imaginación creativa y es lo que identifica el verdadero avance en la ciencia>>”.

Imaginación… conocimiento…

¿Puede la imaginación superar el valor del conocimiento en las empresas? Desde luego que la imaginación no es rentable a menos que se use para resolver problemas… o que uno sea cineasta o novelista…

La mente de Armando divagó pensando inevitablemente en su concepción particular del conocimiento, el “Sistema Nervioso Digital” de las empresas, término acuñado, cuándo no, por Microsoft, para vender sus productos. Aunque para él tenía connotaciones menos comerciales y mucho más siniestras.

Cerró el libro, poniéndolo sobre su pecho y sus ojos se cerraron lánguidamente. Por un momento, presa de la deliciosa irrealidad que se siente al empezar a quedarse dormido, se preguntó si habría soñado todo y si despertaría en su departamento de Lima y no en ese pueblito perdido en medio de la selva.

Pero el inconsciente le decía que no era un sueño… que Rafael había existido… que quizá existía aún.

2

Tres golpes secos en la puerta hicieron que Armando despertase, sobresaltado, y el libro cayó al piso con un golpe seco.

- ¡Maldición!

¿Quién sería? Él no se relacionaba mucho con los habitantes del pueblo y de cualquier modo, con semejante lluvia era poco probable que alguien saliera a hacer una visita social.

Los golpes se hicieron más urgentes y apresurados y Armando se levantó; maldiciendo, se puso los anteojos que había dejado a un costado de la cama y se echó encima una camisa.

Abrió la puerta, dispuesto a echar a cualquier vendedor de una buena puteada, pero se detuvo en seco al ver en el umbral a un muchacho muy distinto a todos los que había visto en el pueblo.

El chico vestía shorts y sobre ellos un impermeable amarillo. Tenía unas enormes botas negras para la lluvia y llevaba un paraguas. Su mano libre apretaba contra su pecho un envoltorio de plástico.

- Buenos días, ingeniero. ¿Puedo pasar?

Armando asintió, preguntándose cómo demonios sabía el muchacho su profesión, cuidadosamente ocultada a los habitantes del pueblo.

- Mi tía Enith dijo que usted podía ayudarme. Tengo problemas con mi laptop – el muchacho abrió su impermeable y sacó el envoltorio, quitándolo, para descubrir una portátil IBM -. Mi tía dice que usted es un experto. Soy Aldo Guerrero – aclaró, tendiéndole la mano -, vivo en Lima y me enviaron aquí de vacaciones forzadas.

Armando lo examinó sin decir nada. El muchacho era delgado y un poco más bajo que él, con el cabello castaño oscuro corto y unos preciosos ojos negros, enmarcados en espesas pestañas. Si era sobrino de Enith Guerrero, no se le parecía; pero eso explicaba que supiera sobre él, pues hasta donde conocía, nadie en el pueblo, aparte de Enith, sabía que era ingeniero. Y era inevitable que la mujer lo supiera pues ella era quien le alquilaba la casa en la cual vivía y quien había firmado el contrato de arrendamiento en el que se especificaba su profesión, aunque siempre se había conducido con la mayor discreción, respetando así sus deseos.

¿Por qué demonios se lo había dicho a ese mocoso?

El muchacho arqueó las cejas al ver la expresión huraña que Armando le dedicó.

- ¿Puede arreglarla o no?

- …

- Bueno, es igual. Me la llevaré a Tarapoto. Estoy harto de este maldito pueblo y apenas he llegado ayer… disculpe la molestia – tomó nuevamente el envoltorio plástico para el maletín de la portátil, pero Armando lo atajó.

- Espera. Al menos déjame intentarlo. ¿Qué le pasa?

Se sentaron en los muebles de mimbre del recibidor. Aldo se quitó el impermeable y empezó a explicar:

- Cada vez que abro el Internet Explorer aparece una página de búsquedas, My Search algo, y no me deja ir a ningún sitio más. Si tecleo otra dirección, funciona a veces, pero generalmente me lleva de nuevo a la misma página inicial.

- Tienes un spyware (*), o varios de ellos – sentenció Armando -. Necesitaremos un programa que los elimine.

- No puedo navegar, ya se lo dije – exclamó, frustrado, el muchacho -. Es igual… con esta lluvia ni siquiera han abierto la única cabina Internet del maldito pueblo. Iré a Tarapoto - Aldo se levantó.

- ¡Espera! ¿Quieres dejarme pensar? Siempre hay una solución para cualquier problema informático.

- Es lo que dice mi profesor.

Armando lo miró atentamente, con una leve inquietud en la boca del estómago.

- ¿Dónde estudias?

- En la UPCI (**). Paso a quinto año de Sistemas.

- Ah – Armando enarcó las cejas -. Pues para ser alumno de quinto año, pareces bastante impulsivo al resolver una crisis. ¿Quién es ese profesor?

Aldo sintió deseos de enviar a la mierda a ese ingeniero desconocido que parecía tan interesado en su vida académica, pero era el inquilino modelo de su tía y el muchacho apreciaba su vida, de modo que respondió de mala gana:

- Alberto Salinas. Debe haber oído de él, es una especie de gurú nacional. Me enseñó Sistemas de Información Empresariales y ahora tomaré con él Tópicos Avanzados de Sistemas. Es un completo desquiciado.

Armando sonrió por primera vez. Sí, la última oración le iba muy bien a Beto, el más entrañable de sus colegas de la UPCI.

>> ¡Un momento! – exclamó Aldo. Armando alzó la mirada y se alisó el cabello, como hacía cuando se ponía nervioso. Sus ojos hicieron contacto -. ¡Usted es Armando Gutiérrez! Vi su foto en la página de la universidad. ¿Qué hace usted aquí?

- Eso es asunto mío y te agradeceré no mencionarlo – fue la seca respuesta. De todos los estudiantes de ingeniería de sistemas del Perú, tenía que haber venido a su casa precisamente uno de la UPCI; y para colmo, lo había reconocido - ¿Quieres que te ayude con eso o no?

El chico le tendió la portátil de mala gana y Armando la encendió, sintiendo un hormigueo en el estómago. Era la primera vez que tocaba una computadora desde su llegada a Lamas y se sorprendió al notar que ese mismo día se cumplía exactamente un año de ese evento.

- ¿Contraseña? – murmuró mecánicamente, haciéndose a un lado para que Aldo pudiera teclearla con comodidad.

- “Suerte” – dijo el muchacho. Armando no se movió -. Dije “suerte”. La contraseña es “suerte”.

- Nunca, jamás, reveles una contraseña – replicó Armando, tecleando la palabra. El muchacho le hizo una mueca.

- Va a necesitar una conexión telefónica. En Lima tengo Speedy, pero acá todo lo que pude obtener es una cutre conexión telefónica con tarjetas - bufó.

Los ojos de Aldo vagaron buscando el final del cable de teléfono que bajaba del techo e iba pegado a la pared, hacia otra habitación. Entró en ella y descubrió que el cable terminaba junto a una mesita, pero no había ningún aparato.

- ¿No tiene teléfono?

- No lo necesito.

- Pero la línea…

- Pago puntualmente los recibos. Si quieres, pregúntaselo a tu tía – dijo lentamente Armando -; pero no necesito un teléfono y es mi derecho no usarlo.

- Con razón ella se queja de que jamás responde las llamadas – murmuró Aldo, girando para examinar la habitación.

Era una especie de estudio, con dos estantes en los que había diversas novelas, pero su rápido examen no detectó ningún libro de informática o de gestión. Había un escritorio y sobre él, varios ejemplares del diario El Comercio cuidadosamente doblados. Era una habitación muy extraña para un ingeniero de sistemas, no había computador.

- ¿Esperabas algo más? – preguntó Armando, con expresión de pocos amigos.

- No en realidad. ¿Va a conectarla o qué?

Armando miró con aprehensión el pequeño conector telefónico. No tenía deseos de entrar a la red, pero tampoco le gustaba admitir que hubiera algo que él no pudiera hacer. Y el muchacho habría sido su alumno en otras circunstancias. Además, si entraban a Internet, sería con el usuario de Aldo y no había modo de relacionar al chico con él.

- Adelante, conéctate e intenta entrar a www.zonavirus.com – ordenó.

Después de varios intentos infructuosos de conexión, Aldo le mostró, frustrado, su imposibilidad de cargar la citada página.

- Mierda – bufó el chico.

- Déjame ver.

Los ágiles dedos de Armando examinaron el historial del Internet Explorer donde halló algo que no se esperaba: páginas pornográficas gays, descargas de videos, relatos eróticos, juguetes sexuales.

- ¡Hombre! – exclamó. Aldo estaba rojo como la grana – Bueno, tampoco es el fin del mundo. ¿Qué, nadie te enseñó que esas páginas están llenas de spywares?

- No – murmuró el muchacho, sin levantar la vista del piso.

- Ya - Armando comprobó los protocolos y alzó la mirada del monitor -. Debo tener un programa contra spywares, es antiguo, pero podemos usarlo y luego descargar una actualización.

El hombre se frotó las manos, había encontrado una solución que no lo ponía en riesgo. Además, descubrir que Aldo y él tenían en común ser gays le había producido un perverso placer. Se levantó y sacó de un olvidado cajón una laptop idéntica a la del chico. Por un momento, recorrió con nostalgia el teclado, la encendió y suspiró.

Allí, entre sus ficheros meticulosamente ordenados, estaba el programa requerido.

En ese momento, volvieron a tocar la puerta.

- Cópialo en este diskette y ejecútalo en tu laptop. Ahora vuelvo, tal parece que es mi día de visitas inesperadas.


3


Armando volvió, contrariado por haber tardado tanto para negarse varias veces, en medio de la lluvia, a ir de excursión al día siguiente a las cataratas de Ahuashiyacu, con las hijas del dueño de la tienda de abarrotes.

