CV
AMO
~o0o~

No estaba prestando ninguna atención al murmullo atemorizado que le llegaba desde un extremo de la habitación, donde sus discípulos, sus jóvenes alumnos susurraban casi acurrucados. Montado en el alto andamio donde se había encaramado hacía algunos minutos, desechó por completo la tela en la que había estado trabajando, desechó seguir descubriendo los rostros de esos antiguos filósofos griegos, para tomar una tela en blanco y arrojar sobre ella su ira.

“La ira debilita...” se repetía una y otra vez, intentando creer que a fuerza de repetir esa frase podía conseguir dominarse como lo había hecho muchas veces en el pasado.

Pero en todas aquellas veces en el pasado no había estado tan obsesionado de manera tan profunda y absoluta como lo estaba en ese momento. Y aunque le doliese reconocerlo, lo que tenía eran celos.

Si tenía que recordar con exactitud cuando había comenzado eso, podía hacerlo. Podía recordar a la perfección la noche en que su ángel ataviado de azul y oro, brillante, hermoso como las estrellas que brillaban en el cielo de Venecia, había arrojado su libro al suelo enfrentándolo con expresión contrariada y por primera vez le había echado en cara ‘aquello’.

- ¿Por qué me manejas como un títere...? Siempre soy yo quien siente, quien se derrite de placer, quien gime y clama... Cómo es que nunca sientes nada... ¿Por qué...?

“Porque no puedo” hubiese contestado de haber podido. “Porque puedo darte una eternidad de noches si lo deseo, pero no puedo darte el placer que estás buscando, al menos no como lo esperas...”

Y por primera vez, sintió los ojos cosquillear con lágrimas de impotencia. Impotencia en todo el cruel sentido de la palabra. El taimado angelito se había acercado sin temor, sin miedo alguno, y había comenzado a desprender su camisa, desatando los lazos con cierta cautela, pero sin detenerse.

- Soy tu juguete, Amo... Permíteme...- dijo y su mano se deslizó dentro de la ropa, directamente entre sus piernas.

Ronroneó como un gatito cuando palpó su dureza, pero eso no hizo más que atormentarlo, porque no podía explicarle que ‘eso’ siempre estaba así, y que seguiría así por el resto de la eternidad, pero que nunca pasaría de ese estado. Nunca erguiría su orgullosa cabeza ni conocería el tibio resguardo entre las paredes apretadas de su cuerpo.

Aunque sus ojos dijeran lo mucho que su alma podía sentir, había una verdad más acuciante e innegable.

“Nada, mi Amadeo... No siento nada...”

Pero por supuesto el orgullo le impidió hablar, su orgullo patricio, orgullo de romano erudito y príncipe veneciano. En cambio, lo trasladó hacia el lecho, lo hundió entre los cobertores de damasco y encaje, entre los almohadones mullidos y le dio lo único que podía brindarle sabiendo que la delicada línea entre el placer de la sangre y el placer del sexo era muy fácil de confundir.

Un sorbito de su sangre caliente y la frontera desapareció. El cuerpo joven y ansioso quedó laxo entre sus brazos, luego de su disparo de placer. Más besos, besos ardientes, besos de sangre que una vez más lo dejaron inconsciente para darle a él la oportunidad de escapar por una noche más.

Pero era claro que eso no sería suficiente por mucho tiempo.

Las palabras y los pensamientos de Amadeo resonaban dentro de su cabeza hacía ya unos cuantos días. Palabras proferidas en medio de un arrebato de pasión como los que a veces se apoderaban del muchacho.

- ¿Estás disgustado porque me divertí?

Recordando el tono casual y sincero en la voz del chico, Marius posó el pincel en la paleta, en el delicado color carne que había preparado y deslizándolo a velocidad escalofriante, aparecieron en el lienzo, un rostro de cálidas mejillas, la nariz perfecta, el sitio donde iba a colorear luego, con un toque de carmesí, los labios invitantes. Una pizca de blanco tenue en la delicada curva de la boca le daría el brillo húmedo que tenía la boca de su Amadeo.

Amadeo, Amadeo... No podía quitarlo de su mente, y furioso por eso, una vez más, hundió el pincel en el color negro azabache que tenía a un lado del rojo, y con grandes y rápidos trazos, delineó una gran ala oscura que se extendió sobre el paño de blancura inmaculada, resaltando de manera brutal como el pecado original en el alma de un inocente.

Su inocente Amadeo...

Había intentado decirse que el chico necesitaba aprender y necesitaba aprender todo. Tenía que conocer el amor que podían brindarle las mujeres y también el que podían brindar los hombres. Si llegaba a decidir concederle el Don Oscuro, y eso aún no lo había decidido del todo, el muchacho tenía que saber con exactitud a qué renunciaba.

Había sido un placer enorme sustraerlo de la casa de aquellas cortesanas donde lo había enviado en primer lugar. Traerlo dormido, el rostro todavía arrebatado y cubierto de una fina capa de sudor, dejarlo en la enorme cama que compartían y esperar a que despertase. Cuando aquello sucedió, hasta se permitió comprobar qué tanto había aprendido el muchacho.

Bastante al parecer, porque se arrojó sobre él, voraz de besos y caricias, desprendió su camisa y con verdadera delicadeza tomó los pequeños pezones fríos y rígidos entre sus labios suaves, succionándolos intentando incentivar placer en el ser de deslumbrante palidez que lo dejaba jugar con él.

Una vez más, los besos de sangre hicieron que su pequeño diablillo olvidase el ansioso contacto humano que tanto deseaba con su Maestro. Y una vez más, no fue suficiente del todo.

- ¡Inocencia...!- había exclamado, enojado de nuevo -. No soy inocente, Amo. Tú no toleras la inocencia... cuando estamos juntos en el lecho no soy inocente, y no soy un niño. Soy un hombre.

Con sus caricias y besos, lo había divertido, pero todavía le quedaban cosas por aprender y luchando con su egoísmo, a la noche siguiente Marius lo envió a otra casa, todavía más exótica que la primera, donde en lugar de mujeres de toda clase, ofrecían jovencitos de toda especie.

Unas cuantas pinceladas más y el contorno de las plumas negras apareció dando forma al oscuro nimbo que formaban las alas en torno a otro ángel de rostro inocente.

Eso tampoco resultó difícil.

Aquellos muchachitos de piel suave, labios pintados y movimientos mórbidos, no representaban nada más que ocasionales maestros y su Amadeo los aceptó de ese modo. Como una experiencia más de la cual aprender todo lo que su Maestro quería que aprendiese.

Todavía podía recordar la delicada camisa de seda color crema con la que estaba vestido cuando lo sacó de aquel burdel donde él mismo lo había enviado.

- ¿Estás enojado porque me divertí...?- recordó de nuevo.

Esa fue la pregunta que lanzó su boca, pero estaba la otra, la que lanzó su mente y sus labios no llegaron a pronunciar.

