Capítulo 11

Para ser un mago ya adulto, Dumbledore se conservaba bastante ágil, consciente de la necesidad de mantenerse activo, pero hubiese querido nunca tener que poner en uso tal agilidad, al menos para esos fines.

Apenas unos minutos antes había estado cómodamente instalado en su despacho, en su torre, revisando los informes de los avances que Remus y Sirius hacían en su investigación, cuando las protecciones de Hogwarts pulsaron, activando la pequeña alarma de su propio sentido mágico. Pequeña porque no era un indicio de ataque, sino más bien un aviso, como si alguien hubiese querido llamar su atención. Era obvio que no iba a salir corriendo por algo así sin investigar primero, así que las protecciones del castillo habían sido adaptadas para identificar algún rastro mágico posible en esa intervención.

Quien había querido llamar su atención, lo había conseguido a conciencia. El rastro mágico había resultado ser una falsificación del rastro de Severus Snape, tan burdamente realizada, que Dumbledore sólo pudo colegir que había sido hecha así para ser detectada. A pesar de lo avanzado de la noche, el Director había atravesado los pasillos solitarios, había salido del colegio, y en ese momento caminaba a toda prisa a través de los jardines rumbo al sitio donde las protecciones se habían activado.

Sus ojos, entrenados para ello, vislumbraron el muro mágico y el sitio exacto donde una extraña fosforescencia verde pulsaba como una herida purulenta. El lugar donde habían lanzado el hechizo dejaba escapar esa luz enfermiza y débil sobre un bulto oscuro, pero ni siquiera esa escasa claridad pudo cubrir a los viejos ojos del Director lo que eso significaba.

- Severus...- fue todo lo que pudo murmurar al descubrir que había tenido razón.

Luego de trasladarlo a toda velocidad hasta el ala del hospital de Hogwarts y mientras una eficiente y silenciosa Madame Pomfrey le suministraba todos los cuidados de que era capaz, Dumbledore se decía y repetía que esa era una guerra y que eran los sacrificios de personas como Severus Snape los que decidían en ocasiones el curso de una batalla o incluso el buen fin de los conflictos.

De cualquier modo, eso no alivió demasiado su conciencia durante las largas horas de espera y el sentimiento de culpa se atenuó apenas un poco cuando le avisaron que ya estaba fuera de peligro.

~o0o~

La mansión Black tenía bibliotecas bastante nutridas, y un estudio que en sus buenas épocas había sido hermoso; ahora estaba deslucido y un poco abandonado, pero entre Remus y Sirius lo habían puesto funcional otra vez. Funcional, en ese caso, significaba que ya no tenía polvo ni telarañas y que todas las plagas mágicas habían sido eliminadas. La mayoría de los libros se habían perdido entre el descuido y la humedad, las tapas se desprendían, y cuando no sucedía eso, las hojas se deshacían al tacto. Esa había sido una de las causas por las cuales habían dependido de los libros que Severus había sacado de la biblioteca de Hogwarts. Aún sabiendo que los libros irían a manos de Remus Lupin, uno de sus ex alumnos favoritos, la señora Pince había accedido a regañadientes a quitar los hechizos de protección de los libros que en ese momento descansaban en la enorme mesa del estudio de la mansión Black.

Dumbledore les había encargado trabajar sobre uno de los apuntes inconclusos del profesor asesinado, por lo que los dos pasaban largas horas encerrados en medio de libros y pergaminos gastados, intentando descifrar esos símbolos extraños que no tenían ningún significado para ellos o calculando una y mil veces la impresionante cantidad de cifras que habían en esos papeles. Durante esas horas, los dos ocupantes del estudio habían echado en falta a Lily, quien había sido la luz guía de los Merodeadores.

“La presencia de Hermione Granger también sería muy bienvenida...” pensó Remus, recalibrando el astrolabio para volver a revisar sus cálculos.

Y por si todas esas dificultades no fuesen pocas, Sirius nunca había sido lo que se dice paciente y los años no lo habían cambiado para nada; la situación lo ponía nervioso e inquieto. Además estar encerrado todo el día en una casa por más grande y espaciosa que aquella fuese, le alteraba un poco el carácter y buscaba descargar tensiones de cualquier modo que tuviera a mano. El único inconveniente residía en que lo que generalmente tenía a mano era a Lupin. Y no es que el licántropo se quejara, todo lo contrario; pero tampoco podía permitirse distraerse de manera tan continua.

Ahora, Remus intentaba traducir un párrafo de jeroglíficos y mientras con una mano impedía que el inmenso librote se cerrara, con la otra intentaba mantener a raya las manos indagadoras de Sirius que ya estaban encontrando el camino para introducirse dentro de su camisa. Los dedos ágiles se movían con sabiduría y pericia dentro de su ropa, rozando la piel en caricias deliciosas y suaves.

Desde la parte de atrás de la silla que ocupaba Remus, el hombre se inclinó un poco mas para apoyar los labios en la piel sedosa del cuello y deslizarlos en un roce sugerente. El licántropo ahogó un suspiro y trató de mantener la mente en lo que estaba haciendo pero eso era muy difícil cuando Sirius se proponía despertarle el deseo. Muy pero que muy difícil.

"Este párrafo habla de una llave... Algo que puede abrir y cerrar... Para encontrar la llave, ¿hay que leer en la piedra..? No entiendo esto... Y este signo podría significar tierra de magia o... Cielos... Siempre sabe dónde tocarme y cómo hacerlo... Suficiente. Basta.”

- Muy bien, Sirius, ya detente- dijo terminante, soltando la pluma y poniéndose de pie. Al girar, encontró el rostro divertido y los brillantes ojos azules que lo miraron con malicia contenida -. Tengo mucho que hacer y no me estás ayudando.

Sirius ladeó levemente la cabeza, como si estuviese estudiando a su pareja bajo un nuevo perfil, y de hecho, eso hacía. Las luces del estudio sentaban muy bien en el cabello dorado.

- No soy bueno interpretando símbolos. Tú siempre fuiste el inteligente del grupo, el más atractivo...

- No me halagues, no voy a ir a la cama contigo hasta que termine esto.

- Estoy aburrido- dijo, haciendo un puchero caprichoso que en general ganaba el corazón de su novio.

- En primer término, yo no soy tu diversión- comentó molesto, pero no mucho. Hacía tiempo que lidiaba con el carácter de ese hombre -. Y en segundo término, tengo que hacer esto para Dumbledore porque es muy importante. Y si estás aburrido, puedes ir al primer piso y ver cómo sigue Severus.

La expresión de Sirius dejó de ser divertida.

- ¿Y por qué yo?

- Bueno, entonces intenta adelantar un poco esto, mientras tanto, yo iré a ver cómo está.

- Ni se te ocurra. Está... desnudo.

Ahora fue el turno de Lupin de parecer divertido y su sonrisa pareció más deslumbrante que nunca.

- ¿En serio? No lo había notado...

- No me gusta que estés cerca de él cuando esta tan... desnudo...- intentó explicar Sirius.

- Y ahora, también estás celoso.

- ¿Debería?

- Tú dímelo.

Las batallas verbales con Remus lo agotaban e inevitablemente las perdía de manera lastimosa. Por una vez decidió no perder, prefirió capitular.

- Muy bien, voy a verlo. Pero sólo porque me estás obligando.

- De acuerdo. Ve y quédate con él lo suficiente como para que yo pueda terminar de transcribir este párrafo. Si te portas bien, Pad, luego te daré tu huesito- comentó Remus, volviendo a sentarse mientras reprimía una sonrisa.

Escuchó que el otro hombre mascullaba algunas palabras antes de salir del estudio, pero no les prestó mucha atención, después el enojo se le pasaba muy rápido y las reconciliaciones solían ser fabulosas. Ilusionado con ese pensamiento, volvió a enfrascarse en su trabajo.

~o0o~

Sirius subió a la habitación del primer piso donde estaba Snape con paso lento, como un niño enojado. Aún recordaba lo que Albus les había contado cuando lo había traído dos días atrás, luego de encontrarlo fuera de los terrenos de Hogwarts. El estado en que lo había encontrado era deplorable según había dicho, y no era por nada, pero no parecía haber mejorado demasiado en esos días.

Él no lo había visto entonces, Dumbledore y Madame Pomfrey lo habían atendido de urgencia en el ala del hospital del colegio, pero luego resultó imposible mantenerlo ahí sin que despertase sospechas, por lo que el Director lo había llevado a la mansión para que terminara de reponerse. Llevarlo a San Mungo era, de momento, una opción impensable puesto que la misión de Snape dentro de la Orden del Fénix era algo que nadie en el Ministerio conocía, y era allí donde se comunicaban de inmediato todos los medi-magos que recibiesen pacientes con signos tan evidentes de tortura mágica. Por no hablar de los otros signos.

Así que dos días después, lo mantenían todavía inconsciente mediante conjuros para que no sintiera el dolor de la carne y la piel regenerándose.

Sirius entró en la habitación en silencio. No era necesario pero lo hizo igual, y tal como el primer día, no pudo entender cómo el mago había podido terminar en ese estado. Albus no le había dicho que había sido un encuentro con Voldemort, pero él no era estúpido, podía sacar sus conclusiones, y no había que tener muchas luces para darse cuenta.

El cuerpo de Severus flotaba a unos cincuenta centímetros de la cama, y tal como le había dicho a Remus, estaba sin ropas, cubierto apenas por una sábana tenue. Tomó uno de los potes de ungüentos que había sobre un mueble y se dedicó a untar algunos de los golpes más delicados. El proceso le llevó bastante rato, tenía excoriaciones por todos lados, algunas de índole bastante íntima, y Sirius se sintió bastante incómodo realizando ese trabajo, pero pensó que si no lo hacía él, Remus tendría que hacerlo; y nunca, jamás le permitiría que tocara así a Snape.

"Nunca pensé que te vería de esta forma, viejo..." pensó al tiempo que se limpiaba las manos al finalizar su tarea.

Hasta ese momento, Madame Pomfrey se había ocupado de él, pero la mujer no podía quedarse más tiempo sin descuidar su puesto, bastante había hecho al abandonar Hogwarts por casi dos días para cuidarlo en la mansión.

Era la primera vez que Sirius se acercaba tanto y, había esperado sentir alguna especie de satisfacción al ver así a su detestado enemigo, después de todo, habían pasado tanto tiempo detestándose, que era un sentimiento arraigado.

Pero de manera extraña no, no sentía satisfacción ni nada que se le pareciese remotamente.

Enterarse que Snape era espía entre los Mortífagos no había sido fácil de digerir y de hecho, le había llevado bastante tiempo aceptar que 'podía ' ser cierto. No estaba del todo convencido cuando lo supo luego del Torneo de los Tres Magos, pero en los años que siguieron, Severus les había llevado mucha valiosa información, y ahora Remus trabajaba sobre la base de algunos de esos datos que evidenciaban ser del todo ciertos.

Con asombro, se dio cuenta que el hecho de verlo así, no lo ponía contento. Lo llenaba de algo similar a la frustración, porque Snape podía hacer mucho, aunque eso significase terminar así. Era la primera vez que pensaba en ‘Snivellus’ en esos términos, puesto que siempre el desprecio había ido por delante de cualquier idea que involucrase al otro mago.

- Condenación... ¿Cómo demonios permitiste que te hicieran esto?- sin darse cuenta, Sirius hablaba en voz alta -. Siempre fuiste un bastardo grasiento, pero eres condenadamente bueno en Artes Oscuras... Deberías poder defenderte mejor... Sé que puedes defenderte mejor. De acuerdo, admitamos por un momento que te detesto con todas mis fuerzas, aún así no puedo pretender que ignoro lo que eres capaz de hacer cuando estás en peligro... ¿Cómo es que no fuiste capaz de impedir esto?

Sirius paseó por la habitación, pensando, y la idea que le afloró lo dejó pasmado por un instante y los ojos azules regresaron hacia el cuerpo flotante del otro mago.

- ¿Era necesario...? ¿Esto es lo que hace falta resistir para continuar pasando como Mortífago...? ¿Lo hiciste para continuar espiando? Por Dios, Severus... ¿Qué clase de masoquista eres?

Pero no era masoquismo, a pesar de haberlo dicho Sirius sabía que no era eso. En un lapso de memoria recordó las palabras que el mago había dicho algunos días atrás en esa misma mansión a Dumbledore: ' Yo voy a hacer lo que haga falta... Si yo no le hago el trabajo sucio, ¿quien lo va a hacer?'

Las cosas no habían cambiado tanto, tuvo que admitir Sirius para sí mismo, aún lo detestaba; pero también en ese momento descubrió algo más: que en ese Slytherin había casi tanto valor como en un Gryffindor. No hacía esas cosas porque le gustase hacerlas, las hacía porque eran necesarias.

- Sí eres valiente, viejo- dijo, concentrado en ahondar en sus sentimientos -. Después de todo, quizás sí haya algo que admirar en ti...

Contra todo lo que había esperado en un principio, no le costó tanto tomar una silla y ubicarse a un lado; no demasiado cerca, cierto, pero lo suficiente como para percibir si había algún cambio notorio en Snape. También con un poco de incredulidad, se dio cuenta que era la primera vez desde que lo conocía que pensaba en él como ‘Snape’ y no como ‘Snivellus’, el apodo que el otro mago tanto odiaba y con el que los Merodeadores lo habían bautizado. El tiempo que pasó en esa habitación le sirvió para poner en una perspectiva diferente algunas cosas y esos cambios le inquietaron un poco.

Remus aún no había terminado cuando Sirius entró en la habitación. No supo cuanto tiempo había pasado, pero no pudo dejar de notar el cambio de actitud en su pareja cuando volvió. Estuvo silencioso y quieto hasta que él dio por terminada la tarea de esa noche; y cuando fueron a dormir dejó que fuese Remus quien tomase toda iniciativa y dominio, algo que sólo hacía cuando se sentía particularmente confuso e inseguro, su manera de aferrarse algo seguro.

~o0o~

Un día después del encuentro con los Mortífagos, Draco salió de San Mungo con la recomendación de tener algo de cuidado al menos por dos días y un par de ungüentos para ponerse.

El retorno a la Central de Aurores fue por demás memorable.

Los gritos del Jefe Owens para ambos se oyeron en todo el salón para Aurores a pesar de las puertas cerradas. El mal humor del Jefe era proverbial entre su gente pero ellos nunca lo habían vivido en carne propia. El mago gritó y despotricó al punto tal que parecía que las venas de su cuello iban a estallar en cualquier momento. Y tuvieron que aguantarse, como ya sabían que iba a suceder. Al final, corrieron la misma suerte que Ron y Fritz: terminaron suspendidos por dos días, cosa que casi resultó una bendición, porque como no eran graduados, eso no les significó sueldo perdido, sino un poco de tiempo libre ganado. De manera que mientras el resto de sus amigos tenían dos días de clases comunes, ellos pudieron aprovecharlos sin sentirse perseguidos. En realidad, ese 'alguien' sólo abarcaba a Ron y Hermione, los demás le tenían casi sin cuidado. No que no le importara en absoluto, pero sin duda no tanto como ellos dos. De cualquier modo tampoco tuvo que preocuparse mucho por eso, Ron planeó una visita a la Madriguera para ‘oficializar’ el asunto con su novia y aunque Harry tuvo que hacer verdaderos malabarismos para esquivar el asunto, por fin partieron sin él.

~o0o~

Había estado lloviendo bastante y hacía frío, es decir, el clima casi habitual para esa época en Londres. En general, a Draco le gustaban bastante esos días, eran ideales para quedarse en casa aprovechando el calor de la chimenea, con una buena taza de café irlandés entre las manos, antes de tomar su violín. Sus planes últimamente también incluían a Harry recostado sobre el sofá, fingiendo leer todos esos libros a su alrededor, y sus labios siempre dispuestos para ser besados.

“Eso es lo que yo llamo un buen plan, no esto” pensó el rubio, arrebujándose en el suéter muggle que Harry había insistido que llevase.

‘Esto’, consistía en los planes de Harry para esa noche: ir a un concierto de música muggle. El rubio no tenía nada en contra de la música muggle, todo lo contrario; siempre y cuando se desarrollase dentro de lo que él consideraba el marco adecuado para ello. Eso era: un salón confortable, butacas cómodas, un ambiente tranquilo que les permitiese apreciar un buen concierto. Todo eso era lo que definía para Draco la palabra ‘concierto’ pero era evidente que para su novio no significaba lo mismo. Resignado, suspiró entre el gentío mientras esperaba a Harry.

Minutos antes, el moreno le había dicho que aguardase quieto allí, que no se moviese, que no fuese a pelear con nadie y que por todo el oro del mundo, no fuese a lanzarle un maleficio a nadie mientras él conseguía las entradas. Una platinada ceja elevada fue la silenciosa pregunta, ¿acaso no tienes las entradas...? Pregunta que fue olímpicamente ignorada por Harry, quien sonrió y volvió a pedirle que esperase allí.

Empezaba a inquietarse cuando lo vio surgir de entre un grupo de muggles revoltosos. Se acercó con dos pequeños boletos en su mano.

- Ya los tengo, vamos.

- Deduzco que lo que ya tienes son nuestras entradas, así que también puedo deducir que ‘vamos’ significa entrar... Mi pregunta es..., ¿dónde entraremos? No veo ningún edificio por aquí, salvo este estadio.

- El concierto es al aire libre, Draco, por eso es en un estadio. Aquí es el concierto

- En ese caso- dijo el rubio aceptando esa idea con algo de esfuerzo -, no tenemos que ir a ningún lado... Esta es la entrada, ¿no?

El rubio señaló el acceso frente al cual estaban parados, las vallas de metal y los custodios que vigilaban esa entrada. Harry volvió a sonreír, el asunto iba a resultar divertido.

- Ese sitio es para las personas con entrada a las plateas con asientos, Draco. Nosotros no podemos entrar por ahí.

- ¿Por qué no?

- Porque las entradas que compré no son para ese sector... Son para el campo.

- ¿El... campo...?

- Ahá. Es más cerca del escenario pero hay que estar de pie. Es más barato que la platea y...

- ¿El dinero era un problema?- preguntó incrédulo.

- No, el dinero no era un problema, pero es más divertido en el campo... anda, ya deja de preguntar tanto y vamos- dijo, tironeando de su mano.

Draco miró el lugar que Harry señalaba y vio horrorizado que la fila de muggles se extendía hasta dar vuelta en una esquina al tiempo que una certeza se encendía en su mente: En forma categórica y definitiva no iba a ser él el primer Malfoy en hacer semejante fila para entrar a ningún sitio. Menos a uno en el cual iba a tener que permanecer de pie, por no pensar en otras incomodidades en las cuales todavía no quería detenerse. Sin darle tiempo a replicar, tomó las entradas que el moreno todavía tenía en su mano y fue él quien inició el camino, directo a la entrada de las plateas.

- Sus entradas- pidió el custodio.

Harry vio que Draco extendía sus boletos al mismo tiempo que sintió con claridad el pulso mágico. Estaba seguro que el rubio llevaba su varita en un soporte especial que usaba en su manga así que supo con exactitud de dónde provenía. El hombre miró los boletos, los cortó y se hizo a un lado para permitirles el paso. Draco le dirigió una brillante sonrisa de agradecimiento y avanzó acarreando a Harry tras él.

- Me prometiste que no ibas a hechizar a ningún muggle- dijo Harry.

- No lo hice. No hechicé a ese muggle tonto, hechicé las entradas- contestó un aún sonriente Draco mientras le extendía los boletos.

Ante la mirada asombrada de Harry, aquellos cambiaron ante sus ojos y volvieron a su estado original. Y no es que hubiese sido un gran cambio, solamente había aparecido la palabra ‘platea’ en el lugar donde decía ‘campo’.

- Realmente no pensabas que íbamos a hacer toda esa fila, ¿no?

- Bueno... no...- admitió Harry, sonrojado -. Nunca lo hago. Yo... me adelanto... y paso...

- ¿Sin magia?

- Hay formas... Luego te las explico, ahora vamos.

- ¿Seguro que no quieres ir a las plateas?

- Seguro- Harry asintió convencido -. Ya verás, te aseguro que te vas a divertir mucho.

Mientras lo seguía, Draco intentaba no recordar que las ideas de diversión de un Gryffindor solían ser drásticamente diferentes a las de un Slytherin.

No tuvo más remedio que recordarlo durante el curso de la noche.

El estadio no era diferente de uno de Quidditch, pero en lugar de estar ubicados en gradas altas, entraron al césped central. Si es que a eso podía llamársele ‘césped’ porque entre la lluvia y el constante paso de los muggles, ese lugar correspondía más a lo que la mente de Draco definió como ‘barrizal’, aunque ‘lodazal’ también era una buena descripción.

Los grupos de muggles estaban situados sin orden ni concierto alguno, conversaban, gritaban, reían y bebían. Y fumaban. El rubio tenía alguna experiencia con sustancias mágicas, pero ninguna con drogas muggles, y cuando Draco le preguntó a Harry acerca del particular aroma que despedían algunos de esos cigarros, el moreno frunció el ceño y le dijo que esas sustancias no eran buenas y que lo mejor para magos y muggles era mantenerse lejos de ellas. Pese a que algunas veces a Draco le gustaba llevarle la contra, el tono serio en la voz de su novio lo convenció de la idea que era mejor hacerle caso en esa ocasión.

Bregando entre el mar de muggles, avanzaron hasta llegar muy cerca del escenario donde iban a tocar los músicos. Tanta gente había que moverse era casi imposible; pero a pesar de eso, Harry estaba contento como si eso fuese normal.

“En Roma, haz lo que los romanos” se dijo Draco y se guardó todas sus observaciones.

- Creo que sería mejor que me esperases más lejos...- dijo Harry, tentativamente.

- Vine para acompañarte, ¿por qué tendría que esperarte en otro sitio?

- Uhmmm... Es que cuando el concierto comience, se van a apagar las luces y todos van a empezar a moverse, y seguramente van a empujar y atropellar...- por un momento, el moreno no estuvo seguro de que hubiese sido buena idea llevar a Draco a ese sitio -. No quiero que te lastimen... Tus costillas están curando...

- Mis costillas ya están curadas, y si alguien me empuja, le pondré tantos maleficios que...

- ¡No!- exclamó Harry, convencido que ‘no’ había sido buena idea -. Es normal que eso suceda, Draco... El que viene a escuchar a este sitio sabe que será de esa forma.

- Y si sabes que será así, ¿por qué te gusta venir aquí?

- Pues... Es difícil de explicar... Puedo intentarlo luego, por favor, espérame donde no haya tanta gente...

- Mira, te prometo que no hechizaré a nadie, si es eso lo que tanto te preocupa. Nunca he estado en un concierto muggle, pero te aseguro que no van a hacerme daño, no soy un bebé y he sobrevivido a cosas peores.

- Pero Draco...

- Ya, no te preocupes más.

Las luces se atenuaron un poco y ambos supieron que el concierto iba a comenzar. Harry no tuvo tiempo para seguir argumentando porque se inició la avalancha hacia el escenario y para no ser arrastrado y tal vez pisoteado por la muchedumbre, se dejó llevar. Después de todo, Draco tenía razón, era adulto y con seguridad había pasado cosas peores que una avalancha de gente. En última instancia, eran los muggles quienes podían resultar peor.

Cuando se encontraron al final del concierto, Harry estaba estrujado, desgreñado, afónico y exultante de emoción en tanto Draco, como era de esperar, lucía impecable.

Por supuesto, el rubio había mantenido su promesa. No había hechizado a ningún muggle sino a él mismo. Un pequeño conjuro repelente y cualquiera que hiciese contacto físico con él era repelido con la misma potencia con la que se había acercado. De ese modo, Draco se había dejado ir y venir por el medio del gentío sin sufrir ni siquiera un pisotón pero sí había podido comprobar lo que Harry había querido decirle.

Escuchar una orquesta sinfónica o una ópera era imperdible en un salón adecuado, pero esa música había que disfrutarla en ese lugar. Era una cuestión de adrenalina pura corriendo por las venas al mismo ritmo de las notas. Como músico, Draco hubiese podido objetar algunas cosas, pero no las pensó en esas horas que pasó allí. Lo único que hizo fue vigilar a Harry, de quien se mantuvo discretamente cerca, y estremecerse bajo el influjo de esa música que parecía meterse dentro de su cabeza y derribar todas las murallas internas de contención. Jamás había tenido que luchar tanto con esa especie de impulso tribal que lo empujaba a saltar, gritar y unirse a la masa de gente que bullía a su alrededor.

Nunca le pidió explicaciones a Harry acerca de lo que se sentía y Harry olvidó darlas pero Draco no olvidó nunca esa experiencia.

Pocas veces en su vida se había sentido tan libre.

~o0o~


Habían pasado la tarde viendo un partido de Quidditch; Harry desgañitándose y sufriendo por su malhadado equipo favorito, los Chuddley Cannons, y Draco, ecuánime porque ninguno de los dos merecía su atención. Si bien el Quidditch le gustaba y le recordaba sus épocas de Buscador, prefería disfrutarlo jugándolo en lugar de mirarlo. Sin embargo, le divertía sobremanera ver el modo en que Harry se apasionaba y sufría mirando el juego.

- ¡Maldito seas!- gritaba Harry al árbitro, tratando de echar fuera la voz que había perdido el día anterior en el concierto de rock -. ¡Mira hacia atrás, condenado! ¿No ves que está cometiendo “blagging”(*)?

- No puede oírte, Harry- comentó el rubio en su oído, porque además de la casi inexistente voz de Harry, el griterío era infernal.

- ¡No lo vio! ¡El desgraciado no lo vio!!- siguió el moreno, zarandeando a Draco, quien optó por dejarlo hacer.

De cualquier modo, el partido no duró mucho más y terminó cuando los dos buscadores chocaron entre sí y quedaron inconscientes. De común acuerdo, los capitanes acordaron un empate; cosa que era todo un acontecimiento para los Cannons teniendo en cuenta lo mal que les había ido en la temporada.

