- Nox.

Había nevado pero en aquel momento, la noche estaba clara, estrellada y particularmente fría, por lo que en cuanto se metió bajo las mantas, el otro ocupante se acurrucó al instante a su lado.

- Brr... Tienes los pies fríos- protestó Harry.

- Estuve apagando las luces de la mansión...

- ¿Y tenías que hacerlo descalzo?

- Esperaba que te ofrecieras a calentarme...- Draco lo abrazó -. Como parte del regalo de Navidad...

- Aún no es Navidad- puntualizó Harry, no obstante sus manos empezaron a masajear cálidamente la espalda enfundada en el pijama -. ¿Seda para una noche fría...?

- Mmm... Sí... ¿Eso no te dice nada?

- Síp, que te dará frío hasta que den las doce- bromeó Harry, y se atajó apenas vio el ceño que empezaba a fruncirse -. De acuerdo, de acuerdo... Estás muy lindo, el pijama es nuevo, lo noté... Pero siempre has estado mejor sin él.

- No podía apagar las luces de la mansión en cueros -. protestó Draco.

Harry rió suavemente y lo abrigó en sus brazos mientras pensaba y el rubio notó eso.

- Un knutt por tus pensamientos...

- Uf, pensé que un Malfoy tendría más para ofrecer.

- Si los pensamientos fuesen de otro Sly podríamos regatear, pero tratándose de un Gryffindor... Estoy absolutamente seguro que estabas recordando algo, posiblemente relacionado a la fecha, y como tus ojos están brillando, calculo también que el recuerdo era agradable.

- A veces me asusta que me conozcas tanto.

- Me pasé casi siete años odiándote, dedicándome a conocerte para hacerte la vida imposible... Soy un Malfoy, todo lo hago perfecto o no lo hago. Te odié perfectamente, ahora te amo perfectamente.

- ¿Así de simple?

- Claro.

Por unos instantes, Harry respiró con deleite el perfume del cabello de su pareja, disfrutando el momento.

- Tenías razón. Estaba recordando la primera Navidad que pasamos juntos...

~Flashback~

Era un caos en plena Noche Buena. La idea de Voldemort para atacar Hogwarts en esa fecha, justo cuando estaban en séptimo, había resultado en una batalla descomunal.

Dumbledore jamás estuvo tan preparado como en aquel momento, perfectamente al tanto de los planes del Señor Oscuro a través de la impecable labor de Severus. Hogwarts era un hervidero de Aurores, y miembros de la Orden del Fénix. Cuando Voldemort atacó, se encontró con esa pequeña sorpresa.

Eso no lo hizo retroceder, frenético, enloquecido buscó a Harry, y pese a la labor de todos los profesores del colegio para mantenerlo lejos, finalmente se encontraron.

Y tal como había vaticinado la profecía, solo uno podía sobrevivir.

Desesperado, Draco corría por los corredores, consciente que ése podía ser el último momento en que vería a Harry.

“Harry... Maldición... Mi vida era más simple cuando eras ‘Cara Rajada’... Ahora vivo con el corazón en el puño pensando que puedo perderte... Si es que no te perdí ya”

Redobló la velocidad, corrió y corrió hasta sentir que cada bocanada de aire que entraba en sus pulmones era ardiente y picante. Escuchó pasos corriendo tras él y eso sirvió para correr todavía más rápido si era posible. Subió los tramos de escalera que iban hacia la Torre de Astronomía a los saltos y por unos instantes se detuvo.

La escalera terminaba en un espacio oscuro, porque el sitio donde debería estar la puerta, era un montón de escombros en medio de una nube de polvo. Una suave brisa le indicó que había algún sitio por donde cruzar y cuando lo encontró prácticamente se arrojó por el estrecho espacio sin que le importase otra cosa más que llegar.

La noche lo recibió del otro lado y cuando se puso de pie, alcanzó a ver el remolino de magia sin control que era Harry. Un torbellino que terminó de diseminar en el aire, lo que quedaba de Voldemort. En ese momento, Harry giró hacia él y alcanzó a verlo antes de derrumbarse.

Draco llegó junto a él para tomarlo en sus brazos, un poco atemorizado porque todavía sentía el poder emanando del moreno, pero consciente también que no había peligro para él.

Parecía estar tan herido que el rubio tenía miedo de moverlo demasiado, pero al mismo tiempo, sabía que debía llevarlo donde pudiesen curarlo.

- No me dejes, Harry... Recién empezamos a llevarnos bien...- murmuró apoyando los labios contra la piel transpirada de la frente, apretándolo mientras sentía que las lágrimas lo ganaban de a poco -. Mañana es Navidad... Dijiste que tenías un regalo para mí... No quiero regalos, lo único que quiero es que te quedes conmigo...

Los pasos que lo venían siguiendo resultaron ser los de Remus, que también buscaba a Harry. Se acercó muy despacio y consiguió convencer a Draco que debía soltarlo, que lo mejor era llevarlo a San Mungo. Luego de unos minutos, los tres desaparecieron de lo alto de la Torre.

Pese a unos cuantos dolores, Harry despertó y sintió su mano aprisionada bajo algo de cierto peso. No mucho, pero que le impedía moverla. Dirigió sus ojos hacia el sitio y encontró la mejilla de Draco apoyada sobre su mano. Lo miró durante largo rato, porque el rubio dormía, evidentemente hacía mucho tiempo que estaba así.

Movió apenas los dedos, todo lo que se lo permitía el peso del rostro para comprobar la suavidad de la mejilla y con ese movimiento, las pestañas rubias, platinadas se agitaron un poco, y poco después dieron paso a la inmensidad gris que había estado escondida detrás de los párpados.

La leve sonrisa que afloró en los labios era una gloria, y Harry se encontró diciéndose que así debían sonreír los ángeles.

“O los demonios justo antes de hacer alguna travesura...”

Lo único importante era que Draco le regalaba esa sonrisa solamente a él. Así como antes había sido el único destinatario de la sonrisa socarrona y despectiva que precedía inevitablemente al conocido ‘Potter’, pronunciado de forma casi insultante; ahora, la diáfana sonrisa tenue, casi imperceptible pero genuina y sincera, también era solo para él.

- Pensé que dormirías durante toda la Navidad...

Harry sonrió. Por supuesto que ésa era una frase que podía esperar de Draco. Entonces recordó algo.

