Capítulo 6Las disculpas de Ron habían sido patéticas, como casi siempre, pero en realidad Harry no las necesitaba, ya sabía que su amigo parecía pensar primero con sus manos y luego con su cabeza, de modo que el fin de semana aceptó la invitación para ir a La Madriguera. Hacía mucho tiempo que no veía a los padres de Ron y era una visita que siempre lo relajaba, que lo hacía sentir cómodo. Sus mejores épocas del colegio eran los días que Dumbledore le permitía permanecer con ellos. A pesar de todo, no podía durar demasiado debido a los estudios, y al comenzar la semana, tuvieron que regresar a Londres.
Tenían que terminar de rehacer esos informes que Owens les había dado, esa fue la consigna durante los dos días que siguieron. La actividad de los Mortífagos parecía haber caído nuevamente en un receso y eso fue una conveniencia. Además, Harry no tenía intenciones de ser la eterna compañía de la pareja recién formada, de manera que invitó a Draco a almorzar con la excusa de continuar con esa tarea.
La primera vez que compartieron el almuerzo, el tema, por supuesto, había sido la manera de rehacer todo ese trabajo, pero al concluir la hora que les correspondía, apenas habían llegado a un acuerdo. Por la tarde tendrían que reunirse luego de las prácticas para seguir con eso. Ninguno de los dos lo admitiría, pero la idea no les disgustaba tanto como demostraron.
El único lugar adecuado era la cafetería del Ministerio, de manera que durante varias horas, los papeles fueron y vinieron en todas direcciones. En algún momento, Harry hizo una observación acerca de uno de los horribles cuadros colgados en una de las oficinas y sin darse cuenta, pronto estaban hablando de arte. O mejor dicho, Draco estaba hablando y él escuchaba, atónito de sorpresa porque el rubio tenía bastante conocimiento en ésa área, no solamente de los pintores del mundo mágico, sino también en el mundo muggle.
En ese momento, Harry notó que el tema parecía apasionar al rubio, porque mientras hablaba y le describía algunas de las obras que había visto, había abandonado su habitual máscara de piedra. El entusiasmo le había puesto algo de color en el rostro y las palabras surgían sin inconveniente alguno. La transformación era más que notoria y ayudó mucho porque luego, Draco continuó bastante comunicativo y esa noche trabajaron hasta bastante tarde.
Al día siguiente, Harry tenía encima todas las señales de haber dormido poco y mal, y eso tenía dos consecuencias inevitables: se ponía de humor inestable y por si eso fuese poco, se volvía terriblemente lento. Derivado de eso, durante el entrenamiento de duelo lo derribaron dos veces seguidas; Kennard se hastió de su pésima actuación y lo bajó de un empujón de la tarima, advirtiéndole que en el futuro estuviese despierto antes de asistir a sus clases. Draco no lo llevó mucho mejor pese a que hacía todos los esfuerzos posibles para mantenerse atento, borroneó un par de pergaminos y arruinó su propia poción durante la clase de Pociones Avanzadas. Tuvo más suerte porque sus equivocaciones pasaron desapercibidas.
Las cosas no mejoraron con el correr del día, pero mal que bien llegaron a la hora del almuerzo.
Mientras recogía sus pertenencias, Ron ya se había decidido a hacer lo que Hermione le había dicho: echar al olvido aquel experimento fallido
- ¿Vienes a almorzar con nosotros, Harry?- preguntó Ron.
- No puedo. Voy a almorzar con Malfoy a ver si conseguimos adelantar algo.
- Cada vez estás más tiempo con ese hurón...- protestó el pelirrojo, pero la idea de almorzar a solas con su flamante novia lo hacía sonreír como un idiota.
- Ron... ¿Esta pila de papeles le dice algo a tu cerebro?- dijo Harry, poniendo la mano sobre las carpetas que ahora acarreaba día y noche en su mochila.
Ron sonrió con algo de malicia.
- Sí. Me recuerda cierto puntaje obtenido con más suerte que conocimiento... Y creo que es justicia divina, además.
Harry estuvo a punto de soltar un insulto, pero decidió callarse por el momento.
- Muérete, por favor.
- Definitivamente estás juntándote mucho con el hurón- comentó aquel saliendo del aula -. Te veo luego, entonces…
~o0o~
“Es el momento adecuado” se dijo Draco, mientras caminaba a toda prisa rumbo al despacho de Owens.
Había visto a Harry conversando con Weasley y eso le daba la oportunidad perfecta para hacer lo que había planeado. Con toda su mente sabía que era lo mejor, tenía que alejarse de ese lugar, y sobre todo, alejarse de Potter. Se sentía extrañamente vulnerable cuando el moreno estaba cerca y esa era una sensación por completo nueva para él.
La educación Malfoy que había recibido desde niño le impedía sentirse cómodo con esa sensación. Le recordaba lo que Lucius siempre le decía: “el amor te hace débil, nunca te enamores. Puedes joder con todo el planeta, si quieres, pero no te enamores”.
“No voy a enamorarme, y mucho menos de él. Eso es un hecho.”
Con ese pensamiento, llegó frente a la puerta del despacho y golpeó un par de veces.
- Adelante.
Ya estaba allí, tenía que avanzar. Con más esfuerzo del que había supuesto que iba a costarle entró al despacho hasta estar frente al atestado escritorio del Jefe de Aurores. Abrió la boca pero contra todo lo esperado, nada salió.
El Jefe Owens apenas había levantado la vista al abrirse la puerta y luego de comprobar quién era, había regresado a revisar pergaminos y hojas de papel. Cuando fue evidente que el muchacho que estaba parado allí no iba a decir nada, fue él quien preguntó sin mirarlo.
- ¿Y bien, Malfoy? ¿Algún problema?
“Adelante, dilo... Puedes hacerlo. Viniste hasta aquí para pedir tu pase a otra Central... Puedes abrir tu boca y dejar salir las palabras...”
Pero Draco jamás había podido pensar que el proceso de hablar fuese tan complicado. Simplemente parecía que su cerebro y su boca habían roto su conexión. Todo lo que su mente pensaba no llegaba a formar palabras y no entendía por qué. Ante el silencio, Owens insistió con algo menos de su ya de por sí escasa paciencia.
- No tengo todo el día, Malfoy. Si tienes algo que decir, hazlo ya o lárgate, estoy ocupado.
- Señor, yo...- comenzó Draco y al ver que su voz empezaba a responder, carraspeó para ver si tomaba impulso -. Necesito... hacer una solicitud...
- ¿Ah, sí?
“Es fácil, Draco... Necesitas el traslado a otra Central... Vamos, díselo antes que pierda los estribos”.
No era tan fácil porque, en ese preciso instante, Draco supo que irse era lo mejor, pero no lo que él quería. Abrió la boca, tomó aire y dijo lo primero que se le ocurrió para no quedar como un perfecto imbécil.
- Necesitaría más tiempo para rehacer mis informes, señor.
Owens levantó sus ojos hacia él al oír eso para contestar en una frase bastante clara.
- Ni en sueños, Malfoy. La inspección es mañana, así que yo te aconsejo que no pierdas más tu tiempo aquí y sigas trabajando o no llegarán a cumplir. Si eso era todo, puedes irte.
Consciente de que había salido bien librado considerando la idiotez que había dicho, Draco saludó y salió del despacho, pero en cuanto cerró la puerta tras él, se sintió mucho más estúpido que antes.
Y lo peor es que ya no tenía remedio, había perdido una magnífica oportunidad. Ahora, harry debía estar esperándolo para almorzar juntos y para otra nueva sesión de tortura. Sintiéndose miserable, idiota y mucho más vulnerable que nunca, Draco puso rumbo a la cafetería del Ministerio
~o0o~
La hora del almuerzo también transcurrió más deprisa de lo que hubiese querido. Por alguna razón, Malfoy parecía más callado de lo que era, y eso era decir bastante. Sin embargo, luego del horario que cumplían en el Ministerio, la situación mejoró un poco. Ocuparon de nuevo la mesa alejada que habían usado la noche anterior, y el mesero se acercó trayendo las primeras tazas de café de la tarde.Entonces comenzó la rutina: Draco escribía un par de pergaminos rehaciendo un informe y Harry lo recibía para leerlo y revisarlo.
Como en esos momentos el moreno estaba absorto en la lectura, Draco podía mirarlo sin demasiado problema. Ya no tenía sentido que siguiese negando que mirarlo se había convertido en su mejor pasatiempo, aunque siempre tenía que estar atento para saber cuando el otro iba a levantar la vista. Al menos eso lo distraía de lo que Harry hacía: tomar una pluma de punta muy gruesa y trazar grandes rayas negras a lo largo de párrafos completos.
- Innecesario...- decía y tachaba -. Innecesario esto también...- y otra larga línea anulaba dos o tres frases.
Luego extendía el pergamino arruinado hacia su compañero que en esos instantes olvidaba todos los pensamientos anteriores e intentaba mantener la calma
- Bonita letra... Escríbelos de nuevo, Malfoy...
- Eres un tirano y te detesto- decía el rubio, recibiendo los pergaminos y deseando realmente poder detestarlo.
- Gracias- replicaba Harry, contento y sonriente.
“Y si vuelves a sonreír de ese modo, voy a hacer algo muy, muy estúpido... Como besarte en público" pensó Draco, bajando la vista a los papeles hasta poder retomar el control, cosa que cada día se volvía más difícil.Una vez que adelantaron un poco los informes de Draco, invirtieron la situación y fue su turno para vengarse. Harry escribía los pergaminos y se los pasaba al rubio, que intentaba leerlos lo mejor que podía.
El moreno intentaba concentrarse en otras cosas mientras Draco revisaba su trabajo, pero era inútil. Su vista regresaba hacia el joven rubio una y otra vez, disfrutando con la visión pese a que a veces, en medio de un párrafo, aquel levantaba una ceja como preguntándose: ¿Qué demonios quiso escribir aquí? Y Harry, que no retiraba la vista de él, ya sabía que eso era el preludio a un gran círculo negro.
- Me gustaría poder alabar tu sintaxis, Potter; pero ni siquiera entendí lo que quisiste escribir...- la mirada gris tenía alegres destellos azules al agregar -. Escríbelos de nuevo... Que se entienda, en la medida de lo posible.
Contra todo lo esperado, a medida que pasaba el tiempo, empezaban a entender mejor qué era lo que el otro pretendía de sus informes y en las últimas horas habían avanzado bastante. Ya no quedaba mucho por hacer, pero tenían que presentarlos al día siguiente. Era imprescindible dejar aquello terminado.
- Muchachos, siento interrumpirlos- dijo el mesero-, pero estamos por cerrar, ya es muy tarde.
En ese punto, los dos levantaron la cabeza de lo que estaban haciendo mirando alrededor sólo para comprobar que eran los únicos que quedaban, el resto de las mesas estaban vacías. Disculpándose con el hombre, pagaron la cuenta, recogieron todo y pronto estuvieron en la calle.
- ¿Y ahora qué? Todavía nos quedaron algunos por rehacer- dijo Harry, sopesando su mochila llena de apuntes e informes -. Podríamos ir a mi casa y terminarlos allí... No tardaremos tanto.
- Supongo que escribir tanto alteró alguno de tus procesos mentales, Potter- comentó Draco -. Si tu amigo Ron me ve aparecer por el resquicio de la puerta, me va a echar un maleficio antes de preguntarme algo.
- Bueno, entonces,
- ¿cual es tu maravilloso aporte a la situación, Malfoy?
- Vamos a mi departamento y los terminamos ahí, al menos no tengo comadrejas hambrientas esperando devorarme.
Harry se sorprendió un poco, era la primera vez que Draco usaba el antiguo sobrenombre de Ron. De cualquier manera, no tenía intención de dejarlo pasar.
- El apellido es Weasley, ¿recuerdas...?
- Mi mente de hurón a veces no retiene las cosas- comentó, mirándolo de soslayo.
Esa vez sí consiguió que Harry se sintiese mal porque siempre escuchaba las veces que Ron lo llamaba así, y aunque el rubio no le hiciera ningún reclamo, él nunca corregía a su amigo cuando apodaba a su compañero. Una vez más, Draco dejó pasar eso sin preguntarse por qué.
- Oh, bien, olvida eso... ¿Qué dices...? ¿Vamos y terminamos de una vez con esto?
- Andando- consintió Harry, todavía un poco martirizado.
- Nada de eso, Potter. Medios mágicos, para eso los aprendimos, voy a abrir un Portal.
Segundos después, Harry sentía el familiar tirón del transporte que los dejó a ambos en un amplio ambiente. Ante la presencia de Draco, las luces se encendieron, revelando el sitio.
Era un solo espacio donde el mobiliario delimitaba la utilidad de cada lugar. Harry había esperado una casa lujosa, algo similar a una mansión, pero el departamento, si bien era espacioso y bien amueblado, era casi normal, no era nada ni remotamente parecido a una mansión.
A su izquierda, la cocina, una amplia mesada y un desayunador rodeado de altos taburetes metalizados; a la derecha, el único toque evidente de magia: la alta chimenea de mármol negro rodeada de cómodos sillones bajos, también tapizados de negro. Hacia el frente, en la esquina derecha, una tarima elevada un par de escalones donde dominaba una cama de tipo japonés, inmensa, el sobre cama verde oscuro adornado con grandes almohadones negros. La mesilla de noche a un lado también era mínima, y detrás de un panel pintado, Harry adivinaba el armario. Una puerta cercana, cerrada era con seguridad la del baño.
La esquina izquierda estaba dedicada a un escritorio moderno, y la pared que tenía detrás estaba llena de libros, fotos y algunas cosas que no podía identificar sin acercarse un poco más. Tanto el dormitorio como el estudio estaban a un nivel superior, unos tres escalones por encima del resto.
- Vaya... Lindo lugar, Malfoy. Creí que vivías en la mansión de tu padre.
- Te equivocaste, evidentemente.
La respuesta tan seca, le dio a Harry la pauta que no había sido una observación acertada.
- Pero igual es agradable- dijo, mientras se quitaba la capa.
A lo mejor, la reiteración de la frase consiguió disipar el momentáneo malhumor de Draco, quien reconoció que ésa había sido una respuesta poco amable con alguien que no tenía por qué saber la inexistente relación que mantenía con su padre.
Se ubicaron en el espacio correspondiente a la cocina, sentándose en los taburetes que eran más cómodos de lo que parecían.
De una manera casi involuntaria, Harry observaba que todo estaba muy ordenado, nada parecía fuera de lugar, limpio, totalmente coherente con el modo de ser que había mostrado Draco desde que habían vuelto a encontrarse. Había terminado por darse cuenta que si bien eran mucho más parecidos de lo que imaginaban en algunas cosas, en otras eran diametralmente opuestos. Mejor no pensaba en el desastre que imperaba en sus habitaciones y que casi nunca se molestaba en ordenar.
- Me estoy muriendo de hambre- anunció Draco -. Voy a ver qué tengo para comer mientras comienzas con tu parte.
- De acuerdo por completo, estoy famélico- dijo Harry, empezando a sacar cosas de la mochila y acomodarlas en la mesa.
Al cabo de un rato, volvían a la tarea en medio de algunos platos de bocadillos preparados con mucha rapidez pero bastante maestría por el rubio.
- Tendrías que probar las hamburguesas...- sin dejar de masticar, Harry volvía a escribir un párrafo completo tratando que la letra saliera más o menos pareja y legible -. Comida rápida muggle, fascinante, deliciosa y muy poco nutritiva...
- Mi interés por las cosas muggles se reduce a su arte, lo demás suele ser porquería.
- Y supongo que ese interés se despertó cuando estabas en Alemania.
- Mmm... No, un poco antes... En las vacaciones de sexto a séptimo tuve que viajar a Estados Unidos... Ahí descubrí el arte moderno, de hecho el país es bastante interesante, pero demasiado tecnológico... No es como Londres, no tiene misterio... Luego estuve un par de semanas en Italia, eso sí fue bueno. El arte muggle es fascinante en ese país. También estuve en Roma y en Florencia.
- Diablos, así que además de Alemania también estuviste en Italia.
- Un poco en Francia también.
- De manera que seguramente hablas alemán, italiano y francés... Wow- dijo, en verdad asombrado.
- Algo de italiano y francés, mi alemán es mejor que los otros... Fueron útiles para... Bueno, fueron útiles en su momento.
De algún modo, Harry supo que el rubio había estado a punto de decir algo, pero que ese algo no había sido agradable. Además, a pesar de que el tema del arte lo entusiasmaba, no parecía del todo feliz por haber estado en tantos lugares, como si la causa por la cual había hecho los viajes no hubiese sido buena. Harry se moría por saber un poco más, pero también presintió que una pregunta fuera de lugar haría que el joven volviese a su caparazón, así que permaneció en silencio hasta que pensó algo para continuar.
- Bueno, mi vida ha sido más modesta- comentó como sin querer -. Vivía con mis parientes muggles, todos lo saben, pero durante las vacaciones de sexto decidí que era suficiente y las terminé en la casa de los Weasley; luego simplemente decidí no regresar pese a que Dumbledore se puso realmente pesado con el tema. Puede ser un anciano por demás persistente, un condenado terco en realidad.
El comentario disipó una vez más el humor sombrío del rubio que no pudo menos que coincidir con esa última frase.
- Es todo un caso, el viejo... ¿No necesitaste volver a hablar con él... por el tema de tus... visiones?
- No, por suerte no hubo más visiones.
- Pero esa sensación nos puso a salvo más de una vez.
Harry asintió. El otro muchacho se refería al desagradable hormigueo que lo recorría cuando había Mortífagos cerca y que en varias de sus intervenciones les había indicado dónde no meterse. El resto de los Aurores decían que era el más suertudo del Cuerpo, pero sólo ellos dos sabían que era más que eso. Harry no se explicaba demasiado que Draco nunca hiciese referencia a eso en público, pero interiormente lo agradecía.- Eres algo así como... un ‘chivatoscopio’ de dos patas.
- Algo así.
La mirada gris se volvió penetrante, perturbadora, y Harry tuvo que apelar a toda su voluntad
para no desviar la suya.- ¿Y no suena tu alarma anti Mortífagos cuando estoy cerca...?
Desesperadamente, Harry intentó descifrar si había alguna intención oculta detrás de la pregunta, pero la voz era tan impersonal que no pudo discernirlo pese a todos sus esfuerzos.
- No.
"Pero suenan otras de otro tipo... y por Dios, si no cambiamos de tema, van a enloquecer"
- Lástima que eso no convenza a otros- dijo Draco, volviendo la vista a sus pergaminos.
- Ehmm... ¿Seguimos con esto? Quiero terminar cuanto antes.
- Bien- echando una mirada rápida a lo que el moreno había escrito al final, Draco hizo un último comentario -. Esos son jeroglíficos, escribe ese párrafo de nuevo.
Agradecido porque el cambio de tema había sido rápidamente aceptado, Harry ni siquiera protestó y volvió a escribir pese a que por desconocidas razones para él, la pluma parecía resbalar de sus manos transpiradas y todavía sentía que su corazón repiqueteaba a un ritmo fuera del normal.
Al cabo de un par de horas, parecía que todo estaba listo y Harry se levantó, intentando acomodar su columna que crujió ruidosamente.
- Odio a Owens- declaró.
- Ajá. El sentimiento es compartido- dijo Draco -. Celebremos eso, y que por fin terminamos con esta porquería. Tengo cerveza.
- Ni siquiera preguntes, sólo tráela.
Mientras Draco rebuscaba, Harry deambuló por el departamento. Paseó entre los sillones, se adivinaban bastante cómodos y la chimenea era extraordinaria. El mármol negro relucía impecable. En la repisa superior, había algunos trofeos que daban cuenta de la amplia experiencia que el rubio había obtenido en duelos en Alemania. Ahora Harry pudo explicarse por qué conseguía tan buenas calificaciones en las clases de Kennard. Siguió un poco más y evitó con cuidado la zona del dormitorio, acercándose al escritorio.
- ¿No te aburre tener todo tan ordenado?- preguntó, mirando los pergaminos alineados a un lado, el tintero de plata con su correspondiente pluma y la lámpara que debía iluminar exactamente la zona donde se escribía.
- No husmees, Potter.
- No husmeo…
La biblioteca atrajo su atención, ese sitio se veía interesante y los libros que había ahí eran por demás atrayentes. Conocía muchos de ellos, pero otros eran desconocidos y raros, aunque por supuesto no podía leerlos, puesto que estaban en otro idioma.
Otra cosa le llamó la atención, una serie de pequeños retratos. Draco de niño, un pequeñito rubio de sonrisa pícara volando en una escoba para niños, los pies no llegaban a despegarse del suelo, pero la sonrisa de deleite era imposible de ocultar. Otra junto a una mujer rubia, muy hermosa, que lo mantenía abrazado. Ya tenía el uniforme de Hogwarts en ésa, pero la expresión del rostro era calmada, feliz, para nada parecida a la que Harry le había conocido. En otro retrato estaba con el equipo de Quidditch completo de Slytherin, aquí ya tenía la mueca agria y fría conocida.
Los ojos de Harry derivaron a otro retrato donde Draco estaba vestido con una túnica simple, casi informal, y sostenía del brazo a una mujer. Con algo de esfuerzo, Harry reconoció que era la misma que en las fotos anteriores, pero se veía tan delgada y macilenta que parecía otra persona. El gesto protector y la mirada cariñosa que el joven rubio le estaba dedicando era algo que Harry jamás le había visto. Con algo de perspicacia, notó también que no había fotos de Lucius por ningún lado.
Siguió observando y descubrió una especie de atril con hojas dispuestas y un estuche en un estante cercano. Miró las hojas, abrió la carpeta.
- Esto... Esto es música...- comentó sorprendido.
- Sí. ¿Qué tiene de malo?
- ¿De malo?- Harry procuró no prestar atención a la nota de aprensión que había en la voz de su compañero -. Nada, en absoluto... Al contrario, yo admiro a la gente que puede entender estas cosas... Para mí sólo son... círculos negros... blancos... Palitos, cagaditas de mosca...
Una carcajada espontánea proveniente de la cocina volvió a sorprenderlo pero procuró con todas sus fuerzas no mirar en esa dirección. Cayó en la cuenta que era la primera vez que oía la risa del rubio. En cambio, abrió el estuche y encontró algo más.
- ¿Qué es esto?
- Te dije que no husmees, Potter.
- Wow... Un violín...
Alguien agitó una botella de cerveza junto a sus ojos, haciendo que desviara la vista del instrumento.
- Tu capacidad de observación es francamente asombrosa- fue el comentario que recibió.
El descubrimiento era tan increíble que sólo atinó a estirar la mano para tomar la botella y volver a mirar el instrumento, pulido, hermoso. El comportamiento del rubio desde que habían vuelto a verse estaba fuera del esquema que Harry tenía establecido para él; y la aparición de ese violín en verdad terminaba de alterar ese esquema hasta sus cimientos. El edificio de frialdad e indiferencia ‘Malfoy’ se resquebrajaba con rapidez y caía dejando ver algo que parecía un ser por completo diferente al que él conocía. Uno que casi sin darse cuenta, se había convertido en ‘Draco’, aunque sólo le llamase así en su interior y siempre tuviese que morderse la lengua para no decirle así en público.
- ¿Y de verdad puedes tocar...?
- No, Potter; lo tengo para ocupar espacio.
Como la respuesta había sido un tanto áspera, Harry se percató que el rubio no había interpretado bien sus palabras.
- Lo siento... No quise burlarme... Ehmm... ¿Podrías tocar algo?
Esta vez, la mirada de plata fue fulminante, como intentando captar cualquier matiz de burla en la pregunta, pero por supuesto, no había ni un ápice de eso, solamente sorpresa.
- Por favor- insistió Harry.
"No me hagas esto... No te burles de mí..." suplicó en silencio Draco, sabiendo que no iba a poder negarse a ese pedido; y rogando para que eso no fuera una mala broma. "No podría soportarlo."
Sin embargo, dejó la botella de cerveza a un lado y se quitó la túnica porque era demasiado amplia y estorbaba. Con el corazón latiéndole en un puño, sacó el instrumento del estuche y miró la partitura que había quedado abierta sobre el atril: Ich tanze mit Dir in den Himmel hinein (Alemán: Bailo contigo en el cielo).
Draco se preguntó si el hecho de que la música quedase abierta en ese vals era casualidad y decidió que sí, porque Harry no podía leer ni la música ni el título.
Mientras tanto, Harry se había sentado en el suelo, muy cerca y ponía toda su atención en los preparativos que hacía el rubio, conteniendo el aliento, y absorbiendo esa faceta nueva recién descubierta pero fascinante.
Draco acomodó el violín bajo el mentón, recompuso la postura erguida, y dio una última mirada a la partitura, que de cualquier modo se sabía de memoria, alzó el arco y encomendándose a cualquier divinidad que anduviese cerca, descargó el primer ataque.
Era una música melodiosa, no exactamente romántica, pero tranquila, pausada. Después de los primeros compases, Draco dejó de pensar en que había alguien oyendo, y que ese alguien era Harry; sólo cerró los párpados y se dejó llevar. Para él ésa era la magia muggle, el hecho de que una caja de madera, unas cuerdas y sus manos, pudieran alejarlo del mundo y hacerlo volar. Esa era magia que no podía explicar y para la cual no necesitaba nada mas que lo que podía poner en ese momento.
