N. de la A: Ubicado dentro del mundito particular que ideé para el fic ‘Ser tres’. No hace falta leerlo para comprender este fic, baste saber que Sirius ha muerto hace tres años y Remus intenta salir de su depresión. Con algo de ayuda.

~o0o~

Pasa la vida y el tiempo
No se queda quieto
Llegó el silencio al fin
Con la soledad
¿Y en que lugar anidaré
mis sueños nuevos?
Y quien me dará una mano
Cuando quiera despertar...


Hogwarts ya estaba silencioso y oscuro cuando la chimenea del despacho del Director chisporroteó un par de veces y lanzó algunas llamaradas verdes. Luego, aquellas cambiaron de color y cuando fueron púrpuras, una figura las atravesó seguida casi de inmediato por otra.

- Lumos- dijo Snape en cuanto estuvieron en el salón. Al punto, el sitio se iluminó suavemente.

Se quitó la capa y tomó también la de Remus, llevando ambas hasta el perchero apostado en una esquina. Podía haberlas enviado con un hechizo, pero usó ese tiempo para observar al mago que lo acompañaba y que en esos momentos, casi se dejaba caer en uno de los sillones.

Se veía agotado y los círculos oscuros alrededor de los ojos dorados daban cuenta que los últimos acontecimientos habían sido bastante duros para él. Aunque nadie hubiese podido pensarlo Severus podía comprenderlo a la perfección porque todo el asunto también había involucrado a Draco y ese muchacho era para él como un hijo.

Rápidamente hizo el cálculo de los días que faltaban para la luna llena. Unos diez, pero a veces, si los sucesos eran demasiado agotadores, Remus empezaba a sentir los efectos con anticipación. Todavía tenía Poción Matalobos en cantidad suficiente, pero hubiese querido empezar a trabajar en una nueva fase de su perfeccionamiento. Tenía la teoría de que si destilaba la Luparia de un modo diferente podía obtener resinas más volátiles pero mucho más efectivas de las que había estado usando hasta ese momento.

Al ver el rostro cansado de Remus, dejó esas cavilaciones para después, y convocó un par de tazas de té caliente y reparador.

El sensible olfato de Remus le avisó de la presencia de las tazas humeantes antes de verlas.

- Estás cansado- observó Severus.

- Sí... pero no podía quedarme tranquilo hasta ver que ellos estuviesen bien- revolvió con la cucharilla sin dejar de pensar -. Tu ahijado babea cada vez que ve a su hija.

- Eso es vergonzosamente cierto- resopló Severus, sentándose cerca -. Me alegra que el asunto entre ellos se haya arreglado... Me pregunto como se arreglarán ahora. No creo que Potter vaya a dejar su trabajo.

- No es necesario. Además, tiene la licencia por paternidad durante los primeros tres meses... Supongo que luego ellos decidirán qué hacer. ¿No te parece que podríamos cuidar del bebé algunas veces?

Severus detuvo la taza que iba camino a su boca para mirar al licántropo, que bebía su té como si sus palabras hubiesen sido lo más natural del mundo. Tal vez por el silencio ante esa pregunta, Remus levantó la vista para encontrar la expresión atónita de Snape.

- ¿Qué...? Después de todo, somos casi los abuelos de esa niña...- siguió Remus.

- ‘Casi’ es una buena expresión... ‘Casi’ significa que no somos abuelos de esa niña, y también significa que no creo que tu ‘casi’ ahijado se atreva a dejarla aquí en el futuro...

Remus se encogió de hombros, planeaba demostrarle a Harry que podía ser tan buena niñera como lo había sido con él.

Sirius y él habían cuidado de Harry en muchas ocasiones, cuando James y Lily debían ausentarse. El recuerdo empañó un poco las facciones del mago, y Severus supo que el fantasma de Sirius había vuelto a irrumpir entre ellos.

En el curso de los años desde la muerte de Sirius, Severus había terminado por acostumbrarse a que su presencia fuese casi tan permanente como cuando estaba vivo. Lo bueno, si es que algo de bueno había en todo ello, era que podía elegir ignorarlo o no. Generalmente, los recuerdos ponían una nota de tristeza en el rostro de Remus, y eso no era algo que a él le gustase ver.

Había luchado mucho para alejarlo de la depresión, y cualquier indicio de retorno a ella lo ponía en alerta.

Por lo común no envidiaba a Black, pero en esas ocasiones, maldecía internamente. Si debía guiarse por lo poco que Remus hablaba de él, parecía que Black era perfecto.

Que era atractivo, no hacía falta que se lo recordaran. Snape podía rememorar con bastante claridad la figura espigada y gallarda del animago, el cabello negro y largo, cayendo con cierto aire de desparpajo y estudiado desaliño sobre los ojos azules, tan vivaces siempre. Los modales desenvueltos y desenfadados hacían que absolutamente todas las muchachas de Hogwarts suspiraran tras él.

“Y la mitad de los muchachos también” se dijo, con algo de desánimo.

Respiró hondo y decidió que por esa noche, lo ignoraría. Ignoraría el persistente recuerdo de Sirius, siempre y cuando Remus se lo permitiese.

- Creo que después de todo, podemos celebrar... ¿Quieres una copita de jerez...?- ofreció, recordando que Remus prefería las bebidas dulces.

Pero el fantasma ya había hecho su aparición, y al parecer no se dejaría ignorar. Remus bebió rápido lo que quedaba en su taza, y se puso de pie.

- Te lo agradezco, pero no... Tienes razón, Severus, estoy cansado... Me voy a dormir.

Dejó la taza en una mesita cercana, y pareció indeciso por unos segundos. Luego se inclinó hacia el mago, depositó un beso en su mejilla y salió antes de que Severus reaccionara.

~o0o~

La oscuridad era completa en las habitaciones cuando la puerta se abrió y Remus entró con paso cansino. El recinto estaba en un completo caos, y a eso se sumaron los zapatos que el mago se quitó y pateó a un lado; y también la chaqueta que fue a dar en uno de los sillones, a decir verdad sobre la pila de ropa que ya coronaba ese mueble.

Sacó los bajos de la camisa del interior de los pantalones y desprendió los botones de las mangas, parecía que la ropa lo estaba ahogando. Se repatingó en un diván y miró el desastre a su alrededor, impávido.

Aparte del desorden, la habitación era bastante impersonal, sin objetos que denotasen a quién pertenecía ese sitio, y eso era, porque hasta que Sirius murió, Remus no tenía mucho más de lo que pudiese llevar consigo.

A veces no podía evitar que los recuerdos aflorasen como esa noche. La presencia de Sirius entre Severus y él incluso podía sentirse en algunas ocasiones. Sabía que eso hería a Severus, pero había descubierto que luchar contra el recuerdo hacía que éste se pusiera más persistente y doloroso. Por eso, cuando eso pasaba, se limitaba a aislarse para recordar, llorar un poco y luego tratar de seguir adelante.

Sin embargo, se dio cuenta que hacía tiempo que no lloraba. Los recuerdos, si bien continuaban llegando, tenían un sabor agridulce, pero ya no tan amargo como antes.

La época en que aún eran ‘Los Merodeadores’ era la que recordaba con más frecuencia, sobre todo porque en ese tiempo se había dado cuenta que estaba enamorado de Sirius y había penado bastante, y sufrido aún más, pensando que el otro mago sólo lo consideraba un buen amigo.

Más aún porque Sirius era la versión mágica del legendario muggle ‘Casanova’. Pese a todo, habían terminado juntos y fueron felices al menos por un tiempo hasta que aquel fue acusado y enviado a Azkabán. Luego vinieron largos años de soledad y angustia hasta la noche en que Sirius regresó. El encuentro en la Casa de los Gritos, la verdad que había quedado al descubierto en ese momento; pero también la rápida huida del animago antes que Remus pudiese verse libre de la transformación de esa noche.

Todavía conservaba los resabios de esa luna llena cuando tuvo que marcharse de Hogwarts, lamentando haber perdido nuevamente a Sirius, y tener que dejar solo a Harry; pero no le había quedado más opción que alejarse del colegio.

El único lugar donde podía ir, era la casa de sus padres, un cottage sumergido en un bosque perdido en medio de Inglaterra. Con la ayuda de Albus, podría mantenerse allí mientras conseguía otro trabajo que le permitiese sobrevivir sin apelar a la solidaridad.

Se había pasado todo el día anterior y gran parte de ése limpiando y poniendo orden en la vivienda solitaria. Eso no le molestaba demasiado, se había acostumbrado a estar solo, era una costumbre adquirida.

Cuando cayó la tarde encendió la chimenea, llenó la tina y entibió el agua. Exhausto, se quitó la ropa llena de polvo y la acomodó sobre una silla a un lado y se metió en el agua perfumada. Los magullones y raspaduras que persistían de la última transformación escocían con el agua, pero no eran graves. Al cabo de un rato salió, se envolvió en una bata y enfrentó la idea de preparar su cena.

Pensaba en eso cuando unos rasguños secos lo sacaron de su meditación y con algo de recelo, Remus miró hacia la puerta. Hubiese podido presentir si en la zona había lobos, pero hasta donde él sabía, el único lobo en ese sitio era él, de modo que tomando su varita, abrió.

Sentado en el umbral, el inmenso perro negro, desarrapado y sucio, lo miraba con sus ojazos azules esperanzados y grandes de tristeza. Ante su vista, desapareció el animal, y el mago que ocupó su lugar siguió mirándolo en silencio, con la misma expresión en el rostro.

El cabello negro estaba sucio y pegoteado, los huesos enmarcaban el rostro dándole sombras profundas y ángulos agudos, las ropas eran poco más que andrajos tan sucios como quien las vestía.

Por espacio de algunos segundos, ambos se observaron, tratando de trasponer la barrera de silencio que se había levantado con tantos años de separación.

- Yo no lo hice, Remus...- fueron las primeras palabras que Sirius pronunció y que no fueron sino un eco de lo que había dicho en la Casa de los Gritos.

- Lo sé.

Remus hubiese querido decirle en ese momento todo lo que eso había significado para él, pero estaba desarticulado por la sorpresa, asombrado hasta lo indecible por verlo allí. Sin embargo, vio que el otro mago temblaba, todavía del lado de afuera, y se hizo a un lado.

- Pasa. Está frío afuera- consiguió decir.

Y Sirius reingresó en su vida.

- ¿Por qué viniste aquí, Sirius...? Pensé que estarías lejos. Los aurores te buscan hasta debajo de las rocas.

- Albus me dijo que sería difícil salir de Inglaterra y que lo mejor sería ocultarme unos días. Me dijo que podría encontrarte aquí... Pero puedo marcharme si te molesto...

- ¡No!- exclamó Remus antes de poder contenerse -. Tu ropa está húmeda... Necesitas un baño caliente, y comida... Luego hablaremos.

Sirius no tenía fuerzas para discutir nada. Sintió la mano cálida de Remus cerrándose sobre su brazo, guiándolo hacia el cuarto de baño y se dejó llevar, contento porque no le habían pedido que se fuera.

Remus le preparó el baño y lo dejó que se quedase en la tina todo el tiempo que quisiera. Después le dio una bata azul, un poco descolorida, que Sirius reconoció como propia pese a los años. Era increíble el vendaval de recuerdos que estaba recuperando ahora que estaba libre de la influencia de los Dementores.

Cuando salió, el aroma de la comida lo recibió y guió hasta la cocina pequeña donde esperaba la mesa dispuesta para dos y Remus le dio su primera comida caliente, casera y deliciosa en más de diez años.

Disimulando el gesto consternado, el licántropo vio cómo Sirius se abalanzó sobre el plato y prácticamente devoró el contenido casi sin respirar. En silencio le sirvió de nuevo aunque él apenas había probado su porción. Y cuando terminaron, lo llevó hasta el cuarto donde lo arropó como si fuese un bebé. Sirius se durmió en el acto, como si por primera vez en años pudiese realmente descansar. Durmió, durmió y durmió.

Al anochecer del día siguiente apareció en la sala mientras Remus leía sentado frente al fuego. Ocupó un sitio en un sofá cercano y su mirada se perdió entre las llamas. La voz de Remus lo sobresaltó un poco.

- Me pregunto por qué viniste... Yo te volví la espalda como todos los demás...-dijo por fin.