- La culpa la tiene Ron- dijo Harry cuando se aparecieron en el departamento de Draco -. ¿Por qué le permití que me convenciera de favorecer a los Cannons...? Son lo más patético que he visto en mi vida...

- Totalmente de acuerdo- admitió el rubio mientras veía cómo su novio se aplicaba un conjuro para recuperar algo de su voz -. Tengo que ducharme... ¿Por qué no preparas algo para comer mientras tanto? No hemos probado bocado desde el almuerzo. Algo debe haber por ahí.

- Soy muy malo en la cocina...- le recordó Harry.

- En ese caso, puedes venir a ducharte conmigo- vio la mirada un poco mortificada de Harry y rectificó al punto -. Hagamos de cuenta que no dije eso, ¿sí?

Fue hasta él, le tomó el rostro con suavidad, y lo besó brevemente, apenas un roce delicado.

- Pero sí es verdad que tengo que ducharme. Tengo que ponerme ese maldito unguento...

Sellando la paz en ese momento, desapareció en el cuarto de baño. Con un suspiro, Harry fue hasta la parte de la cocina y empezó a revisar los anaqueles y estantes. Al cabo de unos minutos había conseguido hacer algo, pero lo miró con gesto dudoso. No sabía si era seguro comerlo, quizás era mejor arrojarlo al cubo de la basura.

Minutos después, Draco salió del baño rumbo a la zona del dormitorio, un poco olvidado que Harry estaba ahí. Iba desnudo, una toalla pequeña colgada sobre los hombros para que el agua del cabello no cayera al piso, y un poco húmedo todavía. Pasó sin mirar a Harry, quien se quedó atónito al ver pasar la figura longilínea y blanca frente a sus ojos. No pudo evitar seguirlo con la mirada.

Era un poquito mas alto que Harry, y ahora, sin nada que impidiese su visión, podía darse cuenta que tenía los hombros amplios y la espalda fuerte. No tenía los brazos poderosos de Ron, pero no había nada de debilidad en ellos. Los pies eran delgados, de alguna manera aristocráticos, las piernas musculosas y la mirada de Harry se detuvo justo donde la espalda comenzaba a llamarse de otro modo sólo para contemplar que también ahí, Draco era perfecto. El rubio se secó el cabello con movimientos rápidos y luego se envolvió la toalla en las caderas. Harry estuvo a punto de quejarse por la interrupción del espectáculo.

Entonces, Draco se volvió, recordando que Harry estaba ahí, y encontró la mirada apreciativa del moreno. Bueno, eso era mas de lo que había esperado. Por un instante pensó que el temor iba a volver a hacer de las suyas en ese momento. No iba a darle tiempo para eso.

Como si eso fuera lo más natural del mundo, se tendió boca abajo en la cama.

- ¿Me ayudas con el ungüento?- preguntó sin mirarlo y rogando para sus adentros que no se negase.

Harry dudó apenas unos segundos. El día anterior había untado toda la espalda blanca con esa pomada color tiza porque si bien los huesos habían soldado, los morados estaban ahí y todavía molestaban. Sólo que ese día, Draco había estado sin camisa y no tan perturbadoramente desnudo como en ese momento.

'Para que no me tengas miedo'.

Ésa había sido, mas o menos, la frase de Draco, y el recuerdo terminó de decidir a Harry. Dejó de lado sus frustrados intentos de cocina y fue hasta el dormitorio. Sobre un estante había una serie de frascos y potes; tomó el que había usado el día anterior y se acercó a la cama.

Draco había vuelto la cabeza hacia el otro lado y seguía sin mirarlo; en su interior, Harry admiró la seguridad del rubio. Bien, él no tenía tanta seguridad, pero no era un cobarde. Se sentó a un lado de la cama y destapó el pote. Metió los dedos en la sustancia semi gelatinosa y se frotó las manos para poder esparcirla en forma pareja. Luego, con cuidado, las apoyó en la espalda, a la altura de las costillas flotantes.

- Ow. Todavía duele, Harry. Trátame con cuidado- protestó Draco, exagerando un poco.

- Oh... Lo siento- hizo el deslizamiento suave y pausado hacia los omoplatos.

Había grandes morados en la espalda, y también en uno de los hombros. Con algo de culpa, Harry deslizó los dedos lo mas cuidadosamente que pudo. Tomó algo mas de ungüento y volvió a empezar, pero esta vez fue hacia abajo, hacia las caderas.

Eso sí se estaba poniendo perturbador, las manos se detuvieron cuando encontraron el borde de la toalla, justo al final de la cintura. Muy despacio volvió a ascender, sin darse cuenta que la respiración se le estaba poniendo un poco espesa. Llegó al cuello fuerte y lo masajeó con firmeza, sabía que no había golpes ahí, pero lo hizo sin detenerse a pensar en por qué lo hacía.
Con un poco mas de confianza, retornó a los hombros y cuando las manos abarcaron la zona del diafragma notó que los pulmones que había por ahí tampoco respiraban con ritmo normal. Sin embargo, Draco no hizo ningún movimiento, ni comentario alguno.

Harry tenía unos enormes, incontenibles deseos de masajear también las piernas que tenía tan cerca. La piel blanca lo llamaba. Apoyó la palma cálida sobre la parte interna de la rodilla, sobre esa porción tan sedosa, y comenzó a ascender. Oprimió el muslo notando los músculos firmes, luchando contra las ganas de subir un poco mas, pero el borde de la toalla volvió a recordarle el límite.

- No voy a correr si vas mas arriba...- murmuró Draco, y con un pequeño tirón, quitó la toalla.

Ahora, Harry tenía delante de su vista unas nalgas perfectas, era imposible resistir la tentación de comprobar la tersura de esa piel. Muy bien, no había necesidad del ungüento gelatinoso, pero sin pensarlo, volvió a hundir los dedos y esparció la sustancia sobre esa zona. Se suponía que era una sustancia fría, pero Harry estaba sintiendo mucho calor en sus manos, por no mencionar otra parte de su cuerpo que empezaba a ponerse dolorosamente rígida.

Las manos derivaron de regreso a las piernas, y en un momento, una de ellas se deslizó entre medio, causando un pequeño jadeo proveniente del cuerpo extendido. La retiró antes de meditarlo; entonces, muy despacio, Draco giró sobre sí mismo.

El rostro de Harry estaba ruborizado y su respiración era un poco anhelante, eso se acentuó cuando el rubio se dio la vuelta, y sus manos quedaron apoyadas en las caderas. Draco se sentó mirándolo, hundiéndose poco a poco en esas profundidades esmeraldas que ahora lo estaban enloqueciendo de deseo. Pero no se animaba a tocarlo, a desencadenar otra vez todas esas reacciones que no terminaba de comprender. Entonces, tuvo un momento de inspiración.

- Bésame- susurró.

El pedido sí sorprendió a Harry, porque de común era Draco quien dirigía el asunto.

- ¿Cómo?

- Quiero que me beses- reiteró con mas seguridad y puso su mano sobre la de Harry guiándola hacia su propio cuello, para que el moreno repitiera el gesto que tantas veces había recibido.

"Caramba, aprende muy bien" pensó Draco, cuando los dedos le acariciaron la parte posterior del cuello y lo acercaron a una boca que inició el beso un poco tímidamente quizás pero que con rapidez ganó confianza.

Lo que había empezado como un beso suave terminó de forma bastante intensa, y ambos jadearon cuando por fin se separaron.

- ¿Deseas tocarme?- preguntó Draco, en un susurro invitante.

Era mas que claro que lo deseaba, pero como no hacía ningún movimiento, una vez mas Draco guió la otra mano de Harry hacia su miembro erguido. Sólo lo acercó para un roce tentativo, pero el gemido que escuchó le dio la pauta que todo iba bien.

Los dedos morenos se cerraron sobre su rigidez palpitante y Draco contuvo a duras penas el jadeo ronco que le subió a la garganta.

- Esto sí sabes cómo hacerlo, supongo- gimió el rubio, medio en broma y medio en serio.

- Mmm si...- fue la respuesta, pero no era por duda, era por la incomodidad que sentía en su propia entrepierna. La tela tironeaba de manera bastante molesta y su pene anhelante estaba reclamando al menos el mismo tratamiento que recibía el otro.

- Creo que ahí tienes algo que merece atención...- bromeó Draco -. Ya que no puedo tocarte, espero que seas capaz de manejar los dos.

Era claramente un desafío, y un poco enardecido por la situación, Harry manoteó con torpeza la bragueta del pantalón, lo suficiente como para liberar su pene tieso. Ahora que tenía ambas manos ocupadas, empezó a moverlas al mismo tiempo, desde la base hasta la punta. Lentamente al principio, al llegar arriba, el pulgar jugueteaba un poco con el glande, volvía a bajar y los dedos liberaron su presa unos segundos para ir a rebuscar un poco mas abajo.

Draco lanzó un sonoro gemido y cerró los ojos, perdido en la sensación, mientras sus manos oprimían con fiereza las mantas, en un esfuerzo sobrehumano para no dirigirlas hacia Harry. Los dedos volvieron a cerrarse en su lugar original y recomenzaron el movimiento que de a poco fue poniéndose más ágil, a veces oprimiendo casi lo justo para llegar a un placentero dolor, y luego seguir.

Ya que no podía tener el control de lo que pasaba por allá abajo, Draco se animó a dejar que una de sus manos atrajera a Harry para besarlo, como siempre lo hacía, explorando cada rincón de esa cavidad húmeda y cálida. Al menos controlaría lo que pasaba arriba.

Ahora las manos se movían frenéticamente, de manera enloquecedora, y en un segundo, Harry sintió la sensación espesarse en su estómago, ascender en forma vertiginosa y explotar en un universo blanco detrás de sus párpados cerrados. Un par de segundos después, Draco gimió dentro del beso que aún mantenía y también se vino.

Tuvo que pasar un tiempo hasta que los temblores de la excitación pasaran, pero en tanto, Harry había apoyado la cabeza en el hombro de Draco y aquel había adoptado la misma posición.

El rubio se recuperó un poco más rápido y antes de arrepentirse, volvió a besarlo, esta vez mas lentamente, sintiendo por primera vez cómo el otro se plegaba con mucha mas confianza a su contacto.

Cuando se separaron, miró con picardía las manos pringosas de Harry.

- Menudo desastre hicimos- comentó -. Nadie me había dicho que ese ungüento tenía todos estos efectos.

Se estiró hacia la mesita de noche y manoteó su varita. Con un conjuro se encargó de limpiarlos a ambos, y aunque hubiese preferido lo de la ducha juntos, de momento se sentía más que satisfecho porque la situación había sido natural, no forzada en absoluto, y muy placentera.

- Tengo que aprender ése- dijo Harry, poniéndose de pie y arreglándose la ropa -. Creo que de ahora en más podríamos necesitarlo con regularidad.

- ¿Y qué usabas antes?- la voz de Draco era de genuina sorpresa.

- Agua, jabón... Esas cosas...

- Muggles...- terminó.

- Sip, esas cosas muggles- miró al rubio que seguía sentado desnudo en la cama y el deseo volvió a hormiguear en sus manos -. Sería mejor que te vistieras.

- En honor a lo profundamente 'contento' que me hiciste sentir, voy a considerar tu pedido...- condescendió Draco, y en ese momento, casi sonó como cuando estaban en Hogwarts -. Por cierto, Harry... Creí que eras diestro.

El comentario fue obviamente dirigido al hecho que había sido la mano izquierda de Harry la que se había ocupado de él y con toda la intención de hacerlo ruborizar un poquito, cosa que Draco había empezado a descubrir que le encantaba hacer. Logró su objetivo, por supuesto.

- En realidad...- pese al rubor momentáneo, Harry sonrió con malicia.- Mi mano hábil es la derecha... pero cuando fui a Ollivander hace años, descubrí algo que tú también acabas de descubrir: que soy ambidiestro.

Dijo la última frase y ya no pudo evitar soltar la risa, y Draco resistió estoicamente la tentación de reír con él.

Mientras veía a Harry alejarse hacia la cocina, con seguridad a intentar auto convencerse que sus intentos de cocinar habían resultado en algo bueno, Draco pensó con cierta ilusión que habían hecho un gran avance. Era evidente que Harry estaba intentando dejar atrás esos temores, y sin ninguna duda él iba a ayudarlo en eso.

“El premio bien vale los esfuerzos...” pensó, al tiempo que se vestía.

Todavía sonreía levemente cuando se reunió con el moreno en la cocina.


(*) Blagging: Agarrar por el cepillo la escoba de otro jugador para aminorar la velocidad o cambiar su trayectoria (Quidditch a través de los tiempos — JKR)

 

 


Capítulo 12


El primer día que regresaron a la Escuela luego de la suspensión, fue una pesadilla. Harry había dormido muy bien después de lo sucedido en el departamento de Draco, por una vez tranquilo y sin tener que ducharse con agua fría antes de ir a la cama; y por su parte, parecía que Draco también había dormido tranquilo después de haber conseguido un acercamiento bastante espectacular.

El resultado fue que, habiendo dormido muy bien, Harry se levantó mas temprano que de costumbre y por la misma razón, Draco durmió mas que de ordinario, así que ambos coincidieron para entrar en el aula, donde hubo un sin fin de silbidos molestos, y alguna que otra frase un poco hiriente. Las cosas se calmaron a medida que transcurrieron las clases, pero si pensaban que eso había sido duro, en el Ministerio las cosas no fueron más fáciles.

El rumor de voces no se acallaba nunca en ese lugar, y esta ocasión no fue excepcional, pero en medio de todo eso, podían escucharse algunas frases con mucha más claridad de la que hubiesen querido.

'Vean, acaban de llegar los Aurores del futuro...'

'El Dúo Maravilla del Ministerio hace arribo triunfal después de una espectacular actuación...'

'¿Qué se siente haber atrapado tres Mortífagos antes de graduarse, Potter?

'Dinos algo... ¿No estaba tu padre entre los que atraparon, Malfoy?'

Cuando escuchó esa última pregunta, Harry pensó que Draco se iba a lanzar a la garganta de quien la había formulado, pero aquel siguió caminando como si no lo hubiese oído. Admirando en silencio la sangre fría del rubio, Harry se contuvo entonces de contestar a esas y el resto de las frases que fueron cosechando por el camino hasta llegar a sus respectivos lugares. Al fin, llegaron al cubículo que les correspondía; mientras Harry lanzaba su mochila sobre el escritorio, Ron y Fritz se asomaron por el otro extremo.


- Escuché el recibimiento... Pensé que tendrían mas inventiva- comentó Fritz, sonriendo -. La mayoría de esas frases las usaron con nosotros también.

- No tienes idea, Harry- intervino Ron -. Esto fue un mal sueño, uno de los peores... Creí que esos idiotas estarían contentos por lo que hicimos.

- Están envidiosos, compañero, ya te lo dije- continuó Fritz -. Jamás pensaron que mientras ellos perdían el tiempo en el Soho sin conseguir ni un prisionero, cuatro estudiantes estarían haciéndoles el trabajo.

- Cierto. Algunos de ellos llevan años en esto y nunca pudieron atrapar ni un Mortífago.

- Weasley... La mayoría de éstos no reconocería a un Mortífago aunque los estuvieran jodiendo debajo de la Marca Tenebrosa- terció Draco.

Fritz festejó la ocurrencia con su estentórea risa alemana y eso pareció dar por terminado ese tema.

- Por cierto, compañero... ¿Cómo estás? ¿No tuviste que regresar al hospital, cierto?

- No, Fritz. Los huesos sanaron bien ese día. Me dieron un par de ungüentos para usar en casa... ¿Creerás que tuvieron un resultado sorprendente? Nunca lo hubiese sospechado...

Harry desapareció buscando alguna cosa en su mochila mientras Ron y Fritz volvían a sus escritorios. Cuando salió, su rostro estaba haciendo un notable esfuerzo por escalar una graduación un poco más alta que el carmesí.

- ¿Cómo puedes...?- iba a despotricar por la frase de Draco, pero a medio hablar se dio cuenta que eso era lo que el otro estaba esperando, así que cerró la boca.

Tampoco dio resultado, el rubio le dedicó un alegre guiño cómplice y se dedicó a completar algunos formularios mientras Harry se quedaba mordiéndose los labios por no poder decir nada sin meterse en un embrollo.

~o0o~

Atardecía cuando la figura vestida con una impecable capa negra cruzó los pasillos del Ministerio y desembocó en el sector de Aurores. Altivamente miró en derredor y luego se dirigió sin dudar hacia el fondo del salón, cerca de donde estaba la oficina del Jefe Owens.

A medida que avanzaba por entre los cubículos, los que se hallaban cerca dejaban lo que estaban haciendo para observar, atónitos. Algunos admirados por la apostura del hombre, pero la mayoría porque lo conocían y hubiesen dado la vida por poder ponerlo en Azkabán. De manera indudable, por una u otra causa, Lucius Malfoy siempre cosechaba miradas a su paso. Él se sabía merecedor de ellas en todo sentido y las disfrutaba sin ningún tipo de pudor.

Encontró el sitio que buscaba y entró, sin anunciarse como era su costumbre; de inmediato tomó asiento en la silla que en ese momento estaba libre. El bastón negro con empuñadura en forma de serpiente dio un par de golpecitos en el suelo para llamar la atención al tiempo que su mirada recorría el lugar con un gesto de asco evidente.

Draco levantó la vista, pensando que era Harry, que había ido hasta la cafetería a buscar algo para comer, y por un instante se quedó mudo al encontrar a su padre frente a sí. Se recuperó al instante siguiente.

- Buenas noches, hijo.

Harry volvía haciendo levitar con maestría cuatro vasos de café y algunas rosquitas. Nadie podía decir que eran buenas, pero le enloquecían esas rosquitas, sobre todo las que venían con chocolate por encima. Dejó dos vasos en el cubículo de Ron y Fritz, que debían andar en los archivos, y se aprestaba a pasar al que compartía con Draco cuando escuchó la voz que provenía de allí. Tuvo la intención de ir a ocupar su sitio de todas formas, pero algo le dijo que era mejor quedarse ahí, que no era buena idea interrumpir, y esperó.

- Padre- dijo Draco, y del otro lado del panel Harry reprimió un escalofrío. De pronto, la voz había retomado todo, absolutamente todo el tono arrogante y despectivo que tenía cuando estaban en el colegio.

Draco había esperado que su padre se enterase de su paradero, de hecho era imposible que no sucediese, pero hubiera preferido que pasara más tiempo. Lo último que quería en el mundo era ver a ese hombre.

- ¿Ese es todo el saludo que vas a dedicarle a tu padre?- preguntó de forma altanera, casi imperativo.

- Buenas noches, padre.

- Realmente cálido. Supe que habías regresado a Londres hace semanas y esperé que me visitaras. Cuando resultó evidente que no lo harías, decidí venir- miró alrededor, como si estuviera en presencia de algo en verdad vulgar -. ¿Aún continuas con esta idea... absurda?

- ¿Y aún te preguntas por qué no fui a verte?

- Creí que podríamos mantener una conversación de padre a hijo, civilizada y....

- La última conversación de padre a hijo que tuvimos fue, si mi memoria no falla, tal vez cuando yo tenía dieciséis años, y distó mucho de ser civilizada...

- Es evidente que este lugar fomenta tu ordinariez- comentó Lucius, molesto.

- Gracias. Como verás, estoy muy ocupado... ¿Qué deseas?

- Supe que estuviste involucrado en cierto asunto... Algo relacionado con actividades oscuras.

- Te informaron bien. Arrestamos tres Mortífagos en el Museo de Historia Natural.

- Resultaste herido.

- Nada de gravedad.

Lucius se quedó un instante mirando ese rostro tan parecido al suyo. El cabello era del mismo tono platinado, sólo que Draco lo llevaba algo corto, en cambio él lo usaba largo, un poco mas abajo de los hombros, sujeto de forma impecable por una cinta negra. Los ojos eran idénticos, pero en los de su hijo captó algunos matices azules que ya había visto antes, en los de su mujer. También el rostro se había visto favorecido en los últimos años por la aparición de algunos rasgos que habían suavizado un poco los ángulos agudos que había antes.

- Sin embargo, me preocupa tu salud- dijo al cabo de unos instantes.

Draco miró fijamente a su padre, intentando indagar en la pregunta, escuchando las palabras no dichas.

- ¿Te preocupa mi salud o te preocupa la tuya?

Lucius no esperaba la intuición tan fina. Claro que le preocupaba su propia salud, Voldemort había sido muy claro: ‘Consíguelo para nuestros fines o mátalo, de lo contrario yo los mataré a ambos’. Por supuesto, esa había sido la frase que había decidido a Lucius a intentar esa visita.

- Ambas- concedió sin mentir del todo -. ¿Podrías decirme por qué continuas con esto? Si es tu manera de llevarme la contra, ya lo conseguiste. Demostraste que podías hacerlo, que podías mantenerte dentro de este... patético lugar. Fantástico, te lo concedo. Llegaste al final pese a todo.

- Pese a ti, querrás decir. Reconocí tus buenas artes durante el primer año en Alemania, de verdad me ayudó mucho que todos supieran el parentesco que tengo contigo. Lo del segundo fue más sutil, lo admito, pero bastante efectivo también.

- Tu sitio está a mi lado, ocupándote de tu herencia. Ese es el lugar del heredero Malfoy, y durante tu primer año en ese sitio, usabas el apellido de tu madre- dijo la última frase como si aquello hubiese sido un insulto imperdonable.

- Yo elijo el lugar donde deseo estar, y elijo estar aquí.

- Tú no elegiste estar aquí. Tu madre eligió esto para ti- retrucó el hombre y en el acto vio la pequeña contracción en la mandíbula. Había hecho blanco.

- No creo que sea buena idea que hablemos de ella.

- Pero de hecho, es así- insistió.

- Probablemente ella tenía algo de visión del futuro. Alguien debe resguardar para que quede algo de buen nombre en la familia Malfoy cuando todo esto termine- dijo impávido.

Draco observó a su padre, el dedo meñique bailoteó sobre la empuñadura del bastón un par de veces. Bien, estaba consiguiendo sacarlo de quicio. Nunca se le hubiese ocurrido pensar que todo lo que ese hombre le había enseñado, algún día podría usarlo contra él.

En su interior, Lucius maldijo en varios idiomas. Había entrenado a su hijo, pero nunca hubiese podido pensar que iba a tener ese entrenamiento en contra. Tal como él, el joven era prácticamente una máscara mientras le hablaba y salvo ese pequeño movimiento facial involuntario, no había habido ni un sólo detalle que pudiera guiarlo en algún dato extra. Todavía tenía un tema por intentar.

- De acuerdo, no hablaremos de ella- capituló con una sonrisa apaciguadora que no hizo mas que poner a Draco en guardia -. ¿Qué me dices de ti? Ha pasado mucho tiempo, aún podrías regresar a ocupar tu antigua posición. Por cierto aquello de la condesa ya dejó de ser posible, pero eres joven, rico, y eres Malfoy. Cualquier mujer en su sano juicio estaría encantada de poder casarse contigo.
- ¿No te das por vencido nunca?

- ¿Por qué debería? Eres mi hijo, el último Malfoy, y quiero descendencia. Es tu deber casarte y tener hijos como yo lo hice...- se dio cuenta de lo que había dicho cuando vio que el joven alzaba una ceja, divertido por su última frase -. Entonces... ¿Ya te has enredado de nuevo con alguno de tus compañeros? He visto a algunos bastante interesantes por ahí... ¿Quién es esta vez? ¿El alemán ese que vino contigo? Te gustan los sajones, según veo...

- Son buenos en la cama, como bien sabes... Me enseñaste bastante bien eso, padre.

- Supongo que aprendiste algo, después de todo. Eres Malfoy y eso que tienes entre las piernas tiene vida propia la mayoría de las veces, hay que mantenerlo activo.

- No deberías preocuparte por su actividad, pero no hay nadie importante en mi vida, apenas un revolcón cuando tengo ganas.


Lucius meditó la frase y no la creyó en absoluto. No había nada en el muchacho que le indicase una mentira o algo así, era puro instinto. Pese a su entrenamiento, Draco también había asimilado demasiado de su madre como para lanzar esa frase. Bueno, quizás ahí tenía una pista; lo único que tenía que hacer era investigar, poner a sus espías a trabajar, y si no tenía alguno, podía conseguírselo. El dinero compraba todo, todo tenía su precio y él podía pagar cualquier precio por recuperar a su hijo para sus fines.

Se puso de pie con un movimiento grácil, fluido, y con gesto afectado sacudió su capa.

- Ha sido bueno volver a verte, Draco. Supongo que estarás por aquí, me agradaría que fueras a la Mansión al menos de visita...

"Ni en sueños" pensó Draco pero contestó otra cosa.

- Lo pensaré.

- Perfecto.

Lucius hizo un pequeño gesto de saludo y se retiró.

Del otro lado del panel, Harry dejó escapar el aire en un lento suspiro. No había comprendido ni la mitad de las cosas que había escuchado, pero la conversación, había sido algo similar a un duelo. Lo único que había podido comprender es que Lucius había hecho bastante imposible la vida de su hijo, en más de una forma al parecer. Era posible que fueran esos los temas de los que Draco no hablaba nunca.

Un par de minutos después, salió dispuesto a ocupar su lugar, pero al hacerlo, encontró el cubículo vacío. Draco había tomado sus cosas y se había marchado.

~o0o~

Draco apareció en su departamento y arrojó con furia la mochila al piso, se deshizo de la capa y haciéndola un bollo, también la tiró a un costado. De manera mecánica revisó todos los conjuros de protección que había puesto al lugar, para asegurarse que nadie pudiese aparecerse ahí sin que él se enterara. Bueno, nadie menos él y Harry.

"Maldito, maldito cretino... ¿Cómo se atreve a venir a tratar de ordenar mi vida de nuevo? Después de todo lo que hizo... Después de todo lo que ‘me’ hizo."

