
N. de la A: Basado en la película/documental “La marcha de los Pingüinos”. La película es hermosa y en cuanto empecé a verla recordé el artículo tan comentado hace algunos meses en el cual daban la noticia de tres parejas de pingüinitos gays en un zoológico de Alemania. Intentaron poner hembras en el medio pero parece que no dio resultado y no sólo eso; las parejas de pingüinos gays se empeñaban en empollar piedritas como si fueran huevos. Para quienes no hayan visto la película: en líneas generales, trata sobre las peripecias de esta raza de pingüinos, que una vez al año se reúnen en un sitio especial de la Antártida para procrear. Llegan, encuentran a su pareja y van a permanecer juntos a partir de ese momento. Cuando tengan el huevo, la hembra regresa al mar a alimentarse (hasta ese momento, ha estado viviendo de lo que guarda en el buche) y el padre se queda empollando el huevo. Es él quien lo cuida, lo mantiene caliente y lo ve nacer. También lo alimenta regurgitando lo que tiene de reserva. Cuando la mamá regresa, lo releva y es él quien inicia la marcha hacia el océano. Hay una escena en especial en el filme, cuando un padre pierde su huevito y éste se congela... Les recomiendo mucho que vean la versión original subtitulada, está en francés y las voces de los protagonistas diferencian claramente al macho y la hembra, además, la música es increíble. Si tienen suerte como yo, conseguirán la versión que tiene las canciones subtituladas. Si bien los pingüinos del zoo de Alemania pertenecen a la especie denominada ‘Pingüino de Humboldt’ y no a la variedad ‘Emperador’, decidí que los protagonistas del fic pertenezcan a la misma especie que en el filme.
~o0o~El crujido de la nieve debajo de mí es el primer sonido que escucho. Después viene el frío y veo la planicie helada y blanca que se extiende hasta el infinito.
Todo es blanco.
¿Por qué estoy aquí? No lo sé. Es el primer viaje y he tomado esta dirección del mismo modo en que lo hicieron mis padres y los padres de mis padres. Como sucede desde hace siglos, en la misma época del año, emprendemos este viaje para encontrarnos e iniciar la marcha. La primera.
No soy el único. Soy uno de tantos, uno que también ha llegado hasta aquí y que espera a que todos lleguen porque solamente cuando eso suceda sabremos adónde ir. La espera sigue y cada vez el grupo es más grande. El océano azul nos deja salir, el número aumenta más y más. Entonces, en un momento dado, uno de nosotros da un paso; uno pequeño pero orientado hacia un sitio en especial, luego otro, y pronto todos nos movemos con él.
No sabemos si es el instinto o un olor en el viento lo que nos guía, sólo que hay uno que lo ha captado primero y no tenemos tiempo que perder.
La marcha se inicia a través del mundo helado.
Somos una multitud que se mueve en conjunto, sabemos que el número nos da seguridad, nos protege, nos ampara del frío. Ante nosotros, la blancura infinita, el desierto de nieve. Caminamos un día, dos, tres… El tiempo también es infinito, la distancia que nos separa del Oamock no parece acortarse, tal vez no estemos siguiendo la ruta más corta, pero sin duda llegaremos. Hasta ahora, nunca una caravana se ha perdido.
¿Cuánto hemos caminado? Diez días primero, diez días más después y por fin vemos las rocas del Oamock, el lugar donde año tras año tenemos una cita con la vida.
Al fin hemos llegado. Somos decenas y desde las cuatro esquinas del desierto aparecen más. Lentas columnas de movimiento continuo que se acercan. Somos cientos y la cantidad me parece enorme. ¿Se supone que entre tantos de nosotros debo hallar a mi pareja?
¿Cómo sabré dónde estás?
El aire helado se llena de rumores de pisadas, de batir de aletas, de nuestros llamados de amor para que nuestra alma gemela nos reconozca y se acerque. También de mi garganta sale ese sonido y como siempre, muchas hembras vienen. Siempre son más que nosotros, saben que una vez que hayamos elegido, una vez que hayamos encontrado nuestra pareja, ya no podrán interferir; así que tratan por todos los medios de ser las elegidas. Se empujan, se atropellan… Y yo espero.
Cerca de mí hay una escena similar. Cinco o seis hembras se alejan, a empellones se llevan las unas a las otras y dejan a uno más esperando.
La impaciencia es mucha y vuelvo a llamar, pero no es otra andanada de hembras quien responde… A escasos pasos de mí, estás girando al oír mi llamado. Y me pregunto si no es un error, tal vez algo no estuvo bien, tal vez… Pero tus pasos te acercan más y más hasta que estamos frente a frente, y en ese momento lo sé. Sé que eres tú porque nadie más se ha acercado, y para que sepas que aunque no lo entiendo, he aceptado, doy un paso hacia delante.
