~o0o~
A lo lejos, arena blanca. El mar que durante el día lucía azul y centelleante, por las noches se convertía en una masa oscura y movediza, coronada ocasionalmente por las crestas plateadas de la espuma de las olas. Y recortándose contra la negrura de la noche, el templo blanco refulgiendo a la luz de la luna, acariciado por la cálida brisa nocturna de Alejandría.
Ojos oscuros contemplaban ese paisaje, sin cansarse nunca a pesar de los años. El tiempo había sido benévolo y su agudeza no había disminuido, no necesitaba artificios de ninguna clase para fijar la vista más allá de los arbustos que los jardineros mantenían a una altura adecuada para no obstruir la visión.
- ¿Estás cómodo?
- Sí, gracias.
Los dos continuaron en silencio unos minutos más, en el ambiente calmado que los rodeaba en esa casa pequeña pero, sin duda, lujosa, que el primero poseía desde hacía años, en cumplida promesa del segundo. A ese sitio no llegaban los ruidos de la ciudad pujante ni del puerto lejano, era un lugar calmado y pacífico.
Una delgada mano se estiró un poco, buscando sin ver algo que debía hallar a un costado, y que encontró sin esfuerzo, respirando su dueño aliviado. Sus sirvientes sabían lo importante que era para él que esas prendas estuviesen siempre a punto a su lado, cada noche, mientras esperaba. No necesitaba verlas porque a fuerza de años, las conocía en cada costura, en cada tramo de seda, en cada eslabón de plata.
- ¿No estarías más
cómodo en tu cama?
- No puedo verlo desde mi cama- explicó suavemente Bagoas, con la misma
serenidad con que siempre había hablado y en la semipenumbra de la
habitación, Tolomeo asintió -. Hoy estuve allí.
- Todos los días vas.
- No puedo dormir si no voy.
Otra vez el silencio entre ambos, sabiendo uno y otro lo cierto de cada una de las palabras y esperando la frase que alguno de los dos siempre pronunciaba cuando se reunían en esas noches.
- Él hubiese hecho lo mismo-
comentó Tolomeo -. Lo hacía con Bucéfalo inclusive…
No iba a dormir sin asegurarse de que estuviese bien.
- Era su ronda nocturna habitual, algunas veces lo acompañé.
Por cierto, ninguno lo dijo, pero ambos sabían que las únicas veces en que Bagoas no lo había acompañado, era cuando Alejandro había ido a ver a Hefestión. Era un asunto que no admitía discusión. Tolomeo había sido testigo del amor de Alejandro hacia Hefestión y nunca había hecho mención explícita de ello frente al eunuco, tampoco hacía falta.
Los ojos grises de Tolomeo, ya en parte aguados por la edad, se fijaron en la figura del eunuco, recordando en su memoria la primera vez que lo habían visto.
Todas las mujeres envueltas en seda, inclinadas sobre los magníficos estanques de agua limpia, o bien en los mullidos almohadones, tocando sus instrumentos, malcriando a sus mascotas, o simplemente esperando ver qué les deparaba la suerte con el nuevo conquistador de la ciudad. Alejandro había entrado en el recinto con la misma pasmosa seguridad con que hacía sus movimientos en batalla y detrás de un corro de muchachas y sirvientes, los ojos dorados del general habían topado con la mirada de terciopelo negro. Piel de alabastro y cabello de azabache, rasgos finos y delicados, la suavidad de la mirada era lo primero que había visto en él.
Ese primer cruce entre el eunuco y Alejandro había sido contemplado no sólo por Tolomeo. Hefestión, unos metros más lejos, también lo había visto.
Una vez más, como tantas veces antes, Tolomeo se preguntó cómo había sido posible que Bagoas aceptase tan mansamente la presencia de Hefestión entre Alejandro y él. Todos siempre habían sabido que el muchacho persa era la sombra de Alejandro y que tratándose de cuidar del rey, el eunuco podía ser despiadado y feroz. Si sus enemigos temían a Alejandro, con certeza no olvidaban que si querían llegar hasta él, tendrían que pasar por el último escollo antes de encontrarlo frente a frente, y Bagoas era ese último bastión que nadie parecía tomar en cuenta nunca, ya que siempre había permanecido en las sombras. Hefestión era el escudo de Alejandro durante el día, Bagoas durante las noches.
- Alejandro merecía este lugar- dijo Tolomeo con convicción y añadió con cuidado -. Y todo lo que hicimos para traerlo aquí… Lo que hiciste por él.
Esa frase sí consiguió penetrar el inmutable rostro del eunuco que, por unos segundos, parpadeó pero no apartó su vista de la ventana.
