HP
YO PECADOR
‘Yo confieso que he pecado...’

El hombre atravesó el jardín interno, lleno de árboles y flores y escuchó el bullicio proveniente de la parte trasera del edificio. No debería extrañarle, después de todo, era el momento en que los niños hubiesen debido estar corriendo y saltando en el patio y no veía a ninguno por ningún lado.

Siguió caminando hasta arribar a una especie de galpón un poco viejo y algo destartalado, y tal como pensaba los niños estaban allí, sentados en el suelo, alrededor del muchacho de pelo negro cuyas manos estaban febrilmente ocupadas con un trozo de madera y una navaja.

Las astillas y virutas volaban a medida que la navaja las separaba del cuerpo central y le daba forma a la madera, mostrando una especie de figurita de forma extraña.

- ¿Y qué es eso...?- preguntó un niño, adelantándose a la pregunta que él mismo pensaba hacer.

- Es un gnomo- explicó el joven, soplando su obra para ver mejor.

- No es cierto...- intervino una niñita de anteojos -. Los gnomos se visten de verde, y tienen barbas largas...

- Nop, no es así... Son mas bien feúchos, y tienen patitas flacas y largas...- levantó el muñeco recién terminado para que los niños lo viesen -. Yo los he visto... Viven en los jardines, para sacarlos, tienes que aventarlos muy pero muy lejos... pero no son muy inteligentes... y en cuanto se recuperan del golpe, regresan por más.

El grupito de chiquilines rió al escuchar el relato y miraron de nuevo el muñeco tallado en manos del muchacho que cada tres días iba al orfanato a contarles cuentos, repartir el almuerzo y hacerles juguetes.

- Jimmy- llamó el hombre, advirtiendo de su llegada, ya que nadie parecía haber reparado en él.

Al punto, los ojos verdes se enfocaron en el sacerdote y la lenta sonrisa emergió en el rostro. Sin embargo, el muchacho no se levantó aún.

- Muy bien... Veamos... Este gnomo será para...- miró muy detenidamente a cada uno de los presentes y al final, se decidió -. Para María, porque trajo excelentes clasificaciones en Aritmancia.

Las risas volvieron a escucharse, y la niña que tomó el gnomo de madera se encargó de explicar.

- Te equivocaste... Es aritmética, no aritmemcie... o eso...

Con un pequeño sonrojo, el muchacho sonrió y se despidió de los niños antes de dirigirse al hombre que lo esperaba.

- Buenas tardes, padre Ceferino... Usted dirá...

- Acabo de recibir una llamada del padre Lázaro. Te ha estado rastreando durante toda la mañana, dice que eres más difícil de encontrar que el Papa... quiere verte.

- ¿En serio? Quiero decir... ¿Cuándo?

- Hoy mismo.

- ¿Usted cree que ya...?

- No lo sé, hijo... Solo sé lo que me dijeron, así que si quieres sacarte la curiosidad, puedes ir ahora mismo. Te debe estar esperando.

Con un pequeño saludo, el muchacho se alejó a toda prisa por el jardín. Tenía muchas expectativas por esa entrevista que había esperado por el último medio año y que por fin parecía a punto de realizarse.

Casi no miraba a su alrededor mientras se encaminaba hacia la salida.

El edificio del orfanato era antiguo pero se mantenía digno y respetable y era parte del orgullo del ese pequeño pueblo al norte de Italia y a él le gustaba mucho pasar sus tardes allí, junto a esos niños tan necesitados de cariño.

Casi tanto como él mismo había estado.

Mientras caminaba por la acera, cruzó un par de ancianos que lo saludaron al reconocerlo, porque también ayudaba dos veces a la semana en un hogar geriátrico del lugar. Era un pueblo relativamente pequeño y a la larga, todos se conocían, ya fuera de vista o al menos de mención.

Le esperaba una caminata respetable, pero eso siempre le servía para despejarse y limpiar la mente y el corazón de ideas y recuerdos indeseados. Sobre todo de recuerdos.

Las calles amplias y arboladas, el aire fresco del otoño y el calor del sol hicieron el pequeño milagro de hacerlo sentir liviano y ligero, como si estuviese volando. Otro recuerdo para desterrar. El sonido de la bocina de un automóvil lo hizo saltar.

- ¡Eh, Jimmy!- lo llamó el hombretón que ocupaba la cabina, deteniéndose y haciéndole señas para que se acercara -. Voy para lo de Giussepe... ¿Va para allá...?

- No, Carlo... Pero puede dejarme en el camino, si no le molesta.

- ¿Como va a molestar? Vamos, Jimmy, suba.

Abrió la portezuela de la camioneta y esperó a que subiese para arrancar. Con una sacudida y luego de lanzar un chorro de humo por el escape, la camioneta empezó a avanzar por la calle empedrada.

Luego de un rato, las casas se hicieron más espaciadas, y el camino empedrado terminó. El vehículo empezó a avanzar por un camino de tierra.

- Su italiano ha mejorado mucho desde que llegó- dijo el hombre -. Ya no necesita el librito a cada momento...

Ante la mención de eso, con una amplia sonrisa, el muchacho metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño diccionario, desvencijado y tan maltrecho por el uso, que algunas hojas estaban fuera de lugar y las tapas tan manoseadas que casi se habían desprendido.

- Siempre lo tengo encima, Carlo... ¿Cómo sigue su Antonina?

- La hija ya está bien. Los médicos dijeron que había sido muy importante llevarla al hospital con tanta rapidez... Nunca le agradecí por eso, Jimmy...

- No hay de qué...

La camioneta traqueteó un rato más, mientras los dos ocupantes continuaban en silencio, sin que eso molestara a ninguno de los dos. Por fin, se detuvo ante un camino lateral más angosto, bordeado de álamos.

Al punto, el muchacho más joven abrió la portezuela y se aprestó para bajar.

- Aquí me quedo, Carlo, muchas gracias... Me ahorró una buena caminata... Dé un beso de mi parte a su hija.

- Será dado.

- Le debo un favor...

- No diga tonterías, padre... Para usted, el viaje es gratis.

- Aún no soy sacerdote, Carlo.

- Lo será... Lo será...

- Sólo si Dios lo quiere.

- Ecco... Sólo si Dios lo quiere.

El joven bajó del vehículo y se internó por el camino mientras la camioneta retomaba su recorrido. Al cabo de un rato, se encontró ante los portones exteriores del Monasterio y con el corazón golpeándole violentamente en el pecho, entró.

~o~

- Pero... ¿Por qué no...?- musitó en un murmullo incrédulo.

- Entiende algo, Jimmy... No dije que no... Dije que tu ordenación deberá esperar un poco.

- Pero ya he esperado mucho... Estoy preparado.

El anciano miró con cierta diversión al joven que tenía frente a él. Hasta donde sabía, venía de Inglaterra, y eso era evidente en cuanto lo escuchaban hablar. Por lo demás, no se diferenciaba en nada de cualquier otro muchacho de veinte o veintidós años.

No demasiado alto, pero definitivamente fuerte detrás del físico delgado. Varias veces lo había visto trabajar con los otros monjes en los techos del monasterio, la espalda amplia y los brazos potentes de piel trigueña brillando bajo el sol. Tenía el tipo de físico delgado y fuerte que siempre tenían los hijos de trabajadores, músculos no demasiado marcados pero sorprendentemente eficientes.

El cabello negro era un desastre que despertaba las bromas de los hermanos del monasterio, y él nunca se enojaba por eso, sabiendo que las palabras estaban exentas de malicia. Y en esos instantes, los ojos verdes lo miraban con incredulidad detrás de las gafas redondas.

- El padre Justino me envió una carta antes de morir donde me hablaba de ti... – ante el gesto de asombro del muchacho, se apresuró a seguir.- No, no me dijo nada que comprometiera el secreto de confesión... Sólo mencionó que había un secreto en tu vida.

- Él me prometió... Prometió callar...

- Oh, lo hizo, pero comprenderás que antes de autorizar tu ordenación, tus asuntos deben estar claros.

- Mis asuntos están claros, padre Lázaro.

- Ah... ¿Por eso durante los últimos meses has tenido pesadillas casi a diario?

El muchacho se puso de pie, paseando nerviosamente por la habitación, pensando. Quería dejar atrás toda su existencia anterior, y lo había hecho durante cuatro años. Durante cuatro largos años, en los cuales se había negado a recordar todo lo sucedido de forma casi histérica. No, no quería recordar, quería refugiarse en el olvido, en la algodonosa sensación de calma que le podía brindar un lugar como aquél.

- Entiende esto, Jimmy... Los hermanos se preocupan por ti, y me hablaron de eso... Que no duermes bien desde hace un tiempo.

- Es por la ordenación... La ansiedad...

- Ajá... Es cierto, la ansiedad y también puede ser inseguridad. Tomar tus votos implicará cortar para siempre con tus lazos... Familia...

- No tengo familia- se apresuró a decir.

- Amigos...

- Tampoco tengo amigos, estoy solo.

Los ojos castaños del anciano, lo miraron fijamente, esta vez con algo de reprobación.

- Mentir es pecado, Jimmy- objetó con suavidad.