Era una pieza corta, tres minutos tal vez, pero a Harry, sentado a algunos pasos de distancia, le parecieron siglos. Estaba hipnotizado por la visión del joven rubio delgado y erguido, la magnífica precisión de esos dedos blancos y ágiles sobre las cuerdas, y el ritmo cadencioso del otro brazo, que alzaba el arco y lo deslizaba a veces en un movimiento largo y suave, a veces en pequeños golpes de sonido.
Además, el rostro... el rostro era tan plácido, tan entregado al momento que Harry tenía la sensación que para Draco no había nada en el mundo salvo él y el violín. Algunos mechones de pelo platinado caían sobre la frente, pero pasaban inadvertidos porque los ojos grises estaban cerrados, no molestaban.
Cuando la música se detuvo, cuando el arco hizo el último pase prolongado sobre las cuerdas, Draco abrió los ojos, regresando al mundo y encontrándose con el rostro absolutamente maravillado del otro muchacho. La música aún no lo había soltado, y Draco no estaba preparado para una mirada de tanto arrobamiento. Intentando mantener la actitud, bajó el instrumento y se volvió para guardarlo y ocultar el intenso calor que sentía en el rostro. Nunca, jamás se había permitido mostrar tanto de sí a alguien y si alguien le hubiese dicho que mostraría ese aspecto de su interior justamente a ‘Potter’, simplemente lo hubiese tildado de loco o insano. Peor aún, él debía ser el loco o el insano, por haberle permitido al moreno ingresar así en su existencia y no sólo por eso, sino porque en su fuero interno, ya no era ‘Potter’. Hacía algún tiempo que era solamente ‘Harry’.
El movimiento del rubio al dejar el violín, hizo que Harry volviera a la realidad y muy lentamente exhaló el aire que había contenido los últimos segundos.
- Eso fue... increíble...- intentaba buscar palabras que no sonaran vacías -. Fue como... como volar...
La frase, tan parecida a sus sentimientos, taladró los oídos de Draco que permaneció de espaldas, tratando de calmar el temblor en sus manos hasta que pudo dominarlo. Al volverse, ya casi era dueño de sí mismo otra vez.
- Es tarde, creo que deberías irte a tu casa.
Harry dio un sorbo más a la cerveza dejando la botella vacía en el suelo y se puso de pie. Sentía la cabeza agradablemente liviana y sabía que no era por el alcohol, él podía beber mucho más que una cerveza sin embriagarse.
"Tiene razón, es mejor que me vaya ahora... Las alarmas están empezando a sonar".
Inició el camino de regreso a la cocina para tomar sus cosas sin notar que Draco lo seguía muy cerca. Al bajar los tres peldaños que separaban ese nivel del otro, recordó que había dejado el envase en el piso y giró en el último escalón para ir por él. El otro joven, que venía bajando inmediatamente detrás, lo atropelló haciéndolo caer hacia atrás. Al darse cuenta que caía, en un acto reflejo, Harry aferró la ropa del otro y por supuesto cayeron juntos.
Fue una caída poco grácil y seguramente en otro momento, con otra persona, ambos se hubiesen reído con ganas; pero no en ése, ni con esa persona. Otra vez la cercanía, tan perturbadora como aquella noche en el puerto, los dos tan cerca que el calor se expandía, cómodo, confortable.
Draco sentía tan cerca el aliento agitado de Harry, el aroma a la cerveza de la cual los dos habían bebido, que ya no pudo controlarse.
"Al diablo con todo" fue su último pensamiento coherente.
"Dios..." pensó Harry, pero no hizo ningún intento de moverse. "Lo va a hacer... Va a besarme..."
Eso fue exactamente lo que sucedió, porque la siguiente sensación, fue la de unos labios suaves posándose sobre los suyos. Y ese hecho, que hubiese debido despertar algún sentimiento de rechazo, hizo todo lo contrario. Cerrando los ojos, por una vez, Harry pensó que la imagen que había intentado alejar de su mente en esos últimos dos días, por fin coincidía con la realidad.
“No está bien..." el pensamiento se deslizó en su mente al tiempo que los otros labios se entreabrían, dejando que una lengua inquieta acariciara con cautela su boca, invitándolo a compartir el gesto. Antes que su cerebro pudiera reaccionar dando una orden contraria, cedió el paso. "No debería sentirse así... No debería sentirse tan bien..."
Para entonces, ambas lenguas bailaban juntas, un beso largo que se prolongó hasta que respirar fue una necesidad urgente.
Respirando agitadamente, Harry no se atrevía a mirar, tenía pánico de lo que iba a ver si abría los ojos; entonces volvieron a besarlo y una vez más se hundió en la sensación, hasta que sus pulmones clamaron por aire. La situación era tan extraña para él que no se atrevía a moverse, pero no podía seguir así; también tenía terror que Draco 'empezara' a moverse, a hacer que la cercanía fuese demasiado evidente. Tenía que reaccionar.
- Por favor... Basta...- pidió en un murmullo que Draco oyó a la perfección.
Estaba casi tan asombrado como el moreno. Lo que menos hubiese podido prever era una reacción de ese estilo. Que Harry se prestara al beso, que reaccionara de esa forma, lo había dejado sin aliento; pero en la expresión angustiada se dio cuenta que ni siquiera Harry había podido prever sus propias reacciones. Por una vez, no quería ir mas lejos de lo que le permitieran, ése era un momento delicado; un movimiento extra y Harry saldría corriendo.
Con gran esfuerzo, se hizo a un lado, y se puso de pie. Romper el contacto fue casi doloroso para él, pero el alivio en Harry lo convenció que estaba haciendo lo correcto.
A su vez, el joven moreno se movió y consiguió levantarse. De momento, no supo qué hacer. Debería irse, pero su cerebro parecía haberse dividido en dos. Una parte le decía que tenía que quedarse y enfrentar eso, que para eso había sido y era un Gryffindor; y la otra parte le gritaba que se largara de ahí cuanto antes, que lo mejor era irse a casa a tratar de analizar todo lo sucedido con algo de frialdad y calma para luego actuar con la astucia que el caso requiriese.
- Esto... No está bien...- dijo intentando poner en palabras algunas de las cosas que le habían cruzado por la cabeza.
- ¿Por qué no?
- No es correcto...- estaba fracasando estrepitosamente en trasmitir lo que quería decir.
“Éramos enemigos jurados, nos odiábamos a muerte... No sería correcto que dos enemigos hayan compartido un beso tan fantástico...”
- ¿Fue desagradable para ti...?- Draco intentaba no perturbarlo más de lo que se veía.
- Fue... extraño...- no podía admitirle que no había sido desagradable en lo absoluto.
- Creo que mejor nos sentamos a hablar un poco de esto- con suavidad, lo tomó por un brazo y lo condujo con gentileza hasta uno de los sillones.
Él se sentó a su lado, algo alejado para darle seguridad. No se reconocía actuando de esa manera pero lo cierto era que no quería arruinar lo que había sucedido, y en la medida de lo posible, también estaba calibrando la posibilidad de repetirlo.
- No puede ser...- insistía Harry, en realidad, lo que hubiese debido decir era 'no puede ser que me haya resultado tan agradable'.
- Harry...- empezó el rubio, disfrutando por primera vez llamarlo por su nombre -. ¿En verdad fue tan... extraño...?
- Yo... nunca...nunca había besado...
- Nunca te había besado otro hombre- lo ayudó y Harry asintió sin hablar -. Por eso fue extraño, claro; pero no fue desagradable... ¿O sí...?- Creo... que no.
- ¿Entonces, qué es lo que te molesta?
- Lo que me molesta... Lo que me molesta, lo que me perturba es que 'es extraño'... ¿No te das cuenta? Aunque no quieras recordarlo, durante siete años nos insultamos a todas horas durante casi todos los días. Luego no supe de ti por casi dos años, un día te encuentro en la oficina de mi instructor y nos pone a trabajar juntos. Unos meses después estoy besándome contigo en la sala de tu casa... ¿Acaso no te parece malditamente extraño?- Harry tomó aire para hilvanar sus últimas frases -. ¡Éramos enemigos!
Luego de la falta de palabras anterior, ésa fue toda una exposición, y Draco casi sonrió.
- Es un buen resumen de los hechos, diría yo... Por si no te diste cuenta, tu última frase fue en tiempo pasado.
La voz había sonado tan divertida, que Harry no pudo menos que mirarlo. Las pupilas grises estaban exentas de malicia, lo contemplaban con genuino deleite; la sonrisa que no dibujaban sus labios, casi podía observarse en la mirada. Saber que era él la causa de eso, lo hizo sentirse mejor, pero no pudo evitar el súbito rubor.
"Adoro cuando se pone así... No se da cuenta lo irresistible que es..." admitió Draco antes de acercarse para besarlo de nuevo. Aunque hubo un segundo de envaramiento, esta vez, Harry cedió con facilidad y se plegó con auténtico deseo.
“Bien, no tiene sentido que siga negándolo. Me gusta la manera en que me besa” terminó por admitir Harry mientras compartía el momento.
Además, todo transcurría de forma casi natural, y lo que le daba a Harry la sensación de comodidad y casi de seguridad, era que el rubio no hubiese intentado nada más que besarlo. El contacto de los cuerpos en el suelo había sido accidental, y ahora, solamente una mano en la nuca lo sostenía cerca, pero nada más. Ninguna mano indecorosa o fuera de lugar. De alguna manera, eso lo hacía sentir seguro aunque no pudiese explicarse por qué eso era tan importante para él.
Para cuando lo soltaron, su respiración había tomado otra vez un ritmo un poco enloquecido.
- ¿Que sigue ahora?- preguntó, y dándose cuenta que la frase podía ser interpretada de muchas maneras, intentó corregirla -. Quiero decir... vernos todos los días, durante todo el día...
- Actuaremos como lo hacemos siempre. Mañana nos veremos en la clase, intentaremos hacer lo mejor posible, por la tarde le daremos los informes a Owens y luego nos iremos a casa a dormir. Cada uno a su casa, quiero decir. A menos que quieras hacer algo después; no sé... ir a tomar algo o salir a algún otro sitio, pero considerando la pila de tarea que nos dejan, quizás sea mejor vernos el fin de semana.
Parecía tan fácil al escuchar que el rubio con su acostumbrada seguridad describía el día sin dificultades, como si ya hubiese pasado por eso.
- Quieres decir, tener una cita el fin de semana- puntualizó Harry.
- Sí, eso quiero decir.
La idea lo hizo ruborizar de nuevo.
- ¿En realidad quieres tener una cita conmigo...?
- Por supuesto. Me muero por saber cómo eres cuando no estás en la oficina, cuando no estás pensando en las clases o en el trabajo... y para esa altura de la semana, estaré enloqueciendo de ganas de besarte de nuevo.
- Draco...- oírse decir el nombre del otro joven le encendió el rostro de nuevo -. No habrá cosas raras entre nosotros en la Escuela, ni en el Ministerio, eso es definitivo.
- Como tú quieras- cedió aquel, maravillado al oír que ya no era 'Malfoy' sino 'Draco'. Además, después de su experiencia anterior, quizás fuese lo mejor.
Durante unos segundos, Harry miró hacia adelante, analizando con seriedad lo que sentía y decidiendo por fin ceder a su innegable y audaz lado Gryffindor.
- No lo entiendo... No lo entiendo, pero sí me gustas...- no lo miró al admitir aquello.
- No sigas, Harry o voy a besarte de nuevo- le advirtió Draco.
- Y también me gusta eso.
- Te lo advertí- dijo suavemente al tiempo que se inclinaba para atrapar sus labios.
- Y ahora creo que es mejor que me vaya... - susurró en cuanto lo soltaron.
- Mejor.
Draco se puso de pie, y lo ayudó a hacer lo mismo. En silencio, le alcanzó la capa y le ayudó a cargar la mochila. Por supuesto, se aseguró que la última sensación del moreno antes de irse, fuese la de sus labios.
~o0o~
Cuando desapareció, Draco suspiró incrédulo por el rumbo que habían tomado las cosas. Durante unos segundos se quedó de pie, allí en medio de su departamento, recordando cada paso de todo lo que había sucedido en ese lugar. Era descabellado, era algo totalmente fuera de los planes de cualquiera, mucho más de los suyos.
Un par de días atrás había estado totalmente decidido a pedir su traslado a otra Central, había estado a punto de hacerlo. Ahora tendrían que arrastrarlo para sacarlo de allí. Recordó la suavidad de la boca que lo había recibido, y contuvo el aliento tratando de detener la sensación. Era lo más extraño pero lo más fantástico que le había sucedido. Unos instantes de cordura le recordaron que de todas las parejas que podía elegir, Harry Potter era la que más problemas podía traerle pero desechó esos pensamientos con fuerza. No iba a pensar en todo lo que podía salir mal desde el comienzo. Al final, decidió que necesitaba una ducha y dormir para enfrentar lo que vendría.
~o0o~
Harry se apareció en el vestíbulo de la casa a oscuras y agradeció por eso. Todavía se sentía exaltado por lo sucedido, el sólo recordar le hacía arder los labios. Cruzar por el vestíbulo y pasar junto al espejo que tenían allí no ayudó demasiado. Su cabello tenía un aspecto inusualmente despeinado. No era que luciese bien siempre, pero esta vez tenía todo el sello de haber sido revuelto por manos muy entretenidas en esa tarea, tenía los labios demasiado llenos, y la mirada vidriosa, algo que él mismo solía asociar con la excitación.
Sonrió al darse cuenta que le agradaba verse así y subió a su cuarto, se desvistió y se arrojó a la cama. El recuerdo del otro cuerpo sobre el suyo, tan cálido, tan perfecto, alteró su respiración. Algunas imágenes altamente perturbadoras irrumpieron en su mente, plagadas de caricias y otras cosas que ni siquiera se permitía pensar por el momento. Y los besos... tan ardientes, tan firmes y a la vez suaves. Una especie de hormigueo le recorrió las piernas pero no tenía nada que ver con magia oscura. No, era algo muchísimo más agradable.
“Ni pensarlo. Definitivamente no voy a tocarme pensando en Draco." se dijo terminante y cruzó las manos en la nuca para tratar de dormir.
Durante un instante pensó que lo que había sucedido debía ser un error. A él siempre le habían gustado las chicas... Lo cierto es que ver que su padrino y Remus eran tan felices le hacía desear algo igual, y no le importaba si era con una chica o con un muchacho.
Al cabo de un rato, al ver que dormir parecía una tarea imposible, se levantó y se dio una ducha con el agua más fría que pudo resistir. Sólo entonces pudo dormir.
Capitulo 7Severus entró en la vieja mansión y se dirigió directamente a la cocina, atravesando corredores solitarios y en penumbras. El sitio era oscuro y algo lóbrego, pero no le presto atención. Era la casa que había pertenecido a la familia Black hasta que su último heredero había caído en Azkabán, y en los últimos años había funcionado como central de la Orden del Fénix, la organización que Dumbledore había formado mucho tiempo antes para combatir a Voldemort. Cierto es que, con el paso de los años, habían ingresado nuevos miembros, pero Snape sabía que ese día sólo estarían allí los cinco que habían hecho el conjuro para contener a Voldemort.
Odiaba admitir que no se sentía bien, el dolor en las costillas era por momentos inmovilizante, por no hablar de otros dolores de carácter más íntimo en los cuales ni siquiera quería pensar. No había tenido tiempo de ir a que lo curasen, había salido de la mansión de Lucius directo al Cuartel, apresurado por alejarse de aquel lugar. La reunión de la Orden en realidad le había estropeado los planes de irse a Hogwarts, encerrarse en sus habitaciones y tomar un largo baño que lo librara de toda esa sensación extraña que nunca admitiría delante de nadie. Nunca sabía cómo sentirse después del sexo con Lucius y no lo analizaba demasiado, no le gustaba admitir que una parte de él aún lo disfrutaba.
Tampoco había nadie en la cocina, y se sintió agradecido por ello. Algunas gotas de sudor le corrieron por las sienes, producto del esfuerzo que le costaba resistir el dolor y las secó impacientemente con el revés de la mano. Resolvió mirar en los armarios, quizás encontraría algunas cosas con las que prepararse algo que le calmara un poco el dolor. Al parecer tenía algo de suerte después de todo, consiguió reunir unos cuantos ingredientes y alcanzó a ver el que le faltaba en un estante alto. Con cuidado, se estiró para alcanzarlo, pero el dolor fue tan punzante que se encogió sin poder ahogar un jadeo. Una mano gentil alcanzó el pote adelantándose a él, al tiempo que lo sostenía.
- Despacio, Severus.
Furioso consigo mismo por la debilidad, Severus alzó la mirada hacia quien estaba intentando ayudarle. No podía ser Black, se detestaban demasiado.
- Lupin...
Sin decir nada, el hombre intentó llevarlo hacia alguna de las sillas, pero Snape se resistió a la idea y en vista de eso, se limitó a ayudarlo a recomponer la postura que menos dolor le causara.
Debido a las constantes transformaciones de la luna llena, Lupin siempre había parecido un poco mayor de lo que en realidad era, y ahora el mechón gris en medio del pelo castaño era más notorio. Lo único que no cambiaba, era la intensa calidez de los ojos de oro y la amabilidad innata con que trataba a todo el mundo, incluso a él.
- ¿Mejor?- preguntó en cuanto la respiración de Snape se normalizó un poco.
Otra cosa que Severus apreciaba del licántropo era su habilidad para no hacer preguntas idiotas del tipo: ¿Estás bien…? cuando era más que evidente que no lo estaba, o comentarios de conmiseración que Snape definitivamente hubiese detestado.
- Sí, un poco.
Observando lo que Severus había juntado sobre la mesa, Remus supo lo que estaba intentado hacer; entonces fue hasta otro armario y sacó un frasco, lo destapó y se lo tendió.
- Ya está preparada... La uso luego de la luna llena... cuando todo me duele demasiado.
Claro, lo había olvidado. Aparte de la poción matalobos, Snape también le proveía algunas otras preparaciones para curar las heridas ocasionales o los dolores producidos por los golpes. Sin pensarlo dos veces le dio un trago generoso, esperando sentir el efecto calmante.
“Mierda… ¿Con qué le di sabor a esto? ¿Con orina de hipogrifo…? ¿Y Lupin lo toma todos los meses…?” pensó, alejándose un poco del dolor.
- Pensé que no había nadie- comentó Severus cuando el efecto empezó a hacerse notorio.
- Acabamos de llegar.
Esa frase le indicó a Severus que el otro debía andar rondando por las otras habitaciones. El otro era Sirius Black, por supuesto.
Luego de varios años, la situación procesal de Black no había cambiado. Seguía prófugo, aunque el furor por su captura había menguado bastante. Eso se debía, en parte, a que los contactos de Dumbledore dentro del Ministerio tergiversaban pistas, inventaban paraderos falsos enviando a los grupos de Aurores a búsquedas infructuosas, desdibujaban cualquier posible novedad acerca de su presencia. Luego de su fuga de Azkabán, Sirius había escapado de Inglaterra por unos meses, pero incapaz de alejarse demasiado tiempo de su ahijado, retornó al país y se había quedado encerrado en su mansión; pero después, hastiado de la pasividad, se largó y había terminado por formar una red de contactos nada despreciable entre magos y brujas de reputación dudosa, pero que no por ello estaban ansiosos del retorno de Voldemort.
Todo ellos sabían que Remus y Black eran pareja, pero lo que Severus no podía entender era que Remus amase tanto a ese mago petulante como para seguirlo siempre. No tenían un lugar fijo, nunca se quedaban demasiado tiempo en un lugar debido a las cacerías de los Aurores, y sin embargo, donde fuese Black, Remus lo seguía, sin preguntas, sin cuestionamientos, como dando por sentado que eso era lo que se esperaba de él.
Lo mejor que podía hacer en ese momento, era alejar esos pensamientos.
- ¿Sabes para qué nos reunió Dumbledore?- preguntó Remus, sacándolo de sus meditaciones.
- Seguro que para algún otro conjuro semi oscuro, amor- dijo la presencia desde la puerta sonriendo, pero la sonrisa se borró al notar quien era el que estaba en la cocina -. Snape.
- Black.
Por unos instantes, se midieron con asco. Los años no podían disminuir la inquina que había entre ellos, pero por el bien de la Orden, hacían un esfuerzo por tolerarse las veces que se reunían. Ahora, Sirius llegó hasta la mesa y se sentó junto a Remus.
Con todo el fervor de su alma, Severus hubiese querido decir que Sirius continuaba con la misma facha de demente sucio que tenía cuando escapó de Azkabán, pero no era así. Si bien el mago no tenía acceso a los fondos de su fortuna familiar oportunamente confiscada por el Ministerio, vestía bien y había recuperado su legendaria apostura. Nada podía competir con la natural elegancia del hombre y eso era algo que a pesar de todo Snape no tenía más remedio que admitir.
- Según las últimas noticias, estabas en Madagascar... -comentó Severus.
- Estábamos en Madagascar- puntualizó Remus, sonriendo -. Nos avisaron a tiempo que era mejor buscar nuevos horizontes...
- Decidí que tenía que venir a ver qué pueden hacer sin mí- la sonrisa de Sirius era un poco pedante, sabía muy bien que eso exasperaba a Snape.
- Aunque no lo creas, podemos vivir sin tu resplandeciente presencia- masculló aquel.
- ¿En serio...?- preguntó Sirius, displicente, mientras encendía un cigarrillo y expelía una densa bocanada de humo en el rostro del otro mago.
- Sirius, basta, por favor- intentó mediar Remus, que ya veía cómo iban a terminar las cosas.
Esos dos no podían tener ni siquiera un intercambio de palabras civilizado y ése intercambio ya estaba empezando a tornarse de todo menos civilizado.
- Lo único lamentable es que arrastres a Lupin contigo, yo estaría dispuesto a cuidarlo personalmente cuando no estés...- comentó Severus, respondiendo a la sonrisa, sabiendo también dónde tocar para hacer saltar a Black.
Remus se quedó boquiabierto y sin palabras. Sirius también, porque no esperaba que el ataque viniera por ese lado, y cuando reaccionó e inició el movimiento para levantarse dispuesto a una respuesta más vehemente y posiblemente con ansias de puntearla con sus puños, Minerva entró en la cocina seguida por Dumbledore. Ambos tomaron sus lugares alrededor de la mesa, al parecer sin notar el clima tenso y tan próximo a la gresca que había en ese lugar.
- Por favor, Severus, toma asiento- lo invitó Dumbledore.
- Estoy bien así, Albus. ¿Para qué nos reuniste?
- Hablé con mis contactos en la Universidad. El profesor que mataron estaba trabajando con dos de sus estudiantes en algo muy importante- desplegó varios pergaminos en la mesa, algunos eran mapas astrales -. Era un estudio, un antiquísimo tratado de astronomía donde se identificaba el momento exacto en que se producirá una conjunción planetaria a gran escala. Será un momento muy importante; durante un breve lapso de tiempo, algunos planetas estarán alineados y eso abrirá un vórtice mágico, un inmenso flujo de magia va a derramarse.
- ¿Y Voldemort sabe esto?- preguntó el licántropo sin poder creer que semejante conocimiento pudiese estar en poder del mago oscuro más poderoso que había.
- Creemos que sí, Remus. Y hasta creo conocer sus propósitos… Como no tiene idea de la duración del conjuro que hicimos, debe estar planeando utilizar este poder para romper el hechizo. Entonces bien, esta conjunción estaba prevista desde hace muchos siglos. Había algunos apuntes sueltos en el escritorio del profesor y alcancé a entender que los antiguos celtas y también los egipcios habían previsto este momento. Incluso habían identificado el lugar exacto donde se abrirá el flujo de poder.
- Por eso faltaban todos esos libros en la mansión de Lucius- recordó Snape -. Los temas son coincidentes. Entonces Voldemort sabe lo de la conjunción... El profesor de la Universidad ya había cumplido su parte y como ya no le hacía falta, lo mató. Faltaría ver si sabe el resto, si consiguió descifrar los otros datos.
- Y faltaría que nosotros también consigamos descifrarlo- intervino Minerva -. Y detenerlo antes que él pueda acceder a tanto poder, de lo contrario, puede que ni siquiera Harry consiga derrotarlo a pesar de todo.
- No me gusta cómo sonó esa última frase- dijo Sirius.
- Tenemos que movernos rápido- explicó Dumbledore -. Remus, quiero que vengas conmigo a Hogwarts y te traigas todos los libros que Severus te dé. Necesito que tú y Sirius identifiquen los medios que Voldemort buscará para acceder al poder. Minerva y yo seguiremos con los datos que dejó el profesor para saber dónde y cuando será la conjunción. Voldemort corre con ventaja, ya sabe algunas cosas, tenemos que ponernos a la par lo más rápidamente posible.
- Quizás pueda conseguir alguna pista con Lucius...- masculló Snape, casi para sí mismo.