Ya está. Nadie puede interferir entre nosotros. Entre la multitud que nos rodea, nos hemos elegido. Das la vuelta, apenas un par de pasos y te sigo. Es el momento en que nos alejamos de todos, nos aislamos de los sonidos, para quedar a solas, únicamente nosotros dos.
Es cuando comienza la danza milenaria. No sé cómo la conozco, nadie me la ha enseñado pero la sé, ambos la conocemos y danzamos juntos. Moverse, ser uno por fin después de tan larga caminata. Eres hermoso… Sin saberlo he esperado por ti y tú por mí.
Está por llegar el invierno, se siente en el viento helado; pasan los días y seguimos juntos. A nuestro alrededor, las hembras comienzan a dar señas de la diferencia entre esas parejas y la nuestra. Pasa una luna, y luego otra, y en la tercera, la diferencia estalla. En el medio del hielo se enciende la vida. Cada pareja cobija entre sus patas un pequeño huevo, una promesa para el futuro que yo no puedo darte. No entiendo por qué. Nos hemos encontrado, hemos danzado, pero no hay una nueva vida entre nosotros.
Todavía sin comprender, miramos a los afortunados. Es el tiempo de la segunda marcha. Las hembras están famélicas y dejan sus huevos al cuidado de su pareja para marchar al océano a alimentarse y traer el sustento para el futuro habitante de estas heladas planicies. Ellos esperarán su regreso.
¿Qué debo hacer? ¿Debo ir con ellas? ¿Es ése el papel que debo desempeñar? Pero no soy yo quien inicia la marcha, eres tú. Quizás comprendiste antes el mensaje en el viento, no lo sé, pero veo que te alejas de mí por primera vez desde que nos elegimos. Poco a poco desapareces junto al resto, rumbo al horizonte.
El invierno ha llegado y la primera tormenta azota el Oamock con toda su fuerza gélida. Todos se reúnen para conservar el calor, para mantener la vida latiendo dentro de esos pequeños cofres blancos. Se mueven juntos y me muevo con ellos pese a que no tengo nada que cuidar porque el frío es tremendo.
Somos una multitud en movimiento y en medio de eso, algo rueda entre la cellisca helada. No puede ser, no puede ser… ¿Puede ser…? Alguno ha perdido su huevo… No tardará en aparecer, estoy seguro. Rueda a unos pocos pasos de mí. Otro se acerca, lo inspecciona y luego de unos segundos se aleja. Si el padre no llega pronto, la chispa mágica se apagará para siempre…
Yo no puedo dar vida pero tal vez pueda mantener esta… Espero un poco más y me acerco. No aparece, el padre no viene…
No puedo esperar más. Llego a su lado y con infinito cuidado me ubico sobre él. Mi calor puede mantenerlo con vida si es que ya no es tarde. Siento que he llegado a tiempo, bajo mi calor, la cáscara se estremece y palpita. Mi corazón también.
Ahora soy como los otros, ahora experimento más que antes la necesidad de que regreses. Me uno a los demás en la danza eterna, me balanceo como ellos, llevando con infinita ternura, con extremo cuidado este poquito de vida. Si me muevo muy rápido puedo romper este pedacito de esperanza, si voy muy lento, quedaré fuera del conjunto. Juntos conservamos el calor. El frío arrecia pero ya no pienso en eso, pienso en esperarte. Te espero junto a ‘nuestro huevo’.
Tanto frío hace, que una delgada capa de hielo se forma sobre nosotros. En la oscura noche, reluce como un cascarón más. Vuelvo a pensar en ti. ¿Volverás? ¿Habrás llegado al océano? ¿Habrás podido sortear los peligros del camino y mantenerte a salvo de los que acechan en las profundidades azules? Pienso en las fauces de voraces dientes y tiemblo por ti… Vuelve… Tienes que volver. Nuestro hijo habrá nacido para entonces y necesitará que lo alimentes. Apresúrate. Sé que estás volviendo a mí…
Eres el único entre todas ellas, lo sé, pero que no te importe eso. Seguiste tu instinto y yo el mío. Sé que traerás suficiente alimento.
El día se acerca, una claridad difusa esparce sombras larguísimas y se acaba la noche. Lo hice, vencí al frío, vencí a la muerte; debajo de mí la vida todavía late. El sol que aparece poco a poco irá poniéndose mas fuerte y nuestro retoño saldrá de su cascarón a recibir su tibieza. En medio de la multitud, todavía resisto. Y de repente, lo siento… ¡El cascarón se ha roto! Al igual que el mío, otros bebés comienzan a salir, el aire se llena con sus gorjeos.