Era un verdadero fastidio que lo buscasen con tanta insistencia y en un momento se sintió tentado a decirles que era gay, pero lo descartó porque no quería traer un innecesario interés hacia su persona.

El hombre entró al estudio y se quedó paralizado en la puerta, para luego correr y desconectar violentamente el cable telefónico de su laptop.

- ¿Quién te dijo que podías entrar a Internet desde mi equipo? – exclamó, furioso.

- ¡Lo siento! Yo sólo pensé que era mejor bajar aquí la actualización…

- ¡Mierda!

- Lo siento… - balbuceó Aldo.

- ¡Mierda!

– Ya dije que lo sentía… - murmuró el chico -. Ah… lo estuvo llamando una amiga suya, por Messenger. Cybersoul o algo así…

Armando palideció y miró la pantalla, donde la ventana del Messenger estaba aún abierta.

Cybersoul: A momentary lapse of reason – dice:
Hola mi amor ¿me has olvidado?

- ¡Largo de aquí! – fue su grito irritado y aterrado a la vez, y Aldo salió de allí a toda prisa, prometiéndose a sí mismo jamás volver.


4


Era de noche cuando Armando volvió a la casa, calado hasta los huesos.

Luego de echar a Aldo, había guardado bajo llave su laptop, se había vestido y tomado su paraguas, para salir a caminar hasta el Mirador, el lugar más elevado del pueblo, en donde vivía el único amigo que había hecho en el tiempo que llevaba allí.

Marbel Téllez era todo un personaje. Profesor de historia jubilado y dueño de un restaurante turístico famoso por su cebiche vegetariano, era una fuente inagotable de leyendas locales que Armando amaba escuchar. Su favorita era la leyenda sobre el origen de Lamas, que ese día había vuelto a oír, aunque sin el interés de siempre, pues su mente estaba ocupada en otra cosa.

Había pasado la tarde platicando con Marbel, bebiendo chuchuhuasi (***) y comiendo a intervalos cecina con plátano frito. De ese modo, había llegado a enterarse de que Aldo Guerrero era hijo único del hermano de Enith, que enfrentaba un proceso de divorcio y que por eso había enviado al muchacho a pasar las vacaciones con su tía.

Saber eso había suavizado el enojo que sintió contra el muchacho, él sabía en carne propia lo que se sentía ver divorciarse a los padres y destruirse su hogar. Aunque hacía mucho tiempo de eso y sus padres ya habían muerto, aún recordaba el dolor que sintió en esa época.

A las ocho se había despedido de su amigo, luego de coger una borrachera de los mil demonios y por eso había salido del restaurante en medio de la lluvia, sin acordarse siquiera de su paraguas y había tropezado aparatosamente metros antes de llegar a su casa, llenándose la ropa de barro y maldiciendo las calles sin asfaltar del pueblo.

Tambaleándose, se metió al baño y se duchó largamente, quitándose los restos de barro. Sólo quería recostarse y dejar de pensar.

Se puso el pijama y se metió en la cama, pero no pudo dormirse, la bebida había estimulado algunas partes de su cuerpo a tal punto que sólo necesitó evocar el rostro de Aldo para comenzar a masturbarse furiosamente y acabar entre espasmos, en medio de las sábanas.

Disipado en parte el efecto de la bebida, Armando se encogió nuevamente, con una punzada de culpabilidad. En la confusión de su borrachera, pensaba en Rafael y al mismo tiempo en Aldo, sabiendo que si su amante siguiera vivo, estaría furioso al saber lo que acababa de ocurrirle.

Gimió suavemente y comenzó a sentirse miserable cuando su mente se llenó de recuerdos.

- Rafa – musitó contra la almohada y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Él podría haberlo evitado, si tan sólo se hubiera dado cuenta a tiempo.

Podría, pero no lo hizo por estar demasiado absorto en su trabajo como para notar lo mucho que Rafael había cambiado.

Lo había abandonado cuando el muchacho más lo necesitaba y no podía perdonarse por eso, pero luego, cuando todo empezó, únicamente pudo pensar en huir.

Cobarde, le decía su mente embotada de alcohol. No quieres afrontar lo que pasó, por eso viniste aquí… ¡Cobarde!.

- Perdón… Rafa, perdóname – gimió, hablándole a la sombra que proyectaba el árbol que había en el patio -. No me persigas, por favor… déjame en paz…

Se encogió en la cama, gimiendo y maldiciendo su cobardía, porque había huido al ser incapaz de afrontar su mayor temor: descubrir exactamente qué había pasado con el joven.

Y esa noche, después de un año, sus sueños estuvieron plagados de pesadillas.


*********

(*) Spyware = Los programas espía o spyware son aplicaciones que recopilan información sobre una persona u organización sin su conocimiento. La función más común que tienen estos programas es la de recopilar información sobre el usuario y distribuirlo a empresas publicitarias u otras organizaciones interesadas, pero también se han empleado en círculos legales para recopilar información contra sospechosos de delitos. Además pueden servir para enviar a los usuarios a sitios de internet que tienen la imagen corporativa de otros, con el objetivo de obtener información importante.

(**) UPCI = Universidad Peruana de Ciencias de Ingeniería. No existe, pero es mi equivalente de la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería) para la historia, por la sencilla razón de que no conozco la arquitectura de citada universidad. La UNI es la mejor universidad del Perú para estudiar ingeniería.

(***) Chuchuhuasi = bebida afrodisíaca de la selva peruana, preparada con aguardiente de caña y corteza del árbol de su mismo nombre, que posee propiedades medicinales.

 

 


Capítulo 2

I can't stand to let you win.
I'm just watching you.
And I don't know what to do.
Feeling like a fool inside.
Feeling all the hurt you hide.
Thought you were my friend.
Seems it never ends.

Somebody Someone – Korn


Lamas, departamento de San Martín, Perú
Febrero, 2005
1

Armando abrió los ojos, sintiendo una sensación de embotamiento en el cuerpo. Durante la noche había arrojado al suelo la sábana y el frío de la madrugada le había afectado… ¿o sería la lluvia del día anterior?

Se levantó trabajosamente, le dolía todo. Su cuerpo temblaba de frío y todos los músculos estaban dolorosamente contraídos, como si lo hubieran golpeado. Era un resfriado típico de las personas recién llegadas a esas regiones.

Maldijo por lo bajo, le había pasado lo mismo la semana que llegó, pero, luego de un año, era hasta risible que se hubiera quedado a la intemperie en medio de la lluvia.

Tenía fiebre y estaba solo, sin un alma que lo ayudase a comprar medicinas. Tiritando, se puso un traje deportivo sobre el pijama, se calzó unas gastadas zapatillas y salió a buscar algo que lo aliviase. El día estaba radiante, como si no hubiera llovido en un año, y eso lo hizo sentir peor aún.

Trabajosamente se dirigió a la farmacia y a través de su garganta irritada explicó al boticario lo que le sucedía. Cuando éste le sugirió una inyección, Armando retrocedió, nervioso. Detestaba las inyecciones y prefería mil veces llenarse de antibióticos.

Alguien entró a la farmacia y pidió aspirinas. Armando se volvió y encontró a Aldo, el muchacho de la víspera.

- Hola, inge – saludó, con aire hostil -. ¿Resfriado con este calor? No me gustaría estar en sus zapatos.

Armando le contestó con un gruñido. Aldo se veía feliz y lleno de vida y él se sentía como una zapatilla. Una zapatilla vieja y gastada. Tomó las pastillas que le recetaron y salió lentamente de la farmacia. Cada paso que daba le producía mucho dolor en las articulaciones y había empezado a temblar.

- Mi madre dice que lo mejor en estos casos es beber un tazón de sopa de pollo y meterse a la cama – dijo una voz a sus espaldas.

- ¿Además de estropear laptops eres médico? – respondió Armando con hostilidad y apresuró el paso.

- Oiga… yo sólo quería ayudar. Lamento lo que pasó ayer, no pensé que fuera para tanto…

- Escúchame, muchacho – Armando se volvió y lo encaró -, no tienes idea de lo que hiciste… ¿quieres dejarme en paz?

- No hice nada malo – replicó tercamente Aldo -, y sólo trato de ser amable. Tómese ese caldo y váyase a la cama, está temblando.

Armando apretó los labios.

- Eso sería si supiera cocinar… y aún no abren el restaurante donde me preparan la comida.

Dio media vuelta y comenzó a avanzar, sintiendo que la calle era cada vez más extensa y que la puerta de su casa se alejaba más y más.

- Yo sé prepararlo… - dijo Aldo, alcanzándolo en dos rápidas zancadas -, aprendí a cocinar cuando mi madre comenzó a trabajar todo el día. Puedo hacerlo… tómelo como una disculpa por lo de ayer, francamente se ve muy mal.

Armando quiso negarse, no le gustaba relacionarse demasiado con extraños, pero el recuerdo de que los padres del chico se estaban divorciando y la necesidad real que tenía su cuerpo de tomar algo tibio, aunado a la fiebre que tenía, hicieron que capitulase y asintiera con un gruñido que Aldo tomó como un “Sí”.

Entraron a la casa y el ingeniero se fue directo al dormitorio para recostarse.

2

Aldo apagó la cocina a gas y miró por la ventana. Estaba acaloradísimo luego de preparar el caldo, pero finalmente estaba listo, aunque le había costado otra reprimenda cuando le pidió dinero al malhumorado Armando para ir de compras.

Bebió un poco de agua que tomó de la casi vacía refrigeradora y se dirigió al dormitorio, por cuya puerta abierta podía entrever la figura de Armando.

- ¿Ingeniero? – llamó despacio, y al no obtener respuesta, entró.