Ambos recordaban demasiado bien los días de la espantosa enfermedad que había postrado a Alejandro, pero solamente Bagoas hubiese podido explicarle la angustiosa espera junto al lecho, guardia que no había abandonado en ningún instante durante esos siete horrorosos días. Enjugando la frente sudorosa, estrechando las manos crispadas por el dolor, guardando la esperanza de que en algún momento, Alejandro abriría sus ojos y se recuperaría, tal y como lo había hecho tantas veces. Pero la esperanza moría un poco más cada vez que los agrietados labios se abrían y emitían apenas murmullos inconexos, tenues susurros en los cuales se mezclaban los nombres de Hefestión y el suyo.
- Nunca te dije lo que sucedió
después de nuestra conversación en mi casa… ¿verdad?-
dijo Bagoas, su voz apenas audible saliendo de ese recuerdo.
- No volvimos a hablar hasta que llegaste a la ciudad a contarme lo que habías
averiguado.
- Cierto- el eunuco se quedó en silencio algunos segundos más
-. Tenías razón en varias cosas… Peucestes no volvió
a preocuparse por mí y Pérdicas no dejó pasar mucho tiempo
antes de proponer al hijo de Estatira como sucesor… Por supuesto con
él como regente. Esto ya lo sabías.
- Estuve allí. Y cuando propuse un Consejo de Regencia, estaba a mis
espaldas y juro que pude sentir sus ojos clavándose en mi nuca.
- Y estuviste luego, cuando todos pelearon frente a su cuerpo.
Bagoas guardó silencio, recordando los amorosos cuidados que había brindado a Alejandro, cómo había preparado su cuerpo, lo había limpiado, había esparcido hierbas que sólo él conocía y que habían mantenido lejos las moscas y el terrible hedor de la muerte. Todo por Alejandro, por su rey.
En la penumbra de la noche, Tolomeo hubiese jurado que los ojos negros volvían a empañarse, que una vez más volvían a llenarse de lágrimas. Se preguntó si algún día de su vida, Bagoas había dejado de ofrendar sus lágrimas y concluyó que no.
- ¿Realmente le diste los confites de la bactriana a un perro?- preguntó Tolomeo para sacarlo de su tristeza, porque fue lo primero que se le ocurrió.
Pero al menos dio resultado. Una sonrisa lenta emergió poco a poco y lo vio asentir.
- Sí, nunca confié en
ella… pobre perrito- por unos instantes, esa pequeña sonrisa
lo devolvió a su antiguo esplendor -. El día que fuiste a verme…
Llegaste a tiempo, Tolomeo… Yo estaba dispuesto a irme… Con él…
- Lo sé. ¿Me dirás qué pasó después
de que me fui?
En el silencio de la noche, el eunuco empezó a hablar y Tolomeo escuchó la voz que con el tiempo no había perdido melodía ni encanto y se fundía a la perfección con la brisa marina que llegaba desde lo lejos, y que apagó la única lámpara que iluminaba la habitación.
~o0o~
Habían pasado muchos días desde la visita de Tolomeo y por sus propios medios, Bagoas había hecho sus averiguaciones, después de todo, no era ninguna novedad que planeaban trasladar el cuerpo de Alejandro hacia Macedonia.
Mientras escuchaba la música proveniente de los recintos vecinos, el eunuco intentaba mantenerse medianamente calmo, pero eso le parecía un ultraje inaudito. Tolomeo había sido casi profético cuando le había advertido que tal vez tomarían su casa para acomodar a algún allegado de Pérdicas, pero el joven había creído que, al menos, respetarían un período de calma y sosiego por el luto, cosa que resultaba en esos momentos, evidentemente errónea.
Mediante sus sirvientes y por sí mismo, había averiguado que ese general era muy cercano a Pérdicas y conectado en forma directa al traslado de la carroza y el sarcófago que llevaría lejos a Alejandro.
“Nunca” pensó fieramente. “Nunca llevarán a mi señor donde yo no pueda seguirlo. Él no lo hubiese querido así”.
El sonido de las risas de mujeres y borrachos era por momentos demasiado fuerte y el muchacho cerró sus ojos con fuerza buscando aislarse de todo ese ruido. Un estrépito cercano lo hizo saltar por un instante, y los pasos fuertes por el corredor retumbaron en la noche pero no les prestó atención por mucho tiempo más. Si al menos pudiese dormir un poco... Pero esos últimos días le había resultado imposible con el ir y venir de soldados dentro de su casa.
