
La lluvia repiqueteaba sobre los cristales de las ventanas. Incesante, monótona pero el sonido me resultaba agradable.Afuera, la oscuridad era casi completa, rota de vez en cuando por los fogonazos de ocasionales relámpagos que iluminaban todo por unos segundos, con su luz azulada y fantasmagórica.
Dejé que mi vista vague por el recinto, deteniéndome apenas en ciertos detalles que demuestran el abandono del sitio y eso dolía. Dolía porque eso fue mi hogar, y ver el hogar convertido en una ruina es algo difícil de asimilar.
Ya no había alfombras que atenuasen los pasos, ni espejos que reflejaran una y otra vez la imagen del dueño del lugar, ni tampoco grandes veladas elegantes y aristocráticas.
Porque el dueño real de este lugar está muerto.
Por eso los espejos fueron quitados, al igual que las alfombras, los cuadros y cualquier objeto que pudiese ser valioso. Y todo aquí era valioso.
Sin embargo, reacondicioné un poco esta habitación para que el lugar fuese habitable, al menos mientras termino de cumplir el objetivo que ha impulsado mis días hasta hoy.
El sillón donde estuve sentado lo encontré en alguno de los otros recintos, la mesa también; milagrosamente, la cama adoselada seguía allí. Es posible que fuese demasiado ostentosa como para llevarla a otro lugar.
Pasé los últimos días sentado aquí, escuchando, escuchando... Sin cansarme nunca de oír, pensando que cada sonido era como música pese a la diferencia que pudiesen tener con respecto a aquella.
Finalmente me puse de pie, porque era tiempo de terminar con todo de una vez por todas.
Apenas di unos pasos y tuve que detenerme ante uno de los magníficos espejos que por un milagro parecía haberse salvado de la barbarie.
Deslicé mi mano blanca y fina entre mi cabello y aquel se dejó guiar dócilmente. Con algo de desconcierto, me di cuenta de lo que los años habían hecho en mí, porque ya no era el colegial de Hogwarts el que me miraba desde el reflejo.
Era un hombre joven, de casi veintidos años, delgado, de complexión esbelta. Los rasgos del rostro, angulosos, pero sin duda aristocráticos. Los ojos grises me devolvieron una mirada vacua y vacía, sin sentimiento. Contemplé ese reflejo durante largos segundos, intentando frenéticamente encontrarme en esa imagen, sin resultados.
En un instante de desesperación, froté la pulida superficie del espejo para tratar de encontrar allí la imagen del adolescente idiota que fui, pero fue en vano. El hombre de mirada extraña volvió a escudriñarme sin piedad y en la mirada había algo inquietante y peligroso. Una advertencia o una señal.
Vestido enteramente de blanco, ni siquiera parezco un Mortífago. Ellos usaron sus capas negras y sus máscaras blancas, pero nunca fui uno de ellos, y lo que me motiva a mí no son sus mismos ideales.
Por eso, la figura reflejada en el espejo es diametralmente opuesta a lo que ellos fueron, y mis ropas son blancas, inmaculadas y casi flotantes. En lugar de la máscara, una franja negra cruzaba mi rostro a la altura de los ojos. Tal vez por eso, por el violento contraste entre ese negro profundo que los rodeaba, mis ojos se ven todavía más grises, casi blancos, de mercurio y por lo mismo, quizás sea ésa la advertencia.
Ésta ha sido mi apariencia oculta por años. Un escondido ángel de la muerte. Pero tal vez pronto llegue el momento de abandonarla y recuperar la paz.
Un relámpago interrumpió mis cavilaciones y la observación de mí mismo.
Tenía algo por terminar, y por una vez no tenía prisa, porque sabía que ya nada me separaba de lo que ansiaba, era solo cuestión de tiempo, y tiempo era lo que me sobraba.
Regresé a la ventana, y desde allí contemplé el exterior, los jardines que alguna vez fueron un parque hermoso y ahora un símil casi tan tenebroso y oscuro como aquel Bosque Prohibido de mi adolescencia.
El cielo encapotado de nubes violáceas seguía dejando caer la lluvia, y abrí las ventanas de cristal para que el viento y el agua entrasen a placer. El aire frío agitó mi cabello, y elevé el rostro esperando que el agua que llegaba del cielo curase mis penas.
Sin embargo, yo sabía que sólo había un modo de acallar el dolor.
Giré sobre mis pasos para enfrentar otra oscuridad.