“¿Por qué me enviaste allí si eso te causaba tanto dolor...? Hice lo que me ordenaste... ¿Por qué me obligas a aprender cosas que nos separan? ¿Por qué no me enseñas tú mismo...?”

- Te dije que te quedaras quieto- fue la única frase que pronunció antes de continuar pintando.

Obediente, el muchacho volvió a recostarse en el diván que habían traído especialmente desde aquel burdel, pese a que tenía frío y estaba agotado mientras Marius pintaba sin dejar de observarlo. Sin dejar de desearlo con todas las fibras de su ser, con partes de su cuerpo que no deberían sentir porque estaban muertas sin remedio.

Y sin embargo, lo deseaba.

Sin poder dejar de observar las piernas delgadas pero firmes sobresaliendo por debajo de la camisa rasgada. Aquella se había deslizado en parte y dejaba ver la cálida curva del hueso de la cadera, apenas un montículo de deliciosa carne y piel clara y perfecta. La tela plegándose y adhiriéndose al cuerpo joven y firme que apenas cubría. Sin saber con exactitud qué quería expresar, Marius pintaba y pintaba con esa febril velocidad que causaba vértigo a quien estuviese mirando Hasta que al amanecer, dejó caer los pinceles y se fue.

En ese momento, Marius hizo un movimiento imperceptible y contempló el lienzo que había pintado en esa ocasión pasada.

Pensó en la violenta diatriba que hubiese originado aquella pintura entre los críticos de su amado Boticelli. Savanarola hubiese tenido un festín criticando aquella obra.

Obsceno, pagano, diabólico... Palabras más, palabras menos, ésa sería la descripción que hubiese obtenido esa obra suya. Obra que al parecer tampoco su Amadeo había podido apreciar porque al regresar al atelier, había encontrado la pintura arrumbada en el sitio donde yacía en aquel momento y la nota sobre el escritorio:

“Tú eres el Amo y tendrías que saber todas las cosas... Resulta insoportable ser guiado por alguien que no sabe hacerlo...”


“Que no sabe hacerlo. Que no puede hacerlo” pensó desesperado.

Marius levantó el pincel del lienzo segundos antes que la furia y el dolor le hicieran crispar los dedos a punto tal que el instrumento se hizo astillas en su mano. Despechado, arrojó los trozos a un lado y verificó que el resto de los pinceles estaban abajo, en la mesa de trabajo.

Por apenas unos instantes, estuvo a punto de convocarlos con el poder de su mente, pero casi al último segundo, vio a sus alumnos que seguían con reverencial temor cada uno de sus gestos. No lo convocó, pero sin duda la velocidad a la que bajó del andamio, tomó un nuevo pincel y volvió a encaramarse, tampoco los tranquilizó.

¿Cuánto lo habían herido esas palabras...? Ni él podía precisarlo, sólo sabía la verdad que escondía aquella frase.

Sin dejar de ser casi un niño, Amadeo había crecido, y era por demás claro que ya no le bastaban los apasionados besos que compartían, las caricias intensas. El hombre joven que había en él deseaba más, y ese más que su Amadeo deseaba, Marius no podía brindárselo.

La sangre que lo había hecho inmortal, había matado su cuerpo, y por supuesto, él no le había dicho nada al respecto.

Amadeo seguía pensando que su amo era un ser extraordinario, misterioso y tal vez ligeramente siniestro al cual amaba; pero quien a pesar de sus repetidas frases de amor, físicamente no le daba más que caricias y besos.

- ¡Soy un hombre y te empeñas en no verlo!- le había espetado furioso.

“¡Lo veo! Lo veo... Lo siento con mis manos cuando te toco y te ansío, te deseo como no deseé a nadie. Y mi deseo duele porque no sólo es espiritual... Se supone que con una vida tan larga, no debería desear tanto poder satisfacerte, pero es evidente que no lo sé todo respecto a mí mismo... Te deseo, precioso mío y sufro porque no puedo complacerte por completo... Y por eso te envié a esos sitios. Esperaba que allí pudieses encontrar lo que yo no puedo darte”.

Con desaforada pasión, delineó manos unidas en silenciosa plegaria, manos blancas de largos y delicados dedos. Los mismos dedos que una y otra vez buscaban despertar en él un deseo imposible de resucitar.

Más velocidad, más color... Rojo oscuro, azul, toques de negro, necesitaba el color justo. Arrojó lejos esa paleta arruinada y como una exhalación bajó por otra nueva donde mezclar colores a vertiginosa rapidez hasta obtener el preciso cálido color de los rizos de su Amadeo. Los murmullos asustados a sus espaldas eran una molestia, pero se aisló de ellos intentando capturar en la tela, la sutil onda del cabello, el resplandor de la luz cuando incidía sobre ellos transformando el color, haciendo que ese tono que en otros mortales era simple marrón, fuese en su ángel, la visión de ámbar en hilos.

La nota sobre el escritorio, encontrada la noche siguiente, fue seguida por una multitud de imágenes que recogió de la asustada mente de sus discípulos, sobre todo de Riccardo.

El muchacho había salido de juerga todo el día, y Riccardo lo había seguido, de lejos, con discreción, aterrorizado por las consecuencias que esos actos podían traerle a Amadeo, pero incapaz de detenerlo. Bebida y juego, varias chicas hermosas, su pequeño aprendiz de hombre no desdeñaba nada.

“Ni nadie” pensó, recordando la noche en que su precioso Amadeo había elegido a ese hombre.

Marius no necesitó entrar a la taberna, ni siquiera acercarse demasiado para saber la clase de hombre que era.

Noble, pero ignorante, pendenciero, mañoso... Y Amadeo lo había elegido para dejarse seducir por él.

Con un increíble arranque de celos, arrebató de la mente de su alumno, la figura de Lord Harlech y aunque le pesase terriblemente, tuvo que admitir que era un hombre atractivo. Pero que su Amadeo lo hubiese elegido... Eso le hacía olvidar tantos siglos de ecuanimidad y paciencia, de fría lógica y pensamiento filosófico.

Aquellos hombrecitos del burdel los había elegido él y sabía que no eran un peligro... Pero éste había sido elegido por su amado. Y ahora... ¿Se sentía celoso de un mortal? Ah, qué interesante revelación, saber que no estaba tan dispuesto a dejar que cualquiera enseñase a su joven amante.

Él había empujado al muchacho a buscar eso, ahora tenía que resistir. Ese Lord Harlech podía darle a su Amadeo lo que él no podía.

Enceguecido de dolor, se apartó del oscuro umbral de la taberna y se retiró. O quiso hacerlo, incluso se elevó en la silenciosa y oscura noche hasta que las nubes más bajas humedecieron su ropa y dejaron tenues gotitas en el cabello de plata.

Por fin, los celos pudieron más, y usando el don de la mente, rastreó a su ángel hasta un palacio situado en la misma ciudad. No necesitó demasiado arte para saber por medio de las mentes de los sirvientes, que Lord Harlech y el joven estaban encerrados en la habitación de aquel.