- ¡No miento! Estoy solo... No tengo familia, no tengo amigos... ¡Están todos muertos!

Ante esa última exclamación, estalló una jarra de cristal que había sobre un escritorio cercano, pero el anciano ni siquiera pareció sobresaltarse por eso, de hecho apenas echó una mirada al estropicio por encima del hombro.

- Como te darás cuenta, hay cosas que debes poner en claro... Cosas como ésa... Mira Jimmy, estas cosas pasan a tu alrededor todo el tiempo... Los hermanos han terminado por acostumbrarse a ellas, y ya ni siquiera lo notan, pero saben que eres de alguna manera especial...

- ¡No soy especial, maldición! ¡No soy especial... Nunca fui especial!- estalló por fin -. No soy especial, solo soy...

- ¿Eres...?

- Soy... ¡No! ¡Ya no lo soy...! ¡Prometí que nunca más haría magia, lo prometí!

- Magia...- murmuró el anciano, asintiendo.- Así que eso era... Eres un mago...

Ahora fue el turno del joven para asombrarse por la aparente aceptación del sacerdote ante la novedad, porque de hecho no parecía para nada asombrado.

- Anda, ven aquí... Siéntate y deja de pasear, Jimmy que me estás mareando... Por cierto... ¿Ese es tu nombre?- ante la negación leve, continuó.- Entonces... ¿Cómo te llamas?

- Harry... James es mi segundo nombre... ¿Usted... sabe...? Yo creí que la Iglesia estaba en contra de la magia...

- Oh, lo está, pero estar en contra de las cosas, no impide que existan. La iglesia tiene bastante conocimiento del Mundo Mágico, casi tanto como ustedes de nosotros... Esa es una de las tantas tareas de la Sagrada Congregación del Santo Oficio. Ya sabes… investigar y defenderse de las doctrinas nuevas no del todo aceptables. Además de la Asociación de Exorcistas del Vaticano, que les sigue los pasos de cerca... Bueno, yo no debería saber tanto de esto, pero también fui joven alguna vez... En fin, el punto es que no creo que estés al tanto de algunas cosas que debes saber antes de tu ordenación.

- No lo comprendo…

- Lo sé… Como bien dijiste, la Iglesia está en contra de la magia y su práctica, pero no por eso niega su existencia… Digamos que trata de mantener una razonable posición neutra. Tampoco rechazamos a quienes quieren abrazar la religión pese a su condición…

- ¿Condición…? Habla de ello como si fuese una enfermedad…

- Pero el requisito indispensable para aceptar a cualquier mago o bruja que pese a todo quiera acercarse a la religión, es que acepte deshacerse de su magia.

- ¿Cómo…?

- ‘Bene’… A ver… Cuando empecé a sospechar lo que pasaba contigo, hice algunas pequeñas averiguaciones… Como supondrás, no hay muchos de ustedes que acepten renunciar a su magia… De hecho, para magos, existe un voto más: pobreza, obediencia, castidad…y magia nunca más.

- Pero… es imposible… No se puede manejar…

- Pero se puede sellar. Creo que ustedes lo llamarían conjuro… para nosotros es una oración, pero serviría para encerrar tu magia. Para siempre.

Por unos instantes, Harry se quedó en silencio, pensando en todo eso y de pronto levantó la vista, con ese gesto de determinación casi rayano en la obcecación.

- Puedo renunciar a la magia. De hecho, eso es lo que quiero.

- ¿Te das cuenta lo que estás diciendo? Eres mago, Harry y eso es inherente a tu persona, tanto como lo es tu cabello alborotado y el color de tus ojos. ¿Estás dispuesto realmente a renunciar a todo eso?

- ¿No se supone que usted debería afirmar mi decisión a renunciar a eso?

- Si esa fuese tu decisión final, yo la apoyaré… Pero no sé cuales son los motivos que tienes para querer renunciar a todo eso… Y lo que debo hacer, como tu consejero espiritual, es asegurarme que tu decisión sea firme y que luego no te arrepientas por el resto de tu vida.

- No me arrepentiré.

El anciano se quedó pensativo, mientras sus dedos hacían girar las cuentas del rosario de nácar que mantenía en sus manos. Pese a la firmeza en la voz del muchacho, presentía que había muchas cosas ocultas que no sabía; pero no en vano era viejo. Sabía que solo grandes decepciones, grandes dolores o grandes vocaciones inclinaban un alma tan joven a querer dedicar su vida a Dios.

Lamentablemente, muchas veces eran las dos primeras razones y eso a la larga provocaba más dolores de los que subsanaba.

Se estiró hasta un misal que reposaba sobre una mesilla cercana, y extrajo de él un sobre que extendió en silencio. Esperó hasta que estuvo seguro que el muchacho había leído el contenido de la nota.

- No puedo… No puedo volver allá…

- Mira, Jimmy...

- No, usted no entiende... No puedo regresar allá...

Vencido, Harry tomó asiento y prácticamente escondió el rostro entre las manos, sintiendo que los recuerdos lo perseguían otra vez. Durante tanto tiempo había luchado contra ellos, tratando de esconderlos en un rincón profundo y oscuro; y ahora tenía que volver a enfrentarlos.

- Hice cosas horribles, padre Lázaro... No puedo regresar a eso.

- Cosas horribles... No te creo capaz de hacer cosas horribles, a menos que fueras empujado por fuerzas muy poderosas.

La carcajada breve del muchacho lo sorprendió por la extraordinaria amargura que destilaba. No era, ni mucho menos una risa alegre.

- Sí... Puede decirse que eran fuerzas muy poderosas... Era una guerra, padre Lázaro... Una guerra donde un engendro salido del infierno estaba obsesionado en terminar conmigo... Y todos se empeñaban en protegerme... Mis mejores amigos murieron tratando de protegerme...

La voz salía de entre los dedos, la cara todavía escondida entre las manos crispadas. Incluso a través de ellas, el anciano cura adivinaba los párpados apretados, como si cerrando los ojos pudiese resistir mejor las visiones interiores.

- Entonces, decidí que era suficiente y fui a buscarlo... Usted no tiene idea la capacidad de destrucción de Voldemort... Tenía que terminar con él, antes que él terminara con... todo... Yo estaba tan lleno de ira...

- Pudiste vencerlo, sin embargo.

- ¿Vencerlo...? Oh, claro... Pero no solo lo vencí... Lo destruí, lo destrocé... Me aseguré que no quedara un solo trozo reconocible de él... Y disfruté mientras lo hacía... Muchas veces él me había dicho lo parecidos que éramos, y hasta ese momento no supe toda la verdad que escondían esas palabras...

- Es evidente que ese... Como se llame, estaba equivocado... De lo contrario, no estarías aquí...

- Estoy aquí... Porque cuando todo terminó, ví toda la desolación y la muerte que ambos habíamos esparcido en nuestro afán de destruirnos mutuamente... No sé cómo, todavía no sé cómo lo hice, porque estaba tan lastimado que casi no podía moverme; pero me transporté... Lejos... y después corrí. Corrí hasta que me desmayé. No sé cuanto tiempo estuve inconsciente, cuando desperté estaba en una cabaña y el padre Justino estaba a mi lado.

En ese punto, se cortó el relato durante unos cuantos minutos, en los cuales ninguno de los dos intentó hablar o incluso mirar al otro.

- Lo demás, es fácil... El padre Justino me cuidó, me curó sin preguntar. Su inglés era malísimo, pero aún así supo hacerme comprender muchas cosas. Cuando me dijo que debía partir para ir a Escocia, decidí acompañarlo. Luego lo seguí a Irlanda, y por fin a Francia, muy cerca de la frontera con Italia...

- ¿Empezaste el seminario por él?

- No. Lo hice porque quería ayudar a la gente... Quería compensar todo lo que había hecho antes... ¿Comprende ahora, padre Lázaro...? Quiero servir a Dios

- Se sirve a Dios de muchos modos diferentes, hijo mío. Sirve a Dios un sacerdote, pero también un obrero, o un empresario...

- Pero aquí tengo tranquilidad... Estoy contento...

- No podías haber escogido mejores palabras. ¿Por qué dijiste ‘tengo tranquilidad’ en lugar de ‘tengo paz’? ¿Y por qué fue ‘estoy contento’ y no ‘estoy feliz’?

En ese punto, Harry se quedó sin argumentos, posiblemente porque lo que le estaban haciendo notar podía ser cierto.

- Tienes un mes de dispensa antes de tomar una decisión definitiva Jimmy- decidió el anciano con firmeza -. Tómate ese tiempo para descubrir tu vida. Dices que quieres renunciar a tu magia, bien pues; vete a la ciudad. Ve a Roma, vive como un hombre joven normal. Tienes veintidós años, Jimmy... Sal, diviértete, verifica que puedes vivir sin tu magia...

- Veo que no puedo negarme.

- No, no puedes. Todos los seminaristas deben cumplir esta parte y si luego de esto, decides continuar, entonces volveremos a hablar. Dentro del sobre encontraras también la dirección de un alojamiento en Roma, y te facilitaré dinero para que te mantengas ese tiempo.

Y como se suponía que uno de sus votos sería el de obediencia, Harry se tragó todas sus observaciones y asintió en silencio. Luego de despedirse de su anciano mentor, regresó rumbo a su alojamiento en el pueblo.