Salones vacíos, altas ventanas de cristales rotos, los fantasmas de un pasado de gloria se reían de mí a cada paso que daba por la mansión abandonada y oscura. Este lugar es casi maldito, nadie viene por aquí porque la tradición oscura que rodea este sitio es ancestral, ha perdurado por generaciones, y unos pocos años no podrán eliminarla con demasiada facilidad.
Muchísimas telarañas, polvo acumulado por días y días. Ya no hay elfos domésticos que lo mantengan todo pulido y brillante. Cada cortina rasgada, cada cristal destrozado me dolía en el alma.
Me detuve un momento más.
Pensaste que con Voldemort acabado, todo habría terminado. Que estarías a salvo y podrías continuar tu vida tranquila, ignorando la destrucción que habías causado en vidas como la mía.
Por supuesto, fingí aceptarlo con la displicencia y ecuanimidad con la que me habían educado. Juré por todo lo que quisieron que yo no sabía nada de las actividades de mi padre, que mi madre y yo éramos inocentes y tan víctimas como cualquier otra familia diezmada por la guerra.
Y como yo jamás había tenido ni siquiera un reporte en Hogwarts, me creyeron. Creo que el viejo Dumbledore no me creyó demasiado, pero no me preocupó. Apenas pasó un tiempo prudencial, mi madre y yo viajamos lejos, dispuestos a dejar que todos nos olvidaran.
Pero yo no olvidé, oh, claro que no...
¿Podía acaso olvidar que mi padre se pudría y enloquecía lentamente en una celda en Azkabán? Dudo que nadie pudiese alejar un recuerdo así de su mente. Yo no, en todo caso. Porque los Dementores habían abandonado la prisión, pero no antes de permanecer junto a él, el tiempo necesario para arrebatarle la razón. Y ni siquiera eso los movió a misericordia. Dejaron que se extinguiese, poco a poco, que su vida se apagase lentamente, y no hicieron nada por impedirlo.
Aún recuerdo el día que llegó la lechuza con la noticia de su muerte. Lo sabíamos, lo esperábamos incluso, pero igual fue doloroso, intensamente doloroso.
Por supuesto, lo que yo tanto temía, sucedió.
Mi madre no lo sobrevivió mucho. Nunca fui testigo de grandes demostraciones de amor entre ellos, a decir verdad, siempre creí que el matrimonio había sido arreglado, pero de algún modo, se habían ligado tanto, que uno no existía sin el otro.
Yo había hecho una promesa cuando tenía quince, pero en el momento en que puse una rosa blanca sobre la tumba de mi madre, juré que la llevaría a cabo a cualquier precio.
Ese mismo día, Draco Malfoy también murió y nunca más nadie volvió a saber de él.
Y ese día, nació esa figura inquietante que me observaba desde el espejo. Ese día, se inició la cacería más lenta y estudiada que jamás haya llevado a cabo mago o muggle sobre esta tierra.
El cazador era yo, y la víctima, por supuesto, eras tú.
Creo que he empezado a hablarte con mi mente, aún sabiendo que no estarás escuchando, pero está bien. Me ayuda a seguir adelante.
Volví a Inglaterra, y me dediqué a seguirte, a estudiarte, a conocerte.
Yo estaba cerca cuando empezaste a trabajar en Gringotts. Te veía llegar, salir, ocasionalmente ibas de compras de compras al Callejón Diagon.
Estuve cerca cuando alquilaste un pequeño departamento en Little Haggleton, y me aseguré de tener una vista adecuada del sitio. Un día que no estabas, violente tus patéticos conjuros de protección y coloqué mis ‘Ojos’, un hechizo oscuro muy útil para espías.
Si hubieses seguido en contacto con Severus, él podría haberte alertado, pero tú, con tu estúpido orgullo, te alejaste de él en cuanto la guerra terminó. Eso fue bueno para mí.
No estaba lejos tampoco el día que con tus inseparables amigos fuiste a ese partido de Quidditch y te reencontraste con Wood.
Ustedes tenían mucho en común, y yo vi claramente en los ojitos de Oliver el interés brillando; y también vi que le correspondiste. Fue cuestión de tiempo para que te contactara y te pidiera una cita. Merlín, siempre fuiste tan predecible que casi pude anticipar el día que lo invitarías a cenar a tu departamento, con la clara intención de pasar la noche con él.
Claro que Oliver jamás fue tonto, y aceptó.
Bajo las tenues luces cenaron comida que tú mismo cocinaste... ¿Quién hubiese dicho que podías cocinar tan bien? Al menos, eso me trasmitían mis ‘Ojos’ diseminados en toda tu casa. Vino fino, música...