- Creo que no tengo tu regalo de Navidad... Lo tenía en la túnica, y Voldemort me arrojó algo que la deshizo...

- Bueno, en ese caso, estamos a mano.- comentó Draco, y una vez más Harry pensó en diablillos haciendo travesuras.

- ¿Qué quieres decir...?

- Bueno, yo sí tengo tu regalo, pero creo que no estarás en disposición de... hacer el debido uso de él por ahora.

- ¿Qué era?

Lánguidamente, Draco se izó hasta él, y con cuidado atrapó los invitantes labios instándolo para que tomase el control del beso, de esa enloquecedora forma que solo él podía hacer, como si estuviese concediendo un favor inconmensurable. Cuando se alejó, el ruborizado rostro moreno continuó envuelto en la magia del beso por unos cuantos segundos más.

- Yo- ronroneó en su oído, deslizando su lengua por los pequeños vericuetos del pabellón -. Envuelto en papel transparente... Con una tarjetita que dijese... ‘Contenido intacto, abrir sólo en Navidad’... Y adivina de qué estratégico lugar colgaría esa tarjetita...

- Merlín...- jadeó Harry, de solo pensarlo, sentía bastantes cosas bullendo en su interior -. ¿Y qué te hace pensar que no podría... disfrutar de mi regalo?

Sin dejar de sonreír, el rubio deslizó la mano dentro de las mantas, acarició el pecho y descendió. Apretó apenas las costillas bajas, y con eso, Harry dio un respingo de dolor.

- Ow... Eso fue trampa...- la mano cruzó del otro lado y repitió el procedimiento, causando similar reacción -. Muy bien... De acuerdo, entendí el punto...

- Así que no te preocupes...- dijo, irguiéndose antes de inclinarse otra vez sobre su boca -. Cuando salgas de aquí, yo te daré mi regalo; y estoy seguro que tú me darás el tuyo.

- No te quepa la menor duda...- masculló Harry, antes de perderse en el beso.

~o0o~

Harry desabrochó con bastante experiencia el pijama de seda para acceder al pecho suave. Depositó un besito leve en el hombro antes de regresar a su posición original sin soltarlo.

- Fue un estupendo regalo de Navidad- recordó sonriendo y en la oscuridad, supo que también Draco sonreía -. Y era cierto... El contenido estaba intacto.

- Por supuesto- replicó aquel.

Otra vez el silencio ganó la inmensa habitación y Draco miró los inmensos ventanales. Afuera estaba nevando otra vez y seguramente hacía mucho frío. Buscó el calor del cuerpo de Harry, que siempre parecía una enorme fuente de tibieza.

“Gryffindor calenturiento...” pensó, pero no lo dijo, porque ésa era una de las cualidades que más apreciaba de su pareja.

Había sido una buena lucha convencer a Harry para que fuesen a vivir allí, y en cierto modo, no podía culparlo.

La Mansión Malfoy tenía un importante caudal de magia oscura rodeándola, pero eso no era irreversible. Con Lucius en Azkabán, la posesión de todas las propiedades Malfoy pasó al único heredero de la familia, y siendo todavía muy joven, Draco se encontró propietario de muchísimo más de lo que jamás imaginó.

Poco a poco, deshicieron hechizos, se libraron de todo lo que pudiese estar relacionado con la magia oscura. Lo único que Draco no consintió en desvalijar, fue la biblioteca de la mansión. Los libros que había allí, eran auténticos tesoros aunque contuviesen cosas poco convenientes. Con algo de insistencia y ‘persuasión’ consiguió que Harry respetase ese sitio.

Además, muchos de esos libros servirían en la carrera que su pareja había escogido.

Después de esa cruenta batalla, todos esperaron que el Gryffindor se inclinara hacia la Academia de Aurores, pero Harry quería desentenderse de una buena vez de todo lo que implicase magia oscura, mortífagos o cosas similares. Para asombro de todos, solicitó ingreso en la Universidad de Medicina Mágica y con voluntad y mucho estudio, se recibió de medimago.

“Y es muy bueno... Sus pacientes lo adoran...” pensó Draco orgulloso, porque no solo era un medimago respetado y querido, sino que también era un investigador infatigable.

Fue su turno para recordar la noche de Navidad que el Ministerio de Magia había otorgado un importante premio a los dos investigadores más prestigiosos del Mundo Mágico.

~o0o~

La voz de Arthur Weasley, el nuevo Ministro de magia, resonó en el Aula Magna de la Universidad, donde un sinfín de magos y brujas de diferentes y recónditos lugares del mundo atestaban el sitio. En una esquina, los reporteros no daban abasto para tomar fotografías y entrevistar personalidades, pero ante el anuncio volvieron sus cámaras hacia el palco.

- Es un enorme placer para mí, entregar la Orden de Merlín, Primera Clase, por Logros Destacados en el campo de la investigación, a los dos magos que han hecho posible el tratamiento y la cura de la licantropía en magos infectados. El profesor Severus Snape, doctorado en Pociones Avanzadas y el doctor Harry Potter, especializado en Conjuros y Hechizos de Tratamiento.

El aplauso hizo temblar las paredes del edificio y los dos nombrados, sentados a la mesa donde los habían ubicado, comenzaron a pelearse por ver quién era el primero en subir al palco.

- Adelante, Potter... Estás más acostumbrado a la fama...- gruñó Severus, ante la regocijada mirada de su ahijado.

- Muérete, Severus... Siempre quisiste la Orden de Merlín... Es tu oportunidad. Hasta te la otorgan por una buena razón.

- Cretino, la Orden es para los dos, tienes que venir conmigo.

- ¿Tolerarás estar a menos de dos metros de mí sin soltar alguna de tus observaciones capciosas?- preguntó Harry, mirándolo de soslayo.

- Haré lo posible... Al menos mientras estemos allí arriba. No quiero quedarme solo en ese palco.

- ¡Oh, terminen de una vez, los dos!- susurró Draco, a medias divertido y a medias hastiado por ese cuento de nunca acabar -. Están esperando a ambos, así que por amor a Merlín dejen de discutir y vayan a traer esa condenada porquería, así nos podemos ir a casa.

Y como el carácter de Draco amenazaba con ponerse realmente peligroso, los dos dejaron de discutir y se comportaron civilizadamente durante el resto de la cena.