Necesitaba tranquilizarse de forma urgente, antes de empezar a destruir todo lo que encontrase a su paso. Creía haberse librado de la influencia que su padre tenía sobre él, pero a pesar de todo el control que podía ejercer sobre sí mismo cuando estaban frente a frente, en cuanto aquel se iba, el control se desmoronaba como ahora. Y lo único que quedaba era el antiguo Draco, confundido y solitario.

Música, claro. Eso era lo único que lo calmaba. Se quitó la túnica también y fue hasta el estuche donde tenía el violín. Ahora lo único que tenía que hacer era dejar que la música se llevara sus recuerdos amargos, la decepción y el dolor. Levantó el arco y atacó, el primer movimiento de la pieza y el primer recuerdo.

 

La Mansión Malfoy relucía en limpieza, pulcritud y belleza. Las dos, primeras producto del trabajo de los elfos domésticos, por supuesto, la tercera obra y gracia del buen gusto de Narcisa, su madre. Un joven Draco de dieciséis años cruzó varios corredores profusamente iluminados, admirando la decoración que con tanto esmero su madre había preparado para él.

Sabía que a su padre esos detalles le pasaban desapercibidos la mayor parte del tiempo, así que si Draco no hubiese estado en la casa, Narcisa no se hubiese molestado. Pero estaba y ella se desvivía por él.

Antes de entrar en el salón comedor, revisó con esmero su atuendo, acomodó los pliegues de la túnica, verificó que el cabello estuviese bien peinado y prolijo.

- Merlín, odio este fijador...- murmuró, pero también había aprendido que no era saludable llevarle la contra a su padre. Cuanto menos se enojase, mejor.

Entró en el salón donde ya estaba su madre, quien lo recibió con una sonrisa espléndida. Era fantástico verla porque era hermosa y deslumbrante. El carácter que exhibía en su hogar no lo demostraba con nadie del exterior, aunque raramente salía al menos mientras él estaba en casa.

- Que bueno que llegas a tiempo, ya sabes como se pone tu padre cuando llegas tarde...

- Sí, claro.

Unos minutos después entró Lucius, magnífico como siempre. En algún rincón de su mente, Draco envidiaba la gallarda presencia de ese hombre.

"Jamás podré ser como él..." solía pensar a veces, mirando su físico, en ese entonces menudo, frente a los enormes espejos de la mansión.

- Cenemos- dijo Lucius, solemne, como si fuese una gran ocasión. Para él, cada cena era una gran ocasión, pero esta en particular, lo era.

Promediando el plato principal continuaba conversando pero Draco, aburrido, había dejado que su mente divagara en los detalles del mantel fino y bordado, las copas de cristal, la platería tallada y pulida a mano, los adornos florales que su madre insistía en hacer por sí misma para esos días.

- ¿...Estas escuchando lo que digo, Draco?

- Ehm... Lo siento, padre, estaba distraído.

- Lo noté- dijo con frialdad -. Decía que cuando termines tu instrucción en Hogwarts, tendrás muchas cosas en qué pensar.

- ¿Cómo por ejemplo...?

- Tu futuro, claro. Empezarás a ponerte al tanto de los negocios, de todas nuestras fuentes de ingresos, no es posible manejar tanto dinero si no se sabe bien cómo y de dónde proviene.

- Como digas, padre- dijo, lanzando una mirada furtiva a su madre.

- Eso en lo que concierne a lo económico. En lo personal, hay algo más importante: tu próximo matrimonio.

Esas palabras sí consiguieron hacerle poner los pies en la tierra.

Matrimonio.

La sola idea le quitó el aire.

- Es broma, supongo...- alcanzó a decir, pero la mirada lenta y gélida de Lucius cortó la frase antes de que la terminara.

- Te casarás cuando termines el colegio. Es una buena edad.

El bocado se le atravesó en la garganta, pero consiguió hacerlo pasar para hacer la siguiente pregunta y que su voz sonara lo más impersonal que pudiese.

- ¿Con quien debo casarme?

Ante un gesto de la varita, de la cual Lucius no se separaba ni siquiera en el interior de su casa, unos pergaminos flotaron desde un mueble cercano hasta su mano. Los extendió a su hijo.

Draco miró apenas los papeles y alcanzó a ver una fotografía de una chica.

- Natalja Alexeievna Astrov- dijo Lucius, sonriendo -. Condesa Astrova, para ser exactos. Tiene quince ahora, esta cursando en Durmstrang. Es sangre pura, hermosa, inteligente, rica y sobre todo, noble. Eso es lo mejor.

- ¿Ah, sí...?- preguntó y se ganó otra mirada glacial. Procuró subsanar el error, pero la frase fue casi estúpida -. Creí que sólo estudiaban muchachos en Durmstrang...

- Hace dos años que aceptan brujas allí, Draco- explicó Narcisa rápidamente.

- Sabes que los Malfoy somos una familia antigua, poderosa en magia y riquezas, lo tenemos casi todo. Lo único que nos falta es un título nobiliario. Ese será tu aporte a la dinastía Malfoy: serás el Conde Draco Malfoy.


Dijo aquellas palabras como si estuviese anunciando un hecho de importancia trascendental.

- No se me había informado de esto antes- consiguió decir Draco.

- ¿Debo entender que te estás negando...?- la pregunta fue hecha de un modo suave, casual y peligroso. Ante ese tono, Narcisa levantó la vista con algo de alarma.

"Rápido, piensa Draco, piensa... Tienes que evitar que se altere".

Haciendo uso de todo lo que había aprendido, Draco pinchó un bocado y se lo metió en la boca, lo masticó lentamente y lo apuró con un sorbo de vino. Parecía meditar serenamente, sin notar la mirada glacial que flotaba en los ojos de su padre.

- Sólo digo que me hubiese gustado estar al tanto- dijo con displicencia -. Me tiene sin cuidado quien sea, por mí está bien.

Quizás el tono frío o el descuido con que apartó la fotografía sin concederle una mirada siquiera, convenció a su padre.

- Grandioso, no esperaba menos de ti.

Se desvaneció la furia y en lo que quedó del transcurso de la cena, Lucius empezó a detallar los preparativos aunque todavía faltaba más de un año.

Draco vio que su madre se acomodaba un mechón de pelo imaginariamente en desorden y comprendió el mensaje: quería verlo luego de la cena. Él a su vez, deslizó el dedo índice por el borde de su copa mientras fingía prestar atención a las palabras de su padre: había comprendido

La cena terminó sin contratiempos...


Draco terminó la parte de violín del tema "Entre truenos y relámpagos" bastante agitado. Contrariamente a lo que había pensado al principio, no había elegido música para serenarse sino para descargar tensión y la melodía vertiginosa lo había llevado galopando en el recuerdo. Todavía sin conseguir su objetivo, atacó la Obertura de Guillermo Tell, con un arreglo para violín que él mismo había hecho. Si eso no conseguía descargar el exceso de furia, nada lo haría.

 

- Madre, no puede hacerme esto... No puedo casarme, sólo tendré diecisiete años...

- Todavía falta mucho para eso, hijo; muchas cosas pueden pasar en ese tiempo...

- Sí, podría morirse y eso sería algo de justicia.

- ¡Draco! Es tu padre- exclamó escandalizada porque sintió que el sentimiento era algo mas que un enojo momentáneo.

A través de los incontables pasajes secretos de la mansión, Narcisa solía visitar las habitaciones de su hijo algunas veces, cuando las noticias eran así de intensas como las de ese día. Sentada en un cómodo sillón, intentaba calmar la desesperación que veía en su hijo. Luchaba tanto para que el muchacho no tuviese el mismo carácter frío y despiadado del padre; y en ocasiones, cuando creía haberlo logrado, Lucius asestaba un golpe que daba esos resultados. Que un hijo le deseara la muerte a su padre…

- No quiero- dijo tercamente -. No quiero casarme, no quiero ni querré nunca.

- Draco, puedo entender que la idea te choque ahora, pero...

- ¡No me choca! ¡Me repugna! El matrimonio apesta, vivir con otro apesta...

- Eso lo dices ahora, pero llegará un día en que querrás tener a alguien a tu lado.

- ¡Eso nunca pasará!

- Todavía falta más de un año, Draco. Veremos qué podemos hacer en ese tiempo- dijo, poniéndose de pie dispuesta a irse. No quería darle falsas expectativas; tal como era Lucius, era probable que Draco tuviera que casarse aunque no quisiera.

- Por favor, madre; por favor...

- Algo se nos ocurrirá- dijo, dándole un beso en la frente y desapareciendo por uno de los pasajes.

Desesperado, Draco caminó por la habitación como una fiera enjaulada. Sentía que no tenía control sobre nada, todo era controlado por las manos impiadosas de su padre; desde el modo como se peinaba, lo que vestía, lo que comía, la manera en que debía comportarse en el colegio. Todo, absolutamente todo estaba bajo su dominio.

"Todo no." se dijo y se escabulló de la habitación rumbo a otra.

En un ala alejada de la mansión, en un cuarto casi vacío, Draco tenía su refugio. Había trabajado a rajatabla poniendo conjuros y hechizos para que nadie pudiese entrar y cuando se sentía especialmente frustrado iba ahí. Era allí donde tenía sus hojas de música y el violín que su madre le había regalado en secreto, el único lugar de la mansión donde en ocasiones se sentía feliz y casi libre.

Ahogado por la tensión y las noticias, Draco se arrojó sobre el instrumento que resultaba la mejor terapia para no terminar en algún acceso de auto agresión, o en el alcohol, o en drogas. Y no es que no hubiese dado alguna probada de esas cosas, pero sólo le daban una sensación momentánea de libertad. El efecto se iba y la libertad también.

No, esto era lo que realmente lo hacía volar. Los dedos volando sobre el puente, el arco rasgando las cuerdas, arrancando sonidos que podían asemejar risas cuando estaba contento o como ahora, largos gemidos desesperados.

Estaba tan obnubilado en su música, que ni siquiera notó la figura oscura apareciendo en el resquicio de la puerta. Lo vio únicamente cuando se irguió imponente frente a él, la mirada gris aterradora, tan fría que lo dejó atontado por un segundo, cortando la música en seco.

Al segundo siguiente, le arrebataron el instrumento de las manos y un revés violentísimo se estrelló en su rostro. Cayó hacia atrás, sin comprender cómo había sido posible que Lucius entrase a pesar de todos sus cuidados. La varita de su padre escupió un rayo rojizo y tanto el atril como las partituras se encendieron en grandes llamaradas verdes.

- ¡No!- gritó, aún desde el suelo, al ver su libertad convertida en cenizas.

- Instrumentos muggles...- Lucius mordió las palabras, en un susurro atemorizante -. ¿No te dije que no quería que usaras estas cosas...?

El hombre levantó el violín dispuesto a estrellarlo contra el suelo.

- ¡Por favor, padre! ¡Por favor, el violín, no...!- suplicó perdida toda dignidad.

Pero ese gemido no hizo sino acrecentar la furia del hombre que se volvió hacia él enardecido.

- ¡Un Malfoy no suplica!- siseó Lucius y las maderas crujieron para estallar en cientos de astillas al segundo siguiente.

Cuando la varita dejó de apuntar los restos de su pobre violín para apuntarlo a él, Draco intuyó lo que podía venir a continuación, pero ni en sus peores sueños hubiese podido pensar que su padre iba a utilizar uno de esos conjuros en él. Nunca había sentido tan espeluznante dolor cayendo sobre él, nunca había perdido el control de su garganta de un modo tan poco digno, pero tampoco había pensado que podía haber tanto dolor junto.

- ¡¡Un Malfoy no gime, ni llora como una mujercita. No utiliza instrumentos muggles y definitivamente no toca música, ni muggle ni de ninguna clase!!

Cuando retiró el conjuro, no pareció conmoverse ante el cuerpo tembloroso que tenía a sus pies.

- Disfruta tu último año de colegio, Draco. En cuanto termines, te casarás; harás lo que yo te diga y lo harás sin chistar. Hay ‘alguien’ que tiene mucho interés en nuestra familia y está dispuesto a darnos más poder del que jamás hayas soñado... Y no voy a perderlo por tus idioteces- le tomó la cabeza por el cabello y lo obligó a levantarla.

Y lo que vio le agradó.

Había un inconfundible rictus de dolor, pero no había ni una sola lágrima en los ojos grises. Estaban secos, vacíos. En el afán por contenerse, se había mordido los labios con ferocidad y la sangre le corría por el mentón, pero la respiración agitada no tenía ni un matiz de gemidos contenidos.

- Quizás sí puedas ser un Malfoy.

Salió de la habitación dejando todo en silencio.

Sin poder moverse a causa del dolor, Draco permaneció mucho rato tirado en el piso, jadeante, esperando que pasara para poder ir a sus habitaciones. Así lo encontró su madre, que se inquietó profundamente al escuchar a su esposo llegar a la habitación que compartían irritado, de pésimo humor y agitado. Lo conocía tanto, que sabía con exactitud lo que eso significaba y en cuanto lo supo dormido, se deslizó de la cama y fue hasta la habitación de su hijo.
No encontrarlo allí la llenó de temor, pero sabía dónde podía estar. Claro que la forma en que estaba, eso nunca hubiese podido imaginarlo. Lo acunó, lo consoló, y con todo cuidado lo llevó hasta su habitación. Draco soportó todo el proceso en un silencio hosco y retraído, sin un quejido, sin un lamento. Quizás Narcisa alguna vez había amado al hombre que era su esposo, al menos todo lo que era posible en un matrimonio concertado, pero cualquier clase de sentimiento murió en su corazón cuando en un momento, Draco la miró; el rostro serio, contraído de dolor, rabia y rencor.

- Lo odio- susurró -. Algún día voy a matarlo con mis propias manos.

La voz había sonado tan similar a la de su padre, que con un estremecimiento interior, Narcisa decidió que tenía que librar a su hijo de las influencias de Lucius. Aunque le costase la vida.


- Lo odio- repitió Draco al vacío de su departamento.

Y era tanto lo que su madre había hecho para librarlo de las enseñanzas de su padre… Sin embargo, tampoco había sido en forma categórica lo que había hecho Narcisa, sino lo que había sucedido en la vida de ambos durante el tiempo transcurrido en ese último año de Hogwarts. Uno de los más horribles que Draco podía recordar, si no tomaba en cuenta los días en que su madre había muerto.


Cuando a Draco le habían contado la historia de la espada de Damocles, no la había comprendido. En realidad había interpretado muy literalmente la idea de una espada sujeta por una crin de caballo y pendiendo sobre la cabeza del pobre Damocles. A decir verdad, hasta se había carcajeado un buen rato al imaginar la escena. Ya no reía al recordarlo, ahora lo comprendía a la perfección.

Su matrimonio pendía sobre él día tras día, aunque en su caso, él sabía que tardaría un año en caer. Una semana había aparecido una legión de sastres en Hogwarts, dispuestos a tomar sus medidas para comenzar a preparar todo su guardarropa nuevo. Ropa seria, de mago poderoso y digno, según había dicho Lucius, acorde a lo que será tu nueva vida. Por supuesto, Draco no se había quejado, pero en esa semana adelgazó un par de kilos. No podía comer casi nada y lo poco que comía no se quedaba en su interior demasiado tiempo. Las pociones de Severus eran una ayuda, pero…

- La verdadera ayuda hubiese sido cancelar esa idiotez- decía Severus, protestando y preparándole una nueva dosis.

Después de eso, fue la lista de invitados, las participaciones… Draco no sabía si deseaba realmente ir a casa para las vacaciones de Navidad. A instancias de Severus finalmente fue, pero jamás hubiese imaginado lo que iba a encontrar.

Pese al cuidadoso maquillaje, a los hechizos de glamour que Narcisa estaba usando, la enfermedad era más que notoria, y aunque en un primer momento Draco fingió no darse por enterado, comenzó a vigilarla con cuidado. El día que entró en sus habitaciones sin anunciarse y la vio sin todos esos conjuros, casi se desmayó de la impresión. Su primera intención fue ir a reclamarle a Lucius, que no le había dicho lo que sucedía, que parecía no hacer nada, pero Narcisa lo detuvo. Lucius pagaba sus tratamientos desde finales del año anterior, traía los mejores medimagos… porque de hecho, ni siquiera había en San Mungo, un piso o ala destinada a tratar enfermedades que no estuviesen provocadas por virus mágicos y lo que ella tenía parecía ser un degeneramiento crónico y progresivo de su magia.

Como eso resultó cierto, Draco se tragó sus recriminaciones por haberlo mantenido al margen y comenzó su propio peregrinar en busca de mejores tratamientos. Con ayuda de los conocidos de Severus, consiguió saber de algunos tratamientos experimentales que se estaban ensayando en Estados Unidos, en el Hospital de la Universidad Mágica de Nueva Orleáns. Podría decirse que allí comenzó el peregrinar de país en país, y también donde la poca convicción que Lucius podía haber inculcado en él acerca de los magos de sangre pura, se fue al demonio.

Habían viajado solos y no estaba preparado para presenciar una crisis de esa extraña enfermedad que aquejaba a Narcisa; sólo Merlín supo la desesperación que había sentido al hallarse en un país extranjero, sin conocer a nadie, sin saber a quién recurrir… Ni siquiera la acerada calma Malfoy podía mantenerse demasiado tiempo en un momento así, pero por fin había conseguido ubicar al especialista que iban a buscar y pudieron llevarla al Hospital.

Mientras paseaba por el corredor, nervioso, sin detenerse ni un minuto, veía a los sanadores que iban y venían, a veces a velocidades frenéticas. Ese Hospital era inmenso, mucho más activo que San Mungo en todos los aspectos. Cada vez que Draco intentaba detener a alguien para preguntar, se disculpaban y seguían afanosos en sus tareas. El medimago especialista apareció en un recodo y el rubio corrió hacia él para tomarlo desesperadamente por el brazo.

- ¿Cómo está? ¿Ya han comenzado el tratamiento?

- Tienen que estabilizar su magia primero, muchacho, luego podrán comenzar el tratamiento. Lo mejor sería que se calme un poco y trate de descasar...- dijo el mago, tomándolo suavemente por el brazo y tratando de llevarlo a otro pasillo -. Tenemos mucho trabajo aquí...

- ¡Pues deje todo! ¿Acaso no sabe a quien están tratando?- el susto y la impotencia hicieron salir a flote la veta Malfoy más detestable -. Tendrían que estar agradecidos por poder atender a alguien tan importante como ella, una bruja de la categoría y la fortuna...

Todo el resto de la perorata que Draco iba a soltar, se vio cortada cuando el hombre, que hasta ese momento había sido amable, apresó su brazo con fuerza y en vez de llevarlo a otro pasillo, lo acarreó hasta la entrada de una sala y casi lo empujó a través de ella.

- Mire eso jovencito- dijo, con voz dura -. Todos ellos son tan importantes como su madre y tal vez algunos de ellos no pasarán esta noche. Aquí no hay personas importantes o insignificantes, pobres o ricos, tontos o inteligentes. Aquí sólo hay personas.

El medimago salió dejándolo parado allí, en medio de una sala donde había muchos enfermos, algunos de ellos con síntomas mucho peores que los de su madre. Esa noche, Draco había aprendido mucho, ese medimago le había enseñado de un modo mucho más eficaz que nadie, que la enfermedad y la muerte eran grandes igualadores y no había magos mestizos o sangre pura en esas circunstancias. Esa noche marcó la ruptura definitiva de todas sus anteriores creencias erradas.


Esta vez la música no había calmado del todo la furia y el dolor, puso el violín a un lado, pero manoteó las hojas y las aventó al aire, pateó el atril y posiblemente hubiese continuado con otras cosas si, de pronto, una figura que no había visto antes no hubiese llegado junto a él. Sin decir nada, porque no entendía nada salvo el auténtico dolor que veía en el rubio, Harry se acercó y lo abrazó.

Durante unos segundos, sin comprender, Draco se debatió, pero luego, le llegó el calor del gesto, el perfume de Harry, su respiración calmada y las caricias de las manos morenas en su cabello. Muy despacio, el dolor se volvió un pulso lejano y comenzó a remitir, dejándolo exhausto.

Recargó su peso en Harry, por una vez sintiendo que era él quien necesitaba apoyo, y Harry se lo brindó sin reservas. Con calma, lo condujo a la cama y lo ayudó a recostarse. Le quitó los zapatos, los calcetines y le aflojó el cinturón.

- Por favor...- susurró Draco -. Quédate conmigo...

'Un Malfoy no suplica', ordenaba la voz de Lucius desde el pasado y como de costumbre, Draco en verdad disfrutó llevándole la contra.

- Por favor, Harry... Te lo suplico...

Pero por supuesto que eso no hacía falta. Todavía un poco confundido, Harry se acostó a su lado y de inmediato, Draco se abrazó a él.

- Draco, yo...

- Sólo esto... Esta noche..., esta noche no quiero estar solo...

'Un día querrás tener a alguien a tu lado', le recordó también la voz de su madre.

- Como quieras... Me quedo, me quedo aquí contigo... Duerme...- susurró Harry acunándole.

Tranquilo por fin, Draco suspiró y en pocos minutos se quedó dormido.

~o0o~

- ‘Avada kedavra’.

El rayo verde cruzó la distancia a velocidad escalofriante e impactó en el cuerpo que cayó en silencio, sin que hubiese tiempo de un grito o tan siquiera un gemido. Apenas un susurro de ropas rozando las piedras del suelo.

Dentro de la caverna de piedra, de aquella bóveda de rocas que constituía el nuevo refugio del Señor Oscuro, la luz de las antorchas desparramaba su claridad mortecina sobre las figuras que diseminadas en todo el perímetro contemplaban la escena, los rostros ocultos detrás de las máscaras. Las sombras parecían danzar un baile macabro sobre el montón de carne inerte que había ahora en medio de ellas y en el silencio del lugar apenas sí se escuchaba el crepitar de las llamas.

A un lado del cuerpo muerto, había otro, de rodillas, que miraba como si no terminase de comprender lo que sucedía. En cierto modo, su mente parecía haber traspasado el límite del horror, como si nunca en su vida hubiese podido imaginar que algo así podía suceder en su existencia.

- Ahora que estás convencido de la seriedad de mis pedidos...- volvió a decir Voldemort -, escucharás con más atención, espero.

La figura se movió hacia el cuerpo y una mano trémula se atrevió a rozar unos mechones de cabello rojizo, una caricia final antes de someterse. Si tan sólo lo que acababa de suceder fuese lo peor que podía pasarle... Pero no. Todavía podía seguir perdiendo, perdiendo hasta quedarse completamente solo. No se atrevió a levantar la vista, sus ojos estaban fijos en el montículo que tenía frente a ellos y se limitó a asentir suavemente en señal de consentimiento.

No pudo ver, y eso en cierta forma fue mejor, la sonrisa lenta que surgía en el rostro del Señor Oscuro. Un gesto que en general iluminaba el rostro de las personas comunes, en este caso sólo tuvo un efecto perturbador, tanto que todos los Mortífagos reunidos alrededor, se removieron inquietos.

Contento y consciente de lo que provocaba, Voldemort acentuó su sonrisa, brillaron los ojos rojos, compitiendo con las llamas de las antorchas, y a continuación, se dedicó a dictar sus órdenes.

 

 

Capitulo 13

Sirius entró en la habitación haciendo levitar la bandeja con el desayuno frente a sí, esperando encontrar a Snape en su cama y preferentemente dormido, pero sus deseos no se vieron cumplidos. Gracias a todas las pociones y conjuros que le habían administrado, Severus había mejorado muchísimo en los últimos días. Las peores heridas ya habían sanado y las cicatrices desaparecerían en algunos días más. La mañana anterior, cuando Remus había subido a llevarle el desayuno, lo había encontrado semisentado en la cama con muchos deseos de salir corriendo de allí. El licántropo había tenido que usar toda su persuasión para impedir que se levantase. En aquellos momentos en que Sirius entraba en el cuarto, sorprendía a Snape rebuscando en un armario.

Carraspeó para llamar la atención del mago, y de hecho, lo consiguió a la perfección, porque Snape casi saltó y giró al oír el sonido. Ya estaba pálido, pero al ver quién entraba en la habitación, se puso casi transparente.

- ¿Qué haces?- preguntó Sirius, descendiendo la bandeja hasta la mesita de noche.

- Busco ropa… ¿Tu novio y tú suelen andar en cueros por toda la mansión?- protestó Severus dándose por vencido, no había nada en las gavetas del armario.

- Bueno… Lo hacíamos hasta hace unos días- dijo Sirius, sonriendo, pero no pudo dejar de notar la mueca en el rostro del otro mago cuando se irguió -. Mmm… No creo que sea buena idea que te hayas levantado…

En ese punto, Snape se envaró como si lo hubiese picado algo. Ya bastante humillante había sido despertar en ese lugar sabiendo que se encontraba bajo el cuidado de esos dos… Para su fuero interno, Severus debía reconocer el impacto que había sentido la mañana que Remus, sonriente y amable como siempre, había aparecido para llevarle el desayuno. Todavía recordaba con algo de enojo esa horrible sensación de irrealidad, de sentir que su cerebro había dejado de funcionar en la manera lógica y analítica que siempre lo hacía. Y ahora, para completar el cuadro, el chucho aparecía para hacerle reclamos de madre preocupada.

“¿Preocupado…?”

Ese último pensamiento consiguió detener la contestación altisonante que ya casi se le caía de la boca.

“¿Desde cuándo el chucho sarnoso se preocupa por mí…?”

- No es que me preocupe por ti, obviamente- aclaró Sirius, adelantándose a Snape -, pero Albus te dejó aquí para que te repongas y nos va a despellejar si te dejamos ir.

- Ya veo- dijo Severus sin moverse ni un milímetro, todavía a la defensiva.

Por unos segundos hubo silencio en la habitación, los dos magos mirándose para saber si la próxima frase sería hiriente o insultante. Por fin fue Sirius quien habló primero.

- ¿Cómo es?- preguntó sin mucho convencimiento.

- ¿Cómo es, qué?

- Voldemort.