Armando dormía agitado, cubierto hasta la barbilla con una manta, y su cuerpo temblaba ocasionalmente.

El muchacho lo estudió unos momentos. Dormido no se veía tan odioso, se dijo con un poco de remordimiento. De hecho, ahora que lo miraba bien incluso le parecía atractivo.

Animado por el hecho de que Armando dormía profundamente, el muchacho avanzó. Le intrigaba el modo extraño de comportarse que tenía, adivinaba que detrás de esa agresividad, el hombre estaba asustado.

Y quería saber por qué.

Sus dedos trazaron la mejilla del durmiente y se inclinó para observarlo mejor. No había hecho ningún comentario ofensivo cuando descubrió las páginas gays… ¿eso significaría que…? Aldo dejó que su mano acariciase la incipiente barba, soñando… imaginando…

Se había dado cuenta de que era gay, pero tenía un miedo espantoso a darse a conocer. Era por eso que no había tenido aún relaciones sexuales y se sentía muy inseguro… sus manos deseaban acariciar a Armando, que ardía en fiebre.

El muchacho acercó su rostro al del dormido ingeniero, que de pronto lo sujetó con fuerza.

- Rafa… perdón…

¿Qué había sido aquello?

Las manos afiebradas lo sujetaron con más fuerza.

- Rafael… por favor…

Aldo se arrodilló, sujetando las manos, y empezó a acariciarlas muy despacio. El rostro del hombre se relajó.

- Rafa…

- Tranquilo. Estoy aquí – susurró el muchacho, sin saber muy bien por qué lo hacía. Se quedó arrodillado hasta que la pesadilla cesó y la respiración de Armando volvió a ser normal.


3


Casi a medio día Armando abrió los ojos. Estaba bañado en sudor y cubierto hasta la barbilla por una gruesa manta.

Se quiso estirar en la cama y cuando se movió, notó algo blando y tibio bajo su cuerpo. Amodorrado aún, se restregó contra la fuente de calor para luego retirarse violentamente.

- ¿Qué demonios haces aquí? – exclamó, adolorido por el brusco movimiento y aprisionando aún entre sus piernas las de Aldo.

El muchacho, sonrojado y molesto, se puso de pie de un salto.

- Usted me sujetó allí – replicó -. Tenía fiebre y deliraba… me confundió con alguien y me abrazó.

- ¿Te confundí…? – un pensamiento atravesó la mente de Armando, que se sentó sobre la cama y evitó mirar al muchacho – Olvídalo… debió ser la fiebre. Yo no recuerdo nada

Había temor en su voz y Aldo no dejó de notarlo, pero el muchacho era muy decidido y se mantuvo en sus trece.

- Estaba muy mal, por eso dejé que me abrazara. Parecía muy asustado – repuso -. Por cierto, hace dos horas que su caldo de pollo está preparado. Si tiene fuerzas para beberlo, claro – lo punzó sin poderlo evitar.

Armando no se había movido más por el dolor en su cuerpo, pero apenas oyó esas palabras, se puso trabajosamente de pie.

- Claro que tengo fuerzas. Un resfriado no podrá más que yo.

El ingeniero se despojó de su chaqueta de pijama, húmeda de sudor, y se dirigió al armario para mudarse de ropa. Aldo estaba de pie junto a la puerta, mirándolo de reojo mientras el rubor volvía a teñir sus mejillas. La espalda de Armando era ancha e invitaba a ser acariciada, y cuando éste se quitó el pantalón del pijama, mostrando que no llevaba ropa interior, Aldo contuvo un suspiro.

4

- ¿Y qué pasó con tu laptop? – preguntó Armando, alzando la mirada de su plato.

Ambos estaban sentados a la mesa de la cocina, Armando tomaba el caldo mientras Aldo bebía Coca-cola.

- Finalmente la tuve que llevar a Tarapoto. Dijeron que tenía un virus, ¿puede creerlo? Perdí toda la información de mi disco, no me explico cómo… me conecté a Internet desde la casa de mi tía y un instante después, no había nada en mi disco, como si lo hubieran borrado… Voy a recogerla mañana, tienen que reinstalarle todo, por seguridad.

- ¿Un virus? – murmuró Armando, nervioso otra vez -. Sí, eso tiene sentido – dijo como para sí mismo -. Debió ser un virus, tuvo que serlo o… - calló nuevamente y cambió de tema -. Supongo que borrarías tu historial.

- Lo borré – repuso rápidamente Aldo -. Lo siento… - el muchacho calló, sin saber qué decir.

- Está bien. A todos nos pasa alguna vez… yo visitaba muchas páginas como esas – dijo Armando, volviendo a sonreír -. ¿Hace cuánto descubriste que eres gay?

El muchacho, avergonzado aún, comenzó a hablar en voz baja.

- Descubrirlo… hace mucho, desde el colegio. Entenderlo y aceptarlo, hace muy poco tiempo, uno o dos años, tal vez… No es fácil, ¿sabe?

- Lo sé. Claro que lo sé – dijo Armando -. ¿Imagino que nadie lo sabe?

- Nadie – respondió Aldo -; es decir, sí lo saben, pero no me conocen… Tengo algunos amigos por MSN y eso… pero no se lo he dicho a nadie “real”. Salvo a usted, que lo descubrió.

- ¿Y estás seguro…?

- ¡Claro que lo estoy! – exclamó Aldo -. ¡Me excita ver hombres desnudos, no mujeres! Hace un rato… con usted…

- ¿Conmigo, qué? – preguntó Armando con una maliciosa sonrisa.

- Nada. No es mi tipo… ¡Mierda! Yo sólo intento ser amable… usted podría ser mi profesor.

- Olvida eso – fue la rápida respuesta -. No lo seré. Punto final – antes de que Aldo dijera nada, Armando lo atajó –. Y deja de tratarme de usted, no soy tan viejo, ni soy tu profesor… ni siquiera ejerzo aquí. Soy Armando.

- De acuerdo – aceptó el muchacho -. Armando – una genuina sonrisa se formó en su rostro.

El ingeniero terminó el caldo y se levantó, con una nueva mueca de dolor. En realidad el muchacho no era tan odioso, sólo estaba asustado y era comprensible. Además, había sido muy amable con él al prepararle el caldo y acompañarlo todo ese rato.

- Gracias, estaba delicioso.

- De nada… Puse lo que quedó en el refrigerador, para más tarde. Mi tía debe estarme buscando por todo Lamas, mejor me voy.

Aldo se levantó también, un tanto reticente, pues acababa de descubrir a alguien que parecía entenderlo aunque fuera un poco. Aunque Armando no había admitido abiertamente ser gay, para el muchacho era casi seguro.

- Dale recuerdos a tu tía. Yo me iré a la cama de nuevo.

5

Armando pasó los tres días que siguieron en casa, descansando. Y recibió varias visitas de Aldo y de su tía, que, alertada por el muchacho, quería cerciorarse de que su mejor inquilino estuviera bien.

Durante esas visitas, el muchacho hablaba poco, salvo cuando se encontraban solos, que se volvía un poco más comunicativo aunque aún siguiera peleando con Armando por casi cualquier cosa. Le había contado lo de sus padres y mostró lo mucho que eso le afectaba. El ingeniero lo había confortado contándole su propia experiencia y eso los unió más. Además, la laptop de Aldo había sido olvidada luego de que el muchacho la recogiera y durante esos días no hubo alusión alguna a la tecnología.

Pero Aldo buscaba una conversación más concreta sobre un tema que le inquietaba, y la noche del tercer día, cuando fue a llevarle la cena, por encargo de su tía, y ambos se hallaban en el patio, se decidió a empezar esa conversación.

Armando estaba recostado en una hamaca, vestido tan sólo con unos shorts, porque esa noche el calor era especialmente sofocante.

Aldo se acomodó en la mecedora y miró al cielo estrellado buscando las palabras para iniciar la conversación. Pero las palabras se diluyeron en su mente cuando su mirada se topó con la de Armando, cuya intensidad lo hizo estremecer. Y su cerebro sólo pudo procesar y decir, antes de que se diera cuenta, la pregunta que lo estaba atormentando.

- ¿Eres gay?

El ingeniero se incorporó un poco, buscando un mejor contacto visual.

- ¿Tú que crees?

- ¡Eso no es una respuesta! – protestó Aldo. Armando se echó a reír.

- Está bien. No lo soy.

- Es mentira…

- ¿Por qué lo dices? – Armando parecía muy divertido y eso no hizo más que irritar al muchacho.

- ¡Por todo! – exclamó Aldo –. No dijiste nada cuando viste las páginas… Y dijiste que sabías lo difícil que era y toda esa mierda…

- Puedo ser bisexual… - ronroneó Armando.

- Ya… - bufó el muchacho - y por eso has venido a este pueblito de mierda y no has salido con nadie durante un año completo… No te creo.

- Has estado investigándome – dijo rotundamente Armando. Aldo se puso rojo -. El pez muere por su boca – se echó a reír nuevamente -. ¿Te gusta Lamas? – fue la siguiente pregunta, totalmente fuera de contexto.

- ¡Claro que no! Me aburro, no tengo con quien hablar, salvo mi tía y tú… no hay dónde ir, la comida me sienta mal. Quiero volver a Lima…

- Ya empezó el niño mimado. Apuesto que no soportarías un paseo por el monte… te echarías a llorar y llamarías a tu mamá.

- ¡No es cierto!

- Pruébalo… y dame la oportunidad de mostrarte que Lamas no es tan malo. Hay un lugar precioso, a media hora de camino desde Bellavista, en pleno monte. Casi nadie va allí, podremos estar solos.

La invitación fue hecha con total naturalidad y Aldo aceptó. No estaba seguro si las palabras de Armando traían un sentido oculto, pero no perdía nada con ir, estaba muerto de aburrimiento en el pueblo.