A la cena siguió una pequeña charla, y en algún lugar entre esas frases que pretendían ser una conversación, te besó. Un beso lento y casi tímido, que ante la aceptación con que fue recibido, se convirtió en otro, y otro y otro. Sus manos se deslizaron a través de tu cuerpo, primero sobre la ropa y luego, con todo tu consentimiento, los expertos dedos de Oliver se deshicieron de a poco de cada prenda.
Así que además de todo tenías un buen físico... Fue un descubrimiento inesperado y observar se convirtió en algo mucho más placentero porque tu piel color caramelo tuvo otro tono cuando la excitación comenzó a despertarse. El rubor se encendió de a poco y también de a poco fue ganando terreno, tus músculos se ponían tensos cuando las manos de Oliver te acariciaban e investigaban en resquicios impensados.
No te quedabas atrás, sin embargo. Demostrando que ya no eras tan tímido ni tan inexperto como antaño, disfrutaste largamente al desvestir a tu antiguo Capitán del equipo del colegio, y durante largos minutos, tu boca recorrió el delgado cuerpo de Oliver, sumiéndolo en un éxtasis similar al que tú mismo habías disfrutado minutos antes.
También presencié el momento en que te abandonaste a sus manos y le permitiste tomar posesión de tu cuerpo, abriéndote a él, cediéndole paso para que su carne palpitante y firme se adentrase de a poco. Observé tu gesto de dolor y placer, en una inequívoca mezcolanza, tus manos crispadas sobre las mantas, las pequeñas gotas de sudor que perlaron tu frente. Unos segundos después, cuando se inició la danza que los dos bailaron juntos, el placer ganó la partida y tus dedos se aferraron a la espalda y los brazos de Oliver. Se abrieron tus labios en prolongados jadeos de súplica para que no se detuviese, para que siguiera y te diese más, y más...
Hasta que el placer estalló para ambos.
Oh, claro que estuve allí.
Alguna vez presentiste mi presencia y esos instantes fueron preciosos. Te observé inquieto, revolviendo la mirada sobre tu hombro, a la espera de ver o encontrar el motivo de tu inquietud, pero por supuesto sin encontrarlo. Eso resultaba particularmente divertido.
Algunos días, casi ansiaba que me vieses, que me encontrases y que el asunto terminase por completo, pero casi a propósito esos días ni siquiera parecías recordarme.
Paciencia.
Hay dicho muggle que dice: La paciencia es un árbol de raíces amargas y frutos dulces... Y vaya que yo había probado raíces amargas. Nadie degustó tantas raíces amargas como yo, de manera que tendría que tener paciencia para recoger los frutos dulces.
Porque no tenía ninguna duda que serían dulces los frutos de la venganza.
Lo que me lleva a recordar también a tu amiga sangre sucia... Granger.
Sabelotodo incurable... Alguna vez le dije que esa manía de querer saberlo todo sólo le acarrearía problemas. Y así pasó. Supongo que le mencionaste en algún momento tu inquietud, esa extraña sensación de ser observado continuamente. Otro lo hubiese tomado como una excentricidad más del Niño Dorado, pero Granger era tu amiga y puso todos sus conocimientos para tratar de averiguar qué sucedía. Pese a mis cuidados, me descubrió, y por supuesto, no podía dejarla vivir para advertirte. No podía permitir que una sabihonda arruinase tanto tiempo de planificación y tuve que deshacerme de ella.
Lógicamente, perteneciendo a una familia muggle, todos pensaron que había sido un ‘penoso accidente de tránsito’.
Por Merlín, a veces no puedo entender lo crédulos que son...
La comadreja estuvo inconsolable, lloriqueó y regresó a su covacha junto con sus padres a enterrar su pena en esa pocilga hedionda que siempre llamó ‘casa’.
Por supuesto, yo no andaba lejos cuando fuiste a consolarlo, a brindarle tu apoyo y tu amistad. Mi secreto siguió a salvo y el tiempo continuó su curso.
Tu vida también.
Aún hoy podría detallarte los preparativos que hiciste para tu boda. Te acompañé a elegir salón, a comprar las túnicas de gala, una para ti y otra para tu futuro esposo; de un impecable buen gusto, debí admitir. Al parecer los años remediaron ese pésimo gusto para vestir que solías tener.
Si hasta yo mismo me procuré galas especiales para ese día y desde un alto rincón oscuro presencié cómo el vejete de Dumbledore los convertía en esposos... Hasta que la muerte los separe, dicen los muggles...
Me gusta esa frase. Profética, diría yo.
Los planes para el viaje a Estados Unidos de luna de miel. Ése fue el momento preciso para mí y lo supe en ese instante.