La puerta de sus habitaciones se abrió repentinamente y los ojos oscuros se dirigieron hacia el hueco donde se recortaba una silueta que su mente no encontró del todo desconocida.
“¿Pérdicas...?”
- Oh... La habitación estaba ocupada...- musitó, la voz ligeramente áspera y pesada, pero a pesar de las luces atenuadas, pronto su vista reconoció la figura que tenía frente a él -. Pero si es el muchacho persa de Alejandro...
Bagoas se puso de pie y ejercitó una reverencia, después de todo él siempre había sido respetuoso con los allegados de Alejandro, fuesen o no de su agrado. Al hacerlo, los ojos claros del general lo recorrieron con cierta avidez, un gesto que, por cierto, jamás habría osado hacer en vida de Alejandro y que no pasó desapercibido para quien lo saludaba en esos momentos. Del mismo modo, Bagoas pensó que Peucestes había renunciado a esas muestras de respeto, en tanto Pérdicas ya parecía creerse destinatario de ellas.
- Señor... No sabía que
estabas en la casa- dijo Bagoas sin disculparse, pero dando a su voz la inflexión
suficiente como para que pareciese una disculpa.
- Llegué hoy...- explicó Pérdicas, con un ambiguo gesto
de su mano y entrando en la habitación.
Con un pie, cerró la puerta tras de sí, y tampoco ese gesto fue pasado por alto, si bien las facciones del eunuco continuaron apacibles y neutras. Los pasos vacilantes del hombre se adentraron en el recinto y enfilaron hacia una de las mesas donde había algunas copas y una jarra, pero al inclinar la misma, comprobó que el contenido de la misma no era más que agua fresca.
- ¿No tienes vino, Bagoas? Pero del bueno... Mira que tus sirvientes están llevando una porquería a la reunión...
Bagoas pasó por alto esa observación insultante y con su paso ligero se dirigió hacia un mueble alejado, del cual extrajo un botellón.
Pérdicas se sentó en uno de los divanes y desde allí contempló el andar pausado y elegante del muchacho. Nunca se había permitido observarlo así, ya que la presencia eterna de Alejandro sobre todas sus pertenencias era palpable incluso cuando no estaba cerca.
“Pero ya no está” se dijo, y se permitió recorrer con la vista las largas piernas enfundadas en la seda suave.
Recordó que el persa era un gran bailarín, cosa que se notaba incluso más allá de las piernas, en la cintura estrecha y en las firmes nalgas que se adivinaban debajo de la tela. Inclusive al caminar parecía moverse al compás de alguna música que nadie podía oír. Seguía siendo delgado pese a los años. No tenía edad, al menos él no podía adjudicarle ninguna exacta, aunque últimamente parecía algo mayor, tal vez por las sombras de pesar que oscurecían su rostro o por el enigmático misterio de los ojos negros, que resaltaban más desde que se había rapado el cabello.
Bagoas giró hacia él y regresó portando la botella de vino, la cual inclinó con gracia frente a la copa para escanciar el líquido perfumado. El bello rostro continuó mirándolo sin temor al ofrecerle la copa llena pero pestañeó ligeramente cuando los dedos de Pérdicas permanecieron sobre los suyos unos segundos. Retrocedió un paso y se quedó observándolo en silencio otra vez, una muda pregunta referida sobre todo a su presencia en aquel sitio.
- ¿Qué hiciste con tu
cabello, Bagoas?- preguntó Pérdicas de pronto -. ¿Lo
ofrendaste a Alejandro?
- No, yo... lo guardé… – la pregunta pareció conmocionar
de nuevo al joven -. Planeaba hacerlo cuando lo llevaran... He oído
que lo llevarán a Macedonia.
- Así es como debe ser. Él era rey de Macedonia antes de todo
esto.
- Señor... ¿Me permitirán acompañar a la caravana
hasta Macedonia?
- No lo creo, Bagoas, no serías bien recibido allí.
Por unos instantes, el hombre contempló con algo de asombro el profundo cambio que sufrió el hermoso rostro que hasta ese momento había lucido apacible. El gesto de horror, la súbita palidez ante esas palabras le dieron la medida de lo inesperado de aquello, aunque se preguntaba por qué. El eunuco conocía bien las costumbres y sabía que en Macedonia éstas no eran benévolas con alguien como él. Hubiese jurado que también los ojos empezaron a brillar de forma incontenible.
- Pero... pero... Es mi deber... Yo
prometí cuidarlo...- tartamudeó apenas.
- Sabes que no sería posible, muchacho.