- De acuerdo. ¿Qué debo llevar?

- Una mochila, mucha agua, una toalla… y repelente para insectos. Mañana, a las ocho. Volveremos por la tarde.

Armando se levantó de la hamaca, dando por terminada la visita, y Aldo se despidió. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, miró a Armando.

- No respondiste mi pregunta.

- Vete a la mierda.

6

- ¿Falta mucho? – preguntó Aldo, avanzando con dificultad por un estrecho sendero lleno de vegetación. Armando, que iba algunos pasos más adelante, se volteó.

- Es la décima vez que lo preguntas. Y no, no falta mucho.

- Eso dijiste cada vez que pregunté… y ni siquiera sé a dónde vamos.

- Dije que sería una sorpresa.

- Pues vaya sorpresa – bufó Aldo, que se había hecho una idea muy distinta del paseo. La mochila le empezaba a pesar. Habían recorrido el camino hacia Bellavista en un auto colectivo y luego habían bajado y seguido a pie hasta una colina, para internarse en el monte. El muchacho había perdido la cuenta de cuánto habían andado y la vegetación era tan tupida que no veía el sol. Aún así, el calor era intenso.

Se detuvieron en un punto donde el sendero se había más ancho y Aldo tomó la delantera. El sendero ascendía por el monte y bajo ellos corría, entre enormes piedras, un arroyo.

- Vamos, dame un poco de crédito. Dije que te gustaría Lamas, ¿no es cierto? Relájate y disfruta del paisaje.

- Lo haría si camináramos más despacio.

- De acuerdo. Dirige tú – declaró el ingeniero y adaptó su paso al del muchacho.

Aldo trató de relajarse y avanzó con cuidado por el suelo cubierto de hojas, pero se detuvo al oír a Armando silbar la canción de Spiderman, que había estado alternando con el tema de X-Files desde que emprendieran la marcha.

- ¿Quieres callarte? ¿Estás invocando al Dios Araña? ¿O tratas de atraer al Chullachaqui? (*)? – protestó el muchacho, avanzando más de prisa para alejarse del ruido.

- No, sólo trato de espantar a las víboras – fue la tranquila respuesta.

Aldo estuvo junto a él en dos saltos.

- ¿Víboras? ¿Hay víboras? ¿Víboras venenosas?

- Estamos en la selva, no en Disneylandia. Claro que hay víboras.

- ¡Mierda, no me lo dijiste! Odio las víboras… ¿habrá alguna cerca?

- ¿Bromeas? Deben haber cientos. Pero ellas no atacan a menos que sorprendas a una dormida y la pises. Por eso silbo, si te llega a picar una venenosa, me costaría llevarte a cuestas a Tarapoto para buscar un antídoto.

- ¡Dios mío! No volveré a otro paseíto de estos…

Armando sonrió cuando Aldo empezó a caminar detrás suyo, silbando a todo pulmón la Marcha de Banderas.

7

- Hemos llegado – anunció ceremoniosamente el ingeniero, apenas estuvo visible la catarata de Chapawanka, que era el destino de su paseo.

- Oh – Aldo se había quedado sin palabras, olvidando las víboras por completo mientras descendía hacia la piscina natural que se formaba al pie de la caída de agua -. Es… es…

- Hermoso – completó Armando -. Así me quedé la primera vez que vine. ¿Valió la pena la caminata?

- Claro. Lo malo es que tendremos que volver a hacerla para regresar.

Aldo se sentó en una banca de troncos y se quitó las zapatillas y las medias, para hundir los pies en la fina arena. Un examen más atento le permitió ver que el agua, que descendía de la montaña y desbordaba la piscina, alimentaba el caudal del río. El muchacho abrió la mochila y bebió un largo trago de agua de su botella, el calor era sofocante.

- ¿Qué esperas? Ven a bañarte.

Armando se acababa de despojar de la polera y se estaba bajando los shorts para quedar en ropa de baño.

- Ya voy.

El muchacho se levantó, dudando, pero Armando se había metido ya a la piscina, de unos seis metros de diámetro, y se dirigía al pie de la cascada.

Aldo aprovechó para ponerse la ropa de baño y avanzó hacia el agua.

- ¡Hey! ¡Está fría!

- ¿Qué esperabas, unos baños termales? Es agua que cae desde un manantial en lo alto de la montaña. Ven aquí, cobarde.

Armando comenzó a salpicarle agua hasta que Aldo se arrojó a la piscina, salpicándole agua también.

Cuando detuvieron esa guerra de agua, exhaustos, Aldo notó que había entrado en calor y que el agua estaba bien si no se salía de ella.

Nadaron entusiasmados hasta que Aldo subió a un enorme peñasco al pie de la cascada y se sentó allí.

- Esto empieza a gustarme – declaró.

Armando se sentó junto a él, dejando que el sol acariciara su espalda. En un intento por conservar el equilibrio, rozó el muslo del muchacho y de pronto, Aldo se estremeció.

Estaban absolutamente solos, en medio de la selva, pensó el muchacho. Armando sabía que era gay… y lo había llevado allí adrede. Un pensamiento irrumpió en su mente, haciéndolo ruborizar, y sus ojos se tropezaron con la penetrante mirada del ingeniero. Sintió que se derretía, a la vez ansioso y temeroso ante lo que veía venir. Y como siempre que se encontraba ante una situación nueva y difícil, decidió tomar el toro por las astas.

- ¿Vas a besarme, o qué?

- Demonio de muchacho – murmuró Armando, antes de que sus labios se apoderasen de los del joven.

Aldo respondió ardorosamente al beso, dejando salir la pasión que llevaba tanto tiempo reprimida, y Armando no lo decepcionó. Su lengua exploró la ansiosa boca, deseosa de sentir lo prohibido, y lo sujetó firmemente por la espalda, atrayéndolo más. El muchacho se estremeció nuevamente al sentir las manos que se deslizaban por su espalda y descendían hacia sus caderas.

Armando se detuvo.

- Aldo, sabes lo que voy a hacerte, ¿verdad? – cuestionó en un susurro. Su sentido común le decía que si estaba a punto de tirarse al sobrino de su casera, al menos éste debía tenerlo claro antes de proceder.

- Sí – dijo Aldo en voz baja. El corazón martilleaba con fuerza en su pecho y se le hacía difícil pensar. Había soñado mucho con un momento así, no precisamente con Armando, y las cosas iban bastante rápidas para lo que había imaginado. Aún así, no quería parecer mojigato
– Anda, hazlo ya – sus manos se deslizaron hacia la entrepierna del ingeniero, quien no desaprovechó la ocasión para bajarse la ropa de baño.

Armando tuvo un instante de remordimiento que acabó al recoger entre sus labios un profundo gemido que brotó de la garganta de Aldo. Al siguiente momento, estaba apoyando al joven sobre la piedra, tirando de su ropa de baño hasta dejarlo desnudo.

Se miraron intensamente. Aldo estaba ruborizado y deseoso y aunque su inexperiencia era bastante patente, trataba de mostrar lo contrario. Sus caderas se elevaron, ansiosas, invitando a una desconocida caricia. Armando respondió con la boca y los labios dirigiéndose hacia la entrepierna del muchacho que lanzó un avergonzado gritito de placer.

- Estamos solos, grita lo que quieras… deja salir todo lo que llevas aquí – los labios de Armando oprimieron golosamente el glande, arrancándole más gemidos que se mezclaron con los gritos de los pájaros.

Aldo lo acarició en el cabello, decidido a dejarse llevar, pero sus gemidos se transformaron en exclamaciones de dolor cuando sintió un dedo tentar su entrada.

- Relájate… puede doler al principio, pero luego prometo que te gustará.

El muchacho intentó hacerlo, pero la piedra le raspaba la espalda y era doloroso. El ingeniero lo notó y lo hizo levantarse para cambiar de posiciones. Armando se sentó sobre la roca y lo atrajo sobre él. Fue allí que Aldo sintió el tamaño de la erección que se presionaba entre sus muslos y se estremeció de temor y placer anticipado.

- Tócame… yo soy real – murmuró el ingeniero y las manos del muchacho, tímidas al inicio, empezaron a acariciar su virilidad mientras los dedos de Armando continuaron trabajándole el esfínter.

Entonces el ingeniero lo sujetó por las caderas y lo hizo sentarse sobre su erección.

- Relájate – repitió, sosteniéndolo con firmeza -, baja poco a poco, yo no me moveré hasta que tú me digas… dolerá poco, lo prometo.

- No… no, por favor, duele…

- Tranquilo… pasará… déjate llevar – las manos de Armando abandonaron sus caderas, para concentrarse en la erección del muchacho, que había perdido parte de su firmeza. Aldo puso la mente en blanco, concentrado tan sólo en esa sensación de estar completamente lleno… de estar por primera vez haciendo algo que había soñado muchas veces.

Sin darse cuenta, su cuerpo empezó a reaccionar e inició un lento vaivén que lo fue empalando por completo. Sonrió y miró al ingeniero.

- Eso es – susurró Armando, animándolo. Comenzó a moverse a su vez, cada vez más intensamente, hasta que los gritos de placer de Aldo volvieron a oírse.

El muchacho se inclinó y lo besó en la boca.

- Te amo – susurró, en medio de un intenso orgasmo, cuyos espasmos hicieron que Armando acabase casi al mismo tiempo.

El ingeniero se sorprendió ante la sencilla declaración y lo abrazó estrechamente.

- ¿Sabes? No eres tan odioso cuando te comportas así… - susurró Aldo.

- Vete a la mierda.