- Todos los demás no me importan. Los únicos que me importan, son Harry y tú.

El silencio volvió a caer entre ambos. Remus cerró el libro muy despacio, como si estuviese decidiendo qué hacer, y así era. Dejó su sitio y se movió hasta ocupar un lugar junto al otro mago. Cuando Sirius lo miró, Remus lloraba en silencio, sin atreverse a mirarlo.

- Lo siento...- murmuró Remus -. Debí confiar en ti... Debí...

Una mano gentil se posó sobre sus labios impidiéndole continuar.

- Shhh... No, Remus... No volví para verte llorar...

Entonces sí se derribaron las barreras cuando Sirius le tomó las manos y se animó a besar los dedos largos con devoción y dulzura. Y ante cada beso, Remus no podía reprimir un sollozo. Sin prisas, Sirius derivó hacia el rostro y secó con sus propios labios cada lágrima hasta encontrar la otra boca, ansiosa y dulce, tal como la recordaba, tal como la había conocido años atrás. Acarició el cabello dorado, metiendo sus dedos en él, disfrutando de nuevo su suavidad.

- Mi Remus...- era el susurro apasionado que llegaba a oídos del licántropo y era como si nunca hubiese escuchado antes esas palabras.

El beso final fue tan suave, tan delicioso, tan esperado que ambos gimieron y pronto las manos buscaron la piel ansiosamente, apartaron la tela que no hacía más que estorbar y las caricias se hicieron mas intensas, cada vez más intensas.

Pero era demasiado pronto. Demasiado pronto para Remus luego de tantos años de soledad, y demasiado pronto para Sirius, aun no recuperado del todo de esos años de frío. Esa noche durmieron juntos, abrazados y más cercanos de lo que nunca habían estado.

Despertar en los brazos de su amor, fue lo más maravilloso que la vida había regalado a Remus en los últimos años y el día que siguió a eso también. Compartieron tiempo y amor, miradas intensas, besos breves, roces casuales y no tan casuales. Al llegar la noche, ambos estaban tan excitados que intentaron cenar pese a que sabían que no terminarían.

Con algo de torpeza por parte de ambos, la ropa fue desechada y cayeron sobre la cama espaciosa, que rechinó y protestó causando en los dos una sonora carcajada. Remus dejó que la lengua húmeda y caliente jugueteara en el interior de su boca, primero con total libertad y luego adelantó la suya para presentar batalla, aunque supiese que iba a dejarse ganar. Las manos ásperas de Sirius sobre sus pezones fueron amables, pellizcaron, estiraron y causaron estremecimientos en el mago de cabello dorado. Sirius saboreó cada uno de ellos, los chupó y mordisqueó con absoluto deleite y con el mismo deleite descendió por el vientre plano, hasta llegar al nacimiento del vello rizado y rubio.

- Sirius...- gimió bajito Remus, aferrando las sábanas cuando sintió los labios posándose en el interior de los muslos, y de forma automática abrió las piernas para facilitarle la tarea.

Durante tanto tiempo había añorado eso que lo quería pronto, lo necesitaba mucho, y cuando su miembro fue atrapado por la boca caliente de Sirius, creyó morir. Enredó sus dedos en el pelo negro y largo, y mientras esa boca continuaba ejerciendo su embrujo, unos dedos traviesos investigaron la palpitante hendidura que no había conocido otro dueño en esos largos años de espera. La succión se hizo más fuerte, al punto que los gemidos se transformaron en súplica cuando los dedos fueron desalojados.

- Sirius, por favor... Hazlo ahora...

No había modo en que el animago pudiese negarse a cumplir semejante pedido, y su dureza se abrió paso en la carne anhelante con fuerza, pero al mismo tiempo con delicadeza sujetándole las caderas, acariciando su miembro erguido al mismo ritmo con que se movía en su interior. Ambos ondularon juntos por mucho, mucho tiempo, intentando prolongar el placer hasta el infinito.

Como si fuese la primera vez, sus miradas se encontraron, y Sirius se inclinó sobre él, penetrándolo hasta el fondo y atrapando su boca con tan febril necesidad, que eso quebró el tímido equilibrio donde ambos se mantenían al borde del placer absoluto, y con un hondo gemido se derramó en el canal ardiente que lo guardaba. Al sentir la descarga potente, Remus contrajo los músculos con fuerza, tal vez con demasiada fuerza, Sirius gimió y eso liberó su orgasmo con tanto ímpetu que tuvo que aferrarse a los hombros de su amante y esconder el rostro en su hombro para ahogar el grito de profundo éxtasis y las lágrimas que escaparon de su control.

Esa noche, se amaron como no lo habían hecho desde que eran adolescentes, y el amanecer los sorprendió todavía en medio de caricias y besos adormilados

- No puedo quedarme...- comenzó Sirius, aunque ése era el último tema que hubiese querido abordar, era inevitable y urgente -. Los aurores no se detendrán. Tarde o temprano vendrán por aquí.

- Será más temprano que tarde... Probablemente Albus esté demorándolos y por eso todavía no han venido- comentó Remus, besando el pecho sobre el cual tenía apoyada su cabeza.

- Entonces no tenemos mucho tiempo, amor.

El corazón de Remus saltó de gozo, porque hacía años que nadie lo llamaba ‘amor’ y supo que por volver a escuchar esa palabra, haría cualquier cosa, iría a cualquier sitio.

- Tenemos todo el tiempo que haga falta, porque tú no irás a ningún lado sin mí.

- Estás diciendo tonterías, Remus. No puedes venir conmigo, soy un prófugo, un convicto...

- Ya sé todo eso.

- No tengo hogar ni lo tendré hasta que no pueda limpiar mi nombre...

- Cumpliré mis sueños de viajar mucho... conocer otros sitios...

- No, Remus. No.

Pero algunos días después, cuando los aurores rodearon la vivienda e ingresaron en la casita, aquella estaba vacía, y los dos ocupantes hacía ya un buen rato que habían partido. Juntos.

Juntos habían deambulado por un sinfín de lugares, mágicos y muggles. Sirius escapando siempre, Remus, siguiéndolo pese a todo y a todos, pero feliz porque simplemente sabía que estaba donde debía estar. No hubo un solo lugar donde Sirius fuese sin que él lo acompañara.

“Casi ningún lugar... Cuando te fuiste, no me dejaste ir contigo, amor... Y Dios sabe que lo intenté”.

Sus dedos recorrieron sin mirar las rugosas cicatrices en la cara interna de sus muñecas pensando en el fatídico momento en que había hecho eso.

Era extraño que recordase ‘ese’ momento exacto con tanta nitidez, después de todo, Fawkes lo había rescatado casi inconsciente de la misión a la cual Albus los había enviado juntos y no había estado despierto por mucho tiempo, sin embargo, recordaba.

Las lágrimas del fénix debían curarlo. Eso es lo que todos decían, y posiblemente lo hubiesen conseguido, pero Remus no quería concederles tiempo para que lo curasen. No quería que lo curasen, no quería sanar. Pese a sus heridas, había conseguido erguirse un poco de la dura cama en el ala del Hospital. El movimiento reabrió la herida en su costado, y la sintió sangrar sin que ello le preocupase.

Miró alrededor un poco perdido, pero con una idea firme: reunirse con Sirius. Lo único que tenía que resolver era cómo hacerlo. Sobre la mesita de noche al lado de su cama, había un pequeño vaso de cristal y Remus lo miró por unos segundos antes de tomarlo.

Madame Pomfrey tardaría un poco todavía en hacer su ronda, de modo que tenía tiempo. Arrojó el agua al suelo, lo envolvió en una manta y lo estrelló contra el piso de piedra. El ruido de los vidrios rotos fue mínimo.

Con total calma, seleccionó el trozo más adecuado y regresó a la cama. Ni siquiera sintió el mordiente filo del cristal hundiéndose en su carne, ni el lento discurrir de la sangre, lo único que quería era ir con Sirius.

Era tan agradable sentir la somnolencia ganándolo de a poco, los párpados pesados, aunque respirar empezaba a ponerse trabajoso. Contempló las sombras creciendo a su alrededor, inclinándose cada vez más sobre él, invitándolo al sueño eterno, al sueño que le devolvería a su amor. No temía a esas sombras, porque pensaba que Sirius estaría esperándolo, dispuesto a recibirlo con el mismo amor que siempre le había profesado.

No quería escuchar todos los lugares comunes que la gente decía en esos casos: ‘el tiempo lo cura todo’; ‘aprenderás a olvidar’... No quería descubrir el tiempo sin amor, y sobre todo, no quería olvidarlo.

Nunca pensó que alguien lo mantendría con vida casi a la fuerza. Nunca pensó que alguien se encargaría de velar noche y día por él, verificar que continuase existiendo hasta que pudiese darse cuenta que la vida merecía ser vivida pese a todo, que no volvería a intentar algo como lo que había hecho con el riesgo de conseguirlo.

Creía, con todas las fuerzas de su alma, que una vez que pudiese atravesar aquellas sombras, el rostro de Sirius aparecería para recibirlo, con su sonrisa alegre y los maravillosos ojos azules plenos de amor y picardía.

Pero no fue ése el rostro que apareció detrás del fogonazo de luz.

- ¡Ennervate!!- el grito retumbó en el recinto y en cada recoveco del cerebro de Remus -. ¡Despierta!! ¿Cómo demonios se te ocurre hacer semejante cosa??

Otro fogonazo, y en ese momento, Remus notó el ardiente dolor en sus mejillas. Como a través de algodones le llegaron otras voces, pero la más cercana se oía atronadora y amenazante.

- ¡Reacciona, Lupin! No te duermas, maldito seas. Abre los ojos... ¡Abre los jodidos ojos, lobo idiota!!

- Déjame...- consiguió decir -. No quiero estar aquí...

- Ni lo sueñes. Abre los ojos... ¡AHORA!!- le gritó en el oído.

Otra voz más suave llegó desde lejos, la de Madam Pomfrey.

- Profesor, no debería...

- ¡Silencio! Mírame, Lupin. He dicho que me mires.

Y Remus miró porque, al parecer, no le quedaba otra opción. El rostro descompuesto y pálido de Severus Snape estaba sobre él. Ceñudo, enojado; colérico mejor dicho, los negros ojos clavados en él.

- ¿Ni siquiera me dejarás... morir en paz?

- Nunca- fue la afirmación tajante -. Ahora estarás despierto mientras te curan. Y me dirás por qué hiciste esta mierda. ¡Habla!

Pero Remus no podía o no quería explicar y mucho menos a Snape. De todos los magos que había en el mundo, él tenía que estar metido en Hogwarts junto con Snape. Seguramente Sirius hubiese tenido mucho por decir al respecto.

- No quiero- murmuró.

- Así que sólo porque Black está muerto, te crees en la sagrada obligación de seguirlo del mismo irracional modo en que lo seguías mientras estaba vivo.

- Estoy cansado... Quiero dormir...

- ¡Despierta!!- el grito lo hizo saltar lo mismo que a Madame Pomfrey que en esos momentos terminaba de vendar sus muñecas heridas -. Bien, esto confirma mi teoría. Black era un completo idiota. Le salvó la vida a un suicida potencial. ¡Merlín, que desperdicio!

El tono de voz, mordaz, hiriente hizo que los ojos dorados se abriesen de pronto y Remus jadeó para encontrar el aire y la voz suficiente para contestar.

- ¿Cómo te...? ¿Cómo te atreves...? Sirius... El único idiota aquí, eres tú...

- Oh, te estás enojando, Lupin- los ojos negros parecieron brillar -. Perfecto. Insúltame... Dime lo idiota que soy... Pero dime también por qué si el idiota soy yo, el que tiene las venas cortadas eres tú.

Ante el silencio que siguió a eso, Severus siguió implacable.

- Entonces, si no puedes con esa pregunta, Lupin, hazte a la idea que seguirás aquí. No voy a dejarte ni a sol ni a sombra. No volverás a tener oportunidad de hacer algo como esto.

Aunque la voz de Snape seguía siendo firme, ya no se oía amenazante. Remus lo vio convocar una redoma de cristal con algún líquido de dudoso color que acercó a sus labios. Como era de esperar, era asqueroso, pero Snape no se dejó amedrentar y lo obligó a beber unos cuantos tragos.