- Por favor, mi señor... Yo podría viajar con la caravana hasta
que estén cerca de Macedonia y luego permanecer aparte... Lo veré
todo desde lejos... nadie se dará cuenta de mi presencia.
Pérdicas levantó la copa nuevamente, en un gesto claro y el eunuco volvió a llenarla sin pensar demasiado en lo que hacía, sino pendiente de sus próximas palabras. Bebió todavía mirándolo por encima del borde de la copa, sin perder detalle de cada gesto del muchacho, preguntándose hasta dónde sería capaz de llegar para que le permitiesen prestar ese último servicio a Alejandro.
La idea fue tan repentina que incluso a él le sorprendió, pero sólo por un segundo.
“Alejandro ya no está, y si voy a convertirme en regente, podría heredar a su sirviente personal... Después de todo, también él lo recibió de Darío. Y me dio su anillo”.
Pérdicas dejó la copa sobre la mesa y levantándose llegó hasta Bagoas. Los dedos gruesos y ásperos rozaron apenas la mejilla lampiña, todavía pálida, sin rudeza pero tampoco con cariño y ante ese inusual e inesperado contacto, el eunuco hizo un pequeño gesto de retroceso, interpretando con toda corrección la implicancia de esa caricia. Sin embargo, aquello tenía un objetivo para ambos, y Bagoas intentó decirse que después de todo, él había jurado estar con su señor hasta el final, a cualquier precio.
Cuando levantó los ojos negros hacia el hombre, leyó en ellos la misma ansiedad febril que veía antaño en aquellos que lo deseaban y supo que esa noche iba a pagar el precio por seguir a Alejandro. Y como en el pasado, cerró su mente y dejó que Pérdicas entreviese apenas algunos débiles resplandores de las artes que había usado con Darío.
Algún tiempo después, cuando las lámparas casi se habían apagado, Pérdicas abrazó con fuerza el cuerpo espigado y dorado, deleitándose en la suavidad de la piel, comprendiendo en ese instante por qué Alejandro había conservado al persa a su lado, aún estando seguro de que el muchacho no había sido ni la mitad de complaciente de lo que fue con el antiguo rey.
- Qué pena que cortaras tu cabello,
Bagoas- dijo quedamente.
- ¿Me permitirás acompañar a la caravana y llevar mi
ofrenda?- preguntó el eunuco, haciendo caso omiso a esa observación.
- Está bien, veremos cómo te ocultamos para que en Macedonia
no te reconozcan... aunque no será un trabajo sencillo.
- Gracias, mi señor- el muchacho guardó silencio un segundo
antes de hablar otra vez -. Necesitaré preparar mis pertenencias, no
llevaré mucho para no estorbar... El recorrido será largo.
- No tanto, aunque sí trabajoso... La ruta ya está planificada...
Como muchos hombres, Pérdicas se relajó después del sexo y las preguntas hechas de forma casual, lo hicieron hablar.
Después de obtener todos los datos que necesitaba, Bagoas se dijo que no había sido infiel a Alejandro y esperó obtener su comprensión algún día.
~o0o~
Tolomeo escuchó el viento que apagó poco a poco la voz de Bagoas. Nunca había preguntado cómo había hecho el eunuco para obtener la detallada información que le había dado. Cierto es que en los momentos en que habían hablado no tenían la confianza suficiente, ni él para preguntar y con seguridad, tampoco el eunuco para contarle semejante experiencia. A pesar del dolor que le había provocado la muerte de Pérdicas, Tolomeo se atrevió a pensar que desde el más allá, Alejandro había cobrado al general la afrenta de atreverse a poner las manos encima de su muchacho.
- ¿Crees que podrá perdonarme?-
susurró Bagoas y su voz tembló ligeramente.
- Estoy seguro- respondió sin dudar y reparó entonces en que
mientras hablaba, el eunuco había estirado su mano hacia las prendas
que tenía cerca y las había colocado en su regazo. Se veía
cansado -. Haré que venga tu sirviente y te lleve a la cama.
- No, estoy bien aquí...
- No, no lo estás, yo sé lo que se siente al dormir en un sillón
y puedo decirte que si no lo sientes hoy, lo sentirás mañana.
Regreso pronto.
Viendo que el hombre estaba decidido, Bagoas no discutió y se permitió cerrar sus ojos un momento. No le había dado los detalles precisos a Tolomeo, pero recordar lo sucedido con Pérdicas todavía lo hería. Estaba cayendo en un delicioso sopor, una suerte de duermevela muy agradable y apacible.
Por unos instantes, hubo oscuridad pero, poco a poco, fue notando las lámparas encendidas. No, no eran lámparas solamente, había antorchas también y mucha, mucha luz en ese inmenso recinto que pudo reconocer después de unos segundos.