Un par de días después, tomó el autobús que lo llevaba a Roma.

~o0o~


‘He pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión...’

Todavía recordaba la primera semana en la ciudad.

Había llegado al alojamiento indicado y se asombró que el lugar fuese aireado y fresco, moderno y a cargo de un hombre relativamente joven, que miró su carta de recomendación y asintió sin preguntar demasiado al tiempo que le daba la llave de su habitación.

Durante los primeros días, dejó de lado por completo toda la disciplina conseguida durante esos años. Durmió hasta después del mediodía, para levantarse y luego de un rápido aseo, salía a vagar por las callejas de Roma, sin rumbo fijo ni ocupación. Comía cuando tenía hambre, y cuando se cansaba de andar, se tiraba a descansar en alguna ‘piazza’ hasta que tenía ganas de continuar o regresar al alojamiento.

Hacia el fin de semana, se hartó del desastre en que se había convertido su habitación y decidió que ya estaba bien de vagancia. Ordenó todo, juntó su ropa sucia y la llevó a un lavadero; pero dejó en el fondo del armario el traje de seminarista, el misal y el resto de los libros que lo habían acompañado en el viaje.

Una noche, cautivado por la intensa actividad que la ciudad desplegaba a esas horas, se bañó, vistió de manera apropiada para su edad y se dispuso a cumplir la otra parte de lo que le habían ordenado: intentaría divertirse.

Terminó en una disco donde la música le resultaba ensordecedora pero fantástica y se dejó llevar por la euforia reinante sin pensar en ninguna otra cosa. Si le habían indicado que viviese como un joven normal, pues eso es lo que haría.

Nunca fue un bailarín ni siquiera aceptable, pero luego de algunos tragos, se animó a invitar a una chica que luego de una apreciativa mirada aceptó su invitación. Pasó por algunas otras, hasta que una muchacha bastante atractiva le atrajo lo suficiente como para intentar el inicio de una conversación.

El lugar no era el apropiado, por lo que salieron a caminar por las calles siempre iluminadas de la ciudad. Antes que pudiese pensar por qué lo hacía, estaban besándose entre las sombras de un parque arbolado.

No se había dado cuenta de lo necesitado que estaba su cuerpo hasta que las manos de la muchacha se metieron dentro de la ropa y rozaron la piel desnuda. No le había dado importancia a esas necesidades limitándose solo al placer solitario, y solamente cuando la urgencia se hacía imperiosa.

Fue una suerte que los guardias no anduviesen en sus rondas por esos lugares, o los hubiesen sorprendido en plena faena.

Al día siguiente, cuando despertó solo en su propia habitación, bastante tarde, recordó que luego de hacer el amor en la arboleda, la acompañó hasta el lugar que ella le indicó y regresó. Se dio cuenta que incluso durante el encuentro sabía que no volvería a verla porque no había significado nada.

Si bien su cuerpo estaba saciado, se sentía tan vacío como antes, y mucho más conciente de su soledad que nunca.

Había bebido demasiado, no sentía muy bien del estómago y la cabeza le palpitaba de un modo horrendo, pero tampoco quería quedarse en la cama vegetando todo el día, de manera que se levantó, se duchó y volvió a salir.

El ruido de las calles, le pareció mucho peor que hasta esos días, y supo que necesitaba una dosis urgente de silencio absoluto.

Solo que hasta donde sabía, la tranquilidad que precisaba en esos instantes, solo podía encontrarla en un sitio y no quería entrar en ninguna iglesia mientras durara su dispensa. Entonces pasó por una biblioteca y sin pensarlo dos veces, entró.

La silenciosa frescura del interior lo cubrió como un manto suave y tanto su cerebro como sus oídos descansaron agradecidos en ese ámbito relajante.

Era un edificio viejo, alto y Harry deambuló por algunos salones antes de decidirse a tomar algún libro y dirigirse a una de las tantas salas de estudio. Consiguió enfrascarse en la lectura durante un buen rato, hasta que se topó con algunas dificultades y fue a pedir consejo a la bibliotecaria.

La mujer era alta y delgada, de una edad indefinida. El pelo entrecano estaba sujeto en un moño que no permitía que ni un solo pelo escapase del peinado. Usaba gafas cuadradas y observó detenidamente a Harry al escuchar su pedido.

El notable parecido con su antigua profesora, clavó un nuevo dardo de recuerdos, pero Harry lo eliminó con la misma eficacia con que había hecho eso durante los últimos cuatro años y repitió su pedido tratando que su italiano no lo traicionase demasiado.

- Latín avanzado...- repitió la mujer y lo observó por encima de las gafas -. No puede ser sacerdote... Es usted muy joven.

- Seminarista en dispensa, signora... – explicó tratando de sonreír.

- Los seminaristas en dispensa buscan sitios bulliciosos y llenos de mujeres perdidas.

- No sé los demás, pero de momento, yo solo necesito ese libro, tranquilidad y mucho silencio...

Entonces la mujer sonrió, indulgente y le anotó en una tarjetita la ubicación del libro que necesitaba y agregó por su cuenta algunos más.

- Esta sección está apartada... Nadie salvo los sacerdotes piden esos libros, así que encontrará allí lo que busca: los libros, tranquilidad y silencio.

- Tante grazie, signora.

Tomó la tarjeta y volvió a perderse en ese delicioso y fresco lugar. El salón que le habían recomendado no era demasiado grande, estaba repleto de inmensas estanterías de madera lustrosa y que seguramente eran tan antiguas como el mismo edificio. En ellas, libros de los más variados orígenes estaban siendo ordenados por un empleado que parecía tan viejo como la bibliotecaria.

En su interior, Harry sonrió. Al parecer, todo era viejo en ese lugar.

“Todo menos yo... Siempre en contra de todo, Potter...”

Consiguió lo que buscaba y se acomodó en una de las mesas cercanas, donde se perdió en la traducción de ‘La Divina Comedia’ del Dante y su descripción de cada uno de sus infiernos concéntricos.

Perdió la noción del tiempo. A lo lejos escuchaba los pasos cansinos del empleado, y cómo arrastraba la escalerilla en la cual se trepaba para alcanzar los estantes más altos. Algunos de los libros que cargaba parecían pesar más que él, pero con infinita paciencia, los tomaba con todo cuidado y los remolcaba hasta las alturas, donde los colocaba en el lugar correspondiente.

Harry escuchó el sonido chirriante y supo qué sucedía incluso antes de girar para ver.

Actuó a velocidad escalofriante, un reflejo que no hubiese podido evitar nunca de tan arraigado que estaba.

- ¡‘Inmobilus’!- gritó, varita en mano, deteniendo la caída del hombre a mitad de camino.

Muy despacio, evitó que cayese, y lo depositó en el suelo, junto a los libros que también habían detenido su caída. Los ojos dilatados el anciano mostraban a las claras lo que pensaba de ese joven, que parado frente a él, lo miraba con destellantes ojos verdes, apuntándole decididamente con una varita de madera.

Como no le quedaba más opción, Harry hizo lo único posible en ese momento.

- Excusi, signore... ‘Obliviate’.

La mirada del hombre se desenfocó unos instantes, parpadeó luego y por fin volvió a mirar a Harry.

- ¿Qué pasó...?

- Casi cae usted... Menos mal que pude sujetar la escalera a tiempo.

- Gracias a Dios por eso, jovencito...- dijo el viejo, mirando la altura de la cual hubiese caído.

Harry aceptó el agradecimiento, pero con el corazón encogido, se dio cuenta de muchas cosas en las que no había reparado hasta ese momento.

El padre Lázaro tenía razón. No importaba cuanto tiempo hubiese pasado, ser mago era inherente a él, y la prueba estaba en su reacción espontánea e instantánea. Ante la situación, no había corrido a detener la caída como alguien normal hubiese hecho.

No, él había extraído su varita, la cual continuaba llevando consigo a todos lados, y había hecho magia. La misma clase de cosa que se supone no volvería a hacer nunca. La misma clase de cosa que en la vida que planeaba seguir, no era nada más ni nada menos que pecado.

Enfrentar esas cosas lo dejó aturdido por unos instantes, y luego, furioso consigo mismo por ser tan débil, salió del salón, tambaleante, como si estuviese ebrio.

No lo estaba, pero apenas ganó la calle, decidió que lo estaría antes que llegase la noche.

Al menos así no recordaría lo que era. Al menos, así intentaría olvidar lo que había hecho.

~o~

Casi del otro lado del continente, en una habitación oscura, el ocupante de una solitaria cama se irguió de pronto, sorprendido en medio del sueño por el inesperado tirón en un lazo que había sido creado cuatro años antes.

Un lazo que había permanecido dormido y sin actividad durante tanto tiempo, que llegó a pensar que del otro lado, ya no había nadie.

Sin embargo, ahora la actividad mágica usada en un hechizo potente revivió el lazo y lo hizo despertar.

“Te encontré...” murmuró para sí mismo, y sin pérdida de tiempo, saltó de la cama.

Tenía un rastro que seguir, y alguien a quien encontrar.