- Siempre odiaste a Sirius.. Siempre me odiaste a mí....- murmuró Remus, recostado de nuevo y sin comprender todavía -. ¿Por qué te interesa tanto... lo que me suceda?

El hombre de negro se irguió de repente recobrando su aspecto sombrío y distante.

- Eso es asunto mío, pero puedes estar seguro que no te dejaré morir. A menos que sea de vejez. Ahora sí, puedes descansar.

Con esa frase, se acomodó a un lado de la cama, en un sillón que antes no estaba allí, y convocó también un libro. Viendo que el plan de Snape era permanecer allí, el licántropo suspiró y cerró los ojos para dormir sin saber que ésa era la primera de muchas noches en las que su última visión del día sería el rostro de Severus Snape.

Había conseguido su propósito. Empecinada, tercamente, Severus había conseguido lo que se propuso: Remus siguió vivo aunque en los primeros meses no se pudiese distinguir la diferencia entre un vegetal y él.

Snape no cejó. Lo hacía levantarse, ocuparse de cosas, lo empujaba, lo sacaba a empellones de sus habitaciones, lo obligó a mirar la vida sin Sirius. Remus se enojaba con él, lo insultaba, se peleaban a los gritos y al final, cuando el dolor de la frustración se apagaba, Remus terminaba haciendo lo que Snape le pedía.

Día a día, un día a la vez.

Hasta que uno de esos días, Remus descubrió que podía mirar hacia atrás, podía mirar el recuerdo de Sirius sin añorar la muerte. Todavía dolía, todavía sentía el vacío en su corazón, pero ya no había amargura ni desaliento. No olvidaba a Sirius pero Snape tenía razón: la vida merecía ser vivida.

Durante ese tiempo, en más de una ocasión Remus se había preguntado por qué Severus hacía todo eso por él. No olvidaba la respuesta evasiva y ambigua que el hombre le había dado la noche que intentó suicidarse, pero tampoco conseguía dar con una respuesta.

Por un tiempo pensó que era por venganza. Era una venganza sutil y despiadada contra Sirius obligarlo a permanecer con vida, obligarlo a sufrir esa existencia; pero luego descartó esa idea. Después pensó que Albus le había pedido que lo cuidase, pero tampoco eso resultó cierto.

Con algo de reticencia, aceptó por fin, que podía ser que Snape simplemente quisiera ganarse su amistad... ¿Su amistad...? Si Remus había sido parte de Los Merodeadores, de los que no perdían oportunidad de acecharlo, hacerlo caer en sus trampas y ridiculizarlo a más no poder...

Solamente poco tiempo atrás Severus había confesado, casi sin querer, la verdadera razón para todo lo que había hecho.

Durante el rescate de Harry, Remus había llegado justo en el momento en que Severus y Lucius se enfrentaban y el miedo a que algo malo pudiese sucederle a Severus fue más grande que la prudencia.

“He descubierto que es importante para mí...” le había confesado a Harry el día del baby shower.

Y en ese momento, descubrió que era mucho más que importante y descubrió también por qué los recuerdos ya no dolían tanto, por qué ahora podía contemplarlos sin llorar. Era tan simple que no se le había ocurrido hasta entonces.

Lentamente se puso de pie, como si despertase de un mal sueño muy largo. Como muchas veces durante esos tres años, supo de quién sería el rostro que vería al emerger de la pesadilla. Del mismo que durante ese tiempo le había tendido una mano, y que invariablemente, lo había ayudado a despertar.

Tal vez... Tal vez era tiempo de dejar atrás las pesadillas y tejer sueños nuevos...

Sin detenerse a buscar los zapatos, salió a toda velocidad de la habitación.

 

 

 


Capitulo 2


Se fueron los aplausos
Y algunos recuerdos
Y el eco de la gloria
Duerme en un placard
Yo seguiré adelante atravesando miedos
Sabe Dios que nunca es tarde
Para volver a empezar...

En cuanto la figura de Remus salió de la habitación, Severus se irguió de su asiento. No iría tras él en esa ocasión, confiaba en que estaría bien y que podría lidiar con el recuerdo por sí solo.

En muchas oportunidades en el pasado, él había estado allí cuando las pesadillas se presentaban por las noches, pero ahora hacía tiempo que no había pesadillas y por lo tanto su presencia ya no era necesaria en las habitaciones del otro mago.

Tal vez el licántropo no lo había necesitado pero él sí necesitaba un trago. Fue hacia un mueble cercano y dudó un momento antes de servirse. Al final optó por un licor suave. Personalmente prefería las bebidas más fuertes, pero esa noche, quería algo que pudiese relacionar con aquél que se había marchado unos minutos antes.

El licor, cremoso y dulce, le llenó la boca, y se preguntó si los labios del otro hombre tendrían ese sabor. Sacudió la cabeza, atónito por la cursilería de su pensamiento. Jamás en la vida se había permitido un pensamiento de esa índole, no tenía naturaleza romántica, prefería lo real y certero de una situación, no la visión algodonosa e irreal que brindaba el amor.

Y sin embargo no era inmune al amor.

Alguna vez había sentido el aguijón impiadoso de la necesidad de otro en su carne, alguna vez había ansiado con angustia, casi con dolor, la presencia de alguien más en su existencia. Y de hecho lo había tenido, de un modo extraño pero lo tuvo. Y esa experiencia lo había marcado a fuego.

Se quitó la chaqueta negra revelando que debajo de ella vestía con pulcritud casi monástica. Pantalón negro, impecable y camisa blanca de cuello alto. No sintió que la habitación estaba fría, estaba acostumbrado, ya que había pasado gran parte de su vida en ella.

Se subió las mangas de la camisa y por unos instantes se quedó observando la marca que también lo había acompañado tantos años. La Marca Tenebrosa, el símbolo con que Voldemort marcaba a sus seguidores, seguía marcando su carne; pero desde que aquél había desaparecido, cada vez se hacía más tenue.

Albus le había dicho que quizás nunca desaparecería del todo, pero se iría haciendo más débil conforme pasasen los años. Tal como la cicatriz en la frente de Potter.

“Potter...” masculló entre dientes y se obligó a corregirse de inmediato “Harry... Harry es el esposo de Draco...”.

Una vez más meneó la cabeza, todavía incrédulo; pero para ser honesto consigo mismo, aquellos dos habían pasado muchas cosas juntos, superándolas siempre. Cómo habían llegado a enamorarse era un misterio para él, pero si iba al caso muchas cosas lo eran. Y no tenía que analizar vidas ajenas para buscarlas.

Su propia existencia tenía un sinfín de misterios. Por ejemplo, el hecho de que el peor día de su vida terminase de un modo tan distinto a como había comenzado...

Evans se alejó furiosa y Potter se quedó mirándola con una mezcla de impotencia e incomprensión rayana en la idiotez absoluta. Apenas estuvo lejos, fue cosa de unos segundos para que Severus volviese a encontrarse suspendido en el aire. Indecorosamente, sus interiores grises a la vista de todos, pero sobre todo a la vista de esos dos cretinos: Potter y Black.

El nudo de ira que se amontonaba en la garganta de Severus le impedía por orgullo dejar escapar siquiera una sílaba en pedido para que se detuviesen. La mirada de ojos negros, plagada de rabia, se cruzó por unos instantes con la de otro muchacho de ojos color oro que, metros más lejos, fingía leer.

Durante esos instantes, Severus lo detestó tanto como a los otros, porque era amigo de esos dos, porque no hacía nada por contenerlos.

- ¿Quién quiere ver cómo quito los calzoncillos de Snivelly...?- preguntó la voz arrogante de Potter.

- Es evidente que el hecho de portar varita y poder efectuar conjuros no implica inteligencia o clase de ningún tipo- dijo una voz educada con tono moderado, casi condescendiente.

Desde su posición cabeza abajo, Severus quiso morir. Si su día había sido malo, ahora era decididamente el peor.

De todas las personas que no hubiese querido que lo vieran en aquel predicamento, Lucius Malfoy era quien ocupaba el primer lugar de la lista.

El muchacho, que era mayor que Potter y compañía, iba acompañado por tres jóvenes más que lo escuchaban con ensimismamiento. Vestía de forma impecable, el cabello rubio caía como un río platinado sobre los hombros, los ojos grises y fríos enfocaban a Potter como si fuese un bicho.

Al escuchar la frase, Potter giró hacia él.

- ¿Algún problema, Malfoy?

- ¿Yo...? Yo ni siquiera te veo, Potter... Ni siquiera hablaba contigo, a menos claro que te hayas sentido incluido en alguna de las categorías que yo venía enumerando...- hizo un gesto pensativo -. ¿Cuál de ellas sería? ¿Sin inteligencia o sin clase?

Los que venían con él empezaron a carcajearse y si Severus no hubiese estado en tan mala posición, también lo hubiese hecho.

De pronto, la situación había cambiado y ya no se reían de él, sino que lo hacían del estúpido de Potter. Evidentemente, a este no le gustó nada lo que escuchó y quitó el hechizo que mantenía sobre Severus para poder dedicarle toda su atención al rubio. Black dio un paso para ubicarse a su lado. Algo más lejos, el muchacho de cabello dorado cerró su libro y levantó la vista hacia ellos.

- Te sugiero que lo pienses, Potter...- comentó Lucius imperturbable - No es una muestra de inteligencia cruzar maleficios con el Premio Anual, en medio de todos los estudiantes. Sé que pensar es un esfuerzo colosal para ti, pero inténtalo.

- Cretino arrogante- masculló James y su varita de alzó hacia el rubio, pero una mano la hizo descender de inmediato.

- Tiene razón, James- dijo Lupin, que había abandonado su libro y también había tomado un lugar junto a Potter -. Es mejor que lo dejes.

Se inclinó hacia Potter y susurró algo más en voz tan baja, que solamente ellos tres pudieron oírlo. Ni siquiera el estúpido de Pettigrew, que seguía todo con sus ojillos brillantes, alcanzó a oír. Potter lo miró con evidente enfado antes de desistir.

- Tienes razón, Remus. ‘El Premio Anual’ termina este año y no tenemos porqué arruinarle sus últimos días en el colegio. Después de todo, nosotros nos quedaremos aquí.

Black, Lupin y Potter, seguidos por Pettigrew, se fueron en dirección al campo de Quidditch mientras Lucius lo miraba con su habitual aire de suficiencia. Cuando se hubieron alejado bastante, giró y se encaminó hacia el castillo sin dedicar siquiera una mirada a Severus, que por unos instantes, se había quedado petrificado por la intervención del rubio Malfoy.

Sintiéndose peor que nunca, Severus juntó sus cosas, recogió su varita y deseó poder perderse en algún sitio o tener el valor suficiente para arrojarse al lago. Pero de alguna manera regresó al castillo y se atrincheró en la biblioteca para no volver a encontrarse con Lucius.

No se presentó en el Salón para la cena, la sola idea de sentarse a la mesa y cruzar la vista con el rubio Malfoy lo helaba hasta los huesos. El desgraciado de Potter lo había ridiculizado de la peor manera justo delante de quien menos hubiese deseado.

La primera vez que Severus había visto a Lucius, al llegar a Hogwarts, se había quedado mirando con la boca abierta al elegante muchacho de trece años que con aire desenvuelto y aristocrático permanecía hablando en medio de un grupo de chicas y chicos, algunos incluso mayores que él. En algún momento, Malfoy alzó la mirada gris y centelleante hacia él, y Severus, sorprendido en medio de su observación había bajado la vista avergonzado.

Pero Lucius no había vuelto a prestarle atención y Severus había crecido para convertirse en lo que era: el mejor alumno de la clase de Pociones, pero el más flaco, pálido y excluido muchacho de Hogwarts. No tenía amigos y no los quería. La mayoría eran unos imbéciles como Potter y Black o una corte de aduladores como Crabbe, Goyle y Rossier, que seguían a Malfoy y en ocasiones parecían tan imbéciles como Potter y los otros.

Esa noche, como no podía conciliar el sueño, Severus hizo lo que hacía muchas noches, salió de las mazmorras y se encaminó al aula de Pociones. Podía vanagloriarse de ser el único a quien se le permitía utilizarla fuera de los horarios de clase para practicar. Según decía su profesor, algún día llegaría a ser un gran maestro en Pociones, y Severus quería creerlo con toda su alma porque sabía que era bueno para eso.