Snape intentó encontrar alguna especie de burla en esa pregunta, algún resquicio de placer por lo que le había sucedido y que evidentemente Black conocía, pero no había nada de eso. Luchó contra la costumbre de responder con un sarcasmo o una ironía después de años de practicar la misma técnica. Dejó salir poco a poco el aire que había juntado para responder con la voz más impersonal que pudo encontrar.

- ¿A qué viene esa pregunta, Black?

- Harry tendrá que vérselas con él… Tal vez le ayude saber qué va a encontrar ahora…

“Oh, así que ahora resulta que decidieron que pueden creer en lo que les digo…” Snape volvió a detener esa frase medio segundo antes que saltase de sus labios. Lo hizo al darse cuenta que, por primera vez desde que se conocían, estaban hablando sin insultarse de forma abierta o velada. Estaban, simplemente, hablando. Aunque todavía no estaba del todo convencido de las intenciones de Black, Severus caminó con tiento hacia la cama que había ocupado en esos días. El olor al café recién hecho le cosquilleaba en la nariz, por no hablar de lo tentadoras que se veían las tostadas con mantequilla.

- ¿Tú preparaste eso?- preguntó, elevando una ceja como para dejar en claro que no lo creería aunque se lo jurasen sobre algún libro sagrado.

- Ni en broma. Remus lo hizo antes de irse, no contestaste mi pregunta.

- Tú tampoco la mía. ¿Tienen algo que pueda ponerme?

Hubo una mueca en el rostro del animago, algo que hubiese podido ser una sonrisa, pero que fue demasiado fugaz como para que Snape lo notase. Salió de la habitación y regresó minutos después con una muda de ropa que le extendió en silencio. Severus la tomó, todavía desconfiado.

- ¿De quién es?

- Mía. Sé que puede no agradarte la idea, pero no hay de dónde elegir. Los únicos que estamos aquí tiempo completo somos Remus y yo… Y la ropa de Remus no te va a quedar.

Severus se encogió de hombros y empezó a vestirse con cuidado, aún había zonas que dolían un poco.

- Ahora podría parecer un hombre normal…- dijo en voz baja, tratando de aislar los recuerdos de lo sucedido, de impedir que alguien pudiese leer en su mente todo ese tormento, pero una vez más, los ojos azules de Sirius lo miraron sin intenciones ocultas. No estaba intentando leer en él, así que siguió hablando -, pero es muy alto… Y físicamente mucho más fuerte que un hombre normal. Su magia está recuperándose y hasta parece haber crecido...

Mientras escuchaba, Sirius maniobró la cafetera y sirvió dos tazas.

- ¿Azúcar? ¿Crema?

- Solo- dijo Snape, calzándose los pantalones.

Un rato después, cuando Severus quiso marcharse, Sirius no lo detuvo. Por primera vez desde que se conocían, habían intercambiado algo similar a una conversación civilizada y no habían terminado insultándose ni cruzando maleficios varios.

Los dos eran magos poderosos, los dos eran orgullosos, tercos, tomaban el café del mismo modo, les gustaba el mismo hombre... Tal vez empezaban a notar que tenían muchas más semejanzas de las que habían imaginado nunca. Había demasiados años de inquina mutua como para que aquella se desvaneciese con rapidez, pero una primera conversación amable era un avance. Un gran avance.

~o0o~

Harry había dejado el departamento de Draco apenas antes del amanecer, cuando el rubio despertó y lo encontró durmiendo a su lado. Había disfrutado durante un tiempo la cercanía del otro cuerpo, de los brazos que lo mantenían firmemente sujeto, y luego se pasó largos minutos observando el rostro plácido, apenas inclinado hacia un lado. Con un gesto tierno, quitó las gafas que estaban torcidas y las puso a un lado. En ese momento, Harry despertó.

Maravillado por el efecto de las luces en los ojos verdes somnolientos, Draco sólo pudo sonreír cuando el joven hizo un gesto de confusión, frunció el ceño como tratando de focalizar y se frotó el puente de la nariz. Luego, enfurruñado, dijo entre dientes algo que sonó confuso.

- Mmmcierto... Mmññlentes...

Era delicioso verlo así, pero Draco igual maniobró para colocarlas delante de su rostro.

- Perdiste algo, creo.

Fue al oírlo que Harry tomó conciencia de dónde estaba y parpadeó con mas confusión todavía antes de colocarse las gafas y hacer que el mundo volviera a tener contornos definidos. Entonces, con un gesto increíblemente dulce, alzó la mano hacia Draco, le acomodó el pelo, platinado y suave, y resiguió el delineado de una ceja perfecta.

- ¿Ya estás bien?- preguntó, y en ese mismo instante decidió que no iba a decirle a Draco que había escuchado la conversación con su padre. Aquel asintió en silencio y por unos segundos volvió a acomodarse en el abrazo cálido.

- Hablar con mi padre siempre me trastorna- admitió por fin.

- Sí que lo consiguió esta vez... Estabas aporreando ese pobre violín de una manera espantosa cuando llegué.

Draco volvió a asentir, recordando los sentimientos y recuerdos descargados en la música.

- Alguna vez me gustaría oír eso que tocaste sin tanta carga emocional...- comentó Harry sonriendo.

Era increíble que ese solo gesto consiguiera disipar el resto de malestar en Draco, quien recordó las palabras de su madre: 'Algún día querrás tener a alguien a tu lado'. En su interior se sintió agradecido, cuando ese día finalmente había llegado, ese alguien había estado dispuesto a estar allí. Se sentó en la cama.

- Eso, mi querido Harry, era la Obertura de Guillermo Tell y es muy conocida.

- Oh, perdón...- comentó haciéndose el ofendido y dándose una palmada en la frente -. Imbécil de mí que no la reconocí...

- No quise decir eso...

- Lo sé, pero sí me gustará oírlo alguna vez de nuevo.

- Bueno, pero te advierto que toda esa pieza es pura carga emocional- sin poder resistirse mucho más, se acercó para besarlo. Disfrutó la textura suave de esos labios al recibirlo sin dificultades hasta que decidió que debía soltarlo -. Ya está por amanecer...

- Sí, y debo volver a casa- dijo Harry, quien con evidente disgusto rompió el abrazo -. No quiero que Herm y Ron empiecen a hacer preguntas...

- Algún día van a empezar a hacerlas.

- Lo sé, pero espero poder hablar con ellos antes de eso- comentó, poniéndose de pie y acomodando la ropa arrugada. Desde allí, volvió a mirar a Draco con algo de preocupación -. ¿En serio ya estás bien?

- Sí, puedes ir tranquilo, no voy a volver a aporrear nada.

- Que bueno, por un segundo pensé que me ibas a patear a mí como a ese desafortunado atril.

Esa observación sí pareció afectar un poco al rubio que lo miró ceñudo.

- Jamás te haré daño- afirmó.

Harry se inclinó para regalarle el último beso, sin responder.

- Te veo en la Academia...- dijo antes de desaparecer.

- Temprano, Harry...- advirtió Draco, pero sólo escuchó la risa del moreno en respuesta.

~o0o~

De manera obvia, Harry se quedó dormido y llegó más tarde que de costumbre sólo para encontrar la mirada divertida de Draco, que parecía tan fresco como si hubiese dormido dos días seguidos. Le sacaron puntos por falta de puntualidad y se enteró de las fechas para los exámenes finales, lo cual terminó de contribuir a la idea de que hubiese debido quedarse en la cama durmiendo. Por fortuna, la tarde en el Ministerio fue mucho más tranquila e inclusive pudieron empezar a diagramar la manera en que tendrían que estudiar para los exámenes.

Cuando regresó a la casa, Harry tenía la firme intención de irse a dormir hasta el otro día, calibrando su otra gran necesidad: cenar. No terminaba de decidir si tenía más sueño que hambre o viceversa.

Apenas un vistazo a la pila de libros amontonados en la sala le causó la suficiente intranquilidad como para aplazar por un rato los planes de ir a dormir y empezar a darle una leída a esos impresionantes tomos de Legislación Mágica.

- A ver... ¿Qué diablos es esto...? Oh, Inmunidad diplomática y consular... Suena importante, creo que será bueno leerlo- hizo una marca en el apunte -. La jurisdicción del Ministerio de Magia y sus funcionarios... Esto también. Convención de Ámsterdam sobre Relaciones diplomáticas mágicas...

Estuvo mascullando cosas mientras escribía durante un buen rato hasta que se le tranquilizó la conciencia. Entonces, contento porque cuando Hermione le preguntara si ya había empezado a estudiar podría decirle con toda honestidad que sí, cerró los libros y empezó a juntar el desparramo que había hecho. Con una sonrisa de satisfacción, vio los últimos apuntes al lado de los primeros del curso. Los primeros, indescifrables; los últimos no parecían de la misma persona. La letra le había mejorado en forma notoria en los últimos tiempos y Harry no tuvo que hacer demasiados esfuerzos para dilucidar el por qué de esa mejoría.

- 'Escribe ese párrafo de nuevo, Potter'- se burló a solas, remedando a su novio -. 'Esos son jeroglíficos, Harry; escríbelo de nuevo'.

Sonriendo para sí mismo, apiló los pergaminos a un costado.

Las luces del vestíbulo parpadearon un poco, señal de que alguien había intentado aparecerse en la casa, y debido a los encantamientos que tenía, había terminado seguramente esperando en el umbral del porche. Hubo unos golpecitos en la puerta y Harry fue a abrir.

- ¡Remus!- exclamó antes de hacer entrar al hombre que esperaba en la puerta. Una vez dentro, al amparo del frío, lo abrazó.

- ¡Harry, qué bueno volver a verte!- el hombre respondió al abrazo de saludo con la calidez que lo caracterizaba -. Por un momento pensé que estarías durmiendo, o que no estarías...

- ¿Bromeas? Hoy me enteré las fechas de los últimos exámenes... Estaba estudiando- comentó mientras lo ayudaba a quitarse la capa, bufanda, gorra y guantes. Remus sufría bastante el frío, le encantaba pero se abrigaba todo lo posible. Lo acarreó hasta la chimenea donde avivó el fuego para que el licántropo entrase en calor.

- Remus... ¿Viniste solo...?- la pregunta era ansiosa.

- Sí, por el momento. Sabes que Padfoot no puede usar los transportes mágicos y llegará algo más tarde. Insistió en que me adelantara, pero se moría por verte.

La alegría de Harry se reflejó en su rostro de manera evidente. Veía tan poco a Sirius que cada visita era una joya.

- Hacía mucho que no sabía de ustedes...- comentó un poco en reproche -. Ni siquiera una carta. Pensé que se habrían olvidado de mí.

- ¿Cómo se te ocurre pensar eso? Si supieras lo que me cuesta hacer que tu padrino se mantenga a salvo... No mide riesgos cuando se trata de verte.

Harry suspiró sabiendo que eso era cierto. A veces, la temeridad de Sirius lo ponía en dificultades imprevistas y él sabía ya bastante bien lo difícil que era lidiar con el carácter de ese hombre.

- Tienes razón, Remus, lo siento... Es que muchas veces lo necesitaría cerca...- sin querer pensó en lo que estaba sucediéndole con Draco. Quizás pudiese hablar con él acerca de eso, pero desechó la idea al punto. Sirius tenía una especie de fobia personal contra dos personas en particular: Severus Snape y Lucius Malfoy, en consecuencia y por extensión, también con Draco. Era algo como lo que Snape sentía hacia James, su padre, y por lo mismo hacia él.

- Déjame traerte algo caliente...- dijo, fue hasta la cocina y volvió con una gran taza de chocolate para Remus y una de café para él.

- Gracias- dijo, contento, calentándose las manos con la taza -. ¿También tomas esa cosa muggle? Sirius delira por esa bebida.

- Es absolutamente indispensable en la vida del estudiante, Remus- declaró, como si fuese algo de trascendencia mundial -. Te mantiene despierto hasta altas horas de la noche y te despierta por las mañanas; te mantiene caliente y ocasionalmente te da algo de dolor de estómago.

"No necesito bebidas muggles, todo eso ya lo hace Sirius" pensó Remus, escondiendo la sonrisa detrás de la taza.

- Por cierto... Vengo de parte de Albus- dijo, abordando por fin el tema que lo traía -. Recibió tu carta donde le contabas lo sucedido en el Museo. Bueno, nos permitió leerla ya que tendríamos que venir a investigar, espero que no te moleste.

- No realmente, pero no creo que eso le haya aclarado las cosas. Al menos en ese aspecto, parece tan ignorante como yo.

- También tuvo que ponernos al tanto de ese tema acerca de Lily- Remus tanteó un poco el terreno antes de continuar -. El asunto del Legado...

- Oh... ¿Remus, ustedes no sabían nada?

- Nada, Harry, te lo aseguro. Este es un tema que seguramente Lily sólo confió a tu padre... Es una pena que no haya confiado en nadie más, quizás ahora podríamos ayudarte.

- Sí, bien... Y también quizás así, Voldemort se hubiese enterado y hubiese asesinado a todos los que supieran.

- También eso es posible- tuvo que admitir Remus -. ¿Y cómo te sientes con eso?

- Me hace sentir un poco extraño... Es como si estuviese usando la ropa interior de alguien...

Remus reprimió la risa por la comparación.

- ¿La ropa interior...? ¿Por qué justamente eso?

- Bueno... Porque es como estar en contacto con algo muy íntimo de otra persona. Sabes que puede tener la medida adecuada para ti, pero no deja de ser de otro... Y lo peor es que no puedo escoger el momento en que decido usarla. Se presenta y se esfuma sin que pueda evitarlo.

- Albus continúa investigando el asunto, pero en este momento, lo que nos mantiene mas ocupados, es el tema del museo. Sabemos que está relacionado con lo que le sucedió al mago que encontraste cerca de Hogsmeade, o más bien lo suponemos, los apuntes sobre los que trabajamos no están completos. De cualquier modo, necesitamos saber qué buscaban esos Mortífagos.

- No lo vi en la visión. Y cuando llegamos evidentemente aún no lo habían encontrado... Todo parecía estar en su sitio.

- Por eso me enviaron. Dumbledore quiere que volvamos al Museo y veamos si podemos identificar lo que querían llevarse.

- Bien, no hay problema... ¿Esperaremos a Sirius?

- No. Me dijo que nos adelantáramos si no llegaba a tiempo.

- De acuerdo, entonces- dijo poniéndose de pie -. No conoces el lugar, supongo.

- No me muevo en el mundo muggle, Harry; al menos no lo suficiente.

- Entonces convocaré un Portal, pero primero haremos algunas cosas... Evitar que suenen todas las alarmas del Museo, por ejemplo. No necesitamos esa clase de atención sobre nosotros.

Remus dejó que Harry hiciera todo lo que creyese conveniente. Era del todo cierto que no conocía muy bien las modalidades del mundo muggle, pero también, por indicación de Dumbledore, observaba con todo detenimiento el desempeño de Harry.

Quedó gratamente sorprendido por el uso que el muchacho hacía de los conjuros necesarios, y cuando el Portal los transportó rápida y eficazmente al Museo, se dejó guiar sin dejar de observar. Avanzaron por los mismos pasillos que aquella noche, y antes de entrar al salón, Remus detuvo a Harry por el brazo.

- Ehm... ¿No deberías tomar alguna precaución...?

- No hace falta. Si hay algún muggle lo haremos olvidar que nos vio.

- Me refería a los Mortífagos. Podrían haber regresado.

- No, yo lo habría sentido.

El licántropo quedó un poco extrañado al ver la calmada seguridad en la afirmación del joven, pero lo siguió. Adentro, todo estaba como si nada hubiese sucedido. Apenas los Aurores se llevaron a los tres Mortífagos, el grupo del Departamento de Excusas para Muggles había entrado en acción, borrando todo rastro de magia o elementos mágicos que hubiesen podido detectar, y en la medida de lo posible, reparando las cosas para que, si no había testigos, nadie se enterase de que algo había sucedido ahí.

- Aquí es donde los sorprendimos. Al parecer ellos tampoco habían encontrado o tomado lo que buscaban.

- Lástima que no esperaron a que lo hicieran. Nos hubiese ahorrado este problema.

- No era posible- Harry caminó entre las vitrinas, otra vez relucientes, mientras explicaba -. Sellé el salón, pero era la primera vez que lo hacía y no estaba muy seguro de los resultados. No podía arriesgarme a que se largaran con... lo que sea que querían.

Sin embargo, nada de lo que veían parecía fuera de lo normal, ése salón en particular sólo tenía muestras de rocas y cristales. En el centro del recinto, había grandes bloques de piedra, enormes moles de roca que habían sido traídas desde distintos sitios del planeta.

Harry reprimió el estremecimiento al recordar el momento en que Draco se había cruzado en el camino del conjuro y trató de eliminar el recuerdo. Necesitaba concentrarse en esto.

- ¿No sientes nada extraño ahora, Harry?- preguntó Remus, indeciso a pedirle que intentara el uso de algo que ni siquiera conocían bien.

- Nada. Te lo dije, no sé en qué momento se va a presentar... Quizás buscaban alguno de esos cristales... Tal vez tengan alguna propiedad mágica que desconocemos...

- Bien, podemos intentar con eso- dijo Remus, sacando su varita. Miró alrededor, la muestra de rocas era extensa y variada, iban a tener un buen rato de trabajo. Mientras comenzaban, siguió la charla.

- ¿Fue muy difícil?

- ¿Qué cosa?

- Combatir a esos Mortífagos...

- Si hubiese estado solo, indudablemente hubiese sido difícil; pero éramos cuatro.

- Supimos que Draco Malfoy está aquí, que está cursando contigo este último tramo de la carrera- el resultado de las rocas estaba dando negativo por completo y pasó a una nueva estantería.

- Así es.

- Y que estuvo esa noche.

- Cierto, también.

Remus pasó a otra vitrina y volvió a empezar en tanto Harry continuaba rodeando el círculo central.

- Dicen que resultó herido en el encuentro.

Harry llegó hasta uno de los bloques más grandes, oscuro, similar al mármol negro. Era en ese bloque donde había rebotado Draco luego de recibir el maleficio, para luego caer al pie del mismo. Se agachó en ese sitio, recordando la terrible angustia que sintió al verlo.

- Esa parte también es verdad.

- ¿Sabías que Severus es su padrino?

- Sí.

- Nadie dio aviso en Hogwarts de lo que había sucedido- comentó, decidiendo obviar la información de lo que había sucedido con Severus en esos días, aunque el mago ya estaba en franca recuperación.

- Draco no quiso que le avisaran a nadie.

Se dio cuenta de lo que había dicho en cuanto las palabras salieron de sus labios.

- Vaya... ¿Desde cuando lo llamas 'Draco'?- la pregunta de Remus traslucía auténtica curiosidad.

Fue una suerte que Harry estuviese aún de espaldas e inclinado, lo que hacía imposible que el licántropo viese su turbación.

- Es mi compañero, tengo que trabajar todo el día con él... Llamarlo 'Malfoy' sólo sirve para recordarme que es el hijo de Lucius.

"Por Dios, mentir se me hace cada día mas horriblemente fácil" pensó con cierta culpabilidad al notar lo natural que se había oído su voz.

- Eso es cierto- admitió Remus -. Todos se preguntan cómo es que el muchacho está aparentemente limpio y quiere ser un Auror, cuando su padre es... bueno, lo que es.

- Más de uno se lo pregunta en la Academia...

“Yo, entre ellos”.

Sus ojos encontraron una mancha parda al pie de la roca, era apenas una mancha más entre todo lo que había por ahí, pero Harry supo de forma instintiva que era sangre.

- El equipo de Limpieza de Rastros deja bastante que desear- dijo, en voz alta, tratando de dar por finalizado el tema -. Cada día son más descuidados.

Estiró la mano y levantó con la uña, la gota de sangre reseca. En cuanto su piel tomó contacto con ella, sintió algo similar a una sacudida eléctrica que lo dejó sin aire por unos segundos.

- Ahí esta de nuevo...- jadeó, cuando la marea de un poder nuevo lo invadió por completo.

No fue una visión lo que se presentó ante sus ojos, eran sus ojos los que parecieron empezar a captar cosas. Creyó que la magia había afectado sus lentes, porque de pronto todo se veía de un apagado tono añil, los contornos algo mas claros.

Vio que Remus había escuchado, dejaba lo que estaba haciendo y se dirigía a él. Parpadeó al notar el aura violácea alrededor del licántropo y miró sus propias manos que parecían despedir un aura igual, pero mucho mas intensa y brillante. Paseó la vista por el salón y descubrió, en las paredes y en el suelo, los lugares donde habían dado los conjuros que no habían hecho blanco como difusas manchas del mismo color, un poco más apagadas. Entonces supo que estaba viendo los rastros de la magia, viéndolos y sintiéndolos, porque de cada uno de ellos le llegaba una vibración apagada, un hormigueo suave que le cosquilleó en la yema de los dedos cuando apoyó la mano en uno.

Giró hacia la vitrina donde Remus había estado trabajando en su detección y notó que no había propiedades mágicas en ninguno de esos cristales y rocas.

- No hay nada ahí.- dijo con voz suave y miró hacia la siguiente- Tampoco en esa, ni en la otra...

Y sentía que cuanto más miraba, mejor podía captar los sutiles matices de la magia usada, casi podía decir qué hechizo había rebotado en ese lugar y supo que si se hundía lo suficiente en la sensación, hasta hubiese podido saber también quien lo había lanzado.

Harry se movió hacia el lugar donde había estado antes y sus ojos se detuvieron en el bloque de piedra oscura. Había algunas muescas, algunos resquicios en la superficie, y a través de ellos, podía ver los destellos violáceos emergiendo desde el interior de la roca.

- Está dentro...- murmuró, acercándose al bloque -. Remus... Está ahí dentro... Lo estoy escuchando también...

Iba a preguntarle si también él podía oír, pero se detuvo. No, ese sonido era sólo para él. Era grave y profundo, como muchísimas voces hablando juntas, al unísono, y detrás de ese sonido, otro más claro. Otra vez la voz de mujer susurrándole las palabras que debía usar y que él solo tenía que repetir pese a que luego nunca las recordaba.

Remus apenas alcanzó a escuchar que hablaba, porque estaba absorto mirando cómo Harry cruzaba la pequeña baranda de contención y llegaba hasta la piedra para apoyar las manos en ella. En cuanto puso las palmas sobre la superficie rugosa, aquella se estremeció y sólo en ese momento, la presencia de la magia se le hizo visible también al licántropo.

Ahora sí podía ver el intenso resplandor alrededor de Harry y tuvo que retroceder, porque de pronto, empezaron a volar trozos de roca y polvo hacia todos lados, como si alguien estuviese esculpiendo a toda velocidad, con fuerza insólita, sobre la inmensa piedra negra.

Ningún pedazo de piedra parecía hacer impacto en Harry que continuaba apoyado en el bloque. Había cerrado los ojos e intentaba captar en su mente la imagen correcta que se le había presentado. No la entendía, eran puntos, líneas; nada que él pudiera identificar como conocido. Y ese poder seguía fluyendo de manera incesante, continua.

De pronto, todo terminó y la magia lo soltó. Al ver que ya no volaban piedras, Remus se acercó porque Harry seguía en la misma posición que antes.

- ¿Estás bien...? ¿Qué demonios fue esto...?

- Usar la ropa interior de otro...- jadeó Harry, soltando por fin la piedra y abriendo los ojos.

El bloque seguía siendo inmenso, pero ahora una de las caras estaba claramente pulida y sobre esa superficie, había símbolos tallados. La misma imagen que se había presentado tras sus párpados cerrados.

- Esto es lo que buscaban pero no tenían el poder suficiente para encontrarlo y mucho menos para sacarlo de ahí. Se la iban a llevar a Voldemort... Él sí hubiese podido hacerlo. Él sí hubiese podido leer en la roca.

Remus revisó el tallado de la piedra y coincidió con Harry. En esos símbolos había magia muy poderosa pero tan antigua que no conseguía rastrear en su memoria haber visto antes esos signos. Iba a necesitar ayuda para descifrar ese rompecabezas, pero por lo pronto, tenían que sacar eso de ahí. Las últimas palabras de Harry brillaron en su mente al recordar la estrofa cuyo significado no había podido comprender.

- Harry, tengo que llevar esto con Dumbledore, quizás él sepa de qué se trata.

- Bueno, dime donde lo quieres y...

- No, yo lo llevaré. Quiero que tú regreses a la casa...

- Aquí vamos de nuevo- protestó Harry -. ¿Siguen intentado protegerme de todo? No soy un niño.

- Sé que no- por una vez, el tono de Remus no admitía réplicas -. Pero necesito que vuelvas y esperes a Sirius, él debe estar llegando, tal vez ya esté allí; y quiero que le cuentes todo. Yo me reuniré con ustedes en cuanto pueda.

La idea de ver pronto a su padrino consiguió que Harry olvidase que una vez mas lo estaban excluyendo de un asunto.

- Como quieras... ¿Podrás llevarlo solo?

- No te preocupes, puedo hacerlo.

- Muy bien, entonces hazlo. Yo tengo que deshacer los conjuros que puse en las alarmas. Me iré en cuanto termine.

Remus asintió e instantes después, desaparecía junto al inmenso bloque de piedra. Tal como le había dicho a Remus, Harry deshizo los conjuros y regresó a su hogar.

~o0o~

Las esferas de luz iluminaban bastante bien el espacio sobre el cual Sirius tenía diseminados una increíble cantidad de papeles, pergaminos y diversos libros abiertos. Hacía varias horas que trabajaba a destajo sobre esa traducción y le había prometido a Remus que la terminaría, pero ese párrafo se mostraba particularmente rebelde y reacio a dejarse traducir. Por enésima vez consultó las cartas astrales y regresó al bosquejo que había hecho el profesor ya fallecido.

Era imposible, sin lugar a dudas, y no necesitaba a Remus para saberlo. Él sabía que estaban trabajando sobre una predicción encontrada en un antiguo papiro egipcio y hasta alguien como él sabía que para ese pueblo antiguo, la constelación del Can Mayor era la más importante. No en vano Remus siempre le decía que él, Sirius, era la estrella más rutilante del firmamento, cosa que a él le halagaba mucho. Sin embargo, en ese extraño bosquejo, la constelación aparecía sin su estrella principal; en cambio, la constelación del Lobo, que tenía estrellas menores, aparecía representada con mucha más claridad.