- No, Severus- cortó Dumbledore -. Estás demasiado cerca de él y tu intervención sería fácilmente detectable. No quiero que te arriesgues más.
Snape no pudo contener la risa, que los sorprendió a todos.
- Albus, yo voy a hacer lo que haga falta, y lo sabe. Si yo no le hago el trabajo sucio... ¿quien se lo hará...?- la mirada recorrió a todos los presentes en esa reunión y una mueca amarga, algo similar a una sonrisa, volvió a aparecer -. ¿Alguno de los que tiene aquí...? No lo creo. No se preocupe, yo sé cuidarme. Lo veré en Hogwarts.
Diciendo esto, salió de la cocina dispuesto a irse. La idea de tener que volver a ver a Lucius en los días siguientes volvía a causarle esa sensación de vacío interior pero sabía que tenía que hacerlo. Una retorcida parte de su mente le recordó que aún disfrutaba mucho de esos encuentros. Sin embargo, lo primero que tenía que hacer, era hacerle una visita a Madame Pomfrey.
~o0o~
Harry respiró hondo antes de entrar al aula. La incertidumbre le había hecho perder el apetito desde temprano y no tenía idea de cómo iba a hacer para enfrentar la situación, pero Malfoy se hizo cargo del asunto sin inconvenientes. Apenas lo vio aparecer por la puerta del aula, simplemente hizo lo de todos los días: le dirigió una mirada rápida y lanzó su frase matutina habitual.
- Tarde, Potter.
Harry estuvo a punto de sonreír de puro alivio, pero no dijo nada y tomó su lugar con más confianza.
- Me quedé dormido- dijo, sin mentir, aunque por razones obvias no iba a decirle que había tardado en dormirse debido a las ‘ideas calientes’ que le habían impedido cerrar los ojos.
Después de todo, Draco había tenido razón, las clases solían ser tan exigentes que no les permitían tiempo para distraerse demasiado y casi de común acuerdo mantenían una distancia razonable entre ellos. De algún modo, Harry presentía que si se acercaban demasiado, los resultados podían ser desastrosamente maravillosos. El resto del tiempo fue normal, y la clase de Pociones Avanzadas dio paso a la de Legislación Mágica y luego a la parte del entrenamiento práctico a cargo de Kennard. Todos estaban haciendo un papel pobrísimo, como si se hubiesen puesto de acuerdo, y eso desquició al instructor que empezó a gritar, desesperado.
- ¡Alto! ¡Alto, todos! Esto es una desgracia... ¡Ustedes son el grupo más lastimoso que he visto en mi vida!
Todos le hubieran prestado más atención, si Kennard no usara esa frase con bastante regularidad; pero en ese momento se veía bastante alterado y, peor aún, porque justamente ese día parecía ser una verdad indiscutible.
- ¡Krugger! ¿Puede decirme que intenta hacer...?
- Ehm... 'Sturmm', señor...- contestó tímidamente el alemán, que había estado intentando convocar una corriente de aire para desestabilizar a su oponente.
- ¿Y en verdad cree usted que esa ráfaga miserable es algo que pueda detener a alguien, especialmente a un Mortífago?- se revolvió entre los avergonzados estudiantes -. ¿Alguno de ustedes cree que podrá sobrevivir si se enfrenta a uno de ellos? Si no ponen algo de entusiasmo, señores, sus funerales van a llegar mucho más rápido de lo que ustedes creen, y por Merlín que no tengo intenciones de asistir a ninguno.
- No tengo que enfrentar a ningún Mortífago... Sólo a Voldemort- masculló Harry entre dientes.
Aunque no había escuchado con claridad la frase, Kennard sí había oído de dónde venía y giró con vivacidad hacia el joven.
- Después de su desastrosa actuación en los últimos dos encuentros, Potter, usted debería tener la decencia de mantener la boca cerrada...- pareció que iba a decir algo más, pero de pronto cambio de opinión -. Venga, Potter, suba a la tarima.
Harry lo miró sin entender en un principio, luego supo que el instructor quería hacer una demostración con él, más bien demostrar algo de lo que había ocurrido en esos dos encuentros. La idea le pareció muy similar a las cosas que Snape le hacía para ponerlo en ridículo y meditó un poco la idea de negarse, pero no podía hacerlo; además, Kennard no era Snape. De momento, sólo estaba un poco enojado por lo mal que se estaban dando las cosas, pero nada más. Teniendo en cuenta eso, se puso en movimiento y subió a la tarima.
- Muy bien, Potter, si consigue usted tocarme con un hechizo, uno solo, apenas un toque, asumiré que mis clases son un éxito a pesar de la porquería que he presenciado hoy aquí. Si no lo consigue, todos ustedes, pero sobre todo usted, ejercitarán a diario una hora más, desde mañana hasta el día de las evaluaciones finales.
Hubo un rumor general de protesta entre los estudiantes, a quienes, por supuesto, no les parecía nada prometedor el asunto, pero Kennard no estaba preguntando si querían aceptarlo; estaba haciendo el enunciado de lo que iba a suceder, quisieran o no.
- Malfoy, usted nos dará la señal.
Ante la indicación, el rubio se ubicó a un lado de la tarima y esperó a que cada uno tomase el sitio correspondiente, espalda contra espalda.
- ¿Listo, instructor?
- Listo.
- ¿Estás listo?- preguntó de nuevo mirando al otro oponente.
Nervioso, Harry apenas desvió la vista un segundo. El rostro de Draco estaba impasible, calmado como siempre, y durante el segundo que las miradas se encontraron, Harry supo que podía extraer de ahí la calma que necesitaba para tranquilizarse. En ese momento, escuchó algo extraño, una especie de murmullo lejano, como muchas voces hablando al unísono pronunciando palabras que no podía comprender.
Respiró hondo y exhaló despacio al tiempo que asentía. El murmullo se alejó hasta convertirse en algo sin importancia.
- Adelante- dijo Draco y dio un paso atrás para comenzar a contar los pasos de los contrincantes con voz tranquila y pausada.
Al décimo paso, ambos giraron a toda velocidad, tomándose apenas un segundo para calibrar al oponente.
Lo primero que asombró a Kennard, fue que Harry no armara una guardia, estaba parado frente a él, un poco ladeado, sin presentar un frente completo, los brazos a los lados. Lo segundo, fue que parecía relajado por completo, el rostro estaba inexpresivo, absolutamente concentrado, las pupilas verdes fijas en él.
- ¡Plyicah!- gritó Kennard y un estilete blanco salió de la punta de la varita en dirección a su oponente.
Contra todo lo esperado, Harry no armó un escudo, y no intentó quitarse hasta el último instante, en el cual ejercitó apenas una torción de cintura, un movimiento mínimo pero suficiente para que aquello pasara rozándole un hombro. El segundo siguiente fue para su respuesta.
- Lashia.
No tenía necesidad de alzar la voz, sabía que la magia respondería incluso si no podía mas que murmurar. El rayo azul partió con la agilidad y el sonido de un rayo, y justo antes de llegar hasta el instructor, latigueó, impactando de lleno en el pecho del hombre. Lo alzó en el aire y lo arrojó hacia atrás sacándolo de la tarima. Menos de unos cuantos segundos y el encuentro había terminado.
Al ver que Kennard no se movía, todos corrieron hacia él para verificar que estaba bien. Todos menos Draco, que subió a la tarima porque veía que Harry continuaba sin moverse. La ofensiva del instructor había desgarrado parte de la túnica en el hombro, pero no había llegado a lastimarlo, sin embargo, el rostro continuaba inexpresivo, mirando hacia adelante con una concentración que incluso Draco encontró un poco atemorizante y demasiado similar a lo que le había sucedido cuando encontraron al mago descuartizado.
- ¿Estás bien...?- preguntó muy despacio.
Las palabras lo hicieron reaccionar. Harry estaba absorto, como en trance, y es que en aquel momento y por un brevísimo instante, casi hubiese podido jurar que comprendía lo que aquellas lejanas voces le estaban diciendo. Luego la sensación se desvaneció, dejándolo pensativo y concentrado en lo que había hecho. Había lanzado el conjuro sabiendo que no tenía necesidad de gritar, ni siquiera de moverse demasiado, había previsto la respuesta de la magia; lo que no había podido registrar era la potencia con que aquella había respondido. La pregunta de Draco consiguió hacerlo volver, y al hacerlo, vio que Kennard estaba despertando, todavía tendido en el suelo. Y vio la mirada preocupada del rubio fija en él.
- Estoy bien- dijo tan solo y fue hacia su instructor, arrodillándose a su lado para verificar si estaba herido -. Señor Kennard... Lo siento... No quise...
- ¡¿No quisiste?!- casi gritó el hombre, intentando ponerse de pie. Extrañamente, no se veía enojado -. ¡Maldita sea! ¡Es la primera vez que un estudiante me derriba y me dice que no quiso hacerlo!
Se levantó masajeándose el pecho, mientras seguía vociferando.
- ¿Por qué condenación no hiciste eso antes, en lugar de hacerme enojar así...?
- Usted... me atacó de verdad...- aventuró Harry, aunque no sabía muy bien cómo había podido dilucidar en ese momento lo que había pasado.
El instructor se quedó pensativo un momento. De manera que el chico había podido captar que eso no había sido un simulacro, sino un ataque real, aunque el mismo no estaba dirigido a matar sino simplemente a herir. Eso sólo lo distinguían magos con muchos años de duelo.
- Cierto- admitió Kennard -. Acabas de salvar a todo este grupo de lastimosos compañeros tuyos, Potter. Lárguense de aquí antes de que me arrepienta.
Aliviados porque todo había resultado bien, todos salieron. Sintiéndose un poco perturbado todavía por lo que había hecho, Harry hubiese querido estar a solas un momento, pero Ron y un grupo de estudiantes se lo llevaron para conversar sobre el suceso.
En silencio, Draco vio como lo remolcaban, probablemente hacia la cafetería, donde ese montón de metiches iban a preguntar una y otra vez las mismas cosas, pero no podía hacer nada al respecto, de manera, que resignándose, tomó sus cosas y salió rumbo al Ministerio.
~o0o~
"Muy bien Harry, terminemos con esto: estás nervioso y ya" se dijo, mientras seguía intentando leer el libro que tenía entre las manos, abierto en la misma página desde hacía media horaEra casi mediodía y Ron estaba en la cocina preparándose para salir mientras esperaba a Hermione, pues se suponía que iban a ir juntos a una excursión en Gales. Habían invitado a Harry un montón de veces, pero aquél no tenía intenciones de salir. Según les había dicho, tenía mucho que estudiar. Y como para hacer más creíble esa aseveración, se había pasado parte de la mañana en pijamas, tirado en el sofá y tratando en vano de concentrarse en una intrincada poción desconocida de la cual no había conseguido leer ni siquiera el nombre.
Esa era, sin duda, la excusa más pobre que Harry había dado en su vida, pero sus amigos estaban tan entusiasmados uno con el otro, que al parecer no lo habían notado, de manera que ese sábado, Ron seguía esperando, armado de una paciencia infinita, a que Hermione terminase de prepararse.
- ¡Ya estoy lista!- exclamó por fin la joven mientras bajaba corriendo las escaleras.
Sí que lo estaba y Ron fue el primero en admirarla y aunque por supuesto en ese momento no se lo dijese, su cara de arrobamiento fue por demás explícita. Por su parte, Harry se preguntaba cómo era que Fritz había aceptado con tanta rapidez el haber perdido un bombón como Hermione, y decidió que luego le preguntaría a Ron porque ése no era el momento más adecuado para ese tipo de indagaciones.
Luego de volver a insistir en la invitación y después de que Harry volviera a negarse, la joven pareja se despidió y ambos desaparecieron. Al punto, Harry saltó del sillón y corrió a su habitación para vestirse y luego fue hasta el armario donde guardaban las escobas, para tomar la suya que ya había dejado preparada la noche anterior.
Draco le había dicho que en Hogsmeade había un claro rodeado de altos árboles donde podían volar sin riesgo de ser observados, muy cerca del bosque donde habían encontrado al mago. Aunque no era el mejor sitio del mundo, el hecho de que fuese un lugar apartado tranquilizaba a Harry porque no estaba preparado todavía para dar explicaciones a nadie acerca de todo eso.
Como sentía que el departamento de Draco era un sitio potencialmente peligroso, Harry había insistido en encontrarse directamente allí, por lo que después de asegurarse la capa, se apareció en el sitio en el que habían acordado.
El aire fresco y la brillante luz del sol le dieron de lleno en cuanto se apareció; casi al mismo tiempo, escuchó una voz ya muy conocida.
- Tarde, Harry...
Giró, para ver a Draco, indolentemente sentado al pie de un árbol, su escoba apoyada a un lado y del otro una canasta. Supuso que la expresión de su cara debía ser muy similar a la de su amigo pelirrojo y trató de cambiarla por todos los medios posibles, pero estaba bastante seguro que no había obtenido buenos resultados. Sobre todo porque el rubio había dejado de lado la ropa seria que usaba en la Academia y lucía informal e increíblemente bien. Harry se encontró preguntándose cuántas personas conocía que pudiesen lucir tan bien con un simple pantalón, un suéter y una capa aunque, por supuesto, cada prenda de calidad impecable y costo inimaginable para él.
Draco se puso de pie y con total aplomo, con plena conciencia de la mirada apreciativa de que era objeto, fue hasta él, y al llegar sólo alzó la mano para tomarlo con mucha suavidad por la nuca y atraerlo hacia sí para besarlo.
Únicamente en ese instante, Harry descubrió cuánto había estado deseando eso. No atinaba a hacer nada más que responder al maravilloso contacto de esa boca en la suya, abriendo los labios, sintiendo cómo su corazón comenzaba a descontrolarse poco a poco y sin preguntarse si estaba bien o no, se dedicó a disfrutarlo. Cuando el aire fue absolutamente indispensable, le permitieron alejarse.
- Hace días que quería hacer esto- dijo Draco, a modo de disculpa, pero no hacía falta y los dedos delgados se entrelazaron en el cabello más corto de la nuca, en una caricia leve.
- Como saludo está muy bien, creo...- respondió el moreno intentando aliviar el intenso hormigueo que le recorría el cuello ante el contacto.
“Estúpido... es el mejor saludo que te han dado en tu vida, so idiota” se reprochó mentalmente.
Consciente de la respuesta que estaba provocando, Draco lo soltó, y volvió para tomar sus pertenencias. De momento, no tenía en sus planes apresurar las cosas, de manera que una vez que tuvo todo, se volvió a mirar al moreno.
- Muy bien, vamos.
En parte agradecido y en parte con la sensación de querer un poco más, Harry caminó a su lado en silencio, un tanto incómodo porque no sabía muy bien qué hacer o qué decir. Las escasas veces que había podido pasear con Sirius y Remus, juntos los tres, su padrino no tenía ningún inconveniente en rodear cariñosamente con su brazo la cintura del licántropo, o caminar tomados de la mano. Ignorando de qué sitio de su mente había salido una idea tan cursi, Harry sacudió la cabeza para tratar de quitar esos pensamientos.
“Claro... y en cualquier momento querrás que quien hasta hace poco fue tu enemigo, se ponga de rodillas y te declare su amor imperecedero...” pensó y estuvo a punto de soltar una carcajada por ese ridículo pensamiento.
Como no estaban muy lejos del lugar elegido, no tuvo mucho tiempo para seguir preguntándose cosas. Rodearon el bosquecito hasta llegar a un sector donde había un cerco de árboles muy altos.
- Ahí- señaló el rubio -, del otro lado nos cubre la colina y de este lado, los árboles, nadie debería observar.
- Perfecto.
Draco acomodó la canasta a un lado y se quitó la capa porque a esa hora del día no hacía tanto frío, mientras tanto, Harry desenvolvía su escoba. La había cambiado el año anterior y con lo que le gustaba volar, hubiese sido de esperar que tuviese un buen trajín encima, pero con todo lo que siempre tenía que hacer estaba casi sin usar. Sentados a la sombra de los árboles, ambos se abocaron a la tarea de desenvolver sus escobas y como Harry había comenzado primero, también fue el primero en terminar, después de lo cual se quedó observando en silencio al rubio.
- Draco...- decidió de repente -. ¿No te parece que deberíamos tratar de aclarar un poco algunas cosas...? Quiero decir... Algunas de todas las cosas que pasaron...
- No.
- ¿No...?- preguntó Harry, sorprendido por la respuesta rápida y segura.
- No- repitió Draco, terminando su labor y sentándose con más comodidad, luego de lo cual enfocó sus ojos grises en el otro muchacho -. Harry... no creas que no puedo entenderte... También yo estoy un poco... confundido con esto que está pasando. Estos últimos días estuve pensando bastante y creo que algo bueno podría resultar de esto, pero también tengo el presentimiento, el fuerte presentimiento, que si nos detenemos en el pasado, si nos detenemos a recordar todo el daño que nos hicimos, el modo en que nos insultamos... Creo que vamos a estropearlo todo antes de empezar... ¿no te parece?
Extrañamente, Harry tuvo el mismo presentimiento. Durante esos días había pensado en la alternativa de hablar o no de esos temas del pasado y cada vez que lo meditaba, la idea que no era lo mejor por hacer llegaba sin tardanza a su mente. Por lo visto, no era el único que pensaba así.
- Entonces, simplemente quieres que olvidemos todo lo que pasó, como si no hubiese sucedido nunca...
- No exactamente... Esas cosas pasaron pero no creo que tengamos que hablar de ellas, supongo que tarde o temprano saldrán a flote sin que podamos evitarlo, pero mientras tanto, me parece que no deberíamos revolver demasiado ese caldero.
- ¿Y entonces de qué hablaremos entre nosotros?
- Podríamos probar con las cosas que pasaron luego de que dejamos de vernos... Para los momentos en que deseemos hablar, claro- agregó esa última frase con brillo bastante sugerente que hizo que Harry desease de inmediato pasar a otros temas, cosa que Draco pareció captar por lo que se apresuró a continuar -. Además, tengo una sorpresa para ti.
- ¿En serio...?
- Ajá- revolvió dentro de la canasta y sacó una cajita, extendiéndosela -. Espero que no hayas perdido tus reflejos...
No era muy grande, cabía en su puño y por el diseño de la cubierta, Harry intuyó qué era. Además, la vibración que sintió al tomarla en sus manos le dio toda la pista que necesitaba para estar seguro.
- Es una Snitch...
- Sip. La encanté para que no deje este espacio...Quiero verte volar- declaró convencido, acomodándose mejor.
- Me viste volar muchas veces...- dijo Harry sin entender y temiendo que fuese una broma.
- Eso fue antes y no del todo cierto- el rubio tomó aire como para elegir bien las palabras para lo que quería decir sin traicionar demasiado su conversación anterior -. Cuando estábamos en Hogwarts y éramos Buscadores rivales, yo estaba más ocupado en tratar de ganarte o de joderte la vida que en mirarte... Luego, cuando abandoné el Quidditch ya no pude observarte... Me gustaría que vueles para mí ahora. ¿Lo harás...?
Sin dudas, gran parte de las primeras palabras eran ciertas. Mientras fueron competidores, ninguno de los dos había prestado atención al otro más que para molestarse mutuamente y el moreno recordó que Draco había abandonado ese deporte y casi no volvió a aparecer en el estadio del colegio. Entonces asintió y tomó la escoba para adentrarse en el claro.
"Quiero que vueles para mí..." se repitió las palabras de Draco mientras caminaba. "Nunca nadie me pidió algo así...".
Cuidadosamente, sacó la esferita alada y dejó la caja en el suelo, montó en la escoba y antes de soltarla, miró una vez más hacia los árboles. La figura delgada continuaba sentada, observando sus movimientos como si nunca antes lo hubiese visto. De pronto, Harry tuvo una idea aproximada de la manera como se había sentido Draco la noche que le había pedido que tocase el violín para él.
En cuanto abrió la mano, la snitch salio disparada al aire y con un pequeño empujón, él se elevó también. Hacía tanto que no volaba que por un segundo temió haber perdido la práctica, pero al segundo siguiente, cuando sintió el viento en el rostro, volvió a sentir esa libertad salvaje que había experimentado la primera vez que había montado una escoba. Dio una mirada alrededor, buscando, luego otra. Un pequeño reflejo dorado brilló muy cerca de las altas copas. Aguzó la vista un poco más. Sí, ahí estaba. Inclinándose sobre el palo, se lanzó hacia adelante. Entonces se olvidó de Draco, se olvidó de todo, salvo aquella sensación que le llenaba los pulmones.
Desde el suelo, Draco había extraído también un par de omniculares y no perdía ni un solo movimiento. Siempre le había asombrado y fascinado la manera de volar de Harry, aunque por supuesto, en el pasado hubiese muerto antes de admitir algo así. Era algo que no podía aprenderse, algo innato y maravilloso y esa era una de las razones por las cuales él nunca había podido superarlo. La forma en que inclinaba el cuerpo, el modo en que su rostro cobraba una intensa concentración y los ojos destellaban al visualizar la snitch con una determinación casi feroz.
Harry iba en derechura hacia la copa de los árboles; a último momento la snitch giró, un movimiento de casi noventa grados, y Draco se envaró. Impasible, Harry maniobró y repitió el giro, desprendiendo en el proceso algunas hojas que cayeron en lentas espirales hasta el suelo.
"Imposible" pensó el rubio desde abajo. "Nadie puede hacer eso. Nadie puede volar así..."
Unos segundos más tarde, lo vio soltar una mano y adelantarla, pero la escurridiza esferita volvió a cambiar el rumbo y viró hacia la derecha. En un movimiento que Draco no alcanzó a observar por la velocidad, sin mirar, Harry disparó la mano hacia ese mismo flanco, pero casi a la altura de su hombro.
"Está alardeando, no puede haberla atrapado cuando giraba..."
Pero en el segundo siguiente, lo vio descender sonriente, exaltado, el rostro arrebolado y sujetando con firmeza la snitch en su mano derecha.
Desmontó y la guardó en la cajita antes de regresar a la sombra de los árboles y sentarse al lado del rubio. Todavía sentía la sangre corriendo a toda velocidad en sus venas producto de la intensa excitación de la captura, y eso hacía que respirara con agitación contenida.
- Eso fue increíble- dijo Draco en cuanto recuperó el habla y recordando las palabras que Harry le dijera cuando lo oyó con el violín, casi las imitó -. Eso sí fue volar.
La brillante sonrisa que llegó en respuesta fue la mejor recompensa que pudo recibir, pero no esperaba la frase que Harry soltó enseguida porque aquel estaba exaltado por la persecución y eso lo hacía sentirse bastante audaz.
- Ehmm... ¿Me vas a besar ahora, o después del almuerzo?
Por supuesto, Draco no iba a dejar pasar semejante oportunidad y se apoderó de sus labios sin darle tiempo a decir más.
- Ahora y después también-contestó aún dentro del beso.
“Merlín... ¿Dónde se aprende a besar de esta forma?” fue el pensamiento inconexo que revoloteó en la cabeza de Harry mientras su boca disfrutaba la más fantástica derrota en ese beso que ponía algo de electricidad en todo su cuerpo.
“Merlín... ¿Por qué no intenté esto en lugar de pelear contra él tanto tiempo...?” pensaba Draco, pero no lo pensó mucho tiempo, tenía algo mucho mejor que hacer y se dedicó a eso durante un par de minutos. Al final se obligó a soltarlo, porque si no lo hacía en ese momento, no iba a poder detenerse.
Ahora decididamente agitado, Harry intentó recuperar el aliento.
- ¿Tienes hambre...?- fue la siguiente frase de Draco, casual, como si todo fuera lo más natural del mundo.
- Me muero de hambre- declaró Harry. La situación estaba empezando a resultarle cómoda.
Por toda respuesta, Draco abrió la canasta y empezó a sacar las cosas que había traído. Una inmensa variedad de quesos, pan, frutas y una botella de vino blanco, deliciosamente fría mediante un conjuro auto refrigerante. No era necesario que nadie le dijera a Harry que seguramente esa variedad de quesos no se obtenían en cualquier mercado, ni las exóticas frutas, por no hablar del vino, cuyo nombre era absolutamente impronunciable para él.
- ¿Planeas embriagarme y aprovecharte de mí?- fue la pregunta sonriente de Harry, contento al observar todas las molestias que el rubio se había tomado para esa cita.
- Creo que necesito algo más que una botella para embriagarte, Harry. Lo de aprovecharme de ti... Bueno, lo dejaré para después.
La declaración hizo que el moreno se ruborizara un poco, pero se recuperó al instante, estaba empezando a entender el humor de Draco.
Mientras almorzaban, terminaron hablando del entrenamiento, de las tareas que aún tenían pendientes y en algún punto, Harry contándole algunas cosas de lo sucedido durante los años que Draco había pasado en Alemania. Esperaba que el rubio hiciera lo mismo, pero con toda habilidad, Draco evitaba hablar demasiado de su pasado, como si él hubiese empezado a existir en el momento en que puso los pies en la oficina de Owens. En atención a lo acordado, evitaron recordar el tiempo que habían permanecido juntos en Hogwarts, sabiendo que hablar de esos temas podía suscitar momentos tensos y ninguno de los dos quería que eso sucediese.