~0~

Los pasos de un Harry ya medio borracho lo llevaron en una dirección opuesta a la que hubiese debido en sus condiciones pero allí estaba, acodado en la barra de un bar, y vaciando su copa hasta el fondo, casi sin respirar.

Lo sucedido en la biblioteca había revivido recuerdos que lo asaltaban sin piedad, y buscó ahogarlos en whisky, vodka, y cualquier otra cosa que pudiese servir.

- Esta corre por mi cuenta- dijo una voz con extraño acento, y Harry elevó la mirada hacia quien le hablaba.

Era un hombre de unos treinta y cinco años, de evidente ascendencia árabe, fácilmente visible en la piel morena, los ojos oscuros bordeados de tupidas y negras pestañas. Vestía con elegante corrección, y se movía de manera segura y confiada. Se sentó junto a él y puso su propio vaso junto al de Harry.

- Me llamo Yasser... ¿Cómo te llamas?

- Ha... James...

- James... ¿Británico?

- Sip...

- ¿Qué haces tan lejos de tu tierra?

- Me divierto...- dijo, bebiendo su copa de un trago -. Como alguien normal...

- Fantástico... Brindemos por eso- pidió otra copa para él y una más para Harry.

Chocaron los vasos y bebieron.

- Bailemos- dijo el hombre, tomándolo de la mano y remolcándolo hacia otro sitio.

Fue en ese momento que Harry se dio cuenta donde estaba. Las parejas masculinas se abrazaban y bailaban en el centro del recinto, indiferentes al entorno.

Cuando llegaron al medio de la pista, sintió el brazo rodeándole la cintura y apretándolo contra el otro. Por unos segundos se envaró, pero una vez más, parecía que ayudado por el alcohol, su cuerpo se desmandaba. Se dejó guiar sin pensar demasiado, solamente hechizado por la música y el movimiento leve.

Los recuerdos surgieron de la bruma de la borrachera, pero gracias a ella, pudo contemplarlos impávido y cerró los ojos para escapar un poco de ellos y esfumarlos. La mano que estaba sobre su cintura lo aferró más, causando un roce repentino a la altura de las caderas. El hombre suspiró en su cuello, exhalando aliento a menta.

La otra mano, que había estado en su espalda comenzó a moverse, suave, lentamente hacia arriba, hasta llegar a la base del cuello, donde se posó sobre la sudorosa piel de la nuca y enredó el cabello más corto de esa zona. Valiéndose de eso, guió la cabeza hasta colocarla en la posición adecuada.

Desde que empezaron a bailar, Harry permaneció pasivo y quieto, mecido por las caricias que despertaban sensaciones dormidas hasta ese momento. Ni siquiera las manos de la muchacha con la que había hecho el amor en el parque habían podido despertar esas cosas.

Labios ardientes se posaron en su cuello, y ascendieron, de a poco hasta encontrar su boca. El beso fue demandante, la lengua luchó hasta encontrar camino entre sus dientes y ocupar territorio. Pese a todo, Harry estaba disfrutando eso. Le gustaba el sabor de ese beso porque le recordaba otros dados y recibidos; otros que a fuerza de voluntad había enterrado bajo toneladas de oraciones y penitencias.

Era tan bueno que dejó de pensar en lo sucedido durante esa tarde para dedicarse plenamente a ese instante.

Sus manos, que habían permanecido posadas en el amplio pecho del hombre, viajaron hacia los hombros, y el contacto reafirmado hizo escapar un gemido dentro del beso.

Mordisquearon sus labios, dedos firmes descendieron desde la cintura hasta su trasero y lo acariciaron. Ya casi no se movían, sino que permanecían de pie en medio de las otras parejas, pero nadie les prestaba mayor atención, todas estaban ocupadas más o menos en lo mismo.

- Vamos al baño...- sugirió el hombre.

Harry negó en silencio. Odiaba hacerlo en los baños, ahora lo recordaba también. Solían ser sitios sucios, oscuros y hediondos.

- Muy bien... Tengo mi automóvil afuera... Vamos a un sitio más privado... ¿De acuerdo...?

No asintió, pero tampoco se negó y por eso, el hombre lo guió a través de la muchedumbre hasta salir del bar.

Caminaron un poco hasta llegar al lujoso automóvil que estaba aparcado algunos metros más lejos de la entrada. Harry se acomodó en el asiento del acompañante, y medio dormitó sin darse cuenta que el automóvil se ponía en marcha y avanzaba por distintas calles hasta entrar en un callejón oscuro.

Se detuvo la marcha y segundos después volvió a sentirse envuelto en los brazos fuertes del hombre, devorado por los besos incesantes y una mano ágil y diestra se encargó de deshacerse del cinturón y la cremallera de su pantalón para introducirse dentro.

Harry dio un respingo al sentir la mano cerrándose sobre su miembro, que empezaba a endurecerse, pero no hizo nada para impedirlo y cerró los ojos abandonándose a la sensación.

- ¿Te gusta, verdad, putito?- dijo una voz ronca por el deseo y de pronto las caricias cesaron.

Harry sintió de nuevo una mano aferrando su cabeza desde la nuca, y jalándolo hacia abajo.

- Ahora haz tu parte... Cómetelo todo.

En ese momento, recuperó algo de cordura e intentó retirarse pero la presión en el cuello se hizo más fuerte y eso no le agradó en absoluto. Empezó a debatirse, pero estaba demasiado ebrio y no podía coordinar lo suficiente.

Demasiados movimientos, forcejeos, un resplandor rojizo inundando el interior del automóvil.

Entonces se sintió tironeado hacia fuera, hacia el fresco de la noche. Las manos atentas lo remolcaron pese a que él no podía casi tenerse en pie y también lo sostuvieron cuando el estómago decidió lanzar todo lo que contenía, alcohol en su mayor parte. Luego, ya más aliviado, se dejó estar y todo quedó envuelto en la oscuridad.

~o0o~


‘Por mi culpa, por mi gran culpa...’

Ahí estaban de nuevo, los recuerdos llenando sus sueños, incluso a través de la bruma de todo lo que había bebido.

Cada vez que soñaba eso, tenía la extraña sensación de estar viviéndolo por partida doble. Se veía en medio de la situación, pero por alguna rara bilocación, también podía verse desde afuera como un espectador asombrado e impotente, que sabe lo que sucederá pero no puede hacer nada por impedirlo.

“El bosque espeso lo rodeaba, las ramas de los árboles le rasgaron la ropa y la piel cuando cayó entre los arbustos, pero eso no le impidió levantarse una vez más. Los demás estaban haciendo su mejor esfuerzo para contener el avance de los Mortífagos y para darle tiempo necesario para que pudiese derrotar a Voldemort.

Si miraba con su visión exterior, podía ver que la línea de magos que habían formado la delantera, estaba casi diezmada. La figura sucia y golpeada de Dumbledore continuaba repartiendo conjuros y hechizos, sin ceder ni un paso del sitio donde se había plantado. Muy cerca de él, yacía el cuerpo sin vida de Minerva y algo más lejos distinguía a Remus y Sirius, muertos también. Juntos, como siempre y por las ironías de la muerte, casi a su lado, estaban Severus y Lucius a quienes sus lealtades divididas habían llevado a luchar hasta exterminarse mutuamente pese al amor compartido.

No mucho más lejos, el profesor Flitwick demostraba que podía ser pequeño de estatura, pero era un grande a la hora de luchar. Un gran montículo a lo lejos señalaba el lugar donde Hagrid había caído para ya no volver a levantarse.

Dolorido, lleno de cortes y golpes, Harry se levantaba una vez más, para comprobar que del otro lado, ese engendro hacía lo mismo, como si el cuerpo conjurado en aquella oscura noche en el cementerio, fuese mas resistente que uno normal.

Sus dedos ensangrentados se cerraron con salvajismo animal sobre su varita y se puso de pie. Solo quería que todo eso terminara de una vez, pero tenía que ser él quien lo terminase.

‘Rápido, Harry... Ya no podemos seguir conteniéndolos’.

La voz de Hermione estaba ronca de tanto gritar, y los ojos rojos de llanto apenas podían enfocarlo. En una mano sostenía su varita, y en la otra, la varita de Ron, porque su amigo, su hermano, estaba muerto también algunos metros más lejos. Tan muerto como Dean, Seamus, Padma, Luna y Ginny... Y no solo los Gryffindors, Ravenclaws y Hufflepufs; sino también Blaise, Millicent, Pansy y muchos otros Slytherins que habían demostrado tanto valor en la batalla como los pertenecientes a la casa del león.

Todos muertos... Todos muertos para protegerlo a él... Apenas por el rabillo del ojo, vio el resplandor verde cruzar el aire directo hacia él, pero antes que pudiese hacer algo por evitarlo, la cabellera castaña, enmarañada como siempre, se cruzó cubriéndolo con su cuerpo y pagando con su propia vida el precio de cuidarlo hasta el final.

Por eso, cuando consiguió colocar el conjuro que casi terminó con la existencia de esa bestia devenida en mago, y pudo contemplar el mar de desolación y muerte que tenía alrededor, todo su mundo interior se vino abajo, y solo quedó la ira.