Fue una epifanía, una revelación divina... un momento de gloria anticipada.
Un trueno hizo retemblar las paredes y me sacó de mis recuerdos.
“Es hora.” Me dije y retomé mi camino a través de corredores oscuros, y salones olvidados.
Finalmente una puerta gruesa descubrió una escalera descendente de piedra cruda. Apenas crucé el umbral volví a escuchar, y allí estaban... suaves, pero todavía se oían.
Convoqué una luz tenue, y bajé sin prisas por la empinada escalera de caracol, internándome en la penumbra.
El olor que provenía del sitio era fuerte, pero me obligué a continuar. Descomposición y heces, todo junto... Efluvios que preceden al final de todo.
En cuanto terminé de bajar los peldaños, el cuadro que tuve frente a mí fue el preludio de la venganza porque te vi reducido a un montón de mugre y suciedad, enloquecido y ronco de tanto gritar y sollozar en vano.
¿No es justicia divina? ¿No habrá gritado así mi padre, en medio del asedio de esos Dementores? ¿No habría seguramente arañado su rostro de desesperación, tal como tú lo hiciste, o roto sus ropas, incluso no se habrá golpeado contra los muros en un ataque de impotencia, furia y angustia por no poder salir de su encierro?
Yo creo que sí.
La celda donde te puse hace ya unos cuantos días no es grande, creo que unos dos metros por dos... Bastante como para albergar la locura. Es claro que usé magia oscura para reforzar este sitio y que tu magia sea poco más que inocua...
Y lo más hermoso de todo esto es que nadie te extraña. Tus amigos, tus conocidos creen que estás divirtiéndote en tu luna de miel, y en cambio, te tengo aquí; arrumbado en un rincón hediondo, balanceándote y murmurando incoherencias ante la vista del cadáver de tu flamante esposo.
No tenía nada en contra de Oliver, de manera que me deshice de él rápidamente, sin hacerlo sufrir, pero claro, no era lo mismo contigo. Matarlo frente a tus ojos fue un complemento extra. Algo así como la fresa sobre el helado... o las chispas de chocolate del pastel...
Del mismo modo que contemple tu vida durante tanto tiempo, contemplé tu derrumbe en estos días. Te escuché gritar, una y otra vez hasta que tu voz se convirtió en un sonido desgarrado y ronco; pero como te dije al principio, nadie viene por aquí.
Y nadie sabe que estás aquí.
Ya no estás en posición de reconocerme, pero no podía irme sin dirigirte la última despedida.
- ¿Recuerdas mis palabras? Te lo dije hace años: Estás muerto, Potter...
- Gracioso... gracioso, gracioso...- dijiste entre risitas.
En verdad es gracioso, porque ésa fue justamente tu respuesta aquel día.
- Te lo prometí, Potter... ¿Lo recuerdas, verdad? Cuando enviaron a mi padre a Azkabán, te prometí que pagarías, que ‘yo’ te haría pagar por lo que le habías hecho a mi padre... Pero claro... El Niño de Oro no podía creer en la palabra del hijo de un Mortífago... Te dije que solo tenías que esperar y serías mío...
Ya no estás riendo, ahora estás llorando y no entiendo lo que estás diciendo porque escondiste el rostro entre las manos, pero tampoco me interesa.
- Adiós, Potter.
Regreso por donde llegué, en calma, por primera vez en muchos años. Vuelvo a trepar los peldaños de piedra y lentamente emerjo al exterior.
Desde abajo, me llegan todavía tus gemidos patéticos y harto ya de oírte, empuño mi varita para sellar de una vez ese sitio, y que el tiempo se encargue de ti.
Mientras el muro crece bajo el mandato mágico, los sonidos cesan, no solo fuera, sino también dentro de mí. Los del exterior, son tus gritos de auxilio, los de mi interior, son los que me persiguen desde el único día que conseguí visitar a mi padre en prisión.
Esos gritos me han perseguido noches enteras, pidiendo venganza, y hoy, por primera vez, han quedado en silencio cuando el muro terminó de cerrarse.
Ahora me marcharé, olvidaré que alguna vez existió Harry Potter, que alguna vez existió Draco Malfoy y que alguna vez tuve un padre que enloqueció y murió en Azkabán. Tendré una vida nueva y te olvidaré para siempre, Potter.
Salgo al exterior, ahora llueve torrencialmente, el viento sigue siendo frío. El agua me golpea el rostro y lava de a poco la pintura negra que marcaba mi rostro mientras me alejo de ese lugar para siempre.
Tal vez ahora tenga paz...
FIN