8


Esa noche, Armando se sentía eufórico. Hacía mucho que no se compenetraba tanto con alguien y mucho más que no tenía relaciones sexuales. Todo el camino de regreso se les había hecho leve, porque lo había hecho besándose y charlando sobre su reciente experiencia. Aldo parecía muy deseoso de seguir experimentado sensaciones, pero se les había tarde y el muchacho tuvo que volver a su casa. Sin embargo, el ingeniero no contaba con que su recién conquistado amante le hiciera una nueva visita a las ocho.

- Le dije a mi tía que iba a Tarapoto a una fiesta y que me quedaría a dormir. Nadie me ha visto venir – dijo al entrar.

- ¿Estás loco?

- ¿Qué tiene de malo? Quiero dormir contigo… siempre quise despertar junto a alguien que fuera especial para mi… Por favor…

- Condenado muchacho – sonrió Armando –. Ven, es temprano para dormir.

Los brazos del ingeniero lo aprisionaron contra la pared y sus bocas volvieron a unirse en un hambriento beso.

Terminaron de nuevo en la cama, donde se amaron con la misma pasión devoradora de antes, y horas más tarde, Armando, muerto de calor, se movió hacia el borde del lecho, pero el cálido cuerpo del dormido Aldo, cubierto hasta la barbilla con la sábana, se le pegó de nuevo.

El muchacho dormía profundamente, satisfecho después del sexo. Pero Armando, habituado a dormir solo durante tanto tiempo, no lograba conciliar el sueño, sobre todo con esa estufa humana abrasando cada centímetro de su piel.

- Aldo – susurró muy despacio y empujó al muchacho hacia el centro de la cama.

- Te amo… - murmuró en sueños, enterneciéndolo completamente.

Había sido el primero para Aldo y el muchacho se estaba aferrando a él con todas sus fuerzas, quizá a causa de la ruptura de sus padres o de la ilusión que siempre produce el primer amor. Armando le dio un beso en los labios y se prometió a sí mismo no lastimarlo.

Esa noche, nada le recordó a Rafael.

I look I sign.
I need someone.
Inside to help me out.
With what I'm trying.
I'm crying, I'm frying.
In a pile of shit.
I'm dying.
I'm dying.
I'm dying


**********
(*) Chullachaqui – demonio de la selva, con apariencia de un hombrecillo pequeño, que tiene un pie humano y una pata de cabra. Se dice que le gusta confundir a los nativos, borrando sus trochas (caminos) cuando se internan en el monte.

 

 


Capítulo 3

I am going insane.
This shit is all about pain.
I cannot retain as the shit oozes out my brain.
I wish you could be me.
And then as you would see.
How tired I am.

I wish you could be me - Korn


Lamas, departamento de San Martín, Perú
Febrero, 2005

1

- ¿Qué se supone que vas a hacer con ESO? – exclamó Armando, señalando con el dedo la laptop que Aldo acababa de dejar sobre la mesa.

- Pues… le dije a mi tía que me estabas dando clases de programación, para que no pregunte qué hago tanto en tu casa.

- ¿Y no pudiste inventar mejor excusa? – Aldo puso cara de circunstancias y el ingeniero se llevó las manos a la cabeza -. Supongo que no… bueno, llévala al estudio y guárdala allí. Hoy quiero dar un paseo.

Aldo se lo quedó mirando fijamente, pero Armando lo ignoró y se metió en la cocina. Llevaban juntos tres días, desde el paseo a la cascada, y los habían pasado visitando los lugares turísticos; y principalmente, en la cama.

Y cada vez era más evidente para Aldo que su “novio”, como él gustaba llamarlo en su mente, tenía una real aversión por la tecnología. Las veces que el muchacho había intentado indagar sobre el tema, había sido rechazado de plano y eso no había hecho más que agudizar su curiosidad. Pero por lo que había llegado a conocer a Armando, sabía que no era el momento de interrogarlo. Esperaría… y cuando ese momento llegase, preguntaría lo que deseaba saber.

Fue por eso que entró al estudio dócilmente y dejó la laptop sobre el escritorio, para luego caminar de puntillas hacia Armando, quien luchaba con la sartén en un intento de freír un huevo sin quemarlo. El muchacho lo abrazó por detrás y lo alejó del fuego.

- Son las diez de la mañana… ¿a dónde iremos con tanto calor? – ronroneó junto a su oído.

- Pensé en recoger naranjas silvestres, en la huerta de unos amigos. Y también quiero probar el aguardiente que preparan.

- Mmm, ¿queda lejos? – quiso saber Aldo.

- Media hora en auto hasta llegar a un caserío y luego un pequeño trecho que deberemos recorrer a pie para llegar al sitio exacto.

- De acuerdo, vamos.

2

- ¡Dijiste “un pequeño trecho”! – exclamó Aldo, sin aliento, mientras bajaba por la ladera de un empinado cerro cubierto de verde hierba, con ocasionales árboles. Estaban llegando, como le había informado Armando, a la entrada de la famosa huerta -. Además, dijiste que era una huerta, no una hacienda…

- Es una huerta, tal como las conocen aquí – repuso Armando, tendiéndole la mano para ayudarlo a bajar, pero Aldo siguió de largo y se detuvo, resoplando.

- En Lima las huertas no están en medio de las montañas, son terrenos planos… y se llega a ellas en auto.

- Estamos en la selva, ¿lo has notado? – ironizó Armando y lo abrazó riendo.

- ¿Cómo pueden cuidar de una huerta tan grande? – gimió el muchacho, cuando Armando emprendió de nuevo la caminata, que volvía a ascender por otra colina.

- Porque básicamente no tienen que cuidarla… el agua es gratis, incluso tienen una laguna para que el ganado beba… No necesitan comprar forraje porque el pasto es abundante, en realidad lo tienen todo aquí. Anda, no te quejes tanto… tomaremos un atajo para llegar más rápido a la casa.

Aldo lo alcanzó, su orgullo estaba en juego y detestaba que Armando lo llamase “niño de la ciudad”, así que continuó el ascenso sin volver a quejarse. De pronto, notó pequeñas elevaciones en medio del terreno cubierto de hierba por el que ascendían, como montecitos bajo sus pies. Iba a preguntar lo que eran cuando alzó la vista y vio que algunos tenían cruces.

- ¡Un cementerio! – gritó -. ¡Me estás haciendo caminar en medio de un cementerio!

- Es un atajo

- ¡La madre que te parió! ¡Es un cementerio!

Aldo se quedó parado en medio de dos elevaciones que dedujo eran tumbas, y se negó a avanzar más.

- ¿No vienes?

Armando le ofreció la mano para continuar, pero el muchacho lo rechazó. El hombre se encogió de hombros y continuó el ascenso.

- ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¡Estamos caminando sobre tumbas!

El ingeniero se detuvo en seco y volteó nuevamente.

- Aldo, teme más a los vivos que a los muertos. Al menos esta clase de muertos – murmuró para sí -. Anda, falta muy poco.

El muchacho quedó intrigado por las palabras, allí estaba de nuevo esa mirada extraña de Armando que tanto lo desconcertaba. Suspiró y continuó el ascenso, evitando cuidadosamente las tumbas. Apenas llegaron a la cima del pequeño monte, otro más quedó a la vista.

- Es allí arriba, estamos llegando – indicó Armando y el muchacho bufó.

Luego de caminar en ascenso por un enorme maizal que a Aldo se le antojó interminable, salieron a la luz, para encontrarse una casa de campo y una laguna.

- Menos mal que tomamos un atajo, de lo contrario habríamos llegado mañana – ironizó Aldo, apoyándose un momento en la pared de adobe de la casa, mientras Armando llamaba a sus amigos.

Nada… tan sólo una multitud variopinta de gatos acudió a sus llamadas.

Luego de comprobar que tanto la puerta como las ventanas estaban cerradas, el ingeniero se volvió hacia el muchacho, sonriendo con aire culpable.

- Parece que no hay nadie… debieron ir a la ciudad…

- ¿No les avisaste que vendríamos?

- ¿Por el teléfono satelital? – saltó Armando -. Aldito, estamos en la selva. S-E-L-V-A. ¿Ves aquí algún poste telefónico? ¿Alguna antena? Y yo ni siquiera tengo celular.

- Ya – Aldo hizo un puchero y se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la fresca pared del porche y los gatos no tardaron en unírsele. Detestaba que Armando se burlara de él y detestaba cada vez más la selva. Se moría de calor, sus brazos y piernas estaban llenos de ronchas producidas por los mosquitos, la nariz le ardía y no quería ni pensar en el camino de regreso.

Armando dio dos vueltas más a la casa y volvió junto al muchacho.

- No te enfades… a mí me costó también acostumbrarme. Luego te adaptarás y le encontrarás el gusto.

- Púdrete

- Aldo…

El muchacho miró hacia otro lado.

- Aldito, lo siento. Es que te ves tan “de la ciudad” que no puedo evitar punzarte… Lo siento…

- Te recuerdo que tú también eres de la ciudad – replicó el muchacho.

- Pero ya estoy ambientado aquí.

- Pero eres de la ciudad – los ojos de Aldo se volvieron hacia él –. Armando, ¿por qué viniste a este lugar? Yo había oído hablar de ti en la universidad, te iba muy bien en todo, tenías éxito. ¿Por qué viniste a enterrarte en la selva?

El ingeniero se puso de pie, sin responder, y avanzó hacia la pequeña laguna.

- ¿Por qué? – insistió Aldo, levantándose de un salto y siguiéndolo -. ¿Por qué siempre evitas el tema? ¿Qué pasó en Lima?

- No es asunto tuyo – fue la cortante respuesta.

- ¡Claro que lo es! Me preocupo por ti, somos… estamos… estamos juntos – concluyó Aldo, nervioso. Por poco se le sale un “somos novios”, pero jamás Armando había mencionado algo de eso… Ni siquiera había mencionado nada sobre ser “algo”, simplemente tomaba lo que el muchacho le ofrecía.