Posiblemente era una de sus escasas seguridades. No era solamente bueno, era el mejor de la clase y casi podía decir que del actual estudiantado, pero eso a costa de muchas noches de escaso sueño y prácticas clandestinas.

Mientras abría el pergamino para empezar a preparar lo necesario para la poción que tenía en mente, no cesaba de pensar en lo sucedido ese día. Todavía se le cortaba el aire al recordar la presencia de Lucius...

“Deja de soñar, tonto y concéntrate en lo que sí puedes hacer bien...” pensó, cortando las raíces que debía usar con rápida eficiencia.

“Trozos pequeños, en diagonal...”

- ¿No puedes dormir, Severus?- preguntaron a sus espaldas.

“Maldición” fue su siguiente pensamiento, al contemplar el pedazo de raíz arruinada por el mal corte. Y cuando se volvió, con la contestación altisonante en los labios, se quedó boquiabierto de nuevo como cuando tenía once años.

La bata de seda verde oscura hacía que el cabello platinado fuese todavía más espléndido y que los ojos grises refulgiesen en la semi penumbra. Lucius sonrió, enigmático, y Severus recordó de forma incontenible aquel personaje de un cuento de muggles, el gato de Cheshire y su sonrisa deslumbrante.

- Yo... estoy practicando...- murmuró y se hubiese pegado la cabeza contra la pared al escuchar el patético tono de su voz, por no hablar de su estupidísima respuesta.

- Oh...- fue la única respuesta del rubio, que avanzó hasta la mesa y miró los ingredientes esparcidos y a medias preparados -. Interrumpo, entonces...

- No... Es decir... Aún no empezaba...

- ¿Te molesta si observo? No soy muy bueno en Pociones.

En general, sí, a Severus le molestaba que lo observaran, pero había descubierto que una vez que se enfrascaba en la preparación, nada podía interrumpir su concentración. O al menos eso creía.

Con un gesto que pretendió ser indiferente, le indicó que podía acercarse y trató de continuar con lo que estaba haciendo. De hecho, lo consiguió. Durante un buen rato, olvidó que Lucius lo estaba observando y sólo tomó conciencia de su cercanía cuando puso el caldero sobre el mechero y calculó el tiempo que tenía antes de colocar el siguiente ingrediente.

- Eso fue perfecto- susurró Lucius a sus espaldas, casi en su oído, provocando un pequeño sobresalto y otra cantidad de cosas.

Intentando ocultar su nerviosismo, Severus giró para encontrar a Lucius cerca, muy cerca.

- Aún no está terminada- dijo, un poco bruscamente. No le gustaba que lo adularan y ese comentario le hizo recuperar su aplomo.

Fue bueno que sucediese en ese momento, porque al segundo siguiente, los labios de Lucius estaban sobre los suyos, intensos, seguros del recibimiento que tendrían. Claro que no se equivocó, antes que el aturdido cerebro de Severus hiciera alguna intervención, su boca actuó por iniciativa propia, y pese a que jamás en su vida había besado o sido besado por alguien, respondió cediendo el paso.

Era extraño que incluso cuando sentía el corazón a punto de estallar, Severus pudiese guardar algún punto de coherencia detrás de lo que estaba sucediendo. Sentía las manos de Lucius sujetándolo, una en su cadera, otra aferrándole el rostro, como si pensase que iba a escapar, y la lengua inquieta y experta investigando todo el interior de su boca. Por unos breves instantes, se dejó guiar en esa experiencia, y cuando sus labios fueron liberados, enfocó sus ojos negros en Lucius, permaneciendo en silencio, con el rostro pétreo e inexpresivo.

- ¿Es el pago que pides por lo de esta mañana?- preguntó impertérrito, y alcanzó a ver la sorpresa cruzando por el rostro del rubio.

- ¿Y si dijese que sí?

- Entonces ya tienes lo que viniste a buscar... Lárgate y déjame en paz.

Había conseguido dominarse justo a tiempo. Ya era bastante con la humillación de Potter, si Malfoy pensaba que por haberlo ayudado podía obtener cualquier cosa de él, estaba bastante equivocado. Todavía le quedaba algo de orgullo.

- Mi orgulloso Snape...- ronroneó Lucius, sin hacerle caso -. Tal como lo esperaba, orgulloso, inteligente y controlado...

Severus intentaba no mirarle la boca, pero si no lo miraba allí, terminaba mirando sus ojos y eso parecía todavía peor.

- No, mi hermoso Severus. No es el pago por lo de esta mañana.

Antes que pudiese continuar, Severus intentó liberarse del abrazo que todavía lo mantenía junto a Lucius.

- Entonces ve a jugar a otro lado, Malfoy. Yo no tengo tiempo para esto... Y no soy ‘hermoso’, así que puedes ir a burlarte de algún otro.

Intentó zafarse, pero los brazos del rubio lo sujetaron con más fuerza, y una vez más la sensual boca se oprimió contra la suya, derritiendo toda su resistencia de a poco.

- La voluntad, Severus...- dijo, todavía contra sus labios -. Es lo que distingue a los hombres, y mi voluntad es más fuerte que todo lo que digan los demás. Yo digo que eres hermoso, y lo eres; porque ésa es mi voluntad...

La seguridad en la voz de terciopelo, y la vehemencia en las manos que empezaron a recorrer su cuerpo, hicieron que Severus le creyera por completo. Y mientras lo besaba de nuevo, una de aquellas manos se introdujo dentro de la bata, acarició leve y sensualmente su entrepierna, allí donde la tela de la ropa interior empezaba a tironear de forma bastante molesta.

Ante el inesperado contacto, Severus jadeó dentro del beso, pero no hizo nada por evitarlo. Jamás había pensado que iba a encontrarse en semejante situación, pero no quiso ahondar demasiado en el asunto. Se presentaba, y él iba a aprovecharlo, aún cuando supiese que tal vez no volviese a repetirse. Entonces, mientras introducía sus propias manos dentro de la hermosa bata verde, Severus se permitió acariciar el cuerpo que tantas veces había deseado a la distancia, y buscó los labios de Lucius, reclamándolo con ansiedad.

Durante unos instantes, el abrazo fue estrecho, la fricción intensa y perturbadora, y al separarse ambos jadeaban. Severus nunca imaginó que él pudiese despertar el deseo en otro, pero al mirar a Lucius, fue eso lo que vio en sus ojos. Deseo... Podía distinguir la lujuria, pero no parecía ser ése el caso. Prefirió creer que era deseo.

Los blancos dedos del rubio deslizaron la bata de franela color marrón para encontrar el camisón con el que Severus dormía. El mago de pelo oscuro tuvo una repentina vergüenza por la prenda tan poco erótica que usaba para dormir, y casi esperó que el elegante Malfoy se burlase de él, pero no hubo tal burla. Como si fuese una prenda que él acostumbrase ver, sólo la subió con absoluta eficiencia hasta que estuvo amontonada en su pecho. Deslizando los dedos lo instó a subir los brazos para quitarla, cosa que Severus hizo sin replicar. Sí, lo mejor era deshacerse de esa prenda horrible.

Entonces recordó sus interiores grises pero Lucius no le dio tiempo para avergonzarse por ellos, porque se lanzó hacia sus labios como si fuese lo único que le interesara hacer. Y cuando la mano del rubio apretó su endurecido miembro por encima de la tela, olvidó por completo aquella prenda, deseando tan solo poder desecharla cuanto antes.

Con algo de indecisión, Severus deslizó las manos dentro de la tela del pijama de Lucius, preguntándose si dentro de los planes de aquél estaban el permitirle tocarlo. Parecía que sí, porque no se opuso cuando el moreno arañó suavemente la piel tersa.

Sin previo aviso, Lucius se separó de él, dejándolo jadeante y confundido, pero al segundo siguiente, se encontró de bruces sobre el escritorio donde había estado trabajando. Aunque tenía una idea de lo que venía a continuación, Severus no tenía ningún tipo de experiencia previa; sin embargo, no iba a admitirlo bajo ningún concepto. Sintió el cuerpo de Lucius apoyándose sobre el suyo, el aliento del mago en su cuello, sus labios recorriendo sus hombros, mordiéndolo de vez en cuando con suavidad y la firme dureza que presionaba entre sus nalgas.

Una vez mas, las manos blancas se deslizaron por sus flancos y enganchándose en el elástico de sus interiores, los bajaron hasta que aquellos se deslizaron solos hasta sus tobillos. Eran una molestia, y Severus los apartó pateándolos. Al hacerlo, la mesa tembló y también el caldero que bullía a un costado. Un rincón de su mente registró el peligro si aquello hervía fuera de control. Estiró la mano y apagó el mechero. Por una vez, tenía algo más importante en qué pensar que una de sus pociones.

El contacto de los dedos entre sus nalgas lo puso en alerta, pero suspiró ante el toque experto. Algo fragante y ligeramente líquido se deslizó por su hendidura y una vez más los dedos lo esparcieron casi con gentileza. La intrusión fue inesperada y dolorosa, y Severus gimió pero Lucius no se amilanó por ello. No hubo más preparativo. Antes que pudiese pensar alguna otra cosa, aquel dedo fue reemplazado por algo pulsante y rígido que se introdujo en él con un solo empujón.

Severus encajó los dientes para no dejar escapar el grito, pero hundió las uñas en la madera del escritorio y resistió. Dolía, y dolía mucho, pero sabía que así debía ser. Intentó relajarse para que su cuerpo se acostumbrase a la invasión, pero Lucius se retiró y empujó de nuevo. Ahora, el rubio lo mantenía sobre el mueble con una mano sobre la espalda y la otra en su cadera, y cuando repitió el movimiento por tercera vez, Severus ya no sintió tanto dolor y el gemido fue una mezcla de sensaciones extrañas porque además de lo que sucedía detrás, su propio miembro, erguido y tieso, se restregaba contra la madera ante cada embestida, sumiéndolo en una marea de excitación.

En poco tiempo, el ritmo del movimiento se intensificó y de pronto, Lucius le tomó el cabello desde la nuca, obligándolo a erguir la cabeza y girarla. Cuando lo tuvo así, se hundió plenamente en él y al mismo tiempo atrapó sus labios, hundiendo la lengua en su boca y haciéndolo suyo por completo. La descarga caliente llenó las entrañas de Severus, y en respuesta, su propia eyaculación manchó el escritorio.

Ambos quedaron exhaustos y tendidos sobre el mueble, escuchando solamente los jadeos entrecortados y rápidos.

Así había sido su primera vez. Sin palabras de amor, sin promesas, ni nada que pudiese crear falsas expectativas. Lucius le enseñó un conjuro rápido para limpiarse, y lo ayudó a vestirse. No hizo ningún comentario con respecto a su inexperiencia o las evidentes muestras de que él había sido el primero, pero le preguntó si sentía dolor. De alguna manera se había preocupado por él.

Podía haber sido el peor día de su vida, pero sin duda también le había traído la mejor noche de su existencia.

Severus apuró el contenido de la copa y decidió que la siguiente tenía que ser de algo fuerte.

Sin embargo, había servido. Lucius le había dicho que era hermoso porque él así lo deseaba, y Severus lo había creído. A partir de ese día, seguía vistiendo sus ropas negras, pero ahora las llevaba erguido y orgulloso, sabiendo que a Lucius le gustaba así. Y al día siguiente el mago rubio le había mandado un obsequio que Severus abrió con cierto recelo. La caja contenía unos cuantos pares de bóxers de seda negra. Desde ese momento, desechó para siempre los interiores grises.

Toda su vida cambió a partir de ese momento.

Pese a que Lucius salió del Hogwarts ese año, se encontraban en Hogsmeade; se convirtieron en amantes casi oficiales y siempre, después del sexo, Severus escuchaba embelesado las palabras del mago rubio que lo adoctrinaba en su nueva creencia.

“Es un hecho, Severus... La mezcla con los muggles nos ha debilitado, tenemos que mantener la pureza de la sangre mágica. No es posible que sigan naciendo ‘mezclados’ que lo único que hacen, es degradar el potencial mágico...”. O sino, era: “Se necesita un suceso extraordinario para que la mente de los magos cambien, Severus. Surgirá un nuevo poder, alguien a quien podremos seguir y que romperá los grilletes de la mente y liberará las ideas... Elevará a los magos al lugar que les corresponde, seremos fuertes y dejaremos de ocultarnos de los muggles como si tuviésemos alguna enfermedad vergonzosa...”