Cuando terminaron, bastaron unos pases de varita para poner todo lo que había quedado de regreso en la canasta.
- Mmm... Sí, creo que llegó el momento- comentó Draco pensativo.
- ¿Para qué?
- Para aprovecharme de ti- anunció pomposamente, causando risa en el moreno justo antes de volver a besarlo.
Sin meditarlo demasiado, a medida que su boca ganaba terreno, el rubio lo recostaba suavemente entre el colchón de hojas acumulado, y Harry lo dejaba hacer, siguiendo la corriente de excitación que lo invadía. Al tiempo que una lengua impaciente investigaba cada rincón de su boca, Harry sintió una mano apoyándose sobre su cintura. Para ese instante, ya estaba completamente acostado y Draco, inclinado sobre él, ambos cuerpos mucho mas cerca que nunca, por momentos rozándose sugestivamente pero sin contacto pleno todavía.
La mano del rubio se deslizó en su costado y se metió dentro de la túnica, descubriendo sin ninguna dificultad la vía para sacar la camisa de dentro del pantalón y deslizarse sobre la piel suave del torso. Harry jadeó al contacto, e intentó decir algo, pero los labios dejaron su boca para desviarse hacia el cuello, hacia el lóbulo de la oreja. Lo lamieron, lo chuparon y finalmente lo mordieron con suavidad, despertándole algunas sensaciones que nunca pensó sentir.
Por su parte, Draco estaba disfrutando la tersura de la piel que tenía bajo sus labios, por no hablar de la que sentía deslizándose bajo sus dedos, y escuchaba maravillado la cantidad de sonidos interesantes que producía al recorrer con su lengua la extensión del cuello hasta el nacimiento de la clavícula.
Cuando unos dedos inquisidores intentaron meterse dentro de la cinturilla del pantalón, Harry tuvo un repentino sobresalto.
- No...- jadeó -. Espera...
Dos pequeñas palabras que llegaron perfectamente a oídos de Draco y aunque lo que menos deseaba era detenerse, lo hizo. De inmediato, Harry se incorporó, acalorado, agitado y bastante nervioso al darse cuenta del rumbo al cual había llegado el asunto. Incrédulo por la magnitud de las sensaciones que lo recorrían y por el punto al cual había permitido que llegaran las cosas.
- Lo siento...- susurró jadeante -. Yo no... Vas... vas demasiado rápido para mí...
El rubio se tomó unos segundos para tranquilizarse. La fantástica aceptación de Harry le había hecho olvidar por algunos segundos que todo eso era nuevo para el otro muchacho y se reprochó un poco por haberlo olvidado.
- De verdad... Lo siento...- Harry seguía intentando disculparse.
Cuando estuvo más tranquilo, Draco le tomó el rostro haciendo que lo mirara.
- Todo está bien, Harry; no te preocupes...- sonrió apenas, para calmarlo -. Hey, vamos... No es tan grave... Es apenas nuestra primera cita...
La manera serena en que el rubio había aceptado el corte, lo calmó un poco. Harry sabía que no era para nada agradable que a uno le permitieran avanzar demasiado para luego cortar el asunto de repente. No que fuese demasiado experimentado pero también alguna vez había sentido esa sensación de frustración, y ahora por primera vez comprendía lo que era estar del otro lado de la situación. Sentir de pronto que todo está avanzando mucho más rápido de lo planeado, que el control se deshacía bajo las caricias del otro, el temor a equivocarse y esto último era al parecer, el motivo principal.
- Es que...
Draco no iba a dejar que ese pequeño traspié arruinara todo, se puso de pie sin soltarle una mano y casi lo levantó con él.
- Ya no sigas... Anda, arréglate la ropa. Ahora vamos a volar juntos- dijo, al tiempo que se sacudía las hojas pegadas en su cuerpo y se dirigía a tomar su propia escoba.
Sin querer seguir oponiéndose, Harry hizo lo que le indicaban, y trató de disfrutar la nueva idea. Fue una buena proposición, poco después los dos surcaban el aire detrás de la esferita dorada.
Probablemente porque habían sido rivales tanto tiempo, o porque no había manera en que Harry pudiese dejar de pensar que atrapar la Snitch era lo más importante cuando montaba en una escoba, pronto estaban otra vez codo a codo. Tal vez por la misma razón, cuando Draco vio que el moreno estiraba la mano hacia Snitch, cargó fuerte contra él, golpeándolo con su costado y arrojándose sobre Harry. Ambos cayeron de sus escobas y gracias a que estaban volando casi al ras del suelo, no fue un duro golpe, sino más bien un aterrizaje un tanto violento sobre el mullido colchón de hojas.
Un poco atontado, Harry consiguió enfocar la figura que ahora estaba sobre él, sujetándolo casi con el peso de su cuerpo, y se revolvió para quitárselo de encima, enojado porque al parecer, algunas costumbres no cambiaban tanto.
- Malfoy... hiciste trampa...- le espetó, tratando de hacerlo a un lado.
Pero Draco, que estaba situado bastante cómodamente en esa posición, afianzó su postura y volvió a sujetarlo contra el suelo.
- Ahora empezaré a hacer trampa...- aclaró, antes de zambullirse sobre los labios de los cuales no había podido apartar la vista.
- Wow...- dijo el moreno cuando ese fantástico beso terminó y acomodándose las gafas que habían quedado torcidas luego de la caída -. ¿Te das cuenta que esto nos hubiese ahorrado un sinfín de peleas en el pasado, no?
- Al menos esta vez me sirvió para vencerte, Harry- comentó Draco antes de volver a besarlo.
Pero en esa ocasión, cuando liberó los labios del moreno, aquellos esbozaron una tenue sonrisa, un tanto enigmática, y los ojos verdes parecieron destellar con una intensa alegría. Todo eso no pasó desapercibido para Draco, que pudo procesar toda la información en un santiamén y se negó a creerlo mientras la sonrisa de Harry se hacía más y más amplia.
- No... No puedes...- murmuró incrédulo pero dirigió la vista hacia la mano derecha de Harry y vio cómo los delgados dedos morenos se abrían uno por uno, hasta que él pudo ver el destello dorado brillando -. Condenado seas...
Se dejó caer a un lado mientras era Harry el que se izaba sobre su hombro para contemplarlo pero Draco no estaba enfadado ni mucho menos.
- Todavía te molesta que te gane- comentó el moreno.
- No demasiado...- dijo Draco, mirando el rostro que lentamente apareció ante sus ojos -. Creo.
Viendo que era cierto, Harry dejó volar la Snitch y se dejó caer a su lado. El cielo estaba apenas manchado por algunas nubes que empezaban a tornarse coloridas por el sol que ya bajaba.
- Tenemos que regresar... Mis amigos no saben... Bien, yo no les dije nada de esto y no creo que deban saberlo... Por ahora...
- Supongo que tendrían una reacción bastante... interesante, por decir lo menos- comentó Draco seriamente -. Sí, creo que por el momento es mejor dejarlo así.
Ninguno de los dos lo dijo, pero cada uno tenía sus propios motivos para desear que todo el asunto se mantuviese en secreto.
Draco se irguió y desde allí se volvió para contemplar a su... Se dio cuenta que había estado a punto de decir ‘novio’ y esa idea lo sacudió por un instante. Más sacudido se sintió cuando notó que pese a que todo era demasiado reciente, la idea no le molestaba. Es más, empezaba a tomar una forma bastante agradable en su mente.
Se puso de pie y tendió la mano para que Harry se levantase también.
- Grandioso, Potter, la dejaste ir...- masculló, fingidamente molesto -. Ahora tendremos que buscarla de nuevo.
- ¿Listo para perder de nuevo, Malfoy?- contestó aquel, desafiante.
Draco no contestó, pero pronto, ambos reiniciaban la búsqueda y para completa honestidad de ambos, ninguno pensaba en otra cosa más que en encontrar una excusa válida para una próxima cita.
Capítulo 8
Sentado en su cómodo sillón, con los ojos cerrados y el cuerpo distendido, Severus repasaba mentalmente todo lo que Albus le había estado enseñando en las últimas ocasiones. Algunas veces no se explicaba del todo para qué el anciano insistía en explicarle tantas cosas, algunas de las cuales no parecían tener aplicación en sus tareas habituales, pero hacía tiempo que Severus había aprendido que era inútil discutir con el Director cuando alguna idea se le metía en la cabeza.
“Como si alguna vez fuese a ser algo más que Profesor de Pociones… Nadie en el Ministerio aceptaría mi aplicación para otro cargo” razonó por milésima vez. “Y si me aceptan en éste, es porque Dumbledore está cerca… Confían en que él pueda mantenerme vigilado. Mierda.”
El recuerdo de las incontables veces que había solicitado el puesto de Profesor para Defensa contra las Artes Oscuras y las aún más incontables veces que le había sido negado volvió a su mente.
“Pero sí se lo dieron a Lupin…”
En vez de sentirse enojado por eso como en el pasado, se encontró recordando al mago de cabellos dorados y su sonrisa amable.
- ¡Mierda!- exclamó Severus, irguiéndose de repente -. ¡Tengo que llevarle los libros que se dejó aquí por cuidar del chucho apestoso!
Siguiendo las instrucciones de Albus, Remus había ido a Hogwarts a recoger los libros con los que debía trabajar y Black había insistido en acompañarlo. Como de costumbre, el perro negro había correteado por los pasillos haciendo locuras y Remus pasó más tiempo tratando de controlarlo que vigilando si estaba llevando todo. Ahora una pequeña pila de libros más o menos importantes esperaba encima del escritorio de Severus.
Era un poco tarde y hubiera preferido ir a dormir, pero lo mejor era que se los llevase de una vez, así se quitaba esa responsabilidad de encima. Después de avisarle a Albus y que aquel levantase la protección del castillo, Severus desapareció rumbo a la mansión situada en Grimauld Place.
~o0o~
Como siempre, el lugar estaba sombrío y con visos de abandono en la mayor parte. Era un sitio inmenso y solamente se mantenían funcionales los recintos que la Orden ocupaba con mayor asiduidad. La cocina, una sala, algunas habitaciones en la planta alta y los servicios. Con seguridad en el pasado había sido necesaria una pequeña legión de elfos domésticos para mantener la mansión en buen estado. En la actualidad ya no había elfos domésticos allí. Por lo que Severus recordaba, Kreacher, el último que quedaba, había estado inmiscuido en algo turbio relacionado con Bellatrix Lestrange y había ido a dar con sus élficos huesitos a Azkabán, donde no había tardado en perder la poca razón que le quedaba y había muerto poco después.
Como de costumbre, fue en primer lugar a la cocina, donde esperaba encontrar rápidamente a Remus, dejarle los libros y regresar a Hogwarts, pero la cocina estaba desierta. El olor a comida casera cosquilleó en las narices de Severus y sus ojos derivaron hacia los hornillos. Una cacerola todavía tibia contenía los restos de una especie de guiso que se veía delicioso.
Dudaba bastante que entre todas las aptitudes de Sirius Black también estuviese la de un buen cocinero, así que dedujo que el autor de aquella delicia debía ser Remus. Incapaz de contenerse, probó un poquito del contenido y comprobó que en verdad estaba delicioso.
“¿Cómo es que ese pulguiento de Black consigue tener a alguien así…?”
Dejó los libros sobre la mesa, fastidiado, pero en lugar de regresar de inmediato, se dirigió hacia la sala donde se reunían cuando eran demasiados y la cocina no era suficientemente espaciosa.
Los corredores estaban en penumbras, las telas de arañas colgaban en algunos lugares desde el techo y el polvo abundaba pero al parecer eso no era importante ni para Black, acostumbrado a Azkabán, ni tampoco para Lupin, acostumbrado en los últimos años a seguirlo a cualquier sitio.
Abrió las inmensas puertas de roble tallado de la sala y entró pero también ese sitio estaba vacío. La mirada de Severus recorrió el amplísimo recinto. La sala de tipo medieval estaba dividida en dos sectores separados por columnas que sustentaban el techo de dos cúpulas ojivales. Los pisos de piedra estaban cubiertos en parte por alfombras gruesas de color verde oliva.
En uno de los sectores dominaba una gran mesa de madera oscura, larga y suntuosa, rodeada de sillas imponentes como tronos, cuyo tapizado de terciopelo estaba algo deslucido pero todavía hermoso. En una de las paredes, un escudo de armas con el emblema de los Black y dos espadas cruzadas. En el otro sector, la pared dominante lucía una inmensa chimenea de mármol gris frente a la cual se acomodaban los sillones mullidos, y altos candelabros esparcidos a lo largo de los muros, apenas iluminaban la estancia, ya que sólo estaban encendidos dos o tres de ellos.
Había una pequeña puerta situada al lado de la chimenea y Severus fue hacia ella para seguir recorriendo la mansión, pero entonces el tenue sonido de pasos acercándose lo hizo detenerse y sin meditar mucho lo que hacía, se ocultó en las sombras.
Las puertas volvieron a abrirse, suavemente, no con el ímpetu con que él las había abierto antes, y una figura delgada entró en silencio.
Remus venía descalzo, vestido únicamente con unos jeans gastados, sin camisa, y en su secreto escondite, Severus contuvo el aliento. Sabía que el licántropo había tenido una juventud difícil, pero no esperaba ver las cicatrices que surcaban la piel blanca del torso. Sin embargo, ni siquiera eso pudo apartar sus ojos de la dorada melena que caía sobre los hombros y cubría en parte el rostro. La sonrisa traviesa que curvaba los labios de Remus, nunca la había visto.
Con un gesto pícaro, el licántropo miró alrededor pero se detuvo de pronto como si hubiese chocado con un muro invisible.
- “Rastrum Mutare”- susurró Severus, ocultando el rastro de su olor entre los olores del salón, sabiendo que era eso lo que había alertado el fino sentido del olfato del licántropo.
Durante unos segundos más, Remus pareció indeciso, pero luego volvió a prestar atención a la puerta. Con una risita, se alejó de ella y se ocultó detrás de una columna. Aquella era bastante gruesa y él era lo bastante delgado como para esconderse bien, pero al cabo de unos segundos no pareció conforme y miró hacia lo alto.
Para absoluto asombro de Severus, la delgada figura de Remus trepó con increíble agilidad y destreza, aferrándose a los bordes de la columna hasta alcanzar una buena altura, allí donde el cono de sombras lo ocultaba por completo. En esa oscuridad, solamente podía ver los ojos dorados del licántropo y el recuerdo golpeó a Severus. Los únicos ojos que él había visto capaces de destellar así, eran de plata y no dorados.
Ante ese recuerdo, hubiese girado para salir por la puertita que tenía cerca, pero una vez más alguien entró en el salón, y el otro no podía ser nadie más que Sirius.
- Voy a encontrarte, Moony…- dijo, mientras los ojos azules recorrían con detenimiento todo el salón -. No puedes escapar de mí…
“Ja” pensó solamente Severus imaginando la cara que pondría el pulguiento cuando Remus saltase sobre él.
Sirius avanzó a través de la sala siguiendo con increíble exactitud los pasos que había dado el licántropo y se detuvo junto a la columna. Sobre él, Severus podía ver los ojos de oro y casi adivinaba la sonrisa de anticipación en el rostro del licántropo.
“Un paso más, pulguiento…” deseó Severus.
Y Sirius, por supuesto, le dio el gusto. En cuanto estuvo dentro del radio de alcance, la sombra sobre el animago tomó movimiento y se lanzó sobre él. De nada valió el rápido giro de Sirius para quitarse, porque aunque Remus no fuese demasiado fuerte en su versión humana, sí era ágil y certero. Ambos rodaron por el suelo, riendo, forcejeando hasta que con algo de fuerza poco usual, Remus aprisionó a Sirius debajo de su cuerpo.
Desde su escondrijo, Severus sintió el cosquilleo de su magia alertándolo. Esa era una de las cosas que Albus estaba enseñándole y él había creído que no eran útiles, pero en ese instante supo que la magia de Remus estaba oscilando de un modo extraño. El pulso mágico parejo de su lado humano estaba siendo interrumpido por intermitentes alfilerazos de magia salvaje, brillante, el lobo en su interior latía.
La risa de Sirius se cortó pero no parecía asustado o inquieto. Solamente miraba con ardiente adoración al mago que estaba sobre él.
- Adelante, Moony…- dijo sin titubear -. La próxima luna llena correremos juntos por el bosque.
Por unos instantes, Severus estuvo seguro de haber escuchado mal. El pulguiento no podía estar pidiéndole a Remus que lo convirtiese en licántropo, seguro que había oído mal. Lo que escuchó bastante mejor fue la respuesta.
- Nunca. Te amo, Sirius, jamás te arrastraría a este infierno.
Severus abandonó la estancia cuando empezaron a besarse. La puertita a sus espaldas lo condujo a un pasillo estrecho y oscuro y deambuló por él hasta desembocar en una sala abandonada donde se detuvo.
Las imágenes bombardeaban su mente. Siempre había pensado en el amor que el licántropo sentía hacia Black, pero para ser sincero consigo mismo, jamás había pensado en el sentido inverso. Nunca se había detenido a pensar en lo que Black sentía y que debía ser tan fuerte como lo que Remus sentía.
“Confía tanto en él que no sentía temor de estar a su merced… y estoy seguro que él también supo lo que Remus estaba pasando. Estaba dispuesto a dejarse morder… ¡Merlín! ¿Es eso lo que hace el amor? ¿Confiar así…? ¿Tan completa y totalmente…?”
Cuando estuvo de regreso en sus solitarias habitaciones de Hogwarts supo que sí. El amor llevaba a esa confianza absoluta y él lo sabía. Él había confiado así en Lucius en el pasado. Durante el resto de la noche permaneció despierto mirando la oscuridad, pensando en Lucius, en la respuesta que Remus le había dado a Sirius y en el momento en que él le había pedido que lo presentase con la gente con la cual se reunía, si la respuesta de Lucius hubiese sido similar a ésa, la vida de ambos tal vez hubiese sido completamente diferente.
~o0o~
- Espera... Detente...- jadeó Harry, empujándolo para librarse de las manos que para ese instante ya habían dado cuenta del suéter, desprendido su camisa e intentaban hacer algo similar con el cinturón.- ¿Y ahora qué?- preguntó Draco apartándose, un poco molesto.
Intentaba mantenerse ecuánime, intentaba no presionar demasiado, pero a veces, deseaba tanto tener a Harry que llegaba a pensar que el deseo dolía. Y no es que el otro no respondiera, es que llegado un punto, parecía como si tocara un cable de electricidad en cortocircuito: un fogonazo y todo se apagaba.
- No puedo- dijo, intentando levantarse del sillón.
Llevaban casi tres semanas viéndose de esa manera, a escondidas de todos, y ‘ese asunto’ en particular estaba empezando a fastidiar un poco al rubio. No el hecho de que Harry quisiera mantener todo a escondidas, sino que cuando intentaba ir un poco más allá de unos besos apasionados, el moreno parecía congelarse. Ni hablar de intentar alguna caricia un poco más osada, eso simplemente disparaba toda una gama de reacciones que Draco no conseguía explicarse. Pero lo peor de todo es que tampoco Harry podía explicarlo, al menos de manera consciente.
Por una vez, el rubio no se lo permitió sino que lo sujetó cuando intentaba levantarse, y Harry volvió a caer hacia el sofá a su lado.
- Sólo tienes que dejarte llevar... Harry... No pienses...- insistió, tratando de besarlo nuevamente, pero en esta ocasión, el joven retiró el rostro.
- Déjame...
- Vamos, deja que te muestre cómo...- susurró en su oído al tiempo que intentaba acomodar su cuerpo sobre el otro, provocar una reacción placentera utilizando quizás un poco más de fuerza de la necesaria.
Lo siguiente que sintió fue un violento empujón, dado con bastante fuerza, que lo hizo a un lado. Antes que pudiese pensar en algo más, vio que Harry se había levantado con una agilidad asombrosa, pálido y desencajado, y retrocedía poco a poco.
- Aléjate de mí...- siseó de manera alarmante -. Te lo advierto, Duddley, no necesito magia para romperte el pescuezo...
Quizás por efecto del empujón, o por la intensa palidez de Harry, Draco tomó noción de la situación en que estaban. Posiblemente había intentado usar un poco más de ‘convencimiento’ de lo que era aconsejable, pero tampoco era tan grave. Al menos no para despertar esa reacción tan marcada y, al menos ante sus ojos, desmedida. Sin embargo, se había propuesto seriamente no presionarlo, no obligarlo a hacer nada que no quisiera, de modo que esa actuación no era algo que se hubiese propuesto.
- Lo siento, Harry- dijo, levantándose también, tratando de acercarse -. De verdad, lo lamento... No me di cuenta...
- Te dije... que te alejes...
- De acuerdo, me quedo aquí. ¿Ves?- retrocedió a su lugar original y se sentó en la orilla del sillón -. Sólo trata de calmarte... No es para tanto...
- Quiero irme.
- No te vayas... Por favor...- tenía que pensar en algo que le ayudara, algo que le diera una pauta de por qué Harry había reaccionado así. De pronto, notó algo más -. ¿Por qué me llamaste Duddley?
- No lo hice.
- Sí, lo hiciste. ¿Quién es Duddley?
- Es... No es nadie- dijo confuso.
- Mira Harry, no entiendo qué pasa, pero ese... ese tal Duddley tiene algo que ver y...
- ¡No tiene nada que ver!- Harry miró a lo lejos, había dejado la capa y la mochila en la mesa de la cocina.
Un pensamiento irracional le cruzó por la mente: si corría lo bastante rápido, podía tomar sus cosas e irse para no volver. Un segundo después, recordó donde estaba.
- Quiero irme- repitió.
Draco suspiró, resignado con el certero presentimiento que había algo más oculto allí. Quería hablar, pero Harry no quería hacerlo, y no podía obligarlo. Él mismo tenía un pasado del cual casi no hablaba, de manera que estaba muy poco autorizado para dar lecciones en ese tema.
- Está bien, pero quiero que volvamos a vernos... Quiero... Necesito que me perdones...
- Yo... sólo quiero irme.
- Mañana almorzaremos juntos y hablaremos- dijo un poco terminante -. ¿De acuerdo...?
- Sí... No, mejor no.
- Sí Harry, porque si no te encuentro mañana en la clase, te iré a buscar a tu casa, aunque tenga que enfrentar a tus dos amiguitos para verte.
La sola mención a esa posibilidad, hizo que el moreno entrara un poco en razón. No tenía noción de lo que sucedía con él pero lo último que necesitaba, era que Draco se apareciese en la casa y le dijese a Ron y Hermione que necesitaba hablar con él. Con algo de espanto imaginó que el rubio no se detendría en frases diplomáticas, sino que era capaz de decir algo así como ‘necesito resolver problemas de pareja’...
- Está bien, mañana...- decidió por fin, luego resolvería qué hacer en ese momento -. Ahora, déjame ir.
- Puedes irte cuando quieras, sabes que no te retendría...
Para su total asombro, Harry rodeó el sillón, manteniéndose fuera de su alcance, con toda cautela, sin quitar sus ojos de él como si temiese que en cualquier momento fuese a echarse sobre él otra vez, fue hasta sus cosas y luego de tomarlas, desapareció a toda prisa.
- Maldición...- dijo Draco en cuanto se fue -. ¿Qué demonios fue todo esto...?
Pero no tenía sentido enojarse, sobre todo porque no tenía noción de lo que sucedía. Ahora lo único que podía esperar era que la noche le sirviera a Harry para poner su mente en claro y que al día siguiente no lo evitara.
“Si yo no hubiese sido tan insistente... Si no hubiese presionado...”
Se fue a la cama, pero permaneció en vela toda la noche.
~o0o~
Ron salía de la cocina, llevando algunos bocadillos hacia la sala, donde Hermione lo esperaba, cuando el conocido ‘plop’ antecedió a la repentina aparición de Harry en el vestíbulo. Sin dejar la capa o nada de lo que traía entre manos, aquel se abalanzó hacia la escalera casi sin prestarle atención.
- Hey, compañero... ¿Estás bien?- preguntó Ron reteniéndolo por un brazo.
- Estoy bien- mintió y trató de librarse.
- Vamos, estás hablando conmigo... ¿Qué tienes...?- insistió el pelirrojo, que para entonces ya había notado que su amigo estaba un tanto desencajado.
- Te dije que estoy bien- dijo entre dientes y con un ademán violento se deshizo de la mano -. ¿Qué maldita parte no se entendió?
Ron se quedó boquiabierto, mirando como el joven desaparecía escaleras arriba y segundos después un portazo le indicaba que estaba en su cuarto.
Apenas cerró la puerta tras él, Harry se sintió algo mas confiado. El desorden imperante en esas habitaciones por el que constantemente ganaba los retos de Hermione, se le antojó protector. La capa cayó sobre la pila de ropa que coronaba una silla, la mochila fue a dar a un rincón y las zapatillas volaron hacia algún sitio no identificado debajo de la mesita de noche. Se sentó en el borde de la cama mientras intentaba poner un poco de orden en sus confundidos pensamientos. Todavía estaba aturdido por lo sucedido, no conseguía comprender qué le había pasado. Le estaba empezando a doler la cabeza, bastante, sabía que era por la tensión nerviosa.