Despacio, en silencio, llegó hasta la ventana del tercer piso y aunque sabía que iba a arrepentirse por eso, miró a través de las hendijas de las persianas cerradas.

La habitación no carecía de buen gusto pero estaba demasiado llena de muebles, sin embargo, era el lecho lo que ocupaba el centro de la misma.

Amplio, alto, de mullido colchón y de pesada madera oscura con dosel y cortinas de brocato color ciruela, pesadas y largas. Aquellas permanecían abiertas, de manera que Marius podía observar sin obstáculos.

De pie sobre la cama, podía ver el cuerpo que tan bien conocía. Ni siquiera una imperfección había en los muslos de inmaculada tersura, y el cabello esparcido sobre los hombros, brillaba bajo la trémula luz de las velas. Expuesto, los brazos abiertos hacia los lados, con las muñecas sujetas a dos argollas de metal, colocadas en el techo del dosel.

Estaba vestido solamente con los andrajos de aquella impúdica camisa de seda que ahora, abierta al máximo, dejaba ver el pecho lampiño y suave, la blanca extensión del vientre llano que Marius había adivinado aquel día, la sombría oquedad del ombligo perfecto y apenas más abajo, el nacimiento del vello rizado, del mismo bello color que los bucles que adornaban el rostro.

Por un momento se sintió confundido al ver que su Amadeo había permitido que lo redujeran de ese modo. ¿Acaso era más temerario de lo que había imaginado nunca y esa situación le excitaba?

Rastreó de forma sutil los pensamientos del muchacho y descubrió que no estaba asustado, ni tan siquiera temeroso, pero no por lo que él pensaba sino porque sus muñecas estaban apenas sujetas, pero no impedirían que se liberase si quería. Entonces su Amadeo sí quería estar allí, y así.

Hubo un sonido seco y Marius desvió la mirada hacia el extremo de la gran cama, donde alcanzó a divisar al amante ocasional de Amadeo.

Ah, claro que sería ocasional. Había visto en la mente de ese ser la retahíla de asesinatos y depravaciones que había cometido y no le resultaría para nada difícil alimentarse de él sin sentir remordimientos. Salvo por el hecho que su Amadeo lo había escogido...

El hombre, en realidad un muchacho de unos veinticinco años, dejó algunas cosas al pie de la cama y subió de un salto. Cuando el mullido colchón cedió un poco bajo su peso, Amadeo levantó la cabeza para mirarlo.

Era en verdad apuesto, aunque exótico. El cabello de color cobre rojizo estaba sujeto hacia atrás en una especie de coleta, pero se adivinaba ondulado y limpio, esto último algo verdaderamente notable en un noble inglés. Marius recordó que la mayoría de los nobles ingleses que él había conocido no eran demasiado afectos a la higiene.

Estaba desnudo, y por eso él pudo observar la espalda ancha y los brazos musculosos y fuertes, las manos grandes pero de alguna manera, no toscas. Las caderas eran estrechas y las piernas recias, apenas cubiertas por el vello rubicundo. Y allí, entre sus piernas, la pieza de armamento que él no podía esgrimir. De momento fláccida, y sin embargo con su tamaño imponía cierto respeto.

Se acercó al joven, revelando así que era casi una cabeza más alto, y adelantó la mano para acariciar el terciopelo de la mejilla sonrosada. Fue más atrás, acarició la nuca y de pronto, tomó con fuerza el cabello de esa zona, tiró de él y obligó al muchacho a echar la cabeza hacia atrás. Los ópalos de sus castaños ojos lo enfocaron cándidamente.

- ¿Cómo te llamas, hermoso...? ¿Accederás ahora a decirme tu nombre?

Con un nuevo puntazo de celos, Marius comprobó que el mortal también tenía voz agradable, algo grave y en esos momentos, casi susurrante.

- No tengo nombre, mi Lord...- respondió Amadeo, en otro susurro -. A menos que tú quieras darme uno.

Por toda respuesta, aquel lo zarandeó un poquito, y a continuación bajó su cabeza hasta que sus labios llenos se sumergieron en la boca del muchacho, gustándola como el manjar sublime que era. Se hundió en ella, su lengua caliente e imperiosa demandó entrada y el muchacho la cedió, sumiso. Mientras tanto, su otra mano lo aferró bruscamente por la cintura y lo atrajo hacia sí. Los dos cuerpos se encontraron de pronto, y Marius escuchó el pequeño jadeo que emitió Amadeo ante el contacto.

A veces, esos sentidos preternaturales eran por demás odiosos.

La mano del hombre seguía en la cintura, pero luego comenzó a descender, hasta que llegó a una firme y carnosa redondez que cubrió con su mano inmensa. Los dedos se cerraron con fuerza sobre ella y la oprimió al tiempo que su cuerpo se restregaba de forma casi obscena con el otro.

Pero al cabo de eso, se separó un poco, jadeante, mirando con sus centelleantes ojos azules los labios que había mordido midiendo la fuerza justa para no lastimarlos y no pasar el tenue umbral del dolor.

- Dime tu nombre- pidió de nuevo.

- Mmm... Dame el nombre que quieras, mi Lord...- dijo Amadeo, sonriendo suavemente.

- Veo que eres un jovencito malcriado, es claro que necesitas una lección.

Diciendo así, se separó un par de pasos y giró. Lo que había estado dormido hasta unos minutos antes, comenzaba a despertar, a dar señales de vida y una vez más, el gran Marius lo miró con desesperada envidia.

Cuando Lord Harlech regresó al lado de Amadeo, llevaba en sus manos un ancho cinto de cuero, el cual hizo oscilar ante el rostro del muchacho y luego, con estudiada y deliberada lentitud, lo rodeó hasta quedar a sus espaldas. Sus manos blancas levantaron los bordes de la camisa hasta descubrir las nalgas nacaradas, exponiéndolas ante sus ojos, y fue evidente el placer que sintió ante esa visión.

Se arrodilló, como si estuviese ante un objeto digno de sacro respeto y las acarició dejando que sus dedos se deslizaran por la redonda superficie. Apoyó sus labios sobre cada una de ellas, un beso húmedo y fugaz antes de ponerse de pie y anudar los faldones de la camisa sobre la cintura.

- Ahora, pequeño desobediente... Aprenderás...

El chasquido del primer azote resonó en la habitación silenciosa, y desde su escondrijo, Marius vio la suave marca rosada surgiendo en la piel. Pero no había sido fuerte, lo supo porque de manera casi automática, sondeó la mente de Amadeo, en búsqueda del mínimo síntoma de disgusto, para entrar y cenarse a ese mortal descarado.

Nada. Amadeo sólo emitió un leve quejido.

El segundo dejó una marca más, y hubo un tercero y un cuarto... Y ante cada latigazo, el muchacho se estremecía un poco y dejaba escapar un lamento contenido y suave, sus manos se cerraban y abrían, pero no hacía ningún intento por desasirse.