Era un futuro promisorio y extraordinario, y Severus, una vez más, creyó en Lucius, en sus promesas de gloria, y lo siguió. Ese año, fue presentado a Lord Voldemort, quien lo introdujo en ‘El Juego’.

Severus dio un generoso trago al whisky que se había servido y trató de olvidar esa parte. ‘El Juego’ era el modo en que Voldemort seleccionaba a sus seguidores de más confianza, y él, en aquel momento, lleno de ambición y deseos de poder, se prestó a eso.

Realmente creyó en poder conseguir todo eso, pero la realidad fue otra. Voldemort se reveló en algo muy diferente, Severus lo sospechaba y lo comprobó el día asistió a una incursión a un poblado muggle.

Lo que sucedió en ese lugar excedió todas las nociones de crueldad que el mago tenía como conceptos establecidos. No había palabras que pudiesen describir lo que el grupo de Mortífagos había hecho con esos desgraciados que habían cometido el único error de nacer sin magia.

Las escasas viviendas de ese poblado ardían en el fuego sin humo de los ‘Flamare’ que los Mortífagos repartían sin detenerse a observar si lo que ardía en las verdes flamas era un hombre, una mujer o un niño. Más lejos, un hombre y un niño miraban con verdadero horror el caos producido por esos extraños individuos enfundados en sus túnicas negras y amparados en las máscaras.

De pie junto a ellos, la figura oscura se recortaba con nitidez contra el fondo de la noche y los resplandores verdes del fuego.

- ¡Crucio!

Los gritos del desgraciado muggle se alzaron por encima de las llamas crepitantes, pero ajeno a eso, Severus mantuvo el hechizo durante interminables segundos. Sabía la terrible agonía que ese hombre estaba pasando, alguna vez también lo había sufrido en manos de Voldemort, y se esforzó por mantenerlo un poco más. Si el infeliz se desmayaba, tal vez saldría con vida de esa locura.

- Termina con eso de una vez. Sé que es divertido, pero debemos irnos- dijo la suave voz de Lucius junto a su oído -. El Amo deseará oír nuestro reporte.

- Claro...

Como los restantes Mortífagos comenzaban a desaparecer del sitio luego de borrar los rastros de forma conveniente, Lucius se impacientó. Apuntó directo a los dos muggles y con perfecta inexpresión lanzó su conjuro.

- ¡Knallen!

Estallaron. Sólo el férreo autocontrol que Severus siempre mantenía, consiguió hacer que la expresión de su rostro no mostrase nada en absoluto cuando trozos de esos muggles saltaron en todas direcciones, salpicándolo con toda clase de fragmentos.

Como si eso hubiese sido nada más que un trámite sin importancia, Lucius giró y caminó un par de pasos antes de mirar por encima del hombro.

- ¿Vienes o no?

Al día siguiente, con esas imágenes todavía frescas en su mente, Severus había ido a ver a Dumbledore. Una cosa era desear un cambio drástico en todo el Mundo Mágico, y otra muy diferente aniquilar niños haciéndolos estallar. Ningún cambio podía sustentarse en el asesinato. Severus sentía que estaba a punto de estallar tal como aquellas víctimas.

Por un lado, no quería traicionar a Lucius. No le interesaba Voldemort, que a esas alturas ya se evidenciaba como el perfecto desquiciado que era, sino Lucius. No le causaba ningún pesar espiar al resto de los imbéciles y despiadados que seguían a ese loco principal, pero con Lucius era diferente.

A pesar de todo, todavía se sentía ligado a él.

Voldemort seguía manipulando a todos y entre ellos a Lucius, que obedecía sin chistar. Y sin chistar, se casó con Narcissa, tal como le fue ordenado.

Como si fuese una burla, Severus y Narcissa se llevaron bien, pero eso quizás se debió a que la nueva señora Malfoy no amaba a su esposo, y la relación de Severus y Lucius jamás había sido completamente oficial.

A veces las reuniones en la Mansión Malfoy parecían maquiavélicas puestas en escena de una obra de teatro, donde el trío se sentaba en el fastuoso desayunador con paredes de cristal que daban al parque y conversaban con aparente mesura y cierta elegancia, mientras que por debajo de la mesa, Lucius acariciaba la pierna de su amante con el rostro inexpresivo en presencia de su esposa.

Y en cuanto el esposo desaparecía del sitio, Narcisa aprovechaba para confiar a Severus todos sus descubrimientos acerca de su marido. Por supuesto, ella era como todas las muchachas de familia de abolengo, consciente de su deber para con su esposo. El hecho de saber que Lucius pertenecía a los seguidores de aquel Señor Oscuro, no revestía demasiada importancia. Por lo que ella sabía, la mayor parte de su propia familia también lo era, incluyendo a su hermana Bellatrix, y contando como única excepción conocida, su primo Sirius.

Lo que en ocasiones la preocupaba era la persistente obsesión de su esposo por tener un heredero, un hijo que siguiese sus pasos a todo nivel. Era claro que ella se lo proporcionaría sin oponerse, si bien no estaba enamorada de su marido, tampoco lo aborrecía, lo de ellos era una simple unión conveniente, tal como podía esperarse de un matrimonio concertado.

El nacimiento del hijo de Lucius fue un motivo de alegría para el Señor Oscuro, quien veía en él un posible sucesor. Para Lucius, fue un momento de triunfo, por fin tenía su heredero. Para Narcisa un nuevo motivo de preocupación, porque aunque su esposo no significase gran cosa para ella, venía a descubrir que su hijo sí era algo por lo que debía velar.

Y para Severus fue un trago agridulce.

Pese a que los matrimonios entre seres del mismo sexo habían dejado de ser una novedad algunas décadas atrás, los embarazos masculinos, propiciados en forma exclusiva por conjuros y pociones fertilizantes, aún eran muy arriesgados y la mayor parte de las veces no llegaban a buen término. De otro modo, jamás hubiese aceptado que Lucius se casara con Narcisa, aunque eso significase que hubiese debido ser él quien llevara adelante un embarazo. Y hubiese faltado ver la opinión de Lord Voldemort en todo aquel asunto, pues sin duda Lucius hubiese acatado sin vacilación cualquier orden dada por aquel.

El punto culminante de la situación, fue cuando Lucius lo escogió como padrino de Draco, su hijo. El día que hicieron su presentación en sociedad, la pantomima llegó a su cúspide. Junto al suntuoso escritorio donde estaba abierto el libro de la familia Malfoy, donde sería anotado el nombre del nuevo integrante, estaban los tres: el padre, la madre y el amante del padre; aunque a la vista de todos, el tercero solo venía a ser el padrino del niño. Si Narcisa supo alguna vez de la relación que Severus mantenía con su esposo, jamás lo reveló, demostrando así que era una dama, o bien que no le importaba. Tal vez lo único que le interesaba era que alguien ocupase a su esposo en la cama para que durante las noches él no la importunase a ella.

Lo gracioso del asunto fue que Severus se enamoró de forma automática de esa criatura, porque era una pequeña réplica de Lucius y ya que no podía tener a su padre frente a todos, se contentaba con sostener al bebé en sus brazos. Y a todos les hubiese extrañado que lo hiciese sin mostrar el rostro agrio y gruñón que exhibía ante las actividades que le disgustaban. Dado su carácter hosco y retraído, procuraba no hacerlo en público, por lo que a nadie le pasó por la mente que a él podía agradarle ese niño.

Para sus adentros, prometió cuidarlo y se convirtió en su protector.

Cuando Voldemort sufrió su primera derrota, Lucius se mantuvo en silencio, consiguió proteger su imperio y su prestigio. Esa fue la mejor época que Severus recordaba de la relación entre ambos. Narcisa se enfrascaba en el cuidado de su hijo, en sus viajes y compras y los dejaba solos durante muchos días.

Con Voldemort fuera de sus vidas, Severus se sentía en la gloria cuando podían pasar juntos un fin de semana en la Mansión. Hacían el amor en cualquier sitio, sin que les importase nada, después de todo, sólo los elfos domésticos circulaban por allí y ellos no dirían nada acerca del señor de la casa.

Mirando el asunto retrospectivamente, Severus se dio cuenta que las cosas habían empezado a enfriarse cuando Draco entró en Hogwarts. El carácter del niño había sido normal hasta ese momento, pero cuando lo vio entre los recién llegados, se dio cuenta del cambio. No tardó en darse cuenta de lo sucedido: Lucius tenía un nuevo discípulo.

Fue la primera vez que discutieron de manera horrorosa acerca de las ideas que estaba implantando en la mente del niño, y Lucius en forma categórica le había recordado que él no era el padre, lo cual fue un doble tormento para Severus que se hizo a un lado, ofendido hasta lo indecible. Continuó de esa forma hasta el día que Voldemort regresó en forma definitiva durante el Torneo de los Tres Magos.

Con él regresaron las alocadas ideas de Lucius y su intención de presentar a su hijo con el Señor Oscuro. En ese momento, aunque ninguno de los dos dijo nada, la ruptura fue definitiva.

El hielo se había derretido por completo en el vaso de whisky y Severus lo tomó de un solo trago sintiendo el calor del líquido bajando hasta su estómago.

- ¿Era el segundo o tercer whisky...?- se preguntó, pero al mirar la botella se dio cuenta que debía ser al menos el cuarto.

Un año antes del Torneo, había vuelto a ver a Lupin, quien resultó ser diferente cuando no estaba acompañado de los otros dos imbéciles. Siempre había sido el único que Snape había podido diferenciar en su sistemático odio por ese grupito.

Ahora que tenía el contenido de varios vasos de whisky en su estómago, un recuerdo más pareció salir a flote.

Ese año se lo había pasado vigilando a Lupin, día y noche, todas sus actividades, cada uno de sus pasos... Todo un largo año de observar sus costumbres, su andar, su amable trato con todos, la eterna sonrisa que ofrecía pese a que luego de cada luna llena, los dolores debían ser casi intolerables y sin proponérselo en realidad, cada gesto era comparado con el único referente que tenía: Lucius. No era que Lupin saliese ganando con la comparación, pero eran diferentes. Lupin no temía mostrar sus sentimientos, Lucius era indescifrable, jamás dejaba entrever lo que había en su interior. Remus dispensaba a todos y a todos aquel trato cálido y cordial, sin importar quien fuese, Lucius solía ser cordial... eso significaba que su ocasional acompañante era lo bastante distinguido como para merecerlo. Diferentes, diferentes... Como el día y la noche, el sol y la luna.

Ese año, durante una tarde, cuando se suponía que todos los estudiantes autorizados habían ido a Hogsmeade, había pescado a Potter en alguna de sus andanzas. Después de que Lupin saliera automáticamente en defensa del mocoso, salieron de su despacho sin dedicarle siquiera una mirada. Fue mejor, porque luego de un instante de vacilación, Snape salió tras ellos.

Se mantuvo lo bastante alejado como para no ser visto, pero eso también le impidió escuchar lo que hablaban entre ellos, luego Lupin se separó del resto y regresó con paso cansino rumbo a sus habitaciones. Sin saber todavía por qué, Snape siguió tras él, olvidado por el momento de Potter. Lo vio meter la mano al bolsillo de la túnica, sacar el mapa y observarlo con aire melancólico. Si no hubiese estado tan lejos, hubiese podido jurar que el licántropo tenía los ojos brillantes, como si un recuerdo particularmente doloroso viniera en ese pergamino.

En ese momento supo que había algo más que lo llevaba a vigilar tan estrechamente a Remus. Era que deseaba verlo, pero era demasiado pronto para admitir algo así. Ese año, Lupin volvió a encontrar a Black, de hecho lo encontraron juntos y presenciar el reencuentro en la Casa de los Gritos, había rememorado algunos viejos odios en Snape y solamente con un vaso de whisky en la mano pudo reconocer para sí mismo que cuando delató a Black, lo hizo con el único propósito de alejarlo de Lupin, para que aquel no volviese a trotar detrás de él como lo hacía antes de que lo mandasen a Azkabán.