El regreso a casa fue festivo y se puso más festivo en cuanto Harry cerró la puerta del dormitorio tras él. En cuestión de minutos, la ropa de ambos quedó diseminada por todo el cuarto y los gemidos llenaron el recinto durante gran parte de la noche.

Y a la mañana siguiente, cuando estaban desayunando; la sorpresa de Navidad tocó a sus puertas de forma totalmente inesperada.

Pese a la gran cantidad de sillas y cómodos sillones y divanes que tenía esa habitación, Harry mantenía a Draco sentado sobre sus piernas, e insistía en hacer que comiese parte del pastel que tenían frente a ellos.

- Estás muy delgado, amor... – decía el moreno, mientras intentaba colar un trocito de pastel entre los labios apretados.

- Tú también y yo no te obligo a comer.

Las puertas del salón se abrieron con demasiado ímpetu, pero ninguno de los dos esperaba ver la figura de impecable túnica en verde oscuro, casi negro. El cabello rubio, ahora con ligeras trazas de plateado en las sienes, se dejaba caer hasta los hombros, y aunque ya no tuviese el brillo de antaño, no dejaba de ser llamativo, como el porte de distinguida elegancia que los años en Azkabán parecían no haber menguado ni un ápice.

Muy despacio, Draco sintió que la mano que Harry había mantenido en su cintura, se separaba para hacerlo levantar con firmeza pero lentamente, sin quitar la vista ni un segundo del personaje que terminaba de entrar y miraba la escena con expresión helada.

- ¿Metiste a éste... en MI casa...?- fue la pregunta gélida que quebró el silencio.

- ¿Padre...?- fue el murmullo incrédulo de Draco, que no podía creer lo que veía -. ¿Cuándo...?

- ¿Cuando salí de prisión? No fue hace mucho, pero me temo que no fue lo bastante rápido. Por lo visto no tardaste nada en meter gentuza en MI casa.

Con un gesto, Draco detuvo la respuesta que estaba a punto de salir de los labios de Harry.

- Te recuerdo que cuando te llevaron a Azkabán, me convertí en destinatario de la herencia Malfoy, esta mansión, entre otras cosas...- comentó Draco.

- Si no supiese que tienes lo suficiente como para vivir con decencia, Potter; diría que te acuestas con mi hijo para acceder a la fortuna Malfoy- continuó Lucius, como si no hubiese oído nada de lo que estaba diciendo su hijo.

- Si usted no fuese el padre de Draco, no hubiese tenido oportunidad de decir semejante cosa... Como bien dijo, no necesito de ‘su’ dinero para vivir, mucho menos para mantenerme o brindar a Draco todo lo que quiera.

- Harry, por favor, no...

Draco no sabía cómo hacer para que eso no siguiera adelante. Conocía bastante del carácter de su padre como para adivinar que estaba tratando de desquiciar a su pareja, obligarlo a saltar. Lo que le estaba dando un poco de temor, era el brillo extraño que empezaban a tener los ojos del moreno, con una clara advertencia de peligro.

En esos momentos, recordó algo que no venía a su mente con frecuencia, porque Harry nunca solía enojarse tanto con él; Draco nunca había sabido exactamente cómo su pareja consiguió terminar con Voldemort.

Cuando él llegó a lo alto de la Torre de Astronomía, solo alcanzó a ver los últimos restos del que fuera el Señor Oscuro, pero nada más. Lo único que recordaba bien era la sensación de un inmenso poder flotando en el aire. Ahora sentía que esa misma sensación empezaba a condensarse alrededor de Harry y supo que si había algún enfrentamiento allí, no sería su pareja la que saldría peor parada.

Decididamente se plantó en medio de los dos.

- Muy bien, padre es suficiente. Sé que no te agrada que lo eligiese justo a él, se que detestas a Harry y no te pido que lo comprendas; solo te pido que aceptes mi decisión. No sigas adelante...- se volvió hacia el moreno, pero aquel no le prestó atención.

Los ojos verdes seguían fijos en Lucius, rehusándose a separar la mirada como si no hubiese en la habitación nadie más que ellos dos.

- Harry... Mírame... Te está provocando, no entres en su juego, por favor, amor...

- Increíble...- la voz de Lucius volvió a restallar como un látigo -. Mi hijo, un Malfoy está rogando por mi vida a un sang...

- ¡Cállate!- gritó Draco sin dejar de mirar a Harry -. Harry, por favor... Es mi padre a pesar de todo... Si pelean, y lo matas, no podré perdonarte. Hazlo por mí...

Cuando la mirada de Harry regresó finalmente a Draco, la sensación de peligro se atenuó, y el rubio se sintió rodeado por una calidez que el moreno solo le dispensaba a él. Un poco más aliviado, deslizó su mano a través del brazo fuerte que lo había estado sujetando minutos antes y desembocó en la varita que de algún modo apareció entre los dedos de Harry. La tomó en su mano y la puso en su bolsillo, luego caminó resueltamente hacia Lucius y extendió la palma hacia él, en un gesto inequívoco.

- Debes estar ebrio si piensas que voy a dártela- siseó el mago adulto.

- Sí vas a dármela, porque si le haces algo, padre; te prometo... No, mejor aún, te juro que no volverás a saber de mí, renunciaré a todo, usaré el apellido de mi madre. Me convertiré en un Black y jamás volveré a verte. No volverás a saber de mí.

La mención a ese cambio de apellido, pareció escandalizar en verdad a Lucius, que debió ver también en esos ojos, tan parecidos a los suyos, la determinación a hacer lo que estaba prometiendo. Con un bufido, dejó la varita en las manos de su hijo.

- Ahora, los dejaré solos unos minutos. Espero que lleguen a algún tipo de entendimiento... Y espero encontrarlos vivos a los dos cuando regrese- dijo y se encaminó hacia la puerta.

Cuando la cerró a sus espaldas y se apoyó en ella, el corazón le golpeaba tan fuerte, que hubiese podido jurar que se escuchaba desde afuera.

Apenas el rubio desapareció, los dos magos se miraron con evidente disgusto. Al parecer el simple hecho de compartir una habitación ya era pedir demasiado.

- Maldición, Lucius..- empezó Harry -. ¿Es necesario esto? Voldemort ya no está. ¿Qué sentido tiene que siga en esa posición que solo consiguió acarrearle consecuencias tan nefastas?

- Oh, por Merlín... Si hasta aprendiste a hablar... El Niño Dorado de Dumbledore se convirtió en un verdadero caballero.