Ira tan profunda, que la lanzó hacia el cuerpo de Voldemort, que se estremecía todavía con vida. La concentró en él, y con un gruñido de placer vio cómo aquel simplemente reventó al no poder contener todo ese poder. Ni siquiera la sangre salpicándolo consiguió detener la furia. Usó el conjuro de fuego más potente que su mente pudo recordar y convirtió el montón de carne en un hoguera que ardió hasta que solo hubo un cúmulo de cenizas negras. Un nuevo hechizo, las cenizas malolientes se dispersaron en el aire y él lo celebró con una carcajada enloquecida.

Y cuando todo hubo terminado, los ojos perdidos recorrieron la zona.

Muerte por todos lados, muertes que él pudo evitar... La ira lo abandonó y supo que él era el culpable de tanto dolor.

Culpable...

Culpable...”

La repentina náusea lo alcanzó incluso a medio despertar, pero consiguió controlarla a tiempo y abrió los ojos de a poco, temiendo el efecto que la luz podía tener en ellos. Solo que no había luz intensa.

Y estaba en su propia habitación, tendido en su cama. Alguien le había quitado los zapatos e incluso aflojado la ropa, antes de acostarlo para que durmiese la borrachera. Hasta había tenido el buen tino de cerrar las ventanas para que la luz no entrase más de lo que pudiese soportar.

Entonces el hormigueo en su piel, le advirtió la presencia de la magia.

La habitación estaba más que cerrada, estaba sellada y la luz, azul y difusa, provenía de una flama azulada que iluminaba sin quemar en una esquina de la habitación.

El impulso de sentarse con rapidez fue condicionado por la jaqueca que se presentó en esos momentos junto con la voz susurrante.

- Al fin despiertas.

Las vibraciones conocidas sacudieron todos sus sentidos, y se irguió muy despacio, al tiempo que alargaba la mano hacia la mesita de noche para tomar sus gafas. En cuanto se las calzó, la imagen desenfocada que permanecía indolentemente sentada en un sillón alejado, tomó contornos definidos y lo dejó sin aire.

La silueta, enfundada en una túnica oscura, tenía pantalones negros y la camisa gris acerado, o al menos así se veía en la penumbra celeste de la habitación, estaba desabotonada hasta la mitad del pecho, revelando la piel de inmaculada perfección. Los zapatos negros, impecables como siempre. El porte aristocrático que nunca perdía.

- Por Dios... No...- musitó apenas.

- Dios... ¿Entonces de eso se trata todo esto?

Harry notó entonces que la puerta de su armario estaba abierta, y gran parte del contenido, estaba esparcido en sillas cercanas. La vestimenta del seminario, el misal y otros libros yacían en el piso.

- Todos creen que estás muerto- indicó haciendo caso a todo el desorden que había hecho.

- Lo estoy. Estoy muerto, vete.

- Siempre supe que no lo estabas... Te busqué.

Las declaraciones simples y serenas, hechas con la misma voz tenue que recordaba, calaban profundo en los recuerdos de Harry.

Pese a todos sus esfuerzos, no conseguía apartar la vista de la piel pálida, que con la luz azulada, se adivinaba tersa todavía y el cabello rubio enmarcando los rasgos finos y delicados. La última vez que lo había visto, era una melena corta, que apenas sobrepasaba el cuello de la túnica. Ahora era un impresionante marco de oro platinado que caía por debajo de los hombros.

Y los ojos grises eran dos espejos de mercurio, líquidos y suaves mirándolo en esa semi penumbra.

- ¿Para qué, Draco..? ¿Para qué me buscaste?

- ¿Para qué...? Desapareciste luego de la última batalla... Me abandonaste y nunca volviste por mí... Te esperé pero nunca regresaste.

Draco miró alrededor y su vista recaló en las ropas desparramadas en el suelo.

- ¿Qué significa eso, Harry...? ¿Acaso crees que puedes esconderte detrás de los muros de un monasterio?

- No me escondo... Es lo que elijo para mí... Quiero olvidar todo, no quiero saber nada más del mundo mágico...

- Mientes... Usaste tu magia y eso me trajo a ti.

- Quiero que te vayas.

- Sigues mintiendo.

El muchacho rubio se puso de pie, estiró su delgada y lánguida figura desenvolviéndose ante él, y luego, en un gesto medido y deliberadamente lento, se agachó a tomar un libro que hojeó a medida que paseaba muy despacio por el recinto, mientras daba vueltas las páginas, una tras otra.

- Tú no quieres esto- declaró al fin, levantando hacia él la centelleante mirada gris -. Te estás mintiendo, te condenaras a una vida miserable...

- Tendré paz y podré olvidar todo lo que sucedió.

Draco hojeó unas páginas más y lo cerró de pronto, con tanto ímpetu, que Harry, hipnotizado como estaba por el cadencioso movimiento del cuerpo frente a él, dio un saltito sorprendido.

- ¿Sabes que esta... congregación de muggles te obligará a renunciar para siempre a tu magia?

- Lo sé.

- Entonces eres más tonto de lo que pensaba. Vas a renunciar a tu magia para que otros tengan poder sobre ti... Grandioso, así termina el gran Harry Potter, el Salvador del Mundo Mágico... Convertido en un Squib por voluntad propia.

- No sabes lo que dices... Ellos...

- Ellos te ordenarán qué hacer, cuando y cómo... Te pondrán un cinturón de castidad y te convertirán en un eunuco que solo podrá recitar los conjuros que ellos aprueben.

Harry sentía que la cabeza le iba a estallar, lo último que quería era tener ese tipo de discusiones con Draco... No después de tanto tiempo de no verlo, de enterrar su recuerdo tan profundo que llegó a pensar que era un sueño la fragancia de la piel de seda, y el delicado tacto de las manos sobre su cuerpo.

- ¿Qué crees que es esto, Harry?- Draco abrió la Biblia en un pasaje que señaló -. “Mas líbranos del mal...” Yo te diré qué es... Es un conjuro de protección, uno contra espíritus... Ni más, ni menos que un conjuro... Pero uno de los que ellos aceptan, y los que ellos acepten, serán los únicos conjuros que podrás volver a recitar.

Draco sacó su varita e hizo con ella una floritura, la elevó un poco, la hizo descender, luego la llevó hacia su izquierda y después hacia la derecha; en un movimiento fluido, muy similar a los que les enseñaba el pequeño profesor Flitwick.

- ¿Esto te resulta conocido, Harry...? No es el movimiento para levitar cosas... ‘Urbi et orbi’ Harry... Debes haberlo visto más de una vez, en la vida que planeas seguir...

- Draco, no me hagas esto... ¿por qué quieres destruir la única tranquilidad que he conseguido reunir en estos años?

Pero si esperaba que ese pedido despertara algún tipo de conmisceración, se equivocó. Apenas una sonrisa velada y una ceja platinada que se alzó antes que la respuesta lo abofeteara desde su calmada seguridad.

- ¿No te das cuenta que no tienes tranquilidad porque la única tranquilidad que necesitas, la tengo yo?

- Déjame en paz...

Sin darse cuenta, Harry se había sentado y ahora abrazaba sus piernas en un estado de desolación tal, que Draco no pudo dejar de notarlo. La cabeza morena, con el cabello alborotado y rebelde, el mismo cabello que tanto amaba, se posó sobre las rodillas, escondiendo el rostro y habló desde allí.

- Por favor, Draco... Necesito paz... Quiero descansar... Necesito cerrar los ojos por las noches sin temor a encontrarme con los espectros de todos los que murieron por mí...

- ¿Temor...? Harry, tú nunca sentiste temor... Siempre fuiste el Gryffindor arriesgado y valiente...

- Valiente... Draco, el valiente es el que corre hacia delante cuando todos han decidido correr hacia atrás... Ésa es la clase de valiente que soy.

- Eso no es cierto.

- Deja de idolatrarme, Draco... Deja de verme como el maldito héroe que todos siempre vieron...

- Yo no te idolatro, Harry. Para mí siempre fuiste el consentido de Dumbledore, el cara rajada que se metía en toda clase de problemas y siempre salía bien librado... El que vio más allá de mi apellido, y de la fama oscura de mi familia y me amó pese a todo eso...

Harry sintió la cama cediendo ante el peso de otro cuerpo, y pese a todos sus esfuerzos, el perfume lo embriagó de a poco, mucho más que todo lo que había bebido la noche anterior. Quizás esa era su prueba entonces, resistir la tentación que regresaba desde el pasado a clavar sus garras en él. Pero no la tentación de usar su magia, como había pensado, sino la tentación de él, de su fragancia elegante, del cuerpo que adivinaba firme y elástico como antes.

Los largos dedos blancos acariciaron apenas el suave cabello de la nuca morena provocando con eso, un pequeño pero nítido estremecimiento.

- No me hagas esto, Draco...- gimió apenas, luchando todavía.

- ¿Hacerte qué...?- contestó sentándose a su lado, acariciando el cuello con delicadeza.

- Arrebatarme la paz de Dios...

- No tienes esa paz, Harry... Y no la tienes, no porque Dios no te la dé, sino porque la estás buscando lejos... La paz está aquí, conmigo y lo sabes. En el fondo de tu corazón siempre lo has sabido. Yo soy tu paz, yo tengo tu paz encerrada en el círculo de mis brazos... No la encontrarás en otro lado...