"¿Por qué reaccioné así...? Draco sólo estaba intentando ir... mas lejos... ¿Por qué no puedo yo ir más lejos...?"
Recordó la angustia que había sentido cuando la mano de Draco se dirigió a sus piernas, mas exactamente cuando se metió entre ellas y trató de ascender. Lo realmente grave del asunto es que no sólo no había podido prever su reacción, ni siquiera había podido detenerla. A pesar de todo intentó reconstruir el momento dentro de su mente, a ver si así conseguía identificar cual era el detonante para todo aquello.
'Aléjate de mí, Duddley. No necesito magia para romperte el cuello'.
Ahora le llegó el eco de sus propias palabras. Draco había tenido razón, lo había llamado Duddley y eso no hizo más que aumentar su asombro y perplejidad.
"¿Qué demonios tiene que ver mi primo en esto...?".
Se tendió en la cama, intentando recordar más. Por unos cuantos minutos, miró el techo buscando concentrarse o comprender de dónde había salido esa frase. Cerró los ojos y trató de relajarse, cosa que le llevó unos cuantos minutos. Sin darse cuenta, se quedó dormido.
Vacaciones de verano.Voldemort acababa de retornar y un Harry abatido, intentaba sobreponerse a la muerte de Cedric. Todo el verano lo había pasado casi como los anteriores. Sus tíos parecían haber hecho acopio durante el año escolar de todas las tareas más pesadas para encomendárselas durante el verano: podar el césped al rayo del sol, pintar la verja, asear el sótano o el altillo, dependiendo de cual de los dos estuviera más sucio. Todo casi como siempre.
Salvo que la muerte de Cedric lo perseguía todas las noches en horribles pesadillas que siempre terminaban del mismo modo aunque él suplicase lo contrario(,) ahogando sus gemidos dentro de la almohada. Y después se había pasado el tiempo intentando en vano pescar noticias de que las cosas raras siempre relacionadas a Voldemort habían empezado a suceder.
Además, Duddley estaba especialmente peligroso ahora. Durante el transcurso del año, había empezado a entrenarse en boxeo y eso había hecho que el físico gordinflón empezara a ponerse macizo e inmenso. En forma continua buscaba pleito con Harry, intentando tener el pretexto para volver a usarlo como bolsa de prácticas; pero hacía tiempo que él había aprendido que era más saludable correr que enfrentarlo.
Pero esa tarde, después de discutir con tío Vernon, había salido corriendo hacia la calle, y luego de correr unas cuantas manzanas había terminado en el parque cercano, sentado en una banca, meditando en miles de posibilidades. Así hasta que cayó la tarde y tuvo que pensar en regresar.
Y había tenido la mala suerte de coincidir con Duddley en el camino.
Empezaron a discutir, como siempre; salvo que esta vez, Duddley hizo mención a algo que molestó a Harry en demasía.
- ¿Quién ese Cedric? ¿Tu novio?- preguntó riendo y lanzándole una miradita suspicaz.
Y antes de poder meditar sobre lo que hacía, guiado por la furia, Harry había llevado el puño hacia atrás y lo había estrellado en la nariz regordeta. Duddley había caído sentado, mucho más sorprendido por la reacción que por efecto del golpe; pero Harry no le dio tiempo a levantarse.
El segundo puñetazo fue también al rostro, y hubo un tercero, quizás un cuarto. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, dio un par de pasos atrás y salió corriendo de nuevo antes que su primo intentara pescarlo.
Había deambulado por las calles durante muchas horas, retrasando el momento de regresar; pero sabiendo que finalmente tendría que hacerlo. Cuando arribó a la casa, aquella ya estaba a oscuras, de manera que trepó por la enredadera de la pared, alcanzó la ventana de su cuarto y entró. Se quitó la ropa y como hacía tanto calor, se arrojó a dormir en ropa interior.
De pronto lo levantaron por un brazo, en vilo, y por unos segundos, entre las sombras de la habitación, Harry pensó que era Duddley; pero no, era el tío Vernon, aunque apenas pudiera distinguirlo, sin lentes y a la luz de la luna. Un bofetón lo arrojó al suelo, junto a la cama, y lo que usó después en principio no pudo identificarlo, luego sí supo: era el cinturón de cuero que usaba su tío. Luego del primer fustazo, Harry intentó levantarse pero como hubo otro y otro mas, optó por cubrirse la cabeza con los brazos y tratar de exponer lo menos posible. Aún así, la correa dejó largas marcas en sus brazos, las piernas y sobre todo en la espalda.
- Nunca, jamás vuelvas a ponerle las manos encima a mi hijo- siseó Vernon, dando por terminada la paliza y zarandeándolo por el cabello -. ¿Comprendido? Y si eres listo, no hablarás de esto con esos ‘fenómenos’ de tus amigos... Después de todo, aún debes quedarte en esta casa, muchacho...
Harry asintió en silencio, dolorido, incapaz de hablar porque había mordido con todas sus fuerzas el borde del colchón para no llorar.
Al día siguiente, agradeció que las sudaderas y los pantalones de Duddley le quedaran tan grandes, porque así no rozaban sobre los cardenales de su cuerpo.
Las clases comenzarían en un par de semanas, así que ese tiempo se dedicó a mantenerse lo mas alejado posible de todos No le dijo nada a nadie, ni siquiera a Sirius. Aquel ya tenía bastantes problemas huyendo de los Aurores. Cuando regresó a Hogwarts intentó hablar con Dumbledore pero como no quiso darle las razones por las cuales no quería regresar, el anciano prácticamente le había ordenado que cuando el curso terminase, debía regresar con sus parientes, de modo que trató de enterrar ese recuerdo doloroso y humillante en el fondo de su mente...
Harry estaba teniendo la curiosa sensación de verlo todo desde dos puntos de vista, desde dentro del sueño, reviviéndolo paso a paso, y desde afuera; registrando los sucesos como si no le hubiesen sucedido a él, como el espectador ante un televisor muggle y eso le daba la oportunidad de analizar algunas cosas."¿Por qué me molestó tanto lo que dijo Duddley?" pensó extrañado antes de hundirse en otra parte del sueño.
El término del quinto curso marcó el inicio del receso de verano otra vez. Habló con Dumbledore acerca de la posibilidad de pasarlo con los Weasley, pero de nuevo el anciano no se dejó convencer. Le había explicado a Harry acerca de cierta protección especial ligada a la sangre de su madre, de manera que una vez más arribó a la perfecta casa de sus parientes muggles.Durante ese quinto año, Harry había conocido a un chico, un alumno extranjero llamado Tetsuo Shiroma. Era un chico de físico pequeño, que iba en tercero. Una tarde, un Slytherin de quinto había intentado mofarse de él y cuando con un certero hechizo perdió su varita, intentó golpearlo. Ante la mirada atónita de Harry, el chico no usó su magia, sino que había hecho apenas un par de movimientos expeditivos, dobló un brazo, lo retorció y segundos después el bravucón estaba de rodillas, intentando no moverse para que no le rompieran el brazo. Cuando otro intentó acercarse a ayudar al Slytherin, el chico había disparado una pierna en un ángulo imposible, dándole en el estómago y alejándolo también.
Luego los había soltado y en un inglés educado y correcto les había dicho que no volvieran a molestarlo, antes de dedicarles una respetuosa reverencia que sin duda no merecían y alejarse.
Harry no lo pensó dos veces: un par de días después, le estaba prácticamente rogando para que le enseñara eso. Tetsuo no podía enseñar, le dijo, y Harry, desesperado, soltó a un perfecto extraño lo que le sucedía con su primo.
- Lo consultaré con mi padre- dijo el chico, después de pensarlo.
Al fin de semana siguiente, un señor, luciendo un exótico traje tradicional, se había presentado en Hogwarts para conocerlo.
- Mi hijo no puede enseñarte- dijo, pero antes que Harry pudiera empezar a rogar, agregó -. Si el Director lo consiente y estás dispuesto al sacrificio, puedo venir los fines de semana y enseñarte yo mismo. Durante la semana podrás practicar con Tetsuo.
De manera insólita, sin tener que darle ninguna explicación, Dumbledore accedió, y a raíz de todo ese ejercicio, el físico de Harry cambió de manera notoria. Creció un poco y aunque seguía siendo delgado, desarrolló una musculatura firme y marcada.
Cuando regresó, su tío se mantuvo lejos de él, no volvió a golpearlo; tampoco él le dio motivos. Se alejaba de Duddley tanto como podía. De él y de sus amigotes, a quienes ya no mantenía a raya aquel cuento que iba al Instituto San Bruto para casos desesperados de incorrección.
Las palabras de Isakatsu Shiroma acompañaron a Harry durante el curso de ese verano: 'Te enseño esto para que te defiendas, Harry, no para que busques pleito o pelea. Es un arte honorable y debes usarlo con respeto por tu prójimo'.
Eso estaba bien, pero era difícil de mantener cuando el prójimo eran Duddley y su banda.
Además, estaba pasando algo ‘extraño’. En los últimos tiempos, en más de una ocasión había sorprendido los redondos ojitos de su primo fijos en él cuando se despojaba de su camisa debido al calor para podar el césped o pintar el frente de la casa... Y esa mirada siempre lo ponía nervioso.
Faltaba una semana para el final de las vacaciones, Harry ya saboreaba la comida de Hogwarts, sus pasillos umbríos, los partidos de Quidditch. Una vez más, luego de una estúpida discusión con Duddley, tuvo que irse a dormir sin cenar a pesar de que las tripas le hacían ruido de hambre. Tomó mucha agua y se acostó a dormir. Había renunciado a usar pijamas porque eran inmensos, calurosos, y se pegoteaban por la temperatura reinante. Pesadamente, dio vueltas y vueltas para encontrar una posición en la cual no sintiera tanto calor, y por fin se durmió, de bruces, abrazando la almohada dura.
Una mano fuerte lo tomó por el cabello, jalando la cabeza hacia atrás, al tiempo que el brazo se cerraba sobre su garganta, impidiéndole gritar y respirar.
Incluso eso hubiese podido manejarlo de alguna forma, lo que no pudo prever nunca fue el peso sobre su cuerpo oprimiéndolo. Trató de librarse, se retorció, pero al hacerlo se dio cuenta que se estaba moviendo demasiado y que el cuerpo inmenso que lo oprimía se movía también, y de un modo bastante perturbador.
- Has cambiado Harry...- fue el jadeo ronco en su oído, la voz de Duddley -. Estas... mejor.
Ahora la fricción era innegable, algo espantado Harry se quedó quieto, sin saber qué hacer.
Ahora podía reaccionar a la violencia pero esto era algo 'extraño'. Se estaba quedando sin aire, la visión empezó a ponerse borrosa, entonces el brazo se aflojó apenas un poco para permitirle una bocanada de aire, y luego volvió a apretar. La mano abandonó su pelo y se apoyó en la cintura, sobre la piel caliente, con algo de esfuerzo derivó por entre el cuerpo y la cama hacia abajo. Con creciente espanto, Harry supo exactamente hacia dónde se dirigía. Unos segundos después, sólo la tela de los boxers separaba los dedos gruesos de su entrepierna.
El aire, el aire le estaba faltando de nuevo y una vez más le permitieron un respiro brevísimo. La mano volvió a la cadera y empezó a bajar por el costado arrastrando a su paso el elástico de los boxers. Ahora Harry comenzó a debatirse y un golpe seco en el costado le hizo expulsar el poco aire que tenía. En ese instante, la mano se llevó del todo la tela de la ropa interior. El jadeo en su oído era ahora mucho mas evidente. Mientras intentaba recuperarse del golpe, otra vez esa mano encontró otro camino, esta vez entre sus piernas, y ascendió, ascendió hasta que sintió los dedos intentando introducirse en...
Con la fuerza de la desesperación, Harry echó la cabeza hacia atrás, violentamente, tanto que golpeó con ella el rostro de Duddley. El brazo se aflojó un poco, y Harry aprovechó para tomar aire y repetir el movimiento, esta vez con redoblada fuerza. La presión se aflojó aun más y Harry pudo librarse y escurrirse a un lado, manoteando con torpeza su ropa. Atontado por los golpes, el cuerpo morrudo de Duddley continuaba tendido en su cama pero empezaba a incorporarse.
Preventivamente, Harry retrocedió hasta el armario, y tomó la navaja que Sirius le había regalado. Cuando los ojitos brillantes de su primo lo enfocaron, alzó el arma.
- Aléjate de mí, Duddley... No necesito magia para romperte el cuello o cortártelo.
Por un instante, el otro muchacho midió sus posibilidades, pero era arriesgado y él sólo actuaba cuando tenía ventaja y podía ganar. Llevó la mano a la cara ensangrentada, los cabezazos quizás le habían roto la nariz. El enojo se pintó en el rostro mofletudo ante la visión de su propia sangre y la voz sonó rara debido, posiblemente, al tabique fisurado.
- Vas a pagar esto, Potter... Si no soy yo, mi padre se encargará de nuevo...
- Fantástico, llamemos a tío Vernon... Vamos juntos... Le diremos que estabas intentando meterme la mano en el...
- ¡Cállate!- ahora el rostro intentó una sonrisa -. Te gusta eso, Harry, lo sé... Tarde o temprano te darás cuenta...
- Vete de aquí, Duddley, y mantén tu boca cerrada... o yo también podré encontrarte dormido y hacerte otra gran sonrisa en la garganta.
El muchacho obeso se incorporó y sin darle la espalda, salió de la habitación.
Temblando, incrédulo por la situación, sabiendo que no podía quedarse mas tiempo ahí, se vistió rogando para que su primo se quedara tranquilo al menos por lo que quedaba de la noche. Metió algunas pertenencias en su baúl y lo acomodó sobre una manta, luego tomó dos de las puntas y empezó a arrastrarlo en silencio. Bajar las escaleras sin hacer ruido supuso un buen trabajo, pero lo consiguió. Aún era menor, aún no podía hacer magia fuera de Hogwarts y no iba a quedarse sin magia por sus horribles parientes muggles.
Cuando por fin ganó la calle, aún era de noche y a su señal, el Autobús Noctámbulo apareció frente a él. Sabiendo que no volvería nunca más a Privet Drive, pagó su boleto para que lo dejaran como algunos años antes, en el Caldero Chorreante. Esa vez ni siquiera Dumbledore consiguió que volviese a Privet Drive. No dio explicaciones ni razones, se encerró en un silencio terco y resentido, y de nuevo, ese recuerdo fue a dar al oscuro arcón de sus momentos para olvidar...
Harry despertó cuando todavía era de noche, con el recuerdo fresco. Se había revuelto tanto entre las mantas que aquellas estaban enredadas en su cuerpo todavía vestido y transpirado.Ahora comprendía muchas cosas y sin lugar a dudas comprendía la reacción que había tenido unas horas antes. No era a Draco a quien intentaba detener cuando las caricias se ponían íntimas, era a su primo. Se preguntó entonces por qué durante sus escasas relaciones que había tenido con un par de chicas no habían sacado ese recuerdo a flote.
“Porque algún sitio de mi mente todavía registra a Draco como un posible peligro... Como algo riesgoso, algo que puede lastimarme...” razonó.
Se sentó en la cama, tenía que pensar muy detenidamente qué hacer.
~o0o~
Draco llegó al aula temprano según su costumbre, pero no empezó a sentirse inquieto sino hasta que vio entrar a la profesora. En general, Harry siempre entraba corriendo delante de ella o corriendo unos pasos detrás; pero esta vez no apareció. Ni después de esa clase, ni de la siguiente. No llegó a la hora del almuerzo, y cuando el rubio ocupó su escritorio en las oficinas del Ministerio, tampoco llegó allí.
Estaba empezando a meditar si debía cumplir su amenaza de ir a buscarlo, cuando una ráfaga de papeles y documentación cruzó por el aire, distribuyéndose en los cubículos correspondientes. Un pliego de papel se depositó sobre el escritorio frente a los ojos de Draco.
No esperaba recibir correspondencia y el papel no tenía anotaciones visibles, lo cual hizo que lo mirase con un poco de recelo. No sería la primera vez que su padre intentaba cosas extrañas con él mediante cartas o mensajes."Mejor ser precavido" pensó Draco, realizando un pequeño conjuro para saber si había trampas en el papel. "Si Harry estuviese aquí, podría sentirlo acercándole las manos..."
Inesperadamente, el sobre se abrió, causándole un pequeño sobresalto, y sólo entonces, Draco descubrió en el interior la letra de Harry.
'A las diez en lo de Jack. H.'
Una parte de él, suspiró con alivio; la otra sintió un poco de recelo por la misiva tan corta.
"Bien, no podía poner una carta de dos hojas... Alguien más podría haberla leído."
De algún modo supo que eso no hubiese sido posible, con seguridad Harry habría hechizado el mensaje para que le llegara solo a él. Resignado, trató de concentrarse esperando que pasaran las horas y vio cómo el pequeño pliego de papel se despedazaba en muchos trozos pequeños, los cuales se evaporaron en el aire sin dejar el menor rastro.
~o0o~
El bar de Jack era pequeño. El salón principal siempre parecía a media luz y permitía cierta reserva, pero también tenía dos saloncitos privados que se usaban para reuniones o para citas. Cuando Harry le pidió a Jack que le permitiera usar uno de ellos, el hombre lo miró con picardía, pero el muchacho ni siquiera se encargó de desilusionarlo. Tenía cosas mucho más importantes en mente.
Pidió una cerveza y esperó. Cuando Jack le trajo lo pedido lo vio tan serio y concentrado que no se animó a hacerle ninguna de las bromas que solía hacerles a sus clientes más conocidos. No era para menos, Harry se había pasado todo el día pensando y aún así no había conseguido saber si lo que planeaba era la mejor solución, más bien estaba casi seguro que no era lo mejor por hacer, pero no se le ocurría otra cosa.
Draco ingresó al privado unos minutos antes de las diez, puntual como siempre. Miró alrededor, había un sillón en semicírculo frente a una mesa redonda. Sentado en una punta del mismo, Harry lo esperaba. Con algo de congoja, el rubio observó que Harry parecía no haber descansado demasiado y se asombró al notar cuanto era capaz de leer ahora en el rostro del moreno.
- Hola- dijo, sin saber qué más decir y se sentó en el otro extremo.
- Siempre a tiempo- comentó Harry.
Durante unos instantes, el silencio fue un poco tenso hasta que Draco lo interrumpió.
- Harry, lo siento... Anoche... No me detuve a pensar... No quería presionarte...
- No tienes que disculparte- Harry suspiró, intentando por última vez escoger qué palabras decir -. Tenías razón en algo...
- ¿En qué?
- Sí te llamé Duddley.
La frase quedó repicando por un segundo en el entendimiento de Draco y cayó por partes en un esquema que el rubio trató de interpretar con las cosas que sabía pero que no eran todos los datos completos.
"Entonces sí tuvo algo con otro, con ese tal Duddley... No era cierto que nunca antes había estado con otro hombre...” empezó a decir su mente pero el recuerdo de lo sucedido también intervino. “No lo creo. Al menos no pudo ser de su agrado o no hubiese reaccionado como lo hizo... Pero entonces, ¿por qué...?"
- No te entiendo...- dijo por fin, admitiendo lo obvio.
- Había algo que yo no recordaba, algo que pasó, que me pasó a mí y que había olvidado por completo hasta anoche, en realidad algo que me esforcé tanto en olvidar, que realmente lo conseguí. La situación entre nosotros... sólo lo puso otra vez a flote...
- No sé que pasó, pero lo siento... No quería ponerte en ese momento... Dejé que mi maldita calentura me guiara...
- No te das cuenta... No tienes que disculparte, porque no fue tu culpa; fui yo. Yo soy el que no puede... Creo que no podemos seguir con esto- dijo, casi en un tirón.
"No está terminando conmigo... No puede estar terminando conmigo." se dijo el rubio, incrédulo.
- No me hagas esto, Harry... Te prometo que voy a controlarme, hasta que estés cómodo...
- ¿Para qué quieres seguir con esto, Draco? ¿ No te das cuenta que no puedo darte lo que esperas? ¿Que no sé si voy a poder hacerlo en algún momento...? Tengo cosas que resolver primero...
Una vez más, el silencio cubrió el salón mientras Draco pensaba, pensaba a toda máquina para encontrar algo que decirle, algo que pudiera hacerlo cambiar de opinión. Con algo de asombro, descubrió que realmente le interesaba mucho continuar esa relación. Todavía era muy nueva, pero no quería perderla, Harry era, con mucho, lo mejor que había encontrado en su vida. Por suerte para él, no recordó las cosas que Lucius siempre le decía: Un Malfoy nunca es ‘dejado’. Siempre es él quien ‘deja’. Nunca, jamás lo contrario.
- Harry... Yo no sé qué es lo que sucedió, no lo entiendo; pero quizás si hablamos de eso... Tal vez ayudaría...
- No quiero hablar de eso. Es algo... mío...- repuso, luchando con la vergüenza porque no quería exponer algo como eso y mucho menos a Draco.
- En ese caso, está bien. Todos tenemos derecho a tener secretos- por unos instantes, él sonrió con tristeza -. Yo mismo tengo cosas que no puedo contarte, que no me animo a decir a nadie... Lo sabes, has tratado de hacerme hablar durante todo este tiempo... Respeto eso, puedo respetar tu intimidad, pero quiero que no te dejes dominar por ese recuerdo. Ahora que sabes lo que sucedió, puedes enfrentarlo, puedes luchar con eso y vencerlo.
- No tienes idea de lo que estás diciendo.
- Claro que no, sólo puedo hablarte por mi propia experiencia. ¿Acaso crees que yo no lucho a veces con las cosas que me pasan por dentro? Sólo intento que no manejen mi vida...
A pesar del tiempo que pasaban juntos, era la primera vez que Harry lo escuchaba hablar así y aunque no había hecho mención a ningún suceso en particular, supo que también en la vida del otro podían haber cosas para querer olvidar. Los silencios en los que tanto se parecían, ésos silencios que también a veces velaban a Draco y que él también había observado, seguramente respondían a cosas del pasado con las que el rubio luchaba.
"Soy un cobarde... No parezco un Gryffindor" se dijo. "Estoy recibiendo una lección de valentía de un Slytherin..." y la verdad es que tampoco él quería terminar pero cualquiera podía haberle dicho que incluso la valentía se tambalea cuando implica asuntos de índole tan íntima como aquella.
- ¿Qué pasa si no puedo...?- murmuró al fin -. Los dos vamos a terminar lastimados.
- No, Harry... ¿No hay un dicho muggle que dice: Lo que no te mata, te hace más fuerte? Lo de anoche no nos mató, tenemos que conseguir que nos haga más fuertes.
- ¿Sabes que es muy difícil terminar contigo, no?
Draco sonrió, levemente, como siempre, y en ese instante sí recordó la frase de Lucius, pero se dijo que él podía hacer su propia interpretación de aquella. En cierto modo sí la estaba cumpliendo, no sería ‘dejado’.
- No quiero hacértelo difícil. Quiero hacértelo imposible.
Despacio, para darle tiempo a detenerlo o retirarse si quería, Draco se movió a través del asiento circular hasta estar al lado de Harry y cruzó el brazo por encima del sillón, sobre los hombros del moreno pero no se acercó mucho más.
- No te vas a deshacer de un Malfoy tan fácilmente- comentó enarcando una ceja, en un gesto que Harry siempre encontraba increíblemente seductor -. Al menos no de 'este' Malfoy.
Vencido, Harry sonrió también. De alguna manera, estaba contento que él no le hubiese permitido terminar, y decidido a tratar de vencer ese recuerdo, se acercó hacia el rubio. Podrían decir muchas cosas de él, pero no que se dejase vencer por un recuerdo. Draco miró el vaso de cerveza que el moreno tenía frente a sí y decidió que le apetecía un poco de aquello.
- Quiero cerveza- dijo.
- Pediré una para ti, puedes tomar de mi vaso mientras tanto...- comentó, inocente.
- No. No es eso lo que estaba pensando.
Y acto seguido lo que hizo fue gustar el sabor amargo directamente de los labios invitantes que tenía a su lado. Incapaz de negarse, simplemente porque a pesar de todo también lo deseaba, Harry se dejó besar.
Al menos, de momento, eso podía disfrutarlo. El resto... El resto ya llegaría también.
Capítulo 9
El aula de entrenamiento en la que estaban en ese instante era una de las más amplias de la Academia. Parecía que era el lugar favorito de Kennard para cobrarse todas las deficiencias que encontraba en la magia de sus estudiantes. Tal como lo veían algunos, era un bastardo; pero la verdad era que había comprobado por sí mismo y por experiencias ajenas cercanas, que en general los magos terminaban dependiendo demasiado de su magia y dejaban olvidados otros aspectos de su entrenamiento.