Armando sonrió, le enternecía la inocencia que Aldo demostraba para algunas cosas. El muchacho era muy decidido, pero también era conmovedoramente dulce y ciertamente merecía una explicación.

Pero el ingeniero no pensaba dársela aún. Ni siquiera se lo había planteado a sí mismo, tan sólo había actuado en consecuencia de lo que había pasado y tenía miedo. A pesar del tiempo transcurrido, seguía teniendo miedo.

- Tienes razón. Estamos juntos – dijo suavemente -. Pero lo que pasó no importa ahora. Lo siento, es que no deseo hablar de eso. Algún día te lo contaré. ¿Vamos por las naranjas?

Aldo protestó un poco, pero no tenía caso pelearse. Estaban solos y por lo menos trataría de disfrutar el paseo. Dándole un beso ligero en los labios, echó a andar hacia otra colina, donde había varios árboles de mango. Los naranjales estaban al otro lado de la huerta.

3

Luego de pasar la mañana recogiendo naranjas, comiendo y jugando con la libertad que sentían al estar completamente solos, Armando se bajó del árbol de dos ágiles saltos y señaló de pronto hacia el cielo.

- Va a llover… mira

Aldo alzó la vista hacia el punto que señalaba el ingeniero. El cielo se había oscurecido allí y las densas nubes grises avanzaban con rapidez, atraídas por el viento. La lluvia venía hacia ellos y lo único que cabía hacer era buscar algún refugio.

- La casa está cerrada, ¿qué hacemos? – dijo, espantado. Si intentaban volver, la lluvia los calaría hasta los huesos en la mitad del camino. Si se quedaban donde estaban, pasaría lo mismo. El único sitio seguro parecía ser el porche de la casa, pero para llegar a ella tendrían que recorrer un buen trecho, pues se habían internado bastante en la huerta.

- Hay un tambo cerca de aquí – informó Armando, tomándolo de la mano para avanzar con rapidez entre los árboles.

- ¿Qué es un tambo?

- Una especie de refugio, como las casas de los indios campas. Los hacen en las huertas para casos como éste. ¡Vamos!

Corrieron colina abajo y llegaron a un terreno llano. En medio de la pequeña planicie, se alzaba una casita de barro, sin ventanas, con una puerta de madera que estaba entreabierta. Apenas la divisaron, las nubes de lluvia llegaron hasta ellos.

- ¡Corre!

Aldo jamás se hubiera imaginado tener que correr de la lluvia, pero la amenaza era real. Las nubes avanzan con su carga líquida y ellos corrían por delante, recibiendo en los rostros las primeras gotas. Aún les faltaba un trecho para llegar cuando la lluvia los alcanzó, y los pocos metros que los separaban de la puerta fueron recorridos con la tormenta ya sobre ellos. Fue como si les arrojaran cubos de agua. Cuando por fin entraron y cerraron la puerta, estaban empapados.

- ¡Maldición! ¡Maldición! – exclamó Aldo, al verse envuelto en una total oscuridad -. No voy a preguntar, supongo que esto no tiene luz eléctrica…

- Supones bien, pero debe haber por aquí algunas velas – dijo Armando, tratando de que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Tanteando las paredes, dio con una pequeña repisa donde estaban las velas y los fósforos.

- Ay no – fue todo el comentario de Aldo, al ver el mobiliario del precario refugio, que consistía en un catre viejo cubierto de unas mantas viejísimas y desteñidas; una silla, y algo que parecía ser una cocina a leña. En la pared había varias repisas, con platos de hojalata, una taza desorejada y algunos cubiertos.

- Por lo menos está seco. Anda, quítate la ropa o pescarás un resfriado como el que tuve yo – ordenó Armando, y procedió a hacer lo propio, colgando su ropa en la silla. Ya en ropa interior, intentó encender el fuego de la cocina, sin llenar el refugio de humo, y como es natural, fracasó.

- Además de matarme de pulmonía, quieres asfixiarme – protestó Aldo, tosiendo ruidosamente.

El ingeniero abrió la puerta, que les trajo una ráfaga de aire frío y apagó el fuego y la vela.

- Por lo menos ya no hay humo – dijo, molesto, cerrando de nuevo la puerta -. Tendremos que calentarnos nosotros mismos.

Volvió a encender la vela y se acercó a Aldo, abrazándolo.

- No puede ser tan malo – ronroneó a su oído. El muchacho se estremeció ante el contacto y cerró los ojos, apoyándose en el pecho del hombre.

Momentos después, las ávidas manos de Aldo recorrían el cuerpo de su amante, que lo tumbó sobre la cama. El muchacho estaba ansioso, su respiración era agitada y se entregó sin vacilar, como había hecho durante los días que llevaban juntos. Los truenos ahogaron los gemidos de ambos y la tormenta fue pronto olvidada, al entregarse los dos a la pasión que los devoraba y que sólo la selva podía excitar de esa manera.

Los dedos de Armando se enredaron en el cabello de Aldo y lo atrajo en un gesto habitual en él al hacer el amor. El cabello corto del muchacho le hizo recordar de pronto una larga melena negra que solía acariciar de igual modo y la culpa volvió a aguijonearlo con insistencia.

Rafael y Aldo eran por completo distintos, no sólo en lo físico sino en el modo que cada uno tenía de ver la vida, reflejado en su manera de hacer el amor. Cuando Rafael se entregaba a algo, lo hacía con el alma, con una intensidad que quemaba, estremecía y dolía al mismo tiempo. En cambio Aldo era más cauto en sus emociones, aunque éstas también tenían una gran intensidad. Rafael era la tempestad y Aldo era la calma.

Pero era calma porque al estar a su lado se sentía seguro, sabía que el muchacho jamás lo dañaría y eso daba nuevos y distintos ímpetus a su pasión.

La premeditación había traído a Rafael a su vida, y la casualidad le había traído a Aldo.

Y era con Aldo con quien quería quedarse.

Las lágrimas brotaron, espontáneas e inexplicables, como una despedida hacia Rafael… una despedida más, pero esta vez la definitiva.

Se entregó por completo a su pasión, sujetando con fuerza las caderas del muchacho y recogiendo el juvenil orgasmo entre los labios enrojecidos de Aldo. Ahogó un grito hundiendo el rostro en el húmedo cuello, estremeciéndose en la intensidad de su clímax, aunque sus ojos seguían llenos de lágrimas y Aldo lo notó.

- ¿Qué ocurre? – susurró el muchacho, abrazando a Armando y atrayéndolo a su lado -. ¿Te sientes mal? – la euforia de su reciente orgasmo se apagó al ver de ese modo a su amante, pero el ingeniero se sentó en la cama y le dio la espalda.

- No pasa nada. Estoy bien…

- Estás llorando – Aldo se levantó y lo abrazó por detrás.

- Recordé algo… no es nada importante. Ya pasó – replicó el hombre, sin mirar al muchacho.

Aldo lo siguió abrazando, con la mejilla apoyada en su espalda y acariciándole el pecho.

- Sé que te pasa algo. Tuvo que ocurrir algo grave para que vinieras aquí. También sé que nos conocemos hace poco, pero puedes confiar en mí – susurró muy despacho.

Armando sujetó las manos que le acariciaban el pecho y las besó.

- Es muy complicado, no lo comprenderías… ocurrió hace tiempo.

- Ponme a prueba – pidió Aldo, sintiendo una punzadita de celos –.¿Tiene que ver con Rafael? – el muchacho sintió cómo la espalda del ingeniero se tensaba -. ¿Quién es Rafael? – preguntó suavemente –. Te he oído llamarlo en sueños. Muchas veces… ¿Lo que te ocurre tiene que ver con él?

Hubo un tenso silencio, roto por los ocasionales truenos, y Armando se puso de pie, agotado todo vestigio de su devoradora pasión de antes.

Avanzó hacia la vela y buscó un cigarrillo, que encendió allí. Cuando volvió a la cama, Aldo estaba sentado en ella, cubierto con la sábana hasta la cintura.

- Rafael fue mi novio por algunos meses – empezó Armando, sentándose sobre la cama –. La relación se deterioró y rompimos. Luego de un tiempo, él murió – dijo lentamente, como hablando para sí mismo -. Trabajaba en la misma empresa que yo y era mi alumno. Fueron tiempos difíciles, no quiero hablar de ello.

Los ojos de Aldo, dulcificados al oír la confesión, se abrieron como platos con las últimas frases.

“Rafael=alumno=UPCI”>, fue la asociación de ideas que le trajo su mente.

- Oh mierda… ¿era Rafael Gallardo? ¿El chico que se suicidó el año pasado?

- Sí – fue la débil respuesta.

- Vaya… yo… lo siento mucho, no lo sabía… debiste amarlo mucho… - la mano de Aldo acarició la mejilla del ingeniero, pero la retiró al ver la expresión de su amante.

- ¿Amarlo? Aldito… no tienes idea… No, no tienes idea – concluyó Armando, sujetando la mano del muchacho y poniéndola sobre su rostro – Es mejor olvidarlo… Rafael está olvidado para mí y debe estarlo también para ti. No quiero que nada se interponga entre nosotros.

El muchacho quiso preguntar más, pero Armando no le hizo caso y lo abrazó con fuerza.

- Descansemos un poco, tendremos que pasar un largo rato en este lugar.

Se acomodaron entre las sábanas, sintiendo que una pequeña barrera había sido franqueada, pero que quedaban aún muchas cosas por descubrir. Aldo se sentía feliz por la ternura con que era tratado y por las palabras de Armando, y pensando en eso, se fue quedando dormido en brazos de su amante.

Su sueño fue interrumpido por una voz insistente que lo instaba a despertar.

- Aldito… pasó la tormenta… alguien viene.