Era el lugar donde había bailado aquella alegoría del agua para Alejandro durante los juegos. El inmenso sitio estaba tal y como él lo recordaba, con la diferencia de que no había nadie allí, el lugar estaba vacío y silencioso y Bagoas se encontraba sentado en la misma tarima donde se había ubicado después de que Alejandro le pusiese la corona de vencedor en esa competencia con los otros bailarines.
Era un precioso sueño y el eunuco sonrió porque ese recuerdo servía para borrar el anterior que tanto le lastimaba pese a los años transcurridos. Esperaba que en cualquier momento el recinto empezara a llenarse de rostros conocidos, y en cierto modo ansiaba verlos, porque eran recuerdos agradables, personas que ya no estaban y de algún modo extrañaba. Y tal vez si tenía suerte y no se despertaba antes, vería a su señor tal y como en aquellos días.
- Tal vez no haga falta suerte- dijo la voz a su lado y en ese momento Bagoas se dio cuenta de que no estaba solo.
Había una sombra a su lado, una sombra que rápidamente tomó consistencia y definición. Cabello rubio, los ojos dorados y la sonrisa que había añorado tanto. Pudo adivinar más que ver el resto, porque la emoción empañó su vista y estaba tan conmocionado que ni siquiera atinaba a moverse, a pestañear. Nunca antes lo había visto tan nítidamente, nunca tan cercano que hasta le llegaba el perfume de los aceites que él mismo colocaba cuando le preparaba el baño, hasta podría haber olvidado cómo se respiraba y no lo hubiese notado nunca.
- ¿Acaso no esperabas verme?- preguntó con cierta picardía, sabiendo el efecto que eso causaría y que no tardó en aparecer.
El color asomó en las mejillas del eunuco, como antes, como siempre, y aún sin poder hablar, asintió.
De pronto pareció recordar algo y su rostro se ensombreció.
- Mi señor, me disculparás
que no me levante delante de ti para saludarte como solía…- dijo
Bagoas, cabizbajo -. Ya no soy tan ágil como antes.
- ¿Cómo antes?- la voz de Alejandro seguía sonando casi
divertida -. No hay antes, hermoso, sólo ahora.
- Antes, mi señor… Antes de todo este tiempo, antes de que tú…-
los dedos del rey se posaron con suavidad sobre los labios impidiéndole
hablar.
- Ahora, Bagoas, sólo ahora.
Por primera vez, el eunuco se atrevió a contrariarlo.
- Pero antes yo era hermoso, y podía
atenderte, podía danzar para ti…
- Eres hermoso- afirmó antes de moverse hacia un lado.
Se inclinó hacia una de las mesas bajas que se usaban en ese sitio y que estaban llenas de copas, jarras y fuentes repletas de manjares. Despejó el contenido de uno de aquellos platones y lo limpió, aclarándolo con una manga de su túnica. Luego lo acercó al eunuco y lo puso a modo de espejo, para que pudiese contemplar su reflejo en él.
- Ahora eres hermoso, Bagoas- repitió con firmeza y dulzura.
Los ojos oscuros recorrieron la imagen que le devolvía la superficie de plata pulida.
El cabello volvía a ser negro y reluciente, largo y sin la nieve que el tiempo le había obsequiado a lo largo de los años. La piel estaba tersa y rosada, no había huellas que marcasen el paso de tantas estaciones transcurridas. Miró sus manos, otra vez blancas, delgadas y firmes, como antes.
Y Alejandro le hablaba como antes, y del mismo modo que antes, fue él quien inició el movimiento tomando entre sus dedos un mechón de pelo oscuro.
- Tan suave, tan fino, tan delicado… Nunca había visto cabello como el tuyo…
La línea que separaba la realidad de la fantasía se borró de la mente de Bagoas, quien únicamente atinó a hacer lo mismo que había hecho la primera noche lejana que habían compartido juntos. Olvidó todo y puso sus brazos alrededor del cuello de Alejandro hundiendo su rostro en su hombro, abandonado a las caricias suaves y dejó salir todo el gozo que sentía por volver a tenerlo así, como en el pasado. Por primera vez en tantos años, las lágrimas eran de alegría porque la piel junto a la suya era cálida, el olor que él identificaba con el dueño de su corazón entraba por su nariz y lo impregnaba, porque las manos que acariciaban su cabello eran leves como la brisa de la primavera.
- ¿Qué sucede…?
- Perdóname, mi señor… No es nada, sólo amor.