- No contestó mi pregunta- dijo Harry, negándose a caer en la provocación.

- Principios, Potter, principios... ¿Te dice algo esa palabra? ¿Nunca se te ocurrió pensar que Voldemort podía tener razón, y los sangre su... mezclada son un detrimento para los magos de raza pura?

- Lo que sé, es que los matrimonios entre magos ‘sangre limpia’ conllevan a que con el tiempo se produzca irremediablemente una endogamia que no solo no potencia el caudal mágico, sino que tal como en los muggles, deviene en malformaciones y aumento de la aparición de Squibs.

- Condenado seas... ¿Tienes que hablar en difícil? Bastante tuve escuchándote anoche para aguantarte también hoy.

Antes que Harry pudiese terminar de asimilar esa frase, Lucius siguió.

- El casamiento entre magos de ‘sangre limpia’ no produce malformaciones.

- Sí lo hace... Es inevitable que con el tiempo, terminen casándose entre primos, incluso entre medios hermanos o con algún otro grado de parentesco cercano. La aparición de Squibs en familias de sangre limpia, ha sido más frecuente en los últimos tiempos.

- No creo eso.

- Que lo crea o no, no es importante. Son hechos y eso es todo- apuntó Harry pero no había olvidado la frase anterior -. ¿Estuvo anoche en la entrega de los reconocimientos?

- Por supuesto, Potter. Quería ver a mi hijo, aunque te cueste creer eso.

- No me cuesta, solo me sorprendió... Se habrá dado cuenta que pese a su recuerdo, la gente estima a Draco. Está haciendo cosas muy buenas con su herencia.

- Filantropía, me imagino... Dándole dinero a muertos de hambre que...

- Algo de eso hay- lo interrumpió -. Él financió la investigación que Severus y yo hicimos sobre la cura de la licantropía. La presea que nos dieron a ambos no hubiese existido de no ser por su hijo, Lucius.

- Así que finalmente conseguiste curar a Lupin...

- Mas o menos. Remus ya es demasiado adulto para que la cura sea completa, pero tendrá una vida muy agradable a partir de ahora.

Por unos segundos, Lucius no habló y Harry se dedicó a esperar. Todavía no podía creer que estaba manteniendo una conversación medianamente civilizada con ese hombre que había causado tanto daño en el pasado.

No, tenía que dejar esos recuerdos de lado. Era el padre de Draco y aunque le costase sangre, tenía que intentar tolerarlo, solo por el amor que le tenía a su hijo.

- Que algo te quede claro, Potter- dijo Lucius finalmente -. No me caes bien, la sola idea de imaginarte poniendo tus manazas sobre MI hijo, hace que me enferme, literalmente...- detuvo con un gesto cortante la evidente protesta que empezaba a salir -. Pero es evidente que a él le agrada... Merlín... Es claro que no heredó mi buen gusto... En fin, lo que quiero decir, es que en algo tienes razón. Voldemort ya no está, y parece que los tiempos cambian... Y lo sabio es cambiar con ellos…

De pronto, miró hacia la puerta.

- Ya puedes dejar de escuchar, Draco... No vamos a matarnos. No hoy, al menos.

Muy despacio, la puerta se abrió y el rubio entró, sin poder ocultar su satisfacción.

- Es bueno escuchar eso, padre... No me agradaría quedar huérfano y viudo en el mismo día.

- ¿Y crees que solamente porque te llevaste mi varita, este esposo tuyo estaba a salvo?- comentó, y de algún lugar de su túnica sacó una segunda varita y la puso sobre la mesa.

No conforme con eso, se agachó, levantó la pernera del pantalón y de la bota que calzaba, extrajo una más. La expresión contrariada de Draco, lo dijo todo, pero Lucius no pudo evitar una sonora carcajada ante eso.

- Voy a decirle un secreto, Lucius...- interrumpió Harry, a quien no le agradaba que se rieran así de su pareja -. No necesito varita para hacer magia. Regalo de su ex amigo, Voldemort...

Con un gesto de sus dedos, sin siquiera pronunciar el clásico conjuro convocador, las varitas que estaban sobre la mesa volaron a manos de Draco, que las recibió con bastante alegría.

~o0o~

La risita ahogada de Draco hizo que también Harry sonriese.

- ¿De qué te estás riendo?- preguntó el moreno.

- Recordé la Navidad que mi padre regresó a casa, al salir de Azkabán... Vaya Navidad...

- La Noche Buena estuvo bien...- rememoró Harry -. Y la cara de Lucius cuando le dije que podía hacer magia sin varita, fue realmente memorable...

- Eso fue lo que me hizo reír... Qué pena no haber tenido una de esas cosas muggles para poder verla una y otra vez...

Draco se movió para ubicarse de lado y poder delinear con sus dedos el trazado de la nariz y los labios que tanto amaba.

- Nunca terminaré de agradecerte que aceptaras a mi padre... A pesar de todo.

- No fue precisamente aceptación por ambas partes. Y lo hizo más fácil que él fuese a vivir a Francia. Las posibilidades de matarnos se redujeron bastante, diría yo.

- Lo sé... Pero igual fue un gran gesto. Al menos pude compartir con él, el desayuno de Navidad...

- No lo hice por él, lo sabes. Fue sólo por ti.

- ¿Sólo por mí?- preguntó, ansioso de escuchar eso una y otra vez.

- Si, amor... Solamente por ti- reiteró Harry, antes de besarlo suavemente.

- Me alegro... Porque yo también hice muchas cosas solo porque me lo pedías... Cosas que jamás hubiese hecho, de estar en mi sano juicio.

Entonces fue la carcajada de Harry la que quebró el silencio. Mosqueado, el rubio se separó un poco.

- ¿Acaso tengo que recordarte aquello de Santa Claus...?

- Claro que no, amor... Si justamente eso estaba recordando...- dijo el moreno, sin dejar de reír.

- Ja, ja... No fue gracioso, señor Potter.

- Te equivocas, sí fue muy gracioso, señor Malfoy...- dijo, abrazándolo para acercarlo de nuevo -. Y te amé mucho por eso...

Aceptando el cobijo de esos brazos, Draco volvió a hundirse en los recuerdos.

~o0o~

- ¡No, Harry! ¡De ninguna manera, bajo ningún concepto! ¿Oíste?- tronó Draco por trigésima o cuadragésima vez.