¿Dónde estás? Te necesito, estoy exhausto… Han pasado cuatro meses, cuatro meses sin comer... mis reservas casi se han acabado. Nuestro bebé reclama alimento y mi último resto va a dar dentro de su pequeño pico. No me importa. Creí que no tendría vida para dar y me equivoqué. No voy a dejar que el invierno y el hambre nos derroten.
Todavía puedo erguirme, otear el horizonte buscándote. Aparece una columna errante, movediza y oscura que se desliza sobre el hielo. ¡Están de regreso! Se acercan poco a poco y mi corazón se acelera. ¿Vas a reconocerme entre tantos?
Escucha con atención... Escucha el gorjeo de nuestro bebé. Te está llamando y yo uno mi voz a la suya. De pronto, estás frente a mí. Avanzo con unos cuidadosos pasitos que cobijan a nuestro bebé y me pregunto si lo aceptarás, si compartirás tu alimento con él... Cuando te acercas, mi polluelo se esconde pero por fin vuelve a salir. No te conoce, pero sé que quiere hacerlo. Te veo inclinarte hacia él y alimentarlo. Ahora sé que puedo ir tranquilo a buscar mi propio sustento porque lo has aceptado y cuidarás de nuestro chiquito. Nuestro...
En estos segundos preciosos, él viaja titubeante hasta tu cuerpo, su nuevo y cálido refugio. Cuídalo, cuídalo mucho, ahora soy yo quien debe marcharse.
No dejo de pensar a medida que me alejo. No lo dejes salir de tu calor, el frío es demasiado intenso y no resistiría fuera. Aliméntalo, míralo crecer para que yo os encuentre a ambos al regresar. Verás sus primeros pasitos, lo verás dar su primer paseo y regresar a ti aterido por el frío. Abrígalo, en tu cuerpo hay calor suficiente.
Ahora me pregunto si volveré. El largo camino que hiciste, debo hacerlo también yo. Rogaré que los últimos ramalazos del invierno sean benignos, que el miedo no les gane. No pensaré en las vidas que el frío se lleva, pero tú vigila a nuestro pequeño... Los descuidos son fatales y el clima helado no perdona. Sabes que cuando algunas encuentran a sus chiquitos sin vida, intentan apropiarse de otros polluelos. No dejes que ninguna se le acerque, no permitas que nos quiten a nuestro bebé.
¡Qué camino tan largo...! Cuando el océano aparece ante nosotros casi parece una visión, pero no lo es. Sus aguas transparentes y frescas tienen todo lo que necesito para reponerme. Tienen peligro también. Una presencia temida y veloz, voraz e impiadosa. Sus ataques son feroces. No pienso demasiado antes de huir y a duras penas lo consigo. Algunos de nosotros no lo lograron y no regresarán. Esos cazadores, sin querer han terminado con tres vidas: no sólo la del papá que consiguieron cazar, también la de la madre y el bebé, que en la blanca llanura esperarán en vano un retorno que nunca sucederá.
Me alimento bien, más de lo que necesito. Debo llevar comida a nuestro hijo, y sólo cuando ya no puedo guardar más, emprendo el regreso. Camino lo más rápido que puedo, ya deseo verte otra vez. Un paso tras otro... Siempre el deslumbrante blanco a nuestro alrededor.
Y cuando llego, el canto múltiple me envuelve pero aún no escucho tu voz ni la de nuestro pequeño...
¡Ahí estás! Te reconozco... y nuestro hijo... en qué pequeño hermoso se ha convertido... Salvo ese corto tiempo que compartimos antes de mi partida, no hemos estado juntos los tres. Hasta ahora. Nos acercamos, entre los dos damos calor a nuestro polluelo. Pronto no nos necesitará y entonces tendremos que iniciar el viaje de regreso.
No importa si nos separamos, aquí nos prometimos amor, aquí nos buscaremos el año próximo, aquí volveremos a danzar. Es poco posible que el destino vuelva a regalarnos una oportunidad como ésta. Por una vez, dos papás han tenido y cuidado un polluelo. Fruto del azar quizás, pero aún así hemos contribuido a la vida.
Tal vez seamos los únicos, tal vez no haya otra pareja como la nuestra, pero en esta ocasión, nuestra marcha no ha sido en vano.
Nuestra danza tampoco.
FIN
Addenda:
La nota sobre los pingüinos gay