- Dímelo, pequeño bribón... Dime quién eres...

- Seré quien tú quieras, mi Lord...- jadeó Amadeo.

Los siguientes dos correazos parecieron sacudir un poco el blanco cuerpo, y a Marius se le antojó que los gemidos fueron más pronunciados. Tal vez así fue, porque el hombre arrojó al suelo el cinturón y volvió a arrodillarse y a cubrir de besos las dos enrojecidas y calientes nalgas. De improviso, tornó a erguirse y enfrentó a su rebelde esclavo.

- Eres hermoso como un ángel... Esta noche te llamarás Ángelo- decidió antes de volver a tomar por asalto la dulce boca en un beso feroz y profundo.

Una vez más lo soltó para contemplarlo con avidez y preguntarle, como desafiándolo a oponerse.

- ¿Serás mi Ángelo?

- Sí, mi Lord... Seré tu Ángelo, si ése nombre te complace.

- ¡Santo Cielo! ¡Contestas como una prostituta! Me agradas, Ángelo.

Mientras hablaba, apoyó la palma en el vientre, hermoso, blanco y ascendió. Sus dedos encontraron un pezón semi erecto, rosado y turgente, como el de una muchacha. Lo rozó con las uñas, y de repente, lo pellizcó con fuerza. Amadeo echó el rostro hacia atrás, y los rizos de ámbar descubrieron el bello rostro. Un pellizco más, algo más fuerte que el anterior y un pequeño gemido.

Ante eso, Lord Harlech se alejó un par de pasos y desde allí contempló a su cautivo, con una sonrisita socarrona y los brazos en jarra.

- ¡Miren esto...! Aquí hay algo que está levantándose sin ‘mi’ permiso...

Y se refería obviamente a la excitación del muchacho, que en esos momentos empezaba a elevarse entre los rizados vellos castaños.

- ¿Te di permiso para excitarte, Ángelo?

- No, mi Lord...

- Eres un rebelde- puntualizó aquel.

- Sí, mi Lord.

- Mereces un castigo.

- Sí, mi Lord, castígame...

No se hizo de rogar aquel hombre, cuya virilidad ya lucía una creciente erección. Al parecer, quería ser el único en verse con ese aspecto esa noche.

Del sitio de donde sacara el cinturón, regresó con un fino listón de seda.

Los ojos entornados de Amadeo lo miraron con expectativa, esperando y eso incentivó al hombre para abalanzarse de nuevo sobre su boca, mientras sin ningún tipo de recato, sus manos recorrían el cuerpo metiéndose dentro de la única prenda que llevaba. Introdujo una pierna entre las del muchacho y con ella inició una ruda fricción.

- No, no... Hay que enseñarle a este bribonzuelo a respetar mis órdenes- dijo, alejándose.

Se arrodilló frente a Amadeo, acarició las piernas, delineó cada músculo y estrujó los muslos con verdadera fuerza, dejando allí la marca de sus dedos. Metió una de sus manos entre las piernas del muchacho y ascendió. Ante el roce de aquella en sus testículos, el joven gimió sin poder evitar que su hombría diese un pequeño brinco.

- Vamos a controlar a este pequeño desobediente- comentó jocosamente y sus habilidosos dedos rozaron las delicadas bolsas, el suavísimo espacio situado detrás de ellas, y aunque se abstuvo de ir más allá, no fue necesario en absoluto.

La respiración de Amadeo se aceleró más aún cuando el hombre tomó su miembro y con verdadera pericia, lo enlazó en la base con el listón de seda. Ajustó y ajustó hasta que hubo un quejido en respuesta. Lo aseguró antes de darse por contento con esa parte de su obra.

- Ya que no podemos controlar sus demostraciones de ‘entusiasmo’, controlaremos el resto...

Juguetón, dio un suave besito en la punta humedecida antes de empezar a erguirse, de a poco, mientras sus labios se posaban apenas en el mismo hueso de la cadera que Marius había delineado tan hermosamente en otras ocasiones.

Intentando desvanecer esos recuerdos de su mente, se concentró en las nubes que rodeaban a todo su cortejo de ángeles. Cielos turquesas, nubes blancas, la mayor parte de ellas con un toque de la mágica luz que en su mente era solo una remembranza. Rosa en las mejillas llenas y amarillo de oro para el reflejo de los rayos del sol sobre los dorados cabellos de los ángeles que acompañaban al personaje principal de su obra.

Necesitaba que sus manos olvidasen la delicadeza del cuerpo de aquel que lo inspiraba, así que volvió a mezclar colores, uno sobre otro para obtener un subido tono de esmeralda con el cual trazó las ligeras líneas de una túnica para vestirlo.

Vestirlo, dejar de contemplar la desnudez gloriosa de su Amadeo...

Pero era inútil. La figura suave tal como la viera esa noche, volvía a su mente una y otra vez. Aunque cerrase los ojos con fuerza, aquella aparecía detrás de sus párpados cerrados ahuyentando la oscuridad con esa sutil luminiscencia que parecía brotar de la nacarada piel.

Pliegues, pliegues y más pliegues de tela que cubriesen el cuerpo perfecto...

La boca de Lord Harlech ascendió a través del vientre, deteniéndose una eternidad para saborear el ombligo mientras sus manos continuaban surcando la piel con la marca de las uñas. Ascendió un poco más y sus dientes se cerraron con algo de fuerza sobre un pezón pero de inmediato aplicó un beso diligente que diluyese la rudeza de su acto anterior. En cambio succionó el otro con el mismo tesón con que un ternero se prendía a la teta de la vaca.

Fueron los gemidos callados de Amadeo los que llenaron la habitación.

Más besos en los hombros, y muchas mordidas pequeñas y no tan pequeñas.

“No lo muerdas así...” pensó Marius del otro lado de la celosía de madera pero sin saber por qué le molestaba tanto ese hecho.

El hombre lo soltó solamente para tener el espacio suficiente para rodearlo y quedar detrás del muchacho y la visión del rostro iluminado por el leve rubor que había subido a las mejillas, trastornó una vez más el entendimiento de Marius.

Lord Harlech asomó su rostro sobre el hombro de Amadeo y habló en un murmullo casi inaudible, aunque no tan inaudible como para que el vampiro tras las ventanas no lo oyese.

- ¿Puedes sentirme...? Siente lo que tengo para ti...

Hubo una lenta ondulación en el cuerpo del muchacho, respondiendo al movimiento que se producía tras él, y los poderosos brazos del hombre lo aferraron por la cintura, metidos dentro de los jirones de la camisa.

Los deliciosos labios de Amadeo se abrieron en un mudo gemido cuando la firme erección del hombre rozó una y otra vez la hendidura entre sus nalgas y él se acomodó mejor, para que aquella encajase a la perfección en el surco que tan bien se adaptaba a esa caricia ardiente.