- Por favor, amor... Es por una buena causa... Es...

- Es... es indigno...

- No es así. Yo nunca te pediría algo indigno- replicó Harry, un tanto molesto -. Y eres ideal para esto...

- ¿IDEAL?- ahora sí el grito resonó en todo el amplio comedor haciendo tintinear los adornos de cristal -. ¿Ideal???

- Bueno... Sí...

- Es bueno que esta mansión tenga muchos divanes... Podrás elegir en cual quieres pasar la Noche Buena- dijo, tajante.

- Vamos, amor... No es para tanto...- el moreno se acercó para poder abrazarlo y empezar el tratamiendo de ‘ablande’.

Besó levemente el cuello blanco, recorrió con la punta de la lengua cada pequeño rincón de la oreja, hasta derivar en los labios que para ese momento, simplemente esperaban su turno en el reparto de atenciones.

- Ellos esperan que esté allí, y necesito que alguien se encargue de esto... Por favor, por favor... Hazlo por mí... ¿Sí?

Y mientras hablaba, punteaba cada frase con un pequeño beso o un leve mordisco en los labios entreabiertos y ansiosos. Se dirigió de nuevo hacia el oído para susurrar algo más.

- Si lo haces, esta noche, yo...

Luego de oír la oferta, Draco se separó un momento para mirarlo con detenimiento.

- ¿Lo dices en serio?- preguntó, incrédulo.

- Lo juro. Palabra de Gryffindor.

La sonrisa que iluminó el rostro pálido puso luz incluso en los ojos de plata.

- ¿No vas a arrepentirte a último momento?

- Nop, lo juro.

- No me tocarás hasta la próxima Navidad si me engañas.

- No lo haré, amor. Es una promesa.

- Está bien... Lo haré...

Unas horas más tarde, previo a la cena de Noche Buena, Harry repartía dulces entre los niños más pequeños de un orfanato muggle.

- ¿Lo ves? Te lo dije...- decía uno de los más grandecitos -. No vendrá. Pronto tendremos que ir a dormir y no ha venido...

- Sí vendrá- dijo Harry, convencido -. ¿Cuándo les he mentido?

En ese momento, la chimenea del salón despidió una bocanada de humo gris plata y el tintineo de los cascabeles precedió al conocidísimo: ‘JO, JO, JO... Feliz Navidad...’

Y Harry tuvo que girar rápidamente, para que ninguno de los niños viese los esfuerzos que estaba haciendo por contener la risa ante el Santa Claus que apareció detrás de la humareda. Un Santa Claus de ojos grises, enfundado en su clásico traje rojo (Draco se había quejado particularmente por la elección de colores), panzón y portando una pequeña bolsa de regalos.

La algarabía de los niños fue impresionante. Rodearon a ‘Santa’, lo besuquearon, lo apretujaron, le tiraron las barbas (no eran postizas, Draco usó un conjuro para encanecer su cabello y hacer crecer la barba) y como todo parecía real, estuvieron alborotados y encantadores.

Ante la mirada asombrada de los pequeños, había un obsequio para cada uno; obsequio que ‘mágicamente’ bajo las manos de ‘Santa’, crecía, y tomaba un tamaño acorde a su contenido.

- Vas a pagar esto, Potter... Te lo juro- masculló, amenazante cuando uno de los más pequeños insistía lloriqueando para que lo tomara en brazos.

Luego de repartir los obsequios, ‘Santa’ siguió rodeado de niñitos pero mientras charlaba con ellos, no dejaba de observar que en un rincón alejado, un muchachito de unos siete años se mantenía reservado y ajeno a toda la algarabía reinante.

Sin darle tiempo a replicar, Draco dejó al pequeño en brazos de su esposo, y se acercó al niño, sentándose a su lado.

- No quiero hablar contigo- dijo, sin mirarlo.

- Yo no estoy hablando contigo, sólo estoy sentado aquí. Me gusta este sitio y parece que a ti también, porque no te acercaste a buscar un obsequio.

- No me interesan los obsequios... Y Santa Claus no existe- declaró el pequeño, con resolución.

- Oh- una ceja plateada se elevó apenas -. Eso me pone en un grave aprieto… ¿No…? Pero yo sí existo, estoy aquí y traje regalos a tus amigos… Y también para ti.

- No quiero regalos. Lo que quiero, no puedes dármelo.

- ¿Qué es lo que quieres?

El rostro del niño, que había estado hosco en primera instancia se puso demasiado serio, y Draco vio alarmado que los ojos negros estaban llenándose de lágrimas.

“Maldición… ¿Qué dije…?” pensó.

- Si fueras Santa… Si fueras Santa…- empezó, haciendo pucheros -. Me devolverías a mis papás…

El dolor en los profundos ojos oscuros era demasiado reciente, demasiado vívido para no notarlo y Draco supo que cualquiera que fuesen las razones para que los padres del niño no estuviesen, seguramente no eran agradables.

- No, pequeño…- admitió Draco en un murmullo -. Yo tampoco puedo devolverte a tus padres.

A lo mejor fue esa calmada admisión de impotencia lo que hizo que de pronto, el rubio sintiese el cuerpito cálido del niño abrazándolo, llorando de un modo que lo desarmó por completo. Sollozos calladitos y suaves. Mientras mantenía al chico muy aferrado, sin decir nada, su mirada corrió a través del recinto hasta su esposo, que algunos metros más lejos continuaba rodeado de un montón de niños.

Conociendo ahora la niñez solitaria que Harry había tenido, no pudo evitar pensar que era muy probable que también Harry hubiese llorado así, suavecito, para que nadie se enterase de su soledad y su dolor.

- No me gusta estar aquí…- susurraba el niño -. Nadie viene a visitarme… Estoy solo… No me gusta dormir solo aquí…

Draco nunca terminó de explicarse muy bien por qué dijo lo que dijo.

- Eso sí puedo regalártelo… ¿Qué te parecería si yo te mando a uno de mis ayudantes para que te visite?- los sollozos continuaban y el rubio agregó despacito -. Sé que no es lo mismo… pero un amigo también ayudará a que no te sientas tan solo…

- ¿En serio…?- murmuró todavía con el rostro escondido entre el rojo ropaje de ‘Santa’.

- En serio.

Durante un par de minutos más, el chico continuó allí, luego se despegó de a poco para asentir y mirarlo con un gesto provocativo que encantó al rubio.