“Y no es lógico pensar en un error, ni por parte del profesor ni de los egipcios...” razonó Sirius, poniéndose una vez más a tratar de resolver ese problema.

Luchó con algunos otros símbolos, otra cantidad de cálculos, y procedió a hacer lo que hacía su pareja en esos casos. Escribió todo en papeles pequeños, los ordenó de acuerdo a lo creía correcto y luego se levantó a dar un pequeño paseo por el estudio para despejarse. Desde lejos, miró el rompecabezas que había sobre la mesa y de repente, se dio cuenta que había colocado mal algunas cosas. Regresó rápido y las reordenó.

Contempló el nuevo resultado por unos segundos. Ahora estaba más seguro del resultado, aunque no le gustase en absoluto. Y no podía dársela a Remus para que la revisase. Si el licántropo leía esas líneas breves, era capaz de encerrarlo en algún agujero para impedirle salir de la mansión.

“Y aunque los egipcios hayan sido magos fantásticos, también pueden haberse equivocado. Yo no voy a dejar que una tonta predicción maneje mi vida”.

Pero las implicancias de aquella si llegaba a cumplirse sí lo preocupaban. Regresó a su asiento y desde allí contempló largamente la conclusión a la que había llegado. Entonces tomó una resolución, extrajo algunas de las hojas y las apartó. Definitivamente Remus no iba a leer esa parte. Luego miró el reloj de pared del estudio.

"Maldición... Ya me retrasé. Debería ir en camino a casa de Harry... Dios, hace meses que no lo veo..."

Tenía que darse prisa; rápidamente, puso las hojas que debía llevarle a Remus en un gran sobre, una vez que el sabio licántropo las revisara podrían mandarlas con confianza a Albus. Las otras dos hojas que había separado, las dobló con cuidado y las colocó en un sobre aparte. Tomando nuevamente la pluma se puso a redactar una carta. Había imaginado que le costaría escribirla, pero en realidad una vez que la idea hubo tomado forma en su cerebro, resultó mucho más fácil de lo que había pensado. A decir verdad, jamás hubiese pensado que iba a hacer algo como eso, pero luego de revisar de nuevo sus candidatos potenciales, supo que estaba en lo correcto. Además, también cabía la posibilidad que nada de todo eso llegase a suceder, y en ese caso, esa carta nunca se abriría.

Cuando la terminó, selló el sobre con varios encantamientos y con una pequeña navaja de bolsillo hizo un cortecito en uno de sus dedos. Usó un par de gotas de su sangre para escribir el destinatario mientras colocaba el último hechizo. En cuanto terminó, el sobre desapareció de encima de la mesa.


Contento por haber terminado con esa parte, recogió lo que necesitaba, incluyendo la ropa que se quitó, y lo puso todo en un bolsito que se colgó al cuello. Segundos después el gran perro negro salió del estudio y poco después ganaba la calle, rumbo a la casa de Harry.

~o0o~

Harry apareció en el vestíbulo y apenas estaba quitándose la capa, cuando escuchó ruidos en el porche. Alguien estaba rasguñando la puerta y empujando al mismo tiempo. Sonriendo por anticipado, fue a abrir. En el acto, el gran perro se le echó encima y casi lo hizo caer. Sólo que Harry había crecido un poco mas desde que lo había visto por última vez, así que apenas lo hizo retroceder un par de pasos.

Riendo, Harry lo dejó pasar mirando, con un poco de consternación, cómo las patas peludas dejaban un reguero de agua y barro en el brillante piso del vestíbulo.

"Hermione va a chillar..." pensó por un instante, pero en el siguiente, en cuanto cerró la puerta, olvidó el tema porque el animago volvió a su forma humana y antes que pudiese decir nada al respecto, se encontró en medio del abrazo de su padrino. Respondió al gesto, feliz de ver que el hombre no había tenido dificultades ni con Aurores ni para encontrar la casa.

- Sirius... ¡qué alivio que llegaste bien! Remus llegó hace rato.

- Shhh, cállate y déjame verte- ordenó el animago, alejándolo hasta donde los brazos se lo permitían para poder verlo mejor -. Creciste de nuevo. Estás mas alto... parece que el entrenamiento de los Aurores te hizo bien. Cielos...Cada día te pareces más...

- Sí, sí; ya sé... Cada día me parezco mas a mi padre.

Sirius sonrió con algo de nostalgia.

- Eso fue hasta hace unos años. Ahora, cada vez te veo más parecido a Lily.

La observación sí consiguió asombrar a Harry. Tenía mucho mas presente el rostro de su padre que el de su madre, simplemente porque siempre había creído que era él la parte importante de su pasado. Desde la revelación de Dumbledore acerca del Legado, se había sorprendido en más de una ocasión intentando evocar el rostro y la voz de su madre.

- ¿En serio?

- Por completo- afirmó y tuvo un escalofrío. No era para menos, ya que continuaba desnudo en medio del vestíbulo.

- Creo que mejor te vistes. Ron y Herm podrían aparecer en cualquier momento...

- No le vendría mal a Hermione mirar algo distinto a sus librotes... - replicó con un gesto elocuente.

- Ella ya tiene alguien a quien mirar, y en todo caso, yo te diría que dejes tus dotes de exhibicionista de lado antes que Remus se entere... Estás helado. Será mejor que te des una ducha bien caliente para librarte del frío y del barro- dijo Harry, guiándolo a través del pasillo hasta un pequeño cuarto de baño de la planta inferior -. Te traeré ropa seca.

- De no creer... Ahora mi propio ahijado me sermonea y cuida de mi Remus.

Sirius protestaba todavía dentro de la ducha cuando Harry apareció con un mullido toallón y la ropa. Mientras su padrino terminaba de asearse, desde afuera, Harry le contó lo sucedido en el museo, al menos lo que él había sentido. En el ínterin, Remus regresó, justo a tiempo para impedir que Harry intentase idear algo para hacer de cenar, cosa de la cual siempre se encargaba Hermione, incluso Ron a veces. Era tan malo cocinando que casi le habían prohibido que se acercara para hacer otra cosa que comer. Consciente del riesgo que corrían, fue Remus quien se ofreció a hacerse cargo de la cena.

Poco después los tres compartían una cena modesta pero deliciosa en la cocina de la casa.

- Así que Ron y Hermione están de novios...

- Gracias a Dios por eso, Sirius- comentó Harry -. Ambos estaban insoportables y hacían de este lugar un infierno... Ahora también están insoportables, pero al menos no se la pasan peleando.

- ¿Y qué me dices de ti? ¿Tienes novia?

- No, no tengo novia. "¿Cómo le llamo a Draco? ¿Novio?"

- ¿Y eso por qué? ¿Eres impotente o algo así?

- ¡Sirius!- exclamó Remus, dándole un fuerte codazo.

- Oommph... ¿Qué dije de malo ahora...? A los mejores magos les puede pasar...

- Cierto- dijo con malicia y ante la implicación de la frase, Sirius se quedó boquiabierto por un segundo.

- Bien, basta ustedes dos también- Harry cortó a su padrino cuando aquel se aprestaba a responder -. ¿Están planeando volverme loco? Y no, no tengo ese problema por el momento... Sucede que no tengo tiempo. Ya se acercan los exámenes finales y no puedo dedicarle el tiempo que eso necesitaría.

- No necesita demasiado tiempo, Harry.

- Sí Remus. Quizá ustedes no lo necesiten, se conocen mucho; a veces creo que pueden entenderse sin hablar, pero cuando una relación comienza requiere mucho mas cuidado. Por ahora, no puedo dedicar tiempo a conocer a alguien a quien tenga que explicarle toda y cada una de las cosas que hago...

"No es del todo mentira... A Draco no tengo que explicarle nada, tenemos los mismos problemas."

Se dio cuenta que los dos magos maduros lo miraban con detenimiento, como si lo vieran por primera vez en la noche.

- ¿Qué pasa? No creo haber dicho alguna insensatez...

- Claro que no lo hiciste, Harry... -dijo Remus -. Lo que dijiste es totalmente cierto, pero parece que recién ahora notamos lo mucho que has crecido.

- Ah, vaya, gracias...

"Quizás a Remus podría contarle... Pero él le diría a Sirius, no mejor, no por ahora."
Para su suerte, hubo un pequeño chasquido en el vestíbulo y detrás del sonido, aparecieron Ron y Hermione en el umbral de la cocina. Sólo que estaban tan juntos que parecían uno.

Los brazos de Ron abarcaban con facilidad la cintura estrecha de Hermione y aquella tenía los suyos alrededor del cuello del joven. No se habían dado cuenta que los observaban porque estaban besándose como si en ello les fuera la vida. Cuando por fin se separaron, ambos continuaron observándose por unos segundos con tanto deleite que ninguno de los tres en la cocina se animó a interrumpir el momento. Cuando pasó el encanto inicial, Sirius comenzó a aplaudir y silbar; con un poco mas de discreción, Remus se sumó al aplauso y Harry sonreía ampliamente, disfrutando al ver que el rostro de Ron se ponía aún mas colorado que su pelo. Desenvuelta como de costumbre, Hermione se acomodó el vestido y algunos alborotados mechones de cabello.

- Me rehúso a ponerme colorada- explicó mientras saludaba a las visitas -. Me pasé mucho tiempo esperando esto como para ahora pretender que no lo disfruto.

- Ésta es mi chica- dijo Sirius cediéndole el asiento como un caballero -. ¿Ya cenaron?

- Sí, gracias.

Por fortuna para Harry, la llegada de sus amigos desvió el tema de la charla y estuvo tranquilo el resto de la velada. Cuando decidieron ir a dormir, arreglaron que Remus y Sirius compartiesen el salón frente a la chimenea, donde transformaron el sofá en una cama, después de explicarles que Molly había estado de visita en los primeros días que Ron y Herm habían empezado a salir y había colocado hechizos en las tres habitaciones.

Los conjuros hacían cosas descabelladas; las camas gritaban desaforadas cuando alguien más que su ocupante se sentaba en ellas, las puertas empezaban a batirse desesperadamente si había dos personas en la misma habitación por más de unos diez minutos, y otras cosas como esa que estaban volviéndolos locos, pero que la tenaz madre había rehusado quitar. Según su opinión, ya que no podía evitar que viviesen juntos, cuidaría la reputación de Hermione, a quien quería como una hija. Por fortuna, no había dicho nada acerca de la reputación de su hijo.

Remus volvía del cuarto de baño en ropa interior, ya que ninguno de los dos había pensado en llevar algo mas que una muda de ropa, pero sin extrañar el pijama en absoluto. Sirius estaba ya en la cama, sentado releyendo los papeles que le había traído. El animago alejó de su mente la parte del trabajo que había apartado y que conscientemente estaba ocultándole a su pareja.

- Terminé la traducción, Remsy- anunció.

- ¿En serio? Pensé que ése no era tu fuerte.

- Ehmm... Bueno, no, no lo es, por eso la traje antes de enviársela a Albus. Me sentiría mejor si la revisas, amor; pero por la mañana... Ya es muy tarde.

- ¿Y desde cuando te preocupa tanto la hora de ir a dormir?- preguntó el hombre de cabello dorado, haciendo a un lado las mantas para acostarse. Meneó la cabeza al notar que su pareja únicamente vestía una enorme sonrisa y la pícara mirada de sus ojos azules -. Nunca vas a cambiar...

- ¿Eso te molesta?

Remus sonrió, negó en respuesta, y se acostó, ocupando el lugar que se le ofrecía entre los brazos fuertes de Sirius y acomodándose para disfrutar del calor.

- Estás helado, amor- comentó el animago, rodeándolo aun más estrechamente.

- ¿Y bien? ¿Qué piensas?

- ¿Acerca de qué?

- De tu ahijado, por supuesto; no te hagas el tonto. Sabes que Dumbledore nos envió también a observarlo.

- A ti te envió a observar. Me niego a llevarle datos de Harry como si fuera un peón de su juego de ajedrez con Voldemort.

- ¡Sirius, sabes que las cosas no son así!

- Lo siento, pero en este caso, no puedo ver las cosas como tú. Sigo al viejo porque es inteligente y poderoso, pero no puedo dejar de ver que a veces nos mira como si fuéramos piezas de ajedrez. Sus ojitos celestes miran el tablero y luego nos mueve de acuerdo a sus ideas.

- Él cuida de nosotros.

- Claro, las piezas importantes se cuidan. Un alfil, una torre o un caballero... No quiero pensar cual es mi papel en esto, pero menos quiero enterarme del tuyo. No eres una pieza sacrificable. No para mí.

Los dos guardaron silencio por unos instantes. Remus no comprendía del todo ese súbito estallido de Sirius, y aquel tuvo que darse cuenta que se había dejado guiar por su genio, una vez más.

- Lo siento, Moony, no quería descargarme contigo- susurró Sirius, acariciando el suave mechón gris.

- Moony...- repitió en voz baja el licántropo -. Ya estoy un poco viejo para ese nombrecito, ¿no te parece?

- No digas tonterías.

- Hoy me di cuenta al mirar a Harry y ver el hombre en el que se está convirtiendo. Estoy viejo, 'Paddy'.

El animago reprimió una risita.

- En ese caso, ambos lo estamos. Y no me importa en absoluto, porque estás conmigo.

- ¿Me querrás cuando sea un lobo viejo y sin dientes...?

- Yo seré un perro viejo y sin dientes... ¿Cual será el problema?

- Que ya no tendré diecisiete años.

Sirius se acomodó para poder mirarlo a los ojos, para poder observar esos ojos dorados que lo estremecían hasta lo indecible.

- Me enamoré del jovencito que eras en ese entonces, Remus; pero ese muchachito ya no existe y me he enamorado de ti cada día desde entonces. Cada mañana, cuando despertamos juntos y te tengo en mis brazos, vuelvo a enamorarme de ti. Amo el hombre en el que te has convertido y amaré al hombre que serás mañana... Aunque no tengas dientes- agregó, antes de inclinarse sobre él para besarlo.

Como siempre, el contacto de esos labios sobre los suyos, hizo suspirar al licántropo que respondió, dejándole paso libre y ansioso por disfrutar el beso, tan dulce, tan posesivamente agradable. Ahora, las manos del animago empezaban a moverse dentro de las mantas, despertándole todas esas sensaciones placenteras que sabía muy bien dónde buscar.

Remus sacó una mano de dentro del cobertor y la estiró hasta alcanzar su varita. Con un pase ligero, apagó la única luz que quedaba encendida y redujo el fuego de la chimenea hasta que despidió solamente ligeros fulgores. Sólo entonces, ante un vehemente mordisco en alguna parte sensible de su cuerpo, jadeó, la dejó caer y se entregó al deseo.

~o0o~

Un poco acalorado, Harry subió sigilosamente la escalera de regreso a su cuarto. Había bajado con la idea de comer un bocadillo, pero al oír las voces se había quedado al pie de la misma. No había tenido la intención de escuchar, pero una vez que el tema dejó de tratarlo a él, le interesó no por morbosidad, sino por una curiosidad clara acerca de la relación que su padrino sostenía con Remus.

Le asombró la pasión y la ternura en las palabras de Sirius al hablar, y la rápida aceptación de Remus cuando aquel comenzó a excitarlo, la absoluta confianza del licántropo al entrar en la cama y acomodarse junto al otro cuerpo. A partir de allí, más que ver, había presentido por los sonidos que escuchó y como aquellos evidenciaban ponerse aun mas subidos de tono, decidió a regresar a su habitación.

Ahora sabía que tanto Sirius como Remus hubiesen podido aceptar su relación con otro hombre...

"Siempre y cuando ese hombre no fuese un Malfoy... El hijo de Lucius Malfoy, el Mortífago, la mano derecha de Voldemort. Pero Draco es diferente..." pensó al acostarse de nuevo y acomodarse bajo las mantas. "Draco no es Lucius, y nunca me haría daño. Ha podido hacerlo muchas veces y no sólo no lo hizo, sino que incluso se dejó lastimar para mantenerme a salvo."

Sí, era un tema que debía pensar en los próximos días. Cierto que tenía que preocuparse por los exámenes pero esto era importante también. Al menos tenía la excusa perfecta para dar cuando le dijeran que parecía no dormir bien por la noche.

 

 

Capítulo 14

La espaciosa habitación estaba en penumbras y silenciosa. Las satinadas sábanas color marfil delineaban una figura descansando entre ellas. Lucius se movió muy despacio intentando contener el quejido que pugnaba por escaparse de sus labios. Estaba solo y nadie más que los elfos domésticos lo hubiesen escuchado, pero por una cuestión de orgullo no iba a lamentarse.

Era evidente que Voldemort había pensado que con una sola visita podía disuadir a su hijo de apartarse de los Aurores, pero ninguno de los dos había contado con la férrea voluntad del muchacho. Semejante fracaso no podía quedar impune y Voldemort se había encargado muy bien de demostrarle su disgusto.
Mientras intentaba acomodarse, recordaba y podía explicarse mejor los gritos de Snape cuando los dejó solos en la habitación de la gruta, el terrible ardor que sentía entre las nalgas era enloquecedor por momentos, no podía acostarse de espaldas y mucho menos sentarse. Con mucho, no estaba tan golpeado como había terminado el Profesor de Pociones, pero tampoco estaba mucho mejor.

En los últimos días, Voldemort había recuperado magia como para volver a convocar a algunos de sus antiguos seguidores y ya no dependía solamente de Lucius y Colagusano. Lucius tendría que ingeniárselas de nuevo para recuperar el lugar que tenía a la diestra de su Amo. Lo bueno era que esos imbéciles a quienes había enviado al Museo, no sólo habían fracasado de la forma más estrepitosa, sino que se habían dejado capturar. Lucius no quería ni pensar en el destino que les aguardaba a los pobres infelices, pero se alegró por ello. Desde allí podría comenzar a pensar una estrategia que lo beneficiara.

"Eso sucederá en cuanto pueda moverme... En cuanto pueda volver a contactar a alguna gente del Ministerio y conseguir que vigilen a mi hijo... Condenado Draco... Ya voy a descubrir qué estas ocultando, algo debes estar escondiendo. Te conozco demasiado bien, eres mi hijo."

Pero primero tenía que reponerse. No podría ir muy lejos si ni siquiera podía erguirse y vestirse por sí mismo. Se estiró hasta la mesita de noche, alcanzó la redoma con la pócima, y después de beber un largo trago, volvió a recostarse.

~o0o~

La cabeza pelirroja estaba hundida en uno de los almohadones del sofá de la sala, se había quitado la camisa y la amplia espalda desnuda estaba expuesta a los dedos de su novia.

- Despacio, Herm... - protestó Ron mientras la joven le masajeaba la espalda.

- ¿Hace falta que los destrocen de ese modo para entrenarlos?- preguntó molesta, extendiendo el ungüento sobre los músculos maltratados.

- Se supone que debemos estar preparados para las exigencias físicas.

- Si esto continúa, no vas a estar preparado para 'mis' exigencias físicas…- masculló Hermione.

Ron giró sobre sí mismo enfrentando a su novia con una sonrisa traviesa.

- Para eso siempre estoy preparado, amor- dijo, levantándose para besarla, pero reprimió un gemido al forzar las costillas.

El sonido de una aparición en el vestíbulo anunció que alguien llegaba y Harry entró un poco tambaleante. Apenas les prestó atención y se dirigió al piso superior.

- No se preocupen por mí, voy a morir en el piso de arriba...- gimió en tono lastimero.

Hermione se soltó para tratar de alcanzarlo, cosa que consiguió sin esfuerzo, puesto que Harry no iba muy rápido. Lo tomó del brazo para hacerlo regresar y vio que el joven tenía un gran magullón en el pómulo izquierdo.

- Oh, por Dios, Harry... ¿Qué fue lo que te arrolló?

- El Expreso Krugger... Tuve que luchar con él y es bastante bueno, debo decir... al menos mi ojo lo dice.

- Ven aquí, Ron también está destrozado, así que no creo que pueda llegar a nada con él esta noche. Voy a ponerte algo en ese magullón antes que se ponga negro.

Obediente, Harry la siguió, bajando tras ella los escasos escalones que había subido, tomó asiento en otro de los sillones y desde allí contempló a su amigo que por lo visto estaba en condiciones tan desastrosas como él. Ron había vuelto a derrumbarse de bruces en el sofá y los ojos azules emergieron desde detrás del almohadón rojo para enfocar a su amigo.

- ¿Nosotros somos masoquistas o algo similar...?- preguntó Harry, acomodándose con tiento porque también le dolían algunas costillas.

- Quiero creer que no... - contestó Ron, sentándose con cuidado -. ¿Cómo vas con los estudios?

- Mas o menos. Casi no dormí anoche, el maldito libro no tenía fin y todavía no terminé el condenado Tratado de Ámsterdam sobre quién sabe qué demonios...

- Relaciones Diplomáticas Mágicas, Harry- acotó Hermione, que regresaba desde la cocina -. Y deberías esforzarte más, el examen es en dos días.

- Gracias, Herm. Acabas de recordarme que no dormiré en otros dos días- refunfuñó, pensando todavía en todo lo que le quedaba por estudiar y que sin lugar a dudas preferiría pasar ese tiempo en el departamento de Draco.

- Y espera a escuchar las novedades que tiene...- comentó Hermione, mientras Ron intentaba acomodarse sin resultados, así que volvió a recostarse.

- ¿Qué...? Lo único peor que puede pasar ahora, es que adelanten las fechas... ¿No será eso, no?- la cara de Harry contenía la suficiente expresión de horror como para demostrar que en verdad todavía le faltaba mucho por estudiar.

- No, peor aún. No somos muchos para los exámenes finales, así que McGonagall estará presenciando el examen de Transformaciones Avanzadas 5, y en el de Pociones Avanzadas...

- No lo digas, por favor...- gimió Harry, interrumpiéndola -. Dime que no vas a decir lo que estoy pensando.

- Snape- finalizó Ron -. Viene a presenciar el examen de Pociones y creo que también estará en la mesa de profesores del de DCAO.

- ¿Ese también?

- Sabes que siempre quiso ese puesto- comentó Hermione -. Y aunque no quieran reconocerlo, dicen que es muy bueno.

- Debe serlo, es un Mortífago- masculló el pelirrojo y enfrentó la mirada reprobatoria de su novia ante la frase, por lo que creyó conveniente corregirse de inmediato -. Muy bien, de acuerdo. ‘Fue’ un Mortífago, así que debe saber mucho de eso.


Hermione asintió, aprobando la corrección. Podía comprender la animadversión que sus amigos sentían hacia el antiguo Profesor de Pociones, y en el fondo agradecía no tenerlo entre los que presenciarían sus exámenes. La División de Investigaciones tenía diferentes asignaturas obligatorias, y aunque Defensa contra las Artes Oscuras y Duelo Mágico también estaban en la carrera, los exámenes eran menos rigurosos que los de la División de Choque, donde eran materias prioritarias.

Harry se echó hacia atrás y trató de no pensar en las implicancias de todo eso sin conseguirlo. Snape vendría a Londres por unos cuantos días y seguramente querría visitar a Draco; eso implicaba que no podría verlo a solas. El departamento estaría ocupado todo el tiempo porque todos sabían muy bien lo poco que Snape era dado a las salidas y no cabía pensar en llevar al rubio a la casa donde Ron y Hermione aún ignoraban el estado de las cosas entre ellos.

- Maldición...- dijo con vehemencia, y sus amigos pensaron que se trataba solamente por la presencia del detestado profesor.

~o0o~


Hermione había salido de su examen oral de Legislación Mágica con una brillante sonrisa, cosa normal en ella; no había cambiado tanto desde que habían salido de Hogwarts. Luego salió Krugger, con algo de esfuerzo también el alemán había conseguido aprobar. Cuando Draco salió del aula, más pálido que de costumbre, el primero en acercarse fue Fritz.

- ¿Y bien?

- Aprobé- alcanzó a murmurar, y se alejó para calmarse un poco, sabía que dentro del recinto había quedado Harry, haciendo su exposición.

Una eternidad mas tarde, aquel salió del aula. Sus amigos se abalanzaron sobre él al instante a preguntar, porque si debían guiarse por la cara desencajada de su amigo…

- Lo hice-dijo -. Lo conseguí... No puedo creerlo, pero aprobé…

A medida que iban saliendo, la algarabía era más grande, de manera que entre el alboroto, Harry pudo acercarse al sitio donde Draco estaba apartado.

- Se comportaron como unos condenados bastardos- comentó, resistiendo con todas sus fuerzas los deseos que tenía de sentarse a su lado y abrazarlo.

Lo que Harry había querido decir era que durante el examen de Draco, las preguntas habían sido casi en forma exclusiva dedicadas al tema de los Mortífagos y toda la legislación existente en cuanto a su captura, condena y reclusión, haciendo principal hincapié en los delitos que llevaban directamente hacia el Beso del Dementor. Todo como si estuviesen recordándole en qué podía terminar él si se desviaba, o en todo caso, en qué podía terminar si decidía seguir los pasos de su padre.

- Uno no elige a la familia, Harry... Supongo que siempre tendré esto en mi contra.

- ¿Podré verte hoy...?- preguntó esperanzado.

- Severus llega esta noche a casa.

- Pero quiero verte, pasaré sólo un momento...

- Está bien, creo que llegará a las ocho, puedes venir antes.

- Bien.

- Ahí viene tu amigo Weasley...- le advirtió Draco, viendo al pelirrojo que se acercaba a ellos.

- Felicitaciones, hurón; también lo conseguiste- dijo Ron en muestra de buena voluntad.

- Sí, a pesar de todos- dijo con sequedad, levantándose para irse.

Cuando se alejó, Ron se volvió a Harry.

- Lo detesto... Pero lo que hicieron con él en el examen de hoy fue muy bajo.

- Sí...- miró la figura delgada perdiéndose en el pasillo y deseó poder ir tras él -. Vamos, tenemos que empezar a preparar el examen de Transformaciones.