- Tu lección aún no termina, precioso...- jadeó el hombre casi en su oído -. Tienes que tener respeto por mí...

- Sí, mi Lord...- el suave arrullo de la voz de Amadeo dejó traslucir cierta diversión, algo de velada malicia.

- Y vamos a empezar con algo simple... Ya que esta noche, tú no eres quien quiera que seas... Yo no seré Lord Harlech... Yo seré...- mientras besaba los tersos hombros y no dejaba de mecerse detrás del joven, parecía pensar -. Esta noche seré quien te enseñe respeto... esta noche, seré tu dueño, así que así es como debes llamarme esta noche: Amo.

Al oír esa palabra, Amadeo levantó el mentón, y giró el rostro para contemplar el rostro de quien le hablaba, con cierta incredulidad, porque de todas las posibilidades que habían pasado por su mente, jamás pudo pensar que el hombre elegiría justo ésa. Tal vez la misma incredulidad que en esos momentos sentía el observador clandestino.

“No lo harás... Yo soy tu Amo, nadie más puede serlo...” se dijo Marius.

- Nno...

“Aprende, mortal estúpido... Sólo yo soy el Amo de mi Amadeo”.

- Imaginé que no sería tan fácil, pero no importa, mi precioso Ángelo, tengo toda la noche... Y muchos deseos de enseñar.

Cuando se alejó un paso, fue evidente que esa lejanía fue una pérdida para Amadeo, que onduló hacia atrás, buscando seguir en contacto con el otro cuerpo pero su autoproclaclamado propietario volvió a rodearlo, y una vez más se dirigió al sitio donde al parecer tenía escondidos sus tesoros. Luego de revolver un poco, sacó algo y regresó.

Zarandeó delante del rostro del muchacho una serie de esferas de madera pulida ensartadas en una soguilla y el muchacho las miró sin comprender, lo que le dio la pauta al oculto observador, que en aquel burdel donde lo había dejado días antes, no le habían enseñado todo.

- Eres suave...- dijo, y aunque Amadeo no lo vió, metió uno de sus dedos en su boca.

Cuando lo sacó, su mano descendió hasta perderse entre las aterciopeladas colinas y el pequeño rictus que afloró en el rostro del muchacho indicó exactamente dónde había ido a alojarse ese dedo intruso.

- Eres tan suave por dentro como por fuera... Y tan tibio... ¿Lo dirás ahora, precioso...?

- Mmm... Nnno...

- Casi deseaba que dijeras eso..

Pese a que no estaba viendo, Marius supo exactamente en qué momento el hombre quitó su dedo y con verdadera habilidad, empujó la primera de las esferitas dentro del cálido conducto, que cedió paso con algo de reticencia y volvió a cerrarse de inmediato.

Los brazos de Amadeo se tensionaron, y echó la cabeza hacia delante de modo que los rizos cayeron sobre su rostro ocultándolo.

- Estás muy tenso, precioso... Debes relajarte...- sin esperar, empujó la segunda esferita contra la entrada -. Dilo ahora.

Se relajaron los brazos y todo el cuerpo, casi lo justo para mantenerse en pie y no caer y la cabeza se agitó en silencio, negándose de nuevo.

La segunda esfera halló cobijo junto a la primera.

- Habías resultado un poquito terco... No es una palabra tan difícil... Admítelo, soy tu Amo...

Como el silencio fue la única respuesta que obtuvo, rápidamente la tercera esfera acompañó a las otras dos.

Ahora, el cuerpo del muchacho temblaba y el hombre volvió a tomarlo por la parte de atrás de la nuca, haciendo que echara atrás la cabeza.

Era una visión sublime.

Los párpados semientornados, las oscuras y onduladas pestañas arrojaban una pequeña sombra sobre el rostro. Algunos mechones de pelo húmedo se adherían a la frente que ahora lucía brillante por una fina capa de sudor, y los labios entreabiertos eran una dulce invitación al beso.

La boca...

Marius emergió del recuerdo de esa noche con algo de violencia al darse cuenta que mientras su mente divagaba, sus manos habían creado el cortejo de ángeles más hermoso que hubiese hecho hasta ese momento, pero su ángel principal continuaba mudo, ya que aún no había pintado los labios.

Bermellón, carmesí, magenta... A medida que rememoraba la apariencia de aquellos labios, mezclaba los colores, primero uno, luego otro y otro. Agregaba toques de amarillo para dar más calidez al tono, y después los combinaba de modo diferente, para captar toda la gama que necesitaba.

Las suaves cerdas del pincel trazaron las primeras líneas de una boca con el labio superior algo menos carnoso que el inferior. Puso color, textura y brillo a ambos, para que tuviesen toda la turgente belleza que tenían aquella noche.

Él mismo había gustado la miel de esos labios en muchas ocasiones, y jamás se le habían antojado tan tentadores y lejanos como esa noche.

Los labios se abrieron un poco más y dejaron escapar un jadeo suave, casi un suspiro que se vio cortado cuando la cuarta y última intrusa fue empujada hacia el interior caliente que ya pulsaba con cierto ritmo.

Una gotita de sudor rodó por la sien derecha y se perdió entre el cabello.

Entonces el hombre apoyó ambas manos en las caderas y lo movió suavemente, primero a un lado, luego a otro y el roce de aquellas dentro de las paredes que las guardaban causaron la emisión de una serie de gemiditos velados, algo que Amadeo intentó acallar mordiéndose apenas el labio inferior.

- Dilo... Di que soy tu Amo...

Mientras hablaba, giraba en torno al muchacho hasta quedar frente a él, y de nuevo tomó por asalto los labios para ser quien mordiese.

Uno de sus brazos se enlazó en la estrecha cintura, mientras el otro iba hacia lo alto y desataba los nudos que lo mantenían amarrado. Cuando liberó ambos brazos, aquellos fueron directo a su cuello y se sostuvieron de allí.

Amadeo no quería mantener el peso de su cuerpo sobre sus pies, porque si lo hacía, las encandilantes chispas de placer que ascendían hasta su cerebro estallarían de una sola vez y el hombre lo dejó que se mantuviese en ese lugar y que hundiese el rostro en el hueco de su hombro.

- Dilo ahora- ordenó, pero aún desde su oculto lugar, Marius pudo ver la cabeza castaña en un suave movimiento negativo -. Es evidente que necesitas una mano dura, jovencito...

Con fuerza, tomó con sus manos los brazos del muchacho, los separó de su cuello y tomó las dos finas muñecas con una sola de sus grandes manos mientras que la otra se apoyaba en el hombro y ejercía presión hacia abajo.

Debido a la insistente presencia de aquel artilugio en su interior, hubo muy poco que Amadeo pudiese oponer, o que quisiera oponer, porque si bien se resistió en un principio, lentamente sus piernas empezaron a doblarse hasta que terminó de rodillas frente a él.