- Igual no creo eso del trineo y los renos. Yo sé que no es cierto…- se limpió la cara y quitó los mechones de pelo oscuro del rostro -. Ya sé cómo lo haces.

- ¿Ah, sí?- preguntó Draco, divertido al ver la seguridad del chico -. ¿Y cómo lo hago?

- Usando magia… por la chimenea.

Fue el turno de Draco para quedarse poco menos que boquiabierto.

- Aunque no entiendo cómo te deslizas por allí con esa panzota…

Tal vez las palabras eran solo producto de la intensa imaginación de un niño muggle, pero Draco decidió que el muchachito era bastante sagaz y probablemente le agradaría conocerlo un poco más.


Un par de horas después, cuando ya tenían que retirarse, Harry hubiese jurado que ‘Santa’ no se había despegado del niñito esmirriado que lo seguía por todos lados. Por supuesto, no iba a mencionarlo y arriesgarse a que lo mandaran a dormir en los divanes de la mansión, por muy cómodos que fueran.

Luego de permitir que su pareja volviese a vestirse ‘apropiadamente’, ambos concurrieron a la cena que ese año brindaba Remus en su casa. Durante la misma, Draco no hizo ningún comentario respecto a lo sucedido. Ni a favor ni en contra.

Mucho después, ya en casa, el rubio terminó de abotonarse el pijama y se metió entre las mantas. En silencio, seguía pensando en lo sucedido esa noche, porque lo que había comenzado como una obligación, había terminado causándole una sensación de bienestar que nunca pensó sentir.

Las luces de la habitación se atenuaron, y tomaron una leve tonalidad rojiza. Muy despacio, se abrió la puerta del cuarto de baño, y Harry apareció en el umbral.

Draco tuvo que coincidir que el traje de Santa Claus se veía mucho mejor en el moreno que en él. Posiblemente porque no tenía barriga. El bonete, dejaba caer descuidadamente la punta a un lado, y la chaqueta semiabierta, permitía ver parte del pecho moreno.

- ¿Estás listo para recibir tu regalo...?-preguntó, con voz sugerente, a lo cual, Draco solo pudo asentir.

Y acto seguido, Draco vio cómo las manos morenas jugueteaban sugestivamente con el cinturón del traje, una y otra vez, hasta que por fin lo quitaron y lo dejaron caer.

Era extraño el efecto que las luces rojas hacían en la piel color caramelo, pero en cualquier caso, solo contribuían a acentuar el hechizo que por esos momentos parecía haber arrojado sobre un asombrado Draco que apenas atinó a sentarse en la cama para contemplar mejor su ‘regalo’.

Los dedos de Harry acariciaron la tela blanca de los bordes de la chaqueta, abriéndola suave, sensualmente, como si no quisiera descubrir lo que había debajo; y por fin, sin dejar de mirarlo ni por un segundo, la deslizó por sus hombros, y la dejó caer al suelo.

La prenda formó un manchón rojizo en la oscuridad de la habitación, y Draco intentó hacer pasar algo de saliva a través de su garganta.

El torso moreno era perfecto, tentador, los pequeños pezones escarlatas ponían una nota de relieve en la piel tersa. El rubio resistió la tentación de acercarse a constatar con sus manos lo cierto de esa aseveración, aunque lo hubiese comprobado en infinidad de ocasiones.

Se quedó quieto, porque sabía que si se movía, sería para ir hacia Harry. La molestia que sentía crecer bajo las mantas, en el interior de sus pantalones le decía lo mucho que le agradaba el ‘regalo’.

Los dedos morenos se metieron en el borde superior del pantalón rojo y jugaron a estirarlo, bajarlo apenas por un lado, volver a subirlo, volver a bajarlo, pero lentamente, la prenda iba descendiendo al ritmo que las caderas ondulaban como si escuchasen una música que solo podía sonar para ellos dos. Los bajó del todo y los pateó apenas para quitarlos del medio.

La tanga roja era mucho menos que mínima, y para ese momento, Draco solo quería correr hacia él y quitársela con los dientes. Haciendo gala y uso del proverbial auto control Malfoy, hundió las uñas en las mantas y esperó.

A los pies de la cama, Harry apoyó las manos en la misma y avanzó gateando, ascendiendo de a poco hasta quedar suspendido sobre el cuerpo de Draco, y muy cerca de su rostro. El aliento levemente agitado de su pareja lo recibió justo segundos antes que apresara sus labios en un beso leve. Sosteniéndose con una sola mano, se quitó el gorro y lo colocó sobre el cabello de plata.

- Perfecto...- murmuró, y su voz sonó ronca y sensual -. Esto, es porque esta noche, estuviste maravilloso... y porque te amo...

Hubiese querido decir algo, pero la garganta de Draco estaba cerrada, seca, y apenas consiguió murmurar una respuesta.

- También te amo, Harry...

La sonrisa del moreno fue prometedora, y los ojos verdes brillaron una vez más antes de descender hasta la posición original, a los pies de la cama. Cuando levantó el borde de las mantas, y desapareció debajo de ellas, Draco supo exactamente qué seguía.

Un montículo oscuro ascendió, esta vez dentro de las mantas, y segundos después sintió las manos que acariciaban sus piernas, delineaban sus caderas y muy suavemente lo despojaban de la parte inferior del pijama. Una risita ahogada debajo de los cobertores le advirtió que Harry ya había notado lo ‘feliz’ que estaba.

No podía verlo, y eso, era perturbadoramente erótico, porque solo podía esperar lo que pasaría. El recorrido de una húmeda lengua sobre su turgente dureza casi lo hizo saltar, y aunque dominó esa reacción, no consiguió hacer lo mismo con el jadeo que brotó en respuesta instantánea a la caricia inesperada.

Draco echó la cabeza hacia atrás, y respiró profundamente, dispuesto a resistir; pero cuando se sintió atrapado en la boca cálida, dejó que sus manos viajaran dentro de las mantas y aferraran la cabeza para tener al menos el placer de enredar sus dedos en el cabello alborotado que él adoraba alborotar aún más. Era enloquecedora la sensación de sentir su erección creciendo y endureciéndose cada vez más al abrigo de las aterciopeladas paredes que lo apretaban y liberaban con la cadencia de un movimiento continuo.

- Merlín...- murmuró, antes de recitar la genealogía Malfoy desde sus comienzos para resistir el inminente orgasmo.