Ambos se reunieron con Hermione y regresaron a casa.

~o0o~

Harry apareció en el departamento de Draco una vez que hubo convencido a Hermione que regresaría pronto y que seguiría estudiando para el examen que seguía.

El sitio estaba silencioso, Harry vio que el rubio se había ubicado en los sillones frente a la chimenea, desdeñando el cómodo escritorio donde solía estudiar. Los apuntes y libros estaban diseminados, mitad sobre la mesita baja y mitad en el sofá, pero Draco no parecía estar leyendo demasiado. Sin decir nada, Harry se dirigió a la cocina y preparó una taza de té, aromático y fuerte, como le gustaba a su novio. Con la tacita en las manos se acercó por detrás y se inclinó hacia él, cruzando sus brazos sobre los hombros de Draco y presentándole la tacita humeante.

Draco la tomó y permaneció silencioso, pero Harry no hizo ningún comentario al respecto. No podía saber muy bien cómo se sentía el rubio con lo sucedido, pero calculaba que no era el mejor de sus días pese a que había aprobado el examen. Deslizó las manos sobre los hombros notando los músculos anudados por la tensión y comenzó a masajearlos con firmeza. Cuando se dedicó a la base del cuello, Draco lanzó un suspiro, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando que ese alivio inesperado lo llenase.

Era tan bueno que Harry estuviese con él... Algunas veces pensaba que era demasiada suerte...

Desde esa posición, abrió sus párpados y los ojos grises encontraron la mirada atenta sobre él, los iris verdes, tan verdes que Draco evocó en su mente la imagen del follaje de un bosque, fresco, lleno de brillantes toques de dorada luz del sol. Más calmado, sonrió levemente y obtuvo otra sonrisa en respuesta a la suya. Mantuvo la tacita de té en una mano y extendió la otra hacia atrás, para tomar los dedos morenos entre los suyos.

- Ven, siéntate un momento conmigo.

Contento porque la táctica había dado resultados, Harry obvió dar la vuelta y cruzó sobre el respaldo del sofá para ubicarse con rapidez en el abrazo del rubio. Un momento después, la tacita de té estaba olvidada sobre la mesa y ellos demasiado ocupados besándose como para recordarla.

- Ojalá supieras cuánto me cuesta dejarte ir...- suspiró Draco, resignado, al tiempo que trataba de convencer a sus manos que debían mantenerse dentro de los límites establecidos.

Harry estaba a punto de decirle que, últimamente, a él también le costaba apartarse, que en realidad las caricias que compartían ya no le resultaban suficientes; pero el rubio siguió hablando antes que él pudiese decir algo más.

- Severus puede llegar en cualquier momento... Creo que va a ser mejor que vuelvas a tu casa.

- Sí- admitió Harry -, pero yo quería verte antes que él llegase... Va a ser muy difícil vernos en estos días, y voy a extrañarte...

- Sólo serán unos días... y cuando terminemos los exámenes podremos vernos todo el tiempo que queramos.

- Primero tenemos que aprobar los exámenes...- Harry bufó con fastidio -. Le prometí a Hermione que regresaría a estudiar con ellos...

- Es una buena idea, la sabelotodo puede ser una gran ayuda...

Harry sonrió. No decía nada, pero había notado que Draco nunca había vuelto a referirse a Hermione como ‘sangre sucia’, sino que era la ‘sabelotodo’; aunque Ron seguía siendo ‘Comadreja’. Le dio un último beso y se puso de pie.

- Y Merlín sabe que necesito toda la ayuda que sea posible- dijo, todavía sonriente -. Pensaré en ti esta noche.

- ¿En verdad?- preguntó Draco, ilusionado.

- Con mis dos manos.

Definitivamente ésa era una idea que podía poner una sonrisa en el rostro del rubio, y dejó que Harry regresara a su casa. Si volvía a tenerlo al alcance de sus manos... mejor dejaba esas fantasías para esa noche. Aunque estuviesen separados, compartirían una noche muy interesante.

~o0o~

Tal como preveían habían previsto, el examen de Transformaciones fue agotador. No solamente estaba presente Mc Gonagall, sino también algunas de las personas que Harry ya había visto durante los exámenes de séptimo en Hogwarts. Las exigencias hacia los Grupos de Choque fueron tan exhaustivas como para el resto de las divisiones. Evidentemente todos esperaban que Harry hiciera maravillas y cosas extraordinarias con su varita, pero aunque hizo un buen trabajo, no podía decirse que fuese 'extraordinario'.

Al día siguiente, el examen de Pociones se llevó a cabo bajo la mirada escrutadora y fría de Snape. A diferencia del resto de los días anteriores, Draco se veía tranquilo. Al menos ese día no iban a fastidiarlo con cosas extrañas. Además, él siempre había sido bueno en Pociones y eso le daba calma para ese examen. Tal como su padrino le había enseñado, fue metódico y exacto, pudo pasar ese examen sin ninguna dificultad.

Harry tuvo que luchar un poco con los nervios, pero Draco lo había preparado para enfrentar ese reto. Le había dado todas las instrucciones necesarias para no equivocarse por apresuramiento, cosa que le ocurría a menudo, o por no comprender bien los procedimientos. Le había enseñado que debía leer todo completo una vez y luego podía dedicarse a comprender bien cada instrucción, a preparar lo que necesitaba, asegurándose de tenerlo todo a mano al momento de comenzar la elaboración, y que consultar el reloj un par de veces no estaba de más para asegurarse de colocar los ingredientes en el momento exacto, pero consultarlo demasiado ponía en evidencia que no estaba seguro de lo que hacía.

Sentado en la mesa de profesores, Snape vigilaba el desempeño de Harry. Dumbledore le había dado el encargo de vigilar con absoluta minuciosidad ese examen y el DCAO. Con algo de extrañeza descubrió en los movimientos de Harry muchos pequeños detalles que él mismo le había enseñado a su ahijado. Sabía que habían estado trabajando juntos y lo atribuyó a eso, aunque no dejó de resultarle curioso que Draco le hubiese enseñado esas cosas justamente a Potter. Por fin el examen terminó y Harry también aprobó ese escollo.

El examen físico, a cargo de Kennard, incluyó destreza, resistencia, combate cuerpo a cuerpo, estrategia, y por supuesto, el duelo. Si los exámenes académicos habían sido agotadores, ésos eran de lo peor. Llevó casi todo el día porque necesitaban un poco de descanso entre una especialidad y otra, aunque en realidad, tampoco les concedían demasiado tiempo para eso.

Harry había decidido que no iba a dejarse vapulear de nuevo por Krugger y en los últimos días había ido a visitar a un antiguo camarada de Hogwarts, quien accedió a recordarle algunas de las lecciones que habían aprendido juntos. No tuvo problemas con la parte de destreza y resistencia, era bastante hábil y también resistente, aunque no estaba del todo seguro si era resistencia o tozudez. Tuvo un gran placer en hacer un papel bastante bueno en estrategia y parte de eso lo debía a las partidas de ajedrez que siempre compartía con Ron; pero sin dudas, fue aquel quien hizo el mejor papel de todos en esa asignatura y con eso se quitó de encima de una vez y para siempre el estigma que no podía superar a Harry en nada.

La parte de combate fue complicada. Ron y Draco se enfrentaron un rato pero si bien el pelirrojo era más alto y fornido que Draco, aquel hubiese muerto antes que dejarse vencer. Lo que uno tenía en potencia el otro lo tenía en empecinamiento y al final declararon un empate antes que terminaran lastimándose en serio. En el momento en que Harry tuvo que enfrentar al alemán, no pudo evitar ver la sonrisita de Snape, y su satisfacción no tuvo límites cuando pudo deshacerse Krugger usando más su agilidad y elasticidad, que una fuerza que estaba lejos de poseer.

Los duelos serían supervisados muy de cerca ya que cada estudiante tendría un encuentro durante el cual evaluarían muchos aspectos, no solamente el hecho de ganar o perder. No era un concurso, así que incluso ese aspecto era relativo. Ciertos encantamientos estaban prohibidos y otros tenían algunas restricciones; pero dentro de esos parámetros, el resto estaba permitido.

Los pequeños trozos de pergamino con los nombres escritos de los estudiantes revoloteaban en el aire, dentro de una burbuja transparente que Kennard mantenía a flote sobre la mesa de los profesores, muy cerca de la tarima donde se iban a efectuar los duelos. Del otro lado de la misma, unos cuantos pares de ojos ansiosos observaban todos esos movimientos. Entre ellos, los ojos de Harry, quien intentaba no pensar en qué haría si tenía que enfrentarse a Draco.

- Veamos, las parejas serán las siguientes- dijo Kennard, estiró la mano izquierda, su varita apuntando a la burbuja, y de inmediato aquella expulsó uno de los trocitos de pergamino; segundos después, expulsó uno más.

- Krugger y Freeman- anunció. El alemán y la chica pelirroja -. Weasley, Campbell.

Todos miraban expectantes los trocitos que quedaban dentro de la burbuja. Eran muy pocos los estudiantes que habían llegado a la instancia final de la carrera. Kennard anunció la tercera pareja.

- Sinclair, Mc Gregor- fueron los siguientes y sólo quedaban cuatro nombres dando vueltas.

"Por favor, Dios, no me hagas esto..." rezaba Harry.

"No voy a enfrentarme a Harry" fue el pensamiento de Draco.

- Stuart, Williams.

"Mierda" pensó Harry.

"Mierda" pensó Draco.

Eran los únicos nombres que no habían sido pronunciados, los únicos pedacitos de pergaminos que quedaban girando en la burbuja, así que no quedaba otra opción, tenían que enfrentarse. Harry apenas miró hacia donde estaba Draco y vio en su rostro la misma mortificación que seguramente había en el suyo.

En la mesa donde estaban sentados todos los evaluadores, hubo un movimiento. Snape se inclinó hacia Kennard y le susurró algo mientras miraba hacia donde Harry estaba sentado, quien presintió que cualquier idea que viniese de allí, no sería buena para él. Kennard miró a Snape frunciendo el ceño por unos segundos, pero luego pareció pensar mejor el asunto y aceptar la sugerencia porque asintió y dio la señal para que comenzaran.

Harry sabía que debería estar prestando atención a los duelos anteriores, pero no pudo. Tenía un enorme nudo en el estómago y hubiese querido por todos los medios no estar ahí, al menos no en esa instancia. Se encontró rezando para que algo sucediese, un ataque Mortífago, que apareciera Voldemort, cualquier cosa que le impidiese tener que subir a esa tarima y enfrentar a Draco. No quería estar frente a frente con él porque, pese a lo que sentían, por una cuestión de orgullo, ninguno de los dos iba a dejarse vencer.

Cuando por fin les tocó el turno, Harry se quedó en su asiento, no quería levantarse; en el otro extremo del salón, algo similar pasaba por la cabeza de Draco. Eso dio tiempo para que Kennard se pusiese de pie ante el resto de los evaluadores.

- Señoras y señores, el último par de estudiantes que queda está formado por dos jóvenes que han hecho juntos todo el último semestre. Diría que por esta razón se conocen demasiado... No sería justo con los otros estudiantes, quienes han tenido que enfrentarse a alguien casi desconocido. El profesor Snape ha hecho una interesante sugerencia: ya que ambos poseen la calificación mas alta en esta asignatura, uno de ellos se enfrentará conmigo y el otro combatirá con el profesor, quien ha accedido con generosidad a prestar su ayuda en este inconveniente. Como entrenador de la Academia, doy fe que los dos estudiantes están ampliamente capacitados para hacer frente a este reto. ¿Hay algún motivo para que no lo hagamos así?

Todos en la mesa parecieron entusiasmados con la proposición y asintieron, de modo que los nombres de Harry y Draco fueron puestos a girar nuevamente y se agregaron los otros dos nombres.

- Potter y Snape; Malfoy y Kennard. Ese será el orden de los duelos restantes.

Un murmullo de excitación recorrió el salón, en tanto, Harry no sabía si sentirse aliviado o no. Cierto que ya no enfrentaría a Draco, pero en cambio tenía ante sí a Snape, a su detestado Severus Snape, quien no solamente era un brillante Profesor de Pociones sino también un respetado duelista. De eso último no tenía dudas, en los tres años que llevaba en esa Academia había escuchado un buen número de anécdotas al respecto.

Harry se encontró haciendo un rápido recuento de lo que sabía de Snape en ese campo. A nivel teórico, un poco; a nivel visual, casi nada. Nunca lo había visto combatir, sólo lo había visto detrás de su mesa del laboratorio en medio de calderos y probetas, rodeado de pócimas hediondas y sulfurosas.

"Un momento... Sí, durante el segundo año, con el idiota de Lockhart..." recordó Harry en un arranque de inspiración. Aquel malhadado Club de Duelo durante su segundo año en Hogwarts.

No era mucho, pero era algo.

Rápido, tenía que recordar ese momento, cuando estaban parados uno frente a otro. La mirada asesina en los ojos de Snape, la postura agresiva y desafiante, amedrentadora. Tal vez eso era parte de su estrategia para empezar a destruir la confianza de su contrincante. Sí, eso debía ser. Luego la rapidez de su hechizo y la fuerza con que lo había arrojado, el brazo lanzado hacia adelante, la varita sujeta con una justa presión; y en el momento que había hecho blanco...

"Dios..." pensó Harry y se acomodó los lentes, repasando una y otra vez la imagen que tenía grabada en la memoria, sólo para asegurarse que no estaba equivocado. "Esto va a ser muy difícil…"

- ¿Necesita una invitación especial, Potter?- dijo la voz agria de Snape llenando el salón.

La llamada de atención lo sacó de su análisis y dio un respingo. Era increíble que ese hombre consiguiera siempre ese efecto sobre él. Maldiciéndose por eso, Harry se puso de pie y avanzó hacia la tarima.

En ese momento, el problema de lealtades encontradas lo tenía Draco; Harry pudo verlo en sus ojos al pasar junto a él, pero lo quitó de su mente en ese mismo instante. Lo que necesitaba ahora era concentración absoluta.

Mientras Snape esperaba en el extremo de la tarima, Harry se quitó las gafas, con toda parsimonia las revisó, notó que estaban un poco empañadas, las limpió y volvió a colocárselas. Cuando alzó la vista, Snape estaba lívido de impaciencia.

- ¿Terminó, Potter?

- Sí señor.

Al margen de las circunstancias, Snape no podía dejar de observar el cambio en el joven desde que lo había visto por última vez. No sólo en el aspecto físico, había algo más que todavía no podía identificar a satisfacción… En los últimos minutos, Potter parecía más espantado de enfrentar a su ahijado que de enfrentarse con él; luego toda la actitud del muchacho había cambiado.

Cuando subió a la tarima parecía distinto, como si fuese más alto, cosa que evidentemente no había sucedido; el aura de seguridad que se desprendía de él era casi palpable. Ahora que los ojos verdes lo enfrentaban, Snape se encontró ante una mirada impasible, tan profundamente concentrada que no parecía la que él había visto tantas veces durante sus clases de antaño. Y no debía olvidar que había sido el joven quien casi consiguiese hacerle perder la paciencia, dando así el primer paso para descontrolarlo, cosa que muy pocas veces le sucedía.

Sorprendido por esos descubrimientos, Snape enfrentó a Harry con un nuevo interés y se preparó, esta vez, no para dar una lección sino para ver en realidad en qué se estaba convirtiendo el muchacho. Severus tomó su posición habitual y esperó. En el otro extremo, Harry permaneció en su postura relajada, como cuando había enfrentado a Kennard, y también esperó la señal.

Cayó el pañuelo y Snape avanzó primero, como siempre.

- ¡Ignisphera!

Ante el grito de Severus, una esfera llameante surgió de la punta de su varita y la arrojó con inusitada velocidad hacia el muchacho que tenía enfrente.

Harry la vio venir y apenas convocó un escudo menor para su cuerpo, pero no se quitó del camino dando un paso atrás sino que avanzó uno, presentándose como blanco completo y esperó a pie firme. Cuando la bola ígnea lo golpeó en el vientre, lo dejó sin aire y cayó de rodillas. Hubo un instante de silencio y en el salón algunos observaron con incredulidad algo que parecía haber sido muy cercano al suicidio. Draco se levantó de su lugar, sin poder evitarlo, pero Harry no estaba fuera de combate ni mucho menos, porque mientras caía, alzó su varita y apuntó hacia el hombre.

- Saggitae.

La magia saltó de sus manos sin que tuviese que alzar la voz, y lo hizo con tanta precisión y rapidez, que el delgado pulso de poder azul que emergió de su varita fue apenas un relámpago que cruzó el aire, entró por debajo del brazo aun extendido del Profesor de Pociones y lo alcanzó de lleno en el pecho, lanzándolo al suelo.

Una vez más, no había sido él el arrojado fuera de la tarima, por lo cual había ganado el encuentro. Al segundo siguiente, se encontró rodeado por algunos estudiantes y el resto de los evaluadores que corrieron a verificar que ambos estuvieran bien.

Los llevaron a la enfermería de la Academia, donde colocaron a un semiinconsciente Snape en una camilla y aliviaron la quemadura de Harry.

"Vaya, tengo muchos problemas con el fuego..." pensó aquel, mientras se aplicaba en el estómago la mixtura que le habían dado, allí donde la piel enrojecida ardía intensamente. Mientras tanto, vigilaba a Snape que comenzaba a recuperarse. Tenía la impresión que no sería buena idea estar demasiado cerca de él cuando despertase.

No estaba lejos de la verdad. El atontamiento por el hechizo recibido empezó a ceder en el caído profesor al tiempo que se recuperaba.

"Alguien debió echarme alguna maldición..." se dijo el profesor a medida que reconstruía los eventos. "Potter me acaba de derrotar en un duelo... Mierda, estoy viejo para estas cosas".

- ¿Está bien, Profesor...?- preguntó Harry, con suavidad.

- No juegues con tu vida, Potter...- le advirtió aquel con un siseo peligroso mientras se tanteaba con cuidado el pecho, en el sitio donde el hechizo había hecho impacto. Meditó acerca de hacer la siguiente pregunta, pero no podía dejar de saber -. ¿Sabes cuánto hace que nadie me derrotaba en un duelo...? ¿Cómo demonios lo hiciste?

Harry se acomodó mejor en el asiento y se aplicó un poco mas de pomada en la quemadura. Parecía que Snape estaba tomando el asunto con calma y el peligro no parecía a la vista aún, así que decidió contarle.

- Bueno... Yo nunca lo había visto en duelo, salvo aquella vez con Lockhart, en Hogwarts...¿Recuerda?

- ¿Cómo olvidar a ese imbécil...?- gruñó Snape.

- Bien, esa fue la única vez que lo vi combatir, o algo similar. Ehmm... Su postura inicial es ubicar el blanco con la mano libre, ocultando el cuerpo sobre ese flanco; cuando ataca, avanza un paso, adelanta su brazo armado y arroja el hechizo... Eso lo cubre nuevamente, sólo que tiene un punto débil...

- ¿Lo tengo?- ahora Snape escuchaba con bastante atención, porque la descripción de su técnica había sido bastante acertada para alguien que sólo lo había visto una vez.

- Sí... Es que cuando el conjuro hace blanco, levanta ese brazo apenas unos centímetros, y eso descubre una zona indefensa entre la cintura y la parte superior del tórax.

- Por ahí colaste tu hechizo... ¿Pero por qué no te cubriste del mío?

- Porque sólo lo ví combatir esa vez, Profesor. No sé si ese movimiento lo hace siempre o únicamente cuando hace blanco, así que la única manera de asegurarme que lo hiciera...

- Era permitiendo que te tocara con mi hechizo- finalizó aquel. Intentó sentarse, pero decidió esperar un poco más, mientras pensaba en lo sucedido.

“No, no estoy tan viejo. Sucede que el muchacho creció y ha aprendido mucho. Voldemort no lo tendrá tan fácil como él cree."

- Te arriesgaste mucho en esa jugada, Potter, pero fue buena. Conseguiste lo que muchos no consiguieron en años.

- Y no morí en el proceso- comentó aquel, observando la quemadura y el pote de ungüento semivacío -. Creo que voy a ir a buscar más de esto...

- La próxima vez tendré en cuenta lo que dijiste- advirtió Snape.

Harry sonrió antes de salir por una puerta lateral.

- Espero por mi bien que la próxima vez estemos luchando del mismo bando.

En la salita contigua, además del mobiliario similar al que había en la otra, había también un armario lleno de potes y frascos. Harry buscó hasta que encontró el que tenía el ungüento que estaba usando. Estaba poniéndose un poco más cuando una cabeza rubia se asomó por una puerta secundaria. Al ver que estaba solo, Draco entró con rapidez.

- Harry...¿Estás bien...?- preguntó, preocupado.

Bastante difícil para él había sido contemplar el enfrentamiento anterior, ver que los dos habían resultado un poco lastimados y sin poder siquiera acercarse cuando los otros estaban cerca. Hizo un gesto de desagrado al ver la quemadura en la piel morena.

- Eso debe doler.

- Un poco, sí... ¿Cómo te fue?

- Creo que lo hice bien. Kennard es muy bueno- dijo tan sólo.

Durante un segundo se contemplaron buscando las palabras adecuadas.

- No iba a enfrentarme a ti- dijo al fin Harry.

- Tampoco yo. No resisto la idea de hacerte daño.

- Pero tuve que machucar un poco a tu padrino- comentó Harry sonriendo.

- Y él te chamuscó un poco...- Draco avanzó para inspeccionar un poco mas de cerca la quemadura, cosa que resultaba sencilla porque Harry tenía la túnica y la camisa abierta para poder colocarse la pomada -. ¿Puedo...ayudarte con eso...?

Harry le extendió el pote en silencio. Con la presencia de Snape en medio, hacía varios días que no se veían y estaba anhelando cualquier contacto, por mínimo que pudiera ser.

Draco tomó un poco del ungüento y deslizó los dedos con delicadeza sobre la piel enrojecida y caliente.

- Ow.

- Lo siento…- la mano suavizó todavía más su toque esparciendo la mixtura fresca -. ¿Aún duele...?

- Muchísimo- dijo Harry, mintiendo descaradamente.

Los ojos grises apenas se entrecerraron, con un brillo voraz. Se irguió apenas hasta que su rostro quedó a la altura del otro.

- Creo que puedo hacer algo al respecto... una medicina más efectiva...- comentó, rozando apenas los labios que tenía enfrente -. ¿Mejor?

- No tanto.

- Quizás la dosis tiene que ser más fuerte...

Esta vez, los labios se unieron con más decisión; como siempre, la lengua de Draco recorrió seductoramente el labio inferior de Harry antes de intentar introducirse en su boca, sólo que en esa ocasión, se separó antes de hacerlo.

- Eso casi dio resultado...- murmuró Harry, que se había quedado esperando más -. Creo que necesito tratamiento intensivo...

- Si tú lo dices...

Para entonces, ya ambos se habían olvidado del ungüento, de la quemadura y de todo el resto. Con la necesidad de todos esos días sin verse, Draco lo acercó hacia sí, para devorar esos labios que habían estado ofreciéndose desde el principio, y tuvo la respuesta adecuada.

Cuando las manos pálidas le aferraron la cintura para acercarlo, Harry no lo pensó por un segundo, se dejó guiar y le echó los brazos al cuello, disfrutando al sentir la húmeda invasión en su boca y enredando su propia lengua en respuesta.
- Potter, ¿dónde diablos pusiste mi...? ¡ME LLEVA EL DIABLO!- gritó Snape, al entrar de improviso en la salita y enfrentar la escena.

El efecto de la voz fue electrizante y la consecuencia inmediata: Harry retrocedió un par de pasos, Draco hizo otro tanto y ambos enfrentaron a un estupefacto Profesor de Pociones que se había quedado sin palabras apenas por un segundo.

- ¿Qué demonios significa esto...?- preguntó, tratando de retomar la calma, sin conseguirlo.

En vista que Harry estaba muy cercano al infarto y no hubiese podido pronunciar ni una sílaba, Draco tomó aire para enfrentar eso. Por una parte le correspondía, el mago furibundo que estaba a punto de convertirse en asesino, era su padrino.

- Nos estábamos besando- dijo, lo más calmadamente que pudo.

- No, no estabas besando a Potter. Eso fue una visión causada por el impacto del duelo- dijo Severus, intentando una explicación lógica.

- No, Severus- con un gesto de su varita, Draco hizo lo que debió hacer en un primer momento, cerrar las puertas para que nadie interrumpiese -. No fue una visión. Harry y yo nos estábamos besando.

- ¿¡Harry!? ¿Desde cuándo es 'Harry'? Solía ser 'Potter' o 'Caracortada'...

En ese instante, Harry volvió a encontrar su voz para intervenir.

- Profesor, nosotros...

- ¡Cállate, Potter!

- No le hables así- esta vez, la voz de Draco fue seria y terminante. Tanto Harry como Snape lo miraron sorprendidos y todos parecieron tomarse unos segundos para pensar.

- Supongo que ahora te das cuenta por qué insisto en ocultarlo ¿no?- preguntó Harry, un poco dolido por la reacción de su ex profesor.

- Eso demuestra que puedes pensar un poco- interrumpió Severus y se dirigió a su ahijado -. Draco, no estás pensando bien las cosas... ¿Sabes lo que va a pasar cuando tu padre se entere de esto, como sin duda alguna va a enterarse?

- Puedo imaginarlo... Sus sueños de un buen matrimonio y un heredero Malfoy...

- Si sólo fuese eso... ¡Es Potter, por Dios Santo! Podrías estar acostándote con un troll, a él no le importaría, y a mí francamente tampoco, pero esto no podrá aceptarlo nunca.

- A mí me importa un condenado demonio si lo acepta o no. Me costó mucho desprenderme de su dominio, Severus. Me costó dolor y sacrificios, tú lo sabes mejor que nadie, y no voy a permitir que vuelva a arruinar mi vida.