Esas palabras bastaron para que el joven se pusiera de pie como un resorte, buscando su ropa. Armando se había vestido ya y le hizo una cautelosa seña mientras se adelantaba a saludar a su amigo, dándole tiempo para vestirse.

El muchacho suspiró, se había hecho la idea de tener que ocultarse, pero no por ello era algo que le agradase. Por lo menos se sentía más cercano a Armando al haber compartido lo ocurrido con Rafael, y lo tranquilizaba el que no fuera el amor lo que tenía de ese modo al ingeniero. Percibía culpa y quizá miedo, pero no amor.

Y eso era algo.

Disimulando, se puso la ropa húmeda y salió con las mochilas a cuestas, como si hubiera estado arreglándolas, y se unió los dos hombres.

4

Momentos después, Aldo se encontraba con un hombre de mediana edad, vestido con un impermeable y botas de lluvia, que lo saludó amablemente.

- Es el sobrino de Enith Guerrero, se llama Aldo. Aldo, él es Walter – explicó Armando, y no añadió nada más a la presentación.

Caminaron por el terreno mojado hacia la casa y Aldo se quedó un poco atrás, mirando a Armando interactuar con el tal Walter. Era un hombre de campo, sencillo y hablador, y el muchacho se preguntó una vez más cómo Armando había ido a dar a ese lugar tan impropio para un ingeniero de sistemas.

El calor sofocante había sido refrescado por la lluvia, pero el sol empezaba a brillar nuevamente y a Aldo no le cupo duda que pronto abrasaría como antes. La tierra mojada tenía un olor delicioso, algo que jamás se sentía en la ciudad… y el cielo era tan celeste como jamás se había visto en la contaminada Lima.

Sonrió para sí, su perspectiva comenzaba a cambiar, quizá debido a que se sentía más cerca de Armando, o quizá se estaba aclimatando realmente a ese sitio.

Cuando llegaron a la casa, los recibió la esposa de Walter, que le fue presentada como Loidith. Con las ventanas y las puertas abiertas, la casa se veía acogedora y fueron invitados a pasar. Walter se quitó el impermeable y Aldo vio con sorpresa que traía una polera de Deff Leppard, tan incongruente con el lugar donde se hallaba, que no pudo evitar una sonrisa.

- Chitón – le amenazó Armando, aprovechando que la pareja conversaba en voz baja –, yo se lo obsequié.

Aldo iba a preguntarle por qué, cuando un gato saltó a su regazo. En un momento estuvo rodeado de gatos, que fueron tomando posesión de la estancia. Los contó, había diez gatos grandes y por lo menos cinco gatitos, más difíciles de contar porque estaban en constante movimiento.

En ese momento, Walter se acercó con una botella de aguardiente y dos vasos.

- Está recién destilado – dijo a Armando –, éste ha salido más puro que el anterior.

El ingeniero bebió de un sólo trago el contenido, echando la cabeza hacia atrás en un gesto que se le antojó a Aldo de lo más sensual.

El muchacho miró su vaso y dudó si beber o no, el aguardiente de caña era famoso por subirse enseguida a la cabeza.

- Salud – dijeron Walter y Armando y al muchacho no le quedó más remedio que bebérselo de un trago.

El aguardiente quemó su garganta como fuego abrasador que dejó un ardor muy fuerte en su estómago casi vacío. Le dejó un sabor amargo que no le gustó y sus mejillas se tiñeron de rojo.

- Eso es falta de cultura etílica – declaró riendo Armando y le sirvió otro vaso.

Aldo intentó sonreír, optando por no hablar mucho. De cualquier modo, Walter y su esposa hablaban por los codos y de ese modo se enteró de que Armando acudía cuando hacía buen tiempo y solía traerles ropa usada que ellos empleaban para trabajar en el huerto. Se veía lo mucho que lo apreciaban y que finalmente se había ganado el total respeto de Walter cuando le regaló una computadora Palm, que usaban para mirar el calendario.

Almorzaron allí un delicioso filete, sin dejar de beber el aguardiente. Aldo estaba sentado en el destartalado sofá con varios gatos encima, pero se levantó entusiasmado cuando le ofrecieron jugo de caña de azúcar.

Con los ojos borrosos se apoyó sobre Armando, con la familiaridad que le daba el contacto físico que habían mantenido. El ingeniero lo alejó suavemente, sonriendo con cara de circunstancias, y dijo que ya debían volver. La ropa de Aldo estaba húmeda aún y eso le preocupó, pero le preocupó más la actitud del muchacho, incentivada por el alcohol.

- ¿Por qué nos vamos? Yo estoy bien aquí.

- ¿Por qué no se quedan? – preguntó Loidith –. Tenemos espacio de sobra y Aldo está mareado. Mejor se quedan a dormir aquí.

- Imposible – replicó Armando –, tenemos que volver, su tía no le ha dado permiso.

- Soy mayor de edad, no necesito permiso – replicó Aldo con una risita y se pegó al cuerpo del ingeniero.

- Aldo…

- ¿Cuántos años tienes, chico? ¿Dieciocho? – preguntó Walter, acercándose de nuevo con un vaso de aguardiente que Armando le quitó suavemente antes de que se lo diera al muchacho..

- Veintidós – replicó Aldo, muy ofendido.

- A los veintidós yo bebía aguardiente sin que se me subiera a la cabeza – declaró el hombre. Aldo soltó otra risita y alargó la mano para coger el vaso, pero Armando se lo impidió.

- Nos vamos – declaró con firmeza, pero le fue imposible rechazar los regalos que sus amigos le obsequiaron. Walter los acompañó hacia la parada de autos y finalmente se despidieron.

5


- ¿Estás bien? – preguntó Armando, en el auto de regreso a Lamas.

- Tengo frío – susurró Aldo, pegándose sin poder evitarlo al cuerpo de su amante.

Estaban apretujados en el vehículo, llevando las cosas que no habían podido rechazar: caña de azúcar, naranjas, mangos y muchas botellas de aguardiente. Aldo estaba seguro de que su tía le perdonaría la demora cuando viera las botellas de aguardiente, tan preciado en esa zona, y esperaba que con el paseo en auto la bruma de su cerebro se disipara.

Armando le puso la mano en la frente, con expresión preocupada.

- Creo que tienes fiebre.

La sospecha de Armando se confirmó en cuanto llegaron a Lamas. Aldo tiritaba y ni siquiera tenía ánimos para hablar. Su tía se preocupó al verlo y lo envió enseguida a la cama, Armando tuvo que resignarse a esperar, sin mostrar de modo demasiado evidente lo mucho que le importaba el muchacho.

 

Capítulo 4

All I'll do is look for you.
I know your fix, you need it to
Just to get some sort of attention, attention.

What does it mean to you?
For me it's something I just do.
I want something.
I need to feel the sickness in you

Make me Bad - Korn

Lamas, departamento de San Martín, Perú
Febrero, 2005
1

Aldo tuvo fiebre por tres días, durante los cuales su tía le prohibió salir. Armando había ido a visitarlo al día siguiente de la accidentada excursión, y había tenido que volver, decepcionado, sin poder verlo.

Así había pasado un día más en el cual Armando acudió a desayunar con su amigo Marbel, en el Mirador, como solía hacer. Pensaba en Aldo mientras bebía el café cargado que la esposa de su amigo preparaba tan bien, cuando las palabras de Marbel lo volvieron bruscamente a la realidad.

- Me dijeron que el sobrino de Enith dice tu nombre en su delirio de fiebre. Armando, ten cuidado, ese chico tiene fama de marica.

Una lucecita de alarma se encendió en la mente de Armando, pero el ingeniero se encogió de hombros.

- ¿Y eso es malo? – preguntó suavemente -. Aldo es muy inteligente, no bebe ni usa drogas, ¿qué más da que sea marica?

- No lo digo por él, al fin y al cabo, tendrá que irse. Lo digo por ti, te hará mala fama. Vives aquí hace un año, la gente te respeta. Es un consejo de amigo, tómalo si quieres. Yo que tú, tendría más cuidado, evita los escándalos innecesarios.

Armando apretó los labios, por declaraciones así había estado a punto de perder a su mejor amigo, Martín, en Lima. Las palabras de Marbel tenían un enorme paralelismo con las que le había dicho su amigo en aquélla ocasión. Y a diferencia de su interlocutor, Martín lo conocía desde el colegio.

- Gracias, lo tendré – respondió, irritado, y se levantó de la mesa.

Marbel lo observó, entrecerrando los ojos, y no dijo una sola palabra. El hombre no era como Martín, no lo conocía tanto, no sabía una palabra de tecnología y era mucho mayor, pero había captado muy bien lo que pasaba y Armando se preguntaba cuántos más lo habrían captado.

Le tendió la mano para despedirse y cuando Marbel se la estrechó, pudo percibir que era sincero, el apretón fue breve y enérgico, pero le dejó saber que pasara lo que pasara, podría seguir contando con él.

Como Martín.

2

Esa tarde, Armando se encontraba en el estudio, pasando sin leer las páginas de “El Mito de Bourne”, libro de espionaje que le apasionaba y que había leído por lo menos tres veces.

Frente a él estaba la laptop de Aldo, encerrada en su estuche, y el ingeniero lo recorrió con los dedos un breve instante, volviendo a plantearse que quizá estuviera exagerando al alejarse tanto de las cosas que antes formaban parte de su mundo. La conversación con Marbel le había recordado a Martín y tuvo que admitir que lo extrañaba. Extrañaba a su amigo y al modo tan sincero que éste tenía de decirle las cosas, desde el “pendejo de mierda” con que lo solía saludar, hasta el respetuoso “sensei” que usaba cuando Armando hacía algo que merecía su aprobación.

Era la vida que tanto amaba y que Rafael le había arrebatado.

Y ahora Aldo formaba parte de su otra vida.