De rodillas, con las manos unidas al frente, elevadas porque el ‘Amo’ las mantenía de ese modo, los labios entreabiertos y anhelantes, como musitando alguna desconocida oración... La imagen quedó grabada en las retinas de Marius.

El hombre le soltó las manos, y Amadeo se quedó de rodillas, mirándolo mientras aquel se alejaba algunos pasos hasta apoyarse de manera indolente en la parte trasera de la cama.

- Ven aquí- ordenó y cuando el muchacho intentaba hacer el primer movimiento para erguirse, volvió a hablar -. No dije que podías ponerte de pie. Quiero que vengas a mí sobre tus manos y tus rodillas. Y no se te ocurra negarte, o tus hermosas nalgas volverán a probar mi cinturón.

Había una elevada dosis de peligro en el tono de la voz, un tono que decía que si se negaba, los azotes que vendrían no iban a ser como los anteriores, sino en serio. Pero Amadeo no tenía planes de negarse, antes bien bajó los párpados, sumiso, dócil, y muy despacio, se inclinó hasta que sus manos se apoyaron en las delicadas sábanas. Su respiración se agitó bastante pese a lo sosegado de sus movimientos, y eso era porque aquellas esferas seguían produciéndole tan intensos pulsos de placer, que temía moverse con rapidez.

Desde su escondite, perplejo, Marius observó la grácil figura avanzando de a poco, moviendo manos y piernas con languidez y lentitud. Su mirada recorrió la cabellera, ahora ligeramente despeinada cayendo sobre el rostro ruborizado, los brazos que eran perfectos desde las muñecas con algunas pequeñas rozaduras debido a las sogas hasta los hombros. La espalda describía una curva sinuosa y terminaba en esas nalgas redondas que ahora se movían acompasadamente al ritmo que marcaban las piernas.

La seda más fina no tenía esa capacidad para ondular con cada movimiento, y el cuerpo se desplazó a desesperante lentitud, blanco, hermoso, deseable...

Regresando repentinamente de su febril ensueño, Marius contempló un tanto atónito lo que había hecho con su Amadeo.

Lo había vestido por completo, de pies a cabeza. Había destruido la sublime belleza de su amado con el insulto de una tela que hubiese podido estar tejida en hilos de oro y plata y aún así, hubiese sido un atentado para ocultar la perfección de su Amadeo.

Con un rugido de frustración, arrojó también esa paleta y aquella planeó desde el alto andamio, chocó contra otra de las paredes y se desgajó en varios trozos salpicando el piso de mármol con pintura y astillas de madera. Una nueva paleta, un nuevo pincel, más colores...

Recordando las delicadas variaciones del color que la piel de su Amadeo dejaba ver a la luz de los candelabros y lámparas, mezcló sus pinturas de nuevo, y se lanzó a la tarea de enmendar su desatino anterior. No importaba cuán dolido estuviese, ocultar por completo a su ángel no sólo era un desatino, era un pecado que merecía sino el infierno directo, al menos el purgatorio por tiempo indefinido.

Por fin, Amadeo llegó a los pies de Lord Harlech, y aquel lo miró desde lo alto cuando sintió el aliento entrecortado junto a él. Con una sonrisa torcida, levantó apenas uno de sus pies.

- Besa mi pie, Ángelo... Demuéstrame qué tan obediente eres- y vio la espalda inclinarse aún más hasta que sintió los tersos labios contra su pie -. Ahora quiero que lo limpies con tu lengua, pequeño truhán... Hazlo antes de que me impaciente.

Una vez más no hubo negación, tal vez porque tal como Marius había observado oportunamente, Lord Harlech era limpio. La rosada lengua recorrió el empeine, jugueteó entre los dedos y llegó hasta el tobillo.

- Sigue...- fue la orden un tanto ahogada.

Ahora Amadeo temblaba en el esfuerzo por elevarse despacio para que aquellas esferas en su interior no se moviesen tanto y pudiese cumplir con lo que le habían ordenado sin jadear de forma tan ostensible. Ascendió, y ascendió, y al llegar a cierto punto, encontró la enhiesta virilidad del hombre, surgiendo en todo su esplendor entre la mata de vellos rojizos. Casi en el acto, la gigantesca mano de Lord Harlech volvió a tomarlo por el cabello de la nuca, haciendo que se irguiese.

- Dilo- esta vez la orden fue más terminante -. No es difícil, no son muchas letras... Dilo.

- Nno...

- En tal caso, ya que no ocuparás tu boca para hablar, haré que la ocupes en otra cosa.

Se tomó a sí mismo con la otra mano al tiempo que empujaba al muchacho contra sí, en un gesto burdo y grosero, más destinado a dominar que a excitar y esa vez encontró una resistencia algo más pronunciada, pero unos segundos después aquellos labios que se negaban a abrirse para pronunciar esa palabra, se abrían dócilmente para recibirlo.

- Así, precioso... Eres muy bueno... Mejor que esos muchachitos de burdel...

“¡Por supuesto que es mejor!” estuvo a punto de vociferar Marius “Sabe bailar y tocar el láud, sabe esgrima, puede discutir tanto de poesía como de política o economía y domina varias lenguas, además de esa que evidentemente estás disfrutando en este momento, mortal afortunado...”

- ¡Basta!- gritó de repente, tirándole del cabello y apartándolo- ¡Lo dirás ahora!

En esa ocasión no esperó respuesta, era claro que ya no podía esperar. El trabajo del muchacho sobre su erguida virilidad la había puesto tensa al máximo, y deseosa de cumplir el cometido para el cual estaba hecha. Con un rápido movimiento lo arrojó de bruces contra la cama situándose entre sus piernas. Apoyó su manaza en la nuca del muchacho y la otra acarició rudamente el flanco que tenía a disposición.

- Vas a decirlo...- auguró.

Sin aviso, sin ningún cuidado, tomó la soguilla que pendía entre los muslos del joven y tiró de ella, sacando de una sola vez las cuatro ocupantes de ese sitio, y antes que la dilatación se perdiese, se hundió limpiamente en el cuerpo caliente con un ronco gruñido de placer.

Si hubiese encontrado el mínimo indicio de que Amadeo no estaba de algún modo disfrutando lo que sucedía, Marius hubiese irrumpido en la habitación en ese instante; pero al parecer la tenue línea entre el placer y el dolor se había hecho casi imposible de distinguir porque no eran solamente los gruñidos del hombre los que llenaban el recinto, sino también los ahogados gemidos que provenían del cuerpo que en esos momentos estaba debajo de él.

Los movimientos eran largos y sostenidos, sin caricias. Solamente una mano aferraba la cadera y la otra había vuelto a tomar el cabello, jalando hacia atrás para que el rostro quedase expuesto y él pudiese escuchar con nitidez los jadeos entrecortados que escapaban una y otra vez. Jadeos que se volvieron gemidos audibles cuando deslizó la mano entre la cama y el cuerpo para bombear con maestría la dureza de su cautivo.