Para él, lanzar un buen bloqueo contra un hechizo era tan importante como tener los reflejos necesarios para esquivarlo si el escudo no resultaba suficiente. Por lógica, esos reflejos debían provenir de una cuidada condición física, cosa que Kennard había comprobado, la mayoría de los magos dejaba por completo de lado. Los Aurores eran, en general, magos barrigones o brujas debiluchas, ninguno con el entrenamiento físico que hubiesen debido tener. No le extrañaba que en los ocasionales encuentros con Mortífagos, aquellos salieran mejor librados que los Aurores del Ministerio.
Él era un hijo de muggles, y para más datos, hijo de un muggle que había recibido entrenamiento militar exhaustivo, incluso hubiese podido pertenecer a un cuerpo de élite en las Fuerzas Armadas, pero había preferido pulir sus habilidades mágicas hasta que se dio cuenta que lo mejor era llevarlas adelante en forma paralela. Y estaba decidido a probar lo adecuado de sus teorías con ese grupo de aprendices. Si de él dependía, ninguno moriría a manos de un Mortífago.
Lo que en verdad lo había asombrado en los últimos días, era el rendimiento de Potter. No solía juzgar por el aspecto físico pero debía admitir para su interior que se había dejado guiar por el aspecto delgado del muchacho, y por el extraordinario poder de su magia, y casi en consecuencia dedujo que el chico era un enclenque. Menuda sorpresa fue observar que los músculos delgados eran fuertes como sogas y que sabía aprovechar sus aptitudes. Nunca enfrentaba a sus oponentes con el sólo soporte de su fuerza, sabía que sus puntos sólidos eran la agilidad y la destreza, la ductilidad a la hora de mantenerse fuera del alcance del enemigo o para escapar de él.
“El chico es oro en polvo… Dumbledore tiene razón, puede ser un magnífico combatiente…” pensó, pero no fue eso lo que salió de sus labios.
- ¡Otras diez, Potter!- gritó muy cerca del oído de éste -. ¿Qué pensabas, que esto era un día de campo?
Tendido de bruces en el suelo, Harry sudaba a mares desde hacía un buen rato. Era el único que continuaba haciendo ‘lagartijas’ de todo el grupo, cuyos integrantes habían ido desistiendo a medida que sus fuerzas llegaban al límite. Y a su lado, el entrenador no dejaba de hostigarlo.
Sentía los brazos tan doloridos que cada movimiento era una tortura, pero no iba a dejarse amedrentar por Kennard. Inhaló el aire y lo mantuvo en sus pulmones mientras extendía sus brazos izando su cuerpo, lo dejó salir cuando bajó. Una gota de sudor corrió por su frente deslizándose por su nariz hasta caer al suelo.
- ¿Cansado, Potter? Puedes desistir, no importa si no consigues hacer las últimas nueve… Déjalo, Potter… No puedes…
- Sí puedo…- jadeó y tomando aire una vez más, volvió a subir y bajar.
- No puedes, Potter, ya déjalo… Esto no es para jovencitos imberbes… Es para adultos…
- ¡No!
- ¿Por qué lo haces, Potter?- Kennard se inclinó hacia él para hablar muy bajo, en su oído, para que sólo él pudiese escuchar -. ¿Qué quieres demostrar, muchacho? ¿Quieres demostrarle a la memoria de papi y de mami que eres digno? ¿Es eso?
Hubo una extraña vibración en el aire, y el mago adulto supo que había pulsado un punto sensible. Bien, era bueno saber eso, dónde presionar.
- No hace falta, Potter… Seguramente ellos comprenderán… Sabrán que el entrenamiento es demasiado para su nene…- siguió hostigando mientras a su alrededor los cristales de las ventanas empezaban a vibrar -. Dumbledore también comprenderá…
Repentinamente, el flujo de magia desbocada cesó y con un gesto de salvaje resolución, Harry apretó las mandíbulas y en rápida sucesión terminó con la serie de ejercicios. Desde allí, sin hacer ningún otro movimiento, volvió su rostro impasible para mirar al entrenador.
- ¿Algo más, señor?- preguntó tan suavemente como había hablado Kennard, así el desafío quedaba entre ambos.
- Nada más por ahora, Potter- dijo, irguiéndose con una sonrisa satisfecha -. Anda a bañarte… ¡Merlín, apestas! Todo el resto de ustedes, son unos flojos… ¿Pensaban que Potter era el único que iba a pasarla mal? Se equivocan… ¡En fila y a correr!
En cuanto el grupo se puso de pie y en fila, tal como había indicado, un gesto de la varita del instructor convirtió el suelo bajo sus pies en una suerte de cinta sin fin que los obligó a ponerse a correr si bien no se movían de sus sitios.
Mientras veía cómo Harry se levantaba del suelo con bastante cuidado, Draco cuidó el paso de su carrera, consciente que Kennard los haría sudar un rato antes de dejarlos ir a las duchas. Sonrió internamente porque el entrenador había intentado quebrar al moreno sin conseguirlo y su vista recorrió la silueta que se alejaba rumbo a los vestuarios. El cabello negro mojado en transpiración, la sudadera empapada que le quedaba grande y eso inducía a verlo aún más delgado de lo que era, y los pantalones hechos de alguna tela muggle liviana que por obra y gracia del sudor, se adhería fantásticamente a dos nalgas perfectas y redondas.
Y como Harry se alejaba dándoles la espalda, pudo dejar que su vista las recorriese a placer.
- Ese es el trofeo más codiciado de la Academia, compañero…- dijo Fritz, corriendo a su lado -. La mitad de las chicas y muchachos lo codicia, te lo aseguro. Y no es para menos.
- No sabía que tú estuvieses admirando ese tipo de ‘trofeos’- murmuró Draco, sin delatarse -. Creí que te interesaba otro tipo de preseas.
- Bien, no es el tipo de premios que me interesan, pero eso no impide que aprecie lo bien hecho que está… Digamos que lo mío es más bien aquello…- contestó el alemán mientras señalaba con la cabeza hacia un grupito de muchachas que corría en el otro extremo del salón.
- ¿Y qué pasó con Granger..?
- Ah, eso… Mein Gott, eso no pasó a mayores. Ese corazón ya estaba ocupado y yo lo dejé ir antes que causase daños en el mío- dijo tranquilamente -. Y no deseo nada que me ligue demasiado, planeo volver a Alemania en cuanto termine la carrera. Allí sí buscaré una linda novia, y me casaré…
- Esos son buenos planes, compañero.
- Y sería bueno que tú persiguieses ese premio y ya olvides.
Ninguno de los dos dijo nada más. Draco no era comunicativo y pese a que Fritz lo conocía desde la Academia en Alemania, sólo sabía de él lo que sabían casi todos, pero a veces podía entrever una suerte de melancolía en las facciones tan cuidadosamente compuestas del rubio. Respetando su intimidad, nunca preguntaba demasiado pero en algunas ocasiones consideraba que podía dar una pequeña opinión. Después de esa frase, pensó que había dicho todo lo que podía sin inmiscuirse demasiado en la vida de su compañero y guardando silencio, se dedicó a correr.
Fue bueno que lo hiciese así. Draco tampoco dijo nada y dejó que sus piernas tomasen ritmo propio mientras su mente navegaba hacia el pasado. Un pasado no demasiado lejano pero que él se había esforzado mucho en dejar atrás.
Si cerraba los ojos, todavía podía recordarlo.
Un pequeño vestíbulo de un departamento en un barrio apartado de Wiesbaden, la ciudad donde estaba ubicada la Academia de Aurores de Alemania. Un departamento pequeño pero bien amueblado, con calidad y buen gusto. Draco iba regularmente por allí y ese día pensaba llevar los apuntes que su pareja con seguridad necesitaría después de haber faltado a clases dos días seguidos.
“Justus von Schiller Akademie”, así rezaba el escudo en el lado izquierdo de la túnica del rubio. La academia de entrenamiento para Aurores que había elegido dos años y medio antes para separarse definitivamente de todas las influencias de su padre y que convenía a la perfección a sus fines. El centro de salud de la Universidad Mágica de Bonn, donde atendían la enfermedad de su madre, estaba cerca, y eso le había permitido ir y venir en el mismo día, hasta el último momento, sin desatender ninguna de sus obligaciones.
Iba pensando en el reciente fallecimiento de su madre mientras entraba en la sala pero la imagen que golpeó sus retinas quitó ese pensamiento con una velocidad escalofriante.Los dos cuerpos estaban entrelazados en un ritmo que él conocía muy bien, uno que por el ímpetu de sus embestidas y la intensidad de los jadeos, ya estaba por finalizar. Con el último grito del clímax, ambos cuerpos quedaron inmóviles y las carpetas repletas de papeles que Draco llevaba en sus manos cayeron al suelo con un estrépito que sobresaltó a los dos amantes. Solamente el férreo autocontrol que con tanta dureza le habían inculcado, consiguió hacer que Draco no soltase un par de Maldiciones Imperdonables. Y no porque no lo hubiese deseado, sino porque sabía que de hacerlo, todo lo que había conseguido hasta ese momento, se habría perdido.
- No vuelvan a acercarte a mí…- dijo entre dientes, las mandíbulas tan fuertemente apretadas que las palabras fueron más bien un gruñido.
Sin estar del todo seguro del dominio que tenía sobre su propio cuerpo, Draco retrocedió un paso, luego otro y antes que alguno de los dos ocupantes llegase a detenerlo, regresó al vestíbulo desde donde pudo desaparecer sin atender las palabras que resonaban a sus espaldas.
- ¿Creíste que te amaba, Draco? El amor no existe... ¡Entiéndelo de una vez, el amor no existe!
Nadie notó la sombra en medio de la noche, en la más alta torre de la Iglesia Rusa de Wiesbaden. Todo estaba oscuro y sombrío, y el viento azotaba con más saña que nunca el paisaje; con más impiedad aún a la silueta enfundada en una capa oscura cuyos cabellos rubios volaban en la noche, el único punto claro en tanta oscuridad. Con los pies colgando en el vacío, Draco permanecía tratando de entender por qué el destino parecía ensañarse con él. Alejándolo para siempre de su madre, y ahora mostrándole ese cuadro.
Y pensar que había estado a punto de permitirse un sentimiento más profundo… Había estado a punto de pronunciar esas dos palabras tan temidas y que nunca le había dicho a nadie. En medio del dolor, Draco tuvo que admitir que había estado a un paso de enamorarse. Lo que más le dolía era el engaño y sobre todo quienes eran los protagonistas de ese engaño.
- Nunca voy a enamorarme… Nunca dejaré que vuelvan a lastimarme así…- le prometió a la noche.
Probablemente fue el espíritu protector de su madre el que envió la lluvia. De ese modo, Draco pudo salvaguardar lo que quedaba de su maltrecho orgullo permitiéndose creer que era lluvia lo que corría por su rostro y sólo la noche fue testigo de que un Malfoy sí podía llorar…
La mano de Kennard en su hombro lo hizo detenerse de pronto y volvió sus ojos hacia los de su instructor. Todo el resto de sus compañeros iba rumbo a los vestidores, exhaustos, cansados a más no poder. Draco sentía su corazón latiendo apresuradamente en su pecho pero enfocó su mirada en el rostro del instructor que sonreía.
- Ya entendí que usted puede dar más, Malfoy, no hace falta que se desmaye de agotamiento… Puede ir a ducharse.
Con un leve gesto de asentimiento, Draco puso camino hacia las duchas mientras pensaba en las palabras de Fritz. Tal vez el alemán tenía razón y ya fuese tiempo de olvidar.
~o0o~
"Muy extraño..." pensó Severus al tiempo que se aparecía en la mansión Malfoy, en medio de uno de los salones.
El lujo reinante hubiese podido ser una ostentación barata, pero no era así. Lucius, además de tener muchísimo poder, tenía un exquisito buen gusto. El salón donde le estaba permitido aparecerse estaba decorado en distintos tonos de ocre y marfil. A diferencia de otros salones, el piso era de madera pulida y brillante, los cortinados de terciopelo, las molduras de las paredes y cada picaporte en puertas y ventanas eran de oro.
Sin embargo, nada conseguía ocultar la atmósfera opresiva del lugar. No había murmullos de personas porque el servicio completo estaba a cargo de los elfos domésticos. Lucius necesitaba estar seguro del completo servilismo de quienes lo rodeaban. Servilismo o esclavitud, en su mente no había diferencias.
Severus recordó que en algún tiempo muy lejano, la mansión había tenido algo de vida. Cuando Narcisa aún vivía allí y Draco era un niño, antes de Hogwarts. En ese entonces, eventualmente, había algún destello de alegría en los inmensos salones, los largos pasillos iluminados, las incontables habitaciones ahora vacías habían tenido otras personas entrando y saliendo de ellas. La vida social, si bien era un tanto forzada, al menos había puesto movimiento en la mansión. En aquella época, Lucius y él habían estado juntos.
Escuchando cómo sus pasos despertaban ecos en el lugar, Severus se encaminó hacia el estudio. Atravesó pasillos suntuosos y algunos salones sin toparse con nadie. Pese a que en general a él le gustaba la soledad, distaba mucho de sentirse realmente a gusto en ese sitio. Sin embargo, cada vez que el halcón gris de Lucius llegaba con un mensaje hasta la ventana de su cuarto en Hogwarts, Severus acudía al llamado y merced a un conjuro especial, conseguía entrar en la mansión, un sitio donde sólo los Malfoy podían acceder. En algún rincón de su mente, Severus se preguntó si por fin Lucius se sentiría tan solo que había accedido a concederle ese permiso pese a no pertenecer a la familia.
"Ni soñando".
Llegó frente a la puerta del estudio, golpeó con discreción y entró. No es que fuese respetuoso, había aprendido que entrar sin previo aviso podía desencadenar un ataque feroz por parte del hombre rubio. Y tampoco esperaba respuesta, pues eso hubiese sido propio de un lacayo y él podía ser muchas cosas, algunas de ellas sin definición exacta, pero nunca un lacayo de Malfoy.
Apenas ingresó, lo recibieron los gélidos ojos grises, y una sonrisa casi amena. De forma instantánea eso alertó a Severus.
- Ah, por fin. Pensé que no vendrías.
- No tengo tu misma disponibilidad de horarios, Lucius. Necesito inventarme una excusa cada vez que salgo de Hogwarts- dijo, tomando asiento frente al gran escritorio de caoba.
Detrás del mismo, en su enorme sillón, Lucius parecía un rey magnífico, orgulloso, y desde allí miró al Profesor de Pociones. Por unos instantes, Severus dejó que sus ojos recorriesen la figura que tenía ante él, la satinada piel resaltando sobre la tela color azul oscuro del traje, los ojos grises cuyo color parecía extraño bajo el influjo cromático del atuendo y el cabello rubio de seda. El mago moreno apretó las manos sobre su túnica para resistir el hormigueo del deseo que sentía de acercarse y tocarlo.
Mientras tanto, disfrutando de las cosas que provocaba en su invitado y totalmente consciente de ellas, Lucius elegía con cuidado cómo iniciar su conversación.
- Dime algo, Severus... Hace casi cinco años, cuando nuestro Amo consiguió regresar y nos llamó a su presencia... ¿Por qué no fuiste?
- Por la misma razón que me detuvo hoy, cuando tú me llamaste. En medio del Torneo, los ojos de Dumbledore estaban sobre mí. Eso sin mencionar que la protección del castillo impide que nadie pueda aparecerse. Luego, ya fue tarde.
- ¿Lo has sentido últimamente, no?
- Sí.
Por unos instantes, el rubio siguió mirándolo y Severus mantuvo su mirada, desapasionada, fríamente, negándose a sentirse presionado.- Sirve unas copas de cognac.
No tenía ningún deseo de beber, pero sin saber de qué iba el asunto, Severus se puso de pie y fue hacia el pequeño bar que había en una esquina del estudio. De nuevo el lujo lo saludó desde el roble pulido y las brillantes copas de cristal tallado. Eligió un licor sin fijarse realmente cual escogía, sirvió un par de copas y regresando sobre sus pasos, rodeó el escritorio para darle la suya a Lucius. En el momento que aquel puso sus dedos en el cristal traslúcido, Severus supo que había activado un traslador y que estaba atrapado en él.El remolino de luces y colores que lo tironeó por un rato, se deshizo cuando los dos hombres apoyaron sus pies en el suelo, en medio de una ráfaga imperiosa; sin embargo, con la larga práctica por el constante uso de esos medios, ninguno de los dos perdió el equilibrio pese al aterrizaje un tanto brusco.
Severus no tardó nada en acostumbrarse a la semipenumbra del lugar, en cierto modo le recordaba las mazmorras de Slytherin; inclusive estaban tan frías como aquellas. No era una casa, eso era seguro. Las paredes eran de piedra, más bien talladas en la roca viva como una caverna. Antorchas colocadas en todo lo ancho, mantenían una iluminación mortecina, poco definida. Era un recinto vacío, un gran espacio donde no había nada salvo la alta cúpula de piedra.
- ¿Qué es esto, Lucius? ¿Dónde estamos?
- Estamos en el lugar donde el Amo planea entrenar a sus futuros seguidores. La tarea recomienza, Severus.
La segura enunciación de ese hecho, hizo que un pequeño escalofrío corriera en la espina de Snape. Hasta ese momento, el lento retorno de Voldemort había sido algo que había preferido ver como lejano, pero ahora el inicio estaba ahí, palpable, frente a sus ojos. Recorrió una vez más con la vista el sitio tratando de identificar algún indicio de ubicación posible, memorizando como de costumbre todo lo que pudiese, al tiempo que escuchaba la voz de Lucius.
- El Amo está resurgiendo. Tuvo un ligero contratiempo, tú sabes, pero se recupera y está empezando a cobrar fuerzas- explicó Lucius, iniciando el camino a través de un pasaje -. Necesita de sus servidores, de los antiguos y leales.
- No usó el Morsmordre para llamarme- aventuró Severus, intentando averiguar también hasta dónde llegaban las recuperadas fuerzas de Voldemort.
- La última vez que lo hizo no le hiciste caso- le recordó el rubio, en un susurro delicado, y llegó frente a una puerta de madera empotrada en una de las paredes del pasillo. Golpeó y pasó -. Mi señor, te he traído a Snape.
Con una expresión vacía en el rostro, aquel se adelantó y por primera vez en todos esos años, enfrentó a Lord Voldemort en su nuevo cuerpo.
Con toda rapidez, recordó la descripción que Harry les había dado luego de su regreso del cementerio donde se había hecho el conjuro y la comparó con la imagen que tenía enfrente. Estuvo a punto de sonreír al comprobar que luego de tantos años, su mente continuaba funcionando de manera analítica a pesar de todo.
Estaba de pie en medio de una caverna que había sido amueblada como dormitorio y estudio. Y amueblada con todo estilo y confort además, lo cual era lógico. En parte (,) porque el Señor Oscuro no hubiese admitido algo poco acorde a su posición, y también porque era un Malfoy quien se había encargado de todo aquello. La vista de Snape volvió a recaer en la figura ante él. Era un hombre alto, debía medir casi dos metros, quizás algunos centímetros más, y el hecho de verse tan delgado podía inducir a una falsa sensación de fragilidad.
Tenía encima una bata de seda negra, con solapas y lazo rojo, que lo cubría casi por completo, pero dejaba al aire sus manos largas y blancas. Y no era el blanco cremoso y deseable de la piel de Lucius, era algo agrisado, muy poco agradable. El tono se extendía hacia la porción de pecho y cuello que se veía y en el rostro. La memoria de Snape le envió mensajes de discrepancia en ese punto, había algunas diferencias allí. Harry había olvidado mencionar si Voldemort tenía o no cabello, Snape había supuesto que no, pero éste Voldemort tenía una melena algo rizada, corta, la nariz ya no parecía de serpiente, tenía visos de nariz normal; pero los ojos continuaban siendo espeluznantes. Las pupilas rojas lo miraron con maligna frialdad.
Si Snape hubiese estado presente durante el encuentro que Harry había tenido en su segundo curso en Hogwarts con Tom Riddle a sus dieciséis años, hubiese podido inferir que era casi el mismo rostro, con el paso de unos buenos veinte años.
- Severus.
La voz era siseante pero evidentemente masculina, aunque no por eso dejaba de causar en efecto perturbador.
Reponiéndose de la sorpresa, Severus avanzó apenas un paso e hincó una rodilla en el suelo desviando la mirada hacia el suelo.
- Mi Señor.
Hubo unos instantes de silencio aterrador, expectante.
- ¿Me dirás, mi buen Severus..., por qué no viniste a mí, hace cinco años, cuando los convoqué?
- La protección que Dumbledore mantiene sobre Hogwarts me obligó a salir por mis medios de los predios del castillo, mi Señor; para entonces ya no había nadie en el cementerio- fue la respuesta ensayada durante todo ese tiempo. La había repetido tantas veces que ahora salió de forma natural, carente de inflexiones o matices.
- Oh.
Snape no supo si tomar eso como aceptación o como una sentencia. Por las dudas, decidió quedarse como estaba y evitar tanto tiempo como pudiese el contacto con los ojos de Voldemort. Todavía no había podido calibrar el poder de la Oclumancia del renovado Señor Oscuro.
- Lucius me ha informado que te mantuviste en contacto con él durante todo este tiempo... Y tu genuina preocupación en encontrarme.
- Malfoy sólo dice lo que quiere. Nunca me informó que estaba al tanto de tu paradero.
- Lucius no dice lo que quiere, dice lo que le ordeno- retrucó aquel con frialdad.
- Perdón, mi Señor.
- Así, pues; mi buen Severus, esa preocupación es lo que te mantendrá con vida por ahora... sin embargo, sabes que nadie puede negarse a venir cuando yo lo convoco, y eso, por supuesto, te incluye.
Snape no estaba mirando, pero no lo necesitó. Esas últimas frases eran el preludio de algo que conocía.
- Crucio.
El maleficio le dio de lleno y estalló en cada fibra de su cuerpo, ardiendo, tirando, desgarrando con impecable eficiencia. Había pasado tanto tiempo que había olvidado que dolía tanto, intentó no gritar, pero no era posible. Se mordió los labios en un inútil intento de resistir pero finalmente dejó libre su voz y sus gritos llenaron el recinto.
Acurrucado en el suelo, los músculos tensos por la agonía, así quedó cuando Voldemort retiró el maleficio por unos instantes.
- Esto fue por tu tardanza...- dijo Voldemort amablemente, como un padre que reprende a un hijo travieso -.¡Crucio!
Una vez más el dolor lo rompió en muchos, muchos infinitos puntos de agonía, y una vez más, su voz salió, desgarrada y ronca. Al cabo de largos y angustiosos segundos, el martirio cesó.
- Y eso fue... porque sí.
A un lado, alejado un par de pasos de la escena, Lucius contemplaba, impertérrito. No pudo dejar de pensar que alguna vez, cuando los dos eran jóvenes, hubiese sido capaz de cualquier cosa por librar a su amante del tormento. Se preguntó en qué momento había dejado de sentir eso. Ahora ni los gritos, ni la visión del cuerpo torturado y doliente, le producía sentimiento alguno. Hizo el equivalente mental a un encogimiento de hombros, desistiendo del intento para recuperar aquella parte de un pasado que, al parecer, ya no tenía cabida ni en su corazón ni en su mente.
- Lucius.
- Si, mi Señor- la respuesta pronta surgió de los labios finos sin tardanza.
- Déjanos. Severus y yo tenemos muchos temas que tratar.
Con una leve inclinación, Lucius empezó a retirarse, sin darle la espalda, por supuesto. Y ya casi salía de la habitación cuando Voldemort volteó una vez más hacia él. Por una vez, Lucius tuvo pánico que el Señor Oscuro hubiese decidido repentinamente incluirlo a él en la ‘conversación’ que tenía planeada.
- Por cierto, Lucius; más tarde tú y yo hablaremos también acerca de cierto aprendiz de Auror... Así que no te alejes.
La sorpresa se dibujó por apenas un segundo en el hombre rubio pero se recuperó rápido. El tema no era con él, entonces todavía podía salir de allí en buenas condiciones. Obligó a su voz a tomar un matiz mucho más humilde de lo normal y creyó oportuno reforzar el gesto con una leve reverencia.
- Como ordenes, mi Señor- dijo y salió.
En el suelo, Snape temblaba con los remanentes del tormento sufrido, sin embargo, una parte de su mente registró esa frase y la guardó con cuidado.
“Aprendiz de Auror...” pensó con toda la claridad que pudo reunir en ese momento. “Draco...”
El movimiento de Voldemort tan cerca de él lo hizo dejar sus cavilaciones para después y concentrarse en lo que todavía tenía por delante. La perspectiva era de todo menos alentadora pero él ya lo sabía.
- Entonces, Severus, luego discutiremos tu utilidad como profesor en el colegio del viejo Dumbledore. Ahora es tiempo de reivindicar lealtades, ¿no te parece?
Snape no estaba muy seguro de tener dominio sobre su voz, por eso se limitó a alzar la vista y lo que vio, también lo conocía. Lo había visto en su juventud, ya había pasado por eso.
- ¿Te ofreces a mí, como mi servidor?
Silencio.
Snape sabía que tenía que responder, tenía que hacerlo o despedirse del mundo y no quería ninguna de las dos cosas. Ahora, después de tantos años, volvió a darse cuenta del terrible error que había cometido siendo joven. Si tan sólo en aquel momento hubiese visto la clase de ser al que había jurado lealtad... Pero también volvió a tomar la misma decisión que tomara un poco después, cuando la verdad estaba ante sus ojos, cruda e imposible de negar.