- Sólo amor…- repitió Alejandro y lo separó de
sí con cariño, mirándolo, sujetando su rostro con sus
manos grandes y limpiando con ellas las lágrimas vertidas -. Hemos
recorrido todo el camino, Bagoas.
El beso más dulce, el que había esperado tanto tiempo recompensó toda espera. Bagoas se plegó con la docilidad y el hambre de siempre a los labios que tomaron los suyos, ofreció su boca con las mismas ansias, las que nunca se habían apagado. Los besos descendieron y tapizaron con dulzura el camino hacia el cuello estilizado en un camino que habían trazado muchísimas noches, pero ninguna tan esperada como la presente.
- Baila para mí, Bagoas... Como aquella noche...- pidió Alejandro.
Con un asomo de desconcierto, Bagoas descubrió que llevaba las mismas vestiduras que tenía entonces. Se sintió otra vez joven y ligero, igual que después de practicar, y en ese momento, desde algún lugar desconocido empezaron a sonar los tambores, se sumaron flautas y la música invitó a danzar. El eunuco sonrió ampliamente mientras se ponía de pie con un salto grácil comprobando que en verdad volvía a ser ágil. Y en esa ocasión sí bailó pura y exclusivamente para Alejandro. Cierto que aquella ocasión también lo había hecho, pero no había tenido más opción que hacerlo frente a muchos más, en cambio ahora... Ahora era sólo para él, para su rey.
Nunca había puesto tanto empeño, tanta dedicación, cada movimiento, cada giro era una ofrenda de amor y entrega. Y cada mirada que conseguía captar en los ojos del hombre que seguía su danza, era una recompensa invaluable.
Cuando cesó el último toque del tambor, Bagoas cayó a los pies de Alejandro, agitado pero tan feliz que ni siquiera lo notaba. Cuando las manos del rey se posaron sobre sus hombros instándolo a ponerse de pie, su piel ardió bajo el contacto y como, salvando algunas pequeñas diferencias, ese sueño se adaptaba a la perfección a su recuerdo, esperó su recompensa.
La recompensa llegó, dulce, llena de pasión.
Sin saber cómo, se encontró tiernamente acarreado hasta el diván lleno de almohadones donde ambos se tendieron en medio de besos. Las caricias sobre su piel de nuevo joven y ardiente, no encontraban con agrado el obstáculo de las sugerentes pero en ese momento estorbosas telas y se apresuraron a deshacerse de ellas. La seda quedó arrumbada a un lado. Los pequeños suspiros emergían de los labios del eunuco mientras la boca de Alejandro se empeñaba en juguetear en uno de sus pezones. El hombre siempre había disfrutado torturándolo de esa dulce forma y Bagoas siempre había disfrutado de ese tierno martirio.
Desde la calidez del blanco estómago, Alejandro habló, exhalando sus palabras contra la piel sensitiva y suave, causando con ello una nueva oleada de sensaciones placenteras.
- ¿Recuerdas, Bagoas, la leyenda de Osiris resucitado?
Con un profundo y terrible esfuerzo, el eunuco intentó enfocar sus pensamientos. Recordaba que a Alejandro le gustaba contarle esos relatos y a él le gustaba escucharlos, pero generalmente venían mucho antes o después, no ‘durante’… La risita del hombre embriagó sus sentidos y le dio la pauta de que aquel no esperaba que recordase nada justo en ese momento. Los labios suaves continuaron acariciando la delicada piel de su vientre.
- Dice la leyenda que cuando mataron a Osiris, para impedir que resucitase, lo descuartizaron y esparcieron todos los pedazos sobre la tierra, pero Isis, su amante esposa, buscó y buscó hasta que pudo volver a armar su cuerpo…
Ahora los suspiros del eunuco se oían más porque los labios se habían deslizado hacia abajo y se movían contra la curva del hueso de la cadera.
- Pero hubo una parte que no pudo encontrar, una parte importante… Por más que buscó, no pudo hallarla nunca. Se dice que los cocodrilos del Nilo se la habían comido…- de nuevo la risa de Alejandro retumbó en la mente del eunuco -. En fin, Isis no podía resignarse a que faltase justo ‘esa parte’ y usando sus poderes de Diosa, la reconstruyó con magia y la unió al cuerpo de su amado. Entonces, Osiris estuvo completo.
En ese momento, el hombre dejó de hablar, su boca ocupada en otras cosas y de pronto, Bagoas saltó ante una caricia nueva. Nueva por el sitio donde la estaban prodigando, porque se deslizaba por lugares que antes no existían, que no habían estado allí desde que era un niño. La mirada intensa del rey lo enfocó desde aquel sitio.