En ese puntoDraco tenía razón. Severus sabía muy bien todo lo que su ahijado había pasado para librarse de la influencia de Lucius y estaba agradecido por eso. Alejarse de ese hombre a instancias de Narcisa había sido fundamental, lo había mantenido alejado del alcance de Voldemort y sus Mortífagos. Además, aunque le costara aceptarlo, ése era el cambio que había notado en Draco desde que había llegado, unos días antes.

El muchacho solía ser casi tan reservado y distante como Lucius en algunas ocasiones, pero ahora estaba... alegre. Se entusiasmaba con cosas que hacía mucho no hacía y en eso, ahora Severus podía captar la influencia del espíritu entusiasta de Harry. Cayó en la cuenta de muchas cosas que tenían sentido: aquellos sutiles movimientos de Harry durante el examen de Pociones, el dominio que había exhibido durante el combate con el alemán, y ese inobjetable modo de sacarlo de quicio antes del duelo, algo que sin duda había aprendido de Draco.
- Maldición... Tu padre va a asesinarlos a los dos...- masculló.

- Espero que no lo intente- dijo Harry, súbitamente -. No me gustaría que Draco se convirtiera en huérfano por mi culpa.

Los tres se quedaron en silencio de nuevo hasta que Snape volvió a hablar.

- ¿Quién mas lo sabe?- se volvió al joven moreno -. Supongo que otros dos mosqueteros...

Harry negó con un gesto.

- No, nadie lo sabía hasta hoy.

Snape no sabía que hacer. Ya no eran niños con quienes estaba tratando, no podía simplemente apartarlos y castigarlos por idiotas. Además, él mismo no podía ponerse de ejemplo en ningún aspecto.

- Malditos Gryffindor... ¿Qué es lo que los hace así de atractivos...?- se preguntó, en un susurro desesperado, pensando en su propia situación.

Nada, no podía hacer nada, salvo callarse.

- Padrino, yo sé que eres amigo de mi padre- intervino el rubio -, pero necesito que mantengas esto en secreto. Te lo ruego.

Snape se quedó sin aire. Se preguntó si Draco tendría alguna idea de la clase de relación que tenía con Lucius, pero un leve vistazo al rostro de su ahijado le reveló que no. Al menos la parte más escabrosa de su relación no estaba en su conocimiento, y si de él dependía, nunca iba a saberlo.

- Tarde o temprano va a saber. Todos van a enterarse, de una u otra forma.

- Seguro, pero no por ahora- dijo Harry.

- Voldemort quiere tu cabeza, Potter, y ahora querrá la de él también.

- Voldemort ya quiere mi cabeza, Severus- intervino Draco -. No soy tan inocente... ¿O acaso crees que no puedo imaginarme por qué mi padre apareció hace días? ¿Para saludarme...? No, lo hizo porque Voldemort no puede aceptar que el hijo de uno de sus seguidores sea Auror...

También en eso tenía razón. Viendo que no le quedaba más remedio que aceptar, Snape giró hacia la puerta. Un secreto más para guardar... El mago adulto pensó por un instante que el día que pudiese dejar salir todo lo que guardaba en su interior, no alcanzarían los Pensaderos del Mundo Mágico para contener la marea de secretos que contenía su cabeza; pero ése era uno que guardaría con su vida para proteger a su ahijado.

“En fin, un secreto más, un secreto menos...” pensó, al tiempo que manoteaba el picaporte de la puerta para intentar salir.

- Ábreme, Draco; no me hagas tener que romper tus patéticos hechizos... Y por lo que más quieran, si van a seguir besándose al menos cierren bien las jodidas puertas.

Salió de la salita y las puertas se cerraron tras él. No necesitaba demasiada imaginación para adivinar que detrás de ellas, los dos muchachos habían retomado la actividad que él, tan inoportunamente había interrumpido.

 

 

Capítulo 15

Los dos días que siguieron a esos acontecimientos, fueron los más angustiantes que habían pasado desde que habían comenzado los exámenes porque si bien aquellos habían finalizado, todavía les restaba aguardar la puntuación final. Cuando el promedio no superaba un mínimo requerido, debían volver a cursar la asignatura en la cual hubiesen obtenido menos puntuación.

Los resultados iban a estar listos por la tarde, de manera que llegado el momento, Ron, Hermione, Harry y Remus se encaminaron a la Academia de Aurores.

Remus tuvo que enojarse muy seriamente para impedir que Sirius los acompañara, porque incluso bajo su forma de animago, el riesgo de ir a meterse en medio de todos esos Aurores era un desatino enorme.

Por fin arribaron al recinto donde tenían que esperar; un murmullo expectante era lo único que se escuchaba. Casi había anochecido cuando un bastante envejecido pero siempre vigente Alastor Moody salió de uno de los recintos principales y se acercó a la cartelera para sujetar el papel con los resultados. Apenas una mirada entre Harry y Remus fue suficiente para comprenderse; si Sirius hubiese estado ahí, ni siquiera su forma de animago lo hubiese salvado del ojo mágico de Ojoloco.

En cuanto se quitó del camino, todos se abalanzaron sobre la lista. De manera esperada, Hermione encabezaba la puntuación en la División Investigaciones, en tanto en la División de Choque, Miranda Freeman, la chica pelirroja, tenía el primer lugar, seguida por Draco, y en tercer puesto venía Harry, seguido por Ron y luego el resto de los estudiantes.

Luego de asegurarse que había leído bien, Harry se volvió para recibir las calurosas felicitaciones de sus amigos y de Remus, que estaba tan contento como si fuese hijo suyo. A pesar de lo contento que estaba, Harry trataba de dar un vistazo hacia donde estaba Draco. Intentaba saber si estaba solo o si Snape había podido quedarse con él.

Resueltamente, se dijo que si estaba solo, iría con él y dejaría que todo se lo llevase el diablo y todos se enteraran de una buena vez. Pero Draco no estaba solo, Severus estaba con él y a pesar de que eso cortaba su decisión, Harry se sintió contento por él. Al menos tenía la compañía de alguien que en realidad se interesaba por su bienestar. Fue apenas un segundo en que su vista se cruzó con la mirada gris y se desvió al instante. Draco habló algunas palabras con Snape y aquel lo miró ceñudo, negó un par de veces y al final asintió; entonces el rubio se dirigió a uno de los pasillos mientras el adusto profesor se encaminaba hacia el grupo donde estaba Harry.

- ¿... Qué te parece, Harry?- preguntó la voz entusiasmada de Hermione -. ¡Harry, te estoy hablando!

- Perdón... ¿Qué decías?

- Tenemos que ir a celebrar. Podemos ir a cenar a algún lado; además, tengo que ir a informar a mis padres.

- ¡Cielos! Tengo que avisarle a mamá, se va a enfurecer si la primera noticia no le llega en la próxima media hora- dijo Ron, con una sonrisa -.Y seguro querrá venir a la graduación.

- Ehm... Está bien, lo que ustedes digan...- concedió Harry sin prestarles demasiada atención.

- Por favor, que sea un sitio donde podamos llevar a Padfoot o me va a volver loco...- suplicó Remus -. Ya vieron la pelotera que armó por no poder venir.

En ese momento, Severus llegó junto al grupo y saludó a todos con un leve asentimiento. Su mirada gravitó sobre el licántropo apenas un segundo más que sobre el resto de los presentes, pero nadie lo notó.

- Granger, felicitaciones... Encabezar esa lista no es asunto fácil.

Hermione se quedó casi paralizada al oír la frase. Lo que menos hubiese esperado era una felicitación de parte de esa persona en particular. El hombre se adelantó para estrecharle la mano en un gesto formal, casi innecesario, pero al hacerlo, cruzó delante de Harry.
- Sanitarios- susurró entre dientes.

Harry tardó apenas un segundo en comprender.

- Yo... Uhmm... Necesito... Ya vuelvo- dijo Harry a modo de disculpa.

"Esto debe ser un capítulo inédito de 'La dimensión desconocida' o algo similar..." pensó Harry mientras caminaba por los pasillos. "Snape cubriéndonos a Draco y a mí para que podamos hablar... Es una locura, sin ninguna duda"

Llegó a la puerta del sanitario y empujó, pero aquella no se abrió.

- ¿Harry...?- preguntó la voz desde dentro.

- Claro.

Entonces sí se abrió, una mano blanca apenas se asomó y lo jaló hacia el interior con un fuerte envión. La puerta volvió a cerrarse, por efecto de un hechizo y también porque el cuerpo de Harry se recargó en ella, aprisionado por otro.

Casi de inmediato, lo atraparon en un beso urgente y apasionado, no del todo inesperado, por lo que con rapidez se plegó a la desesperada necesidad que también lo empujaba.

- Lo hicimos...- jadeó Harry aún dentro del beso, intentando respirar pero sin querer alejarse de ese contacto.

- Lo conseguí... Harry, lo conseguí. A pesar de mi padre, a pesar de todos, lo logré...

Draco estaba en un estado de emoción que Harry no logró comprender del todo, pero sentía que ése era un logro muy importante para el rubio. Algo por lo cual había luchado muy largamente y según había podido dilucidar por la conversación escuchada, algo que Lucius había hecho mucho más difícil de lo que ya era.

Permanecieron abrazados unos cuantos segundos, en silencio, casi disfrutando únicamente el calor del contacto y la cercanía. Al final, Draco se alejó un poco para observar el cálido rostro frente al suyo.

- Quiero que celebremos.

- Claro- respondió Harry, sin dudar un segundo, y al segundo siguiente recordó -. No puedo... Ron y Herm... ellos... ellos quieren celebrar esta noche...

Inopinadamente, Draco casi sonrió, porque había previsto eso también.

- Está bien, Harry. Yo voy a cenar con Severus esta noche, porque él tiene que regresar a Hogwarts mañana por la mañana; pero quiero que pasemos el resto del día juntos.

Harry suspiró aliviado y súbitamente entusiasmado con la idea.

- Perfecto. ¿Quieres que pase por tu departamento?

- No. Nos encontraremos en el sitio donde tuvimos nuestra primera cita. ¿Recuerdas?

- Sí.

- Ahí, entonces... Y, Harry... Lleva ropa ligera.

- Pero... Hace frío, Draco.

- Ya lo sé, tonto...- dijo, revolviéndole el pelo con inocultable deleite -. Pero quiero llevarte a conocer un sitio donde hace calor... Es una sorpresa.
Maravillado, vio los ojos verdes ponerse casi dorados por la idea.

- Has planeado esto desde hace tiempo...- dijo el moreno, complacido.

- Hace una semana casi- se inclinó hacia él para volver a besarlo, lenta y profundamente. Cuando lo soltó, la respiración de Harry era entrecortada -. Ahora, mejor vete antes de que haga un desastre aquí mismo.

- Bueno... Si me dejas, me voy...- dijo el muchacho, intentando girar dentro del apretado círculo que delimitaban los brazos del rubio, su cuerpo firme y a sus espaldas la puerta.

- Oh, claro- separándose un par de pasos con verdadero esfuerzo -. Mañana al mediodía.

- Al mediodía- confirmó y salió.

Se tomó algunos minutos extra antes de regresar al salón donde seguramente lo esperaban. No podía volver tan agitado y acalorado como estaba. Era como ponerse un acusador cartel luminoso en la cabeza y no necesitaba eso de ningún modo.

Cuando regresaron a la casa, encontraron a un Sirius impaciente y todavía medio furioso. Impaciente por saber los resultados y aunque se le había pasado el enojo por no haber podido acompañar a Harry, estaba medio furioso porque Dumbledore se había comunicado con él y les había pedido que regresaran a Grimauld Place en forma urgente.

Una vez que hubo felicitado a todos, le comunicó la noticia a Harry y luego de conversarlo con Remus, decidieron no regresar hasta el día siguiente, seguramente Dumbledore podría esperar unas horas más. Eso, si bien allanaba el camino de Harry para salir, no dejaba de entristecerlo. Veía a su padrino con muy poca frecuencia y jamás sabía cuanto tiempo iba a transcurrir entre una visita y otra.

Sirius no dejó que la noticia enturbiase la noche y prácticamente los arrastró hasta un restaurante donde él también podía estar sin necesidad de convertirse en perro.

La noche transcurrió mucho más rápido de lo que todos hubiesen querido.

~o0o~

- Por favor, Sirius, ten cuidado...- pidió Harry, luego de abrazar al hombre -. Por lo que más quieras, haz un esfuerzo y escucha a Remus de vez en cuando.

- Eso no sería un esfuerzo, sería un milagro- comentó Remus, sonriendo.

- Es un complot...Todos están en mi contra y te protegen, Remus... - protestó Sirius, en broma, pero luego se puso serio y volvió a abrazar a su ahijado -. Te quiero, Harry, recuérdalo.

- Lo sé... Ya váyanse.

Sirius asumió su forma canina y Remus abrió la puerta para permitirle salir. Con un último ladrido de despedida, el perro negro corrió a través de la calle solitaria. Todavía estaba oscuro y la penumbra del amanecer amparó su carrera. Remus también abrazó a Harry y segundos después desaparecía del porche.

Cuando cerró la puerta tras él, Ron y Herm lo esperaban en el vestíbulo.

- Ven con nosotros, Harry- pidió Herm.

- De ningún modo, no es adecuado.

- No digas tonterías, compañero... Vamos, ayúdame en esto...- pidió Ron también.

- No quiero que te quedes solo, Harry.

Hermione no se sentía bien al dejar a su amigo solo en la casa, luego de haber despedido a las únicas personas que consideraba su familia.

- No será la primera ni la última vez, Herm. Y no puedo ir con ustedes. Ron va a hacer su primera visita a tus padres como novio y yo no tengo nada que hacer ahí...- trató de sonreír con entusiasmo -. Ése es un paso que tiene que atravesar solito.

- Eres un mal amigo...- bromeó Ron -. ¿Estás seguro que estarás bien?

- Estaré bien. Creo que voy a salir... Iré a visitar a alguno de nuestros antiguos camaradas... Quizás vaya a ver a Neville... No lo sé, pero no voy a quedarme en la casa, eso es seguro; así que ya váyanse también ustedes y déjenme dormir un rato más.

No se sentía bien mentir de esa forma, pero se consoló diciéndose que no era del todo mentira lo que estaba diciendo. Sí iba a salir después de todo, y sí iba a verse con un antiguo conocido, lo de camarada era discutible, pero sí era conocido.

Resignados, Ron y Herm se despidieron de él y desaparecieron también.

Una vez a solas, Harry iba a regresar a la cama, pero decidió quedarse despierto, no quería correr el riesgo de quedarse dormido y llegar tarde.

"Soy un cretino. Debería estar sintiéndome fatal por la partida de Sirius y en lo único que puedo pensar es en ir a encontrarme con Draco... Y les mentí de esa forma a Ron y Herm... Cielos, soy un maldito condenado."

Y de hecho, sí se sentía un poco melancólico, pero decidió que no podía hacer nada al respecto. Aunque los otros supieran lo que iba a hacer durante el día, igualmente Sirius hubiese tenido que marcharse con Remus, y tanto Herm como Ron hubiesen tenido que salir también; así que lo único objetable eran las mentiras que decía.

"Es decir, no soy un maldito condenado, sino un jodido mentiroso... Bien, es un avance. Y no tiene caso que también me mienta a mí mismo. Sí me muero de ganas por ir a encontrarme con Draco, qué diablos."

Un poco más aliviado con esos pensamientos, se dedicó a elegir la ropa que se iba a poner, sin olvidar la recomendación recibida.

~o0o~

A mediodía, cuando apareció en el lugar acordado, como de costumbre Draco ya estaba allí esperándolo, y lo recibió tal como siempre; rodeándolo en sus brazos y con un beso tierno y breve.

Hacía bastante frío, por lo cual ambos estaban totalmente cubiertos de ropa, pero aún así, Harry notó que Draco tenía colgando del hombro el estuche de su violín y eso lo entusiasmó. Le encantaba verlo tocar. Y esa era la expresión correcta, porque como entendía bastante poco de música, se dejaba arrastrar por la arrebatadora visión del joven arrancando melodías del instrumento.

- Mmm... Llegaste temprano, Harry...- comentó, husmeando dentro del cuello de la ropa del otro para depositar un beso leve y aspirar el perfume que tanto le gustaba.

- Para que no empieces el día regañándome.

- Buena idea. ¿Estás listo?

- Sip... ¿Dónde vamos?

- Es una sorpresa, tú cierra los ojos y deja que te lleve. Hice un Traslador... ¿Dónde lo puse...? Oh, aquí. No veas.

- No veo- dijo cerrando los ojos.

Segundos después, sintió el familiar tirón y tuvo que esforzarse por mantener los ojos cerrados, pero Draco lo había abrazado con fuerza por la cintura y no tuvo que hacer equilibrios para mantenerse en pie cuando el Traslador los dejó en el lugar elegido.

Antes de abrir los ojos, notó que el aire había cambiado porque era cálido. Seguían bajo el sol, pero ahora éste iluminaba con fuerza y el viento le trajo el inconfundible olor marino. Abrió los ojos para encontrarse en un promontorio, una saliente rocosa que dominaba una extensa playa de arena blanca. Mas allá, el mar, azul, increíblemente azul, apenas ondulaba emitiendo un rumor grave y lejano.

Harry había estado en algunas playas en Inglaterra, pero eso no era Inglaterra, no podía ser, el mar nunca era de ese color, ni tampoco la arena. Por unos segundos sólo pudo observar atónito hasta que volvió a encontrar su voz.

- ¿Dónde estamos?

- Algún recóndito lugar en Nueva Zelanda, parte de las propiedades Malfoy.

- No vas a decirme que tienen una isla propia...

- No que yo sepa, pero de mi padre podría esperarse una excentricidad por el estilo. Esta es una playa privada.

- ¿Quiere decir que nadie viene aquí, salvo ustedes?

- Correcto. Allá...- dijo, señalando tierra adentro -, del otro lado de las rocas, está una de nuestras mansiones de veraneo.

- ¿Y todo esto es tuyo...?- seguía preguntando Harry, atontado.

- No, Harry. Es de mi padre. Hasta que yo cumpla los veintiuno, en ese instante podré disponer de mi parte de la herencia, a menos que algo le ocurra a mi padre, en cuyo caso todo pasaría a mi nombre.

- Oh- y eso fue lo único que el moreno pudo decir antes de volver a desviar la vista hacia el mar.

- ¿Quieres ver mi lugar favorito...?

- Por supuesto.

Una vez más el Traslador los dejó en otro lugar (*), esta vez mucho más cercano a la playa, donde un bosque de árboles similares a pinos brindaban una sombra fresca y reparadora. Aún dentro de los brazos del rubio, Harry no se movía, temeroso de romper el encanto del lugar con un movimiento brusco. Una ráfaga de viento se filtró entre las ramas y produjo un agradable ulular que se mezcló con el sonido del mar.

- ¿Te gusta?- preguntó Draco, cerrando aún mas el círculo de sus brazos en torno a la cintura de Harry, estrechándolo contra sí.

- Es... es increíble... Nunca creí que pudiera existir un lugar así...- giró dentro del abrazo y en esa ocasión fue él quien buscó los labios de Draco y los saboreó durante largos segundos -. Quedémonos aquí...

- Es la idea- dijo el rubio, contento con la aceptación de su sorpresa y sacó algunas cosas de sus bolsillos, comenzando a hacerles recuperar el tamaño normal.

Mientras, Harry estaba quitándose rápidamente la capa, la túnica, el suéter, en suma, toda la ropa que había sido totalmente necesaria en Londres, pero que aquí estaba de más. Al final, se quedó con una camisa blanca y los pantalones de tela cruda que, en el momento de ponérselos, le habían parecido demasiado livianos, pero que ahora evidenciaban ser lo correcto; y por supuesto, descalzo. Aún así, tenía calor. Se subió las mangas hasta los codos y desprendió los primeros botones de la camisa.

"Uf... Así está mejor."
Se alejó un poco entre los pinos, escuchando el sonido del viento entre las agujas, y respirando maravillado el perfume de la madera.

Cuando Draco terminó lo suyo, procedió a hacer lo mismo que Harry, librarse de la ropa extra, quedándose con una camisa blanca y pantalones color verde profundo. Buscó con la vista a Harry y cuando lo vio caminando entre los árboles, con la ropa suelta, descalzo, el viento removiendo un poco caprichosamente el cabello oscuro, se quedó sin aire. Era en esos momentos cuando se decía que era un sueño, que en cualquier momento iba a despertar en la horrible habitación que tenía en Alemania y que estaría solo y entristecido. Era en esos momentos en los que no podía entender que alguien como Harry estuviese con él.

Pero no era un sueño. Harry se sintió observado, se volvió hacia él y sonrió. Draco parpadeó, mareado por el efecto de esa sonrisa, sabiendo que debía tener la cara de idiota más impresionante de la historia, pero sin querer o poder hacer nada para evitarlo.

Harry regresó junto a él y se sentó a su lado, inconsciente del efecto hipnótico que causaba en el rubio, y miró hacia el mar.

- Draco... ¿Por qué me trajiste aquí...?

La pregunta consiguió sacar al otro joven de su ensimismada contemplación y se sentó mas cerca de él, atrayéndolo hacia su cuerpo.

- Porque este es uno de los pocos lugares donde siempre me sentí libre y feliz- admitió -. Porque lo tengo asociado a recuerdos felices y quiero que la próxima vez que recuerde este lugar, tú estés dentro del paisaje.

Harry se mordió los labios para no hacer ninguna de todas las preguntas que se le vinieron a la cabeza. Estaba empezando a comprender que el hombre que tenía a su lado hablaba cuando se sentía cómodo y las preguntas era algo que lo ponían en guardia e incómodo, así que dejó que el silencio se extendiese hasta que el otro quisiera.

- Mi padre odia la música- dijo Draco al cabo de unos minutos -. Y odiaba que mi madre hubiese incentivado en mí el gusto por aprenderla... Puso hechizos y conjuros en las habitaciones de casi todas nuestras mansiones, le avisaban si yo estaba tocando; entonces él...

Se detuvo en medio de la frase, y aunque no la terminó, Harry adivinó que el final no era agradable, porque hubo una detectable tensión en los brazos que lo sostenían.

- Así que un día descubrí este lugar. Aquí podía venir y tocar el violín todo el día sin que nadie se enterase. Aunque el viento sople tierra adentro, las rocas absorben el sonido y la música nunca llega a la mansión... Es el sitio perfecto.

Hubo otro espacio de silencio antes que Draco volviese a hablar. Lo hacía casi en susurros, pero la atmósfera era tan plácida que no hacía falta que hablase mas fuerte.

- La época de vacaciones era asfixiante para mí... Me ahogaba en las habitaciones cerradas, los salones vacíos. Cuando volvía a Hogwarts, buscaba algún aula vacía, le ponía todos los conjuros que podía y me encerraba noches enteras a tocar. Creo que Dumbledore lo sabía, pero nunca dijo nada.

"Y yo nunca lo supe" pensó Harry para sus adentros. "Siempre pensé que eras un bastardo arrogante y frío... ¿Pude haberme equivocado tanto?"

- Mi padre siempre controla todo, él es así... Todo tiene que ser como él quiere, del modo en que a él le gusta. Así que yo lo intenté... Intenté ser como él quería y me convertí en un perfecto imbécil, un cretino petulante que sólo conseguía que lo detestaran...

Ahora la voz se oía quebrada y Harry no resistió eso. Antes que él pudiera continuar, se dio la vuelta y se lo impidió, tapándole la boca con la mano.

- Esos recuerdos no son agradables... Te hacen daño y no quiero que estés triste. Háblame de este lugar, de lo feliz que te sentías aquí... No, mejor no hables... - impulsivamente, se puso de pie y fue hasta el estuche del violín. Lo trajo y lo puso en las manos del rubio -. Toca algo de lo que tocabas cuando venías aquí, algo que te guste mucho... Por favor, Draco; regálame una música muy alegre.

Draco estaba haciendo un enorme esfuerzo para disolver la garra de acero que le oprimía la garganta, no quería perder el control delante de Harry. Sin querer, había dejado escapar algunos de sus recuerdos más dolorosos, cosas que nunca había admitido con nadie, y extrañamente, eso lo hizo sentir mejor.

Cuando el moreno le trajo el instrumento, suspiró con alivio. Cierto, no necesitaba seguir hablando si podía tocar, y lo haría con mas entusiasmo porque Harry se lo había pedido. Asintió sin hablar, no estaba muy seguro de tener el completo dominio de sus cuerdas vocales en ese momento. Durante los minutos que siguieron, Draco hizo su mejor esfuerzo de interpretación y la música se mezcló maravillosamente con todos los sonidos de la naturaleza que los rodeaba.

Como si hubiese sido planeado, pareció que el viento hizo la brisa más suave y el rumor del mar se atenuó para que las notas claras y vibrantes del violín se escucharan con más nitidez. Harry había tenido la intuición correcta, porque la tensión que se había formado en el rostro del rubio hasta ese momento, empezó a disiparse con los primeros acordes, y a medida que la pieza avanzaba, desaparecía más y más, hasta que por fin, el semblante fue de nuevo claro y calmado.

Fascinado por el efecto y la imagen, Harry observaba, embobado; entonces, Draco abrió los ojos y sonrió. Con deliberada lentitud, dejó el violín en el estuche, y volvió al lado del moreno; lo tomó en sus brazos y se dedicó a dejar que fueran sus labios los que expresaran todo el agradecimiento por haberlo arrancado de esa angustia. Con algo de sorpresa, notó que esta vez no había respingos sobresaltados, ni bruscos movimientos para alejarlo; pero no quería cometer de nuevo el mismo error. El día era perfecto y no iba a arruinarlo por volver a actuar haciendo caso a la cabeza en la que no tenía neuronas. Como para reforzar esa decisión, hubo un gruñido extraño.

- ¿Eso fue tu estómago, Harry?- preguntó burlón, separándose, y vio que el otro muchacho asentía, un poco cohibido.

- No he comido nada desde anoche... Es que la mañana fue un poco ocupada...

- Podemos solucionar eso- replicó y se ubicó en la manta que había extendido bajo la sombra, donde había acomodado también la canasta con las provisiones.