La presión en su base le impedía la culminación, aquello debía ser una tortura atroz.

Entonces, de repente no solamente lo soltó, sino que salió de él y se echó hacia atrás, respirando con agitación, intentando recuperar el dominio.

Al sentir el cese de toda actividad, Amadeo se irguió mirando por encima del hombro, sin poder creer lo que estaban haciendo. Su cuerpo temblaba de forma incontenible, deseoso del placer que parecía a punto de estallar y que de pronto se había esfumado.

- ¿Qué...? ¿Qué estás haciendo...?- casi gritó -. ¡Vuelve aquí y termina lo que empezaste!!

Ante semejante exabrupto, Lord Harlech sonrió y volvió a acercarse mientras modulaba una sola palabra.

- Dilo...

Amadeo se mordió los labios, con fuerza. Estaba ardiendo, cada partícula de piel clamaba por el rudo placer que ese hombre le había estado brindando, por no hablar de aquella parte entre sus piernas, la cual punzaba tanto que hasta el roce de las sábanas parecía doler.

- Por favor...- gimió el muchacho desesperado.

- Eso sonó bien, pero no es eso lo que debes decir. Dilo, Ángelo... Dilo ahora antes que “Mi Lord” decida irse a otro sitio...- dijo, señalando su pulsante miembro que ansiaba terminar con su faena.

- Hazlo...- volvió a pedir, tal como lo hacía con su Maestro -. Por favor, hazlo...

Y tal como aquel, el hombre se limitó a sonreír una vez más.

- Por favor... Amo...

Fue un murmullo quebrado, casi un suspiro, pero hubo dos que lo oyeron a la perfección.

Uno se abalanzó hacia él, retomando el sitio que había dejado vacío, llenándolo rápidamente, y el otro, que de haber sido mortal, hubiese muerto de angustia ante la capitulación de su alumno.

Dentro de la habitación, se había desatado el frenesí, una danza salvaje sin contención y en medio de ella, el hombre supo reconocer que el final estaba muy cerca y liberó al último cautivo. Los dos estallaron en un clímax violento que los dejó agotados, sudorosos y exánimes.

Mientras se alejaba de la ventana, Marius escuchaba la entrecortada voz de Lord Harlech.

- Eres hermoso, mi Ángelo... Recupérate pronto y probaremos cosas nuevas que te gustarán tanto como ésta...

No tenía sentido quedarse allí, no podía seguir observando, ni siquiera quería imaginar las ‘cosas nuevas’ que ese hombre tendría en mente. El vampiro se elevó en el aire hasta perder de vista el lugar.

¿Por qué dolía tanto? ¿Por qué le desilusionaba tanto que su Amadeo hubiese llamado ‘Amo’ a otro que no fuese él? ¿Acaso no lo había enviado a aprender todo lo que le hacía falta? Ah, claro, pero sus otros ‘maestros’ habían sido elegidos por él, en cambio éste no... Ahora la duda estaba implantada en su mente como un parásito.

¿Qué pasaría si alguien más era capaz de sumir a su Amadeo en la desesperación una vez que él le hubiese revelado todos sus secretos...? Secretos que eran tan inmensos que el simple pensamiento de que fuesen conocidos por sus enemigos, le llenaba de temor.

No, tenía que dejar de pensar en eso y en el colmo de la desesperación, se encontró en el santuario que custodiaba con tanto celo, rezando, exponiendo a los Padres Inmortales sus dudas e incertidumbres. Dos veces las innumerables velas del santuario fueron encendidas y se consumieron. A la tercera noche, Marius regresó a esa ventana, pero sólo para cerciorarse que todo estaba bien y que ese desgraciado no se hubiese propasado con su muchacho.

Llegó justo a tiempo de ver al insensato blandiendo un afilado cuchillo que hundió una y otra vez en una almohada. Las plumas volaron por el aire, flotaron y por fin empezaron a posarse sobre la cabeza y los hombros de aquel. Apretando los puños para contenerse, Marius se apoyó en el alfeízar de madera, listo para intervenir y aquel crujió.

La mirada de Amadeo fue hacia la ventana, como si supiese que él estaba allí, y él en un movimiento puramente humano se hizo atrás con rapidez. Cuando lo vio salir de la habitación y luego del edificio, se sintió tranquilo. Lo siguió hasta que se refugió en casa de Bianca.

Regresó al ‘palazzo’ dispuesto a olvidar, repitiéndose que ahora su Amadeo por fin conocía todo lo que necesitaba saber y que su instrucción había concluido, pero al encontrarse en su atelier, frente al lienzo de viejos filósofos griegos, no pudo evitar el pensamiento de que las virilidades de aquellos viejos maestros no se diferenciaban demasiado de la suya.

Cosas muertas, inútiles colgajos de carne que ya no servían para nada.

No como la de ese hombre, que podía ser inculto, malhechor, depravado y un montón de epítetos tanto o más descriptivos, pero cuya virilidad estaba en el vigoroso esplendor de la juventud.

Nunca desde la noche en que lo habían convertido en vampiro, había vuelto a ansiar la vida mortal, y sin embargo esa noche... Esa noche hubiese sido capaz de cualquier cosa por poder brindarle a su Amadeo el placer que ese hombre sí había podido darle.

Quitó el lienzo de ‘La Academia’ y puso uno en blanco, empuñó los pinceles y dio rienda suelta a su enloquecida actividad.

Estaba dándole los últimos retoques cuando Amadeo entró en el atelier.

Aquel estupefacto, vio a los muchachos prácticamente acurrucados en un rincón, mirando con espanto la velocidad escalofriante con la que el Maestro terminaba de poner la nueva prenda sobre el cuerpo del protagonista de su tela. Más atónito aún, se contempló a sí mismo, en una extraña alegoría de la inocencia, las manos unidas, el sencillo atuendo cubriendo mucho menos de lo que la inocencia misma exigía.

En el fondo, los rostros de los ángeles rodeándolo y las terribles alas oscuras, negras e inmensas inundando la tela, opacando de alguna forma la luz derramada sobre las nubes y el cielo.

Pese a que estaba de espaldas y que no giró al escucharlo entrar, Marius supo que era su Amadeo el que estaba allí. Los recuerdos de aquella noche, de la capitulación que para él era casi una traición, seguía rondándolo y terminó por estallar. Un pote de pintura verde cruzó la estancia, y se estrelló en una de las paredes. Uno tras otro, todos los que había utilizado volaron por encima de los numerosos braseros que llenaban el sitio y crearon un fantasmagórico arco iris en las paredes del atelier.

- No quiero verlos, inocentes... Retírense.

No hizo falta más. Riccardo juntó con rapidez a los mas pequeños, como la gallina junta a sus pollitos, y casi corrieron fuera del salón.

- Por favor, Amo... Cualquier cosa que yo haya dicho para preocuparte, no la diré más...- dijo Amadeo, y eso removió una vez más los recuerdos.