Y como para probar lo sólido de ese punto, envolvió entre sus brazos la acurrucada figura que tenía a su lado. Casi al punto, Harry se acomodó en esa calidez, odiándose por su débil resolución, por su falta de entereza, por ceder de forma tan espontánea.

Pero casi al mismo tiempo, supo que por una vez en esos larguísimos cuatro años, no había soledad, ni dentro ni fuera de él. Por una vez en todo ese tiempo, se sentía completo.

- Eres un demonio de tentación...

- Sí, Harry... siempre lo he sido- aceptó Draco, posando sus labios en la piel del cuello y esparciendo besos leves -. Tu demonio personal, el que te seguirá a cualquier sitio que vayas... Y tú siempre has sido mi ángel... El que consigue sacar lo poco bueno que hay en mí...

Harry levantó la vista y se hundió de inmediato en la marea de plata que lo envolvió, encontrando la verdad que había en esas palabras. Recordó lo cerca que estuvo Draco de convertirse en un Mortífago más, en otro que hubiese llevado hasta la muerte, la ignominiosa marca en su brazo.

Pero en el momento de elección, Harry lo eligió a él, y en respuesta a ese amor descabellado que no podía explicarse, Draco también eligió. Eligió luchar del lado de Harry en lugar de luchar contra él. Su piel quedó incólume y jamás recibió otra cosa que no fuesen los besos apasionados de su amante.

- ¿Recuerdas eso, Harry? ¿Recuerdas la clase de Severus, cuando hizo la poción desinhibidora y te la dio a probar, como siempre hacía?- Draco siguió hablando contra la piel de su cuello, exhalando el aliento cálido como una caricia -. Todos pensaron que te pondrías a cantar en cueros o algo así... Pero te levantaste, cruzaste el salón hacia mí y me besaste delante de todos...

A su pesar, Harry sonrió. Cómo no recordarlo... Si era algo que había querido hacer durante todo el séptimo curso, y esa poción solo le dio el empujón final. Y mientras estrechaba por primera vez el cuerpo delgado de Draco entre sus brazos, esperaba que aquel lo rechazara, por la fuerza o con su magia, pero luego de unos segundos de asombro, tuvo la sorpresa más grande de su vida al sentir las manos níveas posarse en sus hombros, enredarse en su pelo, aceptar la intromisión que la lengua inquieta hacía en su boca...

- También entonces estábamos en guerra... Pero tú tenías paz.

Harry levantó la vista y se fundió bajo el influjo de los ojos grises que lo cubrieron con un manto de calma. Sus propias manos viajaron hacia ese rostro perfecto, abarcándolo, delineando con sus pulgares el recorrido de las cejas, el borde de los labios y antes de poder meditarlo, lo acercó para besarlo con la misma pasión con que lo hizo en esa lejana clase de Pociones.

Ése era el sabor de los besos que recordaba, ésa era la boca que ansiaba durante sus sueños húmedos, y la suavidad que sus manos evocaban en las nocturnas horas del recuerdo.

- Ya no tengo paz, Draco... Me persiguen los espectros y cada noche me gritan: es tu culpa... Es tu culpa...

- No fue tu culpa... Ninguno de los que murió fue a esa batalla por obligación. Fueron por convicción propia, porque sabían que se jugaba el futuro de nuestro mundo...

- Pero murieron por cuidarme... – la voz de Harry se quebró de nuevo ante el recuerdo.

- Y si no me hubieses dejado inconsciente en una habitación de San Mungo, posiblemente yo hubiese muerto también por protegerte.

Sobrecogido de temor por esa frase, por el solo pensamiento que hubiese podido ser verdad, Harry volvió a besarlo con una nueva urgencia, como para constatar que aquello nunca llegó a convertirse en realidad.

- No... He podido arrastrar las otras muertes, pero la tuya... Eso jamás hubiese podido soportarlo.

- No sucedió Harry... Deja de pensar en lo que nunca pasó.

Las manos oficiosas de Draco se deshicieron de la camisa para descubrir el torso moreno, tan suave, tan tentador como recordaba y lo reclinó de a poco, esparciendo sus besos leves en cada centímetro de piel.

Ahora se le ocurría inútil e infructuoso, todo aquel agónico combate para conservar la aparente integridad de su alma, toda la incesante presión de su voluntad para imponerse sobre el deseo. En esos segundos, todo eso quedó en el olvido, en el pasado; y la pasión latente y dormida surgía con toda su fuerza, para sumir su mente en un caos donde la voluntad de su mente quedaba rezagada, aplastada y extinguida ante la voluntad del cuerpo.

- No, Draco...- el embrujo de la boca que recorría su cuerpo era demasiado poderoso para resistirlo -. Esto no debe pasar...

- Shhh... Deja que las cosas pasen, Harry... – murmuró mientras muy lentamente deslizaba los pantalones junto con la ropa interior, aprovechando ese movimiento para acariciar las caderas estrechas y las piernas hasta los pies -. Luego... Dios dirá...

Cuando los labios se posaron en la cara interna de sus muslos, Harry dejó de resistirse y de pensar. Una cavidad caliente y húmeda se cerró sobre su endurecida carne, transportándolo lejos, muy lejos, a un lugar donde la culpa no llegaba; donde solo llegaban sus gemidos y los chispazos de placer que lo recorrían por completo.

Tal vez la larga abstinencia hacía que cada succión fuese dolorosamente atormentadora, y el placer tan intenso, que casi no podía contenerlo.

Entonces, recobrando de pronto parte de su lucidez, apartó esa boca ardiente y con el mismo gesto se irguió, manteniendo el rostro de Draco a la altura del suyo. Ambos jadeaban de manera entrecortada y rápida.

La mirada verde, decidida y salvaje lo atravesó.

- Arderé en el infierno por esto- declaró, antes de murmurar el conjuro que desvaneció la ropa de Draco y lo dejó tan desnudo como él.

Sin amedrentarse, el rubio solo alzó los brazos hacia su cuello, estrechándose contra su cuerpo.

- Arderemos juntos entonces... Puedo temerle más al paraíso sin ti, que al infierno contigo...

El beso duro que se estrelló en su boca le provocó una pequeña herida, pero su única respuesta fue abrir los labios y dejar que lo inspeccionaran por completo, que volviesen a conocer su boca hasta que ningún rincón quedó sin investigar. Y también dejó que casi lo arrojasen sobre la cama, mientras las manos morenas iniciaban el lento camino que lo llevaría a la cúspide del placer.

Al mismo lugar donde tantas veces habían ido juntos en el pasado y donde quería ir de nuevo, aunque solo fuese por esa noche.

Echó la cabeza hacia atrás y emitió un largo gemido cuando leves mordidas encontraron blanco en su tórax, marcándolo. Y una vez más ascendieron hasta su boca, llenándolo de un gozo inefable. Los dedos fuertes de Harry se cerraron sobre su miembro y lo masturbaron con la sabiduría de quien ha hecho eso muchas veces, con el ritmo adecuado como le gustaba a él.

Lento y suave al principio. Duro y rápido después.

- Harry... Por favor...

Ver el rostro pálido tomando lentamente el color de la excitación, era una visión celestial, una revelación divina. O al menos ése podía ser el pensamiento de Harry mientras luchaba contra su propio enardecimiento. Luego de tanto tiempo, lo único que quería era enterrarse en Draco, abrirse paso en él, sentir su carne aprisionándolo en un abrazo caliente y estrecho...

Dejó de mover su mano, y surgió un quejido intenso en protesta por eso, pero no le dio tiempo a otra cosa. Muy rápido se ubicó entre las blancas piernas y las separó. No hizo falta otra cosa para que Draco, convertido en un angustiado pozo de necesidad empujase sus rodillas hasta su pecho, abriéndose por completo para él.

Harry acarició los labios con sus dedos, el índice y el anular separaron los labios enrojecidos y en total obediencia, aquellos se abrieron y le permitieron paso. Con pleno conocimiento del fin que tenía ese gesto, Draco los lamió, los chupó con fruición, los dejó bien humedecidos de saliva antes de dejarlos ir. Unos segundos después, aquellos encontraron otra ubicación, más estrecha, más caliente.

Todo Draco se arqueó ante la invasión y las manos blancas estrujaron las sábanas con fuerza. Por el espacio de cuatro años solamente el placer solitario había llenado sus noches, pero esa noche... Esa noche, volvería a ser como antes.

- ¿Estás listo... para mí...?- jadeó Harry masajeando todavía el ardiente interior.

- Siempre- afirmó y se mordió los labios para no protestar cuando los dedos lo dejaron vacío y palpitante.

Con un solo movimiento, Harry consiguió encajar la punta de su ya dolorida erección y esperó. El ceño fruncido, el gemido ronco lo detuvieron antes de empujar de nuevo. Unos segundos, acarició otra vez el pene erguido frente a él, sus dedos juguetearon con los rosados testículos y el ceño fruncido se distendió y desapareció.

Se inclinó despacio, lento, apenas un balanceo de las caderas antes de iniciar el vaivén. Los brazos de Draco le aferraron los hombros, acercándolo, y una vez más, Harry sucumbió ante el sacrílego ofrecimiento de los labios rojos. Labios cuya sola visión era la más tentadora invitación al pecado.