Harry iba a ir hacia él, para ayudar, cuando volvió a mirar el mar, tan extraordinario que era una invitación.

- ¡Draco!- exclamó de pronto.

- ¿Qué? ¿Qué pasa...?- el rubio se volvió a mirarlo con un poco de alarma.

- El mar está ahí...

- Sí, Harry, está ahí desde que vinimos; y creo que planea quedarse- se sentó, un poco más tranquilo -. No vuelvas a hacer eso... Casi me da un infarto.

- Gracioso. Me refería a que el mar debe estar maravilloso, el agua debe estar...

- Fría. Helada, para más datos.

- De ningún modo... Debe ser... Vigorizante; sí, ésa es la expresión justa... Vamos a nadar, después comemos- entusiasmado, se inclinó hacia su compañero y lo tomó por la mano para ayudarlo a levantarse, pero Draco se resistió.

- No, Harry. No quiero nadar.

- Vamos, quiero nadar y no quiero ir solo...- tironeó un poco, sin resultados -. Mira, el sol está espléndido, te hará bien...

- Harry... Espera un poco... ¡Harry!- Draco tiró con tanto ímpetu que Harry terminó de rodillas a su lado. Con una media sonrisa, el rubio enfrentó el gesto algo contrariado -. Mírame, Harry... ¿Me veo como alguien a quien le gusta tomar sol?

Harry observó la perfecta piel blanca, tan traslúcida.

- Pero te gusta la playa...- insistió, no obstante.

- Sí. Me gusta el mar, me gusta la arena y la playa... Y me gusta este lugar porque hay hermosos árboles que dan una espesa y magnífica...- expectante, dejó la frase a medio terminar, esperando que Harry la comprendiera y completase.

- ¿Sombra...?- murmuró aquel.

- ¡Exacto!

- Entonces podríamos esperar a que anochezca y nadar bajo la luz de la luna...

- Eso tampoco sucederá.

- ¿Y por qué no?- preguntó Harry, ya un poco molesto.

- Porque... Bueno... Porque no sé nadar- admitió al fin, mortificado cuando vio la sonrisa estirándose en el rostro de Harry -. No te burles de mí, Harry; te lo advierto...

- No me burlo- pero la sonrisa se hizo aún más amplia -. Muy bien, admitamos por un instante que el gran Draco Malfoy tiene un pequeño defectito y no sabe nadar... Igual puedes acompañarme hasta la orilla, anda... Vamos...

- La terquedad Gryffindor puede ser exasperante...- gruñó Draco, pero Harry no lo dejó en paz, como no podía levantarlo por el brazo, se acercó para tironear desde la cintura, y en el movimiento hizo un descubrimiento más, porque el rubio se retorció un poco y frunció el ceño.

- Tienes cosquillas...- dijo, soltándolo por un momento.

- No tengo.

- Sí tienes, yo te vi... Y no vayas a salir con una idiotez como: 'Los Malfoy no tenemos cosquillas' porque no es cierto...

- Harry, te juro que si te acercas te voy a echar un maleficio.

- Que miedo tengo.

- Deberías- intentó sonar amenazante con escasos resultados.

- Y adivina qué otra cosa no tengo y tú tampoco.

- ¿Qué cosa?

- Varitas mágicas- contestó, dándole tiempo para tantearse desesperadamente y descubrir que la había dejado en el bolsillo de la túnica que se había quitado.

Sin esperar otra cosa, Harry se zambulló sobre él, deslizando las manos por los flancos del cuerpo, en los lugares donde había descubierto la reacción.

El único inconveniente, es que Draco descubrió, al intentar quitárselo de encima, que Harry también tenía cosquillas, y durante unos minutos, los dos cuerpos se retorcieron en el suelo, sin darse por vencidos, hasta que de común acuerdo tuvieron que parar, porque ya no podían más.

Casi como de costumbre, Harry había quedado de espaldas en la manta y Draco sentado sobre sus piernas para impedirle moverse, pero aún así, aquel pudo contemplar por una vez que el rostro de Draco tenía un leve matiz rosa, los ojos brillaban de manera esplendorosa, el cabello, fino y resplandeciente, estaba alborotado, y coronando todo eso, la sonrisa era tan amplia, que se quedó mirándolo por unos segundos.

El joven rubio tenía la risa grave y profunda, y Harry cayó en la cuenta que salvo aquella breve carcajada la noche en que se había besado por primera vez, nunca lo había oído reír de manera tan abierta y despreocupada.

- Dios...- murmuró, extasiado, sin poder evitar llevar su mano hacia esa piel sedosa para acariciarla -. Deberías reír mas seguido... ¿Sabías?

- Hay que tener motivos para poder reír, Harry... Y solamente ahora tengo uno.

Draco se inclinó para poder besarlo por unos segundos. Luego, suspirando, se quitó de encima de sus piernas y lo ayudó a levantarse.

- Y ahora, si quieres ir a nadar, ve a nadar. Yo prepararé las cosas para almorzar y te esperaré aquí, sentadito a la sombra.

- ¿Ni siquiera tienes curiosidad por saber si puedes...?- insistió mientras recuperaba su varita de entre el montón de su ropa -. Yo podría enseñarte…

- Los Gryffindor son los curiosos.

- Indagadores.

- Tercos.

- Perseverantes.

- ¿Nunca te quedas callado?

- Nop.

- ¿Siempre debes tener la última palabra?

- Sip.

- Lárgate.

- OK- dijo Harry, sonriendo mientras se encaminaba hacia la arena.

Había unos cien metros de playa blanca antes de llegar al mar, pero Harry se había alejado solamente unos veinte pasos cuando se quitó la camisa para poder disfrutar del sol, haciendo que a la distancia, Draco se preguntase si esa piel color canela sería tan sedosa como parecía bajo esa luz brillante, si el juego de los músculos en movimiento se vería igual bajo la luz de una habitación iluminada por velas.

Antes de llegar al agua, Harry se detuvo y dejó la camisa sobre la arena. Apenas miró por encima de su hombro, sólo para cerciorarse que sí lo estaban observando, y se quitó los pantalones, quedándose con unos boxers de color claro. No había previsto llevar ropa de playa, así que tendría que arreglarse con eso.

Boquiabierto, Draco seguía mirando y deseando con todo fervor que a Harry le gustase le idea de bañarse desnudo, pero al tiempo que lo pensaba, sabía que no sería así. Quizás demasiados remanentes de sus años de vida entre muggles, le habían hecho muy pudoroso con respecto a su propio cuerpo. Tuvo razón, usando la ropa interior como bañador, Harry se metió en el agua, dio un par de saltos con las primeras olas y después, resueltamente, se lanzó entre la espuma.

"Quita tus ojos de ahí... Por amor a Dios, Draco, regresa a la tierra." pensó el joven. "Necesito aprender a nadar. Sin ninguna duda".

Durante el tiempo que Harry permaneció en el agua, pudo concentrarse en preparar lo que iban a comer y luego volvió a contemplar el paisaje, que no era precisamente el mar.

Luego de unas cuantas idas y vueltas, Harry regresó a tierra. Desde lejos, Draco vio que con su varita convocaba un chorro de agua dulce para quitarse lo salobre del mar y poder vestirse de nuevo; y maldijo en todos los idiomas que conocía haber olvidado los Omniculares (**) cuando Harry sí tuvo que quitarse la ropa interior para vestir los pantalones secos. Con los arrugados boxers en una mano y la camisa colgando sobre un hombro, lo vio regresar hacia la sombra donde él estaba y tuvo que hacer un gran esfuerzo para quitar la cara de estúpido arrobamiento que sin duda tenía.

Exhausto, llegó junto a él, lo miró sonriente y extendió la ropa en un arbusto para que se secase. Mientras lo hacía, le llegó la voz de Draco.

- ¿Recuerdas aquello que dijiste acerca de lo peligroso que es jugar con fuego...?

Evidentemente Harry lo recordaba, porque antes de volverse hacia él, volvió a ponerse la camisa. Entonces sí, giró un poco ruborizado, pero Draco no supo si era por el sol o por haber comprendido su pequeña advertencia.

- El agua sí estaba un poco fría- admitió Harry al fin, para iniciar alguna conversación diferente.

- Te lo dije.

- Pero igual fue fantástico- se dejó caer en la manta y miró con gesto ávido todo lo que había dispuesto para comer -. ¿Vamos a comernos todo esto?

- Probablemente, tengo bastante apetito, y según veo tú también, así que adelante.

Había mucho de todo y cervezas frías. Después de tanta actividad, Harry estaba sediento y hambriento a mas no poder, pero parloteó durante todo el almuerzo y Draco lo miraba comer y hablar, sin darse cuenta que él mismo comía con un apetito fuera de lo común en él.

Al terminar, Harry gateó por encima de los restos de cosas, sin preocuparse por levantarlas, y se acomodó cerca de Draco buscando apoyo, y por supuesto fue más que bienvenido.

- ¿Qué vamos a hacer ahora? Quiero decir... Ya nos graduamos, supongo que empezaremos a trabajar en el Ministerio de inmediato- dijo Harry.

- Creo que sí. Los últimos ataques fueron peligrosos y había pocos Aurores dispuestos a enfrentar a los Mortífagos. No los culpo, pero creo que los Aurores viejos no tienen mucha conciencia de lo que puede significar este resurgimiento.

- No la tienen porque no serán ellos los que tengan que enfrentar a Voldemort- dijo Harry calmadamente -, pero a mí no me queda mas remedio que verlo.

La resignada aceptación de ese hecho hizo que Draco sintiera un escalofrío, pero lo peor de todo fue ver que esa batalla final podría terminar con todo, inclusive con Harry. De pronto, la idea abrió un profundo abismo a sus pies y sin querer, lo aferró con fuerza.

- No te preocupes- dijo Harry -. He estado preparándome para ello desde que tenía once. Supongo que podré hacerle frente. Hablemos de otra cosa.

- ¿Por ejemplo..?- Draco intentó hacer lo que le pedían, pero el temor ya se había implantado en su mente.

- Del infarto que casi le provocamos a Snape... En serio, creí que me iba a echar un Cruciatus, al menos.

- ¿Tengo que decirte lo cerca que estuvimos...?
- ‘Estuvimos’ suena a mucha gente. Yo era el único candidato en esa habitación.

- No te creas. Deberías haber oído todo lo que me dijo cuando llegamos a casa. Memorable, realmente.

- ¿En serio? Nunca imaginé a Snape en papel de padre...

- En muchos sentidos, él ha sido más cercano a mí que mi padre... Pero estaba más que alterado. Imagínate que llegó a preguntarme si se sentía bien haberme tirado al gran Harry Potter.

Al oír eso, Harry se sentó de un salto.

- ¿Eso preguntó? ¿Y no le dijiste que nosotros no...?

- No, no le dije.

- ¿Y por qué no?

- Porque esa frase estaba dicha para que yo reaccionara exactamente como lo acabas de hacer. No le dije nada, así que él no sabe si lo nuestro no pasa de ser un revolcón ocasional.

Harry volvió a acomodarse en su lugar original, pensando.

- Si él reaccionó así, no quiero pensar lo que dirán Ron y Herm...

- Severus reaccionó así por la forma en que se enteró. Quizás si yo le hubiese contado primero, no hubiese sido tan hiriente contigo.

- Tal vez.

- ¿Y has pensado cuándo le vas a decir a tus amigos?

- No, he tenido otra decisión más importante que tomar en estos días.

Esa frase estuvo muy cerca de herir a Draco, pero la voz de Harry sonaba tan seria, que no quiso preguntar más.

De improviso, Harry se levantó y desde arriba miró a Draco con gesto ceñudo.

- Te has pasado todo el rato sentado desde que llegamos. Anda, levántate, vamos a caminar un rato... Y no te preocupes, iremos bajo los árboles para proteger tu hermosa piel.

- ¿No puedes quedarte quieto por más de media hora?

- Sí, cuando duermo estoy quieto- le extendió la mano y esperó.

Al final, derrotado, Draco la tomó y se levantó para acompañarlo.

~o0o~

Habían caminado bastante rato; Harry se subió a un árbol, sólo para comprobar que todavía podía hacerlo mientras Draco contenía el aliento y lo miraba desde el suelo. Luego, siempre al amparo de las sombras, treparon casi hasta las rocas más altas, a pesar de que el rubio insistía en que eso podía hacerse apareciéndose allí directamente. Desde ese punto, el paisaje era impresionante, y al girar y ver tierra adentro, Draco le señaló la mansión de la familia.

Aún desde esa distancia se veía imponente, de inmensos jardines verdes, columnas y ornamentos. Harry no hizo ningún comentario pero se preguntó realmente qué tan malo había sido lo ocurrido con su compañero para que quisiera alejarse de todo eso. Para cuando bajaron, esta vez sí con medios mágicos, ya estaba atardeciendo y tenían que volver.

Era de noche en Londres y otra vez hacía frío, pero por suerte el departamento de Draco estaba cálido y reconfortante cuando el Traslador los dejó allí de regreso.

El rubio fue hasta la cocina y dejó las cosas sobre el mueble. Luego las haría recuperar su tamaño normal para poder acomodarlas.

- ¿Un poquito de café antes de volver a casa?- preguntó desde allí.

Harry estaba de pie en medio de la sala quitándose la capa y no pareció haber oído.

- Harry... ¿Quieres café...?

- Ehmm... Sí...- se deshizo de la túnica también -. ¿Draco...?

- Dime- contestó aquel trajinando en la cocina.

- ¿Recuerdas cuando te dije que tenía una decisión importante que tomar?

- Sí.

"¿Cómo olvidarlo...? Dijiste que era más importante que hablarle a tus amigos de lo nuestro, y eso casi dolió”.

- Ya la tomé.

- ¿Y cuál es...?

Draco giró hacia él para poder prestarle atención, entonces vio que Harry estaba quitándose también el suéter rojo que había tenido puesto y al hacerlo, el cabello se le alborotó fantásticamente acomodándose alrededor del rostro. Y los ojos verdes lo contemplaron con absoluta calma y confianza.

- No quiero ir a casa esta noche.

Las palabras flotaron un instante en el aire antes de posarse sobre el entendimiento de Draco que apenas consiguió maniobrar para no dejar caer lo que tenía en las manos. Sin quitarle los ojos de encima, se acercó un poco, casi esperando que reaccionara como antes, pero Harry lo esperó de pie, sin moverse.

- ¿Seguro...?- preguntó casi con temor a la respuesta.

El moreno asintió, y sus dedos comenzaron a desprender los botones de la camisa.

- No voy a pretender que no estoy nervioso...- comentó cuando algunos de los botones se resistieron a dejarse quitar -. Pero sí quiero quedarme contigo.

- En ese caso...- Draco avanzó hasta él y con gentileza le quitó las manos de esa empresa que en ese momento era evidentemente demasiado complicada para sus nervios -. Deja que yo me encargue de esto...

Los largos dedos blancos, con total maestría, fueron desabotonando muy despacio la camisa hasta descubrir el torso que ahora tenía un leve matiz rojizo por el sol. Deslizó la prenda a través de los hombros para que cayera al suelo y demoró las yemas en los hombros para luego acariciar esa piel que había admirado desde lejos esa mañana. Las manos se demoraron en la cintura para atraerlo y poder acceder mejor a su boca.

Aceptaron su ingreso con tanta aceptación como durante ese día y sin ningún impedimento, Harry dejó que indagara todo lo que quisiera mientras llevaba sus brazos hacia el cuello del rubio y dejaba que sus manos se enredaran en el pelo platinado y suave. Tampoco hubo rechazo cuando Draco lo afirmó por las caderas y lo atrajo hacia sí, estableciendo un contacto mucho más cercano de lo que habían tenido durante ese día. Harry jadeó suavemente dentro del beso.

- Ven.
La palabra fue un murmullo. Sin soltarlo, sin romper ni por un segundo el contacto, Draco lo guió hacia donde estaba el dormitorio y al llegar al lecho, se sentaron al mismo tiempo. El rubio se alejó apenas un instante para desembarazarse del suéter y la camisa mientras Harry lo miraba sin perder un movimiento. Cuando se dio cuenta de eso, terminó de desabotonarla pero no la quitó y una mirada de invitación bastó para que Harry extendiese las manos y procediera a imitar lo que habían hecho con él. El contacto con la piel sedosa le envió centelleantes chispas de calor a todo su cuerpo.

Tal como había sucedido aquella vez en el bosque de Hogsmeade, Draco volvió a besarlo y luego deslizó una lengua húmeda y cálida a lo largo del cuello a medida que usaba su propio cuerpo para recostarlo con suavidad y poder dedicarse a esparcir pequeños besos siguiendo el recorrido del hueso de la clavícula.

Sus manos no se quedaban quietas y encontraron la cintura del pantalón casi al mismo tiempo que su boca halló un pezón oscuro y ya semierecto. Cuando los dedos se deshicieron del obstáculo del cinturón, los dientes blancos se cerraron sobre su presa, causando un jadeo prolongado.

Volvió hacia arriba, volvió a situarse al nivel de su boca para besarlo largamente una vez más, esta vez colocó su cuerpo sobre el otro, provocando que el contacto fuera pleno a pesar de la ropa que aún tenían ambos. Era fantástico sentir que Harry respondía, que no había mensajes contradictorios en la manera en que casi levantó las caderas para sentirlo por completo al tiempo que entreabría los labios en busca de aire. Ahora sí podía dedicarse a terminar de desvestirlo con seguridad. No pudo resistir la tentación de buscar con su lengua el tembloroso palpitar del pulso en el nacimiento del cuello y una vez que lo tuvo ubicado, sorbió con fuerza, succionó hasta saber que quedaría la huella inconfundible de lo que había hecho.

Sus manos volvieron a recorrer el camino a través del torso y pellizcaron rápida y delicadamente los pezones antes de seguir rumbo hacia la cinturilla del pantalón para arrastrarla a su paso y dejar que sus uñas describieran suaves surcos rojizos en su trayecto.

A un rincón oscuro fueron a dar el pantalón, los zapatos y los calcetines. Antes de terminar de desvestirse él mismo, se irguió un momento. Harry era como una estatua de bronce, magnífica, estructurada y fuerte, las caderas estrechas sólo remarcaban la esbelta constitución del torso, los músculos eran firmes, el abdomen plano y endurecido por los ejercicios constantes. Y en ese momento, el pecho subía y bajaba en una respiración agitada, tumultuosa. Draco resistió con estoicismo el súbito deseo de hundir los dientes en ese vientre para comprobar si era tan firme como se veía.

Se deshizo de su ropa antes de dedicarse a besar, lamer y morder cada centímetro de la piel que tenía expuesta debajo de sí, escuchando con deleite los sonidos que producía cada roce. Su boca ascendió a través del músculo de la pierna y dejó en la ingle una marca similar a la que había en el cuello. Sin embargo, por el momento no tocó ese miembro palpitante y erecto. Metió las manos entre las piernas para separarlas y poder ubicarse entre ellas, consiguiéndolo sin inconvenientes.

Lamió el interior de los muslos, tan tibios, y sintió que el cuerpo se contraía y arqueaba en previsión a lo que seguiría, pero Draco no estaba dispuesto a hacerlo tan rápido, de ninguna manera. Su lengua le dio un pequeño golpecito al glande y todo Harry dio un respingo de placer, pero cuando comenzó a recorrerlo en toda su extensión, la respuesta fue un gemido ronco casi gutural.

Por todos los medios, Harry intentaba respirar, pero parecía que la garganta se le había cerrado, el aire parecía no ser suficiente. Cuando sintió el roce del pelo de Draco entre sus piernas, creyó morir, y cuando por fin se sintió atrapado en la caliente cueva húmeda de su boca, se arqueó sin poder contenerse, intentando entrar más adentro. Sus manos, que habían estado aferrando con fiereza el cobertor, viajaron hacia la cabeza rubia intentando sujetarlo, intentando conseguir entrar más profundamente en esa cavidad.

Consciente de la necesidad en el moreno, Draco no se negó y se dejó guiar, marcar el ritmo hasta que con un espasmo final, Harry se vino en su boca. Saboreó todo lo que pudo y lo soltó para dirigirse directamente a los labios jadeantes, para que pudiera sentir su propio sabor, cosa que también fue aceptada sin rodeos. Las lenguas se envolvieron una en otra en un duelo que ninguna de las dos quería abandonar.

Luego de permitirle su primera descarga, Draco se dedicó a volver a adorar ese cuerpo brillante por la delgada capa de sudor y que, tal como había pensado, se veía fabuloso a la tenue luz de su habitación. Luchando fieramente con su autocontrol, no dejó resquicio sin lamer, ni pliegue sin investigar, hasta sentir que la piel bajo sus labios volvía a calentarse.

Ninguno de los dos había pronunciado una palabra en todo ese tiempo, quizás porque no había nada que decir, quizás porque no querían que nada rompiese la mágica atmósfera de perfecta comprensión entre ambos, pero ahora Draco necesitaba saber que todo iría bien y para ello tomaría todos los recaudos que en otro caso hubiese pasado por alto. Lubricado con los fluidos del primer clímax, el rubio acercó un dedo hacia la entrada virgen y ahora sí hubo una leve retracción.

- ¿Harry...?- la voz se oyó estrangulada y ronca; y al punto, dos impactantes luceros verdes lo enfocaron.

Los labios estaban enrojecidos a causa de los besos y entreabiertos, jadeantes, pero no pronunciaron ni una palabra. Hubo un evidente asentimiento y la cabeza volvió a ir hacia atrás, dispuesta a entregarse a la sensación. Un quejido breve cuando el dedo venció el primer anillo de músculos y se deslizó dentro, algunos otros cuando se inició el suave movimiento de vaivén. Unos segundos después las caderas comenzaron a acompañarlo. Cuando se retiró para insertar el segundo, Draco atrapó los labios y el gemido se ahogó dentro del beso y continuó besándolo sin moverse hasta que el cuerpo volvió a relajarse.

Su propia urgencia lo hacía jadear, pero no cedió a la necesidad. Ésa noche le mostraría a Harry que nunca tendría nada que temer de él, que podía controlarse todo lo que fuera necesario hasta que él estuviese listo.

Sin prestar atención a la sensación que comenzaba a espesarse en su estómago, Draco movió sus dedos en círculos esta vez, y poco después las caderas morenas ondulaban al mismo ritmo.
El tercer dedo fue un poco menos difícil y, sintiéndose cada vez mas cerca, Draco los retiró para colocarse en la entrada, levantándole las piernas sobre sus hombros. Antes de perder la dilatación obtenida, empujó con suavidad, pero con firmeza, su endurecido miembro.

Esta vez el gemido fue audible y claro. Draco se detuvo un momento, para darle tiempo a acostumbrarse a la repentina invasión y luego volvió a empujar una, dos veces hasta estar completamente hundido en él. En ese punto, esperó.

Harry había apretado los labios y trataba de relajarse, de acostumbrarse a sentirse lleno, completo, pero dolía. Dolía más de lo que había imaginado, al menos de momento, y cuando pensó que no podría seguir adelante, la mano de Draco había comenzado a moverse nuevamente sobre su miembro, estimulándolo, haciéndole olvidar aquel repentino aguijón de dolor, mezclando ambos de manera fabulosa.

Incapaz de resistirse por más tiempo, Draco, se retiró y volvió a empujar una y otra vez, mientras una de sus manos sostenía la cadera suave y la otra lo masajeaba con firmeza. Era tan apretado, tan estrecho, que no tuvo dudas acerca de la virginidad de ese lugar y eso lo acercó todavía más al borde. Entonces alcanzó la próstata de Harry y aquel lanzó un gemido prolongado, profundo; contrajo los músculos y manteniéndolo firmemente apretado en su interior, se vino nuevamente con un jadeo casi agónico. Perdido en su propio deseo, Draco embistió un par de veces más y por fin, se liberó en ese túnel deliciosamente ajustado.

Jadeante, tembloroso, se derrumbó sobre Harry, y aquel, en respuesta inmediata, lo rodeó con sus brazos, como si no quisiera separarse de él, y así permanecieron unos minutos.

Finalmente, Draco se deslizó fuera de su cuerpo y rodó hacia un lado, sin dejar de prodigar caricias suaves durante algunos minutos más. Necesitaba decirle lo fantástico que había sido, necesitaba confirmar que no lo había lastimado, idea que se le cruzó por la mente al recordar los gemidos que el moreno había dejado escapar, pero mientras una de sus manos acariciaba el cabello negro húmedo por la transpiración, se dio cuenta que la respiración de Harry se había acompasado, era relajada y suave. Manoteó una manta para cubrir a ambos y acomodándose un poco mejor, también se dispuso a dormir.

Pero Harry aún no estaba del todo dormido, y mientras las chispas de placer terminaban de apagarse dentro de su cuerpo, consiguió reunir fuerzas y aire como para darle la razón a su amante y quedarse con la última palabra.

- Wow…

 

 

(*) Notita de aclaración: No sé muy bien qué tipo de lógica sigue JK Rowling para el uso de Trasladores, Portales y Apariciones, pero yo intento seguir las siguientes normas:

1- La aparición es individual; no se puede llevar a alguien.
2- Para aparecerse en algún sitio, es indispensable conocerlo, saber hacia dónde va uno para evitar aparecerse dentro de un muro o algo así.
3- Para ir con otra persona hacia un lugar que uno de ellos no conoce (o simplemente asegurarse que van a llegar juntos), lo mejor es usar un Traslador o un Portal. Entiendo que la diferencia reside en que el Traslador tiene un lugar predeterminado para dejar a los que viajan y el Portal se abre en el sitio que escoge quien lo abre.
4- Para un Portal rige la misma idea que para la Aparición: hay que conocer el sitio al que uno se dirige y donde pueda abrirse el Portal. Aunque en este caso sí es posible llevar a otro consigo.


(**) Omniculares: Prismáticos especiales con botoncitos para ver las imágenes más grandes, en cámara lenta, retroceder y verlas otra vez o avanzar a más velocidad.

 

 

Capítulo 16

Abysm

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