La boca se retiró, y Draco emitió un prolongado gemido de pérdida.

Harry se irguió y echó atrás las mantas. Del mismo modo que alguna vez había conjurado las varitas de Lucius, llamó el pequeño potecito que esperaba su turno en el buró y con su contenido, untó generosamente aquella parte de Draco que ya había gustado. Una vez más, avanzó hasta atrapar los labios de su amante.

Esa vez, el beso fue profundo, intenso y duró una eternidad. Cuando se separaron, los dos supieron que ya estaban demasiado cerca para permitirse esperar más.

- Esta Navidad, amor; soy tu regalo...- giró, para darle la espalda mientras se ubicaba sobre él con gran cuidado -. Yes claro que un regalo pertenece a su dueño.

Diciendo así, descendió guiándolo hacia su interior, despacio, para dar a su cuerpo el tiempo necesario para acostumbrarse a la situación. Y cuando estuvo perfectamente ubicado, inició el movimiento lento y sinuoso que los llevaría a ambos a la cúspide del placer.

Los jadeos se hicieron cada vez más altos, cada vez más intensos, y finalmente, el clímax los alcanzó casi al unísono. Con un gemido que fue mitad lamento, mitad sollozo, Draco estalló y se liberó en el apretado interior que lo albergaba, y por un instante apenas, fue consciente del segundo en que Harry estalló también.

- Fue un regalo grandioso...- murmuró Draco, todavía jadeante cuando estuvo acurrucado entre los brazos de Harry.

- Me alegra que te haya gustado...- musitó el moreno, a medio dormir -. A mí me encantó ser tu regalo...

Para haber comenzado con una pelea por vestir un traje de Santa Claus, la Navidad había terminado notablemente bien.

~o0o~

Tal como en su recuerdo, Draco se acomodó sobre el pecho desnudo, porque a pesar del frío, Harry nunca usaba pijamas, y disfrutó de la piel suave.

- Nunca admitiste que te gustó- dijo Harry, en un susurro -. Te gustó vestirte de Santa Claus para esos niños.

En la oscuridad, sintió el rostro de Draco estirándose en una sonrisa, pero sin decir nada y él también sonrió en respuesta, porque por supuesto, no esperaba que lo admitiese, ni siquiera en ese momento.

- ‘Ese regalo de Navidad’ fue memorable... – dijo el rubio, en cambio -. Hemos tenido Navidades realmente originales, diría yo.

- Sí... Creo que ‘originales’ es una buena palabra... Recordar algunas ha sido fantástico.

- ¿Me dirás que compré un pijama nuevo solo para recordar...?

En respuesta, las manos fuertes lo hicieron girar hasta invertir las posiciones, y desde esa nueva situación, comenzaron a investigar dentro de la prenda.

- De ningún modo... Esto fue solo un preludio... Te diré, amor, que el órgano sexual más activo de las personas, es su cerebro...

- ¿O sea que, mientras yo pensaba que estábamos en medio de una tierna remembranza de nuestro tiempo en común, tú le hacías el amor a mi cabeza?- preguntó, no obstante, alzó los brazos hasta enroscarlos en el cuello de Harry.

Semejante observación, levantó una carcajada leve y poco después, los dos reían en la penumbra.

- Merlín... Eres incorregible...- comentó Harry.

- Lo sé, por eso me amas. Pero eso no te salva... Quiero mi regalo.

- Aún no es Navidad.

Un bufido de fastidio coronó ese comentario, y el moreno aprovechó para erguirse un poco. Mientras el péndulo del reloj de pie en la habitación comenzaba a marcar las doce, murmuró un conjuro más.

- Nox totalus.

Una negra penumbra se asentó en la habitación. No era posible observar nada en absoluto. Sin incomodarse, con total confianza, Draco continuó impertérrito.

- No veo nada- puntualizó.

- Ahá. Verás... Esta Navidad, quiero hacer un experimento... Soy un investigador infatigable, lo sabes...

- Mmmm... Esta noche, me interesa solamente lo de infatigable...

- Hace un par de días, leí un interesante estudio muggle... Dice que aún en la perfecta oscuridad, dos amantes podrán encontrar sus bocas para besarse sin fallar nunca...- y procedió a comenzar la demostración de esas palabras -. Esta Navidad planeo averiguar cuantos sitios de ti puedo encontrar en la perfecta oscuridad, sin fallar nunca...

- Interesante estudio...- susurró Draco -. Experimento de Navidad en lugar de regalo de Navidad... Creo que el cambio me va a gustar...

Y en la perfecta oscuridad de la habitación, entre jadeos y gemidos, el experimento duró hasta que por fin, el silencio se impuso poco antes del amanecer.


~o0o~

- ¿Vas a salir del baño o no?- preguntó Harry, dando vueltas por la habitación.

- ¿Cuál es el apuro?- preguntó su pareja, todavía desde el interior.

- Que ya deben estar esperando por nosotros para desayunar...

- Tu puntualidad es desesperante ¿Sabías?- comentó Draco, saliendo del cuarto adjunto.

Probablemente, en otros tiempos, Harry se hubiese enojado, pero ahora, ya estaba acostumbrado y en general, solo protestaba para seguir con una costumbre establecida con los años.
Él protestaba y Draco lo ignoraba. Así había sido por años, no tenía por qué cambiar en ese momento.

Años.

Los recuerdos revividos la noche anterior todavía flotaban entre ambos, Harry lo supo en cuanto sus ojos se cruzaron a través del espejo del tocador frente al cual Draco estaba terminando de peinarse.

El cabello ya casi era color plata en su totalidad, más que rubio, aunque la noche anterior, en medio del amor a oscuras, Harry hubiese podido jurar que era tan rubio como cuando lo conoció. Los ojos tan grises como antes, tan llenos de picardía y de un amor tan incondicional que era solo para él. Sin meditarlo mucho, avanzó hasta situarse detrás de él, y masajeó los hombros, con cariño. Besó el pelo y cuando Draco echó la cabeza atrás, dejó un beso leve en los labios apenas entreabiertos.

Sonrió a la imagen de su esposo en el espejo.

- Feliz Navidad, amor- susurró.

A su vez, Draco respondió al gesto, y como desde hacía tanto tiempo, se perdió en la mirada verde, tan amante, tan suya siempre.

- Feliz Navidad- contestó.