Fue inútil. Remus volvió a convertirse en la sombra de Black, y como sucede a menudo, cuando Lupin no estuvo en Hogwarts, Snape se permitió admitir que era una presencia que echaba en falta. No tardó demasiado en volver a verlo, el licántropo iba con cierta regularidad a la mansión de la calle Grimauld, donde la Orden del Fénix tenía su base. En ese tiempo, Severus se dio cuenta que sus sueños, aquellos que solían estar reservados a Lucius habían empezado a tener otro protagonista.

Solo que el nuevo personaje que llenaba algunas de sus fantasías, solía estar indefectiblemente acompañado por Sirius Black.

Siempre Sirius, siempre Black en medio.

- Hace tres años que lucho contigo, Black- dijo, en voz alta a la oscuridad de la noche -. Conseguí que Remus ya no desee morir, pero en nombre de Merlín... ¿No podrías dejar de rondarlo de una maldita vez...?

Mejor no seguía bebiendo, era lo más aconsejable o al día siguiente su humor sería de lo peor y no era adecuado que el Director de Hogwarts apareciese en el desayuno víctima de una formidable resaca.

Dejó el vaso a medio terminar sobre la mesita y se puso de pie.

- No voy a rendirme, Black, te lo advierto...- insistió -. Dios sabe que no voy a desistir... Aunque me tarde toda la vida.

Y cuando ya iba camino a sus habitaciones, un par de suaves golpecitos en su puerta lo hicieron girar...

 

 

 

Capitulo 3

Volver a empezar,
Que aun no termina el juego
Volver a empezar
Que no se apague el fuego
Queda mucho por andar
Y que mañana será un día nuevo
Bajo el sol...

~o0o~

Remus se detuvo en medio del pasillo, justo frente a la puerta y dudó un poco, pero luego tomó aire y dio un par de golpecitos mientras pensaba en las explicaciones que daría a esa actitud. Esperó sin que se escuchase del otro lado ninguna respuesta.

“Tal vez ya se fue a dormir...” pensó y alzó la mano para intentar una vez más, pero la puerta se abrió en ese momento.

El rostro asombrado de Severus fue memorable, no esperaba ver a Remus reapareciendo luego de su pequeña huida. Recompuso su expresión tan pronto como pudo, pero se quedó allí parado en el umbral sin saber muy bien qué vendría a continuación.

- Yo... Cambié de opinión... ¿Aún deseas ofrecerme ese trago...?- preguntó con suavidad.

- Claro, Remus- dijo Severus y le franqueó el paso.

Apenas entró en las habitaciones, Remus se sintió cómodo. Ya las conocía, pero ahora las veía de un modo diferente. Severus era ordenado y meticuloso. El escritorio tenía sus plumas acomodadas en orden y los pergaminos cuidadosamente apilados para ser leídos y contestados. Los estantes con libros lucían impecables, los tomos ordenados por temas y encuadernados con bastante lujo, no había ropa tirada por los sillones ni nada que alterase el perfecto orden de la habitación.

Severus le ofreció asiento en uno de los mullidos sillones de la salita, reparó mientras reparaba en la delgada camisa de Remus y en que estaba descalzo. Meneó la cabeza y encendió la chimenea aunque a él no le hiciese ninguna falta.

- Gracias- dijo Remus, consciente de todas esas pequeñas atenciones que eran sólo para él.

- ¿Qué quieres tomar?- preguntó Severus, recordando la razón de la visita.

- ¿Qué estabas tomando tú...?

- Whisky de Fuego, pero creo recordar que no te gustaba... ¿Licor de chocolate, tal vez?- aventuró.

No, esa noche Remus no deseaba nada que pudiese traerle recuerdos. No porque fueran malos, sino porque deseaba cosas nuevas. Negó suavemente.

- No... Tienes razón, el whisky no me gusta demasiado. No me gustan las bebidas amargas.

- Déjame ver qué tengo por aquí...

Severus se metió detrás de un mueble y extrajo unas cuantas botellas asombrando al licántropo por la variedad de bebidas que el hombre guardaba allí, aunque si debía ser sincero, todas ellas estaban llenas, como si el mago no las hubiese tocado nunca.

“Un trago preparado por un profesor de pociones debería tener las porciones exactas de todo...” pensó divertido, mientras veía cómo Severus mezclaba líquidos en un recipiente.


Por fin, el hombre dio por terminada su mezcla y se acercó a Remus, extendiéndole un vaso alto en tanto sostenía en la otra mano otro para él. Remus miró el líquido rojizo y lo probó mientras Severus tomaba asiento en el sillón, cerca, pero no lo suficiente como para tener contacto. El licántropo sabía que era así debido a lo esquivo y distante que él había sido hasta ese momento, actitud que planeaba remediar muy pronto.

- Delicioso- dictaminó porque realmente estaba riquísimo y tal como pensaba, tenía la cantidad justa de todo.

Por unos instantes, ambos permanecieron en silencio, un poco incómodos, sin saber con exactitud qué hacer o decir para no estropear una situación nueva. Hasta que como de costumbre, o tal vez porque él era así, Severus rompió el silencio.

- ¿Por qué regresaste, Remus...?

El licántropo sabía que tarde o temprano esa pregunta iba a llegar, y tratándose de Severus, sería más bien temprano. Bebió otro trago de ese licor tan rico pensando y tratando de elegir las palabras adecuadas para explicarse.

- Tal vez... para explicarte los motivos de mi vergonzosa huida...- murmuró sonriendo -. Sí... creo que en principio es para eso.

Una ceja oscura se levantó apenas en una pregunta muda y esperó, tal como venía haciendo desde hacía tres años.

- Es que... Cuando estábamos hablando hace un rato y mencionamos el asunto de cuidar ocasionalmente a Rowan, recordé que era lo mismo que Sirius y yo solíamos hacer cuando James y Lily tenían que ausentarse... Eso me trajo recuerdos, y sin pensar demasiado hice lo que vengo haciendo desde hace tiempo... Correr a recordar un rato, llorar un poco y sentirme horrible por un par de días hasta que vinieras a sacarme de mis habitaciones...

El rostro de Severus era impenetrable, pero seguía con toda su atención las palabras de Remus, porque él sabía muy bien que ése era el proceso normal. Lo había visto y seguido durante esos tres largos años de lucha. Esta vez, sin embargo, la voz del licántropo no se oía apesadumbrada, parecía relatar los sucesos con una perspectiva diferente y eso hacía que él le prestara mucha más atención que hasta entonces.

- Y cuando llegué a mis habitaciones, me puse a recordar... Y pasó algo que ya me había sucedido, pero yo no me había dado cuenta... Recordé... pero los recuerdos no dolieron como antes... Eran imágenes que me traían dulzura o cariño, pero ya no dolían... y no tuve ganas de llorar, ni de quedarme allí rodeado únicamente de recuerdos. Me di cuenta que quería estar... aquí...

Remus hizo una pausa y agradeció interiormente que el recinto estuviese tan poco iluminado, porque la luz escasa ayudaba a atenuar un poco la inhibición momentánea y tal vez también a disimular el calor que sentía en las mejillas y que con seguridad le estaba poniendo color a su rostro.

“¿Lo hice...?” pensaba Severus, tratando de controlar el júbilo interno que pugnaba por salir al exterior. “Quizás por una vez, Remus prefirió mi compañía a la de tu fantasma, Black...”

No era una revancha, era una pequeña victoria contra la amarga depresión y la tristeza desesperada que durante años habían clavado sus garras en Remus, y contra las que él había luchado a brazo partido para que no lo ganaran. Antes que pudiese decir algo más, Remus siguió hablando tan suavemente como siempre lo hacía.

- Creo que... hace tiempo que quiero dejar de llorar... Él...- no hizo falta que volviese a mencionar su nombre porque ambos sabían quien era ‘él’ -. Significó mucho para mí, y no podía resignarme a dejarlo ir... Pero creo que sé cuando pude empezar a despedirme... Ambos sabemos desde cuando...

Sentado a su lado, Severus intentó un acercamiento, tomando la mano delgada y blanca en la suya. Sin hacerse ilusiones, sin esperar retribución para no sentirse defraudado si no la recibía, preparado para sentir que Remus la retiraba como solía hacer casi siempre, evitando cualquier contacto físico que pudiese implicar un sentimiento. Pero en esa ocasión, no hubo huida y para su absoluto asombro, los dedos finos se cerraron sobre los suyos oprimiéndolos con calidez y seguridad.

Sí, los dos sabían desde cuándo y sin mencionarlo podían recordarlo bien.

La tercera noche, la peor, cuando la transformación de Remus era feroz y despiadada y no había mucho que la Poción Matalobos pudiese hacer, Severus lo había llevado a la habitación vacía que tenia para esos efectos. Después de asegurarse que no dejaba a mano nada que pudiese usar para dañarse, le ayudaba a quitarse la ropa, le daba una manta para que se cubriese, lo acomodaba en el jergón de paja limpia y nueva y salía. Ésa era la rutina de las noches de transformación desde que cuidaba de él.


Ya había comprobado que su presencia era absolutamente detestada por el lobo, que al parecer guardaba una memoria mucho más detallada que el hombre acerca de cómo eran sus anteriores relaciones. Hubiese dado cualquier cosa por poder quedarse y compartir con Remus esas noches, pero tenía que ser sensato. El animal que surgía de la transformación lo odiaba y probablemente lo odiaría siempre, así que no era buena idea quedarse. Tampoco era una opción probar convertirse en animago a su edad. Si él hubiese sido diez años más joven tal vez hubiese podido intentarlo, pero ahora ya no era recomendable. Severus sabía a la perfección los desastres que podía causar el fracaso de ese intento.

“Y aunque lo consiguiera, puede que el lobo no aceptase mi compañía...” razonó cerrando la puerta con una tranca pesada y sentándose en el suelo junto a ella a esperar, como siempre.

En algunas ocasiones anteriores, el lobo se había puesto tan violento que con un poco de reticencia por las consecuencias que eso le traía a Remus luego, Severus abría y lanzaba un Aturdidor sobre el animal, para que no se lastimase, pero en general prefería no hacerlo. Los dolores que aquejaban al licántropo luego de esas noches en particular solían quebrantar mucho su salud. La recuperación luego era mucho más lenta y definitivamente más penosa.

Escuchó el primer gemido de dolor proveniente desde el interior y apretó las manos sobre su túnica. No sólo era un martirio para quien estaba dentro. Él, que debía quedarse afuera, también sufría por la impotencia ante tanto sufrimiento.

En general, las últimas palabras del hombre, lo último que Remus gritaba antes de que el grito se transformase en aullido, era ese nombre, el nombre de Black, porque en el paroxismo de la agonía que la transformación le causaba, recurría al recuerdo de aquel amor para enfrentarla. La última vocal siempre terminaba en un aullido lastimero, largo y desgarrador que retumbaba en las piedras de la habitación, en cada corredor cercano y sobre todo, en el cerebro del mago que esperaba afuera. Severus se preparó para oírlo, pero esa noche, el grito fue distinto.

-¡Noooooo!

El cambio sorprendió a Severus, pero no se detuvo demasiado en ello. Unos minutos después, escuchaba las pisadas leves merodeando a través de la habitación, registrando junto a las paredes, rascando el piso y finalmente olfateando su presencia a través del resquicio que quedaba bajo la puerta. El gruñido precedió a los ladridos, y el sonido de las garras intentando penetrar la madera y la piedra del piso para salir. Severus se hizo a un lado para no darle lugar a que siguiera olfateando su rastro tan cercano y comenzó la noche.

Sentado en la fría piedra, Severus dormitó un poco. Un par de veces despertó sobresaltado al escuchar el topetazo duro contra la puerta y el aullido de dolor por el golpe, pero luego el lobo pareció comprender que así no iba a conseguir más que lastimaduras y desistió. Severus volvió a dormir.

En la angustiosa espera que la transformación terminase, el mago había aprendido a presentir la llegada de la aurora. Masajeando sus músculos doloridos por la postura y el frío del suelo, se puso de pie y escuchó, colocando su oído sobre la madera de la puerta.

Silencio.

Esperó un momento más. Ya en una ocasión había creído que la transformación había cesado y había entrado desprevenidamente. Apenas había conseguido escapar del ataque del lobo que acechaba a un lado de la puerta. Ya no tenía edad para aventuras, así que ahora lo tomaba con mucha más cautela.