- No es posible… No es posible…- dijo incrédulo.
- ¿Te olvidas, hermoso, que cuando estuve en Egipto me concedieron el título de Faraón y Dios de Egipto?- las manos se movieron por esa nueva zona haciendo que el muchacho soltara un gritito inesperado -. ¿Acaso no seré yo capaz de hacer por quien amo, algo menos de lo que hizo Isis por su esposo?
Cualquier cosa que pensase Bagoas al respecto, dejó de tener importancia ante la marea de sensaciones que estaban llenándolo. Un sueño maravilloso era ése, porque solamente en sueños podía sentir con partes de su cuerpo que nunca había sentido. No sabía si se encontraba más eufórico por estar completo otra vez o por las palabras de su amado: ‘por quien amo’.
‘Por quien amo…’
‘Por quien amo…’
¿Cuánto tiempo había esperado para oír esas palabras?
Ni siquiera él mismo podía decirlo, pero ya no importaba. Por
fin estaban allí, dichas para él. De pronto, sintió un
temor repentino a que esa parte nueva de él lo hiciese actuar de un
modo que no agradase al rey. No conocía ese cuerpo nuevo, no sabía
cómo iba a reaccionar, no le importaba si a él no le causaba
placer, lo único que le importaba era no decepcionar a su rey.
- No te preocupes, precioso… Déjate llevar, yo te conduciré…
Y como siempre, Bagoas obedeció. ¿Acaso no había seguido a su rey a través del infernal desierto, de las heladas cumbres del Hindo Kush y las agobiantes selvas de la India? Como siempre, él seguiría a Alejandro, dondequiera que éste quisiera llevarlo. Confiado y seguro en sus brazos, se abandonó a su dirección y mando sin dudas ni vacilaciones, porque nada de lo que su rey hiciera, podría causarle daño.
Igual que el sol calentaba la tierra, poco a poco, así es como Bagoas sentía el calor de las tiernas caricias y los besos que caían sobre su cuerpo y eso era justo, Alejandro siempre había sido su sol, su luz más brillante, el calor. Frío y destemplado se había sentido durante todos esos largos años, privado de su presencia.
Tal como en el pasado, la tierra de Persia volvía a rendirse ante el firme conquistador y no opuso resistencia cuando el experimentado general clavó su estandarte y proclamó su absoluta soberanía sobre ese territorio. No era solamente tierra, Bagoas también podía convertirse en aire y agua si Alejandro se lo pedía. Similar a su baile, a esa turbulenta alegoría del agua que había danzado minutos antes, el muchacho se deshacía en lentos gemidos de placer mientras todo su ser se estremecía. Del mismo modo en que el mar podía verse calmo en su superficie y guardar violentos remolinos en la profundidad, así iba descubriendo un nuevo cauce de emociones que lenta pero inexorablemente lo elevaban hacia la superficie de cosas nunca experimentadas.
Estaba cabalgando en la cumbre de una ola, una ola que crecía y crecía bajo el embrujo de las manos y el cuerpo de Alejandro. Presentía en lo más íntimo que tarde o temprano llegaría a la costa y que eso no podía tardar mucho, pero hubiese deseado poder prolongar ese viaje por todo el tiempo posible. Temía y al mismo tiempo ansiaba llegar al final.
El éxtasis se estrelló contra su cuerpo con la misma intensidad y la misma natural violencia con que las grandes olas del Mediterráneo rompían en los acantilados de Alejandría, con estrepitoso fragor, suspendiendo por un mágico instante el momento en que el mar se esparcía en rutilantes gotitas que se estremecían en el aire antes de caer y retornar a su lugar de origen.
Y cuando todo cesó, el agua empezó a retomar la calma y a retirarse lentamente, dejando a su paso como recuerdo de ese encuentro, la estela de espuma blanca desvaneciéndose al sol.
Estremecido de placer, temblando todavía, se acomodó al lado del cuerpo fuerte que siempre lo había cobijado, en los brazos poderosos que nunca habían dejado de abarcarlo después del amor, y con devoción absoluta posó un beso leve en cada pequeña y no tan pequeña cicatriz del pecho amplio que en ese momento usaba como almohada. Cuando volvió a su sitio, el aliento de Alejandro fue apenas un suspiro removiendo ligeramente el cabello de su frente al hablar.
- ¿Podrás perdonarme, Bagoas?
Hubo un segundo de incredulidad en el muchacho antes que pudiese hilvanar una frase en respuesta.