- Sí, mi Señor...- jadeó, mintiendo de nuevo -. Cuerpo, alma y espíritu...
La risa fue un gorgoteo espeluznante.
- Sí, sí... Digamos que por ahora, sólo me interesa una parte de todo eso. Accio, varita.
En el acto, Severus sintió que su varita se removía entre su ropa hasta desprenderse y obedeciendo al conjuro, fue a parar a las manos de Voldemort. Una vez que la tuvo en su poder, aquel giró, fue hasta el lecho, inmenso, evidentemente cómodo, y la escondió entre los pliegues de las sábanas revueltas. Luego volvió a su sitio para contemplar desde ahí al hombre de pelo negro.
- Recuerdas nuestro juego, supongo... Supe que Lucius te ha mantenido en entrenamiento, así que no me decepciones, Severus. Ya conoces las reglas; si llegas a tu varita, podrás usarla e irte.
Severus trató de maniobrar su cuerpo, y con trabajo se puso de rodillas y luego consiguió erguirse sobre sus pies. Necesitaba todo su control para no ceder a los auténticos deseos de dar la vuelta y salir corriendo de ese sitio. En el pasado, cuando era joven y ansioso de poder, había jugado ese juego, ansioso, incluso un poco excitado; pero ahora era diferente.
Desde entonces, habían transcurrido muchos años y muchas cosas que le impedían prestarse de forma genuina a eso; y sin embargo sabía que no le quedaba más opción. Tenía que hacerlo porque si no accedía o no daba su mejor esfuerzo, lo único que podía esperar era la muerte, y una muerte para nada rápida o exenta de dolor.
Ése era ‘El Juego’ y cada Mortífago que había sido elegido para él había tenido la única opción de prestarse o morir. Severus no sabía de ninguno que se hubiese negado. Pero tampoco sabía de ninguno que hubiese ganado.
Con un pase de varita, Voldemort retiró la túnica y la chaqueta que vestían al otro mago, descubriendo la camisa blanca y los pantalones negros, y entonces con una sonrisa de anticipación puso su propia varita a un lado, en un mueble cercano dando a entender que tampoco él usaría magia.
- Cuando estés listo, Severus.
Era en ese momento cuando necesitaba apelar a todo el feroz entrenamiento que había tenido como Mortífago, de modo que haciendo caso omiso del dolor que todavía sentía por los recientes Cruciatus, Snape tomó aire y asintió en silencio.
De repente, con un envión violento, inició una carrera hacia su izquierda, intentando pasar por ese lado y atravesar la estancia. Cuando la figura negra se movió con agilidad espectral para cerrarle el paso, Severus hizo un giro brusco para cambiar de dirección y correr a través de la habitación por el lado opuesto.
De eso se trataba, después de todo. Intentar sobrepasar a Voldemort como si fuera un obstáculo. Algo infantil si se quiere, pero que cumplía con el fin de entretener las ansias de cacería del Señor Oscuro, los deseos siempre presentes de persecución y captura.
De nuevo Voldemort volvió a ponerse en su camino sin dificultad aparente y estaba tan cerca de Snape que no le costó nada asestar un revés en el rostro del mago. Severus fue lanzado hacia atrás varios pasos y no cayó porque llegó a aferrarse de una mesa cercana. Atontado, calibró la fuerza de esos brazos que parecían tan delgados. No era una fuerza normal. No se detuvo a pensar, no tenía tiempo para eso. Aferró la banqueta que había junto a la mesa y se la arrojó, usando toda la fuerza que consiguió reunir y aprovechando ese segundo, volvió a correr hacia el lado opuesto.
Hubiese podido jurar que la risa del Señor Oscuro era divertida cuando el brazo se descargó sobre la madera y la hizo astillas. Prácticamente se deslizó hasta encontrarse otra vez junto al mago, lo alcanzó en su carrera y lo detuvo tomándolo de un hombro.
Los dedos largos se cerraron como garras en el hueco de la clavícula y la otra mano lo tomó por la cintura del pantalón. De pronto, Severus se encontró volando en dirección a una pared de roca en la que impactó con dureza. Cerrando el entendimiento a cualquier cosa que no fuera odio, medio se irguió y se lanzó por debajo de un escritorio para reaparecer unos metros más allá.
Pero Voldemort también estaba ahí, esperándolo como si moverse no fuese más que un trámite molesto para él. Esta vez le propinó un puntapié tan fuerte que Severus, que aún no se incorporaba, apenas consiguió cubrirse con un brazo, de lo contrario le hubiese asestado en la cabeza.
La bata de seda onduló ante sus ojos y medio cegado por el dolor, el mago manoteó la tela y tironeó con desesperación. Bien, evidentemente ni siquiera Voldemort podía apartarse de lo inesperado, porque cuando el pie regresaba se enredó en la bata y cayó hacia atrás.
Severus tardó apenas un segundo en reaccionar ante esa especie de suerte repentina y con un gruñido de determinación, se lanzó hacia adelante.
"Quizás esta vez, después de años de intentarlo..."
Ya casi estaba junto al lecho cuando otra vez esos dedos aferraron parte de la camisa, pero en un acceso de furia, Severus se revolvió lanzando por primera vez un golpe en el que puso toda la fuerza de su peso. Fue como golpear una pared o algo casi tan duro como eso, pero Voldemort debió resentir el impacto de alguna manera, porque hubo un segundo de vacilación. Otro segundo que Severus aprovechó para desasirse y lanzarse hacia el lugar donde había visto desaparecer su varita.
Frenéticamente, metió las manos entre las sábanas, lanzó lejos las almohadas y entonces una garra se cerró en uno de sus tobillos y tiró de él. Enceguecido, lanzó el otro pie hacia el lugar y volvió a encontrar carne, carne que se hundió ante su golpe. Snape tuvo que admitir que nunca había sentido tanto gusto ante el sonido de la carne golpeada cuando no era la propia.
Tal vez eso fue más de lo que Voldemort podía considerar como un juego, un juego donde el ratón se estaba poniendo demasiado difícil para el gato, y exhibiendo además una ferocidad que sobrepasaba sus expectativas.
- Suficiente- siseó y entonces usó sus dos manos para aferrar las piernas del hombre que en vano intentó patear y empujar para librarse pero que no pudo evitar ser arrastrado a través del lecho hasta estar peligrosamente cerca del enemigo.
La fuerza sobrehumana de esos brazos lo hicieron girar sobre sí mismo, y cuando quedó de frente a Voldemort, Severus supo que una vez más había perdido.
Al segundo siguiente, tenía ese cuerpo delgado pero espantosamente fuerte sobre el suyo, impidiéndole demasiados movimientos, pero eso no significaba que iba a dejar de resistir. Apretando los dientes con ira y absoluta desesperación, el mago intentó volver a pegarle como antes, pero ahora ya no podía poner la potencia necesaria en los golpes.Voldemort apenas se irguió para poder descargar sus puñetazos con metódica eficiencia.
"No voy a rendirme... No voy a suplicar" pensó Severus, a pesar de que ya no era más que un montón de carne dolorida. Por unos instantes no supo si desear que Voldemort volviese a usar su magia contra él y no lo que se avecinaba.
Sabía que todavía le faltaba el final, y se dio cuenta que no tardaría cuando la camisa fue desgarrada en tirones violentos, y los dedos blancos se deslizaron sobre su piel. La reacción fue casi instantánea e intentó quitárselo de encima, porque el tacto de esas manos no era normal.
La piel era suave, sí, pero escabrosamente fría, helada, como si un muerto estuviese tocándolo. En ese momento, sintió algo más, algo que presionaba con insistencia en su pierna y que era la prueba de la excitación del cuerpo que lo aprisionaba.
- Perdiste- puntualizó Voldemort y casi sin moverse, introdujo una mano entre las sábanas y extrajo con toda facilidad la varita que Severus no había podido encontrar.
Y como él imponía las reglas, la usó para desembarazar al mago y a si mismo de esa cantidad tan molesta de ropa y para que fuesen las mismas sábanas las que ondulasen sobre los brazos del mago, impidiéndole seguir resistiendo, convertidas en una suerte de improvisadas ataduras.
"No estoy aquí, no estoy aquí..." era la frase que Severus repetía una y otra vez pero de nada valía, porque al segundo siguiente, sus piernas fueron izadas, exponiéndolo por completo y apenas un poco después, Voldemort lo penetró con un empujón violento.
A partir de ahí, todo el entendimiento y la resolución escaparon de la mente de Severus, no podía contenerse de gritar, simplemente porque eso que lo estaba desgarrando no tenía ni el tamaño y ni la fuerza de un hombre normal. Las embestidas eran tan violentas que sentía la repercusión en sus intestinos y durante un segundo no tuvo dudas que no iba a sobrevivir a eso; y si por algún milagro lo conseguía, nunca podría recuperarse por completo de semejantes lesiones. Cuando pensó que ya nada peor podía pasar, Voldemort explotó en su interior, e inyectó en sus entrañas algo que debía ser metal fundido ya que esa fue la sensación que arrancó los últimos gritos de Severus. Metal fundido quemando todo a su paso, arrasando, destruyendo y quemando su interior.
Después de su última descarga, Voldemort se quitó de él y se irguió sobre sus rodillas, contemplando su obra con satisfacción evidente. Casi inconsciente, Severus escuchó otra vez la voz susurrante.
- No me equivoqué contigo, Severus... Siempre puedo tener a los otros, pero cuando quiero un reto, cuando quiero un desafío, sé que puedo contar contigo...
No quería oír más, sólo quería hundirse en la inconciencia absoluta, donde estaría libre de tanto dolor, por eso cerró los ojos y se desvaneció.
Voldemort se puso de pie y poco después Lucius entró. Había estado esperando del otro lado de la puerta, pues no era otro el significado de la frase ‘no te alejes demasiado’. El rubio no dedicó más que una mirada fugaz al revoltijo de la cama.- ¿Qué hago con él, mi Señor?
- Llévalo de vuelta a Hogwarts, cúralo un poco antes... No quiero que mi fiel Snape llegue a considerar que le debe algo a ese viejo idiota de Dumbledore... pero no demasiado, deseo que recuerde bien el orden de sus lealtades.
Haciendo levitar el cuerpo, Lucius salió de la estancia, dejándolo solo.
"Muy bien, este cuerpo es perfecto." se dijo Voldemort, recostándose de nuevo sin preocuparse por el estado de la cama. "Es más fuerte que el de un hombre común, completamente funcional. Creo que el buen Severus no podrá sentarse en muchos días… Al parecer el conjuro se desvanece pero poco a poco y Severus consiguió tocarme con un par de golpes que no hubiesen debido ser problema... Ya falta poco, la investigación casi está completa... Ya falta muy poco y mi querido Harry Potter dejará de ser un problema".
Satisfecho en más de un sentido, decidió dormir.
~o0o~
Draco detestaba los sitios muggles y los evitaba tanto como le era posible, pero había ocasiones en que no podía elegir. Pasear con Harry durante la semana en medio de Londres mágico hubiese sido imposible. Habían pasado años y la gente seguía girando para verlo, señalándolo, y eso era algo que el moreno detestaba pero que había aprendido a ignorar. Así que si la opción era no verlo en absoluto durante la semana o verlo en medio de Londres atestado de muggles, no que le hiciese mucha ilusión, pero prefería lo último.
Sin embargo, era de noche y el sendero bordeado de árboles estaba sombrío y solitario. Las altas copas formaban una suerte de túnel vegetal que impedía casi por completo que la luz de la luna se filtrase entre las frondosas ramas, de modo que toda la luz provenía de los faroles eléctricos apostados a los lados del sendero. Unos metros más adelante, el camino desembocaba en un puente de piedra que se extendía sobre el agua.
A esa hora de la noche no había muggles dando vueltas por allí, y eso los hacía sentir un poco más cómodos, ni siquiera habían tenido que vestirse del modo muggle para pasear, de manera que las túnicas ondeaban un poco en el viento frío.
Caminaban en silencio, uno junto al otro, y de pronto Harry encontró esa lejanía un poco ridícula, se suponía que estaban paseando juntos. Sin mirarlo y sin aminorar el paso, trató de tomar la mano blanca que estaba casi junto a la suya, pero en cuanto sintió el contacto, Draco retiró la suya a toda velocidad. Un poco abochornado, Harry se detuvo y el rubio también lo hizo.
- Lo siento…- murmuró Harry -. No quería incomodarte… Sólo quería…
En una fracción de segundo, unas cuantas imágenes desfilaron en la mente de Draco. Dos siluetas paseando juntas en medio de la niebla, durante una noche en el parque de Wiesbaden, tomados de la mano… Una de ellas era él, la otra… Cuando retiró con brusquedad su mano no era para alejarse de Harry sino para alejarse del pasado. Draco ahuyentó los recuerdos para enfocarse en el rostro un poco avergonzado del moreno y escuchar su disculpa.
“Él no valía la pena, ya es tiempo de olvidarlo…”
Se inclinó hacia Harry y fue él quien le tomó la mano para cruzar los dedos y aferrarlo con firmeza. Ante ese gesto, los ojos verdes volaron a su rostro y Draco se encontró hundido en una sensación cálida, reconfortante, algo que si lo permitía, podía apartar fácilmente toda la soledad, toda la amargura que había cargado hasta ese momento. En esos últimos días, el rubio se había dado cuenta que Harry solamente temía un poco a las caricias cuando se ponían demasiado íntimas, pero en general era muy cálido.
- Discúlpame, no quise alejarme así- intentó explicar -. Es que…
- ¿Malos recuerdos?
- Algo así- admitió suavemente -. Como ves, mis demonios interiores también están al acecho.
Ese momento de comprensión mutua fue mucho más beneficioso para ambos que si hubiesen hablado todo un día. No había necesidad de palabras, ni de explicaciones más detalladas, cada uno cargaba su porción de pasado y tal vez cuando fuese el momento adecuado podría exponerla ante el otro. Quizás sí, quizás no; eso se vería con el tiempo.
Harry estaba empezando a desear con un poco de desesperación que Draco lo tomase entre sus brazos para besarlo cuando la molestia en su cabeza se volvió ardor. De manera inconsciente se deshizo de la mano del rubio para llevar los dedos a la frente, donde la cicatriz se convirtió en un pulso caliente y constante.
- ¿Estás bien, Harry?- preguntó Draco sin saber de qué se trataba.
- Yo… No lo sé, había dejado de doler, pero ahora es más fuerte.
Fue apenas un segundo, pero durante él, el fuego pareció encenderse en su cerebro con tanta fuerza que Harry casi vio rojo detrás de sus párpados cerrados. Se tambaleó un poco y de inmediato sintió los brazos de Draco cerrándose sobre él, sosteniéndolo. Tuvo una violenta náusea que lo dobló en dos y un zumbido horrible pareció llenar su cabeza, pero casi al mismo tiempo, creció también ese misterioso murmullo que ya había oído antes y que hizo retroceder al otro sonido. Al instante siguiente, el dolor se fue.
Draco lo acarreó hasta uno de los bancos de madera que había a los lados del camino y lo ayudó a sentarse sin soltarlo ni un momento.
- ¿Ya pasó?- el moreno no habló pero asintió con un gesto -. No tienes idea qué sucedió, ¿verdad?
- Fue como antes… Cuando Voldemort se sentía particularmente molesto o contento, la cicatriz ardía. ¿Recuerdas que te hablé de esa conexión entre nosotros? Se debilitó pero nunca desapareció… Por eso Snape tuvo que enseñarme Oclumency, para evitar que durante esos momentos, Voldemort pudiese entrar en mi mente.
- ¿Y puedes evitarlo…?- esa vez el gesto fue más rotundo -. Bien… ¿Quieres que te acompañe a tu casa? Aún estás un poco pálido…
- No, aún no… ¿Será demasiado pedir que me abraces y nos quedemos un ratito aquí?
A pesar de todo, el rubio sonrió, acomodó su postura junto a Harry y lo abarcó mejor con sus brazos. De inmediato, aquel se acurrucó en ese sitio con tan evidente placer que solamente le hubiese faltado ronronear para manifestar lo bien que se sentía estar así.
Por el momento, ambos olvidaron a Voldemort y lo que ese malestar pasajero podía significar.
Capítulo 10Harry ya había hecho su presentación en San Mungo desde la primera semana de asistencia a la Academia y si bien el suceso ya no era tan frecuente, tampoco era tan desusado para algunos medi-magos verlo por sus corredores. Claro que esa noche, con el desastre que había en todo el hospital, el ingreso de Harry había pasado casi desapercibido.
En medio del pasillo iluminado por los globos de luz esperaban dos siluetas menos conocidas que cuchicheaban entre sí.- Te lo digo en serio, Herm. Lo hizo, yo lo vi- dijo Ron, todavía incrédulo, mientras paseaba por el pasillo -. El hurón lo hizo...
Su novia no decía nada, sólo se limitaba a escucharlo y ambos esperaban a que en el consultorio cercano terminasen de curar a Harry de algunas quemaduras. Unos minutos después, la pequeña puerta se abrió y Harry salió del recinto con lo que quedaba de su túnica en un brazo y la camisa apenas echada sobre los hombros. Un amplio vendaje cubría el hombro izquierdo y parte del pecho.
Al verlo, sus dos compañeros prácticamente se abalanzaron sobre él.
- ¡Harry! ¿Cómo estás...?- preguntó Hermione, un tanto atemorizada al ver tantas vendas.
- Estoy bien, Herm, no te preocupes. El vendaje sólo sirve para cubrir el ungüento que me aplicaron, pronto podré quitármelo- explicó antes de hacer la pregunta que lo inquietaba -. ¿Cómo está Dr... Malfoy?
- Aún están atendiéndolo allá- comentó Ron señalando otra puerta cercana -. Maldición, esta vez sí estuvo cerca...
En esos instantes, un par de medi-brujas salieron de la otra sala y ellos se acercaron de inmediato.
- ¿Cómo está? ¿Se va a recuperar, no?- preguntó Harry, incapaz de ocultar su ansiedad.
- Digamos que ahora está bien. Tenía fractura expuesta de radio, la clavícula está fisurada y también tiene cuatro costillas rotas. Gracias a Merlín no perforaron los pulmones con el impacto. Al margen de eso, tiene varios golpes menores sin importancia. La poción debería regenerar sus huesos durante esta noche sin inconvenientes.
- Fantástico- dijo Ron -. Ahora ya podemos irnos a casa.
- Yo me quedo aquí esta noche- anunció Harry, un poco más aliviado.
- ¿Te vas a quedar haciéndole compañía al hurón?- preguntó Ron como no hubiese oído bien el anuncio.
- Ron, su apellido es Malfoy- le corrigió Harry de inmediato -, y sí voy a quedarme porque por si lo olvidaste, fue mi vida la que salvó. Eso hace que me sienta levemente culpable de que esté en el estado en el que está.
- Pero necesitas descansar... Las quemaduras…
- Puedo descansar en alguna cama cercana, y yo no estoy tan mal...- vio que el pelirrojo se aprestaba a seguir argumentando y lo cortó con un gesto terminante -. No discutas más, lleva a tu novia a casa y déjame tranquilo. Estaré bien.
Tal vez en el pasado ambos hubiesen opuesto más resistencia a la idea, pero habida cuenta que Harry tenía razón y que discutir era tiempo perdido, Herm se despidió de él con beso en la mejilla y tomó por el brazo a Ron remolcándolo por el pasillo. A medida que se alejaban, el moreno podía escuchar que su amigo todavía protestaba en franca oposición a la idea y como de costumbre, Hermione asentía sin prestarle mucha atención y dejándolo que despotricase a gusto para después poder hacerlo entrar en razón.
Harry entró en silencio en la habitación donde habían acomodado al rubio. Las otras dos camas estaban vacías y solamente un globo de luz en una esquina emitía una claridad tenue. Dentro de la misma aún había alguien revisando los vendajes para que los huesos se regeneraran en la posición correcta. Harry pensó que no era la primera vez que la veía y aunque reconocía su rostro amable, no conocía su nombre. La medi-bruja se volvió al escuchar que alguien entraba.
- Oh, pensé que nadie iba a quedarse con él- comentó, evidentemente contenta -. ¿Has avisado a su familia?
- Él... Bueno, no sé cómo ubicar a su familia... Pero quizás no haga falta incomodarlos, después de todo estará bien mañana, ¿verdad? Yo me quedaré esta noche con él.
- ¿Es tu amigo?
- Somos... compañeros...
- Ah, sí los estudiantes de la Academia de Aurores... Bueno, puedes acomodarte en ese sillón, es bastante cómodo… pero también tienes tus heridas, por lo que veo. Si no te sientes a gusto o tienes dolor, puedes ocupar alguna de las camas vacías. No creo que las necesitemos esta noche.
- Gracias. ¿Cree que dormirá toda la noche?
- Le hemos dado una poción para eso. Es mejor cuando se están componiendo huesos, no sé si alguna vez has pasado por eso.
- Una vez me desaparecieron los huesos del brazo… Fue horrible mientras crecían otros nuevos- recordó Harry.
- Suele ser bastante doloroso aunque no es el mismo caso, antes era más fácil componerlos que hacerlos crecer. El proceso de recomponerlos mediante un conjuro que usábamos hasta hace unos años era rápido pero comprobamos que el hueso arreglado no quedaba igual de firme que el original, así que ahora usamos un método mixto. Me temo que es más molesto para el paciente, pero sus huesos quedarán mejor que nuevos.
- Así que no tendrá una buena noche…- aventuró Harry.
- Esperamos que la poción lo haga dormir y no lo tenga tan difícil. No te preocupes.
Terminó de revisar algunas cosas más y salió; entonces Harry se acomodó en el sillón y desde ahí contempló el rostro ahora algo ceniciento de Draco. Tenía algunos raspones en el rostro, seguro producto de la caída; los labios, por lo común rosados, estaban un poco pálidos y el cabello caía un poco desarreglado alrededor de su rostro esparciéndose sobre la almohada. De momento, el rostro de Draco estaba tranquilo y eso le daba un aura etérea, casi angelical.
Harry lo admiró con una sonrisa. El gesto serio desaparecía del rostro cuando estaba dormido, el cuerpo largo y lánguido apenas cubierto por la sábana blanca.
"Increíble... ¿Se verá igual cuando duerme en su casa...? ¿Así es como yo le vería si despertásemos juntos?”.
Era una idea que afloró en su mente sin que pudiera preverlo, pero antes que pudiese seguir pensando en eso, el rubio emitió un pequeño quejido, inconsciente, y Harry se acercó un poco. Bien, la poción estaba empezando a funcionar y él volvió a su sitio mientras intentaba reconstruir los eventos que los habían llevado a ese lugar.
Iba a ser una noche muy larga no sólo para Draco, sino también para él.
***Flash back***
Draco se apoyó en una de las paredes del corredor de la academia, había estado esperando un largo rato en el pasillo que conducía a las aulas. Cuando escuchó las risas y el alboroto, supo que ya venían; los tres juntos, como de costumbre. Con bastante ironía, su padrino solía llamarlos ‘Los tres mosqueteros’. No era mala la comparación si tenía en cuenta que en ocasiones él se sentía como D’artagnan, el cuarto en discordia, aunque dos de ellos aún no lo supiesen.Y a veces le dolía que Harry lo mantuviese en las sombras, que pasara tanto tiempo con esos dos; pero sin dudas, lo que vio cuando el trío dio la vuelta en el pasillo fue inesperado.
Hermione venía riendo en forma discreta pero abierta al ver que su novio traía prácticamente remolcado al muchacho moreno. Aquel intentaba debatirse, medio en serio, medio en broma, entre los brazos musculosos del pelirrojo. Era un asunto que no tenía caso, Ron era mucho más alto y, en forma evidente, más fuerte también, por lo que sus brazos podían abarcar y arrastrar a Harry sosteniéndolo de la cintura.
- ¡Suéltame...! Me estás poniendo en ridículo...- decía riendo Harry y consiguió desasirse un poco pero cuando esperaba alejarse, volvieron a aferrarlo en medio de una carcajada.
- Dijiste que no podría traerte a la rastra... Ya ves que sí puedo hacerlo.
Algunos estudiantes que caminaban por el pasillo, reían también y luego continuaban su camino. Cuando vieron a Draco de pie, esperando en la puerta del aula, los tres se moderaron un poco. Como de costumbre, Ron le prestó escasa atención, pero fue mejor así.
Sudoroso y un poco alborotado por el esfuerzo, Harry intentó calmarse antes de hablar y acomodó un poco la túnica y el resto de la ropa que se le habían desacomodado en el forcejeo. Ni siquiera hizo el intento con su desastroso cabello, era un asunto perdido. En cuanto consideró que su apariencia ya estaba medianamente presentable, dirigió la vista hacia el rubio.