Todo había terminado por fin. Entró despacio y convocó la luz mágica que inundó el recinto. Severus apretó las mandíbulas y se armó de paciencia. En un rincón de la estancia vacía, Remus estaba desnudo y desmayado, como siempre en medio de un revuelo de paja seca y los jirones de la manta con que se cubría y que invariablemente el lobo destrozaba a dentelladas. Lo cubrió con su capa y tomándolo en brazos lo sacó de ese lugar para llevarlo a sus habitaciones, donde podría iniciar el ritual de limpiarlo y curarlo con comodidad.

Después de cerrar la fea herida que había dejado en la frente uno de los topetazos, curó con mucho cuidado las manos, cuyas uñas estaban rotas y sangrantes luego de intentar infructuosamente rasguñar las piedras de muros y piso. Al menos esa vez no se había mordido a sí mismo. Le hizo beber una poción para que los dolores no fuesen tan tremendos y se sentó junto al lecho a esperar. De nuevo.

Parecía que su existencia se había transformado en una sucesión interminable de esperas. Esperar que Remus mejorase, que dejase de llorar, que dejase de desear morir, que despertase, que...

Esperar, siempre esperar y cuando como en esas ocasiones, Remus finalmente despertaba, abría apenas los ojos y sus labios dejaban escapar un único nombre, un nombre que nunca era el suyo. Era el de él.

Severus sacudió la cabeza para quitar esos pensamientos y se inclinó para despejar la frente de un puñado de cabellos grises. El mechón se había hecho más visible en los últimos tiempos, pero eso lo hacía ver más atractivo. Ante el toque, los párpados temblaron y dieron paso a las doradas pupilas que lo enfocaron con algo de esfuerzo. Severus retiró la mano antes que él retirase la cabeza.

Era preferible así. Sin hacerse ilusiones, sin esperar nada; pero los ojos de sol lo obnubilaron por un segundo y él dejó escapar su confesión, aún sabiendo que en ese estado, era seguro que Remus luego no recordase sus palabras. La respuesta a aquella pregunta que Remus le había hecho casi dos años atrás y que recordaba con tanta claridad.

“Siempre me odiaste... ¿Por qué te interesa tanto lo que me pase, Snape...?”

- Te amo, por eso lo hice...- murmuró.

Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, giró para ir a buscar algo, o simplemente para alejarse de ese hombre que derribaba sus defensas más sólidas con una mirada. Sabía que la realidad no tardaría en abofetearlo desde los labios de Remus, en cuanto los abriese para llamarlo a ‘él’, al fantasma omnipresente.

- Sev...

Y Severus se detuvo en seco, sin atreverse a creer que por fin era su turno, que por una vez, sí lo habían llamado a él.

- No te... vayas...- gimió Remus y fue más que suficiente para que él se quedase a su lado todo el día, toda la tarde y toda la noche.

Esa noche, Remus no sólo había luchado y vencido a los recuerdos sino que había ido hasta allí para estar con él. Tal vez por fin hubiese llegado el momento de dejar de esperar.

Y Remus también tenía cosas por preguntar, porque a pesar de la decisión que interiormente había tomado y que pensaba llevar a cabo hasta el final, todavía tenía pensamientos que lo rondaban y que no dejaban de presentarse desde hacía varios días. Con más precisión, desde el día en que los dos habían ayudado a Draco a encontrar y rescatar a Harry, porque no podía olvidar la figura estilizada y rubia tan cerca de Severus, segura al acercarse, sabiendo que el mago de cabello negro no haría nada para rechazarlo, tan cerca que era imposible no notarlo.

- Severus... Durante el rescate de Harry, te encontré hablando con Lucius. Por un momento, tuve la impresión de estar interrumpiendo algo...- la mirada de Remus era bastante seria y en eso, Severus supo que la respuesta que diese sería muy importante para ambos -. ¿Interrumpí...?

- De hecho... sí. Lucius parecía tener en mente reclutarme nuevamente en sus filas... y en su cama.

Esa frase pareció sorprender un poco a Remus, aunque no demasiado.

- Él había desaparecido… Yo... creí que ustedes ya no...

- Hace tiempo que ya no, Remus. Pero la relación que tuve con Lucius siempre fue un tanto extraña... Nunca tuvo un principio oficial, ni un final oficial... De hecho, ni siquiera llegó a ser ‘oficial’ en ningún aspecto... Quizás por eso Lucius no acepta que ha terminado.

- ¿Estás seguro de eso...? Porque no quiero... – Remus tomó aire para admitir lo que ahora sabía que era su primer pequeño brote de celos -. No puedo competir con el glamoroso señor Malfoy.

- Nadie puede, Remus...- admitió Severus y añadió rápido antes que sus palabras fuesen malinterpretadas -. Ahora sabes cómo me siento compitiendo con el increíble señor Black.

Tres años antes, Severus nunca se hubiese animado a decir algo semejante, y tres años antes, Remus nunca hubiese aceptado oír algo así. En cambio ahora, el licántropo sonrió suavemente y asintió. Ahora podía entender muchas cosas.

- ¿Está terminado...?- preguntó en un murmullo.

- Por completo. Hace años.

- Bien- aceptó Remus, sin dudar.

Durante unos segundos más, el silencio volvió a imponerse mientras Remus bebía lo que quedaba de su trago y Severus se preguntaba cómo demonios proceder. Jamás se había sentido tan desvalido, tan carente de armas. Fuera de Lucius, había tenido algunos amantes ocasionales, pero ninguno lo bastante importante para él. Apenas un intercambio de sexo rápido y placentero que no necesitaba cuidados ni seducción de ningún tipo, sólo sexo pasajero. Si hubiese sido su antiguo amante, Severus hubiese sabido exactamente cómo proceder, pero nunca había tenido que seducir.

Un poco nervioso, Remus esperaba algo, entonces supo que no debía esperar. Durante tanto tiempo había esquivado y ahuyentado las escasas demostraciones de afecto que Severus tenía con él, que no era raro que el mago de cabello oscuro estuviese expectante y reticente, sin saber cómo proceder. Tendría que ser él quien diese el primer paso, y recordó luego de años, que el valor era lo que había caracterizado a la Casa a que había pertenecido. Dejó el vaso sobre una mesita cercana y se volvió a hacia él.

- ¿Vas a besarme, o tendré que ser yo quien lo haga?

Severus casi sonrió.

- Así que el antiguo Gryffindor finalmente muestra sus garras...

Fue ligeramente incómodo para ambos, acercarse hasta que sus labios se encontraran, pero una vez que eso sucedió, el resto fue fácil. Remus tenía algo de temor a que en ese momento crucial, los labios de Severus fuesen demasiado similares al recuerdo de otros labios sobre los suyos, pero pudo despreocuparse por eso casi al instante.

Demandante y firme, así fue como sintió ese primer contacto, y era tan distinto al modo en que Sirius lo besaba que en ningún momento su mente los conectó y pudo disfrutar plenamente la cálida invasión de su boca plegándose al beso sin culpas.

Severus no terminaba de creer la suavidad de los labios que finalmente conseguía probar. Eran más deliciosos de lo que había imaginado en sus sueños y mucho, mucho más cálidos. No opusieron resistencia a su ataque y eso era nuevo para alguien que siempre había tomado por asalto la boca de Lucius.

Muy despacio, acomodaban sus posiciones para que fuese más fácil, y sin proponérselo en realidad, Severus lo recostó en el sofá. En cierto modo esperaba que Remus se negara a ello, pero tampoco sucedió, aunque de momento, él no se animase a hacer algo más arriesgado que deslizar la mano derecha por el costado de su cuerpo en tanto la izquierda se tomó el atrevimiento de llegar hasta el rostro y viajar hacia la nuca, donde sus yemas se deleitaron con el tacto del suave cabello de esa zona. Ninguna de todas sus experiencias previas le servía para nada ante esa situación.

Remus no había sentido hasta ese momento la abstinencia de esos largos tres largos años. El dolor de su corazón lo había anestesiado y privado de reacciones físicas durante ese lapso, pero su cuerpo parecía despertar de pronto de ese letargo al contacto de otro y sentía claramente el tirón de la necesidad por primera vez en tanto tiempo. No quería pensar más porque había pasado demasiado tiempo pensando y por ello, afirmó sus brazos en torno a los hombros de Severus acercando su cuerpo al otro hasta que el calor pudo extenderse entre ambos, inclusive a través de las telas. Disfrutó el calor íntimo y masculino que emanaba del otro mago.

Severus intentó separarse en ese punto. Si el hombre seguía abrazándolo así no podría contenerse, y por una vez no deseaba prisas y arrepentimientos. No se reconocía en esos pensamientos, pero por una vez quería algo duradero, algo firme y seguro. ¿Qué más daba negarlo? Quería para sí lo mismo que todos parecían conseguir sin esfuerzo y a él le había sido negado durante tanto tiempo.

- No creo... no creo que sea buena idea, Remus...- jadeó.

Pero si esperaba un reproche, recibió una nueva sorpresa.

- Sí lo es. Creí que nunca volvería a desear a nadie, Severus... Y te deseo, te deseo a ti...- Remus esbozó una sonrisa tímida ante esas palabras que nunca había dicho a nadie más que a Sirius -. Ya no somos niños, Severus... Hemos perdido mucho tiempo y ya no quiero perder más... ¿Acaso no pensaste que esto podía pasar cuando me abriste la puerta...?

Remus maniobró sus brazos y con dedos hábiles empezó a desabotonar la blanca camisa del otro mago permitiéndose sonreír mientras Severus pensaba que de todas las posibilidades que había barajado al abrir la puerta esa noche, ésta que le tocaba vivir en ese momento, ni siquiera le había pasado por la mente.

- Supongo que te hubiese dado muy mala impresión si cuando me preguntaste a qué había regresado, yo te hubiese dicho: a que me hagas el amor... ¿No...?- se puso serio al posar sus manos en el pecho levemente cubierto de vello negro -. Ese día, cuando desperté de la transformación, escuché lo que dijiste.

- ¿Escuchaste...?

- Y recuerdo. A la perfección… Así que ya ves: yo creo que sí es buena idea... Ámame, Severus... Me lo dijiste tantas veces… que puedo volver a empezar... Te juro que quiero creerte, demuéstrame que puedo creerte. ¿Podemos intentarlo... juntos...? ¿O el juego ha terminado para ti...?

Desesperadamente, antes de sucumbir por fin al íntimo deseo de que todo eso fuese verdad, Severus buscó con su mirada el rostro del otro mago, buscó bucear en ese mar dorado antes de dejarse tragar por él y encontró la calmada serenidad que alguna vez había contemplado en el pasado. Y lo que más lo embriagó fue saber que esa serenidad había regresado por él.

Severus se puso de pie y desde allí extendió su mano al otro mago.

- Por supuesto que el juego no ha terminado...

El licántropo se incorporó y tomó la mano que se ofrecía, como tantas veces en esos años, permitiendo que lo llevase a través de la ordenada salita hasta la habitación, caminando sin prisas, con plena confianza. Y con la misma confianza, apenas atravesada la puerta, dejarse abrigar y besar nuevamente, suspirando cuando sus labios se convirtieron en presa fácil y tierna para los dientes del otro mago. Fue entonces cuando Severus vino a descubrir que los botones de las camisas no se arrancaban de un tirón, sino que se desabrochaban muy lentamente, recibiendo un besito sobre la piel luego de cada uno en premio a la paciencia demostrada.

Mientras capturaba de nuevo los labios sedosos de Remus entre los suyos, dejó correr sus manos por el cuerpo delgado y probó hacer lo mismo que habían hecho con él, pero ante la dificultad de sus dedos para lidiar con los minúsculos obstáculos, optó por hacer lo que siempre había hecho: tiró de la tela y los insolentes opositores saltaron por el aire permitiéndole el libre acceso al pecho de piel pálida.

- No tienes paciencia, Severus Snape...- murmuró Remus entre risitas, mientras lo recostaban en el lecho de sábanas negras y sentía el electrizante escozor que producía en su piel la sombra de la barba oscura.

- ¿No...? ¿Entonces qué diablos he tenido durante tres años...?- bufó Severus, luchando de nuevo con el cinturón y la cremallera del pantalón del licántropo.