Se puso de pie y giró hacia él, al tiempo que terminaba de acomodar el cabello con la cinta negra. Críticamente, observó el remolino en la cabeza de su esposo, sabiendo que no tenía remedio y que el cabello otrora negro, ahora tenía más matices grises que azabaches. Igualmente, estiró la mano para intentar ponerlo en orden.

- Es inútil, lo sabes...

En ese momento, un bullicio proveniente de afuera, lo hizo mirar hacia la puerta.

- ¿Lo ves? Nos están esperando...- se quejó Harry.

- Que esperen. Hemos corrido detrás de ellos por años... No les hará mal esperar unos minutos.

- Desde que te obligué a vestirte de Santa...- puntualizó Harry, sonriendo, y acercándolo -. Y todavía hoy me pregunto por qué se enfadaste tanto cuando te lo pedí...

- No puedo creer que no lo sepas... Después de tanto tiempo...

- Bueno, no lo sé...

- ¡Dijiste que era ‘ideal’ para eso!!!

- Bien... Lo eras...- musitó Harry, viendo que esas palabras estaban causando un efecto similar al obtenido años atrás.

- ¡Por supuesto que lo era! ¡Y lo era porque estaba tan panzón como ese bendito Santa Claus!!!

- No estabas tan panzón...

- ¡¡Eran trillizos!!! ¡¡No hay manera en que no estuviese panzón!!

- Bueno, cielo... Te compensé por eso...

- No lo suficiente...

La puerta se abrió de par en par y una figura alta y espigada, de alborotado cabello rubio apareció en el umbral.

- Oops. ¿Interrumpí el benemérito ‘Regalo de Navidad’?- preguntó el muchacho, sonriendo apenas.

De no ser por el desastre en su cabeza y los brillantes ojos tan verdes como los de Harry, hubiese podido ser una réplica exacta de Draco, a los veinte años. Segundos después, dos rostros similares se asomaron.

- Vamos, padre... – dijo uno de ellos -. ¿Están intentando demostrar que todavía...?

- Brandon, ni una sílaba más- terminó Draco, que era el único que podía distinguirlos sin temor a equivocarse.

Los otros dos entraron y cuchicheando se llevaron a Harry. Cuando casi iban saliendo, Draco se revolvió entre ellos.

- Sigan adelante, ya los alcanzo...

Vio el grupito formado por su esposo y sus hijos desaparecer en el corredor. Después de envolverse en su bata, se apresuró hacia el salón donde los esperaban.

“Los tiempos cambian, y es sabio cambiar con ellos.” Había dicho Lucius muchos años atrás y Draco recordó esas palabras, de pie en la parte más alta de la escalera, mientras más abajo, su familia se reunía en torno del árbol navideño.

A veces todavía le costaba creerlo, pero allí, sus tres hijos, Brett, Brian y Brandon, alborotaban e incomodaban, como buenos hermanos mayores a sus hermanos más jóvenes.

Sonriendo, recordó que durante el parto de los trillizos, entre contracciones y dolor, Draco le había anunciado a Harry y al mundo que jamás volvería a pasar por eso, y que si quería otros hijos, que los tuviese él.

Si pensó que eso detendría al entusiasta Gryffindor que ansiaba una familia tan numerosa como la de los Weasley, estuvo equivocado. Cuando los trillizos tuvieron casi cuatro años, fue Harry el que se embarazó y tuvo otro varón, Lucke y un año más tarde, la única hija que tenían, Ryanne.

Eso sin mencionar a Steve, el muchachito que Draco efectivamente había ido a visitar al día siguiente, tal como ‘Santa’ había prometido.

Con los hechizos convenientes para no delatar su embarazo, Draco se presentó en el orfanato y lógicamente cuando supieron que junto con Harry, era el generoso benefactor del lugar, corrieron a ponerse a su disposición. Pero lo único que el rubio había pedido era autorización para llevarse a un niño en especial a dar un paseo.

Todavía podía recordar la cara de asombro del muchachito cuando lo vio parado en el vestíbulo, y no era para menos. Incluso en un estilo informal, un Malfoy sabía vestirse para resaltar. Solamente cuando estuvieron cerca, la expresión de desconfianza del chico se disipó en una sonrisa amplia.

“Sí... Eres el que Santa iba a enviar... Tienes los ojos del mismo color...” había dicho, muy ufano por su observación, y Draco confirmó sus sospechas. Aún cuando fuese muggle, el niño le agradaba mucho.

Ese primer encuentro luego se convirtió en otro, y luego era una visita semanal infaltable. De allí a pasar la primera noche en la Mansión, hubo un paso. Un par de días para las siguientes fiestas de Navidad... Y Draco recordó que al niño nunca le extrañó que Harry viviese con él...

Fue sólo una cuestión de tiempo. Pese a que no tuviese una gota de sangre mágica, ahora había un Malfoy-Potter de adopción en el mundo muggle.

Draco pensó que en poco tiempo, seguramente llegarían los inseparables Ron y Hermione. Esos dos no se separaban de su esposo ni a sol ni a sombra. Pero lo realmente grave, era que Marine, la hija mayor de esos dos, estaba de novia con Brian.

“Un Malfoy y una Weasley...” murmuró Draco por lo bajo, y pensó en la cantidad de imprecaciones que soltaría su padre cuando llegase por la noche.

Lucius se había convertido en un anciano aristocrático que solo regresaba a Inglaterra para las festividades, los cumpleaños de sus nietos, o para reconciliarse con Severus.

“Y para asesinarme cuando sepa que su nieta está de novia con un Weasley... Y que pronto será bisabuelo... Merlín...”

Seguía pensando en eso cuando Steve, el único que faltaba por llegar desde sus habitaciones, arribó también; acarreando de la mano a su novio. Mago, por cierto.

Desde abajo, Harry levantó la vista hacia él y le sonrió, entonces, Draco supo que ésa era otra Navidad para guardar entre sus recuerdos. Tenía muchas para recordar, pero la perspectiva de la llegada de su propio nieto hacía que ésa Navidad fuese especial.

“Merlín... Aún soy joven para que me digan abuelo...” pensó horrorizado, pero al mismo tiempo se dio cuenta que la idea no era tan mala.

- Todavía tendremos muchas Navidades para recordar, amor- dijo Harry, llegando a su lado para llevarlo al salón.

Asintiendo levemente, Draco descendió con él.

 

 


FIN

Abysm

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