- ¿Perdonarte…? Mi señor,
yo no tengo nada, nada que perdonarte…
- Oh, sí… Porque te dejé solo durante tanto tiempo en
medio de tantos lobos. Solo e indefenso a merced de mis enemigos… Pero
yo sabía que solamente en ti podía confiar, que cuando yo no
estuviese, tú serías el único que haría todo lo
posible para que yo pudiese descansar en un sitio que fuese de mi agrado.
Estaba seguro que harías todo lo que estuviese en tus manos para conseguirlo
y no me equivoqué.
Una imagen saltó en la mente de Bagoas, inevitable, la imagen que lo había llenado de culpa durante todos esos años y el nombre rebotó en su memoria, sin piedad, sin que pudiese evitarlo: Pérdicas, Pérdicas, Pérdicas…
Antes que pudiese pensar en decir algo, en admitir aquello que únicamente a Tolomeo le había confiado, la mano grande y callosa de Alejandro le tomó el rostro para levantarlo y hacer que lo mirase. Durante segundos, Bagoas se ahogó en las doradas pupilas que lo enfrentaron y luego, hubo una pequeña sonrisa, y un beso dulce que derritió toda su determinación.
- No tienes que decir nada, precioso. Todo está bien, no hay nada que perdonar… Mis asuntos con el general Pérdicas ya se arreglaron hace tiempo.
Bagoas no quiso buscarle una explicación a eso. Su rey lo sabía, lo sabía todo y lo perdonaba y eso era tan valioso para él que no hubiese podido explicarlo nunca. La culpa que había guardado en su pecho durante tantos años se disolvió como se disolvía la nieve al sol y por fin se sintió libre. Abrazó con fuerza el cuerpo de Alejandro, temeroso a despertar de ese sueño que era el más maravilloso que hubiese tenido nunca.
- No me dejes de nuevo, mi señor…- pidió en un susurro trémulo -. Por favor, mi señor… Permíteme quedarme aquí contigo… No quiero despertar…
Una vez más la risita leve del hombre hizo que Bagoas lo mirase y al hacerlo, encontró muchas más respuestas de las que hubiese pensado.
- No es un sueño, ¿verdad,
señor mío…?- preguntó y vio la lenta negación
-. De verdad viniste por mí… Te esperé y viniste…
- ¿Quieres quedarte conmigo, Bagoas?
- ¡Siempre, siempre!- exclamó y de pronto, se irguió un
poco, dudoso -. Pero… Pero yo creí que Hefestión estaría
aquí contigo…
- Oh, él también está aquí- dijo Alejandro -.
Si tú lo quieres, no tienes que verlo, pero…
Bagoas recordó aquello que su rey había dicho alguna vez: “Hefestión también es Alejandro” y supo que por fin, todo estaba bien entre ellos. Al general había correspondido adelantarse y esperar a Alejandro y a él ofrecerle su último servicio para reunirse con ellos al final. Asintió en silencio y volvió a acomodarse en el abrigado nido que ya nunca abandonaría.
- Yo haré lo que tú quieras,
señor mío. Lo que te haga feliz me hará feliz también
a mí.
- Entonces, mi dulce Bagoas… Bienvenido.
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Tolomeo entró en la habitación unos minutos después de haber encontrado al sirviente y pedirle que lo ayudara a poner a Bagoas en el lecho.
El recinto estaba calmado y silencioso. Ya ni siquiera se oía la brisa nocturna, ni el chillido lejano de las gaviotas. Cuando se acercó al sillón, antes de ver, supo que la espera había terminado para el eunuco.
La feliz sonrisa en el rostro le indicaba que había obtenido la recompensa a la dedicación, a la devoción y al intenso amor que siempre había profesado a su rey. Alejandro había venido por él y con seguridad había comprendido y disculpado. Las manos todavía delgadas del eunuco habían dejado caer aquellos ropajes que atesoraba como recuerdo de ese memorable baile enfrente de sus soldados e inclusive delante de la Reina Roxana, así que Tolomeo con bastante trabajo se inclinó para recogerlos y volver a colocarlos en su sitio.
Ahora, era él el guardián de la tumba de Alejandro, pero intuía que su presencia ya no era necesaria.
En silencio, abandonó la estancia para regresar al palacio.
“Cuando Alejandro exhaló su último aliento, Bagoas había sabido quien lo estaría esperando en la otra orilla. Por eso no se había matado. No quería que lo acusaran de ser un intruso en ese reencuentro. Pero Alejandro nunca había sido ingrato. Jamás había despreciado el amor. Un día, después de haberlo servido fielmente, habría una bienvenida para él, como la había habido siempre…”
Juegos Funerarios – Mary Renault.
FIN