Por fin consiguió abrirlo y lo deslizó a través de las piernas junto con la ropa interior, sin perder esa oportunidad para que sus dedos recorrieran ansiosos toda esa piel tan suave. Había esperado tres años y esos últimos minutos se estaban haciendo eternos. Agradeció que Remus no tuviese zapatos, sino seguro también hubiese tenido que luchar con las agujetas y eso hubiese sido definitivamente demasiado.

Cuando sintió la boca de Severus ascendiendo a través del lado interno de sus muslos, Remus pareció sacudido por la sensación pero abrió las piernas para facilitarle la tarea, ansioso que llegase a destino lo antes posible. Luego de un ascenso enloquecedoramente lento, los labios se posaron en la suave curva de sus caderas y de forma inconsciente, él las levantó intentando prolongar el contacto. Le sorprendió oír una risa grave y tenue en respuesta a ese movimiento, un sonido profundo y sugerente que le recordó el calmado gorgoteo de las aguas de los manantiales.

En realidad, no sabía que Severus era capaz de reír.

- ¿Así que el impaciente soy yo...?- dijo, y se dedicó a repartir sus atenciones sobre el vientre plano, la ingle y los alrededores de aquella zona que ya evidenciaba su entusiasmo elevándose sobre la mata de vellos rubios. Luego dejó de hablar, su boca ocupada en suministrar un placer intenso y húmedo, en saborear por primera vez la carne cálida y sentirla endurecer entre sus labios.

Pero no quería que todo terminase tan pronto, y dejó a la víctima de sus ataques, erguida y brillante, para prodigar sus atenciones en otros sitios. Dejó un camino de húmedos besos a través del abdomen, aprisionó entre sus dientes los pezones rosados y los mordió sintiendo cómo ante su toque, se convertían en duros guijarros ligeramente salados, siguió esparciendo besos por los hombros y el cuello hasta llegar de regreso a los labios rojos y entreabiertos que lo recibieron con inesperado vigor.

Toda esa actividad había puesto el cuerpo de Severus perfectamente alineado con el de Remus, y al hundirse en sus labios, el contacto fue pleno y embriagador. Lo sorprendió un poco el contacto firme de las manos de Remus sobre sus nalgas aún enfundadas en los pantalones, oprimiéndolas hacia sí.

Las dos despiertas erecciones necesita ban encontrarse con desesperación, así lo evidenciaban los ahogados gemidos de los dos hombres.

Luchando con las ganas de seguir hundido en la boca de Remus, Severus se irguió y se puso de pie para apresuradamente desabrochar su propio cinturón, puesto que la camisa había sido desechada largo tiempo atrás.

- No te apresures tanto...- murmuró Remus, que se había incorporado sobre sus codos y estaba disfrutando contemplar el cuerpo frente a él.

Bien, era posible que Severus supiese que su rostro no era precisamente atractivo, pero no tenía quejas de su cuerpo. Era delgado y los últimos años había tenido buen cuidado de no engordar. Los músculos de su abdomen se marcaban levemente, no tenía panza como muchos magos de su edad, tenía caderas estrechas y espalda amplia. Hubiese querido que sus brazos fuesen un poco más musculosos de lo que eran, pero nunca tenía tiempo para ejercitarse lo suficiente, y aquellos eran un poco delgados pero no carentes de fuerza.

Y los ojos dorados lo miraban con deseo. Con un deseo que él había visto únicamente en otros ojos, en otro mago que ahora ya no estaba con él. Quitó ese recuerdo de su mente lo más rápido que pudo. Si en ese momento le hubiesen preguntado qué era más difícil, si luchar contra alguien que ya no estaba, o contra la imagen de alguien que continuaba cerca, no hubiese sabido qué responder.

La visión de Remus, expectante, hizo el milagro de esfumar esos interrogantes para volver a enfocarse en su tarea. Bajó la prenda hasta sus tobillos y se libró de ella, para erguirse muy despacio, un poco avergonzado de su palpitante erección que pulsaba con mucha más impaciencia de la que convenía demostrar. Pero fue el licántropo, quien en esa ocasión extendió su mano para invitarlo con un murmullo sugerente y prometedor.

- Ven...

¿Qué otra invitación necesitaba? Había ansiado ese momento durante tanto tiempo que hubiese querido extenderlo y disfrutarlo por siglos, pero su mente práctica le decía que en cuanto la piel de su cuerpo tocase la de Remus, la electricidad lo golpearía con fuerza. Así que en previsión a eso, se acomodó sobre él poco a poco, muy despacio, sintiendo primero el contacto de sus piernas.

Remus se dejó caer hacia atrás y disfrutó la sensación de sentir las piernas de Severus posándose sobre las suyas. Él no tenía demasiado vello, pero el mago moreno sí y era increíblemente erótico sentir el roce de aquella leve aspereza en su piel. Los muslos fuertes se apoyaron en los suyos y a continuación las dos despiertas hombrías por fin se encontraron. Pese a que su deseo más ardiente era abandonarse a la experiencia, Severus se mantuvo sobre sus brazos y con algo de desesperación, Remus levantó su cuerpo para hacer más pleno el encuentro.

- Por favor... Sev... Otro día... lo hacemos despacio...- pidió, enredando sus brazos en el cuello del otro mago, intentando atraerlo hacia sí.

Remus no quería plantearse demasiado si parecía muy desesperado, lo único que deseaba era dejar atrás el pasado. No olvidar, pero sí seguir adelante. Feliz, descubría que el fuego no se había extinguido con su antiguo amante, todavía tenía amor para dar y estaba feliz de darlo. Y más feliz aún estaba por saber que había alguien dispuesto a recibirlo.

Esa frase: otro día lo hacemos despacio, era lo mejor que Severus podía oír en ese momento. Así que Remus lo consideraba en serio para seguir juntos... Otro día... Mañana, cuando fuese...

Cediendo al abrazo, Severus dejó su cuerpo reposar por completo en el otro y casi de inmediato supo que, o bien se apresuraba, o ambos iban a terminar antes de tiempo, porque Remus se mecía y se friccionaba contra él, lo incitaba a que hiciera su parte permitiéndole ubicarse entre sus piernas y sus lentos suspiros llegaban dulcemente a sus oídos.

Sin mayores rodeos, ya que ninguno de los dos lo hubiesen soportado, empujó su carne tiesa contra la entrada que se le ofrecía, contemplando el rostro ruborizado de su amante crispándose un poco. Se detuvo con cierto temor a causarle daño.

- No... no te... detengas...

Así que Severus cedió a su impulso y empujó con fuerza, abriéndose paso en esa estrechez que no había tenido ocupante en tanto tiempo. Remus se mordió el labio para resistir el embate, sintiéndose vivo de nuevo, todo su cuerpo palpitando en ese pequeño momento de dolor que lo prepararía para el placer que vendría luego.

Con un empujón más, estuvo dentro por completo y entonces se inclinó para alcanzar los labios de Remus. Aquel gimió dentro del beso y aquello lo estimuló aún más que las manos del licántropo, que lo aferraban con fuerza y lo recorrían por completo.

‘Otro día lo hacemos despacio...’ había sido la promesa de Remus, de manera que Severus se aplicó a moverse con ímpetu, dando a sus embestidas distinto ritmo y descubriendo que Remus se adaptaba con facilidad y rapidez.

Y fogosidad.

Las piernas blancas del licántropo se cerraron en tenaza sobre las caderas del mago moreno, oprimiendo su cuerpo y en respuesta, los gemidos y el movimiento se acrecentaron aún más. Iban en ascenso por una espiral maravillosa, manos, labios, piernas, todo actuando en conjunto para alcanzar la cúspide al mismo tiempo.

Jadeos, gemidos, pequeños gritos pidiendo más y dándolo todo, uñas dejando surcos rojizos sobre la piel sudorosa y caliente. Severus jamás pensó que Remus podía ser tan ardiente, Remus jamás pensó en encontrar en Severus un amante tan cuidadoso. Y todavía quedaban tantas cosas por descubrir uno del otro...

Los dos cuerpos se tensaron al máximo, y el líquido espeso y blanco de Remus se esparció entre ambos, en tanto sentía sus entrañas inundándose con aquella misma sustancia tibia al punto de sentirla escurriendo en parte al exterior.

Agotados, los dos colapsaron entre miembros enredados y húmedos pero satisfechos, y así continuaron unos minutos más, mientras los pulmones volvían a tomar su ritmo habitual, sin dejar de hacer correr los dedos por el cuerpo, tratando de retener con el tacto, la memoria de ese momento.

Severus consiguió reunir un resto de fuerza para salir de la cálida cápsula que lo abrigaba y se ubicó a un lado sin dejar ir el cuerpo que tanto había tardado en conseguir. Como si fuese lo más natural del mundo, Remus se acomodó dentro de los brazos que lo aferraban y se acurrucó en esa tibieza.

Su cuerpo todavía palpitaba y se estremecía por el reciente orgasmo, y el ardor en la parte inferior le recordaba el desenfreno con que había sucedido, pero se sentía feliz.

- Te hice daño- murmuró Severus, a quien no había pasado desapercibido el pequeño rastro de sangre dejado en las sábanas.

- No... Es que había pasado mucho tiempo... Demasiado... Y fue maravilloso.

- ¿Estás seguro?

- Oh, sí... Fue maravilloso- aseguró Remus, sonriendo.

- No hablaba de eso- protestó Severus, dándole una ligera palmada en el trasero -. Me refería a...

- Shh...- indicó el mago de cabello dorado, imponiendo silencio con su mano sobre los labios del otro -. No te preocupes, estoy muy bien. Hace mucho que no estaba tan bien... ¿De acuerdo...?

Severus asintió y la mano fue reemplazada con labios de seda. Después, Remus volvió a acomodarse a su lado.

- ¿Qué dirá Potter cuando se entere?- preguntó Severus en voz alta, casi sin darse cuenta.

- ¿Qué dirá tu ahijado?- retrucó Remus -. Merlín... ¿Qué dirán las autoridades cuando sepan que te has enredado con un licántropo...?

- Los tiempos han cambiado, Remus. No dirán nada... Puede que no les agrade mucho, pero no podrán hacer nada al respecto. Y yo soy bastante mayor como para saber lo que quiero.

“Y te quiero a ti...” fue la frase que lanzó el cerebro de Severus, pero que sus labios no estaban preparados para modular de nuevo.

- Te harán la vida imposible...

- ¿Estás buscando una excusa para alejarte?- preguntó de pronto.

- No...

- Entonces deja de preocuparte por ellos. Yo me ocuparé cuando haga falta... Todo estará bien, Remus, ya verás... Mañana será un día nuevo.

Le parecía casi imposible estar diciendo esas cosas, él que nunca había guardado ilusiones por nada, solamente para no sentirse defraudado al no conseguirlas; pero al mismo tiempo supo que ambos estaban aferrando una oportunidad nueva que se les ofrecía. Muchos no tenían esa segunda ocasión así que no debían dejarla escapar. Después de tantos sinsabores, de tantas ilusiones muertas y esperanzas fallidas, podían seguir adelante y hacerlo en compañía de alguien.

Remus era su presente, era un amor confiable y tierno, un sentimiento al cual podía abandonarse sin temor. Severus estrechó el abrazo del cuerpo cálido en espera de una respuesta a ese gesto.

Al sentir ese apretón, Remus supo que era una pregunta sin palabras. Durante todo ese tiempo, no había concedido ni un pensamiento a su antiguo amante y en esos instantes, el licántropo supo que por fin podía dejarlo ir.

“Nunca dejaré de amarte, Sirius… Y espero que allí donde estés, puedas ver que una vez más estoy de pie y que es Severus quien me ayuda a eso… Que he aprendido a amarlo, no con la misma pasión que compartimos tú y yo, pero de un modo más calmado… Creo que aunque no aceptes del todo mi elección, al menos estarás feliz por mí…”

Posó sus labios sobre la piel del pecho en el cual descansaba, y se arrebujó a su lado.

Podía hacerlo, podía aferrarse a la vida, amar y ser amado de nuevo. Ésa era la clave fundamental para seguir adelante. Los dos tenían mucho para ofrecerse mutuamente, había mucho camino por recorrer para ambos... Severus tenía razón, siempre la había tenido.

Día por día, un día a la vez.

 

 


FIN

Abysm

Índice

Main

HP