Pero qué más daba... Si el infierno era el precio a pagar por aquel retazo de paraíso, estaba más que dispuesto a pagarlo, y pensando en eso, retiró las caderas y se enterró hasta el fondo, imaginando que su miembro era un sensible dedo más. Un dedo que rozaba la pequeña nuez en el interior del cuerpo de Draco, una y otra vez, levantando con cada toque, un pequeño grito de éxtasis.

- Dímelo...- sollozó Draco, enterrando sus uñas en la ardiente piel de los hombros.

- Draco, yo...

- Dímelo... al menos, miénteme por esta noche...

Era un pedido desesperado, un pedido que no podía ser desoído y que Harry no dejó pasar, pese a que pronunciar esas palabras eran la última verdad escondida en su corazón.

- Te amo...- jadeó al tiempo que volvía a atrapar los tentadores labios.

- Te amo, Harry...

Y el orgasmo los hundió a ambos en un paraíso blanco.

~o~

Harry despertó luego de haber dormitado apenas después de su acto de amor, sintiéndose todavía laxo y adormecido. A su lado, casi sobre su pecho, sintió antes de ver, la cabeza de Draco y le llegó la respiración pausada. Deslizó sus yemas entre el cabello tan largo, extasiado por la suavidad y el brillo.

Recordó los tiempo en que, como en ese momento, despertaban juntos, cuando todavía el caos no se había desatado y el horror no lo había alcanzado. Despertar con Draco significaba algo magnífico y casi irreal, mucho más que sexual, era íntimo, un indicio claro de los lazos que se habían formado entre ambos. Luego de su huída, cada despertar, solitario y frío lo empujaba al ascetismo, convencido que todo lo sucedido hasta entonces no era más que una pesadilla.

Ahora se sentía liviano y libre como antes, había luchado fieramente contra la pasión, enterrando ese amor que en el mundo muggle era sacrílego y mortal, en un rincón de la memoria; pero eso significó una lucha sangrienta, mucho más sangrienta que el combate con Voldemort; porque luego de ella, no eran los pedazos de aquella bestia lo que debía recoger, sino los trozos de su propia alma descuartizada.

“Dios... Realmente creí que dedicarte mi vida, mi mente y mi cuerpo podía redimirme de todo mi pasado. En realidad lo creí... Estaba dispuesto a hacerlo... Entonces lo enviaste a él, de regreso en mi vida. ¿Por qué? Señor... Si él no significase nada para mí, tal como la muchacha del parque, sería más fácil mi decisión; pero ahora me doy cuenta que lo amo... Creo que lo amo mucho más que a Ti. Y no es que haya olvidado todo lo que te debo, pero ahora el precio que debo pagar parece mucho más alto que antes. No lo sé... No dudo de él. Pese a mi abandono, me esperó por cuatro años, guardó mi recuerdo, y ante un mínimo resplandor de esperanza, atravesó medio continente para buscarme sin dudarlo un instante... ¿Puedo estar tan seguro de Ti como para renunciar a él y a todo lo que soy...?”

Como presintiendo esa divagación, Draco se acomodó sobre su cuerpo y las manos de blancura marmórea lo asieron, como si aún dentro del sueño, supiese de esa lucha interna y quisiera impedir que se alejase de nuevo.

“Ahora lo sé... Ahora sé lo que debo hacer. Habrá que ver si queda en mí algo del legendario valor de un Gryffindor, o si eso también quedó en el pasado”.

Con todo cuidado, quitó la mano de su amante y acomodó la cabeza rubia sobre la almohada. Le arregló el cabello despejándole el rostro para extasiarse en la contemplación de esa belleza casi profana. Dejó un beso breve sobre los labios húmedos y entreabiertos antes de comenzar a vestirse.

~o~

Estaba tan sumido en el cansancio posterior a un excelente clímax, que no se dio cuenta que estaba solo en la cama, hasta que escuchó el sonido característico de alguien al desaparecer.

Draco se sentó de pronto, para descubrir que estaba solo en la habitación, que Harry había desaparecido del mismo modo en que lo había hecho cuatro años antes.

Toda su ropa estaba allí. Incluso las benditísimas ropas del seminario, la Biblia, el misal, el rosario, y toda la pila de cosas que se amontonaban en el cuarto.

En la austera decoración del recinto, desde una pared opuesta, un objeto de madera tallada, sin duda parte de la liturgia, parecía contemplarlo con cierto desafío, como lanzándole la pulla al rostro.

‘Te abandonó otra vez... Es lo que obtienes por tocar lo que es Mío’

- No es tuyo todavía... Aún es mío- fue la desafiante respuesta.

Ignorando la pequeña molestia que le recordaba lo sucedido, Draco abrazó sus piernas en una posición muy similar a la que Harry había tenido la noche anterior, y dejó que su cabeza descansara sobre sus rodillas. El largo cabello rubio se derramó a su alrededor como un nimbo de plata, dándole todo el aspecto de un ángel caído y triste.

Se preguntó si ése era el inicio de otra larga espera, y supo que no era así simplemente porque no tendría las fuerzas necesarias para soportar un nuevo abandono. No otra vez.

Las rendijas de las ventanas dejaban filtrar una luz leve del exterior y Draco no supo si era de un nuevo amanecer o de la tarde, pero no importaba demasiado. Si Harry no regresaba pronto, simplemente dejaría de importar.

~o0o~


‘Vosotros, hermanos... interceded por mí..’


Luego de las oraciones siempre le dolían las rodillas, pero eso no impedía que todos los días, el padre Lázaro cumpliese con sus devociones. Se habían convertido en parte de su vida desde su juventud, y amaba lo que hacía, ponía en ello todo su fervor, y sabía que sus oraciones llegaban al cielo. Lo sentía en la paz que su alma conseguía luego.

Entró en su pequeña habitación para descansar antes de la cena, cerró la puerta tras él.

- Perdóneme, padre porque he pecado...- dijo alguien a sus espaldas.

Giró rápido para encontrar una figura oscura sentada en el taburete donde acomodaba su sotana antes de ir a dormir. Su edad, sus ojos cansados, la escasa luz de la habitación impedían que reconociese las formas, aunque sí reconoció la voz.

- Lumos.

La luminiscencia azul llenó el recinto ante el conjuro.

- Jimmy...- dijo, aliviado, sentándose en la cama mientras se masajeaba el pecho -. ¿Cómo llegaste aquí...?

Hizo la pregunta y luego se dio cuenta de lo que había sucedido, de la procedencia de la preciosa y sobrenatural luz que daba a todo un encantador tono celeste. Encendió la lámpara del techo, y ante eso, Harry desvaneció la luz mágica.

Apenas la claridad inundó la habitación e iluminó al visitante, el padre Lázaro vio cuánto había cambiado el muchacho desde que lo vio por última vez.

Los ojos que antes eran apenas charcos verdes, eran ahora dos lagunas de luz esmeralda y oro, y la expresión de la boca era más firme y resuelta, como si el nudo interno que mantenía la tensión en los rasgos se hubiese soltado, dejando caer todas las facciones a su estado natural, más rebelde y desafiante, pero también más franco y entero.

Harry pudo sentir que el silencio del claustro se filtraba de nuevo en sus huesos, que volvía a arrastrarlo a la ficticia tranquilidad que lo había envuelto durante cuatro años, los pasos leves por el corredor, a lo lejos, las voces de un coro masculino durante un ensayo. Todo volvía a su sitio, pero ahora tenía conciencia de lo fuera de lugar que estaba allí, y ante ese conocimiento, el desesperado cansancio que lo había acompañado durante sus años en ese lugar, lo abandonó.

Sin embargo, era su propio sentimiento de culpabilidad el que lo llevaba a estar sentado ahí, en espera. La culpa por haber cedido, por haber caído, tanto en el pecado de la carne como en el que lo marcaba como perteneciente a una clase que no podía acceder al refugio sacro sin antes haber renunciado a una intrínseca parte de su ser. Sentía haber defraudado a ese hombre y también al ya fallecido padre Justino, que lo había ayudado tanto; casi no se atrevía a enfrentar a un hombre puro, por la simple razón que él había dejado de serlo.

Pero ni el remordimiento ni la culpa eran más fuertes que el amor, ahora lo sabía.

- Veo que suspendiste tu dispensa...

- Usted sabía que esto iba a pasar.

Pese a que el tono era el mismo, ahora había cierto aire de desafío que antes no había en la voz de su discípulo.

- Sabía que no podría vivir sin mi magia... Sabía que volvería a caer en esto y me arrojó hacia eso.

- No Jimmy, no lo sabía. Viviste cuatro años sin usar tu magia de manera consciente, había muchas posibilidades que pudieses pasar esa prueba.

- No pude. Y no solo la usé, sino que al hacerlo, me puse en evidencia y me encontraron.

- Oh. Te estaban buscando entonces... ¿Pero no me habías dicho que no tenías amigos ni familia? ¿Tal vez era alguien más... cercano, más... íntimo?

- ¿Y si así fue?

- Mejor aún. No era correcto que empezaras un camino como éste sin cerrar tus cuentas pendientes. Y un amor es una gran cuenta pendiente.