Sonrió al recordar al muchacho ávido de conocer el sexo, pero también tan necesitado de ternura. Lo había conocido en el momento preciso. Desde que estaban juntos, Aldo había cambiado sutilmente, se mostraba más seguro de su identidad, más ansioso por permanecer a su lado, más irrespetuoso hacia las normas, y eso le recordaba un poco a Rafael.

Echaba de menos a Aldo y odiaba las barreras que la sociedad había tendido, las barreras con las que Rafael había luchado tanto en su momento.

Rafael…

Ahora lo ocurrido con Rafael era una barrera más que Armando debía romper sin poner en peligro al muchacho.

Dos familiares golpes en la puerta hicieron que fuera a abrir con una irreprimible emoción. Aldo estaba en el umbral, pálido y molesto.

- Inge, vine por mi laptop – dijo en voz lo suficientemente alta para que lo oyera la vecina que barría la vereda con todos sus sentidos puestos en la pareja.

Armando lo invitó a pasar y cerró la puerta.

- Aldito…

Pero antes de que pudiera decir algo más, el muchacho le echó los brazos al cuello y buscó su boca para entregarse a un apasionado beso.

- Están diciendo cosas… mi tía quiere saber qué tengo contigo – dijo molesto Aldo, cuando recuperó el aliento.

Armando lo sujetó de los hombros y lo apartó con suavidad.

- ¿Has hecho algo que los lleve a pensar así? – fue la pregunta, hecha con evidente incomodidad.

Aldo retrocedió, sorprendido por la reacción, y luego se irguió, desafiante.

- Dicen que te estuve llamando en sueños y que tu amigo del huerto les dijo que yo estaba sobre ti. A mi me importa un pepino lo que piensen, ¿a ti te importa?

- Aldo, no era necesario ser evidentes… - comenzó a protestar Armando.

- Veo que sí te importa. Me voy – replicó velozmente el muchacho.

- Espera – la voz de Armando, tan cargada de rabia, lo hizo detenerse –, no es por lo que piensas. Me importa un bledo lo que crea la gente sobre mí. Ya no trabajo ni enseño… pero no quiero llamar la atención y mucho menos perjudicarte. No quiero… no deseo que te pase nada.

- ¡A mi no me importa lo que digan! Te amo…

- Aldo, no se trata de ellos. Ni siquiera se trata de este maldito pueblo… No quiero llamar la atención, ¿puedes entenderlo? – la voz de Armando se había dulcificado y el ingeniero dio dos pasos en dirección al muchacho.

- Hablas como si huyeras de alguien.

- Hay cosas que pasaron y que tú ignoras…cosas que quizá no creerías. Cosas que a veces ni yo mismo creo. Sólo te pido paciencia.

- ¿Por qué no pruebas confiar en mi, para variar un poco? – saltó Aldo -. Siempre estás con tus misterios y diciendo que ya pasó, que no importa, que hay que olvidarlo. Y siempre estás atormentándote con eso. ¿Por qué no me lo cuentas todo de una vez?

- No puedo…

- Entonces ya no hay nada que decir. Se acabó.

- Aldo…

- ¡Se acabó! ¿Me oyes? A mi no me importa que sepan en este maldito pueblo que soy gay. Quizá pueda levantarme a alguien más interesante, dicen que los selváticos son incansables…

- ¡ALDO!

- Se acabó… ¡SE ACABÓ!

El portazo que dio el muchacho fue lo último que se oyó y Armando golpeó la pared de adobe de la casa varias veces con la palma de la mano.

- ¡Maldición! ¡Maldición!


3


Armando mantuvo su posición inflexible por un par de días, intentando realizar sus actividades normales, pero nada parecía interesarle, ni las interminables conversaciones con Marbel, ni los paseos por el monte, ni siquiera la perspectiva de leer un buen libro sin ninguna clase de interrupción.

Era tan contradictorio que sentía ganas de reír. Meses atrás había buscado el aislamiento absoluto y había disfrutado con ser totalmente dueño de su tiempo, sin reuniones molestas a las cuales no podía faltar, sin clases, oficina, amigos que lo visitaran. Simplemente solo, haciendo las cosas que siempre había postergado por dedicarse al trabajo.

Y le había bastado conocer a Aldo para trastornar todo su mundo perfecto de nuevo.

Lo extrañaba, pero no quería admitirlo.

Se decía una y otra vez que era mejor así, que no tenía derecho de complicarle la vida a Aldo, quizá ponerlo en peligro… Que era mejor que el mismo muchacho hubiera cortado por lo sano, antes que él hubiera tenido que tomar esa decisión.

Aún así, ansiaba tomar el cuerpo cálido de Aldo entre sus brazos y llenarlo de besos y de promesas que no podría cumplir.

¿Por qué me he vuelto tan cursi?

Pero era imposible no serlo, Aldo sacaba lo mejor de él, lo enternecía, aunque al siguiente momento lo estuviera sacando de quicio con algún comentario ácido.

Lo extrañaba.

Sí que lo extrañaba…

Pero no daría su brazo a torcer.


3


Una hora más tarde, Armando llamaba a la puerta de la tía de Aldo para preguntar por el muchacho y quince minutos más tarde salía caminando de prisa hacia el paradero de taxis para Tarapoto, pues le habían informado que Aldo se encontraba allí con unos amigos argentinos y que irían de excursión a la laguna Venecia.

La laguna, situada a cuatro kilómetros de Tarapoto y rodeada de aguajales que hacían de sus orillas un paraje inigualable, era el lugar ideal para una excursión romántica y en eso pensó Armando apenas pisó el paradero de taxis de Tarapoto.

Buscó frenéticamente un medio de transporte y localizó un mototaxi al que hizo apresuradas señas. El vehículo era una moto adaptada con una cabina de pasajeros en la que cabían dos personas y era un medio de transporte masivo en esas regiones. Pidió al taxista conducir de prisa hacia la laguna e intentó relajarse.

Ya en camino, refrescado por la brisa que entraba por el precario vehículo, comenzó a buscar un pretexto plausible para presentarse en la laguna Venecia esa mañana. Era un lugar turístico muy conocido, de manera que podía fingir que había ido para remar un poco, aunque no era la mejor excusa, no se le pudo ocurrir nada más.

Armando bajó en el restaurante que está ubicado junto a la laguna, preguntando por el menú mientras sus ojos buscaban entre la numerosa concurrencia algún rastro de Aldo.

Nada…

Mientras bebía una coca—cola, pasó la vista distraídamente hacia la laguna y de pronto descubrió, junto a un deslizador, a un chico rubio abrazando a Aldo por la cintura.

Se quedó helado contemplando a la pareja. Era evidente que el rubio intentaba abrazar a su novio, mientras que Aldo lo esquivaba sutilmente. Luego miró el deslizador con mucha desconfianza, pues no le parecía un medio seguro cruzar la laguna en una lancha equipada de motor.

Sin proponérselo, avanzó un poco hacia la laguna. Fue entonces que Aldo alzó el rostro y sus miradas se cruzaron. Armando vio torcerse el gesto en el rostro de su novio, quien no lo pensó dos veces y prácticamente se arrojó en los brazos del rubio, mientras sus compañeros, a bordo del deslizador, los animaban a subir.

Armando llegó hacia allí con rápidas zancadas y sujetó al muchacho del brazo.

- Tu tía me envió a buscarte, vamos a casa.

- No te creo – replicó Aldo, desafiante -. Me dio permiso para quedarme a dormir en el hotel de Javi y no me esperará hasta mañana.

- Me da lo mismo, vendrás conmigo.

Javi, que era el rubio en cuestión, tiró también del brazo de Aldo, instándolo a subirse al deslizador, pero el muchacho lo apartó y se volvió hacia el ingeniero.

- ¿Quién te crees que eres? – le espetó. Armando no respondió.

Los chicos del deslizador le preguntaron quién era ese hombre y un grupo de gente comenzó a mirar hacia donde estaban ellos.

- Aldo está con nosotros – dijo Javi – y creo que no quiere ir contigo. Déjalo.

Armando apretó los puños. No le gustaba el tono empleado por el argentino y le gustaba mucho menos la forma en que Aldo lo desafiaba.

- Vete, Armando. Yo me quedo con ellos – declaró el muchacho, pero el ingeniero no se movió y no aflojó la mano que sujetaba el brazo de Aldo.

- ¡Déjalo! ¿Quién te crees que eres para venir a llevártelo así?- dijo el más alto de los chicos, mientras se ponía de pie en el deslizador, dispuesto a bajar.

- Soy su novio – casi gritó Armando – y Aldo se viene conmigo.

El joven se quedó tan estupefacto que olvidó forcejear y Armando logró hacerlo avanzar un par de pasos.

-¿Vienes conmigo?

Aldo solo asintió y se volvió un momento hacia sus amigos.

- Lo siento… ya me tengo que ir.

4

- Eres un estúpido, cobarde, orgulloso y maleducado ogro – estalló Aldo en el mototaxi que los llevaba de nuevo a Tarapoto -. ¿Qué bicho te picó dio para aparecer de ese modo?

- Shhh, luego te digo – intentó apaciguarlo Armando, haciéndole señas para que se callara, pues el mototaxista no se perdía palabra de la conversación.

- No voy a callarme – replicó Aldo –, ya te dije que me importa muy poco lo que la gente piense. ¿Por qué fuiste a buscarme?

- Ya lo dije.

- ¡Dijiste un mentira! - se hizo un tenso silencio, que fue roto por Aldo al cabo de un rato -. Estabas celoso – fue la inevitable conclusión.

- No es cierto.

El mototaxi se metió en un bache que había en la carretera, y Armando maldijo al conductor por lo bajo, estaba seguro de que había sido intencional. Con el bache, Aldo se deslizó por el asiento hasta quedar muy junto a él.