En cambio, Draco sólo había estado mirándolo a él, lo miraba pensando en la forma en que Ron lo mantenía aferrado contra sí, en la manera en que las manos grandes del pelirrojo se habían deslizado por el cuerpo de Harry en una forma y por sitios en los que a él no se le permitía acercarse, mucho menos tocar así. De pronto, ese hecho lo hirió mucho más de lo que hubiese querido admitir. Cualquiera que lo hubiese visto, no hubiese notado cambios mayores en él, pero Harry estaba empezando a familiarizarse con las pequeñas demostraciones que había en ese rostro y por un instante leyó el resentimiento subiendo a la mirada gris, aunque se le escapó por completo el motivo para ese gesto.
Sin decir ni una sílaba, Draco se acomodó la mochila y se encaminó rumbo a los sanitarios, necesitaba tranquilizarse un poco y analizar ese repentino y muy molesto ataque de celos que estaba sufriendo.
Ni Ron ni Hermione se dieron por enterados de eso y mientras continuaban cuchicheando entre sí, entraron al aula de una de las pocas asignaturas que compartían. Un poco desorientado, Harry vio que ellos no se habían dado cuenta que él continuaba afuera, por lo que se decidió y también fue hacia los sanitarios.
Lo primero que vio al entrar fue al rubio lavándose la cara con agua fría, como si intentara despejarse, y de hecho así era. Draco no utilizó un hechizo para secarse el rostro y componer su cabello, lo hizo de forma manual y al mejor estilo muggle, cosa que solamente hacía cuando estaba muy alterado, pero eso era algo que el moreno sabría mucho tiempo después. Antes de decir nada, Harry revisó los compartimientos y se acercó cuando pudo comprobar que sólo estaban ellos dos.
- ¿Qué ocurre, Draco? No te ves bien...- observó tentativamente.
Por un breve instante, Draco lo miró a través de la imagen del espejo y meditó la posibilidad de quedarse callado, pero al final decidió que no. Estaba teniendo paciencia, mucha paciencia, pero incluso él tenía sus límites.
- ¿Por qué él sí, y yo no?- preguntó, intentando que su voz sonara con el mismo desapasionamiento que siempre la caracterizaba.
- ¿Él sí, qué...? No te entiendo... ¿De qué estás hablando?
La imagen del pasillo volvió a las retinas de Draco y el rostro de completo desconcierto de Harry, en lugar de aliviarlo, lo llenó de enojo.
- Hablo de la comadreja...- escupió, esta vez sin intentar contenerse, y siguió antes que Harry pudiese protestar por el uso del apelativo -…y de la manera como te estaba tocando. ¿Por qué él puede ponerte las manos encima de esa forma y yo ni siquiera puedo acercarme?
- ¿Tocarme? Draco, Ron no me estaba tocando... Al menos, no como tú piensas... Sólo estábamos jugando, una idiotez sin importancia...
- Sus brazos... estaban en tu cintura... Todo tu cuerpo estaba pegado a él...
Por un momento, Harry tuvo que reconocer que eso sí era cierto, aunque no con la connotación que el rubio le estaba dando. Estuvo a punto de lanzar una carcajada, y de hecho quizás hubiese reído en otra ocasión, pero de pronto, notó que Draco en realidad creía haber visto eso. La manera en que mordía cada una de sus palabras era una clara señal que estaba bastante molesto con el asunto.
- No es así. Ron es mi amigo, sólo eso, y lo sabes.
- ¿Todos tus amigos te tocan así?- insistió Draco.
- ¡Por supuesto que no!- exclamó escandalizado -. Draco, estás haciendo una escena por algo que no tiene sentido... Estábamos bromeando, sólo eso... Por favor, Ron es como mi hermano.
- ¡Pero no lo es!- explotó por fin el rubio -. No lo es, y a él sí le permites acercarse así... ¿Por qué no a mí?
- ¡Ya te lo dije! ¡Es mi amigo!- dijo exasperado, incluso levantando la voz un poco más de lo acostumbrado.
- ¡¿Y yo qué soy, Harry?!- Draco intentó no sentirse peor ante la falta de respuesta a esa pregunta -. ¡Vamos, dímelo! ¿Por qué él sí puede acercarse así, y yo no?
- ¡Porque no siento temor de Ron!- contestó Harry, sin meditar en lo que decía.
Se dio cuenta de lo que había dicho, cuando vio la sombra de dolor empañando el rostro del rubio. Apenas un músculo se tensionó en la mandíbula, otra inequívoca señal de que estaba tratando de controlarse.
- Draco... Lo siento, no quise decir eso...
- Pero lo dijiste- murmuró. Tomó sus cosas y fue hacia la salida. Harry lo retuvo por el brazo, pero él ni siquiera giró para verlo -. Suéltame.
- Por favor, Draco. De verdad no quise...
- Suéltame- repitió, y ante la falta de expresión en la voz, Harry se sintió confundido y lo dejó ir.
El resto del día fue pésimo.
Durante las clases, a veces intercambiaban alguna mirada cómplice, algo muy furtivo y exento de malicia; pero ahora Draco lo ignoró por completo. No le habló y en cuanto terminó el horario, salió apresuradamente del aula, sin darle tiempo a decir nada. No lo vio en la cafetería del Ministerio para el almuerzo y en realidad quería ir a buscarlo, hablar con él, disculparse, hacer algo; pero Ron y Hermione no se despegaron de su lado ni un segundo.
Sabía que sus palabras habían herido a Draco mucho más que esa escena que él creía haber presenciado. Lo peor de todo, es que había surgido sin que él pudiese detener las palabras y eso se debía a que aún no se sentía del todo seguro cuando estaba con el rubio. Era frustrante y contradictorio pero todavía no conseguía resolver ese conflicto; había esperado poder remediarlo antes que la paciencia del rubio se agotase pero al parecer no sería así. Necesitaba arreglar ese asunto antes de verse en la necesidad de contarle esa humillante experiencia del pasado a Draco.
Pero cuando llegó al salón de los Aurores, Draco ya estaba en su escritorio, escribiendo, y se dedicó a evitarlo durante el resto de la tarde.
~o0o~
No era fácil evitar a Harry, solamente en ese momento Draco se daba cuenta de eso. Se había vuelto parte integrante de sus días de un modo que nunca hubiese podido imaginar. Ver sus brillantes ojos verdes apareciendo en un extremo del pasillo, la sonrisa tímida y velada que compartían y el chispazo de electricidad que sentía en la columna, en los labios, en cada parte de su cuerpo por el deseo de abrazarlo allí mismo, delante de todos, y morder esa boca deliciosa incluso en presencia de la comadreja y su novia.
“Ron es como mi hermano...” el rubio rememoró las palabras de Harry y al recordar la forma en que las manos del pelirrojo sujetaban el cuerpo aferrándolo contra sí de ese modo en que él no podía hacerlo, volvió a llenarse de resentimiento y frustración.
“No tengo miedo de Ron...” sin duda ésa había sido la peor de las frases.
Él se había moderado, se cuidaba hasta el extremo para no hacerlo sentir incómodo, para que no se presentaran esos recuerdos, cualesquiera que fueran, ya que Harry no le había contado de qué se trataban. Tal vez estaba siendo un poco injusto, pero para ser sincero consigo mismo, en esos momentos no tenía deseos de ser justo. Es más, estaba bastante cansado de ser justo.
Casi anochecía cuando Harry se sentó en su lugar y tomó la pluma. Los cubículos no eran del todo cerrados, pero si se tenía un poco de cautela, se podía hablar en privado. Frente a él, Draco llenaba formas engorrosas con un ensimismamiento que no demostraba en otras ocasiones.
- Draco, tenemos que hablar...- empezó en un murmullo.
- No, Harry; no tenemos que hablar. Yo no tengo ganas de hablar contigo... Es más, creo que de momento, tampoco quiero verte- diciendo así, se puso de pie, junto unos papeles y salió del cubículo.
- Draco, escucha...- pidió, poniéndose de pie, pero se detuvo al darse cuenta que había hablado más fuerte de lo que hubiese querido.
Lo único que pudo ver, fue que el rubio se metía en uno de los cuartos de archivo. Volvió a sentarse.
"No puedo ir a buscarlo ahí... Todos se van a dar cuenta que entramos juntos..." pensó desesperado, pero era precisamente eso lo que quería hacer.
Mientras continuaba debatiéndose en la disyuntiva, tuvo una punzada en la frente, algo leve, y no le hubiese prestado demasiada atención en otro momento, pero segundos después, la sirena de alerta sacudió el salón. Hubo una especie de revuelo generalizado y al segundo siguiente, de todos los rincones del recinto empezaron a llegar los Aurores, quienes se reunieron en el espacio ubicado frente al despacho del Encargado.
El detector de actividad mágica estaba en la oficina de Owens y aquel ya estaba escudriñando el inmenso mapa que tenía en la mesa frente a sí. El abigarrado pergamino ya debía tener muchos años en uso, porque el papel estaba amarillento pero en él detallaba con precisión cada calle, cada callejón y cada rincón del Londres Mágico. Ante un pase de la varita del Jefe, la tinta cambió de tono, del púrpura al negro y los trazos empezaron a moverse como si fuesen un ejército de hormigas en desbandada hasta que finalmente un nuevo trazado de calles y callejuelas quedó a la vista: un plano detallado de Londres Muggle.
En un sector determinado, destellaron unas brillantes lucecitas verdes marcando el lugar donde se registraba un concentrado nivel de magia oscura en actividad.
- Tenemos un foco de ataque en el Soho. Según se ve, son varios grupos y parecen actuar coordinados- miró a los que tenía alrededor y señaló un pequeño lugar -. Este es el punto de Aparición designado, todos ustedes, en marcha.
Unos segundos después, se habían ido casi todos los Aurores disponibles, menos unos pocos que quedaban como posibles refuerzos y los estudiantes que por supuesto no estaban autorizados todavía a entrar en una acción directa. El gran salón del Ministerio había quedado solitario y casi en silencio, las puertas del despacho de Owens estaban abiertas y como no había nadie que le impidiese el paso, Harry se había adelantado hasta entrar y quedar frente al mapa.
Había siete estudiantes, incluyendo a Hermione, quien aunque no pertenecía a la futura División de Choque, por supuesto había acudido a ver qué sucedía. Todos empezaron a disgregarse, dispuestos a esperar para ver el desenvolvimiento de los sucesos y mientras tanto, el moreno seguía mirando el detector en silencio. Algo en su interior le decía que sí había un ataque de dimensiones considerables, pero lo más importante no estaba en el Soho. De pronto tuvo una especie de intuición extraña.
"Puedo mirar... Puedo mirar y ver qué es lo que realmente ocurre..." pensó Harry, sin saber exactamente qué significaban esas palabras y al fijar la vista en el mapa, otra vez la cicatriz le ardió. Decididamente, era una señal.
- ¿Qué estás planeando...?- murmuró sin darse cuenta.
De pronto, la certeza de lo que pasaba lo golpeó con fuerza casi física y las imágenes aparecieron en su mente como si estuviese viéndolas en la televisión muggle.
Vio a los Aurores que se habían presentado en el Soho y ahora libraban un combate encarnizado contra criaturas oscuras, pero no era ahí el blanco principal. Era entrada la noche y aún así el asunto iba a necesitar de una buena cantidad de hechizos desmemorizantes y toda la astucia del Escuadrón de Excusas para Muggles. Veía los hechizos cruzando del aire en todas direcciones, destrozando todo lo que había a su paso. Fuego, llamas y pánico. Un rayo verde impactó en el cuerpo de una mujer y aquella cayó fulminada.
Harry jadeó, casi como si hubiese sentido en sí mismo el golpe, y se aferró a la mesa para no caer. Draco continuaba muy cerca de allí, aún no se había alejado y lo vio con las manos crispadas en el borde de la mesa. A pesar de que seguía resentido por la discusión, se dio cuenta que algo más pasaba ahí. Cuando se acercó, vio que el moreno tenía la vista clavada en el mapa, pero de algún modo no era eso lo que estaba viendo, las pupilas dilatadas parecían enfocar algo que estaba más allá de la visión de los demás. Draco miró alrededor, no había nadie que pudiese verlos, así que se acercó.
- Harry... ¿Qué pasa? ¿Qué... estás viendo?
Atrapado en la visión, el muchacho continuaba mirando, observando el desarrollo de un combate que no podía manejar. Seguía sintiendo esa sensación que le decía que eso no era importante, era algo que encubría los verdaderos motivos que pudiese tener Voldemort.
- ¿Qué es lo importante...?- murmuró una vez más -. Muéstrame lo que es importante. Muéstrame, muéstrame, muéstrame...
Oír esa especie de invocación no era precisamente lo que iba a tranquilizar a Draco, pero entonces Harry soltó el borde de la mesa y extendió las palmas hacia el mapa. Él ya lo había visto hacer algo así para sentir la presencia de la magia oscura, y de todas las veces que lo había hecho, nunca había fallado. Volvió a mirar alrededor para asegurarse que nadie interrumpiese.
Harry seguía intentando descubrir el camino de la visión correcta pero algo no estaba funcionando, faltaba algo más que él no tenía. Al intenso hormigueo en sus manos que lo estaba enloqueciendo, se sumó ese extraño murmullo que le llenó los oídos, pero no conseguía darle a su magia el matiz adecuado para descifrar todas esas voces, para comprender qué era lo que le decían. El esfuerzo estaba empezando a agotarlo un poco y se tambaleó; entonces, Draco extendió sus manos y lo sujetó suave pero firmemente desde atrás, ayudándolo a mantener los brazos extendidos. La sensación en sus manos se intensificó y detrás del murmullo, Harry escuchó con claridad la voz de mujer que en el fondo de su cerebro le dictaba palabras, palabras que tenía que decir y que repitió aunque lo hizo en voz tan baja que ni siquiera Draco pudo oír. Al punto la imagen se volvió perfecta.
- Cerca de Kensington... El Museo de Historia Natural y Geología... Algo están buscando en ese lugar... No son muchos, saben que nadie acudirá, que todos están en el Soho...
La visión lo soltó de pronto, el cansancio y el recuerdo de las palabras pronunciadas se fueron junto con las imágenes. Giró para encontrar el rostro impasible de Draco que rompió el contacto en ese momento. Como si hubiesen presentido algo, Ron apareció seguido por Fritz y ambos se acercaron. Con algo de reticencia, Harry les contó lo que había visto y sentido.
- Tenemos que ir allá- dijo resuelto una vez que les hubo contado -. Lo que sea que buscan es condenadamente importante y no podemos dejar que lo encuentren.
- Aún no somos Aurores- le recordó Ron, al parecer sin dudar ni por un segundo lo que Harry había dicho.
- ¿Qué puede pasar? A lo mucho, no habrá nadie ahí y yo sólo habré hecho el ridículo una vez más... Pero sé que no es así.
- Muy bien, vamos- aceptó sin demasiadas preguntas. Se volvió para mirar al alemán -. ¿Vienes, Fritz?
Aquel dudó apenas unos segundos.
- Ja- a lo mejor por nervios, la afirmación surgió en su idioma natal pero él no se dio cuenta.
- De acuerdo. ¿Alguno conoce el museo? Sería mejor no trasportarnos dentro de una bóveda o algo así...
- Yo lo conozco un poco. Al menos sé donde hay espacio suficiente para abrir el Portal.
- Entonces tú nos llevas, Malfoy, convoca el Portal. De espaldas- indicó Harry -. Formación cerrada en cuatro frentes.
Él giró dándole la espalda a Draco y mientras su mano derecha sostenía la varita, Ron y Fritz hicieron lo mismo, quedando los cuatro formados en cruz, dándose la espalda pero preparados para ver cualquier cosa que pudiese atacarlos cuando se apareciesen en el Museo. Tal como Draco había anunciado, el Portal los dejó en el hall central del museo. Estaba cerrado ya, y el lugar tenía una iluminación difusa.
Nada se movía en el silencio del recinto y no se veía a nadie. Harry supo que eso no era bueno, supuestamente hubiesen debido tener guardias custodiando todo el sitio cuando cerraba, sin embargo, ninguno acudió ante la presencia de extraños. El único observador de todo lo que ocurría era el enorme esqueleto de dinosaurio que dominaba el lugar.
- ¿Por dónde, Harry?- preguntó Ron que miraba asombrado el fósil enorme.
- Donde... Donde haya muchas piedras, piedras grandes- explicó aquel recordando la visión.
- La sección de Geología, creo- intervino Draco y señaló un pasillo -. Por ahí.
- Vamos con cuidado, yo vi a tres Mortífagos, pero podrían ser más.
- Dijiste que no eran muchos, Harry- comentó Ron alzando nuevamente la varita.
- Considerando lo que está sucediendo en el Soho, tres no son muchos...
- ¿Por qué será que esa frase no me tranquiliza...?- masculló el pelirrojo.
Avanzaron por los corredores en silencio, usando algunos conjuros para no hacer sonar todas las alarmas muggles del edificio y se pusieron en guardia aún antes de arribar a la Sección de Geología. Avanzaron con todo sigilo apretándose contra las paredes hasta llegar casi a la entrada del sector. Hubiese debido haber silencio, pero había voces saliendo de ese otro recinto, las manos de Harry casi ardieron.
- Están ahí- susurró -. Cuando dé la señal, entramos. Voy a sellar el salón.
- ¿Puedes hacer eso?- preguntó Fritz, asombrado -. Se supone que es para Aurores graduados.
- Sí, bueno...- Harry no dio mas explicaciones y murmuró el conjuro.
- Espero que salga bien- comentó Ron.
- Ya nos daremos cuenta si falla...
Con esa frase, Draco se ubicó a la izquierda de Harry. Ron y Fritz se cruzaron del otro lado del pasillo y se prepararon también, atentos a la señal.
- Ahora.
Lo que se desencadenó ahí dentro fue un cruce violento de hechizos de toda especie. Tal como Harry había previsto, había tres de ellos pero los tres eran peligrosos, lo demostró la agilidad con que reaccionaron arrojándose entre las vitrinas y altas muestras de roca al ver que no podían desaparecerse.
Harry lanzó un par de hechizos y cuando la respuesta a ellos hizo polvo la vitrina detrás de la cual estaba oculto, corrió hacia otro sitio en medio de una lluvia de astillas de cristal. Los maleficios repiquetearon a su alrededor mientras corría hasta que llegó al lado de Fritz, ambos refugiados detrás de una roca inmensa y alta.
En esos momentos, aquel lanzó un 'Desmaius' y se oyó un gemido ahogado del otro lado seguido de un sonido que pudieron identificar como el de algo o alguien que caía.
- Uno menos- dijo complacido volviendo a su lugar -. Creo que Ron necesita ayuda por allá. Cúbreme Harry.
Sin explicar más, salió de ese sitio para dirigirse hacia donde Ron había quedado, mientras el moreno trataba de hacer lo que le habían pedido.
- ¡Flamare!- gritó alguien a sus espaldas y Harry se movió con toda la agilidad que pudo, pero el hechizo le rozó el hombro izquierdo y comenzó a encender su túnica. Aunque el dolor lo encegueció por unos segundos, se la quitó a toda prisa y la arrojó al suelo. Las llamas verdes la envolvieron, para cuando aplicó el contra conjuro, ya no quedaban sino algunos jirones de tela
Con Ron y Fritz cubriendo uno de los lados, Draco en otro y Harry cerrando el círculo, consiguieron rodearlos, aunque parecía que el encuentro iba a ser más prolongado de lo que esperaban. El conjuro de Harry atravesó el recinto e impactó en un enorme escaparate, aquel vaciló un instante y se vino abajo con tremendo estrépito sepultando bajo una buena cantidad de cuarzos y piritas a uno de los Mortífagos. El tercero intentó llegar a la salida de emergencias y también cayó alcanzado por uno de los maleficios de Draco.
Luego de varios minutos, por fin el silencio reinó en el lugar. Cautelosamente, los cuatro se asomaron desde sus respectivos lugares.
- ¿Están todos bien...?- preguntó Harry.
- Creo que sí- contestaron Ron y Fritz a pocos metros, mientras caminaban hacia el centro del salón.
- Sí- contestó también Draco desde más lejos, aprestándose a reunirse con ellos.
- Me gustaría saber cómo vamos a explicar esto- comentó Ron. Aunque intentaba sonar divertido, las manos le temblaban al guardar la varita -. Owens nos va a liquidar.
- No lo creo, pero igual me parece que sería conveniente tener una explicación.
En tanto hablaba, Harry intentaba recuperar algo de su capa aunque presentía que no iba a quedar nada rescatable. Levantó el trozo más grande sólo para comprobar que estaba totalmente arruinada e inservible.
- ¡Fulmen Magnus!
El grito, proveniente del Mortífago que estaba aprisionado a medias por el escaparate que lo había derribado y que no estaba por completo fuera de combate, precedió al rayo violáceo que cruzó el aire en dirección a Harry. Fue apenas un segundo de sorpresa en el que el joven intentó alzar un escudo. No llegó a hacerlo, porque más rápido que su escudo mágico, alguien más le estaba sirviendo de escudo.
Atónito, sin poder creerlo, Harry vio fugazmente un destello de cabello rubio cruzándose en el camino del rayo, interponiéndose entre él y el impacto.
Fue tan fuerte el golpe, que el sonido grotesco le indicó a Harry que muchas cosas podían haberse roto dentro de ese cuerpo que fue arrojado con violencia increíble contra una roca inmensa que ocupaba el centro del salón.
La respuesta, proveniente de las varitas de Ron y Fritz puso al Mortífago en estado inconsciente. Harry corrió hacia donde Draco había caído y miró con incredulidad el brazo, doblado en un ángulo imposible, que sangraba en el lugar donde el hueso roto se había abierto paso a través de la piel. Ron llegó a su lado en ese instante, tan asombrado como él.
- No puedo creerlo... Lo hizo... El condenado hurón te protegió...
Con el corazón latiendo furiosamente en su pecho, Harry se arrodilló a su lado, para comprobar que estaba con vida. Al sentir el pulso bajo sus dedos temblorosos, se irguió apenas.
- Me lo llevo a San Mungo, está mal herido. Llévense a estos bastardos y véanme allá.
Sin darles tiempo a replicar o alguna otra cosa, el Portal que convocó a toda prisa los arrastró hacia el Hospital.
***Fin del Flash back***
Harry había cabeceado durante la noche, en los momentos en los que los quejidos del rubio se atenuaban un poco. No podía hacer nada por aliviarlo, pero le hacía sentir mejor saber que estaba acompañándolo. Casi amanecía cuando el proceso terminó y con un suspiro largo y extenuado, Draco pudo dedicarse a un sueño reparador.
Algunas horas después, muy despacio, Draco empezó a despertar. Estaba agotado y todavía sentía algunos dolores leves pero tenía un recuerdo bastante claro de lo sucedido. El combate librado en el museo, la caída de los Mortífagos, el momento en que había captado el movimiento furtivo en uno de ellos y la fracción de segundo que transcurrió entre que oyó el hechizo lanzado y la certeza de que Harry no podría levantar su escudo a tiempo. La sola idea de que pudieran herirlo fue algo que lo impulsó sin detenerse a calibrar lo peligroso de su acción. Nunca antes se había aparecido con tanta celeridad, apenas un santiamén y estaba frente a Harry, tratando de preservarlo del daño. Luego de una explosión de dolor, sólo hubo oscuridad.
La luz tenue del día apenas se filtraba a través de sus párpados entornados y aún no conseguía definir bien los contornos de las cosas que tenía a su alrededor, entonces sintió el tacto suave de unos dedos deslizándose por su frente, apartando unos mechones de pelo. Había creído estar solo, por lo que no esperaba la visión un poco borrosa de un cabello moreno revuelto, y la mirada esmeralda, preocupada y ansiosa.
- Por fin despiertas... Se supone que el que se queda dormido siempre soy yo- susurró Harry, intentando no dejar ver la ansiedad que había sentido durante toda la noche.
Draco no dijo nada, de momento no tenía fuerzas para eso, tampoco para enfrentar la realidad de lo que había hecho. Quería dormir un poco más pero las palabras de Harry no lo dejaron escapar.
- Tonto... ¿Por qué lo hiciste?
Harry no esperaba ninguna respuesta, a decir verdad, lo había visto suspirar y cerrar los ojos dispuesto a dormir otra vez y había hablado más para sí mismo que para el rubio, por eso la frase lo tomó desprevenido.
- Para... para que no tengas temor de mí...
Fue una suerte que Draco no pudiera ver el impacto que esas pocas palabras habían hecho en el joven moreno. No había sido más que un murmullo, sin embargo; era más fuerte escuchar eso que presenciar el berrinche que habían tenido en el sanitario, peor que el modo en que lo había ignorado durante todo el día. Durante unos instantes, unos larguísimos instantes, Harry se quedó sin palabras.
Mientras veía que el rubio volvía a dormir, Harry tomó conciencia de lo mucho que sus actitudes afectaban a su pareja. Siendo como era, Malfoy al fin, Draco nunca lo admitiría, pero en ese momento, se dio cuenta que tenia que vencer los recuerdos. Como fuera, al precio que fuera, no podía volver a lastimarlo así. No podía volver a lanzar una frase impensada como la que había dejado escapar en los sanitarios de la Academia.
Aún no sabía cómo iba a lograrlo, pero estaba decidido a vencer todas las sombras de su pasado.