Incapaz de luchar con ellos, y en un esfuerzo para no culpar al muchacho por hacer exactamente lo que él le había pedido que hiciese, Marius bajó a escape del andamio, atravesó el recinto, y corrió a través de pasillos, corredores y salones para refugiarse en sus habitaciones.

Tras las puertas cerradas, oyó los pedidos de su joven aprendiz y los ignoró. Ignoró el llanto y los quejidos, los golpes de puños y patadas dados en la puerta, pero ignorar el hachazo que deshizo la cerradura fue imposible.

¡Qué increíble gama de matices tenía el rostro de su Amadeo en medio de ese arranque de enojo! Pero lo que había hecho era imperdonable. No podía permitir que le enfrentase así, que destruyese sus puertas presentándose de ese modo después de haberlo traicionado llamando Amo a otro.

“Cuando Marius se enfurece, no es Marius” solía decirse, pero nunca lo recordaba a tiempo.

Ahora le enseñaría a ese angelito malcriado quién era el verdadero Amo.

En un santiamén, estuvo junto a él, lo alzó en brazos y lo arrojó a través de la habitación como si hubiese sido uno de aquellos malhadados potes de pintura. Sacudiendo brazos y piernas, Amadeo aterrizó en medio de la cama, de sus almohadones, y aún así lo enfrentó de nuevo, indignado y temeroso al mismo tiempo.

Le había dicho que no estaba enojado con él, trató de cubrir esa furia con la excusa de la rotura de sus hermosas puertas, de esa flagrante afrenta a su autoridad, pero cuando convocó con su mente la fusta que llegó a sus dedos, no pudo evitar dejar escapar algo de la verdad.

- Será un placer darte azotes... Otra experiencia humana, como la de retozar con tu lord inglés...

Cuando lo arrojó boca abajo en medio de las almohadas, el muchacho gritó.

- ¡Demonio!

- Amo- dijo simplemente y gozó hasta lo indecible al saber que iba a recuperar para sí el uso exclusivo de esa palabra.

Uno tras otro, se sucedieron los azotes sobre las piernas que él había visto, abiertas, ofreciendo el tesoro oculto entre ellas a un indigno propietario. Era un placer insano, pero que no podía ni quería evitar. Tenía que explorarlo hasta el final y luego, cuando estuviese consumido y seco, podría olvidarlo... O intentar olvidarlo.

Los golpes rompieron las medias y las calzas, amorataron la piel y luego produjeron cortes largos, finos y muy dolorosos. El llanto de Amadeo llenó esa habitación tal como sus gemidos habían llenado la de Lord Harlech pero aún así tenía el temple para discutirle.

- ¡Niñito!- rugía Marius descargando más y más latigazos.

- ¡Soy un hombre!- replicaba entre sollozos.

Y así, hasta que en algún momento, el dolor fue demasiado. La mente de Amadeo lo gritó al mismo tiempo que su voz.

- Basta ya...

Como si le hubiesen cortado los hilos a un títere, Marius dejó caer el brazo que se aprestaba a descargar un nuevo fustazo y contempló incrédulo el resultado de su furia.

Las piernas hermosas estaban cubiertas de cortes, moretones y la sangre, cálida e invitante caía hasta manchar el cobertor. Antes de sucumbir a ese encanto, tenía que enseñarle a ese angelito descarado un par de cosas más.

- Nunca vuelvas a desafiarme.

- Nunca- prometió, todavía lloroso.

Paciente, diligentemente, besó cada corte, cada magulladura y los curó con su sangre poderosa. Cada beso levantaba un gemido, producía un estremecimiento en ese ansiado cuerpo sumiendo al muchacho en un lento éxtasis.

Lo cubrió con su propio cuerpo, deslizó una de sus manos, tal como había hecho aquel hombre, y al igual que él, encontró que su Amadeo crecía al contacto de sus dedos fríos, ante sus caricias expertas porque al menos, eso sabía hacerlo bien. Besó el cuello resistiendo estoicamente el instinto del vampiro, y supo que por eso le había molestado tanto que Lord Harlech mordiese al joven.

Porque ese sitio sí estaba reservado exclusivamente para él.

Sintió que Amadeo se movía, se friccionaba contra su cuerpo, buscando en medio de sus gemidos el contacto más íntimo y Marius decidió que al menos por esa noche, podía hacer con él lo mismo que alguna vez ya había hecho con Bianca.

La mano que había estado acariciando su miembro lo soltó y viajó hacia el escondido lugar entre sus piernas. Lubricado por los primeros fluidos, dejó que uno de sus dedos investigara las oscuras y cálidas profundidades. Su otra mano se encargó de la tarea que había quedado pendiente, y eso convirtió el quejido de molestia en un jadeo profundo.

Lo sintió endurecerse más, empujar con sus caderas hacia atrás, y sumó otro dedo más. Cuando incorporó el tercero, se dedicó a buscar ese pequeño nódulo interno que podía poner luces en la mente de cualquiera. Supo que lo había encontrado cuando todo su Amadeo comenzó a sacudirse y gemir en una mezcla de dolor y placer que ya conocía. Por fin, con un resuello agotado, el muchacho derramó en su mano su blanca simiente.

Bien, Amadeo ya había gozado, ahora era su turno.

Arrancó lo que quedaba del jubón y la camisa para tener completo acceso al torso, que todavía lucía las marcas de lo sucedido, pero ahora Marius podía ignorarlas.

Cuando los colmillos horadaron la piel, aquel pecaminoso sorbito de sangre que siempre tomaba del muchacho, fue mucho más dulce, mucho más embriagador que vaciar a cien malvivientes juntos.

“Uno más...”

Ah, pero la sangre era tan fragante, tan llena de vigor...

“Sólo uno más...”

El sabor ligeramente metálico estaba atemperado por el vino que su descarado amante había tomado y por el cual su entrada al atelier había sido un tanto tambaleante. Deliciosa, tan deliciosa...

“Uno más... Y será el último...”

El miedo que empezaba a filtrarse dentro del corazón y la mente de su amante, hicieron que pudiese resistir y separarse de él. Desmadejado, Amadeo se derrumbó en sus brazos y él se acomodó mejor para permitirle dormir así sobre su pecho, al menos hasta que tuviese que marcharse.

- Amo y Maestro... Te adoro- musitó el muchacho antes de dormirse.

“Bucles rojizos, ojos del marrón más complaciente, piel de crema, labios como pétalos de rosas...” pensó Marius y rememoró el retrato que había quedado abandonado en el atelier.

Pese a la marea de sentimientos encontrados que había experimentado mientras pintaba, supo que con ese retrato, la inocencia de Amadeo perduraría para siempre en ese lienzo.

Todavía tenía algunas cositas para enseñar a su discípulo, pero de momento, creía haber conseguido la más importante:

Su ángel malcriado había comprendido que sólo había un Amo.

 


FIN

Abysm

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