- ¿Cómo pudo saber que era un amor?- ahora la voz de Harry era de auténtica curiosidad.

- Soy viejo, Jimmy... Cuando me contaste lo que te sucedió, dijiste que tenías que terminar con Voldemort antes que él terminase... En ese punto hiciste una pausa, y luego agregaste el resto de la frase. Ese corte, es el tipo de pausa que se hace cuando uno quiere evitar mencionar un nombre en especial. Uno que duele por la lejanía y cuyo sabor es dulce al pronunciar, pero amargo ante la ausencia. Deduje que era el nombre de alguien especial, pero no un familiar ni un amigo... Debía ser alguien muy especial, alguien a quien querías proteger aún a costa de tu vida.

- Es usted un viejo ladino.

- Gracias. Y dime... ¿Qué opina ella acerca de estos años de alejamiento?

En ese punto, Harry se acomodó en su asiento y cruzó las manos sobre su regazo, pensando cómo tomaría el anciano lo que iba a decirle. En esos segundos, se preguntó si no sería conveniente dejar que siguiera creyendo eso.

- Soy tu guía espiritual, Jimmy; no me mientas- atajó el anciano, sonriendo al estudiar la franca expresión de su discípulo.

- ¿Qué diría usted, si supiese que no fueron los brazos de ella los que me recibieron, sino los brazos de ‘él’?

Sin embargo, el anciano solo levantó una ceja, como único gesto de sorpresa.

- Diría que ahora, todo ese remordimiento que sentías, tiene más fundamento que antes... Y no digo con esto que el sentimiento de culpa por lo que sucedió en esa batalla era un asunto menor... Solo creo que esto se sumó a lo anterior.

- ¿Debo sentirme culpable?

El anciano meditó antes de contestar.

- En mi opinión personal, no. No mientras haya sentimientos genuinos... Así que es él a quien quisiste proteger... Y él te esperó y te encontró después de cuatro años.

- Así es.

- Yo diría que eso es un gran amor y también diría que no sería inteligente dejarlo pasar. Algunas personas esperan ese tipo de amor durante toda su vida... Y a veces, nunca les llega.

- Pensé que la iglesia se oponía a cosas como ésta.

- Como te dije, era mi opinión personal, no la opinión de la iglesia... Entonces... Supongo que debo quitar tu nombre de la lista para la próxima ordenación...

- Sí.

La respuesta salió fácil y sin presión, y Harry lo notó al mismo tiempo que el anciano. En el momento en que hizo esa elección, se sintió bien, sintió que hacía lo correcto.

En última instancia, para él, la paz estaba con Draco. Hubiese sido un error, el error más terrible de su vida renunciar a él y a su magia en esas circunstancias.

El anciano no había dejado de observarlo detenidamente durante toda la conversación, notando cada pequeño cambio en el rostro y entonces decidió decirle algo más. Con algo de trabajo, se puso de pie y se encaminó hacia el armario donde guardaba sus pocas pertenencias. Durante un rato revolvió entre la ropa y demás cosas hasta extraer una caja de madera.

La observó con cariño unos segundos antes de extenderla a Harry, que la tomó sin saber muy bien de qué se trataba. Era una caja rectangular, de unos veinte centímetros de largo y cuatro de alto. La madera estaba pulida y grabada con arabescos y filigranas, la llavecita dorada en la cerradura brillaba.

- Ábrela.

Todavía sin comprender, Harry la abrió y luego de hacerlo, se quedó sin palabras, mirando su contenido. Por espacio de casi dos minutos, durante los cuales el anciano volvió a tomar asiento, reinó el silencio en la habitación.

Sin terminar de creerlo aún, Harry tomó los dos trozos de una varita quebrada y los sacó de su encierro.

- Cedro, cuarenta centímetros... Fibra de corazón de dragón...- murmuró el anciano.

- Usted... Usted era...

- Como te dije, no son muchos los que pueden hacer esta elección. Soy un sangre mezclada, por supuesto. Mi madre era bruja, mi padre un muggle... Cuando mi madre murió y regresamos al mundo muggle, yo tenía doce años. No terminé mi instrucción en Hogwarts, pero ya tenía mi varita, y la conservé.

- ¿Cómo se hizo sacerdote?

- Elección, claro. Mi padre muggle era muy creyente, y me inculcó la fe. Llegado el momento, inicié el seminario e hice mi elección.

- ¿Nunca se arrepintió de lo que hizo?

- No te mentiré... Algunas veces, todavía me pregunto cómo hubiese sido mi vida en el mundo mágico... pero en general, no; no me arrepiento. Ésta era mi vocación y me siento en paz aquí. En paz y feliz.

- Pero aún la conserva...

- La conservaré siempre, es parte de mi vida... Por eso tenía que asegurarme que estuvieras seguro de lo que ibas a hacer Jimmy, porque el renunciamiento es muy grande para luego descubrir que estás arrepentido y que solo conseguiste automutilarte.

Con todo respeto, Harry guardó los trozos de la varita en su caja y la cerró. La devolvió al anciano, que la tomó cariñosamente con sus manos delgadas y huesudas antes de depositarla en sus piernas.

- ¿Qué harás ahora?- preguntó al ver que el muchacho parecía dispuesto a marcharse.

- No lo sé. Antes que nada, regresaré a cierto alojamiento en Roma, donde dejé a alguien esperándome y seguramente tendré que darle una buena explicación... Luego, no lo sé... Es posible que deje a Draco decidir qué quiere hacer.

- De manera que ése es su nombre... Draco... Muy apropiado... Suena a latín.

- Así es.- admitió Harry, sonrojándose un poco.

- Me gustará conocerlo algún día.

- ¿En serio?

- Claro, muchacho... ¿Puedo pedirte un pequeño favor antes que te marches?

- Claro, padre... Lo que usted diga.

- ¿Podrías volver a encender tu luz...? Es tan hermosa... y nunca pude volver a hacerlo.

Antes de desaparecer, Harry vio al anciano recostarse, todavía aferrado a su cajita, y le dejó entonces la brillante flama azul encendida, iluminando su rostro viejo pero plácido.

~o~

Con el paso de las horas, Draco volvió a vestirse por etapas pero por fin estuvo listo y no había un solo rastro de Harry. Si tan solo hubiese podido expresar la inmensa amargura que sentía oprimiéndole el pecho, pero no era una persona de ese tipo de demostraciones.

Por eso, cuando escuchó el sonido a sus espaldas, indicio que alguien había aparecido allí, solo se volvió con esos movimientos lentos y casi insultantes que eran parte de él. El corazón se le detuvo unos segundos al enfrentar a Harry, pero sin apresurarse, avanzó hacia él deteniéndose a escasa distancia.

- Regresaste- murmuró sintiendo que se ahogaba en el profundo mar de esos ojos verdes.

- ¿Creíste que te había abandonado de nuevo?

- Sí- admitió con esa calma fría que lo caracterizaba.

- Nadie puede ser tan estúpido dos veces- dijo Harry sonriendo, y posó las manos en las caderas delgadas para acercarlo hacia sí.

Sin embargo, Draco no permitió que lo hiciera, y permaneció firme en su lugar, cerca, pero sin tocarlo.

- ¿Acaso crees que puedes irte y dejarme así? ¿Piensas que voy a pasarme la vida buscándote y esperándote?

- Lo hiciste. Me esperaste...

- Idiota- barbotó Draco, pero el resto de lo que iba a decir quedó silenciado cuando un dedo se posó suavemente sobre su boca.

- Shh... – las manos de Harry derivaron hacia la nuca y acariciaron el cabello rubio, extasiándose en la suavidad de las hebras de plata -. Déjame besarte, mi hermoso demonio... Tal vez ambos terminemos en el infierno, pero mientras eso sucede... Disfrutaremos de nuestro paraíso en la tierra. Luego... Dios dirá...

No había absolutamente nada que Draco quisiese mas que escuchar eso, por lo que se dejó guiar hacia el beso y lo disfrutó con verdadero placer, sabiendo que era el primero en esa nueva etapa. Una etapa que no era de espera, como imaginó durante horas, sino de deleite, porque al fin había recuperado lo que le pertenecía. O tal vez la expresión correcta fuese que por fin había vuelto al sitio donde él pertenecía.

Cuando Draco se plegó a su beso y lo envolvió entre sus brazos, Harry supo que ahora todo estaba bien. La soledad se había esfumado, el vacío ya no estaba dentro de su pecho, amenazando devorarlo; únicamente tendría que luchar contra los recuerdos dolorosos de su pasado, pero ya no estaba solo para hacerlo.

Finalmente, Draco tenía razón y había buscado la paz en un sitio equivocado. Al menos equivocado para él. Para el padre Lázaro era el sitio correcto.

Recordando eso, deshizo el abrazo y entre los dos, juntaron todas las cosas que habían sido parte de sus pertenencias para regresarlas. Seguramente alguien les daría el uso adecuado.

Con un último vistazo a la habitación que le había mostrado que el cielo puede estar en la tierra, Harry aferró con fuerza el cuerpo firme de Draco y ambos desaparecieron.


‘Así sea...’

 

FIN

Abysm

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